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Sobre un sofá, una muchacha que ronda los veinte años lee con avidez Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, la conclusión del universo de Hogwarts

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julio 2011, n° 30

la licnomancia

edmundo gutiérrez martínez

D

esde niña me gustaba perderme en los laberintos dorados de los retablos y sentir inquietud ante la mirada de esos falsos títeres que algunos llaman querubines. Busco y siempre encuentro: vides, flores, carrizos, llagas, ojos de vidrio, terciopelos, parafina y telas de araña. Pero que el lector no se engañe, no profeso ninguna religión, ni siquiera fui educada en una, cuestión que agradezco pues acaso esta neutralidad es la que me permite disfrutar las expresiones plásticas de la fe dentro de las iglesias. Hace unas semanas conocí una edificación nueva, de las más hermosas que he visto. Era una iglesia con olor a bosque, seguramente porque toda ella está acabada en madera: paredes, cielo raso, duelas, bancos, cristos y santoral. Reconfortaba con su temperatura perfecta, con su acústica adecuada, y bendecía las pupilas con su claridad justa para contemplar las formas. Podría uno quedarse ahí para siempre, buscar un nicho vacío y sentarse por toda la eternidad para leer, para observar o simplemente para estar. Debo aclarar que no siento lo mismo en todas las iglesias; no todas poseen la misma “vibra”, pues las hay desasosegadas, grises, frías y, digámoslo, desangeladas. Pero la iglesia de madera es angélica; dentro de ella, el más ateo podría afirmar que ahí se escondió Dios, de todo y de todos. Tal era el silencio dentro de aquella iglesia que fue inevitable escuchar los rezos en lengua de uno de sus visitantes. Observé como él colocaba cierto número de velas frente al santo de su devoción, hincado, y enseguida comenzó a rezar. Su rezo parecía más una conversación con un viejo conocido. No entendí el significado de aquellas palabras, pero traté de entender dónde se guarda esa fe, de dónde surge y cómo es que no se deteriora aunque su depositario pertenezca a uno de los estratos más olvidados de esta sociedad. No tengo dudas, la fe verdadera, esa cosa inasible, es tan íntima que no se obtiene con un simple ritual. Era tanta la belleza del gesto que, por un momento, deseé rescatar al cristo muerto de su ataúd de vidrio, resanar sus llagas y peinar sus cabellos enredados en la corona de espinas. Deseé librarlo de esa imagen de sufrimiento que ha atemorizado y provocado culpas por siglos. Mas luego sentí tristeza al recordar todo aquello que fue sepultado bajo esos símbolos hechos de madera y láminas de oro y óleos bermellón. Imaginé a aquel hombre que rezaba en lengua con sus mismas velas pero en otro templo, o tal vez a campo abierto, leyendo las llamas, maestro de la lictomancia, encontrando respuesta a todas sus preguntas en el movimiento del fuego. Entonces sentí que las llamas de las veladoras se agitaban en los vasos y las de las velas se retorcían como deseando desprenderse del pabilo para quemar toda esa madera pía. Y tuve la certeza de que en esa iglesia barroca sólo yo escuchaba el grito del fuego, pues ya nadie desea escuchar sus respuestas.

Pensé que todas las respuestas habían sido canceladas, lo supe al descubrir dos tallas primorosas de las ánimas del purgatorio. Los torsos, uno de hombre y otro de mujer, me observaban atrapados en las llamas estáticas de madera, rojísimas. Ambos estaban custodiados por capelos de acrílico, para protegerlos del paso del tiempo; como si alguien se empeñara en perpetuar esa respuesta lapidante, la “verdad absoluta” sobre el destino de los pecadores, de esos seres alejados de esta gran iglesia, de aquellos que piensan en lavar los cabellos de una estatua de madera y

en curar el dolor de sus falsas heridas. Vi a una mujer, se dirigió a uno de los altares desde donde una virgen vestida de rosa nos observaba. La mujer se hincó y comenzó a cantar, también en lengua. Su voz era de una dulzura inaudita. Por un momento las llamas todas guardaron silencio. Quise creer que era un ángel enviado para distraerme, para que dejara de pensar que toda creencia se deteriora, como esos lienzos sacros que las polillas devoran en secreto antes de arrojarse al fuego en busca de la respuesta última.


C

intención de palabra en boca

uando ingresé a la carrera de Letras Hispánicas hace diez años, las inquietudes que tenía respecto a la poesía, lejos de resolverse, me llevaron a nuevas tribulaciones que ahora estriban en esta pregunta obligada: ¿Es el lenguaje escrito la única manera de hacer poesía? La respuesta es un conglomerado de ideas, juicios y vivencias que encontraron su desborde en el concepto de poesía experimental. No hablo de nada nuevo; remitiéndome al estudio de los orígenes de esta práctica, grata sorpresa me llevé al descubrir que ya desde el inicio de la tradición poética este fenómeno se ha hecho presente y su evolución encuentra su espacio a través de los siglos. Desde la experimentación con el espacio en la hoja en blanco —tal es el caso de Mallarmé y Apollinaire, por mencionar a los más destacados— hasta procesos de creación más complejos que desencadenan las llamadas acciones poéticas practicadas a partir de los años 60. La historia de la poesía experimental es un campo apenas estudiado y el auge de nuevas manifestaciones poéticas encuentra su escenario en el receptor contemporáneo. Estamos en una etapa de evolución artística en la que el concepto de arte, tal y como lo conocemos, está dando un nuevo giro para adaptarse a las nuevas configuraciones estéticas en las que todo está permitido. En este sentido, la reinterpretación

L

nancy gallegos del arte es la primera facultad que debemos ensayar. En mi afán por saber qué es lo que la gente define como arte, descubro —casi siempre— el mismo comentario: en el arte ya todo está hecho; concuerdo con esta afirmación, pero es en este punto en que también encuentro la posibilidad de la re-creación, del choque estético, del avance efímero del instante. Ensimismados en nuestros serios roles de escritores y poetas, hemos dejado atrás la acción del juego porque jugar poesía es jugar a pleno, echar hasta el último centavo sobre el tapete para arruinarse o hacer saltar la banca. Nada más riguroso que un juego. Después de charlas interminables con Alina, mi interlocutora ideal, sobre poesía, estética y arte llegamos a la conclusión de que es necesario disipar paradigmas, establecer un nuevo juego entre palabra y creación. Un día charlando con algunos aspirantes a artistas plásticos, uno de ellos me preguntaba en qué rama del arte me desarrollaba. Poeta, le dije. Si la literatura huele a muerto, la poesía ya murió (mueca desaprobatoria por parte de mi colega). No quise ahondar más en el asunto; no puedo sostener una conversación sobre poesía cuando la contraparte no lee, pero mi memoria no dejó de repetir el suceso, una y otra vez, buscando una luz. En

a primera imagen que recuerdo de Faulkner, es una portada color crema y roja, y un título en letra de impacto que rezaba “Por quién doblan las campanas”. La silueta roja sobre el fondo crema me hacía pensar en la sangre. Traté de visualizar las campanas doblándose y así fue como descubrí el ruido. El verbo que aparentaba ser otra cosa provocó una vibración y, años después, felicité secretamente al traductor. Ese fue uno de mis primeros juegos literarios en los que me vi involucrado como lector. En mi camino como lector descubriría la precariedad de mi memoria y que mi recuerdo era un verdadero insulto para ambos escritores. “Por quién doblan las campanas” era de Hemingway. El libro pertenecía a la biblioteca familiar, así como otro libro con una portada similar: “El ruido y la furia.” Lo que creía que eran campanas eran cañones. Ah, la memoria: ese artificio tan engañoso. Años más tarde, un viejo inglés me daría clases. Collin nos diría, mientras sonreía como un zorro y sus ojos azules brillaban, que los únicos americanos que sabían escribir eran Hemingway y, tal vez, Faulkner. Los otros no valen la pena. Dos minutos de silencio, prendería un cigarrillo y luego agregaría, mientras acariciaba con sus manos los primeros ensayos que le entregamos, que esperaba no hubiéramos escrito idioteces. Un semestre más tarde, Collin nos daría a entender que “Absalom, Absalom!” era un libro difícil para nuestro nivel como estudiantes de inglés, como lectores, como críticos literarios, como aspirantes, como curiosos... y que la única manera de comprenderlo era leerlo, sin detenernos en el diccionario, procurando escuchar las voces, leerlo en voz alta y qué después, ya que tuviéramos un mejor nivel, hiciéramos una relectura de la novela y analizáramos las oraciones complejas... una por una. Con ello no solo entenderán a Faulkner sino a un buen puñado de escritores. Numerosas entrevistas, artículos, ensayos que no tuve la delicadeza de subrayar, durante muchos años de carrera literaria, de lector curioso y de escritor novel, me hicieron entender que Faulkner se convirtió en una lectura esencial para los escritores del boom latinoamericano y algunos lo consideran un pilar de ese momento. En algún lado me parece leer que Rulfo y sus fantasmas encuentran en Faulkner un hermoso ejemplo a seguir. Escucho también que García Márquez, Vargas Llosa y Onetti agradecen las voces caóticas de Faulkner. El invento del stream of consciousness: un estilo que da riqueza “ilimitada” a la obra y que se convierte en un juego supremo donde lector y escritor luchan uno contra el otro. Otro día leo la biografía de Faulkner en mi Antología de Oxford. O tal vez

posteriores lecturas llegó a mis manos una libreta con una cita de Antonin Artaud: palabra percibida como movimiento, [y he aquí que el lenguaje de la literatura se recompondrá, llegará a estar vivo]. Artaud ya había profetizado este estado actual de la literatura y lo maravilloso de la cita es que propone una solución. A partir de esta idea no pude dejar de pensar en la concepción de una materialización de aquello que proponía Artaud. Decir que somos un escritor o un poeta ya no basta; hay que salir de los límites de la palabra y moldearla en el mundo de las cotidianidades, en los lugares más insospechados y percibirla no sólo como sonido, sino como una acción. De estas y otra vivencias nace La nave de los locos; un proyecto encaminado a la fabricación de ideas, a la construcción de acciones poéticas por medio de la reinterpretación del arte. Un proyecto que promueve la multidisciplina artística en pro de aquello que nos parece poético. En este punto aclaro una cosa: para la nave de los locos todo tiene su origen en la poesía —desde un perro rabioso hasta el espacio que presta una cantina para fines artísticos—. La estética contemporánea afirma que el arte —ahora— es un choque, un evento efímero en el que el proceso de creación se perfila como el nuevo valor artístico; no el artista, no el objeto, sino su proceso. Como en el amor y en la guerra, creo que también en el arte todo está permitido.

fotografías de faulkner fue en una página de internet. O tal vez me la susurró algún diablo. Faulkner cenaba con un grupo de amigos y cuenta que fue piloto de guerra. Narra con detalle los vuelos qué hizo, los enemigos que derribó y las veces que estuvo a punto de perder la vida. La verdad: a Faulkner le negaron la entrada al ejército. La biografía añadía una pequeña pregunta: ¿Deberían condenarse sus mentiras o le debemos a esas mentiras que hayan modificado el rumbo de la novela para siempre? La solapa del libro de Faulkner que vi cuando era niño, tenía una fotografía de él. Era un hombre que me parecía clásico y muy serio. Tal vez con un poco de color, podía compararlo a Alec Guiness. En otra clase, escuchamos la de cajón: García Márquez volcó el resultado de su lectura de “Absalom, Absalom!” en “Cien años de soledad”. El profesor se quedaría callado un instante, meditando, mientras acariciaba su copia de la novela de Faulkner. Rompería el silencio con la siguiente frase: Al final, ambos escritores eran lectores de la Biblia. En ambos se puede apreciar un camino de generaciones, de lugares que se encuentran, de incesto y traiciones, de costumbres qué llevan a la destrucción, al pecado y que niegan la redención. Pensé: No importa que sea agnóstico, debería leer y releer de vez en cuando la Biblia. La Biblia me ayudaría a descifrar el enigma. Cuando leí la biografía de Faulkner y descubrí que era un mentiroso, solté el papel y prendí un cigarro. Menudo imbécil, pensé, ¿debo ser un mentiroso para entenderlo, debo mentir para escribir tan bien como él? Miré su fotografía y busqué en su rostro una confesión a su vida de mentiras. Me lo imaginé mintiendo en voz alta y hablando en distintas voces, como tanto había escuchado de sus libros. Recordé fragmentos de sus textos, me fumé el cigarrito en silencio y durante años preferí olvidarme de él. Mejor que me lo cuenten en clases. Hace una semana, fui a una cafetería y llevé en mis manos una copia electrónica de “Absalom, Absalom!”. Las voces del café dejaron de importarme. Sutpen y el Abuelo estaban hablando. Leer era navegar entre niebla espesa y escuchar voces que escupen imágenes, encuentros, deseos no cumplidos, manos negras que aparecen, negros que destruyen el inglés, incesto no consumado, -a punto de-que ya pasó, que ya transgredió. Abre comillas, abre paréntesis que nunca terminan y entrecierro los ojos, buscando el rostro del personaje que está hablando. Entiendo con tristeza la futilidad de mi primera lectura y qué, eventualmente, regresaré al pueblo sureño, como si quisiera arreglar mis propios recuerdos y no los ajenos, no los de unos personajes, los de un mitómano que se hizo escritor. Lo leeré de nuevo, pero no con calma, solo los lectores pusilánimes leen con calmita... Faulkner es un talismán para lectores furiosos.


– ¿Esto es real? ¿o está pasando sólo dentro de mi cabeza? –Por supuesto que esto está pasando dentro de tu mente Harry, ¿pero por qué razón eso debería significar que no es real? Harry Potter y las Reliquias de la Muerte. J. K. Rowling.

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igel Newton se llevó a casa el manuscrito de una desconocida y se lo entregó a su hija Alice. La niña recibió gustosa el bonche de hojas y desapareció en el gozoso silencio de la lectura. Leyó las primeras páginas de una novela en la que un niño de diez años, flaco, respondón y con las gafas rotas medio unidas por diurex, recibe una extraordinaria noticia: podrá abandonar la casa de sus tíos y su primo (a quien describe como “un puerco con peluca”) para internarse en Hogwarts, escuela de magia y hechicería. Al poco rato, la pequeña bajó corriendo las escaleras diciéndole a Nigel “Esto es lo mejor que hay ¡quiero leer lo que sigue!”. Alice, que entonces tenía ocho años, no sabía que sus palabras se repetirían una y otra vez alrededor del mundo. Joanne Rowling garabateó la silueta de Harry durante un viaje en tren, y que durante cinco años las siestas de su hijita le permitieron construir el destino de Harry. La primera aventura de Potter fue rechazada por un número importante de editores (nueve dicen algunos, doce dicen otros) y cuando por fin se publicaría, los editores sugirieron inventarse un middle name para que su nombre de mujer se mantuviera oculto entre las iniciales (es célebre la frase “¿Quién querría comprar un libro escrito por una Joanne?”). Este fin de semana se ha estrenado la última de las ocho películas en que la historia fue dividida. Han pasado catorce años desde la publicación del primer tomo de Harry Potter y la afectuosa relación que los fans mantienen con el mago aún resulta inexplicable para muchos. Quizá una de tantas imágenes que circulan por la red pueda darnos una pista: Sobre un sofá, una muchacha que ronda los veinte años lee con avidez Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, la conclusión del universo de Hogwarts. En el pie de foto puede leerse que es Alice Newton, aquella niña que leyó antes que nadie las aventuras de El Niño que Sobrevivió. Es decir, el amable trabajo del tiempo consiguió que varias generaciones fueran transformadas, de una forma u otra, por Harry Potter. La primera de ellas creció leyendo los libros de Rowling; la segunda conoció la saga a través de las películas. Y la tercera sea quizá la más extraña y desconcertante de todas: los que entraron a la lectura y al juego cinematográfico siendo adultos y que, curiosamente, se acercan a la verdadera edad de Harry (cuya fecha de nacimiento, marcada por la misma Rowling, es el 31 de julio de 1980). Ésa es la categoría a la que yo pertenezco, aquella que para los críticos es injustificable. No nos salva ni la ingenuidad de la niñez ni la pasión juvenil y más nos valdría, en opinión de muchos, ocuparnos de otras cosas serias y adultas. Pero ya lo dijo Michael Ende: las pasiones humanas son un misterio, los que las sufren no pueden explicarlas y los que no las sienten no pueden comprenderlas. Quizá por eso la mayoría de la crítica hacia los libros de Rowling se caracteriza por un rasgo bastante curioso: sus más rabiosos detractores no lo han leído. ¿Para qué? afirman, si 1) es un vil producto de la mercadotecnia (y para eso mejor ver las películas), 2) son para niños y qué flojera, 3) es literatura de amas de casa, de una escriñora. A esto se le añade el típico desprecio que existe hacia toda lectura que no esté destinado a ese ente, el lector ideal: hombre, adulto, de la clase “educada”, cuya dieta literaria consiste en obras de gran trascendencia, lo que sea que eso signifique. Las mujeres y los niños, que aborden los botes. Ser cínico e inaccesible es el escalón más alto en la pi-

harry potter: el final del conjuro gabriela damián miravete rámide de la intelectualidad contemporánea (esto me parece particularmente notorio en la mexicana). Lo que huela a gozo multitudinario les es instantáneamente repulsivo, así como la idea de tener que conocer aquello que desprecian. Para que algo les apasione, es requisito que sea más under que un topo comiendo lombrices o tan indescifrable que sólo la inteligencia de unos pocos (oh, los elegidos: aquí tienen algo en común con Potter) apreciarán en plenitud. Sin embargo, sería injusto omitir que, aunque escasa, sí ha habido una verdadera crítica de los libros de Rowling. A. S. Byatt escribió Harry Potter and the Childish Adult, un brillante análisis de cómo los adultos recurren a estos libros y películas como un efectivo método de regresión para obtener comodidad y refugio del mundo. Afirma que la fantasía de Joanne Rowling es poco elaborada, una caricatura del mundo moderno (elevadores multidireccionales, burócratas con varita, tiranía política purasangre) que no alcanza a profundizar en el enfrentamiento con lo inhumano como las obras de Tolkien, Pratchett o Úrsula LeGuin. En nuestro país, Alberto Chimal publicó en su bitácora La iniciación confortable, magnífica reflexión que enumera los limitados alcances de la heroicidad potteriana: “la recompensa del héroe que viaja al mundo mágico (…) es la vida descansada de la clase media”. Confieso que comparto la opinión de ambos autores, y me regocija el hecho de que su crítica nos regale una perspectiva más con la qué construirnos, tal y como la lectura de Harry Potter lo hicieron durante diez años. Los libros de Rowling son fascinantes para un lector que se abandona. Su buen humor y disposición a tratar sin timidez los grandes temas (el racismo, la amistad y el amor, la muerte) fueron fundamentales para enganchar a sus lectores. En los primeros libros, la trama posee cualidades detectivescas que se mezclan con el ingenio prodigioso de los tres niños protagonistas; en contraste, las películas correspondientes son en verdad lamentables, a pesar de que Chris Colombus no pintaba como mal director habiendo hecho la genial El joven Sherlock Holmes, cuyo ambiente de boarding school anticipaba un grandioso Hogwarts. El tercer libro y su correspondiente película, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, posee casi una perfección compacta dentro de los límites que puede ofrecer una saga como la de Potter: la trama se urde con precisión el viaje en el tiempo es deliciosa sorpresa y el tema del miedo acabó de construir el universo fantástico de Rowling con los dementores, esas criaturas de vaga forma humana cuya presencia roba cualquier pensamiento positivo circundante. Las víctimas se abandonan a la tristeza y la desesperanza, perdiendo el alma. Para combatirlo, es necesario conjurar el encantamiento Patronus, evocando los recuerdos más felices que se alberguen en el corazón (Harry recuerda la suave voz de su madre), y que se materializarán en la luminosa silueta de un animal totémico. La idea es poderosa y tanto en las páginas de Rowling como en los fotogramas de Alfonso Cuarón está bien representada. Para quienes buscan respuestas en los libros, ahí está la problemática cada vez más frecuente de niños y jóvenes proclives a la depresión, el equivalente muggle de los dementores. A partir del cuatro libro, la fantasía se desborda y la niñez de Harry queda atrás. La estructura del “camino del héroe” adquiere proporciones épicas y Potter se va preparando para enfrentarse con su doppelganger Voldemort, cuyo nombre nadie, más que Harry, se atreve a pronunciar, alegoría de la mojigatería social frente a aquello que teme, aquello que necesita enfrentar. Durante la espera de los libros restantes, los fans acudieron a las salas de cine como un ejercicio de recreación de la lectura. Yo, la de la generación injustificable, formé par-

te de una cofradía amistosa que se impuso como ritual abandonarse a las películas y las palomitas como niños (ahí estamos los childish adults). Aunque notáramos los malos ejercicios de adaptación y las fallas de Rowling evidenciadas con lupa en la pantalla grande, no dejamos de asombrarnos con la posibilidad de contrastar nuestra propia imaginación con la elaboración cinematográfica. Puedo decir sin vergüenza alguna que particularmente me conmovió la posibilidad de ver a las criaturas mágicas como Buckbeack el hipogrifo, la textura de sus alas grises, sus anaranjados ojos de águila, la fortaleza de sus patas traseras y hasta el descargo de los intestinos que realiza despreocupadamente mientras se acicala las plumas. Planeando sobre el lago de Hogwarts, Buckbeack roza delicadamente la superficie con una de sus garras. Harry mira el reflejo de ambos en el agua, dos criaturas que pertenecen al orden secreto de la vida pasean entre árboles y nubes, que aunque esos sí nos son familiares, también guardan en su simple belleza otro misterio. Tampoco me apena confesar que lloré como loca con el espectacular dragón ucraniano de esta última entrega, la pobre criatura ciega que custodia la bóveda de Bellatrix Lestrange en Gringotts y al que los protagonistas liberan del encierro. El animal inmenso, de áspera belleza, olfatea la libertad y escala hacia el cielo con desesperación, vuela con torpeza y regocijo hacia quién sabe qué refugio. Personalmente, Harry Potter me regaló algunos momentos de eucatástrofe, la experiencia luminosa de la que hablaba Tolkien: “Lo que caracteriza a un buen cuento de hadas, a los mejores y más completos, es que por muy insensato que sea el argumento, por muy fantásticas y terribles que sean sus aventuras, en el momento del clímax puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerarle y encogerle el corazón y colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas, como lo haría cualquier otra forma de arte literario, pero manteniendo siempre sus cualidades específicas. Al cuento que en alguna medida logre esto nunca podremos considerarlo un fracaso total, cualquiera que sean sus defectos y la mezcolanza o confusión de sus propósitos”. Con la misma intensidad, la frustrante experiencia de leer el epílogo de la saga se repitió viendo su equivalente fílmico. La historia pudo terminar con la última frase del último capítulo, que culmina con Harry rechazando la varita mágica más poderosa: “Sinceramente, ya he tenido suficientes problemas para toda una vida”. Sin embargo, Rowling se engolosina con la condescendencia y convierte a Harry, Ron, Ginny y Hermione (heroínas atípicas y entrañables con las que las niñas podrán identificarse) en padres de familia demasiado pulcros. Antes marginales, trastocadores del orden, después de la aventura se parecen demasiado a los Dursley, que “se enorgullecen de ser perfectamente normales, muchas gracias”. Verónica Murguía, amante de los libros de Potter, también detesta el epílogo, pero ofrece otra lectura del final: “La vida normal es un anhelo amenazado por nuestra crueldad, por elementos naturales y gobiernos corruptos, es una aspiración cada vez más rara y deseada”. Con el último de los filmes termina una larga y gozosa ceremonia que celebraba la lectura, los alcances de la imaginación, la pasión por las historias y la búsqueda de sentido al formar parte de una comunidad. Sin el revuelo causado por Harry Potter, quizá no podríamos disfrutar de obras con una manufactura literaria superior como Jonathan Strange y el Señor Norrell, de Sussanna Clarke, que ya no tuvo que esconder su género entre iniciales. Algunos cuantos, por lo menos, agradecemos la aparición de Harry porque demostró –en una época que lo necesita con urgencia– el valor de las palabras. Ésas, nuestro más poderoso conjuro.


Q

ué si el libro en soporte de papel está muerto. Qué si las librerías desaparecerán. Qué si el futuro de las editoriales es incierto y muchas ya están en bancarrota. Qué si esto es culpa de lo electrónico en todas sus variantes. Qué pasará con los escritores, qué con los lectores, qué con el mundo de los libros. Qué sabe nadie… Este tema me recuerda al debate sobre si la fotografía, y después el cine, iban a desplazar a la pintura, no fue así. Pero ahora es diferente, dicen. Todo el mundo se concentra ya en pantallas de diversos tamaños que nos arrojan a una velocidad increíble información procedente de tantas latitudes como humanos en el planeta. Eso puede maravillarnos y aterrarnos a la vez. Quizá no deberíamos ubicar el problema (si se ve desde ese ángulo) en todo lo que se pudiera perder con la intromisión (que no llegada) de nuevos medios para la trasmisión de lo literario. El libro en su forma convencional no va morir, el libro se vuelve versátil, se adapta, se fusiona, se convierte en un camaleón cibernético que está ahora sí en todas partes, y en todos los soportes posibles, y puede llegar a la punta más lejana de la tierra. El libro se vuelve Omnipresente. Con ello el escritor, no tiene que esperar el veredicto de los virulentos críticos o intelectuales lectores para ser acogido por un público mayor. El ciber espacio es para todos y no juzga las dimensiones (relativas, no hay que olvidarlo) de gustos, parámetros estéticos, compadrazgos, favoritismos o las disposiciones de políticas culturales.

M

independientes los medios cibernéticos ayudarán mucho a su subsistencia, pueden reducir el tamaño de sus empresas y potencializarse en la red. Y no necesitan estar en las grandes ciudades del libro, desde cualquier trinchera se pueden cubrir las necesidades del lanzamiento de un libro, gracias a la comunicación inmediata con el mundo a través de la redes sociales, la página web, los blogs, los correos electrónicos. Ya lo comentaba Jacobo Siruela “La tecnología no es el enemigo de los que editamos en papel sino nuestro mejor aliado. Sin ordenador, sin Internet, Atalanta no habría podido existir tal como es. Gracias a los medios electrónicos las pequeñas editoriales independientes han podido florecer y promocionarse”. Añadiría que los escritores también, desde los que están en su proceso de escritura descubriendo sus potencialidades, hasta los de mayor experiencia, todos ellos cuentan con este escaparate que los pone en la línea. Tarde o temprano el vagabundeo solitario y feliz del cibernauta da con un espacio hecho a la medida , y uno no puede saber si ese viajero es un editor buscando nuevos escritores, o un lector ávido de nuevas voces. Yo estoy a favor de las innovaciones (en términos de progreso, avance y concordia), las disfruto, las cuestiono, acaso soy sigilosa con algunas, pero no me atrevo a juzgarlas desde este presente que se prolonga vertiginosamente. En algunos años, muchos años, habrá quien pueda mirar este fenómeno y medir sus alcances, mientras tanto dejémonos llevar por este mundo electrónico lúdico e irreverente que acerca a todo tipo de público a ser parte de su performance…

el mundo en electrónico

e gusta la literatura. Estudié letras hispánicas y una maestría en literatura mexicana, tengo algunas publicaciones y me gusta leer, entonces quizá algunos considerarían que soy persona de letras. No sé, tengo mis dudas y reservas. Sé que la literatura forma parte intrínseca de mi vida, pero lamentablemente no me dedico a ella. Trabajo en un espacio cultural la mitad de mi día –a veces un poco más- entre músicos, pintores, bebedores de café, asiduos al cine, seguidores de la sala de lectura, burócratas y público en general; la otra mitad apoyo en tareas escolares, lavo ropa, preparo la comida, veo tele, juego Wii, escucho música, voy al parque y al supermercado. El día concluye con un par de hojas del libro que estoy leyendo o algunos retoques o líneas a los textos que voy escribiendo. No puedo ser gente de letras con esta dinámica de vida. Me gustaría serlo y agradezco los momentos en que puedo sentarme y trabajar: leer, escribir, investigar y hasta estudiar, pero no son muy frecuentes. Tampoco lo lamento, las actividades que llenan mi día me satisfacen. Soy feliz, podría decirse. Tengo 40 años y creo que he dejado de escribir muchos libros y muchísimos más he dejado de leer, y no sé si ya habrá tiempo ni si éste será suficiente pero no me preocupa. Considero que no es relevante no haber leído el Ulises de Joyce ni completo El Quijote, nada pasa, ni el cielo se viene abajo ni la vida se me esfuma. Sigo aquí, incluso si ahora mismo insultara a Paz o dijera una mentira sobre López Velarde, todo seguiría igual: mis hijos, mi trabajo, la comida, pero no lo haré, por supuesto. He pasado muchos años de mi vida dedicados a la promoción de la lectura, del libro y de la literatura, a través del tiempo he descubierto que si no lees no pasa nada, ni bueno ni malo. Si no lees no dejas de respirar ni se te cae el pelo, pero si no lees no conocerás algo más allá de tu entorno ni tendrás la posibilidad

Todos podemos transitar (todavía) libremente entre las redes de información y acceder a libros, autores, noticias. A veces hay que pagar, ni este lugar de encuentros se libra de las reglas capitalistas, pero también existen las anarquías de la información que nos regalan todo, que se filtran por las múltiples ventanas del cancerbero de millones de cabezas. Debo admitir que a mí la red me ha tratado muy bien, gracias a ella me contactó mi editor de USA y conocí a mi editora de libros infantiles y juveniles, ambos leyeron unos cuentos que alguien subió a la red en alguno los distintos blogs que habitan este país binario. He trabajado y conocido gente increíble por este medio, concretando proyectos de antologías o espacios de discusión. También he logrado tener más lectores. Esto hace quince años, sin irnos más lejos, hubiera sido imposible. El libro, el escritor, en su paso natural era más un corredor de fondo que un velocista, ahora puede ser ambos y disfrutar de metas a corto y mediano plazo. Y ¿las editoriales? Creo que también se verán beneficiadas, es cuestión de adaptarse, la transición entre el libro convencional y el electrónico llevará su tiempo, y seguramente habrá quienes lo prefieran de un modo o de otro. Sin embargo, creo que para los sellos

oficio literario de viajar sin moverte, como diría Fresán. Para mí, leer es tener alternativas de enfrentar esta realidad, la concreta, y, a su vez, poder experimentar una realidad alterna a ésta, la realidad de la literatura. Por eso me gusta leer. Me explico: es agradable pensar en lo que decía Propp sobre los cuentos de hadas, que se consideraban “amuletos verbales” que se les contaban a los niños y jóvenes para ayudarlos a afrontar la realidad. Es cierto, la literatura tiene esa posibilidad. Además, agregaría que también te da la posibilidad de vivir una realidad alterna a la propia, “abrir puertas, marcar caminos, perderse”. Sí, por eso leo, por eso comparto con mis hijos La historia y la gloria, El último pirata o El enmascarado de lata, porque podemos ir de Alejandro Magno hasta el mar infestado de terribles piratas o al cuadrilátero de lucha libre. Por eso leo ahora El hombre quebrado, de Tahar Ben Jelloun, porque hace años, cuando lo compré, no era el momento y me aburrió. Sí, me aburrí y lo cerré en la segunda hoja y no pasó nada: no se cayó el techo de mi casa ni me quedé ciega. Incluso, si no lo hubiera retomado tampoco hubiese pasado nada, pero lo tenía al alcance, no lo había leído y no tenía dinero para comprarme otro libro. Y no hay pérdida: el librito me está gustando bastante. Estaba a un lado de Ulises de James Joyce, cuyo lomo acaricié –la edición es realmente hermosa-, incluso me atreví a sacarlo y darle una hojeada, pero recordé el peso desde todas sus perspectivas y lo volví a colocar justo en el sitio marcado por el polvo, “su” polvo. Y James Joyce no se levantó de su tumba, para suerte de los dublineses. Eso sí,

admiro sobremanera a quienes lo han leído y los respeto, quizá en el fondo me gustaría ser como ellos, pero no lo soy, soy más bien elemental y común, entonces me quedo con otros libros, más elementales y comunes. Así como me gusta leer, me gusta escribir, no porque tenga mucho que decir, sólo tengo algo que decir que sólo yo podría decir: algo sobre mí. Sé de antemano que a muchos no les interesa el tema, pero yo prefiero hablar sobre asuntos que conozco, y la única posibilidad que poseo de lenguaje es éste, por eso escribo. Admiro a los que encontraron como medio de expresión la pintura o la música, y admiro a los escritores que desmenuzan la palabra otorgándole otro sentido, muchos sentidos. Yo elegí la palabra como medio de expresión porque es lo que empleo en la vida cotidiana, lo que me facilitó emplearla en la intimidad, en ese espacio interior que permite la creación, la recreación. Elegí la literatura como vida, pero creo que la literatura no me ha elegido porque no soy constante. Me duele, sí, porque en el camino aparecieron otras cosas para conformar mi vida que la literatura no consiguió ser el todo, es tan sólo una parte, grande, claro, pero no mi vida. Entonces lo pienso y ya no me duele tanto: tengo tantas cosas alrededor, incluida la literatura, que me siento muy afortunada. No me justifico porque en realidad lo que quiero es escribir, sí, y de otra manera, con más oficio, porque la honestidad, la vocación o la entrega no las cuestiono, pero no tengo oficio, no escribo como profesión, no tengo ocho horas diarias como mínimo para escribir como lo haría un profesional, por lo tanto: no, no soy escritora. Y me parece muy presuntuoso pretender serlo, menos ahora con 40 años, cuando he dejado de escribir muchos libros y de leer otros tantos, pero me gusta la literatura, me gusta leer, me gusta escribir, y no me importa hacerlo en “fin de semana” o “sobre las rodillas”, como a algunos reconocidos poetas les ha sucedido.

http://lja.mx/guardagujas/ guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx editores: edilberto aldán / joel grijalva

Guardagujas 17072011  

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