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Interior_Grilo_Muro:Sarah_Grilo

11/13/2007

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José Antonio Fernández-Muro nació en Madrid en 1920. La guerra civil lo sorprendió veraneando en El Escorial con su familia, enraizada ésta en la Argentina, donde su abuelo se había afincado con una próspera talabartería y el padre ansiaba volver a España. Anhelo satisfecho en 1917 con dos hijos porteños. Durante la infancia y juventud del futuro pintor atisbaron los elementos de una vocación hasta entonces insatisfecha: dibujos no mediatizados por la enseñanza a los siete años; autorretrato a los once. Al margen de estos devaneos, alguna impronta debió ejercer en él, en vísperas de la guerra, el embrujo de Gutiérrez Solana y la faceta española del expresionismo, tan evidente en su etapa preliminar argentina. En efecto, en 1938 la familia se trasladó a Buenos Aires y José Antonio comenzó a trabajar con un maestro académico, el catalán Vicente Puig, vinculado con las paralelas corrientes uruguayas y con estudios en Munich y París. “Un Ramón Casas trasnochado”, en palabras del discípulo. El tránsito del embrujo de Gutiérrez Solana –en Buenos Aires estaban entonces

El torero Lechuga y Las peinadoras- al puntillismo está patente en los textos, que mucho vale la pena incluir aquí, de dos Ramones a la sazón vigente y activos, Pérez de Ayala y Gómez de la Serna: “Muro lleva dentro un gran pintor; y también fuera, pues algunas de las obras que ya ha hecho me parecen admirables” (1) […] “muy bien su pintura, fuerte, conmovedora, capaz de todas las naturalezas muertas y todas las naturalezas vivas. Me recordó a nuestro gran Solana, cuya verdad está también en su obra, con esa elocuente –en el buen sentido de la palabra-sinceridad que caracteriza a lo racial españolista. Y conste que pocas veces puedo recordar a Solana frente a la pintura que ven mis ojos”(2). La vocación del trasterrado ya estaba definida. A la caída de Perón en 1955 y el consiguiente rescate de la Universidad, Julio E. Payró apadrinó su nombramiento de Interventor en la Escuela Superior Prilidiano Pueyrredón en la que enseñó un par de años. Todavía el Expresionismo definía su ideología; pero ya apuntaba el derrotero que habría de contribuir de manera definitiva a situar su pintura: el puntillismo. No a lo Seurat, como insinúa Thomas M. Messer en cuanto resultado de una trayectoria que, según el director del Guggenheim-y, dicho sea de paso, adalid por mucho tiempo del reconocimiento en Nueva York de la calidad de la pintura latinoamericanaarranca, quién no, de Cézanne y Van Gogh. El puntillismo de Fernández-Muro, ya en esos tiempos primigenios, no se basaba en la punzada del pincel, como en Seurat, sino en el empleo de la trama, faena en la que, a la postre, resultó verdadero precursor. Todavía inspirado en un expresionismo más del Brücke que del Blaue Reiter y sazonado con la transposición española, regresó a Europa entre 1948 y 1950 para exponer en Madrid en la Galería Buchholz y en París en la UNESCO. Ya apuntaban, sin menoscabo de la mencionada identidad estilística, los comienzo de la prescin-

Sarah Grilo J.A. Fernández-Muro  

Sarah Grilo J.A. Fernández-Muro obras sobre papel

Sarah Grilo J.A. Fernández-Muro  

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