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sofía ramírez

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alejandra eme vázquez

C I E N

joel grijalva

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agustín fest

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edilberto aldán

L A

J O R N A D A

A G U A S C A L I E N T E S M A Y O

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dos uando se trata de centenarios, mi referencia es clara. No importa el año ni las celebraciones, sé de qué hablan los diarios y los políticos. Desde niña he mirado con fascinación esa moneda que cuelga de la pulsera de mi madre y siempre, incluso antes de preguntar, la misma respuesta “es un centenario, acá el Ángel de la Independencia y del otro lado, el escudo mexicano”. Oro brillante, dorado de una reina, demasiado grande para que cuelgue de esa muñeca tan fina. Un centenario, cien, vale mucho, mucho oro, cien veces. La Victoria Alada y la imponente águila, señales inequívocas de altos vuelos. Cincuenta pesos oro puro de 0.900, cualquier cosa que esto signifique pero que es casi perfecto, como el amor, como los ojos de una niña, como el recuerdo. La ilusión del brillo que hipnotiza y los cuen-

l baile no se deja escribir fácilmente, se mueve de un lado a otro e invita a seguirlo en vez de estar sentada en una silla como yo ahora, frente a un pasivo teclado, tratando de evocar en el pensamiento las sensaciones que provoca escuchar de pronto una canción irresistiblemente pegajosa, estar en medio de un concierto donde el sonido pasa por debajo de la tierra para llegar al cuerpo en energía vertical, ir caminando y reconocer el ritmo propio o incluso percibir coreografías en las escenas de calle, con música hecha de ruidos que de pronto, al escucharlos de otra manera, parecen nacidos para estar juntos. Pensar en teorizar sobre el baile provoca más ponerse a bailar que atender a la escritura, pero aun así quiero homenajear esta actividad que nos determina de muchas más formas de las que podemos imaginar, y que en lo personal me fascina. Aunque haya quien reniegue de esta natural disposición que tenemos los humanos casi en el código genético y que ha pasado de lenguaje ritual a actividad socializadora, cada quien tiene su forma de bailar porque cada quien tiene su ritmo. Y yo creo fervientemente en que si nos reconciliamos con eso, el cuerpo no sólo lo agradece, sino que lo recompensa. Quizá para hablar de baile haya que comenzar por contar historias como la que me contó mi querida amiga Coppelia, justamente cuando fuimos a celebrar el Día del Libro con un buen baile en la explanada del Centro Cultural Universitario. Ella y Roberto, su esposo, habían ido una noche al cine y llegaron mucho antes a la función, de manera que mataron el tiempo en un Sanborns mientras llegaba la hora. Los vigilantes del lugar estaban como suelen estar: exageradamente alerta y haciendo casi marca personal a los compradores o curiosos. Así que cuando uno de estos vigilantes se acercó muy decidido a Coppelia, quien bailaba desinhibidamente el disco Cumbia Sinfónica de Los Ángeles Azules que habían programado en el departamento de música, parecía que iba a pedirle que no hiciera espectáculos en el lugar; pero en vez de eso le dedicó una sonrisa cómplice mientras le decía: “Así es como hay que ir

centenario

zoom

sofía ramírez

tos de princesas cubiertas de brillante oro y piedras de colores. Y así quedo conforme con la significación de esa moneda que aún cuelga de la pulsera de mi madre, que ya nunca se pone y que le regaló mi padre, que sé está guardada en la puertita del clóset, junto con los otros sencillos tesoros que hablan del amor cien veces que se tienen.

danzón dedicado

verde y humilde alejandra eme vázquez por la vida: bailando cumbias”. Y al notar que en ese momento sonaba “Mis sentimientos”, agregó orgulloso: “Con esa canción conquisté a mi segunda esposa”. Esta anécdota me encanta porque demuestra que todo lo asociado a la práctica del baile, sin importar el género ni las características de los bailadores, nos pone en otra frecuencia y nos activa una memoria corporal que deja descansar por un rato lo abstracto del pensamiento racional. El cuerpo también piensa, los sentidos también deciden cuando los dejamos expresar su propio ritmo. Como crecemos con el baile elevado a categoría de convención, entre la pista que se le dedica en las fiestas como espacio casi exclusivo y las coreografías que invaden cada festival posible en las escuelas de todos los niveles, entre el obligado vals de las quinceañeras y los concursos que privilegian la sincronización más que la creatividad, quizá nos hemos olvidado de todo lo que en él se conecta. Porque sí, el baile conecta: conecta el cuerpo consigo mismo, el cuerpo con el sonido, el cuerpo con otros cuerpos. Crea un paisaje distinto a los sentidos y hasta puede crear música donde en principio no había. Y considerarse o no un amante de este ejercicio sí determina una forma de ver el mundo: no es lo mismo escuchar música, cantar, caminar, querer o escribir para quienes disfrutamos bailar que para quienes dicen odiarlo o sufrirlo, ya sea por pose o porque se han visto intimidados por esa opinión tristemente generalizada de que hay quienes “saben” y quienes no, quienes “pueden” y quienes no. Infundado prejuicio, pues si entendemos el baile como el acto de buscar armonizar el yo con el entorno no se necesita más que un cuerpo y los recursos que éste posea, así que está de más intentar ajustarse a los criterios de movimiento preestablecidos por otros.

También a mi abuelo Antonio le encantaba bailar. Si mis primas o yo pasábamos frente a él y había música, era casi seguro que no nos libraríamos de compartir con él unos buenos pasos; y tampoco es que quisiéramos librarnos, pues su energía nos hacía reír invariablemente aunque nos desviara de lo que teníamos planeado hacer, porque siempre prefería a la que iba de prisa al baño, a comer o a contestar el teléfono. El baile para él era un espacio de excepción y alegría, así que la familia tiene la bonita costumbre de practicarlo “en bola” cada que se puede y entonces olvidamos cualquier cosa que nos angustie o enoje. Así de poderoso es. Y por supuesto, hay que decirlo: bailar de veras con alguien es aprender a escuchar el cuerpo ajeno; si no es así resulta violento, terrible, y entonces es otra cosa. Pero conseguir un ritmo consensuado con un otro, que lo mismo puede ser muy cercano o un completo desconocido, es construir un pequeño universo en el que se entienden otras reglas, las del espacio personal compartido y las de la posibilidad de un movimiento especial que nos hace sentir distintos. No por nada muchas parejas se han enamorado y desenamorado por y con el baile. Decir que existe una conciencia de cuerpo sólo se entiende cuando se tiene apertura a ser danzante. ¿Cuántos momentos tenemos para pensar corporalmente, sentir nuestras propias uniones internas y el latir del corazón como ritmo generador?, muy pocos; bailar es la oportunidad de trazar caminos con el cuerpo, de crear con uno mismo y de seguir lo que en principio puede darnos la música, pero que también aplica para la armonía que le podemos encontrar a todo si así lo deseamos. Y entonces todo danza, nosotros incluidos: en ese baile es en el que creo. Si dejó usted de leer esto para ponerse a bailar, sentiré más que cumplida la misión; si no, ¿qué espera?, concédase esta pieza y comparta con qué se conectó, cuántas veces sonrió, de qué se acordó, en fin: cómo se vivió esa libertad que da lo bailado y que nadie, pero de veras nadie, nos puede quitar.


tres

de las enciclopedias y una confesión para Sareca Yo soy uno de los que lloraron cuando anunciaron su demolición.

joel grijalva

Serrat

Menos adictas al estudio de la Cartografía, las
generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa
era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias
del Sol y los Inviernos. Dice Borges que dijo Suárez Miranda n marzo de 2012 se anunció que después de 244 años y quince ediciones la Encyclopaedia Britannica dejaría de imprimirse. “Algunas personas se sentirán tristes y nostálgicas por ello. Pero ahora contamos con una mejor herramienta. El sitio web se actualiza constantemente, es mucho más amplio y tiene multimedia”, dijo Jorge Cauz, presidente de Encyclopaedia Britannica Inc. Yo soy alguna persona. Un día, hace muchos años, cuando Goofy se llamaba Tribilín y Editorial Novaro publicaba “cuentos” y libros de verdad, dos cajas enormes aparecieron en la sala de mi casa, era un regalo de mis padres para mi hermana y para mí. Una caja contenía la enciclopedia Disney para niños El mundo del saber; la otra, la colección complementaria, Un cuento para cada día. Los cuentos resultaron menos malos que insulsos, siempre los Chicos Malos cometían errores, siempre Rico Mac Pato obtenía oro, siempre Donald se enojaba, Mickey siempre era aburrido. Nunca terminé de leer los 365, seguramente era 1984 y la combinación de cuentos malos y día de sobra me angustiaba. El mundo del saber, en cambio, es uno de los mejores regalos que he recibido en mi vida. Ahí estaba todo; había un tomo dedicado a los aventureros, otro a la ciencia, otro más al reino mineral; uno trataba los inventos; uno, los medios de transporte; uno, la vivienda, y uno, la mitología. Incluso había un cajón de sastre: Conozcamos un poco. No creo haber leído todos los tomos completos, confieso que El reino mineral nunca me atrajo tanto como La ciencia, nuestra aliada; pero sé que muchas de las ideas e imágenes que moldearon mi capacidad de asombro las obtuve de ahí. Mi civilización antigua favorita es la fenicia, quizá porque me gusta el color rojo o porque Biblos, Sidón y Tiro me parecían las ciudades por antonomasia. Seguramente lo es por la ilustración a doble página que visitaba una y otra vez para imaginarme en un barco mercante. Mi idea de futuro también proviene de esos libros: los carros volarían, habría ciudades en la Luna y en el fondo del mar, carreteras inteligentes y edificios ecológicos. Supe qué era un láser y, lo que más me enorgullecía, por qué se llamaba así —fue mi primer encuentro con un acrónimo—. Efectivamente estaba todo ahí. Un par de años después descubrí en la repisa más alta del librero de mi abuelo la Nueva Enciclopedia Temática. Los tomos eran serios, detallados. Mi favorito por mucho tiempo fue el 13. En él descubrí el cricket —aunque nunca logré entenderlo— y aprendí que el bádminton y el ping-pong eran deportes y no sólo juegos infantiles. También conocí métodos para escribir en clave, la tinta invisible, el ajedrez —con todo y la anécdota del inventor, el rey y los granos de trigo—, el Mahabarata y las reglas del futbol americano. La fantasía de robarme ese tomo me persiguió durante años; sólo podía leerlo en breves lapsos, mientras los adultos se saludaban y hacían todo eso que les gustaba hacer para que siempre comiéramos tarde. Además, ya nadie más lo leía. Por supuesto, tampoco leí completa esa enciclopedia. La historia de la agricultura no ocupaba entonces mi atención, tampoco Luxemburgo ni la historia del vestido, como sí lo hacían las leyes del Universo, las arañas, seres con muchas patas y las pesas y medidas. Nunca robé ningún tomo —y me arrepiento tanto—, pero descubrí algo que me dejó igualmente satisfecho: esos libros eran más y más amplios, abarcaban muchos temas a detalle, hablaban de música y literatura, de la energía nuclear y de Hungría. Su contenido era vastísimo, y al mismo tiempo, era el mismo de El mundo el saber: todo. Después llegaron colecciones de Time, un libro sobre la conquista del espacio, Hechos y pormenores, de Reader's Digest —que es un fascinante libro sobre, valga la repetición, todo— y otra enciclopedia temática, en cuatro tomos, de Larousse. Nunca leí ninguna de esas obras completa, eso sería antinatural; pero las disfruté profundamente. Cada una tenía implícita la misma declaración: “esto es lo que hay que saber”; cada una era un mapa del imperio del conocimiento humano, y los mapas me encantan.

Y volvió el deseo del hurto. Desde hace un buen tiempo he planeado robar de la Biblioteca Central de la UAA, la enciclopedia Espasa-Calpe, la Collier's, dos Britannicas, una Hispánica y una Historia de la Literatura Universal, y si las tuvieran, también me llevaría una Brockhaus, una Italiana y una Gran Enciclopedia de China. El plan ha madurado; me he hecho incluso de una cómplice, cuyo nombre me reservo por obvias razones. La biblioteca tiene sensores de movimiento, alarma y cámaras; así que debemos tener todo calculado. Necesitamos un búmeran, una camioneta, bicicletas, ropa oscura, tenis para evitar que nos escuchen —“no te oigo, traes tenis” decía mi abuelo, y los abuelos no se equivocan—, sábanas y, por supuesto, mantener esto en secreto. Ya en la Universidad, conocí las enciclopedias de verdad: la gigantesca, desordenada y encantadora compilación española, Espasa-Calpe; la más famosa de todas —“The sum of human knowledge”—, Britannica; su hermana en español, la Hispánica; la mamá de la Encarta, Colliers. Y la Grolier digital de 1994 en un disco —una joyita que aún conservo— y la Britannica en línea así como la Britannica en dvd. Todas ellas mapas elaborados por cartógrafos imperfectos. En todas es posible encontrar prejuicios, juicios, errores, omisiones y sobras. Ninguna es perfecta, porque ninguna es del tamaño del mundo. Porque los mapas son lectura y no copia. Wikipedia es la última enciclopedia —“última” como cuando acompaña a “moda”, no como fin de los tiempos—. De nuevo, ahí está todo. Y es ingente, cambiante, un ser vivo. Nadie la escribe y la escribe, potencialmente, la humanidad entera. Lo que inició con la décimo tercera edición de la Britannica —la actualización constante— ha llegado al absurdo, los artículos pueden cambiar cada día. La mano de Adam Smith es multitareas, también regulará la información. Y entonces habremos perdido el dato más contundente que brindan las enciclopedias: qué significa “todo” para una generación, qué significa para una cultura. Wikipedia es un monstruo exquisito, es el mapa imposible. Es un milagro detestable. La perspectiva total que destruye la perspectiva. El plan está hecho a prueba de fallas; se hará por la noche. Primero hay que quitar algunos vidrios de las ventanas de ventilación y lanzar el búmeran dentro de la biblioteca. Esto servirá para activar los sensores de movimiento; llegarán los vigilantes, comprobarán que todo está en orden y se retirarán. Habrá que repetir el paso hasta que alguien se harte de volver, decida que algo está fallando y desactive la alarma —y habrá que esperar que entre los vigilantes no haya un amante de Audrey Hepburn que sepa cómo robar un millón—. Echaremos las enciclopedias sobre las sábanas y las arrastraremos hasta las bicicletas (con canastitas, obvio). Entonces, escapar hacia la camioneta, escapar en la camioneta. La jugada maestra: al hacer todo esto público, los detalles serán conocidos por miles y miles de lectores —o eso declararé—; sería absurdo que después de confesar, nos atreviéramos a llevar a cabo el robo; sería descarado. Probablemente no faltará el metapolicía que suponga que justamente esa fue la estrategia y dé vuelta de nuevo al argumento: “confesaron para que no sospecháramos y así poder hacerlo”, algo así como “yo sé que tú sabes que yo sé…”. Si no me atrapan, podré dedicarme a leer —triste y nostálgicamente, supongo—. Recordaré cuando los textos eran la “mejor herramienta”, cuando para actualizarse había que saber antes algo, cuando ser selectivo era un mérito y cuando “multimedia” no era el mantra de los analfabetos. Mientras tanto, quizá llegue una generación que tenga el valor de decidir “esto es lo que vale la pena saber”; una generación que entienda que los mapas dilatados pueden resultar inútiles y los entregue sin impiedad a las inclemencias del Sol y los Inviernos.


cuatro

cien

dos libros

la habitación de humo

Tal vez amar es aprender a caminar por este mundo. Aprender a quedarnos quietos como el tilo y la encina de la fábula. Aprender a mirar.

agustín fest

T

odavía recuerdo la luz de los dieciséis años. Una luz débil que iluminaba tímidamente las cobijas. Eran las dos o tres de la mañana, tenía mi propia habitación y, uno de los primeros placeres que descubrí, fue leer a altas horas de la noche. Leía una edición de Cien años de soledad que compré en una librería de segunda mano, en la glorieta de Vertiz. Octava edición, Espasa y Austral, 1985 y muy bien conservado. Es uno de los pocos libros que he llevado conmigo a todas partes y que no se ha perdido. Es uno de mis amuletos. En ese momento, leía a García Márquez como un neófito, necesitado de otra cosa que los accidentes y la decadencia de los personajes de la ciencia ficción y la fantasía de los noventas. Me alejé de ellos a través de Cortázar, Mario Vargas Llosa y, sí, Gabriel García Márquez. Me acerqué al boom. Hasta entonces el boom no me parecía distinto a las historias de ciencia ficción. No en cuestión de historias, de estructura: decadencia, personajes atados a la ruina. Eran distintos a un nivel de lugares, de situaciones y de elocuencia. Más tarde aprendería a leer. Cien años de soledad me daría una probadita de lo que me había perdido. Gabriel García Márquez, en esa habitación, durante una lectura de madrugada, me iluminó: “Aureliano podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas donde había de morir Rocamadour”. Aureliano Buendía, en ese brevísimo instante lleno de suavidad y de elegancia, no sólo ha imaginado y escrito Rayuela. En ese momento, a mis dieciséis años, contemplé la posibilidad de que Aureliano Buendía hubiera imaginado toda la literatura posible. Se me ocurrió que tocar el hielo con la lengua, además del ingenuo e infantil descubrimiento, es la historia de la lengua escrita. Por supuesto, la metaficción es un recurso clásico, la ficción encima de la ficción, pero en ese momento lo vi claro. Dejé de leer esa noche. Y además de la fascinación y la emoción del hallazgo, apenas pude dormir tranquilo: ¿Qué tal si Aureliano Buendía hubiera inventado a Dios, y Melquiades fuera el diablo tratando de poner las cosas en su lugar? Esa inquietud todavía me acompaña. No lo sabremos hasta que lleguemos a Macondo. Todavía recuerdo la frustración de sentir el plástico bajo mis manos. Estaba en un banco, mis codos sobre un restirador de madera. Frente a mí, tenía seis años, había un televisor blanco y negro. Conectado a él, una computadora burda: el teclado duro (pero no tanto como el de una máquina de escribir), periféricos ruidosos y una imagen que se veía interrumpida por líneas blancas, de estática. Más tarde perfeccionarían las telarañas del hogar: los cables que adornan muros, oficinas, cielos. En casa, en los monitores y pantallas, cada vez todo se ve más claro. Leí: “West of House

edilberto aldán

You are standing in an open field west of a white house, with a boarded front door”. Era la aventura de Zork, uno de los pocos juegos de Atari que no podía entender. No tenía gráficos, sólo texto. Para jugarlo uno debía hablar con la computadora, es decir, escribir en un “lenguaje orgánico” (como le llaman los creadores de éste tipo de aventuras): mira la casa, toma la llave, ve al oeste. El juego responde con cada acción que haces, ya sea describiéndote lo que acabas de mirar o el cuarto al que acabas de llegar. Fui por mi tía para que me explicara lo que decía ahí y a ella pareció gustarle la idea. Jugamos un par de horas, quizás un par de días, y no avanzamos mucho adentro del calabozo. Eventualmente ella se hartó de traducir y me dijo que debía aprender inglés. Aprovechó esa curiosidad inicial para, durante varios años, enseñarme a hablar, leer y escribir en otro idioma. Zork me abrió la puerta otros juegos, otras lecturas que no hubieran sido posibles. Una iluminación distinta, una paciencia de años, muy distinta a la de García Márquez, que fue un resplandor, una revelación. Así, durante mi niñez, perseguí esas historias orgánicas, que cambian de un momento a otro, que no tienen un lugar cómodo dentro de la ficción y dependen demasiado de la curiosidad, del deseo de jugar y de la ingenuidad. Y aún, cuando su existencia parezca pueril, vana incluso, provocan una pregunta que puede ser la ruina de una vida cotidiana: ¿Qué hubiera pasado si...? El arte no sólo cambia la percepción de la vida, la imagen de las cosas, sino que provoca las preguntas. Y esas preguntas, generalmente capciosas, pueden llevar a revelaciones, o (y quizás esto es más terrible) a un cambio gradual, lentísimo, que nos descubrirá como otras personas cuando ya sea demasiado tarde para ser los mismos ilusos, los mismos cínicos, que hemos escapado de una rutina de hambre, de entretenimiento, de vicio o de violencia. Todavía estoy en esa casa blanca, y aunque es escueta, burda, en unas pocas líneas contiene todas las posibilidades, todos los lugares a los que puede ir uno. Adentro de esa casa, quien sabe, quizás Aureliano Buendía está imaginando el lugar donde habrá de morir Rocamadour por el descuido de unos amantes necios. o-o

s fácil comprender la fascinación que provocan los números redondos, basta mirarse los dedos de la mano para recordar el primer aparato de cálculo al que se tiene acceso, que nos parezca de lo más natural realizar mediciones en el sistema decimal e ir de diez en diez hasta sumar otra unidad mayor que termina en la rotundidad de cero y de ahí a la promesa de continuidad, no por nada el cero y el infinito se parecen; es más sencillo manejar unidades enteras que fracciones, para quien la memoria a veces resulte un peso le provoca abandonarse al menor esfuerzo de aproximarse a la cifra que forzarse a dar con el dato preciso… motivos para rendirse a la celebración de los números redondos sobran pues. Además, el guardagujas ha llegado a su número cien, qué mejor motivo de celebración. Los cambios que ha sufrido este suplemento no han sido pocos (y siendo críticos, a veces no los más atinados), pero el cumplir una centena de ediciones permiten la pausa celebratoria que momentáneamente hace a un lado el rigor que merecen los lectores y felicitarse, felicitarnos, así en plural pues en el centro de este esfuerzo sigue estando quién nos lee; hacemos lo que hacemos para llegar a sus ojos; eso bastaría para justificarnos. Aunado al motivo del lector como único destino de estas páginas, encuentro otra razón, ingenua si se quiere, para continuar con este espacio: a medida que transcurre el tiempo insistimos en huir a la tentación de representar un grupo, lo que cabe en guardagujas sólo es resultado de las filias y fobias de un grupo de lectores que por su diversidad de intereses difícilmente puede ser encajonado con una etiqueta. Cada quincena abrimos el foro con el único propósito de escuchar y, en la medida de lo posible, hacer que a otros puedan llegar esas voces. Según Ovidio, en recompensa a la hospitalidad con que recibieron a Zeus y Hermes, cuando la ciudad de Tiana es destruida, a Baucis y Filemón se les concede transformarse en tilo y encina, inclinados uno sobre el otro presencian la inundación, sobre las ruinas de la ciudad la cabaña pequeña donde vivía la pareja se construye un templo; desde ahí “retoñar a Filemón vio Baucis, a Baucis contempló, más viejo, retoñar Filemón. Y ya sobre sus gemelos rostros creciendo una copa, mutuas palabras mientras pudieron se devolvían”. Así como rendirse a la contundencia de los números redondos, sería fácil justificar este trabajo con el pretexto de la falta de espacios para la creación literaria; descreo de esa victimización, cada vez son más los sitios donde los escritores pueden difundir su trabajo, más las opciones para publicar e iniciar la conversación; con esa deseo apago las velas:que el árbol de guardagujas siga creciendo ante la mirada del lector y en medio del bosque merezca su atención. Gracias. Tu mirada es sembradora. Planto un árbol. Yo hablo porque tú meces los follajes.

Hace unos meses me otorgaron la beca de Jóvenes Creadores por un proyecto curioso y que, antes de recibirla, pensé tendría que hacer por mi propia cuenta, mi propia necedad. Me siento afortunado: confiaron en mi proyecto. Se llama “Las múltiples vidas de Mateo” y, el camino inicial, es publicarlo en internet, hacerlo público. Es un libro de cuentos que explora, de algún modo, ambos propósitos: la metaficción y el crecimiento orgánico de una historia. Ya se pueden leer los primeros textos (aunque yo les llamo ramificaciones), y aprovecho la habitación de humo para invitarlos a su lectura, (Los versos con que abre y cierra el texto son la en una página: multiplesvidas.com Coda de la “Carta de creencia” de Octavio Paz).

Guardagujas100  
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