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Cuántas ganas de despertar a tu mujer para decirle la verdad: estoy muerto. Pero eres cobarde; una y mil veces.

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julio 2011, n° 29

un oscar para las actrices porno omar delgado

I

. Recuerdo que en Abril de 2009 se le otorgó el Oscar a la actriz Kate Winslet por su actuación en la película The reader, del director Stephen Daldry. Es muy probable que, si bien la hermosa australiana, si bien realiza en el filme un prodigio de interpretación con su papel de antigua celadora de campo de concentración, quizá en el fondo no tenga tantos méritos como para recibir la estatuilla dorada.

fotografía: alexandro roque

Si se analiza bien, divas XXX de la vieja guardia como Amber Lynn, Raven, Sylvia Saint, Marilyn Chambers y Linda Lovelace, o algunas de las más recientes porn queens como Cytherea, Gianna Michels, Eva Angelina y Sasha Grey (¡of course, Sasha Grey!) , tienen muchas más dotes histriónicas que la Winslet o que cualquiera de las princesas hollywoodenses. Es necesario un talento excepcional para sonreír mientras se tienen dos miembros de veinte centímetros dentro del ano, para poner cara de gozo mientras una machorra musculosa te orina la cara o para pedir a gritos que una veintena de machos te lubriquen el esófago con su carga espermática. Esas si son actrices del método y no chingaderas. II Para la mayoría de los varones de mi generación (1975 y aledaños), las primeras fuentes de información sexual fueron las películas XXX. Bastaba que tuviéramos una tarde libre, una videocasetera VHS y un amigo alcahuete —o un videoclub al que esa leyenda de “Sólo para mayores de edad” le signi-


un oscar para las actrices porno ficara lo mismo que aquella otra de “No se venderán cigarros a menores”, a la mayoría de las tienditas—, para pasar un rato bastante divertido en compañía de las divas porno. Así fue como nos comenzamos a empapar —nunca mejor dicho—, en los misterios de ese arcano llamado sexo. Pasamos gozosas horas admirando la vagina de la mencionada Amber Lynn —probablemente la pussy más vista de la historia de la humanidad—, la prodigiosa capacidad tragadora de la Lovelace o las hipertrofiadas tetas de Vanessa del Río. Ahí también, en esas tardes de manos pilosas, envidiamos con ganas la maldita suerte de Ron Jeremy, la dilatada masculinidad del difunto John Holmes o las torrenciales eyaculaciones de Peter North. Luego, cuando crecimos y nos topamos con the real thing, nos percatamos —a veces de manera vergonzosa—, de la condición ficticia del porno. Tarde nos dimos cuenta de que, para ejecutar algunas posiciones sexuales, hacen falta años de práctica y una elasticidad de gimnasta coreano. En nuestras primeras experiencias sexuales —esos furtivos asaltos en la solitaria casa de la novia—, no fueron pocas las veces en las que intentamos emular los numeritos de Behind the green door o Devil in miss Jones con funestos resultados. Lo menos que nos llevamos algunos fue una sonora bofetada, una mesa de centro rota o un esguince; lo más, una visita al ministerio público por crédulos y tarugos. Pinche Ron Jeremy. III Quizá la práctica sexual más antigua, luego del coito (por supuesto), sea la del vouyerismo. Son los ojos los órganos sexuales más activos después de las gónadas. A través de ellos podemos vivir el acto en otros. La simple sugerencia del acto amoroso puede activar los mecanismos de la excitación —esas ruedas de molino que llevan la sangre y la lubricación justo en donde se requiere—. A pesar del carácter hiperrealista del porno, en el cual vemos encuadres y ángulos imposibles —verdaderas exploraciones de lo ginecológico—, podemos traslapar las sensaciones de los actores hacia nuestra propia carne por medio de nuestra —bendita—, imaginación. En el inicio, el sexo era Dios. Las primeras religiones, las animistas, casi todas relacionaron la fecundación de la tierra con el acto sexual. En muchos de los ritos de fertilidad estaban presentes el semen, la sangre menstrual, y las prácticas de sexo colectivo. El hombre primitivo, tan urgido de certezas, finalmente sólo buscaba traslapar su capacidad procreadora a los elementos. Ya en las civilizaciones que florecieron en la región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates la prostitución —entendida esta como el intercambio de favores sexuales por algo más que el simple placer de desflemar el cuaresmeño—, era el rito primordial del culto de Innana/ Ishtar. Antes de casarse, cada jovencita tenía que ir al templo de dicha diosa a esperar a que alguno de los mancebos que pasara por ahí le ofreciera una moneda a cambio de un sagrado paliacate , acto que era supervisado de cerca por los sacerdotes de la diosa. Es probable que, en ocasiones, y dependiendo de los bigotes de la feligresa, los santos hombres también hubieran llegado a participar de la eucarística cogida con resignada devoción. No hay más que dar una vuelta por el arte mundial para darnos cuenta de que las representaciones —alegóricas o literales—, del coito son uno de los motivos de inspiración más frecuentes. Desde los altorrelieves de los templos hindúes hasta los murales de los burdeles de Pompeya, desde las vasijas griegas, donde pitudos silenos departen alegremente con ponedoras ninfas, hasta las figurillas eróticas preincaicas en donde regordetes personajes forman nudos genitales. No hay que olvidar que, si bien algunas culturas son potencialmente frígidas e intentan canalizar la energía generada libido de sus miembros hacia actividades más redituables para su casta dirigente —como la guerra o el trabajo—, otras, en cambio, lograron a lo largo de siglos una sofisticación admirable en sus costumbres sexuales. Sin embargo, hay que decirlo: en casi todas las civilizaciones el erotismo, entendido como el acto sexual con un fin meramente recreativo, sin fines de procreación, fue un privilegio de las clases dirigentes. Eran los Brahmanes, los Pachás, los nobles, (todos ellos protagonistas últimos del Kamasutra y de otros textos por el estilo), los que cultivaron las artes amatorias mientras los campesinos, los esclavos y los artesanos los mantenían con el sudor de sus lomos y se reproducían con el fin único de parir más trabajadores y esclavos. Sin embargo, para muchos de estos últimos, debido a su condición de no-personas, pertenecía el deleite fortuito del voyeur. No faltaba el valet que lograba ver como la condesa se entrepiernaba con el marqués, la sirvienta que le llevaba lienzos

editores: edilberto aldán / joel grijalva

guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx

húmedos a la enculada princesa o el húsar que escuchaba en estereofónico las santísimas orgías que Su Santidad organizaba en los salones del Vaticano. IV De ahí es donde nace el porno, del matrimonio de los ojos y el acto sexual. La pornografía implica desde siempre un menage a muchos entre los participantes y el observador, triángulo en el cual los dos —o tres, o cuatro, o muchos—, que gozan desnudos se comparten con el voyeur. El hardcore siempre ha existido como parte de nuestra sexualidad. De hecho, es más nuevo —y quizá más antinatural—, el modelo judeocristiano basado en la monogamia y la abstinencia que las prácticas poliamorosas de otros pueblos del mundo. Sin embargo, tanto en un modelo como en otro, es usual que la violencia sea un ingrediente dentro de las prácticas amatorias. Dicen los neurólogos que los impulsos agresivos y los de reproducción son generados por la misma área del cerebro y que, por lo mismo, ambos se llegan a confundir. Por lo tanto, el sadismo, masoquismo y demás prácticas no son sino una manifestación de nuestra necesidad animal de dominio y sumisión. Quizá por ello en cualquier pareja —o trío, o cuarteto, o…—, ya sea heterosexual, gay, lésbica, transexual o loqueustedmandesexual—, siempre habrá una parte dominante y una dominada. Al final todo, desde el slapping y el bondage hasta el más extremo leather también forman parte de lo humano y lo que divide el terreno entre lo consensual y lo delictivo es, únicamente, el safeword. Por otro lado, son ciertas muchas de las críticas que se le ejercen al porno: machista, hiperviolento, denigrante para la mujer. En la gran mayoría de las películas está presente un ingrediente de humillación de lo femenino y una tremenda carga misógina. En la retórica del porno, mientras que el punto culminante es la eyaculación del macho (momento que obligatoriamente debe ser registrado), el del orgasmo femenino —si es que lo hay—, pasa desapercibido. La mujer es, para el imaginario XXX, un ser que vale en la medida en que sus orificios pueden ser utilizados como receptores e instrumentos de placer. El rostro, entendido como la característica de identidad por excelencia, se les difumina o se les desplaza hacia la vagina, el ano, los senos o la boca y su relación con el género masculino se limita a su capacidad de recibir penes y esperma con alegría y actitud ganadora. Sin embargo, el hombre también sufre de la privación de su humanidad en ese territorio del mondo porno; el actor casi siempre nunca tiene rostro, sólo es un pene erecto que puede ser introducido y descargado a voluntad. No por nada, en la inmensa mayoría de las tomas XXX, se aprecia el rostro de la actriz (con todas sus gesticulaciones), y casi nunca el de los actores. (A excepción del infaltable cara de haba). Es curioso que dos enemigos tan acérrimos como lo son la Iglesia Católica y el feminismo radical se unan en su condena a la pornografía. Los hombres de sotana gruñen de rabia mientras argumentan que lo porno destruye las bases de la institución familiar y promueven la promiscuidad mientras que las segundas sostienen que la denigración de lo femenino que se refleja en el cine XXX es un crimen de lesa humanidad y que sus perpetradores deberían ser juzgados y castrados en Núremberg. A las dos partes se les olvida que no son pocos los actores, actrices, productores directores y demás crew que están ahí por voluntad propia y que —al igual que otras manifestaciones artísticas—, el porno sólo refleja lo que en la sociedad existe. Por eso, en lugar de condenar al mensajero, bien harían tanto unos como otros de interpretar mejor el mensaje. Es evidente que en los últimos tiempos las prácticas que plasma el porno se tornan cada vez más violentas. Del gozo casi inocente gozo de las actrices de los setentas a las múltiples penetraciones —casi apuñalamientos—, de Bangbros.com o las prácticas de facefuking hay un considerable trecho de distancia. El sexo se violenta porque la sociedad lo hace. Quizá el porno, al igual que su primo hermano el gore, es una manifestación de lo más incómodo de nuestros impulsos, un referente que debe existir para evitar que, por desconocimiento o distracción, nos amague y tome el control de nosotros el día menos pensado. Y sí… Un Oscar para las actrices porno. (Sería interesante ver lo que harían con él).

toda la verdad

U

jonathan minila

n día caminaste sobre escombros. Los sentiste atravesar tus pies. Los miraste y encontraste un cuerpo: el tuyo. Ahí estaba, listo para decirte la verdad: habías muerto. Arrastraste tu cadáver por campos grises; lo escondiste entre la tierra sin llorar, porque no podías. Volviste a casa, y miraste a tus hijos; la vida siguió. Los remordimientos te acosaron. Nadie conocía tu secreto. La falsedad de una vida fingida te estorbaba. La mirada de tu mujer era una tortura.


D

e acuerdo a mi mujer no hay ningún problema con ellos, después de todo son ciegos y no salen del sótano. Para ella el verdadero problema son las latrodectus. Entiendo su preocupación, no en balde se me han escapado 150 ninfas del terrario y si una sola de ellas consigue entrar en los ductos de aire acondicionado muy pronto la estación será suya. Le explico a mi mujer que la solución es simple: fumigar, aunque eso implicaría mover los especimenes clasificados y los racks y los frascos con los cultivos y los reactivos, y esa es la parte que no nos gusta. Sería tirar meses de trabajo, aunque también estamos seguros de que recuperaremos casi todo en pocas semanas, incluyendo ejemplares nuevos. La biodiversidad de este sitio es impresionante. Claro que no es una fauna tradicional, y hay quien dice que ni siquiera es “normal”, pero salvo el tamaño, bastante mayor, no hay diferencia. Estudio faunístico-ecológico, distribución en la zona, hábitat, aspectos sistemáticos-taxonómicos, y especialmente material gráfico: fotografía y video. Esas son algunas de las cosas de las que nos hemos hecho cargo desde nuestra llegada. No ha sido lo único, nuestras investigaciones incluyen exámenes toxicológicos y culinarios, que han servido para determinar las propiedades alimenticias. Pero eso es otro cantar. A mí lo que me preocupa son los palpígrados. Los encuentro malignos, con su color blanquecino transparente, su cabeza sin ojos y esa silenciosa espera que no presagia nada bueno. Fue Emily, mi hija, quien los encontró. A sus catorce años ha desarrollado una capacidad increíble para la entomología, y de todos los miembros de la familia es ella quien ha descubierto más ejemplares nuevos. Por ejemplo los trigonotárbidos. También ha sido quien mejor ha desarrollado algunas recetas. Reconozco que la creatividad y avidez que muestra Emily para la cocina o la investigación me pasma en ocasiones. Fue precisamente mientras limpiaba una esquina del sótano que pensaba destinar al cebado de lycosas como descubrió a los palpígrados. Eran cuatro, del tamaño de un pepino. Incluso ella que suele ser tan temeraria sintió rechazo. En circunstancias normales no me hubiera dicho nada, los habría incluido en su zoológico secreto y tal vez más tarde me los presentaría servidos en un plato, irreconocibles y jugosos, pero salió corriendo, y gritando, a buscarme. Tienes que ver esto, tienes que verlo. Discutimos un poco: Emily decía que eran oonópidos, que suelen ser domésticos. Yo insistía en el detalle de los fémures traseros: si se tratara de oonópidos serían más gruesos, le explicaba a Emily, parecidos a los de un caelifera. Mi mujer guardaba silencio, nunca se ha sentido particularmente atraída por los arácnidos, lo suyo son los coleópteros. Al final Emily terminó convencida, no tuvo argumentos contra la falta de ojos y el color blanquecino que suelen presentar las especies

cavernarias, pero tampoco conseguía explicarse qué demonios hacían en nuestra casa. Estuve de acuerdo, los palpígrados se caracterizan por aparecer en espacios subterráneos; pero le recordé que la faunística es siempre inexacta y que retrata más los métodos del entomólogo que la realidad tal cual es. Además señalé que éramos afortunados al tener la oportunidad de contar con nuestros propios palpígrados, ya que hasta la fecha sólo se han registrado 80 especies en el mundo y nadie ha sido capaz de elaborar un estudio completo sobre ellos. Eso fue lo que dijimos, pero desde entonces a nadie se le ha ocurrido sacarlos de su rincón para examinarlos. De vez en cuando alguno de nosotros baja al sótano y los observa, hay algo en sus movimientos que resulta hipnótico, pero también repulsivo, así que hemos decidido cerrar con llave la puerta del sótano e ignorar su existencia mientras no se nos ocurra qué hacer con ellos. Fingimos cuidar un tesoro entomológico, pero estoy seguro que todos, al igual que yo, se sienten perturbados con su presencia. Franganillo, mi hijo menor, se muestra particularmente interesado en el tema. Es curioso, porque a diferencia de su hermana, el interés que había mostrado por los artrópodos y los arácnidos era nulo. Tampoco había mostrado interés por la cocina, la fotografía, la taxonomía o cualquier otra cosa de las que acostumbramos hacer aquí. Muy extraña su apatía. Hasta que aparecieron los palpígrados. Ahora veo un brillo en sus ojos que me desconcierta, por las mañanas lo he encontrado en la biblioteca tomando apuntes que luego esconde concienzudamente. Después, por las tardes, en lugar de dormir se encierra en uno de los talleres. Que me aspen si sé lo que hace allí dentro. No es el único que ha comenzado a actuar raro: en ocasiones mi mujer canta una tonadilla sobre una niña coja; cuando pasa eso no me reconoce, aunque la tome por los hombros, la mire directo a la cara y la llame por su nombre. Emily parece ser la misma de siempre, pero basta mirar cómo enrojece su rostro cuando pasa mucho tiempo en silencio para saber que hay algo en ella que no va bien. Mi mujer y yo hemos dedicado los últimos años a la cocina, ha sido lo mejor. Al principio, cuando recién llegamos, éramos unos entomólogos apasionados y todo eso. Nada importaba más que la búsqueda de la verdad. Supongo que fue así durante unos años. Era fascinante usar el equipo y las instalaciones: laboratorios, bibliotecas, cuartos de especialidades. Después preparábamos los informes, las gráficas, las fotografías, editábamos los videos, era un proceso complicado y poníamos todo nuestro empeño en él. Una vez cada dos meses, cuando llegaba el momento de llevar el paquete con los informes y las muestras a la oficina de correos, experimentábamos una pérdida. Luego pasó el tiempo y vino la rutina, el hastío, el aburrimiento, la depresión. En algún momento dejamos de enviar los informes, pero nadie pareció notarlo; mes con mes

Se acabaron las sonrisas. Tu falsedad te hizo desgraciado. Adelgazaste hasta la locura. Pasaste noches en vela. Pediste perdón en cada palabra. Miraste a tus hijos crecer, casarse; tuviste nietos. Se hicieron reuniones donde todos gritaban celebrando la vida. Menos tú. Al intentarlo recordabas tu cuerpo, tu muerte, los campos grises. Las caricias y besos te laceraban el alma. Qué peso tan enorme. Cuántos momentos de tentación terrible. Cuántas ganas de despertar a tu mujer para decirle la verdad: estoy muerto. Pero eres cobarde; una y mil veces. Elegiste la farsa, la mentira, el engaño. Todo te acusaba. El sol, la luna, las aves, los ruidos. Ya nada era tuyo. Intentaste olvidar, no pensar en ello. Era imposible. ¿Cómo hacer para olvidar la propia muerte? Escribiste cuentos, te encerraste, quisiste que se olvidaran de ti. Pero ahí estaban de nuevo, en palabras, en imágenes, para aumentar los remordimientos. Vícti-

el problema con los palpígrados rodolfo jm seguía llegando nuestro cheque y el boletín del Instituto Nacional de Entomología, en donde nunca se publicó una sola nota sobre nuestro trabajo. Fue gracias a Emily que descubrimos en la cocina otro tipo de laboratorio. Una tarde nos sorprendió a la hora de comer sirviendo trogidae entomatado. Así se solucionaron dos problemas: principalmente el alimenticio, pero sobretodo nos ayudó a recuperar el entusiasmo. Todo un mundo de posibilidades se abrió ante nosotros. Volvimos a estudiar con renovado interés las especies locales, a criarlas, registrarlas y clasificarlas, a experimentar con ellas. Descubrimos que las lycosa son riquísimas; que la carne de los laxosceles tiene gusto dulce, a pesar de su aspecto grosero; que las clubionidae, por ejemplo, ni asadas ni en salsa, porque sus patas son demasiado peludas, además de que apenas tienen carne y son un amasijo de nervios y cartílago, en cuanto al abdomen es demasiado pequeño y con un saborcito amargo que no le hemos podido quitar con nada. Me pregunto si con los palpígrados podría suceder algo similar. Es decir, que tras su desagradable figura haya un sabor exquisito, que su carne contenga los nutrientes ideales, alguna proteína desconocida; y estoy seguro de que no soy el único que ha pensado en ello. Aunque ni siquiera Emily se atrevería a admitirlo. No es una idea agradable, la piel se me eriza solo de recordar los silenciosos y casi inmóviles cuerpos de los palpígrados. Pepinos blancos, blandos, de superficie aceitosa; su cabeza sin ojos, de mustios colmillos, sus patas pequeñas y afiladas; pero sobre todo su aspecto de larva, de criatura inacabada. Imposible imaginarlos como alimento. Pienso también en mi familia, en su extraño comportamiento de las últimas semanas; y claro, en las 150 ninfas de latrodectus que se escaparon y que podrían infestar los ductos de aire acondicionado en cualquier momento. Nuestra estación en medio del Gran bosque, nuestro refugio del mundo, nuestro hogar, se encuentra bajo amenaza. Hoy mismo comenzaremos los preparativos para fumigar la casa y bajar al pueblo, donde tendremos que pasar algunos días. Será difícil, lo sabemos, sobre todo para Franganillo. Pero regresaremos con la mirada decidida y anhelante; recogeremos los cadáveres, limpiaremos la estación, calibraremos el equipo y, tras asegurarnos de que no quedan latrodectus, pero sobre todo palpígrados, re emprenderemos nuestra vida con el entusiasmo de un planeta entero.

mas de la mentira. ¿Cuántos años? Todos. Los nietos crecieron, y tu ahí, viejo, falso, triste; mirando a tu mujer de siempre, sufriendo, resistiéndose a soltar la vida. Miraste en sus ojos aquellos juegos que laceraban más tu contrición. Las noches en que decían: yo moriré primero. Cuántos deseos de declararte vencedor, con ventaja. Hasta que se cerraron, y la dejaste ir así, engañada. Sufriendo por abandonarte. Porque eres cobarde, una y mil veces. Planeaste confesarte en el último momento, y nada. La vistieron, la cargaron, la guardaron, y la dejaron allá, en un lugar lejos, triste, sin ti. Entonces lo hiciste. Sin despedirte de nadie, recorriste de nuevo los escombros, los campos grises y desenterraste tu cuerpo. No te costó nada arrastrarlo hasta ella y enterrarlo a su lado, lo más junto posible. Ya podía saber la verdad. Ahora descansa, duerme tranquilo, o quédate ahí, mirando ese sitio que guarda toda la verdad.


L

¿dónde está la verdad?

a verdad está… 1. Allá afuera. 2. Aquí dentro. 3. En los intersticios. Los márgenes. Pegado a la orilla de los cercos. Como restos de periódicos. 4. Al fondo del ropero de la abuela. 5. En un área de descanso, después de tres horas ininterrumpidas de viaje por la carretera, cuando el sol justo en ese sitio o la luna justo en esa posición, y de pronto todo tiene que ver con todo y nada importa. 6. Escondida en el más allá. Probablemente los marcianos la tienen. 7. En la comunicación íntima de dos personas que no sólo conocen, sino que entienden. O en el posible albureo de alguien que dirá “mira, chiquitito, aquí te tengo tu verdad,” mientras se agarra sus partes nobles. 8. En una barra de chocolate. Nadie es ajeno a la certidumbre que ofrece una barra de chocolate. 9. En los ojos del chofer que observa por el espejo retrovisor al dueño de la multi corporación, mientras alude a ciertas decisiones que esta persona acaba de tomar y que afectarán el curso de la historia inmediata de Eslovenia. 10. En la sangre. La sangre corrida. La sangre narrada. La que venimos cargando desde tiempo inmemorial. La que se ha derramado en años recientes. 11. En la historia. En la ficción. 12. En la capacidad para narrarnos a nosotros

C

mismos. 13. En los pequeños momentos. Como cuando Henry Miller caminaba rumbo a su casa en Big Sur, después de enviar giros postales a todas las personas a las que les debía dinero. Se quedó con cinco centavos, mismos que usó para comprarse una paleta de hielo. La venía disfrutando cuando, en el camino, se topó con una niña que fijó su mirada en la paleta. Henry sonrió, le entregó la paleta y siguió su camino. 14. En el viento. 15. En el espíritu secreto de las cosas. En el reconocimiento de que las cosas no poseen un espíritu secreto. 16. En ninguna parte. 17. En todas partes. 18. En Dios. O en dios, depende de con quién estés hablando. 19. En la literatura. 20. En la ciencia. 21. En la poesía. 22. En el arte. 23. En el mar. 24. En el desierto. O mejor dicho, en los márgenes del desierto. Ahí donde ya no ves nada. Donde todo es una línea horizontal. El grado de la ausencia. 25. En cada una de las cicatrices que se han formado en tu cuerpo. Nada más contundente que las marcas y huellas de dolores pasados. 26. En el amor. Lo que sea que eso signifique. O en esa descripción que Blaise Cendrars hace de la escritura, pero que bien podría aplicarse a la verdad, ya que “Escribir (buscar la verdad) es descender como minero a las profundidades de la mina, con una lámpara en tu frente, con una luz cuya dudosa brillantez falsifica todo a tu alrededor, cuya mecha está en peligro permanente de explotar, y cuya iluminación parpadeante, intermitente, junto con el polvo de carbón, agota y corre tus ojos.” 27. En una camisa rota, ensangrentada, y con las marcas del sudor de quien acaba de huir de la guerra.

ualquiera que haya visto algún noticiero esta semana habrá notado dos cosas. La primera es la mención de los trending topics de Twitter como una validación noticiosa: los hashtags han reemplazado al “se dice en la calle” de antaño. La segunda es la existencia de algo llamado Fuerza Universal Aplicada. El FUA (grítese ¡FUAARG!) se convirtió en un trending topic . O sea: por un momento, la consciencia nacional pendió de las vociferaciones de un gracioso sin techo. Para sorpresa del neófito y el aguado que no han emprendido la titánica tarea de convertirse en tuistar (un logro que consiste en abrir una cuenta en Twitter -120 segundos- y decir lo que piensa -20 segundos-; eso sí: contando celosamente los caracteres, bajo el riesgo de ser calificado de facebookero si se es incapaz de SMSanear el pensamiento), el FUA no es un invento de Jodorowsky (@alejodorowsky), sino de un sin techo mexicano que engrosa la fila de los famosos youtuberos, con el prehistórico Starwarskid a la saga, seguido muy de cerca por Edgar, ese pobre niño que nunca se acaba de caer al río . La historia de la Fuerza Universal Aplicada es la siguiente: un canal televisivo nayarita, a saber por qué, realizó una entrevista banquetera a un hombre que dormía pacíficamente en la calle. El documento se mueve sin decoro entre la denuncia de los efectos del alcohol y ese deporte nacional llamado “miren, chavos: un teporocho”: el entrevistador, desde esa superioridad moral que concede un micrófono, se solaza en los delirios de un hombre que lo ha perdido todo, a pesar de que el sin techo dice poseer facultades clarividentes, quirománticas y para conceder la resurrección. Cuando la depresión le atenaza (dice), recurre a la FUA (la citada Fuerza). Para convocar su poder, lanza una serie de gritos que (se creería) moverían a las mismas piedras a voltear para otro lado. Twitter no lo hizo, y el FUA cundió por los tuiteos como reguerodepólvora: los hubo que incluían enlaces al vídeo en YouTube hasta los que eran “ingeniosas” paráfrasis. Poco importó que el protagonista del vídeo parezca a punto

28. En los niños. 29. En las instituciones (claro, que después de enunciada dicha verdad, un coro de multitudes abuchea con fuerza). 30. En la diferencia. 31. En los patrones. En toda la experiencia fractal de la vida. Los cuentos y las películas nos gustan no porque nos sorprenden, sino porque nos sorprendemos a nosotros mismos reconociendo los hilos de la trama. 32. En la música. Sobre todo en la música que escuchas para ti. 33. En los ojos de la persona que amas. En la historia que se construye reflejada en la pupila de esos ojos. En el susurro que emite la voz que se escapa de dicho reflejo en la pupila. La ciudad de certezas e imaginarios que se construye al interior de esa mirada. 34. En la mentira. 35. En el hecho de que los gobernantes mienten. Y que nos aceptamos en ese “juego” de verdades construidas para el consenso. Que de todos modos nadie cree. Y que, desgraciadamente, en el proceso, miles de personas han muerto. 36. En el eterno retorno. 37. En un buen vaso de cerveza. 38. En una fotografía de una flor, una pistola, unas medias y un cigarro a medio fumar, descansando en un cenicero. 39. En la capacidad que tenemos para mentirnos, con tal de que dichas mentiras conformen la verdad piadosa con la que sanamos todas nuestras incertidumbres. 40. En los modos. Esto es, la verdad está en las manieras como nos acercamos a los hechos. Aunque hay ciertas cosas inamovibles. Es imposible alejarse de la verdad de un ejecutado f lotando en un canal. Toda lista debe ser imperfecta. Pero detrás de esa imperfección se encuentra la necesidad de especular acerca de las verdades o mentiras con las que construimos la historia de nuestro mundo.

En twitter todos somos el burro van rankin

de la crisis nerviosa, que su voz sea un desgarro, o que el canal que lo entrevistó no se interesase ni en su nombre. Twitter no está para corregir a los medios, aunque así lo crea. Como era de esperar, el titular de los derechos de copyright de este documento periodístico se unió al éxito de FUA de la única manera en que las cadenas televisivas saben hacerlo: obligando a que YouTube retirará la pieza (si bien es posible encontrarlo nuevamente en las cuentas de decenas de usuarios). El FUA no es otra muestra no de los peligros del alcohol, sino más bien todo un síntoma de la forma en que las redes sociales son convertidas en escaparates de la agenda vigente por la abrumadora mayoría de sus usuarios. Cuando Leon Krauze (@Leon_Krauze) lee los tuiteos dirigidos a su noticiero en ForoTV, no está concediendo valor a la opinión cibernauta: sólo comprueba qué tan afinado está el coro. Una herramienta que ha servido para llamar a la desobediencia civil en Arabia Y Grecia, usada para la denuncia y el cuestionamiento de las verdades oficiales en todo el mundo, se ve constantemente diluida a una tarea para la que en otra tiempo se usaba a Facundo (@facufacundo) y Esteban Arce: disfrazar al prejuicio social de rutina humorística y soldar la verdad mediática sobre la realidad. En Twitter todos somos el burro Van Rankin (@burrovan). ¿Con esto intento decir que las redes sociales deberían destinarse exclusivamente a elevados usos del espíritu? Desde luego que no. Hallo más deplorables los poetuiteos que el FUA o los linchamientos de la diputada analfabeta o de Ninel Conde (@NinelConde). La accesibilidad está ahí para demostrarnos que no tenemos nada que decir. En lugar de callarnos, decidimos tener una opinión, y elegimos no la que creemos, sino la que está más a la mano y nos hace ver mejor en el espejo social, ese que sostienen los cuates de la oficina. En la época de Wikileaks, Anonymous y Richard Stallman, la social network sirve para fijar el discurso oficial y para divertirnos a costa de la miseria humana, cómodamente, sin olores ni limosnas de por medio.

guardagujas  

SUPLEMENTO DE LA JORNADA AGUASCALIENTES

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