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alisma de león juan francisco pizaña morones sofía ramírez erika mergruen cecilia eudave javier moro hernández

foto

ariel arias

septiembre 2012, n° 61


dos

mariposa negra

alisma de león

i madre decía que los muertos vuelven. Pero no lo hacen. Esta noche, las hojas de los árboles juegan con la blancura, casi grisácea, de la pared del porche. Ha sido un día largo, de interrogatorios sin descanso. La policía quiso verme al mediodía. Fueron cinco horas de repasar los sucesos y escuchar, una y otra vez, las mismas conjeturas. Cinco horas de ver los rostros alternarse en las páginas del expediente: vivos, muertos, vivos, muertos. El comandante repitió que no existían huellas, ni pruebas. Alguien creía haber visto algo, pero no más. Tanto tiempo, tanta indagación. Y encima, el recuerdo constante de mis dos muertos. Al entrar a la casa, coloco la bolsa en la mesa. Me siento en una de las bancas de la cocina, saco el celular de la chaqueta y lo aviento, en la barra, frente a mí. Chayo, la sirvienta, se encuentra en la cocina y al escucharme, voltea y me mira: primero a mí y después, torciendo un poco la boca, al celular. No tengo humor de escuchar sus reproches. Ya los sé. Dirá que qué gano con tanto desvelo, con tanto trabajo, con cargar con ese demonio que timbra y timbra y no me deja descansar. Decido esquivar su mirada e impedir que note mis ojos enrojecidos y esas ojeras que amenazan con quedarse para siempre. — ¿Se le ofrece algo más?—pregunta. —Nada, Chayo, nos vemos mañana. Descansa. —Le dejé té en la estufa— y toma su morral. Tan solo Chayo cierra la puerta, la tetera empieza a chillar. Bajo del banco, apago la luz y permito que los rayos de la luna iluminen la cocina. El aroma a manzanilla baña el lugar. Saco de la alacena una taza, con un trapo agarro la vasija de la estufa y me sirvo el té. Acomodo una de las sillas de la barra buscando el cobijo de la penumbra. Doy pequeños sorbos a la bebida. El calor del té comienza a relajarme. Una grieta en uno de los azulejos de la barra llama mi atención. Tendré que llamar a alguien para que lo repare. La noche comienza a dibujar sombras en la pared: Primero descubro la figura de un oso, después la de un lagarto, de una rosa, hasta que distingo el contorno de los árboles de la Placita Niños Héroes adonde había regresado esa tarde. Al salir de la delegación, decidí ir. No había vuelto desde aquella vez, seis meses atrás. Cómo pasa el tiempo y cómo cambian los paisajes. Caminé la plaza tres veces. La recorrí hasta que los pájaros dejaron de cantar y la cebolla empezó a acitronarse en los puestos de comida. Escogí una banca para descansar un rato. El viento comenzó a arrullarme. A veces me parece absurdo ese miedo que la gente le tiene al viento. En un día pesado, de esos sin demasiado qué hacer y, por lo mismo, muy largo, hasta sirve de consuelo. Permanecí ahí hasta que me dio hambre. Eran las siete y los pájaros ya buscaban migajas de comida sobre la banqueta. Me acerqué a uno de los puestos. Cuando iba a ordenar, la oscuridad nos cayó encima. El sol todavía estaba en

lo alto pero todo a mi alrededor era negro. Un rayo partió el cielo e iluminó a un hombre que se encontraba a lo lejos. Parecía llover sobre él. No necesité esforzarme para saber que era Octavio. Su figura alargada brotaba de las siluetas apenas insinuadas de la plaza. Tenía tanto de no verlo de cerca. De lejos, sí. Algunas veces lo veo desde mi ventana. Quise correr a saludarlo, pero tropecé. La oscuridad era densa y apenas distinguía mis pasos. “¡Octavio!”, le grité. Pero mi grito se fundió con un sonido que emergió de entre los árboles. Al principio, me parecieron hojas desprendiéndose. Después las hojas pasaron muy cerca de la luz que iluminaba a Octavio y pude ver a miles de mariposas negras. Caminé de prisa, las mariposas cambiaron de dirección: venían hacía mí. Alargué el brazo y, antes de poder tocarlas, desaparecieron. Octavio seguía a lejos, pero ya no estaba solo. Ella estaba junto a él y le tomaba la mano. Hubiera deseado que esa mujer fuera horrible. Octavio extendió su brazo y le acarició la mejilla. Ella le devolvió el gesto y deseé ser esa caricia. Volví a escuchar las palabras de Octavio. Palabras de amor dichas hace tiempo, palabras que sólo yo recordaba: Él ahora estaba con otra. No me acerqué, pero escuché un grito a lo lejos. Era una voz ronca y reconocí en ella la voz de Fabián, mi esposo. Fabián salió de la oscuridad y se acercó a Octavio que de nuevo estaba solo. Era como si la mujer que hacía tan poco estaba a su lado, nunca hubiera existido. Fabián gritó algo pero el viento me hablaba al oído y no alcancé a escuchar lo que decía. Un hueco se abrió en la tierra y me vi en un café, doce meses atrás, con la mano de Octavio entre las mías y a mi marido observándonos desde el vitral. En esos momentos una desearía estar muerta y que los muertos se convirtieran en polvo. La tierra se cerró de nuevo. Mi vista regresó a la plaza. Fabián estaba frente a Octavio. Quise acercarme, pero no logré avanzar. Me les quedé mirando, de la misma forma en que el viento sólo puede ser espectador ante el agua que se agita. Mi marido estiró el brazo y se escuchó un disparo. La camisa de Octavio se tiñó de rojo. Una sombra se acercó. Una sombra con mi complexión y estatura. “¿Qué hiciste?”, gritó. Cuando la voz llegó a la luz, pude verme en ella. Octavio yacía en el suelo. Le arrebaté la pistola a Fabián. “Corre”, ordené. Mi esposo titubeó. “Que corras”, repetí. Obedeció. Tomé un extremo de mi blusa y comencé a limpiar la pistola. La tallé con fuerza, por todas partes, hasta que llegué al gatillo. Y se disparó. Di un brinco y la pistola cayó al suelo. Levanté la mirada con el temor de que alguien hubiera escuchado y lo descubrí. En la banqueta, tirado, estaba mi esposo. La bala lo había alcanzado. Mis ojos se alejan de la plaza y el recuerdo de mis muertos se convierte en la grieta del azulejo. Un rayo de luna ilumina la barra frente a mí. El celular suena y nadie lo contesta. Mi madre decía que los muertos vuelven, pero no lo hacen. Los muertos no vuelven, porque los muertos nunca se van

Mi marido est iró el brazo y se escuchó un disparo. La camisa de Oct avio se t iñó de rojo. Una sombra se acercó. Una sombra con mi complexión y est at ura.


tres

cuatro breves

juan francisco pizaña morones El hilo del relato La madeja rodó de la mesa de trabajo, hasta perderse entre los muebles de la habitación. El novel escritor se sintió nuevamente frustrado. Otra vez había perdido el hilo del relato. Día del Juicio Final Las trompetas del día final, llaman a juicio. Pocos acuden. No hay suficientes abogados del diablo para tanta alma sin arrepentir. Religión nueva Profeta apocalíptico, al tomar conciencia, al día siguiente del final, resignado vio que Dios estaba rehaciendo al mundo, poniendo al mismo tiempo los cimientos de una nueva religión. El más allá Con entrecortados suspiros y ardientes devaneos propiciatorios, la joven pareja, sentada en la más remota banca del oscuro parque, da rienda suelta a sus pasiones más obcecadas. Él le toca, entre efusivos abrazos, el tobillo, y ella se estremece complacida. Luego le acaricia lentamente la pantorrilla; ella cierra los ojos extasiada, sintiendo en la piel un hormigueo de placer, mientras él deja correr sus dedos temblorosos por la rodilla. Pero ahí se detiene, y no hace nada más. Ella aspira profundamente, entreabre los ojos y al oído le susurra, entre extrañada y molesta, con una voz que mezcla la incertidumbre con una incipiente frustración: “¿qué, tú no crees en el más allá?”

el fin del mundo

zoom

sofía ramírez

Ahora lo entiendo: el mundo se va a acabar en 2012. Este mundo cómodo, maravilloso, constante, conocido, se está acabando. 2012 es el año de la transformación. Tengo amigos que esperan hijos, el segundo, el tercero, incluso el primero; otros comienzan nuevas relaciones y hasta las formalizan firmado papeles; otros se separan. Una amiga perdió a su madre y otra lleva a cuestas la enfermedad de su padre. Mi tía está superando el cáncer y el novio de mi amiga lo sorprendió la misma enfermedad y ahora se encamina hacia la salud. Mi sobrina descubrió el amor y experimenta sus aristas; mi sobrino comienza a entender cuál es su papel en la familia, en un hospital. Mi amiga ha abierto la posibilidad de una familia propia y mi otra amiga se entrega a un puesto de trabajo de mucha responsabilidad. Mis hijos crecen, mis padres envejecen. Mi marido acepta sus canas y mis hermanas se entrega a nuevos proyectos de trabajo, de familia, de vida. A mí se me cayó la casa. Entonces lo entendí: nos estamos transformando, nos reconstruimos. Las casa, la vida de solteros, la ausencia de hijos, las enfermedades, el amor, los proyectos, el tiempo, todo debe caer para reconstruirse. Cuando algo nos duele o nos lastima, cuando algo nos sale mal o no como lo ha-

a llegado el otoño. Bueno, eso dice el calendario, aunque por más que miro por la ventana no logro descubrir los rasgos cliché que aprendí de niña de las monografías y los afiches que colgaban en el jardín de niños y en la primaria: impresiones divididas en cuatro, cada una de las cuales mostraba tal o cual estación. En esta ciudad nunca he visto esa gama de ocres, rojos y anaranjados, nunca he escuchado el crujir de los amarillos ni he admirado un horizonte de ramas desnudas ni he saltado en pilas de hojarasca. Ya es otoño, pero aquí la mayoría de los árboles todavía verdean y más de una especie de flor exhibe sus corolas y sus perfumes. Nada, no hay otoño en esta ciudad, y mucho menos si la lluvia insiste en rebalsar las alcantarillas y oscurecer el asfalto. Algunos dirán que es más difícil distinguir el invierno ante la ausencia de nieve, pero toda la parafernalia de las fiestas, el año nuevo y los calendarios escolares lo hacen real. No ocurre lo mismo con el otoño. Lo único que sé de esta estación es que se acerca el Día de Muertos: pero nada de otoñal tiene el color de un zempasúchitl, y dudo que el crujido del papel picado sea el mismo que el de las hojas secas bajo la suela del zapato. Aunque están las calabazas a la venta en los mercados y los supermercados, pero cuya transformación bajo la noche del piloncillo distorsiona el otoño iconográfico que quisiera conocer. No debería quejarme, pues hoy en día, gracias a la red, se pueden contemplar los otoños más inauditos. Basta googlear o-to-ño para descubrirlos. Sin embargo, sí necesitaría vivir en otra latitud para ejercer la sicomancia: enton-

sicomancia

bíamos planeado, cuando enfurecemos y nos sentimos frustrados, debemos dejarnos caer, como una casa después de una explosión, para levantarnos nuevamente, sacudirnos los escombros y reconstruirnos. Este es el fin: 2012 es el año en el que el mundo se acabará, se destruirá y se reconstruirá. Porque las transformaciones son necesarias, y aunque generalmente son complicadas, no duran más que lo necesario: nos convertimos en padres y nos desvelamos tres meses; recibimos al tercer hijo y parece el caos los primeros años; cambiamos de trabajo y enloquecemos los primeros días; nos enfermamos, enferman las personas que amamos, mueren los amigos y guardamos los días necesarios de duelo para superarlo, para aceptarlo. Así es: en la reconstrucción vamos tomados de la mano por el tiempo, quien se convierte en nuestro aliado, en el cómplice que todo nos tolera y el que nos ayuda a sortear las complicaciones, incluso nos dará la razón, siempre y cuando la tengamos, como dice mi amigo. Después, también el tiempo nos dirá que ya es tiempo de soltar, de caminar, de levantarse, de actuar, de reconstruirse. Hay tiempo para todo y todo tiene su tiempo, por eso éste es el tiempo del fin del mundo, de ese mundo cómodo, maravilloso, constante, conocido. 2012 es el año de la reconstrucción

ces salir a las calles a recoger hojas, ponerlas bajo mi almohada y dormir en espera de un sueño profético. O para plantar un árbol o un arbusto, para verlo crecer y así leer el destino de todos. Pero no en esta ciudad donde el otoño es silente: ¿qué información preciosa se perdería con la ausencia de una estación? En efecto, sin otoño es difícil encontrar un árbol que no sea perennifolio para intentar atrapar las hojas en su caída y, según mi habilidad, saber si el año por venir será aciago o venturoso, pues en este método de adivinación señala que cada hoja atrapada en el aire vaticina una semana bienaventurada. Pero en realidad la sicomancia, o la adivinación con hojas, en su origen se practicaba con las hojas de la higuera, que es de los pocos árboles que muestran las cuatro estaciones en esta ciudad. Tristemente, estos árboles son escasos, aunque en otros tiempos eran comunes. Otra práctica vinculada con la sicomancia, que no necesita del otoño, consiste en acostarse debajo de un árbol y escuchar el sonido del viento que se mueve por entre las hojas para producir profecías. Pero aquí los cláxones, los rechinidos de llantas, los helicópteros y demás sinfonía citadina sólo me ayudarían a vislumbrar el mismísimo apocalipsis (sí, zombis incluidos). De todas las variaciones de la sicomancia creo que optaré por la de encontrar una hoja apropiada, del árbol que sea, para escribir en ella mi consulta. Luego la pondré a resguardo: si se seca rápido, mi consulta estará mal aspectada; pero si permanece verde, me indicará ventura. Bien mirado, creo que procederé a escribir mi siguiente obra en hojas (sí, de árbol), y esperaré la respuesta: si es positiva ya no tendré que buscar un editor; y si es negativa, tendré un otoño más realista

métodos de adivinación erika mergruen


cuatro

miedo

un inquisidor del orden

qué sabe nadie

cecilia eudave

iempre me he preguntado ¿por qué al leer a Borges me inquieto? ¿Por qué resulta un desafío acercarse a algunas de su páginas, pensar si aquello es verdad o un simple juego de su basta memoria cargada de datos, de saberes?¿Por qué cuestiona sin cesar al hombre y a aquello que se desencadena de éste? Quizá, porque Borges es un laberinto, como lo es su obra, como los son los mismísimos laberintos que tanto lo apasionan: guardianes de los secretos ancestrales, claves del conocimiento. Quizá, porque Borges es él, y también es un espejo que nos invita a traspasar a su antojo todas las realidades, a minar secretamente el lenguaje, a romper los nombres comunes ocultos en las entrañas de lo posible, a detener las palabras en sí mismas, a desatar las anécdotas de sus cavernas y exponerlas a la luz. No hay libro de Borges donde uno no reviva el pasado deconstruido por su mano, donde la distorsión de la historia antigua, del mito arcaico, del dato insolente y erudito nos impida pensar que todo ello son fragmentos de un posible orden integrado por muchos probables órdenes sin ley ni geometría. Y no hay nada más empírico que la instauración de un orden de las cosas, dejándose llevar por las cualidades y las formas que se le dan al exterior. Borges, lucha contra la llana idea de clasificar con sólo mirar, sin hacer un gesto introspectivo hacia el mundo, sin cuestionarse que: “...no hay universos en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios .” Bajo esta premisa el escritor se convierte en un inquisidor, no para quemar y torturar el orden de las cosas, sino para reflexionar sobre los códigos fundamentales de una cultura, la suya, la propia o la heredada por un sistema occidental que rige el lenguaje, los esquemas perceptivos, sus cambios, sus valores, sus prácticas y jerarquías. Esos son los espejos, los laberintos maliciosos del universos: las interpretaciones generales y empíricas que hacemos de él. Suelo movedizo, que Borges, el inquisidor, solidifica con el discurso de lo fantástico, porque así convoca las realidades que están debajo de las realidades impuestas por las teorías generales del ordenamiento, intentando recordarnos que existe una experiencia desnuda sin modos de ser. Y como él afirma, citando a Chesterton, en su pequeño ensayo El idioma analítico de John Wilkins: “ El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal...cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo.” Así, Jorge Luis Borges, intenta buscando y buscando entre los anaqueles del pasado, entre lo pensadores y sus cosas, descubrir por qué el hombre es un universo salvaje, empeñado en darle un nombre a todo para redimir su conducta

javier moro hernández

1 Vengo de un país en guerra, En el que la sangre fluye como ríos negros. Una tierra asolada por el fuego, Por las ráfagas de las ametralladoras. Vengo de un país cortado en pedacitos. Un país sin nombre, adolorido, golpeado. Un país ciego. 2 Voy a un país de carreteras vacías. Avanzo de noche, sigiloso, Rodeado de matorrales, Con la línea de cemento de la carreta brillando como única guía. Camino por pueblos abandonados, Pueblos de casas quemadas, Vacías, En donde aún puedo ver las velas apagadas en los altares a la virgen y a san Juditas. Voy a un país en donde nadie dice su nombre. Un país que no sabe su nombre, Que se lo ha guardado en el pecho. Un país abandonado a su suerte. Un país de noches siniestras, En donde lo único que se escucha son las ráfagas del viento. Un país en donde la sangre no vale. Un país en donde nadie sabe nada: ni quienes son los hombres de rostros cubiertos, De mirada furiosa, de sonrisa afilada Que avanzan por las calles en sus camionetas. Voy a un país en donde lo que queda es esconderse, Quedarse quieto y pedirle al tiempo que pase. Que todo pase y nadie me vea, Nadie me encuentre. Voy a un país en donde el miedo lo es todo. Un país en donde la guerra es la dueña, Ama y señora de la tierra.

Pedro Parga esq. Zaragoza, Aguascalientes

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