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Es cierto [qué verdad más cierta hay] que no moriremos juntos, / que no sepamos jamás uno del otro. Morirán también todos los hombres / una y otra vez y los ríos desbordarán como lo hacen cada año.

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no. 19

segundo inventario juan carlos quiroz

La noche del Cristo negro. El ocaso del amor de la mujer que amó. La tristeza. La lluvia. El medio día. Los giros secretos de las aves remotas. El mercurio y su resplandor letal. Una piedra brillante en la cima de un cerro. Mozart. Sor Juana. La insistencia del frío. El rumor de las sombras que hablan al alba. Los sueños. Tu fe. El sonido de un chelo a la orilla del mar. Las olas. Un dos de febrero con el aire confuso. Guadalupe Posada. La paciencia del fuego. El viejo guitarrista ciego de Pablo Picasso. La dignidad. Tus manos. Tu nombre.

jamás seré ray bradbury josé ricardo pérez ávila

las guerreras mágicas

T

enía la edad que, de acuerdo al alguna vez recurrente churro de las noches de cine por canal cinco, Karate Kimura, es la edad en la que uno es su peor problema, es decir, diecisiete años. De alguna forma, me las arreglé para convencer a mis padres de que era lo suficientemente confiable como para que me soltaran el carro y, previo curso de manejo de una semana con una señora que me parecía que hablaba como francesa pero que quizá sólo tenía cierto problema para pronunciar ciertos sonidos, me senté al volante de un Volkswagen sedán del mismo año en el que nací, es decir, del 85.

gilberto barrón

a la manera de Hugo De Sanctis para José Luis Quiroz Frausto

Las cosas se deterioran, se vuelven grasas, se caen y desparraman. El tiempo se disloca. La leche se vuelve ácida. Por las noches los cables de los altos postes cuentan cuentos de terror en la bruma sollozante. El agua de los canales se vuelve ciega con la escoria. Los encendedores no hacen chispas. Las mujeres, al tocarlas, no dan calor. De pronto, el verano se va. La muerte es un asunto solitario

Una semana después de que comencé a usar el carro regularmente, circulaba hacia la preparatoria a eso de la una y media de la tarde, ya había perdido esa típica tensión que alguna vez escuché a alguien llamar “de caballo nuevo”, que es la que hace que un conductor parezca cubierto de yeso mientras cambia de primera segunda y de segunda a tercera y debe detenerse en los altos y acelerar chistoso cuando tiene que iniciar marcha cuesta arriba al detenerse en algún lugar peculiar como, digamos, la salida de un paso a desnivel. Vi salir una camioneta en reversa de una cochera.

Era grande y de color blanca. Tomé el carril de alta velocidad pensando que eso bastaría para franquear el obstáculo. Vi la camioneta cruzando en horizontal toda la avenida y plenamente hacia mí y no, no hice absolutamente nada por evitar el claro curso de colisión que se acercaba lenta, pero implacablemente; al menos no de inmediato, aunque luego mi reacción fue definitiva: probablemente calculando que a esas velocidades la defensa del armatoste no alcanzaría el costado que pretendía, aceleré. Bolas don Cuco. Tras el impacto entre la defensa y mi puerta de copiloto, seguí acelerando para explotar al


máximo la fuerza del golpe y así, cuatro cuadras más adelante y una camioneta blanca fugitiva después, intenté abrir esa misma puerta sin éxito; la línea horizontal abarcó casi hasta la salpicadera trasera. Mi puerta de copiloto permaneció “sellada” por tres meses. Los amigos a los que les daba ride se subían por mi puerta y algunos, bien chidotes, saltaban adentro por la ventana abierta; luego alguien tuvo la amabilidad de explicarme que no, la estructura celular de mi puerta no se había fundido con la del chasis entero por fuerza del impacto y que no, no es que estuviera sellada, es que yo no jalaba con suficiente fuerza. Seis meses después de haberme congratulado con la obtención de mi licencia, di vuelta en el retorno de una avenida muy angosta, angostada todavía más por los innumerables vehículos estacionados en la banqueta, justo a la misma altura del retorno. Nuevamente, Don Cuco me instruyó en los saberes automovilísticos: eh, mi, ‘pus acabas de dar una vuelta bien abiertota’ ¿El resultado? El imbécil espejo lateral de un automóvil fue a impactarse en mi ventana y, como suele ocurrir en estas memorables ocasiones, me dispuse a recitar el inicio de Cien años de soledad, padrenuestro que ha bendecido cada impacto de mi sedán y hasta la fecha. Esperé pacientemente al dueño del vehículo que, gracias a mi benevolencia, había quedado eximido del pago de impuestos por traer espejos laterales de más. Sabía que se pondría fúrico; no obstante y muchos años después, el coronel Aureliano Buendía habría de comunicarse telepáticamente conmigo para informarme que: uno, estaba en una calle poco transitada; y dos, todo indicaba que el dueño del tsuru rabiaría solo y al menos hasta dentro de un rato más. Así que me estacioné y, de la manera más correcta y considerada, dejé el espejo lateral sobre el cofre del carro lacerado. Pero estos y todos esos pequeños accidentes que uno se ve obligado a sepultar en su memoria de buen y responsable chofer, son poca cosa contra lo que un día, aún en mis diecisiete años, me encontré viviendo en una buena noche de parranda de esas de las que también, uno se ve obligado a sepultar en su memoria de buena persona. Antes de continuar, déjame recordarte que estaba chavo y que sí, algunas cosas se me hacían fáciles y que sí, caray, además de que a veces metía la pata, en otras ocasiones me daba por estar de lucidito con los cuates que levantaba en el vocho. Nah, en realidad no era para tanto. Por ejemplo, solía meter el acelerador a fondo delante de algún tope alto y gritar: “¡las-guerreras-mágicas!”, mientras destrozaba la de por sí risible suspensión de mi vocho y es que esa invocación me resultaba increíblemente divertida y quizá sólo era superada por la

toalla femenina que había pegado en el parabrisas o (una de mis clásicos) dar vueltas en círculos, de manera indefinida, ya en el estacionamiento de algún Oxxo, el del Teatro Aguascalientes y, de paso, desesperar a mi pobre chaparra luego de una hora de movimiento elíptico. De acuerdo, solía ser un cretino con licencia. En fin, cierta noche de farra las copas se me subieron tanto que tuve, por primera vez en mi vida, la sensación de que no podía manejar al salir de la fiesta. Habría podido solucionarlo llamando a mi primo para que viniera por mí e incluso, habría podido pedir un taxi, pero entonces, este demonio del que tengo un rato platicándote, me sugirió una idea mejor, ¿qué tal si le pedía a un amigo que manejara por mí? no, no, espera, eso está incompleto: ¿qué tal si le pedía al amigo que estaba igual de borracho que yo y que no, no manejaba, que manejara de vuelta a su casa? En realidad me apena, pero entonces la idea me sacó una risita, casi idéntica a la que se me acaba de salir ahora. Oh sí, le solté las llaves. Y ahí vamos, en una avenida principal mejor conocida como primer anillo en su sección norte, carril de baja velocidad, a menos de cuarenta con ese vaivén que siempre te han dicho que distingue a un conductor hebrio (porque ‘hebrio’ va con hache, ¿verdad?), pero que nunca te imaginaste que fuera tan hilarante. ¡Justo como ahora! Cuando miras a tu buen amigo, manejando y harto enfocado en su labor vehicular, a la par que te dice: “¡Oh, cabrón! ¡Deja concentrarme!”, mientras intenta meter la cuarta después de la primera y así consigue que el carro haga ruiditos raros, regurgite o de plano brame como animal asustado. Izquierda y derecha, carros rebasando, claxonazos y mis risas, recostado contra la ventana del copiloto, con el whisky en la garganta, mirando mis manos como si se me fueran a caer. ¿Cómo fue que terminamos así, cómo fue que le solté las llaves del carro a alguien que de entrada, no sabía manejar, cómo es que llegamos a este pequeño momentito de locura en la que sí, coqueteábamos a lo cabrón con terminar prensados entre un puño de láminas retorcidas y esto nos resultaba divertido? No preguntes, ahora mi cuate está dando vuelta en una calle hacia el centro y esta resulta ser General Barragán. La calle es mucho más delgada y por la hora, el tráfico es prácticamente inexistente. Ahora necesitamos un poco de detalles: General Barragán termina en una formación banquetil que se ve un poco extraña cuando manejas ebrio y que te hace preguntarte, en todo momento, si es que has dado vuelta hacia el camino correcto o si has dado vuelta en contra. Mi buen amigo dio vuelta y para ese momento yo

ZOOM sofía ramírez

los escritores que vendían libros A los arregladores, especialmente a Edilberto y Joel

L

o confieso: no soy persona que domine lenguas extranjeras. Poseo un mediano conocimiento de la lengua francesa y durante mi etapa de estudiante, me gustaba leer poesía francesa en voz alta y, simultáneamente, intentaba hacer la traducción de lo que leía, más por el mero placer de saborear la pronunciación en esta lengua que por una necesidad académica. Y del inglés no tengo mucho qué decir: me considero ignorante en su totalidad. En alguna ocasión, mis amigos me explicaron que algo debería de conocer por la deficiente enseñanza del idioma en la secundaria y la preparatoria. Sí, eso

estaba muerto de la risa por la siguiente idea que se me había ocurrido. ¿Qué?, me preguntaba el tipo, ¿qué, qué, qué?; yo no le decía nada, aquello era tan perfecto y sí, estaba terriblemente ebrio. Me veo muerto de la risa pero ahora, yo no estoy riéndome. El radio del estéreo dejaba correr alguna canción y aquí, la decisión de mi memoria es completamente anacrónica y arbitraria, no puede ser y aún así, mientras recapitulo, el radio toca this is how you remember me, de Nickelback. La banda no me gusta, pero me resulta adecuado. ¿Le decimos?, muy bien, digámosle: “oye güey, llevas diez cuadras en contra, ahí te encargo.” Ja. Diez cuadras en contra y ni una sola patrulla o carro, a casi pleno centro de la ciudad. Ah, dice mi cuate y entonces se frena, mete la reversa cuidadosamente y comienza el proceso de virar sin siquiera mirar a donde va por el retrovisor. Bum, el vocho se estrella con algo, atrás. Risas, muchísimas risas, risas mías, no entiendo porqué me estoy riendo pero casi, casi lo entiendo: me estoy riendo de la seriedad absoluta con la que mi amigo desempeña su papel, es un cirujano haciendo cortes delicados en el abdomen de un anciano, es un maestro de orquesta dando golpecitos sobre el atril: shhh, no me distraigas, me dice. Cuando avanza para adelante topa contra la banqueta y casi se sube. Al repetir la operación hacia atrás vuelve a chocar con lo que sea (oh, claro que sé lo que es) con lo que ha estado chocando en los últimos veinte juegos de ir hacia delante y luego hacia atrás. Hay un momento en el que me doy cuenta de que ni siquiera lo está intentando. Va hacia delante y hacia atrás y ha comenzado a reírse también. ¿Te das cuenta? Yo lo hago, lo que luego puedo ver en mí en ese instante me da escalofríos y aún hoy, no lo logro entender del todo, ¿la risa es meramente histérica o hay algo más ahí, detrás? De pronto me pongo derecho y he dejado de reírme. De pronto es como si este breve momentito de locura me abandonara con la misma espontaneidad con la que me invadió y ahora pudiera ver claramente lo que está ocurriendo. Tenemos que irnos, inmediatamente, ya. Puede que sea muy tarde, puede que alguien haya llamado a la patrulla, puede que no tengamos suerte, puede que esta sea la última vez que maneje hasta que pueda pagarme un carro yo sólo, puede que… “Eh güey, ¡ya estuvo!, ¡quítate!”. Me bajo del carro, todo es nebuloso ahora, pero me las arreglo para tomar el volante y pasar a mi amigo al asiento de al lado. Enderezo el carro y retomo la calle, exactamente en el mismo sentido en el que mi amigo iba, otra vez esa risita, en ese momento y ahora, porque mi amigo iba perfectamente bien y yo le había dicho que íbamos en contra, sólo para divertirme. ¿Cómo fue que sobreviví a mí mismo?

seguro, alguna palabra, alguna expresión, pero tampoco es algo que me quite el sueño. Y con este panorama, evidentemente el ruso no es, ni por poco, mi fuerte, así que obviamente jamás he leído a dos de mis poetas favoritas en su lengua materna: Anna Ajmátova y Marina Tsvietáieva. Tampoco hay muchas traducciones de sus textos, por lo que cualquier libro en el que aparezcan sus nombres, es mi deber leerlo. Y así me sucedió con uno en el que lo que menos sobresale es la poesía de Tsvietáieva –unos escasos cuatro poemas, hermosamente acompañados con un facsímil manuscrito de la poeta– La librería de los escritores (traducción de Selma Ancira, Edicions de la Central/Sexto Piso, 2007), el testimonio de Mijaíl Osorguín sobre el cambio de profesión de algunos escritores durante la revolución rusa. Cuando en 1917 se vislumbraba una apertura en la publicación de libros y revistas sin ninguna censura, la revolución dio un cambio radical al ser tomada la redacción de Nuestra Patria –antes El Poder del Pueblo– por soldados del Ejército Rojo y los redactores se encontraron de frente con un letrero que decía: “Rebista Nuestra Ptria Proivido pasar sin permiso Arestado”. Es de imaginarse el dolor de estómago que tamaña consigna provocó entre los escritores, pero, al parecer, su ánimo no decayó e intentaron seguir trabajando en lo que sabían hacer, escribir, pero las imprentas fueron clausuradas y se queda-


ron sin trabajo. Entonces, las personas de letras decidieron cambiar de profesión y convertirse en libreros. Pável Pávlovich Murátov fue quien convocó a los demás escritores, filósofos, historiadores, editores y bibliófilos a conformar la asociación y librería. En primera instancia se le unieron Mijaíl Vasílievich Lind, Nikolái Ivánovich Mináiev y Vladislav Jodasévich, quienes abandonaron el proyecto no sin antes compartir sus conocimientos con el resto del equipo, integrado por Borís Griftsov, experto en historia del arte y de la literatura occidental, autor de la novela Recuerdos inútiles; Alexandr Yákovlev, periodista y narrador, y el propio Osorguín, novelista y académico, para más adelante unírseles Borís Záitsev, Nikolái Berdiáiev, Alexéi Dzhivelégov y E. Dilévskaia. La Librería de los Escritores se inauguró en septiembre de 1918 y cerró sus puertas en 1922, cuando el pago de impuestos al gobierno ruso fue insostenible, pues uno de los propósitos de este grupo de escritores-libreros era la compra-venta de libros a precio justo. Mijaíl Osorguín relata esta época en el libro La Librería de los Escritores con un lenguaje puntual y una prosa ligera que hace que el lector se involucre con la narración y sus protagonistas. Describe meticulosamente el funcionamiento de la empresa y las labores de sus colegas, desde el acomodo de los libros y el trato con los compradores hasta las problemáticas del frío en las improvisadas instalaciones de la librería, de las negociaciones con el gobierno y de la economía. El libro se divide en dos partes, la primera lleva el mismo título que éste y la segunda se titula De cómo vendíamos libros. En ésta se describen pequeñas pero igualmente interesantes y divertidas anécdotas sobre las recomendaciones de los libreros a los clientes. Sobresale el diálogo entre Berdiáiev y un comprador en busca de alguna edición de Nietzsche, o la incómoda situación del robo de libros y de cómo la enfrentan de la manera menos práctica pero si conmovedoramente graciosa. La edición de La Librería de los Escritores concluye con los cuatro poemas mencionados de Marina Tsvietáieva y el facsímil manuscrito de los mismos, y la biografía de Osorguín, de Alexéi Rémizov, del que aparecen algunas ilustraciones a modo de sencillas postales insertadas en las páginas de la edición, y de la propia Tsvietáieva. Es evidente que, para muchos, toda esta lista de autores rusos nos es ajena, pero es lo de menos. Las peripecias de estos escritores-libreros son fascinantes y muy entrañables, y quizá debiéramos tomarlos como modelo ante las circunstancias en las que se desarrollan los trabajos editoriales, la función del libro, el oficio de escritor y el fomento a la lectura en este país. Sí, los que leemos por placer somos muchos –afortunadamente- y con frecuencia nos involucramos en la promoción literaria, pues difícilmente rechazamos la tentación de, en una librería, recomendarle a un nuevo lector algún título o autor. Es divertido, tan divertido como leer.

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editores: edilberto aldán / joel grijalva

guardagujas@lajornadaaguascalientes.com.mx

plebeya rodrigo castillo Digamos de una vez las cosas, si mudo la presencia a la habitación más grande —fondo del pasillo, donde guardo las libretas, mis apuntes de fisiología básica, la carrera de galeno metida en el clóset, los planos de la casa, tinta china de la arquitectura nunca escrita, ahí, dos melenas de leones ocupan la mitad del cuarto—, la otra se nos va en una pantalla, un colchón y cientos de juguetes en el piso, va detrás de mí pidiendo ordene en cajas los libros más pequeños, si es posible en alfabético tal y como no están en el librero. Sé que algunas soluciones son más prácticas, la horizontalidad de la casa es apenas un rasgo de clemencia, nada va hacia arriba dependiendo su tamaño, la fuerza bruta de la voluntad que alimenta la presión de las encías cuando intento rociar la sequía de las plantas, el polvo que guardan las costuras de los libros, fincado en lo más obtuso de los diccionarios: estropicio, licopodio. Ahora siente esa incomodidad porque el núbil de su noche pide vaya a desmaquillarse. Por allá se ven tiradas las medias. Hay un hoyo en la punta de una, parece que es el pie derecho, y algo más lejos [pueden verse como una antigüedad] unos tacones negros han perdido sus tapas. Lo que pasa viviendo con una mujer puede pasarle a cualquiera. No quiere en casa más ejemplares, y la cocina, donde los sábados disfruta su ausencia, huele a gas. El tintineo de los cubiertos, la explosión de los cerillos cuando gira la perilla del bóiler, los restos de comida atascados, el desagüe, cubiertos que lavó de mala gana, para las mías que no son del todo exactas, algunas referencias ordinarias acerca de la vida le parecen librescas, y que Catulo sea tema de conversación cuando tomo el teléfono, le parece excesivo. Pero no es lo justo, a veces detesto tanto las mañanas que no son sino un martes a las cinco y media de la madrugada. No se diga cuando me ve leer el manual de Mabe, implota lo que para su desposeído podría ser la solución a los problemas: tallar la ropa juntos, subir a la azotea juntos y secarla al sol saltándonos los pasos esenciales de izar un cable a tierra. Si para entonces los libros siguen a la sombra y le roba espacio el librero que se inclina a la derecha, ni Chesterton [menos los crisoles: Góngora, Quevedo (incunable le es una palabra extraña)], nuestro camino con final cursi se aproxima. Aunque no podría desvencijar de un puñetazo los tornillos de la puerta, la furia se disipa apenas abre la puerta del refrigerador, me ofrece asar unos bisteces. Más que por la entrega del estómago, pero eso es otra cosa, la salsa verde al centro de la mesa, los limones partidos en rodajas y un gran deseo de hembra de embarrarme en cara los modales cuando hablo con bocado. No es bueno humillar al otro, no cuando su esbeltez va en aumento y ahora es necesario salir a correr todas las mañanas [favor que hago cuando, posado en la esquina del parque, finjo calentar tobillos, codos y cuello] sin ahogar el ritmo que lleva: en cinco kilómetros me yace y precipita sus muslos [sus enormes muslos, más míos que de nadie en esta tierra, sus pantorrillas], su espinazo bien derecho apenas sale el sol a iluminar la copa de los árboles, y bien sabe, no entiende: yo no sirvo para esto. Sé cambiar bombillas, puedo atravesar con el taladro hasta tocar concreto: alguna vez colgué en la sala los cuadros que le gustan, esos mismos que comenta cuando viene a casa su familia. De cualquier modo algo pasará, los libros no leídos, guardados en cajas y Bolaño adentro espera seguir burlándose de los míos. Los poetas. Es cierto [qué verdad más cierta hay] que no moriremos juntos, que no sepamos jamás uno del otro. Morirán también todos los hombres una y otra vez y los ríos desbordarán como lo hacen cada año. Chalco, Chimalhuacán, algo pasará pero no estaré aquí para contarlo. Ni ella tampoco ni sus sombras ni labiales ni el desorden de la habitación que deja encima de la cama, el talco, cotonetes (que llamo por idiota hisopos) [lo que más detesto] la toalla mojada y sus huellas embarradas en el piso, para nada sirvió el tapete que compramos en Taxco, ya me decías, era mejor idea llevar un alhajero.


fingir demencia paloma mora

al cliente, ¿lo que pida?

R

oma 1996, son las tres y media de la tarde, está por terminar el pomeriggio, ese momento del día que los italianos usan para comer, ver la televisión y descansar antes de volver al trabajo. El canal 5 de televisión abierta de la RAI permanece activo en casa, porque en dos o cinco minutos comenzará el polémico programa Sgarbi Quotidiani. De lunes a viernes los habitantes de la península itálica hacen una pausa entre las noticias y el programa de concursos sólo para escuchar a Vittorio Sgarbi hablar de arte, política, educación, o simplemente para quedarse en silencio por 15 minutos –tiempo de duración de su programa- en protesta por alguna ley emitida en el Parlamento. En México hay un dicho popular que se ha convertido a lo largo de los años en una suerte de principio para la televisión abierta, y el resultado es hoy una barra de programas que, según el diccionario corporativo de las televisoras, sirve para entretener a una población estresada, o para educarla dentro de valores familiares positivos. Ello explica las elegantes funciones cotidianas: imágenes alarmantes, presentadores coloridos y gritones, malos cantantes, especialistas en atrapar monstruos, tragedias amorosas mal resueltas, religión y magia confundidas.

un filósofo enamorado julieta lomelí balver

A

l fin es Febrero, por lo cual seguiré la tradición que seguro muchos de ustedes lectores siguen, la de dedicar homenaje al día de San Valentín. Una de las historias de amor que más me agrada contar es la del literato y filósofo danés Sören Kierkegaard. Estuvo enamorado de una tal Regina Olsen, adolescente que al momento de conocer al filósofo estaba comprometida con otro y aún así correspondió a las demandas amorosas del caprichudo danés para nuevamente encontrarse en promesa de futura esposa. No era de esperarse que Kierkegaard rompiera el compromiso, sin embargo lo hizo, dejando a la pobre Regina intrigada por la causa de tan impertinente decisión. El filósofo la dejaba sin explicarle el porqué tomaba tan radical alternativa, aunque Regina tiempo después, se casaría con otro. Lo curioso del caso de Sören es que escribiría un par de libros dedicados a justificar sus acciones. ¿O será que sus acciones justifican su obra? En Diario de un Seductor, libro en el cual el lector podrá percatarse de que el danés aplicó la común megalomanía de escribir desde la experiencia personal, la novela está escrita en un estilo desordenado, epistolar y confesional; mezclando tanto las cartas de los protagonistas, como los maquiavélicos pensamientos del seductor Johannes. La trama no es tan simple como parece, no podemos sólo reducirla a ser la historia retorcida de cómo Johannes se obsesiona con Cordelia, una jovencita que rompe con su prometido para aspirar a la pasión ni siquiera certera del nuevo pretendiente. Una vez más vez más se lee la proyección de la vida de Kierkegaard sobre la obra. Esa Cordelia era casi la misma Regina Olsen de la cual el danés estuvo enamorado

Estas elecciones estéticas y temáticas pueden decir mucho sobre el tipo de sociedad que somos; algunos pueden argumentar que se trata de un complot en el que gobierno y televisoras logran embrutecernos para alejarnos de los problemas verdaderos. Pero al final es un problema de las mismas televisoras, las cuales protegen su flojera y poca creatividad bajo el lema “al cliente lo que pida”. De ese modo poco a poco van perdiendo identidad, y con ello poder. Por el contrario, el canal 5 de RAI eligió a un personaje brillante, que es querido y odiado a la vez, que origina escándalos en entrevistas y talkshows, que le grita igual a una incipiente cantante que al ministro de cultura. Es un ser neurótico y genial que logró mantener por diez años discusiones abiertas sobre los museos italianos, sobre el arte contemporáneo, sobre la falta de lecturas clásicas en la educación básica, las restauraciones en el Vaticano o la revaloración de grandes poetas italianos. Por el perfil del personaje y los temas que trataba, seguramente el programa jamás sería requerido por el público televidente. De todos modos la televisora se arriesgó y ganó, porque la estrategia era mantener el rating y no perder los espectadores entre la barra matutina y vespertina. Aunque la ganancia más grande fue marcar un hito en la televisión abierta y comprobar que “la gente” sí se interesaba por el arte y la cultura. Por desgracia, el programa caducó y no hubo una continuidad sobre esos temas. La televisión italiana regresó al esquema fácil y a las reinas del botox. Pero las páginas de fans de Sgarbi y de su programa continúan generándose y recordando aquellas fabulosas transmisiones. En México algunos seguimos recordando los tiempos de “Para gente grande” o “Desayunos con Saldaña”, cuando nuestra opinión de clientes parecía no tener tanta importancia, pero obteníamos justo lo que queríamos.

toda su vida, sin embargo eso no es lo más importante que se puede señalar del libro. Veamos Diario de un Seductor desde un sentido más profundo. El Johannes de Sören es un seductor implacable, pero no es el típico Don Juan en busca de sexo premeditado, sino un conquistador que se sale de los parámetros convencionales, un hombre que solamente aspira a vivir dentro de un estadio estético-religioso, desde una perspectiva artesanal, donde se adorne la existencia desde una visión completamente intelectual. Lo que hace el Johannes del filósofo es idealizar a su Cordelia hasta el punto de convertirla en su musa, idealización que lo arrojará a escribir poesía, a vivir en la poesía y ornamentar sus escuetos días. Nuevamente nos viene a la mente la imagen de su Regina Olsen, misma que sería el motor de gran parte del pensamiento filosófico y literario del danés. Regresando a la novela, el seductor que Kierkegaard propondrá como ejemplar, es aquél que “por medio de sus finísimas facultades intelectuales, [sepa] inducir a una muchacha a la tentación, ligarla a su persona -incluso sin tomarla-, sin desear siquiera poseerla; en el más estricto sentido de la palabra.” Un amor muy puro, completamente platónico, es el que el filósofo danés defenderá en sus líneas. Sin embargo, siempre habrá una amargura en este tipo de aspiración casi divina del amor: la enamorada. En este caso Cordelia se sentirá insatisfecha al no ver consumada su pasión en un contrato, y esto se entiende perfectamente en el contexto conservador del ochocientos (aclara por qué ochocientos, supongo es fecha o quítala si no es tan relevante), se vería como una falta imperdonable que el amante no se comprometiera formalmente con la novia. Eso mismo pasa con el Johannes de la novela que ambiciona sólo el amor desde una visión asceta y espiritual, lo que Kierkegaard reconocerá como el estadio religioso. Engañando a la ética-que está representada por el matrimonio-, el seductor, antes de verse involucrado en la consumación fáctica del deseo, o sea, en la posesión de Cordelia y en un compromiso inquebrantable, decide cortar abruptamente la relación: “ahora, ya ha pasado todo; no

deseo volverla a ver nunca más”. Al igual que Kierkegaard toma distancia del compromiso que tuvo alguna vez con su Regina. Eso no quiere decir, que tanto el Johannes como el literato danés dejarán de amar a sus musas, sólo omitieron el deseo pero dejaron vivo el amor. Pero ¿a qué viene todo esto? Sören ha confeccionado una teoría propia del amor, pero más que ésta, construyó una teoría literaria que explica cómo hade ser la buena poesía y cómo ha de vivir el poeta, todo ello en relación con el amor platónico. Lo anterior lo hemos de encontrar en el ya comentado Diario de un Seductor y en un breve ensayo que lleva por nombre El amor y la Religión. En este último Kierkegaard establecerá que la poesía “es la plegaria que ha sido hecha precisamente para el sufrimiento”, y que deberá, en el más estricto de los casos, derivar de un amor desgraciado. Para que exista poeta es necesario que éste tenga una experiencia Wertheriana, una relación que trascienda hacia el ámbito de la tragedia y la frustración para convertirse en pasión y posteriormente en poesía. Sin pasión no hay poesía ni poeta. La pasión solo puede seguir latente con un amor no concedido. Para que florezca la poesía el poeta debe de tener una contradicción dialéctica en su vida: “si la pasión pertenece al amor, el amor tiene que ser nodialéctico en sí mismo, para que la poesía pueda ver en ese hombre un amante desdichado”. Será así como la situación no-dialéctica de la realidad se convierta en dialéctica en el poema: la frustración de la vida misma se transformará en resolución lírica. De modo que la melancolía será la enfermedad que habite la vida del poeta, ésta podría seguir estando presente convirtiéndose en el motor de toda su obra, hasta que quizás no la soporte más y decida ser curado cuanto antes con una vida ética, o sea casándose. Pero si llega a optar por la vida en matrimonio, entonces todo estará resuelto y al no existir conflicto alguno entonces tampoco habrá necesidad de escribir: “cuando el amor una vez planteado, no tiene su obstáculo fuera de sí, como en la poesía, sino que lo encuentra en sí mismo (…) surge una tarea que todo poeta debe rechazar”.

Guardagujas 19  

Guardagujas 19

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