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Anoche volví a soñar con mi padre. Tomábamos cerveza en una miserable cantina del desierto y él me pedía que por favor lo matara. Sus argumentos eran lógicos y muy humanos, me explicaba que era preferible la muerte a vivir tirado en esa cama como un vegetal podrido. Al despertar fui a su recámara y le acaricié la cabeza. Él ya tenía los ojos abiertos. Un hilito de baba le escurría desde la comisura de la boca hasta la almohada. Mi madre llegó con la charola del desayuno. —Ya huele –le dije. —Qué raro, siempre se hace después de las nueve. Le quitó el pañal sucio. Por un descuido manchó de mierda las sábanas y tuvimos que cambiarlas antes de desayunar. Yo le ayudé a girar el cuerpo inerte hacia un lado de la cama mientras ella colocaba la sábana limpia en la mitad libre de colchón, luego repetimos la operación del lado contrario. No es un proceso sencillo. Tengo que buscar la manera de contratar una enfermera que le ayude a mamá. Yo puedo hacerlo únicamente algunos domingos, y aunque mi padre está muy flaco tengo la impresión de que pesa cada vez más. Y lo que es peor, mi madre se queja desde hace tiempo de dolores de espalda. Una enfermera, eso es lo que necesitamos, pero ¿cómo convencer a mamá? El desayuno se había enfriado. De cualquier manera el olor reinante en la pieza me había quitado el apetito. En el fondo también creo que sería mejor que mi padre muriera. Le he contado el sueño a mi madre. Ella permaneció algunos segundos en silencio, luego empezó a hablar sin dejar de mirar a su marido. —Yo sueño con él todas las noches desde que cayó en ese estado. Tu padre creía que a veces durante un sueño el alma abandona realmente el cuerpo físico y que por eso hay sueños que nos parecen tan reales. Así me pasa con él. Cuando despierto puedo todavía sentir el calor de su cuerpo, de su mirada, y es tan fuerte esa sensación que en ocasiones me parece que mi verdadero marido es el que acaricio en mis sueños, no el que está acostado en esta cama. —Es normal que lo extrañes –le dije.

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el sabor amargo de la cerveza

luis carlos fuentes ávila Mi madre tardó en contestar: —No lo extraño, hijo. Él no me ha abandonado. Siento arrepentimiento por haber deseado la muerte de mi padre. Si hubiera engañado a mamá en algún momento, si la hubiera golpeado, hace ya mucho tiempo que lo habríamos dejado morir. Pero no, siempre fue bueno con nosotros. Qué ironía, a causa de su bondad ahora no puede descansar en paz. Mi padre se llama Hans Christoph. Se llamaba, él realmente ya no está aquí. Mi madre se llama Magali. Una mañana, hace dieciocho años, sonó el despertador y ella se levantó para preparar la ropa y los alimentos de Hans. —Se te va a hacer tarde –le dijo Magali rumbo al cuarto de baño–. Y apaga esa chingadera que me está taladrando las orejas. Hans no respondió. Tenía los ojos abiertos pero permanecía inmóvil. Magali no le prestó mayor atención, habían reñido nuevamente la noche anterior y él solía reaccionar ignorándola categóricamente. La alarma seguía sonando con insistencia. En la ducha Magali pensó que Hans no la apagaba para molestarla. Todavía sentía amor por él, pero esa interminable guerra sin pólvora ya comenzaba a hartarla. Mientras se enjabonaba pensó que entre ellos ya no quedaba nada valioso, a pesar de la intensa felicidad de los primeros años de matrimonio. Lo mejor sería alejarse de él. Primero con el pensamiento y después, si era necesario, con niño y maletas. Se vistió en silencio, ignorando a Hans y al buzzer del despertador. Mientras preparaba el desayuno escuchó unas pisadas infantiles que recorrían el pasillo del piso superior y

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agosto 2012, n° 58

entraban a su recámara. A los pocos segundos dejó de sonar la alarma. Magali suspiró aliviada: “gracias a Dios”. Al poco rato bajé yo, en piyama, a la cocina. —¿Por qué mi papá no me hace caso? —Déjalo, le comieron la lengua los ratones. Magali me llevó a la escuela como todas las mañanas, luego se fue al club deportivo, se ejercitó en el gimnasio, leyó una revista en el sauna y después, en lugar de ir a comprar la carne para preparar la comida, mató el tiempo paseando por las tiendas de ropa de un centro comercial. Se compró un vestido y dos pares de zapatos. A mediodía comimos en una pizzería. —¿Y mi papá? ¿Por qué no vino? —Ya ves que siempre tiene mucho trabajo. Cuando regresamos a casa por la tarde el desayuno de Hans seguía sobre la mesa de la cocina. Ahí se quedó por el resto del día. Magali me ayudó con mi tarea y después merendamos juntos viendo la televisión. En ningún momento se dirigió a su recámara sino hasta que me hubo arropado para dormir. Hans, a oscuras, seguía acostado en la misma posición. —Qué infantil eres –le dijo desde el quicio de la puerta–, los problemas no se arreglan faltando al trabajo… ¿Por qué huele a caca? Los doctores nuca pudieron dar una explicación definitiva. Mi madre, desde luego, se sintió culpable aunque ellos le aseguraron que el estado comatoso de su marido no podía atribuírsele a un disgusto tan ligero. En algo sí estuvieron de acuerdo todos los médicos: era muy poco probable, prácticamente imposible, que mi padre estuviera consciente. Sin embargo, aún hoy, mamá le platica todos los días, segura de que en el fondo de su mente hay un poco de él que la escucha y le hace compañía. Una vez, adolescente, le grité que mejor se casara con una planta de verdad, que le haría el mismo caso pero sin apestar a podrido. Creo que ya me ha perdonado. Además de alimentarlo, asearlo, rasurarlo y darle los masajes prescritos por el médico, mamá pasa con él todo el tiempo que le

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editores: edilberto aldán / joel grijalva

el sabor amargo... queda libre. También come todos los días en su presencia. En una ocasión que regresé a casa a media mañana por unos papeles que había olvidado la encontré masturbándolo con la mano espumosa de jabón. Al verme no supo qué hacer. —Perdón –dije, y salí rápidamente de la recámara. La escena no duró más de dos segundos, pero a mí me dejó impresionado: ¿cómo era posible que el cuerpo de mi padre fuera capaz de lograr una erección? Después me enteré que no es más que una función automática del cuerpo. Al parecer cada cierto tiempo, incluso cuando no hay estimulación erótica, el pene necesita ser irrigado para mantener limpios los cuerpos cavernosos. Supongo que mi madre lo interpreta como una manifestación de deseo sexual, y hasta podría asegurar que más de alguna vez ha realizado el coito con él. Si eso la hace feliz, por mí está bien. Mis sueños continúan, siempre iguales, con la diferencia de que mi padre se pone cada vez más insistente, al punto que a veces el sueño se vuelve pesadilla. Eso empieza a preocuparme. Quizá deba acudir a un psicólogo. Aunque lejos de ser ricos, nunca hemos padecido por cuestiones económicas. A pesar de la enfermedad de mi padre vivimos cómodamente gracias al seguro médico y al seguro de incapacidad, que incluye el pago automático de la prima del seguro de vida, aún vigente puesto que él no ha fallecido. Mi propio sueldo lo utilizamos para ahorrar y darnos algunos lujos, y cuando papá muera convenceré a mamá de invertir en bienes raíces. No me siento mezquino hablando de esto. Las cosas son así y punto. Gracias a esta holgura monetaria mamá pudo dedicarse a cuidarlo de tiempo completo. No sé si sea correcto decirlo, pero la veo más enamorada desde que mi padre se volvió un vegetal. ¿Quién dijo que el amor no puede tener por objeto un ser inanimado? Mi sueño de esta noche fue completamente diferente. En lugar de pedirme que le diera muerte, mi padre me invitaba a seguirlo a los baños de la cantina, pero al cruzar la puerta no entrábamos en los excusados sino en mi habitación. Era de noche y todo estaba muy oscuro, y sin embargo yo podía distinguir fácilmente mis libros, mis muebles, mi ropa tirada en el suelo. Sobre mi cama, dándonos la espalda, yacía un hombre desnudo. —Eres tú –me dijo señalando el bulto parcialmente cubierto por las cobijas–. Estás durmiendo. —Ése no soy yo –le dije–. Mi nuca no es así. —Sí que eres tú. Esto es un sueño. Tu cuerpo está dormido, pero tu espíritu está despierto. En ese momento sus palabras no me parecieron extrañas. Creo que todos, alguna vez, han soñado que sueñan. De repente el hombre se dio vuelta sobre la cama y pude ver su rostro. Mi rostro. Mis ojos se movían ligeramente bajo los párpados. —Estoy fuera de mi cuerpo –dije, plenamente consciente de mis palabras. —Trata de no despertar –me ordenó mi padre. Una gran pesadez invadió todo mi cuerpo y comencé a hundirme en el suelo, como si la gravedad se hubiera duplicado o triplicado de un solo golpe y mi habitación estuviera hecha de arenas movedizas. Cuando mi cabeza llegó al nivel del piso me envolvió la más completa oscuridad. Yo sentí que seguía cayendo incontrolablemente. Mis miembros empezaron a cosquillear. Abrí los ojos. Estaba en mi cama, en la misma posición en la que me había visto acostado en el sueño. Mi piel iba reconociendo centímetro a centímetro la textura de las sábanas y la almohada. Casi inmediatamente volví a quedarme dormido. Esa noche no recuerdo haber soñado nada más. Amanecí con una sensación extraña. El breve instante de lucidez en mi sueño no me parecía un producto de la fantasía onírica, como si no hubiera soñado que despertaba, sino como haber despertado antes de despertar. ¿Pero acaso era posible? ¿Despertar dentro de un sueño? Esto me pareció una contradicción. Traté de olvidar el asunto y sin darle más vueltas me vestí, fui a saludar a mi padre (“volví a soñar contigo”, le dije), y salí rumbo al trabajo. Cuando a mediodía volví a pensar en ello decidí que

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había sido una experiencia sumamente agradable. Ayer me acosté con la expectativa de repetir la experiencia, aunque en el fondo me atemorizaba la idea de lograrlo. En un sueño no existía riesgo alguno porque todo lo que ocurría era creado por mi cerebro, pero si en verdad se daba el caso de que mi espíritu abandonara mi cuerpo, ignoraba con qué peligros tendría que enfrentarme. Era posible que me extraviara en ese mundo desconocido y no consiguiera volver, o que me encontrara con algún otro espíritu poco amigable. Como de costumbre soñé con papá y su cantina. Me invitó una cerveza clara, él tomó una oscura. Éramos los únicos clientes del lugar. En ningún momento me di cuenta que estaba soñando. —¿No te parece extraño que haya una cantina en medio del desierto? –me preguntó. Giré la cabeza para mirar por las ventanas. Efectivamente, a la distancia no se veía más que tierra y cactos. Ni una carretera, ni un poste de luz. —Mira esto –dijo, y estrelló su botella en la cabeza de una mesera que llegó a servirnos una ronda de mezcal. La mujer cayó al suelo sangrando. La música, que no había notado hasta ese momento, dejó de sonar. El cantinero tomó un enorme bat de béisbol detrás de la barra. Yo me puse de pie, botella en mano, emocionado por la inminente bronca que se armaría. Mi padre, por el contrario, parecía muy tranquilo. —Si quieres que haya una pelea, habrá una pelea, pero si te sientas y deseas que no pase nada, nada pasará. —¡Acabas de matar a una persona! —Imagina que todo sigue como si nada. Yo lo obedecí, tratando de concentrarme. Entonces el cantinero, bat en mano, soltó una carcajada y la mesera se puso de pie, escurriendo sangre y sesos por la herida. —¡Travieso! –le dijo a mi padre con una sonrisa–. Ahora tendré que fregar nuevamente los pisos. La música se reanudó. Los clientes de la mesa de al lado continuaron su partida de dominó (¿cuándo entraron al tugurio, cuándo empezaron a jugar?). La mesera limpiaba con un trapo su sangre revuelta con mezcal. Papá volvió a sentarse junto a mí. —Esto no es la realidad –me dijo–. Estás soñando nuevamente. Otra vez mi cuerpo se hizo inmaterial y comenzó a hundirse en la silla. —¡Relájate, piensa que eres ligero como un globo y que puedes flotar! El roce del piso que poco a poco me envolvía se transformó en el contacto con las sábanas, y me encontré en mi cama, con los ojos aún cerrados. No hice el menor movimiento. Traté de regresar a la cantina y de elevarme otra vez hasta el nivel de la silla. Lo logré, pero ya todo era un engaño. Estaba despierto y la cantina existía sólo en mi imaginación. Hoy pasé el día emocionado y frustrado al mismo tiempo. No había creído posible repetir la experiencia tan pronto, y a pesar del éxito obtenido me sentía avergonzado de no poder controlarme y lograr permanecer consciente durante más tiempo sin despertar. Me intriga otra cuestión: ¿por qué habré escogido la figura de mi padre como el guía que me ayuda a salir de los sueños? Supongo que últimamente he pensado demasiado en su condición vegetativa, en la opción real de ayudarlo a morir. Creo que mi subconsciente se encuentra muy sugestionado con su persona. Se me ocurre una idea. Esta noche al dormir pondré una cinta con mi voz diciendo que en el momento de ver a mi padre me daré cuenta que estoy soñando, que voy a permanecer tranquilo, con total dominio de mi espíritu, y que no voy a despertar. No lo sé, puede funcionar. Al regresar a casa pasó algo extraño durante la cena. Mi madre me contó muy divertida que, como todas las noches, había soñado con papá, y que él le platicó que había participado en una pelea de cantina. Quizá no se trata más que de una casualidad. Es posible que ayer ambos tuviéramos un estímulo común (una noticia en el diario, por ejemplo) que nos haya sugestionado para soñar los dos con trifulcas. Además, ya le había comentado en más de una ocasión que el sueño recurrente con mi padre se desarrollaba en una cantina. No es difícil que su mente, al igual que la mía, haya relacionado ambas ideas. Preferí no comentarle mi propio sueño, no quiero que ella vea una señal donde no hay más que una anécdota curiosa.

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Estoy feliz. Mi idea de la cinta ha dado resultado. Aunque al principio empecé a hundirme, al fin logré controlarme. Por primera vez pude estar plenamente consciente, como si estuviera despierto, sin la angustia que me había dominado en anteriores ocasiones. Estaba lleno de paz. No cabía rencor en mi alma. De algún modo sentí que había descubierto una verdad, y de pronto entendí ese estado de tranquilidad interior que predican tantas religiones y que se empeñan en transmitir inútilmente con palabras. Mi padre me acompañó a dar una vuelta por mi habitación. Luego me enseñó a volar. Subíamos y subíamos sin que nada nos detuviera. A mis pies vi mi casa, luego la colonia, luego toda la ciudad. Entonces sentí vértigo y sin poderme controlar volví a mi cuerpo. Al despertar fui a visitar a mi padre. Lo besé en la frente. Nunca me había sentido tan unido a él. Anoche papá me tenía preparada una sorpresa. En realidad eran dos: una rubia, la otra pelirroja. —Aquí el tiempo es muy relativo y las leyes humanas no existen –me dijo mi padre mientras bebía una cerveza alemana–. Todo puede suceder. Lo más increíble y lo más cotidiano. ¿Quieres visitar China, otra galaxia o el vestidor de mujeres? No tienes más que desearlo. —¿Cómo sabes que es real, que no lo estás imaginando? —¿Sería menos divertido si no fuera real? —No, pero… —Aprendes a distinguirlo, después a controlarlo. Todo depende de tu mente. Igual sucede en el mundo físico: cuando estás despierto no percibes la realidad auténtica sino lo que tu cabeza interpreta después de procesar las sensaciones que le proporciona el cuerpo. Piénsalo, verás que no hay ninguna diferencia. Se hizo un largo silencio. Mientras él me daba tiempo para morder su anzuelo filosófico, yo pensaba en una cuestión que me interesaba mucho más. —¿Por qué me pedías que te matara? —No quiero ver sufrir a Magali. —Sufriría más si murieras. Es triste decirlo pero no tiene otra cosa en qué ocuparse. Su vida es cuidar de ti. —Yo no vivo en ese cuerpo, ¿qué no has entendido? —Tú eres el que no entiende nada. Dio un trago muy largo a su cerveza. —Te voy a decir la verdad, y espero que después hagas lo que te pido. No esperaba ninguna confesión de mi padre, sólo quería que fuera sincero. —Hace muchos años, cuando tú eras un niño, aprendí a separarme de mi cuerpo. Llegué a dominar la técnica, podía hacerlo incluso durante el día. Me sentía bien aquí. Luego empecé a desprenderme de las cosas inútiles de la existencia. Cuando asimilas este conocimiento tus prioridades cambian. Ya no te parece tan importante el coche que manejas, y no porque sea una frivolidad sino porque aquí puedes tener el auto que quieras. ¡Y si lo chocas no mueres ni te sientes estúpido! No hice ninguna expresión. De alguna manera intuí que esto no era lo que me quería decir. —En fin… Aquí conocí a Esteva. Él me buscó cuando se dio cuenta que yo era de las poquísimas personas que visitaban este lugar con absoluta consciencia. Verás, los que llegan aquí cuando mueren normalmente no lo saben, es como si volvieran a nacer, no recuerdan su existencia anterior y viven como sonámbulos, prisioneros de los caprichos de sus mentes astrales. Esteva, por alguna razón, al morir no perdió la conciencia. —¿Y qué pasó con él? —Nos hicimos amigos. Fue una experiencia alucinante. Él llevaba más de cien años aquí y me enseñó todas las posibilidades de este mundo inmaterial. —Me gustaría conocerlo. —Viviste con él dieciocho años. —¿Qué quieres decir? —Un día me pidió que le permitiera entrar a mi cuerpo dormido aunque fuera unos instantes. Quería volver a sentir lo que es vivir en un cuerpo físico en aquella otra dimensión. —¿Y aceptaste? —No le podía negar ese favor. Era mi guía, mi maestro. Ahora sé que no debí confiar en él. Cuando tomó posesión de mi cuerpo no volvió a abandonarlo. —Por eso quedaste en ese estado… —No es fácil poseer un cuerpo ajeno. Hace falta compatibilidad.

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—¿Y no podías simplemente sacarlo? ¡A fin de cuentas es tu cuerpo! —Una vez que un espíritu se posesiona de un cuerpo físico se establece una especie de unión invisible. Algunos lo definen como un cordón de plata, pero eso no es más que una metáfora. Es algo más bien relacionado con la voluntad: si el habitante de un cuerpo no quiere cederlo, es imposible que alguien más lo habite. —Me cuesta creerlo. Fuiste demasiado ingenuo. —Fui demasiado curioso. Aprende de mis errores. Desperté con la impresión de que todo había sido falso, un sueño convencional, tan inverosímil me parecía la historia que acababa de escuchar. Esperé a que mamá bajara a preparar el desayuno y entré a su habitación. Mi padre, o quien fuera que estuviera tendido en esa cama, tenía la mirada perdida en el techo. —Esteva –lo llamé. Casi al instante sus ojos se humedecieron. Cuando cerró los párpados dos lágrimas escurrieron a través de sus patillas y se estancaron en el pabellón de sus orejas. —Tengo una duda –le pregunté esa noche a papá–. ¿Por qué Esteva no quiere abandonar tu cuerpo? Vivir así debe ser terrible, y aquí todo es perfecto. ¡Es el paraíso! —Eso parece, ¿verdad? Nada es imposible, puedes tener cuanto desees, eres inmortal, te inunda el sentimiento de absoluto… y sin embargo hay un inconveniente. No puedes dormir. Ni siquiera por unos minutos. No hay manera de perder el conocimiento, de no saber más de ti. Estás libre de la prisión física pero eres esclavo de la eterna consciencia del ser. No sabes cómo extraño esas noches sin sueños, cuando despiertas con la sensación de no haber estado ahí, de haber dejado de existir. —¿Y eso es tan grave? —No tienes idea. —¿Has probado embriagándote? –dije, señalando las botellas vacías sobre la mesa. —En este lugar el alcohol no emborracha, ¿no lo habías notado? La cerveza es tan amarga, tan fría y tan espumosa como la desees, pero no sirve para hacerte feliz. —Si lo mato ya no podrás volver. —No me importa. Esteva me robó mi vida, ahora tiene que morir. Mamá salió a misa. Iba un poco retrasada. Cuando cerró la puerta de la calle entré a su recámara y me senté sobre el pecho de Esteva. Del impostor. Escuché cómo se vaciaron sus pulmones. No sé cuánto tiempo me quedé ahí, pero sé que a la hora del Evangelio mi madre ya era viuda. A la vuelta del velorio fuimos directo a la cama. Ambos estábamos sumamente fatigados. Ella por no haber dormido en dos noches, yo por el enorme esfuerzo de aparentar tristeza frente a la gente. Me daba asco pensar que todos habían llorado por un desconocido. Esa noche tomé píldoras para dormir. Sabía por mi experiencia como estudiante que me impedían soñar, o al menos recordarlo. Me avergonzaba dar la cara a mi padre. Aunque estaba convencido de haber hecho lo correcto no dejaba de sentir cierto remordimiento. Era la primera vez que mataba a alguien, si se puede considerar que un montón de carne inconsciente es un ser humano. Dos días después me encontré con mi padre en la cantina de siempre. Su mesa estaba llena de envases vacíos. Un mariachi tocaba canciones de José Alfredo. —Te agradezco lo que hiciste –dijo en cuanto me senté. Ordenó una bebida para mí. —¿Y qué fue lo que hice? Destruí la única posibilidad que tenías de regresar. —No pienses en eso. Tu madre está mejor ahora. Además era la única manera de sacar a ese cabrón. Una mesera muy joven y escotada trajo mi cerveza y se me sentó en las piernas. —No estoy de humor –le dije a mi padre, sabiendo que la iniciativa era de él y no de la chica. La mesera se levantó y se fue. —Quiero buscarlo. Papá me miró sorprendido. —¿Para qué? ¡No vale la pena! Ya está todo arreglado. No tiene caso que le des más importancia. —Viví dieciocho años con él, creo que tengo el

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derecho de conocerlo. Mi padre se veía nervioso. No sabía qué contestarme. Al cabo de unos momentos de reflexión lanzó un suspiró. —Sé que no puedo evitar que se encuentren. De hecho es posible que sea él quien te busque. Sólo te pido una cosa: no creas nada de lo que te diga. Hazme caso, yo fui víctima de sus embustes y sus mentiras. —¿Víctima? –dijo una voz a mis espaldas–. Creí que te había hecho un favor. Me volví. Era un hombre de unos cincuenta años, rubio, vestido a la última moda de fines del XIX. Sin pedir permiso se sentó a nuestra mesa. Mi padre lo miraba con temor. No lo entendí, en ese lugar no podía hacernos ningún daño. El hombre me miró a los ojos. —No tenías por qué haber sido tan cruel –me dijo con un tono más de cariño que de reproche. Bajé la mirada. Él me tendió la diestra. —Llámame Esteva. Ahora que Hans reapareció no creo que vuelvas a decirme papá. Le estreché la mano. Su presencia no me resultaba extraña, al contrario. A pesar de no identificar sus rasgos lo percibía como un viejo conocido. —¿A qué vienes? ¿Qué buscas? –le preguntó mi padre con agresividad–. Ya estamos a mano, no veo motivo para que tengamos ningún tipo de relación. —Vengo a reclamarte, naturalmente. ¿Te parece correcto lo que hiciste? —Deberías agradecernos –le dije con cierta agresividad, deseoso de rebelarme aunque fuera tardíamente contra un padre que durante mi adolescencia no fue un digno rival por estar tirado en una cama–. De no ser por nosotros seguirías habitando ese cuerpo podrido y apestoso. —¿Y quién te dijo que yo sufría? No sentía ningún dolor físico, tu mamá me quería y yo la quería a ella, y cada noche dormía hasta hartarme. ¿Qué más podía pedir? —Correr, platicar, hacer el amor, embriagarte… ¡Todo lo que hace felices a los hombres! —A tu padre eso no lo hacía feliz. Por eso me dejó su lugar en el mundo. —Cállate, Esteva, eres un pendejo –papá estaba fuera de sí. —¡Tú le robaste su cuerpo y su vida! –le dije con más rencor del que verdaderamente sentía. Esteva lanzó una mirada de rencor a mi padre. —¿Por qué le mentiste? —Le dije la verdad, que te rehusaste a devolverme mi cuerpo. —Tú me lo regalaste. Me dijiste que estabas harto de tu vieja y del escuincle y de tener que trabajar como burro para mantenerlos. ¡Por eso quisiste quedarte en este mundo, porque en el otro no eras feliz! ¡No te importó abandonarlos! Debió ser evidente la expresión de horror en mi rostro, porque de inmediato aclaró: —Se suponía que ustedes no iban a darse cuenta de nada, pero ya ves, mugre cuerpo de segunda… No podía creerlo. Además de con mis palabras, interrogué a mi padre con la mirada. —¿Es verdad? —Eres un pendejo, Esteva. Un verdadero pendejo. —Díselo, que fue después de varios años que quisiste volver. ¡ Ja, estabas dispuesto a renunciar a todo lo imaginable por una noche de sueño! —Desde el principio traté de regresar pero tú no me lo permitiste. ¡Acéptalo! No quise estar ni un segundo más con ellos. Me propuse despertar y al instante abrí los ojos acostado en mi cama. Por alguna razón supe que Esteva no había mentido. Ha pasado un año desde todo aquello. He logrado perdonar a mi padre por su abandono, él ha perdonado a Esteva por el robo de su cuerpo, y Esteva me ha perdonado a mí por haberle asesinado. A veces nos reunimos en la cantina del desierto a beber cerveza y jugar dominó. Incluso nos gusta bromear sobre el pasado. Pero nuestra amistad no puede durar. Mi mamá está muriendo. Pronto llegará a este mundo y los dos hombres se enemistarán para luchar por su amor. Yo no quiero tomar partido. ¿Para qué? No puede haber ganadores definitivos en las guerras que duran por toda la eternidad.

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la habitación de humo

agustín fest humo del insomne

C

uando dejé de fumar, el humo del cigarrillo ajeno me daba un golpe igual que a los sanos. No llegué a despreciarlo o denostar al vicioso, para mí era como atravesar una línea, un recuerdo. Los fumadores somos niños que miraron a sus padres, a sus abuelos, a sus héroes, dar una bocanada al cigarrillo y quedarse en silencio. La imaginación completaba el resto y provocaba la construcción de cuentos en torno a los gravísimos momentos de reflexión, de espera o de hastío. Fumar en silencio es un homenaje a los momentos melancólicos de mi madre, así me convierto en ella y trato de pensar como ella. Se me ocurre que ella fumaba para desmenuzar los silencios de su padre, el caricaturista, el pensador. La ceniza es una concatenación de motivos y testimonios silentes. Anoche mi esposa cerró las cortinas para dormir. Pensé que algo estaba mal. Su naturaleza tabasqueña, la del calor y la humedad, contradice el impulso de unas cortinas cerradas. Había olvidado lo que es dormir así, ya acostumbrado a las luces de un farolito y de las casas lejanas, tal como cuando dejé el cigarrillo y los restos de olor repentinamente golpean. Me acosté en la cama, di un par de vueltas y pensé en mi abuela, cuando dormíamos juntos porque éramos demasiados en un departamento. Mi abuela contándome cuentos del diablo, chistes judíos, preocupaciones cotidianas acerca de la comida, del dinero, del transporte, ¿cómo te quieres ir mañana? Preguntaba la abuela, contemplando las opciones, si el metro, los camiones o regalarnos el lujo de un taxi. No quería dormir, quería seguir escuchándola. La ausencia de luz despertó un impulso infantil porque alguien me hablara, me siguiera contando historias. Mi esposa duerme sin culpas, estoy seguro que ella morirá piadosamente cuando envejezca, sí, morirá mientras duerme. Hablé solo toda la noche. Ha llovido todos los días. Tengo ocho años. Estoy en las maquinitas, antes llamadas chispas. Ahora se les conoce como arcades. Estoy mirando como un chamaco, uno de los más vagos, va ganando en Street Fighter II. No soy el único. Tiene una audiencia de niños y jóvenes que somos los regulares del local. Somos los niños que se preparan para reunirse en una cantina, en el futuro, y contar anécdotas de cuando éramos chaparros y las cosas estaban igual de peladas, pero había juegos de doscientos pesos y las bebidas eran de azúcar y agua con bicarbonato de sodio. El vago usa a Guile, el soldado estadounidense, y después de una hora con veinte, consigue llegar al dictador, Bison. Miramos el final en la pantalla. Empiezo a traducirles en voz alta. Es, quizás, la primera y única vez que me convierto en un poeta recitando en medio de un grupo de desconocidos, hambrientos de saber. Guile habla de Camboya, está a punto de matar a Bison, pero su esposa y su hija lo detienen. Regresa a casa, su esposa le ofrece una cerveza. Su hija y el perro juegan. También hay una chimenea. Me da risa. Cuando Guile suele ganar una pelea, se burla del vencido diciéndole: Regresa a casa y sé un hombre de familia. El vago me hace prometer que vendré mañana, a la misma hora, para que traduzca otro de los finales. Ahora se le hace tarde, tiene que ir a la escuela. Las seis de la mañana, camino junto a mi abuela para ir a la secundaria. Nos desviamos. Tomamos el camino más largo, y menos práctico, para ir a la escuela. Tal vez fue porque empezamos a seguir a la gente. Dos grupos de tres personas que cuchicheaban, querían ver algo. Una señora gorda, con un delantal cuadrado y tubos en la cabeza, señala un edificio. Allá arriba. Un muerto, envuelto como un tamal, se balancea, da vueltas lentas, colgado de uno de los números. Sus labios están hinchados, sus ojos cerrados y sus pies salen de las sábanas. Mi abuela me jala pero ella tampoco puede evitarlo. Lo observa despacio. Promete luego comprar el periódico para leer la noticia. Regresamos al camino, diez minutos de silencio y luego me acaricia la cabeza. Más tarde dice que lo arroparon como si lo quisieran, como si alguien descubriera al muerto y lo arreglara para que lo vieran. Luego añade que seguro antes de matarse tenía mucho frío. Cuando tenga a mis hijos, si alguna vez los tengo, me imagino en los fríos de Cholula, alzando la mirada para observar los techos de las casas, de los pocos edificios. Aprendí muy joven que las madrugadas son para los suicidas.


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os esquizofrénicos siempre sueñan con ser estrellas de rock. Les gusta imaginarse con capa y pantalones entallados, sosteniendo el micrófono con ambas manos, sus zapatos de plataforma, bañados en luces de colores, el clamor de un público amorfo, allá, en la oscuridad, y les gusta (a veces) andar sin camiseta y fingir que son una mezcla entre Freddie Mercury y Robert Plant. Siempre, invariablemente, se imaginan como estrellas de rock de los sesenta y setenta. Porque el pasado siempre es mejor. Pero los esquizofrénicos, los seriamente esquizofrénicos (como mi hermano mayor) necesitan que las estrellas de rock que encarnan en sus vidas (es como una posesión) sean heroicos. Y que sus dichos, proclamas, declaraciones de principios, denuncias de justicia y equidad y de homenaje a las bondades del rock, tengan la contundencia que tuvo en algún momento el frontman de una banda setentera. Esto es, buscaban ser el mesías de una causa que nadie identificaba, era nebulosa, pero igualmente necesaria para engendrar la sensación de libertad que siempre desea el esquizofrénico. Es por eso que colindan fácilmente entre la euforia y la catatonia: el mundo allá afuera es extremo y cruel, hermoso y funesto, brillante y aburrido. Es mejor guardarse en el mundo interior. Ahí proteges mejor tu fuero interno. Y dejas de escuchar voces. En mi infancia y durante la pubertad, creo que vi a mi hermano posando frente a un espejo como tres veces por semana. Tenía un enorme afro que lo hacía parecerse al cantante de MC5. Contoneaba su torpe cuerpo y sus labios en un homenaje maltrecho a Steven Tyler. O siguiendo, con una prodigiosa memoria sónica que afortunadamente heredé, las partes de batería o de guitarra de sus canciones favoritas. Todo era posible en ese mundo imaginario. Nada lo detendría. Los esquizofrénicos se imaginan vidas mesiánicas, porque viven en un mundo sin mesianismos, salvo los que proporciona la industria del entre-

cuaderno posapocalíptico aquello que nos aplasta, entonces estás perdiendo

alejandro espinoza sueños de gloria

tenimiento y la gravitas de una buena canción de Zeppelin. Por eso le llamaban “Rock pesado.” En ese imaginario, personas como mi hermano se autodesignan como elegidos de un destino incierto, pero lleno de plenitud espiritual, para hacer a un lado ese engendro confuso y laberíntico llamado realidad. Mi hermano, por ejemplo, desarrolló una manía casi eufórica en torno al número siete. Y las cruces. Dibujó sietes y cruces en todas partes, en las paredes de su recámara, en las portadas de discos (cuando regresaba de sus periodos de delirio se arrepentía. Los discos eran sagrados para él), en sus camisetas, en las rodillas de los pantalones, en un tenis de tela, tallado en la corteza de un eucalipto, en fin, todo su entorno se hallaba plagado de este signo: 7. Hasta la fecha, no tengo la menor idea del significado que él le atribuía, sólo recuerdo que me observaba, un poco condescendiente, como si se compadeciera de mi ignorancia. Y es que los esquizofrénicos tienen vida de iluminados. Sus sueños son sueños de gloria. La realidad soñada se manifiesta como una historia épica en la que se lucha contra las adversidades –cualesquiera que estas hayan sido—para salir triunfante, la espada alzada a los cielos, un rayo de sol derramándose en el hierro. Los esquizofrénicos, como podrán darse cuenta, son magnánimos. Han derrocado imperios y han combatido con demonios aun más temibles que los que construye esa gran fábrica de quimeras llamada Hollywood. Su mantra, su diario devenir, es el de la libertad: debe permear en cada una de las acciones de la vida humana. Si no eres un gran héroe todos los días, si no consignas y denuncias y maldices todo

el tiempo, pero lo que es más importante: estás perdiendo la oportunidad de dejar una huella en la historia. De modo que te dedicas a confeccionar estratagemas, diseñas planos, imaginas traslados, aventuras, viajes, vuelos a lugares exóticos, y conduces tu espíritu hacia la verdad. Ahí donde todos somos rockstars; ahí donde todos somos grandes y soñamos sueños grandiosos. Donde un rincón de tu barrio puede contener todo el sentido del universo, donde ese gesto, esa mirada, ese señalamiento, significan. Ahí donde cotidianamente tienes las claves para comprender los secretos del mundo, y en todo momento, tienes la necesidad de compartirlos con los demás. Pero todo está en la imaginación. Todo eso sucedía en su cabeza, mientras su cuerpo se mantenía en un mismo sitio: su recámara, desde donde comienzan las revoluciones, desde donde se producen los delirios, desde donde no sucede absolutamente nada. Por alguna extraña razón, esta vida que hemos confeccionado para nosotros, donde compartimos cada momento y cada escenario y cada pensamiento efímero y cada teoría conspiratoria y cada declaración de principios y cada fotografía donde aparecemos como rockstars y cada vicisitud y epifanía fascinante en nuestras vidas, me resulta igual de ilusa e igual de esquizofrénica que la vida que vivió mi hermano en su adolescencia. Señoras y señores: comprendo que la escritura, en su estado más puro, tiene la capacidad de revelar verdades sensibles, incluso hasta místicas. Pero también sé que la manifestación de una verdad a través de este ejercicio empírico de entender la realidad es vilipendiada en círculos académicos o en la praxis neoliberal de los que viven de prisa y pisando a los otros. Pero puedo decirles, con toda honestidad, que ahora sí, hemos llegado a un estado de tiempo en el que somos regidos por la esquizofrenia. Y estamos fascinados por eso.

El terrible sol de la separación Aun tengo esa noche atorada en la garganta. Los niños reían ante todo ellos siempre tienen que reír para que esto que se llama vida sea. Yo me deslizaba por las calles de una casa a otra esperándote y los niños brincaban en la trasera parte del auto. La beba dormía en tus brazos mientras abordabas el autobús La beba lloraba y tu mirada iba cantándole eso que las madres cantan con la mirada. Pero tuvo que ser un día lluvioso para que habitara en mí la tristeza. Los días de sol el demonio siempre está sobre mis sienes esperando. Y el sol estaba ahí como enojado como clavando sus agujas en tu cuerpo. Yo había bañado a los niños y ahora los vestía para correr en el parque y tú llegaste a casa cansada con las piernas doloridas y el alma agrietada seguro por el sol tuvo que ser así. Cuando el cielo termine de caerse a pedazos Pero cómo odiar al sol ese vigilante claro de todos los días que nos observa impávido ceñudo inamovible en sus ideas. Yo Qué gusano somos para poder enojarnos con el sol. y mi semilla La beba dormía cuando llegué de nuevo a casa. volaremos en esa gusanera espacial Los niños ya estaban con su madre. de una galaxia a otra Y caminabas de un lado a otro de la casa de un átomo a otro con tus pasos como alas de murciélago de una dimensión a otra dando vueltas y aporreándote en las paredes del tedio del cansancio encimados en los dioses de las horas de sol caminando las calles mis queridos dromedarios con la bebita en brazos. para insultar a los fantasmas No se qué idioma hablabas de tanta cosmogonía en ocasiones no logro entender el idioma del rencor. innecesaria Se que los reclamos actúan como pólvora y es ahí cuando el demonio que habita sobre mis sienes se metió a lo más profundo de mi corazón. Te miré ya con otros ojos unos ojos cargados de hartazgo

dos poemas / adán echeverría


tripulación Luis Carlos Fuentes Ávila (1978, defeño de nacimiento, potosino por asimilación). Narrador y guionista, egresado de la Escuela de Escritores de SOGEM (1996-98). Es autor de los libros de cuento Palma de Negro (premio “Manuel José Othón” de narrativa 2007), y Mi corazón es la piedra donde afilas tu cuchillo. Actualmente es beneficiario de una beca del FECA de SLP en narrativa, colabora en la revista Perros del Alba, es guionista para OnceTV y enseña guión cinematográfico en el Centro de las Artes de SLP Agustín Fest. Vive en Cholula con su esposa y dos perros. Escribe ficción en su bitácora: http://arbol217.com/ desde hace diez años, donde presenta novelas inéditas, cuentos, opiniones, artículos, entre otras cosas. Ha publicado en digital: El diario de Simón Dor, Ernesto Medel vs las Vampiras de Polanco, Fotocuentos, entre otros. Ganador del concurso nacional de cuento corto José Agustín, 2012. Alejandro Espinoza (Mexicali, Baja California, 1970). Narrador, ensayista, traductor. Entre sus obras se encuentran las colecciones de cuentos Las Visitas, La ciudad y sus silencios, la novela La Saga: una noveleta filosófica la colección de viñetas, ensayos y artículos

apócrifos titulada Las Biondas no tienen corazón (CRUNCH editores, 2004). Profesor de Estética y Nuevas Tendencias por la Escuela de Artes de la UABC. Adán Echeverría (Mérida, Yucatán, 1975). Realiza estudios de Doctorado en Ciencias en el Cinvestav-IPN, Unidad Mérida. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos (2007). Estatal de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado los poemarios El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008) y Tremévolo (2009); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2012). Compiló en coautoría el documento electrónico en disco compacto Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México. Autores nacidos en el período 1960-1989 (2008). Participa en Los mejores poemas mexicanos. Edición 2005. La fotografía de portada es de Ivett Montalván. Fue editora de secciones culturales en medios impresos como el periódico Reforma y la revista dF por Travesías. Actualmente es traductora de francés, inglés y alemán, e investigadora iconográfica independiente. Siempre le han gustado Japón, los gatos y la fotografía.

Nuevas instalaciones: Pedro Parga y Zaragoza, Centro.

Guardagujas 58  

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