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febrero 2012, n° 46

víctor pérez

http://lja.mx/guardagujas


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los plagiarios alejandro espinoza

M

ucha gente cree que los escritorios públicos ya están en desuso, pero es mentira. A un lado de la oficina central del Servicio Postal Mexicano se encuentran tres pequeños escritorios, donde todas las mañanas, un trío de hombres derruidos fuman Raleighs y se sientan frente a sus igualmente derruidas máquinas de escribir. Uno de estos hombres –El Monchi— se dedica exclusivamente a su trabajo, que consiste en escribir lo que señoras cargarosarios o señores carga-ramos-de-flores le piden que escriba, casi todo el tiempo avisos de que el giro llegará retrasado y con la explicación de una fotografía que acompañará la carta y en donde el sujeto o sujeta aparecen a la orilla de una playa. En realidad, este tipo es un cascarrabias, no se puede platicar con él y siempre termina mentándote la madre y diciendo que quiere morir y llevarse a este país de corbata, noción que me parece extrañísima pero que surge, creo yo, por su temprana ingesta de brandy, antes del desayuno, el cual consiste, claro, en una CocaCola, un Gansito y un cigarro. Quiero concentrarme en los otros dos, el Lic. Gómez y al que todos conocen como el T Rex, debido a que un mal congénito impidió que sus brazos crecieran proporcionalmente al resto de su cuerpo. Se acomoda muy chistoso cuando escribe en la máquina, y de tanto tiempo dejó de sentir el peso de las burlas; pero esto no es en realidad de lo que quiero hablar. Quiero hablar acerca de la serie sucesiva de plagios que este par ha cometido desde hace más de veinticinco años. Me explico. El licenciado y el T Rex son unos enamorados de la poesía, particularmente la mexicana, la modernista y del Siglo de Oro, en ese orden de importancia. Son de los tipos que subrayan los versos de Amado Nervo, de un libro comprado en la vieja CONASUPO, de cuando a veces se atrevían a vender libros económicos. Ambos se conocen desde la primaria, y ambos se enamoraron de la poesía porque se enamoraron de su maestra de quinto, la que olía a flores y les dejaba pintado su lápiz labial en las mejillas cuando se despedían de ella. Desde ahí se hicieron amigos, se hicieron cómplices, tuvieron excelentes notas no sólo en español sino en matemáticas, geografía e historia, agradecieron de antemano la existencia de editorial Porrúa y de las bibliotecas públicas, y como descubrieron desde muy temprana edad que estaban feos, feos como la noche, y que eran pobres, pobres como un río gastado, se volvieron cómplices melancólicos de borracheras y partidas de damas chinas, enamorándose por doquier y declamando la poesía que leían y releían y se aprendieron de memoria, hasta que ya no hubo necesidad de cargar con los libros, sólo bastaba un par de cervezas tamaño caguama para que los ánimos declamatorios surgieran. Huelga decir que el Monchi no los soportaba, pero a los miembros de ese pequeño colectivo de locales a los alrededores –una tortera, un bolero, el señor de ojos espantosos que cuida un revistero, el muchacho majadero que vende tejuino los veranos—los tenían fascinados este par. Habían vivido toda su vida, literalmente toda su vida desde los nueve años, dedicados

a la lectura de poesía. Fue así como su virtud se convirtió en su moneda de cambio. Hoy en día, ya pocos saben lo que ha hecho este par en su trabajo de escritorio público, más allá de las cartas a los parientes en Agua Prieta o las notificaciones de desalojo de renteras analfabetas o de locatarios que perdieron la vista. Se han dedicado a deshilvanar cientos y cientos de poemas, integrados a las cartas de enamorados que quieren comunicarse desde la distancia con la dueña o el dueño de sus pensamientos. Han sido los comunicadores del romance entre personas que transitan por esta ciudad fronteriza, reconfigurando a través de cartas cientos y cientos de poemas. Dicho de otro modo, llevan décadas realizando el más puro de los plagios: el que nace de la interiorización de los versos leídos, ahí donde las frases y las imágenes se alojan en las entrañas y luego surgen convertidas en eso que antaño llamábamos inspiración. No hay dolo, ni tampoco se trata de una “apropiación” (no es gente tan sofisticada, ni tan cínica, ni tan cansada de discurrir): es algo mucho más íntimo, un acto de escritura que ellos denominan plagio pero en un sentido poético, el plagio como hurto, como secuestro de los imaginarios y sentires de la poesía de nuestros tiempos. Una escritura cualquiera de estos poemas comienza así: por lo regular el cliente, que por fin consiguió los doscientos pesos que cobra el T Rex o el Lic. Gómez por sus servicios, se sienta en una sillita frente a ellos. No hay necesidad de escoger, porque en realidad los versos los van construyendo los dos. Primero, le preguntan al muchacho acerca de su vida (casi, casi, casi siempre es un muchacho, casi siempre con un lunar en la mejilla, los dientes chuecos y esa mirada brillante pero esquiva que caracteriza a ciertos mexicanos), acerca de su amor imposible, acerca de las circunstancias que lo trajeron ahí. No tarda mucho en explayarse frente a estos dos, el muchacho, y al final viene la petición que ya conocen: “Oigan, ¿no me echarían la mano escribiendo una poesía para enviársela a [inserte nombre de amor imposible]?” Al cabo de uno, dos minutos, uno de ellos comienza a recordar trozos de versos, de miles de poemas, que luego escribe en la máquina, juntando de pronto el verso de uno con el verso de otro, la imagen de uno con la imagen de otro; y queda más o menos así: Amar es percibir, cuando te ausentas,/tu perfume en el aire que respiro,/y contemplar la estrella en que te alejas/cuando cierro la puerta de la noche. // Te digo a media voz/cosas que invento a cada rato/y me pongo de veras triste y solo/y te beso como si fueras tu retrato/ y tú sigues brillando aun cuando el beso, los besos,/los miles y millones de besos se parecen al fuego/y se parecen a la derrota y al triunfo/y a todo lo que parece poesía - y es poesía. El efecto es conmovedor; torpe, impulsivo, pero conmovedor. Sobre todo, porque no se trata de un acto de deshonestidad, ni tampoco de una atribución ventajosa y quizás poquito cobarde; se trata, en realidad, de un homenaje y de un recordatorio: que por más que nos moleste, por más que nos retuerza la conciencia, no hay mejor elogio para un escritor que ver cómo sus palabras forman parte de la conciencia colectiva de un pueblo. Y de esas cosas, y de estos sujetos, nadie se da cuenta.

Carta a un director de periódico

alejandro badillo

Eres el gran dictaminador El que empuña la lanza El que abre las aguas y martiriza con agujas los papeles. Pero tus reporteros son un denso hato de bestias Sus rebuznos colman el aire Sus alaridos son piedras que se sumergen Peces que mueren inhalando el vacío. En las noches mientras desgranas uvas mientras la histeria se derrama la música desnivela las máquinas y siembra balas en los mosquetes. En las noches cuando untas tu sombra a los claveles cuando tu boca es el reino de lo pequeño la música disgrega nuestros miembros y cubre con musgo a los traidores. ¿Dónde buscar las palabras? ¿En tu mesa donde las viandas buscan, insistentes, la podredumbre? ¿En los que se hincan? ¿En los dolientes? ¿En los que inciensan tu paso con cadáveres? En tu espalda hay una vértebra que se clava Un cerdo que se columpia Una yaga que renueva su muerte. Pero sueñas: (Las fotografías son buitres en escena tus encabezados son frutas que emponzoñan. Las sillas brillan como carabelas son lánguidos y prístinos corceles). Buscas la perfección pero en tu cabeza hay una rueda que no gira una bicicleta que habla con las paredes una virgen que se masturba pensando en tu ubicuidad en tu procacidad que funda coces. Rememoro el ruido Los platos vacíos La lerda procesión de escribientes que confunden datos que bautizan insectos entre empellones. ¿Buscas lo perfecto? Incendia las gotas derramadas de tu vino Apila ofensas Corona tu cabeza con el odre. Pero date prisa El oro de tu carruaje espera Los ojos de tu lacayo se entumecen y están a punto de volverse humo Hoy en mi último día de trabajo Te unjo con la ceniza de las malas palabras Evoco tu figura redonda y sin sentido y la encomiendo al dios del desgaste de las finas ropas del dinero.


guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx

ojos de plásticolauraverónicagómez

S

e había dado cuenta que gracias a la publicidad de vanguardia uno podía adquirir de todo, que la vida estaba resuelta y casi cualquier necesidad encontraba solución en los anuncios interminables de medianoche. Si quería una pizza el mensajero llegaba con dos (una gratis por ser lunes), si ordenaba servicio de lavado de alfombras éste incluía también el encerado de sus pisos de madera, aunque a decir verdad no hacía falta pues siempre lucían una inmaculada apariencia, por eso no le pareció nada descabellado que al solicitar una dama de compañía por teléfono posiblemente llegaran dos siguiendo esa lógica de las promociones. Su estatura apenas le permitía asomarse por la mirilla de la pesada puerta metálica, era algo calvo, pero de facciones hermosas, eso le daba una apariencia andrógina, algunos pensaban que tétrica. Cuando tocaron la puerta, sus manos se llenaron de un sudor ansioso y su lengua se humedeció anticipando el deleite, había ordenado del catálogo virtual a una rubia hermosa de piernas largas, pero el detalle que realmente despertaba su pasión era el pubis frondoso como no había visto uno desde aquellas revistas para caballero que coleccionara su padre, era tan raro ya que una mujer mostrara alguna zona de su cuerpo con vello. Asomarse por la mirilla resultaba inútil, decidió abrir la puerta. Se encontró con un embalaje voluminoso y por el que se alcanzaba a ver el rostro perfecto de una mujer rubia. Disgustado pensó que se trataba de una broma macabra, pero la nota pegada tan a la vista donde decía: “Importante. Leer antes de usar” despertó su curiosidad. Pese a su corta estatura los brazos de Bob eran muy fuertes, deslizar hasta el interior del departamento aquella caja no resultó tan complicado como estimó en un principio. Al leer la nota se enteró que estaba frente a una dama de compañía de última generación llamada Storm Modelo Rubia complaciente. — ¿Es esto una broma?, ¡una pinche mona inflable! —No soy una muñeca tampoco un robot –Una voz cadenciosa de mujer amaestrada le contestó–, soy una amante de última generación y estoy aquí para hacerte feliz. Sin hacer caso del comentario Bob siguió leyendo las instrucciones. El servicio incluía un período máximo de 12 horas, al día siguiente personal de la empresa soloreinas.com pasaría a recogerla, no era necesario que la empacara, ellos se encargarían de hacerlo. La nota terminaba con una leyenda que decía textual “PRECAUCIÓN, evite el contacto de sus fluidos corporales con la Storm, el material de la dermis puede provocar leves irritaciones en el usuario, por higiene utilice el kit adicional de protección para este fin”. El kit mencionado contenía preservativos autoajustables y dedales color rojo. —Vamos a ver entonces qué puedes hacer muñequita –Dijo Bob mientras retiraba el empaque con cuidado. Enseguida apareció frente a él, casi a la altura de su rostro, el pubis frondoso que le había

gustado, sin más acercó su nariz y aspiró fuertemente encontrando que tenía un olor penetrante y delicioso, luego tocó los muslos despacio comprobando que no era ninguna clase de plástico sino una piel tersa y firme, mucho mejor que la de las damas de compañía que había contratado antes. Apenas llevaba un negligé de color blanco, sin pantaletas, para cubrir su desnudez. —Me haces cosquilla –murmuró la rubia, mientras Bob la miraba fascinado. — ¿Tienes algún nombre hermosura? —Llámame Divine. Bob le dijo que se sentara en una silla ancha y algo desvencijada que estabaa justo en el centro de la habitación cuyo atributo principal era la vista maravillosa de la Ciudad de México, desde ahí podía observarse un restaurante panorámico que giraba y al frente una estructura metálica en forma de H daba la bienvenida al complejo de departamentos donde vivía, una torre blindada habitada por una variedad de especies que rara vez convivían entre sí. A esas alturas estaba muy excitado así que comenzó por besar los pechos abundantes, de una aureola rosada y pezón diminuto, los manipuló delicadamente, luego con fuerza. Incluso les clavó los dientes sin provocar en ellos ningún enrojecimiento o magulladura, recordó cuando mordisqueaba los senos de las muñecas de Soira su única hermana. La mayor parte del tiempo Divine suspiraba de una manera sugestiva, a veces soltaba algunas risitas nerviosas, pero nunca quejándose o protestando, simplemente dejándose hacer. Su cuerpo elástico y complaciente reaccionaba de una forma especial sobre todo al calor de esas manos más desesperadas que expertas. Bob echaba bocanadas de aliento dentro del hueco del ombligo, clavaba la punta de su nariz en el nacimiento de los senos, se envolvía entre su carne de la misma forma que lo hacía con los vestidos de su madre y hermana. La puso de espaldas sin darse cuenta que había accionado un interruptor que la cambió de modo Amante zorra a Madre virginal, entonces mientras le acariciaba las nalgas, ella entonaba susurrando una canción de cuna “duérmete niño, duérmete ya…” esas palabras cayeron sobre él como una cubetada de recuerdos fríos, pero amados, se veía entre sábanas de algodón inmaculado, absorbido por la calidez de los labios de su madre, abriendo con sus dedos curioso el tulipán rosado en medio de las piernas de su hermana, sintiéndose el ser más feliz del mundo en esa confusión de carne, de la misma carne. Creía estar en el paraíso, algo exhausto en el momento que Divine sin dejar de cantar lo tomó entre sus brazos como a un bebé, fácil por su estatura, lo puso sobre su regazo y le dio de beber una leche imaginaria, Bob maravillado, Bob a punto de la lágrima succionaba de aquel pecho en forma de gota, tan alejado de la superficial esfera de otras amantes, un pecho que se hundía cuando él retozaba con su lengua, arriba, abajo, en círculos sobre la aureola que empezaba a ponerse café. Era tanta su dicha que cada vez se sentía más encogido, más pequeño.

—No dejes de cantar princesa hermosa, reinita divina. ¡No me dejes venir! —Campanita de cristal, arrulla a este niño que se va a acostar. Luego ya no pudo cantar porque los labios de Bob acaparaban los suyos, su lengua iba y venía goteando un poco de saliva en la orilla del sillón desvencijado. Con esa misma saliva unto los muslos de la chica toda sonrisa, toda seda, se permitió jugar un momento; su dedo descendiendo del ombligo al pubis empapado, sus labios tocando esa maraña genial de color rubio con un beso algo tímido que luego se volvió hambriento y escurridizo llegando hasta el fondo. Ahora giraba la lengua en círculos intensos, Aunque lo intentó Divine ya no podía cantar, su respiración se complicaba, sus gritos encendían la atmósfera, ¿qué era ese maravilloso ritual bajo su vientre? —Tú solo disfruta muñequita, cierra los ojos y déjate sentir lo que quieras sentir –Después de estas palabras el hombrecillo giraba más y más fuerte su lengua hasta que se convirtió en un remolino lleno de humedad. Divine estaba en el centro del sillón, desvencijada igual que él, nunca alguien la había hecho sentir tan satisfecha, nunca había conocido lo que era un orgasmo. Bob abrió por completo las cortinas y cayó en la cuenta que el amanecer despuntaba, a lo lejos la magnífica vista, con sus luces que poco a poco se iban apagando, era su cómplice y una espectadora deseosa de más. Un morbo colectivo se apoderó de la escena, parecía que en todas las ventanas se asomaba la gente presenciando el acto de entrega como si fuera el primero de la humanidad. Había mantenido su bragueta cerrada, ahora, sintiéndose dueño de la situación, sacó su miembro erecto y adolorido por llevar el deseo más allá de lo soportable, su respiración tántrica, lo había ayudado siempre en momentos como ése. Suavemente lo puso entre las piernas de Divine hasta que sus cuerpos perdieron la división, entonces sus movimientos eran como los de un remo chasqueando el agua con la punta, y en otros momentos cortando el peso de una ola con un golpe seco, ese vaivén lo mareaba, lo extasiaba, lo hacía gritar obscenidades y al mismo tiempo bendiciones, era una felicidad tan absoluta como el abrazo de su madre, el beso escondido de su hermana, el sexo oral de su profesora de sexto año, el sexo anal con su primera novia, el venidón en la cara de su jefa. Ya no había límites que cruzar, en ese momento su orgasmo se anunciaba con el estruendo de un alarido que perturbó el silencio matinal, su cuerpo perdió toda fuerza y olvidando el kit de protección eyaculó dentro de la chica. Sintió cómo una fuerza lo succionaba hacía adentro, lo aspiraba hasta que por fin él navegaba en un caldo rosado y espeso donde se sintió arropado. Justo en él momento que los cristales comenzaron a volar por todas partes él nacía del cuerpo de una mujer que si no hubiera sido por la cascada de luz que lo cegaba se habría percatado que era Irina su madre.


editores: edilberto aldán / joel grijalva

Manual para el viajero que no quiere serlo

V

iajar en avión es una práctica para masoquistas o para el que no tiene más remedio que subirse. Todo comienza con la compra del boleto por internet; avanzas por un laberinto de opciones que tienes que definir, como por ejemplo: destino (no puedo predecirlo. Soy escritor, no adivino); asiento (¡por supuesto, no pienso irme de pie o hecho ovillo en el sanitario!) equipaje (Samsonite, azul con franjas rojas y le falta una ruedita); hasta aquí resulta fácil, entonces surge el primer escollo: la maldita tarjeta de crédito no pasa. Vuelves a repetir todo el trámite para llegar al mismo cruel final. Hablas al número de ayuda y te contesta un imbécil que antes vendía frutas en un carrito y no sabe o no puede ayudarte. Terminas ofuscado, atravesando la ciudad para comprar tu pasaje en una agencia de viajes que te despide con “La próxima vez que vuele puede ingresar a nuestro sitio web para comprar su boleto con rapidez y comodidad”. Los genios de los horarios han determinado que la llegada al aeropuerto tiene que ser con dos horas de anticipación. Es decir, si tu vuelo sale a las 5:00 a.m. tienes que estar puntual a las 3:00 a.m., lo que significa que tendrás que levantarte a la 1:00 a.m. para asearte y beber una taza de café que te permita abordar un taxi sin quedarte dormido y despertar en cueros en medio de un solarón. Esto nos conduce a que, entre la cena, terminar de arreglar el veliz y los nervios por el viaje, terminarás durmiéndote a las 12:45; o sea que apenas descansarás tristes 15 minutos. Ante tan desolador escenario, es preferible pasar la noche en el Wings de la terminal consumiendo alitas de pollo, cerveza fría y recreándose con las bonitas piernas de las aeromozas que circulan por allí. Una vez abordo viene el problema de los asientos. Las ambiciosas compañías aéreas compran aviones para 150 pasajeros, pero los atiborran con butacas para trescientos; resultado: gente alta y fornida como yo terminamos aprisionados en un receptáculo de metal (en el que apenas y cabe un niño de cuatro años) con las piernas trituradas contra el respaldo de enfrente. Con los años, he optado por pedir mi asiento cercano a la Salida de Emergencia que, a pesar de ser más costoso, tiene el espacio suficiente para estirar las piernas con soltura. Junto con esto existe otro hecho que poca gente conoce: las plazas que cuentan con un mejor promedio de supervivencia están en la fila de las salidas antes mencionadas. El problema es que si llegara a ocurrir un aterrizaje forzoso o un amarizaje, el pasajero de la Salida de Emergencia, quien deberá estar en perfecta forma física, sano, y dominar el idioma inglés (me supongo que para gritar ¡HELP! y poder ser entendido en cualquier parte del mundo), tiene la supuesta responsabilidad de encargarse de esa puerta, mientras sigue cabalmente las órdenes de la tripulación. A mí esta situación me tiene sin cuidado; si el avión en que viajo se llega a estrellar y sobrevivimos, en cuanto logre abrir la salida me lanzaré por ella con un clavado de perrito y le daré mi bendición al resto de los pasajeros. Prefiero romperme una pierna o ser demandado por 299 pasajeros gritones e histéricos, que hacerme el héroe en una aeronave repleta de combustible a punto de estallar. En este punto concuerdo con Robert Gifford, del Consejo Asesor Parlamentario para la Seguridad en el Transporte, que hace poco declaró: "la posibilidad de sobrevivir no debería basarse en la posibilidad de pagar más por un asiento cerca de una salida de emergencia o por haberse registrado vía Internet".

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Literatura del desorden y de la búsqueda

M

e imagino que todos los días, en cualquier lugar, habrá un chamaco leyendo Rayuela de Julio Cortázar. Pensaba decir pendejo, como dicen los argentinos a los jóvenes, pero aquí el pendejo funciona diferente. Además… mi reciente cambio de dígito del 2 al 3, me da una completa autoridad de adulto. Es decir que para algunas personas ya pertenezco a la sección de los pertinaces, los obtusos, los escépticos, los incorregibles. Soy lo que soy y ya no hay más. Bueno, permítanme corregirme una vez. Créanme que lo pronuncio con dulzura y melancolía: En este momento, en algún lugar, algún pendejo lee Rayuela de Julio Cortázar. Hablemos de un pendejo que conozco con más familiaridad: Yo. Recientemente jugué a la Rayuela. Esta sería la cuarta vez que leo el libro. La primera vez lo leí a los quince o dieciséis años. Recuerdo que me hizo berrear como un becerro. Vivía los camiones de ida y vuelta, casa-preparatoria y preparatoria-casa, angustiado por el destino del pobre Horacio, y de la pobre Maga, de la Pola, del Traveler y de Talita. Me colmaba esa ansiedad de que los personajes dicen todo lo demás (excepto el punto), juegan con las palabras, analizan minuciosamente las cosas pero no eran capaces de decirse “lo importante”. ¿Por qué no se dicen las cosas en vez de hundirse en el barullo?, me preguntaba angustiado, como si fueran mis amigos, como si fuera un hijo de un hogar violento y que todavía tiene esperanzas en las soluciones. Es una novela muy efectiva para emular el caos del pensamiento. Rayuela aunque ya está diluido a comparación de otros libros (y el aspecto lúdico de los capítulos lo hace más dinámico), se aleja cada vez más del consumo a lo breve (La promesa maligna de los tiempos que se avecinan y nos acechan). Incluso sus capítulos más cortos están llenos de sustancia y modifican enormemente el mundo en el que se manejan. Supongo que todos ya sabemos la respuesta a lo que no entendió ese chamaco: Sin conflicto no existe el libro. Rayuela es muchas cosas y entre ellas, es el conflicto de la búsqueda y como todos ofrecen su pedazo de verdad. Horacio está buscando algo. No es tan importante qué. La novela da tantas vueltas que puedes pensar que es el amor o la verdad universal. Capítulos sobran para confundirte. Hice otras dos lecturas y las hice sin sorpresas, sin la angustia, sabiendo todo lo que iba a pasar y a todo lo que íbamos a llegar. Esas dos lecturas me alejaron más del libro, es decir, de la emoción de leerlo como un lector primerizo. La promesa de identificarse.

Este año cuando lo miré en el librero, pensé si debía intentarlo una vez más. O dejarlo quietecito en su lugar. Contentarme con lo aprendido, con la explosión cerebral de los dieciséis años y el desencanto de los veinte y los veintitrés. Luego pensé en que nada obsesiona más como el alejamiento o el desamor. Ese momento donde te encuentras con el amante que dejaste ver durante muchos años y cuando te lo encuentras, y aunque engañosamente se presenta con el disfraz del pasado, te decepciona mientras se desarrolla el peso del presente. Los años que transformaron al otro y lo convirtieron en, pues, en alguien tan ordinario como tú. Así que jugué una vez más. Según bajo mis propios términos. La sugerencia hipnótica de Cortázar a través de Morelli de leer los capítulos al azar. Introduje la lista de capítulos en una página de internet y me los regresó en desorden. Imprimí una hoja con esto e inicié el ritual de la lectura. Durante la lectura anotaba observaciones en la hoja del orden apócrifo como las coincidencias, o los momentos que cambiaron de intención. La lectura resultó muy agradable. Un reencuentro como pocos. Hay cosas como el capítulo del gíglico después de Pola (y hacen parecer a Horacio más desgraciado de lo que es)… o lo que piensa Horacio de estar en París cuando el capítulo siguiente habla de Traveler, que nunca viaja y se entristece por lo mismo. Si les da curiosidad intentar el experimento (como yo lo hice), les ofrezco el orden en que leí los capítulos: 109 14 93 11 126 59 21 95 115 27 124 97 41 121 90 25 31 54 1 98 86 46 55 12 29 53 117 114 68 101 50 130 81 82 49 4 48 5 119 123 73 75 24 43 60 64 9 105 40 65 100 6 96 88 62 56 103 71 80 35 34 79 47 78 16 44 39 74 99 45 8 69 83 66 120 129 61 118 131 127 42 76 89 104 72 107 52 23 70 87 122 63 10 110 32 92 19 36 113 15 125 77 116 111 2 58 102 30 38 57 3 108 37 112 20 94 26 7 18 33 67 13 106 85 17 22 84 51 91 28 128. También pueden buscar en internet un generador de secuencias para números aleatorios e introduzcan del 1 al 131. Sugiero que hagan esto si ya leyeron el libro. Supongo que esa es la gran desventaja del método. Desconozco (y dudo) su efectividad en alguien que no lo haya leído. Por mi parte he logrado perdonar la Rayuela (quitarme esas telarañas prejuiciosas de la cabeza). La literatura, en parte, es juego y gozar el juego. Rayuela es la literatura de la búsqueda que se vuelve más intrincada, e interesante, cuando los capítulos no tienen ningún orden. Ya veremos en diez años si me lo vuelvo a encontrar y si tengo otra cosa que decir.

guardagujas46  

SUPLEMENTO DE LA JORNADA AGUASCALIENTES

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