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victor bezrukov

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ajo las ruinas de la victoria quedan siempre leyendas sepultadas. O, como Walter, sepultado bajo el agua. Aunque al decirlo contravengo su ideal pacifista, él merece la gloria sobre cualquier piloto caído durante la Campaña de agosto. Murió por sus principios y no por el azar de la batalla. Si me lo permites, a través de tus notas y atención, contribuiré a honrar su leyenda: no quiero que continúe siendo recordado como el artífice loco de un invento imposible. Walter creció en el sur del país. Desde muy pequeño observó, durante tardes inacabables, la superficie de Presa Infinita encrespada por el viento, desentrañando el eterno vaivén de aquel oleaje que su padre definía como el pulso de la tierra. Muchas veces corrió descalzo sobre el borde de hormigón para arrojarse de maroma en las aguas. Nadó y nadó. Recordaba también que se divertía gritando al interior de la pila, en donde su madre lavaba todas las mañanas, hasta distorsionar con el aliento su cara infantil reflejada en la superficie del

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julio 2012, n° 56

aeronaútica líquida

rogelio pineda rojas

mar encajonado. Walter estaba orgulloso de que la Aeronáutica Líquida se hubiese inspirado en los juegos de la niñez y en medio de la sencillez estimulante de su origen. «Yo tenía seis años cuando papá murió, Börn [me contó Walter alguna vez, con la mirada fija en los pliegues de una bata erguida como fantasma al fondo del laboratorio]. Su hidroplano se desintegró en el aire una mañana, así, inexplicablemente, y hallaron su cuerpo hecho carbón. A pesar de que resguardaba el nivel de la presa que suministra toda el agua del país, no hubo pésame ni indemnización por parte del estado. Sólo una cuadrilla de militares recogiendo pedazos de metal en el monte y el pésame frío de promesas incumplidas en los ojos

de mamá. Sin otro recurso que sus brazos, mamá pasaba horas lavando ropa ajena en ese lavadero, para mantenernos. Orgullosa, nunca aceptó casarse de nuevo ni recibir limosnas de nadie. Por meses, un militar de cabeza cuadrada la visitó prometiéndole liberarla de los estigmas del jabón. Nunca le hizo caso. Recuerdo sólo a uno de sus novios: un hombre de piel casi púrpura que dormía en nuestra casa por semanas y después se iba. Nunca me dio un abrazo ni dijo palabra. Sonreía al verme, eso sí, mostrando el resplandor de sus dientes, y caminaba de largo rumbo al cuarto de mamá. Este hombre apareció cuando ella murió: acarició sin respirar el ataúd y salió del velorio en silencio.

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editores: edilberto aldán / joel grijalva

aeronaútica líquida «En aquel melodrama infantil descubrí [Walter sonrió al decirlo] que el flujo del agua es irrompible. Un día, Börn, corté rápidamente con la palma extendida, con la instantánea cuchilla de mis dedos, el chorro que caía de la llave y en milésimas siguió fluyendo. Ahora sé que la gravedad produce este efecto, pero entonces imaginé qué pasaría si un dispositivo pudiera mantener el flujo de agua en elevación constante, un sistema gravitatorio que, además, le brindara cohesión. Imaginé el resultado como una gota enorme, ondulando en el aire, tan maleable que resultara irrompible. Decidí entonces que podría primero experimentar con agua de colores, con la cual formaría letras en la fachada de los cafés y restaurantes del pueblo, como anuncios neón. Me gustó la idea. Después, crearía un monumento de coloridos chisguetes en cuyo centro una burbuja soportaría el busto de papá y su cara de conquistador amigable. Su mayor logro fue concentrar el agua del continente en nuestro país, en Presa Infinita, por lo tanto lo merecía. Finalmente, diseñaría un avión hecho de agua para ver desde el cielo, justo bajo mis pies, y no por una ventanilla, aquella presa y veintena de lagos y lagunas más que inundan hoy día los recuerdos de mi niñez…». Aquí, Walter se rascó la barba y repitió la plegaria de algoritmos que usó para alcanzar su objetivo. Inmerso en la paz de quien domina la realidad como una fórmula aritmética, sin errores, finalizó este relato al hablar, muy a su costumbre, de los ecologistas que se oponían al uso del agua como medio aéreo de transporte. «No se daban cuenta que hacer aeronaves de acero y combustible es más caro para el planeta. “Déjenme enloquecer, entonces” les dije, y los complací usando agua tratada». ¿Cuál fue su aportación más valiosa?, me preguntas. Walter nos regaló la posibilidad de ver la superficie de Presa Infinita chapeada por el sol del atardecer o, más allá, ver desde el cielo las luces de la ciudad como recital de diamantes sobre el paño negro de la noche. «Imagínate, Börn [me dijo tiempo después, cuando hicimos flotar las primeras columnas de agua en los contenedores del laboratorio, gracias al dispositivo en perfeccionamiento], la tecnología ayudará al hombre a ver el espectáculo de la naturaleza, aunque suene a lugar común». ¿Cómo era la aeronave líquida? Al ser activado, el prototipo cero era un halcón espumoso que iba tranquilizando sus olas hasta convertirse en un plumaje cristalino. Y como la mente de Walter no dejaba escapar detalle ninguno, programó además un termostato, con base en la temperatura de cada provincia del país, que sumergió en el pico del avión. «Es más importante que el giroscopio», decía. ¿Cuándo se convirtió en arma? Cuando en pleno verano del setenta y siete nuestro país comenzó a tener disputas por el agua contra la Nación Pirética. La televisión transmitió imágenes de un tanque del ejército incinerado en la frontera sur. El lanzallamas pertenecía a un grupo movilizándose en cabañas rodantes, quienes lucían piel cobriza inflamada de sol y feroces máscaras de corteza. Habían adaptado sus viviendas para huir, debido a la deforestación de su entorno, hacía la última sombra que les restaba, situada justo al interior de nuestro territorio. En el laboratorio calculamos que para entonces la temperatura de esta nación alcanzaba los 58 grados Celsius. La guardia nacional fortificó la frontera para evitar la migración hacia las lagunas en nuestro país. En específico, reforzó la seguridad en Presa Infinita. Sin embargo, el ejército pirético tomó después la frontera, ahora con unos búnkeres andantes, destruyendo al nuestro. Los pronósticos eran desalentadores. Esa misma noche Walter y yo concluimos el prototipo cero de la Aeronáutica Líquida. «Ánimo. Lo lograste», dije palmeándole la espalda. Habíamos salido a tomar un descanso. En

el cielo, un avión militar se insertó en un banco de nubes que rodeaba la luna. Cabizbajo y encorvado, con la bata blanca ceñida al cuerpo, y bañado por la luz que descendía de las alturas, Walter me pareció más una gaviota gris, que el inventor hablantín que yo había conocido en el posgrado de física de la universidad. Becados. Algo le preocupaba. Esa misma noche, que debía ser de festejo, la preocupación se materializó en una llamada. «¿Quiere a su país, doctor Walter?, entonces su invento servirá para extinguir el conflicto», dijo el comandante, en el monólogo al otro lado de la línea. Habíamos resistido seis años la fatiga del resplandor marino del laboratorio, como el de una caverna oculta bajo el océano. El contacto interminable con la humedad nos había arrugado las yemas de los dedos por una eternidad y hacía mucho que no sudábamos a causa de la humidificación excesiva en cada poro de la piel. El dolor articular había aparecido porque cada ajuste se llevo a cabo sumergidos en la envergadura de la nave o dentro de la cabina de ignición. Tuve que vendarme muñecas y rodillas para disminuir la rigidez. Yo también comparto la sabiduría de la infancia y los remedios caseros. No sirvió. Ahora, lo ves, soy un viejo reumatoide que al caminar o levantar la mano en saludo, escucha romperse entre los huesos un oleaje de dolor. Esta circunstancia me confirma la fragilidad del ser humano: continúa siendo un bicho valiente en las guerras, pero un poco de agua extra en el cuerpo puede matarlo. Esa noche, volvimos al laboratorio. El esfuerzo de Walter serviría entonces para una causa contraria a la que había sido concebido y en esa luz ultramarina caminamos por el esófago de una ballena, directo a acuchillarle el corazón. Sin motivo aparente, Walter ajustó el mecanismo, que daba espíritu a su invento, girando la perilla del termostato. «¿Le echaremos a perder la fiesta al ejército?», pregunté, insinuando sabotaje. Sus labios intentaron una sonrisa. «No es necesario, Börn», respondió, guiñándome un ojo. El convoy del ejército recogió el prototipo cero poco antes del amanecer. Walter explicó el encendido y la imposibilidad de armarlo con objetos sólidos. «Hemos evolucionado en misiles y balística», dijo el comandante de cabeza cuadrada. «¿Crearon armas líquidas?» preguntó Walter. «No. Eso hubiera sido una forma fácil de terminar esta historia: logramos que las de metal graviten junto con el agua». Ellos habían estado trabajando. Lo que sigue, la gente y tú lo saben gracias a la historia oficial, y gracias a que mis palabras son consideradas un simple chisme sensacionalista. El prototipo cero fue reproducido en serie, a miles de centímetros cúbicos por minuto. Y la Fuerza Aérea Líquida (FAL), como fue bautizada dicha élite militar, bombardeó en la Campaña de agosto a la Nación Pirética. Sus baterías antiaéreas, fijas en cada búnker, cuyas municiones atravesaban inofensivamente el casco de los aviones, no pudieron hacerle frente. Las imágenes en la televisión del bar donde veíamos, durante nuestro fallido festejo, la acometida horas después, no dejaron duda: el océano de los aviones embistió el amanecer. Walter levantó su vaso para distorsionar a través del cristal la luz de la pantalla. ¿Qué sentía? Tengo la impresión de que lloraba, porque se pasó dos o tres veces el dorso de la mano por las mejillas. La FAL acorraló a los pobladores ardientes, que desplazaron sus cabañas de vuelta a su territorio, entre el bosque depauperado. Los invadimos. Cruzamos su cielo. El zumbido del bombardeo duró apenas unos segundos, pero fue devastador. Fuego. Gritos. El horror hecho un programa noticioso. Walter apretó el vaso, reventándolo. La palma de la mano se le llenó inmediatamente de sangre, pero nadie de los parroquianos lo notó. Permanecían absortos en los detalles de las aves transparentes, suspendidas en el horizonte como lluvia que nunca

terminará de caer. Le enredé mi venda para frenar la hemorragia. Cerró el puño y se lo llevó a los labios. Los párpados cayeron lentamente sobre sus ojos verdes y cuando pensé que las lágrimas correrían hasta el mentón, sonrió. «Voy a tomar un poco de aire» y, sin mediar explicación, salió del bar. En la calle, intenté tomarlo del brazo. Sentí su codo reducido a una piedrita de río. En lugar de detenerse, giró soltándome un manotazo directo a la nariz que me hizo sangrar. «La crueldad es un boomerang. Ya lo verás», dijo con aliento a caño, apuntándome con el dedo índice en medio de los ojos. Echó a andar por entre las casas, aún en penumbra, donde quizás aquella madrugada la gente bebía leche, arrebujada en el sillón, viendo la guerra que estaba a la vuelta de la esquina, pero que para ellos se desenvolvía en otro mundo. Uno distante. ¿O era una película de ciencia ficción para noctámbulos? El argumento de la historia que, sin instructivo de armado, ha olvidado para siempre el invento de Walter. Regresé al interior del bar. Cuando iba directo al baño apretándome el tabique nasal, en la televisión la resistencia de la Nación Pirética había trasladado sus tropas hasta una duna similar en tamaño a Presa Infinita, sólo que retacada de arena, muy adentro de su territorio. Aunque el calor ahí seguramente rebasaba los 60 grados Celsius, era su último refugio. «Se acabó. ¡Los acorralamos!», dijo el barman, que se pasó el dedo índice por el cuello en señal de corte. Sin embargo, más tardó en pronunciar la última palabra, cuando la modificación en el termostato del prototipo cero, hecha por Walter, error duplicado en masa, facilitó la desintegración de la FAL, que se evaporó en la temperatura extrema. El bar quedó en silencio. El barman permaneció con el brazo levantado y la cara embobada al ver cómo los halcones se caían a espumarajos desde las alturas. En cierta forma, Walter así lo había planeado y, a pesar del dolor en la nariz, aplaudí su astucia. Lamentablemente, él no estaba ahí para verlo. Seguí mi camino. Después de mojarme la cara en el lavabo, aspiré el olor a creolina del baño, el olor a muerte para los bichos, que desde entonces no he podido arrancarme. Lo asoció con la desgracia. Apenas me pasé una toalla de papel por la cara, el espejo retumbó con la alegría de los parroquianos. «¡Ganamos! ¡Ganamos!», igual que si el equipo de sus amores hubiera empatado después de ir perdiendo el partido. Al volver a la barra, en la televisión se repetía la lluvia de balas y misiles cebados que aplastaban construcciones de madera, y el rostro ya sin máscara de los piréticos, que veían perdido el conflicto con horror luminoso en los dientes. Una victoria pírrica para nuestro país, pero victoria al fin. Por la tarde, fui al laboratorio consternado todavía por la maldita casualidad que permitió ganar una guerra que pudo evitarse si el país hubiera aprendido algo de la buena voluntad de Walter, que quiso detener el ataque cuando averió su propia invención. El quería compartir el agua, de alguna forma, con todos. Al entrar, mi venda enmarañada entre las piezas del mecanismo y la computadora con la información del proyecto, se deslizaban inservibles sobre el agua, que se había desbordado de los contenedores, pintando de rojo cada rincón. Hinchado y purpúreo, Walter vino flotando hacia mí sobre el oleaje infecto.

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benedetti, onetti y otras incertidumbres Para Angélica Santa Olaya Sartre, Kierkegaard, Onetti. A este último jamás creí revivirlo en mi viaje. En mi juventud empecé a leer a Juan legué a Uruguay desde la última ciudad de Carlos Onetti, inmediatamente después de haber leido Brasil, Chui. Casi de madrugada. Esperé en los cuentos de Horacio Quiroga. Onetti es para leerlo la estación de autobuses, una vez más, a que desde dentro, es para compenetrarse, es para sufrir con amaneciera. Al filo de las seis salí a la calle sus personajes, es gozarlos, leerlo significa ser masoca, que divide Brasil de Uruguay. Un puesto de ser clavado, ser profundo. Sin embargo, después de co“chivitos” me remitió a los puestos taqueros de mi país. quetear con tánatos, con la idea tentadora de conocer el La primera palabra materna salió de una chica que me Báratro, de jugar ruleta rusa con la Hibris, con las Eripreguntó dónde salían los buses para Montevideo. “No nias, las Moiras, las Furias, las Harpías, las Mempusas, soy de aquí, y es la misma pregunta que estaba a punto las Ménades y todas esas cabronas divinidades que se de hacerte”. Resultó que era una veinteañera que se había encargan de enloquecer al hombre; después de andar de quedado en Brasil a trabajar durante un año y que, de ma- putas con la Muerte, al borde del abismo, decidí dejar, nera “ilegal”, había regresado a su tierra, sin sellar su pa- por un rato, cierto tipo de lecturas. Y Onetti, para nuessaporte de entrada. “Quiero llegar de sorpresa con mi fa- tra mutua mala suerte, fue uno de esos autores postermilia”, me dijo y me recordó a mi hija que todavía vive en gados. ¿Cómo no iba a dejar a un autor para ser leído por Canadá. Mientras tomé una foto y una botella de agua, mentes fuertes y no endebles como la mía en aquellos la joven desapareció. Caminé y encontré la estación, lle- años mozos? ¿Quién puede con una frase como “Usted na de uruguayos tomando su mate. Cinco horas más para es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los llegar a Montevideo. Monte vide eu (“He visto un Monte”, hombres a su edad cuando no son extraordinarios” de dice la etimología popular). Después de varios montes, su cuento “Bienvenido, Bob”? Perra realidad, escarbar, en un camión con olor a tabaco que iba a setenta u ochen- excavar hacia dentro. El Hado y el Hades todo lo tienen ta kilómetros por hora por fin llegué a la ciudad. planeado y su perverso plan era que yo descubriera al De la estación, quedaba a diez cuadras la calle de Ca- narrador uruguayo en su tierra, en esas calles tristes a nelones, donde se encontraba el Hostel. Caminé cansa- más de medio siglo de que publicara sus mejores novedo, después de dos semanas en Brasil. Al primero que le las y cuentos. pregunté por la calle no le entendí del todo, uno se acosPor fin llegué al Hostel, pero después ya todo lo vi con tumbra a las lenguas, a las osculares y a las lingüísticas. ojos onettianos. Quise ver a Montevideo como la ciudad Sentí una soledad apabullante, sentí saudades más del más triste del mundo y comencé a andar sus calles y ver país verde que de mi propia tierra. Ciertamente Cane- a sus uruguayos bigotones y despeinados con un tufo de lones quedaba a siete cuadras en realidad. Al principio vacuidad y con la angustia que se experimenta cuando disfruté aquel barrio viejo con calles de reminiscencia se ve el tiempo pasar, tan rápido, tan lento, como son las arquitectónica colonial. Sólo que hubo un pequeño lecturas de Onetti. El periodista Juan Cruz cuenta que problema: el número del Hostel en Canelones era el quiso entrar a un bar donde un hombre limpiaba y lim2016 y yo me encontraba en 136 de la misma calle. Algo piaba los cristales polvosos. “Está cerrado”, dijo el intenmás: la calle tenía una pendiente cuesta arriba. Un de- dente. “¿Desde cuándo” preguntó el periodista. “Desde talle extra: yo cargaba una mochila al hombro con unos hace un siglo”, respondió aquél. Me pregunté si no me treinta libros, además de mis pocas pertenencias. Cada pasaría lo mismo, aquel jueves de Pascua, en un Monpaso me pesaba más y mi encanto por la ciudad sudame- tevideo vacío, cerrado, con un viento que bofeteaba la ricana se iba desvaneciendo. Quince días caminando, nostalgia. Cuando me metí en un “boliche” en la calle cargando, medio comiendo, lejos de las comodidades y de José Enrique Rodó pedí una “Norteña”. Al beber la placeres jamaicones ya pesaban. Para mitigar, traté de cerveza me sentí un personaje de El pozo (cuando uno evocar los Montevideanos benedettianos, solitarios, nos- lee a sus personajes uno se convierte en el propio persotálgicos, fantasmales. Empecé a respirar con dificultad, naje). Me hubiera gustado, al menos, tener en mi manos pues la altura del país, la altura de la calle y la altura de un ejemplar y ponerme a leer un fragmento, como lo mis ideales se me venían encima (acima, decían los ca- hiciera Eduardo Galeano, quizá el menos triste de los riocas, mineiros y paulistas, para todo lo que tenga que escritores uruguayos. “Para Galeano, con la convicción ver con el concepto espacial de arriba). Como en todo de que algún día escribirá casi mejor que yo”, fue la demi viaje sudaca me sentí un Che Guevara región 4 (pues dicatoria para el intelectual. con problemas gástricos, respiratorios, de columna y Y el peso continuaba como el muerto que cargaba el coxis, emprendí la aventura), creí que ya había adqui- personaje de “Luvina”, el cuento de Rulfo, autor quien, rido un nuevo padecimiento: asma. Por obvia asocia- por cierto, tenía tantas afinidades con el autor de El astición recordé el cuento de Benedetti “El fin de la disnea” llero. Ambos, con vicio, solitarios e introvertidos, ambos ubicado precisamente en un consultorio médico de la con infiernos, ambos descuidados de las convenciones y calle de Canelones. Y apenas iba en el 848. En esa mis- ambos irónicos. “Con minucioso cuidado, con asco, con ma calle, casi esquina con Acevedo Díaz tomé una foto tristeza, como si hubiera peligro de cortarse, Larsen voldel edificio donde se consumó “La noche de los feos”. vió a colgarse el revólver en el pecho y se abandonó en el Era mediodía y la asunción había llegado a ese departa- sillón”, son palabras de aquella novela publicada hace 50 mento: “Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. años. Y pensé en los tantos suicidios de la familia QuiroLuego me levanté y descorrí la cortina doble” (El cuen- ga. ¿Por qué veo a esta ciudad tan triste? En “La cara de to de los feos es ficción pero yo quise que ese edificio la desgracia” de Onetti, un hombre atormentado por no marrón y esa precisa ventana con cortina gris fueran los haber evitado el suicidio de su hermano se abraza a su úldel cuento). Quise compenetrarme con la niñez-adoles- tima esperanza. “Tan triste como ella” es probablemente cencia del alter ego de Benedetti según La borra del café, uno de los cuentos más tristes que se hayan escrito, por lo novela ubicada en ese preciso barrio en la década de los menos, en Hispanoamérica. treinta y cuarenta, pero no, no había conexión, mis reMi entusiasmo literario que me acompaña cuando laciones y mis reminiscencias literarias no empataban viajo se me apagaba, se me convertía en otra cosa. “Escon aquellas Geografías. Así que un solo texto me trans- cribo para mi vicio, para mi dulce condenación”, acepmitió la sensación de fastidio y pesadez que estaba ex- taba el uruguayo autoexiliado en Argentina y España, perimentando mientras caminaba aquella interminable quien hablaba con mucha güeva, inexpresivo, fumando, calle: el vacío de La tregua. “Si alguna vez me suicido, sin más mueca que la de una flojera atrasada por más de será en domingo. Es el día más desalentador, el más in- cincuenta años. En toda su narrativa es una constante sulso”, escribe Martín Santomé en su diario, a mediados las referencias –ya con palabras, con situaciones, condel mes de marzo. En marzo, en Montevideo, el tedio y textos o descripciones de sus personajes– a la pereza, al la desesperanza se me montó a los hombros como no aburrimiento, la pesadez de la rutina, el cansancio y el había sucedido desde hacía veinte años o más, cuando fastidio por la vida. Se sabe que él mismo podía escrimi época existencialista, cuando dejé de leer a Camus, bir dos días y dejarlo de hacer por meses, escribía sólo

L

fernando reyes

cuando le “entraban ganas”. También se sabe, como el caso de muchos escritores, que piensan sus novelas por mucho tiempo. Así fue con El astillero, pensada por varios años y escrita en unas semanas. Con esos pesos revividos seguí caminando hacia el centro, vacío, solo, frío, como si toda la vida hubiera estado así, en ese perenne atardecer de otoño. Sin embargo seguí, recordando El mito de Sísifo de Camus, subir la pesada roca hasta la cima de la montaña y dejarla caer por toda la eternidad, pero dándole sentido. El hambre apretó, bajé por Bartolomé Mitre y caminé al Merado Municipal, añorando los colores, sabores, texturas e imágenes de todos los mercados de mi país; pero no, me encontré con un mercado, gris, vacío y cerrado. Así, arrastrando mi existencia, llegué hasta la Avenida 18 de julio, el centro, luego el bello Palacio Salvo, la Plaza Independencia. Tomé aliento y una hamburguesa a falta de comida uruguaya, para agarrar toda la calle Sarandí hasta llegar a la escollera del mismo nombre, donde las olas se estrellaban como si dios hubiera chacualeado por horas. A diferencia de una postal o una imagen de Google, repleta de coloridos y festivos pescadores, la Escollera Sarandi, esa tarde eterna la ornamentaba un solo hombre, quien cuando llegué, onettianamente se dispuso o coger su caña y largarse a tomar un mate caliente, pues seguro no picaba ni un despistado pez. Me atreví a pedirle una foto, me la tomó de mal talante y yo todavía tuve la osadía de abrir mis brazos, señalando el fin de Uruguay y, a los lejos, el inicio de Argentina, país que me esperaba aún. Cuando busqué esa foto me encontré con un video en el que se escucha la voz de la azafata anunciando la llegada al aeropuerto Carrasco de Montevideo. La imagen es precisamente ésa: el mar que divide ambos países. Revisé acuciosamente de nuevo el video, como si quisiera verme a mí mismo, quien grababa esas imágenes, afuera del avión, allá abajo, esa misma tarde, alzando los brazos mientras un pescador malencarado me saca una foto. Mientras escribo esto trato de recordar qué fue lo que sucedió. Mi mente chiquita y lógica pretende explicarse a un sujeto dentro del tiempo y el espacio. Hay pocas respuestas que puedan caber dentro de la cuadratura siempre pequeña de la razón. La ciencia dice que no podemos ocupar dos espacios al mismo tiempo. La literatura siempre contradice estos silogismos. En su “Decálogo”, Onetti afirma en el paso número diez: “Recuerda mentir, siempre”. Esta mentira es lo más parecido a la verdad: nunca estuve en Uruguay, aunque lo muestre un video o una foto o una crónica. O estuve dos veces. O llegué en autobús por la última ciudad brasileña o llegué en avión desde quién sabe dónde. Es lo que menos importa cómo llegué, lo que sí es un hecho, y lo recuerda perfectamente mi memoria imperfecta, es que no me dejaban salir de Uruguay, estuve allí en calidad de “ilegal”, tal como la fantasmita veinteañera con quien platiqué en Chui. Recuerdo que no me permitieron tomar el buquebús que traslada a Buenos Aires porque en mi pasaporte no tenía el sello de entrada a Uruguay; sí el de salida de Brasil, pero no el de entrada a este triste y fantasmal país. Seguiré pensando o tratando de recordar por qué estuve en Montevideo si no estuve. Es como la ciudad donde viven (casi muertos) los personajes de Onetti. “Santa María no existe más allá de mis libros”, aseveró una vez. De Santa Marías, Macondos, Luvinas y Comalas está plagada la imaginación de escritores y lectores, quienes padecen lo que el autor del tedio bautizó como “Literatósis”, y yo le he dado por llamar “Fantasiofrenia”. De una cosa estoy seguro, una sola cosa aquí es verdad. Hoy, en el momento que termino de escribir esta historia, real o imaginaria, hoy, en esta hora que empieza a alumbrar el sol, he decidido volver a los existencialistas y sus postulados de la muerte inalienable e inexorable, la angustia, la libertad y la responsabilidad en cada uno de nuestros actos. Ya no me provocará angustia el paso terrible del tiempo, la vacuidad de la insoportable rutina, ni los fantasmas de Montevideo, ni la certeza o no de mi existencia.


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E

n la niña de sus ojos una niña contempla su alrededor y descubre tu figura reluciente; recuerda, insólita, que las revoluciones ocurren sólo cuando nos vemos en el espejo, o cuando ruinas de hombres son conducidos como ruinas al reino: ciegos, atolondrados, débiles, despistados, la niña observa en la lejanía de la historia cómo la historia se descompone, se recompone, y todo la lleva a un fin: el sueño de la posibilidad. Bebamos un canto contra el futuro, porque es imposible imaginar un futuro inevitable, cantemos por la algarabía de aquello que nos ayude a perder el sentido, porque es ahí donde podemos descubrir los territorios ocultos y siniestros detrás de una sonrisa blanca, de una mirada que ha dejado de ver desde hace mucho tiempo. Sorbamos un poco del vino y festejemos la llegada de un fin, un fin después de muchos fines, un fin que detiene el futuro, que lo ve a los ojos, que le dice, simple, sucintamente: No. En las noches una caricia, un castillo y un abrazo blando, montados en un escenario de terror y fuego; en las mañanas un canto vigoroso, canto hecho de lodo y de ilusiones ópticas. Nos convertimos por ti en una caricatura automática, en el franco abandono de todo aquello que alguna vez significó el espíritu del relato. Los seres humanos necesitamos creer en las historias que nos cuentan. Si no las creemos, el relator se esfuma, desaparece. Regresa a la tierra o se disuelve en el viento. Y a veces, si la farsa fue apabullante, el relator es consumido por un fuego lento y pausado. Arde de dolor por haber sido descubierto en su encantamiento. Ojos legañosos, labios partidos, arrugas temerarias, manos encalladas, aromas fétidos, sentidos abrazos que apachurran, cantaletas sin fin, dientes

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o hablemos de política, ni de libertades cibernéticas, ni de otras tristezas, ya tendremos tiempo para eso. Mejor les cuento un chisme. En el mundo de la farándula, en la subespecie de los comerciales, existen ciertos proyectos que son el Santo Grial para muchos de los actores y modelos que tratan de ganarse el pan de cada día. No es que los proyecten a la fama, para nada. Como muchas cosas en la vida, todo se trata de la pachocha. Son comerciales que no presentan competencia alguna (contrario a, por ejemplo, si hacen un comercial de Pepsi ya no pueden hacer Coca Cola, al menos, en tres años) y que, además, pagan 40,000 pesos por un día de trabajo. Además, la agencia manda una especificación que tiene el elegantísimo nombre de “Clase C”. Para no herir susceptibilidades, digamos que todo México funciona. Conocer el tabulador de clases en una agencia publicitaria puede ser un ejercicio muy cruel para una sociedad que está aprendiendo a ser políticamente correcta. Esos proyectos suelen tener personajes muy abiertos y de todo tipo: niños de 8 a 11 años, adolescentes de 16 a 20, adultos de 22 a 40 años. El sexo no importa. Cuando una casa de casting abre un comercial con esas especificaciones, el lugar se convierte en un nido de gente hambrienta, ansiosa y preparada a todo para conseguirse un papel. Por ejemplo, hacer un casting de caritas. Es una tortura para el hombre que está atrás de una cámara (especialmente cuando junta a más de mil personas en dos días) pero es una bendición para los modelos y actores, y los niños, sobre todo los niños. Un casting de caritas se trata de grabar al sujeto haciendo una serie de expresiones: triste, pensativo, feliz y sorprendido (las emociones pueden variar, según el director). Es un ejercicio básico que cualquier actor de teatro ya debe dominar. Algunos hasta insultados se sienten cuando se les pide, otros sencillamente se divierten recordando alguno de sus personajes. Para que el director tenga una idea del nivel de improvisación, también se

cuaderno posapocalíptico

alejandro espinoza contra el futuro

chuecos, corazones limpios, olores de tequila, de sotol, de bacanora, de mezcal, cerveza rancia, chicharrones chiclosos, golpes sorpresivos en la espalda, todo mundo tu enemigo y tu salvador, esperanzas muertas deambulando en la terracería, camposanto repleto de los ecos-voces de las mujeres-fantasma, un diente de oro del capellán, reclamos de santas, putas y niños descalzos, comidas de incierta higiene y música, mucha música, es la que tendrás que soportar, y tu vida se convertirá en un purgatorio erigido por la chatez de tu relato. Allá afuera cantan las muñidizas, los repletos, los rellenos, los vacíos y vaciados, los mirreyes y los acribillados, los errabundos, los miserables, la cochambre, la prole, las garras y el fecundo germen de este pueblo. Allá afuera cantan, pero no para ti, cantan contigo, pero igual que tú, su canto es un canto incierto, un canto de hambre, canto de madera, canto de hastío, canto de desesperación, canto al ídolo, al ciego, al héroe desvanecido, al que ha sido siempre, desde el principio, una ilusión. En cualquier momento puedes retirar la mirada. Pero la realidad siempre estará ahí. No se va. No se va nunca. Mírala.

la habitación de humo

agustín fest

el casting de las caritas les pide que narren una historia, que hablen, que griten, que exclamen o que digan algo. Es un excelente método para medir capacidades histriónicas. Uno se lleva grata sorpresas al descubrir un hilo conductor de emociones, desde las más expresivas hasta las más sutiles. Sin embargo, honestamente, la mayor parte del tiempo es aburrido. Un casting de ese estilo suele atraer a mucha gente que sueña con salir en la televisión y que, además, desea embolsarse un dinerito, porque debe o porque quiere. No faltan los personajes, de cualquier edad o sexo, que cuando se paran frente a la cámara y se les pide tristeza, dicen: “Estoy muy triste”, tan triste que apenas puede pronunciarlo. O cuando se les pide alegría: “Estoy feliz”, en un tono plano, serio, apocado, que trae memorias de un suicidio no cometido. No falta, y a veces son horas de rostros en sucesión, de pedir sorpresa y que el sujeto sencillamente exprese: “Wow, que sorpresa”. Wow, goao, guau, como un perro que está esperando en fila, echado en la jaula, su turno a la silla del ejecutado. El casting de las caritas engaña con ser fácil. Tuve la suerte de encontrarme un actor que inventó una historia muy simple, pero entretenida. Triste: ¿No entiendo, cómo sucedió esto?, Enojado: Pero por favor explícame, ¿cómo te embarazaste? Feliz: Por fin tendremos un hijo. Sorprendido: ¡Ni sé para qué me hice la vasectomía! Quienes mejor tienen dominado este ejercicio espiritual, son los niños. Acostumbrados a la desinhibición de su edad, su obligada hiperactivi-

dad y que algunas madres los torturan con castings día tras día, ya conocen muy bien el ejercicio de las caras. A su edad no les importa quebrar el rostro, ganarse arrugas nuevas, la búsqueda por provocar la ternura y la travesura. Incluso lo hacen a toda velocidad, sin pensarlo, con ganas de largarse de ahí y regresar a la niñez de su vida. La infancia urgente de regresar a los videojuegos, las tareas, salir con el perro a los parques. No quiero dar a entender que los niños son torturados, no, la verdad muchos disfrutan de sus ganancias tempranas con premios de todo tipo: juegos, celulares, coches a control remoto. Como director, cuando hacía el casting de las caritas con los niños, rompí el esquema incluyendo o inventando ciertas emociones para sacarlos de balance. Me molestaba tanto que los pequeños granujas ya se supieran la rutina que me sentí obligado a robarles la seguridad de los inocentes. Terminando la serie (triste, enojado, feliz, sorprendido), solía incluir otras emociones: conspicuo, ensimismado, apocado, incluyente, ambigüedad, deprimido, hipócrita, entre muchas otras. Luego miraba a los niños aterrorizados al verse frente a esas palabras; otras veces se detenían a pensar e inventaban algún rostro, también recibí sorpresas de niños explorando ese terreno que parecía tan lejano, tan inalcanzable, de la adultez y sus palabras absurdamente precisas. Phillip Larkin, si mal no recuerdo, mantenía correspondencia con un escritor de pornografía. En una de esas cartas, el pornógrafo le menciona que uno de los mayores logros de un escritor es lograr una reacción física de su lector. Obviando el doble sentido, si usted es un lector apasionado o si le gusta mirar a la gente que lee, notará a veces como no se pueden aguantar la sonrisa, la carcajada o las lágrimas. El lector cuando tiene un libro entre sus manos, también es un actor que constantemente está haciendo el casting de las caritas. El escritor es un director lejano. Un director que entre más colmillo tiene, sabe las caras que está provocando en sus lectores y goza, oculto, las caras hechas por los navegantes de sus páginas.

Casa Terán. Rivero y Gutierrez No. 110 Col. Centro. Aguascalientes


El conejo en la cara de la luna: Ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana proporciona una visión variada, accesible y amena de las tradiciones que, desde siglos antes de la Conquista y hasta nuestros días, explican el origen de los nombres propios, los eclipses y las estrellas, o del apelativo “tarasco”; relatan la fundación de Tenochtitlan o la suerte del malvado dios Antón Kristo, sometido por los dioses Santo Tomás y Santa María, pero todavía amarrado a los pilares de la tierra, que a veces sacude causando terremotos; se refieren al cacao, a lo frío y lo caliente, a la mano derecha y la mano izquierda, a nuestros primeros padres, a los tlacuaches y, por supuesto, al conejo visible en la cara de la Luna. Alfredo López Austin nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, en 1936. Es doctor en historia por la UNAM. Actualmente es investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, ambas dependencias de la UNAM. Entre sus libros están Cuerpo humano e ideología, Los mitos del tlacuache, Tamoanchan y Tlalocan y, en coautoría con Leonardo López Luján, El pasado indígena y Monte Sagrado-Templo Mayor. Acapulco Golden. Jeremía Marquines. Desaforado y tenso, “anormalmente delirante”, polifónico, Acapulco Golden −ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2012− parece partir de una premisa contenida en su interior: “La realidad es un lugar aburridísimo”. De ahí los estados alterados de su escritura, los infiernos artificiales de que se nutre la realidad para dotarla de evidencias menos anecdóticas. Marquines aborda ahora la oscura leyenda del escritor inglés en su paso por el Pacífico mexicano. La bomba de San José. Ana García Bergua. Esta es una novela que es una dicha leer por su gran humor y su sutileza para recordar una época en que los refugiados españoles todavía creían que iba a caer Franco y la gente también iba a alfabetizar guajiros en Cuba y aprendía a hacer yoga y a andar en minifalda. Ana García Bergua es también autora de las novelas El umbral. Travels and adventures, Púrpura, Rosas Negras, e Isla de bobos. Su columna “Y ahora paso a retirarme” aparece desde hace varios años en La Jornada Semanal. El libro lo protagoniza se llama César Aira y comparte con César Aira todos los datos de la vida: la fecha, el lugar de nacimiento, los hábitos, bibliografía. Podría decirse que se trata de un libro de memorias, pero es imposible no sospechar del tal César Aira, novelista desbocado, acaso la más atrevida imaginación de América Latina y que frecuentemente crea personajes delirantes que se llaman, curiosamente, César Aira. Aquí surge un nuevo César Aira sumamente parecido a César Aira, pero más sobrio, más pesimista, más triste, más lúcido.

tripulación

Rogelio Pineda Rojas (Ciudad de México, 1980). Becario del FONCA en la especialidad de novela (2010-2011). Estudió Comunicación en la UNAM y el Diplomado en creación literaria de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem). Fue editor de una revista de salud. Sus cuentos y artículos sobre arte y cultura han sido publicados en Opción, El perro, Gastronómica de México, La Rocka, Zarabanda, Ejecutivos de Finanzas, suplementodelibros.com, entre otros. Edita la bitácora en línea textonauta.blogspot.com Fernando Reyes (Ciudad de México, 1967). Profesor, escritor y editor. Autor de la novela La filósofa, la jinetera y el Comandante y del libro de minificciones Cuentos para incendiar la oscuridad. Alejandro Espinoza (Mexicali, Baja California, 1970). Narrador, ensayista, traductor. Entre sus obras se encuentran las colecciones de cuentos Las Visitas, La ciudad y sus silencios, la novela La Saga: una noveleta filosófica la colección de viñetas, ensayos y artículos apócrifos titulada Las Biondas no tienen corazón (CRUNCH editores, 2004). Profesor de Estética y Nuevas Tendencias por la Escuela de Artes de la UABC. Agustín Fest. Vive en Cholula con su esposa y dos perros. Escribe ficción en su bitácora: http://arbol217.com/ desde hace diez años, donde presenta novelas inéditas, cuentos, opiniones, artículos, entre otras cosas. Ha publicado en digital: El diario de Simón Dor, Ernesto Medel vs las Vampiras de Polanco, Fotocuentos, entre otros. Ganador del concurso nacional de cuento corto José Agustín, 2012. La fotografía de portada es de Victor Bezrukov, su perfil en Google+ https://plus.google.com/u/1/101035196437264488455/

Guardagujas 56  

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