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olor a muerte y tener un dolor de huesos no parece nada agradable.

Cleto

Tener dolor de huesos es parecido a sentir el colmillo de 100 pinzas en todo el cuerpo y que te hacen una presión en cada vertebra. Es un dolor indescifrable, que te produce una rabia inaudita y un vértigo y no ves por donde el dolor se pueda ir mitigando. Y lo que es peor, impacta en tu estado psicológico, hace destrozos en tu estado anímico, en el consciente o subconsciente; pues la gente te ve caminar como un pato desafornado, cuando no, como un pingüino con hemorroides. Que vida tan cruel, que dolor mas desgraciado. Y cuando llega la noche, el dolor tritura las hojas del sueño y las virutas inofensivas de tu espíritu también se contaminan de ese dolor. Ya no hay paz en tu cuerpo, ni en tu organismo. Te levantas cada día sintiendo que una máquina de muchas toneladas ha pasado por tu cuerpo. Y el alma sale huyendo y te deja a solas peleando con ese costal de huesos podridos de dolor. ¿Para qué quieres un cuerpo así? Para qué vivir así?

Estoy sentado aquí desde hace tres horas. Es un barranco de piedras arenosas, no hay sombra y ya siento las gotas de sol que invaden mi cuerpo y se transforman en sudor. Frente al hospital o la morgue estoy, es lo mismo, solo minutos de tristeza separa un edificio del otro. Esperando estuve mi turno desde las cinco de la mañana y, no fue sino, hasta la diez que una voz blanca, de una enfermera también blanca pronuncio mi nombre y el eco de mi nombre herido de dolor se fue devanando por el largo pasillo hasta que fue a estrellarse con la pared vieja, solitaria y amarilla de la morgue. El doctor, de aspecto joven con una leve cicatriz en la oreja, de mirada intuitiva me dijo: “no es lo mejor, pero las aspirinas tomadas a diario ayudarán a sobrellevar el dolor. Tómese 4 al día”. Eso fue todo lo que me dijo. Yo le oculté que diariamente me tomaba 9 aspirinas, pero, para que decirle eso y también que había venido por deseos de mi madre. Yo nunca voy al médico peor a un hospital donde siempre se siente el olor seco de la muerte, es un olor ácido y escandaloso que se encuentra regado en todas las paredes y en las camillas es donde más se pronuncia ese olor. El olor arrogante y podrido de la muerte nunca se extingue y permanece penetrado en todo lo que huele a hospital; es como el óxido que no se quiere desprender de las cosas herrumbradas. Esa combinación entre el

La gente sigue pasando por esta calle polvorienta, cada cuerpo es una historia y en cada historia podría haber una historia de dolor, parecida a la mía. Pero la gente sigue caminando, aguantando el sol del medio día que se ha convertido en una brasa insoportable de caliente y ya la siento arder en mis espaldas. Tal vez así la rabia del dolor se me quita. Hoy es martes o es jueves?, con este dolor se termina perdiendo la noción del tiempo, pero que importa que día pueda ser. Si

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con solo saber el día se quitara el dolor, pues valdría la pena estar pendiente del calendario o del almanaque Bristol que lo he visto muchas veces dando tumbos en cualquier parte de mi casa. Parece que fuera martes, por aburridos que son, largos y monótonos. Yo no creo que haya personas que se hayan enamorado un día martes o mujeres que quieran dar a luz un martes. Tampoco conozco gente que se haya casado un martes. Probablemente nadie quisiera hacer el amor los martes a menos que fuera una emergencia. Son tan malos los martes que alguna gente prefiere no abrir sus negocios. Nunca había presenciado un martes tan lánguido y aburrido, bueno en el caso que hoy fuera martes. No sé de donde me viene pero estoy seguro que odio los martes, tanto el día como en la noche; es posible que un poco prejuiciado esté. Quizás por el dolor que tengo calculo que sea martes. A todo esto mi mamá ya habrá salido de trabajar y seguro que ya le preguntó a mi abuela por mí. Ya escucho su voz asustada y más asustada porque ya es la una y media y aun yo no he llegado. Mi madre me protege bastante, pero hay veces que se olvida de mí, no es un olvido así como recurrente, pero hay veces que así la siento; como si anduviera en otro mundo. Es raro verla así, pero es mi madre. Mi madre me ha visto caminar y sabe que estoy muy enfermo pero no sabe cuánto dolor siento, si hubiera sabido me hubiera acompañado, yo necesitaba un apoyo para llegar a este hospital. En la madrugada, antes de venirme al hospital, me tomé 3 aspirinas

en ayunas, sentí como un hilo amargo bajaba por mi garganta y se alojaba en las paredes de mi estómago atropellando el vacío. No es fácil tomarse 3 aspirinas a las 4:30 de la madrugada. Pero yo me las tomo porque no me queda de otra, es la única forma de pelearme con el dolor y ganarle la batalla por algunos instantes. Un día sentí tanta picazón en mi espalda y cuando me quite la camisa tenía una erupción de ampollas, eran pequeñas espinillas de aspecto nada agradable largas y puntiagudas, más parecía mi espalda un raspador de queso. Sinceramente, después de tres meses de tomarlas de forma ininterrumpida, las pastillas estaban haciendo serios estragos en mi organismo y, a veces, también pienso que pueden dañar mi mente. Las mechas alambrosas y calientes del sol ya se vuelven insoportables y veo que la gente camina más rápido como para no sentir esas punzadas que laceran la piel. Veo el letargo de algunos vehículos queriendo subir la empinada cuesta que va hacia ese barrio antañón que se llama El Llano del Conejo. Tengo catorce años cumplidos y después de los doce mi vida ha sido muy independiente; tengo mi propio criterio sobre algunas cosas o sobre ciertos acontecimientos de la vida; mucho lo he aprendido con mis amigos y en esas grandes tertulias que se arman todas las noches en el kiosco del parque central. Pero hay algo que siempre ha incomodado mi sueño y es que, a mi edad, no conocer a mi padre me sigue machucando en alguna parte del alma, del espíritu, del cuerpo o de la mente. En

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realidad, ya no se en que parte del cuerpo me duele o me hace falta más. Con esto que uno visita la iglesia, a través de la biblia le inculcan ciertas ideas o conceptos que pienso que muchas veces no son congruentes con la realidad. La biblia es un excelente libro que da muchos consejos, pero nunca dice como llegar a ellos. Cuando yo estaba en el quinto año de la escuela, me bajaron unos deseos de ser sacerdote y ya casi me miraba dando misa en los pueblos; pero un primo que vino de la ciudad cuando se dio cuenta de mis ideales me dijo “y vos en que putas estas pensando” Bueno, prefiero no acordarme más de ese episodio, lo cierto es que nunca más volví a pensar en esa posibilidad. Viendo las cosas con calma, puedo decir que mi padre es como el dolor de huesos que tengo, pues me duele en cada vertebra no tenerlo y no es un dolor físico que uno pueda soportar, es un dolor espiritual, un dolor moral que se encasilla en las vertebras del tiempo y uno ya no puede más con él. En medio de la rabia de este dolor, no sé porqué he pensado muchas veces en mi padre; quizás por la posibilidad que si él estuviera yo podría recibir un poco más de apoyo. Yo sé que mi mamá hace un esfuerzo importante dentro de sus posibilidades y limitaciones, pero a veces siento que conociendo el dolor de mis huesos, ese esfuerzo no es suficiente. Mi madre es una mujer muy sufrida, más sufrida que mis propios huesos, por eso yo la comprendo, ella me ha contado parte de su vida y yo he visto como sus ojos cristalinos, tan claros como un día

de otoño, han cambiado a unos ojos turbios, llenos de ese color a chocolate que tiene los ríos en invierno. Pobre mi madre ha sufrido bastante, hay mucho dolor en su alma, cuando habla de su vida y de los meses que yo anduve chapaleando en el líquido amniótico, la veo traspasar las barreras del tiempo con una nostalgia infinita y siempre termina llorando. Pero, volviendo al tema, no conozco a mi padre, tampoco me imagino como es, como habla y como camina. Donde estará en estos momentos que tengo tanto dolor en mis huesos. Por qué uno necesita tener padre? será que a todos nos duele los huesos. Mi madre siempre me ha hablado de mi padre, pero nunca me ha dicho como es, tampoco yo se lo preguntado. Un día me contó que trabajaba como taxista, a partir de esa confesión de mi madre yo me le quedo viendo fijo a los taxis cuando voy con mi abuela a la gran ciudad, pero como no lo conozco de nada me sirve que a los taxis me les quede viendo fijo. El dolor ha amainado un poco, aunque no siento mis piernas después de tres horas de estar sentado en esta piedra arenosa, pensando en no sé qué cosas. Este dolor a uno lo vuelve medio bruto, pero así es la vida de cruel y aburrida. Allá viene el bus urbano que anda “Palmiche” si ando los veinte centavos me voy con él porque estoy que no aguanta más este dolor en mis huesos. Mexicanos, Febrero 24, 2014, más dos copas de vino tinto.

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