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sólo quiero una muerte de verdad

un comentario a Los años falsos de Josefina Vicens

guarda gujas diciembre 2011, n° 41

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fernando reyes El entendimiento moderno convierte al hombre en un anfibio, que tiene que vivir en dos mundos que se contradicen. Hegel

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gerardo gonzález aquél, aunque –aquí radica el asunto de esta breve novela– en su caso vive a la sombra del padre. Ha heredado todo: la autoridad ante la madre y sus hermanas gemelas, ha heredado la pistola y los trajes, a los amigos, el empleo y hasta la amante. Frente a la cruz que él mismo diseñó, Luis Alfonso hijo le reclama por su vida; él exige su propia “bugambilia” y su propia lápida. “No de ti, porque tú no sabes lo que es el silencio. No lo has guardado nunca, ni antes ni ahora”. “Tal vez el estar muriendo es un rumor que puede no oírse, pero el morir es un silencio que tiene que ser escuchado”. “Sentí que había yo llegado al centro del silencio y que era ahí donde debía permanecer”. El padre le usurpó la vida al hijo, cuando estaba vivo, y ahora muerto. En ese tono característico de la Vicens se plantean en el libro distintos tópicos de tema existencial. En primerísimo lugar, la búsqueda de la libertad. Sartre aborda en ¿Qué es la literatura? este punto. Sólo a través de la “prosa el hombre puede manifestar su primera necesidad; es decir, su existencia”. Esta “manifestación”

tienen como máxima meta la “liberación, la cual hace trascender al hombre de ser solamente una situación”. La situación que vive el joven personaje es muy conocida en nuestro contexto y, en algunas ocasiones, incluso deseada. Somos un país de tradiciones, de historias repetidas, de lastres. La madre y las hermanas son las primeras en repetir la sumisión que profesaban al padre. Los amigos del padre adoptan al hijo como si fuera su otrora compañero. Lo llevan a la cantina y le repiten hasta el cansancio el parecido con el padre. “Es exacto a su padre en todo, hasta en las manías”. “Tienes que aprender, Poncho, tu papá nos ´sonaba´a todos”. El hijo, en su primer acto de rebeldía les exige que lo llamen “Luis Alfonso” y no “Poncho Fernández”. El hijo es silencioso, ya se dijo. Ésta es una manifestación, consciente o inconsciente, de diferenciarse de su padre quien explotaba en gritos, reprimendas o en “carcajadas estrepitosas”. En otro intento de liberación el heredero acompaña a un evento político al “Diputado” quien está dando un discurso demagógico de inicios

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na mujer quiere ser ama de casa y amante apasionada. Un hombre quiere ser un hidalgo y un loco aventurero. ¿Se puede ser un príncipe y un multihomicida vengativo? Jekyll o Hyde. Estar hecho de arcilla o de restos cadavéricos y poseer un alma noble. Ser humano o ser cucaracha, es uno de los mayores dilemas planteados en la literatura. El tema del Doppelgänger ha sido tratado de muchas formas en plumas de distintas latitudes y épocas. La dualidad ontológica no solamente se aborda con el tópico del doble, el sosias, ahora más recientemente el clon. Éstos son tan sólo metáforas de una cuestión más profunda: el conflicto de la identidad. ¿Quiénes somos en realidad? ¿Somos lo que aparentamos? ¿Desempeñamos bien nuestro papel en la vida o éste es una imposición histórica, social, familiar o –peor aun– propia? El concepto de persona (cuya etimología alude a la máscara) como identificación, diferencia, negación o búsqueda es sumamente complejo. En su rico estudio El dilema de la identidad en la poesía hispanoamericana, Antonio Carreño apunta que en el siglo de la bifurcación del yo y la despersonalización existen, en literatura, dos reencuentros para el yo: “el yo que ocupa un sitio dentro del otro, como metáfora del yo ausente; y el yo que emplea una máscara, como alegoría de una nueva persona, aparente”. Ambos caminos, el del “yo ausente” y el de “la persona aparente”, Josefina Vicens los recrea perfectamente en El libro vacío (1958) y en Los años falsos (1982), respectivamente. Ambos artificios confirman las dudas sobre la propia existencia y objetivizan el deseo de evadir la propia personalidad. Alguna vez señalé que, como Rulfo, la Peque logró un lugar en la historia de la literatura mexicana con dos breves libros. A diferencia del jalisciense cuyos libros fueron escritos en un lapso de dos años, a la Vicens le llevó más de dos décadas escribir éste último. Recuérdese su famosa dedicatoria: “A quien vive en silencio, dedico estas páginas, silenciosamente”. Como en su primer libro, en Los años falsos predomina el silencio. El hijo habla en silencio frente a la tumba del padre. La novela se narra como un susurro, como un murmullo. Gracias al dominio técnico de la escritora, la narración se confunde premeditadamente entre el ser y la acción del hijo y, por otra parte, del padre: “Todos hemos venido a verme”, es la frase inicial. “Yo podría hablarte de lo que es estar allá abajo, contigo, en tu aparente muerte, y de lo que es estar aquí arriba, contigo, en mi aparente vida”. El hijo-narrador hace un recuento de los cuatro años que lleva viviendo sin


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sólo quiero una... de los años ochenta: “... la reivindicación de los sufridos hombres del campo que son el nervio vivo de la patria…”. Ante tal “farsa indignante”, un campesino alzó la voz: “El nervio vivo de la patria se va a morir esperando la mentada reivindicación…” Entonces, en un gesto de solidaridad, Luis Alfonso le aplaude al indio rebelde. Los diálogos sarcásticos de este apartado y el dibujo de politiquillos arribistas, traicioneros, cínicos y cobardes de la mejor sepia priísta no le pedirían nada a los escritos por Ibargüengoitia en Los relámpagos de agosto. A propósito de contexto, debo señalar que, en ésta como en la novela anterior, la escritora tabasqueña intenta darle dimensiones universales a sus textos evitando nombres, épocas y lugares específicos. Sólo podemos inferir el contexto histórico por la fecha en que se escribió Los años falsos. En varios momentos hace alusión a la campaña que el “Diputado” emprendía “pues se las sabe de todas y le tira a Ministro”. Todos querían “pisar fuerte y llegar lejos”, “hacerse ricos a cualquier precio”. Un contexto en el que “una credencial de diputado o un saludo del presidente sirven más que los estudios y los títulos”. En las mesas se pasaban discutiendo sobre “esa política turbia y anhelante que consistía en otear como bestias para percibir, a varios meses de distancia, quienes serían ´los elegidos´. Cualquier error significaría el ostracismo, la pérdida de las influencias y las prebendas. Significaría convertirse durante seis años en ciudadanos comunes y corrientes, atenidos a sí mismos, víctimas de la arbitrariedad de las autoridades y de la indiferencia de los poderosos”. Como José García, el burócrata que está escribiendo El libro vacío, Luis Alfonso es un personaje que no acepta del todo su entorno. José García no se conformaba con ser un oficinista con un horario estable y un sueldo para mantener cómodamente a su familia: “A veces me dan ganas de morirme para no ver a mi compañero arrancar la hoja del calendario”. Aquel empleado se angustiaba por estar ahí y nada más, “como todos”, sin contemplar un atardecer, sin observar la soledad de todos sus compañeros, la de todo el mundo en la calle, la suya propia. En Los años falsos, Luis Alfonso, saliendo apenas de la adolescencia, no comparte las aficiones de su padre y los amigos de su padre, que ahora son, muy a su pesar, los suyos. Desde que murió su padre, él dejó de salir con sus dos novias (“únicamente para darte gusto”). “Mientras más mujeres se tengan más hombre se es” era una frase heredada mas rechazada por él. Tampoco gustaba de las señas o palabras “procaces”, ni del “chínguere”, ni “ponerse hasta las manitas”, ni las armas, ni golpear ni hablar fuerte, ni la alharaca y las parrandas. Él tenía a un hombre sensible reprimido, era presa de su ser auténtico. Quería ser buzo y no empleadillo, achichincle de un político que le daba vergüenza. Quería arreglar él mismo las bugambilias con cuidado y no con ese falso respeto de las hermanas. Quería llorar libremente. Quería ser él. Volar papalotes o diseñar una cruz sin escuchar a su padre, ya muerto, reclamándole por esa “cruz de señorita”. Quería dejar de complacer en todo a su padre, quería dejar de ser el padre. Quería ser el hijo, el hermano, el joven, casi niño. Así lo dice al final de la historia: “Lo que yo quisiera, papá, es tener otra vez seis años y oírte decir: ‘vámonos a dar una vuelta’, o ‘verás cómo nos vamos a divertir’”. A lo largo de la novela podemos encontrar esa necesidad que tiene de verdadera comunicación y contacto auténtico con el padre. “…con mucha cautela para no despertarte, me iba acercando a ti. ¡Jamás he vuelto a sentir igual tibieza!”. “¡Pero sólo encontraba la cara ansiosa de un joven que

te buscaba, papá, que te buscaba!”. “¡Qué necesidad de acurrucarme entre tus brazos y decirte cuánto de odio, papá, cuánto te odio!”. Más adelante confiesa: “Yo sólo puedo hablar de mis amores y mis odios: es lo mismo”. Este binomio amor-odio en la relación padre e hijo, dicho sea de paso, aparece como constante en muchos textos mexicanos y universales, de Pedro Páramo de Rulfo a Beber un cáliz de Ricardo Garibay, de La invención de la soledad de Paul Auster a Carta a mi padre de Franz Kafka. Erich Fromm apunta que una de las cuatro facetas (además del “narcicismo, la otredad y la trascendencia”) para la conformación y condición de la existencia en tanto necesidad humana es “el sentimiento de identidad”, la búsqueda de la individualidad contra la conformidad gregaria. Una búsqueda bien clara en nuestro personaje. El rol social y familiar heredado es la tumba que el hijo ha cavado. El hijo acabado y el padre renovado. Le chupa la sangre, se alimenta de él, está utilizando su cuerpo para seguir viviendo. Todos lo saben, todos lo viven y lo aceptan; algunos lo festejan. “Ninguno de los dos aceptaba tu muerte; yo me había transformado en ti para que siguieras viviendo; mi madre lo sabía, lo disfrutaba y fomentaba esa transformación que le permitía contemplarte, cuidarte, servirte, obedecerte”. En tal sentido, esta novela resulta incluso más existencialista que la escrita en 1958, pues aquí ni la muerte brinda autenticidad al hombre. “Se morirán todos y siempre habrá nuevos José García que los remplacen y ocupen su mínimo sitio en la vida”. Lo que en El libro vacío se había vaticinado en Los años falsos se confirma. Si en la primera novela escinde a su personaje en dos, en ésta va más allá: “Quedé así como dividido en tres: el heredero de ti, el huérfano de ti, y el encargado de acompañarme y consolarme”. El desenlace queda resuelto, muy al estilo de Vicens, con una estratagema metaliteraria y con un sentido –en términos heideggerianos– de “angustia heurística”. El hijo le confiesa al padre que ha aprendido a desempeñar los dos papeles: el de padre y el de hijo, el del muerto y el del vivo. Ha aprendido a manejar a sus hermanas, a sus hermanas, a su amante y a sus amigos, quienes incluso le han dicho que se ha convertido en “un degenerado y reverendo hijo de puta”. Todos se asustan, no entienden y “yo me divierto”. A diferencia de José García, quien ha encontrado el camino de su libertad y autenticidad escribiendo no sólo un libro sino su propia existencia convertida en palabras, Luis Alfonso, quien ha optado por un espantoso silencio, ha decidido ver a sus semejantes como personajes creados por el mismo, como si fuera un Dios, al estilo de Huidobro. Sólo él puede matar o dar vida al padre. Frankenstein inverso. “Resucita, Poncho Fernández. Muérete, Poncho Fernández”. Está condenado a vivir una vida ajena, por eso le pide, al final, una “muerte entera”, ya que ésta es lo único inalienable en la vida. Demiurgo de su propia historia, el personaje asume su papel como tal, desligándose aparentemente de su sino. “Yo era tu personaje único, como tú eres el mío”. De nuevo, el artificio narrativo, la creación de personajes que expresan con palabras la manifestación de su alma, permite establecer un estrecho vínculo entre escritura y lectura, entre escritor y lector, entre personaje ficticio y personaje real, el yo del personaje llega a ser, a través del texto, el yo del lector. He aquí, una vez más, la relación entre novela y existencia; tema abordado por Milan Kundera en El arte de la novela. Cierro con esta cita del autor checo: “La novela no examina la realidad sino la existencia. Y la existencia no es lo que ha ocurrido, la existencia es el campo de las posibilidades humanas, todo lo que el hombre puede llegar a ser”. Y Vicens sabía al respecto.

E

n mi juventud hice un largo viaje por Europa. El poco dinero que llevaba conmigo se acabó en unas cuantas semanas. Viajar por Europa era caro o me lo parecía en aquel momento en que era joven y pobre y no conocía nada del mundo. Para no pasar hambre se me ocurrió intercambiar mis cuentos por comida. Era una idea romántica y desesperada, pero funcionó. También intercambié algunos poemas por vino, aunque nunca me consideré un poeta. Viví dos meses de escribir o, más bien, de las almas caritativas que aceptaron unas cuantas páginas escritas a mano como pago por un pedazo de pan, un queso o en una ocasión memorable un plato de fabada. Era joven, tenía hambre y sólo tenía un cuaderno y una pluma. Así viví dos meses, viajando desde Lisboa hasta Praga y luego de vuelta a Madrid, desde donde llamé a mis padres y les pedí ayuda para comprar un billete de vuelta a América. No volví a pensar demasiado en ese viaje hasta unas semanas después de mi muerte, cuando mi mujer comenzó a demandar a todo el mundo por derechos de autor. Mis derechos de autor, se entiende, que al momento de mi muerte se habían transferido a ella. Apenas había recibido un homenaje en México a mi trayectoria como novelista, en el cual habían estado presentes mis cenizas. La ceremonia, sencilla, estuvo cargada de sentimiento. Fue a los organizadores del homenaje a los primeros que demandó mi mujer, por haber utilizado frases de mis libros sin su permiso durante el panegírico. Era el comienzo de muchas demandas y de las sospechas públicas en torno a mi muerte. No tengo bien claro cómo es que morí. La muerte me llegó por la espalda. El último recuerdo que tengo de mi vida es que lavaba los platos después de la cena. Yo mismo la había preparado: sopa de calabaza, linguini, calamares rellenos. Para chuparse los dedos. Tras la cena discutí con mi mujer, prefiero no decir por qué, llevé los platos a la cocina y comencé a lavarlos. Después dejé de estar vivo. Como ya he dicho, no sé cómo es que morí. Fue súbito, eso sí, como la sensación que da entrar a un cuarto helado. Un momento estaba vivo y al siguiente no. Por razones que se entenderán muy pronto, creo que la responsable de mi muerte es mi mujer. No podría asegurarlo. ¿Me habrá clavado un cuchillo por la espalda? No, no sería su estilo. ¿Veneno, entonces? ¿Un disparo? No podría descartar esa posibilidad. Todo el mundo sabe —o ya está por enterarse— que mi mujer es una tiradora experta. La enseñó su padre, por supuesto, que es general en el ejército o más bien era general, hasta que el presidente lo llamó a servir al frente de la procuraduría de justicia. Nuestra boda fue un escándalo. Yo era un joven escritor que había tenido un éxito inusitado con su primera novela. Ella era una de las joyas más brillantes del país según la revista Hola. Hubo muchas habladurías antes de la boda. Eran ciertas. Siete meses después de casados nació nuestro primer hijo, a quién llamamos Ifigenio, en honor a su abuelo el general. Mi esposa se rehusó a darle pecho porque arruinaría su figura, así que contratamos a una nodriza alemana para que se encargara de la tarea. Lo cierto es que sí conservó su figura. No podía quitarle las manos de encima. Un año después nació Babette, nuestra primera hija. Para sorpresa de todos, pero especialmente mía, las ganancias obtenidas con mi primera novela y la venta de los derechos de traducción me permitían sostener a mi familia con cierta holgura. No obstante, mi suegro sintió la necesidad de conseguirme un buen puesto en el servicio diplomático. Desempeñaba el cargo de agregado


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después de mi muerte, mi mujer se volvió loca y comenzó a demandar a todo el mundo por derechos de autor

cultural en Buenos Aires cuando nació Babette. Vivimos lo suficiente en Argentina como para que Babette se quedara toda su vida con el acento. Sólo volvíamos a México en diciembre, para pasar las fiestas con mis suegros, y cuando tenía que promocionar alguno de mis libros. Cuando morí estábamos en París. Lavaba los platos tras la cena y después ya no hice nada. Quizá un disparo terminó conmigo. Quizá ese disparo lo hizo mi mujer. ¿Por qué habría de dispararme? Es cierto que durante nuestra vida de casados cometí algunas indiscreciones. En cierta ocasión, incluso, me fugué durante varios meses con una pintora colombiana a Mikonos, hasta que mi suegro el general vino a buscarme. Pero divago. En mi defensa, diré que no hay mucho más que hacer cuando estás muerto que divagar. Nunca esperé que la muerte fuera esto. Más bien, esperaba que no fuera nada. Desde aquí, desde la muerte, puedes verlo todo, puedes escucharlo, puedes saborearlo y sentirlo todo. Lo primero que vi, tras mi muerte, fue un plato roto. El plato que lavaba antes de morir, que había caído al suelo y se había partido en pedazos. Todavía tenía espuma de jabón. Quizá, en ese momento, detrás de mí, mi mujer dejaba caer al suelo una pistola humeante. No volteé. En primera, porque mi cuerpo ya no era mío. Después de muerto no hay tal cosa como voltear. Era un muerto nuevo, que no sabía cómo elegir que mirar. En segunda, si la mujer a la que amas, con la que has tenido tres hijos y una vida plena te dispara por la espalda, ¿querrías saberlo? No siempre fue de esta forma, por supuesto. El primer año de nuestro matrimonio fue difícil, sí. Todas sus amigas le retiraron el habla. Los restaurantes en los que comía habitualmente tenían un súbito sobrecupo cuando nos aparecíamos en la puerta. Aprendimos a estar solos los dos y a disfrutar de nuestra compañía. Nos enamoramos, quizá, en el momento en que ella sostuvo por primera vez al pequeño Ifigenio en sus brazos. Éramos jóvenes y ricos. Teníamos el mundo a nuestros pies. Creo que fuimos felices durante aquellos primeros años, en México y en Buenos Aires. No. No lo creo. Fuimos felices. ¿Y después? Cuando los niños crecieron lo suficiente como para enviarlos a los mejores internados de Estados Unidos o Inglaterra y nos volvimos a quedar solos, no supimos que hacer con esa soledad compartida. Huimos a Barcelona, a Frankfurt, a Madrid, a Viena. Donde sea que hubiera gente y fiestas que nos permitieran evadir el abismo que crecía entre nosotros. Nuestros amigos eran otros escritores, artistas, diplomáticos y sus cónyuges. Luego, esos amigos se volvieron nuestros amantes. Siempre sospeché que mi amigo Jonathan tenía un largo idilio con ella, un idilio que coincidía con las fechas en las cuales yo debía partir en una gira promocional o despachar mis labores como agregado cultural, pero que terminaba en cuanto yo volvía a casa. Jonathan, por supuesto, había sido el padrino en nuestra boda. Era su amigo, en realidad. Quiero decir que fue él quien me presentó a mi futura esposa, en una galería en Oaxaca. Quizá fuera Jonathan el que tirara el gatillo. Mi mujer le abrió la puerta tras nuestra pelea y él entró sin hacer ruido a la cocina, presionó el cañón contra mi nuca y disparó. O no. No tengo evidencias de que Jonathan me haya asesinado. Estaba en Roma el día de mi muerte, creo. No tengo evidencia alguna de que me hayan disparado o asesinado. Lo que sí sé es que una semana después de mi muerte Jonathan pasó la noche en mi casa, en mi cama, para ser más precisos. Luego ya no salió de ahí. Pagué esa casa con los derechos para la película de mi última novela. Se estrenará en unos meses, estelarizada por Tom Cruise y Katie Holmes. No me habían invitado a la premiere, pero ahora que estoy muerto podré colarme. No me invitaron porque la noche que conocí a los Cruise traté de tocarle los senos a Katie. Mi esposa se moría de ganas de que Tom le tocara los senos, también, pero él sólo intentaba que nos uniéramos a su religión. Era una especie de culto Jedi. No sonaba tan mal, ahora que tengo tiempo para pensarlo. Quizá debía aceptar la invitación. Pero luego yo traté de tocarle los senos a Katie, que se veían deliciosos detrás del escote, y se acabó la fiesta. No sé por qué lo hice. Me refiero a comprar la casa, no a tocarle los senos a Katie Holmes. Me gustaba nuestro departamento en Trocadéro. Era la envidia de todos nuestros amigos. Supongo que no sabía qué hacer con tanto dinero. También, quería dejarle alguna propiedad a cada uno de mis hijos. Para Ifigenio, que ahora estudia cine en Italia, la casa de la Ciudad de México, para Babette, el departamento de Trocadéro.

Para Silvia, la casa que ahora comparte Jonathan con mi esposa. Silvia es mi favorita, por cierto. En vida nunca lo habría admitido, pero ahora me da igual. Está en mi testamento, la repartición de bienes. ¿Por eso me habrá matado mi esposa? Jonathan, por supuesto, la asesoraba en cuanto a las demandas, aunque su papel consistía más que nada en apuntar el dedo hacía posibles objetivos de su furia patrimonial. Tras demandar a los organizadores de mi homenaje, demandó también a la televisora que había transmitido el evento por difundir mi imagen. Siguieron un par de críticos literarios que preparaban libros sobre mi obra, un documentalista portugués que preparaba un corto sobre mi viaje juvenil por Europa, y por supuesto, la productora de Tom Cruise, bajo el pretexto de que el material original, mi novela, no era tratado con suficiente respeto. Por supuesto, las demandas llegaron a todos aquellas personas que tenían en poder aquellos manuscritos con los que pagué mis alimentos en aquel viaje de juventud. Mi mujer contrató a un detective privado para localizarlos a todos, ayudada del material que le había quitado al documentalista portugués. En total, consiguió reunir 10 cuentos y 8 poemas gracias a amenazas y avisos judiciales. Yo no recuerdo cuánto escribí en aquel viaje. Sólo entonces, tantos años después y ya muerto, traté de hacer memoria. No entendía el proceder de mi mujer, quién a los dos meses ya se dejaba ver públicamente con Jonathan, mientras las demandas se multiplicaban, a la vez que algunos valientes periodistas levantaban valerosas dudas acerca de las circunstancias de mi muerte. Quizá debo aclarar que las acciones de mi mujer, aunque incomprensibles, no me causan demasiada preocupación. Más bien, me intrigan sus motivos. Estoy muerto. Se está aquí bien en la muerte. Una vez muerto puedes hacer lo que quieras sin engordar, sin enfermarte, sin preocuparte por el dinero o la reseña de tu próximo libro en El País. Ya he dicho en varias ocasiones que no quiero saber si mi mujer o su amante me asesinaron. Prefiero pasar toda mi muerte sin saberlo. De todas formas, los periodistas no pudieron indagar demasiado. Ante la serie de demandas que llegaron contra sus personas, sus jefes, sus periódicos, tuvieron que desistir de volver a publicar mi nombre o si quiera sugerirlo. Cuando una ancianita de Toulouse fue llevada presa por rehusarse a entregar uno de mis cuentos a mi mujer, la prensa prefirió no mencionar el evento. Han aparecido, eso sí, algunos valientes que desde la clandestinidad publican legajos en contra de mi mujer. La acusan de empresaria y mercantilista. Dicen que la mueve la ambición. Yo no estoy tan seguro. A pesar de todo, creo que la mueve el amor, el amor hacía mí o hacia mi recuerdo. La amo, debo confesar, de la forma en que sólo un muerto puede amar a su asesino. No puedo asegurar que me haya asesinado, aunque de cuando en cuando, mientras vago por un museo de noche, me asalta la duda. No dura mucho. Después de demandar a mi editorial por no promocionar adecuadamente mi obra, fundó una editorial a mi nombre para reeditar toda mi obra, incluyendo esos cuentos y poemas de juventud. Jonathan fue nombrado director de la editorial desde el comienzo. Son unos libros muy hermosos, editados con mucho cuidado. Los títulos de los libros están inscritos con letras de oro, en los cuales puede verse el ref lejo de quien los lee. Por supuesto, yo no tengo ref lejo. Cuando veo los libros en el aparador de una librería sólo miro la calle, los paseantes, los automóviles. Si es invierno, la nieve. A ratos siento que me pierdo o me desvanezco. Pueden pasar días enteros sin que tome conciencia de nada. Hasta que de pronto, mi mujer loca, otra demanda o mis nietos que juegan a la ouija frente a mis cenizas me distraen un rato. A veces siento que algo tira de mí, por ejemplo, cuando se organiza un simposio sobre mi obra o cuando alguien llora en un café mientras lee mis escritos. No extraño en realidad mi fama, ni los homenajes, ni siquiera extraño mucho escribir. Lo que más extraño son sus labios. El tacto y el sabor de sus labios, quiero decir, porque aún puedo verlos cuando atravieso las paredes de mi vieja casa y la observo dormir. También Jonathan está ahí, pero a él no lo observo. Habla dormida, mi mujer, pero nunca escucho lo que dice. Es sólo un susurro. ¿Cuenta el dinero que le han dejado mis libros? ¿Habla conmigo? ¿Me pide perdón por matarme? Pero incluso sus labios sólo me distraen por un momento. Pronto no seré más que polvo. No me preocupa. El polvo es bueno. Me gusta.

rené lópez villamar


editores: edilberto aldán / joel grijalva

se extravió a través de los años y las mudanzas, pero “el libro” ha sido leído por mí innumerables veces, y por mis amigos otras tantas. Gracias a este Sueño de un mediodía de verano me acerqué a la obra de Ritsos, a su vida, a su voz. Y siempre estaré agradecida con quien me lo obsequió, aunque probablemente sus intenciones no hayan sido ésas. Después, cuando viví en Ciudad de México, tuve la oportunidad de conocer la biblioteca de A JC, MAC y Aldán uno de mis escritores más admirados y uno de engo un amigo que frecuentemente mis amigos más entrañables. Una biblioteca imme regala libros. Él está convencido presionante, hermosa por la cantidad de libros, de que cada libro tiene un destino manuscritos, papeles, imágenes, periódicos. Una concreto con nombre y apellido. Así biblioteca fabulosa, que de entre todos los títulos como cada lector en cierto momento que albergaba, cayó uno en mis manos, literaly bajo circunstancias específicas elige un libro mente: mientras buscaba un ejemplar que nececoncreto, “su libro”, los libros también escogen sitábamos para un proyecto de la editorial donde a sus lectores. trabajábamos, moví varios libros y cayó: Vidas Yo he sido muy afortunada al respecto. imaginarias de Marcel Showb. Lo pedí prestado Hace muchos años, cuando asistí a un encuen- y lo leí y releí, y lo devolví hasta que tuve el mío, tro de escritores en Guanajuato, uno de los par- una edición que también incluye La cruzada de ticipantes me obsequió un cartel con un poema los niños. Así fue como Marcel Showb se convirde Jaime Sabines y un libro, “el libro”: Sueño de tió en uno de mis imperdibles. un mediodía de verano, de Yannis Ritsos. Aún no Luego apareció en mi vida Rodrigo Fresán. he podido esclarecer las intenciones por las que Cuando retomé mi vida literaria y comencé a obtuve dichos regalos, el cartel con el poema reunirme con unos amigos, me deprimí al darme

los imperdibles

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C

cuenta de que había perdido mi tiempo literario en casa, para recuperarme casi al instante con la recomendación de la lectura de Fresán, Jardines de Kensington. Y no sólo fue la recomendación, sino el préstamo del libro mencionado que disfruté durante las vacaciones de diciembre. Después ya no pude parar y Fresán ocupó un lugar importante en mi biblioteca personal: La velocidad de las cosas, Vidas de santos y Mantra. Y los que me faltan. Entonces, la estocada final: Antonio Gamoneda. Este poeta español, de quien nunca antes había escuchado ni su nombre, llegó sin avisar y sin contemplaciones. Primero Cecilia y una Antología poética, después El cuerpo de los símbolos y El libro del frío. Primero “Te presto este libro, sé que te gustará”, después “Te lo regalo, Gamoneda es tuyo”. Y así llegó Antonio Gamoneda, de quien seguramente ya tenía escrito su nombre en mi destino literario. Tengo un amigo que frecuentemente me presta libros, luego me los regala. También es cierto que él sabe, a veces creo que es cosa del diablo, cuáles son los autores y los libros para los que estoy destinada, y se lo agradezco. Estos son mis imperdibles, los libros, los autores y mis amigos.

cacería de brujas de agustín cadena

uando Jules Michelet se adentró ellos nos ubican en una cotidianeidad poetizaen la historia de la bruja para explida, rodeada de objetos sencillos, palpables, cocar, en gran medida, buena parte munes. Cada poema es un cuadro en que suele del doloroso trayecto de la mujer enfatizarse más un carácter que una apariencia, sometida por la concepción judeopero el verso descriptivo —cuando se despliecristiana del mundo, persistían aún enormes ga— es capaz de inmensa plasticidad. Leemos cantidades de supersticiones y miedos entre la en “La suicida”: “Saltó desde el séptimo piso,/ población. Pronto la palabra “bruja” cambiará ligera como una brizna o un sombrero./ Sus alas de signo. Siguiendo la pauta de Roland Barthes habían ardido en un fuego breve,/ blancas./ Sus —nos hallamos rodeados de mitos; todo nues- El misterio de las mujeres, a diferencia del de los cabellos venían preñados de abejas”. Al final, tro entorno es mitológico—, el escritor mexica- hombres, crece con lo sencillo. llega al piso y su humanidad se derrama “como no Agustín Cadena detecta a esa bruja protecAgustín Cadena una calabaza:/ semillas y estambres y peces rotora del mundo antiguo y de los mitos, que con jos”. Dichas imágenes contrastan con las de, por sus encantos atrapa como araña o repele por su fealdad. El poeta la detecta, ejemplo, “La bailarina”, donde se lee: “El aire en sus brazos de aire la recino en la iconografía clásica, sino en las cotidianas figuras femeninas que be” o “Tatuaje del tiempo sin piel ni carne”. nos rodean: desde la empleada bancaria hasta las muchachas en el café, Más allá de la idealización romántica de la mujer, la poesía de Cadena en pasando por la mujer que ovula, por la table dancer, la dentista, la fea, la mu- este volumen es fetichista, pero transparente, sin afectaciones ni retórica jer policía, la gorda, la adúltera, así como por los objetos de las mujeres (el hueca; a veces, humorística, como en su “Letanía”: “Torre de las sin-pechos,/ brasier, el suéter, la mochila, el bolso...). De esta cacería de brujas realizada enséñame el arte de ahorrar” o “Patrona de las calientes,/ haz que mis gatos desde el discurso poético, Agustín ha creado una galería de retratos. se callen”. El poemario no pretende ser una indagación de “lo” femenino. Tan El primer poema, sobre la empleada bancaria, se abre con una reformu- sólo nos otorga la visión lúdica y desenfadada de un creador sobre lo que — lación que nos inserta en un mundo resacralizado: “La sacerdotisa del di- desde su experiencia— ha percibido del mundo femenino y sus hechizos. El nero”. La antisolemnidad y el ingrediente lúdico —sin escatimar brillantes misterio, como ocurre con todo lo humano, se acentúa aún más. y audaces metáforas— sostiene a una buena cantidad de textos, y todos Agustín Cadena, Cacería de brujas. México: Ed. Bonobos, 2011, 79 pp.

L

legó la tan temida fecha para todos los que tenemos un salario más plano que el encefalograma del cadáver de Gandhi. La parafernalia que rodea a la navidad es sólo comparable a la inminente explosión de una planta nuclear: hileras interminables de automóviles haciendo ladrar sus bocinas para abrirse paso; multitudes atropellándose en los centros comerciales; verdaderas batallas campales en las tiendas que anuncian descuentos del 60%, con gente que parecen sobrevivientes de una guerra zombi, mordiendo la yugular del prójimo, y todo para lograr un ahorro mal entendido. Ejemplo: “no pensaba comprar esta notebook, pero tiene el 40% de rebaja, ¡qué regalazo! Ni modo que no aproveche.” Resultado: $2,000 pesos no planeados que son un golpe directo al bolsillo y a nuestra economía. Otro motivo para participar en esta gran campaña del regalo se basa en tratar de quedar bien con todos. Ejemplo: “Si no les regalo algo fregón a mi suegros van a pensar que somos unos muertos de hambre.” O bien, “mis hijos me ven como un paria, si no les doy todo lo que pidieron en la chingada lista se los voy a confirmar.” Y ya en el colmo de la auto indulgencia nos decimos: “Me voy a regalar esta pantallota LED de 80

juan antonio rosado

pulgadas ¡Me la merezco!, trabajo como burro peruano todo el año y nunca me doy un gusto.” Ni el famoso hipnotizador de masas, Taurus do Brasil, podría lograr este trabajo, casi artesanal, de manipulación que las campañas publicitarias ejercen sobre la mente de los compradores. Otro de los grandes encharques a los que nos vemos sometidos es la compra del tradicional arbolito de navidad. Cada año los insulsos pinos llegan más caros y, como parte de la cruel venganza de la naturaleza, se secan más rápido; siendo así que para la víspera del 24 de diciembre, la mayor parte del árbol descansa en el suelo junto con las esferas rotas y las luces que se han ido fundiendo. El embuste final es la cena navideña, donde nada se parece a las imágenes mentirosas que el cine se ha inventado para hacernos creer que nuestra realidad no es tan funesta. Lo cierto es que en la consabida reunión todo mundo aprovecha para quejarse de los innumerables males que azotan al país, para criticar al que no vino o lo que se sirvió en la mesa: el pavo parecía armadillo de lo duro que estaba, el vino sabía a gasolina sin plomo, el agua de la llave que sirvieron en vez de sopa estaba desabrida, el betún del pastel sabía a pasta de dientes, y un largo etcétera que te hace arrepentir de estar vivo y de tener una fa-

no presentes, no navidad

milia que más bien parecen acólitos de Satanás. Yo por mi parte, he decidido no tener cena alguna ni regalar nada a nadie este año. El día de hoy, en cuanto les comuniqué esta decisión a mi esposa y a mi hija, ambas me miraron con ojos como granadas. En silencio se dirigieron al clóset, sacaron los regalos, envueltos en papel importado con un enorme moño dorado, que tenían en secreto reservados para mí, y los tiraron al cubo de desperdicios. Ante esto, permanecí estoico para reafirmar mi negativa a celebrar una fiesta truculenta de gente hipócrita e interesada. A pesar de todo, y como un acto de fe por estas fechas, me gustaría que se me concediera un solo deseo: que mi familia se duerma pronto esta noche o que el servicio de recolección de basura no pase temprano.


H

ace muchos años, conocí a un señor, ni siquiera recuerdo su nombre, amigo de un amigo, con quien tuve una charla breve y después no lo volví a ver. Sin embargo, siempre tengo presente a este señor. Les explico por qué. Unos meses después de haberlo conocido, otro amigo me contó que este señor, una noche, acostado en su cama, se dio cuenta que tenía dos películas de Blockbuster que ya debían regresarse y cerraban la videorenta en menos de media hora. De un salto se levantó de la cama, cogió las películas, bajó de la escalera, tropezó con algo, cayó, se dio un golpe en la cabeza, su cerebro se desprendió del cráneo y, hasta donde yo sé, duró un tiempo en coma, hasta que finalmente falleció. Creo que el mundo acaba de tropezar con algo, como le pasó al señor; creo que se acaba de interrumpir la vida de la misma manera como le sucedió a este pobre diablo. Hay claves en el aire pero no me gustaría detenerme a discutirlas: todo mundo las discute, nos hemos convertido en pequeñas criaturas animadas que editorializan la realidad, y esto ha traído como consecuencia que hemos dejado de escucharnos. El motivo que me llevó a recordar esta anécdota del accidente no fue tanto la inconsecuencia de una vida detenida tan abruptamente, sino cómo, desde hace dos meses, siento como si nuestra historia, “así como así”, hubiera llegado a su fin. Llevo meses pensando en la posibilidad de que, efectivamente, no haya nada más que contar. El peso que ha adquirido en mi conciencia la idea

del fin del mundo me ha llevado a concluir que las cosas, sí, realmente se van a terminar. O que estamos a punto de comenzar algo. Aun no sé qué es. Y la verdad es que nunca se sabe qué sigue después de un fin. Siento que vivimos un impasse en la consecución de nuestro relato. Que la vida se suspendió, vivimos actualmente como el cuerpo suspendido de este pobre tipo, tropezando repentinamente con el mundo. Creo fervientemente que las historias (junto con el sexo y la guerra) han sido el principal motor de nuestra civilización; nos nutrimos de ellas, deshilvanamos nuestra vida diaria con cuentos y cuentos y más cuentos, en un pasmoso ir y venir, donde sucede el dictum de Francis Alÿs: un buen cuento deja de serlo cuando se cuenta otro. Y desde el relato con el que narramos el modo como ocupamos la vida, el tiempo y los deseos, podemos descubrir que la historia de los seres humanos es la historia de su imaginación. Y que tenemos años que dejamos de imaginar. Pero también creo que estamos a punto de desimaginar el final de nuestros cuentos. Que el entretejido de nuestras historias (la que, por ejemplo, en México, arrastramos desde antes de la conquista, durante y después de la conquista, la que se nos ha susurrado y gritado al mismo tiempo, la que se encuentra impresa en el rostro del más noble, del más cínico y del más envilecido de los mexicanos) nos ha llevado a un punto en el que ya nada es posible, precisamente porque todo es posible. Este es el principal dilema: si donde todo es posible nada es imposible, ¿cómo imaginar una nueva posibilidad? 2012 será el año en que responderemos a esta última pregunta.

desimaginar el futuro

tripulación

Fernando Reyes (Ciudad de México, 1967). Profesor, escritor y editor. Autor de la novela La filósofa, la jinetera y el Comandante y de libro de minificciones Cuentos para incendiar la oscuridad. La redacción agradece al autor el ensayo elaborado especialmente para guardagujas a propósito del centenario de Josefina Vicens. René López Villamar (Ciudad de México, 1979). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM e Ingeniería Electrónica en la Universidad La Salle. Es editor de la editorial alternativa Uno de Tres, que se especializa en literatura de vanguardia y géneros alternativos, así como distribución digital. Colabora habitualmente como ensayista y crítico literario en diversas publicaciones culturales, como La Tempestad, Tierra Adentro y la revista electrónica HermanoCerdo. Es activista de varios proyectos de código abierto y copyleft. Sofía Ramírez (Aguascalientes, 1971). Estudió letras hispánicas en la Universidad Autónoma de Aguascalientes y una maestría en literatura mexicana. Actualmente es la directora de Casa Terán. Es autora de La sonrisa de un condenado a muerte y La casa callada. Su libro más reciente: La edad vulnerable, Ramón López Velarde en Aguascalientes. Juan Antonio Rosado (México, 1964). Narrador, ensayista y crítico literario. Es autor de la novela El cerco, del libro de poemas y aforismos Entre ruinas, poenumbras, del libro de cuentos Las dulzuras del Limbo, así como de varios volúmenes de ensayos: Palabra y Poder; Juego y Revolución: la literatura mexicana de los años sesenta; Erotismo y misticismo, entre otros; y del manual Cómo argumentar. Antología y práctica. Carlos Bustos (Guadalajara, Jalisco, 1968). Editor y antólogo. Ha publicado cuento y novela. Entre su obra destaca Ladrones del crepúsculo, El ilusionista y el ojo del unicornio. Con el libro Fantásmica obtuvo el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen. Alejandro Espinoza. (Mexicali, Baja California, 1970). Narrador, ensayista, traductor. Entre sus obras se encuentran las colecciones de cuentos Las Visitas, La ciudad y sus silencios, la novela La Saga: una noveleta filosófica. Profesor de Estética y Nuevas Tendencias por la Escuela de Artes de la UABC. La fotografía de portada es de Gerardo González.

GUARDAAGUJAS  

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