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abril 2012, n° 49

dos poemas

http://lja.mx/guardagujas

mercedes luna fuentes los hombros no se sinceran con golpes de alcohol ruedan eficientemente dentro del elevador descompuesto de la cama intuyen que no habrá muslos enérgicos arrancando en la pista no a las apariciones apariciones fantásticas sólo aquella camisa hecha de caballos abriéndose y pateando todo muy dentro de sus ojos llegadas internacionales los hombres revisan sus bolsillos evaden ese agujero pequeño e inapropiado cerca de la ingle o doblan su cartera de piel adornada con signos famosos vulgares todos aseguran tener a la mano su identificación de comportamiento único y animal para volar

+ omar delgado miguel cane cecilia eudave erika mergruen fotografía: agustín fest


guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx

El caballero del desierto omar delgado novela ganadora de VIII Premio Internacional de Narrativa UNAM/COLSIN/Siglo XXI

El caballero del desierto cuenta la historia de un pollero que inspira esperanza en los inmigrantes que le piden “pasarlos” a Estados Unidos, pues con él “es seguro” superar la frontera. Asimismo, el ha sido perseguido por más de 10 años por la policía migratoria, convirtiéndolo en un objetivo de la corporación. Un segmento de la sociedad lo cataloga como héroe, pese a ser perseguido también por dos sanguinarios personajes que desean asesinarlo a como dé lugar. De acuerdo con el texto ganador del VIII Premio Internacional de Narrativa, en el

U

n matorral. Alexander Cohen lo observaba detenidamente, quizá esperando que de un momento a otro estallara en llamas parlantes, tal y como lo había leído hasta el cansancio en sus libros sagrados. A pesar de los años que llevaba cabalgando por el desierto de Arizona, aún le seguía maravillando. Finalmente –pensaba–, lugares como ése, o como Judea, el Gobi o Arabia Saudita, eran cuna de hombres del mismo tipo: afilados, tenaces y conscientes de que la voz de Dios sólo puede escucharse en esas soledades. Alzó la vista para encontrarse con la tiniebla en que se fundían el horizonte y el cielo, diferenciados únicamente por los manchones de luz que eran las estrellas. Encendió su linterna, apuntó el haz hacia el piso y dudó por un momento que tan anémica iluminación fuera capaz de mostrarles el camino a él y a sus hombres. Necesitaba más luz. Se sacudió las botas y masculló. Baruj Ata Adonay, Eloheinu Melej Ha’olam. Le vino a la memoria su padre. Era muy probable que, de haber vivido lo suficiente como para enterarse de su ocupación, el anciano hubiera agitado la cabeza con ese gesto tan suyo, mezcla de dulzura y regaño, con el que lo reprendía de niño. “Nosotros también vagamos por desiertos buscando nuestro lugar”, le hubiera dicho. —Todo listo, teniente –le susurró William Forger, su segundo al mando, sacándolo de la ensoñación–. Los ilegales están detrás de aquellas rocas –señaló al horizonte. Cohen tomó sus binoculares infrarrojos para observar el punto. De entre la formación pétrea se elevaba una aguja de humo. —¿Qué hora es? –le preguntó a Forger. —Las cinco cuarenta y uno. —Tenemos como diez minutos antes de que amanezca. ¿Se comunicaron los helicópteros? —Sí. No han visto pasar a nadie. —¿Cómo están los perros? —Con los colmillos listos. —Dile a Alonzo que no les retire el bozal. —Pero… —Hazlo. Farfullando, el segundo al mando regresó al canal seco en el que estaban guarecidos los hombres. Las siluetas oscuras y la posición de los agentes les daban el aspecto de escorpiones agazapados en su nido. El silencio, como la oscuridad, era casi absoluto, apenas rasgado por el aserrar de sus respiraciones. La tormenta de arena que unos minutos antes les había azotado los rostros, amainaba por fin. Forger se dirigió al agente que cuidaba a los canes. —Mantenlos amordazados. El joven asintió con la cabeza para luego acariciar las orejas de los dos pastores alemán que por tres días los habían guiado. Los animales se calmaron; él, no. Era su primera misión de campo y estaba tan ansioso que sentía la sangre brotarle por las orejas. Otro de los oficiales, Geronimus Sandhorse, lo llamó con un gesto. Se separaron

transcurso de la novela el delincuente y el policía se darán cuenta que son más semejantes de lo que pensaban, de que la justicia no necesariamente está inscrita en las leyes y que los actos construyen las leyendas. El jurado de dicho certamen, integrado por Elmer Mendoza, Rosa Nissán y Carlos Oliva, eligió esa obra “por el solvente discurso narrativo y el lenguaje y los arcos emocionales adecuados”. Con autorización del autor y la editorial presentamos el Prólogo de la novela publicada por Siglo XXI Editores y ya en circulación.

un poco del grupo para encender un par de lucky strikes. —¿Qué piensas? —susurró Sandhorse, observándolo desde sus ojos de indio navajo. Alonzo escudriño el cielo con la mirada. —Ni una sola rodaja de luna. —Sí. A los polleros les ayuda –Geronimus se llevó el cigarrillo a la boca, lo chupó con gula y esperó unos segundos antes de liberar el humo por las fosas nasales–. Lo que me jode es que ni siquiera sabemos a quién seguimos. —Creo que es al Caballero –como en un duelo de humo, Alonzo dejó escapar una bocanada que abofeteó el rostro de su compañero–. Se lo escuché decir a Forger durante la madrugada. —Humm… ¿Y para qué tanto secreto? —No querían filtraciones. Sospechan que hay un topo en el grupo. Sandhorse chasqueó la boca. —¿Y ponen a Cohen al mando de esta operación? –el navajo soltó una carcajada mezclada con tos–. Mandan al coyote a cuidar gallinas. —No digas eso. El teniente es un buen policía. —¡Je! –respondió el navajo–. Se ve que eres nuevo. Todos aquí sabemos que el judío es el topo de… —¡Apaguen eso! –les dijo Cohen con firmeza. Ambos tiraron las colillas y regresaron a sus posiciones. El jefe se encontraba ahora junto al grupo. Con una seña, les indicó que se acercaran a la manera de un equipo de futbol. —Esto lo digo especialmente para los que se incorporan al grupo por primera vez –hizo una seña con la cabeza a Alonzo–, pero también escúchenlo los demás. Sé que hemos pasado más de dos días a caballo, comiendo poco y durmiendo menos. Les agradezco su esfuerzo. Estamos siguiendo la pista de un traficante de personas; probablemente, el más famoso de todos ellos. El hombre es especialmente hábil y astuto, pues en los más de diez años que llevamos tratando de arrestarlo, apenas si nos ha dejado algún indicio. Su edad fluctúa entre los cincuenta y cinco y los sesenta años, mide aproximadamente seis pies de estatura y tiene un rostro muy peculiar, inconfundible –Cohen les repartió algunas copias fotostáticas–. Éste es un retrato hablado del llamado Caballero del Desierto. En unos minutos, cuando capturemos al grupo de indocumentados, quiero que estén muy atentos: es probable que quiera confundirse entre los ilegales. Carguen sus armas con balas de caucho, pero sólo utilícenlas en caso de absoluta necesidad. Avancen en cuanto les dé la orden. –Cohen se separó un momento del grupo para observar el cielo. La negrura se comenzaba a rasgar en jirones morados. William Forger se acercó. —¿Estás loco? –escupió las palabras con furia–. No quieres que les quitemos el bozal a los perros ni que utilicemos balas de verdad. ¿Y los grasientos están armados? —No lo están. Él no usa armas. —¿Cómo lo sabes? —Lo sé, simplemente –Cohen se limpió las sie-

nes con la manga. —Disculpa –Forger hizo una caravana irónica–, no recordaba que tú y él son compadres. La voz de Cohen se hizo más grave. —¿Hay algo que quieras decir acerca de mi integridad? —Nada –el segundo al mando retrocedió un paso–. Pensaba en voz alta. A veces le tienes demasiadas atenciones. —Me salvó la vida, ¿recuerdas? –se volvió hacia los agentes–. ¡Avancen! En un momento, el grupo corría en delta, con las armas en alto, hacia la formación rocosa. —¡Patrulla Fronteriza! –gritó Forger–. ¡Quietos todos! Los perros hicieron sentir el poder de su musculatura, por lo que Alonzo, correas en mano, tuvo que acelerar para no ser arrastrado. Saltaron las rocas. Ahí, en el lugar en donde esperaban ver una docena de wetbacks aterrorizados, sólo encontraron envases vacíos, pañales usados y envolturas de comida. Los canes comenzaron a remover un montón de trapos sucios. Justo en el centro humeaba la fogata que los había guiado. —No hay nadie, jefe. —¿Cómo? –preguntó Cohen cuando los alcanzaba. —¿Qué dem…? –balbuceó, lívido, Forger–. No, no es posible. Entonces ¿por qué los perros estaban tan agitados? ¿Y el humo? Alonzo fue hacia los pastores y tomó un trozo de tela. Olfateó el despojo. Sonrió. Su padre tenía una clínica veterinaria en Douglas, y en ella, durante sus veinte años de vida, había olido el mismo aroma con el que esas ropas estaban impregnadas: fluidos de perra en celo. —Es un señuelo. —¿Y el humo? —Hay trucos, jefe –le contestó el navajo–, trucos que saben los indios para hacer que una fogata encienda horas después de haber sido abandonada. Forger pateó las piedras que rodeaban la fogata, dispersando las cenizas por el suelo. Cohen, por el contrario, se dedicó a observar los restos del campamento abandonado. En silencio, se inclinó para recoger una cáscara de limón. —Hoy no te me escapas –masculló al tiempo que sostenía el pedazo de cítrico entre sus dedos. Se irguió para dirigirse a sus hombres–. Pongan atención, esto aún suelta jugo. No hace mucho que la tiraron, por lo que no deben de estar lejos –con su radio transmisor dio indicaciones a los helicópteros–. Me informan que no pasaron ni para el noreste ni para el noroeste; por lo tanto, sólo pudieron caminar al norte, hacia la interestatal ochenta y seis. —¡Muévanse! –gruñó Forger. Los hombres corrieron a sus monturas, resguardadas a medio kilómetro, y en treinta minutos llegaron a la carretera. Cohen ordenó cerrar la vía a pesar de las quejas de los camioneros que esperaban llegar a Phoenix antes de mediodía. Los oficiales fronterizos desmontaron para recorrer la


editores: edilberto aldán & joel grijalva

carretera a pie, escrutando el interior de los vehículos. Se escuchó el aletear metálico de los helicópteros aterrizando en las cercanías. Momentos después, los pilotos se unieron al grupo con sus cascos bajo el brazo. Cohen se les acercó. —¿Vieron algo durante la noche? –les preguntó Alexander. —Tuvimos problemas, señor –le contestó uno de ellos–, no hubo mucha visibilidad. No pudimos distinguir nada. Cohen fijó su vista en un punto en el camino. Pareció hablar solo, pero los pilotos adivinaron a quién se dirigía. —Y ahora… ¿Cómo lo hiciste? —Algo debe de haber, alguna pista –Forger masticaba las palabras con nerviosismo. De repente Sandhorse, sin poder evitarlo, comenzó a reír. —¿Cuál es el chiste? –le gritó el segundo al mando. —Creo que encontré algo. Todos fueron a donde estaba el navajo, quien les mostró nueve mantas de lona, teñidas con el mismo tono rojizo de la arena del desierto, tiradas junto a un matorral. —Es por eso que no los vieron los pilotos –explicó Geronimus–. Se fueron cubriendo, en medio de la tormenta de arena, hasta aquí. Muy listo. —¡Carajo! –masculló Forger, quien se volvió para enfrentar a los pilotos–. ¿Y los instrumentos no detectaron nada, o ni siquiera los usaron? —Lo hicimos –le contestó uno de ellos con la vista en los zapatos– , lo que pasa es que los infrarrojos no sirven de mucho durante una tormenta. —Cálmate, Forger –ordenó Cohen–. Hicieron bien su trabajo. Forger se quitó la tejana, se secó la frente con un pañuelo. A pesar del calor, que aún no era muy intenso, sudaba. Se acarició los bigotes rubios mientras intentaba respirar con normalidad. Se dirigió a Alexander. —No pareces molesto ¿sabes? Es más, casi pareces feliz de que haya escapado. —¿Qué podemos hacer? Nos ganó de nuevo ese viejo zorro –se volvió a sus hombres–. Abran la carretera otra vez. Nos retiramos. Los policías fronterizos desbloquearon la vía y regresaron a sus caballos. Las hélices de los helicópteros comenzaron a levantar rulos de polvo. Sólo se quedaron atrás Sandhorse y Alonzo. Analizaban los rastros que había dejado el pollero. —Pues bueno, sabemos que se los llevó de aquí en cargueros –dijo el navajo–, y que pasaron por aquí antes del amanecer –se inclinó para tocar las marcas de neumático con la yema de los dedos–. En este momento deben de estar bañándose en Tucson, o durmiendo en un ómnibus, cerca de Las Vegas. —Fuera de peligro. —Así es –Sandhorse se sacudió el polvo de las botas–. ¿Sabes? Los viejos de mi pueblo dicen que el Caballero no es un hombre, sino uno de los espíritus del desierto, que nunca lo atraparemos, que está hecho de arena y es capaz de desgranarse para viajar entre los vendavales. —¿Sabes, Geronimus? –suspiró el novato–. Lo estoy comenzando a creer.

otro niño

E

miguel cane

ste año, Héctor y Álvaro deciden pasar las fiestas en una isla del sur, lejos de la ciudad y de los amigos, del hospital y la galería. Héctor recuerda la isla de una visita en su adolescencia, las casas blancas, la playa, el mar tibio, interminable cielo sin nubes, los alaridos de las gaviotas. Andrés viene con ellos. Tiene casi siete años; es el hijo de Álvaro. En él piensa Héctor mientras trata de decidirse por un regalo para dárselo en Nochebuena, aunque estarán de vuelta antes de Reyes. Andrés. Murmura el nombre. Lo ha visto pocas veces desde que vive con Álvaro, que lleva una foto en la billetera y tiene un retrato en el consultorio. Un niño de cabello claro, ojos serios, no sonríe fácilmente. Callado. Es listo para su edad, le ha dicho Álvaro. Muy perceptivo. Oyéndolo tan orgulloso, Héctor dudó en preguntar si él creía que el niño entendía que papá viviera con él y no con su madre. A ella, Héctor nunca la ha visto. Al principio, recuerda mientras ve los nuevos y brillantes juguetes hacer ruido y demostrar sus gracias, fue raro. Incómodo. Ahí estaba Verónica, mirándolo sorprendida mientras separaban las diapositivas para un catálogo. ¿Un hijo? ¿Tu galán tiene un hijo? A él también le había desconcertado un poco aunque no era un secreto: el segundo día que se vieron, cuando ni siquiera habían hecho el amor, sólo estaban entusiasmados con la conversación interminable, Álvaro le dijo que era padre de un niño, que lo adora. Su hijo. ¿Y qué van a hacer? Buena pregunta. Álvaro y la madre, Susana, se habían separado poco después de nacer el niño. No debimos casarnos, para empezar, dice él mientras conduce, van a recogerlo para ir a la feria: es pleno verano, llevan poco –muy poco– de estar juntos. Es la primera pareja que Álvaro tiene desde el divorcio, su vida es entonces una complicada serie de ajustes, de silencios y pausas embarazosas algunas veces. Dice que le explicó, lo mejor posible, la situación. Héctor asiente, se pone lentes oscuros. Sí, de niño también él era sensible y tímido al mismo tiempo. Es diez años menor que Álvaro, supone que de haberlo conocido entonces, él sería un muchacho que lo ignora amablemente, donde Héctor, a los ocho o nueve, podría vislumbrarlo en la luz de su adoración, pálida y temblorosa, queriendo, simultáneamente, ser invisible. Lo vio primero desde la ventanilla, en el patio de la casa donde Álvaro había vivido con su ex mujer, donde había llevado parte de una doble vida ya inexistente. Andrés jugaba con un perro, Álvaro bajó del coche y al verlos, el niño se echó a correr. ¿Cómo? Verónica se cubre la nariz con los dedos mientras le cuenta, tal vez ella también anticipara la humillación, el desencanto que se hizo presente mientras él, en el coche, buscaba algo qué oír en la radio. Media hora después, Álvaro apareció. Parecía tan cansado, tan apenado. Perdón, le dijo. No fue buen momento para venir. Elige por fin un cachorro robot con luces que se apagan y se encienden, hace piruetas. No es para nada lo que a él le habría gustado tener en su niñez, pero está de última y todos los niños querrán uno. ¿Y si ya tiene uno? Al carajo, deja que lo envuelvan y sale de la tienda con el regalo. Cuando finalmente se conocieron, Andrés le dio la mano, le dijo “hola” sin muchas ganas y luego se dedicó a observarlo y Héctor lo notó todo el tiempo. Mirándolo aún cuando parece que no. Habló poco y sólo se miraron como a ambos lados de una cancha, esperando al primer tiro. Así hasta que Álvaro fue a llevarlo de vuelta con su madre, y él no los acompañó. Pequeño extraño, un adultito, mirándolo desde

el coche, sin mover las manos. Yo era como tú, piensa. La noche anterior al viaje, Andrés se queda con ellos. Susana no estaba de acuerdo y se esforzó en hacérselo notar al padre, aunque tampoco piensa disuadirlos de llevárselo, ella ya tiene su plan y cambiarlo sería engorroso; la voz en el teléfono, descubierta accidentalmente por Héctor al descolgar la otra extensión: Oye, yo también tengo derecho a vacaciones, Álvaro. Yo también estoy cansada. No le gusta mandarlo, pero lo mismo, ahí está, con la maleta carita inescrutable mientras Héctor llama para pedir una pizza. —¿De qué la quieres? El niño se alza de hombros, da lo mismo. ¿De veras? Bueno, vacila, muestra una sonrisa tímida, le falta un diente. Con pepperoni. Así pues, la pide y cuelga. Andrés se acerca de pronto y lo abraza, aunque su cabeza apenas le llega a la cintura. Héctor alza las manos, luego las baja para tocarle el cabello, va a hacerlo cuando siente los puños golpeándolo a ambos lados, en las caderas, luego en el vientre, los brazos, le aparta las manos. Quiero que te mueras, murmura, no en un alarido estridente, sino apenas perceptible. Quiero que te mueras. Se suelta y corre, Héctor no puede hablar, sólo oye su carrera, el posterior portazo. Los golpes no son nada, lo que lo sacudió de veras es la voz y la entonación. El rencor confuso. El miedo, las posibilidades de la ira inocente y pura de su edad. Se queda ahí hasta que llega la pizza y los tres cenan tranquilos. No le dirá nada a Álvaro, ¿qué objeto tiene? Ahora no se miran mientras comen. Andrés, metódico, lo esquiva. La isla, muy temprano en la mañana. Afuera, el grito circular de las gaviotas lo despierta, son víctimas pasadas bajo las armas en un paroxismo ensordecedor antes de ser acallado por la ráfaga de fuego. Abre los ojos y piensa por un breve, frenético instante, si no sería Andrés. Álvaro ronca suavemente, con la cara hundida en la almohada. Está agotado por el vuelo y el barco y el amarse sin ruidos ambos, sólo tocándose como ciegos bajo las sábanas. No, ése no fue grito del niño, son sólo esos pájaros horribles que se agazapan en la azotea del hotel durante el día, miran burlones a los turistas que pasean por la playa. Espían a que tiren algo qué comer. Igual, Héctor se levanta a asomarse en la habitación contigua. La cama deshecha, un muñeco olvidado, el pantalón del pijama. ¿Andrés? Mira en el baño. Nada. ¿Andrés? Y así se materializa su terror desconocido de pronto y sin preámbulos. No está. Pronto, temblando, se pone los pantalones, los pies descalzos mientras cierra la puerta para no despertar a Álvaro; camina y luego corre por el pasillo del hotel que ahora le parece más largo que ayer, interminable. Quiere gritar su nombre, pero no puede. Si lo hace, entonces el niño estará perdido de verdad. Atraviesa la calzada y llega a la playa con angustia veloz y por instinto; primero como un emborronamiento, olvidó los lentes arriba, lo alcanza a ver, lejano, pero es él, de pie ante el azul grisáceo que rompe en espuma que compacta la arena donde ha dejado sus huellas, a esta hora en que no hay casi gente. Héctor llega casi sin aliento y él no se mueve, no lo mira. Sólo pregunta si lo quiere, con la dolorosa simpleza de un niño a otro, sin laberintos ni disimulo. La pregunta desnuda como la rabia de ayer, primer vestigio de una larga hilera de lo que serán días difíciles, también de algunas risas. —¿Me quieres, me vas a querer? Andrés extiende su mano, pequeña, suave, aún sin alzar los ojos hacia él. La toma y así se quedarán hasta que llegue Álvaro y los encuentre, ambos invisibles, bajo el inmóvil sol de invierno. No lo sé, responde. Para Enrique Torre Molina y Joserra Zúñiga.


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métodos de adivinación

N

M

erika mergruen la ictiomancia

o crecí en una hogar católico, apostólico y romano, ni decidí ni decidiré instaurarlo en el presente o en el futuro. Pero no fui ajena a los días de Cuaresma, a los anuncios de ¡Chunta-chunta-chunta-chún, vamos a comer atún!, o a los primeros falsos pescados que se ofrecían como una versión económica para cumplir con la liturgia. Recuerdo los viernes de croquetas y de romeritos, y el aroma siempre delicioso del pescado empanizado y frito. Todavía hoy me alegran las charolas de las panaderías repletas de empanadas de cazón disfrazado de bacalao. Más allá de mi infancia, desde la temprana Edad Media, la Cuaresma consistía en cuarenta días de ayuno, más seis domingos. Durante este periodo estaba prohibido el consumo de la carne, los huevos, la leche y sus derivados. Sólo se hacía una comida al día, mas no antes de que se ocultara el sol. Por esto, los platillos de Cuaresma se alejan de la pecaminosa carne, porque ¿quién se atrevería a comer la carne de su propio dios si no ha sido transfigurada en la pulcritud del trigo redondo de la comunión? La tradición indica que se come pescado en estas fechas porque era la comida de los despojados en tiempos de Jesús. Aunque también existe la creencia de que se consume porque el pez fue un símbolo usado por los primeros cristianos. Sea lo que sea, alguien tendría que haberlo notado, después de tantos siglos de Cuaresma, prístinos e inmaculados. Sí, alguien tendría que haberlo adivinado, de entre tantas vísceras de pescado, de entre tantos ojos vidriosos tan quietos como las branquias del que ha sido robado de su elemento. Pero nadie lo vislumbró, o todos lo hicieron pero fueron ciegos como los peces son sordos. Sí, alguien debe haber leído las entrañas de tantos peces exterminados para descubrir que el número cuarenta dejaría de representar la penitencia para muchos; que, para la mayoría, el que 40 fueran los días del diluvio universal, 40 los días que Moisés caminó en el desierto, y 40 los días con sus noches que Jesús anduvo por el desierto, dejaría de tener significado. Pero para otros, lo que dicta el Magisterio de la Iglesia es todavía válido. Los respeto, como espero me respeten, y como espero que otros como yo los respeten. Y no me parece ninguna herejía el creer que algún ayunante pudo practicar la ictiomancia. No si se toma en cuenta que la Pascua es la única celebración religiosa que no tiene fecha fija, sino que se determina según los designios de la

e preguntaban durante una presentación de libro: ¿de dónde echa mano para sus historias y cómo las crea? ¡Upsss! Mente en blanco durante unos segundos, suficientes para no encontrar una respuesta apropiada o por lo menos de carácter literario. Entonces uno contesta en el nivel más inmediato: nunca sé –y esto es una verdad verdadera– dónde, cuándo o quién pueda detonar en mí la necesidad de escribir una historia, simplemente observo y espero. A raíz de esa pregunta tan común, recurrente y hasta natural, me cuestioné no sólo el hecho de no saber cuándo, dónde o quién puede desatar en mí el deseo irreprimible de escribir un relato, un cuento o una novela; sino qué parte de ese cuándo, dónde y quién fue lo que irrumpió en mí para provocar esa indómita sensación de escribir algo. Entonces me puse a buscar un interlocutor que me permitiera aclarar esa idea. Y me fui a conversar con Stevenson, sí, Robert Louis Stevenson, quien me dijo: “la vida del hombre no es el tema de las novelas, sino el inagotable depósito del que hay que seleccionar los temas”. ¡Zas! Me senté a escucharlo. Y no es que yo, por más que se me condicione dentro del género de lo fantástico –por el cual siento una proclive inclinación–, he llegado a tal punto de enajenamiento como para hablar con los muertos; sino porque los diálogos literarios se dan sin orden en el tiempo y en el espacio, son tan atemporales como la creación misma y las inquietudes de cómo crear algo. Por ello he aquí a Stevenson ayudándome, quien desde el siglo XIX

luna, el astro que representa todo lo pagano. En efecto, la Pascua se celebra el primer domingo después del primer plenilunio de primavera. Siempre he dicho, y lo sostengo, que yo sólo creo en el Conejo de Pascua. Algunos creen que es broma y otros señalan que esas son “gringadas”. Todos se llaman a engaño, pues su origen tiene un dejo de santidad: a raíz de la prohibición de comer huevos y leche en Cuaresma, surgió la costumbre popular de bendecir o regalar huevos en Pascua. Y la adición del chocolate a dicha costumbre no tuvo desperdicio. Insisto, en el Conejo de Pascua se encuentra todo el consuelo. Sin embargo, cabe la probabilidad de que también yo me llame a engaño, porque no se necesitaba de la ictiomancia para predecir el destino de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. He ahí los santos que intentaron llevar pureza a sus coetáneos, como el caso de San Gregorio quien, en una carta a San Agustín de Inglaterra, fija la norma: "Nos abstenemos de carne y de todo aquello que viene de la carne, como la leche, el queso y los huevos". Curiosamente, la propia Iglesia se dio a la tarea de conceder dispensas sobre la Cuaresma si se contribuía a una obra de caridad. En Alemania, tales dispensas fueron conocidas como Butterbriefe (cartas de la mantequilla). Y todavía más: una de las torres de la catedral de Rouen era conocida, por tales transacciones, como la “Torre de la Mantequilla”. Creo que los santos no hubieran contemplado como una obra de caridad el aumentar los bienes inmobiliarios. O tal vez sí. En fin, a ratos siento que el sacrificio de todos los peces ha sido inútil y que la ictiomancia es un método de adivinación fallido. Queda regalarse, los unos a los otros, huevos de Pascua y leer con objetividad y sin carga anticlerical estas palabras: las del inicio de una historia que muchos malograron: Entonces él los llevó fuera hasta Betania, y alzando sus manos les bendijo. Aconteció que al bendecirlos, se fue de ellos, y era llevado arriba al cielo. Después de haberle adorado, ellos regresaron a Jerusalén con gran gozo; y se hallaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios.

qué sabe nadie

cecilia eudave qué motiva una historia

lanza su teoría sobre la novela para rebatir con su disertación titulada Una humilde amonestación, nada menos que a Henry James. Lo cual me lleva a comprobar que desde siempre, existen muchos y variados puntos de vista sobre la ficcionalización de la vida, instaurándose como preocupación fundamental en la poética de todo escritor, de todo creador en defensa de su manera de representar la existencia humana, o por lo menos desde los ángulos en que la perciben. Así, Stevenson, continua compartiéndome sus cavilaciones: “tenga siempre presente que su novela no es una transcripción de la vida a la que debe juzgar por su exactitud, sino una simplificación de algún lado o aspecto de la vida, que se sostendrá o caerá por su simplicidad significativa.” Como buena alumna sigo callada, con ese afán de ser una discípula entrometida, que busca aprehender del conocimiento del narrador experimentado quién agrega –e imaginen aquí a Stevenson con la mirada cierta–, “Lo mejor que podemos decirle es esto: que escoja un motivo, sea de carácter o de pasión; que construya cuidadosamente su trama,

de modo que cada incidente sea una ilustración del motivo mismo […] Una pasión o un personaje están tanto mejor pintados cuanto más claramente surjan de las circunstancias materiales”. Continúa hablando, pero como esta columna es breve, y no queriendo resumir sus palabras, los remito a El arte de la ficción publicado por la UNAM, para que sigan en charla con él. Ojala yo hubiera podido recordar todo ello en el momento en que me lo preguntaron, pero es cierto que el cerebro se desmorona ante la inmediatez. Además, nunca he pertenecido al grupo de personas de erudición fotográfica, esas que recuerdan todo y lo reproducen con una exactitud casi sobrenatural. No, yo pertenezco al grupo de los reflexivos, mi memoria no está llena de citas sino de reflexiones, giros y laberintos mentales. Soy de las que evocan sus lecturas y luego las comparten. Por ello estoy ahora en conversación directa con Stevenson quién para dar por terminada la reunión emite un afectuoso: oiga usted “la novela, que es un arte, existe no por sus similitudes con la vida, sino por su inconmensurable diferencia de la vida, diferencia planeada y significativa”. Con ello sonrío, cierro el libro y me pongo a pensar sobre cómo escribir esta columna cobijada con el nombre de Qué sabe nadie. Y pienso en los pocos a quienes les confié el origen nada glamoroso de su nombre, confirmando lo dicho durante la presentación de libro: nunca sé cuándo, dónde o quién me puede despertar una idea o una historia, observo y espero como todo buen cazador de lo imaginario.


tripulación

Mercedes Luna Fuentes. Promotora cultural, ha sido consejera editorial de Grupo Reforma, becaria del FECA. Omar Delgado. Licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Estudió un diplomado en Literatura Fantástica en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es encargado de la columna de cultura del Diario de Tantoyuca, en Poza Rica, Veracruz, en el que publica semanalmente, además fue editor adjunto de la revista literaria Intravenosa, publicada por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha colaborado en diversos medios tanto impresos como virtuales y ha participado en diversos talleres literarios, entre los que se incluye los de los escritores Alberto Chimal, Guillermo Samperio y Oscar de la Borbolla. Entre sus galardones obtenidos destaca el segundo lugar del Concurso de Ensayo Carlos Fuentes, convocado por la Universidad Veracruzana, por el texto Águilas que caen: la mitificación del vencido en la historia de México. Miguel Cane (1974), es un escritor mexicano que vive en España. Es autor de la novela Todas las Fiestas de Mañana y más recientemente, de un diccionario de Monstruos Sagrados del cine, que publica Editorial Impedimenta en Madrid. Su twitter es: @aliascane. Cecilia Eudave (Guadalajara, Jalisco). Doctora en Lenguas Romances (Montpellier, Francia). Es autora de los libros: Técnicamente humanos, Invenciones enfermas, Registro de Imposibles, Países Inexistentes y Bestiaria vida, entre otros. Actualmente es profesora e investigadora en la Universidad de Guadalajara. Su libro más reciente es Para viajeros improbables, editado por Arlequín. Erika Mergruen (Ciudad de México). Ha publicado los poemarios Marverde; El Osario y El sueño de las larvas; los libros de cuento Las reglas del juego y La piel dorada y otros animalitos, así como La ventana, el recuerdo como relato con el que obtuvo el premio Autobiografías, Diarios y Testimonios de Mujeres Mexicanas, DEMAC. Las fotografías de este número son de Agustín Fest.

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