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marzo 2012, n° 48

http://lja.mx/guardagujas

verde latido regina kalach a.

El insumiso latir de mis arterias, la sangre derramada, el diario sacrificio a algún dios. Toco con mis dedos el contorno de mis labios, me alivio de un dolor antiguo. Mi corazón halla su medida, la quietud la gracia. Me abandonan desenfrenados rojos, se asientan bajo la sombra de algún árbol. Cadencias vegetales descienden verdes ritmos se incrustan en mi pecho. + raquel castro ° alejandra rioseco ° alejandro espinoza ° carlos bustos ° agustín fest


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cuaderno postapocalíptico

alejandro espinoza

E

polvo

n la ventana trasera de un auto cubierto de polvo, alguien escribió con un dedo los siguientes números: 220, 28, 25, 17, 23, 21, 22. No sé si la persona que los escribió estuviera contando muertes, ganado, listas de integrantes, deudas pendientes, o si se tratara de un código secreto entre él y su posible amante. Escribió los números con los dedos y luego cada quien partió a donde fuera que partieran las personas después de escribir números en la polvosa ventana de un auto. Este tipo (porque siempre es un tipo; las mujeres no son tan cáusticas, no les gusta dejar rastro), seguramente no se lavó las manos, y su huella digital se quedó impregnada de ese polvo que conjuntaba, sistemática pero silenciosamente, el cochambre del mundo. Este cochambre podría consistir en a) pólvora, c) piel humana, mudada, d) restos de estrellas, e) distintas corrientes de aire en distintos espacios, f) tiempo (porque tiempo es polvo). El resultado de este proceso inadvertido (que bien pudo evitarse si el conductor del auto no fuese tan cochino y hubiera pasado por un car wash), se hallaba concentrado en su dedo índice. Fue el mismo dedo que usó para acariciar –muy levemente– la mejilla de esa niña que se encontró en la calle, el que dejó impreso en esas planas del periódico que hojeó mientras esperaba su turno en el Seguro Social, que luego dejó impreso en la pluma que usó para firmar unos documentos, que la secretaria dueña de dicha pluma se la llevó a reposar en el bolsillo del saquito de uniforme que le dan en la empresa, empresa que se dedica fabricar barredoras de calles, de esas que sólo remueven el polvo y lo vuelven a depositar en la calle, en los techos de los carros. Todo este revoloteo especulativo me llevó a pensar en la siguiente obra de arte-instlalación: acudir a distintos recovecos de la ciudad y recoger el polvo que se acumula en las banquetas, las esquinas, las orillas de las avenidas; en los interiores de casas, en los baños públicos, en los pasillos de las oficinas de gobierno. Reunir docenas y docenas de montoncitos de polvo, cada uno de distinta procedencia, y repartirlos en el espacio de una enorme galería, para crear una especie de desierto con dunas, o una taxonomía de polvos separada por categorías, rangos, quizá tomar algunas fotografías desde la perspectiva de estos montículos para hacerlos parecer montañas, una sierra del polvo que acumula la ciudad; por un lado, una serie titulada “polvos privados”, que consiste en la acumulación de polvo recogido en casas particulares: allá el polvo de la recámara de la abuela, acá el polvo de la sala, allá el de la recámara del hijo que falleció. También podemos encontrar en esta sección, una serie sucesiva de polvos obtenidos de prendas, armarios, fondos de cajones, las partes traseras de muebles, en las esquinas no barridas de escritorios públicos; en otra sección que titularemos “polvos públicos”, nosotros podríamos identificar las distintas tonalidades de polvo según la zona de la ciudad donde provienen; podrían generarse clasificaciones de acuerdo a condición socioeconómica, desarrollo urbano y demás. En el mismo espacio de exhibición, me gustaría poner anaqueles con frasquitos llenos de polvos específicos. Estos se llamarán “polvos imaginarios”. Contendrán polvos de procedencia desconocida, y se venderán como tónicos especiales para recuperar la memoria sensible, aquella que todavía puede pensar en posibilidades. Podremos encontrarnos con el “polvo que hueles cuando bajas de un tren que acaba de llegar a Málaga”, o con el “polvo removido de un estudio de filmación, donde se produjo una película de vaqueros”, o con el “polvo que deja de ser polvo en cuanto lo tocas y se convierte en otra cosa, probablemente en el recuerdo de la mujer que alguna vez amaste”. Al final, doce intendentes entrarán al espacio de la galería con aspiradoras y desaparecerán la pieza de instalación. La sala quedará completamente vacía. Todo el polvo reunido por las aspiradoras será enterrado en el patio de mi casa. Y no se hablará más del asunto.

E

Historia de una boca l dentista que visito cada seis años y no cada seis meses como pregonan los anuncios de “para tener una sonrisa (aquí agregue la marca de dentífrico de su preferencia)”, es un admirador de Bernardo Gui, jerarca de la Santa Inquisición. No he visto a nadie más que goce tanto con el espectáculo del sufrimiento ajeno

como él. Para poder situarlo en nuestra mente voy a darle un nombre, cualquiera servirá para ocultar su identidad de torturador: Oscar B. me parece correcto; un nombre que no revela gran cosa, que no pone a pensar al lector en los tormentos que aguardan tras las paredes de su sala de espera. Pensándolo bien, quizá todos los odontólogos forman parte de una orden secreta en donde intercambian técnicas para mejorar el suplicio de sus pacientes. Son los inquisidores modernos: tienen permiso para infligir dolor y además hay que pagarles y darles las gracias. Yo por mi parte voy con el doctor B. porque me hace descuento y porque es con el único que no siento vergüenza si la agonía me hace levantarme del asiento y salir corriendo como si me persiguieran las huestes del infierno. El doctor B. es un sádico, pero también es un conversador ejemplar, tanto así que es capaz de adueñarse de cualquier tema como si fuera uno de esos ermitaños sabios que pueden encontrarse en las dunas del desierto. Una vez, mientras me terminaba un exorcismo bucal, como cariñosamente llama a la limpieza general, me contó una historia que me pareció digna de ser repetida: “Un día, no hace mucho, llegó a mi sillón de martirio un hombre que decía ser escritor. Tenía la boca en tan malas condiciones que de inmediato pensé: ¡Un bello ejemplo del abandono, qué joya! Luego de un examen más a fondo descubrí que sus dientes y premolares estaban en pedazos, y en sus muelas encontré trozos de metal encajados en la corteza del esmalte. Aquél hombre había visitado las excavaciones del metro sacando notas para una novela, cuando el túnel se colapsó y quedó atrapado bajo tierra con seis hombres más. Como el incidente había sido por un mal cálculo del ingeniero, éste de inmediato le avisó a su padrino que estaba al frente del proyecto para que lo ayudara. El padrino se comunicó con el alcalde quien le debía un favor, y éste los ayudó a encubrir “el accidente”. Los únicos que se enteraron fueron los demás trabajadores y les prohibieron decir algo. Mientras tanto, el escritor comenzó a arrastrarse a donde suponía estaba la salida. Su cuerpo apenas podía moverse entre los escombros que desgarraban su piel. Se arrastró durante tres días, casi sin dormir y sin comer; sabía que el tiempo era valioso para salir con vida de allí. Llegó un momento en que para seguir avanzando por el estrecho camino tuvo que encoger sus brazos a un lado del cuerpo y arrastrarse con ayuda sólo de las piernas. Estaba a punto de desfallecer, cuando escuchó el ruido de las máquinas excavadoras a unos cuantos metros de donde se encontraba. Esto le dio nuevas fuerzas. Empujó con todo lo que le quedaba y de pronto se topó con un muro de tierra que le impedía avanzar. Enloquecido por la desesperación, utilizó sus dientes como herramienta para abrirse paso. Se impulsaba con las piernas mientras que lanzaba dentelladas salvajes a la barrera de tierra para hacer un hoyo. Tragó arena y pedazos de escombro hasta que no pudo más. En ese momento, un trabajador que estaba cavando, rompió la delgada capa de tierra que quedaba y observó atónito la cabeza empolvada que sobresalía del suelo. Los rescatistas lograron sacarlo entero, cosa que no sucedió con los otros seis desafortunados. Al suceso no se le dio relevancia por los motivos antes dichos. El hombre terminó su historia y yo terminé mi trabajo. No volví a verlo nunca más. Y aunque esté mal decirlo, la solitaria conclusión que saco de este episodio es que el gobierno tiene el poder sobrenatural de cerrar más bocas, del que nosotros usamos para mantenerlas abiertas. ¡Qué joya!”.

Presentación de Para viajeros improbables. Viernes 30 de marzo, 20 horas. Casa Terán, Rivero y Gutiérrez N° 110 Col. Centro, Aguascalientes


guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx

Como rompe la sal sus granos decantados Como rompe la sal sus granos decantados así rompen tus palabras en mi oído truenan tímpanos andanada de caballos agridulce papa que su cáscara deshoja mi oído es un puerto de ciclones puerta de Levante nido de la furia de tu género exaltado Voy sintiendo las bestias atracando tomando el puerto quemando naves abriendo surcos para la semilla gorda que olfatea un perro cojo, gris y ciego a quien nombran de cariño “El Mañana” Oigo en mi frente cómo el enorme barco entra barriendo las aguas estancadas aguas que bajan buscando su salida y regresan hasta la morgue blanquecina Estalla en el camino la súplica del aire que pide silencio a sus vecinos mientras el barco continua su camino de ira desatada cierran los oídos la entrada de otros mares quizás su nombre los redima: “Inés”, no contesta “anciana”, no voltea “vegetal”, no hay respuesta. Sigue adelante el metal por su camino acuoso taladrando con sus voces la escalera: es el mismo mar con sus dóciles sirenas el que busca un lugar para el remanso.

tres poemas

alejandra rioseco

San Roedor de las Entrañas Para Rosy, para Adriana. Amigas de letras, de vicios, de lágrimas.

Silencio. Tocan a la puerta. Dejemos las enredadas pústulas y bajemos a darle la bienvenida al invitado: San Roedor de las Entrañas. Que pase: es el mismo augurio que se presenta en las tardes rojas de alabanza. Ni caliente, ni frío: es inmune a los descalabros. Sólo en mano trae una tarjeta y dice: “experto solucionador de hojas en blanco”. Quítese el sombrero y comience. He aquí mi cuerpo todo para el banquete, mi alma toda para el bicarbonato. Lo que pienso puede que le guste; atásquese: es materia de unos cuantos. Nada original. Todo se lee según el cristal con que se mira.

Estaciones I Es viernes y recojo entre los escombros una palabra que sale por tu boca soberbia majestuosamente manchada de amarillo palabra que divide los cielos y toma por asalto las certezas (esas que llenan de alfileres los andamios de las uvas) palabra que aprovecha los latidos de la sangre y juega con la risa de los perros flecha incontenible que arrastra el sopor de los silencios como ganado que en mitad de la mañana surca el monte deshojado Es viernes y quiero navegar en tu regazo abordar la esquina de tu boca con un beso pedernal pero entre tu hiel y mi lengua ese gancho amargo que a los peces los lleva a descubrir el aire (bocanada de cianótico exilio) dibuja sin motivo esa triste, canción de amor… II Aprovechemos que han salido los tumultos. Es una verdadera pena

lamer la sal de las sillas vacías. Coloquemos el ramo de lo etéreo en el anfiteatro de los vivos. III Vuelve la palabra de los viernes. Inaudita palabra con su inaudito golpe de sirena herida por una luciérnaga infinita. Un cardumen de flechas cruza la bahía. Anda la palabra sola por la orilla dejando huellas tras su paso se agacha, toca con su mano la espuma y siente un frío que la empuja mar adentro rojo adentro locura adentro como anzuelo que parte sin remedio la corteza palatina de los niños. IV Grabo en mi mente esta palabra y divido en dos mi corazón: dejo uno para el diario y el otro lo guardo en una caja para enviarlo junto a la palabra de los peces. Es viernes y arde cianótico el espíritu en su exilio.


editores: edilberto aldán / joel grijalva

anoche no soñé nada

C

raquel castro

ada mañana, Papá despierta a Anameli con un beso y le pregunta qué soñó. Ora soñé que un barco se metía por la ventana de mi cuarto y se escondía debajo de mi cama… Estaba yo en un bosque y unos lobos vestidos de caperucita bailaban conmigo el Juego de Juan Pirulero… Había un castillo encantado adentro del clóset y un fantasma vivía ahí pero tenía miedo de un suéter que en realidad era un brujo… Llegaba un extraterrestre con cara de león y me llevaba a conocer el planeta de los gatos gigantes… Mi tía Loli me regalaba una bicicleta que se convertía en grillo gigante y en vez de correr, daba unos saltos hasta el cielo, pero a mí no me daba nadita de miedo… Cuando Anameli cuenta sus sueños, por raros que sean, Papá sólo sonríe y se queda tan tranquilo. ¡Ay, pero otras veces Papá sí que se preocupa! Y es cuando Anameli le responde: Nada, papi. Anoche no soñé nada. No es que sea malo no soñar o, más bien, no recordar lo que soñamos (porque siempre que dormimos, soñamos). Más bien, que cuando Anameli no se acuerda de sus sueños se desata el caos. Un día Anameli dice: Nada, papi. No soñé nadita. Se levanta de la cama, mira a su alrededor y… ¿Y Chirino? ¿Dónde está Chirino? —pregunta al borde del llanto. Nadie sabe quién es Chirino. ¡Pues mi perrito, que lo tengo desde que nací, y que sabe dar la patita y cantar en inglés! Y Papá le tiene que explicar que nunca ha tenido otro animalito de compañía que Tatito Timoteo, el gato. Y que los perros no cantan ni en inglés ni en ningún otro idioma. Otro día Anameli dice: No tuve sueños. Pero al rato la encuentran haciendo un agujero en el jardín. —¿Qué haces, hija? —pregunta Mamá a punto de desmayarse, nada más de ver a la niña con tierra hasta en las pestañas. —Estoy buscando la puerta, mamá. —¿Cuál puerta? —La que estaba aquí. La que da al sótano donde tenemos muchos columpios y resbaladillas y albercas. Claro, lo que pasa cuando Anameli cree que no soñó nada es que sí sueña… pero cree que sus sueños son parte de la realidad. Y entonces puede pasar cualquier cosa. Como la vez aquella cuando Papá llegó a casa y se encontró el árbol de Navidad lleno de esferas y luces. Eso no es malo… en Navidad. Pero pasó en pleno verano. —Dice Ameli que hoy viene Santocós —le informó Didi, el hermanito de Anameli, quien todavía no habla muy bien, pero que sabe perfecto que Santa Claus no viene muy seguido y que hay que aprovechar cualquier ocasión para recibir sus regalos.

*

Cuando no es tuyo

El lector es el verdadero creador del texto. Su imaginación, sus experiencias, sus rostros preferidos, se apropian las palabras y, como una simulación virtual en alguna película, el mundo empieza a desplegarse en su cabeza.

* Escenarios: Los grandes bosques son como el jardín que tenía en su casa, los castillos son como las ruinas arqueológicas que visitó alguna vez, los mundos alienígenas son las ilustraciones de H.R. Giger y las criaturas fantásticas son los bocetos de Edgar Ende. Me imagino, repentinamente, que ciertas angustias de la niñez pueden asociarse con la saturación de la imaginación. Demasiados colores, demasiado movimiento, demasiadas sorpresas. * Personas: El héroe es su actor preferido, la chica es la vedette de cierto cabaret, las viejas chismosas del pueblo son las tías de la familia política, la bruja –por supuesto– es la suegra, el padrino de la mafia se parece mucho al cura que visitó el domingo. El escritor puede hablar, cuanto quiera, de las características físicas de su personaje pero el lector, con suavidad, sin que nadie lo sepa y a nadie le importe, borra lo que no le gusta y transforma el personaje en lo que decide más apropiado. * El escritor es un mensajero. Su creación consiste en el lenguaje, el estilo, el tono con que comunicará el mensaje. Termina de escribir, lo entrega y después, se atiene al lenguaje, el estilo, el tono de las personas que reciben la misiva. La comunicación de la verdad, de la mentira, de la memoria, de los personajes, de la diversión, depende de cómo se entiendan estas dos personas. No es raro que la gente, lector o escritor, sólo entienda lo que le guste entender. * “Sé que escribes de caballos azules en tu texto. ¿Pero qué tiene si me los imagino como cerdos rojos? Tu texto también es mío.” * Noches atrás leí un cuento. Leí los primeros dos párrafos y luego lo abandoné. No entiendo, me dije, tiene todo lo que me gusta: gángsters, acción, un misterio, un héroe estúpido, zombis. Mi lector piensa que el cuento estaba hecho para él. Se había emocionado porque en las primeras líneas se establecían todas las imágenes para enriquecer la simulación virtual. Lugo, sinceramente, se abandonó en otra cosa. Una parte de mí abandonó la tarea. Cuando me di cuenta, dejé el cuento de lado y mejor me dediqué a otra cosa. * ¿Qué, no te gusta? Lo siento. Siento que se esfuerza demasiado para que le preste atención. Mira, ya se lo había ganado, no comprendo porque continúa saturándome. ¿Me odia? ¿Me desprecia? ¿Me quiere matar de risa, de aburrimiento, de indiferencia, de amor? ¿Por qué me quiere tanto?

Peor estuvo el día en que Mamá descubrió que Anameli y Didi no estaban en la casa. Los buscó en todos los cuartos, en el patio, debajo de los sillones de la sala, y nada. Salió a la calle y, por fin, los encontró sentaditos en la parada del autobús. —¿Se puede saber a dónde creen que iban? —preguntó, entre enojada de que se hubieran salido de la casa sin permiso y aliviada de haberlos encontrado sin un rasguño. —Al país de los dulces, mamá —respondió Anameli—. Me gustó tanto cuando me llevaste, que quise ir otra vez y enseñarle a Didi el pasto de menta y el río de malteada de fresa y los árboles de chocolate y los conejos de malvavisco. Pero el tren de caramelo nomás no pasa…

* Yo no recibí el mensaje. Habrá otros que sí. Sólo pienso con tristeza que el escritor me enseñó los juguetes: G.I. Joes, Transformers, HeMan, Thundercats. Presenta la situación, estoy preparado para entrar con mi juguete y meter mi cucharota en el juego cuando, repentinamente, Leon-O le ofrece una taza de té a Optimus Prime. Boquiabierto, mi corazón latiendo con fuerza porque estuve, quien sabe cuánto, esperando ese momento… lentamente me quiebro cuando el escritor presenta a Chitara horneando un pastel y Todopoderoso Cobra se quita las botas militares para ponerse unas pantuflas y tirarse en el sillón. Mi lector hace una mueca, se va ofendido del parque, tiene otros amigos con quienes jugar. Incomprensiblemente, otros niños se acercan a jugar con ese escritor, y ellos sí entienden el juego, se acoplan a la casa, al discurso, al metatexto, a la sátira, al otro mensaje que es tan obvio pero que lo esconde un poquito…

Cada noche, Mamá y Anameli tienen un ritual: escogen juntas la pijama que usará la niña, la almohada (tiene dos para elegir: una muy suave y mullida, otra más dura) y el muñeco de peluche que dormirá con ella (los demás se quedan en un sillón). Anameli se lava los dientes y se mete en la cama. Luego mamá le lee cuentos hasta que la pequeña se queda dormida. Entonces Mamá la arropa y le da un besito. Papá se acerca. Los dos la miran dormir y sonríen. —A ver qué sueña ahora —dice Mamá muy quedito. —Y a ver si se acuerda cuando despierte —suspira Papá. Y entonces apagan la luz.

* La nueva literatura de lo oculto y la sorpresa. Más que juguetes, ahora esperamos que el escritor sea un prestidigitador, un mago. Parece insoportable, para nuevas generaciones, leer las historias donde no pasa nada y la idea está en la belleza del discurso, la tranquilidad del mar y un cielo que, para todos los hombres, sorpresivamente suele ser del mismo color. ¿Tendrán miedo de los rostros quietos, los escenarios estáticos, el diálogo incompleto a rellenarse por consideración del lector? Perdón. Como me salí del campo de juegos del escritor mencionado anteriormente, sentí la libertad para hablar de otra cosa que, probablemente, ampliaré en otra ocasión.


tripulación Regina Kalach Atri. Participó durante más de ocho años en el taller de análisis de dramaturgia de Hugo Argüelles. Realizó una maestría en humanidades en la Universidad Anáhuac. Espejo de mareas (Editorial Praxis) es su libro más reciente. Alejandro Espinoza. Narrador, ensayista, traductor. Entre sus obras se encuentran las colecciones de cuentos Las Visitas, La ciudad y sus silencios, la novela La Saga: una noveleta filosófica. Profesor de Estética y Nuevas Tendencias por la Escuela de Artes de la UABC.

suplementos y revistas de literatura nacionales, además de El Requiem de las Flores (Editorial Malabares, 2000). Asistente a talleres de poesía de José Vicente Anaya, Minerva Margarita Villarreal y José Kors. Recientemente compilada por Roberto Castillo en Aquella noche el mar… publicado por el Instituto de Cultura de Baja California y Editorial Aretes y Pulseras.

Raquel Castro. Por su labor como Carlos Bustos. Editor y antólogo. Ha publicado cuento guionista Ha obtenido en dos ocasioy novela. Entre su obra destaca Ladrones del crepúsculo, nes el Premio Nacional de PeriodisEl ilusionista y el ojo del unicornio. Con el libro Fantásmica mo. Escribe en: raxxie.com y elabora obtuvo el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen. horóscopos bibliománticos a través de @raxxie en Twitter. Alejandra Rioseco. Poeta y actriz, por casualidad también comunicóloga por la UABC. Ha publicado en varios Agustín Fest. Mentiroso, escritor, Todos los números de creador, cínico, exfumador, basDice que vive en Cholula guardagujas sethounder. pero lo encuentras siempre en la red. http://issuu.com/guardagujas Su blog: http://arbol217.com/

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