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and all the lousy little poets coming round tryin’ to sound like Charlie Manson and the white man dancin’

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junio 2011, n° 27

Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011

LEONARD COHEN

ilustración: rocko

Miguel Cane Rodolfo JM Javier Moro


querido tío leonard miguel cane

A

ntes de saber quién era Leonard Cohen, el poeta trovador canadiense, fue mi tío Leonardo. Todo esto, que nada tiene que ver con la genealogía y sus misterios. Más bien con la candidez de la infancia y la fotografía en la cubierta de un disco LP. Si me siguen, les contaré. En 1977, Cohen lanzó el álbum Death of a Ladies’ Man, que probablemente sea más famoso por su carátula que por su contenido (famosamente es el álbum que contiene las canciones menos populares en su repertorio); no obstante, mi madre – que tiene, incluso hasta el día de hoy, un gusto musical autodidacta y ecléctico, que tuvo a bien transmitirme – siendo devota admiradora (o fans, así en plural, como se ha puesto de moda decir, verbi gratia Pedro Almodóvar) del cantante, lo sumó a otros LPs de él que ya tenía, sus canciones – ya fuera en su voz de barítono o en el delicado mezzosoprano de Judy Collins, otra favorita en la casa en que crecí – llenando nuestras horas de complicidad por casa. Cuando yo tenía no más de cuatro años (de hecho, no recuerdo claramente la anécdota, aunque sí la imagen que le dio origen), descubrí el mentado disco, en cuya cubierta aparece Cohen, joven, varonil, con aspecto circunspecto, flanqueado por dos guapas mujeres, a la mesa de lo que uno supone, es un restaurante en Nueva York (o tal vez Los Angeles). Recuerdo que una de las mujeres que lo acompañan tenía largo cabello castaño. Presuntamente, le pregunté a mi madre ¿esta señora eres tú? Y, por jugar, mi madre (entonces de veintisiete años, imagínense) me dijo que sí. ¿Y este señor, es mi tío? (mi madre tiene muchos hermanos) y ella dijo que sí, también. Es tu tío Leonardo. Así pues, la broma creció en familia. Yo pedía, ¿puedo oír a mi tío Leonardo? Y mi madre ponía en el tornamesa ese y otros discos. Así, aprendí que Suzanne te lleva a su casa junto al río y te da té y naranjas que han venido desde China. Que las hermanas de la caridad nunca están demasiado lejos, que hay maneras y no de despedirse, que primero tomamos Manhattan y luego tomamos el mundo. Pasaron los años y Tío Leonardo (como Tía Mariana, que no era otra que Marianne Faithfull, de quien me enamoré al verla en una tapa de disco, en aquella famosa foto tomada por David Bailey que la muestra tan joven, con el flequillo dorado y los largos cabellos luminosos, en una mecedora, vestida de colegiala) se convirtió en una voz que migró de los discos de vinil, a los casettes mixtos, a un CD de ‘Grandes Éxitos’ que compré (no muy seguro de por qué, después de todo la fans era mi mamá, no necesariamente yo), después de ver Exotica de Atom Egoyan, a una lista permanente en mi iPod. Leí, al paso del tiempo, sus poemarios y una de sus novelas, Beautiful Losers (que desde ahora admito, no entendí). Pero no había vuelto a pensar en él como ese tío que cantaba en mi infancia. La semana pasada, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las letras. Me emocionó, no sólo porque ahora vivo a unos kilómetros de Oviedo, donde vendrá este otoño a recibirlo (a diferencia del arrogante Bob Dylan, que agradeció por carta e hizo el feo de no venir), si no porque la noticia me devolvió a esos momentos que él me dio sin saber. Y me da una alegría enorme, querido Tío Leonardo.

E

l secreto de la belleza es que puede conmoverte en cualquier momento, en cualquier lugar. El secreto de la poesía es que puede aparecer en cualquier instante, que puede atraparte y conmoverte, no dejarte escapar. Por lo menos eso pasa cuando te dejas ir con algunas de las canciones de Leonard Cohen o te dejas caer por alguno de sus libros de poesía. Pues el poder de su palabra no se encuentra sólo en la forma, que es esa voz profunda que hipnotiza, que te martillea en el cerebro, el poder de su poesía se encuentra en el fondo y en la obra de Leonard Cohen es esa sensación de extrañeza ante lo cotidiano. Cohen siempre nos encara en sus libros con situaciones aparentemente cercanas, cotidianas, pero que él logra atrapar con el filo de su mirada, certera, irónica, filosa. Cohen logra atrapar con su voz el filo de ese dolor que nos lastima a todos, y logra, al mismo tiempo, extirpar ese dolor, para enseñarlo, para mostrarlo, porque Cohen sabe que también el dolor es bello, porque también en el dolor (al igual que en el amor) encontramos la semilla poderosa de la vida. Cohen, a lo largo de su carrera nos ha enseñado, con cierta indiferencia, el dolor que lo carcome por dentro, un dolor construido de una multiplicidad de factores: de desamor, de esperanza, de religión, de extrañeza. Lo que ha hecho el cantautor canadiense es diseccionar el dolor con manos de cirujano (o de asesino en serie) y sacarlo a la luz. Mostrarlo y conocerlo. Cohen ha sido a lo largo los años un analista del alma humana, un conocedor de sus rincones más oscuros y lúgubres. Porque en la ausencia de luz también hay sabiduría y Cohen lo sabe muy bien y la busca ahí: en el dolor, en el amor, en el desamor. Leonard Cohen tiene pinta de caballero bohemio, de esos que ya no existen, y justo ahí radica la fascinación que ha creado a lo largo de décadas de trabajo y que acaba de tener su punto culminante esta semana en España, en donde acaba de ser galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en Letras. Un reconocimiento merecido para un éste poeta y narrador, que sin embargo se ha creado fama como cantante, un cantante fabuloso. Porque Cohen antes de ser un cantautor famoso es un escritor, un poeta y narrador, autor a los 21 años del libro Let Us Compare Mythologie, mientras estudiaba en la Universidad de Mcgill, y que lo convirtió en una de las jóvenes promesas de la poesía canadiense, lo cual le permitiría ganar una beca con la que viajo a Estados Unidos, a Nueva York, a Inglaterra, en donde se aburriría de tanta lluvia y poco sol, para terminar instalándose en la isla griega de Hydra, en donde terminaría sus novelas The Favourite Game, Beautiful Losers y su tercer libro de poesía Flowers for Hitler. Después de ese viaje a Grecia, Cohen regreso a Norteamérica, a Nueva York, en donde se integró a los círculos de los beatniks y de los músicos folk, entre los que se encontraba Bob Dylan, con quién lo une una estrecha amistad desde entonces y empezaría a cantar. Nacido en 1934 en Montreal, en el seno de una familia judía de clase media, se definiría a sí mismo años más tarde, como un chico que hablaba inglés en medio de pura gente que hablaba francés. Es esa extranjería la que lo definiría para el resto de sus días. Él mismo se autodefine como el Canadiense Errante, porque es un tipo que ha estado en el camino

leonard cohen extrañeza ante lo cotidiano javier moro casi toda su vida, viajando entre diferentes culturas, abierto a conocer a diferentes tradiciones literarias y culturales. Es por eso que toda su obra, tanto literaria como musical, se puede definir como una exploración, una búsqueda. Porque además tradiciones disímbolas como el Folk, del Cabaret, el flamenco, que podemos encontrar en la música de Cohen, también podemos encontrar huellas de una búsqueda personal. El poeta, que nunca ha dejado de ser, marca el camino al cantante, le muestra el camino para buscar respuestas a los interrogantes que surgen a lo largo del camino. Una búsqueda en donde el estudio de la cábala y de los textos bíblicos y de la iconografía católica ha jugado un papel muy importante, pero en donde también la sensualidad juega un papel esencial. Cohen es un buscador, hace preguntas y abre caminos. No sabe todas las respuestas pero su voz va dejando una estela, va abriendo senderos. Podemos imaginarnos a Cohen como un bohemio, podemos imaginarlo caminando por las húmedas calles de Nueva York con su cigarro en la boca y una puta alegre y borracha tomada por la cintura, lo podemos imaginar en la barra de algún bar cutre desdibujado por el humo de los cigarrillos que humean a su alrededor, rodeado de vasos de whisky. Lo podemos imaginar, porque efectivamente Cohen es un explorador de los bajos fondos, de las bajas pasiones humanas, un tipo difícil de sorprender con la guardia baja. Porque Cohen básicamente es un explorador, un tipo que busca el conocimiento. De cierta manera, tanto sus acercamientos con los conocimientos cabalísticos, como con la tradición cristiana y budista, se encuentran en el mismo camino que sus exploraciones por los bajos fondos de la ciudad, el alcohol, la bohemia, el opio: Cohen busca conocer algo que está más allá de las palabras pero que está muy cercano a la poesía. De muchas maneras Cohen se encuentra cercano a la tradición familiar, pues es una especie de sacerdote laico de una religión construida a partir de la búsqueda en las profundidades de los sentimientos más comunes y corrientes: el amor, el desamor. Porque no hay nada más terrible que estar enamorado, diría el propio Cohen. Lo cierto es que siempre fue contracultura, antes y ahora. Alejado de todos los patrones de la moda, Cohen logró construir un universo lírico casi desgarrador que encontraría en la música su mejor vehículo de expresión, su forma de llegar a públicos masivos. No cabe duda de que son sus canciones, historias completas, las que le han valido el Premio Príncipe de Asturias, por sus canciones de marcado carácter literario, pero también su poesía le hubiera válido el premio. Libros como Flores para Hitler, Los hermosos vencidos, Comparemos mitologías nos hablan de un escritor entregado a una búsqueda literaria personal.


encuentros con leonard cohen rodolfo jm

Y

o soy de los que escucharon por primera vez a Leonard Cohen en Pump up the volumen (1990), la película de Allan Moyle en la que Christian Slater interpreta al hijo de un profesor neoyorkino que acompañado por su familia deja la ciudad para irse a trabajar a un idílico y represivo pueblo del interior. El personaje de Christian Slater es, durante las horas de escuela, un solitario que tartamudea. Pero cada noche se transforma en la voz de una estación de radio pirata, una voz que consigue sacar de su letargo a los adolescentes locales, incitándolos a la rebelión y poniéndoles a los Pixies, a Peter Murphy, a Henry Rollins, a Sonic Youth, y a Leonard Cohen, un cantante a quien yo ubicaba por cierta canción que pasaban en Rock 101: Suzanne, y que me parecía asquerosamente hippie. A diferencia de las canciones que suenan en la película: Everybody knows e If it be your will, interpretadas por una voz de fumador empedernido, y que me hicieron pensar en un cantante distinto al de Suzanne. Así que me formé otra percepción de Leonard Cohen, tomé nota mental del asunto y me propuse poner más atención la próxima vez que me topara con él. *** Fue en un tianguis de oportunidades que encontré un librito de la colección Visor de poesía en muy buen estado y mejor precio: Comparemos mitologías (1956). El primer libro de Leonard Cohen, publicado cuando tenía 22 años. Camino a la casa me preguntaba qué tal sería como poeta porque, para ser sinceros, Songs of Leonard Cohen (1967) su primer disco, y el único que había escuchado completo a esa fecha, me producía una hueva fenomenal. Esto fue distinto: el libro de Cohen, dedicado a la memoria de su padre, era (es) el de un poeta que indaga sobre el amor, la vida y la relación del hombre con la divinidad, pero más que nada sobre la muerte; un libro en el que se proyecta la sombra de Federico García Lorca, una de las grandes influencias del canadiense. A propósito, la hija de Leonard Cohen se llama Lorca y, dato bastante conocido, su canción Take this waltz está directamente inspirada (la cita) en el poema del granadino: Pequeño vals veneciano. Después me encontré con dos películas más: Exótica (1994) de Atom Egoyan, donde una muy joven Mia Kirschner hace striptease al ritmo de Everybody knows; pero sobre todo Natural born killers (1994), de Oliver Stone y donde The future y Waiting for the miracle literalmente cambiaron mi vida. Para entonces ya había leído La caja de especias de la tierra, Flores para Hitler y Parásitos del paraíso, sus otros primeros libros de poesía, editados en español por Visor. Sabía también que había publicado dos novelas, y que todo eso había sido antes de su primer disco. Dejé de pensar en él como en un oscuro cantante folk metido a poeta por accidente. Se trataba de un poeta que cantaba. Pero no era como Bob Dylan, ni se parecía a ninguno de sus colegas músicos: greñudos veinte añeros en su mayoría. Su cabello corto, sus treinta y tantos, su forma de vestir, no calzaban con el colorido de la época. Podría haber pasado por un joven maestro judío en su día libre y no por el mujeriego confeso que fue y que sabiamente prefirió la música a la literatura, porque en el ambiente musical se está más cerca de las mujeres.

idad de reunir a su catálogo de “músicos alternativos” y vender lo que fuera. Este disco no era así, no era una colección de versiones cumplidoras o curiosidades musicales, a diferencia de ese Titanic que es Tower of song (1995) y donde sólo Tori Amos y Don Henley consiguen salvarse. I’m your fan me permitió redescubrir las canciones de ese primer disco que no supe apreciar, pero sobre todo generó la suficiente curiosidad para escuchar esos otros discos suyos, y descubrir así canciones como Stranger song, o Famous blue raincoat. Descubrí así Various positions (1984), Im your man (1988), discos donde era otro el sonido, un poco más pop, era otra la voz, de crooner susurrante, pero era el mismo poeta cantante, acaso más afilado y sombrío. *** Lo siguiente que supe de él fue que anunció su retiró en 1994, tras la gira de promoción de The Future. Tomó sus maletas y se fue a un monasterio budista donde pasaría la mayor parte de sus días a partir de entonces. El dato duro dice que ya alguna vez había tenido la tentación de hacer algo parecido. La gira de Songs of love and hate (1971) sería la última de su carrera como músico. Incluso existe una película, Bird on a wire (edición 2010) del inglés Tony Palmer, que documenta aquella gira en la que se pueden apreciar sus métodos de seducción con las gruppies, y se le ve devolviendo el dinero de las entradas a cierto público descontento por las fallas de sonido de una función. En 2001 se publicó un disco, New ten songs, en colaboración con Sharon Robinson, y más tarde Dear Heather (2004), con los que rompía el silencio pero que no lo regresaron a los escenarios ni a la vida pública. Sería algo más dramático lo que le haría. En 2005 Leonard Cohen descubrió que sus ahorros de toda la vida habían desaparecido y que estaba en la ruina. Víctima de un fraude de su ex representante, quien se dio a la fuga, el viejo poeta cantante tomó su abrigo, su sombrero, y salió a dar batalla. Y lo que comenzó como una serie de apariciones por aquí, por allá, interpretando sus viejas canciones, culminó en una gira mundial que duró dos años, documentada en Live in London (2010) y en la que se le vio como lo que es, un viejo hermoso poeta cantante que ya no está para esos trotes. Su voz por momentos es un susurro y en otras partes se le ve tan cansado que se teme por su salud. No en vano sufrió un desvanecimiento durante uno de los conciertos de esa gira, en Valencia, España. ¿Qué lo impulsaba a un castigo físico tan poco recomendable para alguien de su edad (74 años en ese momento)? Seguramente algo más poderoso que la necesidad económica, algo relacionado con el vértigo del escenario y esa magia que en ningún otro sitio se puede conseguir y de la cual, como buen vampiro, se alimenta y se mantiene de pie.

*** Ahora me entero de que le han dado el premio Príncipe de Asturias de Letras. Muy bien. Excelente. ¿Por qué no en Artes, como a Bob Dylan en 2007? Chus Visor, editor en español de la obra poética del canadiense y hombre con mucho peso en el premio lo explica todo: para él Cohen es mejor poeta que cantante. Para mí es ya imposible distinguir al uno del otro, aunque sus dos últimos discos sean tan medianos y mucha de su poesía religiosa no alcance a conmoverme. Y eso, en realidad, no importa. Tam*** poco importa el debate sobre si merecía el premio o no por ser Mi siguiente encuentro tras The future (1992) fue un disco ho- una celebridad pop. Me gusta pensar en este premio, además de menaje: I’m your fan (1991), donde los Pixies; Nick Cave; James; como en un reconocimiento a la carrera de un artista infatigable, REM; Ian McCullough, Robert Forster e incluso John Cale, le como un gesto de cariño que España tiene para con sus viejos rinden tributo al canadiense. Los 90’s fue una época en que los amores. Me gusta pensar también que son más que rumores esos discos homenaje estaban en su apogeo, había tantos que siempre de que está planeando otro disco, es bueno saber que le tenemos tenías la sospecha de que para las disqueras era sólo una oportun- entre nosotros.


origami alejandra m. vázquez A Jimena Te sigo hasta tu infancia eras sólo la gota que faltaba

A

en el río fundamental La calle era entonces el espacio vacío Si se hablaba de ojos, no eran de padre sino de madre, hermana, cascabeles violentos Se hablaba de corazas de sombras, de cometas lejanos Firmábamos la paz todos los días porque así era la vida que ya no nos faltaba Hubo desierto. Crimen Nos devoró la duda cuando más nos teníamos El dolor se aposentó en el aire hasta el adiós de sonrisa esperanzada ¿Qué palabras permiten sostener el secreto imaginable? Sólo una: tiempo Dejamos el alivio en los relojes y resurgimos Las heridas se extendieron de la piel al atlas convertidas en sueños, aves, juramentos casas deshabitadas cada cual construida de palabras bebidas en tormentas y manantiales Un paso y otro paso a veces tú adelante y yo enseguida Te sigo hasta tu búsqueda de ti que es la búsqueda misma

las aventuras eróticas de Blanca Nieves y los siete enanos

los diecisiete huía de lo que se suele huir a esa edad: la obesidad, la familia, los compañeros de escuela, pero sobre todo del deseo. Las chicas eran un enigma cruel, y ante la ferocidad de su rechazo, decidí combatirlas en arena segura: desde la butaca de un cine, teñido por los colores reventados del soft porno proyectado sobre pantallas de tela mugrienta. En el Centro Histórico de la ciudad de México, tras un tramo de tiendas especializadas en vestidos de novias, había una breve zona roja: dos cines especializados en películas porno a un par de calles el uno del otro. Mis tardes, tras salir del supermercado donde trabajaba como cajero, transcurrían de un programa doble al otro, del Cinema Tauro al Cinema del Río. Tenía una inquebrantable voluntad de poseer al mayor número de mujeres con la mirada (creía eso posible entonces) y con la pestilencia triste del semen entre los dedos. Nadie veía una de aquellas cintas completa. A pesar del esfuerzo de sus realizadores (la mayoría italianos) por trabajar en tramas y diálogos, el público de títulos tan kilométricos como Las aventuras eróticas de Blanca Nieves y los siete enanos permanecía en sus asientos el tiempo justo que iba de una escena cómica (siempre eran comedias) al siguiente coito fingido. A menos, claro, que se tratase de aquellos que en la penumbra de la gayola realizaban actos y ruidos húmedos que el resto nos esforzábamos en ignorar. Recuerdo a Lilli Carati y, desde luego, a Edwige Fenech, y pocos nombres más de aquellas películas rayoneadas, cuya mayor audacia era un vistazo de vello púbico. En el Cinema del Río el baño de mujeres se había convertido en un almacén del que brotaba una señora que, linterna en mano, separaba a las parejas de caballeros demasiado apasionadas y ofrecía a voz en cuello incoherentes muéganos, de los que me hice adicto. Eran enormes aerolitos cubiertos de una miel deliciosa. Fue una de esas piezas la que me hizo quedarme más de los diez minutos de rigor en La Odisea eróticas de una azafata sueca. La dignidad de los gordos consiste en que, rara vez, dejamos que otros pecados se impongan a la gula. Consumir el muégano completo me obligó a renunciar a mi cita en el Cinema

Tauro, y descubrir que el cácaro no esperaba el fin de los créditos de una película para comenzar con la siguiente. Era mejor así: no sé cuántos de los espectadores se habrían desvanecido de haberse encendido la luz. Recuerdo a un viejo desdentado que escuchaba a todas horas una radio de pilas pegada al oído, a un oficinista que maraqueaba su portafolios, a un teporocho que tenía que levantarse de tanto en tanto para sacar a los perros que le seguían ciegamente. De ese modo, tras la proyección las azafatas suecas que gemían en italiano, vi La ley del Deseo. Lo primero extraño es que estaba hablada en castizo, lo segundo perturbador es que a diferencia de la línea del Cinema del Río, ver aquella película era como asomarse a lo que ocurría en los asientos de gayola, y no sentir miedo, sino envidia de que no me ocurriera. Y lo tercero es que lloré, con las mejillas cubiertas de miel, cuando un personaje se escribe la carta de amor que sabe a su amante incapaz de redactar. Cuando la luz se encendió, el Cinema del Rio estaba lleno, lo lleno que podía estar. Nadie se había movido de sus butacas, y a diferencia de lo habitual, nuestros ojos se buscaban. En las miradas que compartí con los despojos humanos que me acompañaban había un brillo tembloroso que se parecía a la vida, y que bien se podía llamar confusión. Regresé al Cinema del Rio, como era costumbre, al día siguiente, hasta que La ley del deseo cumplió si ciclo de una semana, y fue sustituida por Delirios carnales y El amor es un perro infernal. Con la segunda lloré de nuevo y sentí piedad por mis compañeros de sala, que condenados a desvanecerse anónimamente, nunca tendrían una boda submarina con un hermoso cadáver, Ese año, el último en que huí, pude ver Montenegro, Cuando papá se va de viaje, Mujeres al borde un ataque de nervios, La mujer de al lado… Acompañadas de Caperucita Erótica y el Lobo Atroz. Nunca se repitió el momento de la sala inmóvil y aquellas miradas que pedían la carta de amor que nadie les había podido escribir, pero esta columna tiene la voluntad secreta de quienquiera que haya sido el programador del Cinema del Río.

http://lja.mx/guardagujas/ guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx editores: edilberto aldán / joel grijalva

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SUPLEMENTO DE LA JORNADA AGUASCALIENTES