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ESTATUAS DE MÁRMOL MUERTAS

JORGE LÓPEZ MARTÍNEZ


Estatuas de mรกrmol muertas


Estatuas de mármol muertas Jorge López Martínez


Título original: Lucía deslucida Primera edición: junio 2005 Segunda edición: enero 2009 © 2005, Jorge López Martínez Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Impreso en España. Fotografía y diseño de portada: Jorge López Martínez


A mi madre, en la telepatĂ­a y la luna llena, en los sueĂąos y las noches de viento, por sus ideas y su apoyo ininterrumpido


PRIMERA PARTE Lucía, 1917-1928

− Así que te quedarás en tu jardín. ¿Piensas que es preferible pasear y envejecer entre las flores como la meditabunda dama de un grabado victoriano? − Soy como esa tribu, papá. He vivido demasiadas emociones. No quiero más. De hecho, no quiero a nadie más que a ti. “El cuarto mandamiento”, Orson Welles

La quietud del bosque quedaba desmentida por una infinidad de rumores lejanos. “Diorama”, Vicente Herrasti


I: Lucía en los ojos de Marcelo. Desde el instante en que falleció su esposa, la vida de Marcelo Dosaguas no fue la misma y nunca alcanzaría lo que él consideraba la virtud de la tranquilidad de espíritu. Los acontecimientos que habrían de llegar, y que aún desconocía, contribuyeron a que en los años posteriores Marcelo no repitiera ni uno solo de los momentos vividos hasta entonces. De ahí que en el hipotético caso de que alguien le hubiera preguntado, al final de sus días, qué instante había tenido tal importancia como para alterar el resto de su vida, sin dudarlo, Marcelo Dosaguas habría respondido la noche del baile en la ciudad. Durante el año anterior, poco después de comenzar el otoño de 1916 y presenciar la caída de las hojas doradas sobre los caminos, una fatal epidemia de poliomielitis se extendió, como una sombra transparente, sobre los niños del pueblo. La contrajo un pequeño de ojos pardos mientras caminaba por el sendero largo y estrecho que conducía hasta la escuela del pueblo vecino, situada a varios kilómetros de distancia. El pequeño, infortunadamente llamado Cándido Feliz, contagió la poliomielitis a los otros niños que le acompañaban por el camino, y éstos a otros, y así hasta desencadenar una trágica cadena de sufrimiento difícil de detener, ya que la enfermedad se escondía en su propio silencio y atrapaba a sus víctimas al azar, por sorpresa, sin reparar en edad ni condición. Por aquel entonces, el menor de los tres hijos de Marcelo Dosaguas enfermó de poliomielitis. Fueron tantos los casos aparecidos en los últimos días, y tan conocidos los síntomas, que su madre, María, lo supo en el mismo instante en que su hijo entró en la casa empujando pesadamente la puerta de entrada, con los ojos chispeantes y empequeñecidos por el acceso de fiebre y con un brusco balanceo de sus manos temblorosas, las cuales apenas pudieron soportar el peso de su cuaderno escolar que terminó sobre el suelo con las hojas abiertas. Mientras la vecina que vivía en la casa contigua corría por las calles empedradas para avisar al médico y a Marcelo Dosaguas, que se encontraba trabajando en la vaquería, María tumbó al pequeño sobre la mesa de la cocina, le desabrochó la camisa y extendió un paño de algodón humedecido en agua fría sobre el pecho y el cuello. Los minutos que siguieron le supieron a María a una agria eternidad que se hacía de


rogar y, aunque su vecina se dio prisa en su cometido, todo se demoró sin remedio. El rostro de María se puso lívido, se le distendió todo el cuerpo y le entraron unas ganas irrefrenables de orinar, pero no se apartó del lado de su hijo. No sintió la presencia de Marcelo, ni siquiera lo escuchó entrar en la casa, por eso, cuando él apareció por detrás, ella se asustó y soltó un grave alarido que sonó a muerte en el eco de la casa. Fue uno de tantos presagios que jalonaron la vida de esa mujer desconocida para todos, esa buena vecina que siempre aparecía para echar una mano en los contratiempos; esa buena creyente que asistía a escondidas a los oficios de la Iglesia, ese alma pura atrapada entre las gruesas paredes de una casa oscura y pequeña, rodeada siempre por los brazos protectores de su marido. María Alameda permaneció durante años en el más profundo anonimato, sin pretender evitarlo, asumiéndolo como otra más de sus cargas. Apenas un puñado de mujeres en el pueblo creían conocerla bien pero incluso ellas desconocían sus más sinceras motivaciones, los rumores de su pensamiento y el aullido espeluznante de su alma oprimida. María vivió y murió dominada por el miedo, subyugada a la voluntad de Marcelo; aunque a base de tiempo aprendió a sortear los obstáculos que sembraban las sombras de su camino y cedió a todo, lo terrenal y lo impensable, únicamente por conseguir el cariño de sus hijos. Por eso, sus ojos no pudieron hacer otra cosa que llenarse de lágrimas contenidas cuando Marcelo tomó en brazos a su pequeño enfermo y, como si se tratara de un simple ternero de los que criaba en la vaquería, lo levantó de la mesa de la cocina con las piernitas delgadas colgando entre sus brazos y lo tendió sobre la cama; corrió las cortinas y lo confinó en el silencio oscuro de su dormitorio. Antes de cerrar la puerta, Marcelo mandó a su esposa que recogiera unas cuantas camisas de su otro hijo, el mediano que compartía cuarto con el pequeño enfermo, a lo que ella obedeció sin preguntar aunque temiendo conocer lo que venía después. María, en silencio y sin ser vista, rompió a llorar. Marcelo se retiró a un rincón de la cocina para pensar con rapidez. Los días anteriores habían cubierto el pueblo de una niebla pestilente de dolor entre los padres afectados por la enfermedad de sus hijos. El propio Marcelo había presenciado la muerte sucesiva de la mayoría de los miembros de esas familias; por eso, inmediatamente, el pánico se le cargó a la entrada de la garganta y, por primera vez en toda su vida, se vio indefenso y dubitativo. Arañó las paredes de su mente buscando la determinación que tanto le caracterizaba entre sus vecinos, ese arrojo envalentonado que le hacía destacar entre el resto pero, por momentos, no


pudo. Se sintió un inútil y se desplomó sobre una de las sillas de la cocina observando las paredes pintadas. La vecina de la casa contigua, la que había dado el aviso de alarma, se encontraba frente a la puerta del dormitorio del pequeño siguiendo con la mirada los movimientos lentos de María mientras ésta cargaba sobre sus brazos unas cuantas camisas de trabajo y unos pantalones oscuros de su hijo el mediano; le dio miedo acercarse siquiera al vano de la puerta para ayudarla porque ella también tenía hijos y conocía la rapidez con que se extendía la polio, así que permaneció en silencio, distanciada y con los brazos cruzados sobre el pecho, impaciente por que María cerrara la puerta. Tal y como contó después entre sus vecinas, lo que más le sorprendió fue no ver llorar a María Alameda. Para cuando apareció el doctor, Marcelo Dosaguas ya había tomado una decisión. Salió de la casa sin aguardar la confirmación de la enfermedad de su pequeño, rodeó las paredes del exterior y tomó el camino que conducía a la vaquería situada en lo alto de la colina. Sus dos hijos, Darío y Jaime, distinguieron el paso firme de su padre acercándose y no tuvieron duda alguna de que algo había ido mal en la casa por la brusquedad con la que él daba los pasos, como si tratara de transmitir todo su enojo al mundo. Darío miró a su hermano y éste también lo supo. Sin mediar palabra, Marcelo aferró los hombros de sus dos hijos y los empujó violentamente hasta que salieron de la vaquería, tropezando con sus propias piernas. Ni siquiera lo miraron y, como acostumbraban, guardaron un respetuoso silencio para obedecerle. Los tres descendieron la cuesta con demasiada rapidez y, al llegar abajo, junto a una de las paredes exteriores de la casa, Marcelo les espetó: Os marcháis hasta que todo pase. Esperarme aquí. Y desapareció doblando la esquina de la casa e introduciéndose en ella. María estaba de pie en el centro de la cocina todavía sosteniendo entre las manos las ropas que Marcelo le había pedido unos momentos antes y a su lado se encontraba el doctor, muy erguido y con las puntas de su engomado mostacho mirando al techo, aguardando para darle la mala noticia. Marcelo pasó por delante de ellos como una ráfaga de viento y ambos le miraron en el sitio, abriendo la boca como si sus palabras hubieran quedado amagadas en el silencio. Entró en la habitación de su hijo mayor, salió con unas prendas arrebujadas sobre los brazos y arrebató las de su hijo mediano de las manos de su mujer. Ella lo miró interrogativa sin encontrar respuesta y permaneció allí, sin apenas


desplazar los pies del suelo de terrazo mate, mientras Marcelo volvía a desaparecer por la puerta. Durante unos segundos, María no supo qué hacer. Vio que el doctor, incomodado por la situación, se observaba los pies y jugueteaba tocando con la punta de un zapato la portezuela entreabierta de uno de los armarios bajos que servían de despensa. Cuando María pensó en sus hijos ya fue tarde. Salió corriendo de la casa con los pómulos contraídos y le cegó la brusquedad del sol en lo alto. Pestañeó para recobrar la ubicación de su reducido mundo y vio el rostro infantil y asustado de sus dos hijos mayores alejándose en el interior de una carreta tirada por un asno. Darío y Jaime miraban hacia atrás, al lugar en el que los había despedido su padre. María estuvo segura de que sonrieron al verla aparecer en la calle. Sintió un vuelco en la cara interior del corazón y levantó la mano con fuerza para saludarlos. Ellos le devolvieron el gesto. Nunca más volvería a verlos. Dos días después, recibieron noticias de la ciudad. Los niños habían llegado bien y se encontraban sanos y fuertes a salvo de la epidemia de poliomielitis, afirmaba el hermano de Marcelo Dosaguas en una carta. Por esas mismas fechas, muchos de los niños del pueblo murieron de forma brusca y sucesiva del mismo modo en que un rumor esperanzador se extendió entre las madres de los niños que continuaban enfermos. María se enteró por casualidad. Se encontraba en una de las calles altas que conducían a la plaza cuando un rebaño de cabras pasó a su lado en dirección a los campos; se retiró al resguardo de una casa cerrando bien la boca y cubriéndose la cara con las palmas de las manos para evitar una nube de polvo seco que se levantaba al paso del rebaño. Cubrió también parte de su rostro deslizando el pañuelo negro que ocultaba sus cabellos entrados en canas por los disgustos de la vida. Sin pretenderlo, María escuchó lejana la conversación de un grupo de madres acerca de una mujer que vivía a las afueras del pueblo y que conocía un remedio para la enfermedad de sus hijos. Dio un respingo y prestó atención, procurando que no la descubrieran por miedo a ser tildada de entrometida. Conocía de sobras a la anciana a la que se referían ya que, en varias ocasiones, el párroco de la Iglesia la había acusado de malas artes contrarias a la fe de Cristo. Todos sabían que vivía sola y apartada, que preparaba ungüentos y perfumes embriagadores, que hablaba sola durante las noches. María sintió miedo pero continuó escuchando. Cuando terminaron de hablar volvió por el camino de polvo descendiendo la cuesta que conducía hasta


su casa. Se detuvo ante la puerta cerrada tras la que se encontraba su pequeño y suspiró de forma temblorosa mientras se quitaba el pañuelo negro que cubría sus cabellos. Se dijo a sí misma que debía hacerlo, porque su pequeño era el único que justificaba sus actos y a él le debía prodigar su amor y su vida entera. Entró y se arrodilló junto a la cama rescatando del aire la mano caída del niño. La apretó fuertemente junto a su pecho y le acarició las mejillas blancas y desvaídas. Le atusó el cabello y sintió la fiebre abrasadora bajo sus párpados. Yo te devolveré a la vida, mi pequeño pajarillo. Y salió de la casa. María Alameda caminó durante media hora hasta encontrar la casa de la anciana. Se situaba en la parte noroeste del pueblo, aislada sobre un promontorio de piedra del que brotaban apenas unas hierbas altas y secas. A la distancia, y a través de las minúsculas ventanas de agujeros socavados sobre las paredes, podían distinguirse claramente todas las habitaciones de la casa y, en el mismo centro, un portalón de madera recia surcado por una tranca con un candado de hierro abierto mostraba, sobresaliendo de ella, una hilera de mujeres azoradas que bajaban la cabeza hacia el suelo y se cubrían el rostro con telas y pañuelos. En ellas se reflejaba la vergüenza pero también el valor y el amor hacia sus hijos y otros familiares enfermos. María se aproximó con paso lento ciñéndose a la cabeza el pañuelo negro que nunca abandonaba. Se colocó la última de la fila detrás de unas quince mujeres de diversas edades a las que reconoció claramente a pesar de sus secretos esfuerzos por hacerse invisibles. Seguramente, lo que todas deseaban en ese instante es que la fila avanzara más y más deprisa para que el atardecer no les sorprendiera en aquel lugar. Aguardó durante más de una hora hasta que le tocó el turno de entrar en la casa. La mujer que la precedía, salió por el portalón con una expresión de esperanza en la cara descubierta, sin importarle ya ser reconocida. Muy sonriente, le indicó a María que debía seguir el pasillo hasta la habitación del fondo, donde aguardaba la anciana. María retuvo un instante a la mujer y le preguntó ¿no está asustada?, a lo que la mujer respondió, como voy a estarlo si va a devolver la vida a mis tres hijos y a mi marido. María Alameda recorrió el pasillo aspirando un olor indefinido, ocre intenso mezclado con algo que parecía canela. Las paredes oscuras daban a su recorrido un tono sombrío y misterioso, idéntico a lo que siempre había imaginado al pensar en esa casa. Al fondo, tras una puerta abierta, se encontraba la anciana sentada sobre un taburete de anea. Era una mujer oronda que mantenía su peso casi en equilibrio. Tenía los párpados


hinchados por la fatiga y una expresión rotunda e inflexible que daba miedo. Vengo por mi hijo, balbució María; Como todas, contestó la anciana y, rápidamente, se levantó del taburete y se desplazó arrastrando los pies hasta una encimera alta y alargada que ocupaba toda la pared. Sobre ella había varias decenas de cuenquillos de barro rebosantes de polvos y hierbas, así como pequeños saquitos anudados con una pequeña cuerda. Por un momento, María pensó que la anciana tenía un leve desmayo y, cuando hizo ademán de sostenerla, la anciana se giró, con su voluminosa forma, y se mostró recuperada. Se acercó hasta María, le tomó la mano derecha y sobre la palma abierta depositó un saquito de polvos. María pagó con las monedas que le pidió la anciana y salió de la casa indicando a la siguiente mujer el pasillo por el que debía continuar; aunque su rostro seguía cubierto, contraído y asustado. Una vez en casa, María se aseguró de que Marcelo trabajaba en la vaquería antes de probar suerte con la magia de la anciana. Puso en el fuego un perol de hierro en cuyo interior arrojó varios cirios gruesos que había comprado en la Iglesia. Los deshizo con suavidad y vertió sobre la cera caliente los polvos amarillentos de la anciana, sin dejar de remover. Finalmente, volcó la mezcla en unos moldes para que se endureciera. Aguardó con el alma en un vilo y, cuando las piezas estuvieron listas, las colocó dispersas por todo el dormitorio de su pequeño. Encendió una tras otra las nuevas velas y permaneció junto a la cama del niño con la cabeza hundida, sumida en un rezo continuo, sin advertir el momento en que perdía la consciencia. No escuchó nada más hasta que le sorprendió la voz en grito de Marcelo. María salió de su letargo abruptamente y fue consciente de lo que allí había sucedido. Por toda la casa se extendió un humo fétido con un profundo olor a azufre quemado. María se echó las manos a la cabeza sintiéndose en el interior mismo del infierno y, sudando por el nerviosismo, se abrazó a su hijo, que respiraba con dificultad. Lo agitó con fuerza mientras Marcelo Dosaguas apagaba las velas lanzándolas al suelo y pisándolas sin temor a incendiar la casa. Entre alaridos, no pudo reprimirse y maldijo a su mujer. La separó del pequeño y lo sacó de la casa tumbándolo en medio de la calle empedrada. María abrió todas las ventanas y puertas y persiguió con un delantal la humareda espesa que se detenía en los techos, sin lograr dispersarla. Poco después del anochecer, consiguieron ventilar la casa y Marcelo entró de nuevo al pequeño pero tuvo que dejarlo sobre la mesa de la sala porque, en el cuarto, el olor se había fijado a las paredes y a los muebles. Cerraron el dormitorio con llave y prepararon la cama del hijo mayor, en


el otro lado de la casa, donde acostaron al niño inconsciente por la fiebre y el dolor. Los dos días que siguieron no difirieron en nada de los pasados y el pequeño no mejoró. Marcelo mantuvo su aislamiento en la vaquería y encerró a María bajo llave junto al pequeño. Por debajo de la puerta del dormitorio cerrado siguió flotando un olor árido de infierno que a María le pareció un mal presagio. Una mañana todavía temprano, escuchó a una de sus vecinas golpeando desde la calle el vidrio de la ventana del cuarto en el que ella y su hijo permanecían encerrados. Se asomó retirando la cortina y, al reconocerla, abrió la ventana disculpándose por no poder salir a recibirla. La vecina, comprendiendo la situación (pues conocían de sobra a Marcelo Dosaguas) le habló de la repentina mejoría de dos de sus cinco hijos enfermos después de quemar unas hierbas aromáticas parecidas a la lavanda que le dio la anciana y que perfumaban toda su casa. María se asustó mucho y, sacando su brazo por la ventana, le entregó el saquito de polvo para que lo oliera. Su vecina se retiró con una mueca y aseguró que no se trataba de las mismas hierbas y le prometió llevárselo al doctor para que las identificara. María esperó en su encierro y, cuando su vecina volvió a golpear el vidrio, abrió ansiosa la ventana. Se horrorizó y se estremeció aún más cuando le aseguró que se trataba de azufre y que todo había sido una terrible equivocación de la anciana sanadora al tomar los saquitos de la encimera. Pocos días después, debido a los rayos de una tormenta eléctrica, se desató un terrible e inesperado incendio en la parte baja de las montañas y el pueblo entero se movilizó para detener el avance de las llamas. Marcelo, tratando de mantener su prestigio aunque sin poder disimular su disgusto, abandonó la vaquería y se unió a sus vecinos. Las llamas, como enormes cuerpos fantasmales, golpearon los árboles arrasando las laderas y echando bocanadas de un humo espeso y negro que flotó con rapidez hasta cubrir el pueblo. Los vidrios de las ventanas de las casas se empañaron de un polvo grisáceo impidiendo la visibilidad a su través y todas las superficies se cubrieron de ceniza. Cuando se rompió el cielo por unos temblorosos truenos sin lluvia, María dejó de ver a los hombres en la distancia luchando contra el fuego. Se estremeció sin soltar el rosario de entre las manos y observó a su pequeño que musitaba por el delirio. Durante años, los hombres del pueblo hablaron de lo que vieron aquella noche en el comienzo de las montañas, muy cerca del bosque circular. Nadie pudo explicarse nunca cómo las llamas sorteaban el empuje del viento y, en lugar de dirigirse al


bosque, se volvían feroces contra las montañas, como huyendo en dirección equivocada. Del mismo modo, fueron muchos los que creyeron ver en las alargadas llamas la figura reconocible de cuerpos desnudos trazando una ensortijada danza de piruetas, descubriendo entre las sombras de la noche las expresiones livianas de rostros ardientes en un rojo encendido. El propio Marcelo regresó, una vez extinguido el incendio, con la cabeza abotargada por ideas extrañas. Creyó haber estado junto a presencias incandescentes y desfiguradas, luchando contra manos rabiosas que aleteaban impacientes, como los peces fuera del agua. Después, ante la puerta de su casa, buscó a tientas la cerradura obturada por la ceniza; hizo un surco con la mano en la superficie de la puerta, como marcando la entrada; y buscó el dormitorio en el que permanecían encerrados su mujer y su hijo enfermo. Descerrajó la puerta y avanzó. Durante la noche, la oscuridad se llevó al pequeño de María. Lo perdió poco después de que los vidrios se tiñeran de un negro intenso y de escuchar unos alaridos espeluznantes cerca del bosque. Al oírlos, se acercó a la ventana llevada por una curiosidad insana y, como no podía ver nada, la abrió sin poder evitar que entrara una bocanada negra de humo y polvo. Agitó sus manos para burlar la nubecilla y, al volverse, vio al pequeño completamente blanco. Se arrojó sobre él llorando y sintió cómo se alejaba sin poder sujetarlo. Así fue como en una noche de tormenta sin lluvia, los Dosaguas perdieron al menor de sus hijos. María lloró sin cesar y, al escuchar el pestillo de la puerta que se abría de un golpe, se giró con la cara cubierta de lágrimas. Fue entonces cuando creyó ver al mismísimo demonio con su estela de olor a azufre. Ante ella, una presencia enorme y ennegrecida se erguía como una sombra fantasmal dispuesta a arrebatarle definitivamente a su pequeño. María gritó y perdió el conocimiento. Y aunque en ese instante fue el dolor el que le impidió reconocer a Marcelo tras el humo negro del incendio que le había teñido el rostro, ya nunca más volvería a reconocerle. Marcelo Dosaguas encontró a María llorando sobre el pequeño, tendido en la cama cubierto con una sábana. Poco después, en el silencio de la casa sin la compañía de su desvanecida esposa, deseó no haber salido a apagar el incendio y que las llamas hubieran arrasado todas las casas y a todas las familias apenadas por las desdichas que se sucedían noche tras noche. Y, aunque no se sentía solo en la tragedia porque en


casa de los Artega habían perdido a los cuatro hijos, y en casa de los Mirandez a seis de sus ocho pequeños, en el fondo Marcelo sufrió un profundo dolor que mataba sus entrañas; suspiró agradeciéndose a sí mismo por haber enviado a sus otros dos hijos mayores a casa de su hermano Gerardo, fuera del pueblo; a pesar de necesitarlos en la vaquería para completar el trabajo diario. María no recuperó el conocimiento, de modo que Marcelo la dejó acostada en la cama de matrimonio. Con los extremos de las finas sábanas anudó las muñecas de ella a la cabecera dorada, para que no cayera, y continuó con su trabajo en la vaquería. Se olvidó por completo de alimentar a su mujer y de hacerlo él mismo, pero tenía en su cuerpo reservas suficientes como para aguantar varios días sin comer. Un tiempo después, Marcelo despertó de un mal sueño y encontró a su esposa plegada a su lado emitiendo leves gruñidos de dolor. Tenía la frente abrasada por la fiebre, el cuerpo tiritaba entre convulsiones y el delirio dejaba escapar palabras desconocidas en boca de María. Marcelo llegó a dudar que su esposa pudiera pensar obscenidades como las que pronunciaba, pero allí estaba ella, con los ojos desorbitados y en blanco, empapada de sudor, gritando y lamentándose. Marcelo, que en ese momento la abrazaba en un intento de consolarla y tranquilizarla, reaccionó apartándose de su lado bruscamente. Quedó ella descubierta sobre la cama, atada, tendida y retorcida en una posición imposible, mientras Marcelo la miraba de pie con los brazos extendidos como quien se ha ensuciado las manos en el lodo de un infesto pantano. La polio llamaba de nuevo a su puerta. ¡Y había dormido con ella! Dejó a María sobre la cama y mandó llamar al médico. Este tardó casi una hora en acudir, ya que todo el mundo tenía problemas aquellos días. Cuando llegó con su mostacho engomado, Marcelo le esperaba temblando de pánico con una expresión de angustia que nunca nadie había visto con anterioridad en su rostro. Él, un hombre robusto, serio y arrogante; autosuficiente y bastante rico gracias a la productividad de su vaquería, ahora lloriqueaba como un chiquillo asustado. El doctor no tardó en diagnosticar la poliomielitis, como Marcelo imaginó en un primer momento. Entonces, llegó su mayor temor. Marcelo supo en ese instante que María estaba condenada a morir si alguien no atendía su enfermedad. Él tenía demasiado miedo a la muerte. Era joven, próspero económicamente hablando. Tenía un prestigio que mantener. Por eso no podía atender él mismo la enfermedad de su esposa. Luego estaba el problema añadido de que si enfermaba sus hijos no


podrían hacer frente al trabajo de la vaquería porque aún eran unos niños y, en otras manos, la ruina sería una evidencia poco deseable. Marcelo tenía la obligación de mantener el apellido Dosaguas en el lugar que siempre le había correspondido, aunque fuese en un simple pueblo como ése en el que vivía. Sabía que su prestigio le precedía y le acompañaba más allá de lo que alcanzaba la vista. Desde lo alto de la meseta en la que tenía su negocio podía ver todo el pueblo, el bosque circular que comenzaba en las afueras y algunos pueblos cercanos. Pero no, su prestigio no quedaba allí. Su prestigio llegaba hasta la misma ciudad, donde era considerado uno de los hombres más poderosos e incorruptibles del país. O al menos eso pensaba. Por eso, Marcelo debía encontrar una solución al problema y, como solía afirmar, nunca había conocido a nadie que no sonriera ante la vista del dinero. En otro momento, cualquier mujer necesitada habría aceptado sin reservas cuidar a una enferma de poliomielitis, pero aquel otoño era distinto. Las lluvias habían humedecido el ambiente y las enfermedades se multiplicaban al salir el sol. No había una familia en todo el pueblo que no hubiera perdido a uno de los suyos por una u otra de esas enfermedades o como consecuencia del incendio. Esos días, con la virulenta expansión de la polio ninguna mujer estaba dispuesta a cuidar a uno de esos enfermos por miedo a contagiarse a sí mismo o a los suyos. Los alimentos escaseaban pero preferían morir de hambre que de sufrimiento, propio o ajeno. Así que, Marcelo Dosaguas, consciente de la imposibilidad de contratar a una mujer necesitada para que asistiera a su mujer en su enfermedad, puso a la vista del doctor varios billetes. Aguardó tan solo cuatro segundos a que el rostro bigotudo del doctor se iluminase con una sonrisa, una de esas de las que hacía meses que nadie se atrevía a mostrar. Marcelo sonrió también, como si ambos celebraran el nacimiento de un bebé. El doctor guardó el dinero en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y cambió el diagnóstico de poliomielitis por otro de gripe ordinaria. Así se lo hizo saber a aquellas mujeres que, necesitadas de un empleo, acudían con urgencia al doctor para interesarse por las enfermedades de sus vecinos. Gracias a este modo reiterado de solucionar los problemas, Marcelo Dosaguas consiguió que una pobre y confiada mujer hiciera de enfermera para su agonizante esposa mientras él se alejaba de la casa y atendía desmedidamente su negocio. Marcelo quiso esconderse en el cuarto en el que habitualmente dormían sus dos hijos menores pero, al abrir la puerta, le asaltó un olor a


azufre quemado que le echó para atrás y tuvo que taparse la boca con la manga de la camisa para no aspirar aquella fetidez; de modo que se trasladó al cuarto en el que dormía su hijo mayor, de donde se marchó el pequeñín la noche del incendio. Estaba tal y como lo dejaron, la cama revuelta y los muebles movidos de lugar. Al igual que el dormitorio de matrimonio, la habitación de su hijo mayor se encontraba en la planta baja. Era amplia y soleada en verano y resguardada del frío en invierno, quizá una de las más valiosas de la casa, pero después del incendio nadie se había molestado en limpiar el polvo oscuro que cubría los vidrios. Marcelo escogió la cama de su primogénito Darío para cubrir la ausencia de su esposa. Por las noches, a pesar de no escuchar nunca el silencio debido a los gemidos de María y a las palabras de consuelo que pronunciaba su cuidadora, Marcelo trataba de repasar mentalmente la infancia de sus hijos, ahora que estaban lejos de su lado, los únicos que le quedaban y que heredarían su fortuna y su buen nombre. Darío nació en 1900, un año muy celebrado para la natalidad por la magia que estimulaba a los padres el hecho de saber que sus retoños nacían con el nuevo siglo, lo que se vaticinaba como uno de los mejores augurios que marcarían la vida de esos recién nacidos. Lo cierto es que la infancia de Darío fue rápida e inapreciable porque nunca les dio un disgusto, ni palabras de insolencia o rebeldía. Darío siempre fue un corderito tranquilo que creció con disimulo y conversó más bien poco, o lo que le dejaron. Ni siquiera crecer le supuso un cambio y, ese año, con dieciséis recién cumplidos, continuaba con su tradicional mutismo y su reserva. La timidez del chico nunca fue un problema a juicio de Marcelo. Trabajaba con esmero en la vaquería y no protestaba cuando debía permanecer más horas atendiendo a las vacas o a algún comprador que llegaba desde la ciudad atraído por la fama que arrastraba la vaquería. Qué más podía pedir un padre de su hijo. Después de Darío nació el pequeñín. A Marcelo se le encogió el corazón al recordar, después de tanto tiempo, las manitas del bebé moviéndose en el aire entre llantos nocturnos incesantes. Nació con una malformación intestinal que le provocaba profundas punzadas en el vientre. No se podía hacer nada, por lo que el pequeñín murió pocas semanas después de nacer. Lo enterraron en el jardín, detrás de la casa, junto a un enorme roble que les daba sombra, sin más formalidad que las lágrimas de su madre, ya que el agnosticismo de Marcelo se impuso a las súplicas de la madre de enterrarlo en camposanto. Marcelo siempre tuvo el deseo de haberle llamado Jaime, por eso, cuando en 1902 nació su tercer hijo, recuperó el nombre para que


pudiera llevarlo con el orgullo de haber correspondido previamente a su hermanito difunto. Jaime, igual que Darío, siempre fue un niño muy pausado. Tan silencioso que a veces se preguntaban si estaba con ellos; apenas lloraba, se reía poco y guardaba un hondo mutismo. Marcelo nunca le recriminó su comportamiento pero debido a la apatía de Darío echaba en falta el ambiente de algarabía y discusión propio de los niños. Su cuarto hijo, el que había perdido una noche de tormenta víctima de la polio que ahora invadía a su madre, era el más tardío y acababa de cumplir diez años. Su nombre era Ismael. Durante cada una de las largas noches de enfermedad de su esposa María, Marcelo rehizo el pasado y la infancia de sus hijos a su antojo. Recordó justo lo que quería recordar, aquello que de un modo u otro había sido productivo para la familia y que era digno de rememorar. En sus pensamientos no incluyó a su esposa María. Fue una ausencia consciente y plenamente justificada. No era para evitar el dolor de su agonía, era por la vergüenza que estaba sintiendo esos días. Marcelo la quería y deseaba como a ninguna otra mujer, pero le incomodaba el hecho de pensar que los efectos de esa enfermedad horrible que la estaba deformando hubieran estado latentes en ella durante toda su vida. Aquellas palabrotas, esas muestras de descortesía encolerizada, los desplantes hacia el cabeza de familia que tantas insinuaciones religiosas le había soportado sin réplica alguna. Todo aguardaba, delicadamente retenido, en el interior de aquella buena mujer para explotar un día y ser lanzado contra su cara en forma de reproche, como diciendo aquí estoy yo y si te he consentido tantas cosas ha sido porque soy más lista que tú. Pensar eso enojaba a Marcelo Dosaguas. Su matrimonio fue de compromiso pero feliz, su mujer crió con amor a sus hijos, y estuvo en todos los momentos en los que la necesitó. Pero no soportaba pensar que aquella vida la había vivido fingiendo. Una noche, mientras los gritos despotricados de María traspasaban las paredes de la casa, Marcelo sufrió un pequeño ataque de ansiedad, algo inaudito para su excelente salud, porque pensó que María podía haber dicho a sus hijos esas cosas horribles que escapaban de su boca delirante, simplemente para ponerlos en su contra; para acabar con la vaquería y con el prestigio de generaciones pasadas y ya enterradas. Por ese mismo motivo, Marcelo se acercó poco a la habitación, sin traspasar en ningún momento el vano de la puerta. Toda la información que necesitaba se la daba aquella mujer que tenía contratada y que trabajaba


día y noche, casi sin descanso, ajena por completo a la verdadera enfermedad de María. En una ocasión, poco después de que comenzara la parálisis en las piernas de María, la mujer que la cuidaba llamó a Marcelo. Él se encontraba refugiado en el cuarto de su hijo mayor, esperando que llegara la hora en que tenía que subir a la vaquería para atender las ventas concertadas con unos comerciantes de otras localidades. Los gritos habían cesado y la habitación, con las paredes blancas iluminadas por un leve rayo de sol que entraba por la ventana, aparecía grandiosa y limpia. A pesar de ello, Marcelo se escondía bajo la cama de su primogénito, aguardando. La mujer golpeó con los nudillos en la puerta y llamó de nuevo a Marcelo. La señora ha mejorado, dijo a través de la puerta con un grito que parecía en verdad alegre. Estoy ocupado, déjeme en paz, respondió Marcelo. La mujer volvió al dormitorio, abrió la ventana para ventilar el cuarto, en el que tantos sudores se acumulaban al finalizar el día, y se detuvo ante la cama para observar la sonrisa de María. Apenas tenía treinta y cinco años y su cara, en otros tiempos oronda y sonrosada, había perdido todo el rubor que la caracterizaba. Parecía encontrarse al borde de la muerte pero, aquella sonrisa, devolvía por unos instantes la alegría que había huido de la casa y del pueblo entero. Marcelo no volvió a ver sonreír a su esposa. Poco después, María Alameda, señora de Dosaguas, falleció descerebrada y paralizada sobre la cama de matrimonio a la que su esposo no había vuelto desde la noche del mal sueño. La cuidadora le desató los brazos amarrados al cabezal dorado de la cama pero no pudo recuperar la posición normal de los mismos debido a la malformación que habían adquirido los huesos en los codos y las muñecas. Tuvieron que encargar un ataúd más largo de lo normal e introducir el cuerpo de María con los brazos extendidos sobre la cabeza. En cierto modo, como comentaron algunas mujeres que la velaron, parecía que estuviera rezando con los brazos alzados al Dios que tanto amaba. Después del entierro, que se celebró en camposanto por imposición de la familia de María (como ocurrió con el pequeño Ismael) y al que no asistieron sus hijos Darío y Jaime, ausentes en la ciudad, la asalariada enfermera contagió la polio a su hija de siete años, que falleció entre espasmos y retorcijones sesenta días después. Con el paso de los meses, el pueblo regresó a una cierta normalidad, aunque una extensa y negra nube siguió cubriendo el cielo, y empañando el alma de cierto doctor, hasta la llegada de la primavera de 1917.


Mucha gente pensó que la floración de los campos era la verdadera responsable de la erradicación de la poliomielitis en el pueblo por lo que los vecinos abrieron las puertas y ventanas de sus casas para ventilarlas con el aroma volátil de la primavera. Sacaron a sus hijos a la calle aguantando el miedo que todavía les quedaba, extendieron las ropas y las sábanas en el suelo polvoriento de las calles para que se evaporara el sudor de la polio que no se marchaba con los lavados, y arrastraron los muebles fuera de la casa porque los veían húmedos, pensando que el sol secaría cualquier rastro que hubiera dejado la enfermedad. Durante semanas pareció que el pueblo entero se mudara de sitio pero, cuando comprobaron que la mala suerte había girado de rumbo y la prosperidad regresaba a sus tierras, volvieron a introducir sus pertenencias en las casas y a despejar las calles. Marcelo mandó quemar todas las sábanas de la cama matrimonial, ventiló el dormitorio como hicieron todos sus vecinos y clavó en el techo delgados clavos de los que colgaban unas cuerdas en cuyo extremo pendían unas pequeñas bolsitas que contenían hojas de menta y de hierbabuena para eliminar el olor a azufre que todavía desprendían los muebles. Así, llegado el mes de abril de 1917, Marcelo Dosaguas mandó llamar a sus dos hijos y estos regresaron montados en el mismo carro en el que marcharon aunque con la cara muy triste por no poder ver nunca más a su madre. Volvieron a la casa ausentes, sin apetito alguno, apenas dormían en las noches y sus caras, todavía infantiles aunque cambiadas, mostraron pequeños surcos de dolor que ni siquiera su padre conocía. Pasaron los días sin que Marcelo encontrara una solución para aliviar a sus hijos. En las noches, giraba sobre la cama pensando un modo de alegrarlos y, unas semanas después, creyó encontrarlo: traería la prosperidad a casa. Una mañana, sin demasiadas explicaciones, Marcelo dejó a sus hijos Darío y Jaime al cuidado de la vaquería mientras él se ausentaba a la ciudad en la que vivían sus primos, cerca de la playa. Marcelo Dosaguas acababa de cumplir cuarenta y dos años. Viajó con la excusa de concluir una importante compra de material para renovar el negocio: maquinaria llegada del extranjero y cisternas para transportar la leche pero, en realidad, Marcelo deseaba hacer ese viaje para introducirse en la vida de sociedad. Deseaba vivir como uno de esos nuevos ricos que surgían tan a menudo venidos de América, engrandecidos por una fortuna encontrada. Con la diferencia de que Marcelo ya disponía de esa fortuna, aunque


todavía fuese pequeña y mal administrada. Ese mismo mes, el vecino con el que colindaba su casa decidió venderla para conseguir un dinero y marcharse al sur del país, donde la familia de la mujer tenía un negocio próspero de zapatería. El vecino les ofreció la casa y Marcelo no lo dudó ni un instante. Contrató en el pueblo a unos albañiles para que tiraran el tabique de la planta baja que comunicaba con la sala de estar de la nueva vivienda para así tener un enorme y nuevo salón. Echaron abajo el muro que servía de linde para separar los dos jardines y los unificó plantando árboles frutales y espesas enredaderas. En secreto, para dar una sorpresa a sus hijos, había planeado construir en el ampliado jardín de detrás de la casa una piscina. Aquello atraería a sus fiestas a lo más selecto del pueblo y llenaría la casa de la alegría que faltaba en el aire desde la muerte de su esposa y de su hijo. De este modo, Marcelo Dosaguas abandonó temporalmente sus ocupaciones y, en su carruaje de caballos, viajó hasta la ciudad en busca de una prosperidad que, sin saberlo, cambiaría las vidas de todos ellos. Esa noche en la ciudad, mientras terminaba de arreglarse para asistir a la fiesta, se obligó a sí mismo a prestar atención a cada uno de los detalles, por pequeños que le pareciesen, para reproducir después la velada en la privacidad de su hogar. Sin embargo, una vez allí, rodeado de personas no tan influyentes como esperaba, todo se eclipsó ante la presencia de ella, de Lucía. Perdidos quedaron los detalles de cómo preparar una mesa, qué exquisiteces servir en ella, la música que estaba de moda, los triviales temas de conversación con los que amenizar la velada, y el límite máximo de diversión al que se podía llegar sin traspasar el decoro. Aunque, bien pensado, sus vecinos del pueblo eran demasiado ordinarios como para entender el protocolo que generaba una auténtica fiesta. Sin duda, la mayoría de sus vecinos acudirían a sus celebraciones por el simple hecho de que tenía una piscina, unos atraídos por la novedad de darse un chapuzón en ella y los más para observar el movimiento de los cuerpos bajo el agua. Pero allí estaba Lucía y el resto del mundo se eclipsó a los ojos de Marcelo. La vio irrumpir en la casa como un torbellino, repartiendo besos y abrazos entre los invitados, a los que parecía conocer en su casi totalidad, moviéndose con un encanto que pocas veces había notado en una mujer. Como pensó en un primer momento, Lucía se había educado


en el extranjero. Su padre estaba mezclado en política y había enviado a todos los hijos a renombrados colegios en Suiza con la única finalidad de poder enorgullecerse de ellos en sociedad. Cuando Lucía entró en la casa, el primo de Marcelo golpeó a éste con el codo y le susurró al oído que se fijara en cómo ella se convertiría en el centro de la fiesta en menos de una hora. Marcelo, siempre conmovido por una buena apuesta, abrió los ojos como platos y, apartándose de su primo, se acercó hasta la entrada de la casa para presentarse. Lucía apenas pasó a su lado, le saludó con cortesía y con una sonrisa que él adivinó sincera, a la vez que radiante; declaró abiertamente no haber oído hablar de él ni de su vaquería y, en segundos, desapareció capturada entre nuevas presentaciones y saludos. Tal y como había señalado el primo de Marcelo, Lucía se convirtió en el centro de la fiesta en pocos minutos. Fue entonces, mientras la mayor parte de los invitados se encontraba en el salón rodeando el sillón en el que Lucía estaba sentada relatando anécdotas del último de sus viajes por la costa francesa, cuando Marcelo se dio cuenta de que lo que realmente necesitaba para celebrar con éxito una fiesta no eran los detalles inútiles que sus vecinos no sabrían apreciar, ni una piscina en la que sumergirse. Lo esencial era una persona magnética que cautivase a los invitados. En ese instante, Marcelo Dosaguas deseó que Lucía estuviese presente en su fiesta y para toda su vida. Aquella primera noche, Marcelo no encontró ocasión para conversar con Lucía. Desde el comienzo de la fiesta los invitados se agolparon a su alrededor, flanquearon el sillón en el que estuvo sentada, no perdieron el más mínimo detalle de sus relatos, se dejaron fascinar cuando recreó con delicado movimiento de manos las innumerables peripecias que jalonaron su viaje por la costa francesa, fue interrumpida por algún joven que enojó al resto de los oyentes y provocó una algarabía de empujones y risas en torno a la alfombra del salón. Marcelo creyó estar viviendo una experiencia desconocida y fue en esos momentos realmente placenteros cuando se dio cuenta de que entre Lucía y él había una distancia mayor que toda el agua del océano Atlántico puesta en una hilera. Ni siquiera pudo abrir la boca cuando un joven que balanceaba su vaso mientras hablaba, elogió su vaquería haciendo un comentario jocoso sobre la leche de sus vacas. La comparó con otra de un lugar cuyo nombre Marcelo fue incapaz de deletrear. Le avergonzó no haber salido más a menudo de su pueblo, salvo por los escasos viajes de negocios a la ciudad o a pueblos


vecinos. Nunca había salido del país, de hecho nunca le había interesado lo más mínimo, pero aquella joven se veía tan libre, tan instruida que sería difícil de atrapar. Más tarde, en el baile que siguió a la cena, sólo pudo bailar con dos jovencitas feas y solteras con las que se conformaban la mitad de los hombres solteros de la fiesta. Todos deseaban bailar con Lucía pero ella siempre estaba ocupada. Al final de la noche, mientras esperaba junto a su primo a que la criada les trajera los abrigos, Marcelo investigó por las salitas de la entrada. Se asombró por la amplitud de las estancias y por la ausencia de huecos ya que en cada rincón se podía encontrar un jarrón, una figura o una planta. Se quedó solo al final de un pasillo, ante una gran escalera que conducía al piso de arriba. Comenzó a subir, pisando la alfombra que cubría los escalones, llevado por el rumor de una voz que parecía la de Lucía. Hacía más de una hora que no la veía en la fiesta, lo que le había llevado a pensar que se había marchado antes que el resto de los invitados, abrumada por tanta atención. Las voces elevaban el tono en lo que parecía una acalorada discusión. Continuó subiendo los escalones, lentamente, con cuidado de no ser descubierto en tal engorroso acto de intromisión. Se detuvo a mitad de ascenso, en un peldaño desde el que las voces eran claramente audibles. Ella discutía con un hombre. Hablaban de cierto encuentro en una reunión política que el padre de ella había organizado en su casa cuando Marcelo escuchó la voz en grito de Lucía: Maldito reaccionario de mierda, ni se te ocurra tocarme, seguido de un movimiento brusco del satén morado de su vestido y de un ruido sordo. Inmediatamente después, Lucía salió de una de tantas habitaciones del piso superior en dirección a la escalera, con el pie izquierdo descalzo y el zapato en una de sus manos. Con ayuda de la otra mano, y con una rapidez tal que conducía a pensar en una práctica demasiado habitual, escondió en el interior de su vestido una parte de sus pechos que, inapropiadamente, habían escapado ante la vista de aquellas paredes de recargada decoración victoriana. Pasó corriendo a tal velocidad que Marcelo apenas pudo moverse del escalón en el que se había detenido a escuchar. Pero en el breve reflejo que dura un parpadeo, Marcelo pudo ver con claridad los ojos verdes de Lucía fijos en los suyos propios; ella le lanzó una mirada veloz que contenía sorpresa al descubrirse escuchada a la vez que reconocimiento por haber transgredido él una importante norma de conducta. Pese a la brevedad de los acontecimientos, Marcelo


supo que Lucía le había prestado, en ese momento, la atención que entre tanta gente él no había podido capturar con anterioridad. Había desaparecido ya Lucía de la vista de Marcelo cuando por el pasillo apareció el hombre con el que estaba discutiendo. Se tambaleaba, llevándose la mano a una pequeña herida que le sangraba en la frente. Como tantos otros, quedó suspirando por ella. Luego, en la soledad de la noche, sobre la cama de invitados de su primo en la que dormitaba, Marcelo pensó que aquél había sido su momento más romántico en quince años.

II: Lucía se asfixia. El día de su regreso a la ciudad, ya desde el instante en que el chofer arrancó el último modelo Ford adquirido por su padre, Lucía Zagra se encontró perdida, como lo estuvo antes de su marcha. Deslizó el peso de su cuerpo sobre la tapicería de cuero hasta acurrucarse en la esquina del asiento posterior. Giró la manivela de la ventanilla para que se abriese hasta su tercio y se arrimó a ella para poder respirar. Hinchó los pulmones aprovechando que el aire entraba bruscamente pero, al instante, comprobó que seguía teñido del aroma raído y seco que impregnaba toda la ciudad y que tanto le repugnaba. A través de un torcido reflejo del espejo retrovisor interior pudo observar el rostro desconocido del conductor. Era un hombre cercano a la cincuentena de aspecto sencillo; la piel demasiado pálida en contraste con el cabello, extremadamente oscuro, repeinado y muy tirante para asemejar el aspecto de la clase distinguida. A ella le dio la impresión de que pasaba demasiada hambre porque su padre no le pagaba lo suficiente. Se avergonzó de sí misma por formar parte de todo aquello y se sintió vencida, derrotada. Transcurrían los primeros meses de 1916. Lucía había cedido, una vez más, a los ruegos de su padre, y aunque lo hizo con el propósito de no frustrar el reencuentro con un ánimo demasiado beligerante ello no suponía sino un retroceso de varios años dentro de los parámetros de independencia que con tanto sacrificio había conseguido imponer a su familia. En cada uno de sus escasos encuentros, Reinaldo


Zagra, padre de Lucía, mostraba su profundo enojo y desconsuelo, al que frecuentemente se añadía un severo reproche, por las noticias que llegaban a la ciudad en las que se detallaban, de manera deliberadamente exagerada, cada una de las tribulaciones ideológicas y personales que acompañaban las ausencias de Lucía, ya fueran laborales o, peor aún, sexuales y tildadas de libertinas. Todas esas noticias, mezcladas con las peores pestes de la rumorología urbana, dañaban de tal modo la imagen pública que Reinaldo Zagra trataba de consolidar en esa ciudad (a imitación de los logros políticos que antaño obtuvo en la capital del país) que había amenazado a Lucía con recluirla bajo llave en el hogar familiar si no moderaba sus inoportunos impulsos. Lucía, en esos momentos tan delicados por los que atravesaba, económicamente hablando, se vio obligada a ceder una parte de su soberanía, y de su dignidad, a cambio de un sustento. Al fin y al cabo, no era la primera vez que tenía que rebajarse de esa forma ni sería la última, al menos con su padre. Por todo ello, poco después de que el tren se detuviese en la ciudad, Lucía Zagra aceptó representar una vieja y conocida pantomima consistente en regresar hasta las puertas de la mansión familiar en el interior de un recién adquirido Ford conducido por un pulcro chofer, lo que proporcionaría suficientes muestras públicas de sostenibilidad económica de los Zagra y supondría todo un acontecimiento social equiparable a la redención del hijo pródigo, episodio que tanto odiaba interpretar y que había sido para ella recurrente a lo largo de sus últimos años. Fue en un antiguo corral de ovejas situado en los terrenos adyacentes a la estación, en ese momento arrendado por la Red de Ferrocarriles y en cuyo interior se reparaban los desperfectos sufridos por los vagones averiados, donde Lucía Zagra estacionó un vehículo minúsculo, en comparación con el Ford, aunque de su propiedad. Le permitieron aparcarlo allí a condición de que lo retirara en menos de veinte días, momento en el que se esperaba la llegada de cierta maquinaria agrícola embargada a favor de la Red de Ferrocarriles y que ocuparía su lugar. Pero Lucía no estaba dispuesta a permanecer tanto tiempo en la ciudad bajo el gobierno totalitario de su padre. Aunque ello le supusiera un sacrificio mayor que, sin duda, sería menos humillante para ella. Allí la esperaban con los brazos abiertos las aburridas fiestas de gala, los ceremoniosos encuentros con los políticos amigos de su padre o la falsedad poco disimulada de su escasa vida familiar. Todo ello, unido como un amalgama de penas que se alojaba en su interior y se clavaba


dolorosamente en su pecho, a la altura del esternón, hizo que el camino en coche desde la estación hasta la enorme casa familiar, en el centro de la ciudad, lo recorriese con la cabeza introducida en una sombrerera, tratando de aspirar el intenso olor a pegamento con el que habían sujetado la tela de cachemir del interior al material indeterminado con el que la habían fabricado. Dejó caer alguna lágrima seca en el interior de la sombrerera al comprobar que se estaba traicionando a sí misma, pero poco le importó. Antes de marcharse a trabajar al extranjero, Lucía reconoció que trataba de evadirse de la insoportable realidad que la rodeaba causándose a sí misma un daño que, alguien le advirtió, pronto sería irreparable. Huyendo traicionaba todos los ideales por los que tantas mujeres luchaban en buena parte del mundo, perdía la batalla cuando lo que realmente tenía que hacer era afrontar los hechos y vencerlos con la práctica. Y, en su momento, así lo hizo. Rompió con todo lo preestablecido, con las ideas retrógradas que trataban de encerrarla de por vida en una casa y a un marido; que la obligaban a asumir las opiniones de éste como las únicas válidas y verdaderas; que la inmovilizaban en la oscuridad del hogar dedicada en exclusiva a la crianza de unos hijos que terminarían por apreciar más al padre que a ella misma sacrificada. Lucía Zagra nunca lo consintió, ni de su padre ni de un hipotético marido, y por eso se marchó del país tras aceptar un trabajo que todo el mundo le recomendó rechazar. Le horrorizaba pensar que una mujer pudiera perder tan fácilmente su individualidad y presentarse ante la muerte como la señora de tal o de cual aunque, en la mayoría de los casos, Lucía había comprobado con desilusión que casi la totalidad de las mujeres carecían de esa individualidad porque les había sido cercenada en la infancia. Era un modo de tortura social muy próximo al que había conocido en sus viajes por el centro de África. En Europa, sin embargo, la situación comenzaba a evolucionar políticamente, algo impensable en este país; se había permitido a las mujeres una mayor integración en las artes, se les había reconocido una mayor capacidad en las ciencias, se les había otorgado el status de persona del que ella carecía antes de su marcha. Lucía sabía que esa situación tenía que cambiar y que ella, procediendo de una familia de políticos, era una mujer afortunada e inteligente, capaz de introducirse en ese mundo de fieras sin mirar a sus fauces y de alterar la situación. Pero se encontraba demasiado débil. Necesitaba descansar y pensar. Evadirse del mundo antes que enfrentarse a él. Necesitaba conocer qué es lo que, en el fondo, estaba dispuesta a sacrificar y el


precio que tendría que pagar por todo ello. Por eso, repitiéndose a sí misma, Lucía Zagra pensaba en la huida aguardando un momento más propicio para batallar. En su juventud, Lucía aprovechó la posición económica de su padre para escapar de aquella ciudad que la oprimía y estudiar en las mejores escuelas europeas. Cursó Literatura en la Universidad de Berna, en Suiza, y asistió a clases de interpretación para sentir en sus carnes lo que otros habían descubierto con la escritura plasmándolo en los libros. Eligió la literatura porque amaba las palabras más que a las personas, quizá por haber nacido en un ambiente negro y represivo con una madre sumisa siempre a las órdenes de su padre; y deseaba más que nada escribir, aunque para ello antes tenía que comprender a los autores, llegar a sus almas y encontrar el secreto de la creación, que Lucía situaba entre la observación y el sufrimiento de la vida. Lo que realmente le ocurría por aquel entonces es que no había encontrado a nadie que se entregara a ella por lo que era, que la amara sin reparos ni condiciones, que le hiciera pensar en la bondad humana como una realidad que no había muerto. Por eso amaba más las palabras. Aguardando el día en que el amor llamara a su puerta, Lucía recitaba poemas en habitaciones vacías, leía a los clásicos sobre la hierba de cualquier parque público, y paseaba por las calles capturando cada detalle, cada movimiento y cada gesto de las personas con las que se cruzaba. El recuerdo más grato de sus clases de interpretación eran los movimientos sinuosos de los cuerpos expresando sentimientos. Los alumnos se colocaban en el centro de la clase y, vestidos de color negro (las chicas con pantalones y camisetas de hombre), caminaban, giraban y se movían como mimos con las caras limpias, tratando de mostrar deseo, ira, comprensión, locura, futilidad, amabilidad, compañerismo. Parecían gaviotas a cámara lenta girando sobre sí mismas, rasando el suelo. Su primer romance serio lo tuvo con un compañero de Universidad, el atlético de ojos claros Hugo Feldkirch, y aunque la experiencia terminó pronto, debido a las marcadas personalidades de cada uno, llenó el vacío que Lucía había arrastrado en los años precedentes de modo que la literatura descendió a un plano inferior en su vida y predominó su interés por ser feliz y amar a las personas. Aprendió idiomas y viajó cada segundo que tuvo libre, siempre con la secreta motivación de huir y de aprender, de desarrollarse como persona para, algún día, poder enfrentarse a todos aquellos que, como su padre, trataban de anularla como individuo junto al resto de las mujeres, y


siempre con la conveniente excusa que daba a su padre de que “aquello” (esa culturización internacional, como a él le gustaba escuchar de labios de Lucía) serviría para estar a la altura de la familia y de lo que de ella se esperaba. Reinaldo Zagra no tardó en descubrir la verdadera intención evasiva de su hija pero, para entonces, ella tenía tal fuerza, prestigio y persuasión en determinados círculos europeos que poco pudo hacer para corregir su desviación. Poco, excepto en esas, para él, regocijadas ocasiones en las que se aprovechaba de la debilidad íntima de Lucía, o de sus circunstancias, para exponerle su conocida amenaza del encierro bajo llave o del cierre del grifo monetario, tal y como ocurría en ese momento. Poco después de licenciarse, Lucía Zagra comenzó a trabajar en un diario local suizo al que siguieron otros, la mayoría de ideología izquierdista, por toda la geografía europea. Trabajó en Alemania e Italia, en Holanda y Francia, en Dinamarca e incluso en Rusia, donde presenció la actuación de grupos de bolcheviques que, años más tarde, desembocarían en los soviets y la Revolución Rusa, un momento histórico que siempre lamentó no poder presenciar. Acabado su romance con Hugo Feldkirch, Lucía permaneció soltera y libre de ataduras pese a las fallidas imposiciones de su padre orientadas al matrimonio con colegas de la política derechista o con reputados burgueses de la ciudad; pese a las lágrimas con las que su madre trazaba ríos en las tardes de charla y café con sus amigas; y pese a las insistentes amenazas con obligarla a volver, todas infructuosas mientras Lucía ganaba el suficiente dinero con su trabajo. Para Reinaldo Zagra, era imperativo que Lucía contrajera matrimonio y tenía que ser pronto para que le diera nietos varones. Los telegramas, las cartas, las visitas, las llamadas telefónicas, cualquier momento era propicio para recordarle su deber de casarse y Lucía, hastiada de escuchar siempre la misma cantinela, adoptó una actitud de reacción en relación con los hombres que, en su inagotable deseo por aprender, por mejorar en el trabajo y por rebelarse al mantenimiento de una postura de clase social y de prepotencia machista que rechazaba, la llevó a huir dejando de lado incluso al amor sin apreciar lo que el tiempo le ofrecía a su paso. Había cumplido treinta años cuando fue contratada por el diario británico Times para cubrir los acontecimientos bélicos que se iban a desencadenar en la Península de Gallípoli, cerca de Constantinopla, durante la Gran Guerra. Lucía Zagra se había forjado una pequeña fama como escritora en los años que vivió en Italia, cerca de Florencia, donde


publicó un libro de cuentos infantiles con cierta relevancia editorial. Pero fue en 1914, gracias a su participación en un diario francés, con un artículo que ponía de manifiesto la inutilidad de la guerra y el ostracismo de la mujer, relegada a tareas de apoyo médico o religioso, cuando su nombre resonó en los oídos de los más poderosos editores y, con ello, en los periódicos más relevantes. El sarcasmo con el que impregnaba sus artículos y el dominio de su narrativa alentó a muchos a acercarla a sus terrenos con tentativas económicas envidiables. Lucía no dudó en aceptar el trabajo de corresponsal en el frente Turco, pese a la oposición de toda su familia y al revuelo que ocasionó en los círculos políticos y culturales de la ciudad, donde se condenaba (no sólo a ella sino a su propia familia) la habilidad con la que se consentían sus censurables opciones ideológicas y sus reivindicaciones político-feministas. Ella aceptó de todas formas y partió en un interminable viaje ferroviario rumbo a Atenas con la única compañía de una carta de destino y varias maletas. A su llegada a Atenas en los primeros días de mayo de 1915, un enlace británico del Times la esperaba en la estación. Aunque Grecia se había declarado neutral durante la Gran Guerra, lo cierto es que colaboraba con Alemania en sus ofensivas contra los aliados. Coincidiendo con la llegada de Lucía, la estación se veía abarrotada de civiles, que se desplazaban desde el norte de Italia escapando de los bombardeos, y de tropas de distintas nacionalidades que aprovechaban el pretexto de neutralidad para tomar posiciones en uno u otro frente. Pese al esplendor de su rostro, Lucía se sentía sucia y cansada por el largo viaje. El enlace británico del Times la condujo hasta un hotelucho a las afueras de Atenas en el que se alojaban otros reporteros de distintas nacionalidades que, como ella, acababan de llegar al país y aguardaban su traslado al frente aliado. Compartió unos escasos cuatro metros cuadrados de habitación con inodoro propio con la corresponsal norteamericana del New York Herald, Sophie Newcastle. Al parecer, ellas eran las únicas mujeres que iban a cubrir los acontecimientos bélicos, aunque a ninguna de las dos les importó. Al igual que Lucía, Sophie Newcastle era una muchacha valiente que no temía a nada y, aunque no coincidieron en el frente por tener distintos emplazamientos, cada una se interesó por la suerte de la otra creando una complicidad mutua que pensaron sería necesaria ante tanta presencia masculina que les miraba con cierto reparo. La primera noche que pasaron juntas, antes de ser destinadas, conversaron durante horas. Dejaron de lado el trabajo y descubrieron que, pese a proceder de países tan lejanos y distintos, coincidían en pequeños


detalles como su deseo de mejorar y de ser reconocidas. Cuando Sophie Newcastle se levantó de la cama y encendió la luz del cuarto para enseñarle una fotografía de su marido y su hijo de tres años, ambos inmaculados y sonrientes ante el objetivo, Lucía no supo qué decirle. Se sintió incómoda y una vez bajo las sábanas, protegida en la oscuridad, le invadió un escalofrío de miedo ante la posibilidad de quedarse sola para el resto de su vida. Fue en mitad de la contienda donde Lucía Zagra conoció el primer y verdadero amor a través de los ojos del fotógrafo francés Pierre Dumonde. Durante la noche del 10 de mayo de 1915, aproximadamente a las cuatro de la madrugada, un militar de origen ateniense sutilmente vestido de civil irrumpió en la recepción del hotel blandiendo ante la adormilada mirada del recepcionista una hoja de papel, arrugada por las huellas de sus gruesos dedos, que contenía los nombres de quince personas en una única columna. El recepcionista, que más tarde aseguró a su relevo haberse sorprendido por la inesperada violencia de ánimo con la que el hombre prorrumpió en el hotel, reconoció entre los nombres a varios de los reporteros internacionales que aguardaban su traslado. Mientras el militar fruncía el bigote, el recepcionista le aseguró que avisaría de inmediato a esas personas y le invitó a sentarse en uno de los sillones de terciopelo verde y morado que rodeaban la entrada. El militar rehusó con un gesto desdeñoso, se retiró del mostrador hasta un rincón, prejuzgando al empleado como un ignorante que no se encontraba a su mismo nivel y pensó que si la ignorancia pudiera contagiarse por el aire la distancia le protegería. El recepcionista anotó junto a cada uno de los nombres el número de la habitación en la que se alojaban y, presuroso, subió a zancadas por las escaleras hacia el primero de los pisos para despertar a los elegidos. No obstante, cuando llegó a la primera de las habitaciones escuchó cierto bullicio tras la puerta que le hizo pensar que no dormían y tuvo que golpearla fuertemente con la mano en puño para que le escucharan desde el interior. Los allí presentes, al menos doce o catorce personas en el espacio de una habitación doble, ni siquiera se molestaron en disimular que celebraban una gran fiesta. De reojo y decepcionado ante lo que no esperaba encontrar, el recepcionista distinguió entre el alboroto y el movimiento de personas decenas de botellas de alcohol prácticamente vacías, una cubitera con abundante hielo y todo el


mobiliario desplazado de sitio utilizado como improvisado asiento. Las risotadas de los reporteros incomodaron al recepcionista; miró a su alrededor, hacia el pasillo y, temiendo que pudieran molestar a los demás huéspedes, les rogó silencio pero nadie dejó de parlotear y de reír. El hombre que había abierto la puerta pidió a los presentes que guardaran silencio y les explicó que venían a buscarles. Alguno de ellos soltó un silbido de alegría que pronto fue acompañado por un coro de voces y gritos de júbilo que se elevaron de tono. El recepcionista rogó que bajaran la voz pero se dio cuenta de lo inútil de sus ruegos cuando comenzó a salir más gente de las habitaciones próximas donde celebraban sus propias fiestas y que, al oído de los vítores, querían descubrir el motivo de tal alegría para participar de ella y mejorar sus propias y alicaídas fiestas. En menos de cinco minutos, el pasillo de la primera planta se alborotó por completo de gente corriendo de un lado a otro y los mismos reporteros, con sus vasos llenos en la mano, subieron a otras plantas a dar la noticia a sus compañeros para ver quiénes habían sido los primeros en ser destinados al frente. Como esperaban desde hacía varios días, una avioneta civil les conduciría en turnos hasta el frente, a los territorios del Imperio Turco Otomano que habían sido tomados por las tropas aliadas a comienzos del mes de abril de ese año en la primera de las ofensivas por la conquista del estrecho de los Dardanelos, muy cerca de Constantinopla. En aquellos primeros momentos, el nerviosismo, el regocijo, la confusión de nombres y las risas de triunfo recorrieron las vidas, los sueños y las aspiraciones de un nutrido grupo de hombres y mujeres valientes, dispuestos a arriesgar sus vidas para que la gente conociera lo que ocurría realmente en el frente. Pocas noches antes, en una de las fiestas en las que se reunieron todos los corresponsales, llegaron al convencimiento espontáneo de que el mundo merecía conocer aquellas atrocidades para no repetirlas. Todos habían llegado hasta allí con su propio compromiso personal pero la unidad que presenciaron permitió reforzar ese propósito reivindicativo que, en muchas ocasiones, trataba de ser evitado por los editores y por el mundo, quienes miraban de soslayo la realidad de una guerra para acudir a matices banales o sin importancia que únicamente contribuían al engaño social y al aumento de las ventas. Por eso, aquel grupo de reporteros acordó en silencio mostrar la más cruda realidad sin recurrir al amarillismo, sin reparar en falsas historias de héroes y patrias.


Al enterarse de que su nombre era uno de los que incluía la lista, Lucía Zagra no pudo evitar desorientarse y sentir un hormigueo profundo por todas sus extremidades. Supo que era el momento de algo pero no de qué. Avanzó por uno de los pasillos evitando los zarandeos de sus compañeros que corrían de su lado o en dirección contraria, los abrazos de desconocidos que empezaban a ser sus buenos amigos; y trataba de llegar a su habitación para hacer el equipaje en una de las mochilas de campaña que les habían repartido previamente. Poco después, los acontecimientos se precipitaron. Se despidió de Sophie Newcastle con un fuerte abrazo, aunque ambas estaban seguras de que no coincidirían en el frente y tardarían en volver a verse; sobrevoló el mar Egeo desde Atenas hasta las costas de Gallípoli, encogiendo las piernas y acercándolas a sus pechos cada vez que la avioneta saltaba en el aire intentando no atravesar las espesas nubes; y aguardó, junto a sus compañeros, en un improvisado aeropuerto de campaña que las tropas aliadas habían acondicionado en una explanada de tierra muy cerca de la playa. En los alrededores, junto a grandes montículos de tierra levantados después de allanar el terreno, se acumulaban apilados enormes pisos de cajas con material de guerra y aprovisionamientos médicos y quirúrgicos, de imperiosa necesidad. A ambos lados, reconocieron un par de aviones de combate, avionetas de transporte y un pequeño taller de reparación con cientos de piezas de chatarrería esparcidas a su entrada, accesibles a manos de los mecánicos. Los quince periodistas elegidos para el primer destino aguardaron en un rincón, lejos de la pista. Dejaron sus mochilas en el suelo, impregnándose del primero de muchos barros que encontrarían en los meses siguientes, y se miraron los unos a los otros conscientes de que sus vidas comenzaban a cambiar a partir de entonces. Su destino quedaba para unos en manos de Dios, para otros en manos del destino, pero para todos en manos ajenas que no podían controlar sino con el dominio de sus actos, con el autocontrol y con la razón; aunque eran muchos los que ya tenían experiencia como reporteros de guerra y sabían de sobras que allí, en el fragor de la batalla, el diablo sonreía de la forma más hermosa, tratando de engatusarles con las perlas de sus dientes. Poco antes del anochecer, Lucía Zagra y otros tres reporteros de distintas nacionalidades fueron trasladados al frente en el interior de un camión militar cargado de provisiones destinadas a los combatientes. Se agarraron a unos correajes de la parte trasera del camión para no caer entre la carga ya que, debido a la irregularidad del terreno por el que circulaban, eran zarandeados contra la chapa de las paredes, adelante y


atrás, en incesantes y entrecortados tumbos. Conversaron poco y a gritos, lo suficiente para conocer y retener sus nombres y el periódico para el que trabajaban y para reflexionar tratando de recordar en qué parte del hotel se habían cruzado durante los días que aguardaron a su traslado. Ninguno de los hombres cuestionó la presencia de Lucía en la guerra. Por aquel entonces, eran pocas las reporteras que se repartían por el mundo cubriendo corresponsalías de guerra pero, cada día, luchaban por integrarse aún más. Los hombres, conscientes del riesgo para sus vidas y del desgaste emocional que suponía trabajar en medio de un conflicto armado, las valoraban en su justa medida y las ayudaban en cualquier cosa que pudieran necesitar. Entre el polvo que se colaba por la ranura de la puerta trasera del camión, entre los bruscos baches que levantaban sus cuerpos de los asientos varios centímetros por el aire, o entre las ropas militares que vestían, poco les diferenciaba. Eran valientes que arriesgaban sus vidas por transmitir al mundo la realidad de una guerra al margen de sensacionalismos, simples personas que compartían los momentos bajos de los combatientes con palabras de aliento. En el fondo, después de presenciar decenas de guerras, todos ellos coincidían en una misma cosa tan simple como una sílaba y es que, por mucho tiempo que pasase, ninguno comprendía ni justificaba la necesidad de una nueva guerra. Bajaron del camión cargados con las mochilas pardas que les habían facilitado las tropas aliadas y, caminando los cuatro juntos como buenos amigos de toda la vida, preguntaron por el coronel Mills del ejército británico. Un hombre recto y espigado, con un espeso mostacho agrisado asomando bajo su estrecha nariz, los distribuyó en distintos puestos de mando esparcidos a lo largo de cinco kilómetros. Lucía fue a parar al campamento situado más al este, en una costa escarpada junto a una serie de dunas de arena dura y seca en las que se desplegaban las tiendas de campaña. Después de bajar del segundo camión que les repartía, Lucía recorrió a pie casi un kilómetro de arena hasta alcanzar las primeras tiendas en las que debía mostrar su acreditación y donde le indicarían el lugar en el que instalarse. Desde allí, contemplando el océano tranquilo, nada evidenciaba la presencia de la guerra, tan solo el silencio acompasado con el murmullo de las olas, el sonido granulado de la arena deslizándose a sus pasos, las nubes desplazándose a gran velocidad sobre ella.


Poco después de acomodarse en una minúscula tienda enclavada cerca del recinto que servía de comedor y sala de reunión, Lucía Zagra recibió la visita de bienvenida de Pierre Dumonde. Pierre Dumonde era una persona cálida y susurrante, que acariciaba el corazón de Lucía a cada palabra y con cada gesto. Lo conoció el primer día de destino; se encontraba en el exterior de la tienda sacando su ropa y enseres personales de la mochila, cuando una voz profunda a la vez que dulce dijo señorita. Lucía se volvió y distinguió la silueta de un hombre que tapaba con su cuerpo el sol que se vertía desde lo alto sobre el campamento. En el lugar de su rostro, escondiendo las formas que deberían corresponder a una voz tan bella y fascinante, distinguió una enorme cámara fotográfica con un brazo metálico del que salía un flash con forma circular. Apenas tuvo tiempo para sonreír cuando escuchó un clic leve y sordo. Acto seguido, el hombre retiró la cámara y mostró su cara, limpia y magnética, enmarcando una enorme sonrisa y unos ojos despiertos. Se presentó como Pierre Dumonde, corresponsal gráfico de origen francés aunque procedente de Hamburgo, África Occidental Portuguesa, Persia e Indochina, sus cuatro últimos destinos en poco más de un año y su verdadero hogar, como tantos otros lugares de pequeño nombre y gigantescas personas que le precedían. A estas palabras añadió su sincero ofrecimiento de ayudarla en cualquier cosa que pudiera necesitar y, con una sonrisa maliciosa, le aseguró que eran los únicos corresponsales en el campamento, de hecho los imprescindibles: un redactor y un gráfico, porque el de ellos era el peor destino posible en aquella guerra pero también el más fascinante, el que electrizaba cada vello del cuerpo. Con la mano alzada y los delgados dedos desplegados, Pierre indicó la situación de su tienda entre una hilera de tales, aunque advirtió a Lucía que si le buscaba allí lo encontraría muy pocas veces incluso en la noche, ya que él prefería lugares en los que hubiera algo que observar y no había dejado de encontrarlos en el tiempo que llevaba en el campamento. Con un gesto rápido, que evidenciaba ser repetido, Pierre Dumonde retiró por detrás de su oreja izquierda varios de los rizos rubios que le caían sobre los ojos, extendió la mano en forma de cinco a modo de saludo y desapareció tras la tienda. Lucía, en su asombro, apenas tuvo tiempo de intercambiar dos frases con él pero, en ese escaso tiempo, fue capaz de recorrer el rostro de Pierre y de memorizarlo como si se tratara de la joya más fascinante que hubiera visto en toda su vida.


Con el paso de los días, Lucía pudo conocer el interior de Pierre Dumonde. Le ocurrió como al resto de los soldados británicos, australianos y neocelandeses que luchaban en ese frente, en ese minúsculo campamento; bastaba con hablar un segundo con él para convertirse en su verdadero amigo y compañero. Pierre Dumonde era una de esas pocas personas que existen en el mundo a las que se admira, a las que se toma como modelo a seguir. Alguien diáfano y sincero que, al mirarle, se descubre radiante y luminoso, real y transparente como si desconociera el significado de la maldad. Optimista y alegre en todos sus instantes. Su piel, notablemente bronceada, le daba la apariencia de un pequeño sol al que se persigue con la mirada y que apacigua cualquier entraña revuelta. Instintivamente, todos querían estar cerca de Pierre pero pocos lo conseguían porque él, como si fuera consciente de la admiración que despertaba, huía entre el viento y las motas de arena que flotaban en el aire. Aparecía cuando uno menos lo esperaba y desaparecía del mismo modo, sin despedirse, hasta el día siguiente. Quizá por eso pocos habían descubierto el lugar en el que pasaba las noches fuera de su tienda de campaña, tal vez porque no siempre era el mismo lugar aunque siempre estuviera cerca del mar. Durante el día, vagaba por aquel paraje de tierra, guerra y explosiones buscando el momento preciso, la imagen perfecta. Y las conseguía. Siempre estuvo donde se le necesitó. Siempre consiguió la mejor entre las fotografías posibles. Muchos de los soldados decían de él que tenía una especie de sexto sentido que lo hacía invulnerable y más sabio que el resto. Tenía un aura muy marcada que en la noche, bajo el fuego que se desplegaba cubriendo el cielo por las explosiones de los cañones lanzados por el enemigo, incluso podía verse como un relieve de paz y armonía. Eran decenas los que relataban en el puesto de enfermería cómo Pierre Dumonde les había susurrado en voz baja mientras, heridos en el barro de las trincheras, esperaban la llegada de los camilleros. Pierre les cogía de la mano, dejaba a un lado la cámara fotográfica de la que nunca se desprendía y les hablaba de lugares por los que había pasado; describía montañas escarpadas y nevadas en países de los que ni siquiera habían oído hablar, de riachuelos que atravesaban granjas en las que vivían grupos de mujeres emparentadas entre sí que acogían al visitante y le ofrecían tal variedad de panes y quesos que jamás se podían terminar. Les hablaba de su familia que vivía en Francia, de sus novias a las que siempre abandonaba partiéndoles el corazón (punto éste que nadie creyó), de la triste Geneviève, de distintas lenguas aprendidas; y de los amigos,


que aguardaban su regreso en puntos opuestos del mundo, dispersos como un mapa de estrellas. Ahora que Lucía regresaba a la casa que su padre Reinaldo Zagra tenía en la ciudad, en ese trance en el que creía traicionarse a sí misma por algo de dinero, era más sencillo dejarse llevar y reflexionar acerca de todo lo vivido con Pierre Dumonde unos meses atrás. Podía verlo tal y como era. Transparente y etéreo. Como de otro mundo. Fue gracias a él que los atroces días de la batalla de Gallípoli pasaron apenas sin sentirlos. Fue por él que las derrotas fueron leves y que las heridas de sus compañeros sangraron menos porque no prestó atención al horror sino a las palabras de aliento de Pierre. De no haber sido por él todo habría sido distinto. Y peor. Pero Pierre Dumonde apareció y llenó de tal modo las vidas de tantas personas, incluida ella misma, que hasta su muerte se asimiló de forma distinta. Por extraño que pudiera parecer, Pierre Dumonde impregnó con su propia vida a todos los que le conocieron y, tal y como deseó, vivió siempre en los recuerdos de aquéllos su felicidad perdida. En las décadas siguientes, únicamente dos entre el centenar de personas que intimaron con Pierre Dumonde llegaron a olvidarle y a dejar de sentirle en su interior, a perder esa protección mágica que otros sentían cuando se encontraban tristes. El primero, nativo de las Antillas, vio su cabeza reducida y su cuerpo engastado en un grueso palo por una tribu salvaje que arrasó todo su pueblo en mitad de la selva. El segundo, de nacionalidad alemana, no pudo evitar sentirse atraído por el férreo aleccionamiento militar de Adolf Hitler y, regocijado por una guerra, se limitó a no sentir ni pensar. Por el contrario, fueron centenares los que conservaron a Pierre en lo más íntimo del corazón como una posesión demasiado preciada a la que no podían renunciar sin dejar de ser ellos mismos; un recuerdo que, en el caso de perderse, haría perecer esa parte de su identidad que, estando oculta, Pierre descubrió en cada uno de ellos. Y ocurriría que, muchos años después, en unas circunstancias en las que el olvido cubriría la memoria de tantos para evitarles un sufrimiento mayor, Lucía Zagra, entonces casi una sombra delgada que apenas se sostenía, recuperaría la luz que un día impregnó en ella Pierre Dumonde gracias al encuentro fortuito con una mujer. Ésta, deshumanizada por otra guerra y por las condiciones en las que se encontraban, mantenía una mirada límpida y cristalina, despierta y, en falso modo, feliz. Lucía se acercaría a ella desde el mismo momento en que la viese caminando con


la espalda arqueada, arrastrando los huesos de sus debilitadas piernas y mostrando la caída de su labio inferior que acentuaba su cara alargada, y lo haría quizá alertada por esa expresión de ojos apaciguados que reflejaba todo aquél que había conocido a Pierre Dumonde. Por eso, a Lucía no le extrañaría que esa mujer reuniera a su lado a un grupo irreconocible de mujeres moribundas, entre las que ella misma formaría número, para contarles historias de otros tiempos olvidados y perdidos. Tampoco le sorprendería que un día, entre la oscuridad aspirada, surgiese de entre sus narraciones el nombre de Pierre Dumonde; ni tampoco le extrañaría que esa mujer recordara hasta el más inútil de los detalles de su experiencia vivida y, aunque las otras mujeres calificarían su relato de excesivo y falseado por los años, ella no dudaría que las palabras de la mujer eran totalmente ciertas y que, incluso, escapaban a los límites normales de la memoria porque se habían sumergido en el aura captora de Pierre Dumonde. Aquella mujer, aún desconocida para Lucía, coincidió con Pierre en 1910 durante unas vacaciones en el África Occidental Portuguesa donde un grupo de amigos organizó un safari de tres días para fotografiar leones de pelo largo. Tenía sólo veintiún años y ya le sobrecogió la humana sencillez de Pierre, su sonrisa perlada bajo el reflejo intenso del sol y la facilidad con la que se mezclaba en el entorno, como si formara parte de aquella misteriosa naturaleza, salvaje a la vez que fascinante. Pero lo que mejor recordaba era el encanto irreal con el que Pierre se desenvolvía entre el resto de las personas. Aún entonces, 31 años después (en 1941), a sus cincuenta y dos años, en una guerra sobrepasada por su propio tamaño y tan cercana a la muerte como Lucía, pese a sentirse reducida y atrapada en el horror, mantendría el recuerdo de un hombre al que sólo conoció durante tres días y que cambió para ella el concepto mismo de la vida y del universo. Así, mientras aquella mujer rememoraba con admiración cómo una mañana luminosa y de cielo sin nubes Pierre Dumonde la tomó de la mano y la condujo en silencio entre las hierbas altas y espesas en las que se refugiaban los leones para acariciar el pelo esponjoso y casi blanco de dos crías que se amamantaban, Lucía recordó el instante en que, entre una nube de polvo, se besaron por primera vez. Se le erizaron los cabellos con solo pensarlo y, aún entonces, sintió aquel momento como una fuga de los sentidos lejos de ese mundo oscurecido y revivió su mutuo internamiento en el universo mágico e irrepetible de Pierre Dumonde.


Aquel señalado día, los cañones de la artillería turca arrojaron sobre ellos sus feroces mordiscos a lo largo de trece interminables horas. Los militares salieron de las trincheras cubriendo sus cabezas con los cascos y se dispersaron a lo largo de la playa agujereada o se escondieron al cubierto de las rocas escarpadas del acantilado, lejos de la violencia de las olas. Aguardaron sin dejar de temblar, rezando para que la ratonera en la que se encontraban agazapados no fuera descubierta por el fatal destino de la muerte que cruzaba el cielo silbando los ecos de canciones conocidas. Después, sobrevino un absoluto silencio acompañado tan solo por el siseo áspero de una inmensa masa de polvo rojizo que, a gran velocidad, se acercaba verticalmente desde el oeste cerrando el cielo, recia como una tela de mortaja dispuesta a cubrirlos. Lucía, después de que bombardearan el puesto de mando en el que se refugiaba, se encontró desorientada, totalmente sola, con la única presencia de los cuerpos despedazados de sus compañeros sobre la arena entre los restos de lona de las tiendas de campaña. Los esquivó con su paso frenético, consciente de que aquella nube parda se acercaba para capturarla, para acabar con todos ellos. En instantes, todo se tornó invisible a sus ojos y una bofetada ardiente impactó contra su cuerpo arrojándola al suelo y traspasándola con fiereza. Lucía se perdió en ese punto entre la maraña de polvo, con los ojos cerrados y las manos sosteniendo el peso de su cuerpo incorporado sobre el suelo. Durante largos minutos, la nube de polvo recorrió la playa minada de cuerpos y se fue diluyendo hasta dejar una atmósfera turbia de partículas. Al abrir los ojos, Lucía se encontró en el interior de una nebulosa de moléculas terrosas que flotaban en direcciones alternas. La luz del día se filtraba débilmente a través de ese movimiento compacto y reflejaba las formas más inmediatas en un tono entre ocre y rosa palo. Quizá por eso, Pierre Dumonde, en el otro extremo de la playa, descubrió en el interior de la nube de polvo la exótica y etérea intemporalidad de una antigua fotografía de color sepia y se deslizó entre esa invisibilidad recia como guiado por un instinto ciego y natural, erguido y firme, sin el más mínimo asomo de temor o de duda. Entre gritos, robados por el viento espeso que les cubría, Pierre llamó a Lucía pero ella no le escuchaba. Lucía Zagra se sintió transportada al interior de uno de sus cuentos infantiles, empujada por el viento y a punto de despegar del suelo. De nuevo, la indudable presencia de Pierre Dumonde (que ella creía próxima) la arrebataba de la inmunda realidad circundante. Fue entonces


cuando advirtió un destello intermitente, entre la rosada barrera de oscuridad, que titilaba como una pequeña y errática estrella. Se acercó tanteando con sus manos el vacío que la precedía y sintió en una de ellas el contacto enérgico de otra mano que la asía y que tiraba hasta capturarla en un abrazo. Lucía Zagra escondió su rostro en el pecho de Pierre Dumonde y mientras éste le levantaba el mentón hacia su boca para besarla pudo ver el brillo acuático que desprendían sus ojos. Muchos años había de vivir aún Lucía Zagra como muchos serían los dolores que se le incrustarían en el alma, uno tras otro. Y, detrás de todos ellos, el recuerdo imborrable de su amado Pierre Dumonde la ayudaría a sobreponerse y a pensar, una vez más, en la belleza de las cosas que él siempre sabía percibir o que, al menos, trataba de encontrar. Cuántas veces necesitó escuchar la voz susurrante y profunda de Pierre. Y cuántas la escuchó en su memoria, aunque debilitada su intensidad y esa vibrante entonación que marcaba cada una de sus pausas. Pero todo eso aún estaba por venir y, mientras Lucía Zagra se zambullía en las noches de fiesta en la ciudad, no podía evitar pensar en Pierre Dumonde y en cómo le conoció. Pierre Dumonde amaba su profesión y hacía de ella su propia vida. Alternaba las corresponsalías de guerra con los encargos de revistas de viajes y, cuando no tenía trabajo, buscaba expediciones a las que acompañar como reportero freelance para después ofrecer sus fotografías a diversas publicaciones o a la propia entidad organizadora de la expedición. Tenía treinta y seis años y llevaba 20 viviendo de la fotografía, lo que le había infundido un apasionado amor hacia las instantáneas, hacia ese arte ladrón de la realidad. Llegó a esa guerra por la misma casualidad que le había hecho recorrer la mitad del planeta: por una partida de cartas que, de haber ganado, habría encaminado su destino hacia la agricultura y los cultivos de arroz en Yen Bai (Indochina). Unas cuantas llamadas, unos contactos y un soborno, le colocaron en el punto álgido del conflicto, en la zona más castigada por los bombardeos turcos. Nada más llegar, aprendió a reconocer el sonido silbante de la velocidad y a esquivar la caída de los proyectiles enemigos gracias a la ayuda de un soldado británico de veintiún años que corría como los gamos del sur de Europa. Uno de los momentos más importantes en la vida de Lucía Zagra transcurrió en el interior de un profundo charco de barro y sangre, en el lado oculto de una trinchera junto al joven William B. Harris.


Paradójicamente, las vidas de las siguientes tres generaciones de dos familias todavía no conectadas por el destino estarían durante años vinculadas a ese momento como si ellas mismas hubieran estado presentes en él. En ocasiones, es imposible determinar el origen de las cosas al igual que es muy difícil dilucidar los motivos de una reacción o de un sentimiento, sin embargo, lo que ocurrió aquella noche de finales de mayo de 1915 creó un hermoso hábito que, 75 años después enlazaría pasados, huellas, vidas y sueños, en las personas de Raquel Rialme y Esteban Isla. Sólo el transcurso del tiempo y una contemplación desde la distancia son capaces de explicar ciertas cosas que, en muchas ocasiones, nadie descubre porque es incapaz de hilvanar la historia. Esa noche, nació el vínculo que, años después, provocaría un encuentro. Ocurrió que Lucía Zagra recorría las estrechas trincheras aliadas durante la noche del bombardeo. Su labor se reducía a presenciar sin entorpecer, a ser testigo para el mundo del sufrimiento de sus compatriotas. No deseaba disparar salvo con sus palabras y su tinta y, en su caso, el enemigo no eran los turcos sino la humanidad en su conjunto. Ese día, la noche había caído más pronto de lo usual y, a esas horas, se encontraba cerrada y densa, demasiado lúgubre pese a los destellos de luz que, mediante fogonazos, cubrían el cielo con el sonido estruendoso de la explosión. Lucía, entre un grupo de aproximadamente veinte soldados, repartía agua a quien la pedía y taponaba las heridas de los que caían abatidos por los disparos y retrocedían hasta las trincheras. Conocía sus nombres, sus ojos y sus pieles. Sabía de sus familias, de sus madres, de sus novias, de sus hijos. Comía con ellos, bromeaban juntos, pero también contemplaba sus muertes cada vez más próximas unas de las otras. Esa noche, Lucía temblaba no sólo por el súbito impacto de las bombas sino por el sonido general a muerte. Los gritos, el siseo de las bombas cayendo sin verlas y sin adivinar dónde impactarían, el graznido quejumbroso de los mutilados arrastrándose por el polvo. Esa noche, Lucía no soportaba la vida porque se le antojaba preciosa ante tanta ausencia de ella. Su compañero Pierre Dumonde se encontraba lejos, fuera de las trincheras, y su vacío podía sentirse más aún que el tacto nervioso de las manos de los jóvenes soldados suplicando consuelo y alivio para su dolor. En pocos minutos, se dio cuenta de que las bombas se acercaban certeramente hacia la trinchera en la que se protegían. Era cuestión de poco más de cinco minutos que les alcanzasen pero el dilema era dónde debían colocarse, dónde no llegaría el peligro, dónde un par de vidas serían perdonadas. Por eso, Lucía temblaba. Nunca antes el miedo


había estado tan presente como esa noche, aunque el hecho de compartirlo la aliviaba un poco. Y entonces escuchaban el sonido sordo del disparo seguido de un ascendente siseo, todavía leve, que penetraba en la densa oscuridad del cielo hasta rebasar su cenit y, desde allí, descendía vertiginoso chillando como un cerdo en el matadero. Los soldados, en su mayoría unos muchachos indefensos con lágrimas en los ojos y con heridas en los labios de tanto morderlos para contener el miedo, levantaban la vista (al menos los que no estaban heridos y tumbados en un rincón esperando bajo una manta) y buscaban en la negrura. Algunos maldecían al no ver los proyectiles. Otros simplemente callaban porque sus mandíbulas no les permitían articular las palabras. En décimas de segundos, todos variaban su puesto, un metro, dos, de una esquina a la opuesta, junto a un amigo o compañero de tienda… excepto Lucía que, cerrando los ojos, permanecía de pie aferrándose a la tierra quebradiza de la trinchera como si fuera una pared elevada. Y entonces caía y rugía como el mismo demonio. La muerte se acercaba pero unos metros les salvaban, de momento. Era en esos casos cuando Lucía no sabía qué hacer. Observaba a los soldados rezando e implorando al cielo, pidiendo una oportunidad tras la que enmendarían todos sus errores y sus malas obras. Pero como Lucía no creía en Dios no podía sino esperar a que llegase la luz del día y parasen los ataques. Aunque, en el fondo, aborrecía no tener nada a lo que aferrarse, salvo la arena de la trinchera. Escucharon de nuevo el silbido de la muerte y todos se movieron. Lucía advirtió que tenía las uñas quebradas de tanto aferrarse a la tierra de la trinchera, las contempló como vestigios de un pasado que creía lejano y cerró los ojos para recibir el impacto. La tierra a su lado vibró con rotundidad sacudiendo puñados de arena sobre ella. Una nube de polvo cegó a todos los soldados y se escucharon preguntas acerca de dónde se encontraba cada uno. Varios tosieron al aspirar el polvo. Un joven limpiaba con un trozo de tela de su uniforme el rostro de uno de los heridos, irreconocible por la capa de polvo. Lucía no llegó a caer pero le faltó poco. Su ropa, muy parecida al uniforme de los soldados, se encontraba apelmazada y rasgada dejando al descubierto sus dos brazos. Se desplazó de donde estaba para ayudar al joven soldado a mover a su compañero herido hasta otro rincón, aparentemente más seguro. Tiraron de él con fuerza pero al colocarlo advirtieron que estaba muerto. Los gritos continuaban tanto dentro como fuera de la trinchera y Lucía sólo pensaba en Pierre, en lo mucho que le necesitaban.


Al silbido del siguiente proyectil comenzó la lluvia. Se desprendió del cielo con violencia y prisa, como si el espacio allí arriba se hubiera visto rebasado de tantos que morían. En segundos, sus ropas se calaron hasta el punto de hacerles caminar con dificultad debido a su peso. Lucía volvió a abrazar el muro de tierra de la trinchera y aguardó el impacto decidida a no moverse. Esta vez, la puntería del enemigo fue certera y la trinchera saltó por los aires. Lucía se dejó llevar cuando la tierra sobre la que se sostenía comenzó a caer sobre ella. Esta vez no hubo polvo tapando la vista sino barro salpicando todos los cuerpos. Sus caras, sus ojos, sus manos se cubrieron del lodo que la lluvia había formado sólo unos segundos antes. Cuando Lucía consiguió despejarse y limpiar su cara con la mano, no encontró la trinchera porque simplemente había desaparecido. En su lugar, un enorme agujero se abría al cielo encharcándose desde fuera hacia adentro por el agua que seguía cayendo. Se tambaleó mareada, sintiendo punzadas en los oídos debido al impacto y la fuerza expansiva. A su alrededor, Lucía reconoció despedazado el cuerpo del joven al que había ayudado a transportar al herido. Junto a éste, los cuerpos de sus compañeros y amigos ensangrentados se fundían con el barro en un gran charco oscuro. Comenzó a llorar de impotencia y llamó a gritos esperando que alguien que hubiera sobrevivido le contestase aunque no escuchaba ni su propia voz al escapar de su garganta. Sólo William B. Harris lo hizo. Éste se encontraba a unos siete metros de distancia envuelto en la arena desprendida de la trinchera. Se quejaba de un dolor que le aprisionaba las piernas y le impedía moverse. Lucía, temblando hasta el punto de no poder caminar sin tropezar, avanzó hasta él. William B. Harris lloraba y gritaba pidiendo perdón al cielo. La lluvia arrastraba de su rostro el barro pegado y descubría sus relucientes ojos verdes. Lucía se tumbó a su lado, le cogió de la mano y tanteó bajo el lodo que cubría las piernas del joven buscando lo que le aprisionaba. Muy cerca de ellos, pero fuera de peligro, impactó un nuevo proyectil. El suelo vibró. La oscuridad de la noche se vio acompañada por los rayos y los truenos de la tormenta, que refulgían en el horizonte distinguiendo la línea que separaba el cielo de la tierra. Y entonces, Lucía descubrió que nada aprisionaba a William B. Harris bajo el lodo. Porque había perdido sus piernas. Como no pudo decírselo, le mintió. Se acurrucó a su lado dejando que le cogiera de la mano y le aseguró que los camilleros no tardarían en llegar. Pronto, y como en pequeños impulsos, Lucía fue reconociendo algunos sonidos pero el ruido de los truenos y las bombas


predominaba hasta tal punto que se le hizo insoportable. Entre sollozos dejaba escapar un hilillo de voz que no era otra cosa que un grito histérico contenido. Cuando miró los verdes ojos de William B. Harris se dio cuenta de que había muerto. Le acarició el rostro, le cerró los párpados pero no pudo soltarse de su mano, que seguía aferrándola como si tratara de permanecer con ella en este mundo. Lucía no se asustó hasta que vio que, descendiendo como por una cuesta hasta el fondo del círculo en el que se encontraban tras la explosión, la lluvia estaba formando un profundo charco de lodo que ya le cubría hasta por encima de la rodilla. Entonces no hizo otra cosa que cerrar los ojos y gritar. Cuando ya casi se daba por muerta y el lodo le llegaba a la altura del pecho, Lucía Zagra, con los ojos todavía entornados, escuchó un susurro cerca de su oído, parecido a las palabras distantes que se escuchan en los sueños, que le dijo: “- Sourds, étang, - Écume, roule sur le pont, et pardessus les bois; - draps noirs et orgues, - éclairs et tonnerre, - montez et roulez; - Eaux et tristesses, montez et relevez les Déluges.” (Mana, estanque, rueda, Espuma, sobre el puente, y por encima de los bosques; paños negros y órganos, relámpagos y trueno, subid y rodad; Aguas y tristeza, subid y reanimad los Diluvios). Con estas palabras robadas al poeta Arthur Rimbaud, Pierre Dumonde liberó el espíritu de Lucía Zagra de una condena segura; alivió su miedo a aquella tormenta de sangre y consiguió que ella misma se soltara de la mano de William B. Harris, a quien se asía del mismo modo en que un creyente se aferra a su Dios. Estas mismas palabras acompañarían a lo largo de los años cada una de las tormentas personales que empaparon el destino de Lucía Zagra; serían diálogo silencioso en numerosas prisiones entre Lucía y una extraña que crearía el futuro vínculo; y estas palabras reunirían por fin el pasado y el presente de Raquel Rialme y Esteban Isla, mucho antes de que un bosque circular se hiciera presente. De este modo, la historia de Lucía Zagra se anticipó a un futuro que en nada se comprendería sin este instante de magia traído del susurro de Pierre Dumonde, el infatigable genio de las palabras y ladrón burlesco de la vida. Lucía y Pierre se encaramaron a lo alto de la trinchera resbalando en la tierra enlodada, se abrazaron y sintieron la necesidad de permanecer siempre juntos.


Los días inmediatamente posteriores a la noche del bombardeo sirvieron para que el ejército aliado se replanteara su estrategia bélica y su potencia armamentística. Las bajas se pudieron contabilizar en centenares de jóvenes patrióticos, valientes pero inexpertos. La situación que Lucía y Pierre vivieron y presenciaron se hizo extensible al resto de los campamentos desplegados por toda la costa, incluido el que acogía a la reportera norteamericana Sophie Newcastle, de la que se oyó decir había sido alcanzada por una bomba que, al estallar, le abrasó parte del rostro y le amputó uno de los brazos. Por su parte, el campamento en el que se encontraban Lucía y Pierre sufrió innumerables bajas, entre las que se encontraba la del único médico. Casi sin darse cuenta, los supervivientes se habituaron al aspecto fantasmal que presentaban las extensas arenas de su playa. De golpe, y mientras esperaban que llegaran los prometidos y anunciados refuerzos desde el continente, se sintieron al margen del mundo como en una isla desierta en la que se hubieran perdido. Almas era lo único que se veía, deshechos humanos caminando de un lado a otro sin saber qué hacer, sin nada que rellenase su tiempo salvo el recuerdo de los muertos. Pese a todo, Pierre Dumonde supo encontrar su lugar mágico, al que invitó a Lucía. La acompañó cogiéndola de la mano, tirando de su resistencia a ser feliz en medio de un mundo atroz. Terminaron la playa hasta alcanzar unas rocas escarpadas que formaban una montaña baja sin vegetación. Las olas del mar chocaban contra las rocas y giraban en forma de círculo formando remolinos espumosos de movimiento ascendente y descendente. Hasta allí llegaron descalzos al comenzar la tarde y allí permanecieron durante dos días enteros en los que decidieron borrar el mundo y escaparse de él, huir hacia su propio e inevitable enamoramiento. Ni siquiera sintieron la necesidad de comer, simplemente se sentaron sobre las rocas y se miraron. Sus ojos y sus manos hablaron por ellos, sus pensamientos intercambiaron sus recuerdos y sus proyectos, buscaron lugares comunes con esfuerzo y se sumergieron en el dulce jarabe de sus besos y sus lágrimas. Por su lado pasaron las nubes, más bajas de lo habitual; adivinaron el instante en que el cielo cambiaba tonalidades con la noche; conversaron a la luz brillante de las estrellas encontrando sus rostros. Lucía aprendió el significado del amor romántico que había estudiado en sus años de Universidad a través de la literatura y la sinceridad que existe en los corazones de ciertas personas que ven más allá de las ideas de un país o de una cultura y que son capaces, como Pierre, de vivir como verdaderos ciudadanos del mundo. Encontró a Pierre Dumonde tan


hermoso y distinto a como era Hugo Feldkirch que todo empezó a parecerle poco y el lugar se le hizo muy pequeño. Desde entonces y hasta la muerte de Pierre Dumonde en los últimos días del mes de octubre de 1915 alcanzado por una bala que le destrozó el rostro, siempre les vieron juntos. Juntos sufrieron la derrota de las tropas navales enviadas al ataque contra los turcos. Juntos presenciaron cómo aquellos jóvenes, de todas las nacionalidades, se desangraban sobre la arena y el lodo sin ser atendidos por un equipo médico. Juntos enviaron al mundo civilizado centenares de crónicas e instantáneas aunque muy pocas se publicaron. En la mayoría de los ataques, Lucía y Pierre atendieron a los heridos como prioridad a su tarea periodística. Fue una actitud a la que no tuvieron que llegar como consecuencia de un acuerdo sino que fue un sentimiento espontáneo el que los impulsó a arrojarse sobre la polvorienta tierra del campo de batalla al auxilio de sus compatriotas de espíritu. En un momento determinado aunque impreciso en el tiempo, hacia la mitad de lo que duró en total la contienda, los soldados a los que conocieron en el campamento fueron perdiendo sus nacionalidades, las arrancaron de sus pechos como si fueran medallas y decidieron no ser más que otros ciudadanos del mundo como Pierre Dumonde. Decidieron ser un grupo de amigos que combatía al margen de la política y de la ideología; un grupo que permanecía en el combate, impasible, resistiendo, afrontando la muerte, aunque no pudiera explicarse el motivo de su lucha. Decidieron que más que por una causa patriótica, una orden militar o una alianza entre estados se mantenían con vida y en la lucha para defenderse entre ellos, para mantener su amistad. Allí valían sus vidas, sus historias, los recuerdos de los muertos que los vivos hacían suyos para no perderlos, no los disparos ni las armas ni los cañones ni las fronteras. Solo ellos. Una crónica de Lucía acerca de los últimos días de vida de un combatiente australiano, una persona anónima para la sociedad como lo hubiera sido William B. Harris de no haberle conocido y mirado al interior de sus ojos verdes, dio la vuelta al mundo por la crudeza de las imágenes de horror y muerte que reflejaba y por la sinceridad y el cariño con el que estuvo tratada. En los momentos más duros, Pierre abandonaba su pesada cámara en el primer rincón a la vista, entre rocas y polvo aunque sin quitarle nunca el ojo de encima, para cuidar que la vida de Lucía o del resto de sus compañeros no se viera amenazada. Pierre,


representado por su profesión y sus convicciones e idealizado por todos los que le conocieron, siempre se sintió orgulloso de poder transmitir su peculiar forma de vida a otras personas, como lo había hecho, en tantas y tantas guerras que había fotografiado, con hombres y mujeres de distintas nacionalidades. A Lucía le infundió además otra pasión, el amor a la fotografía. El tiempo que transcurría en las interminables y sofocantes tardes antes de los ataques, cuando todo permanecía en silencio, Pierre se acercaba hasta la tienda de campaña donde Lucía dormía y, tendido a su lado, le enseñaba la magia de la fotografía, el placer de retener las imágenes, de capturar el tiempo en sólo un instante. En las noches, se escabullían hasta su montaña escarpada o bajo una gruta submarina o sobre la arena o tras una trinchera abandonada y se tendían en el suelo o sobre la arena o al resguardo de unas rocas. Se abrazaban el uno al otro hasta alcanzar una sola respiración y contemplaban las estrellas más allá de las luces que provocaban las explosiones de la artillería a varios kilómetros de distancia y en lo alto del cielo. Eran gigantescos fuegos de artificio que desplegaban luz sobre sus rostros ensombrecidos y trastornados por la guerra. Pierre había enseñado a Lucía cómo el paso de los días podía endurecer a una persona si ésta no cerraba los ojos a lo que la vida le mostraba. Para él siempre se aprendía de lo más nimio si se era lo suficientemente valiente como para observar. Y ambos lo eran. Por eso buscaban la belleza donde el horror crece y se autogenera, buscaban una referencia visual o un apoyo moral que justificase (si eso era posible) su amor entre la muerte. Y era esa una de las paradojas que marcaba la vida de los hombres, allí donde más se sufre es donde otros alcanzan su máximo placer. Lucía bebió las lágrimas de Pierre y le aplacó el espíritu embravecido que le impulsaba a buscar, de lado a lado de aquellas tierras áridas, la única y veraz fotografía de la guerra aunque ello supusiese un riesgo para su propia vida. Sabía que un día el mundo buscaría una justificación para todo lo acontecido, contemplaría instantáneas como la suya y no lo conseguiría. Quizá ese sentimental empeño que Pierre Dumonde arrastraba desde su juventud contagió, mediante un beso, el espíritu de Lucía. De ese modo, los años que acompañarían la vida (en algunos momentos la agónica lentitud de la muerte) de Lucía, se recubrieron por el dolor capturado en cientos de fotografías que observaba con angustia pensando que nunca existirían suficientes como para arrojarlas a la cara del mundo cuando sus miradas se desviaran a otro lado al salpicar en sus ojos las atrocidades cometidas en la guerra.


Permanecieron juntos, en mitad de la noche; juntos escondidos en las trincheras con los ojos fijos el uno en los del otro, escuchando la contenida respiración a la que obliga el miedo mientras los disparos silbaban sobre sus cabezas; juntos, y con las manos entrelazadas, mientras recorrían la explanada al aire libre en la que se instalaban los cuerpos descubiertos y sin vida de los soldados alcanzados por las balas, con el polvo flotando en el aire y tapando las heridas hasta secar la sangre. Juntos en el estruendo de los cañones que diariamente ensordecía a un tercio de los soldados. Juntos. A la muerte de Pierre, Lucía no consiguió llorar a pesar del esfuerzo por conseguirlo. El dolor, alojado en su garganta como una larga serpiente enroscada, permaneció durante muchos años, quizá demasiados; quizá sólo desatados por otro dolor más grande que un día le aguardaba. Aprendió, no obstante, algo que a Pierre le hubiera gustado presenciar. Aprendió que la vida consiste en observar los pequeños detalles que otros dejan escapar pero que pueden significar la totalidad ante una simple contemplación de la ausencia y la carencia. Las últimas palabras de Pierre Dumonde no pudieron olvidarse de la magia de la poesía, la única que para él era capaz de acotar imágenes en el pensamiento de forma parecida a como lo hacían sus fotografías. Abatido en el suelo, sintiendo el tacto de la suave mano de Lucía sosteniéndole el cuello, Pierre deslizó por sus labios unas cuantas palabras en su lengua materna que, si bien en nada se refirieron al amor que sentía por su ángel que le acompañaba, bastaron para reflejar tras sus ojos el placer de la infinidad: “Ô la face cendrée, l´écusson de crin, les bras de cristal! Le canon sur lequel je dois m´abattre à travers la mêlée des arbres et de l´air léger!” (¡Oh la faz cenicienta, el escudo de crin, los brazos de cristal! ¡El cañón sobre el que debo arrojarme por entre la refriega de los árboles y el aire leve!). Ese mismo día, Lucía tomó entre sus temblorosas manos la cámara de Pierre, caída junto a su cuerpo y cubierta de su sangre, y fotografió las mayores atrocidades de la guerra, incluido el nuevo rostro de Pierre, condenado a la oscuridad eterna. A su regreso al mundo civilizado, nadie quiso publicarlas aduciendo que eran demasiado reales para la sensibilidad de los lectores. En el colapso de las noches se consoló con la única compañía de aquella cámara. La abrazó y la cuidó como si parte de su anterior propietario viviera en ella, como si tan larga convivencia hubiera dejado su señal íntima en forma de espíritu. Aquello le ayudó a superar su imposibilidad de llorar. La angustia se le acomodó en la


garganta hasta que se acostumbró a su presencia. Y, desde entonces, ya nada fue igual. Sus amigos soldados le ofrecieron el mismo dolor que ella sentía porque todos habían adorado a ese hombre sencillo que apenas se preocupaba de sí mismo. En el colapso de sus días, en aquellas tierras lejanas horadadas por la angustia de la muerte, no pudo hacer otra cosa que pasear cabizbaja a lo largo de la playa, acercarse hasta las rocas escarpadas desde donde habían visto juntos las estrellas, y mirar a las nubes sombrías pensando que aquella hermosa tierra turca había sido para Pierre el centro de todas sus patrias. Lucía permaneció en la campaña de Gallípoli hasta el 20 de diciembre de 1915, poco después de comenzar la retirada de las tropas y de las principales corresponsalías de guerra de Europa. Regresó sola y cansada a Londres donde su editor la felicitó por el trabajo realizado al tiempo que lamentaba no poder prorrogar su contrato. Admiraba la fuerza y la valentía que Lucía había demostrado en cada uno de sus artículos y en las fotos inexpertas que había enviado, pero airadas voces por encima de él le obligaban a prescindir de sus servicios. Lucía lo esperaba. Por eso, después de visitar a la familia de Pierre, que vivía en un pueblecito cerca de Lyon, regresó a su ciudad, a comienzos de 1916, con la cabeza introducida en una sombrerera y aspirando el olor intenso del pegamento. A diferencia de otras muchas mujeres que Lucía conocía, que se escondían de los problemas encerrándose en el interior de sus suntuosos cuartos, en sus hogares de familia con clase, de los que no se ausentaban ni siquiera para comer, Lucía optó por escapar de las paredes decoradas con indecente sobrecarga que la aprisionaban y asistir a todas las fiestas que se celebraban en las noches de la ciudad. Bebió en las fiestas de los lunes y de los martes, en las de los miércoles y los jueves, más aún en las de los viernes y los sábados, y continuó en las que celebraron los domingos. Así transcurrió un lento y eterno año 1916, semana tras semana en espera de que algún editor se atreviera a contratarla y enviarla de nuevo al frente, donde no engañaría al mundo con lo que allí acontecía. Sin embargo, al cabo los meses, Lucía comprendió que alguien se había entrometido entre ella y su futuro profesional. Alguien que, desde siempre, había tratado de cercenar su propia capacidad, sus anhelos y a ella misma: su propio padre. Fue entonces cuando, al comenzar el año 1917, Lucía Zagra se vio en la necesidad de huir de nuevo. No podía luchar en su personal guerra porque se sabía perdida de antemano. Cualquier acto de rebeldía habría sido sofocado sin el menor esfuerzo por


su padre o por los amigos de éste que tanto le admiraban y tantos favores le debían. Lucía comprendió que era el momento de escapar y esconderse del mundo hasta que el tiempo le permitiera florecer en una nueva primavera. Tenía que reconstruirse a sí misma y reencontrar sus fuerzas, perdidas tras la muerte de Pierre. Fue una de aquellas noches, durante la fiesta en la que el tacón de su zapato se hundió en la frente despejada de Gumersindo Hinni, cuando tropezó con los ojos penetrantes de Marcelo Dosaguas y su mirada de deseo. Le bastó un segundo para darse cuenta de que aquel hombre la había estado persiguiendo y buscando desde hacía mucho tiempo. Vio en la expresión de sus ojos la claridad de quien ha encontrado a la mujer de sus sueños, de quien ha visto materializarse en carne y hueso a la diosa de su cerebro. Era una mirada que distinguía en la mayoría de los hombres que la atosigaban en las fiestas, que la perseguían en los cócteles tratando de levantarle las faldas y de acariciar sus pechos, la de los hombres a los que invitaba a la privacidad de su hogar a sabiendas de que sus padres se encontraban presentes. La misma mirada templada que utilizaba Gumersindo Hinni para explorar las honduras de su delicado cuerpo. Pero la mirada de aquél, quien días después se presentaría como Marcelo Dosaguas, a diferencia de todas las demás, era verdaderamente sincera. Y muy llana, sin nada de clase. Fueron aquellas miradas esquivas, y su posterior y fortuito encuentro, las que abrieron un círculo en las vidas de Marcelo y Lucía. Un círculo cuyo perímetro tardó varias generaciones y penalidades en encontrarse y que, en medio de la lluvia, pugnó por cerrarse por completo, sin que nunca nadie aclarase si sus extremos consiguieron fundirse. Comenzó así el discurrir de unas vidas marcadas por una serie de designios mágicos y circulares que nunca se relacionaron. Como ocurre en la vida de aquellos que no siguen a las nubes ni se detienen en la noche a observar cómo parpadean las estrellas. Por eso fueron multitud los que giraron dentro del círculo pero muy pocos quienes lo rozaron con sus manos. Y hubo que buscar mucho hasta encontrar un corazón que pudiera ver en vez de sentir y unos ojos que supieran sentir en lugar de ver. Puesto que la casualidad es la principal protagonista que improvisa y margina a los seres humanos a actuar miméticamente como meros roles secundarios. Fue la casualidad la que unió las vidas de Marcelo y Lucía, como una broma pesada del destino que une engranajes donde las piezas no encajan debido a su tamaño. De no haber sido en ese momento, Lucía nunca


habría conocido a Marcelo puesto que éste partía esa misma mañana de regreso a su pueblo con intención de no volver jamás a una ciudad que no entendía y que le quedaba demasiado grande, relegando en sus hijos las necesidades comerciales por las que se había desplazado hasta allí. Caminaba Lucía por la calle en dirección a casa de unos amigos de la familia, donde aparecieron los pendientes que su madre perdió durante una fiesta, tratando de mal disimular en su rostro la rabia que sentía por continuar en la ciudad. Había telegrafiado sin éxito a una amiga suya que residía en Roma a donde intentaba trasladarse para encontrar empleo pero, tal y como pensaba y se enteró años después, la guerra había obligado a su amiga a abandonar Roma y trasladarse a un lugar más seguro en el sur de Italia. De este modo, Lucía vio todavía más lejanas sus ansias de desaparecer de aquel lugar. No podía contar con su familia. No le quedaba dinero de su experiencia en el Times ni siquiera para tomar un tren. No podía contactar con sus amigos debido a las migraciones a las que forzaba la guerra. No conseguía trabajo gracias a su padre. No tenía el amor con el que Pierre Dumonde la había ayudado a ser más fuerte. Sencillamente, Lucía estaba sola y perdida, indefensa y maniatada. Lucía estaba atrapada como un pajarillo revoloteando en el interior de su jaula, agradeciendo la comida que sus dueños depositaban entre los barrotes de su prisión para escucharla cantar. Pero incluso las melodías que podía entonar eran seleccionadas a gusto de sus padres. Lucía la más bella entre las bellas, la más magnética entre el resto, la más inteligente entre las mujeres de su clase, buscaba una salida a ese estado sintomático de mala suerte que le impedía reaccionar a los síntomas de la asfixia. Fue al tomar una esquina cuando Lucía chocó de frente con el hombre que le clavó la mirada en sus ojos una de tantas noches de baile en la ciudad. Tras el impacto y las consiguientes expresiones de sorpresa y reconocimiento, Lucía se dio cuenta de que el hombre había advertido en su rostro la expresión de rabia contenida y temía que fuera una reacción propia ante tal inesperado encuentro. Notó que él se sentía culpable y avergonzado y mantenía silencio sin saber qué decir por miedo a cómo ella fuera a reaccionar. Pasaron unos segundos sin que se dijeran nada pero a ambos les parecieron horas. En ese tiempo, cada uno elaboró una imagen distorsionada e increíblemente incompleta del otro, pero decisiva para el desarrollo posterior de los acontecimientos. Mientras él la vio como una bella diosa del amor, Lucía vio a aquel hombre como una burla de sí mismo, vistiendo un traje prestado abotonado en exceso y capturando


todo su peso, que él trataba de disimular y de convertir en gallardía. Mantenía la pose arrogante propia de quien sabe que pertenece a otro mundo pero se encuentra perdido, sumergido en la sorpresa de algo desconocido, y que por ello lo juzga inferior e innecesario como simple mecanismo de autodefensa. A Lucía le pareció ridículo pero divertido. Fue la mirada asustada que encontró en sus ojos lo que la empujó a hablar. Invíteme a un café fueron las palabras que Lucía utilizó para hacerle reaccionar. Y mientras se perdían entre el humo del café, como la niebla que empaña el alma y la verdad para enfatizar las propias virtudes durante un primer encuentro, Lucía recordó la ridícula situación en la que los ojos de Marcelo se clavaron en los suyos. Aunque sobrepasaba ya la treintena, Lucía reincidía en su error de repetir los impulsos de su juventud que la llevaban a los brazos de hombres a quienes odiaba pero que necesitaba para colmar el vacío de sus noches de ciudad. Escondidos a los ojos de los demás, ocultos de los rumores que llegaban a oídos del padre de Lucía, se escabullían en cuartos desconocidos, en casas ajenas, en jardines de placer. Ella, enfundada en un vestido de satén morado, se dejaba explorar con la misma intensidad con la que deseaba alejarse del gentío, de la observación de los demás en las fiestas, de los rápidos toqueteos anónimos durante el baile. Entre rostros anónimos buscaba un movimiento de ceja, un leve resoplido, un crujido de rodilla, algo que le recordase las noches que compartió con Pierre Dumonde sobre la arena, pero nadie se acercaba ni lo más mínimo a lo que él había representado para ella. Sus voces carecían de susurros. Poco le importó, pues, escabullirse con el estirado Gumersindo Hinni hasta la planta superior de la casa, lejos del salón en el que continuaba la fiesta. Cegados entre besos y arrumacos buscaron un lugar en el que esconderse, abriendo varias puertas y encontrando otras cerradas, hasta dar con un alargado vestidor que comunicaba dos dormitorios. Era como un pasillo de menos de un metro de ancho en cuyos flancos se disponían colgados decenas de trajes y vestidos. Casi en penumbra, apenas distinguibles sus rostros bajo la luz procedente de uno de los cuartos contiguos, Gumersindo y Lucía comenzaron su erótico baile. Sin espacio para girar, pronto se detuvieron y se apoyaron en una de las puertas correderas del vestidor, sintiendo próxima su respiración. Gumersindo, ebrio de amor, descubrió los pechos turgentes de Lucía extrayéndolos con


cuidado de la copa de satén morado en el que se encontraban privados de cualquier contacto. Gumersindo Hinni era uno de los “discípulos políticos” de Reinaldo Zagra. Era además un joven sin escrúpulos, desgarbado, de frente despejada, que no disimulaba ante nadie sus ansias de poder. Llevaba varios años persiguiendo a Lucía con el único propósito (declarado en público en más de una fiesta y cada vez que se emborrachaba, lo que era demasiado habitual) de alcanzar el prestigio político que le faltaba una vez introducido en el círculo personal de los Zagra. Así se lo manifestó cierto día al propio Reinaldo Zagra, quien no pudo evitar una pérfida sonrisa de reconocimiento al verse identificado en ese joven. Para Lucía, Gumersindo Hinni era un ser ideológicamente repugnante aunque físicamente fascinante. Y, en esas noches de baile en la ciudad, lo uno compensaba lo otro. Ella sabía de las intenciones de Gumersindo, pues sus ansias de poder desbordaban cualquier tipo de contención verbal, pero disfrutaba utilizándolo. Posiblemente esas furtivas experiencias nocturnas era lo único que ella tenía a su alcance para manifestar su rabia y su rebeldía, para erosionar con sus actos el prestigio de Reinaldo Zagra quien, a la mañana siguiente de cada una de las fiestas, se convertía en el centro de las burlas de sus compañeros de política, una hija descarriada decían. Y sus entrañas ardían de cólera. Esa noche, escondidos entre las sombras tendidas de varios vestidos colgantes, Lucía descubría sus senos ante el rostro de Gumersindo Hinni. Éste, después de besarlos, comenzó con el ritual que tanto le excitaba y que a ella tanto le intrigaba. Se sentaban ambos en el suelo y Gumersindo desnudaba sus pies. Lo hacía despacio, con cuidado. Se desprendía de sus caros zapatos y de sus calcetines de seda. Y, una vez desnudos, suaves y perfumados, los frotaba por los pechos de Lucía, lentamente, en sentido circular. En ocasiones, pasaban así horas enteras olvidando al resto del mundo, apagándose la fiesta. Sólo entonces, cuando se sabía totalmente borracha y perdida, Lucía mitigaba el dolor por la ausencia de Pierre; un dolor que, de haber estado consciente, se habría acumulado con el resto de sus errores golpeándole en la cara y demostrándole que no era más que una mujer infeliz despreciada por sus ideas y relegada a un segundo plano en la sociedad machista en la que vivía, al amparo o bajo la férrea vigilancia de su propio padre. Aquella noche, mientras Lucía prefería degradarse en privado con una sola persona, a la que además detestaba, tomó la determinación de desaparecer y reconducir su vida. Cuando se cansó de ser manoseada, lanzó un grito, atacó a su oponente con el tacón de sus zapatos y salió a


las escaleras que conducían a la planta inferior, donde había acabado la fiesta, colocando sus pechos en el interior de su vestido de satén morado. Fue la paradoja de la vida la que colocó el cráneo desnudo de Gumersindo Hinni bajo uno de los tacones de Lucía. Aquella noche, Gumersindo Hinni quedó tan sorprendido, fascinado y embriagado por la reacción de Lucía que retuvo ese instante en su memoria tan nítido como el de los sueños reveladores. Lucía ya no estuvo al día siguiente, ni al otro. Pasarían bastantes años hasta que ambos se reencontraran en una de las situaciones más degradantes y deshumanizadas que parió la vida, entre muerte, dolor y lágrimas; de modo que aquel simple recuerdo del sonido que hizo el vestido de satén mientras ella abandonaba el cuarto con uno de sus zapatos entre las manos se transformaría en sus mentes, años después, en una pesada mofa de la vida. Lo que vino después del café entre Lucía y Marcelo, durante la mañana de su encuentro, fue meticulosamente manipulado en el recuerdo por cada uno de ellos, como cuando uno engrandece o empequeñece a conciencia un acontecimiento clave de su vida para resaltarlo sobre el resto. Aunque, a decir verdad, lo que aconteció en aquel café, fruto de la casualidad, no fue más que un extraño pacto entre dos personas que buscaban desesperadamente lo que, con seguridad, no podrían alcanzar jamás. Marcelo descubrió en Lucía a una mujer patéticamente bella, tan desorientada e indefensa que su mirada reflejaba una súplica de salvación. Era evidente que Lucía no podía escapar de su propio cuerpo; y, aunque trataba de masacrar esa belleza idolatrada por los demás castigando su cuerpo con alcohol, fiestas y un insomnio forzado para que, de ese modo, su personalidad y sus ideas eclipsaran su cuerpo y su rostro, siempre tropezaba con hombres que, al igual que sus padres, pretendían amputarle todas las ideas y pensamientos que se consideraban ajenos a las mujeres de la época. A ella le exigían mantenerse como un cuerpo no pensante anclado al hombre, como el jarrón que sostiene las flores. Pero Lucía jamás sería la comparsa de nadie y eso pudo verlo Marcelo en sus ojos y lo aceptó desde el primer segundo como parte de ella, como la oreja preciosa que se escondía tras su oscilante pelo. Por eso, Lucía sonreía magnética, satisfecha. Marcelo le pidió, sin condiciones, que le acompañase a su pueblo, que viviese con él eternamente o lo más que aguantase. A cambio, él le ofrecía su cariño y seguro que el de sus hijos,


y libertad para que fuera ella misma aunque ello pudiera suponer, algún día, su pérdida. Marcelo no dejaba lugar a la duda y aparecía, a los ojos de Lucía, como un hombre de campo disfrazado de burgués. Se notaba, por fingido, su constante alardeo, sus excesos a la hora de engrandecer todas las cosas y su afán por convertirse en el gran y absoluto dominador. Lucía lo vio así y no se equivocaba en su juicio. Marcelo era un hombre simple y llano con aspiraciones de grandeza, con intención de colocarse en el escalón superior en el que permanecía inmóvil el resto del populacho. Pero lo hacía sin maldad, con el simple pretexto de que las generaciones pasadas, siempre presentes, le habían forzado a ser así. Para Marcelo, ser de otra forma implicaría una actitud cobarde y miserable. De este modo, él se presentó ante Lucía como el único salvador posible, el gallardo aventurero que la rescataría de la situación de debilidad en la que se encontraba sumida, siempre respetando la esencia que la hacía ser como ella era. Lucía se sorprendió de conocer a una persona con las peculiaridades y contradicciones de Marcelo. Ninguno de los muchos hombres que había conocido lo igualaba. Ni siquiera lo rozaban por uno de sus puntos. Y eso le hizo gracia porque sabía que, en el fondo, Marcelo no era más que un hombre solitario y fanfarrón en el que se escondía un corazón grande y necesitado de amor aunque, a veces, un poco intolerante, pero nada que no pudiera ser moldeado con el talento de una mujer como Lucía. Desde un punto de vista objetivo, el ofrecimiento de Marcelo y la aceptación de Lucía no fueron del todo descabellados puesto que, quizá por el destino, quizá por desesperación, ambos creyeron ver en ese encuentro un flechazo cargado de amor. Claro que fue demasiado rápido y, posiblemente, poco sincero. Lo cierto es que ellos se aferraron a una necesidad que tenían que cubrir y la sublimaron en forma de amor. Por otro lado, ambos eran experimentados y expertos en dar amor, aun sin sentirlo, lo que ayudó a cuajar un emparejamiento que habría sido imposible entre otras personas. En poco más de una hora, Lucía recogió toda su vida en varias maletas y cambió para siempre su destino. No se despidió de su padre ya que éste se encontraba fuera de la ciudad, en Madrid, tratando asuntos de política. En ese momento, desairada por la intolerancia y el nulo respeto que Reinaldo había demostrado hacia ella durante todos esos años, no le importó no despedirse de él. De su madre sí que se despidió. Pero no


hubo abrazos ni besos acompañados de buenos deseos sino una madre lanzando alaridos de furia y desafío ante el claro abandono, premeditado durante años. Lucía se marchó así, sin más; aunque de haber sabido entonces que apenas volvería a verles en los años futuros quizá hubiera sentido la amargura y el desaliento que sintió cuando, veinte años después, un extraño le relató los hechos que a buen seguro acabaron con sus vidas. En las proximidades de la estación, Lucía buscó su pequeño automóvil, el que dejó aparcado el día de su regreso a la ciudad para hacer feliz a su padre, temerosa de que algún vándalo hubiera saltado los muros del recinto en el que se encontraba y lo hubiera dañado. Lo encontró intacto pero lleno de polvo en el mismo lugar en que lo dejó. Pararon a uno de los encargados de la estación, que caminaba sin detenerse recorriendo los andenes para comprobar que todo estuviera en orden, y Lucía le preguntó si podría transportar su vehículo en alguno de los vagones del tren. El encargado, sorprendido de que la mujer hablara de un vehículo de su propiedad, no le respondió y se dirigió al hombre que la acompañaba al que preguntó, con cierta picardía, si la señora se refería al auto del señor. Marcelo advirtió las pérfidas intenciones del encargado, quien pretendía anular a Lucía en un diálogo que podía conducir a una negociación económica, y le respondió, con una sonrisa insolente en los labios, que esa señora, que no era su mujer, era la única que podía explicarle sus pretensiones de lo que ella deseaba hacer con su propio vehículo. El encargado abrió los ojos, ofendido ante tal falta de respeto, y se retiró malhumorado al interior de unas oficinas. Regresó acompañado de otro hombre, más alto que el primero, que supusieron se trataba de un superior. Éste trató de aclarar la situación dirigiéndose a Marcelo y se repitió la escena anterior. Entonces, Lucía sacó de su bolso varios billetes y simplemente preguntó al encargado más alto si ese dinero bastaría para transportar su vehículo hasta el pueblo en el que ella iba a vivir en concubinato con ese hombre que la acompañaba y con sus dos hijos mayores. Los dos encargados arquearon las cejas al mismo tiempo y, sin saber qué responder, tomaron el dinero y les indicaron cuál era el vagón en el que podrían colocar el vehículo, junto a la maquinaria agrícola de un industrial. Unas palabras groseras mal disimuladas escaparon de las bocas de aquellos encargados mientras les dejaban atrás. Así fue como Lucía y Marcelo comenzaron su vida en pareja, ante las miradas inquisidoras de los demás.


III: Lucía y la contemplación del bosque. Lucía irrumpió en el pueblo de Marcelo Dosaguas con la fuerza de una tormenta de verano: arrasándolo todo. Llegaron montados en el sencillo automóvil que Lucía aparcó y olvidó en la estación del ferrocarril el día de su regreso a la ciudad, aposentados en los tensos asientos de cuero como dos reyes transportados en su carruaje. Sus rostros mostraban una media sonrisa tímida, que en cuanto asomaba por los labios era mecánicamente borrada con un tic forzado ante el temor y el desconocimiento de lo que les aguardaba allá donde se dirigían, especialmente en el caso de Lucía, que todavía temblaba de excitación por dentro al recordar el rostro disgustado de su madre al marcharse y por imaginarse dueña de su propia vida después de tanto tiempo. Temblaban también sus ropas movidas por la velocidad. La tela de la camisa de Marcelo ondeaba dejando al descubierto la parte de su pecho más velluda y cercana al cuello, mientras que el vestido de Lucía trazaba incesantes pliegues, como el movimiento de sus cabellos, largos y oscuros en dirección al pasado del que se alejaban. La nube de polvo que levantaba el auto al atravesar los ausentes caminos de tierra que conducían al pueblo, era perceptible desde varios kilómetros de distancia, igual que el penetrante reflejo de los destellos de luz sobre la perfecta y sinuosa superficie negra del vehículo; hasta el punto de que varios vecinos que trabajaban en el campo, a las afueras, después de agrandar sus ojos ante tal artilugio rugiente nunca antes visto, dejaron sus respectivas faenas y echaron a correr detrás del coche de modo que, a la distancia, parecían un montón de hormiguitas negras que querían unirse a la estela polvorienta que avanzaba, en línea muy recta. Otros muchos que caminaban ociosamente por entre las callejas del pueblo, al ver el oscuro nubarrón que se alzaba y cubría el aire (así como prácticamente toda la vista a la distancia) temerosos de que se hubiera producido un nuevo incendio en las montañas, como el que tiempo atrás dejó tras de sí un trágico y amargo cúmulo de dolor en todo el lugar, descendieron las cuestas que conducían desde el centro del pueblo hasta las afueras, y se agruparon formando un corro, expectantes, nerviosos y alborotados, sedientos por descubrir lo que se acercaba. Un grupo de unos diez niños fueron los primeros en dar alcance al automóvil, justo a la entrada del pueblo. Se dispersaron a su alrededor corriendo entre gritos


y exclamaciones de asombro; y jugaron a desaparecer entre el polvo que se levantaba a su paso y a cruzar por delante de los faros para escuchar de nuevo el bocinazo sordo que accionaba la conductora; ajenos a todo riesgo, libres alzando sus brazos, imitando el movimiento de los pájaros. Seguidamente, se unieron a la carrera los campesinos, con sus cuerpos fornidos y sus zancadas pesadas. Ante todo, Lucía se estremeció por el resuello profundo que emitían todos ellos al avanzar, como si estuvieran ávidos de algo, como si persiguiesen una presa de rapiña y se introdujeran en una zona de zarzas espinosas. Al igual que los niños, esos hombres lanzaban alaridos de júbilo, solo que sus rostros sin afeitar, sudorosos y maltratados por el sol, pervertían la espontaneidad de los niños y hacían que la suya pareciese una acción salvaje, exacerbada e irracional, como un coro de enajenados atacando una casa aislada. Marcelo alzó el brazo para saludar a los que se acercaban, lo zarandeó suavemente como un monarca que regresa a su corte y, seguidamente, indicó a Lucía la dirección que había de tomar, rodeando las casas más salientes que se veían a la izquierda, hasta alcanzar una calle que era lo suficientemente ancha como para subir por la cuesta empedrada que conducía a la plaza principal del pueblo, para que así todos los vecinos pudiesen admirar su suerte. No la tuvo, en verdad, porque llegados al punto que indicó Marcelo, Lucía se dio cuenta de que el auto era más ancho que la calle y, de introducirse en ella, los laterales se rasparían deformando la perfecta carrocería. De este modo, Lucía se vio obligada a echar marcha atrás esquivando a los campesinos que comenzaban a asirse a la parte trasera del coche aprovechando el leve instante en que se habían detenido. Maniobró de forma acertada, como cuando apartaba a los pretendientes que la acosaban en las fiestas de la ciudad, y avanzó en línea oblicua, bordeando todo el pueblo hasta la casa de Marcelo Dosaguas, la cual se alzaba sólida e impertérrita al final del mismo, desde donde se divisaban todas las montañas y el valle que se extendía a la izquierda del bosque circular. Lucía, escupiendo el polvo del camino, apartando la vista de aquellos ojos llorosos y extraños de los hombres que corrían junto a ellos, e impaciente por llegar a la casa, pisó el acelerador a fondo y maldijo porque el vehículo era demasiado lento. Avanzaron unos doscientos metros y, finalmente, se detuvieron ante la casa. Cuando se dispersó el polvo que siguió a la frenada, Lucía Zagra pudo contemplar con una mueca de desconcierto la mayor concentración de gente que había visto en toda su vida. Claro está que sus ojos la


engañaban puesto que había presenciado guerras multitudinarias, había participado en manifestaciones estudiantiles y había asistido a las fiestas más exquisitas y abarrotadas de la ciudad, pero lo cierto es que la brusquedad con la que se hizo el silencio y la presencia abigarrada de docenas de personas con los rostros ávidos de curiosidad malsana, cabeceando unos tras las cabezas de otros que les precedían, entrelazando brazos y cuerpos en un intento desesperado de colocarse entre los primeros, la asustaron mucho. Y especialmente las sonrisas burlonas y malpensadas de todos ellos, trastocaron el ánimo enérgico de la recién llegada. Lucía se quedó encogida en el asiento, aferrada al volante sin atreverse a soltarlo. No pudo salir del coche porque temió que, al hacerlo, toda esa muchedumbre se abalanzaría sobre ella. Hombres, mujeres y niños eran prisioneros de su propia curiosidad y se acercaban extrañados y envidiosos, lentamente, sin apenas levantar los pies del suelo de tierra, hasta casi tocar con sus manos la deliciosa superficie negra del vehículo. En un instante lo cercaron y Lucía creyó que atardecía al caer las sombras. Marcelo descendió del vehículo por el lado del acompañante saludando a todos los presentes. Su satisfacción era plena y sincera porque había conseguido su propósito y capturaba para sí la atención de todo el pueblo. Se sintió enormemente afortunado y colmado de felicidad pues Lucía, su objeto más bello, ya despertaba entre sus vecinos la envidia que antes provocaba únicamente su prosperidad y su dinero. Marcelo hizo varias reverencias como el actor principal de una representación burlesca y rodeó el vehículo hasta la puerta del conductor, tras la que se agazapaba Lucía. Casi tuvo que tirar de ella para hacerla salir aunque él pensó que era una forma de alargar la expectación que atenazaba a los presentes. Algunos hombres se empujaron para verla descender, otros murmuraron y dejaron escapar risitas nerviosas y contenidas; las mujeres aullaron asombradas y, después, volvió el silencio cortante y violento similar al que se produjo tras la frenada. Lucía descendió provocando una oleada de movimiento en los pliegues de su vestido de gasa. Más de una mujer se tambaleó por la indecencia de su salida dejando asomar bajo su vestido una pierna desnuda de piel dorada. A una de ellas tuvieron que sujetarla para que no cayera de la impresión que le suponía la desvergüenza de esa intrusa y por el dolor ante el recuerdo de la respetable, apreciada y ya fallecida María, única señora de Dosaguas. Lucía sintió un intenso miedo inicial y cierta repugnancia cuando, a su paso, mientras seguía a Marcelo hasta la


parte delantera del vehículo donde la gente había dejado a propósito un minúsculo espacio para que ellos se colocaran, se dio cuenta de que las mujeres alargaban las manos para tocar la tela de su vestido. Unas ancianas de rostros retorcidos y enfundadas en sudarios negros, manosearon y tiraron del vestido de Lucía asombradas por su belleza y, al mismo tiempo, enojadas por el descaro de aquella mujer, la concubina del vaquero Dosaguas, la insultaron en una voz baja de enfermo casi imperceptible, pero lo suficientemente fina para alcanzar los oídos de Lucía. Sintió una punzada al escuchar expresiones como demonia, golfa, sucia desvergonzada y otras por el estilo y, al contemplar los ojos entornados y las cejas fruncidas de las ancianas (de modo que sus rostros parecían los de unas águilas nerviosas y hambrientas), Lucía experimentó una extraña sensación que mezclaba un miedo primario y recóndito con un oscuro regocijo interior. Era la ambigüedad de la malvada, lo que Lucía siempre pensó que debieron sentir mujeres como Jezabel o Salomé que se sabían deseadas por su enorme belleza y la utilizaban para manipular al resto en su beneficio, para desplegar su malignidad a su antojo. En ese momento, Lucía sintió una enorme fuerza al percibir su dominio sobre aquellas gentes y esa sensación le provocó un nuevo e inesperado miedo. Huía del deseo que despertaba entre sus conocidos de la ciudad ya fueran hombres o mujeres; escapaba de las consecuencias de utilizar su belleza y estragarla durante años en desmedidas combinaciones de sexo y alcohol; se alejaba de sí misma hasta el punto de creer que estaba a punto de borrarse como una bocanada de humo circular que se diluye en el aire al agrandarse. Por muchos motivos había seguido a Marcelo Dosaguas pero el principal seguía siendo dar consigo misma si aún continuaba viviendo en alguna parte recóndita de la existencia. Entre esa gente, experimentó una contradicción porque despertaba en ellos la animadversión que en ese momento ansiaba encontrar pero también les provocaba un oscuro deseo, casi un impulso salvaje, primitivo. Creía haber visto algo parecido en Marcelo Dosaguas porque éste la adoraba físicamente como a una diosa pero cuando quería acercarse a ella surgía un temor invisible que marcaba una cierta distancia. Lucía sintió que allí podría ser ella misma porque le pareció que volvía a un estado de ingenuidad próximo a su infancia, a un tiempo de descubrimiento de sensaciones nuevas, a la exploración íntima de su propio yo, que tanto ansiaba. Pero entendió que no iba a ser fácil. Nada fácil. Especialmente cuando suplantaba en la familia Dosaguas a la


religiosa figura maternal que había sido María, a la vecina amable y precisa, silenciosa y discreta. También supo en aquel momento que muchos de los ahí presentes ignoraban el hecho de que una persona es completamente libre e independiente para desarrollarse en el mundo, como ella pensaba. Lucía saludó cortésmente a la multitud hasta que el temblor de su mano amenazó con delatar su incomodidad y su miedo. Se alejó bruscamente de la gente y se arrimó a la espalda de Marcelo, vigilando los movimientos de aquéllos que se aproximaban sonriendo, mientras él no paraba de hablar con unos hombres malolientes y desaliñados acerca de todo lo que le había acontecido en la ciudad. Lucía supo que Marcelo se extendería en su exposición de modo que, no carente de cierto pudor, se aferró a él y, susurrándole a la oreja, le rogó que le presentara a sus hijos y le enseñara la casa, ya que no podía aguantar más la emoción. Fue entonces cuando se produjeron dos hechos totalmente inconexos entre sí pero que marcarían para siempre el desarrollo de los acontecimientos. El primero de ellos apenas fue perceptible puesto que, aunque supuso el primer encuentro de Lucía con Juan Lisia debería pasar algo más de tiempo para que la presencia de éste (o la de ella en la existencia de él) fueran definitorias de gran parte de su existencia y de la de tantos otros, que llegaron después. El segundo de estos hechos tuvo la trascendencia que había de tener, ni más ni menos, y aunque su presencia fue inevitable para todos ellos, no conocían todavía ninguna de sus magnitudes ni variantes. Ocurrió pues que, al dirigirse Lucía hacia la entrada de la casa, agarrada con fuerza al brazo de Marcelo y tirando de él para evitar que éste se arrepintiera de haber interrumpido su conversación, tropezó su mirada con otra totalmente enigmática, brillante y tortuosamente oscura. Tropezó con un rostro serio que escondía una dignidad manipulada, una expresión serena y cautiva; y un porte magnánimo, severo, dotado de una fuerte autoridad. Fue así, por casualidad, que Lucía tropezó con la mirada de un Juan Lisia que observaba a lo lejos asombrado por su belleza, distante de la chusma que le repugnaba y que les rodeaba a todos. En tan solo un segundo, Lucía sintió una enorme curiosidad por conocer a aquel hombre y sus motivaciones, por comprender los recodos que le hacían sobresalir entre el resto con su sola presencia. Quizá aquella mirada marcó fatalmente su vida, como la de una Rosa y la de una Adela. O quizá fue algo inevitable como el encuentro con Marcelo. Lo cierto es


que ocurrió, y para Lucía fue algo tan vívido e incorruptible en su pensamiento como el hecho principal y motor de todo lo que se produjo un instante después. Quizá de haberlos relacionado antes todo hubiera sido más sencillo, aunque tal vez más complicado. Fue entonces cuando Lucía, al desviar la vista de los ojos de Juan Lisia, observó por primera vez un bosque que se extendía a lo lejos en forma circular. No encontró ninguna explicación, al menos en ese momento, para el escalofrío que le recorrió todo el cuerpo haciendo que su estómago se agriase y diese un vuelco en su interior; y sin ni siquiera creerlo, la simple contemplación del bosque le provocó el vómito delante de todos los presentes. Se hizo un nuevo silencio, casi espectral, que permitió escuchar las profundas arcadas de Lucía arrojando ante la puerta de su nueva casa lo poco que había comido al salir de la ciudad. A esto siguió una chillona carcajada de un grupo de niños a la que se sumó la risa esperpéntica y coreada de todos los allí presentes. Lucía, avergonzada por su sorprendente reacción, rogó a Marcelo que entraran de una vez en la casa. Al hacerlo, estuvo totalmente convencida de que el hombre corpulento que la había estado observando desaparecía calle arriba, mientras el bosque circular la seguía mirando. Quizá todo fuera cuestión de unas inocentes miradas lanzadas por azar sobre dos puntos inconexos y de dónde se posó su atención, como una mariposa caprichosa. Pero lo cierto es que, de haber conocido Lucía todas las implicaciones que surgirían con los años como consecuencia de aquel inesperado tropiezo, habría preferido nacer ciega para evitarlo. Aunque Marcelo Dosaguas nunca creyó en la institución del matrimonio y mucho menos en los ritos católicos que le unieron a la difunta María Alameda, deseó que la entrada de Lucía en su hogar, en su absoluto dominio, se hiciera a la manera triunfal de las grandes bodas: cruzando el vano de la puerta mientras ella era sostenida con delicadeza entre sus brazos. Lo pensó ya la misma noche del baile en la ciudad cuando, al acostarse, ansió con todas sus fuerzas a esa mujer y su incandescencia febril. Durante el viaje, aprovechando que Lucía iba al volante, acopló en su mente cada uno de los movimientos que debían dar para que la entrada fuera armoniosa y elegante al tiempo que espectacular a la vista de todos. Primero pensó en izarla en el aire pero enseguida creyó que era demasiado vulgar y se sometió, muy a su pesar, al tópico


siempre conocido de sostenerla entre los brazos. Sin embargo, como tantas otras veces, la realidad trastocó los planes de Marcelo Dosaguas y le proporcionó algo de espectáculo no deseado. Así, en el instante en que Lucía se dobló por el vientre, Marcelo creyó estar soñando. Su reacción fue demasiado lenta de modo que, cuando Lucía ya había avanzado varios pasos, él la seguía y trataba de alcanzarla y la imagen que despertó entre sus convecinos, encorvado con los brazos tanteando aún el aire sin llegar a tocar el cuerpo de Lucía, con la boca abierta por la sorpresa y el temor de que ella sufriera mientras vomitaba, fue la más vergonzosa que podía haber imaginado. Y aunque le dolió más después que en ese instante, no pudo evitar una reacción de prisa torpe en sus movimientos para desaparecer cuanto antes de la vista de la gente del pueblo. De este modo, Marcelo Dosaguas entró en su casa con el cuerpo semidoblado y empujando a Lucía Zagra a la altura de los riñones, justo donde debía sostenerla. Avanzaron tropezando el uno con el otro y, en el espacio mínimo de un metro, mientras ella emitía sus últimos estertores mezclados con una tos aguda y blanda, Marcelo se enojó hasta colorear su cara. Esa ira contenida desapareció en unos minutos, los justos para que Marcelo comprendiera lo imprevisible de los acontecimientos, pero fueron instantes en los que Lucía quedó desprotegida, como perdida en un agujero al margen del mundo. Lo que quizá no fue más que un guiño de su propio destino o, tal vez, una muda advertencia. Entonces, Marcelo reaccionó y la tomó en brazos. La condujo hasta el dormitorio en una posición equivocada, con la cabeza por debajo del cuerpo, de modo que Lucía se mareó y distendió las extremidades hasta que sus manos rozaron el suelo mientras Marcelo la introducía en el dormitorio. Cerró la puerta tras de sí, tumbó a Lucía sobre la cama y se retiró hasta un rincón para dejar caer todo su peso, vencido sobre la vieja mecedora. Con las contraventanas cerradas apenas se filtraba la intensa luz de la tarde en el dormitorio, de modo que una oscuridad falsa de olor apelmazado cubría cada uno de los muebles y objetos, otorgándoles un aspecto triste a la vez que tétrico que en otro momento del día no tenían. Así, mientras Lucía seguía desmayada sobre la cama, con los brazos y piernas despegados del cuerpo, a Marcelo se le antojó que ese sitio oscuro no era apropiado para comenzar una nueva vida. Miró las paredes y descubrió recuerdos invisibles junto al espejo con marco color miel frente al que María se peinaba. Los visillos blancos que les regaló la


anciana Dorotea Almansa el día de la boda, envueltos en una mantilla negra que perteneció a su madre (la abuela de María). Permanecían todavía en su sitio los frasquitos de perfume, los pañuelos limpios y el cepillo de cerdas finas que María guardaba para regalar a la hija que nunca tuvo. En el centro, sobre la cómoda, la cajita plateada que contenía los profundos secretos y anhelos de la difunta despuntaba ciertos brillos intermitentes a la vista de Marcelo. Por eso, éste cerró los ojos. Dejó caer los brazos por los costados de la vieja mecedora hasta tocar el suelo frío de piedra con los dedos; recorrió la distancia de siete centímetros jugando a trazar figuras con el índice y, después, se durmió. Permaneció ajeno a todo hasta que un griterío procedente de la calle le despertó, con sobresalto. Notó la boca pastosa y no advirtió las horas que había dormido pero, tras la ventana, el sol comenzaba a ponerse desatando un manto crepuscular en el cielo. Marcelo salió a la entrada de la casa y contempló indignado cómo varios jóvenes (además de un par de adultos y unos cuantos niños) se agolpaban alrededor del automóvil de Lucía. Todos acariciaban la deslizante chapa caliente y, al estar cubierta por una fina capa de polvo, dejaron las marcas de sus palmas impresas en ella y los dibujos de decenas de dedos orientados a todas direcciones, como un magnífico sol que lo abarcara todo con sus rayos. Aquello hubiera carecido de importancia de no ser por unos cuantos gamberros que se habían introducido en el interior del coche y saltaban sobre los impecables asientos de cuero mientras se apoyaban con las manos en el salpicadero. Marcelo lo interpretó como una burla a su autoridad, una cruel ofensa al respeto que se había ganado su familia durante años. Buscó la escopeta que guardaba en un rincón de la cocina, junto a las escobas y los trapos, y salió encañonando a todo el mundo. En apenas un minuto, corrieron y se alejaron, desaparecieron con la certeza de que Marcelo Dosaguas dispararía sin hacer ninguna consideración a la genealogía ni al oficio. Observó en todas las direcciones y decidió que debía apartar de allí el automóvil, de modo que se sentó al volante e intentó conducirlo más allá de la casa, en la depresión donde comenzaba el camino hacia la vaquería. Provocó unos tumbos sucesivos y renqueantes sin que apenas se desplazara el auto de sitio y el giro entrecortado de las ruedas levantó una inmensa nube de polvo que cubrió las huellas de las manos de los asaltantes y que, al mezclarse con el aire, se abalanzó contra la fachada de la casa y penetró por la puerta hasta la misma cocina.


Cuando Marcelo Dosaguas entró en la casa y regresó al dormitorio en el que aguardaba Lucía, fue dejando por el suelo las huellas amplias de sus pies por el mismo sitio por el que se deslizaron antes las manos inermes de Lucía cuando él la condujo por primera vez a su lecho nupcial. De nuevo sentado en la vieja mecedora, Marcelo observó el cuerpo de Lucía sobre la cama, sus doradas piernas sobresaliendo bajo el vestido de gasa y sus cabellos revueltos cubriendo parte de la cara. Se balanceó nervioso y no pudo evitar el reflejo que, sobre sus ojos, lanzaba la cajita de plata sobre la cómoda. Aquella noche, Marcelo Dosaguas soñó con la muerte. Fue la primera de escasas y extrañas ocasiones en las que él, ajeno a cualquier influencia católica, anduvo por los amplios parajes del infierno. Para Marcelo, el infierno no era sino una intersección de calles alargadas y adoquinadas tan enormes que se perdían de vista si se seguían en línea recta. Carecían de aceras y lindaban con paneles de acero frío y deslizante que se elevaba hasta el cielo trazando un reflejo plata de siluetas deformadas. Un sol incandescente que no quemaba vertía su luz sobre las calles de forma tan intensa que le obligaba a entrecerrar los ojos. En las contadas ocasiones en las que visitó el infierno, Marcelo caminó completamente solo, perdido ante la similitud de las calles, carentes de referencia. Siempre supo dónde estaba por aquel intenso olor a amoniaco que rezumaba por todas partes. Era la fetidez del infierno. Pero esa primera vez, a diferencia de las otras, notó la presencia de una persona conocida que le llamaba, inmóvil y grácil, desde un extremo de la calle. Fue una especie de guía antes de llegar a la soledad completa del infierno, una especie de muestra de lástima, o tal vez de ayuda, hacia el recién llegado. La luz le impidió reconocer el rostro de la persona y aunque sus movimientos descubrían los gestos propios de una adolescente, Marcelo tuvo la certeza de que se trataba de su difunta esposa. Se acercó hasta María pero, al no encontrarla, gritó. Su voz se alzó resonante y profunda entre el espacio hermético de las calles, lo que le provocó mayor sensación de vacío, de ausencia. Marcelo Dosaguas se despertó y se encontró de nuevo tendido sobre la mecedora, en una posición incómoda. La noche robaba todos los espacios al cuarto y la vida sólo se presentía por la suave respiración de Lucía sobre la cama. Descubrió entonces un centenar de sombras desconocidas que se perdían en los rincones: en una de las patas de madera del armario, en el fino cristal del quinqué de aceite, en el pomo de


la puerta, en los brillos esquivos del suelo. Observó aquello como si tratara de asegurarse de que se encontraba en su casa y no en el infierno. No porque tuviera miedo sino porque se sentía más grande, más poderoso. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la ausencia de luz y recorrió con nitidez cada una de las curvas del cuerpo de Lucía. Su rodilla descubierta, el lóbulo de su oreja, el púrpura de sus labios suspiradores, la caída reposada de sus dedos, la tibieza de su piel dorada, el vigor de su cabello. Sus pechos. Se perdió en cada uno de sus recodos aunque permaneció aferrado a su vieja mecedora, como un animal al que se ata para evitar su fuga. Sin embargo, en los espacios inmóviles se escondía María, con su cara triste. No era más que un recuerdo, él lo sabía, pero lo inundaba todo vigilándole mientras él, con su mirada, recorría la intimidad de Lucía. Marcelo se sintió enojado y molesto, receloso. Permaneció quieto sobre sí mismo. Durante una hora no se atrevió a hacer otra cosa que acompasar su respiración con la de Lucía y, mientras esquivaba las miradas lastimeras que le lanzaba la sombra de María, observó y observó. Y se encerró en sí mismo. Sus entrañas rezumaban fuego, escocían hasta acelerarle el aliento. Y una terrible comezón hurgaba en el globo de sus ojos hasta hacerlos lagrimear. Agazapado en las sombras, Marcelo Dosaguas se sintió como una fiera animal cuyo instinto era reprimido con más fuerza. Todo su cuerpo se tensó y la cara le tomó una expresión tensa y libidinosa. Y, aunque lo deseaba con todas su fuerzas, no pudo levantarse de su sitio. Maldijo entonces el recuerdo de María Alameda Almansa y se enfureció consigo mismo por su falta de arrojo. Pero esa primera noche, ella, la adorable Lucía, permanecía ausente y reluciente como un brillante. Era su joya lograda. Y como el ladrón que admira su botín con tal admiración y orgullo que apenas puede tocarlo, no se atrevió a acercarse a ella, a su sueño. Fue tan solo un miedo repentino a que sus deseos no encajasen con la realidad; a que algo, lo más deseado, se le escapase de la posición de absoluta supremacía que mantenía. Cierto es que tuvo miedo, pero sólo duró unos instantes. Después, ese miedo se transformó en un regodeo obsesivo ante la contemplación de aquel cuerpo único que representaba toda la femineidad. Fue algo más tarde (quedaba aún la noche cerrada) cuando Lucía despertó de sus sueños. Ante sus ojos, la figura impertérrita y comprensiva de Marcelo Dosaguas la observaba. Lo supo por el reflejo


que la luz de luna provocaba en los ojos abiertos de él y en los destellos de éstos al abrir y cerrar los párpados. Del mismo modo, ella se sintió descubierta. Pero no se movió para seguir complaciéndole. Y para ponerle a prueba.

IV: De cómo María Alameda desapareció en las aguas quietas de un río sanguíneo. En ocasiones, la memoria y el recuerdo actúan de forma conjunta, como las algas que flotan en la corriente de un río; la memoria captura imágenes, las atrapa sutilmente desde el fondo del pensamiento escogiendo aquéllas cuyos relieves son más pronunciados, como los que provocan los impactos de las rocas meteóricas que caen desde el cielo; mientras que el recuerdo las manipula, las transforma aleatoriamente cambiando colores y formas, fechas, palabras y actos, consecuencias y sentidos. Así, sin preverlo, un acontecimiento vivido aparece un día de manera informe delante de nuestros ojos con un sentido totalmente distinto al que tuvo, subjetivado y relativizadas sus consecuencias e implicaciones. Del mismo modo, ese acontecimiento puede regresar después, de idéntica forma, pero con otra significación radicalmente opuesta. Es el recuerdo de la memoria y la forma de afrontarlo. Ése fue el principal motivo de que la apreciación de algo tan importante como María Alameda tuviera una diferente significación para los hombres que formaron parte de su vida. Quizá de haberse manifestado públicamente el pensamiento interno de cada uno podrían haberse descubierto sus personalidades, tan diferentes las unas de las otras como el día de la noche, como el agua, siempre cambiante, que recorre la superficie de las rocas en el fondo de un río. María Alameda desapareció. Ocurrió de forma rápida, como la corriente que huye a lo largo del arroyo. Que se escapa. Mas el recuerdo de María (o tal vez su presencia sombría) no buscaba una escapatoria definitiva a toda una vida de represión y carencias personales, sino que simplemente desapareció. Dejó de estar.


Fue así como Jaime Dosaguas redujo el recuerdo de su madre al tamaño de un pequeño guijarro gris con vetas blancas. Su pérdida (teniendo en cuenta que se produjo en un tiempo en el que él estuvo ausente junto con su hermano y que, a su vuelta, ya no quedó más que el silencio eufórico de su padre) fue tan brusca y dolorosa que partió su pecho desde la clavícula hasta el ombligo, sin más raspaduras que las internas. En unos meses, el dolor se fue achicando a medida que se recolocaba en la parte superior izquierda del corazón, comprimido y desterrado, anulado para evitar la manifestación de su sufrimiento. Porque a Jaime no le gustaba llorar. Y la falta de su madre le generaba una enorme emanación de lágrimas. De este modo, el día que llegó Lucía al pueblo de los Dosaguas, el joven Jaime se encontraba absorto en el trabajo, con la mirada puesta en la madera gruesa de las ventanas y la vista detenida en un vacío premeditado, neutro, indoloro, carente de cualquier afectividad que pudiera perturbarle. Cuando su hermano Darío salió de la vaquería él lo vio marchar, pero nada le dijo. Tampoco abrió la boca cuando bajó a la calle, atraído por el griterío del gentío. Ni se inmutó por la presencia de aquella mujer, tan bella como elegante, tan extraña a ese mundo como la calma encubierta en las tempestades. Jaime Dosaguas cambió en su memoria, en sus recuerdos y en su vacío de reacción, una inmovilidad por otra. Sustituyó la presencia perdida de su madre por la presencia encontrada de la extraña amable, acogedora, una buena señora tan parecida a la maestra que conoció en la ciudad en los días de la poliomielitis: una mujer tranquila, de rostro suave y cabellos enredados tímidamente esclarecidos por el sol. Jamás había conocido una maestra pues en el pueblo todo eran hombres o sacerdotes, conocerla fue una de las experiencias más novedosas de su vida. Pensar en ella era sinónimo de lecturas pausadas dejando sonar las eses, de ojos caídos de pestañas muy oscuras, de manos suaves colocándose el cuello del traje de chaqueta… Conocer a Lucía y asumir que formara parte de su vida también supuso una grata novedad. Y no le provocaba dolor. De modo que fue fácil olvidar a su madre, o al dolor que le produjo su pérdida. Aquella noche, la primera que Lucía Zagra pasaba en casa de los Dosaguas, Marcelo tuvo que renunciar definitivamente a la difunta María y, como no podía ser de otra manera, lo hizo acabando con ella. Desde su marcha, y a pesar de ello, María Alameda estuvo presente en cada uno de los rincones de la casa. En la forma de ordenar los pucheros de cocina sobre el fregadero, colgados de unos adornos de forja repujados por


encargo en sus finales; en la caída de los visillos y en su transparencia ante la avergonzada intromisión del sol; en las bolsitas de hierbabuena y menta que pendían dentro y fuera del dormitorio del pequeño Ismael, presente aún en las paredes el torturador hedor a azufre e infierno que les invadió durante la más horrible de las noches. Y estaba María presente también en sus dos hijos sobrevivientes, en la postura que tomaban al sentarse, en la forma en que su sonrisa escapaba levemente por las comisuras de los labios, en los ojos vivaces y de un oscuro penetrante. Permanecía en el rocío sobre las lechugas camufladas entre las flores del jardín; en el tronco del ancestral roble donde siendo una jovencita de quince años garabateó su nombre en enormes trazos (empuñando un sable hindú de casi un metro de longitud que perteneció a su abuelo Humberto Almansa en los años gloriosos). Estaba en el brillo de los muebles tras ser acariciados cientos de veces por sus manos con una bayeta empapada en cera de abeja; estaba incluso en los recuerdos de Marcelo, muy pegada, casi adherida, puesto que con él compartió prácticamente toda su vida hasta que marchó y pocos días en los que ella estuvo ausente valían la pena para recordarse. Pero ante todo, María Alameda permanecía viva en su dorada medallita de la Virgen, la que tantas veces manoseaba mientras la intranquilidad o el miedo la abatían, la que mantenía vivo el espíritu y el recuerdo de los parientes Alameda. La que ahora permanecía encerrada en una cajita plateada sobre la cómoda del dormitorio. Un dormitorio cuya intimidad, oculta y protegida, se ultrajaba por la presencia de una nueva mujer, una desconocida. Una simple medallita con más poder del que María ni siquiera supo imaginar. Porque no sólo representaba todo el sentimiento perdido de los Alameda sino la mayor frontera que encontró Marcelo Dosaguas en su vida y la afrenta más violenta que combatió mas nunca pudo ganar. En la imagen de la Virgen, tras el rostro aliviado y dulce de su talla, se ocultaba todo un símbolo de insubordinación. Marcelo no soportó su presencia sobre el pecho incipiente de María siendo una niña, mientras él la encorría por los maizales bajos; ni después cuando consintió en casarse por la Iglesia, en la mayor patraña que vivió el pueblo gracias a la cual consiguió la propiedad de unos campos de cultivo que ahora dejaba morir para quemarlos después y construir una enorme paridera de animales que alquilar a los vecinos, la mayoría con pocas tierras y el espacio imprescindible para encerrar a los animales. Cerró los ojos para no ver el reflejo de la medalla el día que María dio a luz a Darío sobre su cama y repitió el gesto en el nacimiento de los dos Jaimes y del infortunado


Ismael. Probablemente, el único momento en que Marcelo se libró de aquella presencia fue cuando yacía con su esposa, pues ella tenía terminantemente prohibido acostarse junto a él con la medalla puesta. Pero aún ahora que se había marchado, María y su medalla seguían presentes, con demasiada fuerza. Por eso, aquella primera noche en que Lucía Zagra se introdujo en la historia de los Dosaguas, Marcelo asesinó para siempre el recuerdo visible de María Alameda. La sintió entre las sombras, silenciosa y seria, como era habitual verla, pero no tenía en su rostro la expresión temblorosa del miedo que siempre la acompañaba, sino una solemnidad demasiado insolente y provocadora como para que Marcelo pudiera soportarla viniendo de ella. Marcelo pensó que se reía de él aunque su boca permaneciera seria en un rictus, se burlaba ante la evidencia de que nunca conseguiría el corazón de esa mujer como había subyugado al suyo propio. Era como si María despertase en Marcelo un juicio racional del que siempre había carecido y le mostrara la evidente imposibilidad de alcanzar el cariño de aquella ninfa de la belleza. En el más rotundo de los silencios, entre la oscuridad casi plena (de no ser por un tímido reflejo de las estrellas y la luna lejana que se colaban por la ventana) Marcelo Dosaguas percibía la carcajada vengadora de María Alameda. Se enfureció porque no estaba viva y no podía obligarla a callar. Y aún se torturó más al reconocer que tenía razón. Los ojos de Marcelo Dosaguas se cubrieron de lágrimas y un escozor demasiado intenso invadió sus párpados. Su frente se enrojeció y una tímida gota de sudor descendió de la sien hasta la mejilla, donde acabó por evaporarse. Sus dedos nudosos se retorcieron hasta formar una garra con la que asía la mecedora y sus pensamientos se centraron únicamente en la cajita plateada que reposaba sobre la cómoda y en lo que contenía. Silencioso como un gato, Marcelo Dosaguas dio un brinco, rompió la oscuridad del cuarto y aferró con fuerza la cajita de plata entre sus gruesas manos. No reflexionó ni por un momento lo que se disponía a hacer porque supo que de ese modo recuperaría el poder y el dominio, como siempre debió ser. Así, con un giro certero y brutal de su muñeca, lanzó la cajita plateada contra una de las esquinas del dormitorio, entre la cama nupcial y el arcón de María (el que perteneció a los Almansa). Con un furioso estrépito, la cajita se hizo añicos y todas sus partes, incluida la medallita que contenía, se desperdigaron en la amplitud del cuarto y se ocultaron a la vista de Marcelo, conscientes de su condena. El recuerdo presente de María se esfumó, hecho pedazos, bajo los muebles y la cama,


tras el armario y entre los zapatos apartados en un rincón y, como difunta que era, la imagen de María Alameda desapareció durante largos años. Después de escuchar el estrépito del impacto, Marcelo se arrepintió de su conducta y temió haber despertado a Lucía, porque entonces tendría que darle explicaciones y le avergonzaba que sospechara siquiera la verdadera y humillante razón. Eso lo debilitaría, le haría inferior, y ante tanta belleza Marcelo sólo podía dominar y primar. La miró con detenimiento rastreando cada evidencia de su bello rostro bajo la tibia oscuridad, buscó un mínimo destello que evidenciaran esos preciosos y verdes ojos en caso de que se hubieran abierto por el ruido del impacto. Pero nada se movió, ni un cabello de su esponjosa melena rizada, ni un músculo de su cuerpo. Ante Marcelo, Lucía Zagra aparecía como una representación esculpida de Afrodita, diosa del amor, y entre sus delirantes formas se perdió la mirada inquisitiva de él. Sin extraviarla de su vista, Marcelo retrocedió de nuevo hasta la mecedora de madera y se sentó, aliviado. Entre los dos ya no había más que un espacio que con el tiempo se acortaría y un vacío tan rotundo y absoluto como el infinito. De María no quedó ni su perfumado silencio. Marcelo se durmió. Al despertar a la mañana siguiente, descubrió la cama deshecha y vacía. Le bastó un movimiento rápido de cabeza, de izquierda a derecha, para tener la certidumbre de que Lucía no estaba allí y, con cierta ansiedad, salió del dormitorio. La buscó por la cocina, subió las escaleras corriendo hasta el piso de arriba para no encontrarla. Y cuando la preocupación empezaba a asomar en su conciencia, la vio paseando por el jardín. Afuera, la mañana era fresca y húmeda. Imposible distinguir el sol en la masa difusa de luz del cielo cubierto. Los pájaros cantaban y la hierba crujía al caminar. Marcelo salió al jardín al encuentro de Lucía y la encontró apoyada sobre una roca alargada que servía de asiento, observando el tronco grueso del roble que se alzaba en el centro del jardín. Sin decir nada, Lucía le hizo un gesto con la mano para que se sentara a su lado y ambos contemplaron el movimiento de las hojas del roble, lento e invariable, como si contuviera verdades jamás relatadas. Ella dijo: Haré de éste el eje central de mi jardín. Así desapareció la preocupación que inicialmente acompañó a Marcelo en el descubrimiento de Lucía y, gracias a ello, Lucía fue tomando cuerpo en el subconsciente de Marcelo: dejó de ser una etérea e


idealizada diosa para convertirse en la mujer carnal que descubrió en la ciudad y arrebató al mundo para sí solo. Durante el resto de la mañana, Marcelo Dosaguas se enfrentó a sí mismo y a sus recuerdos de juventud. Olvidó a Lucía bajo las ramas del roble centenario y, empuñando con fuerza el mango de un hacha de veinte centímetros de hoja, irrumpió en la soledad del dormitorio. Los mismos muebles de siempre en la ubicación acostumbrada aguardaban a que Marcelo entrara y obrara en consecuencia. En el caso imposible de que los muebles hubieran tenido vida propia, sin duda habrían presentido el fatal destino que les aguardaba con sólo mirar a los ojos de Marcelo. Éstos, abiertos y claros, contenían un odio tal que todas las minúsculas venas que recorrían el globo ocular se mostraban intensas, desplegadas en centenares de hilillos de sangre. Una vez en el interior del cuarto, Marcelo se vio reflejado en el espejo que había sobre la cómoda y se sorprendió por la inesperada fuerza de su imagen sosteniendo el hacha. Siempre pensó que era un arma infalible y terrible cuya sola presencia ante una persona provocaba un desasosiego que invitaba al malestar y la indisposición. Porque evocaba una imagen malévola de dolor, desgarro y sangre. El primer objetivo fue el pesado arcón bajo la ventana. Avanzó apenas tres pasos hasta él, alzó el hacha por encima de su cabeza y la descargó sobre el arcón. Con un sonido hueco, el filo del hacha se incrustó hasta su mitad y Marcelo tuvo que balancear el mango de un lado a otro, apoyando uno de sus pies sobre el arcón, para extraerla y golpear de nuevo. Al tercer impacto apareció entre las muescas de madera el vivo color azafrán de la tela adamascada que adornaba el interior. El arcón, proveniente de India como tantas otras pertenencias de los Almansa, tenía forma rectangular con el cuerpo más estrecho que la tapa y su repujado imitaba a un elefante cargando una cestilla cuadrada de la que sobresalía el tronco de varias personas. El día en que el arcón entró en la casa, ni Marcelo ni la propia María creyeron las historias acerca de elefantes que, como caballos, transportaban personas, y lo achacaron más a la fantasía inherente a esa rama de la familia. Al margen de las historias fantásticas que evocaban las tallas de la madera, María siempre admiró el interior del arcón. Pero ni María ni el arcón de los Almansa volverían a existir más en la vida de Marcelo Dosaguas. Continuó con el resto de los muebles, enajenado, predominante, hasta que su propia imagen descontrolada se quebró en el reflejo partido de un espejo, hecho añicos más por la crueldad contenida que afloraba a través


de sus gruñidos que por el golpe físico con el que le atizó. Sin fuerza, en el interior de un cuarto y de un recuerdo despedazados, Marcelo Dosaguas se dejó caer sobre sus rodillas. Mas como esa postura le evocaba fuerzas religiosas extrañas a él, se levantó, asiéndose al pomo de la puerta, y salió en busca de algo más que destrozar. De este modo, como el agua que salpica las rocas en una costa abrupta, María Alameda desapareció del pensamiento de Marcelo Dosaguas. Dejó tras de sí un espacio tan amplio como desolado pero, como una cisterna de agua, sólo hubo que esperar la lluvia de la vida para llenarlo de nuevo. Y ahí entró Lucía, deslizándose, líquida como una lágrima al borde de una pestaña que se cierra. No ocurrió lo mismo en el caso de Darío. Su memoria, como su recuerdo, se recompusieron muy adentro, en el lugar perdido en el que se encuentra el alma. Y se subjetivaron con el mayor de los afectos, con el único que Darío era capaz de articular. Dulcemente, en las aguas templadas de su río sanguíneo. Pasaban unos minutos de las cuatro de la tarde cuando el joven Darío Dosaguas se percató de la nube de polvo que se alzaba en el cielo. Lo vio por casualidad, al salir por la puerta de la vaquería y acercarse a coger un cubo vacío de leche de la pila del rincón exterior. De no haber sido porque sintió el estómago pesado y se detuvo un momento, erguido junto a la entrada, tal vez no se habría percatado de la nube y no habría abandonado el trabajo hasta más tarde, cuando el griterío de unos cuantos hombres despertó la atención de prácticamente todo el pueblo. Darío Dosaguas colocó de nuevo el cubo en la inclinada pila. No dijo nada a su hermano Jaime, quien continuó trabajando. Descendió la cuesta con paso ágil tratando de distinguir, pese a la distancia, el origen de tamaña nube de polvo. No alcanzó a ver nada, de modo que terminó de bajar y caminó los escasos pasos que le separaban de su casa, desde donde lograría una panorámica despejada y perfecta. Ahí plantado ante la puerta, con la ropa de trabajo y las mangas de la camisa remangadas, nadie hubiera dicho que tenía tan solo dieciséis años. Darío Dosaguas era un muchacho enorme, desarrollado antes de tiempo, musculado por el incesante trabajo, con unas espaldas tan anchas que le tiraba la tela de la camisa. De pie, derecho como un junco, cualquiera hubiera creído que era el dueño de su casa y, en ausencia de su padre así había sido, pero nada más lejos de la realidad puesto que Darío vivía empequeñecido por la autoridad de Marcelo y prefería no amenazarla, ni tan siquiera con su apariencia.


Bastante se había percatado ya Marcelo de la fuerza de su hijo. Y, sin embargo, la apariencia de Darío Dosaguas no era más que un engaño a la vista de cualquiera, una patraña por nadie descubierta. Bajo la robustez de su cuerpo y la firmeza del largo de su cara, Darío Dosaguas se quebraba como el cristal más fino. Permanecía oculto en su trabajo y en su silencio, y dejaba que las apariencias hicieran su juego ilusorio, que crearan sombras donde él prefería imaginar luces. Siempre fue un niño tímido y cobarde, temió al sonido de las montañas anunciando tormenta; la voz colérica de su padre cuando se enojaba; la torpeza de sus manos que volcaban los cubos llenos de leche y los vasos de cristal. De niño, vivió con miedo a crecer; después, en un estirón, presenció el movimiento certero de la capa negra de la muerte entrando en su casa y arrebatándole a su madre, una parte de su vida; y, cuando creció, consciente de la inseguridad que le provocaba seguir en el mundo, utilizó su brillante inteligencia para ocultarse tras la farsa de su cuerpo. Engañó a todos hasta el punto de que, poco a poco, creía estar engañándose a sí mismo. Pero si oteaba por debajo aún era capaz de encontrarse, tal y como le gustaba sentirse. En ocasiones, Darío pensaba que sus ojos trazaban una especie de frontera entre lo que sentía por dentro, tras los párpados, y lo que acontecía fuera. A veces, se daba cuenta de que no era capaz de traspasar esa simple frontera y sentirse parte del mundo, como fundido en él, porque algo ahí adentro le sujetaba y le proporcionaba seguridad. Cuando Darío Dosaguas reconoció el semblante rígido de su padre en el interior de aquel automóvil no pudo evitar que se le contrajera todo el pecho. Le sobresaltó la rapidez de su vuelta pero, más aún, que llegara acompañado de una mujer. Otros vecinos del pueblo, alertados por los gritos y el polvo, llegaron de todas partes y se arremolinaron por la calle, cerca de la casa de Marcelo. Algunos chiscaban los dientes, otros se palmeaban la espalda, pero todos reían. Darío, empujado por el gentío, se retiró hasta el vano de la puerta y aguardó allí, en el más absoluto silencio. Conforme el vehículo se acercaba podía ver más claramente el aspecto vital y hermoso de la mujer. Muchas cosas le pasaron entonces por la cabeza, pero lo que no pudo borrar de su pensamiento fue el rostro de su madre, recortado como una careta sobre un fondo negro que hacía aguas. El automóvil se detuvo ante la puerta y Darío Dosaguas reconoció que era una mujer muy hermosa. Enseguida se dio cuenta del contraste que resultaba entre ella y su padre y, por un mínimo instante, sin siquiera


terminar de mirarla, sintió una leve complicidad, un sentimiento incomprensible que le evocaba una idea de armonía. Entonces, su padre y ella se perdieron tras un círculo de gente que se amontonaba. De no haber sido porque tenía que permanecer allí para recibirlos como era debido, habría corrido lo más lejos que le hubieran permitido sus pesados pies, no por recelo hacia la desconocida, sino por la repulsión que le produjo ver agolpada a la gente, alargando sus brazos hacia los recién llegados como si participasen en el despiece del ganado. El siguiente instante en que Darío se fijó en la mujer fue cuando, tras oírse unas arcadas ahogadas, el gentío se retiró hasta abrirse el círculo que les rodeaba y les mantenía ocultos. Avanzó entonces la mujer hermosa con una mano sobre el vientre y otra cerca de la boca, tratando de retener un vómito que terminó salpicando a los que se encontraban más cerca. Darío tuvo tiempo de reflexionar en apenas dos segundos. Todo se detuvo con el silencio, hasta las partículas de polvo dejaron de suspenderse en el aire. El mismo sonido se hizo estático y el tiempo, imperceptible para la mayoría, se ralentizó para Darío hasta el extremo de poder capturar todos los detalles con una mirada: las facciones de su padre se transformaron desde una sonrisa altiva a una angustiada agonía de preocupación; le brillaron las sienes por las primeras canas al ondear el cabello que caía mientras la ayudaba a incorporarse. Una anciana se anudaba el pañuelo bajo el mentón, muy cerca de donde Juan Lisia comenzaba a darse la vuelta, seguramente abochornado por el espectáculo que presenciaba. Pero, sobre todo, Darío Dosaguas la vio a ella, a esa mujer frágil y a la vez formada, a esa mujer cuyos ojos verdes, transparentes bajo el reflejo del sol, mostraban un trasfondo plácido como el agua tranquila. Tres horas más tarde, cuando todos habían regresado a sus casas y mientras su hermano Jaime continuaba trabajando en la vaquería, Darío se acercó hasta el coche para descargar las maletas. Puso la mano sobre la superficie curva que recubría las ruedas y la notó aún caliente. Después, extrajo una tras otra las maletas de la mujer (a la que aún no conocía) desde los asientos traseros y el minúsculo maletero. Las apiló en el suelo pegadas a la rueda trasera y, ante la imposibilidad de llevarlas a un tiempo, hizo varios viajes. Entró cada vez lo más cargado que pudo, llevando bultos incluso bajo los brazos; recorrió la cocina, esquivó las escaleras y, sin hacer ruido, dejó todo ante la puerta del dormitorio que compartieron sus padres. Darío se detuvo una de las veces y trató de


escuchar lo que ocurría en el interior. Le dio vergüenza y miedo, se frotó la muñeca en la nariz con fuerza y continuó transportando el equipaje. Mientras lo hacía, recordó las palabras de su hermano Jaime al ver a la mujer, tres horas antes, entrar en casa: parece un ángel, había dicho, y Darío estaba de acuerdo. Ella, Lucía, había entrado en casa de los Dosaguas limpiando sus labios con un pañuelo blanco de seda con pequeños bordados en color azul pastel. Con su vestido de gasa moviéndose a su paso, mostrando sus andares sinuosos y silenciosos, serenos como su cristalina mirada tranquila. Ninguno fue consciente en ese momento de lo mucho que representaba la llegada de Lucía y su entrada en aquella casa, en esa familia, y en el lastre de sus antepasados muertos. Sin dudarlo, Lucía representó el punto de ruptura de todo lo que existía para ellos hasta entonces y el punto de partida para un círculo que tanto tardaría en cerrarse. Cuando Darío terminó de transportar las maletas salió al exterior de la casa. Apenas quedaba luz en el cielo y el crepúsculo oscurecía tiñéndose de gris. Miró a lo alto y no pudo distinguir ni una estrella, ni siquiera un resquicio del brillo de la luna. El universo se escondía lentamente como si hubiera decidido mantener un segundo plano, al menos en ese recóndito pueblo. Se puso a temblar como un niño pese a estar empapado en sudor y se acercó hasta el automóvil. Éste había perdido su brillo por el polvo y se confundía con el gris de la noche. Darío sintió un impulso y, sin pensarlo, se dejó llevar por él. Relajó los brazos, los extendió hacia delante y se tumbó acostando el pecho sudoroso sobre la parte delantera del automóvil. Distendió los músculos y perdió la cuenta del tiempo. En su mente discurrieron imágenes inconexas del pasado de un significado tan profundo que le invadió un arranque de nostalgia. Siempre le gustó la sonrisa de su madre porque apenas la disfrutó, la descubrió en ocasiones esquivas en que se encontraban solos. Ella lo miraba cuando estaba distraído, generalmente jugando con un pequeño animal de trapo que le cosió su abuela Dorotea Almansa, y cuando Darío adivinaba de soslayo la felicidad de su madre ya era tarde para atraparla en toda su plenitud porque, al volver la vista y mirarla, a María se le diluía el rostro como si le entristeciera la evidencia de presenciar una vida sentenciada por lo preestablecido. Muchas veces, Darío creyó encontrar en su madre un dolor tan profundo porque se reconocía débil, perdida ante Marcelo. Con él hasta el respirar era algo impuesto, algo que debía hacerse a su ritmo. En ocasiones pasadas, del mismo modo en que haría en los años venideros,


cuando Darío necesitaba encontrar en su padre un signo de humanidad (o al menos un guiño de ella) siempre le recordó en la misma situación, pues nunca encontró otra que le hiciera sentirse orgulloso. En esos momentos, Darío volvía a la noche húmeda en la que murió su hermanito, el que iba a llamarse Jaime y que ahora reposaba bajo las lilas a los pies del enorme roble del jardín. Aquella noche, Marcelo se deshizo en lágrimas y trató de recomponerse en un abrazo íntimo con María. Permanecieron abrazados durante mucho tiempo con el pequeñín sereno y blanco entre sus brazos. Darío nunca pudo dar explicación a la naturaleza de ese recuerdo pues entonces él tenía poco más de un año y no conocía a nadie que conservara un recuerdo tan antiguo con una nitidez semejante. Pero lo que más le impactó fue ver la peluda cabecita de su hermanito en la cavidad de una de las manos de su padre. De nuevo, el tradicional simbolismo les marcaba: el poderoso dominio del inigualable Marcelo Dosaguas. También le reconfortaba una imagen de su infancia cuando a los nueve o diez años recorrió todo el pueblo corriendo, sin detenerse, seguido de Arcadio Marote, abriéndose paso entre cientos de espigas que sobrepasaban su cabeza. Entonces, el día era de color ocre como nunca antes lo había visto y se respiraba un hermoso olor a hierbabuena. Darío braceaba apartando las espigas de su cara, respiraba de forma entrecortada siguiendo el juego de la captura, y sentía sobre su cuerpo el roce de las ramas verdes levantando el polvo a su paso. Cuando salió del campo y se supo vencido, se tumbó en el suelo como ahora lo estaba sobre aquel automóvil. Al levantarse, se dio cuenta de que su ropa, mojada por el sudor, había dejado en el coche polvoriento el rastro de su enorme silueta. También había llorado. Avergonzado, rompió la silueta con un movimiento de su mano, de izquierda a derecha. Aquella noche, Darío Dosaguas tardó más de la cuenta en conciliar el sueño. Un tímido resplandor de luna se colaba por la ventana de su dormitorio rozándole el rostro y él, tumbado sobre la cama boca arriba, aguardaba con sigilo un simple sonido, un estrépito o unos susurros que confirmaran la presencia de la mujer en el cuarto de su padre. No buscaba un imposible pues sólo unos cuantos pasos separaban los dos dormitorios en la planta baja, atravesando el raquítico saloncito con su decoración añeja. Muchas noches, sin pretenderlo, Darío había escuchado la respiración profunda de su padre, seguida generalmente de un ronquido flemático, entrecortado y apenas recurrente en la noche, pero nunca le había prestado mayor atención y no había sido más que un punto de apoyo para ir apaciguando a su subconsciente hasta la relajación profunda


del sueño. Después, una vez dormido, difícilmente se despertaba, hasta que su reloj biológico interno le sobresaltaba a la mañana siguiente instantes antes del repique de las campanas de la iglesia. Sin embargo, esa noche sus ojos permanecieron abiertos sin sentir el peso de las horas. Identificó cada uno de los sonidos de la madrugada: el movimiento de las hojas del castaño cercano, el crujido de la madera de los troncos, el siseo de las nubes bajas rasgando el cielo, el respirar de las almas nocturnas… pero ni un solo indicio femenino. Ni aun de su padre. Pasaron las horas junto al silencio y conforme se iba sumergiendo en el sueño, en ese momento en el que uno trata de oponer resistencia al escozor que estira de los párpados, Darío Dosaguas llegó a la conclusión de que nada ocurriría esa noche. Y se dejó vencer. En los primeros momentos inciertos que, como una tela de araña, separan la realidad del mundo onírico, se sorprendió por imaginar la inmóvil presencia de la mujer, sola, aislada sobre un pedazo de roca sobresaliendo del mar. La espalda tendida sobre la roca con la cabeza ladeada mirándole, los brazos y las piernas sumergidos bajo el agua, por delante y por detrás de esa protuberancia rocosa. Darío la creyó inconsciente. No sólo en el sentido de estar sumida en un desmayo sino carente de cualquier juicio racional por estar ahí, con su padre, aunque él no apareciera en el aislamiento que imaginaba. Entonces, en los breves segundos que preceden al sueño y ya no se recuerda nada, supo que la mujer estaba del todo equivocada y que aquel silencio en la casa, aquella ausencia de su padre, no sólo suponía un desafío, o un duelo, entre autoridades sino la constatación de un error del destino que seguramente ninguno de los dos imaginaba. Todavía. De este modo, la noche dio paso al día y, al despertar, Darío encontró su vida tan silenciosa que estuvo a punto de gritar. Pero no lo hizo. De pie en un rincón de la cocina, junto a la mesa de madera veneciana que perteneció a la abuela Almansa, Darío apenas se distrajo con el modo pausado con que Jaime tomaba el desayuno. Esa mañana, la prisa impulsaba su cuerpo como si cientos de agujas punzantes le pincharan desde dentro; no soportó la espera y salió de casa dejando solo a su hermano. Se abotonó con urgencia la chaqueta de lana (puesto que la mañana les sorprendió con una tardía rosada a sólo siete días para comenzar el mes de mayo) y recorrió el conocido camino ascendente hasta la vaquería. Se separó de su rumbo un instante, ya en lo alto. Se detuvo en el saliente a contemplar la imagen de las montañas; siempre le evocaban su infancia, a su madre tomándole de la mano para darle


confianza ante la pendiente. En el mismo punto al que su madre solía dirigir, en vida, la indicación de su mano, el cielo aparecía cubierto por una condensación de humedad que impedía distinguir con nitidez las formas de los árboles, siempre ensortijadas para ocultar los antiguos y poco conocidos caminos que las atravesaban. Sintió un temblor y no supo si era frío o nostalgia al contemplar aquel paisaje tan bello que había aprendido a amar con los años, conforme crecía. Porque en muchas ocasiones se preguntó si los árboles, las laderas, las flores, si tal vez todo el universo y las estrellas crecían al mismo tiempo que él. Y eso le hacía sentirse importante. Bastaba con que su madre le sostuviera la mano en el saliente, donde todo el pueblo se controlaba desde el otro lado, donde las montañas protegían con su alma la delicada e infrecuente forma circular del bosque allá abajo, para que él, Darío Dosaguas, se sintiera feliz y vivo. Ahora que había crecido y no estaba su madre, sólo le quedaba el recuerdo, en ocasiones la esperanza de algo nuevo que rompiera la monotonía a la que se condenaba su vida, y la contemplación siempre bella de las montañas. De este modo, mientras retrocedía al camino suspirando y se perdía en la oscuridad de la vaquería, Darío pensó de nuevo en la mujer y en los misterios que traería consigo. Aquel día, Darío no echó en falta a su padre en el trabajo. Se había acostumbrado a su ausencia durante los días que aquél pasó en la ciudad y, ahora, disculpaba (o justificaba) esa ausencia por la llegada femenina. De modo que continuó dirigiendo el trabajo como en días pasados y coordinando la inocente inexperiencia de Jaime, que pese a ser sólo 2 años menor que él permanecía evaporado en la excusa de la preadolescencia. Darío se sentía tremendamente viejo, como si hubiera vivido varias vidas una tras otra y en todas ellas el trabajo le hubiera marcado y encallecido el alma. Se sabía capaz de cualquier cosa. Incluso para dirigir la vaquería cuando su padre faltara. Pero no lo deseaba. En absoluto. Desde que murió su madre se hundía un paso más cada día en la jaula que le deparaba el destino y se lastraba por el peso de sus antepasados y por la pureza en la que debía permanecer su recuerdo. Viviendo María, siempre supo que había un agujero en las paredes de su prisión, diminuto y todavía oscuro, que pronto se iluminaría hasta indicarle la salida. Con ella siempre hubo esperanza de ablandar el inamovible corazón de su padre y de escapar a la repetición inexorable de su vida y de la vida de las generaciones de Dosaguas pasadas. Darío


prefería la sangre aventurera de los Almansa, la sangre que impulsó a su abuela Dorotea a hacer locuras y a su madre María a conservar sus creencias entre la amputadora e impuesta voluntad agnóstica de Marcelo. Pero solo no podría lograrlo. Sin complicidad se encontraba perdido. Mirando a su hermano reconocía en él ingenuidad; se alegraba y rogaba que la mantuviera y no sintiera nunca el dolor que él mismo sentía. Lo veía manso como un ternerito, fatalmente inocente. Prefería proteger esa inocencia aunque para ello tuviera que dirigirse a él con fingido optimismo, creándole interés por cosas que él mismo repugnaba pero que les ataban a esa casa como la soga al cuello de un ahorcado. Sintió una enorme curiosidad hacia aquella mujer a la que aún no conocía y hacia sus motivaciones, y pensó que era una completa estúpida, o una suicida, para adentrarse en ese pueblo perdido entre el mundo. Se lamentó por ella y por lo mucho que sufriría. Aunque poco sabía él del sufrimiento de Lucía Zagra. Y del que arrastraría las vidas de tantos otros. Al caer la tarde, Darío regresó a casa y se sorprendió por el modo en que todo había cambiado. Entró en silencio atravesando la cocina, tan quieta como evaporada la tarde, buscando algún indicio de la presencia de su padre o de la bella mujer. Pero no encontró más que una quietud prolongada e inmóvil que obturaba toda la estancia, chocando contra las paredes como el impacto que provoca una explosión. Caminó tan despacio que apenas sí movía los pies. Se descalzó para no hacer el más mínimo ruido y se atrevió a cerrar su mano sobre el pomo de la puerta del dormitorio de su padre, girar hasta escuchar el leve clic del pestillo y empujar hacia adentro. Al resguardo de la sombra que vertían las contraventanas cerradas, Darío Dosaguas distinguió los relieves dispersos de las pertenencias de sus abuelos los Alameda y los Almansa. El cuarto se encontraba vacío pero lleno de los ahogados alaridos que las sombras de sus ancestros maternos emitían al haberse mutilado su recuerdo. Todo el mobiliario aparecía descompuesto en mil añicos, destrozado y perdido en los rincones, junto a las paredes. Darío permaneció en el vano de la puerta con la boca abierta por la impresión y los músculos tan helados que le impedían moverse. En claro estado de shock, buscó con una mirada de movimiento esquizofrénico la cajita de plata de su madre en el espacio vacío donde antes estuvo la cómoda. Un ahogo le invadió desde dentro ante el temor de que hubiera desaparecido y, con una única lágrima recorriendo la curva de su mejilla derecha, se abalanzó al interior


del cuarto para hurgar entre los despojos de madera y tela que recubrían el suelo. Cuando la desventurada María encontró a Dios un triste día de noviembre de 1916, Darío pensó que el cielo se cerraría en un manto negro del que no volvería a despertar. Su hermano y él lloraron durante semanas pero cuando cesó el llanto no pudo verter lágrimas de nuevo. Se secó por dentro como un río al descender el cauce. Pero, esa tarde, una única lágrima brotó de nuevo desde su alma. Tras un parpadeo, la encontró. La cajita plateada aparecía revuelta, saqueada como por un desaprensivo y terriblemente vacía. Gimió ante la ausencia de lo buscado y, cuando se disponía a abandonar el cuarto, con el mismo sigilo con el que había entrado, vio relucir en un rincón del suelo los destellos de la cadena de la que colgaba la medallita de su madre, sin duda lanzada por los aires y desterrada de aquel desacralizado lugar. La tomó con cariño entre sus fuertes manos, cogió también la cajita plateada un tanto maltrecha y salió de la casa hasta el jardín. Por aquel entonces, el jardín era grandioso pero no tanto como lo sería después de la ampliación que acometerían tras la llegada de Lucía. Contenía varios árboles frutales crecidos desde generaciones pasadas y el enorme roble. Su tronco era robusto por los años; sus ramas, amplias y elevadas, regalaban buena sombra en verano; su olor fresco y amplio como el cielo. Darío se acercó al roble y, junto a la pequeña maderita que con su no utilizado nombre indicaba el lugar de la inhumación de su hermanito, trazó un pequeño surco en forma de corazón. En su interior hizo un agujero hasta la profundidad de su codo e introdujo allí la cajita plateada que contenía la medallita de su madre. De este modo, ella estaría siempre cerca de su pequeñín al que tanto quiso y tan poco pudo amar. Así fue como el recuerdo de María Alameda quedó diluido dulcemente en la corriente sanguínea de su amado hijo Darío. Su flujo, continuo y delicado como las olas del mar, permaneció en él durante el resto de su vida. Y si bien es cierto que aprendió a no sufrir por su ausencia, nunca dejó de sentirla presente bajo la piel de sus mejillas sesgadas por alguna lágrima esquiva y en el ardor de los lóbulos de sus orejas. Esa misma tarde, y eludiendo ambos de manera premeditada hacer referencia alguna a lo acontecido en el interior del dormitorio, Marcelo y Darío sacaron de la casa los restos de una vida transcurrida que ya se


daba por olvidada. Los pedazos de madera a los que habían quedado reducidos los muebles traídos de India y de Pakistán; los fragmentos de espejo con ribetes de oro; los visillos blancos; e incluso las ropas aromatizadas con pétalos de rosa que pertenecieron a María; todo fue amontonado en el desván o en un lado del jardín hasta desaparecer en los rincones o arder en una pira humeante que expandió su presencia por el cielo del mismo modo en que lo hizo un día atrás el polvo levantado por el automóvil de Lucía. Ambas nubes respondían a extinciones distintas del pasado: una simbolizaba la huida reflexiva de la belleza, mientras la otra representaba la extinción de la memoria. Poco después del holocausto, como si inconscientemente no debiera formar parte de él, Jaime se unió a su padre y hermano. Derribaron uno de los muros que rodeaban la propiedad, junto al enorme jardín, para introducir allí el vehículo de Lucía y protegerlo de las continuas miradas y caricias de los vecinos; de las irrupciones y saltos en su interior; del continuo toqueteo de sus asientos de cuero. Colocaron varios maderos cruzados donde antes estuvo el muro para que nadie penetrara en su propiedad hasta que construyesen un garaje acorde con el vehículo y con la nueva y grandiosa casa digna de la notoriedad de Marcelo Dosaguas.

V: Lucía y su bienvenida. Los vecinos se sorprendieron mucho de que Marcelo Dosaguas hubiera conocido a una mujer tan culta, limpia y refinada. Llamaron la atención sus elegantes vestidos, aunque nadie supiera que procedían del centro de París, de la Boutique de François, ni que el sombrero que le cubría el cabello fuera un regalo de uno de sus admiradores traído desde Londres. Lucía dudaba incluso que supieran dónde se encontraban París y Londres, e incluso que pudiesen pensar que existía algo más allá de esos pueblos que se extendían poco más lejos del bosque, de la ciudad o del sur del país. Verdaderamente eran gentes pueblerinas e incultas, en su mayoría. Pero era lo que Lucía siempre había deseado, perderse entre la ignorancia, desaparecer en un mundo lejano y maravilloso como el de las historias de Lewis Carroll, como las aventuras que debían vivirse para ir más allá de la existencia, más allá de lo eventual que podría experimentar


en cualquier ciudad. Para luego emerger como la mar brava y arrebatar arena a la costa. La irrupción de la desconocida y el caos posterior que supusieron las obras de reforma de la casa, así como la sorpresa de pensar en una piscina en el interior del jardín, fueron la causa de que Darío y Jaime Dosaguas no mostraran ningún tipo de recelo hacia Lucía. Desde el primer instante en que la vieron entrar en la casa, con los labios cubiertos tras los bordados azules de un pañuelo blanco de seda, les pareció un ángel venido del cielo; sus pasos escondidos en el movimiento de la gasa del vestido, los movimientos pendulares de tobillos al caminar sobre unos tacones de varios centímetros. Con el paso de los días y tras observar cuidadosamente de reojo cada uno de los movimientos y reacciones de sus hijos, Marcelo se relajó al comprobar que éstos no sentían ningún tipo de atracción física hacia Lucía, aspecto que le preocupó desde el mismo instante en que le propuso que se fuese a vivir con él. Marcelo era consciente del magnetismo que Lucía provocaba en casi todos los hombres y, aunque sus hijos eran aún jóvenes, estaban lo suficientemente crecidos como para verse atrapados en la telaraña romántica que Lucía tejía a su alrededor. Los chicos vieron en ella a una mujer madura muy diferente de su madre, una mujer curtida por la vida de la que emanaba una especie de paz interior como nunca nadie había mostrado en el lugar. Una especie de aplomo hacia la vida, de emanación de unos ideales cercanos a los de Marcelo aunque mucho más depurados. Porque en Lucía podía sentirse esa armonía interior que luego reflejaba en su rostro. Y su idea de la libertad por encima de todo. No sólo libertad física sino también ideológica y de espíritu. Esta misma idea de libertad podría haber justificado el hecho de que Lucía viese en esos jóvenes a unos hombres curtidos a los que dar amor, sin embargo ella siempre los vio como a los hijos que nunca había tenido y que ya no esperaba tener a sus treinta y un años. Días después de su llegada y antes de que comenzaran las obras de remodelación de la casa, Lucía aceptó el sincero ofrecimiento que hizo el joven Darío de enseñarle el pueblo y el negocio familiar que heredaría de su padre como primogénito que era. Darío no pudo evitar una expresión de asombro en el rostro al comprobar que Lucía tenía un sueño muy ligero y un temprano despertar. La había imaginado de otra forma, engañado por el juicio preconcebido de que era una señora de ciudad de padre muy rico con una enorme casa atendida por doncellas y


mayordomos. De hecho, la juzgó muy pronto pues Lucía vivió independiente desde muy joven como acto de rebeldía hacia el aburguesamiento de su familia, aunque bien es cierto que sucumbió a la necesidad y a la tentación del dinero que, en determinados momentos de su vida, le ofreció su padre. Al margen de esas ayudas, todo lo que tenía Lucía lo había conseguido con su propio esfuerzo trabajando como corresponsal para diversas publicaciones europeas gracias a su dominio de los idiomas. Hablaba perfectamente francés, inglés, alemán, italiano y algo de ruso, aspecto éste que asombró a los Dosaguas pero que nunca les atrajo lo suficiente como para desear aprenderlo. Decidieron levantarse nada más despuntar el alba para recorrer las calles del pueblo aprovechando que, a esas horas, la mayoría de los vecinos dormitaba deseando no tener que levantarse. Darío tuvo que convencer previamente a su padre para que le dejara ausentarse del trabajo durante unas horas aduciendo que su hermano Jaime le cubriría en sus tareas. A diferencia de lo que habría ocurrido en cualquier otra situación, como era Lucía quien motivaba la ausencia de Darío en el trabajo, Marcelo aceptó gustoso animando incluso al joven para que después la acercara hasta la vaquería y le enseñase las vacas, principal fuente de riqueza de todas las generaciones Dosaguas, pasadas y venideras. Este último punto no convenció tanto a Darío, quien vio sus posibilidades de alargar el paseo mermadas ante el hecho inevitable de que al llegar allí tendría que quedarse como parada final del recorrido para recuperar el tiempo perdido. Salieron temprano y en silencio. El sol apenas había aparecido en el cielo, por lo que los pasos de Lucía fueron al principio inciertos ya que todavía no conocía los misterios del empedrado de la calle, que se extendía desde la puerta de la casa en todas las direcciones. Subieron cuesta arriba, observando las paredes de las casas y las ventanas levemente entornadas para que entrase el fresco de la noche. Lucía estaba radiante y se sentía orgullosa. Para ella no fue difícil aceptar el ofrecimiento de Marcelo porque ambos sabían muy bien el tipo de persona que eran y las limitaciones que implícitamente residían en sus personalidades contrapuestas, pero era el hecho de que él tuviera unos hijos ya crecidos lo que la incomodaba verdaderamente. Suponía el dolor que les había causado la muerte de su madre, tan prematura y brusca como la del hermano por eso, en el afortunado caso de que ella se integrase en la familia, tenía miedo de crear en esos jóvenes unos lazos de tal magnitud que si algún día se veía obligada a obedecer a su necesidad


de libertad, a dejarles, sufrieran de nuevo por la pérdida. Prefirió mantener silencio en espera de que Darío iniciara la conversación pero, una vez llegados al final de la calle, el joven todavía no había pronunciado una sola palabra, lo que le hizo pensar que todo era una maniobra ordenada por Marcelo para contentarla. Sin embargo, en ese instante Darío comenzó a susurrar, con un tono claramente evocador, las maravillas que había descubierto escondidas en los rincones del pueblo, que aguardaban a ser descubiertas por otros como él. Darío recorrió con Lucía todos aquellos pequeños lugares que, desde muy niño, le habían mostrado la poesía que nadie más podía distinguir. El agua manando sobre una charca; el olor de los troncos de los árboles frutales flanqueando el camino que conducía a los campos de trabajo; la caricia del viento sobre las puntas de la hierba fresca haciendo verdear el valle; los huecos entre el adobe de las casas, donde crecían las telas de las arañas; los caminos perdidos y polvorientos que conducían a los campos y al viejo molino. Para Darío, cada elemento de la naturaleza era un regalo de poesía que debía ser observado. No hacerlo era un acto injusto de soberbia, pero Lucía era distinta a los demás. Comprendía la visión que Darío tenía de la vida. Lo notó el mismo día de su llegada cuando reaccionó de aquella forma impulsiva al observar el bosque circular. Darío se dio cuenta de que ella sentía más allá de lo que veía, como él. Y, en cierto modo, era una sensación extraña puesto que Lucía únicamente había conocido en toda su vida a otra persona con aquellos mismos deseos por apreciar lo no aparente, lo que sutilmente aguardaba a ser descubierto pero que huía de los falsos de corazón. Aquella persona fue su amor, Pierre Dumonde, al que nunca podría recuperar. Puede que esa cercanía de espíritu que había alcanzado a esas tres personas (por el mero capricho del azar) y que era tan difícil de encontrar en otros, hiciera de ellos personas más complejas y matizadas, más intensas. De ellas se desprendía un aroma invisible que capturaba la atención del resto del mundo haciendo de ellos pseudosoles hacia los que todos dirigían sus rostros para sentir el calor de su mirada y la acogida de sus palabras. Sin duda alguna, cada uno en términos distintos pero complementarios, fueron personas que lograron atraer a los demás con su magnetismo. Y por ello fueron especiales. Lucía y el joven Darío subieron y bajaron por callejas estrechas que se entrecruzaban como un laberinto intrigante de silencio, aislamiento y sombras. Las luces del sol ascendente apenas limpiaban su camino al introducirse por las calles, pese a que las paredes de las casas eran


completamente blancas y deberían permitir la reflexión de la luz ampliando la luminosidad. Sin embargo, sus paredes eran tan altas que apenas podían distinguirse pedazos de cielo en sus huecos. Conforme se acercaban a la plaza del pueblo, las calles se estrechaban todavía más e incluso algunas se cerraban sin permitir la salida, como en un intento de atrapar al posible invasor, como ella se sentía. Lucía señalaba con el dedo cada vértice de las paredes y lo recorría sin encontrar fin hasta el techo de las casas. Unas fachadas se unían a otras, pegadas como si tuvieran miedo a separarse. Darío sonrió, asintiendo. Se le veía feliz, como si el paseo le hubiera aliviado de tan pesada carga que arrastraba. Su rostro se distendía descubriéndose en él unos rasgos juveniles, que ya todos creían perdidos. La plaza les devolvió el calor de la mañana y la esperanza que ofrecía la luz de un día que se les antojaba sería maravilloso. Como en la mayoría de las calles, el suelo de la plaza estaba empedrado y trazaba finos canales para el desagüe de las tormentas. A los lados, encontraron una sucesión de casas, todas muy pulcras y con los balcones floridos orientados a la fachada del Ayuntamiento, localizado en una construcción elevada a la que se accedía por una escalinata estrecha que terminaba en una enorme puerta de madera de encina. Descendieron después por una de las empinadas calles que conducían hasta la salida del pueblo. El trazado de éste era claramente circular, de modo que todas las viviendas se esparcían alrededor de la plaza principal, situada en una elevación, y desde allí se extendían en descenso y en círculo hasta las afueras del pueblo donde comenzaban los caminos de tierra que llevaban a los campos y al molino de trigo. Darío condujo a Lucía por un camino ancho, de tierra fina y rojiza, diariamente recorrido por multitud de campesinos que dejaban sus casas al despuntar el día para comenzar la faena en los campos y de los que se adivinaba el deambular de sus pesadas huellas. Lucía observó el rostro del muchacho. Sus ojos oscuros escondían más de lo que mostraba, ella supo que guardaban una intensidad que se prohibía revelar. Mientras hablaban, le fascinó la pericia del joven para descubrir el alma de las cosas, los mil detalles que podían pasar desapercibidos incluso para ella y la memoria en la que contenía la historia de cada uno de los habitantes de ese pueblo, de los que conocía cada acción, cada pensamiento, como si fueran propios. Darío tenía el pelo revuelto y los ojos entornados mirando hacia el cielo. Observó el paso de un pájaro en dirección a los campos y al bajar la mirada buscó los ojos cristalinos de Lucía. Le dijo que se alegraba de que hubiera ido a vivir con ellos. Ella, que había seguido el vuelo del pájaro


imitando el gesto de Darío, se acercó a besarle en la frente. Y se sorprendió de que, a pesar de su edad, el cuerpo de Darío estuviera tan desarrollado que tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar el lugar adecuado sobre el que mostrar su afecto. Notó cómo él sonreía al tiempo que se agachaba, como si quisiera disimular su tamaño por miedo a que al juzgarlo adulto dejase de mostrar ese cariño que tanto necesitaba. Por unos instantes, Darío se transformó en un chiquillo de dieciséis años que recuperaba la alegría que la muerte de su madre borró de su rostro. En su recorrido coincidieron, por primera vez desde que salieron de casa de Marcelo, con otros lugareños. Algunos los miraron con sorpresa, interrogándose acerca del lugar al que se dirigían y de la desocupación contemplativa que les conducía por los caminos. Conocían de sobra a Darío y sabían que nunca abandonaba el trabajo en la vaquería, pero a la mujer no la habían visto antes. Otros, sin embargo, la recordaban del día que llegó al pueblo conduciendo un automóvil repleto de maletas y vomitando a la entrada de la casa de Marcelo. Al parecer era la “amiguita” de Marcelo, su “concubina”. Una mujer bien bella. Saludaron al joven Patricio Monterde, un amigo de Darío que trabajaba recogiendo tomates y judías en uno de los campos más al este de la zona. Éste se mostró sorprendido por la belleza de Lucía, a la que halagó con unos cuantos piropos, haciéndola sonreír. Juntos atravesaron la más hermosa de las plantaciones: un campo de girasoles que se extendía hasta el horizonte, logrando que la vista se perdiera a lo largo de la superficie amarilla. Se quedaron allí, descansando a la sombra de un pequeño arbolillo solitario del camino, mientras Patricio Monterde seguía su caminata hacia el campo. Contemplaron la belleza de los girasoles encarados al sol, con sus pétalos recios y anchos, con su tallo firme en posición de saludo. Aprovecharon el descanso para comer unas manzanas que habían arrancado de uno de los árboles del jardín y, con el estómago lleno, continuaron por el camino hasta alcanzar el viejo molino de trigo. Saludaron a otros campesinos como Julio Agudo, que recolectaba maíz; Demetrio Blanco, que recogía cebollas y patatas; o Tomás Mirandez, que plantaba coles, lechugas, acelgas y otras verduras. El viejo molino se localizaba a la derecha del camino de tierra, en lo alto de una elevación ligera desde la que se observaban todos los campos, los árboles frutales del fondo y el pueblo al frente. En la parte baja de la elevación, un poco desviada del camino, se encontraba una casa desvencijada en la que vivía el molinero. Por aquel entonces, 13 años


antes de que falleciera atragantándose con un hueso de pollo mientras comía a la entrada de la casa, José Verlado era un joven apuesto, tiznado por el sol y de fuertes brazos con los que hacía girar la rueda. Vivía solo en la casa del molino pero se escabullía siempre que podía hasta la tasca del pueblo en la que se reunían los jóvenes a beber y a charlar. Darío le conocía pero nunca hizo verdadera amistad con él porque no tenía tiempo para frecuentar la tasca y porque se llevaban varios años. En completo silencio para no perturbar a José Verlado en su trabajo, observaron la belleza del molino en lo alto de la elevación. Lo que realmente merecía la pena era contemplar las blancas paredes redondeadas, su poderosa presencia en medio de los caminos de tierra dominándolo todo y recortando el azul del cielo. Darío siempre admiró aquel molino y, en muchas ocasiones, deseó trabajar en él sólo para poder vivir a su lado en la desvencijada casita. Sin embargo, la herencia de la sangre le predestinaba a dirigir la vaquería, algo que Darío repudiaba pero de lo que no podía escaparse. De nuevo, el poder que Marcelo Dosaguas desplegaba sobre su familia se manifestaba. No importaba la forma puesto que siempre estaba allí, flotando en el aire como una peste, como una plaga bíblica que no cuajaba con su declarado agnosticismo. En casa de los Dosaguas imperaba el agnosticismo. Era un sentimiento profundo que invadía sus cuerpos desde el mismo momento en que atravesaban el vano de la puerta principal, como un latigazo. De niños, Darío y Jaime pensaban que esa sensación que experimentaban sus amigos al entrar en la Iglesia debía de ser igual a esa presión que ellos notaban a la altura de la nuca al entrar en su casa, pareciendo que sus cabezas tuvieran un tamaño tan descomunal que les obligaba a caminar inclinados. Ellos lo hacían forzados por la presión agnóstica de su padre, que sentían como una losa de granito que descendía del techo, pero Marcelo, al verlos encorvados, creía que rezaban y les propinaba ligeros puntapiés para que se irguieran. La infortunada María fue la única que conoció la peculiar forma del agnosticismo de su marido. Se reducía a una mínima prerrogativa que únicamente ella disfrutaba, tanto en el interior de la casa como fuera de ella. Su medallita de la Virgen. Desde niña tuvo que esconderla en presencia de Marcelo pero cuando María salía a la calle, ya fuera sola o con sus hijos, se apresuraba a descubrirla por encima de su vestido para que las vecinas del pueblo supiesen que era una fiel creyente y que la Virgen la protegía. Los pequeños no decían nada, claro. Asistía a la Iglesia muy de vez en cuando, más bien poco, pero le bastaba para purificar el alma y sentirse reconocida por las otras


mujeres, que se apiadaban de ella a su paso agachando la cabeza y santiguándose u ocultando su rostro bajo el pañuelo negro que cubría sus cabellos, avergonzadas por gozar de la gloria de Dios que ella no podía conocer en su plenitud. Sin embargo, María sí sentía esa gloria de Dios de una forma muy especial, pues la caja plateada que le regaló su madre era el pequeño santuario en el que oraba diariamente, al que confiaba sus ruegos y donde dejaba descansar su medalla para que se purificase lejos de Marcelo. Durante la noche, los brillos plata de la caja, acariciados por la luz de la luna, iluminaban el rostro de la Virgen y lo elevaban a lo más alto del Reino de los Cielos. En sus sueños, María aparecía con una ligera túnica de color lila, con cuello de botella y mangas amplias que cubrían por completo las manos. Surgía en medio de las nubes y ascendía sin esfuerzo a una velocidad de vértigo hasta encontrarse ante una puerta de oro con la Virgen, que le reconfortaba con palabras dulces que sonaban como el trino de los pájaros. Cuando se despertaba, entre los brazos recios y peludos de Marcelo, se asustaba y contraía el rostro. A veces, si él la miraba mientras sonreía ella disimulaba diciendo que era muy feliz a su lado, tanto que la vida parecía un inacabable verano. Pero, en realidad reía por sus sueños y, sintiéndose culpable, aliviaba su rostro y adoptaba una mueca amarga, la que todos reconocían. Fue mientras volvían por el camino, abandonando a lo lejos la presencia del molino y antes de alcanzar el trazado secundario que conducía a la vaquería, justo frente al valle y el bosque circular, cuando Darío preguntó a Lucía si escondía alguna medalla de la Virgen bajo su vestido. Ella soltó una leve carcajada y, antes de contestar, le preguntó el motivo de su pregunta y si él era creyente. Ante todo, Lucía deseaba respetar el sentir del joven puesto que había descubierto en él una sinceridad y unos sentimientos que no deseaba dañar por nada del mundo. Darío le contó la historia de la Virgen que su madre escondía en su pecho, bajo el vestido, y el agnosticismo que regía la vida de los Dosaguas. Al principio, siendo él un niño no entendía bien el significado de ser agnóstico. Pensaba que debía de ser una especie de insulto que le dirigían sus maestros en la escuela y le chillaban los niños en el recreo. Su madre prefería callar en ese tema dada la situación especialmente privilegiada de la que gozaba y que podría peligrar si metía cizaña entre sus hijos y su marido. Sin embargo, conforme esos mismos niños le contaban historias de Dios, Darío comprendió que era mejor creer en uno mismo, como hacía su familia, antes que vivir atemorizado por un Dios


que mataba con el pensamiento o que ordenaba la muerte de los hijos a manos de sus padres. Todas las historias que su madre le trataba de inculcar, a escondidas en susurros a la oscuridad de la cocina, se le antojaban a Darío como atrocidades del ser humano impulsadas por un ser omnipotente y severo, injusto y nada compasivo como se deducía de aquellas narraciones teñidas de sangre, venganza, dolor y sufrimiento. Había poca diferencia entre las imposiciones de su padre y las de Dios, por tanto no entendía que su madre defendiera tanto una cosa y tan poco otra. Cuando Darío creció un poco más como para comprender las verdaderas implicaciones de la religión, se sintió aliviado de ser agnóstico, de no estar atado a ningún tipo de rito incómodo y doloroso para sus rodillas, de no tener que rendir cuentas a nadie más que a sí mismo y de ser lo suficientemente justo y humano como para no tener que avergonzarse de sus actos. Aquello del ojo por ojo y el diente por diente le parecía una atrocidad salvaje marcada por el rencor. Para él, la naturaleza y la vida eran lo único que importaba y que había que respetar. No concebía nada más grande que el mundo en que vivía y que las personas que en él habitaban. Y, de nuevo, Darío admiró a la persona que representaba Lucía, no sólo por apreciar del mismo modo que él la belleza de las flores, la anchura rojiza del polvo acumulado en el camino, el murmullo del agua de las fuentes, sino por descubrir a un ser absolutamente libre y carente de prejuicios que luchaba por sus ideales sin atarse a nada ni a nadie, ni siquiera a la presencia dominadora de Marcelo Dosaguas. Lucía le explicó que ella era atea. Había creído en Dios siendo todavía muy joven pero lo había repudiado por los mismos motivos que Darío solo que ella, en algunos momentos de debilidad, continuaba pensando que el poder de Dios algún día se volvería en su contra por haberse escapado del redil y haberse rebelado: con su padre Reinaldo Zagra, con sus amigos burgueses y con su vida de clase prefijada. Poco pudo imaginar Lucía del devenir de su vida y, cuando ocurrió lo que debía de ocurrir, no pensó que todo fuera una burla macabra de Dios por haber repudiado sus creencias. Tanto sufrimiento y tanto dolor que estaba por llegar bien podría haberse justificado de ese modo. Pero la verdad era mucho más complicada como para reducirse a una actitud descreída. La verdad arañaba las entrañas de la propia vida y ejercía con su guadaña un ritual de muerte tan espantoso como los demonios que rodeaban el infierno en las líneas de Dante.


Casi en silencio, y con un tono que Lucía reconoció nostálgico, Darío le contó el destino final de la medallita de su madre. Ella se conmovió por la imagen tan bella que había recreado Darío no sólo con sus palabras sino con sus actos. No encontró otro ejemplo de acto más puramente bello que el de provocar el reencuentro de su madre, materializada en la medalla, con el pequeño hermano muerto que enterraron en el jardín, bajo el roble. Desde ese día, cada vez que paseó por el centro del jardín, el que sería durante tantos años su propio paraíso terrenal, siempre buscó con la mirada el lugar en el que un pedazo de madera señalaba un nombre junto al que latía el corazón eterno de una madre. Lucía y Darío se desviaron del camino para acercarse a la vaquería. A cada paso, los senderos perdían su aspecto polvoriento y se cubrían de una hierba rala y desordenada que se esparcía por todas partes. Poco más adelante, la hierba fresca expandiéndose como un enorme manto salpicado de pequeñas flores blancas, amarillas y violetas evidenciaba el comienzo del valle. Desde el camino, vieron el curioso aspecto concéntrico de las casas del pueblo agrupadas en círculo en torno a la plaza principal. La vaquería Dosaguas estaba construida más a la derecha, un poco alejada, en una pronunciada meseta cubierta de hierba. Era tal y como Lucía la imaginó cuando la describió Marcelo. Paredes altas y blancas, pulcramente alisadas; amplios ventanales de madera, contraventanas abiertas para permitir que la luz bañase los cuerpos del ganado. El portón de madera, nudoso y de tacto áspero, justo en el centro de la construcción dando una señal inequívoca de bienvenida. Llamaba su atención el tejado de tejas encarnadas sobre el amplio almacén y, ante todo, la imponente apariencia de negocio próspero. Desde esa parte del camino, todavía sin ascender la pendiente, Lucía observó aquella maravilla. Y entonces, algo más a la derecha, distinguió de nuevo el bosque circular junto al valle. Volvieron las arcadas. Se llevó las manos a la boca para contener el vómito, comenzó a sudar y a temblar. Darío se asustó. Intentó ayudarla pero no pudo hacer nada más que tranquilizarla con su susurrante voz adolescente. Lucía se tambaleó y se vio obligada a clavar las rodillas en el suelo. Sujetó el cuerpo colocando el brazo derecho rígido en forma de ángulo, mientras con la mano izquierda, sostenida por Darío, contenía las arcadas que le subían hasta la garganta, ácidas y ardientes como el fuego del infierno. Vomitó con gran esfuerzo sobre la hierba, cubriendo con sus líquidos a las hormigas que buscaban comida entre la tierra húmeda. Darío la ayudó a levantarse mientras le


escuchaba decir en forma de lamento qué hay en ese bosque, qué es lo que esconde en sus entrañas. Darío no le proporcionó una respuesta, la sujetó y la ayudó a caminar por la cuesta hasta alcanzar la entrada de la vaquería. Antes, Darío echó la vista atrás para contemplar el bosque. Ciertamente, aquellos que en el pueblo decían que estaba maldito tenían razón. Ella era la prueba. Darío aguardó unos días antes de confesarle que existían muchas habladurías acerca del bosque circular. Lo hizo en confidencia, convencido de que era necesario revelárselo puesto que Lucía se negó en rotundo a salir de casa para evitar la presencia de ese bosque que la hacía descomponerse. La historia se remontaba a 1870, cinco años antes del nacimiento de Marcelo Dosaguas, y se había ido transmitiendo en el sentir popular de boca en boca, de padres a hijos. Por aquel entonces, las dimensiones del pueblo se reducían a la mitad de lo que representaba ahora de ahí que el bosque pareciera encontrarse más alejado. Como lugar común de paso, ya que era preciso atravesarlo para comunicarse con las poblaciones vecinas, nunca había ocasionado problemas salvo los normales de bandolerismo. Petronila Binase, una jovencita de poco más de quince años, trabajaba a las afueras del pueblo en un huerto de verduras que tenían sus padres en la parte posterior de su casa. Su rostro era diminuto y despierto, con unos hermosos ojos de mirada melancólica y unos cabellos rubios tan frágiles y suaves que tenía que protegerlos bajo un pañuelo para que no se quebraran. Cada día al amanecer, Petronila salía de su casa con los hombros cubiertos con un chal, recorría el camino embarrado hasta el bosque y se introducía en él por un hueco estrecho que sólo ella conocía, entre unas matas que crecían muy juntas. Las apartaba con sus delicadas manos y seguía por un sendero virgen caminando entre el silencio y los juegos de las sombras hasta llegar a un enorme árbol cuyo fruto era desconocido para todo aquél que vivía en el pueblo. El árbol medía al menos quince metros de altura y su tronco era imposible de rodear con los brazos extendidos. La superficie era tremendamente áspera, cubierta de musgo de abajo a arriba; las ramas retorcidas y estrechas, algunas con gruesas espinas de color rojizo. Días después de los acontecimientos que llevaron a creer que el bosque estaba maldito, unos hombres del pueblo se desviaron de la ruta normal y encontraron el camino oculto que conducía hasta el árbol. Arrancaron una de sus espinas encarnadas y coincidieron en que ese color intenso debía producirlo la sangre seca, probablemente de animales. No erraban en sus


suposiciones pero, como se pudo comprobar con posterioridad, también era sangre de personas. Todos los días, Petronila Binase recogía varios frutos que colgaban de las ramas del árbol, siempre con cuidado de no rasgar sus brazos temblorosos con las espinas que sabiamente se escondían a sus ojos. Los frutos eran del tamaño de pequeños melones y su piel, rugosa y áspera como la del tronco, relucía mostrando un perfecto color rosado. En el interior, una pulpa anaranjada esperaba sabrosa y jugosa a ser degustada; sin pepitas ni corazón, tan solo un fino rabo verde que inexplicablemente soportaba el peso del fruto mientras pendía. Petronila guardaba los frutos en una canasta de mimbre y regresaba a su casa, donde tomaba otras cestas con verduras y las llevaba a vender al mercado diario que se reunía en la plaza del pueblo. La sonrisa de Petronila era dulce, de las de contagio y persuasión, de modo que la gente se acercaba a ella y, al verla sonreír, compraban los frutos sin extrañarse ni preguntarse por su misterioso origen. Un día, los habitantes del pueblo presenciaron incrédulos cómo unas enormes nubes se colocaban exactamente sobre el bosque circular. Comenzó una fuerte tormenta sin relámpagos ni truenos, sólo agua y más agua que descargó unánimemente sobre el bosque. Los vecinos aguardaron en sus casas con las ventanas atrancadas ya que la fuerza del viento atraía el agua de forma violenta y descontrolada, introduciéndola en sus hogares y encharcando de lodo los suelos. Cuando la lluvia cesó, los hombres del pueblo caminaron hasta las afueras, junto a la última de las casas y, desde allí, se empeñaron en afirmar que el bosque se había movido, que estaba más cerca de ellos. Las mujeres se echaron las manos a la cabeza y lloraron de amargura pensando que era un mal augurio venido del cielo, ya proviniese de Dios o de la propia naturaleza, según las creencias de cada uno que en esos tiempos eran variadas. Se extendió un sentimiento de espanto hacia el bosque y decidieron no entrar en él. Aprovecharon la coyuntura del momento y acordaron construir un camino de tierra que condujera hasta el pueblo vecino por fuera del bosque y así se hizo. Los primeros días de la prohibición Petronila se mostró ausente y aletargada. Apenas sonreía, asentía a cuanto le decían sin ni siquiera escuchar y notó que el temblor de sus manos se aceleraba. Tenía el paladar áspero y deseaba más que nunca saborear la dulzura de ese fruto desconocido que sólo crecía en el interior del bosque. Una mañana, no pudo soportar la ansiedad de la contención, de modo que se cubrió con su chal y su pañuelo y salió de casa. Desoyó los consejos de


vecinos y padres y traspasó las matas enmarañadas que ocultaban la entrada hacia su secreto; ya en el interior le extrañó escuchar un murmullo como de corriente de agua. Le dio miedo porque nunca antes lo había escuchado y porque no existía ningún río ni arroyo cercano que pudiera producirlo. Petronila siguió sus pasos secretos hasta dar con el árbol misterioso pero éste había cambiado. Las ramas aparecían más retorcidas que antes y los pinchos se habían multiplicado en ellas, como si el agua de la tormenta lo hubiera hinchado penetrando por sus gruesas y deshilachadas raíces. El rostro de Petronila se iluminó al comprobar que los frutos también habían crecido y mostraban una piel mucho más rosada. Movida por un deseo irrefrenable, Petronila Binase alzó los brazos para alcanzar los frutos. Esa tarde, los padres de Petronila dieron la voz de alarma al no encontrarla. Ni apareció por el mercado ni nadie la había visto. Se preguntaron si, como joven que era, no habría desafiado las advertencias de los mayores para introducirse en el bosque. La madre de Petronila negó rotundamente confiando en que su hija nunca la desobedecería. La única alternativa que les quedaba era interrogar a un muchacho delgado, de nombre Eufremio, que la pretendía desde el verano pasado. Lo encontraron en su cuarto acurrucado bajo la cama, escondido y gimiendo, con las manos aferradas a los ojos. Según dijeron, su dolor le delataba, pero al chico no le dio miedo que todos le acusaran de haberse excedido con la joven, lo que le aterrorizó fue oír los rumores que apuntaban al bosque y saber que la había hecho desaparecer algo más terrible que el fuego del infierno. Lo sacaron a tumbos de la casa, lo golpearon hasta que un oído le sangró, pero no le creyeron cuando insistió en su inocencia y en que Petronila estaba en el bosque, ya que la madre seguía negando con la cabeza. Llegado el anochecer sin tener noticias de Petronila, la madre se derrumbó y consintió que hicieran lo que les viniera en gana. Salieron varios grupos en su busca y uno de ellos se introdujo armado en el bosque. Tras mucho caminar entre vegetación salvaje, ramas enredadas y sonidos de animales, la encontraron. La joven Petronila Binase, de quince años de edad, apareció completamente cubierta de sangre junto a unas matas altas de hierba, lejos de un misterioso árbol que nunca antes habían visto aunque conocían sus frutos. El rostro, el espigado cuerpo, las piernas, los pies descalzos… habían sido traspasados y heridos. La sangre se esparcía en varios metros a la redonda, salpicando los pétalos de las flores, las matas de hierba y el tronco del árbol. Uno de los hombres, tal vez llevado por la emoción de quien se cree centro de atención por ser


testigo directo y escaso del mayor misterio del pueblo, diría después haber distinguido un rostro curvado y maléfico en el tronco musgoso del árbol; rostro que atemorizó a los presentes porque los miró con odio y amenaza. En el testimonio de otros vecinos que descubrieron el cuerpo nada se dijo de ese rostro, ni de que el cuerpo había aparecido junto a un árbol desconocido. Pero eso queda en el misterio que rodea a todas las leyendas. Otras versiones cuentan que, días más tarde, el padre de Petronila y otros se introdujeron en el bosque provistos de hachas para talar el árbol que, al parecer, había abrazado de muerte a la joven. Lo encontraron y comenzaron a golpear con las hachas sobre su tronco, pero éste no se quebró. Por lo visto, permanecieron doce horas intentando talar el árbol sin éxito y, cuando comenzó a caer la tarde y el bosque se oscureció, se perdieron en el camino de vuelta y se dispersaron. Llegó la noche al pueblo y los vecinos, al ver que los expedicionarios no volvían, se agolparon a la entrada del viejo camino llamándolos a gritos y dirigiendo lámparas de aceite al interior para iluminar su regreso. Según se cuenta, la madre de Petronila, superado el dolor de aquellos días, aseguró haber escuchado los gritos de su marido entre los lamentos de horror que sonaron en el interior del bosque durante la noche. Sólo uno de los hombres encontró el camino de vuelta. Murió seis años después de un infarto pero nunca recuperó el conocimiento que perdió durante esa noche monstruosa. Nadie supo nunca lo acontecido y nadie quiso volver para recuperar los cuerpos de los fallecidos. Simplemente huyeron del bosque, aunque éste parecía haberse acercado un poco a ellos. Aquella mañana, incluso después de ascender la cuesta que conducía a la vaquería Dosaguas y resguardarse a la sombra de los establos, junto a varias vacas que la miraron con ojos inquisitivos y cristalinos, Lucía Zagra continuó vomitando y sintiéndose mal. Marcelo tuvo que interrumpir el trabajo, la llevó en brazos hasta el dormitorio de su casa y se quedó junto a ella aguardando a que mejorase. Tendida sobre la cama y con el techo girando sobre su cabeza como un ventilador, Lucía pensó que el bosque había avanzado un poco más desde que lo observó por primera vez, el día de su llegada al pueblo. Era un avance casi imperceptible, cierto, pero era innegable que ese bosque circular se les acercaba. La llegada de Lucía causó una verdadera conmoción en todo el pueblo, aunque pronto se acostumbraron a su ausencia y al misterio que


rodeaba su existencia en el interior de la casa de Marcelo Dosaguas, de la que apenas salió. Alguien comentó en una ocasión que él la había reformado como un santuario para ella. Y, en cierto modo, así era; aquella casa supuso para Lucía el refugio del alma que ansiaba cada noche que abandonaba una fiesta o interrumpía un cóctel en la ciudad. Tal y como ella lo interpretaba, era la isla en la que, desde hacía tantos años, había deseado naufragar. Al mismo tiempo, y aunque nunca se lo confesó a nadie, esa casa la aisló del exterior y de todo lo que representaba aquel lugar. Bien es verdad que los vecinos del pueblo no se comportaban como los amigos y conocidos de la ciudad ni la agobiaban tratando de captar su atención provocando luchas dialécticas a sabiendas de su arte en la retórica, seduciéndola con la mirada tratando de conseguir su corazón. No. Aquellos vecinos la miraban como si tratasen de devorarla, como si esperasen el momento adecuado para acabar con ella por la simple envidia de no poseer su inteligencia, su dinero ni su libertad. En los pocos años que Lucía permaneció en el pueblo, siempre sintió las miradas salvajes y groseras, sucias y babosas, de los vecinos, hombres y mujeres, hasta el punto de temer salir a la calle. Pese a sus ansias de libertad, Lucía vivió en esa casa en una reclusión absolutamente voluntaria e hizo del nuevo jardín su paraíso perdido. En los días que siguieron a la fatídica y descompuesta contemplación del bosque circular, Lucía Zagra se refugió en las historias que los hijos de Marcelo le relataron sobre los orígenes del pueblo, sus antepasados, sobre el majestuoso jardín que crecía desde el comienzo de los tiempos en aquel pedazo de terreno frente a las montañas y al valle (fatalmente cercano al bosque circular). Dicho refugio se reducía a las escasas horas de descanso que la familia Dosaguas robaba a su trabajo, de modo que el resto del tiempo, la mayor parte del día, Lucía permanecía en soledad. Empleó su nuevo tiempo en reflexionar y en conocer, palmo a palmo, los secretos de aquella casa. Especialmente el jardín. Las obras de remodelación que lo transformaron en un verdadero santuario (punto de reunión artística de las personalidades que aparecerían después) llegaron un tiempo más tarde pero esos primeros días, dominado por la fuerte presencia del roble en su centro y por los secretos que éste albergaba bajo sus raíces, el jardín desplegaba los misteriosos matices que cautivaron a las generaciones pasadas y que permanecerían invariables a los horribles acontecimientos sucedidos después, en el fragor de la guerra. Allí crecían las acacias junto a las enredaderas trepadoras que cubrían los muros a la calle, se erguían los árboles frutales en derredor de su perímetro


enlazando las ramas de uno con las del otro como en un místico abrazo. El suelo, en su origen tan fértil que fue utilizado como huerta, se cubría con un manto de hierba espesa y de flores silvestres que se esparcían hasta la misma puerta de entrada. Justo en el rincón de esta puerta, crecía un puñado de lilas silvestres que la fallecida María recogía con cuidado y disponía en un jarrón sobre la mesa a las horas de la comida. También crecían jazmines, lirios, petunias, rosas, margaritas, violetas, amapolas, geranios, pensamientos, tulipanes, anémonas azules y blancas. Recubrían cualquier rincón del jardín, entremezclándose irracionalmente en un manto multicolor tan tupido que uno podía tumbarse sobre ellas e impregnarse de su olor sin dañarlas. Lucía lo experimentó en muchas ocasiones al principio de la primavera, lo que permitió evadir su pensamiento en los días en que su alma se enturbiaba por el aburrimiento, algo demasiado habitual durante los primeros meses. Con el tiempo, el jardín creció en tamaño y en abundancia y se convirtió en el maravilloso santuario, casi privado (a pesar de estar siempre rodeado de personas), en el que vivió Lucía hasta el día de su partida. La dolorosa contemplación del bosque la forzó a resguardarse tras las paredes de la casa, de la que sólo salía con los ojos bien cerrados al valle que se extendía inevitable a sus espaldas. Al principio, no fue más que un proceder incómodo que terminaba al comienzo de la calle cuando el ángulo de visión eludía la contemplación del bosque pero, con la costumbre de los días, se convirtió en un juego estimulante. En ocasiones, cuando Marcelo y los chicos marchaban a trabajar, Lucía salía por la puerta con los ojos cerrados y caminaba sin rumbo por las calles dirigiéndose únicamente con su instinto y con los falsos ojos de sus manos. Salía a la vez que el sol, aprovechando las mejores horas de la mañana en las que el olor del valle y el soplo frío de las montañas inundaba el pueblo desde las afueras hasta alcanzar la plaza del Ayuntamiento. Iba descalza para tantear con sus pies los adoquines de piedra sin miedo a tambalearse y torcerse un tobillo; y deambulaba con cegador placer durante horas, sin necesidad de abrir sus ojos. Se sentía libre y feliz y no le importaba ir descalza y semidesnuda, cubierta únicamente por un vestido de gasa blanco parecido a un camisón. Los trinos de los pájaros y el canto de los gallos despertaban a los lugareños que reanudaban sus vidas tras el silencio letárgico del sueño y, al verla caminar braceando entre el aire, se asombraban por las excentricidades de una “mala” mujer venida de la ciudad. Comenzaron callando y emitiendo un gruñido de desaprobación pero, con el paso de los días, se


acostumbraron y sustituyeron sus nefastos modales por un saludo que delataba su presencia; aunque Lucía ya la intuía a través de sus manos. Los paseos entre el viento y la caricia del sol naciente, las sensaciones que le hacían pensar en el vacío ingrávido del universo, terminaron una mañana de presentaciones. Ocurrió unas semanas después de su llegada cuando su presencia y sus movimientos eran de sobras conocidos por todo el pueblo. Como otros días, Lucía Zagra cerró la puerta de entrada de su nueva casa con los ojos bien prietos, sin dejar de sentir la presencia magnética del bosque que se extendía a las afueras del pueblo, a su espalda. En ocasiones se preguntó si ese bosque habría avanzado como le parecía que lo hacía; pero no se atrevía a mirar por miedo a que así fuese. Salió caminando a ciegas, sintiendo bajo sus pies el frío de los adoquines contenido durante la noche; y se dejó llevar. Durante media hora persiguió un ruido sordo y repetitivo parecido al de un pájaro carpintero y, sin darse cuenta, rebasó las afueras del pueblo por el extremo opuesto al bosque y a su propia casa. Se detuvo sobre un túmulo de hierba fresca a escuchar en silencio el sonido que la atraía. Sintió entonces la presencia de otros ojos que la observaban desde distintos ángulos hasta rodearla en la distancia, sigilosos y acechantes. A su vez, débiles pasos sobre la hierba se acercaban, tranquilos, sin querer mostrarse. Lucía comenzó a inquietarse y no supo qué debía hacer. Quizá, si permanecía oculta en su propia ceguera, esas miradas desaparecerían de su lado del mismo modo que los gruñidos se habían convertido en saludos. Pero no desaparecieron. Cuando Lucía abrió los ojos deseó no haberlo hecho, pero ya era demasiado tarde. Al final de su vida, cuando Lucía Zagra repasó mentalmente toda su existencia como una película demasiado rápida para los acontecimientos que había vivido, pensó que los minutos que siguieron a esa mañana rodeada de fijas miradas fueron determinantes para lo que llegaría después. Sin ellos, tal vez las cosas serían diferentes. Quizá el santuario en el que se convirtió su jardín no habría pasado de ser más que un simple productor de flores silvestres con las que adornar una comida; quizá las tertulias que en él se celebraron, ante su ausencia no habrían desencadenado el fatídico disparo que un día dejó escapar el no tan joven Darío Dosaguas; acaso los deseos de libertad que una noche la impulsaron a marchar, no habrían emergido de su pensamiento; quizá su marcha no habría obligado su regreso en una búsqueda marcada por el arrepentimiento; y quizá ésta no habría terminado como terminó. Lo que


Lucía nunca pudo comprender, pues su explicación escapaba de todo lo comprensible, fue si aquellos minutos influyeron de tal manera en su destino o, por el contrario, el destino ya tenía trazados de antemano sus derroteros inmutables. Es de vital importancia añadir que, si bien es verdad que los minutos que siguieron condicionaron los años siguientes, no hay que perder de vista el bosque circular que avanzaba en el pensamiento de Lucía. Pues quizá fue éste (y no el destino) el que manejó su vida al igual que manejaría las de los que llegaron después, aunque de forma muy distinta. Lucía Zagra abrió los ojos cuando sus sentidos la alertaron de que si no lo hacía las miradas estarían demasiado cerca como para poder reaccionar a tiempo. Después de sentir un fogonazo en los ojos, provocado por el tiempo que habían permanecido en la oscuridad, comprobó la presencia de varios hombres y mujeres del pueblo que la rodeaban. Los hombres, de caras sucias y ennegrecidas por el trabajo al aire libre, dejaban escapar una sonrisa libidinosa que mostraba sus bocas torcidas y desdentadas. Las mujeres, avejentadas por la desidia y el trabajo, mostraban rostros enrojecidos por el enojo y por la satisfacción que se aproximaba. Todos ellos regocijados por lo que pensaban hacer, excitados con el solo pensamiento inmisericorde. Lucía se levantó del suelo al tiempo que ellos se aproximaban más todavía, mostrando sus cuerpos y lo que portaban. Las manos de las mujeres sostenían varas recias de golpear ganado; algunas incluso sopesaban cuchillos y tijeras. Los hombres mostraban sus manos encallecidas y vacías, ansiosas por tocar su cuerpo. Y se aproximaban, lentamente, conscientes de que no tenía escapatoria. Lucía, con los ojos demasiado abiertos, casi desorbitados por la sorpresa, buscó una fisura en el espacio por la que escapar. Pero no la encontró. A su alrededor se movían acechando unas quince personas, rodeándola como el bosque que se extendía detrás de su casa. Sin tiempo para pensar, Lucía echó a correr hacia ninguna parte a la vez que los vecinos se agolparon sobre ella en un único movimiento unánime. Lo primero que sintió fue repugnancia al contacto de las manos ásperas con su piel desnuda. La aferraron en estremecedores apretones que la raspaban como con una lija basta. Recorrieron todo su cuerpo, se colaron por debajo de su vestido hasta sus pechos, su ombligo, aplastaron sus mejillas agitando su cabeza para ambos lados. Laceraron sus piernas y su espalda con la velocidad de las varas. Las mujeres se apresuraron a rasgar


su fino vestido, con las uñas y las manos en garra, con los cuchillos que tropezaban esquivos con el cuerpo. Su cabello se dispersó en el aire tomado por decenas de dedos, ciegos como los de sus manos en los paseos matinales, y lo sintió enredado y arrancado, a punto de ser cortado por las tijeras que recorrían el vacío buscando una víctima en su desconocido trayecto. Con la mirada desviada hacia el suelo, Lucía advirtió un hueco entre varias piernas y la hierba aplastada por las pisadas. Se impulsó dejando tras de sí todo lo que estaba aferrado por aquellas manos y desapareció sin ser vista por el hueco. Los vecinos se quedaron con las manos colgando en el aire, sosteniendo oscuras hebras de cabellos y pedazos de tela rasgada. Cuando giraron sus cabezas, entre el barullo corporal de su presencia, vieron a una mujer corriendo desnuda en dirección al bosque circular que se extendía en el otro extremo del pueblo, donde aguardaba su casa. La siguieron emitiendo gritos, unos desgarradores otros guturales. En sus treinta y un años de existencia, Lucía Zagra jamás experimentó un terror como el de esa mañana. Ni siquiera los disparos escuchados durante la Gran Guerra ni la muerte de Pierre Dumonde la asustaron tanto como la imagen descontrolada y salvaje de aquellas personas tratando de despedazarla. En sus brazos, mientras corría, pudo encontrar rastros de sangre en forma de mordedura. Como fieras sedientas de sangre, así la miraban y deseaban acabar con ella; en silencio y al amparo del descampado. No pudo evitar emitir gritos de espanto cuando las voces se acercaron a su espalda y, al girar su rostro, vio a varios hombres a punto de alcanzarla. El más rápido de ellos, un necio de unos treinta años que no podía contener la risa, se colocó a su misma altura mientras corrían y agitó los brazos, asustándola. Lucía se dio cuenta de que trataba de cerrarle el paso hasta su casa y, ante el temor de que ese hombre la agarrara con un sencillo movimiento de brazo, cambió la dirección de sus pasos y se dirigió directamente hacia el bosque. Lucía cerró los ojos y dejó que sus piernas la condujeran a su destino, fuera el que fuese. Siguió corriendo, con la única orientación de sus piernas, sus manos ciegas y los gritos que la cercaban hasta que chocó violentamente contra el tronco de un árbol. Lucía abrió los ojos. Sobre su cuerpo tendido en el suelo se desplegaban las ramas de los primeros árboles. Su imaginación jamás se había acercado tanto al bosque como ella lo hacía ahora y eso le hizo temblar. Alzó la cabeza para contemplar las ramas y tuvo que bajarla


inmediatamente para vomitar. El dolor en su interior fue tan penetrante que inmovilizó todos sus músculos, de modo que si esa jauría de inhumanos hubiera estado más cerca la habrían capturado sin problema, incluso se habrían felicitado por su estrategia de acorralarla a la entrada del bosque. Vomitó comida que no había ingerido en los días pasados. Identificó incluso la forma todavía redondeada de unos guisantes que ingirió dos meses atrás; lo que no hizo más que corroborar la idea que Lucía tenía acerca de ese bosque: sin duda, estaba maldito. Sus perseguidores llegaron fatigados hasta su lado y se detuvieron a unos pasos de su cuerpo. Jadeaban por el cansancio pero mantenían las caras sonrientes, exaltadas. Y entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir. Desde dentro del bosque comenzaron a escucharse unos silbidos graves como si el viento cruzase por el interior velozmente, arrastrando a su paso las hojas sueltas de los árboles. Lucía dejó de vomitar, asombrada; los asaltantes apartaron la vista del cuerpo de Lucía y la fijaron en las oscuras entrañas del bosque circular. Más allá del primer árbol no se distinguía nada salvo los troncos abultados y gruesos que se amontonaban en desorden malogrando cualquier apariencia de un camino recto. Todo en el interior se mezclaba sin lógica y discurría, como el viento que se les aproximaba, en forma de zigzag. Se deslizaba y se deslizaba en su recorrido. Se acercaba zigzagueante. Días después, Lucía recordó haber pensado en el movimiento de las corrientes de agua dentro del mar, como si el bosque imitara el comportamiento de un océano y modificara su densidad y temperatura en cuestión de centímetros, deslizándose como el agua. Al sonido silbo que arañaba los troncos fríos de los árboles se añadió una vibración del suelo apenas perceptible. Lucía, arrodillada en el suelo, hundió las palmas de las manos en la tierra para notarla y supo que algo horrible se aproximaba. Cada uno de los allí presentes advirtió un movimiento sinuoso bajo sus pies que, en segundos, les alcanzó tembloroso. De forma casi invisible, Lucía observó cómo millones de finas raíces, tanto de árboles como de plantas, se entrelazaban desplazándose bajo tierra a la velocidad de una serpiente. No sobresalían del suelo sino que avanzaban a su través como si discurrieran por debajo de una placa de hielo. Y de repente, una explosión de sonido continuo, provocada por la salida brutal del viento entre los árboles, atronó los oídos del pueblo entero. Ocurrió muy rápido y de forma ordenada. El silbido lo escucharon tan solo los allí presentes provocando únicamente asombro en sus caras. Las raíces avanzaron invisibles ante sus ojos enmarañándose bajo sus


pies, lo que hizo saltar a la mayoría excepto a Lucía quien, inmóvil con sus manos sobre la tierra, pudo sentir cómo las raíces rasgaban sus palmas como cuchillas, sin provocarle cortes. La explosión de viento recorrió todos los rincones del pueblo haciendo que los vecinos saliesen de sus casas y de sus trabajos alertados y sin explicarse el motivo. Los tímpanos se resintieron durante varios días pero no sufrieron puesto que el viento estalló en forma de bola de algodón, esponjoso y espeso, muy amplio. Fue el viento, como la espuma del mar, el que protagonizó los minutos restantes. Sopló con tal fuerza que, en su salida de entre las ramas arqueadas y las verdes hojas, levantó a los presentes del suelo y los lanzó por el aire, dispersándolos en un área de 150 metros. Para Lucía el tiempo se detuvo y la espesura de ese viento cubrió su entorno con un manto blanco pálido que se desplazaba rápidamente y distorsionaba las formas. Su rostro soportó una velocidad inmensa, tal que sus párpados se ahuecaban revelando entre ellos y sus ojos un espacio desconocido. Buscó algo en aquella nada blanquecina pero ni su pasado ni su futuro pasaron ante sus ojos. Sólo la respiración del bosque y su soplido que la saludaba. Sin explicarse cómo estaba de pie. Se miró las palmas de las manos buscando sangre pero no la había y, sin embargo, le dolían como si hubiera caído sobre ellas por un terraplén de rocas. Respiró un aroma a sal marina lo que, junto al sonido deslizante que chocaba contra su rostro, le hizo pensar en el mar. Y se vio perdida entre la niebla. Caminó sin rumbo, dando pasos sobre aquel algodón blanco que la rodeaba y la sostenía, ventoso y veloz. Se dejó arrastrar por las olas que mecían sus sentidos. Tan despacio. Pero ningún faro la socorría. ¿Podría perderse en su propio pensamiento o acaso el bosque la succionaba? Lucía pensó que el bosque se alimentaría de ella. Y su miedo le cerró los ojos. Cuando Lucía Zagra abrió los ojos de nuevo se encontró desnuda a la entrada del bosque. Sin embargo, no se encontraba en el mismo lugar al que llegó perseguida por los vecinos del pueblo (quienes regresaron desconcertados y doloridos por el impulso de la caída). Se encontraba en uno de los extremos del bosque que no conocía. Desde allí no se divisaban las casas; tan solo las montañas. Y se dio cuenta de que, misteriosamente, el bosque circular había girado sobre sí mismo, con ella dentro. En pie y desorientada, Lucía escuchó el sonido de los cascos de un caballo que se acercaba desde el lado de las montañas. Trató de encontrar algo con lo que cubrir su plena desnudez pero allí no había más que flores


y ramas, así que colocó sus manos extendidas de forma estratégica sobre su pubis y sus pechos y aguardó a que llegara el jinete. Éste avanzaba a paso lento, cabalgando con la precisión de quien pretende encontrar a un desaparecido. Y ella lo estaba, al menos en esa parte desconocida del pueblo. El sol caía sobre sus ojos y le impidió ver el rostro del hombre que descendía del caballo hasta que éste se colocó frente a ella. Su cuerpo, mucho más alto y voluminoso que el de Lucía, cubrió de inmediato la invisibilidad a la que le condujo el sol y le mostró, con la sorpresa de una nube misteriosa, las facciones de aquel hombre desconocido con cuya mirada se tropezó el mismo día en que llegó al pueblo montada en su coche. El hombre mostraba una sonrisa tímida, se diría que avergonzada, por encontrarla completamente desnuda. Esos ojos brillaban con la misma intensidad de la primera vez, pero su destello revelaba una malicia interior profunda, libidinosa. El hombre se quitó la camisa, la colocó sobre los hombros de Lucía obligándola a despegar los brazos de sus lugares protegidos y la abotonó con cuidado de no rozar con sus manos los pechos turgentes. Lucía no dijo nada, tan solo lo miró fijamente sin poder desviar sus ojos verdes de los de él. Y de su torso desnudo. Creyó que no era necesario hablar y tampoco hubiera sabido qué decir. Ni siquiera fue necesario mencionar la dirección donde vivía, pues todos la conocían. El hombre la ayudó a montar a lomos de su caballo en la posición que adoptaría una dama, con los dos pies colgando del mismo lado; y aguardó a que ella cubriera con las faldas de la camisa la desnudez de sus piernas. Juan Lisia se apoyó en el estribo y desplomó su pesado cuerpo detrás del de Lucía. Ella se aferró al pecho desnudo de él y sintió cómo el sudor se escurría. Sobre ellos, el sol seguía brillando. Mientras regresaban al pueblo y el desconocido Juan Lisia la llevaba a su casa, Lucía no pudo mirar hacia atrás. Mantuvo el rostro vuelto del lado contrario al bosque circular, apoyado sobre el hueco que formaba el hombro con el brazo extendido de él. En su mente, siguió escuchando el sonido de las olas del mar deslizándose entre la corriente, desplazándose mientras las aguas frías descendían al fondo y abrían paso a las templadas. Es muy posible que aquel día el bosque salvara la vida de Lucía Zagra, pero no fue suficiente. El miedo a aquellas gentes violentas e irracionales y el hecho de que, a partir de entonces, cada vez que contemplaba el perímetro circular del bosque, un intenso y penetrante olor a salitre de mar se unía a las arcadas y calaba sus pensamientos hasta


casi neutralizarlos en la marea; todo ello, provocó que Lucía cerrara la puerta de su casa tras de sí e hiciera del jardín familiar su propio paraíso. No volvió a salir de la casa, ni sola ni acompañada, hasta que 12 años después, en su cuarenta y tres cumpleaños, abandonó el pueblo y, con él, la vida junto a Marcelo Dosaguas.

VI: Estatuas de mármol muertas. Dos días después del suceso acontecido en los alrededores del bosque, del que se siguió hablando durante años (en especial entre los afectados por el azote del viento), llegó hasta la propiedad de Juan Lisia un enorme camión militar tan excedido de peso que apenas podía avanzar por el camino de tierra que conducía al pueblo. Sus ruedas se hundían a su paso y se balanceaba torpemente de un lado a otro, en un proceder más propio de un carromato que de un vehículo preparado para cualquier eventualidad. Se repitió la escena de la nube de polvo que ascendía a los cielos descubriendo la presencia de alguien ajeno que se acercaba, solo que esta vez el rastro que trazó en los aires fue como el de una tímida hoguera apagada apresuradamente con agua. Una línea delgada indicó la dirección del camión hasta las propiedades de Juan Lisia. En la vaquería de los Dosaguas, Jaime se acercó a una de las ventanas atraído por el recorrido en zigzag del polvo levantado. Marcelo le reprendió con un grito colérico obligándole a volver al trabajo de inmediato. No le gustaban las distracciones, menos aún si eran provocadas por alguien tan poderoso como Juan Lisia, el único que podía acercarse a su nivel económico o de prestigio. El simple hecho de enterarse de que un camión se introducía en las propiedades de los Lisia hizo pensar a Marcelo Dosaguas que algo grande estaba por venir; y le molestó que Juan Lisia pudiera sorprender a los vecinos con algo más impresionante que las reformas que él se proponía iniciar en la casa. Un arrebato de cólera inundó el tórax de Marcelo y le obligó a frotar los dientes con fuerza, hasta sentir dolor en las encías. Siguió con el trabajo, amargándose por desconocer la idea que habría tenido su vecino rival y deseando adelantarle en cualquier cosa que estuviera planeando.


Lucía escuchó el ruido quejumbroso del camión mientras cortaba flores en el jardín. Unos pensamientos rosados y lilas ocupaban sus manos. Los dejó sobre una de las mesas y se encaramó a lo alto de una bancada de piedra para observar desde lo alto del muro que daba a la calle. Siguió el recorrido de la nube de polvo y supo que era la dirección de los Lisia. Tuvo oportunidad de visitar el linde de aquellas propiedades antes de su voluntario encierro, una mañana de las que salió a pasear acompañada por Darío. Entonces, se detuvieron ante la casa sin hacerse notar; recorrieron la parte exterior de los campos y saludaron a alguno de los trabajadores explotados por los esfuerzos. Lucía tuvo una sensación amarga cerca de aquellas tierras. Era como si, al margen de su productividad y fecundidad ella notara que despedían una profunda aridez. Nunca antes pensó que la naturaleza pudiera transmitir sentimientos como los que ella percibía, pero aquel día imaginó que las tierras se entristecían y lamentaban su sacrificada suerte. No volvió a acercarse por allí, sin embrago, la imagen poderosa de esas tierras le seguía provocando desasosiego, de modo que bajó de la bancada cuidando de no torcerse un tobillo y regresó a la dulce contemplación de sus plantas. El camión terminó su recorrido en una de las puertas de los Lisia. Existían cinco puertas unidas entre sí por la sucesiva protección de muros, alambradas de espinos o vallados de madera, que delimitaban el perímetro de una vasta propiedad del todo inexpugnable. Dos de las puertas, las que miraban al norte y al sur respectivamente, eran de hierro forjado, decoradas con los dibujos heráldicos de la familia. La principal y mayor en tamaño era la del sur, la que aguardaba imponente ante la fachada principal de la enorme casa de los Lisia. Las tres restantes, de madera recia (y de pesada apertura), se repartían dos por el sudeste y sudoeste y otra por el noreste, en la parte de los campos. Nadie se atrevió nunca a rebasarlas. Por miedo a los Lisia y por temor a lo que pudieran encontrar en el interior de esas propiedades, acechando en secreto al intruso. Los mismos trabajadores hablaban de lugares que nunca habían cruzado, zonas en las que Juan Lisia dirigía una advertencia severa de no acercarse bajo pena de tortura, si aún era posible mayor que la que experimentaban trabajando en los campos. Nadie se aventuró a descubrir los misterios de los terrenos oscuros y ocultos, los apartados que eran protegidos por los muros de piedra, con sus senderos de roca de río pulida en sus cantos que se perdían y adentraban en setos y árboles. Se llegó a rumorear incluso que algunos de los árboles allí plantados procedían del


mismísimo bosque circular y que había sido el padre de Juan Lisia el que los había arrebatado al bosque tras los tristes sucesos que acabaron con la vida de Petronila Binase, pero nadie se atrevió a acercarse a ellos ni a los del bosque para compararlos. Juan Lisia en persona deslizó el cerrojo de hierro con el que se abrió la puerta norte, la más alejada a la casa. Cerró, ocultando el camión a las miradas de los curiosos que pudieran acercarse; ocupó la plaza del acompañante del conductor y desaparecieron hacia el interior, donde se encontraban los campos de cultivo. Unos minutos después, en el lugar preciso que indicó Juan Lisia, descendieron del camión el conductor y varios hombres que estaban sentados en el suelo de la parte trasera. Lisia se limitó a hacer indicaciones con la mano y los demás cumplieron con su trabajo. Uno tras otro, descargaron del camión militar enormes bultos envueltos con arpillera. Los amontonaron uno muy cerca del otro, de modo que casi podían rozarse, hasta formar un cuadrante de probablemente cien de aquellos bultos. Los hombres empezaron a descargar con ánimo pero lo perdieron tras veinte pesadas descargas. Cuando el exceso llevó a esos hombres a sudar como bestias, se despojaron de las camisas, limpiaron sus frentes y lamentaron el dolor que se acumulaba desde las palmas de las manos hasta las muñecas. Tardaron mucho en vaciar el camión y, cuando lo hicieron, subieron aprisa al interior y volvieron por el camino por el que habían llegado. Una vez cerrada la puerta de hierro de la propiedad de Juan Lisia, este corrió al lugar en el que esperaban erguidos los bultos, ansioso por descubrirlos. Sus ojos magnéticos brillaron con sofoco y su rostro se extendió mostrando las mandíbulas bien abiertas, como una fiera acorralando a su presa. Se acercó tanto a uno de los bultos que pudo acariciarlo con su piel, como un deseado tesoro que aguardaba desde hacía tiempo; desgarró con sus manos el tejido que lo envolvía y tironeó de las cuerdas que lo rodeaban sin molestarse en deshacer los nudos. La cobertura cedió y dejó a la vista la parte superior de una inmensa estatua de mármol. Juan Lisia acarició la suavidad marmórea con el cuidado del dorso de su mano y cerró los ojos al sentirse reconfortado por tanta belleza. Seguidamente, se acercó al bulto contiguo y descubrió la presencia de un cuerpo pulido y frío que brillaba con un gesto solemne. Excitado, Juan Lisia deshizo las envolturas de las más de cien estatuas recién recibidas. Y se estremeció de placer, dejándose caer al suelo. De no ser por la emoción arrebatadora que le invadía habría prestado más atención a las miradas que podían


observarle, puesto que de haberle descubierto algún empleado en aquella situación se habría avergonzado por mostrar una actitud diferente a la que ellos se merecían; pero el delirio le trastornó tanto que nada le importó, salvo él y sus estatuas de mármol muertas. Una vez controladas sus emociones, Juan Lisia desnudó a las estatuas de la envoltura que las cubría. Dejó los sacos de arpillera uno sobre otro y las cuerdas anudadas entre sí hasta formar una sola. Fue separando las estatuas unos centímetros para poder contemplar todos sus lados, de modo que el cuadrante se amplió varios metros en una curiosa formación que, a lo lejos, podría haberse calificado de militar, como el camión en el que habían venido. Ese ejército de figuras con mirada muerta resplandecía a la luz del día despidiendo destellos blancos, grises y rosados, dependiendo del color del mármol con el que estaban talladas. Juan Lisia las encargó a un comerciante veneciano que conoció en la ciudad, en uno de los escasos viajes que hizo a imitación de los de Marcelo (o éste a imitación de los de Juan). Estaban talladas en auténtico mármol italiano a imagen de los emperadores romanos y de sus mujeres, bellos guerreros armados, jóvenes apuestos y musculosos, efebos de mirada inquieta, mujeres voluptuosas y emperatrices soberbias. Juan Lisia creyó que aquellas personas quietas le halagaban con sus miradas fijas y perpetuas, con sus gestos elegantes y con los modales refinados de una cultura que llegó tan lejos durante siglos, dominando al mundo como él dominaba a quienes le rodeaban en el pueblo; su Roma particular desde la que crear un poderoso imperio. Sonrió sintiéndose importante, con la idea malsana que rondaba su cabeza de primar por encima de cualquiera que se le acercase y de poder prescindir de los apoyos que, en otro tiempo, necesitó su familia. Era simplemente él, la encarnación de aquel orondo emperador que con su nariz rota arqueaba las cejas mirando al horizonte que delimitaba la gracia de sus laureles. Todos le aclamaban, admiraban y temían, todos eran sus serviles súbditos. Aquella estatua imperial que tenía frente a él, la más alta de todas, se realzaba resplandeciente porque el blanco de su mármol atrapaba toda la luz del día. Le fascinó tal irreverencia, incluso a él mismo que estaba allí en pie admirando aquella sucesión de estatuas. Bien mirado, podría decirse que ese nuevo ejército de mármol representaba para Juan Lisia al mundo y a sus moradores. Expuestos a una voluntad suprema, los seres humanos no eran otra cosa que estatuas de mármol muertas; de nada les servía pensar ni aun actuar pues sus actos


obedecían a designios preestablecidos que les hacían comportarse como marionetas, erguidas, impasibles, rectas. Lo importante era ocupar el puesto de demiurgo. Y actuar a voluntad. En opinión de Juan Lisia, las estatuas, como las personas, resultaban más atractivas cuando se resquebrajaban aunque no siempre resistían los golpes. Admirándolas en el esplendor del día, no pudo evitar la excitación de sentirse dominador. Poco antes de caer el sol, cuando el calor todavía se resentía en el cielo, pesado e incesante, Juan Lisia salió de su propiedad por la puerta sur caminando arqueado por el peso que soportaban sus espaldas. Recorrió el camino que separaba su casa de la de su vecino Dosaguas en una situación más propia de los hombres que trabajaban para él, como un simple jornalero de la vida. Apretó las mandíbulas hasta que las arrugas se marcaron en su frente pero no descargó el peso que cargaba ni un instante. Se detuvo varias veces, eso sí, pero sólo para afirmar sus pies sobre la tierra seca del camino y para recolocar sus manos tras la espalda, entrelazados los dedos para no dejar resbalar la estatua de mármol rosado y rígido que transportaba, cubierta de las inclemencias del sol por una manta de lana de oveja negra. No encontró a nadie por el camino y, cuando asomó a su vista la puerta de entrada de la casa de Marcelo, sonrió satisfecho. Deslizó con extremo cuidado el peso de la estatua hasta dejarla de pie junto a la puerta. La sintió erguida y hermosa bajo la manta. Fresca y protegida. Y deslizó la palma de su mano hacia la altura de lo que era la cabeza, demostrando su amor a tan bello artificio humano. Miró a lo alto de la ladera, en dirección a la vaquería y, sabedor de que Marcelo Dosaguas se encontraba allí, trabajando con sus hijos, llamó a la puerta. Esperó hasta escuchar unos pasos que se deslizaban con facilidad por el suelo. Lucía Zagra apareció ante él. En un primer momento, Lucía no supo qué hacer ni cómo comportarse. Se sintió turbada por el recuerdo de su paseo juntos a lomos de un caballo. Y aunque él apareció para rescatarla, ella no podía olvidar que la vio desnuda, y aunque eso nunca le supuso un problema, sí se sintió azorada por la mirada del hombre. Una mirada del todo salvaje. La misma profundidad del día en que ella llegó al pueblo, la misma turbiedad de cuando él apareció por el bosque, la misma malignidad con la que ahora la desnudaba entera, con el simple esfuerzo de la memoria. Lucía no supo qué hacer. Pero le dejó entrar. Él cargó sobre su espalda la enorme figura cubierta con la manta negra y, sin forzar las arrugas de su rostro (para no desvelar su edad), avanzó mostrándose fuerte y ligero,


aunque fingía. Atravesaron la cocina y Lucía le condujo directamente al jardín, donde ella arreglaba sus flores. Le abrió las puertas puesto que era un invitado sin manos y, cuando él descargó la estatua, le indicó el lugar donde podía sentarse. Pero Juan Lisia declinó el ofrecimiento, como era de esperar de un hombre como él. Aún sin decirse nada, ambos se miraron a los ojos. Y entonces Lucía se dio cuenta de que todavía no le había escuchado la voz, puesto que nunca antes habían pronunciado una palabra. Siéntese, por favor. Le traeré algo de beber, dijo ella. Y esperó sin moverse con el deseo de que él añadiera algo a su frase. Pero Juan Lisia guardó silencio. Lucía se perdió por un instante en el ruido de la tarde, en el sonido del calor sofocando la tierra rojiza, y en el brillo de los insectos saltando en el aire desde sus plantas. Creyó escuchar el mar acercándose a la orilla. El olor a sal en la superficie de una barca pequeña varada junto a unas rocas. Y luego los ojos de él. Erguido, negándose a sentarse, junto a la erecta estatua escondida bajo el negro de una manta. Lucía se perdió en el interior de la casa y regresó, un instante después, cargada con una bandeja sobre la que había dos vasos y una botella de cristal, tallada y con adornos de plata. Le sirvió un poco de vino fresco y dulce con aroma de cerezas, que él aceptó. Todavía en pie, Juan Lisia descubrió ante Lucía la desnudez de una estatua masculina y marmórea de dos metros de alto. Es un presente de bienvenida, dijo él. Y sonó de verdad. Lucía se sorprendió al descubrir que aquella voz era exactamente la que imaginó el día en que cabalgaron juntos. Por eso, le sonrió. Juan Lisia no pudo estar más contento. Ante él, la hermosa mujer de Marcelo Dosaguas se entregaba a su presente y lo admiraba paseando las tiernas manos de piel bronceada por la superficie satinada y pulida de la estatua. La recorría como a él le hubiera gustado que ella recorriera todo su cuerpo. Pero no tenía que desesperar. Era pronto todavía. Su voz le había sonado lejana, como de cuento antiguo. Y su mirada de esmeralda se había fijado en él, ansiosa de conocer más. De explorar. De acceder. Juan se acercó a Lucía y colocó la palma de su mano recia sobre el dorso de la mano de ella que, a su vez, acariciaba el rostro anguloso, casi partido, del hombre de mármol. Y mientras Juan sintió electricidad, Lucía tuvo que esconder la mano, con cierta aversión. Fue un segundo. Una mala impresión. Lucía se giró y caminó hacia las flores del jardín dejando que Juan Lisia apurara la bebida dulce de su vaso. Él susurró algo más pero Lucía no le entendió. Ni le pidió que lo repitiera en voz más alta. Se limitó a hurgar entre sus flores, a rodearlas.


Juan Lisia le dijo que la encontraba muy bella. Entendió en su alejamiento hacia el jardín una estrategia de mujer, un disimulo avergonzado. Y creyó que la había sorprendido. Se sintió orgulloso de sí mismo. Grande, dueño de todo. Y deseó ver muerto a su vecino Dosaguas. De no haber estado ella presente, habría escupido a un lado después de pensar en su más firme contrincante. Aquella bella mujer no merecía un ser ínfimo como Marcelo. Ella era una diosa que requería la experiencia de un héroe triunfal, un todopoderoso como él. Siguió los pasos de Lucía y se adentró en las flores altas que excedían las rodillas, persiguiendo el ser escuchado sin reserva. Como dos enamorados primerizos que se hostigan y se hastían, como la estela que prolonga la lucerna, como el viento tras las escarpadas cumbres silbantes, de este modo, Juan Lisia rondó a Lucía Zagra hasta alcanzarla. La atrapó como a una araña silvestre tomándola por su antebrazo, resistiéndose ella como una gacela que esquiva el tiro de su cazador. Pero no pudo desasirse. Juan Lisia le mostró la profundidad de sus ojos y cuando ella creyó ahogarse en ellos de por vida, pudo zafarse tironeando hacia abajo con su brazo, hacia las flores que les observaban sorprendidas. Atemorizadas, como ella lo estaba. Lucía corrió hasta la puerta que daba al jardín y se escondió en la casa. Ante la ausencia de ella, Juan Lisia salió de entre las flores y, sonriendo como un niño victorioso, se sentó en la silla que antes le habían ofrecido esperando que volviese. Se sirvió otro vaso de vino dulce y lo ingirió de un trago, sintiendo su frío al recorrer la garganta. Se relamió los labios y vio cómo Lucía aparecía de nuevo ante él. Lo que no tuvo tiempo de advertir fue que ella llevaba algo oculto a su espalda, entre los pliegues del vestido. Juan se levantó para esperarla y, sin dejar de sonreír, abrió sus brazos y le pidió que fuese hasta él. Lucía sonrió a su vez. Con tanta malicia que Juan Lisia averiguó lo que se disponía a hacer. Se levantó de la silla como movido por un resorte invisible y corrió hacia la estatua tratando de llegar antes que ella. Lucía extrajo de sus faldas un martillo de abatir muros y, con gran esfuerzo, lo alzó sobre la cabeza de la estatua en dirección a la frente. Juan Lisia se interpuso entre ella y su semidiós cincelado pero no pudo evitar el golpe quebradizo que siguió, rasgando el aire. De un solo golpe, Lucía Zagra acabó con la nariz y parte de la frente de la estatua de mármol y amenazó con golpear de nuevo si él no se alejaba. Primero le pidió que se retirase, pero después le ordenó que


abandonara su casa. No quería tenerlo allí por más tiempo. Así que irguió el brazo y apuntó hacia la estatua. Juan Lisia avanzó hacia ella desoyendo las súplicas y recibió un sonoro martillazo que rebotó de su brazo a su hombro. Juan retrocedió. Agrandó los ojos como un animal espantado y chilló como una hiena. Sus palabras escupidas revelaron una nueva voz, la verdadera, la del monstruo que muchos sufrían a diario y que se escondía bajo diversos disfraces de atracción. Lucía vio al verdadero Juan Lisia. Y lo escuchó por vez primera. Tal vez demasiado tarde. Tal vez irreparablemente. Y mientras alzaba el martillo de nuevo vio los ojos de Juan, humedecidos por el dolor, exudar un líquido parecido al del agua salada. Lo vio marchar y le escuchó pedir, más bien rogar, que no dañase de nuevo su estatua. Lucía se aseguró de que la puerta de la calle quedara bien cerrada y volvió al jardín. Sintió el impulso de destrozar la estatua pero como había dejado caer el martillo junto a la puerta no se molestó en volver a recogerlo. Intentó empujar la estatua desde donde estaba, en la misma salida a la terraza, hasta las hierbas del rincón, bajando los escalones, pero no pudo desplazarla de lo mucho que pesaba. Se sentó en una de las sillas y esperó. Marcelo Dosaguas llegó unas horas después, cuando el sol se ocultó a la tarde. Entró en la casa acompañado por sus hijos y, mientras éstos subían a lavarse, buscó a Lucía en el salón y, después, en la terraza del jardín. Bajo las luces de las velas Lucía esperaba, observando la estatua. Marcelo la miró sorprendido y preguntó quién había entrado semejante cosa en la casa. Su mirada era de perplejidad y de desazón, por no haber sido él el artífice de tan grata idea de colocar una pieza semejante de mármol para decorar su nueva casa, su jardín. Hasta que Lucía mencionó el nombre de Juan Lisia, el rostro de Marcelo mantuvo la curiosidad; después se le iluminó. Se sintió halagado por la gracia, honrado por el presente. Lamentó no haberle recibido él mismo y, entonces, advirtió la fractura en medio de la frente rajando el mármol hasta apreciar las asperezas de sus entrañas. Lucía no supo cómo explicarse. Pero tampoco tuvo tiempo y, cuando pudo hacerlo, ya no quiso, pues la reacción de Marcelo fue tanto o más despreciable que la de Juan Lisia. Aquél aulló de espanto, dolido muy adentro. Y bramó como una fiera en cólera. Le reprochó su comportamiento y, sin pedirle explicaciones por lo ocurrido, la insultó. Lucía se quedó perpleja, de pie junto a la estatua. Había pasado horas delante de ella pero sólo entonces se dio cuenta de los movimientos


tenues de color que el mármol templaba a la luz de las velas. Era como aguas anaranjadas que salpicaban el suelo de la terraza. Se movían como las olas tranquilas. En silencio. Ella también guardó silencio y nada le dijo del intento de Juan Lisia de propasarse. Supo que si decía algo él pensaría que mentía para ofender a Lisia. Supo que de contar la verdad que había descubierto tendría que contar la verdad de un impulso que escondió desde el momento en que llegó al pueblo. Un impulso de misterio, pero también de pasión. Y aunque equivocada, Lucía tuvo que callar. Retrocedió hasta el jardín y se perdió entre la oscuridad de la noche sin luz de velas que la pudiera alcanzar. Marcelo no la persiguió como un enamorado a su gacela. Porque ya era suya y no precisaba conquistarla. Entre el olor de las flores, Lucía se sintió sola. Pero al mirar las estrellas se olvidó de todo. Su jardín, su recodo de paz, la liberaba. Tuvo el impulso de acercarse al roble y abrazar su tronco. Y, sin darse cuenta, rozó con su pie descalzo el palito que indicaba el lugar donde reposaba el pequeño Dosaguas. Mientras su esposa le llamaba, gritando desde una de las ventanas de la casa, Juan Lisia caminaba despreocupadamente bajo las estrellas hurgando con sus botas entre el polvo del camino que conducía a sus campos. La luna resplandecía en el cielo y desplegaba un manto de luz esquiva sobre todo el pueblo. Era suficiente para caminar y para volver sin extraviarse. Pero aún era temprano. Resopló al escuchar la voz de su mujer rompiendo la noche y pensó que despertaría a sus pequeños. Gesticuló con una mueca de desagrado y siguió caminando. Desde allí mismo, se detuvo y pudo ver cómo decenas de figuras se esparcían entre los campos recortando la oscuridad con siluetas perfectas y rectilíneas. La luz de luna era suficiente para descubrir los destellos que, como la plata, descubría el mármol. A ambos lados del camino, separadas entre ellas por más de cincuenta metros, las estatuas saludaban al paseante y se hacían dueñas de aquellos dominios. Un poco más a la derecha, resguardada de las futuras noches frías por las ramas de un olmo, la estatua de una mujer semidesnuda se descubría ante Juan Lisia en toda su belleza. Ésta, la pareja de aquella que dominaba en otro jardín, servía de hilo invisible de unión entre él y Lucía. Juan Lisia sonrió. Y besando con su mano la superficie de la estatua, dio media vuelta para atender a la llamada de su esposa.


A la mañana siguiente, poco después de que Marcelo marchara a trabajar a la vaquería, Lucía buscó un sitio en el que encerrarse. Se encontraba triste. Se resistía a pensar que Marcelo fuera tan terco y desconsiderado con ella como le había demostrando con los desplantes del día anterior. Se vistió, se distrajo mirando los pájaros a través de la ventana del dormitorio y salió al pasillo. Recorrió cada rincón de la casa de arriba a abajo y no encontró ninguno que le mereciera la pena para evadirse un rato. Hasta que encontró el desván en el pasillo de la planta superior. Tiró de un cordel atado al techo y se desplegó una escalerilla de madera con un débil pasamanos de cuerda. Chirrió al dejar caer los peldaños. Lucía aseguró la escalera y subió aferrándose a las cuerdas. En el silencio de la mañana, mientras Marcelo y sus hijos trabajaban en la vaquería, Lucía paseó entre los rincones del desván tratando de adivinar el origen de los restos allí olvidados y su historia. Pasaron los minutos como si fueran segundos y se hizo la hora de comer. Ese día, Marcelo no comía en casa porque tenía que cerrar una negociación con un vecino de centro del pueblo. Llevaba tiempo detrás de unas hermosas reses procedentes del norte y le habían avisado de que el vendedor tenía que marchar a la ciudad, de modo que a media mañana salió de la vaquería y dejó a sus hijos a cargo de todo. A la hora de comer, Darío y Jaime se quitaron los delantales de trabajo, se asearon y entraron en la casa. No encontraron a Lucía ni en la cocina ni en el jardín, de modo que buscaron por las habitaciones. No dieron con ella, así que la llamaron en voz alta. Lucía se asomó al pasillo desde la trampilla que conducía al desván y los dos hermanos fueron a acompañarla. Subieron la escalera y se sorprendieron por la luz que huía por la trampilla. Lucía había abierto las ventanas laterales del tejado y el sol entraba como nunca, con fuerza, desplegando su luz sobre muebles olvidados y perdidos. Crecieron los rincones, y los recuerdos. Darío suspiró de emoción y Jaime le siguió sin hacer ruido. Se frotó los ojos con los puños, atónito de que todo aquello aún existiera. Los dos hermanos buscaron a Lucía entre los muebles del fondo. Ella apenas hacía ruido pero su movimiento la delataba porque sonaba como el susurro del crepé o como las caricias de las alas de mariposa batiendo el aire de primavera. El desván parecía minúsculo pese a no serlo porque los muebles y los bultos se desplegaban sin ningún orden en cada palmo del suelo. El ambiente se hizo privado, exiguo, confortable. Darío se reencontró con una parte extraviada de su infancia: con el armario de las


puertas remachadas en plata y oro; con las sillas de respaldo alto con volutas de eneldo finísimamente ribeteado; con la cristalería de porcelana; las mantas de India, todavía perfumadas. Una malla metálica cubría la superficie de una bañera de dos metros de largo por uno de ancho, la grifería de estaño y los complementos y adornos comprados en París. Darío encontró una caja atada con cuerdas. En su interior, hallaron un pequeño escenario rectangular abierto por su parte superior. Al frente, unas cortinillas podían desplazarse con una tela roja, que imitaba al terciopelo, o con una tela blanca. En el interior de la caja, en el fondo, había un soporte de metal sobre el que se colocaba una vela que iluminaba el interior. Deslizando la tela blanca, tenían ante sí el teatro de sombras chinas. Desperdigadas por el interior de la caja, encontraron piezas de madera con forma humana, marionetas con hilos y personajes de trapo. Darío recordaba su infancia invadida por las imágenes en movimiento que salían de aquel teatrillo. La oscuridad sumía la habitación en el misterio y su abuelo materno movía los muñecos y narraba las historias mientras su abuela tocaba una flauta. Se sentaron los tres alrededor de la caja y cuando lo sacaron todo buscaron otra más que abrir. Vestidos de color aguamarina con plumas de faisán de la abuela Almansa se mezclaban con turbantes orientales y pantuflas con borlas color bermellón. En otra caja, encontraron botellitas llenas de líquido. Gracias a unas etiquetas pegadas en el fondo, descubrieron que se trataba de agua de río. Decenas de ríos distintos de países diferentes. Unas azuladas, otras verdosas, saladas las recogidas en las desembocaduras. Pero todas tristes, casi evaporadas. Encontraron máscaras fabricadas con pasta de papel, cetros de madera con cristales en el extremo, fundas de daga decoradas con turquesas. Marfil, colgantes, objetos hechos con corteza de coco, flores secas guardadas entre papel, notas de amor escritas en una letra ilegible. Todo perteneció a María Alameda, a la madre de ésta Dorotea Almansa y a los abuelos que vivieron entre India y España. Lucía quedó maravillada por los objetos y hurgó en tres baúles más en busca de libros. Encontró algunos ejemplares en lenguas indoeuropeas en el fondo de un baúl con el interior adamascado. Los sopesó, los giró entre sus manos y olió el fuerte aroma a especias e incienso aromatizado. Apiló todo lo que le gustó en un lado y se apresuró a buscar más cosas. Darío preguntó a Lucía qué prendía hacer. Ella afirmó que quería llevarse todos aquellos tesoros a su dormitorio. Darío se entristeció. Era imposible. Marcelo no lo permitiría. Le contó cómo él mismo salvó muchas de las reliquias de la familia antes


incluso de que muriera su madre. Marcelo se negaba a tenerlas en la casa porque le recordaban a la familia Almansa, con la que no tuvo demasiada cordialidad. Después de morir María todo tuvo que esconderse para no ser pasto de las llamas. Darío tomó la mano de Lucía y le pidió que volviera a guardar las cosas en su sitio. Tendría que resignarse a reconstruir el pasado bajo el silencio del desván. Sin que se dieran cuenta, pasó la tarde. Las vacas, solas en la vaquería, mugían en protesta. Ninguno de los tres comió y Darío y Jaime regresaron al trabajo con cierto retraso. Agradecieron que Marcelo se encontrara en el pueblo negociando ya que, de haberse enterado de la ausencia de sus hijos, se habrían merecido un severo castigo. Lucía se quedó un rato más soñando a ojos abiertos entre los objetos del desván. Esa noche, sus sueños de ojos cerrados le supieron a madera de eucalipto, a polvo viejo de azafrán y a grietas en estatuas de mármol muertas.

VII: Son días de fiesta en casa de Marcelo. Desde un principio, Marcelo Dosaguas se mostró excitado ante la idea de reformar la casa y de construir una piscina junto al jardín, no sólo para alegrar a sus hijos con ese pequeño lujo sino para atraer a su hogar a aquellos vecinos del pueblo que presumían de un mayor nivel económico. Celebraría suntuosas fiestas que comenzasen al caer la tarde y no terminaran hasta el mediodía siguiente, semejantes a aquéllas a las que asistió en la ciudad. Aprovechando la ocasión, Marcelo no repararía en gastos y alardearía ante todos los invitados de la bella mujer con la que compartía sus días y sus noches. Sin embargo, ese deseo casi enfermizo que cruzaba su mente se vio frustrado ante el recelo de la mayoría de vecinos del pueblo que consideraban prematuro el libertinaje con el que había reemplazado a la fallecida María por una mujer de ciudad a la que miraban con desprecio. Marcelo Dosaguas recibió docenas de excusas diferentes para no asistir a la primera de sus fiestas, en honor a Lucía. Disimuló su disgusto achacando el fracaso de su propuesta a que las obras de remodelación de la casa todavía no habían comenzado, motivo


suficiente para incomodar a los invitados que no podrían olvidar la figura triste y oscura de María moviéndose por las habitaciones anticuadas de la casa. Por este motivo, Marcelo disculpó tantas deserciones (que de otro modo hubieran herido su orgullo) y centró todos sus esfuerzos en adecentar la vieja casa utilizando para ello la estructura de la casa contigua recién adquirida y la huerta que se extendía en la parte posterior junto a su pequeño jardín. Quiso contratar a varios vecinos para la obra pero la reticencia de sus mujeres, temerosas de la influencia que Lucía pudiera ejercer sobre sus maridos, forzaron a que nadie aceptara el trabajo. A Marcelo no le supuso ningún problema encontrar mano de obra en el pueblo vecino; montó en su desvencijado carro tirado por un caballo y condujo hasta allí, se colocó en la plaza principal sentado en una pequeña silla que llevaba en la parte trasera del carro, y esperó a que pasara Fernando Montevivo, al que llamaban el manco. Según se decía, Fernando había perdido un brazo cortando leña siendo todavía un niño pero, pese a sus limitaciones físicas y a su edad (sesenta y seis años), era el albañil más experimentado de toda la comarca. Para trabajar, se reunía siempre de una cuadrilla de hombres de lo más variopinto. Un cojo; un tuerto que cubría la cavidad de su rostro con un parche de color verde; un cheposo; un hombre que alardeaba de tener seis dedos en su pie izquierdo (que descalzaba a cambio de unas monedas); otro a quien le habían cortado las dos orejas por una venganza familiar y que, en su juventud, cubría los agujeros dejándose el pelo largo aunque ahora empezaba a quedarse calvo; y, finalmente, un mudo de 150 kilos de peso de quien se decía era al mismo tiempo hombre y mujer. Se les llamaba la cuadrilla de los deformes pero ninguno se ofendía por ello sino todo lo contrario, lo utilizaban como medio propagandístico para promocionarse por los pueblos cercanos. Con tan nutrido grupo de trabajadores, las obras se convertirían en un acontecimiento mayor de lo que era habitual ya que atrajeron a multitud de curiosos, que se agolpaban en los alrededores para verles trabajar y reían sin control mientras los deformes intentaban colocar un ladrillo sobre otro para que todo quedara perfecto. Marcelo alojó en su propia casa a esa curiosa cuadrilla de siete hombres, lo que provocó que todo el pueblo añadiera a sus críticas hacia Lucía comentarios sobre las deformidades de los siete trabajadores. Fueron muchos los que pensaron que nunca terminarían la reforma a gusto de Marcelo, quien pretendía construir todo un palacio, sin embargo si de algo estaban orgullosos esos hombres era de su fama de creadores


de obras de arte. Lo cual era curioso, ya que observando los entrecortados y complementarios movimientos del grupo no daban mucha confianza de su resultado final aunque éste siempre fuera perfecto. El mismo día en que la cuadrilla llegó montada en su propio carro, todavía más desvencijado y sucio que el de Marcelo y coronado en su parte superior frontal por un cartel de madera pintado de blanco y rojo sobre el que se leía la frase “Cuadrilla de las formas perfectas. Arreglamos y construimos lo que le falte”, los vecinos de Marcelo se agolparon alrededor de la casa, del mismo modo en que hicieron el día en que Lucía llegó al pueblo conduciendo su reluciente coche negro, y batiendo los brazos en el aire se burlaron de aquella frase afirmando: Y por qué no os arregláis a vosotros mismos, que tanta falta os hace. ¡¡Inútiles deformes!! El grupo aparcó el carro frente a la entrada de la casa, detrás del carro de Marcelo, y, con la cabeza bien erguida y los rostros sonrientes, descendieron y entraron en la casa uno tras otro. Lucía se encargó de vaciar los trastos viejos de dos habitaciones y repartió a los siete hombres para que durmieran en ellas. Darío y Jaime, alborotados por el trasiego de los albañiles y el movimiento de muebles, papeles, objetos inservibles y cajas de madera, se encargaron de recoger las escasas pertenencias de su madre, que todavía quedaban desperdigadas por la casa o perdidas en sus rincones, y las guardaron en el desván con el resto de las cosas, a salvo de la humedad y de las polillas. Observaron con curiosidad al grupo de trabajadores físicamente imperfectos y suplicaron que les enseñaran sus deformidades; cuando lo hicieron, no pudieron reprimir unos escalofríos de repugnancia a los que los hombres estaban acostumbrados y a lo que respondían mecánicamente con una triste y ensayada sonrisa. Cuando la noticia se extendió por el pueblo, muchos de los amigos de Darío y Jaime pidieron (alguno con disimuladas lágrimas en los ojos) que les invitaran a la casa para así observar de cerca al grupo de deformes. Darío pensó que si dejaban a sus amigos dormir en su casa podrían pedirles a cambio que ayudaran a mover los muebles y a empaquetar recuerdos. Jaime creyó que era una buena idea y corrieron a avisar a cuatro de sus mejores amigos. Entre los seis, sacaron al jardín los muebles de su cuarto dejando únicamente en el suelo los colchones de lana sobre los que dormirían todos juntos. Después les enseñaron qué cosas querían guardar de cada una de las habitaciones y cómo podían empaquetarlas en pesadas cajas que también sacaban al jardín, indicando muy bien su procedencia para que luego no hubiera confusiones o pérdidas del pasado. Los cuatro


amigos aceptaron la propuesta y se añadieron al gentío que circulaba de un lado a otro por la casa. Por la mañana, se reunían los quince en la minúscula y fría cocina, alrededor de la mesa (algunos de pie por no encontrar sillas suficientes, otros empleando cajas para sentarse, los más jóvenes en el suelo) donde Lucía repartía un desayuno compuesto de café, bollos de harina y huevo (que ella misma preparaba antes de acostarse) y pan con panceta que les había regalado un vecino. En menos de cinco minutos, desaparecía el desayuno y se desperdigaban por la casa, cada uno con una tarea distinta y todos bajo la férrea dirección de Marcelo Dosaguas. Vaciaron, de este modo, las habitaciones de la casa vieja y parapetaron en el jardín el contenido de cada una de ellas hasta hacerlo desaparecer a la vista. En la planta baja, los albañiles hicieron un boquete redondo por el que comunicar la casa de los Dosaguas con la casa contigua recién adquirida y estudiaron la composición de las habitaciones siguiendo las instrucciones que Marcelo dibujó en un pedazo de papel. Los muchachos se encargaron de mover trastos de un lado para otro, mientras que Lucía estuvo detrás de quien la necesitó para limpiar un suelo, desplazar un sillón, levantar una viga de madera, pintar una pared o especificar un detalle de la decoración interior. Para unir las dos casas tuvieron que tirar todo el tabique allí donde hicieron el primer boquete comunicante. Ese día, no pudieron hacer nada más puesto que el estruendo de la demolición del tabique levantó una polvareda tal que cubrió todas las habitaciones de la casa y que se extendió al exterior, donde los curiosos que asomaban sus rostros tuvieron que salir corriendo para que la nube de polvo no les alcanzara. Les obligó a todos, familia y trabajadores, a salir de la casa hasta que el polvo se posara y pudieran barrerlo. Tardó en posarse toda una tarde y, mientras esperaban en la calle a que desapareciese, tuvieron que traer de casa de una vecina una olla llena de agua hervida con manzanilla con la que se limpiaron los ojos. Excepto el tuerto, que levantó el parche de su ojo para que uno de los amigos de Darío (boquiabierto por el ofrecimiento) soplara en su hueco. En los días que duraron las reformas, la actividad en la vaquería quedó prácticamente abandonada pero, como el negocio era la principal fuente económica que sufragaba los elevados costes de las obras, Marcelo tuvo que contratar a un hombre de confianza para que les sustituyera. No obstante, entre obra y obra, Marcelo salía de la casa, la rodeaba por la parte trasera que conducía al camino de tierra, subía la cuesta hasta la vaquería y supervisaba las tareas del empleado. Éste se agobiaba por la


continua vigilancia de Marcelo pero las vacas se lo agradecían lamiéndole las manos, poniendo cara sonriente y boba, y dando la buena leche costumbre. Después, Marcelo regresaba a casa y admiraba los progresos que esos medios hombres conseguían a diario. En cierta ocasión, tuvieron que colaborar los quince al unísono para sostener un techo que se caía por el peso y los efectos de la carcoma en las vigas de madera que lo sostenían desde generaciones pasadas. Se distribuyeron ordenadamente de modo que los más altos (Darío, el sordo, el de los seis dedos, y Fernando Montevivo -el manco-) quedaran en cada una de las esquinas y el resto en el centro. Lo desmontaron de una sola pieza y tardaron otra tarde entera en despedazarlo y arrojarlo a la calle. Esto provocó que las obras se alargaran más de lo planeado ya que tuvieron que construir un nuevo techo con vigas nuevas. Otro de los motivos que dilataron las obras de reforma fue la construcción de la piscina. El cheposo, el de los seis dedos y el sordo se dedicaron a excavar un pequeño socavón que fueron agrandando según los deseos de Darío y Jaime. Sus cuatro amigos miraban atentamente y divagaban acerca de cómo quedaría la piscina y de lo mucho que se bañarían en ella. Tardaron casi una semana en terminar la excavación rectangular y rasar el desnivel. Aguardaron una semana más hasta que, desde la ciudad, llegó el material para embaldosar los laterales y el fondo; y, después, probaron los desagües y las canalizaciones de agua. Debido a la inexperiencia en la construcción de piscinas, crearon un sistema de llenado por medio de un grifo que comunicaba el pozo subterráneo directamente con la piscina, consiguiendo así un agua limpia y fresca que, cuando se creía necesario, se tiraba por el desagüe. Entre tanto, en uno de los rincones del fondo en que confluían los muros de lo que habían sido los jardines de las dos casas antes de unirlas, entre cúmulos de maleza aplastada por el peso de las ruedas, el automóvil negro de Lucía permanecía silencioso y quieto sin esperanzas de que nadie lo arrancara para conducirlo a alguna parte. Toda su suave y reluciente superficie se había cubierto por el polvo de las reformas hasta hacerlo aparecer como un trasto viejo olvidado entre rastrojos. Una de las ventanillas ni siquiera se había subido, el polvo entraba y ensuciaba la tapicería interior de cuero. El albañil sin orejas se paseó un día por ese lado del jardín observando los restos de ladrillo de los muros que tenían que tirar y desalojar. Lo que fue jardín y huerta en la otra casa parecía no haber sido nunca utilizado como tal y mostraba un aspecto reseco, putrefacto y fantasmal. A su lado, el vehículo parecía formar parte del mismo paisaje. El hombre sin orejas pasó las manos por


la carrocería del coche para limpiar el polvo que lo cubría y averiguar si era tan bonito como decían los muchachos. Siguió frotando con las mangas del jersey hasta que apareció un enorme círculo negro brillante. Le pareció muy hermoso puesto que nunca antes vio otro parecido; sólo conocía carros y caballos, no esos prodigios de la modernidad. Se retiró hacia el centro del jardín y llevándose dos dedos a la boca emitió un penetrante silbido llamando la atención de su amigo el cheposo; éste se acercó a regañadientes y juntos contemplaron el vehículo, como anestesiados. Preguntaron a Lucía si podían lavarlo, ella asintió y llamaron al de los seis dedos para que les echara una mano; lo lavaron, lo empujaron hasta colocarlo en el centro del jardín para que se secara al sol y consiguieron permiso de Lucía para cenar esa noche en su interior. Cuando llegó la oscuridad, los amigos de Darío espiaron desde la ventana de su cuarto a ese grupo extraño de individuos en el interior de un vehículo reluciente comiendo un plato de lentejas y rebañando el unto con miga de pan. No pudieron dejar de reír ante lo que les pareció la imagen más cómica que habían visto nunca, más aún que si se hubiera tratado de un circo. Una vez unificadas por completo las dos casas, construyeron en la planta baja un gran salón de baile como el que Marcelo había visto en la ciudad, con el suelo de mármol traído especialmente de Europa y puertas acristaladas con vistas al enorme jardín y a la piscina. Agrandaron todas las habitaciones y les dieron un nuevo emplazamiento tratando de eliminar el aspecto pueblerino que antes tenían y procurando que en todas hubiera grandes ventanales a la calle o al jardín; éste era tan inmenso que los hijos de Marcelo y sus cuatro amigos podían perderse en él sin encontrarse. Conservaron los árboles originales que existían en la propiedad de Marcelo, el roble de sus antepasados donde reposaban los restos del pequeñín que falleció al poco de nacer (siempre cubiertos de flores y hierba fresca), y añadieron veinte árboles frutales ya crecidos para que dieran sombra. Lucía se encargó de plantar semillas de todo tipo de flores para tener un auténtico jardín floral en el que poder pasar las mañanas y las tardes. Finalmente, reforzaron con ladrillo las tapias que rodeaban el jardín para que nadie entrara desde el exterior de la casa aunque no pudieron evitar que los más perspicaces se encaramaran a los árboles cercanos para seguir observando el trabajo de los albañiles y que empezaran a imaginar cómo serían los eróticos y sugerentes baños de Lucía en el agua de la piscina.


Durante varios días, Marcelo y la cuadrilla de albañiles discutieron acerca de si era conveniente o no construir un garaje para el automóvil. Marcelo lo creía necesario para protegerlo de las inclemencias del tiempo pero los hombres se resistían alegando que un objeto tan bonito no podía esconderse a la vista; no les molestaba tener que trabajar más para construir el garaje pero no les parecía congruente con lo que representaba; entendían que la modernidad en ningún caso debe ocultarse sino ser admirada para servir de ejemplo a los demás. Decían esto no sólo por el espléndido Ford sino también por Lucía, a quien veían encerrada en la casa como un juguete para la diversión de su propietario. Finalmente, convencieron a Marcelo; el garaje no se construyó y el coche quedó aparcado en el centro del jardín. Cuando todo terminó, los Dosaguas pagaron a los albañiles agradeciendo haber hecho realidad el sueño de Marcelo, los despidieron con la mano y les vieron marchar subidos al carro como un variopinto grupo de artistas de circo. Ese mismo fin de semana, Marcelo Dosaguas preparó la segunda fiesta en honor a Lucía aunque la primera que se celebraría en la nueva casa. En las tarjetas de invitación que envió a los más destacados hombres del pueblo (entre los que incluyó al alcalde Raúl Perís, a varios concejales y al párroco Domingo Cárdenas), Marcelo agradecía de antemano su asistencia y, con cierta perspicacia, añadió ciertos detalles intencionados que picarían la curiosidad del más templado y con los que garantizaba la presencia de todos y el éxito de la celebración. Así, hizo especial hincapié en las cajas de caviar ruso que enviaban sus primos desde la ciudad, en las botellas de cava francés traído especialmente desde París por un invitado sorpresa (el gancho daba a entender que asistiría un influyente ideólogo y político del momento) y, finalmente, en el misterio que les aguardaba en el jardín y que sólo asistiendo descubrirían. Dicho misterio no era otro que la tan rumoreada piscina, solo que Marcelo, en su afán por sublimar la fiesta y ganar popularidad entre sus invitados, pensó sorprenderles con algo nunca visto. El solo hecho de pensar en una piscina (en un pueblo que carecía de prácticamente todos los servicios urbanísticos indispensables) ya era un lujo en sí mismo; las mentes obtusas (aunque poderosas) de los invitados lo convertirían en un desafío y un reto, pero Marcelo quiso rizar el rizo y planeó llenar la piscina con leche de sus vacas en lugar de agua, sabiendo que nadie se resistiría a ese capricho burgués.


Fue en esa segunda fiesta que organizó Marcelo Dosaguas cuando Juan Lisia aceptó la invitación de acudir a su casa. Juan Lisia era un hombre grande, pero su grandeza no se debía tanto a su aspecto orondo y pesado, que lo era, sino a una especie de altivez que le acompañaba allá adonde iba y que paralizaba a los demás como si le debieran reverencia. Era su porte, su arrogancia, su presencia magnética, su convencimiento de ser el más fuerte… los que le convertían en poderoso. Porque Juan Lisia lo era y mucho. Por la comarca, era conocido como el terrateniente que más cerdos tenía a su servicio. Llamaban cerdos a sus trabajadores porque así es como él los trataba. Como cerdos y como bestias, sin respeto ni dignidad. Ellos, aceptaban entrar en el juego porque el trabajo escaseaba y la pobreza era acuciante como para tener una parcela de tierra propia, de modo que no les quedaba más remedio que ponerse a las órdenes de Juan Lisia y soportar sus gritos, sus insultos y sus palos, continuos y sangrantes. En ocasiones, los parados aprovechaban que Juan Lisia mandaba a un trabajador a su casa durante una larga temporada después de haberlo molido a palos con su látigo y su vara para ocupar el puesto vacante, creando así una rueda de empleo de la que Lisia era consciente y que estimulaba con sus brutalidades para satisfacer los deseos de todo el que quería trabajar bajo su mando. Por aquel entonces, Juan Lisia era propietario de las tres cuartas partes de los campos de cultivo del pueblo, perteneciendo el cuarto restante a pequeños propietarios individuales que nada podían hacer para combatir sus hazañas comerciales y su riqueza. Diariamente, enviaba carros con hortalizas, frutas y verduras a los distintos pueblos de la comarca. Esperaba a que sus hijos crecieran para convertirlos en su brazo derecho y para que se ocupasen del transporte y a la supervisión de las mercancías. Ellos dominarían el mundo, decía. Y, en pequeña escala, así era. A su alrededor, todos los vecinos del pueblo loaban a Juan Lisia y se apartaban para dejarle paso cuando caminaban junto a él o se chocaban por el camino en direcciones opuestas. Lo saludaban como a un rey y a él destinaban sus mejores obsequios pretendiendo que, en la pobreza en la que estaban sumidos, una muestra de amabilidad diera rendimientos en forma de verduras y frutas, como trueque simbólico de buenos convecinos. Marcelo Dosaguas mandó a uno de los hombres que trabajaban como capataces de segundo rango al servicio de Juan Lisia para que le entregara en mano la invitación a su fiesta. En ella, Marcelo ofrecía


diversión, comida y bebida para él y su mujer, y una grata sorpresa en el jardín. Por el mismo conducto, Juan Lisia respondió afirmativamente a la invitación de Marcelo aunque declinando la asistencia de su esposa, quien debía atender a sus pequeños. Cuando el hombre que trajo la contestación se marchó de la casa, Marcelo dio un salto de alegría y corrió al jardín a buscar a Lucía para contárselo. Lucía continuó con los arreglos de sus plantas sin prestarle atención. Marcelo le exigió que fuera cortés con Lisia pero ella no le contestó; la temió porque la conocía y sabía que era capaz de contestar merecidamente al soberbio de Lisia, pero estaba tan excitado por la noticia que no quiso darle importancia. Corrió hasta su despacho, en el piso superior para preparar los pedidos de comida y bebida que encargaría en la ciudad. Sin duda, aquella sería la mejor fiesta en mucho tiempo. La mujer de Juan Lisia, Candela Orriete, era voluminosa aunque no tanto como su marido. Tenía cuarenta y dos años, cinco menos que Juan, y dos pequeños de uno y dos años. Los embarazos fueron muy peligrosos y a punto estuvo de perder la vida con el último de ellos, el del pequeñín Daniel. Durante años, desde que contrajeron matrimonio, intentaron tener una extensa prole de hijos sin conseguirlo. Visitaron a especialistas en la ciudad buscando una solución a su imposibilidad de concebir, pero nada funcionó. Así, pasaron los años agriando el carácter de Juan Lisia que quería hijos por encima de todo para prorrogar su estirpe, hasta que un buen y tardío día Candela Orriete quedó en estado. Pensando que su maternidad se había reactivado, aprovecharon para engendrar un segundo hijo pero, cuando éste estuvo a punto de matar a la madre con su alumbramiento, les comunicaron que no podría concebir un tercero. Candela lloró durante días al saber que nunca conseguiría tener a la niña de sus sueños, hasta el punto de que una mañana despertó y descubrió que sus cabellos se habían vuelto completamente grises y quebradizos como la tela de las arañas. Juan Lisia se malhumoró por la debilidad de su esposa sabiendo que dos hijos eran poco para lo que él pretendía de ellos, para tantos planes premeditados de soberbia. Pero tuvieron que conformarse. Cierto es que pasó mucho tiempo antes de que superaran aquella crisis y aceptaran lo inevitable, como también es cierto que Candela vivió las noches encerrada bajo llave en un cuarto, repudiada por Juan Lisia y separada de sus pequeños (que fueron atendidos por una muchacha del pueblo). En sólo unos meses de encierro, Candela Orriete envejeció quince años. Sus cabellos grises se tiñeron de un blanco


intenso, como el de la nieve de las montañas; sus ojos perdieron el brillo sexual de su juventud y miraron fijos en dirección a las esquinas de la habitación sin llegar a ver nada; su piel se distendió provocándole marcados surcos en torno a las mejillas y las comisuras de los labios, bajo los ojos mustios que ya no respondían al movimiento de las cosas. Su cuerpo engordó de no hacer nada, de no poder caminar más allá de cinco pasos seguidos sin tropezar con una cómoda o una cama, sin poder abandonar el cuarto en el que sufría en silencio para compensar el dolor irreparable que había ocasionado a su marido. El paso de los días no hizo sino reducir el espacio de la habitación, de modo que las paredes se sentían más y más cerca como auténticos muros de piedra o como losas de una tumba propia. Candela Orriete asumió su suerte; admitió su culpa y aceptó su condena a no volver a ver a sus hijos al menos, pensó, hasta que hubieran crecido lo suficiente como para que la curiosidad les llevara a preguntarse qué hacía una mujer desconocida encerrada en el piso de arriba de su propia casa, alguien que casi no hacía ni ruido y que sólo vivía por respirar. Durante los 127 días en los que Candela Orriete estuvo recluida en un cuarto solitario y oscuro en la planta superior de la casa, Juan Lisia trató de satisfacer sus necesidades nocturnas con la joven muchacha, casi una niña, que alimentaba, vigilaba y cambiaba a los pequeños Marcos y Daniel Lisia. Ella no tuvo más remedio que soportar el sucio peso de ese hombre colmando sus deseos y aunque, asustada y llorando, se lo contó a sus padres estos no eran más que unos infelices que sobrevivían gracias al trabajo que les daba Juan Lisia y no podían arriesgarse a perder lo poco que tenían por el hecho de que la moral de su hija se negara a acostarse con su patrón. Sin embargo, fue la suerte la que intercedió por esa joven y la libró de los brazos de Lisia al caer rodando por la empinada y empedrada cuesta que comenzaba en la plaza principal del pueblo y acababa en el final del mismo, al comienzo de los campos. Una pierna y un brazo fracturados fueron los que la alejaron de su trabajo en la casa, aunque unos aseguraron haberla visto saltar desde un tejado y otros opinaron que había resbalado en unos charcos formados después de la lluvia. En ausencia de la jovencita, Juan Lisia reconoció que sólo su mujer, Candela Orriete, era capaz de satisfacer sus noches. Arrepentido, aunque con la cabeza muy erguida, Juan Lisia subió al cuarto de la planta superior y lo descerrajó. Cuando sus ojos se aclimataron a la oscuridad de la habitación, antes de descorrer las cortinas, encontró a una anciana muy parecida a su esposa vestida totalmente de blanco, sentada sobre la cama.


Le costó reconocerla y, cuando descubrió el cuarto a la luz de la tarde, la abrazó avergonzado sin que ella pareciera inmutarse, como si lo hubiera olvidado porque ya no formaba parte de ese mundo medieval en el que estaba sumida, en lo alto de la torre en la que aguardaba la llegada de un príncipe azul que nunca venía. A lo largo del año que pasó desde entonces, Candela Orriete vagó perdida por la casa sin apenas hablar y con la atención puesta en fantasías irreales. Durante el día recelaba de la compañía de Juan, al que veía como a un brujo obeso que la mantenía cautiva bajo un encantamiento, y al que trataba de asustar escondiéndose tras los muebles y las sombras para aparecer después ante él, con el pelo blanco suelto y alborotado, al tiempo que lanzaba exclamaciones e insultos; mientras que durante la noche sentía en Juan la llegada de los espíritus inquietos de los bosques buscando su calor y cobijo, que ella ofrecía con gusto. Desatendió la casa, la cocina y a las visitas; se preocupó únicamente de sus dos pequeños, Marcos y Daniel, a los que acunaba y besaba como si se tratara de ángeles venidos del cielo que le habían sido confiados sólo a ella, rabiando y gruñendo cuando su marido se acercaba a tocarlos, para comprobar si habían crecido algo más mientras aguardaba a que se hicieran mayores y aprendieran el oficio de la soberbia y la fuerza moral del despotismo. Juan Lisia intentó que su esposa recuperara parte de la consciencia perdida con el encierro pero, al comprobar que era casi imposible, se conformó con que acompañara sus noches y cuidara de los pequeños. La noche de la fiesta en casa de Marcelo Dosaguas, Juan Lisia irrumpió como una tormenta de verano, tronando y deslumbrando con sus rayos. El resto de los invitados palideció ante su presencia, giraron en torno a él, regalando sonrisas y falsos cumplidos, agachando la cabeza ante sus groserías y sus salidas de tono. Fueron necesarias muchas horas y mucho alcohol para que Juan Lisia pasara inadvertido y pudiera conseguir su propósito. Le halagaba la forma en que la gente le agasajaba con fiestas, regalos y peticiones de clemencia, aunque él no dejaba de verlos como personas despreciables e inservibles para otra cosa que no fuera lloriquear e implorar, igual que Marcelo en su presencia. La resistencia y oposición de Lucía llamó su atención, le atrajo como el deseo atrae a la carne. Esa mirada de desprecio con la que ella respondía a sus gestos; la atención desmedida a cada una de las palabras que él pronunciaba para atacarlas y contradecirlas a oídos de todos los papanatas


que lo admiraban; los intentos de Lucía por verter disimuladamente el contenido de sus copas sobre él; todo aquello excitó a Juan Lisia de tal manera que no pudo quitársela del pensamiento. La primera muestra de desaire la recibió en el mismo instante en que entró a la casa. Marcelo Dosaguas llamó a Lucía para que se acercase a recibir a sus invitados. Ella, al ver que se trataba de Juan Lisia, aproximó su mano dejándola suspensa en el aire para que él la recogiera y la besara como a una dama pero, antes de que llegara a tocarla, Lucía la retiró en un ademán volátil y lento para apartarse de su lado y seguir los pasos de una mujer que pasaba por su lado y a la que tenía muchas cosas que contarle. La extrañeza de la mujer, a la que Lucía aún no conocía, fue comparable con el asombro que se instaló en el rostro de Juan Lisia, quien no pudo evitar un pensamiento lujurioso al advertir desafío en la actitud de la concubina de su anfitrión. Los ojos de Juan Lisia persiguieron cada uno de los movimientos de Lucía por el salón comedor, acondicionado como sala de baile. Ella lo advirtió y lo sintió pesadamente presente tras sus pasos. Le parecía un hombre primitivo y asqueroso, como los animales que van detrás de las hembras olfateando su íntimo olor, y se mantuvo lo más distante que pudo, evitando cualquier encuentro que, llevando a lo inevitable, pudiera poner en peligro a Marcelo. Cierto era que Lucía no sentía por Marcelo lo mismo que sintió por Pierre Dumonde. Ni siquiera era algo que se pudiera comparar pero lo apreciaba de un modo sutil y personal, de forma íntima, como si Marcelo ocupara una parcela minúscula de su corazón que ella necesitaba cubrir en aquel instante. Aunque nunca existió pasión. El peligro residía en la idea de pertenencia que Marcelo tenía sobre ella. Lucía conocía muy bien el tipo de persona que era Marcelo Dosaguas y, aunque en circunstancias distintas seguramente lo hubiera despreciado por su forma de ser y de entender la vida (como hizo con Gumersindo Hinni), en ese momento de su vida lo aceptaba como una especie de balsa en el naufragio a la que se había aferrado y a la que le debía la vida. O, al menos, un cierto respeto, aunque no pasión. Pero Marcelo no lo veía del mismo modo. Como es lógico, entre ellos nada hablaron acerca del tema, sin embargo Marcelo siempre consideró a Lucía como una pertenencia, como uno más de esos caprichos de burgués con los que podía presumir ante sus amigos. De hecho, para Marcelo Lucía era “suya”, le pertenecía como mujer. Y aunque respetaba la libertad que ella le impuso desde que se conocieron, en el fondo pensaba que podría cambiar su forma de pensar. Algo a lo que ella se resistía ya desde niña y que no toleraba de ninguno de los hombres que había conocido: ni de su padre Reinaldo


Zagra, ni de su amigo de Universidad Hugo Feldkirch, ni del arribista Gumersindo Hinni. Con Marcelo seguía una estrategia basada primero en la adulación y después en la elusión, esquivaba todo cuanto le pedía para hacerlo a su modo. Marcelo aceptaba y ella sonreía satisfecha. Pero la fiera de rapiña que representaba Juan Lisia aparecía ante ellos y hacía tambalear la armonía solapada y oculta entre los dos: Lisia, persiguiendo sus deseos de satisfacción detrás de Lucía podía provocar un enfrentamiento con Marcelo que ella no deseaba, menos aún en ese momento en que él (de forma infantil) pretendía agradar a todo el pueblo para que lo adularan del mismo modo en que veneraban y temían a Juan Lisia. La soberbia tentaba a los dos hombres pero no debía enfrentarles. Por eso Lucía, sabiendo que Juan Lisia iba tras ella, se mantenía apartada. Esa noche, Lucía descubrió que no había huido tanto como ella creía de todo lo que la asfixiaba en la ciudad. Allá, en las fiestas nocturnas en las que se zambullía para no pensar, siempre fue el objeto del deseo de los hombres; la realidad era que incluso en ese remoto pueblo perdido entre las montañas no conseguía librarse de su persecución. Después de la cena, Marcelo Dosaguas descorrió las cortinas tras las que se escondían las puertas acristaladas que daban a la terraza y, seguido de todos los invitados, salió al exterior. El jardín apareció por vez primera en toda su mágica dimensión, iluminado por lámparas de aceite distribuidas entre las flores, mostrando la belleza de sus rincones. Bajo las estrellas, los frescos enredos de los tallos y los primeros frutos de los árboles resplandecían apenas apuntando lo que eran a la luz del día. A la débil luz de las lámparas de aceite, todo se tornó de un color anaranjado, muy dulce y tranquilo. Los invitados lanzaron una ovación que fue perdiendo intensidad hasta que todos enmudecieron por la sorpresa de tan inmenso jardín. Las mujeres fueron las primeras en adelantarse y salir hasta donde crecían las acacias y las lilas, que acariciaron con sus manos mientras caminaban hasta el mismo borde embaldosado de la piscina. Se fueron dispersando y sacaron las sillas y las copas para trasladar la fiesta al jardín. Descubrieron, entonces, que la piscina estaba llena de leche y, rodeándola, se asomaron hasta que vieron sus caras reflejadas. Marcelo señaló con la mano una pequeña caseta de madera pintada de blanco. Según dijo, era un vestuario donde encontrarían bañadores de diferentes tallas para cada uno de ellos y donde podrían cambiarse para estrenar la piscina. Varios grititos escandalizados de las mujeres rompieron el silencio y, enrojecidas, se agarraron a sus maridos avergonzadas por el


deseo de sumergirse en la blancura de la leche de vaca. Se formó un revuelo y la gente se dispersó. Marcelo entró en la casa para preparar unos cócteles con el padre Domingo Cárdenas; algunas parejas entraron en el vestuario para averiguar el tipo de trajes de baño que colgaban de las perchas; y Juan Lisia cercó a Lucía junto al roble centenario. Ella estaba sentada al pie del árbol, sosteniendo en la mano una copa llena de champaña. Al acercarse Juan, Lucía dobló las rodillas y recogió las piernas bajo el vestido, dejando que asomara a la vista sólo la punta de sus zapatos. Juan Lisia apoyó su mano en el tronco del roble y se sentó a su lado. El roble estaba plantado en el mismo centro del jardín pero, como habían esparcido las luces de las lamparillas para iluminar de modo preferente la piscina, se encontraban en penumbra bajo sus ramas. Lucía intentó levantarse pero Juan se lo impidió colocando un brazo delante de ella. Le dijo que era muy hermosa, que era una pena que se mustiara junto a Marcelo y sus dos hijos. Le pasó los dedos por la nuca y continuó bajando por la espalda. Lucía apartó el brazo de Juan Lisia con cuidado de que nadie los viera; se levantó casi de un salto y se acercó junto a los invitados que esperaban al borde de la piscina a que el resto saliera del vestidor con su bañador puesto. De reojo, Lucía trató de cerciorarse de que Juan Lisia permanecía en la oscuridad del roble. Pero no fue así. Varias parejas aparecieron con los trajes de baño cubriéndoles casi la totalidad del cuerpo. Dieron pequeños saltos junto al borde de la piscina observando la absoluta quietud de la leche en la superficie. Uno de los invitados llamó la atención al resto, se retiró unos metros hacia atrás para tomar carrerilla y saltó a la piscina salpicando a los que se encontraban más cerca. Se llevaron las manos a la cara y al pelo, alguno incluso saboreó la leche que resbalaba por su rostro hasta la comisura de los labios. Y, como contagiados por la novedad, todos se zambulleron en la piscina. Sin apenas darse cuenta, Lucía se quedó sola, de pie junto al borde. Una de las mujeres le sugirió que se cambiara y se bañara con ellos, que la leche se encontraba tibia. Pero Lucía negó con la cabeza acercando el champaña a sus labios y se retiró hacia un lado, penetrando en la oscuridad de las paredes del jardín. Se descalzó, dejó sus zapatos junto al vestuario y caminó sobre la hierba jugueteando con los dedos de sus pies. Sin que nadie reparara en ella, Lucía fue recorriendo el jardín hasta la parte más alejada de la casa donde estaba aparcado el coche que trajo de la ciudad. Marcelo lo había limpiado esa misma tarde, de modo que Lucía pudo ver su rostro reflejado en el brillo de la superficie iluminada por la tenue luz de las lejanas lamparillas. Ante el reflejo, se


descubrió hermosa aunque muy sola entre aquella gente a la que desconocía. Se pasó la mano por el cabello y se lo retiró sobre la cabeza dejando el cuello al descubierto. Sintió entonces el tacto de unos dedos que acariciaban su nuca, sin que la identidad de su propietario se reflejase aún en el coche. Pensó que Marcelo había salido a buscarla y se alegró por ocupar un pequeño espacio dentro de sus prioridades, sus invitados y su fiesta. En el fondo tenía que existir en él algo más que admiración hacia su belleza, algo más que idolatría hacia sus formas. Sin embargo, cuando Lucía buscó el rostro de quien le acariciaba tan románticamente, sólo encontró la sonrisa libidinosa de Juan Lisia. Juan Lisia abrió la portezuela del coche mientras agarraba a Lucía por la muñeca de la mano en la que sostenía la copa. Mientras forcejeaban, el champaña fue vertiéndose sobre la hierba, deslizándose antes por los antebrazos de ambos. Lucía se mantuvo en silencio a pesar de que Juan Lisia se acercaba peligrosamente a ella tratando de besarla. Más que repugnancia, Lucía sintió un profundo pesar al comprobar que, pese a perderse en medio de las montañas, no había logrado escapar del acoso de los hombres. Lisia la empujó al interior del coche y Lucía se desplomó sobre el asiento de cuero. En un acto casi reflejo, ella estrelló la copa sobre el rostro de él haciéndole un corte en la frente por el que comenzó a sangrar. Juan Lisia retorció la mano de Lucía, que aún sostenía entre sus dedos parte de la copa rota, y colocándola a la altura de su cuello le amenazó con clavársela si no permanecía quieta y en silencio. Allí, en la oscuridad del fondo del jardín, distantes de los invitados que chapoteaban en la leche de la piscina, Juan Lisia forzó a Lucía Zagra y la sumió en un pozo oscuro y sin fondo del que no pudo salir. Por primera vez en toda su vida, Lucía Zagra no pudo controlar la situación. Y, aunque siempre estuvo huyendo de los hombres de ciudad con los que se evadía en las fiestas, no pudo escapar de ese hombre de pueblo que sonreía sin parar. Cuando Lucía Zagra volvió a la realidad, se encontró tumbada entre los dos asientos delanteros de su coche con la mirada fija en la capota. Cubrió sus piernas desnudas con la tela del vestido que se arrebujaba en torno a su cintura y salió del coche. Pasadas las horas, la fiesta se había sumido en el silencio y lo único que se escuchaba era un tímido chapoteo en la piscina. Caminó descalza por la hierba del jardín ansiando alcanzar la hilera de puntitos de luz de las lamparillas, para sentirse segura y dejar atrás tanta oscuridad. Tiritaba pero no acertaba a descubrir si de frío, de


asco o de miedo. Lucía se acercó a la piscina y vio el cuerpo de Juan Lisia totalmente desnudo nadando entre la leche, dando bocanadas y tragando. Él la miró con sarcasmo y la invitó a desayunar la sabrosa leche de su Marcelo. Llenó su boca con un trago, inflando las mejillas, y la fue vertiendo en chorro como una fuente. Después lanzó una sonora carcajada y se hundió tiñendo su cabello de blanco. Lucía, mareada como estaba, se quedó sin moverse al borde de la piscina. Poco le hubiera importado ver toda su vida pasando rápidamente ante sus ojos, como decían que ocurría al ser alcanzado por la muerte; poco le hubiera importado permanecer quieta como la rama de un árbol seco para la perpetuidad de los días; o ser enterrada al lado de la tablilla que indicaba el lugar en el que reposaba el pequeño Dosaguas. Ya poco importaban las cosas. Todo giraba como un carrusel vertiginoso sin un lugar al que poder asirse. Miró al cielo buscando nubes que anunciaran tormenta, pero sólo encontró el aire desdibujado por el calor del aceite que se prendía en el fondo de las lamparillas, y el humo aromatizado que se diluía en la noche. Juan Lisia emergió a la superficie láctea tan cerca de Lucía como pudo, rozando casi la pared de la piscina con su rostro torcido. Desplegó el brazo sigilosamente y lo fue enroscando a la pantorrilla de ella como una serpiente pecaminosa. Lucía no pudo zafarse, pues todo le daba vueltas. Sintió la presión de aquellos dedos como los colmillos de una cruel áspid venenosa y fue arrastrada poco a poco, sin remedio. Lucía Zagra se desplomó sobre un costado. Sus brazos quedaron exangües a un lado de la cabeza y sus nalgas chocaron contra las baldosas, mientras una de sus piernas, la que Juan Lisia agarraba con fuerza, se hundía en la leche, ya fría, hasta empaparse de un pegajoso blanco grisáceo. No gritó, y nadie acudió en su ayuda. Juan Lisia frotó sus mejillas ásperas a lo largo de la pierna de ella y creyó ver el cielo. Quizá recuperada por la impresión, Lucía se deshizo de su captor y se dirigió a la casa, caminando con pasos desiguales. A su lado, dos hombres totalmente embriagados permanecían inmóviles y desnudos sobre la hierba, sin capacidad para sentir pudor; como la mujer que estaba entre ellos, de brazos desordenados en una cruz zigzagueante, con la cabeza y los pechos hundidos en el secreto de las baldosas silenciosas. Entró en la casa manchando el suelo con la leche que escurría de sus pies. Encontró a varias personas que, como las del exterior, se tendían en el suelo y sobre las butacas, semidesnudas. Hombres y mujeres ebrios y sin sentido, esparcidos desigualmente como piezas de un aquelarre


esbozado. Los fue mirando uno a uno, tratando de recordar la compostura con la que entraron en la casa unas horas antes. Pero no reconocía sus caras, tan solo encontraba rostros muy ajenos y lejanos, muecas desdibujadas que huían con su pensamiento a tiempos pasados, tiempos de guerra donde los conocidos, yacientes en el campo de batalla, se reconocían por otras marcas u otros olores. Se le nubló la vista al pasar por la cocina y creyó perderse en la oscuridad de un camino que la devolvía a la guerra, a la arena del recuerdo agrio de la muerte. Su cuerpo con ella, moría en un quejido sordo. Sus entrañas ardían y se tambaleaban por dentro, como si todo su vientre se hubiera hinchado con cientos de litros de agua. Agua salada que flotaba tratando de salir por sus poros. Sin saber cómo, subió las escaleras que conducían a la planta de arriba. Supo dónde estaba porque identificó las paredes con las palmas de las manos, como una ciega sin vista. De lejos, los ronquidos de la sala se confundían con la rotunda carcajada que lanzaba Juan Lisia desde el centro de la piscina blanca. Lucía buscó a Marcelo. Pero no lo encontró. Y a cada paso que daba con la vista nebulosa cortada por la arena negra del pasado, por los sonidos atroces de las bombas del alma y el ardor de un corazón batiente que se amagaba en la esquina más ínfima de su maltratado cuerpo de mujer ultrajada, entendió que ya nada tenía remedio. Y que todo principio de historia moría allí mismo. Era como sentirse depositaria del mayor enigma de la humanidad, de uno de los misterios de Fátima, del origen mismo del universo, y no poder revelarlo por más que su ser quisiera lanzarlo fuera, como una exclamación de libertad. En ese momento, Lucía Zagra fue consciente de que todo su mal, todo lo que acababa de sufrir, tenía que morir en ese instante; tenía que mutilarlo y arrojarlo al pozo mudo de los secretos. Juan Lisia era un hombre inteligente. Despreciable, sí. Pero inteligente. Pues supo, antes incluso de propasarse, que ella nunca diría una palabra de lo sucedido. Por Marcelo. Porque era capaz de sufrir por sí misma sin repercutir en otros su sufrimiento. Juan Lisia se dio cuenta de que, de cualquier manera, él era vencedor de la partida disputada contra Marcelo Dosaguas. Vencedor porque había conseguido a su mujer. Y vencedor porque ella jamás revelaría lo sucedido para que él no sintiera nunca la derrota del vencido. La más terrible y seca. La más dolorosa. La de saberse vencido ahí donde más duele. En su orgullo de hombre. En su hombría afectada. Ella se dio cuenta. Y lloró por dentro sabiendo que nada podía hacer. Salvo callar. Si


hablaba, no conseguiría remediar lo que ya había sufrido. Si hablaba, acabaría con el pobre Marcelo. Porque éste aparentaba bravura pero no era más que un pobre infeliz en busca de reconocimiento social. Si ella le contaba lo sucedido, Marcelo perdería la esperanza de convertirse en alguien dentro de ese pueblo. Si se descubría que ya no era nada al lado de Juan Lisia (quien tenía el poder, el dinero, la influencia, las tierras, y que además había disfrutado de la piel de Lucía Zagra, el más bello de los tesoros poseídos por Marcelo); entonces, de nada serviría ya el buscar el reconocimiento de sus vecinos. Vería en la expresión de todos ellos la mayor de las burlas imaginables, aunque nadie llegara a enterarse de los hechos. Y al retraerse, le retirarían la palabra; dejarían de asistir a sus fiestas; se olvidarían de él. Y acabarían con su vida y su maltrecho orgullo. Por eso, ella no dijo nada. Lucía subió a su habitación y se escondió entre las sábanas de la cama deseando que todo hubiera sido una mala pesadilla. Solo que nada fue como esperaba. Ningún olor que la reconfortara, ningún buen recuerdo, nadie que estuviera a su lado. Pensó en su madre y en su hermana, que se encontraban tan lejos. Pensó en su casa de la ciudad y en los vidrios recién abrillantados del viejo cuarto. El dorado del espejo, el color miel de la madera del tocador. Las decenas de vestidos colgando en el interior del vestidor y la larga escalera de la casa. Los suelos pulidos, resbaladizos. La sonrisa de los criados a su paso. El ruido de los primeros autos surcando las calles de la ciudad frente a su puerta. Se tapó todo lo más que pudo bajo las sábanas pero no pudo desaparecer. Y, entonces, escuchó el sonido de los truenos muy dentro de su mente. Junto con los cañones y el golpeteo de la tierra cayendo a puñados entre las trincheras grises. La marea turbia del mar embravecido y confuso por las explosiones. Y su voz. La voz de Pierre viniéndola a rescatar. Pierre. Pierre. Pierre. Y sus diluvios. “Sourds, étang, Écume, roule sur le pont, et pardessus les bois; draps noirs et orgues, éclairs et tonnerre, montez et roulez; Eaux et tristesses, montez et relevez les Déluges”. “Montez et relevez les Déluges”. “Relevez les Déluges”.


“Les Déluges”. “Les Déluges”. “Les Déluges”.

VIII: Llega Rosa. 1917. Semanas después, coincidiendo con el comienzo del mes de agosto de 1917, sufrieron las temperaturas más altas de todo el verano. El sol, amigo inesperado de los rincones habitualmente oscuros del jardín, abrasó los pétalos coloreados de las flores y secó los tallos y las ramas más tiernas del roble. Se abrieron huecos donde siempre hubo un manto de hierba y hojas; los muros que lindaban la propiedad de los Dosaguas alcanzaron temperaturas altísimas y era imposible refirmarse en su superficie durante más de dos minutos seguidos. Fue entonces, cuando Lucía sintió el impulso irrefrenable de pintar. Como cada día, se quedó sola en la casa mientras su familia trabajaba en la vaquería. Salió a caminar por el jardín, descalza y sin apenas ropa, escuchando en silencio el trino de los pájaros que se acercaban a resguardarse bajo las sombras de los vestuarios de madera, dejando las ramas de los árboles vacías y escuálidas de su compañía. Era temprano y le gustaba sentir la soledad de la mañana, la quietud de todas las cosas que comenzaban a despertarse con el día. Un día atroz y asfixiante. Miró al cielo sin nubes y se quedó absorta durante unos instantes. Después, corrió hasta el interior de la casa y se perdió en un rumor de ruidos y muebles en movimiento. Escarbó en el fondo de la chimenea buscando un pedazo de carboncillo seco, lo rescató del polvo de las brasas y regresó al jardín con un pedazo de papel entre sus manos. Se tumbó en las baldosas que bordeaban la piscina, salpicándolas antes con agua para soportar el calor de su superficie y se puso a dibujar alzando, de vez en cuando, el papel sobre su cabeza para ver el efecto de sus trazos. Pese a que era una posición imposible, continuó ansiosa, incorporándose y sentándose, enroscando y desenroscando las piernas, cambiando el peso de la espalda


y aliviando los hombros hacia atrás. Diez minutos más tarde terminó el dibujo. No estaba del todo mal. Dio la vuelta al papel y comenzó a esbozar la silueta del roble en el centro del jardín. Luego, la fachada uniforme de la casa, con su color ocre salpicado por las manchas negras del hierro forjado de las lámparas de aceite; la madera de las contraventanas; las cortinas bordadas y blancas. Dibujó todo lo que estuvo a su alcance. Detenido, aguardando a ser mirado. Esa mañana, el tiempo pasó más rápido de lo normal para una Lucía extasiada de asombro ante la facilidad con la que los trazos generaban figuras perfectamente identificables. En cierto modo, bellas. Al llegar la tarde, Marcelo y sus hijos volvieron a casa y la encontraron totalmente revuelta y desordenada. Lucía había rebuscado en todos los cajones para encontrar cualquier papel sobre el que poder dibujar una flor, una mariposa, una enredadera, el suelo del jardín, e incluso uno de sus pies. Ese día hizo nada más y nada menos que veinticuatro dibujos a carboncillo. Cuando entraron en la casa y nadie contestó a su llamada se asustaron porque sabían que Lucía no salía nunca sola por temor a la presencia tan próxima del bosque; y cuando la encontraron aún sentada en el suelo del jardín, con la espalda y la nariz coloradas por soportar el sol incesante, no pudieron evitar una mueca de sorpresa que les dejó a los tres embobados. Darío rompió el silencio con una de sus resonantes carcajadas, a la que Lucía respondió con sorpresa, asustada por no haber medido el tiempo y tenerlos ya de vuelta sin nada preparado para la cena. Se acercó a ellos corriendo y fue pasando por sus manos, de uno a otro, un puñado de hojas llenas de dibujos un tanto abstractos. Y mientras Marcelo y Jaime permanecieron boquiabiertos sin saber qué decir ante tal reacción de Lucía, Darío la felicitó entre risas y le regaló el oído con cumplidos sinceros y emocionados. Esa noche, Lucía preparó un pastel como si hubiera que celebrarlo y convenció a Marcelo, engatusándolo como ella sabía hacer, para que al día siguiente Darío fuese a la ciudad a comprar materiales con los que pintar decentemente. Marcelo accedió a regañadientes mientras Darío daba tumbos de alegría, emocionado ante la posibilidad de disfrutar de una mañana en el ambiente distraído de la ciudad, fuera del olor de las vacas, la leche tibia recién ordenada y la paja. Aquella noche, del mismo modo en que la excitación mantuvo a Darío desvelado, Lucía ahuyentó el sueño con su impaciencia; cada uno sabía que el otro estaba despierto, como si entre ellos existiese una


especie de conexión que no obedecía a ningún vínculo de sangre puesto que el único nexo de unión entre los dos era Marcelo y esa increíble capacidad para admirar la belleza de las cosas y para expresar un mundo con una simple mirada. Al final de la tarde del día siguiente, Darío regresó de la ciudad cargado de bolsas con papeles de dibujo, un caballete de madera, pinturas y aceites para pintar al óleo, carboncillos, una paleta y una tela para hacer un lienzo. Lucía sacó todo el material al jardín y guardó lo que no iba a utilizar en la caseta vestuario para protegerlo del sol o de alguna extraviada llovizna. Sacaron varias sillas sobre el césped y se quedaron mirando los trazos sobre el papel. Les sorprendió la noche sin haber preparado nada para cenar y, en silencio, los tres varones de la familia Dosaguas se preguntaron si Lucía no estaría desapareciendo lentamente tras esos dibujos que le robaban el tiempo. Luego, acostado y sin poder conciliar el sueño, Darío se sintió afortunado de tener una nueva madre como Lucía. Gracias a ella, los días no eran interminables y mortecinos; le conseguía pequeños respiros que aliviaban el opresivo trabajo entre las vacas sin que su padre se diera cuenta; podía reír sin sentirse extraño, podía ser algo más libre. Durante todo el mes, Lucía envolvió la vida de los Dosaguas con sus pinturas. Al principio, necesitó la presencia física de lo que quería pintar para que resultase algo aceptable por eso, cuando quiso retratar a las vacas de manchas negras que tanto enorgullecían a Marcelo, tuvieron que vendarle los ojos y acompañarla a la vaquería, como a una ciega entusiasta, día tras día a lo largo de una semana hasta que terminó. Solo que ella las pintó con colores azules y manchas grises, agrupadas en un círculo o colocadas en hilera una tras la otra. Combinó de forma anárquica distintas técnicas del arte que aprendió en Italia, decantándose finalmente por un impresionismo abstracto muy personal. Con el paso de las semanas, Lucía pudo pintar de memoria, por lo que sus cuadros posteriores comenzaron a combinar de manera inexplicable objetos con animales y con paisajes, todos ellos irreconocibles por su misma técnica. Colgaron los primeros cuadros en las paredes de las habitaciones y, cuando la estética comenzó a resentirse por el exceso, se apilaron unos con otros en el interior de una de las habitaciones del piso superior, en el desván, en la cocina y en el jardín, donde aguardaban a la vez siete lienzos en espera de que sus huecos se fuesen rellenando con la inspiración. Los temas de conversación también cambiaron y se reorientaron a la pintura, a los grandes pintores del siglo pasado y a los


que despuntaban en ese momento; y fueron necesarias nuevas expediciones a la ciudad en busca de materiales con los que satisfacer la necesidad artística de Lucía. Marcelo se refugió en el trabajo para huir de charlas que no le interesaban en absoluto pero Darío, en las horas de descanso, después de la comida y al final de la tarde, observaba a Lucía pintar en el jardín y escuchaba todo lo que ella decía acerca de Vincent Van Gogh, su postimpresionismo y su utilización de los colores; cómo le sorprendió la intensidad con la que Ando Hiroshige reflejaba la violencia de la lluvia en El puente Ohashi bajo la lluvia; o la delicadeza de ocres con los que Paul Cézanne pintó El monte de Sainte Victorie. De este modo, escuchando la voz de Lucía, Darío pudo construir en su mente aquellos cuadros gracias a las profundas y sinceras descripciones. Se evadía del trabajo rutinario, del olor a excremento de vaca, del ordeño que agotaba su larga espalda. Incluso ella le permitía participar en sus cuadros dibujando pequeños detalles como los rayos anaranjados del sol, las pezuñas de una vaca o la sombra de una mesa. Así, perdidos en medio de las montañas como el tallo de una planta en mitad de un bosque, Marcelo, Darío y Jaime vivieron la pintura de Lucía. Hacia la mitad del mes de septiembre de 1917, Lucía descubrió que estaba embarazada. Despertó durante la noche y salió al jardín a observar la luna llena, brillante, tan enorme que arrinconaba la oscuridad. Las noches se mantenían templadas, acusando quizá el exceso de temperaturas de ese verano que ya se marchaba, de modo que Lucía apenas se cubrió los hombros con una bata de seda y se perdió entre el tejido espeso de las flores. Se tocó el vientre segura de su estado y supo que sería una niña. Una criatura muy hermosa. Al mismo tiempo, se enganchó el cinturón de su bata con las espinas de los rosales, como si trataran de apresarla. Y lo tuvo muy claro. Su niña se llamaría Rosa, como las gracias de su jardín, blancas, rojas, rosas y amarillas. No pudo ser más paradójico, una flor que atrapa a otra, una Rosa cautiva, capturada como la vida le descubriría tantos años después, como aquel gesto de la naturaleza, tan inteligente, natural y predestinado. Nada pudo imaginar Lucía. Nada supo Rosa, que se gestaba en su vientre. Como nada imaginó Lucía acerca de Juan Lisia y lo cerca que éste podía estar de la paternidad compartida; nada pensó, ni siquiera cuando esa misma noche, ya acostada al lado de Marcelo, escuchó al caballo blanco


de Lisia galopando en círculo alrededor de la casa. Haciendo la primera de sus rondas. Tan iniciática como premonitoria. En las noches que siguieron, volvió a escuchar el trote hueco de las pezuñas del caballo sobre la hierba de fuera de la casa. Sus relinches silenciados por la mano de Lisia certeramente colocada en la boca del animal, acompañada de caricias en la punta de las orejas. Los pasos cortos, luego largos; el lugar en el que, cerca de la ventana del dormitorio, se detenía a espiar aprovechando que el terreno hacía una elevación y la vista se cruzaba con el espacio íntimo del cuarto. La silueta de Lisia sobre el caballo; el aliento de éste causando vaharadas en las primeras noches frías que obligaron a los Dosaguas a cerrar las ventanas. Lisia moviéndose lento, ajustando sus botas de piel hasta la rodilla, agarrando las cinchas entre los dedos gruesos, observando el mundo como observaba a sus estatuas muertas. Marcelo se emocionó al pensar que sería padre de nuevo pero se disgustó por la seguridad con la que Lucía afirmaba que sería una niña. En el fondo, a Marcelo no le hacía falta una niña, prefería más ayuda para su negocio, para la prosperidad de todos. Y no sabía cómo encajar a otra mujer en su estructura de futuro. Al menos, de momento. Igual que Lucía, él también pensó que sería una belleza de criatura. Si lo era la madre, la niña no podía serlo menos. Los hijos de Marcelo, por su parte, se sorprendieron más aún por la noticia. Darío estuvo toda una tarde con el pensamiento ausente, recordando a su madre y tratando de imaginar cómo cambiarían las cosas. Mientras Jaime pensó en sus hermanos muertos y en los niños que enfermaron en la época de la poliomielitis. Al final todo se reducía a la vida y a la muerte, los ciclos y sus flujos. Durante los primeros meses de su embarazo, una vez llegado el frío y el viento desde las montañas, Lucía se encerró en la casa y se parapetó en medio el salón con todos sus materiales de pintura. Pintó decenas de mujeres gestantes, de diversos tamaños, vestidas con colores llamativos, enormes y gruesas, delgadas y tocadas con sombreros de ala ancha, descalzas, con los tobillos inflamados y las mejillas sonrosadas. Fue algo que la obsesionó durante meses. Y en cada uno de los cuadros aparecían las rosas, de cualquier color pero siempre abiertas, arracimadas, frescas. Por las noches, sin poder conciliar el sueño, Lucía dejaba a Marcelo dentro de la cama y, a la luz de una vela, daba paseos por el desván. Rebuscó entre los recuerdos ajenos y misteriosos de la familia Almansa:


los marfiles de India, los pañuelos color azafrán con dibujos selváticos, o los tocadores rectangulares de madera de eucalipto. Se sentaba en un rincón, cerca del alféizar de una minúscula ventana que daba al exterior, y observaba el juego de movimientos que hacían las sombras al compás de la llama de la vela. Se quedaba largas horas sin pensar en nada más, aspirando el peso de la noche, sosteniendo el vientre que crecía sobre sus manos entrelazadas. Hablando en silencio a su rosa, su bonita Rosa. Desde entonces hasta el 19 de abril de 1918, día en que nació Rosa Dosaguas, todo pasó muy rápido, sin espacio para otra cosa que no fuera la pintura gestante y la evasión. Después de nueve meses dando por hecho que tendría una niña, ninguno se extrañó de que finalmente lo fuera. El día en que Rosa Dosaguas vino al mundo llovía ligeramente, pero no fue impedimento para que buena parte de los vecinos del pueblo pasaran a visitarla en su lecho. Fue entonces cuando Lucía volvió a ver a Juan Lisia. Éste entró en el dormitorio con el cabello mojado y se quedó charlando con Marcelo en un rincón, donde aprovechaban la distancia para fumar. Candela Orriete, la esposa de Juan Lisia, se acercó hasta la cama con sus dos pequeños a cada mano. Daniel y Marcos, que ese año cumplirían tres y cuatro años respectivamente, miraban sorprendidos a la señora que estaba en la cama sin dormir. Mientras las dos mujeres hablaban, Juan Lisia no apartó los ojos de una de ellas. Lucía se sintió observada pero trató de no hacerle caso. Entonces, un pensamiento furtivo que recordó haber tenido en algún sueño que, a la mañana, había olvidado, la invadió y se sintió presa del pánico. Un pánico tan atroz, tan angustioso, que se apresuró a lanzarlo fuera de sí misma y a desterrarlo para siempre. Porque nadie lo merecía. Ni Rosa, ni Marcelo ni ella misma. Y mucho menos Juan Lisia, el culpable de aquel espanto imaginado. Por una fracción de segundo, Lucía sintió el mismo dolor que la noche en que fue forzada. Después de todo un día de agradecimientos y saludos, Lucía se sintió sola. Le hubiera gustado ver a su madre y a su hermana Aurora, a sus amigas de París o a sus primos de la ciudad. También pensó en Pierre. Pierre Dumonde habría sonreído con la pequeña entre sus brazos. Más tarde, se dejó vencer por el agotamiento y soñó. En sueños sólo vio un jardín cuadrado de unos dos metros de anchura; a los lados, unos espesos setos de más de tres metros de altura, estaban entretejidos por las ramas de unos rosales bordes que se alzaban, atrapándola en el interior del


cubículo. Le gustó el olor, pero le molestó no encontrar la salida. Cada vez que intentaba acercarse a las ramas pensando que había un hueco por el que mirar, se pinchaba con las rosas. Las yemas de sus dedos sangraban débilmente, y sus cabellos se enredaban con las ramas, despeinándola. Si miraba a lo alto de ese cuadrado de rosas, veía el cielo azul, lejano y claro. Y, más allá, creía escuchar el sonido de agua corriendo por canales muy estrechos. Agua salada de mar. Cuando el sueño cambió y las rosas se transformaron en los troncos de unos árboles de tronco oscuro y grueso, Lucía reconoció el bosque circular que un día la poseyó. Gritó. Pero no pudo escapar.

IX: Darío, la tormenta y la literatura. Sin que apenas se dieran cuenta, el invierno de 1918 irrumpió en las vidas de los Dosaguas de la misma forma violenta en que alteró la monotonía del pueblo entero: a modo de torrenciales lluvias que arrastraron a su paso todo lo que pudieron. A mediodía del 24 de diciembre, cuando la mitad cristiana del pueblo se preparaba para celebrar la cena de Noche Buena, empezó a caer una llovizna rápida y ligera sin perturbar la luminosidad del día, durante el tiempo justo en que una nube tardó en atravesar el pueblo. Algunas vecinas que se cruzaron en la plaza principal, soportando en la parte delantera del codo el peso de sus cestos excepcionalmente repletos de comida y verduras para la cena, se atrevieron a calificar de buenaventura al tímido chaparrón que las había sorprendido en mitad de la plaza sin nada con lo que cubrirse. Se retiraron corriendo del carro en el que el mercader ambulante vendía pescado fresco traído de la ciudad y llamaron a las casas de sus convecinos para que les permitieran refugiarse de la llovizna. Amablemente, les abrieron las puertas y, en grupos de tres o cuatro señoras, comentaron lo bonito que estaba el día, despejado y con el sol brillando en lo alto, con la lluvia fina tejiendo el cielo con cabellos de ángeles que descendían a desearles buenas fiestas. Casualmente, todas las señoras allí reunidas eran fervientes creyentes por lo que ninguna discutió las palabras de esa viejecita que hizo el comentario de los cabellos milagrosos caídos del cielo sino todo lo contrario, permanecieron con las


puertas de las casas abiertas hacia el exterior, contemplando la lluvia en el resguardo de los recibidores al tiempo que pensaban en algún truquito que mejoraría el sabor del caldo o afinaría la salsa de los cardos. Sin embargo, ninguna de ellas pudo siquiera imaginar que aquel tímido chaparrón mañanero no era otra cosa que el preludio de un diluvio (a escala de la importancia del pueblo) que asoló sus casas durante tres largos días. Cuando las ancianas dejaron la plaza principal del pueblo y volvieron con la compra al cobijo de sus casas, cálidas por el calor de las estufas de leña, el cielo se tornó de un color gris sucio y dio la impresión de que descendía un poco más hasta acercarse a sus cabezas, lo que en otros tiempos se habría calificado exageradamente como presagio del fin del mundo. En menos de diez minutos, el día se oscureció debido a la intromisión de unas nubes recias, plomizas y sinuosas que se desplazaban con el sigilo silencioso de los malvados. Las calles adoquinadas, los caminos de tierra, las paredes de ladrillo de las casas, los campos de trabajo, el viejo molino de José Verlado, quedaron ensombrecidas por el trastorno físico del día. El pueblo entero abandonó sus trabajos y quehaceres diarios con la excusa de celebrar la Noche Buena, aunque el verdadero motivo fue que el miedo se introdujo en sus cuerpos al presenciar un día tan horrible. Los no creyentes, que en el pueblo abundaban en alarmante y creciente proporción, no pudieron utilizar la excusa de la Noche Buena para volver a sus casas pero encontraron otras a cuál más extraña. El caso de Lucía Zagra no fue distinto al de los demás. Como era habitual, Marcelo y sus hijos Darío y Jaime trabajaban en la vaquería durante el día haciendo un descanso para comer y terminando al caer la tarde; entretanto, Lucía consumía las horas en sus ocupaciones artísticas, sus pinturas o sus pequeñas figuras de porcelana. Desde muy temprano esa mañana, Lucía salió al jardín cargando con la cuna de madera de la pequeña Rosa. La colocó a la sombra del roble y se sentó en la hierba a leerle un libro de poesía romántica de Lord Byron para acostumbrarla al sonido de las palabras y las rimas. Rosa, a sus seis meses de edad, balbuceaba desde su cuna y trataba de levantar su pesado trasero de bebé para alcanzar las ramas del árbol que se movían. Les sorprendió la llovizna repentina de la mañana y, una vez se resguardaron tras la puerta acristalada del salón, Lucía ya no se atrevió a salir de nuevo al jardín porque apreció en el cielo la tonalidad malsana y tenebrosa de la guerra, la que tiñó las playas de Gallípoli con el humo de los bombardeos.


Aseguró las puertas, cerró las contraventanas de madera previendo la llegada de una gran tormenta y se sentó en el sillón del salón, escondiéndose tras la penumbra y evitando los recuerdos. Pero la imagen nítida del rostro ensangrentado de Pierre Dumonde, cubierto de arena, con los ojos inexpresivos y apenas reconocibles, se le clavó en el pensamiento haciéndola temblar y deseando no tener que volver a escuchar un solo trueno más. La llegada inesperada de Marcelo y sus hijos antes de lo acostumbrado sobresaltó de tal modo a Lucía que corrió asustada hasta la puerta y no paró de preguntarles si habían sufrido un accidente, sin darse cuenta de que no les dejó contestar con sus palabras nerviosas, atropelladas e inconexas. Después de llegar casi al histerismo, Lucía vio cómo las alegres caras que traían se volvían preocupadas e interrogativas por su reacción y, avergonzada, reconoció haberse puesto muy nerviosa por la tormenta. Marcelo Dosaguas no creía en Dios de modo que su excusa para abandonar el trabajo antes de tiempo discurrió por lo rocambolesco: afirmó que así se equilibraban las pérdidas y ganancias que los vecinos pudieran contabilizar ese día, evitando él sentir remordimientos por ser más rico, inteligente y libre de las ataduras religiosas y moralistas que atrapaban a los demás. En el fondo, Marcelo no pudo disimular su disgusto ante un día tan negro pero no quiso reconocerlo. Después de comer, Darío se asomó al jardín seguido de Lucía quien, pegada a su espalda, le cogía por los hombros en un rictus de nerviosismo como si tratara de protegerlo de algo que sólo ella conocía. En lo alto, las nubes negras avanzaban a velocidad de vértigo atrayendo a un viento helado y sombrío que bajaba desde las montañas. En torno al pueblo, se trazó un borrón oscuro que penetró lentamente por las calles como una súbita niebla. Un poco más lejos, el bosque circular quedó fundido entre las nubes y la apenas perceptible silueta de las montañas. Y, entonces, llegó la lluvia. Esa noche tronó mucho más de lo que Lucía pudo soportar. Los vecinos, protegidos en el interior de sus casas, cenaron a disgusto, más pendientes de la proximidad de los quejidos de la tormenta que del ritual religioso. La anciana que describió la llovizna caída durante la mañana como cabellos de ángeles se llevaba ahora las manos a la cabeza gritando de miedo por el fulminante resplandor de los relámpagos que conseguía entrar en la casa a pesar de las contraventanas. Su familia la agarraba con las manos y la sacudía para hacerla entrar en razón pero ella veía en esas luces reflejos de otros fuegos en nada comparables a los de la estufa de


leña. Sus hijos colocaron paños de cocina sobre las rendijas de las contraventanas por las que penetraba la luz de los relámpagos pero fue inútil. Y como esa anciana, muchos loraron por la intensidad de la lluvia. En unas horas, la lluvia se transformó en riadas de agua que bajaban desde la plaza principal por todas las calles en cuesta hasta acabar en los caminos que conducían a los campos. Los hombres, como hicieron Marcelo y sus hijos, salieron a las puertas y fueron testigos del arrastre perpetrado por esa primera riada de la Noche Buena. Los carros eran desplazados por el ímpetu del agua y chocaban contra las paredes próximas de las calles estrechas, seguían desvencijados o partidos hasta acumularse, con otros objetos arrastrados, al final de las cuestas en el comienzo del pueblo, muy cerca de la casa de los Dosaguas. Por su puerta pasaron carros, bancos de la Iglesia, varias mesas de madera, un apero de labranza, una jaula llena de gallinas ahogadas, un colchón de lana, cinco ovejas, el espejo de una cómoda… Casualmente se encontraban mirando la riada desde el vano de la puerta cuando el joven campesino Demetrio Blanco cruzó la calle arrastrado por el agua y se aferró a una tubería saliente de la pared de la casa. A los gritos de Marcelo, Lucía llevó hasta la puerta una escoba de palo largo con la que atrajeron al asustado Demetrio Blanco hasta la casa. Temblando como un niño, Demetrio les contó que la lluvia lo había tirado al suelo cuando giró por una de las calles más arriba y había estado a punto de ahogarse. Lo taparon con una manta y lo llevaron junto a la chimenea. Lucía pidió a Jaime que se quedara con el chico para hacerle compañía y ella subió a encerrarse en su habitación, junto a la cunita de la pequeña Rosa. Por delante de la puerta de entrada, Marcelo y Darío colocaron un panel de madera para impedir que el agua que descendía calle abajo entrara a la casa. Fue entonces cuando un enorme relámpago bañó el pueblo con ráfagas de intensa luz y, a través de las puertas acristaladas del salón, advirtieron que la tormenta inundaba el jardín. Marcelo, Darío y Jaime salieron al exterior mientras el joven Demetrio Blanco sujetaba con sus manos temblorosas y húmedas la puerta acristalada para que el viento no la rompiera de un mal golpe. En segundos, se empaparon sus ropas. Con el agua acumulada por encima de los tobillos, Marcelo se colocó en el muro del jardín tras el cual se encontraba la pendiente que descendía desde la vaquería hasta el final del pueblo. Con ayuda de un pico que empleaban para las plantas, golpeó en la base del muro con la intención de hacer un socavón por el que escapase el agua estancada del jardín.


Entre tanto, Darío y Jaime recogían en el vestuario los pinceles y las pinturas que Lucía había dejado olvidadas esa mañana así como las sillas, las mesas de mimbre y otros muebles que podían estropearse con la tormenta o ser arrastrados por ella. Con el pico alzado en el aire, Marcelo escuchó el mugido de sus vacas procedente de la vaquería. Chillaban de manera sorda y congestionada como si estuvieran locas. Escuchó también un golpeteo angustiado que lamentó reconocer. Sus vacas trataban de escapar. Pero si lo hacían, si tumbaban las puertas que las retenían y salían al exterior, morirían arrastradas por la lluvia. Lanzó el pico con toda la fuerza y la rabia contenidas y abrió el pretendido socavón en la parte más baja del muro, junto al suelo. Corriendo tan rápido como pudo, Marcelo Dosaguas salió del jardín anunciando que iba a la vaquería y pidiendo a sus hijos que terminaran el agujero. Con el agua cayendo violentamente sobre su rostro, Darío Dosaguas miró a su padre y quiso decirle que no fuera. Pero no pudo hacerlo. Sabía que era imposible frenar su testarudez y sus vacas; las quería tanto que no podría disuadirle de estar a su lado ahora que peligraban. Pero tampoco le siguió. Dejó a su hermano Jaime en el jardín haciendo el socavón, pasó al lado de Demetrio Blanco que los miraba sin entender por qué se exponían tanto al peligro, y, chorreando, subió las escaleras que conducían al piso de arriba. Sin pensar en lo que hacía. Marcelo Dosaguas cerró tras de sí la puerta de entrada de su casa y colocó de nuevo el panel que impedía la entrada del agua. La calle se encontraba en plena oscuridad y el viento arrastraba la lluvia contra él. Tambaleó al asomarse hacia fuera para ver a dónde conducía el agua que descendía por la calle en riada. A punto estuvo de perder el equilibrio y caer, pero se agarró a la pared; meneó la cabeza comprobando que era imposible descender la calle sin ser arrastrado por el agua y, quizá, sin ahogarse. Si se descuidaba perdería la vida. Y la de sus vacas. Y no podía dejar sola a su familia. Se quitó el jersey de lana que llevaba puesto y sosteniéndolo con fuerza en una mano lo lanzó hacia lo alto para que se enganchara en el tejadillo de entrada. Lo intentó varias veces, cegado por la lluvia dentro de los ojos, hasta que el jersey se agarró. Levantando la pierna con dificultad se apoyó a la pared y, haciendo palanca, se encaramó hasta el tejadillo. Sintiéndose demasiado pesado para tantos esfuerzos, Marcelo Dosaguas trepó al tejado de su casa y, zarandeado por la lluvia, trazó pasos equilibrados sorteando los resbalones de las tejas. Recorrió unos cuantos metros hasta que rodeó la casa y, cuando la vista le enseñó la borrosa figura de la ladera, saltó al vacío. Lo hizo por instinto,


sin recapacitar en lo que hacía. De haber dado un mal paso, Marcelo habría sido arrastrado por la enlodada tierra blanda del comienzo de la ladera y se habría ahogado sin remedio en la balseta de agua que la tormenta comenzaba a hacer al final de la calle, donde confluían los caminos que daban a los campos de cultivo. Esta vez, la suerte jugó de su lado y evitó su desgracia. Marcelo Dosaguas cayó con todo su cuerpo sobre la tierra de la ladera. Se hundió en ella y sintió cómo pequeños riachuelos descendían desde lo alto de la vaquería y se introducían por el cuello de su camisa y por sus pantalones. Comenzó a resbalar deslizándose hacia abajo; se agarró a unas hierbas y trató de enderezarse. Mientras se despegaba del suelo, vio con claridad que su cuerpo era una enorme mancha de barro desde el cuello hasta los pies; pero no le importó lo más mínimo. Sacó fuerzas de donde no le quedaban y, cuando recuperó la estabilidad, caminó torpemente, como una momia errática, lanzando los brazos hacia delante para equilibrar su ascenso. A lo alto, la vaquería apenas sí era perceptible tras la densa capa que la lluvia formaba ante sus ojos. Un nuevo mugido coral, angustioso y traumático, le hizo apretar los dientes con fuerza. Sin darse cuenta, la comisura inferior de su labio comenzó a sangrar. Jaime Dosaguas terminó de hacer el agujero en la base del muro, lanzó el pico a un rincón y se introdujo en la casa. Demetrio Blanco cerró la puerta tras él con un gran esfuerzo ya que el viento intentaba impedírselo. A los pies de Jaime se formó un charco de agua que crecía conforme escurría el agua filtrada entre sus ropas. Demetrio le ayudó a desvestirse y juntos se introdujeron bajo la manta y se acercaron a la chimenea para calentarse. Temblaron de frío y quemaron las palmas de sus manos de tanto acercarlas al fuego. Entre el esperpéntico rugido de los truenos y el sonido furioso del agua arrastrando la corteza de ese que era su particular mundo, ninguno de los dos se atrevió siquiera a decir una palabra. El miedo les impedía pensar. Por este motivo, Jaime Dosaguas tardó en darse cuenta de que no había preguntado a Demetrio ni por su padre ni por su hermano pero, entonces, ya no tenía sentido hacerlo. En el rincón opuesto a la ventana de su cuarto, Lucía Zagra agarraba con fuerza entre su pecho el cuerpecillo dormido de Rosa. Cerró los ojos para no tener que ver la luminosidad de los relámpagos y, con las manos, dio calor a su pequeña frotándole suavemente el cuerpo. Le encantaba


sentir el movimiento de los deditos de Rosa, pequeños y llenos de energía; las patadas que lanzaba con sus pies minúsculos con los que intentaba andar, como si deseara levantarse para explorar el mundo, como si le encantara conocer y aprender cosas nuevas. Rosa era inquieta, vivaracha y juguetona, pero los truenos la enmudecieron y su cuerpo, inmóvil, se unió al pecho de Lucía para no molestar a la tormenta, tal vez por si las aguas pensaban ir a por ella. Lucía peinó con los dedos el pelo fino y oscuro de la pequeña y le susurró al oído palabras sueltas, tratando de reconfortarla. De nuevo, el fulminante relámpago atravesaba el cuarto y buscaba un modo de colarse bajo sus pestañas; por eso Lucía cerraba los ojos con fuerza y metía la cabeza entre la ropa y el cuerpo de Rosa, deseando no ver esa luz mortífera que le recordaba la muerte de Pierre Dumonde y los gritos angustiados de William B. Harris hundiéndose sin piernas en el fondo del lodo. Cuando se abrió la puerta de su cuarto, Lucía no se atrevió a mirar por si al hacerlo se encontraba con algo no deseado. Trató de afrontar el pánico buscando en su mente imágenes tranquilizadoras, recuerdos amables que aplacaran sus miedos; intentó concentrarse y reconstruir un momento de su infancia en el que sus padres la llevaron por primera vez a conocer el mar. Le pareció tan inmenso y poderoso, tan magnético, que no pudo esperar. Se soltó de manos de su madre, corrió levantando la arena con sus zapatos de charol y se lanzó a la orilla vestida con sus mejores ropas de domingo. Fue una de las pocas ocasiones en las que no escuchó reproches de sus padres, la vieron tan ilusionada que le permitieron chapotear hasta que se cansó. Sin embargo, sin entender el motivo, otro pensamiento más fuerte que éste se colaba tras el negro de sus ojos y emergía, como una imagen fantasmagórica que la inquietaba aún más que los truenos. Cientos de hojas verdes y brillantes se movían ante sus ojos agitadas por el viento, tan próximas que creía poder tocarlas. Cuando acercaba la mano, las hojas se retiraban en movimientos ondulantes y circulares como una espiral concéntrica que tratara de hipnotizarla. Se alejaba en perspectiva y, del centro del ángulo visual, brotaba un pequeño bosque cuyos árboles entrelazaban las ramas formando un círculo. La imagen se perdía hacia el infinito haciéndose cada vez más y más pequeña a sus ojos pero, al llegar a su fin, volvía impulsada por un resorte y se acercaba a Lucía creciendo y creciendo hasta engullirla. Abrió los ojos sobresaltada. Sin decir nada, el joven Darío se acercó y se tumbó en el suelo; se arrimó al cuerpo de Lucía y escondió la cabeza


en su costado temblando de miedo como un niño pequeño. Lucía lo arrulló como a Rosa. Al cerrar los ojos sintió que los tres estaban mucho más cerca, más próximos uno del otro. De nuevo el trueno, el relámpago, el escalofrío conjunto y estremecido desde sus piernas. Fue entonces cuando, sin esperarlo, Lucía recordó y pronunció en voz alta las palabras que Pierre Dumonde le susurró para tranquilizarla en otra lejana tormenta: “Mana, estanque, rueda, Espuma, sobre el puente, y por encima de los bosques; paños negros y órganos, relámpagos y trueno, subid y rodad; Aguas y tristeza, subid y reanimad los Diluvios”. Fue esa la segunda de tantas veces que Lucía Zagra repetiría las palabras de un poeta recitando a otro poeta con el objeto de silenciar sus peores temores. Fue la primera vez que Rosa las escuchó de labios de su madre y, aunque era un bebé de sólo seis meses, aquellas palabras sinuosas y tranquilas se asimilaron a su ser y se fijaron en el recuerdo gracias, en parte, a que su madre se esforzaba por aleccionar el oído de su pequeña a la magia de las palabras. Más que abrazarlo, Lucía pensó que estaba sosteniendo al joven Darío. En los últimos dos años había crecido con celeridad hasta sobrepasar la estatura de su padre y la de la mayoría de los hombres del pueblo; sin embargo, pese a su aparente fortaleza física, lo sentía tan frágil que le hablaba de un modo distinto a como lo hacía con el resto. Le mostraba toda su dulzura de madre, sus abiertos pensamientos, su idealizado espíritu de vida. Procuraba no herirlo como hacía Marcelo obligándole a trabajar sin descanso, rayendo sus deseos al imponerle el futuro entre las vacas. Lo sentía perdido y desorientado, un náufrago sin balsa; por eso, algunas veces, lo aferraba y lo alentaba sin que Marcelo, ni el propio Darío, se dieran cuenta. Utilizaba la sutileza, las palabras, algún gesto, un soplo. Todo servía. Y lo conseguía, del mismo modo que hacía cambiar de opinión a Marcelo. Lucía no tardó en darse cuenta de que Darío no necesitaba pronunciar palabras para que ella entendiera lo que sentía o quería decir. Existía entre los dos una especie de conexión íntima que mantenían en secreto, pensando que obraban mal. En ocasiones, suspiraban al mismo tiempo contemplando un atardecer o una hoja flotando en el agua de la piscina. Ella lo miraba inquisitiva y él salía de allí sorprendido, sintiéndose descubierto en sus pensamientos. En una ocasión, y sin venir a cuento, el joven Darío pidió a Lucía que dejara de bucear en su alma porque le parecía que no podía sentir nada en privado. Y esa noche, en mitad de la tormenta, escondidos a la vista de Marcelo y


de Jaime, Darío abrió su alma a cambio de que Lucía mantuviera sus secretos. Darío utilizó un tono deliberadamente evocador, como quien quiere narrar una historia haciendo aflorar sentimientos profundos y ocultos. Con ello no trataba de engatusarla ni de provocar en ella cierta simpatía innecesaria sino que sus palabras salieron así, sencillas y sinceras, demasiado privadas como para revelárselas a su padre o a su hermano. Por primera vez en toda su vida, Darío pudo mostrarse espontáneo y real, quizá movido por el miedo que les circundaba, por los truenos y los rayos, por la protección que sentía al estar junto a ella. Se decidió a hacerlo porque vio en Lucía a una mujer consecuente y curtida por la vida, algo demasiado arriesgado e impensable para una mujer a los ojos de un pueblo como el suyo. Además, sabía que, a diferencia de su padre, ella nunca juzgaría su forma de actuar, de pensar o de reaccionar. Darío se confesó atrapado en esa casa, como si el pueblo fuese una telaraña gigante a la que se había pegado el día en que nació. Desde niño, todo lo que aprendió estuvo vinculado a la vaquería que, desde tiempos inmemoriales, pertenecía por herencia genética a los primogénitos Dosaguas; su existencia estaba ya trazada en el pensamiento de su padre, lo que cercenaba su propia individualidad. Teniendo sólo ocho años, Darío se preguntó de dónde procedían aquellos fantásticos pensamientos, de dónde nacían las historias de magias y leyendas que cruzaban su mente durante la noche, antes de dormirse. Era imposible que procediesen de esa casa porque en ella sólo vivía la mente engrandecida de Marcelo Dosaguas, la que acabó con el sentir religioso de su difunta madre. Aquella casa era una prolongación material del propio Marcelo, una prisión física e ideológica en la que no tenía cabida ninguna idea propia, ajena a Marcelo. Únicamente en el secreto de la noche, tras las paredes de su cuarto, encontraba el refugio que ansiaba durante el día en compañía del ganado, tocaba con las manos la libertad ansiada, y daba rienda suelta a sus deseos y pensamientos. Era entonces cuando Darío se tendía en la cama y, observando las estrellas tras la ventana, se relataba a sí mismo decenas de historias que no se atrevía a escribir. Porque, de hacerlo, si algún día su padre llegaba a descubrirlas, las destruiría calificándolas de absurdas e inútiles fantasías que le distraían de sus obligaciones como hijo y del trabajo en la vaquería. Después, lo remataría con una buena paliza que alejase de su cabeza todas esas increíbles imágenes que envenenaban sus sesos. Marcelo podía convivir con una mujer independiente y con ideas propias tan bella como Lucía


pero nunca permitiría que uno de sus hijos viciara su espíritu con esa actitud evasiva de rebeldía. Darío confesó el hondo pesar que lastraba su alma; su propia existencia era su terrible lastre, su ancla profunda que le ahogaba sin remedio. Casi en susurros, Darío reveló cómo conseguía que un amigo le adquiriera libros en las ferias de mercado de la ciudad y se los pasara escondidos en el interior de cajas de clavos, entre la leña que compraban para las estufas y la chimenea, o enterrados bajo grandes piedras en los campos a los que llevaba a pacer a las vacas. Se resistía a entrar en el dormitorio de Lucía pero lo hacía, con temor de que su padre le descubriera cerca, para ojear los libros que ella trajo entre sus maletas. Las manos le temblaban de excitación cada vez que acariciaba las tapas de piel del ejemplar de Romeo y Julieta de Shakespeare que ella tenía sobre la cómoda, o las ilustraciones que jalonaban las páginas del Paraíso perdido de John Milton. Darío necesitaba leer, tenía que sentir como habían sentido los escritores al describir cada una de las páginas, cada lugar, cada sensación. Nadie en el pueblo era capaz de comprender su necesidad de leer, de aprender y de ser libre; hasta que apareció Lucía y dio un vuelco a todas sus vidas. Un nuevo trueno los dejó en silencio, contrayendo cada uno de sus músculos. La lluvia crecía en arrojo y golpeaba las contraventanas intentando arrancarlas de los marcos. Escucharon los mugidos de las vacas que, desde fuera, sonaban a desesperados y suicidas. Lucía se sintió vulnerable por las palabras de Darío. Apartó su mirada del rostro del joven para no delatarse a sí misma; de haberle mirado a los ojos habría expresado con ellos su propio pasado. Le habría dicho en silencio que huyera del pueblo del mismo modo en que ella había huido de la ciudad y de su padre, Reinaldo Zagra. Pero no se atrevió, por Marcelo. Sabía lo mucho que sufriría al descubrir que fracasaba como padre. Eso heriría su orgullo de modo fatal. Quizá para evitar en Marcelo un sufrimiento que pudiera repercutir en todos ellos, y pensando en el bebé que sostenía entre sus brazos, Lucía trató de encontrar una alternativa a los impulsos lógicos de Darío. Le costó pensar en una respuesta acorde con la realidad y que sonara convincente. Y entonces lo vio claro como el agua de la lluvia que caía. Ella amaba la literatura, formaba parte de su vida, de su pasado y de su futuro. Lucía se comprometió a ayudarle aunque fuera en secreto. Si era preciso manipular el entorno de Marcelo Dosaguas para conseguir un ambiente propicio a la literatura, hasta que se convirtiera en cotidiano e imprescindible para él, ella lo conseguiría. Se comprometió


con Darío a utilizar sus propios recursos para acercar hasta él aquello que le hacía vivir. Si lo que deseaba por encima de todo era escribir, ella le presentaría a los mejores escritores que conocía. Y, en secreto, apoyaría sus creaciones, estimularía su fantasía del mismo modo en que acostumbraba el oído de Rosa al sonido de las palabras. Bajo la tormenta, Lucía y Darío sellaron un pacto íntimo, un acercamiento secreto que reforzó sus vínculos e hizo más transparentes sus vidas. En el mismo instante en que Lucía y Darío confabulaban al secreto de la noche contra las retrógradas ideas de Marcelo Dosaguas, éste empujaba la puerta de la vaquería y entraba en ella. Sus queridas vacas aullaban de pánico, empapadas en la lluvia que penetraba por el tejado en forma de innumerables goteras. Habían tumbado las puertas de las estancias en las que se agrupaban de diez en diez y se habían mezclado presas del pánico buscando un lugar por el que escapar de su prisión. Estaban nerviosas, algunas se mordían entre ellas con sus bocas gruesas y sus labios rosados, se golpeaban y tropezaban con sus pesados cuerpos. Marcelo se arrodilló ante ellas y extendió los brazos tratando de hacerlas retroceder, gritando sus nombres por encima de los truenos para que le obedecieran y se reagruparan. Avanzó hacia ellas, agitó los brazos como si avivara un fuego y palmeó sus torsos mojados para obligarlas. Las vacas mugían con dolor pero, al ver a su dueño, se calmaron y retrocedieron disgustadas. Desde el tejado, la lluvia penetraba por la vaquería en forma de chorro; se formaron charcos que pronto se estancaron y el agua aumentó su nivel de manera preocupante. Marcelo tomó una manta seca de las que se apilaban en uno de los almacenes de hierba y se cubrió para resguardarse del frío que traía la lluvia. Se quedó de pie en mitad de la vaquería sin saber cómo contendría el agua, desconociendo el destino que sufrirían sus vacas. Se sintió perdido. Y solo. Muy solo. Fue Demetrio Blanco quien llamó la atención a Jaime acerca de la ausencia prolongada de Marcelo. Jaime retiró la manta que les cubría a ambos y se apartó de la penumbra y del calor del fuego vivo en el que había perdido la orientación del tiempo. Encontró a su hermano Darío en uno de los cuartos, con Lucía y la pequeña. Demetrio se quedó con ellas y los dos hermanos treparon por los tejados y dieron saltos hasta alcanzar la vaquería. Encontraron a Marcelo tumbado entre sus vacas, demacrado, empapado, con la cara hinchada por el esfuerzo. Pero no se dejó


convencer. No quiso moverse de allí. Le ayudaron a achicar el agua que se colaba por todas partes en forma de decenas de chorros de agua nerviosa. No pudieron hacer más. Marcelo, permaneció encerrado allí durante los tres días que duró la tormenta. Se angustiaba por las vacas, no soportaba verlas sufrir, de modo que pidió a sus hijos que le trajeran mantas con las que resguardar los cuerpos de los animales. Hicieron viajes bajo la tormenta, cada vez más peligrosos, más resbaladizos. Marcelo gritaba mientras ellos no estaban y seguía haciéndolo cuando llegaban cargados con las mantas. Darío le creyó enajenado pero no podía equivocarse; de haberlo hecho, de haber intentado hacerse con el control de la situación, Marcelo nunca se lo habría perdonado. Buscó en los ojos de su padre un desliz de la locura febril, el que provocaba la gripe española, pero no lo halló. Tuvo que hacerle caso. Achicaron agua con ayuda de lo que encontraron a mano: cubos, palas para remover la paja, cazos, botellas… todo fue poco para rebajar el nivel al que estaba llegando la inundación. El agua subía más y más, en ríos interminables que les alcanzaba el cuerpo, los pechos, bajo la ropa interior y hasta los tobillos. Dormían un par de horas haciendo turnos. Primero Marcelo, luego Jaime, después Darío. Éste se encargaba de ir y volver a por comida dos veces al día. Cuando llegaba, se escondían los tres en un rincón y comían con prisa. Mientras lo hacían, Marcelo aguantaba con una mano la cuerda en la que había atado a las vacas por el cuello para que permanecieran unidas. Después, las ordeñaba sin cesar para que las ubres no se lastimaran; como no podían conservar la leche, debido a la fuerza de la tormenta que podía con todo y volcaba los cubos, la vertían y dejaban que la lluvia la arrastrara ladera abajo hasta que se formaban pequeños riachuelos de leche. Cuando todo pasó, tres días más tarde, los dos hermanos tuvieron que arrastrar a su padre hasta la casa e introducirle directamente en la cama. Sufría una pulmonía.


X: El mundo a los ojos de Lucía. 1919. Con el paso de los días, Lucía se sumió en la embriaguez fantaseada de su jardín. Las madreselvas, las adormideras y las rosas se mezclaron con las margaritas, los jazmines, el romero y la menta; se adentró en los misterios de la naturaleza oculta de su reducto de serenidad. Allí se sentía segura, amada, poderosa. Desapareció la necesidad de huir y protegerse, los impulsos de rebelión y la insatisfacción a la que le conducía su familia. En el interior del jardín, Lucía dejó de ver las cosas tal y como se mostraban a los demás para verlas según sus deseos y su imaginación. Recreó la realidad, la aderezó con elementos coherentes de lo posible y lo probable para conseguir que la realidad de sus días se amoldara a otro ritmo más accesible. Se trataba de trasladar una vida circunvalada a otra que traspasase directamente la esencia de las cosas. Recorrió cada palmo del jardín hasta conocerlo mejor que a su propio cuerpo e hizo de aquél la prolongación de sus extremidades y de su mente. Memorizó las palabras y los versos tallados en el tronco del roble. El lugar exacto en el que reposaba el pequeño Dosaguas; el rincón en el que se escondían los gatos antes de atravesar el jardín en busca de restos de comida; las ramas en las que anidaban los jilgueros, las del naranjo en la que se detenían las aves que estaban de paso; la parte del muro en la que comenzaba a crecer la hiedra y la más alta en la que se posaban los cuervos que anunciaban tormenta. Los lugares en los que se acumulaba el agua de lluvia hasta formar balsetas; la piedra junto al neumático trasero del lado izquierdo de su viejo auto de ciudad; la posición en la que se colocaban los vestuarios junto a la piscina, mirándose unos a otros… Llegó a conocer cada hierba, cada rama, cada piedra y cada objeto. Hasta localizarlos con el pensamiento y los ojos entrecerrados. Lucía Zagra pasó gran parte de esos días sola en el centro de su jardín. Le gustaba tomar el sol, darse baños y nadar. Le gustaba sentir la hierba fresca bajo los pies desnudos y reposar bajo la sombra del roble. El aire fresco soplando desde las montañas y el cálido que formaba remolinos desde las afueras del bosque circular hasta la vaquería y el comienzo del pueblo. En esos días en los que su familia se ausentaba cada mañana para trabajar y no regresaba hasta el atardecer (salvo un leve alto a la hora de comer), cansados, derrotados a veces, Lucía pasaba gran parte del día sola. Su pequeña Rosa apenas se notaba. Crecía rápidamente


como otra florecilla del jardín, gateaba en silencio de un extremo a otro, y seguía a su madre como si quisiera aprenderlo todo de ella. Lucía cubrió los huecos de sus días con la ávida lectura de todas aquellas obras literarias que la fascinaron siendo joven, como si quisiera cerciorarse de que el paso de los años no había modificado su forma más pura de sentir las cosas. Su vida estaba cambiando tanto que le asustaba desaparecer entre aquellas montañas sin que nunca nadie supiera de ella más que había huido de casa de sus padres. Tal vez lo que más la atemorizaba era pensar que pudiera ser olvidada por todos aquellos que una vez la quisieron como combativa ideóloga de izquierdas, como reivindicativa fémina, o como inteligente amiga. Por eso, se decidió a invitarlos. Y la primavera trajo la horrible risa del idiota. Y con ella los bailes a la luz de la luna, los largos en la piscina, los recitales de poesía y las tertulias literarias. Lucía sintió la necesidad de sentirse acompañada. Marcelo aprobó su iniciativa de invitar a los amigos de ciudad, más por el orgullo de sentirse el anfitrión de las fiestas que por desearlo. No le gustaba la gente, no le gustaban los intelectuales, y no quería galanes alrededor de su más preciada maravilla, su Lucía, pero accedió. Tal vez de haber sabido que ese sería el germen de tantas cosas no hubiera aceptado, pero lo hizo. Los primeros invitados llegaron en el mes de abril de 1919. Montados en enormes descapotables recorrieron la carretera que conducía al pueblo levantando tanta expectación como polvo se elevó a los cielos. Demasiado cerca quedaba el día en que llegó Lucía y los vecinos pensaron que con esa gente, el espectáculo se extendería algo más de lo que era posible atisbar a través de los muros del jardín en el que Lucía se recluía. Llegaron tres coches con tres personas en cada uno y el portaequipaje cargado de maletas. Frenaron en la entrada de la casa y descargaron los bultos. Marcelo y sus hijos paralizaron el trabajo para darles la bienvenida y después tuvieron que disculparse para regresar con las vacas. Lucía se quedó sola, acompañada, con sus invitados. Repartieron habitaciones en la planta superior e instalaron unas hamacas en el jardín por si alguien quería pasar la noche bajo las estrellas. Al final lo hicieron todos. Incluso Marcelo aguantó media noche fuera de la cama. Cuatro mujeres y cinco hombres: dos poetisas, tres escritores, dos dramaturgos, una actriz y una pintora, de edades comprendidas entre los veinte y los cuarenta en el caso de ellas y los treinta y cincuenta en el


caso de ellos. Bebieron en las tardes, en las noches y especialmente en los momentos previos al amanecer. Durmieron después, al salir el sol. Escribieron en improvisaciones colectivas, leyeron a la luz de las velas, escucharon la voz de la actriz acompañada por las melodías del gramófono y rieron. Continuamente. Se burlaron de la estructura narrativa clásica, mezclaron palabras para crear poesía cacofónica y se lanzaron vestidos a la piscina. En aquellas noches, en los días, en los desayunos con fresas, moras y arándanos, en el champaña, Lucía se sintió llena. Emotiva, precisa, importante, útil. Como se sintió libre, protegida, amada. Marcelo, de tan despistado como estaba por no saber encajar entre tal grupo de personas ajenas a sus conocimientos y a sus ideas, no se sintió molesto sino todo lo contrario. Halagado. Era el centro de atención en las conversaciones de sus vecinos, lástima que tuviera tan poco tiempo para compartirlo con unos y con otros. Darío Dosaguas fue testigo curioso de las reuniones en el jardín. A sus diecinueve años, sin apenas amigos, con una vida prefijada que prefería odiar, asistía a las reuniones como un aprendiz, como un proyecto de hombre. Lo trataban como un muchacho pese a la robustez de su cuerpo y era lo que se escondía verdaderamente bajo aquel pecho de sentimiento aún torpe. Darío, con el plato de comida entre las manos, se sentaba en un rincón del jardín, en una de las sillas de anea y observaba la conversación de los invitados. Las mujeres reían sin ningún rubor, como siempre observó a Lucía, los hombres manejaban el rumbo del mostacho y se colocaban el sombrero hasta el fondo de la cabeza para alejar el sol. Se cubrían con parasoles o tomaban el sol con sus bañadores de rayas. Darío admiraba la resolución con la que se desenvolvían: vivían para y por la literatura, el arte y las pasiones de la vida. Nunca antes conoció a una persona que se moviera por los impulsos de su alma y todos ellos lo hacían. Después, en los pocos momentos de descanso que tenía, aprovechaba para alejarse de la casa y caminar hasta las montañas. Recorría los caminos salvajes, las hierbas altas y los zarzales, hasta alcanzar el terreno abrupto de las rocas. Entonces, todo era áspero, enormes rocas rugosas delimitaban el camino como un pasadizo estrecho por el que apenas podía discurrir el aire. Darío caminaba con prisa, más pendiente por la hora a la que debía estar de vuelta que por el lugar en el que ponía sus pies. Atravesaba el punto en el que las paredes de piedra medían dos metros, se curvaban recordando la silueta de una mujer oronda y formaban oquedades en las que se ocultaban los pájaros y las serpientes. Darío llegaba a lo más alto, hasta el punto al que solía ir con


su madre, y miraba el firmamento que se revolvía en el cielo. Varias veces vio la puesta de sol. Púrpura sobre fondo celeste, con las nubes teñidas de rosa palo. Respiraba hasta hinchar los pulmones. Gritaba a veces. Levantaba los brazos y, en el borde de las rocas, en un plano de hierba escachada cerca del precipicio, sentía el empuje del viento en las cuatro direcciones. Abajo del todo, perdido en la distancia, le esperaba el pueblo. Sin mayor novedad, sin ningún aliciente. Sin embargo, durante el tiempo en que celebraron reuniones en el jardín, Darío espació sus visitas a las montañas, como espació los recuerdos a su madre y su vida anterior. Una noche, Lucía introdujo a Darío en el círculo del grupo y estuvo sentado con ellos varias horas, aportando ideas a las rimas con las que escribían las estrofas de una canción sin música. La joven cantante se encargó de tararearla bajo la luna menguante. Marcelo permaneció al margen, organizando las bebidas, invitando a su casa a gente del pueblo (de vez en cuando a Juan Lisia) que no conseguía relacionarse con el grupo. Darío creyó evadirse. Y fue feliz. Lucía le miraba sonreír y se alegraba de haber conseguido su propósito silencioso. El 2 de junio de 1919 Lucía se quedó embarazada por segunda vez. Desconociendo todavía que gestaba una nueva vida en su interior, Lucía dejó de pintar, recogió todos los lienzos, los óleos y los aceites y sintió la necesidad de escribir. Se enteró de su buena nueva un tiempo después, de repente, del mismo modo en que la concibió, y sacando cuentas llegó a la conclusión de que había ocurrido poco antes de que abandonara la pintura por la escritura. Pensó que sería un niño, se abrazó el bajo vientre y supo que sería escritor. Marcelo se alegró por la noticia, lo celebró por todo lo alto organizando una fiesta a la que acudieron 103 invitados (los más selectos del pueblo y otros procedentes de la ciudad) y deseó con todas sus fuerzas que en esa ocasión fuera un chico. Ninguno de los dos se equivocó. Lucía dio a luz a un precioso varón de tres kilos y medio de peso al que llamaron Rubén. El embarazo pasó tan rápido que ni siquiera se dieron cuenta de que el bebé venía al mundo. No dio complicaciones a la madre, apenas le distorsionó la figura (los que la vieron afirmaron que su estado la embellecía) y vino al mundo sin problemas. Todo fue tan sencillo que lo tuvo en su dormitorio. El doctor se sorprendió y le dio la enhorabuena. Lucía durmió con el pequeño Rubén a un lado y su encantadora Rosa al otro, soñando con un futuro que nunca acertaría mientras Marcelo les observaba a los tres en silencio.


Hacia mediados de 1920, Marcelo instaló una pérgola de tela en mitad del jardín para que les resguardase del sol intenso del verano. En aquellos meses, las reuniones en el jardín se hacían más frecuentes y era necesario dar cabida (y cobijo) a las nuevas jovencitas llegadas de la ciudad. La mayoría eran acompañantes de los escritores y presumían de estar preparando sus propios escritos aunque carecían del talento necesario. Destacaban entre el resto de las mujeres (que sí eran verdaderas artistas) por el color vivo de sus labios, por el verde brillante que cubría lo alto de sus párpados en el límite de las cejas y por el gesto entre despreciativo e interesante de sus miradas bajo las pamelas de ala ancha. Enormes cintas colocadas alrededor de su cintura, las mangas del vestido abiertas por el centro y colgando por debajo de las muñecas, zapatos negros de tacón alto. Marcelo las observaba con desdén y maldecía por el descaro con el que sus vecinos alargaban las manos al paso de ellas para rozarles el trasero. Por aquel entonces, Marcelo Dosaguas libró a sus dos hijos de cumplir con el servicio militar. Pagó una cantidad indeterminada de pesetas para que un primo de la ciudad sustituyera a los dos hermanos en sus obligaciones, aunque tal procedimiento se había deslegalizado unos años antes. Ni Darío ni Jaime se opusieron. Ambos habían imaginado el servicio militar como una forma de escapar de la casa, aunque fuera temporalmente. Pero la voluntad de Marcelo impedía cualquier manifestación en contra, de modo que los muchachos accedieron sin hacer comentarios cuando su padre les dio la noticia de que habían aceptado el pago. Darío se preocupó por su primo. Ya había cumplido con su parte del servicio militar y repetirlo dos veces más le pareció un sacrificio demasiado elevado, aunque supo que también hubo dinero de por medio para él. Al fin y al cabo, pensó, su primo todavía no tenía obligaciones maritales ni expectativas sentimentales; no era más que una persona solitaria como tantas otras que se encuentran solas en el mundo.


XI: De cómo Darío buscó la muerte y encontró a Violeta Gandieta. 1921. Encaramado a la ventana de su cuarto, Darío Dosaguas calculó la distancia que le separaba de la piscina del jardín. Al menos había una altura de cuatro metros hasta el suelo pero, para caer al agua, era necesario efectuar un giro en el aire de unos 45 grados y recorrer con esa nueva trayectoria otra distancia de tres metros. Darío creyó que sería del todo imposible caer al agua de la piscina si él saltaba desde esa ventana. En un instante, lo necesario para distinguir un pájaro que cruzó volando el espacio de aire que se agrandaba ante sus ojos, Darío reflexionó sobre lo que pretendía hacer. No quería bañarse, de eso estaba seguro. No quería saltar, de eso también estaba seguro, puesto que era inútil hacerlo desde allí. Lo que quería era terminar con todo y morir de una vez por todas. Era su salida. Su libertad. Había escuchado esa palabra tantas veces que ya no comprendía bien su verdadero significado. Porque, en el fondo, la libertad siempre quedaba reducida por una u otra cosa. Y aunque Lucía afirmara lo contrario y se abanderara a sí misma como ejemplo de libertad, sólo se engañaba. Él se dio cuenta del engaño desde el principio pero no se atrevía a descubrírselo. Era un secreto demasiado íntimo el que Lucía se estaba forjando como para lanzárselo a la cara para que viera la realidad. Lucía no era libre, en absoluto. Lucía era una presidiaria de sí misma. Lucía tenía miedo de sentir y de ser. Tenía auténtico pavor a abandonar esos cuatro muros que cercaban su jardín y era incapaz de dejar sus cuadros, sus fiestas, sus reuniones o a sus hijos para ser feliz a su manera. Todos ellos no eran más que corazas. A Darío le ocurrió algo parecido. Descubrió que se estaba engañando, que su vida era una enorme mentira construida desde niño por su padre Marcelo. Él le distinguió como su primogénito y lo condenó por ello. Para qué quería él la vaquería si no disfrutaba con ella. Para qué se esmeraba en trabajar con su familia si lo que deseaba era salir de ese mundo, viajar y conocer nuevos lugares, descubrir esas sensaciones de las que Lucía se enorgullecía. Pero no era sencillo. Como Lucía, Darío se encontraba lastrado aunque pudiera salir de esos cuatro muros. Darío estaba preso de su padre y sus hermanos. Se sentía responsable de todos ellos porque si los abandonaba sólo les quedaría aquello de lo que él huía. Ese presidio de vida no era bueno para ninguno de ellos. Por eso, en el alféizar de la ventana de su cuarto, calculó la trayectoria que debía seguir para matarse


en la caída. Con un brazo a cada costado, se agarró al marco de la ventana para poder impulsarse hacia fuera. Su posición en aquella abertura de la casa era demasiado incómoda debido a su altura de modo que un pequeño error al impulsarse podía hacerle caer justo debajo con poca fuerza y, a lo sumo, conseguiría partirse un tobillo pero no la cabeza. Cuando sintió la raspadura de la madera de la ventana en las palmas de las manos la acarició con afecto de despedida y se lanzó al vacío en busca de la muerte, a la que creía su libertadora. Es curioso pensar cómo en las ocasiones límite los acontecimientos se desarrollan de forma completamente distinta a como estaban previstos en un principio y, una vez ocurridos, los observamos y nos sorprendemos por la manera absurda en la que las cosas discurren. En aquella ocasión, Darío sintió una profunda insatisfacción al comprobar que sus deseos nunca se cumplían, que nunca conseguía lo que quería. Darío Dosaguas se impulsó con mucha fuerza desde la ventana de su cuarto. Gracias a su metro ochenta de estatura, sus piernas se contrajeron con dificultad en el estrecho hueco de la ventana lo que motivó que, al lanzarse, el dobladillo de sus pantalones de pana con los que trabajaba en la vaquería se agarrara en una astilla de madera levantada. Su cuerpo voló por el aire (como instantes antes hizo el pajarillo que atravesó su jardín) pero su pierna derecha quedó enganchada en el marco de la ventana y rezagada respecto del resto del cuerpo. Su primer impulso quedó diluido en el aire como un resorte que llega a su tope y, mientras escuchaba el desgarro de la pernera de pana de su pantalón, notó cómo su cuerpo se desviaba de su rumbo y era atraído hacia la pared de la fachada de la casa. Rebotó con todas sus fuerzas contra los ladrillos de la pared y, cabeza abajo, quedó suspendido y girando como un péndulo en el aire. Segundos más tarde, su propio peso consiguió romper el resto de la tela que lo sostenía en la ventana y cayó de golpe los dos metros que le separaban del suelo. Ese día, Darío Dosaguas no consiguió más que un pequeño chichón en la cabeza y un desagradable desánimo. Pero no murió ni se sintió libre como ansiaba. Tendido sobre la hierba del jardín, sin ni siquiera moverse, aulló de rabia sin importarle que le oyera todo el mundo. Se levantó del suelo, se acercó con carrerilla hasta la tapia del jardín que daba a la calle y, impulsándose sobre unas macetas altas de barro, brincó hasta el otro lado. Trastabilló al caer sobre la tierra de la calle y, una vez en equilibrio, salió corriendo lo más rápido que pudo en dirección a las montañas, bordeando el bosque circular. Corrió y corrió y corrió, sin ni siquiera cansarse. Y su propia velocidad unida a la fuerza del viento contra su cara forzaron a que, sin


quererlo, de sus ojos brotaran unas cuantas lágrimas de insatisfacción que, tras recorrer sus mejillas, se perdieron en el frondoso bosquejo que precedía al verdadero bosque. Horas más tarde, Darío se detuvo y se lanzó al suelo resollando, buscando el aliento que casi había perdido. Se echó las manos al pecho sintiendo un dolor agudo a la altura del corazón y la garganta y pensó que eran sus sentimientos que morían de pena. En los últimos meses, e incluso años, Darío Dosaguas trató de encontrarse a sí mismo entre los oscuros pasadizos de su alma y cuando se encontró no le gustó reconocerse. Era como la historia de Narciso ahogado en el brillo de su propio reflejo. Él no quería sentir lo que sentía pero tampoco podía evitarlo y aquello le daba demasiado miedo. Temía a su padre: su furia, su grandeza, su intolerancia, su rabia, su omnipotencia. Y se había descubierto amando al mismo ser que él amaba además de a sí mismo. Y no era otro que Lucía, la bella Lucía, la libre y espiritual Lucía que tantas cosas le había enseñado. Era una lástima ser tan joven y estar lastrado por esa vida. En cualquier otra circunstancia, Darío sabía que habría podido enamorar a Lucía. Pero ahí, en medio de ese pueblo, Lucía era algo así como su madrastra. No bastaba todo lo que había aprendido de ella, ni lo que había leído en los libros que ella le dejaba, ni lo que comprendía hablando con todos los extraños artistas amigos suyos que acudían encantados a sus fiestas. No bastaba. Sus deseos estaban al margen de lo que era razonable en su casa y en su pueblo, de lo que era racional para su padre. De lo que simplemente tenía que ser. Darío no podía amar a Lucía, pero si para ser libre como ella tenía que pasar el suplicio del dolor de quererla en secreto prefería la libertad de la muerte, aunque fuera igualmente dolorosa. Al menos pensó que se ahorraba el discurso vergonzante del reconocimiento ante los suyos de un sentir que nunca sería ni compartido ni comprendido. Salvo quizá por Lucía, pero era un riesgo demasiado peligroso, aunque fuera hermoso. Darío no supo qué hacer ahora que la muerte también le rehuía. Qué le quedaba además del desaliento. Prácticamente nada. Eran muchas las cosas que Marcelo Dosaguas no comprendía en su hijo Darío porque las consideraba perturbadoras y enajenadas, como propias de ese grupillo de poetas y pintores excéntricos amigos de Lucía a los que disgustaba hospedar en su casa para agradarla a ella. Desde el mismo momento en que nació, Darío estuvo destinado a dirigir la


vaquería Dosaguas. Marcelo trató de inculcarle destreza, energía, fuerza, pero siempre chocó con las trabas de su madre, la difunta María, quien siempre quiso aliviar a su hijo predilecto del duro trabajo entre las vacas. Mucho le costó a Marcelo separar a María de su hijo pero, cuando lo consiguió, éste trabajó como el mejor demostrando que podía confiar en él. Y todo fue bien hasta que la llegada de Lucía alteró los esquemas mentales de Darío. De repente, resurgieron las reticencias a controlar el negocio familiar, apareció el enfrentamiento físico entre ellos, la incomprensión y el odio mutuo contenido en las miradas. Con Lucía, Darío encontró su verdadero rumbo encaminado hacia la literatura, aunque de una forma totalmente secreta. Leyó compulsivamente durante las noches cada uno de los libros que le dejó Lucía, escribió en privado sus propias historias, las ocultó, las olvidó en pos de otras nuevas y creció en él una verdadera ansiedad de escritor, una fuerza inexplicable que le mantenía en vela durante las noches combatiendo el cansancio del duro trabajo en la vaquería para sacar a la luz sus pequeñas historias. Pero permanecieron en la oscuridad, como él, escondidas para todo el mundo excepto para Lucía, a la que le abrió lenta y veladamente su corazón, haciéndole prometer que mantendría en secreto que él escribía. Ella aceptó y, pronto, la pasión desbordada que sintió Darío al encontrarse y reconocerse se extendió a la principal responsable de su nuevo oficio, sin cuyo aliento nunca habría sido la persona que era. Lucía se convirtió en su faro particular, y Darío se dejó guiar en su oscuridad. Ahora comprendía que nada podía liberarle, que nunca conseguiría ser quien deseaba porque nunca podría reconocer que admiraba a Lucía. La solución estaba en desaparecer y huir. Pero tampoco podía hacerlo. Decidió que si no era el momento de morir ni de marchar tendría que tomar una decisión drástica que cambiara su vida para siempre. Permaneció largos minutos ante la entrada del bosque circular agarrando los troncos de los primeros árboles que formaban su perímetro e introdujo lentamente el cuerpo en sus dominios. Rascó con las uñas la superficie áspera de la madera de los troncos y los encontró extrañamente húmedos y fibrosos. Era una forma de tentar su suerte, de buscar una respuesta o, al menos, una reacción que le ayudase a decidir su futuro utilizando para ello ese bosque del que todos decían estaba maldito. Aspiró el olor penetrante e intenso de hierba fresca que desprendían las hojas de los árboles y cerró los ojos. Bocanadas de viento descendían desde las montañas hasta el bosque y empujaban su espalda impulsándolo al interior. Permaneció erguido, colocado entre los árboles con los brazos


desplegados como la figura de un Cristo ligeramente combada por la fuerza del viento, y suspiró sintiendo el movimiento de sus ropas y de su pelo entre los troncos. Muchas fueron las ideas absurdas que pasaron por su cabeza pero creyó acertado, para conseguir la libertad ansiada, asumir lo que él representaba en aquel pueblo, dejando de lado las banales fantasías literarias que lo aproximaban a personas extrañas y desaliñadas con las que no encontraba un punto de encuentro; permanecer al lado de su hermano Jaime, de la preciosa Rosa y del pequeñín Rubén, velándolos, defendiéndolos para que su padre nunca ejerciera sobre ellos el dominio que había ejercido sobre él; decidió terminar con aquello que, de manera irracional, podía más que sus fuerzas y le controlaba más que su propio padre. Entonces creyó, posiblemente de manera equivocada, que si acababa con la literatura podría apaciguar sus impulsos y por fin, si asumía lo que tenía a su alrededor, sería libre como deseaba. Se retiró del comienzo del bosque y corrió buscando por el suelo una piedra que fuera lo suficientemente grande. Cuando la encontró, se sentó sobre la hierba, extendió la mano derecha con la que escribía todas sus historias y la apoyó sobre el suelo. Alzó en el aire la mano izquierda agarrando la enorme piedra y, agotado por el esfuerzo de mantenerla elevada, la estrelló contra su mano partiendo todos los huesos de sus delgados dedos. Lo que no entendió hasta unos años después, cuando el tiempo curtió las aristas de su carácter, fue que obrando de ese modo lo único que consiguió fue parecerse aún más a su idolatrada Lucía. Destrozando su mano, Darío no hizo otra cosa que engañarse, del mismo modo en que Lucía se engañaba escondiéndose del mundo en el interior de su jardín. Finalizó así una vida que pudo ser prolífica y feliz. Y empezó a fraguarse, en el fondo de su espiritual alma, el comienzo de una pesadilla de la que nunca despertó. Con la mano ensangrentada y retorcida de tal forma que daba aprensión mirarla, Darío Dosaguas deshizo a pie el largo camino que, corriendo, lo condujo hasta ese lado del bosque circular. Soportando un dolor fuerte y lacerante, sostenía su mano derecha sobre la izquierda colocada en forma de cuenco. Soplaba sin encontrar ningún alivio. Hacia la mitad del camino, Darío dejó de distinguir con claridad la forma de las cosas y se desmayó. Permaneció en el suelo durante más de una hora con la mano herida cubierta de polvo, hasta que alguien le encontró.


Habitualmente, nadie paseaba por ese camino lateral porque únicamente conducía a la ladera de las montañas. Por aquella época, todavía eran pocos los lugareños que se interesaban por la escalada o por el senderismo a través de las montañas, entre otras cosas por tratarse de un deporte demasiado elitista y alternativo (propio quizá de los ricos burgueses de ciudad) de modo que, considerando que para acceder a las montañas por puro disfrute paisajístico era necesario rodear el bosque circular (maldito para la mayoría), mucha gente se amedrentaba y prefería tomar otros caminos, como el que conducía a los campos de cultivo de las afueras del pueblo o el que discurría en dirección opuesta procedente de la ciudad. Sin embargo, y sin llegar a comprender el motivo de su decisión, la joven Violeta Gandieta salió de su casa nada más caer la tarde, se aseguró de la ausencia de nubes en el cielo y decidió alterar la ruta que diariamente tomaba para dar sus largos paseos. Se aburría de seguir las piedrecillas del camino de tierra que conducían al campo de hortalizas de sus tíos; se cansaba de ver las mismas cosas, de pasar junto al viejo molino de José Verlado, de oler la intensidad de las violetas agrupadas en racimos multicolores, de contemplar los girasoles siempre entornados a la misma hora de la tarde hacia la misma dirección. Era demasiado joven para conocer de memoria un mismo camino desconociendo el resto porque, como ella pensaba, se estaba perdiendo todas las grandes maravillas del mundo que crecían más allá del camino. Ese pensamiento la llevaba a otro en el que siempre se veía a sí misma como una joven insegura, conformista y aislada de los demás. Agrupados, eran motivos más que suficientes para cambiar y pensó que era el momento de hacerlo. Decidió pisar otra hierba; que fueran otros los insectos que, a su paso, se colaran entre sus pies; buscar monedas perdidas de otros bolsillos; y, quizá, conocer gente nueva. Tenía tan solo dieciséis años y, desde los once, Violeta Gandieta sabía que moriría pronto. Sus padres vendieron a Juan Lisia las tierras que pertenecieron a sus bisabuelos (de las pocas que quedaban aún en manos particulares) y reunieron el suficiente dinero para visitar a tres médicos distintos en la ciudad, pero todos llegaron a la misma conclusión y, pese a las lágrimas de la madre, poco se pudo hacer sino aleccionar a la niña en lo que debía y no debía hacer para dilatar lo máximo posible el fatal desenlace de su enfermedad y asumir, si es que podía, que la muerte llegaría a más tardar en diez años. Esto colocó a Violeta en boca de todos los vecinos del pueblo en todas las conversaciones y los rumores en curso, fue objeto de las burlas de los más pequeños y se convirtió en la


única persona que tenía preparada la lápida con su nombre en un emplazamiento de honor en el centro del cementerio junto al gran panteón de los ilustres fundadores del pueblo (gracias, entre otras cosas, a los lazos de sangre que existían por parte de su madre y que la emparentaban directamente con un arzobispo). Para Violeta, no fue fácil asumir que moriría antes de cumplir los veintidós años. Porque amaba la vida demasiado como para perderla. Además, el hecho de estar marcada por el dedo de la muerte a los ojos de todo el pueblo contribuyó a que se quedara completamente sola y aislada. Sus amigas le dieron de lado cuando la noticia de su muerte dejó de interesar. No perdieron el tiempo con ella, del mismo modo en que su familia tomó la determinación de criarla sin demasiado esmero dando más importancia a sus restantes hermanos y preocupándose sólo por su presencia más inmediata. Nadie le preparó un ajuar que nunca llegaría a estrenar y nadie se enamoró de ella porque todo muchacho que se le acercaba podía comprobar en la tristeza de sus ojos que Violeta ya no pertenecía a este mundo. Y todo gracias a su corazón. Violeta Gandieta nació siendo una niña dulce, rolliza y despierta. Su primer año de vida estuvo marcado por la jovial expresividad de su cara, por las arruguitas que se formaban en torno a sus mejillas y sus ojos al sonreír. Y, siendo todavía un bebé, fueron muchas las ancianas amigas de su abuela las que hicieron vez en el pasillo de su casa aguardando el turno en el que pudieran entrar en su cuarto para escucharla reír entre las sábanas de su cuna. Violeta creció mostrando la misma vitalidad y energía con la que agradó a todas sus visitas hasta que un día, a los once años de edad, un desmayo en mitad de la cocina mientras ponía la mesa (que acabó con parte de la vajilla familiar) la condujo a la consulta de un reputado médico de la gran ciudad que achacó a su corazón el origen de su futura muerte. Después de efectuar numerosas pruebas durante algunos meses, el último de los tres doctores consultados reiteró el diagnóstico de sus predecesores y auguró, sin magia de ninguna clase, la futura muerte de Violeta. Tal y como les explicaron a sus padres, Violeta tenía el corazón demasiado grande de modo que, cuando ella creciera, su caja torácica no podría soportar la dimensión de ese corazón y, de forma expansiva, acabaría con ella. Les aseguraron que, cuando se produjera, sería una muerte rápida de la que Violeta apenas se daría cuenta pero aquella explicación médica, soportada con gráficos e ilustraciones, no les sirvió de consuelo, al menos al principio. Después, con el paso de los años, todos se acostumbraron a la muerte de Violeta hasta el punto de que


ella se sintió desplazada, como si el concepto de la muerte tuviera más importancia que ella misma, sus necesidades o su felicidad. Esa tarde, Violeta Gandieta rompió deliberadamente la rutina de su vida. Desde que todo empezó a cambiar nada más volver de la ciudad con una etiqueta sepulcral e invisible sobre la nuca, los padres de Violeta, siguiendo las indicaciones de los médicos, elaboraron un estricto plan de actividades que debía cumplir. A partir de entonces, los restantes días en la vida de Violeta Gandieta fueron todos el mismo absurdo y aburrido día, de modo que llegó a un punto en el que ella misma creyó estar muerta porque nada había en su vida que pudiera calificarse como tal. Se levantaba de la cama pasadas las diez de la mañana, hacía un desayuno frugal compuesto básicamente de frutas, se sentaba junto a una ventana que daba a la calle y veía a la gente pasar. Más tarde, durante la comida, la sentaban a la mesa junto a sus hermanos (como si se tratase de una paralítica) únicamente para hacerles compañía, ya que tenía prohibido tomar bocado alguno hasta la hora de la cena. Las tardes eran el principal atractivo de su vida. Los médicos le recomendaron caminar un poco, lo suficiente para no esforzarse demasiado y agotar su enorme corazón, pero también lo necesario para que su cuerpo no se llagara entre tanta inactividad. Consiguió el permiso de sus padres para recorrer el camino que conducía desde el pueblo hasta el campo de hortalizas de sus tíos asegurándoles que, de ocurrirle algo en el trayecto, enseguida sería vista. Pero esa tarde, su vida se hizo insuficiente y deseó tener más. Se aseguró de que el cielo no anunciara tormenta y decidió tomar un rumbo distinto, en dirección a las montañas. Caminó fuera de los senderos de tierra pisando la hierba fresca y mojando sus piernas con los verdes tallos hasta que éstos le alcanzaron las rodillas. Poco a poco, el pueblo fue desapareciendo a su espalda y descubrió un mundo desconocido que no recorría desde que tuvo diez años. Todo había cambiado, por supuesto, a excepción de ese inmenso bosque en forma circular del que todo el mundo hablaba. Lo rodeó dejándolo a su derecha y fijando su mirada en un punto del horizonte, en una de las cumbres más altas de la montaña en la que se distinguía un cúmulo de nieve del invierno que todavía no se había deshelado por el sol, siguió caminando por el viejo camino de tierra que ya nadie transitaba por miedo. Se detuvo al escuchar el silbido del viento entre las hojas de los árboles del bosque, como si chillaran de pena. Miró los árboles y pensó si, como ella, se sentirían solos. Igual que ella, fueron condenados por las habladurías de la gente y ya nadie se


atrevía a cruzarlos. Estaban abandonados. Aspiró con fuerza y continuó caminando en dirección a las montañas cuando distinguió la figura de un joven tendido sobre la arena del camino. Lo más difícil fue limpiar las heridas de la mano derecha de Darío Dosaguas. En el lugar en el que se encontraban no existía ninguna fuente de agua, ningún pozo natural ni un río ni un embalse. Pero no era necesario haber estudiado una carrera, como la de los médicos que diagnosticaron la muerte de Violeta, para reconocer el mal aspecto que tenían las heridas de su mano y saber que si no las lavaba inmediatamente podrían infectarse y el joven perdería la mano. Violeta trató de encontrar una rápida solución y no encontró otra que utilizar su propia saliva. Se sentó sobre la tierra del suelo junto al cuerpo del muchacho desmayado; extendió la parte delantera de su vestido, como cuando cogía algunas manzanas de los árboles del camino y las transportaba sobre la tela tensada en forma de cesto, y colocó encima la mano ensangrentada y polvorienta del joven; comenzó escupiendo y, cuando se le terminaron las fuerzas, continuó con la boca abierta esperando que la saliva fuera escurriendo desde su interior hasta su lengua y, después, en hilillos hasta la mano del muchacho. No tuvo ningún reparo en frotar esa mezcla suya con la piel del joven hasta que la sangre desapareció de su mano y se trasladó al vestido de Violeta. Antes de lo que pensaba, la mano herida quedó limpia y hermosa, aunque retorcida como una madera quebrada. Desanudó el pañuelo con el que se sujetaba el cabello y se protegía del sol y envolvió en él la mano del joven como si se tratara de una venda. Violeta no conocía al muchacho, de hecho no lo había visto nunca. Se preguntó cómo se llamaría y si habría oído hablar de ella como la joven condenada a muerte por su propio corazón. Violeta Gandieta miró en repetidas ocasiones en dirección al sol tratando de adivinar la hora que era. Supo que se hacía demasiado tarde y que pronto la echarían de menos en su casa así que, dado que el joven no despertaba de su desmayo, trató de arrastrarlo. Bastaron, sin embargo, unos pocos metros para comprobar que su corazón se fatigaba demasiado y tuvo que desistir en su intento. El rostro de Violeta se llenó de lástima por tener que dejarlo ahí tumbado pero, observando la buena obra conseguida en la mano del joven, se sintió satisfecha y decidió marcharse sabiendo que, cuando él despertara, vería que alguien había intentado ayudarle y lo agradecería. Eso era más de lo que nadie había hecho por Violeta hasta entonces.


Cuando Violeta Gandieta regresó a su casa, bastante más tarde de lo que acostumbraba, se dio cuenta de que nadie la había echado en falta. Se sentó en su silla, siempre colocada junto a la ventana, y esperó a que la noche cubriera la calle y su madre la llamara para cenar junto a sus hermanos. Como era habitual, nadie conversó con ella, nadie la ayudó en su costura, nadie se interesó por su paseo, y nadie la vio en el lavadero aclarando la sangre adherida a su vestido. Pero esa noche, Violeta se sintió orgullosa de haber vivido. Con la ayuda de un candil de petróleo que iluminaba sus pasos, Jaime Dosaguas encontró a su hermano Darío algo más tarde de la medianoche en mitad del camino que conducía a las montañas, junto al bosque circular. Esa tarde, al no acudir a trabajar a la vaquería, lo habían buscado por los alrededores del pueblo y por las huertas y, al no dar con él, Jaime decidió recorrer ese camino que nadie utilizaba pensando, como así fue, que su hermano buscaba allí un lugar en el que perderse. Tanto su padre como Lucía coincidieron con Jaime en pensar que Darío se encontraba un poco extraño en los últimos días desde que el último grupo de escritores llegó a la casa. Se preguntaron si alguno de ellos le habría asustado con sus excentricidades o, si por el contrario, se las habían contagiado hasta el extremo de volverlo medio tarado como ellos. Sólo Lucía disintió en este extremo y opinó que Darío buscaba una especie de condena espiritual. Pero ni Marcelo ni Jaime entendieron lo que quiso decir con esas palabras. Jaime cargó a su hermano a la espalda y regresaron a casa, donde todos aguardaban impacientes. El salón se había convertido en un improvisado campamento de juegos, parecido a las reuniones en torno a las hogueras que se hacían en África durante los viajes que Lucía hizo en su juventud antes de conocer a Marcelo. En derredor, los cinco escritores y la poetisa charlaban de los misterios de la noche sin luna y del sonido con el que los grillos y las luciérnagas atraían a los machos. Marcelo, nervioso y disgustado, no tardó en interrumpir la conversación para atraerla al campo que mejor dominaba, que era él mismo, y les contó algunas de las travesuras de Darío cuando era un niño, como la vez en que ató juntas las patas de una ternera consiguiendo que rodara cuesta abajo desde la vaquería. Todos lo escucharon simulando atención, conscientes de que su oratoria era muy reducida y pronto podrían retomar el tema del apareamiento de los insectos. Cuando Jaime entró en la casa


con su hermano sobre los hombros, todos los presentes (incluido Marcelo) lanzaron una exclamación de sorpresa, un largo ooohhhh!!! Se levantaron de sus asientos y rodearon al muchacho que descargaba a su hermano inconsciente sobre uno de los sofás. Tras apuntar distintas teorías acerca de su estado opinaron que era el momento de retirarse a dormir y aclarar lo ocurrido al día siguiente. Jaime se encargó de subir a Darío a su cuarto. Lo desnudó y lo acostó en la cama y, al hacerlo, reparó en el pañuelo de muchacha con el que habían vendado su mano. Hizo una mueca extrañado pero lo dejó tal y como estaba. Lo tapó y le deseó buenas noches y dulces sueños. La luz de la mañana salpicando sobre sus ojos consiguió que despertara. Todavía sin despegar los párpados, Darío Dosaguas sintió un picante escozor en la mano derecha. Sacó el brazo de entre las sábanas para contemplar orgulloso su nueva mano pero lo único que vio fue un hermoso pañuelo femenino que la envolvía. Lo estuvo contemplando durante unos minutos sabiendo que ni Lucía ni la poetisa utilizaban ese tipo de pañuelos por lo que, sin duda, tenía que pertenecer a alguna jovencita del pueblo, quizá alguien a quien él conociera. Deshizo el vendaje con cuidado y, a cada vuelta que daba el pañuelo abandonando su mano, lo tomaba en la izquierda tratando de llenar toda la palma. Cuando su mano quedó al descubierto, se sintió en la necesidad de oler el pañuelo aspirando con profundidad, como si de ese modo fuera a descubrir a la autora del vendaje. Después, olió su propia mano destrozada por la piedra y reconoció un dulce aroma a piel, un olor natural que no le pertenecía. Así huele ella, se dijo. Más que otra cosa, sintió cierta repulsión. Aunque también agradecimiento. En el desayuno colectivo que hicieron los Dosaguas en la mesa del jardín junto con sus invitados, Darío no quiso mencionar su mano y afirmó que tan solo se trataba de un pequeño accidente sufrido mientras paseaba cerca del bosque, ello a pesar de no poder coger nada con ella ni conseguir doblar sus dedos. Nadie le pidió explicaciones tratándose del bosque pero Marcelo, llevándolo a un rincón de la cocina, lo miró con rabia y le espetó que no le sirviera aquello como excusa para librarse del trabajo. Darío, con absoluta sinceridad, le aseguró ahora más que nunca comenzaré a sentir el amor que tú sientes por esas malditas vacas y salió al jardín con los demás. Marcelo esperó allí, de pie en la cocina, sin entender lo que su hijo le decía. De haber sido más perspicaz o en el caso de que le hubieran interesado las vidas de quienes le rodeaban, Marcelo


Dosaguas podría haber comprendido entonces lo que descubriría años después, cuando ya nada tuvo remedio. Tampoco Lucía, una mente abierta y en continua recepción de ideas, comprendió la señal de socorro que Darío les envió a todos y muy especialmente a ella. Ni siquiera después de escuchar un críptico lo hice por ti mientras Lucía le curaba la herida de la mano en el cuarto de baño. Lucía se limitó a mirarle a los ojos tratando de hurgar en su interior sin llegar a ver nada. Lo único que has hecho ha sido estropear tu vida como escritor. Jamás volverás a utilizar la mano derecha como antes.

XII: El sorprendente cambio de Darío. A los pocos días, a Darío se le infectó la herida de la mano. Tuvo un acceso de fiebre y se desmayó en la vaquería junto al almacén de heno. Entre su padre y su hermano lo cogieron por las piernas y las axilas y lo levantaron. Lo tumbaron en la cama tapado con varias mantas y le dejaron sudar para que se evaporara la fiebre. Sin embargo, en los dos días que siguieron Darío empeoró y el médico se preocupó por su estado de salud. Aconsejó a Marcelo que lo llevaran a un hospital y éste se puso en contacto con sus primos de la ciudad telefoneando desde casa de los Lisia. Lucía preparó para Darío una maleta con algo de ropa y escondió entre las camisas alguno de sus libros para que pudiera leerlos en la convalecencia. La mano de Darío se inflamó tanto que pareció tener dos en lugar de una saliendo de la misma muñeca. Las palpitaciones en la palma y la herida interna que pugnaba por sangrar sin llegar a hacerlo provocaban en Darío prolongados mareos que le conducían a un estado de duermevela cercano a la narcolepsia. Perdió el conocimiento y, cuando lo recuperaba, apenas podía atenderles por el dolor. Apretaba los dientes y se mordía la lengua, sentía la comezón de mil pinchazos desde los carrillos hasta las sienes. Y la mano, o la carencia de ella. Lo sentaron en la parte trasera de un coche de caballos, recostado entre unas almohadas y sujeto por la cintura para que no se cayera con el traqueteo del camino, y lo despidieron con un saludo. Con los ojos entrecerrados, Darío recordó el día en que salió del pueblo montado en otro carro y vio por última vez el rostro de su madre. En esta ocasión le despedía su padre, sus hermanos y Lucía.


Le vieron marchar y sintieron un profundo vacío. En los días que Darío permaneció ausente del pueblo, hubo como un silencio consentido por parte de todo el grupo del jardín. Algunos caminaron distraídos entre las flores pensando en lo lejos que se encontraba el muchacho y en que se perdía algo que le gustaba de verdad. Lucía sabía que Darío estaba hecho para escribir pero los lastres eran demasiado fuertes como para poder afrontarlos. Marcelo no hizo alusión alguna durante la ausencia de su hijo. Lo echaba de menos porque la falta de dos manos siempre es notoria. Su hermano Jaime suspiraba al levantar las pesadas cisternas o al lavar a los animales, pero callaba para que no lo notara su padre. Día a día, la ausencia de Darío se hizo silencio y la suplieron con la composición de nuevos poemas en su honor, con brindis a su salud y con pensamientos de buena voluntad. Por su parte, Violeta Gandieta se asomó a la ventana de su cuarto y miró a la calle en espera de que el joven pasara por delante. No lo hizo y ella se inquietó. Pero no tuvo a quién preguntarle. A su regreso, Darío Dosaguas pareció diferente. La reflexión del silencio, la proximidad a la muerte, el resplandor blanco al otro lado y el olor a hospital llenaron sus días y le hicieron ansioso. Ansió recuperarse, correr por los campos; ansió reencontrarse con su madre y besar a su hermanita Rosa; ansió la libertad de movimiento de los tramoyistas, el olor a primavera de sus primas recién aseadas, y el cuchillo del abuelo Almansa. Ansió la voz de Lucía leyendo poemas en el jardín. Y se recuperó recordando la forma redondeada de las naranjas que crecían en los árboles del fondo. En su convalecencia, su tío Gerardo, hermano de su padre, le habló de arquitectura y Darío quedó fascinado por la existencia de unas reglas estrictas que sobrepasaban los límites de lo que para él era razonable. Desde la ventana de su cuarto, observó la fachada de la casa de enfrente, las cornisas, las columnas, los frisos y los huecos de las ventanas y no pudo entender cómo podía sostenerse todo en el aire con tan pesados materiales. Cuando pudieron sacarlo a la calle y le pasearon en una silla de ruedas o cogido del brazo para que no perdiera las fuerzas, Darío observó con fascinación la construcción de las Iglesias, el edificio del Ayuntamiento y las arcadas de la plaza principal. Su tía Elvira que trabajaba como enfermera en el hospital de la ciudad, le puso al corriente de las enfermedades más corrientes y el pensamiento de Darío se obturó de términos médicos: gingivitis, obstrucción intestinal, fonendoscopio,


cardiopatía, distrofia muscular, éter, hemorragia, radial, o síndrome de Stendhal. Soñó con todos esos conceptos, y con el bosque circular. Su mano nunca recuperó su estado inicial. Quedó maltrecha, llena de cicatrices, parcialmente inutilizada y desahuciada en el caso de que hubiera optado por seguir un futuro como escritor. Se resignó a seguir aprendiendo cosas y a leer de la manera más furtiva, como en casa de su tío Gerardo. Éste nunca puso inconvenientes a los deseos del muchacho, le dejó hacer, le permitió imaginar y pudo disfrutar con los sueños de un futuro que su realidad le decía continuamente que no podría alcanzar. Bastaba con mirar su mano sin fuerzas para desalentarse. Pero Darío no quiso pensar en cosas fatales ni en un destino predestinado. Creyó poder superar cualquier obstáculo. Porque se encontraba fuera de casa y lejos de la influencia de su padre. Pero cuando llegaba la hora de comer y la familia se reunía alrededor de la mesa Darío se daba cuenta de que aquello sólo era temporal y de que el trabajo le estaría aguardando toda la vida. Porque había nacido para ello. El día de su regreso desde la ciudad, Lucía le esperó apoyada en la encimera de la cocina, cerca de la puerta pero lo suficientemente resguardada como para que nadie la viera desde fuera y para no ver nada ella misma. No deseaba contaminarse con las imágenes del exterior que le ofrecía el pueblo. Afuera, Jaime esperaba sosteniendo en cada brazo a uno de sus hermanos. Rosa se metía la mano en la boca y Rubén bostezaba por el sueño. Unos cuantos escritores del grupo original del jardín (así como otros nuevos movidos por la curiosidad de conocer a otro miembro de la familia) esperaban con Jaime. Lucía supo que Darío se acercaba en el coche de caballos por el alboroto general de los presentes; se escondió en una esquina del salón, bajo uno de los cuadros que pintó antes de nacer Rosa, y esperó a que él entrara. Cuando Darío entró, le abrazó como a un verdadero hijo. Él se dio cuenta. Y se besaron con sincero afecto. Todos coincidieron en que Darío había crecido, por lo menos dos palmos. O eso o prácticamente le habían olvidado y les impactó su presencia al regresar. Los ojos de Darío brillaron con mayor intensidad como si mantuviera en el cuerpo el acceso febril con el que se marchó; e, incomprensiblemente, multiplicó el esfuerzo físico en todas las tareas relacionadas con la vaquería. Sin que ninguno se diera cuenta, pasaron cinco largos años.


XIII: El día en que la muerte cruzó el pueblo en un carruaje de caballos. 1926. La mañana del 15 de julio de 1926, como tantas otras, Violeta Gandieta terminó de desayunar y se sentó en su silla junto a la ventana con el único propósito de ver pasar a la gente mientras transcurría el tiempo. Solo que aquel día no era como otro cualquiera porque Violeta Gandieta cumplía veintidós años. Y aunque eso no tenía nada de particular (salvo en lo referente a la excitación que suele ir aparejada a las celebraciones de cumpleaños) para Violeta fue un acontecimiento excepcional, aunque su familia se apresuró en calificarlo de estremecedor. Aquella preciosa mañana, el sol debería haber aparecido en el firmamento sin que el mundo contara con la presencia de Violeta Gandieta, al menos eso fue lo que aseguraron los médicos que la trataron 11 años atrás. Solo que ese día, Violeta despertó con vida y se levantó de la cama con más energías de lo habitual. Durante todo el año anterior, la vida de Violeta Gandieta cambió de forma extraordinaria. Para ella fue como pasar del frío al calor, o del blanco al negro sin que existiera un gris. De un día para otro, Violeta dejó de formar parte de la casa (o de su mobiliario) para formar parte de la familia y es que, desde el mismo día en que cumplió los veintiún años y traspasó la delgada línea psicológica que delimitaba el que se había vaticinado como su último año de vida, su familia comenzó a reparar en ella como nunca antes lo había hecho y le prestó atención por si se producía el trágico desenlace, más por cuestiones de conciencia que por verdadero afecto. A lo largo del año, y siempre sentada en su silla con la labor interrumpida en su regazo, Violeta recibió la visita de las que fueron sus amigas de infancia, de familiares que vivían en la ciudad o que habían abandonado el pueblo con el paso de los años en busca de un futuro más próspero, e incluso de simples vecinos curiosos que sabían de su suerte. Quisieron interesarse por su precario estado de salud y conversar con ella antes de que la muerte la arrebatara tristemente de sus vidas. Violeta Gandieta era consciente de la hipocresía que todo el mundo le demostraba pero se aprovechó de ello porque era la única forma de estar distraída saliendo de la monotonía que rodeaba sus días. De repente, todos quisieron despedirse, aliviar sus conciencias y volver a sus quehaceres diarios, de modo que Violeta volvió a ver a gente a la que ni


recordaba y tuvo que escuchar sus historias y sus lamentaciones, convirtiéndose en una especie de pañuelo expiatorio de culpas en plena conexión con Dios, o al menos próxima a la muerte. Aquella gente le confesaba que hurtaban en las casas en las que servían, que engañaban a sus parientes, que mentían, que deseaban viajar a la ciudad y gastarse todos los ahorros. Le hablaban de sus antepasados, de la historia de Petronila Binase y su muerte en el interior del bosque circular, de los días de las tormentas y de la epidemia de poliomielitis. De la gripe española, de los hijos, de los abortos, de los trabajos, de las enfermedades, de los cotilleos, las molestias, las rencillas, los enfrentamientos, las peleas, los intrusos, los recién llegados. Y Violeta escuchaba y asentía, a veces agotada otras fascinada ante esas historias para ella desconocidas porque eran demasiado complejas como para adivinarlas a través de los cristales. Su mente se convirtió en un enorme puzzle invisible en el que Violeta ubicaba a los habitantes del pueblo y recomponía sus historias tal y como se las contaban. Después, en el silencio de la noche, Violeta recomponía los huecos con la imaginación y daba imagen a todos esos desconocidos a los que apenas había visto. En poco tiempo, ese microcosmos de historias que ocupaba su cabeza se convirtió en una realidad imprescindible en su nueva vida, un apoyo al que aferrarse para superar la soledad y la tristeza en la que su familia la había sumido durante años. Pero aquellas silenciosas noches no sólo sirvieron para formar imágenes de desconocidos en el fondo de su mente sino que sirvieron para prepararla definitivamente ante la muerte. Prácticamente cada noche, Violeta Gandieta recurría al mismo sueño. En él, se encontraba en el interior de su casa esperando junto a la puerta entreabierta que daba a la calle. Había preparado una pequeña maleta en la que guardaba un pliego de papel donde había dibujado, con los trazos imperfectos de un niño pequeño, lo que ella definía como un mapa de relaciones personales en el que aparecían reflejados todos los vecinos del pueblo de los que sus visitas le habían hablado. Junto a sus nombres, en el interior de un círculo, escritas con una caligrafía torcida y una ortografía mayoritariamente incorrecta, aparecían las palabras básicas que definían a cada una de aquellas personas: ordenado, inteligente, bella, campesino, hija, sacerdote, amigo, feriante… Y, alrededor de ellos, trazos gruesos se entrecruzaban con otros más pulcros que, como en una madeja, marcaban las relaciones que les unían. Tomó la maleta en una de sus manos y salió a la calle para esperarla. Como cada noche, la muerte llegó en un carruaje negro tirado por cuatro caballos negros que relinchaban y galopaban sin levantar


polvo en el camino puesto que sus patas (igual que las ruedas del carruaje) no llegaban a tocar el suelo. El carruaje se detuvo a su altura y Violeta, sonriendo como le enseñaron de pequeña, se acercó hasta la portezuela que se abría. Tratando de ver lo que había en su interior, noche tras noche, Violeta vio los ojos de la muerte que venía a recogerla. Conforme pasaron los meses, la tensión se acumuló entre la familia. Los abuelos se instalaron en la misma casa para estar cerca de Violeta, la madre se negó a dejarla sola por si su corazón se expandía en el momento en que faltara y los hermanos se disputaron los sitios contiguos al suyo alrededor de la mesa para tenerla más cerca. Violeta se sintió observada durante el día y la noche, incluso hicieron turnos para permanecer en vela durante la noche por si llamaba pidiendo algo y no la oían, aunque sólo duró tres días porque al cuarto toda la familia estaba demasiado cansada y pensaron que su muerte iba a ocurrir de todas formas. Le hicieron compañía en el desayuno, le dieron algo que probar durante las comidas para que no se sintiese incómoda mirando cómo comían los demás y conversaron con ella mientras hacía su labor. Los únicos momentos que tenía libres eran los que pasaba delante de la ventana antes de las comidas y sus paseos de las tardes por el camino que conducía a los campos aunque, pronto, su padre impuso al más pequeño de los hermanos la obligación de acompañarla. De modo que Violeta Gandieta sólo tuvo intimidad para observar a sus vecinos al pasar por debajo de su ventana. Desde la tarde en que se desvió de su camino habitual y encontró desmayado al joven Darío Dosaguas, Violeta sólo lo había visto a través de los cristales. Todos los días, antes de la comida, Darío Dosaguas salía de la vaquería en la que trabajaba con su padre y su hermano y cruzaba el pueblo hasta el horno de pan teniendo que pasar justo bajo su ventana. Ese fue el único contacto que Violeta tuvo con Darío Dosaguas a lo largo de 4 años. Él pasaba dando la espalda y volvía mostrando un rostro que se hacía adulto a cada paseo. Violeta sintió especial curiosidad acerca de las historias que contaban sobre los Dosaguas y la mujer que había llegado de la ciudad y se encerró en el interior de la casa. Desde que llegaron los excéntricos de las ropas raras cargados de libros y de lienzos se rumoreaba todo lo imaginable pero Violeta sabía que Darío era diferente. Porque lo había observado con atención y adivinaba en él detalles que no descubría en el resto. Su altura, sus profundos ojos claros, su forma de lanzar la mirada como si ahondase en sus contrarios, su figura atlética, o su rostro dulce.


Pero el día de su veintidós cumpleaños todo cambió. Poco después de amanecer, los padres, abuelos y hermanos de Violeta irrumpieron en su cuarto rodeando la cama en la que dormía tratando de averiguar si había muerto. Se llevaron una gran desilusión y no pudieron comprender cómo después de tanto tiempo preparándose para ello no se había producido. Violeta abrió los ojos y escuchó los gritos de toda la familia. No fueron gritos de alegría sino de malhumor por el hecho de tener que soportar el paso de más días aguardando que llegara la muerte. Revolotearon de un lado a otro por el cuarto enlazando conversaciones sin sentido que aludían a lo más inverosímil, desde lo que pensaría la gente del pueblo hasta lo que harían con su lápida, en la que ya habían escrito “Fallecida en la flor de la vida, a los veintiún años de edad” y que ya de nada servía. En el fondo, Violeta Gandieta no se sorprendió de la reacción de su familia. Era lo más lógico, lo más coherente con lo que había sido su vida hasta entonces. Sólo el año anterior había cambiado mientras todo el mundo aguardaba su muerte. Pero esa mañana, no supo qué decirles. No supo qué hacer. Ese día, todas las pautas de conducta que preestablecieron los doctores de la ciudad cuando le diagnosticaron la enfermedad quedaban rotas y sin sentido. Y lo peor es que no sabían hasta qué punto. La madre se llevó las manos a la cabeza preguntándose si Violeta tendría que comer con ellos o no, la abuela corrió a contarlo en el pueblo y el padre volvió al trabajo como si nada hubiera ocurrido aunque con gran malestar por sentir que iba a defraudar a sus amigos cuando se enterasen. Esa mañana, nadie la felicitó. Y, entre el alboroto y el desconcierto, Violeta salió a pasear aunque no le tocaba hacerlo. Conforme caminaba, se dio cuenta de lo sola que estaba y de lo sola que había vivido todos esos años. Se sintió mal consigo misma por no haber cumplido con lo que los demás esperaban de ella. Se sintió sucia por escapar del vaticinio mortal. Pero siguió caminando y contemplando lo bonito que había amanecido el día para ella. Ese 15 de julio de 1926, Violeta Gandieta repitió el camino que hizo unos años antes, desviándose de su ruta habitual y transgrediendo unas normas que ya no tenían sentido. Sus pasos la condujeron muy cerca del bosque circular y aunque no fue consciente de ello, en su interior deseaba encontrar a Darío Dosaguas. Pero lo único que encontró fue la entrada del bosque abriéndose ante ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo y se alejó de allí buscando con los ojos algo bonito que apaciguara su espíritu. Observó el horizonte claro bajo la


débil luz del día. Pudo distinguir en la distancia todas las flores que crecían desde allí hasta el camino y, como siempre deseó hacer siendo una niña, se revolcó sobre la hierba despreocupándose por si manchaba su vestido. Fue su hermano menor el que advirtió que Violeta había desaparecido de la casa. Por un instante, el rostro de la madre se iluminó pensando que habría caído en su habitación y todo habría acabado. Se apresuraron a buscarla pero no la encontraron tendida en el suelo como esperaban, como tampoco la encontraron en el camino que conducía a los campos. La madre cruzó los brazos y, resignada, dijo ya volverá. Hasta que, llegada la hora de comer, Violeta volvió con el vestido manchado de verde y se sentó junto a la ventana con la esperanza de ver pasar a Darío Dosaguas. El resto del día continuó sin novedades ni felicitaciones para Violeta, únicamente con las caras malhumoradas de sus padres y las expresiones defraudadas de los vecinos quienes, al pasar bajo la ventana por la que ella miraba, alzaron la vista en tono despreciativo por sentirse cómplices de una enorme burla orquestada por ella. No obstante, antes de que cayera la noche por completo, la abuela de Violeta regresó a la casa con la cara blanca y los pelos revueltos de tanto correr por las calles del pueblo para contarles el suceso ocurrido del que se había enterado. Sobreexcitada, apenas pudo articular las palabras con coherencia pero fue suficiente para contarles que Almudena Torres, la hija mayor del alcalde Felipe Torres, había sido atropellada por un carro a las afueras del pueblo mientras volvía de comprar fruta en una población vecina donde vivía su prometido, hijo de uno de los más importantes terratenientes de la comarca. La familia al completo se quedó boquiabierta por la sorpresa ya que conocían a la chica (a la que todo el mundo estimaba por ser hija de quien era) pero, cuando la abuela hizo indicaciones con la mano para que aguardaran a que recuperara el aliento y terminara de contarles el resto, pusieron en el rostro esa expresión propia de los fisgones que aguzan los ojos y sonríen para enterarse con mayor precisión. Era la satisfacción que provoca el ansia de curiosidad. Sólo Violeta continuó con la expresión trastornada en el rostro, escuchando a su abuela decir que el carro pasó por encima de Almudena Torres y luego huyó sin detenerse. Al parecer, la encontraron a mitad de la tarde y, como ya nada se pudo hacer por su vida, la llevaron a la Iglesia para velarla. Entonces, la abuela de Violeta apretó los dientes y miró fijamente a su nieta. Según les dijo, cuidando bien las palabras que utilizaba y


pronunciándolas despacio para que no perdieran detalle, la gente del pueblo se enteró de que Violeta había despertado con vida (algo totalmente inesperado a esas alturas) y había desaparecido de la casa durante toda la mañana sin que nadie hubiera podido encontrarla. Fue alguien próximo al alcalde el que acusó directamente a Violeta y añadió que él mismo, con sus propios ojos, vio cómo un carro negro conducido por la muerte personificada, al no encontrar a Violeta dormida en su cama, había acabado con la vida de la pobre e infortunada Almudena Torres en simple acto de compensación. Fue ese hombre el que, en honor al señor alcalde y a la finada, pidió reparación del daño en la persona de Violeta Gandieta. Afortunadamente, se produjo un clamor entre el gentío protestando por sus palabras y, el padre de la difunta, el alcalde Felipe Torres, pidió calma y alegó que sólo Dios repartía justicia y que ésta era eterna. Todos callaron pero la abuela que allí estuvo presente sintió en sus rostros torcidos un rencor contenido y molesto que le hizo temer por su integridad. Por eso, salió corriendo. La madre de Violeta enmudeció al escuchar esas palabras y sus hermanos no pudieron sino llevarse la mano a la boca. El padre se tambaleó y tuvo que sentarse sobre una silla para no caer en redondo. Mientras todos temblaron pensando en las represalias que sufrirían ante tal despropósito, Violeta los observó con tanto dolor que no pudo llorar. Una vez acostada, Violeta Gandieta no pudo conciliar el sueño. Pese a la oscuridad y a tener los ojos completamente cerrados, vio en su interior la silueta de la joven Almudena Torres tal y como solía verla desde la ventana. El pelo recogido, caminar lento y aristocrático ajeno a aquel pueblo, los perfectos labios encarnados. Toda ella asomaba por su mente golpeando su conciencia. Sintió un dolor profundo en el bajo estómago y sudores fríos por todo el cuerpo tan solo por pensar que las habladurías de la gente podían ser ciertas. Que la muerte había elegido a su capricho al no encontrarla donde se esperaba. Cada vez que Violeta creyó acercarse al sueño se vio sobresaltada por la irrupción de aquella imagen de la chica y el carruaje negro que, sin llegar a tocar el suelo polvoriento del camino, pasaba rodando con sus ruedas sobre Almudena. Y las horribles patas de los caballos pisoteando el cuerpo. De nuevo esa noche, los ojos de la muerte se encontraron con los suyos. Violeta despertó y volvió a esa realidad en la que sobrevivía, la cual se le antojó horriblemente cruel, injusta y oscurecida. Luego estaba su familia; y el dolor que sentirían cada vez que alguien en el pueblo les


señalara con el dedo por culpa de Violeta. Ya no se trataba de utilizarla a ella como una simple referencia en las conversaciones como cuando la gente decía mira, ahí van los abuelos de la premuerta o habla con el padre de la premuerta, sino que ahora se convertiría en una pesada condena moral al creerlos indirectos responsables de la muerte de Almudena Torres. Violeta sabía que aquello acabaría con sus padres lentamente y, aunque nunca se preocuparon por lo que sentía, ella les quería en exceso y no les guardaba ningún rencor porque siempre asumió con espíritu conformista lo que le ocurría. Por eso, a la mañana siguiente, apenas apareció el sol en el cielo, Violeta Gandieta se levantó de la cama, se vistió y salió de su casa sin decir nada a nadie. Como la mañana de su premonitorio veintidós cumpleaños, tomó el camino equivocado, aquél que conducía al bosque circular donde un día encontró a Darío Dosaguas con la mano destrozada. La confusión predominó en sus pasos. Sus deseos más profundos le indicaban que tenía que compensar a todo el mundo con lo que esperaban de ella sin haberse producido, pero su enorme corazón le recordaba lo poco que había vivido para tomar decisiones del tamaño de la que pretendía. Volvió a sentirse muy sola, sin nadie a quien pedir consejo que se basara en la experiencia. Tampoco tuvo claro a dónde quería ir puesto que había tomado el camino del bosque a sabiendas de que le daba miedo aunque, quizá, deseando encontrar a Darío Dosaguas quien, en su pensamiento, se encontraba idealizado como un príncipe de cuento. Pasó Violeta Gandieta junto a una pequeña caseta y se detuvo ante su puerta. Se trataba de una de esas minúsculas construcciones de madera con una base de apenas metro y medio cuadrado, con una puerta que abarcaba por completo uno de los cuatro costados, y unas paredes que se alzaban hasta una altura de dos metros. En su breve espacio interior, se guardaban los aperos de labranza cuando la casa se encontraba alejada del campo y los trabajadores se guarecían del frío del invierno calentándose en la estufa que había en su interior a la vez que almorzaban para reponer fuerzas. Solo que por allí, por esa zona próxima al bosque, las tierras dejaron de cultivarse hacía más de sesenta años y todo el terreno quedó abandonado. Pero la caseta continuaba en pie, un tanto debilitada por las inclemencias del tiempo pero firme, alta y angustiosamente estrecha. Violeta sintió curiosidad de si su interior se habría conservado por lo que abrió la portezuela y entró. Cerró la puerta tras de sí y se sintió transportada al tiempo de sus abuelos cuando trabajaban en el campo cultivando hortalizas. Allí aprisionada pensó que


era parecido a estar dentro de un ataúd, en un cerramiento cáustico de paredes sin ventanas. Sin apenas poder moverse sobre sí misma, distinguió entre el vacío de la caseta lo único que quedaba en su interior, además de suciedad, por estar íntimamente ligado a ella: una estufa de hierro forjado con un tubo que ascendía por una esquina y desaparecía en el techo para dejar escapar el humo al exterior. Se acercó y abrió la trampilla en la que se echaba la leña sorprendiéndose de que se encontrara llena. Sacó de su interior uno de los troncos que casi se deshizo entre sus manos de lo viejo que era. Olía a madera seca y a polvo. Lo introdujo de nuevo en la estufa al tiempo que se le ocurría una gran idea. Pero necesitaba algo esencial: fuego. Mientras Violeta Gandieta salía de la caseta abandonada y recorría entre las hierbas salvajes el camino de vuelta a casa, con el propósito de coger un encendedor y algo de papel, Darío Dosaguas salía de su casa y, junto a su padre y su hermano, ascendía la cuesta que conducía a la vaquería. Por casualidad, desde que empezaron a subir la ladera, Darío sintió un picor insistente en la base del cuello como si un insecto le estuviera aguijoneando. Para rascarse mejor, giró la cabeza hacia la derecha y pudo distinguir, en la lejanía a una joven que caminaba apresuradamente por un camino habitualmente prohibido y a una hora inusual. Distanció sus pasos de los de su familia sin decir nada para descubrir la identidad de la joven y se sorprendió de reconocer en la chica que corría a la enferma Violeta Gandieta a la que mucha gente acusaba de ser la culpable de la muerte de la hija del alcalde. La había visto en algunas ocasiones espiándole desde su ventana cuando él iba al horno a comprar el pan. Si él trataba de levantar la vista para sorprenderla, ella se retiraba con rapidez al interior del cuarto para no ser vista y disimulaba detrás de las cortinas manteniendo la mirada fija y prohibida. A Darío siempre le pareció una muchacha bonita y nunca entendió por qué sus padres la retenían tanto tiempo en la casa. Pensó que debían quererla mucho pero se equivocó de pleno. Cuando Darío entró a la vaquería, la joven alcanzaba el camino de los campos. Él supuso que volvía a su casa pero la curiosidad por saber algo más le obligó a estar pendiente en las ventanas por si veía de nuevo una figura corriendo a través de las hierbas altas del campo. Aproximadamente media hora después, Darío le dijo a su padre que volvía enseguida y, pese a la cara de disgusto que éste puso y su advertencia de que volviera en menos de lo que cuesta suspirar, salió de la vaquería y caminó en línea recta hasta la posición más alta de la


ladera desde la que se distinguía todo el pueblo a un lado y al otro los campos, las montañas y el bosque circular. No vio pasar a ninguna joven pero le llamó la atención una gruesa columna de humo que salía de una de las casetas abandonadas de los viejos campos. Violeta Gandieta salió de su casa con la cara inundada en satisfacción pensando en lo que iba a hacer y en el silencio en el que había escondido sus pasos por la casa hasta hacerse con el encendedor, los trapos y los papeles para el fuego. Tomó el camino de los campos, cruzó por las hierbas altas y llegó hasta la caseta. Cerró la puerta hasta que encajó completamente en su marco y trató de desmontar el tubo de la estufa que servía de chimenea. Le costó trabajo separar un tubo de otro debido a que el tiempo los había soldado casi por completo pero cuando lo logró se sintió muy feliz. Introdujo los dos trapos por el orificio y se ayudó de un palo delgado para deslizarlos por dentro del tubo. Después, volvió a unir las dos piezas del tubo de la chimenea y lanzó los papeles dentro de la estufa. Acercó el encendedor a los papeles y arrastró con el pulgar la rosca que hacía saltar la chispa. Repitió varias veces hasta que algo prendió y una llamarada invadió lentamente la superficie de los troncos viejos. Cerró la portezuela de la estufa y, colocando las manos extendidas muy cerca de ella para sentir el calor en sus palmas, esperó. Le resultó curioso no sentir nada de miedo. Después de tanto esperar, se enfrentaba a la muerte como le enseñaron, asumiéndolo como algo inevitable y dulce. Recorrió con la mirada los rincones de la caseta y se reconfortó en su nuevo ataúd. Opinó que despedirse del mundo en aquel lugar era un buen símbolo, un reconocimiento a los antepasados del pueblo, a unas tierras que, como ella, fueron abandonadas por el tiempo. Y sonrió satisfecha de complacer a su familia. En torno suyo, el humo revocaba de la chimenea y se esparcía por el interior de la caseta inundándolo todo. Pese al escozor en sus ojos, los mantuvo bien abiertos para reconocer a la muerte cuando llegara a buscarla. Después de todo, a lo largo de las noches, se habían hecho buenas amigas. Darío Dosaguas descendió la ladera a una velocidad tal que sus piernas recorrían espacios nunca antes explorados y su cuerpo permanecía más tiempo en el aire que sobre la tierra. Atravesó las piedras y matojos que indicaban el camino al bosque circular y, con la mirada fija en la caseta que humeaba, deseó llegar a tiempo. Por las ranuras que formaban los maderos al unirse escapaban hilos de humo negro de un


olor intenso y mustio, como de madera vieja que invadían el aire alrededor de la caseta. La chimenea que sobresalía por una de las esquinas del techo no daba muestras de actividad lo que le hizo suponer que se encontraba obturada. Instintivamente, Darío alcanzó con su mano derecha el tirador de la puerta y, al intentar abrirla, recordó que la deformidad en la que quedaron sus huesos (después de su automutilación) le impedía doblarla lo suficiente como para asir el tirador y abrir. Furioso, Darío agarró el tirador con ambas manos e hizo fuerza para extraer la puerta hinchada de su marco. Ya en ese momento, tuvo que toser para alejar de su boca el humo oscuro que presagiaba la muerte pero cuando la puerta cedió hacia fuera, un manto espeso y negro le cubrió y le impidió ver el interior. Alargó los brazos sin encontrar otra cosa que vacío. Manoteó en el humo sin resultado hasta que se le ocurrió que quienquiera que estuviera ahí dentro se habría desmayado por la inhalación, por lo que se agachó y tanteó en el fondo. En cuanto palpó lo que parecía ser una pierna, Darío tiró hacia fuera y siguió avanzando varios metros con la cabeza alejada del humo sin volverse a mirar a aquello de lo que tiraba. En ese momento, lo único en lo que pensaba era en unos puntos extraños de color rojo que, como dos ojos intensos, le observaban desde un rincón de la caseta. Y en un sonido lejano, como de relincho. Violeta Gandieta no fue consciente de lo ocurrido en la caseta ni en ese momento ni con posterioridad. Despertó con el incendio agarrado en el esófago, con los dientes ennegrecidos por el humo tragado y con la garganta destrozada de tanto toser. Mareada, se desorientó al despertar y ver alrededor de su cama a parte de su familia pendiente de ella, porque nunca antes lo estuvieron, ni siquiera cuando se acercó la muerte a buscarla. Probablemente, fue el orgullo de la familia lo que se resintió en el incendio, ya que siempre esperaron una muerte dulce que sobrecogiera a Violeta de repente en la soledad de su costura, al apartarse de la ventana o al perderse entre sus sueños, pero si la pequeña moría abrasada en un accidente sería un hecho terrible, lo suficientemente traumático ante la gente como para que cambiara la idea que siempre se hicieron de la familia y la mitología que fueron alentando en torno a la hija. Era como recibir una segunda patada después del desplante que les hizo al no morir cuando debió hacerlo. La castigaron severamente durante cuatro semanas y le prohibieron acercarse al bosque circular, como le ocurrió a tantas otras jovencitas desde los orígenes del pueblo. Lo peor de todo es que se negaron a darle detalles de quién la había llevado hasta casa. Violeta pasó


noches enteras imaginando el rostro de su salvador, viendo las llamas que arrasaban las paredes de madera y sintiendo el golpe de su cuerpo al caer sobre la hierba del campo. Su cara aplastada al caer en el suelo. Y un rostro. Un rostro al que ella siempre ponía los rasgos de Darío Dosaguas aun sin saber que había sido él quien la había rescatado. Una noche, poco antes de que le levantaran el castigo, Violeta soñó con Darío. Lo vio a contraluz junto a la orilla del mar, todo él una sombra en la que destacaban sus músculos recios y su contorno delgado. A su lado, una barca aparecía varada en la arena, bocabajo, cubierta por unas redes de pesca. En sueños, Violeta giró el rostro para poder distinguir un nombre escrito del revés en uno de los lados de la barca. Leyó Elisenda en letras de color azul. El cielo se ennegrecía y Darío, al verla, le pedía que se fuera. Violeta se alejaba triste y chocaba con una pared de agua que subía y bajaba en vertical desde la arena al cielo, hasta atravesar las nubes. Un ángel asexuado con alas de metro y medio miraba a Violeta enfurecido. Descendía volando hacia ella sin mover las alas, con un rumor de tela. El ángel torcía la cabeza hacia ella y le mordía en un hombro. Violeta se despertó sobresaltada e incómoda por tal manifestación de deseo.

XIV: Encuentros en los límites del deseo oscuro. A lo largo de un año, desde el comienzo de la primavera de 1926 hasta bien avanzado el verano de 1927, la casa de los Dosaguas se enorgulleció con la presencia, prácticamente ininterrumpida, del famoso Benicio Del Valle, al que todos conocían públicamente por el sobrenombre de “El ojo violeta”. Llegó como acompañante de Luís Jeremías Beltrán, un renombrado pintor de acuarelas venido del sur de Francia que recorría la zona del interior para retratarla en sus pinturas, después de haber inmortalizado con sus pinceles la mayoría de las costas del norte de España y de haberse cansado de oler el mar; los dos hombres llegaron al pueblo juntos y fue tal la expectación que levantó la presencia de Benicio del Valle que atrajo desde la ciudad a decenas de personas que querían conocerle. Benicio, “El ojo violeta”, era un artista de lo


desconocido (como se presentaba ante su público), un mago, un prestidigitador de la voluntad humana, la cual podía ser manipulada y moldeada a petición del interesado con tal habilidad que eran muchos los que recurrían a “El ojo violeta” para corregir defectos de conducta, malos genios, la costumbre de pronunciar palabras obscenas y malsonantes, o para librarse de la bebida o de cualquier otra adicción. De lo único que él no garantizaba cura era del mal de amores, pues afirmaba que una vez que la mujer había inyectado su veneno de amor con la mirada ya era imposible librarse de él pues nunca se podría fabricar, ni imaginar, antídoto alguno contra los deseos femeninos. Lucía y las otras mujeres del grupo del jardín se burlaban de Benicio Del Valle amenazándole con enamorarlo hasta matarlo, pero él se burlaba a su vez de ellas afirmando que su cuerpo poseía la mejor de las barreras: una indiferencia natural de la que era culpable una bala extraviada durante una cacería de zorros. De “zorras”, decían ellas. Y reían. Su cuerpo, de complexión equivocada, y sus vestimentas eran alguno de los motivos por los que Benicio causaba admiración en los que le seguían allá donde se encontrara. Parecía un ruso salido de las estepas, inesperadamente alto, con cabellos canos entre las sienes y la espesa barba, una capa entre verde y cobalto que cubría sus hombros hasta las mangas (por donde aparecían unas manos gruesas de voluptuosa carne) y un sombrero cuadrado de fieltro. Tenía las espaldas anchas y redondeadas como si se encorvara levemente para guardar entre su pecho y sus brazos entrecruzados una larga serpiente de cascabel con propiedades mágicas. Muchos afirmaban haber escuchado el ruido de la cola de cascabel bajo su túnica, o decían haber visto unos ojillos anaranjados tras los botones desabrochados de la camisa. El misterio siempre le acompañaba, como el pintor Luís Jeremías Beltrán. Unos decían que era su biógrafo a través de la pintura, otros afirmaban que Benicio era un desastre con las finanzas y que necesitaba del otro para administrar el dinero con el que costear sus viajes, otros aseguraban que eran amantes; pero lo cierto es que ambos se conocieron a la entrada de un teatro de Malta donde cantaba la bella soprano Malèna Strizzi y unieron sus artes a lo largo de sus viajes. Benicio Del Valle llegó al pueblo para quedarse una semana. Pero la afluencia masiva de nuevos invitados, la gente desconocida que apareció desde todas partes llamando a la puerta porque sabían que su admirado Benicio Del Valle se encontraba allí, o los propios vecinos del pueblo, obraron el milagro de retener a tal trashumante de la vida durante más de


un año. Marcelo tuvo que pedir permiso a sus vecinos de confianza para que alojasen durante un par de noches a los invitados que iban llegando ya que la casa se hizo inmensamente pequeña para albergarlos a todos. Y así, día tras día, la casa de los Dosaguas se convirtió en el mejor teatro de novedades de toda la zona, con la única y exclusiva actuación de Benicio Del Valle, también conocido por “El ojo violeta”. Una mañana muy temprano, andaba Benicio dando vueltas por la planta baja de la casa, junto a las escaleras que conducían al piso de arriba, cuando afirmó que bajo las escaleras había una entrada oculta a un sótano. Darío se sorprendió y negó tal extremo. Conocía bien la casa y aquella parte, que ya les pertenecía antes de las obras de ampliación, no disponía de ningún sótano o almacén parecido. Benicio se ofendió de que Darío lo negara. Abrió los ojos de manera imposible en una mueca que mezclaba el desafío, la cólera y el disgusto. Se rascó la barba cana y apartó el enorme cuerpo de Darío Dosaguas de un empujón. La luz del día inundaba la estancia salvo por las distraídas sombras que desplegaba desde fuera el movimiento de las flores del jardín. Benicio Del Valle extrajo de uno de los bolsillos de su túnica una enorme vara de medio metro de larga y señaló con su punta una cruz imaginaria en la pared bajo la que se sujetaba la escalera. Darío fue a buscar a su padre y, en unos minutos, la sala y la cocina se llenaron de gente. Lucía, Marcelo, Jaime, los pequeños, algunos de los invitados y Luís Jeremías Beltrán que esbozaba una sonrisa de admiración, convencido de que los allí reunidos estaban a punto de presenciar un milagro obra de su amigo. Benicio insistió golpeando la pared con la vara. Marcelo se puso por el medio y se negó rotundamente a agujerear la pared. Colocó los brazos en jarras y le llamó presuntuoso. Benicio Del Valle se ofendió por el insulto, escondió su rostro en una mueca dolida y refunfuñó. Todos esperaron ver humo saliendo de sus labios prietos y al ver la tensión de poder que existía entre los dos hombres se apresuraron a protestar y rogar a Marcelo que permitiera al mago descubrir su hallazgo. Marcelo mantuvo firme su negativa por lo que dos de los escritores lo cogieron por los brazos y lo apartaron hacia el fondo de la sala. Un tercero se acercó al grupo sosteniendo entre las manos una pala que ofreció a Del Valle. Se armó un revuelo, Marcelo quiso soltarse y el resto ayudó al mago a golpear la pared con la parte metálica de la pala. Entonces, el muro cedió. Sonó como si el ladrillo estuviera hueco y la masa compacta cayera sobre una alfombra de lana. Los presentes lanzaron un ohhh de sorpresa y se acercaron al agujero, pero no pudieron


ver nada porque les tapaba el cuerpo de Benicio Del Valle. Éste se giró en redondo de manera que taponó el agujero y les mostró su barriga cubierta por la capa brillante. Sonreía ávidamente, esperando los aplausos a su magnífica actuación. Desde el fondo, los escritores soltaron los brazos de Marcelo Dosaguas y se acercaron hasta donde se amontonaba el resto del grupo. ¿Y bien?, dijo Del Valle. Seguidamente, Marcelo Dosaguas se abalanzó sobre él y lo apartó de la pared. Detrás, se descubrió un agujero de al menos cuarenta centímetros de ancho por otros tantos de alto. Se acercaron al tiempo y asomaron las cabezas, una tras otra, por el hueco oscuro. En el interior, se escuchaba un rumor de agua. Marcelo tomó la pala con sus manos y golpeó furioso sobre los ladrillos agrietados que remarcaban el agujero. Lentamente, se abrió un nuevo boquete del tamaño de una puerta pequeña. Marcelo fue el primero en entrar, seguido de varios escritores del grupo, Lucía, Jaime y Luís Jeremías Beltrán, que no paraba de reír. Desde dentro, éste último asomó la cabeza hacia Benicio Del Valle y le pidió que les siguiera. Darío y el resto vieron cómo el mago entraba en el agujero y todos se perdieron en la oscuridad bajo las escaleras. Había suficiente espacio como para abarcarlos a todos. Paredes encaladas que alguien se molestó en tapiar, una nueva escalera cincelada en la piedra que conducía a un piso inferior, en total oscuridad. Lucía salió a por un candelabro con velas y volvió para iluminarles el camino. Marcelo, mantuvo la primera posición. Descendieron de uno en uno y llegaron a una estancia pequeña, redondeada, sin huecos ni ventanas. En uno de los lados, había un pozo de agua cuya parte superior estaba cubierta por una tapa de madera. Pese a ello, se escuchaba el rumor lejano del agua corriendo. Rubén y Rosa se persiguieron alrededor del pozo y se enroscaron en las piernas de Benicio Del Valle. ¿Y bien?, repitió éste. Marcelo Dosaguas tuvo que darle la razón. Horas más tarde, los hombres salieron a la piscina y se dieron un baño. Las mujeres habían ido a pasear por los campos excepto Lucía que, aislada en su reducido paraíso, escribía poemas a la tibia luz de la tarde. A pesar del calor, Benicio Del Valle no se desprendió de sus ropajes gruesos ni de su capa; paseó por entre los árboles frutales del jardín y acarició los troncos como si pudiera comunicarse con ellos. Después de un rato, volvió hacia la casa y tropezó con Darío Dosaguas que descansaba bajo el roble. Estaba empapado de agua porque acababa de tomar un baño y el bañador de dos piezas se le pegaba de manera


inclemente al cuerpo, destacando cada uno de sus relieves, especialmente las costillas. Benicio reparó en él y se reclinó a su lado. Darío se dio cuenta de que el hombre le miraba con ojos misteriosos. Escuchó que le decía: ¿Sabes por qué me llaman el ojo violeta?, a lo que Darío negó con la cabeza. Del Valle afirmó que se trataba del color con el que él veía las cosas extraordinarias que se desarrollaban a su alrededor. Darío pareció no darle importancia y, sin embargo, el hombre se dio cuenta de que le rehuía. No me creíste antes. Me creerías ahora si te digo que la tiniebla se esconde y te espera en el bosque; y que más allá de él te aguarda la que mira a través del alma. Darío le preguntó quién era ella, si estaba cerca de él. Del Valle negó con la cabeza. Miró hacia la casa, a las ventanas que daban al piso superior donde Lucía escribía sus poemas. No es ésa que piensas; allí sólo hay nubes para ti. Mira a través de la lluvia y sueña con las montañas. Darío no le entendió. Disgustado, se levantó y se lanzó al agua de la piscina. Al emerger su cabeza a la superficie, el mago ya había desaparecido. Esa noche al ir a dormir, Darío intentó dirigir sus sueños a las montañas de las que le habló el mago, pero soñó con vacas y girasoles dando vueltas hacia el sol. Un mes más tarde, coincidiendo con las primeras lluvias, Darío recordó las palabras de Benicio Del Valle. Desde entonces, el hombre no había vuelto a abordar a Darío en la intimidad ni le había comentado nada acerca de sus facultades mágicas ni de sus posibilidades de ver la vida a través de su mirada violeta. Seguía siendo el centro de atención de todo el grupo, había conseguido que las reuniones en el jardín dejaran de ser literarias y se convirtieran en un espectáculo de juegos de manos, de historias fantaseadas y risas de Luís Jeremías Beltrán. Sin embargo, ese día llovió y Darío tuvo el impulso de salir de la casa y dirigirse hacia las montañas. Corrió por entre las callejas que conducían a la plaza y se sintió observado al pasar por la ventana de una joven a la que aún no conocía pese a haberse rescatado mutuamente. Se dio cuenta de que ella le observaba tras los visillos. La lluvia le empapó con fuerza en la plaza y siguió en dirección al este, a las montañas. Pisó charcos de barro y se hundió en unas zanjas. Poco después dio con el camino que conducía al mirador de las montañas, adonde iba con su madre mientras ésta vivía. Desde lo alto, la inmensidad se hizo pequeña y Darío pensó que su destino estaba cerca.


La lluvia permaneció al día siguiente y Darío rehizo el camino desde casa hasta las montañas. Pudo haber variado su ruta por detrás de la vaquería para no tener que atravesar los campos pero prefirió cruzar por el centro del pueblo y ser observado de nuevo por la joven. Esta vez él se detuvo bajo la ventana con la mirada fija en los cristales. No pudo ver nada. Tan solo la lluvia que lo empañaba todo. Corrió y corrió. Desde lo alto de las montañas, más allá de las nubes grises, pensó en los ojos de su madre, en el cabello oscuro generalmente escondido, las manos piadosas y la sonrisa intermitente. Dejó de llover y Darío, desde las ventanas de la vaquería, ocupado en su trabajo, observó a Lucía que paseaba por el jardín. Llevaba a los pequeños de la mano y les enseñaba a cortar las flores, a separar las raíces de la tierra y a injertar unas especies con otras. Rosa, la seguía con su carita pequeña y Rubén la imitaba en la forma de acariciar el dorso de las hojas y de retirar los caracoles de los tallos. En esas ocasiones, Darío miraba a su padre y a su hermano que trabajaban a su lado y cerraba los ojos deseando encontrarse muy lejos: en la ciudad con su tío Gerardo, estudiando paleontología o escribiendo en la privacidad de su cuarto. Pero debía atender a las vacas y no evadirse tanto. Una tarde más, esta vez con el sol cegándole la vista, Darío se detuvo tras la ventana de la joven. Ella refirmaba su rostro sobre los cristales y Darío creyó ver el color de sus ojos. Y pensó que eran de color violeta. Como su nombre. En el instante en que los sueños le transportaron a su otro mundo, al lugar al que huía en los momentos difíciles, al reducto donde los versos de la canción de la tormenta sonaban como un eco que se repetía sin cesar, Darío Dosaguas vio a la joven en medio de un campo de cerezos. Ella caminaba hacia él con el rostro distorsionado como si le mirara desde el otro lado de la ventana. Él se apartaba y la veía pasar. El perfume de ella era el mismo que el que cicatrizaba su mano. Por eso besaba la mano herida cada noche antes de dormir. La besaba a ella. Violeta Gandieta se fue a dormir. Su madre olvidó taparla y darle las buenas noches. Se cubrió con la almohada y se venció al cansancio. Soñó de nuevo con el ángel de las alas inmóviles. Esta vez llegaba hasta ella volando de costado, totalmente erguido; se pegaba a su cuerpo y le tocaba los codos. Los ojos amarillos del ángel exudaban una pasión enfermiza.


Violeta cerró los ojos para no ver cómo se acercaba a morderla. Ya sentía sus dientes en el mismo sitio. Como cada noche, la devoraba el placer. Pasó el invierno y, con él, la primavera. Aun sin conocerse, los jóvenes se encontraron en el límite que separa lo real de lo irreal, pues el deseo que invadía sus vidas era mucho más fuerte que ellos. Ya lo advirtió el mago Del Valle: cuando una mujer clavaba su veneno era difícil, si no imposible, escapar de su red de amor. Violeta Gandieta esparció el misterio del deseo a los ojos de un Darío Dosaguas entre asustado, arrepentido y henchido en la codicia de evolucionar. Sufrieron juntos mientras crecía el abono de su misterio, mientras las palabras secretas y silenciosas se repetían en la soledad de sus respectivos cuartos. Palabras de deseo, de presentaciones, de invitación a la gloria y a respirar la frescura del ansia enfrascada. Poco antes de marchar, Benicio Del Valle encontró a Darío escondido en el hueco que daba al nuevo sótano descubierto. Su padre estaba a punto de colocar una puerta y de fijar un sistema de iluminación a base de lámparas de aceite, pero todavía quedaba el hueco a la vista. Benicio le felicitó y Darío no supo qué responderle. No sabía a qué se refería. Benicio dijo que ya lo había entendido, solo que aún no lo veía con sus propios ojos. Poco después, se marchó. Era tal la admiración que Benicio Del Valle despertaba que, una vez se fue, se llevó todo y a todos con él. Comenzó marchándose Luís Jeremías Beltrán y tres de los escritores, siguieron las poetisas, los ensayistas y el tramoyista del último mes. Tras ellos, el resto del grupo del jardín, que tuvo que reincorporarse a sus vidas, a las exigencias de sus editores, a representaciones teatrales, y a la vida en sí que les reclamaba. Lentamente, todos acabaron marchando del pueblo. Cesaron las reuniones de artistas en el jardín, se paralizaron las sesiones de acuarelas, el modelado de cerámica, los adornos florales; se esfumó la poesía recitada, la escritura, las bromas, las risas. La gente paseando por la piscina y los pasillos, los cuerpos semidesnudos a la luz de las estrellas y los brindis con champaña. Y el jardín de Lucía se quedó vacío, como nunca antes lo estuvo.


XV: Lucía despierta. 1928. En la madrugada del 16 de enero de 1928, Lucía Zagra se despertó sobresaltada y ungida en sudor por la caricia grotesca de una pesadilla que se pegó a sus ojos al poco de abrirlos, y se quedó allí, empañando la visión nocturna de la luna. Esa noche, Lucía cumplía cuarenta y tres años. Dejó a Marcelo tendido sobre la cama y, rozando apenas el suelo, se escabulló hasta el jardín. Se dejó llevar por la posición en la que las estrellas vertían sobre ella su luminosidad y se sentó junto al árbol primigenio del jardín. Era el más bello y grueso, el que pretendía alcanzar el cielo como tantos otros lo habían intentado, el que protegía bajo sus raíces la osamenta del pequeñín Dosaguas y el que, con el desconocimiento al que obliga el presente, aguardaba el día en que su tierra acogería el cuerpo de otros Dosaguas. Lucía permaneció a su lado mirando a lo alto, buscando una respuesta a tantas preguntas que le habían asaltado en los días precedentes. Y durante las noches, los sueños no habían hecho más que acrecentar su desconcierto y perfilar un mundo irreal de inquisiciones con peligrosas respuestas, o carentes de ellas. Se acercaba al borde de su mundo y miraba su profundidad para sentir vértigo. Eso era lo único que la mantenía con vida. Y quizá esa era la respuesta. Ese vértigo. Le dio vueltas durante mucho tiempo, al menos tres horas de una contemplación de estrellas que no implicaba una consciente atención. Simplemente fundía sus ojos en un punto y se perdía en el blanco de su mente, tan desorientada. Antes de ver clara la respuesta, Lucía sintió el escalofrío del miedo presente en su pesadilla, como el augurio de los pájaros en vuelo raso, como el fantasma de Hamlet clamando venganza; sus miedos se reflejaban privadamente en su soledad y le gritaban suplicando una reacción. Una respuesta. Era parecido a algo que había vivido tiempo atrás, en su otro mundo ya olvidado. Pero aquello fue muy distinto. El sueño vino temprano, apenas se acostó. Dejó de escuchar los suspiros profundos de Marcelo y caminó sola por un camino descubierto sin luz. Era un páramo que reflejaba su propia alma. Estaba frío, oscuro y desierto. Sin los sonidos de la naturaleza que lo acompasasen para hacerlo más real, más vívido. Pues la realidad era ella y estaba


descompuesta. Caminó en línea recta pero sin rumbo. Transcurrió un tiempo hasta que la oscuridad se volvió fosforescente y los alrededores se plegaron ante ella como si estuviese en el interior de un gigantesco estómago. Sintió el olor ardiente de los fluidos misteriosos que se vertían a su espalda desde lo alto. Tras de sí, y a su paso, se alejaba de un lago completamente manso y sin movimiento fruto de los fluidos que caían. Era un lago helado y negro. Como la laguna Estigia. El olor a muerte penetraba por su nariz provocándole pequeñas bocanadas. Paseó en el más íntimo silencio por ese camino ya conocido que conducía a un único y tenebroso destino. Siguió la senda que la fluorescencia iba trazando sobre la nada hasta llegar a una puerta. Era una puerta metálica de tamaño normal, fría y deslizante. Magnética. Como no tenía pomo la empujó hasta que se abrió. Ante ella apareció un camino húmedo y fangoso, demasiado blando como para resistir su peso. Miró a su espalda y comprendió que el suelo que se desplegaba ante ella estuviera embarrado, ya que los fluidos del lago se deslizaban silenciosos a través de la puerta, en pendiente descendente. La iluminación no varió pero Lucía distinguió con mayor claridad el lugar al que se dirigía. Sus pies se hundieron en aquella sustancia que parecía capturarla e impedirle llegar a su destino. Pero el destino es sabio, y esperaba su llegada. Terminó su recorrido deslizándose en pasos resbalosos hasta dos árboles. Estaban perfectamente colocados uno ante otro y anunciaban el comienzo de un bosque. Sus ramas se abrían en grato y ansiado recibimiento, por lo que Lucía no podía desairarlas. Tras los troncos, había otra puerta, esta vez de cristal aunque su superficie no tenía reflejo. Nuevamente, Lucía empujó para abrirla y apareció en el interior de un inmenso bosque de árboles espesos. Sus hojas exhalaban otro tipo de fluidos, parecidos al sudor humano. A sus pies se sucedían los charcos pero el firme era seguro. Entendió que estaba en el interior del bosque circular, el que la hacía vomitar como estaba a punto de hacer en aquel instante. Arrojó sus propios fluidos corporales sobre la hierba y se dobló debilitada sintiendo el primer brote de pánico desde el comienzo de su paseo. Ante ella, desplegando con sus brazos los ramajes tupidos que impedían el volar de la vista, apareció una Lucía Zagra de aspecto senil y deplorable. Físicamente, parecía una mezcla entre ella misma y su propia madre, pero el rostro estaba ajado con desproporción, como si algo terrible la hubiera sorprendido hasta el punto de asesinar su imperecedera belleza. Esa anciana le habló y ella comprendió. Entre susurros, y como el tierno cuento de una anciana que adormila la conciencia, Lucía se


sintió sobrecogida y aferrada por ese ser que apretaba violentamente todo su cuerpo. Carecía de manos físicas pero era como si todo su cuerpo hubiera sido asido por el de la otra mujer. La oprimía y notaba cómo absorbía su sangre, su ser, su espíritu. A punto estuvo Lucía de perder la consciencia ya que el rumor que provocaban las hojas en movimiento y el eco del silencio vibrando con los fluidos provocaban en la atmósfera una emisión, letárgica y misteriosa, de pensamientos. Fue esa noche celebrada de su cumpleaños, entre el esfuerzo provocado por la visión del bosque circular que la perseguía y daba alcance, cuando se reconoció a sí misma perdida y engañada, escondiéndose de nuevo. Fue esa noche ceremoniosa, bajo el calor de las estrellas que titilan, cuando Lucía Zagra decidió que era el momento de huir. Como ya hiciera una vez, después de haberse humillado a sí misma en las noches de fiesta en la ciudad. La acidez de una náusea a la altura de la garganta la despertó de su sueño revelador. A su lado, sobre la almohada, se extendía un pequeño vómito grumoso. Despedía olor a salitre de mar, a puerto de pescadores. Lucía se incorporó sobre la cama y pasó la palma de la mano por sus labios para limpiar los restos de vómito. Marcelo dormía a su lado sin enterarse. Su vida en el pueblo se agotó, aunque se asombraba de que hubieran pasado ya 12 años desde el día en que se vio rodeada, junto a Marcelo Dosaguas y el automóvil, por decenas de personas ignorantes que la despedazaron con la mirada. Como en otra ocasión reconocería alguien a quien ella aún no conocía, el tiempo en aquel pueblo pasaba demasiado rápido y la vida en él apenas dejaba un surco. Si alguien, en ese instante, le hubiera pedido que hiciese un balance de lo que había sido su vida junto a Marcelo Dosaguas, Lucía habría contestado un pleno vacío. Sin duda, a esa escueta definición añadiría una fina desconexión del universo, un maravilloso rincón donde había nacido vida de ella misma, una pérdida de la esencia que como persona había sido, una alegoría de la libertad soñada, un eufemismo de su necesidad colmada. En resumen, lo sería todo pero no sería nada. Puesto que partió de la huida y en la huida estaba. Por su mente pasaron ideas contradictorias pero puras, pues la libertad, por la que tanto luchó en su juventud y en los días de su madurez en la ciudad, quedaba ensombrecida, tal vez encubierta, por una vida


cómoda y aburguesada que se escondía del resto del mundo. Tal vez su padre riera al verla ahora sentada junto a aquel árbol, conformada en su papel de madre; aburrida por no encontrar un rincón en la casa para colgar sus pinturas; cansada de fiestas eruditas y literarias. Fingiendo amor a Marcelo de forma compasiva, sin llegarle a amar. Sin duda alguna todos reirían a carcajadas si la vieran. Y, en el fondo, Lucía se dio cuenta de algo que era evidente pero que se había ocultado a sí misma desde hacía muchos años y es que ni siquiera podrían reírse de ella porque no la verían nunca. Lucía se encontraba aislada del mundo; encerrada en la clausura voluntaria que representaba el interior de su jardín sagrado, aunque en él nunca se encontrara la presencia de Dios. Su padre Reinaldo, los políticos que éste invitaba a casa (y que no se contenían a la hora de expresar su reprobación hacia las ideas y comportamientos de Lucía), e incluso el propio Gumersindo Hinni con quien compartió devaneos nocturnos en las casas ajenas de la ciudad; todos se alegrarían de ver cómo se había traicionado a sí misma y había terminado asumiendo las mismas debilidades que les reprochaba a ellos. Lucía Zagra, la idealista, se había convertido en una mofa burlona de sí misma, en una persona deslucida y traicionada que escondía la cabeza bajo tierra para no contemplar sus propios errores; que huía de la realidad protegiéndose en una mentira ambigua, en una falsa vida familiar que no distaba mucho de las de todos ellos juntos, empeñados en conseguir un poder acomodaticio que les diera de comer. La noche de su cuarenta y tres cumpleaños, Lucía Zagra huyó de ese ficticio hogar. Desde que nació, siempre se consideró una persona autónoma y libre a la hora de tomar decisiones; desde niña sorteó los cientos de reproches que le lanzaba su madre y las advertencias amenazadoras de su padre que, en las recargadas paredes de su cuarto, se transformaban en figuras sólidas que le creaban miedo; más tarde, y como un romántico residuo de lo que fue su relación con Pierre Dumonde, Lucía se describió a sí misma como una ciudadana del mundo capaz de hacer suyo cualquier lugar y de encajar entre sus gentes. Pero nada había sido como esperaba, al menos en el pueblo de Marcelo Dosaguas. Su reclusión no era más que una excusa para no afrontar la realidad, una forma de escapar de los problemas aunque no se hubiera dado cuenta de que, de ese modo, se anulaba a sí misma. Era el momento de que esa Lucía deslucida en la que se había convertido recuperara los ideales que, en su juventud la


condujeron por toda Europa; era el momento de comenzar a ser la ciudadana del mundo que un día se propuso. Allí, en el centro de su jardín donde había sido tan feliz, acarició las flores que nacían a los pies del árbol, deseando paz al reposo eterno del pequeñín. A la luz de las estrellas, vertida a través de las ventanas, Lucía regresó a su cuarto y, en el más pulcro de los silencios, llenó una maleta con lo imprescindible. Algo de ropa, las fotos de sus hijos, un par de libros dedicados por sus autores, y la vieja cámara de Pierre Dumonde que permanecía, casi olvidada, en el fondo del cajón de la cómoda. La abrazó por un instante y la guardó cuidadosamente en el fondo de la maleta, protegida entre la lana de un jersey color perla. Se vistió y, descalza, entró en el cuarto de sus pequeños. Rosa dormía abrazada a su muñeca de trapo y apenas percibió el profundo impacto del beso de despedida de su madre. Rubén, el más pequeño de la casa, dormitaba con una de sus piernas por fuera de las sábanas. Su madre la recogió para él retirarla miméticamente, sin despertarse. Tampoco Rubén sintió el dolor que le produjo a su madre dar aquellos besos. Ella les quería tanto… pero al mismo tiempo, no podía continuar allí. Aquello no era un abandono, tan solo un cambio de espacio, un desplazamiento a lo ancho del deseo. Después de despedirse de sus pequeños, de diez y de ocho años, Lucía trató de enmendar una promesa incumplida que un día de lluvia hizo a Darío, siendo éste todavía un adolescente. Ahora él ya tenía veintiocho años y su vida estaba demasiado marcada. Quizá la de todos ellos en esos tiempos, pero muchos carecían de la sensibilidad que un día ella descubrió en Darío y quizá por eso se sentía responsable de parte de su dolor. Durante un tiempo, existió entre ellos un pacto íntimo de silencio, una comprensión y satisfacción mutuas por creerse cercanos en espíritu, en libertad, y en expresión artística. Lucía borró cualquier temor de enfrentamiento con el recuerdo de la madre fallecida y encajó en su crecimiento, como en el de Jaime, como una nueva madre. Hasta que un día, sin que nunca se hubiera explicado por qué, todo terminó. Y Lucía empezó a sentirse vacía y derrotada, como si ese espíritu que tanto le importaba preservar fuese a morir con ella misma sin ser alentado a otra persona. Era como el fracaso del maestro incapaz de transmitir los conceptos, como el padre despreocupado que se olvida de la existencia de sus hijos. Era hora de sumergir las cosas en su cauce y enderezar lo partido. Para Lucía, la tan manida segunda oportunidad aguardaba tras una simple puerta, siempre celosamente cerrada, que tantos secretos


guardaba en su interior. De nuevo esa noche, Lucía empujó otra puerta hasta que se abrió. Sobre la cama, Darío dormía. Su desnudez apenas se cubría bajo la sábana, algo que incomodó a Lucía antes de despertarlo por temor a que él se sintiera avergonzado por su presencia y observación. Apenas movió la mano para rozarle el cabello cuando, sin llegar a tocarle, Darío despertó. Lucía sintió que él la esperaba. Darío no se movió. Permaneció observando sus ojos, que emitían reflejos a la tenue luz de la noche, sin cubrir su evidente desnudez, sin siquiera respirar. Ella le pidió que lo acompañase y él, observando su vestido de calle y los zapatos que guardaba en una mano, comprendió que al fin se marchaba. Le sorprendió que hubiera reconocido al fin lo que debió sentir nada más llegar. Aunque en un sentido egoísta, le reconfortaba que hubiese estado con ellos durante todos esos años. Un simple no puedo salió de los labios de Darío, con un dolor contenido que ella no comprendió, puesto que hacía tiempo que él había renunciado a la idea de libertad que una vez le confesó. En el fondo, Lucía pensó que Darío se obligaba a sí mismo a decir no. Pero no sospechaba el motivo. Lucía no añadió palabras a ese momento. Lo besó en el rostro, muy cerca de los labios y salió retrocediendo, de espaldas, sin desviar los ojos. Aquella noche fría de enero, Lucía abandonó el pueblo con una sola de las maletas con las que llegó. Caminó por la calle adoquinada hasta las afueras y continuó a pie por el camino de tierra en dirección contraria a los campos. Dejó allí su coche. No lo necesitaba. El mundo aguardaba su llegada. La luz de la luna y el brillo de las estrellas le facilitaban la averiguación de los pasos que había de dar. Era como si todo estuviera ya escrito en el libro de su vida (o de su destino) y Lucía siguiera el brillo que desplegaban las estrellas para llegar a la siguiente fase de su experiencia, a un estado más allá de los elementos que la conduciría a lo desconocido. Al aprendizaje, a la libertad, a la vida. Atrás dejó el bosque circular, lejano aunque demasiado presente. Como no se giró a mirarlo quiso recordarlo inmóvil; le aterraba arriesgarse a mirar y comprobar que hubiera avanzado con el paso de los años. Aquella noche fría de enero en la que Lucía se sintió feliz, Marcelo roncaba ignorando su despertar; los pequeños soñaban con parajes frondosos y pájaros trinando; Jaime dormía sin soñar; y Darío, desnudo sobre la cama, observando un puñado de estrellas que se colaban a través


de la ventana, ahogaba su aflicción dejando que una lágrima árida recorriera su mejilla. Lucía Zagra salió del pueblo de Marcelo Dosaguas sin un rumbo determinado. Como quien lanza una moneda al aire, sus pasos se fueron orientando. Unas veces, hicieron caso del brillo pronunciado de alguna estrella, otras, del canto hueco y oculto de un búho. De este modo, la intuición de Lucía la encaminó hacia un bosque muy distinto del circular al que no podía contemplar. Éste se encontraba bastante lejos del pueblo en el trayecto que lo unía con otro pueblo vecino en el que existía una parada de ferrocarril que enlazaba con la ciudad. Se trataba de un bosque tranquilo como tantos otros, de cuyo interior se desprendía un fresco olor a armonía. Lucía avanzó por el ancho camino pisando las huellas de los carros que recorrían habitualmente el trayecto para mercadear. La noche estrellada propiciaba la visibilidad y no tenía ningún miedo. Ni siquiera temor. Era feliz por reencontrarse consigo misma aunque temía las reacciones de su familia, en especial la de Marcelo. Era consciente de haber educado a sus dos hijos, Rosa y Rubén, a su manera, de haberles enseñado a sentir y a implicarse con la vida, a pensar y a entender la naturaleza de las cosas. Ellos eran pequeños pero comprenderían su marcha. Del mismo modo, sabía el importante papel que jugaba Darío con sus hijos y estaba segura de que, si ellos dudaban, él les haría entender los verdaderos motivos de su ausencia. Sus principales dudas se encaminaban hacia Marcelo. A su reacción violenta. O a su venganza. Lucía era consciente de que marchándose le estaba provocando una herida en su orgullo que siempre sangraría, por más que tratara de hacerle entender la necesidad que tenía de recuperar su independencia y por mucho que intentara hacerle copartícipe de ella. Lucía tan solo necesitaba encontrar esa parcela de la vida que había perdido para, una vez recuperada, retomar su papel de madre y compañera aunque enfocados más a su modo. No pretendía aislarse de nuevo en el pueblo ni en el jardín, pero tampoco pretendía alejarse de Marcelo ni de sus hijos. Tan solo debía recuperarse a sí misma, acercarse a lo que un día fue, a lo que aprendió sintiendo junto a Pierre Dumonde. En mitad de la noche, la niebla cubrió el camino tan rápidamente como ocurre durante los sueños. Lucía fue ralentizando sus pasos ya que la niebla le impedía distinguir con claridad los surcos de las ruedas de los carros sobre la arena. No deseaba perderse ahora que sabía a dónde iba. Dejó la maleta en el suelo, junto a sus pies y observó cómo el bosque a su


alrededor se desdibujaba lentamente entre la niebla que caía y la rodeaba. Poco a poco, perdió la imagen de los árboles y se quedó sola. Con la mano pudo rasgar la capa de niebla y, soplando, consiguió que su ardoroso aliento formara un vaho espeso. Cegada entre la blanca oscuridad, prestó un poco de atención y escuchó el canto de una joven no muy lejos del camino. Era una voz muy dulce que entonaba una canción sin letra. Lucía tomó la maleta y salió del camino en busca de la joven. Caminó unos cuantos metros saltando maleza y, casi sin darse cuenta, se golpeó con una pared de madera. Con la palma de la mano acarició la madera húmeda y rodeó así el perímetro de una casa de la que ignoraba su existencia. Por cuarta vez en esa noche, se encontró ante una puerta. Antes de que Lucía llamara, la puerta se abrió. Lo que más llamó la atención de Lucía fue cómo la niebla espesa y blanca como la nata se introducía en el interior de la casa como si fuera aspirada. No lo hizo de forma dispersa sino en un bloque compacto que se vertió en el interior rozando el cuerpo de Lucía de cintura para abajo. La joven le pidió que entrara deprisa para evitar el paso de la niebla y, en cuestión de segundos, Lucía se encontró en el interior junto a una joven bonita y extraña. La casa estaba a oscuras, una única vela colocada en un candil dorado sobre una mesa desplegaba una aureola demasiado luminosa como para ser real. Lucía distinguió las facciones de la joven como si se encontrara a plena luz del día en medio de la calle. Aparentaba poco más de veinticinco años y su belleza era demasiado atípica y algo esotérica, como la de algunas gitanas cíngaras que eran expulsadas de los pueblos, acusadas de pillaje y brujería. Su tez era morena a la vez que luminosa, de ahí que Lucía pensase que la joven, con los movimientos de sus pestañas, atraía el resplandor de la luz de la vela. Vestía unas telas finas de colores muy vivos anudadas unas a otras de forma que le quedaban holgadas y se mecían con sus pasos. La joven llamó a Lucía por su nombre y la invitó a sentarse junto a la chimenea aunque se encontraba apagada. Lucía no se extrañó de que conociera su nombre. Le pareció que en aquella casa, o en la joven, existía algo sobrenatural. La joven chasqueó los dedos pulgar e índice de la mano izquierda y se produjo un chasquido que hizo prender los troncos de la chimenea. Preguntó a Lucía si se había asustado y ella negó la cabeza. Entonces, la joven se sentó a su lado sobre una silla, le tomó las dos manos con fuerza y extendió sus palmas hacia arriba, observándolas fijamente al tiempo que le decía te he hecho venir para advertirte de lo que te espera. Lucía alzó la cabeza y buscó los ojos de la gitana sin encontrarlos ya que los tenía clavados en


las palmas de las manos; las escarbaba con las uñas moviendo muy rápidamente las últimas falanges de los dedos. Con una sinceridad próxima al llanto y temblando su voz, la joven gitana le advirtió que su visión era limitada. Llevaba tiempo tratando de ver más allá como lo hicieron sus antepasados, pero no lo lograba. Sus predicciones eran certeras pero sólo abarcaban unas décadas. A veces podía sentir una especie de electricidad o advertir olores que se referían a futuros mucho más lejanos, pero no servían para nada porque no se podían hilar. En la parte interior de los ojos de la joven gitana se formó la imagen de un bosque, un enorme bosque con forma circular que mientras movía sus hojas parecía avanzar. La joven retiró la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gritito, como si se hubiera sorprendido. Ese bosque que te acecha te seguirá a donde vayas y te hará volver hasta aquí, a su territorio. Este bosque te ha olido y te desea, has despertado su hambre, su ansia reprimida por el tiempo, y ya nada le sacia. La joven sintió un profundo escalofrío que le hizo mover bruscamente todo el cuerpo, de un modo parecido a cuando se entra en trance. A través de sus manos pequeñas y escurridizas, la joven transmitió ese frío a Lucía, quien no pudo evitar aspirar profundamente, con miedo. Advierte a tu familia. Tienen que protegerse del bosque. Que se aparten de la niebla espesa… porque la niebla cambiará las vidas de todos, te lo aseguro. Los ojos almendrados de la joven, pintados a gruesos trazos negros como una reina egipcia, se tornaron blancos al desaparecer sus pupilas. También veo a un hombre que no es Marcelo. Pero su sangre se liga a la vuestra. A la de los tuyos. Toma lo que encuentres y úsalo contra él. Te ayudará. La joven vio muchas otras cosas pero guardó silencio. De qué sirve que a alguien le lean las manos si luego no le advierten de lo inevitable. Tal vez de ese modo, Lucía podría haber asumido tantas cosas que le aguardaban. Tal vez habría podido evitar algunas de las que no estuvieran claramente escritas, quizá algunas de las relacionadas con su descendencia. Pero quizá la limitación de la joven bruja era la única culpable. O quizá el destino. Ninguna de las dos podía saberlo. De poco sirvieron las palabras, poco ayudaron. Sin embargo, Lucía se sintió mejor, se creyó protegida y más libre. Por extraño que pudiera parecer, se quitó un gran peso de encima. La joven, que dijo llamarse Ígnea, la despidió con mirada de tristeza aunque trataba de sonreír. Se quedó a la entrada de su casa, la que Lucía no encontraría nunca mas pese a


buscarla, y desapareció entre la niebla conforme Lucía se alejaba en busca del camino. Continuó pensando si esa niebla que ahora la envolvía sería la misma de la que le había advertido la joven Ígnea. Decidió que no, que aún era pronto. Y continuó su camino. Después de todo, le quedaba mucho por recorrer. Y esperaba vivir muchas cosas antes de ver algo de lo que hubiera podido leer la joven en las palmas de sus manos. A unos cincuenta metros de distancia, junto a unas matas medio muertas del camino, Lucía distinguió un reflejo asomando entre la hierba. Se agachó a escarbar y encontró un tenedor de plata. Brillaba como si fuera nuevo. Tocó las puntas de sus púas y tuvo que retirar sus dedos para no clavárselas puesto que estaban demasiado afiladas. Su tacto era suave y la superficie de su mango aparecía pulcramente repujada mostrando unos dibujos minúsculos y geométricos. Recordó las palabras de la joven como un eco lejano en el subconsciente, tomó el tenedor y lo guardó en el interior de su maleta.

XVI: Regreso a la ciudad de las sombras. El 18 de enero de 1928, Lucía Zagra llegó a la ciudad de la que había marchado años antes. De nuevo, una huida la colocaba en el lugar en que se encontraba, en el punto de partida. Perdida y desorientada, sin entender demasiado los motivos que la impulsaban una y otra vez a repetirse a sí misma. Pero ya no se avergonzaba. Puesto que los errores pasados son el medicamento de los ingenuos, y ella lo había sido durante demasiado tiempo. Lógicamente, llegó a su casa sabiendo que no sería bien recibida por sus padres pero tampoco lo pretendía. Su paso por la ciudad obedecía a una herida que debía sanar cuanto antes, un silencio que había durado demasiado tiempo y que era momento de arreglar. Así, en el comienzo de la madrugada, Lucía llamó a la puerta de su antigua casa, y esperó a que se abriera. Ante ella, el pasado y el presente se unían en un abrazo pausado. La criada a la que conocía bien de los tiempos de su juventud le abrió la puerta. Se había retirado a dormir y, al escuchar el timbre, se había vestido apresuradamente; sus ojos se resistían a despegarse por completo.


Dudó al verla porque a veces el pasado queda mucho más lejano de lo que pensamos y, entonces, lanzó una tremenda exclamación. La sonrisa que traía Lucía se esfumó ante tal reacción, se acercó a la criada y le tomó la mano haciéndole ver que todo andaba bien pero la mujer, ya una anciana, balbució unas palabras y se retiró del alcance de sus brazos como si hubiera llegado el mismísimo demonio a la casa. Con su oronda y característica figura de criada, la anciana echó a correr por el recibidor hasta desaparecer por el corredor principal. Ya no gritaba pero sus pasos se arrastraban de forma sonora como si llevara atado a los tobillos un enorme saco de patatas. Lucía, con la sonrisa perdida, entró en casa sumiéndose en la oscuridad de las sombras. Nadie la esperaba, menos aún en la madrugada, pero no imaginaba tan desalentador recibimiento. Del fondo del corredor, se abrió la puerta de uno de los despachos de la planta principal, lanzando sobre el pasillo un baño de luz y de humo espeso. Un tumulto de voces removió el silencio nocturno de la casa y Lucía pudo adivinar, sin verlas, la presencia de siete personas diferentes que hablaban reunidas. Una figura que caminaba débilmente recorrió el corredor desde el despacho, acercándose a la entrada donde ella se encontraba. No reconoció la forma de caminar de su padre pues sus años, a unos meses de cumplir los sesenta y ocho, habían minorado el temple robusto y firme que tanto miedo despertaba en otros tiempos. Un anciano de rostro severo y enojado se detuvo ante ella. La escrutó con los ojos demasiado abiertos y los labios separados en muestra de asombro. Tampoco él podía creer que aquella que se presentaba en la noche más fría y oscura fuese la hija que un día marchó. Alzó ambas manos, temblorosas y arrugadas, en dirección al rostro de Lucía como si quisiera tomarlo en una caricia pero, al llegar a la altura de los ojos, su expresión cambió en un rictus de ira no disimulada. Reinaldo Zagra abofeteó con fuerza a su hija Lucía. El labio inferior comenzó a sangrar por el golpe. Ella se acarició el rostro. Él se retiró caminando de espaldas sin perderla de vista y maldiciendo entre dientes. La insultó como nunca antes había escuchado palabras semejantes de boca de su padre. Pero, en cierto modo, aunque no lo esperaba sí lo entendía. El tiempo había erosionado los sentimientos férreos y escasos del padre, y su ancianidad había perturbado la lógica de la sangre. Así era en verdad. Lucía no pudo decir nada ante las exclamaciones de su padre. Éste llamó a la criada con un grito. Al momento, la anciana apareció por un rincón de entre la oscuridad y se detuvo al lado de los Zagra aguardando órdenes. Haz que


mañana a primera hora de la mañana esta mujer abandone la casa, de lo contrario serás tú la que deba hacer las maletas. La mujer aceptó el encargo cabizbaja y se retiró silenciosamente por donde había venido como una monja en su monasterio. Reinaldo Zagra, se alejó en dirección al despacho sin apartar la vista de Lucía y añadió: Hace años que estás muerta para nosotros. No debiste volver. Aquí ya no tienes nada que hacer. Escupió sobre el pulido suelo de mármol y desapareció en el interior del despacho. No pudo cerrar la puerta tras de sí ya que se lo impidió la presencia de un hombre que se apoyaba en ella y que había contemplado la escena que padre e hija acababan de representar. Un cambio de luz al entrar Reinaldo en el despacho permitió a Lucía reconocer en aquel hombre los rasgos pronunciados de Gumersindo Hinni. Sin dudarlo, pudo afirmar que él sonreía divertido. Sin hacer ruido, sin pretender molestar, Lucía subió las escaleras que conducían a su antiguo dormitorio. Pasó al lado de la puerta tras la que dormía su hermana Aurora, se detuvo un instante y continuó adelante. Creyó preferible no buscar la misma reacción repetida en cada uno de sus familiares. Nunca estuvieron de acuerdo con ella en nada de lo que hizo y ya nunca lo estarían. Pensó en su madre, Margarita Cascante, y en los gritos agudos que emitiría si la viera. El dormitorio parecía haber sido desmantelado. Cada uno de los muebles se había cubierto con una tela de algodón blanco o azul pálido. El tocador ya no estaba en su sitio y la enorme cama aparecía tapada en su parte superior, desde la cabecera a los pies, como las camas de la Corte o imitando las mosquiteras que se colocan en África para protegerse de los insectos durante la noche. La poca luz que se colaba por los travesaños de madera de las contraventanas, daba al dormitorio un tono triste, de pasado no recuperable. Encendió una lamparita con pie de cobre e incrustaciones de piedras semipreciosas y mitigó levemente la pesadez de las sombras. Se deslizó por el cuarto como un fantasma en pena que regresa al lugar en el que tuvo vida y se sentó sobre uno de los sillones junto a la cama. Se recostó como una niña, con una pierna colgando por uno de los reposabrazos y se abrazó buscando refugio en sí misma. Le llamó la atención un siseo de ropa en el otro extremo del dormitorio. Era el pliegue de un traje caro, sabía reconocerlos al moverse porque tenían una prestancia especial, un ritmo sólido y a la vez delicado. Abrió los ojos y se enderezó correctamente en el sillón. En lo más profundo del


cuarto vio moverse algo. Al resguardo de la oscuridad, un hombre se escondía. ¿Quién anda ahí?, ¿Cómo ha entrado en mi cuarto?, dijo ella. Su amigo dijo que viniera. Vengo a observar su belleza. Soy el general Manuel Goded, dijo. Su voz sonaba firme, sin temor a descubrirse. Lucía notó un tono de arrogancia en esa voz, como si diera por hecho que su intromisión premeditada no tendría ninguna consecuencia. A ambos les gustaban los desafíos y él parecía estar jugando su propio juego. Dio un paso al frente huyendo de la sombra profunda que recorría la pared pero Lucía todavía no pudo verle el rostro, únicamente el cuerpo bien formado y su vestimenta impecable. Es mi buen amigo ‘el Africanista’. A punto estuvo de acabar con Primo de Rivera hace dos años y no cesará hasta que lo consiga, ¿no es cierto?, en esta ocasión la voz provenía directamente de la puerta del dormitorio y era inconfundible. El apuesto Gumersindo Hinni hacía su aparición magistral. Lucía no se sorprendió de verle en la casa dada la relación que siempre mantuvo con su padre para conseguir apoyo político. Rostro y voz apenas habían cambiado en esos años. La frente algo más despejada y la mirada más seductora. Gumersindo Hinni recorrió la habitación con la tranquilidad de quien ha dado esos mismos pasos en muchas ocasiones; y así había sido. Se sentó en el reposabrazos del sillón en el que estaba Lucía y se inclinó sobre ella. Le acarició el cabello negro y ondulante, ella lo permitió sin reparos. Lucía pensó que él aún conservaba el mismo olor suave y frutal de su juventud. Recordó la noche vieja que pasaron asomados en un balcón, apretados entre una multitud alzando sus copas. Aquello ocurrió antes de una de sus muchas huidas. Antes incluso de conocer a Marcelo Dosaguas. Y ahí seguía Gumersindo Hinni, formando parte esporádica de su vida. Hinni dijo: Acércate. No podemos verte. Y el general obedeció dando un paso al frente. Entonces, la luz que entraba por las ventanas desveló los misterios de su rostro. A Lucía le pareció el de un piloto, aunque no supo por qué. El general Goded tenía la frente despejada debido a unas entradas pronunciadas pero, a diferencia de Gumersindo, su frente era casi plana y le alargaba el rostro. A pesar de que la nariz era algo gruesa y las orejas le sobresalían apartándose de la cabeza tenía una apariencia despejada, melancólica y heroica. Un bigotillo delgado cubría el pequeño espacio que había entre su nariz y el labio superior. Y eso era lo que le proporcionaba ese aire de piloto inglés que Lucía creyó ver en él. Gumersindo deslizó sus manos por el rostro y los hombros de Lucía


mientras ella se dejaba y el general observaba tranquilo. En la mano, éste sostenía una copa llena y agitaba la bebida para escuchar el tintineo de los cubitos de hielo contra el cristal. Gumersindo Hinni elogió a su amigo el general. Lo describió como alguien inteligente que ascendió rápido. Rondaba los cuarenta y seis años, sólo tres más que Lucía y Gumersindo, pero había hecho más cosas en esos años de las que había sido capaz de pensar el propio Reinaldo Zagra. Muchos lo llamaban ‘el Africanista’ por sus victorias en la Campaña de Marruecos de 1909. Prestaba ayuda en la dictadura de Primo de Rivera pero intrigó contra él en la Sanjuanada de 1926 y continuaba planificando su derrocamiento con la ayuda de monárquicos como Zagra y generales como Onésimo Dechent. Sólo había que enlazar los cabos precisos para tirar de la madeja. Esa noche, reunidos en la mansión de Reinaldo Zagra, conspiraban, fumaban y bebían. Y tocaba el turno de deleitarse con las bellezas de la casa. El general Goded tomó asiento en un sillón gemelo al que utilizaba Lucía y que estaba colocado justo enfrente. Sorbió un trago de alcohol y no quitó ojo al movimiento de las manos de Gumersindo Hinni, que ya se aventuraban por el escote descubierto de Lucía. Ella reaccionó con disgusto y le retiró la mano. Aquellos hombres se equivocaban por completo si querían terminar de divertirse con ella. Se levantó de un impulso y empujó a Gumersindo logrando que cayera al suelo desde el sillón. Éste lanzó un silbido mientras el general se ponía en pie. Con las piernas en alto enganchadas al reposabrazos del sillón, Gumersindo Hinni se echó a reír. Lucía se detuvo engañada y fue entonces cuando el general la cogió desprevenida y le dobló la muñeca por detrás de la espalda logrando que se retorciera de dolor. Gimió pero no suplicó. Eran unos mal nacidos, los conocía de sobra. Antes de que Gumersindo se levantara, Lucía mordió el brazo del general Goded y se zafó de su prisión. Con el pelo revuelto gritó que se marchasen. Y, por un instante, no estuvo segura de lo que ocurriría. Temió que su padre les hubiera dado permiso para divertirse esa noche y temió, asimismo, que nadie saliera en su ayuda. Sin embargo, ellos arreglaron la caída perfecta de sus ropas y se alejaron entre las sombras riendo, como jóvenes maliciosos que hubieran perdido el interés por su broma. Desaparecieron y ella se quedó sola. Mucho más de lo que nunca pudo imaginar. Sus hijos estaban lejos de allí, su familia ya no existía (o nunca llegó a ser tal). De nuevo partía en solitario. No esperó a la mañana siguiente. En ese mismo instante preparó su maleta


recogiendo algunas cosas que todavía guardaba en su antiguo cuarto y desapareció para siempre de la mansión de los Zagra. En la calle, las sombras se movían como los gatos hambrientos. Reinaldo Zagra se acostó horas después del incidente sabiendo que su hija se había vuelto a marchar. La reunión se había alargado más de la cuenta puesto que las conspiraciones tienen su propia intrincada largura y pugnan por extenderse. Y como buena y venenosa serpiente, una conspiración debía prever todos los pliegues de su largo cuerpo. Reinaldo Zagra confiaba mucho en la ayuda que les reportaría Gumersindo Hinni para un futuro pronunciamiento contra Primo de Rivera. Era docto en leyes, hábil, sibilino como la serpiente de las conspiraciones. Y leal. Sobre todo leal. En cuanto vio a su hija ante la puerta supo que él habría olido su presencia. La amaba desde siempre, o la deseaba más de lo que nunca había deseado a una mujer. Por eso no le importó que fueran a jugar con ella. Para él ya estaba suficientemente perdida. A su lado, su mujer Margarita dormía resoplando con fuerza. No pensaba contarle nada de aquella visita nocturna. Era mejor mantenerla al margen, que siguiera con su vida normal y su desmedido amor hacia su otra hija, Aurora. Las cosas ya estaban establecidas, ya no tenían por qué cambiar. Reinaldo Zagra se revolvió en la cama y no pudo conciliar el sueño. Se sentía bien, se sentía poderoso, se sabía útil para los fervientes monárquicos. Pero se hacía viejo. Y eso le molestaba.


SEGUNDA PARTE Marcelo, 1928-1934

…pues el Bien y el Mal no existen en sí mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro “El evangelio según Jesucristo”, José Saramago


I: Marcelo despierta. 1928. Marcelo Dosaguas despertó solo la mañana del 16 de enero de 1928. La noche había sido fría y la mañana amenazaba con alargar esa molesta sensación helada que le punzaba en todos los poros del cuerpo. Tanteó con la mano el espacio dejado por Lucía y, al notar su ausencia, se levantó. El primer lugar donde la buscó fue en el jardín, su amado santuario, pero no la encontró allí. Tan solo unas hierbas aplastadas junto al árbol grande delataban su fugaz presencia. Despertó a todos repitiendo a gritos el nombre de Lucía. En su voz se adivinaba la angustia ante lo esperado, con un tono entrecortado y balbuciente que perdía fuerza conforme repetía el nombre una y otra vez: Lucía, Lucía, Lucía. El mundo se oscureció. Salió de nuevo al jardín hasta que el frío le invadió los pies. Se abalanzó al muro de piedra que rodeaba la propiedad y recorrió toda su extensión como un enajenado, rozando con la mano izquierda las piedras pronunciadas de la superficie. Cuando llegó al mismo punto por el que hubo comenzado, rodeado todo el jardín, corrió esperanzado hasta el lugar perdido en el que seguía aparcado el viejo Ford. La buscó en su interior pero ya nada quedaba de ella allí, ni el valor que una vez perdió. Caminó descalzo sobre las baldosas de la piscina mirando dentro por si se había ahogado en el fondo; mojado, entró en la casa y siguió gritando su nombre. Pero Lucía ya no estaba. Con el tumulto, los niños bajaron al salón acompañados de Jaime. Estaban muy asustados de modo que al ver gemir a su padre, sentado en un rincón con las rodillas pegadas al rostro, algo se les contagió por dentro y empezaron a llorar. Ante la ausencia de Lucía, todos supieron que había marchado. Rosa y Rubén salieron a llorar al jardín; Jaime se vistió para trabajar en la vaquería; y Marcelo permaneció sentado en el suelo, con la cabeza entre las piernas, gimiendo sin parar. Poco después, Darío salía de su cuarto y aparecía completamente desnudo en lo alto de las escaleras. Igual que Lucía, se había cansado de fingir, se había hartado de ser otra persona y de comportarse de modo distinto a como le reclamaba su cuerpo. Esa noche, también él había tomado una firme decisión. Había resuelto el dilema que le ahogaba en aquella prisión. Esa noche de fuga, Darío Dosaguas decidió escapar de Marcelo. Y de la vaquería; y de los antepasados que le exigían el sacrificio eterno de sus


años, de su vida. Pero no iba a huir como Lucía saliendo del pueblo. No. Darío lucharía desde allí. Su huida sería más moral que física. Pues pensaba rebelarse contra esa vida preestablecida aunque tuviera que continuar sufriendo. Porque el sufrimiento sería distinto, sería el que él había elegido. Darío se acercó hasta su padre y lo abrazó, pero cuando Marcelo descubrió la desnudez de su hijo lo insultó y lo apartó gritándole que se alejara y corriera a vestirse. Incluso una muestra tan sincera de compasión mostrada por su hijo era despreciada por Marcelo. Los días de libertad se acabaron en esta casa, pensó Marcelo. Darío subió de nuevo las escaleras y se encerró en su dormitorio. Cerró las ventanas y dejó que la oscuridad le invadiera. Iba a pensar durante todo el día. Sólo pensar. Tenía que planificar con cuidado cómo sería su nueva existencia y tenía que hacerlo bien. Recordando el olor fresco del perfume que su madre preparaba con las flores del jardín, Rubén y Rosa frotaron sus manos sobre los pétalos de las flores silvestres para que la esencia se pegara a sus palmas. Las apretaron a sus narices para oler el aroma de su madre eternamente y salieron a la carrera en dirección al campo para buscarla, ilusionados de que aún estuviera en mitad del camino y pudieran despedirse de ella. Habían dejado de llorar y vieron en su marcha una aventura parecida a la de los cuentos que escribía y les contaba antes de dormir. En el fondo de sus corazoncitos de niños sabían que su madre los amaba con locura y también estaban seguros de que su padre tenía que seguir su rumbo por el mundo para poder mejorar las cosas que hacía. Conocían a los amigos de su madre. Pintores, escritores, escultores, fotógrafos, periodistas, ensayistas, abogados, ingenieros. Todos cultivaban su mente aprendiendo cosas nuevas, viajando, recorriendo mundo. Y su madre estaba siempre en el centro de su jardín. Rosa siempre supo que desde allí se veían las estrellas pero jamás podía pretender tocarlas. Su madre llegaría lejos, lo más lejos que ellos pudieran soñar. Y claro que les quería. Como a sus pequeñas estrellas que giraban sobre los planetas, como el gigantesco Plutón o el rojizo Marte. Los dos hermanos llegaron al final del pueblo, al punto más alejado al que podían llegar a pie y, al no ver a su madre a la distancia, sonrieron seguros de que lo había conseguido. Su madre había alcanzado el mundo que mostraban sus novelas. Era como llegar a ese sitio en el que las vacas eran malvas como las de sus cuadros o el cielo aparecía verde y amarillo. Su madre volvería en las historias que escribiera, en las fotografías que enviara o en las voces que en sueños


hablarían a sus oídos. Rosa y Rubén caminaron de vuelta a casa y recogieron flores para su padre triste. Marcelo siguió llorando la ausencia de Lucía el resto de la mañana. Con su marcha, enterraría todo. Como a sí mismo. El resto del día nadie se atrevió a hablarle, ni siquiera los pequeños. No salieron a buscarla porque no había motivos para hacerlo. Lucía no había abandonado la casa desde 1917 y estaban completamente seguros de que no había salido para dar un simple paseo por el campo. En el fondo, todos menos la propia Lucía sabían cómo era y lo que necesitaba, pero pensaban que no lo advertiría hasta que Rosa y Rubén hubieran crecido. No fue así. Lucía se sintió asfixiada y tuvo que marcharse y, ahora, todos lamentaban su ausencia a pesar de que ella les había enseñado a desear lo mismo por lo se había marchado: su libertad. Esa misma tarde, Marcelo se encerró en su dormitorio. Poco le importó que su hijo Jaime sobrellevara el peso de todo el trabajo en la vaquería y que su otro hijo Darío se hubiera rebelado contra él encerrándose en su cuarto y negándose a trabajar. Gritó tras la puerta de Darío llamándole e intentó abrirla pero éste la apalancó desde dentro. Después de todo, pensó Marcelo, era un día para no hacer nada. Para sufrir en silencio o a gritos. Sin Lucía, el dormitorio destilaba una tonalidad tristeza. Marcelo se enfureció, deshizo la cama arrancando las sábanas y lanzándolas por el aire. Sacó toda la ropa de los cajones de la cómoda y la revolvió por el suelo a patadas. Levantó el colchón y lo aprisionó ante la ventana, impidiendo que la luz entrara por los cristales. Amontonó todas las cosas de Lucía sobre una manta: adornos, perfumes, espejos, peines, libros, cartas, todos sus secretos… anudó las puntas de la manta y con el enorme fardo, que pesaba varios kilos, salió hasta el pasillo. Lo amontonó en un rincón y bajó las escaleras hasta el salón. Descolgó todos los cuadros que pintó Lucía, partió los marcos aplastándolos con las piernas, rompió los cristales de los marcos con el puño y rasgó las tres pinturas que menos le gustaban de toda la casa. Las demás se salvaron, aunque una a una fueron exiliadas al desván, junto con el resto de las cosas, al mismo rincón donde dormían todos los recuerdos pasados. La manta con las cosas de Lucía, sus ropas, los cuadros, las pinturas, las fotografías, las esculturas de arcilla, su sillón favorito e incluso unos jarrones con flores, todo fue a parar al desván en espera de que, a la luz anaranjada de alguna vela futura, el tiempo las


confundiera hasta no poder distinguir cuáles pertenecieron a Lucía y cuáles a María Alameda. Cuando cesó el estrépito, Darío Dosaguas salió de su cuarto. Su padre se había calmado y dormía sobre la panza en el suelo desnudo de su dormitorio. Prácticamente lo había vaciado. Del mismo modo en que actuó con María, Marcelo prefirió acabar con todos los recuerdos y comenzar de nuevo. Desmontó todo lo que había en el cuarto que pudiera recordarle a Lucía y lo arrojó fuera de sus sentidos. Darío conocía el procedimiento, ya lo había vivido. Subió los peldaños de las escaleras sabiendo exactamente el lugar al que debía dirigirse. En el desván, su madre seguía presente, cautiva de aquellas paredes (y de aquel hombre que fue su marido) como lo estuvo en vida. Rebuscó entre las maletas y en los bultos anudados de colchas, sábanas e incluso cortinas, y rescató los libros que Lucía no había podido llevarse. Darío hizo varios viajes hasta su cuarto, cargado en ambos brazos. Los colocó con cuidado en sus armarios y deseó leerlos y releerlos. Con el paso de los días, desapareció en Marcelo el profundo rencor que siguió a la marcha de Lucía. La odió a ella, a los hijos que tuvo con ella, a las noches que ella fingió con él, a los días que pasaron, a su visita a la ciudad 11 años antes. Lo odió todo. Pero, con la misma rapidez, recuperó la consciencia y asumió lo que ya sabía: Lucía era libre y sólo así podía vivir. Por eso, pasada una semana desde su partida, aguardó ansioso a recibir noticias suyas. Sabía que su relación existía aún, solo que transformada. Pero pasaron los días y las noches sin recibir nada. El 14 de febrero de 1928, día de San Valentín y 29 días después de su marcha, Lucía envió al hogar de los Dosaguas la primera de una serie de fotografías que suplirían su presencia en el primer año que siguió. La introdujo en un tubo de cartón y la acompañó de una extensa carta de varios folios, cada uno de ellos separado de los demás por el nombre que presidía su margen superior. Lucía había escrito una hoja de papel exclusiva para cada uno, en la que se contaba una historia diferente en función de a quién iba dirigida. Ese primer día, todos compartieron sus privadas líneas, pero fue el paso del tiempo el que acalló la voz común de Lucía para hacerla individual, secreta y propia. Desplegaron la fotografía en la que aparecía ella. Llevaba puesto uno de sus vestidos, uno de gasa verde con pequeñas flores asilvestradas dispersas, y se apoyaba en la barandilla de lo que se adivinaba la cubierta de un barco; al fondo se distinguían las olas del mar y la estela de espuma que iba dejando. En sus


líneas, Lucía contaba que navegaba rumbo a Southampton, en el Reino Unido, desde donde pretendía viajar hasta Londres con el objeto de contactar con el editor de un periódico que le había ofrecido un empleo. Todos sonrieron al escuchar lo emocionante que era navegar en barco y los tumbos que forzaba la marea desplazando de lugar las mesas y los vasos. Por un momento, todos se sintieron cerca de Lucía pero, después, la realidad se estrelló en sus rostros arrojándoles al tiempo que devoraba la vida en aquel pueblo. En los primeros días de la primavera se levantó el aire de tal manera que los vecinos del pueblo tuvieron que sacar del armario las chaquetas de lana y anudar sus ropas con bufandas largas y piezas de paño. Jaime Dosaguas salió de la vaquería para recoger unos cubos de agua. Desde lo alto pudo distinguir la planicie que conducía al bosque circular y a las montañas y, cruzando el terreno sin caminos, vio a una joven que andaba con dificultad porque la frenaba la fuera del viento. Con ambas manos aferraba el asa de una enorme jaula de madera de al menos metro y medio de anchura. Le pesaba tanto que apenas podía avanzar. Jaime Dosaguas permaneció atento a los movimientos de la joven. Ella daba un paso y se detenía, un nuevo intento y el viento soplaba de nuevo, la empujaba hacia atrás y levantaba con enojo el pañuelo de color rojo que recogía sus cabellos. En un descuido, la jaula se le escapó de las manos y cayó al suelo. Se desencajó por una de las esquinas y escaparon de su interior varias gallinas vivas que, amenazadas por el viento empezaron a dispersarse en todas direcciones. La joven avanzó hacia un lado, luego a otro sin haber recuperado a ninguna de las gallinas. Éstas, agitando sus plumas se removían en zigzag como si estuvieran borrachas y rodaban cuando su pequeña estabilidad no les permitía mantenerse en pie. Jaime Dosaguas miró al interior de la vaquería. Nadie le vigilaba. Dejó caer los cubos a un lado y descendió la pendiente por el barranquillo, fuera del camino. Esquivó las piedras gruesas para no torcerse un tobillo y fue deslizando sus pies frenando de medio lado y levantando el polvo de las piedras, que caían rodando hasta el fondo señalando su recorrido. Una vez abajo, corrió en línea recta hacia la joven; como las gallinas se habían dispersado por todos los lados, tan solo le dijo hola y la adelantó para rescatar una gallina. La tomó entre las manos y la depositó en el interior de la jaula. Después de hacerlo, y antes de ir en busca de las otras, se desprendió de los tirantes del pantalón y los anudó para rehacer la


estructura cuadrada de la jaula y evitar que las aves escapasen de nuevo. Dos gallinas más tarde, Jaime coincidió con la joven al lado de la jaula. La ayudó a introducir una que sujetaba plegando delicadamente las alas con las manos. Tardó unos minutos más y luego se sentaron juntos en la hierba a descansar, jadeantes. El viento insistía en llevarse todo lo que encontraba a su paso. El nudo del pañuelo rojo de la joven se deshizo y salió volando por los aires. Ella extendió la mano para recogerlo, rozó la punta con los dedos pero se le escapó. Jaime no podía con su agotamiento pero aun así se levantó del suelo para ir a tras el pañuelo. La joven, apreciando el bonito gesto de Jaime, le pidió que lo dejara volar y se quedara un momento sentado a su lado. Obedeció, como siempre le enseñaron, y los dos vieron cómo el pañuelo rojo recorría el valle hasta quedar atrapado, como un punto minúsculo, entre la hojarasca lejana del comienzo de las montañas. Así fue como Jaime conoció a Gertrudis Valiente un día ventoso de primavera. En los meses que siguieron, la joven Trudi se convirtió en una visitante asidua a la casa de los Dosaguas. Les regalaba tortas de azúcar que ella misma horneaba, recogía las flores del jardín que desde la marcha de Lucía crecían sin medida, podó los árboles, transplantó las plantas con la ayuda de Rosa y jugó con Rubén cerca de la piscina, pues el agua le daba miedo. Sin apenas darse cuenta, pasó a formar parte de ellos y de su historia. Marcelo la aceptó como otra hija y todos se sorprendieron por el cambio que dio Jaime: se volvió mínimamente apasionado, cautivó a la muchacha con paseos por el molino, y se interesó por algo más que las vacas. De esto, hasta Marcelo se alegró.

II: La nieve y la ventisca. 1929. El 16 de enero de 1929, exactamente un año después de que Lucía Zagra abandonara el pueblo y la vida de Marcelo Dosaguas, sus pequeños Rosa y Rubén celebraban el cumpleaños de su madre junto al roble que se erguía en el centro del jardín. Habían preparado un cestillo con flores de las orillas del camino que conducía a los campos de cultivo; por la época del año, eran escasas las que sobrevivían al frío de las montañas, a la niebla de las mañanas y a la lluvia que, durante las noches, se


desplegaba sobre ellos como una gigantesca bóveda que quisiera cercarles; pero los pequeños se habían esmerado en conseguirlas para, desde allí, felicitar a su querida madre en el día de su cumpleaños. Colocaron el cestillo en la base del tronco del roble y leyeron en voz alta, cada uno una estrofa, un poema que habían escrito para ella. Esa misma semana, habían recibido una carta en la que les contaba lo enormes que eran los coches que se veían en la ciudad y adjuntaba un par de fotos que se había hecho junto a los dueños de los autos. Envió otra carta sólo para Marcelo junto con un paquete envuelto con papel de estraza que contenía varias tabletas de chocolate con leche y mantequilla suiza. Todos se pusieron muy contentos, en especial Rubén que brincó durante diecisiete minutos seguidos por todo el salón, por la cocina y por las escaleras que conducían a su habitación, gritando y lanzando el nombre de su madre para que se enterasen hasta los rincones del tejado. Su padre le miró con enojo y le pidió que parara de una vez y Rubén, cansado de tanto trote, dejó de saltar y abrió una de las tabletas de chocolate. Sólo Marcelo supo del contenido de la carta de Lucía que iba destinada a él. Sus hijos Darío y Jaime preferían no mencionar el nombre de Lucía ya que los pequeños lo repetían constantemente y su mención agriaba el carácter de su padre cada vez más. El resentimiento le vencía pero conservaba las cartas con una pulcritud exquisita y las escondía en el fondo de uno de los cajones del tocador de su cuarto. Cuando Lucía se marchó, sin despedirse, se abrió para Marcelo en su propio pecho el peor de los infiernos y aparecieron en él sentimientos que nunca antes había tenido, ni siquiera cuando vivió María. De pronto se descubrió débil, se sintió cansado y empequeñecido entre la gente del pueblo, se avergonzó ante las miradas de sus vecinos que se reían y burlaban a su paso, en especial Juan Lisia y sus hijos. El gran Marcelo había sido vencido por una mujer. Para él era el colmo de las desdichas y una vergüenza que no consentiría por más tiempo. Por eso, aunque en el fondo de su ser la seguía queriendo, se prometió a sí mismo que si volvía al pueblo, aunque sólo fuera para una de esas visitas que anunciaba en sus cartas, jamás la miraría a la cara y evitaría estar cerca de ella. Después de la lectura del poema, Rubén y Rosa pidieron a Darío que les ayudara con la carta que iban a enviar a su madre. Como siempre, Darío se sentó con ellos en la mesa y les habló de lo mucho que ella amaba las palabras y de cómo ellos podían aprenderlas en los libros que les había regalado, y que él mismo les leía al acostarlos, para que Lucía


se sintiera orgullosa y viera lo mucho que aprendían. Escribieron una carta de tres páginas y la acompañaron de la poesía que habían leído al árbol; Darío copió la dirección en el sobre y dejó la carta en posición vertical, junto a un bote de cristal lleno de judías secas. En esos días de invierno, Darío Dosaguas miraba a sus hermanastros y veía la pena en sus caras. Rosa casi tenía once años pero Rubén, a falta de dos meses para cumplir los nueve, seguía siendo pequeño y vulnerable, frágil para crecer sin una madre. Las cartas de Lucía ayudaban pero era precisa una visita si no quería perderlos para siempre. Darío había leído en secreto parte de una de las cartas que Lucía envió en privado a Marcelo. En ella, le hablaba con sinceridad de su nueva vida, de su participación activa en la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME) y de su nuevo trabajo en un periódico, y le anunciaba que en cuanto terminara los artículos que la retenían en Madrid pasaría de visita por el pueblo a ver a sus hijos. No era un ruego ni una súplica. Era un hecho. Darío se alegró al instante de tal modo que le temblaron las manos y dejó caer la carta al suelo. Luego, pensó en lo que su padre podría hacer si ella volvía. Marcelo mantenía una actitud distante, perdida y concentrada en sus vacas, con la que ocultaba sus verdaderos sentimientos, lo que no era nada bueno. Así se lo escribió a Lucía. Su padre no estaba bien y nadie sabía de lo que era capaz; por eso, pese a lo mucho que deseaba su visita, era conveniente que la aplazase hasta que Jaime o él mismo averiguasen los sentimientos de su padre. Por Rubén y Rosa no debía preocuparse pues él los cuidaba. Terminó de escribir la carta, la ensobró y la colocó junto a la que habían escrito sus hermanos como felicitación de cumpleaños. Cuando al día siguiente se acercase a la ciudad para comprar unas cisternas nuevas en las que transportar la leche de las vacas, las enviaría. Esa misma noche, Marcelo Dosaguas esperó a que todos sus hijos se hubieran dormido. Los dos pequeños y Jaime cogían el sueño fácilmente y apenas se despertaban a lo largo de la noche; por el contrario, Darío sufría de insomnio y mataba las horas de vela leyendo sobre la cama los viejos libros que dejó Lucía. Marcelo no cerró la puerta de su cuarto para así poder escuchar el momento en que Darío apagaba la luz del candil con la que leía; después, aguardó tres cuartos de hora confiando en que el sueño le hubiera vencido por el trabajo acumulado de los últimos días. La noche se cerró sin dejar paso a las estrellas. Marcelo se asomó a través de los cristales de la ventana y contempló el cielo cubierto anunciando


tormenta. Salió con sigilo del cuarto y descendió las escaleras saltando las que rechinaban por el peso del cuerpo. En uno de los tramos se vio obligado a hacer un zigzag con las piernas y alcanzó el suelo del salón sin despertar a nadie. Avanzó hasta la cocina al lugar en el que Darío había colocado las cartas que iba a enviar a Lucía esa misma mañana. Buscó la que remitía Darío y abrió el sobre con sumo cuidado de modo que pudiera volver a cerrarlo sin que se enterasen. Con la prueba del delito en las manos se acercó hasta la puerta del jardín con el propósito de que la luz de la noche le permitiera leerla. Pero estaba demasiado oscuro. Como no quería encender una luz, Marcelo salió al jardín y buscó un lugar entre las flores en el que la luna, cubierta por las nubes, refulgiese opacamente con mayor intensidad. Rastreó con ojos nerviosos la pulcra letra de Darío tratando de encontrar una respuesta a sus sospechas. …no te preocupes por Rubén y Rosa, son unos niños felices. Si hubieras visto sus caras mientras te escribían la poesía, estaban radiantes. Te añoran pero lo sobrellevan nombrándote a cada instante. Eso hace que mi padre se enfurezca pero Jaime y yo contenemos sus explosiones de ira para que no afecten a los pequeños. Está muy dolido, lo entiendes ¿verdad? Yo cuido de ellos como si fueran mis propios hijos más que mis hermanos, los quiero tanto… Marcelo Dosaguas apretó la hoja de papel entre los dedos arrepintiéndose al instante y temiendo ser descubierto. La alisó de nuevo y puso una muecas horribles que trataban de canalizar su rabia hacia un objeto distinto que no fuera la carta. Se dio cuenta de dónde estaba y se alivió pisando sin ningún reparo unas cuantas margaritas sin flor que crecían a la sombra del jardín. Las pisoteó y las destrozó con furia hasta escarbar en la tierra. Guardó la carta en su sobre y la colocó en el mismo lugar y posición en que la había encontrado sobre la repisa de la cocina. En silencio y esquivando los chirridos de las escaleras, regresó a su habitación y, esta vez, cerró la puerta. Sobre la cama, se agarró al almohadón y resopló enfurecido, tratando de no hacer ruido. No podía ser verdad lo que pensaba. No viniendo de Lucía. Sin duda ella ni lo habría notado, ni lo sabría siquiera. Era apasionada pero también leal y muy sincera. Sin ninguna duda, era el asqueroso de su hijo el que lo había estropeado todo. Se interpuso ente él y la difunta María; se resistió a obedecerle cuando fue pequeño; se negaba a asumir la dirección de la vaquería a su muerte; siempre se comportó de manera indeseable, pero nunca pensó que pudiera hacerlo hasta ese punto. Esa noche, Marcelo no pudo conciliar el sueño. La imagen espantosa de su hijo Darío encerrado


en el cuarto besando una fotografía de Lucía se empeñaba en aparecer en sus sueños como un reproche por no haberlo advertido a tiempo. Darío había llegado demasiado lejos; era el momento de poner las cosas en su sitio. Marcelo pasó la noche dando vueltas sobre la cama, sudando pese al frío del invierno. En su vela maquinó todas las posibles venganzas, a cuál más terrible y certera. Se embraveció como en su juventud pero, al levantarse por la mañana y verlo todo desde la distancia, optó por actuar de manera más fría y reflexiva. Aguardaría el momento oportuno para sorprender a su hijo y, por más que se empeñaba en ver la espantosa imagen que le había alterado los sueños y en descubrir que muchas cosas empezaban a tener sentido, deseó que todo fueran simples sospechas. Sin embargo, no fue así. Durante los dos días siguientes, Marcelo Dosaguas vigiló cada uno de los pasos de Darío. Estuvo pendiente de la hora en que partió hacia la ciudad y de su vuelta cargado con las nuevas cisternas para la leche, lo persiguió con la vista cuando se alejaba de su lado en el trabajo. Lo espió al salir de la vaquería y alejarse de su alcance. Al mediodía, siguiendo una rutina que se había convertido en costumbre con los años, Darío tomó el camino que conducía al pueblo y se dirigió al horno a comprar pan para la comida. Marcelo, en lugar de detener el trabajo, caminar con Jaime hasta la casa (donde les esperaba Trudi con la comida preparada), y aguardar a que llegara Darío con la hogaza de pan, mandó a Jaime que marchara solo mientras él arreglaba una de las portezuelas de madera de las vacas, que se había salido de las bisagras. Cuando Jaime desapareció tras la puerta, Marcelo salió a hurtadillas por uno de los costados, descendió la pendiente desviándose del camino y alcanzó una de las calles del pueblo que bordeaban aquella en la que se encontraba el horno. Así, cuando Darío llegó al horno, su padre ya estaba apostado tras una esquina, vigilando sus pasos y tratando de averiguar si hacía algún alto extraño. No fue así puesto que la vida de Darío era tan rutinaria y absurda como la del propio Marcelo desde que Lucía se marchó de sus vidas. Pero se dijo que era cuestión de esperar y perseverar para descubrir si sus sospechas eran o no fundadas. Al finalizar el trabajo de la tarde, volvieron Marcelo y sus dos hijos a la casa. Se bañaron, siguiendo los mismos turnos de siempre; después, como cada día, Jaime salió a pasear a la plaza con su novia Trudi y Darío se fue al bar donde se reunían los jóvenes de su edad. Rosa y Rubén correteaban y se perseguían por el salón sin reparar en las maquinaciones de su padre. Por


eso, cuando Marcelo desapareció escaleras arriba, ninguno lo echó en falta. Subió las escaleras hasta el primer piso y se detuvo ante el dormitorio de Darío. Se sintió un intruso al empujar la puerta hacia adentro y contemplar la luz que, desde el exterior, entraba por la ventana bañando de luminosidad la superficie de los muebles. Entró en silencio y cerró la puerta tras de sí. El cuarto de Darío nunca fue austero como el de su hermano Jaime sino todo lo contrario. De cada una de las paredes colgaban fotografías de paisajes, catedrales retorcidas de lugares desconocidos y una provocativa Mae West con un cigarrillo entre los dedos. Sobre la cómoda se ordenaban decenas de cosas sin relación aparente: rocas cristalizadas, una hebilla de cinturón, varios libros de Lucía, un pedazo de tela roja deshilachada, una pila de papeles con las puntas sobresaliendo sin cuadrar, una navaja nueva de afeitar… Pero lo que más le interesaba a Marcelo era lo que podían contener los cajones de la cómoda o el interior del armario. Paseó las manos por los tiradores del cajón como si dudara y, finalmente, tiró y abrió. Rebuscó entre la ropa interior y, en el fondo del cajón, encontró una superficie dura envuelta en una tela; la descubrió y, en el interior de unas tapas duras de piel que parecían haber sido arrancadas de algún libro, encontró decenas de cartas. Algunas se cayeron por lo que Marcelo plantó la rodilla en el suelo y las recogió tratando de colocarlas en el mismo orden. En el remite de los sobres pudo distinguir el nombre de Lucía en su pulcra letra escrita con tinta negra. Extrajo la primera de las cartas del sobre y la leyó. Pero no encontró nada distinto a lo que ella le contaba en las cartas que enviaba a su nombre. Sin embargo, al fondo del cajón, creyó ver algo más que no eran cartas. Las dejó sobre la cómoda y rebuscó de nuevo. Esta vez, extrajo un puñado de fotografías de Lucía, tomadas en la casa. Algunas estaban arrugadas de tanto tocarlas. Marcelo cerró los ojos y lamentó no encontrar, junto a esas, otras fotos de sus hijos o de él mismo. Era evidente la idolatría del muchacho. Demasiado repugnante y obscena como para que Marcelo pudiera soportarla. No obstante, después de guardar las cartas y las fotos en el cajón, lo peor llegó al mirar en el interior del armario. Atadas con un cordel, varias hojas de papel se apilaban formando un pequeño libro. “Odas al amor” era su título y lo firmaba su hijo Darío. Comenzó a leer las primeras líneas y se sorprendió al comprobar que todos los párrafos se referían de forma expresa o evidentemente implícita a Lucía. Nadie más que ella admiraba su jardín como describían las líneas, nadie más pintaba vacas azules, nadie huía de la contemplación del bosque como ella. Entonces lo vio claro. Durante


aquellos años, su hijo Darío había sucumbido al peor de los temores de Marcelo, al que acompañó toda su vida desde que trajo a Lucía al pueblo. Logró evitarlo con los vecinos puesto que ella se encerró en la casa; fue magnífico no tener que compartir su belleza con nadie, salvo con los invitados pero aun en ese caso no era peligroso puesto que estaban continuamente rodeados de más y más gente. Pero su hijo, el rebelde e ingrato Darío que siempre le llevó la contraria tuvo que realizar el temor de Marcelo. Afortunadamente, como se desprendía de las cartas y las líneas escritas, comprobó que ese amor oculto nunca fue correspondido; pero el sucio pensamiento y la descarada indolencia bastaban para justificar un severo castigo. Si lo había estado buscando, al fin lo conseguiría. De nuevo en el salón, con la mente distraída en sus pensamientos y sin prestar atención a los juegos de sus dos hijos pequeños, Marcelo recapacitó sobre lo que había visto y sobre el tiempo pasado. Se dio cuenta de que Darío siempre había buscado un sacrificio. Era como si siempre se hubiera sentido culpable de sí mismo y buscase en su padre la materialización de una condena que nunca llegaba, como la ocasión en la que se aplastó la mano derecha como excusa para no trabajar en la vaquería. Tortura, sadismo, pensamientos enfermizos. Eso era su hijo. Y era el momento de combatirlo y, quizá remediarlo a tiempo. Pero aguardaría un poco más. Lo suficiente para que él mismo confesase su falta. Y de no ser así, actuaría. Puesto que ya no podía hacer otra cosa. Marcelo Dosaguas aguardó con ansiedad a que se produjera el desenlace pero, aún entonces, no pudo disimular su insatisfacción por el hecho de que Darío fuera tan distinto a él. En el fondo deseaba presenciar una reacción violenta, un enfrentamiento, algo que le hiciera sentirse orgulloso de él del mismo modo en que Juan Lisia lo estaba de sus hijos. Quería comprobar por una sola vez en su vida que su hijo podía llegar a ser como él, que podía merecer la vaquería de sus antepasados y el honor de llevar un apellido que, durante generaciones, había sufrido por abrirse hueco en el mundo y obtener lo que hoy tenían y que Darío tanto repudiaba. Sin embargo su hijo, actuando de forma tan necia y despreciable como era habitual, optó por seguir el camino contrario y lo negó todo. Los ojos de Marcelo se encendieron de rabia y nunca más se apagaron en presencia de Darío. Aquel día marcó una ruptura perpetua en sus vidas y, aunque los días que llevaron a sus respectivas muertes siguieron trazos paralelos, nunca se esforzaron para conseguir entenderse.


Aquella noche, mientras los cuatro hijos y la futura nuera de Marcelo Dosaguas cenaban en torno a la mesa, todos pudieron apreciar cómo alrededor de los ojos de Marcelo se trazaba una expresión violenta y enajenada. Dejaron los cubiertos con la comida a mitad de camino, suspendidos ante sus bocas, asustándose de aquella mirada que se clavaba en Darío con desafío. Ninguno replicó cuando Marcelo expuso ante ellos, atónitos y sobrecogidos, los muchos motivos por los que Darío Dosaguas no podía continuar en la familia. Le acusó de desobediencia, de rebeldía, de creer en el Dios de su difunta madre, de contrariarle en sus deseos, de incumplir sus órdenes, de encontrar excusas para alejarse de la vaquería. Reservó Marcelo para el final de su arrebatado discurso la mejor de las guindas, el motivo último por el que merecía justa y eterna condena. El desleal e incestuoso amor hacia Lucía, a la que Marcelo trajo para reemplazar a su difunta madre. Todos enmudecieron y Darío se limitó a negarlo todo. Marcelo se levantó de la mesa con tal fuerza que hizo tambalear los vasos y, agarrando a su hijo por el cuello de la camisa, lo levantó de un tirón y, haciendo caer la silla en la que se sentaba, lo arrojó contra la pared. Le golpeó en la cara para que se defendiera pero Darío no movió ninguno de sus músculos. Permaneció aplastado contra la pared con su enorme estatura sobrepasando la cabeza de su padre, negándolo todo y recibiendo puñetazos en su estómago. Jaime suplicó a su padre que dejara de golpear a su hermano y que le permitiera hablar pero guardó silencio cuando Marcelo se giró a él y le lanzó una mirada de desprecio. Rosa se mantuvo boquiabierta sin poder articular palabra, al igual que Trudi, mientras Rubén sollozó en silencio mojando con las lágrimas su pijama. Darío levantó su mano derecha mostrando a su padre los dedos rígidos que apenas podía utilizar. Parecía más un pedazo de madera retorcida y encallecida que una extremidad con la que mucho tiempo atrás escribió aquellas odas repletas de sincero amor. Y aunque su padre sonrió pensando que iba a defenderse, Darío se limitó a decir que su mano terminó con el amor que sintió una vez por Lucía. Confesó que aquella fue su destrucción física, espiritual e intelectual, la que le apartó de Lucía y le encaminó al duro trabajo de la vaquería. Pero Marcelo no le creyó. Siempre pensó que su hijo se había destrozado la mano para no trabajar entre las vacas a pleno rendimiento y, aunque era cierto que él trabajó sin descanso desde entonces, las pruebas encontradas evidenciaban un sentimiento distinto. Marcelo le golpeó en la cara y le acusó de cobardía, lo tumbó, lo arrastró por el suelo tirando de su camisa, abrió la puerta y lo arrojó a la calle.


Aquella fría noche de enero, y sin reparar en ello, Lucía y Darío estuvieron muy próximos aunque distantes. Posiblemente, ninguno de los dos fue consciente en ese momento de que, desde que se conocieron el día en que ella llegó al pueblo en 1917, ambos buscaron una libertad que ansiaban de manera muy distinta y cometieron el mismo error de no seguir sus verdaderos impulsos. Acabaron por conseguirla pero sus consecuencias inmediatas fueron tan lamentables que ya nunca la disfrutaron con el mismo empeño. Para Lucía fue determinante su ocultación, para Darío su resignación. Pese a todo, aunque tardaron en recuperar el rumbo de sus vidas, consiguieron salvarlas. El 4 de marzo de 1929, justo un día antes del noveno cumpleaños de Rubén Dosaguas, Marcelo se encerraba en su cuarto para aislarse en el interior durante el tiempo que permaneciese Lucía en la casa. Días atrás, recibieron una carta en la que Lucía anunciaba su llegada al pueblo a lo largo de la tarde del 4 de marzo para celebrar, al día siguiente, el cumpleaños de su pequeño al que añoraba cada uno de sus días de ausencia. Por este motivo, y debido al rencor que todavía abrigaba en su pecho, Marcelo Dosaguas reunió a sus tres hijos y a Trudi Valiente en torno a la mesa del comedor y les anunció que, como no quería ver ni saber nada de Lucía, permanecería en su cuarto con todo lo que fuera a necesitar hasta que ella se marchara. Nadie le replicó aunque pensaran que era una idea descabellada más propia de un chiquillo que de un hombre de cuarenta y cuatro años; no obstante, le siguieron el juego y, durante un día entero, dejaron sus ocupaciones y el sagrado trabajo en la vaquería para ayudarle a avituallar el cuarto. Los pequeños reunieron las cartas del juego de naipes, desperdigadas por la casa en pequeñas reuniones familiares con las que jugaban a imitar la realidad; Jaime subió a la habitación de su padre su sillón particular, la mesa pequeña del salón, varios catálogos de maquinaria industrial con los que se distraería por unas horas, así como una de sus vacas, una pequeña moteada que se encontraba un poco enferma y que necesitaba la atención de su dueño; Trudi preparó abundante comida, vino, pan y agua, para que Marcelo no tuviera que bajar hasta la cocina. En cuanto a Darío, seguían sin tener noticias precisas después de que su padre lo echara de casa dos meses atrás, aunque por el pueblo se decía que andaba escondido en los corrales de la casa de una muchacha. Aquello también fue una sorpresa. En el fondo, nadie sabía nada acerca


de Darío aunque, quizá, ni él mismo lo había descubierto. Lo cierto es que la noche en que lo echaron de casa, tendido en el suelo de la calle, Darío sólo pensó en una persona y no fue otra que Violeta Gandieta, la joven de la que la muerte se había olvidado desde hacía cuatro años. La mañana despertó con una fuerte ventisca procedente de las montañas, más allá del bosque circular. El viento golpeaba la parte trasera de la casa helando las paredes, a pesar de que las habían revestido con maderas y materiales aislantes para mantener el calor. Aquél era un mal invierno, quizá el peor; el cielo oscurecido anunciaba nieve y, como era habitual, sabían que ésta recrudecía los malos días que vivían. Antes de recluirse en el cuarto, Marcelo se apresuró a reforzar y sujetar las contraventanas de madera para que el viento no las destrozara con los continuos golpes. Pensaba que Lucía permanecería en la casa al menos tres días, de modo que a Marcelo le quedaría mucho tiempo para dormir en ese premeditado encierro y no quería que esa ocupación segura se viese impedida por el golpeteo del viento. Después, y como mera repetición de un acto que había realizado junto a Lucía desde que reformaron la casa, Marcelo desplegó sobre las plantas del jardín una larguísima sábana recia para protegerlas de la helada o de la nieve. Lo hizo con despreocupada delicadeza y casi de manera inconsciente, cubriendo las más débiles a los cambios climáticos, las favoritas de Lucía. Mirando al cielo, Marcelo no pudo evitar que una expresión pesarosa saliera de su boca, más como arrastrada a la fuerza que como intencionada o consciente. Tras el bufido, Marcelo se apresuró en volver al interior de la casa temiendo que lo que iba a caer sería algo más que una simple nevada. Y fue cierto. La mañana se convirtió en noche a pesar de ser aún de día. El cielo descendió hasta los tejados de las casas y, soltando un soplido quejumbroso, recorrió las callejas helando los suelos adoquinados. En el interior de la casa, encerrados en el salón, Jaime, Trudi, Rosa y Rubén jugaban a las cartas aguardando un golpeteo en la puerta de entrada que indicara la llegada de Lucía. Pero el tiempo les hizo dudar. Apenas conversaron más inquietos por los sonidos procedentes del exterior y por los lamentos de alguna mujer que, atravesando la calle para volver a su casa desde la de alguna vecina, gritaba indicando cómo se le helaba la cabeza y el pensamiento, pese a que iban cubiertas con un recio pañuelo oscuro que más parecía una manta. Fueron unas cuantas mujeres las que se desplazaron tras la comida y, después de ellas, sólo el silencio.


El pueblo enmudeció y dejó paso a los suspiros de un viento polar procedente del norte, un viento gélido y presuroso que recorría los recodos de las calles, las plazas y los establos invadiendo, con su fuerza y su frialdad, las vidas de todos. Pocas horas después, el juego perdió el interés que les reunía en torno a la mesa y los ruidos del exterior centraron su atención. Rosa y Rubén pegaron sus caras sobre los fríos cristales de la puerta que daba al jardín y, a través de las estrechas rendijas de las contraventanas de madera, observaron los remolinos que el aire helado producía sobre la hierba. El viejo roble se volvió completamente blanco a pesar de que no había caído ni un copo de nieve. Pero el frío era tal, que todo se congelaba. La larga sábana que recubría las plantas se arrugó como una pasa vieja dejando bajo ella centenares de gotas de condensación que se helaron como pequeños diamantes ocultos. Más allá, a través de otra ventana, Rubén contempló el viejo Ford de su madre paralizado en el rincón más lejano del jardín con su capota bien echada y cubierto de una capa de hielo que le hacía parecer más antiguo de lo que era. Rubén pensó en un gran monigote de nieve al ver el coche totalmente congelado y sintió deseos de que descendieran los copos desde el cielo. No tardaron en caer los primeros, mecidos por un viento violento que soplaba desde el norte en dirección noroeste. El ruido del aire cambió de intensidad y se fortaleció como si en el tiempo anterior a la caída de la nieve se hubiera mantenido alerta, haciendo acopio de provisiones. Entonces, enfurecido contra todo lo que se le puso por delante, el viento helado y polar golpeó la casa de Marcelo Dosaguas, que representaba el comienzo del pueblo. En su cuarto, Marcelo se acurrucaba bajo las mantas de su cama un poco asustado por lo que parecía acercarse y por las habladurías de los viejos que, desde hacía semanas, alertaban de la llegada de una tormenta más grande que todas las que se conocían hasta la fecha con el único apoyo científico que les reportaba su dolor en las articulaciones, verdadero testigo presencial de otras buenas ventiscas de aire y nieve. En el salón, Gertrudis Valiente se recostaba en el hombro de Jaime sin importarle aparentar el miedo que realmente sentía. Mientras, Rosa y Rubén recorrieron la casa de lado a lado tratando de descubrir a través de las ventanas cómo se helaban los objetos más cotidianos sin temer que la ventisca lograra hacerse con la casa. Y entonces, comenzó a nevar como nunca antes habían visto. Los copos se multiplicaron hasta impedir ver nada tras sus ojos salvo un resplandor blanco que se movía en forma vertiginosa. Escucharon el sonido de los copos golpeando cada una de las


superficies de la casa. Las tejas, el porche, la sábana que cubría las macetas, las piedras. Se sorprendieron de que en menos de 12 minutos una capa de un palmo de espesor cubriera el suelo del jardín y, presumiblemente, todo el exterior. Imaginaron, atrapados tras las paredes del salón, cómo debía encontrarse el bosque circular y los caminos que conducían a los campos, completamente blancos sin nadie que hiciera huellas a su paso. Permanecieron alerta durante unas horas, fascinados por la inestabilidad del tiempo, por la noche cerrada a pleno día, por los quejidos de las paredes al ser golpeados por el viento, olvidando totalmente que esa tarde esperaban la llegada de Lucía. Sin embargo, un golpeteo inesperado tras la puerta de la entrada les despertó de su sueño embriagador. Rubén corrió a abrir la puerta esperando encontrar tras ella a su madre helada de frío pero, al abrirla, se sorprendió de reconocer a quien ante él trataba de erguirse con aspecto ahuecado. Rosa llegó unos pasos después que su hermano y, abriendo la boca de par en par, exclamó su nombre: Darío. Bajo la nieve, Darío Dosaguas pedía permiso para entrar en la casa después de verse sorprendido en uno de los caminos y de sentir los pies demasiado congelados como para poder dar un solo paso. Sus hermanos se apresuraron a arrastrarle al interior de la casa y colocarle ante el fuego de la chimenea y, antes de que Darío preguntara, le dijeron que Marcelo estaba encerrado en su habitación porque iba a llegar Lucía y no quería verla. Darío frotó con fuerza sus manos, enfundadas en unos gruesos guantes de lana, y se arrimó al fuego, sentándose en el suelo delante del sillón, a los pies de su hermano Jaime y de Trudi, quien le frotó la espalda para darle calor. En cuestión de segundos, tuvieron sensaciones contrapuestas ya que se alegraban de que su hermano se encontrara con ellos pero se asustaban de la reacción que podría tener Marcelo si escuchaba su voz y descubría que le habían dejado entrar, pese a su tajante prohibición. Eso les incomodó y, desde entonces, se movieron con lentitud midiendo el volumen de sus palabras, las consecuencias de sus gestos y el tono de sus preguntas. Rubén interrogó a su hermano acerca del lugar en el que se escondía. Darío sonrió y calló, le revolvió el pelo con la mano hasta que Rubén se retiró regañando con una sonrisa escondida entre los dientes. Nadie más sacó el tema y no dijo nada de Violeta, aunque todos sospechaban que ella le escondía.


Hablaron de Lucía, de las últimas noticias que les contaba en las cartas, de populosas manifestaciones en las que las mujeres se lanzaban a la calle reclamando mayores derechos. Le contaron cómo Lucía lideró a un grupo de mujeres y jóvenes estudiantes madrileñas en la toma de una cátedra en la Universidad cuando un catedrático de historia antigua se negó a aplazar el examen de una alumna que no pudo asistir por encontrarse en el hospital dando a luz. Revolvieron el despacho, arrojando miles de papeles a la calle, y se sentaron sobre la mesa del catedrático reclamando un trato justo e igualitario hasta que fueron desalojadas del edificio. Los ojos de Darío brillaron al imaginar a Lucía en tales situaciones y todos los hermanos rieron como en los tiempos más felices en los que estuvieron juntos. Encerrado en su cuarto, Marcelo Dosaguas se extrañó de las risotadas continuas que procedían del piso bajo. Supuso que Lucía había llegado a la casa y sintió añoranza del pasado. Se mordió los labios para evitarlo. Atraído por una felicidad en la que él no participaba, Marcelo trató de levantarse de la cama retirando para ello al ternero que, durmiendo a sus pies, inmovilizaba sus piernas. Se levantó y el ternero, al sentir que su amo se movía, abrió los ojos solicitando una caricia en su lomo. Marcelo pasó su mano por la piel del animal hasta que éste descansó su cabeza de nuevo sobre la colcha de la cama. Se acercó a la puerta, la abrió y salió al pasillo sin hacer ruido. Desde arriba, trató de espiar el salón para ver entre sus hijos el bello rostro de Lucía, a la que seguía amando. Pero no lo encontró. Su sonrisa dulce y espontánea se convirtió en un gesto ceñudo y rabioso al comprobar que el desagradecido de su hijo Darío se encontraba en medio de su salón, calentándose ante su fuego. Un verdadero infierno se coció en el interior del pecho de Marcelo Dosaguas y, levantándose enérgicamente de su ocultación tras la barandilla de las escaleras, volvió al interior del cuarto para salir de nuevo con una escopeta entre sus manos. Ahora iba a ver quién mandaba en su propia casa. Los hechos acontecieron de manera rápida y coreografiada, como si cada uno de los partícipes supiera con exactitud el papel que debía interpretar en aquel drama. Gertrudis Valiente se levantó del sillón de un salto, como una pieza mal encajada o fuera de lugar, y rodeó el espacio que separaba el fuego de la cocina. Asustada, con el cabello meciéndose sobre sus hombros mientras se movía, parpadeó una vez cada dos segundos provocando unas lágrimas que, después, no supo si achacar a


los nervios o al dolor de presenciar lo que aconteció. Rosa escuchó el ruido pesado de los pies de su padre sobre la madera de las escaleras al descender los peldaños y, reconociendo lo que llevaba entre las manos, agarró a su hermano Rubén por el cuello del jersey y lo arrastró, entre tumbos, hasta una de las paredes del salón, justo bajo uno de los cuadros de Lucía, en el que una niña pintada de magenta sonreía a un sol de color verde. Aprisionados en la pared, desearon poder atravesar los sólidos y, al no lograrlo, temblaron mientras la mirada de su padre se enrojecía dejando que se formaran en el blanco de sus ojos unos hilillos de sangre nada favorecedores. Rubén Dosaguas, al ser agarrado por su hermana de forma violenta e imprevisible, se tragó un pequeño botón con el que jugaba paseándolo por su boca. Gritó al sentirse aplastado contra la pared por el cuerpo protector de su hermana quien, pese a sus intenciones, lo descubrió por completo cuando la atención de ella se fijó en los ojos de su padre. Jaime Dosaguas se agarró en el sillón levantando los pies del suelo sin tener tiempo para nada más. Su boca se dejó vencer por el peso de sus labios y, con la mueca de un bobalicón, permaneció con los ojos desorbitados sin comprender lo que pasaba. Darío Dosaguas comprendió que su padre iba a matarlo. Lo supo desde el día en que éste lo echó de casa, pero no quiso creerlo. Aún así, y muy a su pesar, se levantó y se quedó de pie, aguardando a que bajara y le descerrajara un disparo en pleno estómago. Marcelo descendió los peldaños de la escalera levantando pequeñas nubes de polvo y orientando el extremo de su escopeta en posición horizontal hacia el cuerpo del que ya no consideraba como un hijo. Una vez abajo, Marcelo se sorprendió por la reacción de Darío, de quien esperaba una absoluta inacción. Sintiéndose amenazado, y de forma muy distinta a como se había comportado en todos esos años, Darío Dosaguas sintió el impulso de defenderse de su padre puesto que se vio amenazado en lo que más valoraba en ese momento, la felicidad de sus hermanos. Se abalanzó sobre él y levantó el cañón de la escopeta por encima de la cabeza. Marcelo forcejeó, insultándole a pesar de la sorpresa. Después de tanto tiempo, Marcelo Dosaguas reconocía al fin al hijo que siempre quiso ver en Darío. Solo que ya era tarde. Tarde para rectificar. Intercambiaron manotazos en el aire mientras los demás no podían distinguir a quién pertenecían esas manos que sostenían el cañón y lo balanceaban en el aire sin un objetivo preciso.


Darío y Marcelo se miraron a los ojos, como el cazador que mira al jabalí enfurecido consciente de que si yerra el disparo morirá entre las fauces salvajes. Tan cerca como para oler la respiración del otro, padre e hijo sellaron la condena de sus propias vidas en un simple segundo. A partir de entonces, sus vidas estarían marcadas por la tragedia, por un desenlace del que ambos fueron responsables. En medio del silencio, un disparo rasgó el aire y recorrió el cuarto. Sin ni siquiera lanzar un grito, Rosa Dosaguas cayó al suelo con el rostro vuelto hacia dentro y la expresión incrédula de a quien le sorprende la muerte. No fue ésta la que llegó hasta su cuerpo, afortunadamente. Bastó un impacto en su rodilla que le arrancó la estabilidad. A su lado, su hermano Rubén, miraba a unos y a otros sin comprender. Buscaba respuestas en el rostro suave y pálido de Rosa pero sólo encontró un rastro de sangre bajo ella que se extendía por el suelo como un manto de terciopelo. Marcelo y Darío soltaron la escopeta y la arrojaron al suelo. Se miraron y se culparon el uno al otro por lo sucedido. Darío, creyéndose el único culpable, lanzó un perdóname Rosa y huyó por la puerta dejándola abierta de modo que la nieve que caía pudo colarse hasta el interior. Marcelo se acercó hasta su niña y tomándola entre los brazos la subió hasta su dormitorio. Trudi preparó unos paños calientes mientras Jaime reaccionó, al grito de su padre, y salió a la calle, bien cubierto, en busca del doctor. En una de las calles, tras la pequeña puerta de madera de un corralillo, Jaime Dosaguas creyó escuchar un lamento ahogado en lágrimas. Pensó que podía ser su hermano quien, a medio camino, destapado y bajo la nieve, lloraba por lo sucedido sin fuerzas para poder avanzar. Pero Jaime siempre fue un cobarde y nunca supo cómo reaccionar en determinadas situaciones. Así que, sin más, continuó hundiendo sus pies en la nieve sin detenerse. Esa noche, Darío Dosaguas sintió que se desgajaba de su familia como quien arranca un higo maduro de su rama; especialmente de Rosa, a la que tanto quería. Ella nunca culpó a nadie de su destino, pero el destino se encargó de culpar a los dos varones Dosaguas de la suerte de la pequeña. Cuando sólo distaban diecisiete kilómetros de la ciudad, el maquinista se vio obligado a detener el tren. No tenía sentido continuar el trayecto como en las últimas tres horas, en las que apenas sobrepasaron


los diez kilómetros por hora porque la nieve sobre las vías hacía peligrosa y resbaladiza la circulación. Consultó con la estación de ferrocarril por los radiotransmisores y recibió órdenes de detener la máquina y esperar en esa posición hasta que una máquina especial quitanieves llegara a ese punto y les abriera paso. Entretanto, informarían a los pasajeros y repartirían bebidas calientes para sobrellevar el frío. El maquinista acató las órdenes de la estación y, sin tener en cuenta que el llano en el que se encontraban facilitaba aún más el paso de las corrientes de aire y la ventisca sobre la superficie ya de por sí fría de los vagones, detuvo el tren en mitad de la nada blanca. A ambos lados, los pasajeros asomaron sus cabezas por las ventanillas de los vagones, cuidadosamente cerradas, y especularon entre ellos acerca del motivo de su detención. Pensaban que la nieve acumulada en las vías era la verdadera causa aunque algunos hablaron de que alguien se había lanzado estando el tren en marcha. Fue el revisor el que informó individualmente a los viajeros de que la nieve les bloquearía en el valle durante, al menos, cuatro horas, y quien recomendó que permanecieran en el interior de sus compartimentos, donde el calor humano se añadiría al débil calor de los vagones; también ordenó que no abrieran ninguna de las puertas o ventanas del tren. Por supuesto, nadie podía descender de su vagón y debían disuadir a los niños más pequeños en sus propósitos de salir a jugar con la nieve, puesto que la estación de ferrocarril les había advertido de que la temperatura en el exterior superaba los siete grados bajo cero. En poco menos de diez minutos, la totalidad de los viajeros se dispersó a lo largo de los vagones, todos fuera de sus compartimentos, y, formando pequeños grupos, conversaron del tiempo, de sus quehaceres en la ciudad y de otras cosas banales pegando sus caras a las frías ventanillas y buscando algo de visibilidad haciendo círculos con la mano en el vaho de los cristales. El revisor, ante tal despropósito de la gente, desistió de seguir haciendo recomendaciones que nadie atendía y se encerró con el maquinista en el vagón de mandos, donde ambos estaban calientes. Una detrás de otra, las tres señoras de considerable edad que ocupaban compartimento con Lucía Zagra abandonaron sus asientos y salieron al pasillo del vagón a observar cómo empezaba a caer la nieve tras los cristales. Las treinta personas allí agolpadas, se sorprendieron al comprobar que habían detenido el tren en una extensión completamente plana en la que el viento azotaba con fuerza. De ese modo, los copos de nieve eran impulsados por el aire con aleatoria violencia hasta que impactaban en el tren, con un sonido sordo, del mismo modo en que un


grupo de niños los lanzaría a propósito si se encontraran en el exterior. El cielo, completamente ennegrecido y muy bajo, soltó cientos de copos de nieve que se acoplaron sobre los vagones del tren de forma indiscriminada. Lucía, en el interior de su compartimento, corrió la cortinilla de la ventana que tenía a su lado y se cambió de asiento, ahora que se encontraba sola, porque ver caer la nieve le producía escalofríos. Pensó en su pequeño Rubén y en lo tarde que llegaría a casa de Marcelo. Sabía que se impacientarían al ver que no llegaba y quizá pensaran que se había arrepentido de su visita. El interior del compartimento estaba oscuro. Predominaba el color caoba de la madera y el terciopelo rojo desgastado de los asientos. Sobre las cabezas, unas rejillas cubiertas de bultos y bolsas de punto cumplían su función de portamaletas. Pero, a diferencia de los ferrocarriles europeos, el ambiente de éste no era acogedor. Un olor dulzón mezclado con el del humo de pipas y habanos cargaba el ambiente helado de los vagones. Y se pegaba a las narices sin poder alejarlo hasta llegar a la estación. Lucía apretó las manos a su cara para que la lana de los guantes difuminara algo el olor aprisionado del compartimento. Inesperadamente, le recordó el aroma a piel de vaca que se agarraba a las ropas de trabajo de Marcelo y se sintió reconfortada. Aburrida de aguardar sin hacer nada, Lucía Zagra salió al pasillo y recorrió el vagón escuchando las conversaciones de la gente. El diálogo se había unificado y, mientras contemplaban, atónitos, la caída de la nieve y los montones que, lentamente, se acumulaban alrededor, creciendo y creciendo, se preguntaban si quedarían enterrados por la nieve antes de que llegara la máquina a despejar las vías. Lucía se detuvo en una de las ventanillas junto a un señor trajeado y con sombrero; comprobó que tenían razón. La nieve se amontonaba por encima de las ruedas metálicas, cubriéndolas por completo. Cruzó de un vagón al siguiente a través de la portezuela interior que los comunicaba. Empujó con fuerza y encontró más de lo mismo, gente especulando de manera alarmante acerca del destino que les reservaba la nieve en la planicie. Entonces, aguzando la vista, Lucía creyó reconocer al fondo del vagón a un hombre que le resultaba demasiado familiar. Ocupando el espacio que ocuparían normalmente dos personas, trataba de abrir una de las pequeñas ventanas rectangulares sobre la luna fija de cristal contra la oposición de varios de los presentes que alertaban del peligro que supondría hacerlo ya que entraría la nieve y se escaparía el poco calor que les mantenía en pie. El hombre, muy resuelto y empleando palabras soeces a oídos de las mujeres que allí se encontraban, apoyaba su


regordeta mano sobre el pelo despeinado y revuelto de un muchacho pequeño que no aparentaba sus quince años. Lucía reconoció al hombre al instante aunque no al muchacho. Después de tanto tiempo, Lucía Zagra coincidía en un mismo vagón de tren con el insoportable y grosero Juan Lisia. Inmediatamente, le vino a la memoria la fiesta que celebró Marcelo en la casa del pueblo y el rostro de Lisia empapado en la leche de la piscina; lo que ocurrió en el interior de su Ford en medio del jardín seguía aparcado en un recodo de la memoria a donde no quería volver. Disimuladamente, Lucía se dio la vuelta y empujó de nuevo la pesada puerta que comunicaba con el otro vagón. Pero Juan Lisia reparó en su presencia. Anda, alcánzala hijo; es Lucía, la concubina de Marcelo Dosaguas. Y el muchacho, más rápido de lo que era su padre, se escabulló entre la gente corriendo a lo largo del pasillo hasta la puerta metálica. Alcanzó a Lucía en la tierra de nadie de los trenes. En ese pequeño reducto oscuro, incierto y metálico en el que se unen los vagones. El muchacho lanzó su mano contra la portezuela impidiendo que Lucía tirara de ella y la abriera. En poco menos de un metro de espacio, rodeados de planchas en forma de fuelle y de cables mal recubiertos, pisando una chapa metálica por la que entraba el frío del exterior y que permitía ver los bajos del tren, Lucía y Marcos Lisia tropezaron por vez primera. Me llamo Marcos Lisia. Físicamente, aparentaba ser más débil y joven de lo que era pero ocultaba un interior tétrico y podrido similar al del padre. A la distancia, gracias a los cabellos largos y rubios cortados en forma de cuenco como los de un príncipe, habría aparentado ser un niño dulce y bueno, como el que Lucía conoció el día que nació Rosa. Aquellos enormes ojos de profundos cristalinos, la piel fina y dorada sin ninguna imperfección, la estructura ósea modelada y equilibrada, todo era un disfraz de la maldad. Bajo la piel ardía un demonio despierto que aprendía a cometer sus propias maldades observando a los demás, especialmente a su padre, de quien podía aprender demasiadas cosas. Espera aquí, Lucía, enseguida viene mi padre. Sabes, eres más bella de lo que dicen por ahí. Que triste se sentiría el tonto de Marcelo cuando le dejaste. Una risotada profunda y grave invadió el reducto oscuro y retumbó en los oídos de Lucía, haciéndole temblar. Daba más miedo que el propio Juan Lisia porque, en apariencia, era un pequeño vulnerable. Propinó un empujón al joven Marcos quien, sorprendido, se golpeó contra las puertas; mientras, Lucía abrió la del vagón y escapó. Se encerró en su compartimento echando el pestillo de la puerta corredera y corrió la cortinilla para no ser vista desde


fuera. Apoyó un pie en uno de los asientos y se encaramó para alcanzar la reja del portamaletas donde había dejado su bolso de mano. Lo aferró con fuerza entre los brazos y, sin dar la espalda a la puerta, hurgó en su interior tratando de encontrar algo. Una mano golpeó el cristal de la puerta y la voz amable de Juan Lisia le pidió que la abriera ya que quería saludarla. Lucía no encontraba lo que buscaba en su bolso. Escuchó un forcejeo en el pestillo de la puerta seguido de un golpe seco hacia adentro. Sin saber cómo, la puerta se descorrió y apareció la figura monstruosa y repugnante de Juan Lisia sonriendo. Refirmada en los cristales de la ventanilla, Lucía dejó caer el bolso por la sorpresa. Antes de que los Lisia entraran en el compartimento, trató de abrir la ventanilla que daba al exterior pensando que podría huir por la nieve, pero no tuvo tiempo. Un sonido seco indicó que la puerta se había cerrado de nuevo. Juan pidió a su hijo que echara el pestillo. Ven hijo mío, yo te enseñaré cómo se trata a las mujeres de la categoría de ésta. Lucía se quedó acorralada, sin espacio para maniobrar. De pie, en medio de los cuatro asientos, ocultos a las miradas que llegaban del pasillo gracias a las cortinillas, Lucía no pudo sino retraerse contra el cristal tratando de que no la tocaran. El joven Marcos Lisia se abalanzó sobre Lucía y le agarró los dos brazos con fuerza, colocándolos a un costado. Ella, con el pie, trataba de acercar el bolso de mano que se encontraba entreabierto en el suelo. Juan Lisia enseñó su sonrisa más inmensa y se frotó las manos asegurando a Lucía que no le daría ningún frío, sino todo lo contrario. Ella dejó que sus rodillas se doblaran y, dado que Marcos le sujetaba los brazos, no tardó en escurrirse y caer sobre el suelo como si se estuviera sentando. Marcos se inclinó hacia un lado por el peso del cuerpo de Lucía escurriéndose hacia abajo. Ponte cómoda, hermosa. Que puedas contarle a Marcelo lo bien que lo has pasado con nosotros. Entre el forcejeo, Lucía distinguió perfectamente el asombro en los ojos de Marcos. Tenía marcada en el rostro una expresión de admiración a la vez que de deseo, como si tratara de agradar a su padre al tiempo que disfrutara de sus enseñanzas. Lucía sintió lástima por él pero ya era tarde para hacerle retroceder y apartarle del mundo maléfico en el que vivía su mente. Lucía consiguió zafarse de la sujeción de Marcos y pudo alargar la mano hasta el bolso mientras Juan Lisia, arrodillado y con los pantalones bajados, se colocaba frente a ella. Ninguno de los dos advirtió lo que ella sacaba del bolso. Lo agarró con fuerza en su mano y atacó.


A lo largo de su vida, Lucía Zagra nunca se sintió víctima de nada. Siempre pensó que las personas eran como querían ser y siempre supo que cuando a alguien le ocurría algo no podía responsabilizar de ello a los demás si no había puesto todo su empeño en conseguir un efecto contrario. Para Lucía, cada uno era dueño de sus actos y de sus omisiones. Siguiendo esta filosofía de vida, Lucía se mezcló en una guerra ajena en la que creció como ser humano y donde conoció al verdadero amor de su vida, Pierre Dumonde. Hizo lo que debía fotografiando rostros partidos y retratando en cuadrículas de espacio el olor de la muerte. Se marchó con Marcelo voluntariamente y tuvo a sus dos hijos deseándolos más que a otra cosa en el mundo. También tuvo que marcharse para reencontrarse a sí misma y no se arrepentía de ello porque sabía que sus hijos eran fuertes y sabrían comprenderlo. No tuvo reparos en rebelarse contra su padre Reinaldo Zagra cuando éste quiso imponerle sus reglas; ni los tuvo en sumergirse en las casas ajenas entre el placer físico que le proporcionaba la compañía de Gumersindo Hinni; ni en silenciar lo ocurrido en el interior de su coche para no herir mortalmente a Marcelo. Nunca se arrepintió de lo que hizo. Por eso, ese día nevoso, encerrada y acosada en el interior de un compartimento de tren, Lucía Zagra se sintió feliz de reaccionar de forma rápida y precisa, sin medir las consecuencias que ello pudo provocar en la mente, ya de por sí torturada, de un muchacho de quince años. Para ser justos, hay que precisar que lo que aconteció aquel día, si bien es cierto que influyó en el comportamiento futuro de Marcos Lisia y en su odio perpetuo hacia los Dosaguas, no fue determinante de nada de lo que hizo o pensó con posterioridad. Su mente estaba lo suficientemente perturbada entonces como para cometer en el futuro todas las atrocidades que se atribuyeron a su persona. Pero fue el germen que promovió un odio familiar y generacional que ya provenía de la fiesta en casa de Marcelo Dosaguas en la que Juan Lisia culminó su acoso hacia Lucía quien, como siempre, se encontraba en el centro de los acontecimientos. Lucía Zagra introdujo la única mano que tenía libre en el interior del bolso. Mientras hurgaba con los dedos ansiando sentir el frío metálico de lo que buscaba, Juan Lisia se abalanzó sobre ella rasgándole de un zarpazo la ropa interior. Cuando Juan y Marcos Lisia vieron cómo en el rostro de Lucía se dibujaba una enorme sonrisa y aparecían ligeros colores en su piel pálida por el frío, no pensaron en lo que iba a suceder a continuación pero, siguiendo una especie de regla no escrita en la que de forma mimética se responde a un estímulo visual con otro parecido,


ambos sonrieron. Agarrando con fuerza entre sus dedos el tenedor de plata que encontró brillando entre unas hierbas, poco después de conocer a la gitana que le habló de su futuro, Lucía Zagra lo clavó con violencia en la mejilla derecha de Juan Lisia. En apenas dos segundos ocurrieron demasiadas cosas como para poder apreciarlas con claridad. Un grupo de doce personas, incluidas las tres ancianas que habían abandonado ese mismo compartimento para observar la caída de la nieve en el exterior, se agolparon tras la puerta después de escuchar un grito agónico y dilatado procedente del interior y, golpeando la puerta, pidieron que la abrieran y les dejaran entrar. Desde el otro extremo del tren, al escucharse el grito, el revisor reaccionó volcando su café sobre el uniforme y saliendo de forma apresurada a descubrir lo que ocurría. Mientras, Lucía Zagra extraía el tenedor de plata del rostro de Juan Lisia con la misma rapidez con que lo había introducido provocando un chorro cálido de sangre que salpicó a los ojos de Marcos, nublando su vista por unos instantes. Juan Lisia se llevó las dos manos a la cara y, todavía con los pantalones bajados, se tumbó en el suelo rodando de dolor. Lucía, viéndose libre de las manos de Marcos y de la pesada corpulencia de Juan, se levantó del rincón en el que estaba atrapada y abrió la ventana que daba al exterior. Se encaramó al asiento más próximo y sacó la cabeza por fuera, seguida de los hombros, los brazos, el tronco y las piernas. Debido a la altura del vagón, y aunque intentó aferrarse a la superficie metálica del tren, Lucía cayó sobre la nieve golpeándose el costado. Una vez en pie, se dio cuenta de que todavía sostenía en su mano el tenedor de plata ensangrentado, lo arrojó sobre la nieve y echó a correr. Cuando el revisor abrió el compartimento con la llave maestra, encontraron a Juan Lisia retorciéndose de dolor sobre un charco de sangre. Muchos de los que presenciaron la escena comentaron con posterioridad un mismo detalle que les llamó la atención: en el papel pintado con el que se decoraba la parte del vagón que separaba los asientos de terciopelo rojo del portamaletas, en vez de distinguir preciosas flores silvestres abiertas en ramillete y ensortijadas entre tallos dorados, vieron un terrible manchón de sangre oscura y espesa que había salpicado en todas las direcciones, en especial, sobre el cristal de la ventana en el que se distinguían las huellas diluidas de manos y las pisadas de alguien que había salido trepando. Algunos, atestiguaron haber visto a un muchacho lanzarse desde lo alto de la ventanilla hacia un montículo de nieve pero la fuerte nevada que caía les impidió ver más cuando se asomaron a los cristales.


Lucía corrió alejándose del tren; atravesó el valle con gran dificultad ya que la nieve se hundía a sus pasos hasta cubrirle las rodillas. Jadeaba por el esfuerzo del mismo modo en que lo hacía el joven Marcos, al que escuchaba aproximándose a ella. Cuando no pudo más, Lucía se tumbó sobre la nieve. Tuvo tiempo de sentarse y girarse en dirección al tren. Quedaba muy atrás y, con la nieve cayendo, apenas se distinguían las luces. Contempló el rostro de Marcos acercándose con esfuerzo. Su debilidad era mayor de lo que imaginó al encontrarlo en el vagón. Resollaba sin cesar, próximo al colapso, pero insistía tratando de demostrarse a sí mismo su valía. Lucía pensó que Marcos Lisia no era más que una sombra al lado de su padre, una sombra que lucharía toda la vida por alargarse hasta no dejar ver otra cosa que su propia maldad. Cuando Marcos llegó al lado de Lucía, ambos se miraron. Estaban demasiado fatigados para hablar y aun a pesar de ello Marcos emitió un temible te tengo, ya eres mía. Lanzó sus brazos sobre ella pero Lucía se retiró manoteando. Marcos cayó sobre la nieve debido al impulso y Lucía aprovechó a sujetarle y a echar todo su peso sobre la espalda de Marcos de modo que el pecho y los brazos del chico quedaron aprisionados en la nieve. Lucía le dijo que no veía más que a un niño jugando a ser malvado, y que podía ser mejor persona que su padre si se lo proponía. Marcos rió con su sonora carcajada y, girándose con inusitada fuerza, se puso en pie. La nieve cedió bajo ellos y ambos se hundieron hasta la cintura en medio de la nada. De nuevo lanzaron sus brazos y Lucía agarró al muchacho por el pelo y tiró muy fuerte hacia abajo intentando tumbarle. Marcos chilló como un cordero. Sus manos trataron de retirar la de Lucía y sus ojos dejaron escapar unas lágrimas de dolor, y vergüenza. Ella siguió tirando hasta comprobar que el cabello cedía y empezaba a rasgar el cuero cabelludo del chico. Éste comenzó a aullar de dolor y suplicó que le soltara. Lucía sintió pena y aflojó la tirantez de sus dedos sobre el pelo pero, cuando advirtió que él tomaba impulso para lanzarle un puntapié, tiró de nuevo hasta que la cabeza sangró y sus dedos quedaron en el aire con un enorme mechón de pelo arrancado de su sitio. Mientras el joven Marcos Lisia lloraba bajo la nieve, Lucía Zagra salió corriendo. Desapareció en el valle, sin ropa de abrigo y a siete grados bajo cero. Continuó corriendo hasta que su rostro se agrietó por el frío y las extremidades peligraron de congelación. Ante sus ojos, nublados entre los copos de nieve, se desplegó una débil y mortecina luz en el horizonte. Pensando en su propia muerte, Lucía alcanzó la luz y se desplomó ante la entrada de madera de una casa de montaña. Tuvo la


suerte de que alguien la oyó golpearse contra el suelo y abrieron la puerta para ver qué había ocurrido. La recogieron, la calentaron y la cuidaron durante varios días sin explicarse cómo había llegado a través del valle. Después del amanecer continuaba nevando. La luz, hermética en un cielo completamente cubierto y blanco, apenas dibujaba la silueta del joven y tembloroso Darío Dosaguas que, trastornado por la tragedia vivida esa misma noche, caminaba desorientado y sin un rumbo determinado. A la mañana siguiente, después de lo acontecido en la casa de Marcelo Dosaguas, nadie echó en falta a Lucía, excepto su pequeño Rubén. Y, cuando repararon en su ausencia, nadie (excepto sus dos pequeños) se extrañó de que pasaran los días y no hubiera cumplido con su promesa.

III: El perdón se mueve en la noche. Desde que su padre le echó de casa, muchas fueron las historias que se especularon acerca del paradero de Darío Dosaguas pero sólo una fue la más lamentable y verdadera de todas: Darío se quedó solo, completamente perdido y sin ningún soporte que le sostuviera en el mundo. Salió corriendo en la noche, dejó atrás toda una vida y un futuro que no deseaba, se marchó orgulloso de conseguirlo pero triste porque le suponía perder todo lo que dejaba a su paso. Creyó experimentar las mismas sensaciones que Lucía cuando ella huyó del pueblo, y se vio ante una ambigüedad emocional tan potente como para acabar loco si no controlaba bien los vértices del sentido. Enero de 1929 marcó un quebranto en la vida de Darío Dosaguas. Desde entonces hasta la fatídica noche del disparo, el 4 de marzo, Darío se ocultó entre la espesura de las montañas y las sombras del pueblo, viviendo a costa de su suerte y de sus vecinos. Muchos opinaron que se escondía en casa de una muchacha. Se equivocaron, aunque no erraban del todo en sus sospechas. La noche en que su padre le echó de casa, Darío corrió en dirección al sur del pueblo y vio frente a él dos


escapatorias posibles: huir hacia el bosque circular y dejar que los árboles le devoraran, o continuar hacia la izquierda y esconderse en las montañas. Darío tuvo miedo de escoger la primera opción, por las leyendas y por la aversión que siempre sintió Lucía, así que eligió la segunda opción, aunque ello supusiera una demora en su objetivo de alcanzar un cambio radical y definitivo en su existencia. Optar por las montañas suponía cambiar la muerte por la vida y eso, se dijo, siempre forma parte del buen camino. Corrió en dirección a las montañas y se perdió en el extremo más alto desde el que se distinguía el horizonte de la salvación. Sin embargo, tenía que recurrir a alguien para librarse de las torturas. En sus sueños incómodos sobre las rocas y la hierba, la soledad dañaba sus oídos emitiendo fuertes exclamaciones de horror. Darío resistía durante un tiempo pero, cuando no podía más y los sueños se hacían insoportables, dejaba de vagar por las montañas y allanaba las casas del pueblo. Solía esconderse en casa de un amigo, aquél que le proporcionó libros en su juventud, antes de la llegada de Lucía. Los padres del joven nunca se enteraron. Allí pudo desayunar y comer algo de pan con aceite y azúcar, pero pronto se acabó. Entonces, Darío Dosaguas rondó la casa de Violeta Gandieta. Por aquel entonces, no se conocían. Nadie les había presentado, ni lo hicieron ellos mismos en el par de ocasiones en que se encontraron frente a frente; pero sabían el uno del otro mucho más por lo que imaginaban o les revelaban sus sueños que por lo que otros les hubieran contado. Cierto que eran recreaciones alejadas de la realidad, pero a ambos les bastó. En aquellas ocasiones, Darío se escabullía desde el valle y penetraba a medianoche por las calles del pueblo. Vagaba por los alrededores de la casa de Violeta y observaba la ventana del dormitorio de la joven. Si distinguía el más mínimo reflejo tras los cristales, se quedaba de pie refirmado en la pared de la casa de enfrente, o se sentaba en el suelo de la calle, con los brazos sujetándose la barbilla; cuando no distinguía movimiento, giraba la esquina hasta el portalón que conducía al sótano de la casa. Empujaba el portalón por si los dueños habían olvidado cerrarlo. Una cadena le impedía entrar, hasta que una noche, la puerta se abrió. La primera noche que escuchó ruidos, Violeta Gandieta se despertó. Alguien empujaba el portalón que conducía al sótano de su casa. Las cadenas tintineaban al agitarse y las dos palas de la puerta chocaban por el impulso al intentar abrirla. Violeta se asomó a la ventana pero no vio a


nadie. Un instante después, el joven Darío atravesó la calle corriendo en dirección al bosque. Sintió el impulso de abrir la ventana y hacerle señas para que volviera, pero se limitó a soltar las cadenas y dejar abierto el portón de la parte trasera. Nadie se enteró. Salvo ella. Una noche, Violeta escuchó ruidos en el sótano de la casa. Se levantó de la cama, se puso una bata y bajó las escaleras sin hacer ruido hasta la planta baja. Cuando llegó al sótano, empujó la puerta y vio el cuerpo de Darío tumbado en el hueco que formaban unos sacos de patatas. Dormía. Pensó que el olor allí sería asfixiante y polvoriento. Le tapó con una manta de lana que colocaban en el asiento trasero de la carreta de caballos y le observó. Él respiraba tranquilo. Se le veía limpio, sano, libre. Violeta se entristeció por no atreverse a despertarle. Y volvió a su dormitorio con una sonrisa en los labios. Los cuerpos llamaron al descubrimiento y los dos jóvenes se encontraron una tarde antes de la hora de la cena, solos en el mismo recinto oscuro y silencioso del sótano. Se miraron sin decir nada. Darío se sentó sobre los sacos de patatas sin miedo a que ella le descubriera, pues sabía que no pretendía hacerlo. Ella se quedó de pie junto a la puerta abierta por si la llamaba su madre; cuando se cansó, se sentó sobre un tonel de madera y se tocó las rodillas. Se miraron y siguieron sin hablarse. Respiraban juntos y se olían. Fueron unos minutos hermosos. Otro día se vieron en el camino de las montañas. El viento era espeso y levantaba cúmulos de nubes hacia el sol. Violeta se cruzó con Darío y ambos se detuvieron. Él iba mojado porque volvía de darse un baño en una charca de agua de lluvia, ella le sonrió. Dieron vueltas el uno tras el otro como animales que se olisquean, recorriendo con los ojos cada centímetro de sus cuerpos. Y siguieron su camino sin atreverse a decir nada. Supieron que se amaban y no necesitaron decirse nada. La noche del 4 de marzo de 1929, Darío huyó de su padre con el remordimiento de haber disparado contra su hermana Rosa. Lloró sin poder respirar, corrió sin sentir las fuerzas que le sostenían en pie. Y llegó ante la ventana de Violeta. Ella le esperaba tras el cristal. Por primera vez en todo ese tiempo, al verle llorar, Violeta abrió la ventana y le habló: Espérame. Unos minutos más tarde, Violeta dobló la esquina y apareció ante él. El único vestigio del encuentro fueron las huellas de sus pies en la calle nevada. Se alejaron de la casa en dirección a la plaza del pueblo y se escondieron en la Iglesia. Al final de los bancos, en el lugar


de las velas sin sombras, había un confesionario abierto. Se metieron dentro y corrieron las cortinillas negras. Frente a frente, Violeta le acarició el rostro y le enjugó las lágrimas. Él no pudo hablar, le podía la angustia. Con la punta de los dedos, Darío apartó del pelo de ella los copos de nieve acumulados. Esperaron a que Darío se repusiera y, entonces, él le dijo: Tengo que irme. A la ciudad o donde sea. ¿Quieres acompañarme? Violeta asintió. Se separaron el tiempo preciso para solucionar sus cosas. Violeta regresó a su casa. Su madre la vio entrar por la puerta, se molestó con ella porque volvía mojada y manchaba el suelo del patio, pero no le preguntó de dónde venía. Violeta subió al cuarto de sus padres, cogió una de las maletas de viaje que guardaban encima de un armario y la llevó sin disimulo hasta su cuarto; el padre no se dio cuenta al verla pasar. Recogió algo de ropa, recuerdos de infancia y un puñado de fotografías. Salió por la puerta y esperó que Darío volviera a recogerla. La nieve seguía cayendo. Darío Dosaguas se acercó a su casa. Temblaba de miedo por el error cometido y por el duelo que le hostigaba a pensar en el daño que le había provocado a su hermana. Saltó la tapia del jardín y se deslizó entre las hierbas. Golpeó la puerta de cristal para que su hermano Jaime le abriera desde dentro. Marcelo y el doctor se encontraban con Rosa en la habitación de arriba. Darío lloraba y Jaime le aseguró que Rosa estaba fuera de peligro. Darío respiró aliviado, se abrazó a su hermano, le dio un beso y salió de la casa. En el poderoso silencio de la noche, Rosa Dosaguas no conseguía dormirse. El calmante que le inyectó el doctor hizo su efecto al principio pero, cuando despertó, se sintió tan excitada que no pudo recuperar el sueño. Un dolor profundo le latía en la rodilla, le escocía como si le hubieran colocado brasas bajo el vendaje. Con los ojos abiertos y sin apenas otra luz que la de una vela de color blanco encendida para atraer la esperanza, Rosa escuchaba el sonido de los copos de nieve al caer. Crepitaban y se amontonaban. De vez en cuando, el viento del norte suspiraba levemente y los copos variaban su rumbo descendente y golpeaban contra los cristales de la ventana. Ella miraba, entre aburrida y ansiosa, saltando del cristal a la fotografía de su madre, presente en el centro de la mesilla.


Lamentó que su padre y su hermano se hubieran enfrentado y sintió un enorme pesar porque el disparo añadía más dolor a Darío, y se sumaba a sus últimos días de padecimientos. Rosa se arrepintió de ser poco fuerte y haberse desplomado ensangrentada. Hubiera deseado levantarse y decirle que no pasaba nada, que no tenía importancia. Pero el dolor se lo había impedido. Su padre hizo el resto. Y nada más pudo hacerse. Recordó la expresión atormentada de Jaime en medio de la sala, como si comprendiera de inmediato que el accidente, seguido de la marcha de su hermano, significarían muchas más cosas en las vidas de todos. Y de hecho así fue. Representó un alejamiento. Como el de la madre. Rosa no se sintió desdichada por su herida ni por las secuelas que ésta le representaría de por vida. Amaba a su hermano y a su padre y no responsabilizaba a ninguno de los dos por lo sucedido. El destino era el que marcaba los tiempos y los pasos, nada podía hacerse en contra de sus pautas preestablecidas. Cerró los ojos e intentó dormir. En unos meses las cicatrices le permitirían caminar y correr con normalidad. Podría subir escaleras y ayudar con las vacas. Mientras tanto, el reposo era la única imposición posible, que ella aceptaba. Y la contemplación de la nieve al caer.

IV: Rosa y Rubén a la entrada del bosque. 1930. A sus doce años de edad, la antigua leyenda acerca del bosque circular y la desdicha que acompañó a Petronila Binase, embriagaba la fascinante mente de Rosa Dosaguas y del resto de niños del pueblo desde que un pequeño de siete años desapareció de su casa. Unos amigos lo vieron por última vez saliendo de la Iglesia con su pequeño cuaderno después de que terminara la clase del padre Domingo Cárdenas. Al parecer, se dirigió calle abajo en dirección a las afueras del pueblo donde confluían todos los caminos y nadie más volvió a verle. Sus padres, completamente angustiados, dieron la voz de alarma entre los vecinos y, enseguida, se organizaron varios grupos de búsqueda que a los más ancianos del pueblo les recordaron el día de la desaparición de Petronila Binase; mantuvieron silencio para no alterar más a los pobres padres que


no articulaban palabra de tanto pensar en lo pequeño que era su niño y en lo desprotegido que se encontraría si estaba perdido. Los grupos, capitaneados de forma conjunta por los cabezas de familia, recorrieron los alrededores sin dar con el pequeño; en las batidas por los campos de cultivo lo llamaron a gritos, hicieron ruido golpeando latas para que pudiera escucharles pero nada consiguieron. Fueron horas tensas para el pueblo porque en las ocasiones en que la vida normal se altera de manera tan solidaria, el desenlace se convierte en algo personal que atañe a todos, como una responsabilidad común. En casa de los Dosaguas, Rosa y Rubén permanecieron juntos y cogidos de la mano, muy atentos de los acontecimientos. La joven Trudi cuidaba de ellos aunque con tanto o más miedo que los dos hermanos. Los tres se sentaron en el sofá del salón, delante de uno de los cuadros de Lucía, y escucharon el ruido metálico en los caminos al golpear las latas, así como los llantos desesperados de la madre del pequeño. Rosa y Rubén imaginaban la posición exacta del grupo por la lejanía del sonido y por el efecto amortiguado que provocaban los árboles frutales de los campos. Trudi, retorciendo entre las manos la tela del vestido como una bayeta de fregar, trató de distraerse y, para que no se le notara la intranquilidad, preguntó a Rosa si querían que les leyera un cuento de los que mandó Lucía en el último de sus envíos. Rosa, sin decir palabra, chistó a Trudi y giró el rostro hacia el lugar del que provenían nuevos y numerosos gritos. Rubén se levantó corriendo del sillón adelantando a su hermana, quien mantenía la rodilla vendada y rígida (lo que le provocaba dificultades para doblarla), y ambos salieron al jardín para escuchar los alaridos con mayor precisión y descubrir quién los profería. Trudi se quedó en el salón sin atreverse a salir; les pidió que volvieran dentro, pero no obedecieron. Como si siguieran una coreografía muy estudiada, Rosa y Rubén se dispersaron por la tapia del jardín y tomaron posiciones. Rubén se encaramó a una de las ramas del viejo roble ascendiendo sin dificultad hasta poder alcanzar con la vista la lejanía desde donde se lanzaban los gritos. Como Rosa no podía trepar debido a la lesión de su rodilla, arrastró una de las sillas, la colocó sobre una de las mesas y subió a lo más alto de la improvisada estructura para ver por encima del muro. ¡Lo estás viendo! ¡Ves?, fueron las palabras de Rubén a su hermana. Ella asintió con la cabeza aunque Rubén no podía verla y permanecieron en esa posición vigilante, asustados y excitados al mismo tiempo.


Era difícil distinguir a las personas que se movían a lo lejos, muy cerca del bosque circular. Lo que sí era seguro es que se trataba de uno de los grupos que parecía haber encontrado algo. A los dos les pareció que la madre del niño era la que emitía los gritos entrecortados y chillones, como producidos por una máquina de tren, mientras que los llantos parecían ser de un hombre. Tenían que ser los padres del pequeño; eso significaba que lo habían encontrado pero no en muy buen estado. Trudi, escuchando las palabras de los pequeños, salió al jardín. Se quedó parada junto a la puerta sin atreverse a dar un paso más allá de las baldosas del porche tras las que crecía la hierba. ¡Qué es lo que pasa!, ¡Qué es lo que pasa!, exclamó mientras retorcía la falda entre las manos. Lo han encontrado muerto, dijo Rosa. Y aunque nada podía ver desde lo alto del muro supo que así era por los movimientos compulsivos de la mujer plegándose por el estómago y flojeando las piernas mientras varios hombres la sujetaban para que no cayera. Después, se hizo el silencio, sonaron unos silbatos de lado a lado del pueblo que indicaban que terminaba la búsqueda y escucharon el ruido de zapatos arrastrándose por el suelo mientras los hombres regresaban. Cuando Marcelo y Jaime entraron en la casa, Trudi se lanzó a los brazos de su prometido confesándole que había pasado mucho miedo. Marcelo miró a los pequeños, vio sus caras fascinadas e interrogativas, casi lascivas de misterio. Con expresión ruda, les ordenó que subieran a acostarse, que era tarde. Rubén protestó con un sonido parecido al de una pedorreta y preguntó qué habían encontrado en el bosque circular. Marcelo se disgustó, gritó repitiendo su orden y se acercó para asustarlos. Los dos corrieron escaleras arriba haciendo mucho ruido con los pies y desaparecieron en sus cuartos. Durante la noche, tanto Rosa como Rubén soñaron con que el niño desaparecido aparecía a la entrada del bosque cubierto de sangre, con los miembros separados del tronco. Sudaron, gimieron y despertaron sobresaltados. Sus mentes infantiles trabajaban con esfuerzo fascinadas ante la fatalidad que escondía el bosque circular. Cada uno en su cuarto, unidos únicamente por su condición de hermanos, Rosa y Rubén coincidieron en otra cosa más aquella noche. Los dos decidieron acercarse, en secreto, hasta la entrada del bosque circular para descubrir si todavía quedaban rastros de sangre entre la hierba. En la soledad de su dormitorio, Marcelo Dosaguas extendió la mano sobre la parte vacía de su cama y revivió los días en los que intentó salir


con Lucía al exterior de la casa, fuera del jardín que ella adoraba y al que se aferraba para no tener que afrontar la simple contemplación del bosque circular. Marcelo sabía que Lucía era muy sensitiva y quizá pudiera ver, o sentir, algo que el resto sólo sospechaba sobre ese bosque maldito. Desde que Rosa y Rubén tuvieron uso de razón, Lucía y él procuraron infundir en los pequeños cierto respeto por el bosque para evitar que se acercaran. Fueron sinceros al describirles la tragedia vivida por Petronila Binase para evitar así especulaciones infundadas, ya que cada niño contaba una historia distinta de lo acontecido. Ahora sus hijos eran mayores, comprendían los riesgos que el bosque conllevaba y entenderían que les prohibiera que se acercaran. Rosa había crecido y se aproximaba a la mujer que sería un par de años después. Se parecía más a él que a Lucía, de la que apenas había heredado nada, salvo su serena belleza. Sin embargo, Rosa era pálida lo que le hacía parecer débil. Y Marcelo tenía la obligación de proteger a su única hija. A la mañana siguiente, antes de marchar a la vaquería con Jaime, Marcelo Dosaguas despertó a sus hijos y les advirtió que no quería que se acercasen al bosque circular, bajo ningún concepto. Les amenazó severamente y añadió que si se enteraba de que lo habían hecho les encerraría en sus cuartos durante tanto tiempo que las cuatro paredes se convertirían en su propia piel y su propio mundo hasta el punto de que desearían no tener que salir nunca al exterior. Pese a ello, Marcelo Dosaguas cometió el peor error posible ya que despertó en sus hijos una curiosidad mayor de la que tenían, un estado de fascinación próxima al éxtasis como sólo puede ocurrir en los niños ante un misterio que excede a cualquier normalidad. Después, en el cuarto de Rubén, Rosa le contó a su hermano de diez años lo que había soñado y éste, con una amplia sonrisa en los labios dijo: Cuándo iremos. Rosa respondió muy pronto, y ambos se asomaron a la ventana que daba a la calle observando cómo su padre y su hermano Jaime tomaban la cuesta abajo y giraban para subir por el camino que, ladera arriba, llevaba hasta la vaquería. Unas horas más tarde, Trudi salió de casa de sus padres, hizo la compra del día en la plaza del pueblo y llegó a la casa de los Dosaguas. Azuzó a Rosa y a Rubén para que se dieran prisa y no llegaran tarde a las clases en la Iglesia y los despidió deseándoles que aprendieran mucho. Años atrás, los niños del pueblo se desplazaban a 10 kilómetros de distancia para asistir a la escuela. En ocasiones, organizaban excursiones enteras de niños montados en enormes carros de heno que les transportaban hasta el pueblo vecino para evitarles la caminata pero,


cuando la natalidad hizo mella en la zona, a finales del siglo pasado, el carro se convirtió en un medio de transporte excesivamente caro y aparatoso de modo que aquellos niños, cuyos padres deseaban darles una educación, tuvieron que caminar diariamente los 10 kilómetros de ida y los 10 de vuelta que les separaban de la escuela. Así se mantuvo durante cierto tiempo hasta que en 1920, año en que nació Rubén Dosaguas, Juan Lisia puso los primeros reparos a que su hijo Marcos, que entonces contaba con seis años de edad, recorriera tantos kilómetros a pie con el peligro de que le ocurriera algo malo en el camino. Siempre valoró a sus hijos porque le costó mucho tenerlos pero no quiso malgastar su dinero en un cochero que les llevara en carro hasta un pueblo con el que no mantenía buenas relaciones comerciales; ni consintió que fueran extraños los que educasen a sus hijos porque en ellos depositaría su futura confianza, su dinero y sus tierras. Esa no era forma de solucionar el problema. Por eso, Juan Lisia, con la determinación que le caracterizaba, visitó a algunos de sus convecinos más importantes, económicamente hablando, y trató de compartir con ellos un asunto que trascendía a sus propias familias. Visitó también a Marcelo Dosaguas y todos ellos acordaron que la educación de sus hijos tenía que impartirse en el pueblo. Hablaron con el alcalde, que les propuso al padre Domingo Cárdenas. Antes de plantearle el asunto al párroco, pusieron en común sus pretensiones. Domingo Cárdenas era un cura entrado en años que fue destinado al pueblo en 1901 acompañado de una reputación dudosa aunque convenientemente aseada a la vista de los nuevos convecinos. Incluso les visitó el obispo para que no surgieran recelos entre los más avispados que habían obtenido información de las pasadas actividades del párroco que apuntaban a un carácter excesivamente dúctil. En cualquier caso, los años pusieron la realidad en evidencia y todos jugaron sus mejores cartas cuando les convino, como esa avanzadilla de vecinos encabezada por Juan Lisia. Llegaron a la Iglesia poco después de la misa. Algunos de los padres pisaron por vez primera suelo sagrado (sin advertir ninguna diferencia respecto del barro de los campos) y asaltaron al párroco Domingo Cárdenas mientras recogía un cáliz de plata pagado con el dinero de una de sus más fervorosas fieles. Como la mayoría de los presentes gozaban de una buena posición económica, no se anduvieron por las ramas y propusieron al párroco que se hiciera cargo de los niños en edad escolar y que organizara una escuela bajo la supervisión de todos ellos. Su primera reacción fue negativa, Cárdenas no encontraba factible desatender sus tareas religiosas para con sus fieles en pos de unos cuantos


niños que estaban sanos para caminar por los senderos del Señor. Juan Lisia se embraveció y le plantó cara pero Marcelo Dosaguas se apresuró en separarlos y, retirándose con Juan a un rincón junto al confesionario, le planteó una solución que el párroco no rechazaría. Juan Lisia escuchó con atención al tiempo que cambiaba la expresión del rostro hasta el disgusto por no habérsele ocurrido a él la idea del soborno. De este modo, como tantas veces hizo Marcelo Dosaguas a lo largo de los años, desplegaron ante la mirada del párroco Domingo Cárdenas un buen puñado de billetes asegurándole que le darían más cada año escolar que avanzaran los pequeños. Domingo Cárdenas se frotó las manos mientras sus ojillos enrojecían y, agarrando el fajo de billetes, aseguró que estudiaría la propuesta. No tardó en decidirse, colocó una proclama en la puerta de la Iglesia anunciando que la nueva escuela abriría sus puertas a comienzos de la semana siguiente para todo aquél que lo deseara y acondicionó uno de los cuartos de la Sacristía, encargando una pizarra a un almacén de la ciudad. De este modo, los hijos de Juan Lisia, al igual que los de Marcelo y de otros hombres poderosos del pueblo, asistieron a las clases del párroco Domingo Cárdenas. Como entre los padres precursores de la escuela existía una enorme diversidad de creencias, decidieron de mutuo acuerdo que las clases carecieran de toda influencia religiosa y que, para quien le interesara, organizaron una clase a parte de moral católica. De este modo, los padres estuvieron contentos y el párroco recibió un salario adicional como donativo para dichas clases religiosas. En la época en que Rosa y Rubén asistían a la escuela de la Iglesia, en los días de la desaparición del pequeño y la expresa prohibición de Marcelo de que se acercaran al bosque circular, los alumnos eran escasos. Apenas diez niños acudían a las clases y los que no lo hacían, porque trabajaban en el campo con sus padres, podían contarse con los dedos de la mano. Rosa, a sus doce años, era la mayor de todo el grupo y, tal y como estaba previsto, cuando cumpliera los catorce abandonaría las clases para trabajar en la vaquería de su padre. Seguía así el mismo rumbo de tantos otros que, al cumplir los catorce años, empezaban a trabajar con sus familias. Así ocurrió con Marcos Lisia y con su hermano Daniel, que ya trabajaban en los campos dando órdenes a imagen y semejanza de su padre. Aquella mañana, escondidos en un rincón de la Iglesia y antes de comenzar la clase de geografía, los niños que acudían a la escuela se


reunieron en círculo y pusieron en común lo que habían escuchado de sus padres y hermanos mayores acerca del niño desaparecido y encontrado en el bosque circular. Fueron varias las versiones relatadas, todas con gran profusión de detalles, pero las que más consistencia parecían demostrar fueron dos. Según la primera versión, encontraron al niño muerto después de que una de las patrullas lo escuchara gritar desde el interior del bosque. Apareció envuelto en sangre desde los zapatos hasta el pelo y, tal y como estaba, su padre lo llevó en brazos mientras la sangre escurría por el camino. La segunda versión defendía que el niño había sido encontrado con vida sentado junto a un árbol, encogido como un recién nacido; al parecer, con arañazos en las piernas y en un estado catatónico que le impedía hablar y contar lo sucedido. En pocos minutos, los pequeños fantasearon imaginando al desaparecido y los gritos de la madre al encontrarlo; pero, al contrario de los demás que hablaban atropelladamente, Rosa escuchó en silencio, mirando fijamente a su hermano Rubén. Todos temían al bosque, les repugnaba siquiera acercarse y tildaban de tonto al niño que se había perdido por tentar su suerte. Sin embargo, tanto Rosa como Rubén lo tenían muy claro. Ese bosque no les asustaba. Y lo visitarían esa misma mañana. Después de las clases, Rosa y Rubén pasaron de largo ante la puerta de su casa y siguieron por el camino que conducía a los campos. Una vez dejaron atrás el viejo molino, abandonado desde que José Verlado murió atragantado con un hueso de pollo, tomaron la bifurcación que conducía directamente al bosque circular. Se apresuraron en recorrer el camino para que nadie pudiera verles desde el pueblo e impedirles su aventura, pero no advirtieron que el joven Marcos Lisia seguía sus pasos. El bosque les recibió con el mismo hálito de misterio que ofrecía a todos sus visitantes. Los árboles se retorcían y entrelazaban a la entrada mostrando las largas ramas como garras espeluznantes. Las hojas se agitaban brillantes tratando de despistar con el movimiento la atención de sus observadores. Rosa y Rubén se acercaron al bosque cogidos de la mano. Sintieron el soplo del viento frío descendiendo de las montañas, revolviéndoles el cabello, y se asustaron por la coincidencia del momento. Conforme se acercaron, buscaron con atención los rastros de sangre de los que hablaron los niños en la Iglesia. Quizá si no hubieran prestado excesiva atención a aquellos detalles macabros que iluminaban sus mentes de niños inquietos habrían escuchado los pasos de Marcos Lisia acercándose por la hierba. Y, tal vez, habrían escuchado el sonido


del bosque atrayéndoles hasta los troncos que indicaban su comienzo. Pero no lo hicieron. Ese fue su error. Marcos Lisia reparó en la belleza de la joven Rosa Dosaguas el mismo día en que regresó al pueblo después de que la madre de ésta, Lucía Zagra, le humillara sobre la nieve e hiriera a su padre con un tenedor. Desde entonces, Marcos Lisia tenía una parte de la cabeza donde no nacía el pelo, justo en el lado izquierdo de la coronilla a la altura de la oreja. Odió a Lucía con todas sus fuerzas por haberle avergonzado ante su padre al tener que volver al tren de vacío y con la cabeza cubierta de sangre. La odió con todas sus entrañas por obligarle a reconocer que era un chico enclenque que no aparentaba su verdadera edad y que podía ser vencido sin dificultad por una mujer. Por eso, al regresar al pueblo, aguardó con impaciencia a que Lucía visitara a los Dosaguas para ir tras ella pero, como nunca llegaba y el tiempo iba pasando, Marcos Lisia fijó toda su atención y sus deseos de venganza en la hija de Lucía, en la angelical y bella Rosa Dosaguas, quien pagaría lo mucho que la madre le hizo sufrir. Entre tanto, Marcos cambió. Creció de golpe todo lo que no había crecido hasta entonces, desarrolló los músculos de su cuerpo ayudándose del trabajo en el campo y admiró cómo se estiraba su rostro torneando la barbilla y los pómulos. En cuestión de meses, Marcos Lisia se convirtió en el joven más apuesto de la comarca aunque no fue razón suficiente para cambiar la popularidad salvaje y atormentada que le perseguía y de la que hacía gala sin rubor. Ese día, mientras daba órdenes en el campo a unos campesinos que trabajaban para su padre, Marcos Lisia distinguió en la lejanía dos figuras que salían del camino convencional y atravesaban las hierbas en dirección al bosque circular. Escapaban de cualquier mirada que pudiera reconocerles, rápidos como la centella que salpica el momento, conscientes del peligro que suponía acercarse al bosque después de lo ocurrido el día anterior con el pequeño perdido. Marcos Lisia no tuvo ninguna duda. Reconoció a Rosa Dosaguas por el contoneo que le producía la cojera de su rodilla al caminar y supuso que su hermano pequeño la acompañaba. Marcos saltó del carro desde el que daba órdenes y cruzó los campos mientras los campesinos miraban de reojo su andar prepotente, sin atreverse a levantar la vista para no llevarse una reprimenda. Salió al camino y cruzó por entre las hierbas altas y salvajes que conducían al bosque circular, caminando muy despacio y procurando que sus pesadas botas hicieran el menor ruido posible al golpear en el


suelo. Se escondió como pudo, agachándose como las serpientes y los lagartos, y se fue acercando a los Dosaguas con el sigilo de una fiera que huele a su presa. A escasos cincuenta pasos de distancia, Marcos Lisia se colocó en cuclillas y, entre las hierbas, observó a Rosa. Ella se había acercado casi hasta la misma entrada del bosque, justo hasta los dos árboles enormes que para todo el mundo representaban la puerta de ese infierno verde. Su hermano Rubén se quedó detrás, sobrecogido por la curiosidad aunque rígido por el respeto que le producía el bosque. Entonces, Marcos Lisia supo que era su oportunidad y se acercó reptando hasta él. A punto de tocar con las manos las primeras hojas del bosque que sobresalían de su perímetro, Rosa Dosaguas escuchó a su espalda el grito ahogado de su hermano. Se volvió asustada y se encontró con lo inesperado. Ante ella, el joven Marcos Lisia permanecía erguido mostrando su estatura; con destreza, sujetaba en el aire a Rubén como si se tratara de un saco de harina al tiempo que le tapaba la boca con una de las manos, provocando que los gritos que emitía sonasen huecos y reprimidos. Rosa le rogó que soltara a su hermano; Marcos no pudo sino reír. Soltó una de esas carcajadas suyas tan crípticas y sonoras, tan terroríficas si se escuchaban en la oscuridad de la noche. A sus dieciséis años, la voz de Marcos era más recia y profunda que la de su padre y aunque su forma de reír, entrecortada y reverberante, era la misma de siempre sonaba más adulta, más tenebrosa. A pesar de ser todavía muy joven, Rosa pudo sentir una extraña tensión sexual en el ambiente. Se sintió incómoda, muy asustada ante lo que Marcos Lisia pudiera estar pensando. Rubén seguía izado en el aire con la boca tapada; agitaba brazos y piernas sin lograr liberarse. Marcos avanzó hacia Rosa con Rubén entre los brazos y, lanzándole una mirada ojerosa y penetrante que a ella le revolvió el estómago, pasó por su lado y se introdujo en el interior del bosque. Rosa corrió tras él, cojeando, pero se detuvo en la misma entrada sin siquiera pisar las hierbas altas que crecían más adentro. Distinguió con claridad a Marcos unos metros más adelante y a su hermano alargando los brazos en dirección a ella en un gesto suplicante para que no le abandonase dentro del bosque. Marcos descargó a Rubén en el suelo y sin soltarle la muñeca (que retorció para el chico se estremeciera de dolor) hurgó en uno de los bolsillos de los pantalones hasta que extrajo un cabo de cuerda. Aterrorizada, Rosa presenció cómo Marcos ataba a su hermano Rubén a


uno de los árboles; aferró la cintura del chico al tronco de forma que las piernas no quedaran tensas sino flexionadas ya que, de ese modo, aguantaría menos el dolor. En caso de que le vencieran las piernas, su peso tiraría de los brazos, doblados hacia atrás como si el tronco fuera un viejo amigo al que abrazaba. Sin ser consciente de ello, Rubén Dosaguas se convirtió en la segunda persona de la familia que entraba en ese fatídico bosque desde que su madre Lucía, entre la incredulidad y la desorientación, fuera succionada en ese mismo punto y expulsada por otro, muy lejos de allí. Rubén, como el resto de su familia, estuvo ligado a ese maldito bosque circular por el aire que expedía y empapaba sus vidas pero, después de ese día, nunca más volvió a pisar sus dominios oscuros. Su conexión con el bosque fue inevitable pero superficial, muy distinta de la que tendrían Lucía, Rosa o los que aún debían de llegar. Si para Rubén la importancia que el bosque tuvo en su vida se redujo a lo que representaría una pequeña gota de agua caída sobre la arena de un desierto, para el resto de su familia significó un océano revuelto en el que estuvieron a punto de ahogarse. Pero aún era pronto para valorar consecuencias. Hecho esto, Marcos Lisia salió del bosque hasta el punto en el que Rosa esperaba inerme, con los brazos caídos a los costados. Dame un beso y le soltaré, fueron sus palabras, consciente de que ella se negaría. Marcos sonrió lleno de satisfacción. Le gustaba la chica, era preciosa, pálida, delicada como una flor (no como las desvergonzadas con las que se divertía en los campos), pero era todavía demasiado joven. Podía esperar. Sí, esperaría un par de años a que Rosa creciera y pudiera aprovecharla como era debido. Sonrió lleno de satisfacción deseando que cuando llegara el momento Lucía hubiera vuelto al pueblo y pudiera presenciar su venganza. Entre tanto, le bastaba aquello para satisfacer el ego. Marcos Lisia frotó su áspera mejilla contra la cara de Rosa al mismo tiempo que ella se retiraba y, fallándole la rodilla, caía a la hierba sobre el trasero. El joven soltó otra de sus carcajadas y corriendo, con las pesadas botas resonando en el manto de hierba, desapareció en dirección al camino. Rosa dejó caer unas lágrimas sobre las mejillas y, sentada como había caído, giró la cabeza hacia el interior del bosque circular desde cuyo interior su hermano Rubén gemía muerto de miedo y a punto de desfallecer por el dolor que le tensaba los brazos.


De nuevo a la entrada del bosque, Rosa Dosaguas sintió pánico por primera vez en toda su vida. Tanto ella como su hermano supieron al instante que aquello tendrían que resolverlo solos; en caso de pedir ayuda se delatarían y enfadarían a su padre más de lo que ya estaba. Los lloros de Rubén la hicieron reaccionar. Y de este modo, Rosa Dosaguas se convirtió en la tercera persona de la familia que entró en el bosque circular. Sin ninguna duda, su entrada marcó para siempre el rumbo de su vida. Del mismo modo en que la suya fue la más perjudicada por la influencia que ejerció el bosque tanto en el curso de los acontecimientos como en ella misma. De pie, junto al primero de los árboles que abría el bosque, Rosa Dosaguas notó en el rostro un aire enfermizo que soplaba desde el interior hacia fuera. No podía compararse con otro, ni con el frío que descendía de las montañas, ni con las bocanadas que expedía la tierra húmeda en los días calientes, ni con el rocío de las mañanas. Aquél era un viento propio y particular, intenso y cortante, virgen. Avanzó un paso, atravesando esa especie de perímetro fantástico que delimitaba la entrada por la forma en que se colocaban sus hojas, como guirnaldas suspendidas en lo alto que ofrecían una bienvenida. Rosa agachó la cabeza al rebasar la entrada temiendo que las ramas de los árboles pudieran descender hasta alcanzarla. No lo hicieron pero todo se oscureció. Rodeada de altos árboles, entre cuyos espacios se trazaban caminos propios que serpenteaban hasta cerrarse en curvas, Rosa trató de distinguir el cielo y se disgustó de que éste no apareciera a la vista. Era como estar en una cueva natural y viva cubierta de la oscuridad que siempre acompaña al miedo. Aunque eran sólo unos metros los que rodeaban a Rosa en el interior del bosque, no distinguió el tronco en el que estaba atado su hermano. Se detuvo temblando y trató de pensar. Le pareció imposible no encontrar a Rubén cuando ella, desde el exterior, lo había visto atado y llorando. No podía haberse desviado tanto porque sólo había dado unos cuantos pasos. Entonces comprendió por qué decían que el bosque estaba maldito. Y lo creyó. Gritó el nombre de su hermano buscando respuesta pero sólo escuchó el eco de su propia voz. De pronto, sintió cómo el mundo que existía fuera y el sonido de éste se alejaban de sus oídos y la aislaban en una sordera irreal y hueca, como cuando uno se sumerge en el agua de un río. A cada paso que dio, el sonido del bosque se intensificó y borró todo lo demás. No eran sólo sonidos de los pájaros y del aire rozando las hojas sino que el propio bosque respiraba profundamente, de forma congestionada. Con cierta angustia reprimida.


Por su propio peso, Rubén Dosaguas se desplomó sobre la tierra inviolada y salvaje de aquel sacrilegio de la naturaleza que representaba el bosque circular. Al hacerlo, debido a que las piernas flexionadas no soportaban el peso del cuerpo, sus brazos, fuertemente atados con la cuerda de Marcos Lisia, se tensaron hacia atrás hasta casi salirse de su sitio. Emitió un aullido de dolor que resonó entre los árboles y se desmayó. De haber permanecido despierto, habría visto planeando junto a él a los pájaros más hermosos que existían en la tierra aunque autóctonos y, por tanto, desconocidos para quien no hubiera entrado en los dominios del bosque. Con plumajes azules, morados y verdes, cruzaron el camino que formaban los árboles a la altura del cuerpo de Rubén y giraron en otra dirección sobrevolando a Rosa quien, por instinto, se protegió la cara creyendo que se trataba de murciélagos dispuestos a atacar. Sorprendida, Rosa siguió el camino por el que habían surgido las aves. Fue entonces cuando, desde muy lejos, donde nada era imaginable excepto la negrura del infierno, escuchó un sonido extraño. A Rosa no se le ocurrió otra cosa que pensar que el bosque estaba hambriento, que la esperaba. Y tan pronto como ese pensamiento alcanzó su mente, sintió el deseo de salir corriendo, ahora que aún distinguía la luz de la salida. Lloró de impotencia porque no podía dejar allí a Rubén. Y dio un paso más, concentrándose para no escuchar el suspiro del bosque. Unos segundos después (que para Rosa fueron horas) descubrió las manos de su hermano entrelazadas asomando alrededor del tronco de un grueso y oscuro árbol. Le acarició las manos y rodeó el tronco hasta encontrar el resto del cuerpo. Desplomado y desarticulado, Rubén respiraba con dificultad. Rosa lo soltó tan rápido como pudo y se lo cargó a la espalda. La cojera le impidió caminar normalmente y, debido al peso que soportaba, avanzaba un paso, arrastraba su pierna mala y se detenía. Recuperaba fuerzas respirando hondo y daba otro paso. Arrastraba su pierna coja y paraba. Creyó no alcanzar nunca la salida y sintió más presente, a sus espaldas, la respiración del bosque. En su mente, construyó la imagen de una masa invisible que se acercaba desde lo más profundo, desde el mismo centro, hasta esa entrada por la que ella deseaba salir. Lloró una vez más e hizo un nuevo esfuerzo para arrastrar el cuerpo de Rubén. Una vez fuera del perímetro del bosque, los dos hermanos se desplomaron sobre la hierba. Rosa abrazó a Rubén hasta que éste despertó sin recordar nítidamente lo ocurrido. Los dos reconocieron que


el bosque les había aturdido, como si el aire dentro fuera tan irreal y viciado como sus formas.

V: Marcelo. Un día como otro cualquiera a principios de 1931, Marcelo Dosaguas reconoció su error, pero ya fue demasiado tarde para repararlo. De haber sido él quien controlara la situación, como era habitual, quizá la reflexión le hubiera permitido pedir disculpas y redimirse. Pero no fue así, porque aquel día la vida no contó con él ni con sus deseos sino que actuó cortando los hilos que creyó precisos. En apenas cinco segundos, en el tiempo de un parpadeo, Marcelo Dosaguas vio cómo su vida pasaba ante sus ojos mostrándole cada una de las vilezas que cometió en el pasado. Y, con el tiempo justo para avergonzarse y sentirse arrepentido, Marcelo cayó sobre el suelo de la vaquería y fue rodeado por sus vacas que, despreocupadas, siguieron bebiendo agua de los abrevaderos y comiendo la hierba que él les había servido con una pala. De este modo, pudo ver el rostro redondeado de su difunta esposa María suplicando, con lágrimas en los escocidos ojos, después de que él se negara a bautizar al pequeñín que estaba a punto de fallecer; pudo verla en el suelo del dormitorio agarrada a las sábanas de la cama en la que dormían, protegiéndose de los golpes que él le propinó con el cinturón; pudo verla enmudecida y con la cara inflamada susurrando bonitas palabras a sus hijos mientras ellos advertían de reojo que él se acercaba y cambiaban de conversación; pudo ver a Darío a la edad de cuatro años mientras lo zarandeaba en el aire para hacerle comprender la importancia que para su apellido tenía esa vaquería en la que no quería entrar; vio a Darío encadenado durante una semana a la portezuela de la vaquería que guardaba a las vacas, teniendo que comer y beber en unos cubos metálicos como si fuera una bestia; el rostro cabizbajo e inexpresivo de su hijo Jaime asintiendo a sus palabras sin mostrar nunca un juicio propio; vio a Lucía con el rostro desencajado cuando él le anunció que celebraría una segunda fiesta a la que asistirían Juan Lisia y el resto de los ricos del pueblo; vio a Lucía protestando mientras él lanzaba varios libros al agua de la piscina; vio a Rosa con los ojos prietos sin poder llorar, agarrándose la rodilla ensangrentada con las


manos. Vio tantas cosas juntas que no pudo evitar arrepentirse por lo que había sido. Pero fue tarde. Transcurridos esos segundos, un dolor profundo se clavó en su cabeza como un puñal que rasgaba su carne hasta el hombro y el pecho. Ni siquiera tuvo tiempo de llevarse la mano a las sienes para mitigar el dolor. Simplemente lo recibió y cayó. Entre todos los momentos desafortunados que existieron en su vida, dos fueron las noches que marcaron el principio de la tragedia de Marcelo y la decadencia posterior de la vaquería Dosaguas. La primera noche, la del 16 de enero de 1928, supuso el abandono definitivo de Lucía Zagra después de comprender muchas cosas, de asimilar los propios errores y de no soportar la vida con Marcelo. Para él, se abrió un profundo surco interior del que no pudo salir nunca más. Se le agrió el carácter, mantuvo su posición arrogante y carente de culpa y continuó amargando las vidas de quienes le rodeaban, inconsciente del daño que les hacía. Vino entonces la verdadera soledad, el vacío en las noches, la constatación de que se hacía viejo. Aquella noche, supuso el comienzo de su derrumbe personal. Por el contrario, la segunda noche representó el principio de una destrucción que iba más allá de sí mismo, al origen de sus generaciones. Entre la primera y la segunda noche apenas distaba un año pero les unía el mismo odio contenido y brutalmente manifestado que caracterizó a Marcelo Dosaguas. La noche de enero de 1929 en que Marcelo echó de su casa a su hijo Darío supuso el principio del fin de la familia y de la vaquería Dosaguas. Cierto es que ésta subsistió hasta el final de la guerra cuando los nacionales, liderados por Marcos Lisia, asaltaron el pueblo, pero la ausencia de unas manos esforzadas e insustituibles como las de Darío hicieron mella en el negocio resintiéndolo para los años venideros. Lo mismo ocurrió en el seno de la familia que, de pronto, se fragmentó como un plato de porcelana estremecido esparciendo las piezas sin ningún orden, sin posibilidad de reparación. Lo mucho que representó Darío para sus hermanos se zanjó esa noche que le vieron desaparecer. Poco más lo verían antes de los acontecimientos de la guerra. Desde entonces hasta ese preciso momento en que Marcelo Dosaguas caía a los pies de su propio negocio, la austeridad se impuso en la vida de los Dosaguas. A la vista de lo acontecido y olvidando para siempre a su primogénito Darío, Marcelo prometió a su segundo hijo Jaime la propiedad del negocio, a sabiendas de que era un joven poco inteligente, débil y de nulas relaciones comerciales que hundiría sin remedio la vaquería. Lo poco que fueron ahorrando, en lugar de invertirlo en un


negocio que comenzaba a fallar por primera vez desde incontables generaciones, lo guardó en un bote de cristal para asegurar la educación de Rubén. Mantuvo así el deseo de Lucía de enviar al pequeño a estudiar a Madrid cuando cumpliera los catorce años y dejara la escuela improvisada de la Iglesia. En cuanto a Rosa, Marcelo pensó en ella con cierta tristeza. Una joven lisiada a los doce años, coja, de cara pálida y cuerpo apocado; poco se podía esperar de ella y poco interesaría a nadie. Por eso, ante la ausencia de Darío, Rosa dejó la escuela y se puso a ayudar a su padre y a su hermano en la vaquería. Desde entonces, nada fue igual para ninguno de ellos. En poco tiempo, los años se precipitaron y, sin darse cuenta, sus vidas cambiaron hasta el extremo en que les colocó la guerra. Pero eso vendría algo después, cuando ya nada tuvo remedio. Encontraron el cuerpo de Marcelo Dosaguas bajo sus queridas vacas, pisoteado y sucio, retorcido como una burla de su propio pasado. Fue Rosa la primera en echarle en falta y quien lo encontró. Dejó caer una cisterna llena de leche y corrió a su lado, tan rápido como le permitió la pierna coja. Se acercó a su rostro para comprobar si aún respiraba y cuando sintió una leve expiración sobre las pestañas salió de la vaquería para pedir ayuda. Fueron Jaime y Rubén quienes lo levantaron y lo llevaron en brazos hasta la casa mientras Trudi corría por las calles hasta la casa del doctor. Durante cuatro largos días Marcelo Dosaguas perdió la consciencia y vivió sumido en un mundo de recuerdos ingratos que torturaron su frágil conciencia. Mezcló imágenes del pasado con otras del presente, imágenes reales con otras imaginadas, voces con rostros, dolores con deseos. Vio a las dos mujeres de su vida abrazadas y sonrientes y a él mismo a la entrada de su próspero negocio con las vacas a la espalda esperando una señal suya para recorrer tranquilas los pastos del valle. Aquello fue lo más alto que pudo llegar y lo más erguido que estaría jamás porque, a partir de entonces, desde que despertara a su nueva vida, le esperaba la más terrible de las prisiones conocidas: la inmovilidad. La apoplejía que trastocó su vida, le dejó paralizada la mitad izquierda del cuerpo. Sus brazos de mando, sus piernas robustas, su orondo estómago, su rostro maduro, todo se paralizó en un rictus inesperado. Durante los primeros meses, perdió prácticamente la voz y se comunicó con berridos y parpadeos que respondían a las preguntas de sus hijos, pero fueron suficientes para entender que Marcelo se negaba a


permanecer tumbado en la cama. Lo colocaron en un sillón de anea en el porche del jardín, orientado hacia el roble para que pudiera observar el lugar en el que reposaba su pequeñín y las flores que crecían alrededor. Lo taparon con mantas, colocaron un leño a sus pies para que le descansaran las piernas y lo vigilaron constantemente para atender sus necesidades. De este modo, el gran Marcelo Dosaguas cayó en el que a su parecer era el escalafón más bajo de la condición humana, aquél en el que era incapaz de vivir si no era gracias a la ayuda de otra persona. Tuvo tiempo para reconocer lo solo que estaba y lo afortunado que era por tener unos hijos y una futura nuera que se preocupaban de él. Pero, conforme fue recuperando el habla y algo de movilidad, resurgió el Marcelo que todos conocían y olvidó todo aquello que había prometido agradecer y disculpar. Fue entonces cuando Marcelo se encerró en sus propios sueños e intentó enfrentarse consigo mismo. En el interior de sus pensamientos, se sentía libre, podía andar y comunicarse con los suyos. María aparecía envuelta en una nube de azufre y le hablaba de los días en que iban juntos a robar ciruelas. Atravesaban los campos y trepaban a los árboles. Marcelo envidiaba la juventud de su esposa aparecida y la observaba con deseo. Ella se llevaba las frutas a la boca y él podía oler la acidez de las ciruelas desde la distancia. En los días de lluvia, Marcelo tomaba a María de la mano y la obligaba a correr por los caminos descubiertos y embarrados hacia el norte. Salían del pueblo y se escabullían hasta el pueblito vecino, cerca de un arroyo de apenas medio metro de anchura que se secó a principios de siglo. Empapados de pies a cabeza, se sentaban en la orilla del arroyo y miraban el agua que corría violenta y se desbordaba por encima de las piedras. Introducían los pies en el agua y, de pie entre las dos orillas, se tomaban de las manos para resistir el empuje de la corriente y no ser arrastrados. María reía. Pero sólo era una niña. En sus sueños también pudo verla vestida de negro, con el rostro cubierto por una mantilla también negra, guantes negros y luto en el alma. Le reprochaba que la hubiera enamorado. Las tardes de invierno con la nieve bloqueándoles la salida a la calle cuando la casa era minúscula y el jardín pobre. María Alameda calentaba las manitas de sus pequeños Darío y Jaime frotándolas con colonia de hierbas silvestres. Después aparecía Lucía. El tiempo se estremecía, aunque el tiempo de los sueños no tiene consciencia de serlo. Pero se plegaba, se descomponía como un trozo de celuloide bajo una llama. El mismo olor a azufre de su mujer persistía en las apariciones de Lucía. Ésta, bella como


una diosa, bailaba entre los brazos de dos hombres diferentes. Paredes de piedra en terrazas porticadas, suelos de madera, papel decorado y telas francesas forrando las habitaciones. Olor a azahar, margaritas, violetas. Lucía toma a Rosa entre sus brazos y la acuna dándole el pecho. Dos mujeres leen poesía en el jardín, un hombre compone una partitura y otro juega a la pelota entre sillas inclinadas. Leen a Dorothy Parker, conversan con Dora Maar, y escriben cartas a Mercedes De Acosta. Ríen, se bañan desnudos en la piscina, se besan unos a otros y Marcelo los mira a todos con recelo y odio ambiguo. Envidia sus disfrutes, detesta y desea al mismo tiempo pertenecer a su mundo, a ese mundo de papel, de sedas y abrazos. Cuando Marcelo Dosaguas despertó de su inconsistencia, cuando recuperó el habla y el movimiento del tronco y los brazos, todo había cambiado. La vaquería dejó de dar dinero porque se impusieron las grandes factorías de las ciudades. Se crearon empresas modernas, con grandes recursos económicos procedentes de socios capitalistas, burgueses reconvertidos; se constituyeron sólidas sociedades cooperativas, con relucientes salas metálicas, cisternas de varias toneladas de peso, conmutadores eléctricos… se movilizaban miles de litros al día; contrataban el suministro lácteo en exclusiva con ganaderos dúctiles, que rebajaban los precios del litro de leche; se favorecía a los nuevos productores, a todo aquello que se alejara de la idea de grandes potentados o hacendados. Se magnificó la idea de lo urbanita y el pueblo quedó atrás. La mayoría de los empleados de Marcelo Dosaguas abandonaron la vaquería y la idea primigenia de negocio familiar se hizo realidad física. Sin el apoyo de los asalariados que les ayudaron durante años, no quedó más que el trabajo de Jaime y de Rosa. Marcelo deseó no despertar de sus sueños y soportó el espantoso olor a azufre que se le incrustaba en las fosas nasales. Cuando no le quedó más remedio, aceptó la realidad de sus días. Rosa siempre miró hacia adelante, hacia el futuro. Y él la seguía, aunque sin demasiado convencimiento. Como surgido de las montañas, el joven Blas Pereira llegó a la vaquería Dosaguas en busca de un trabajo. Al contrario que el resto de la gente, él dejó la ciudad para vivir en el campo. Tenía experiencia en las fábricas, había sido esquilador de ovejas y dirigido una explotación avícola cerca de Oviedo. Sabía de vacas todo lo que necesitaba saber.


Dónde estaban las ubres, cómo posicionar los dedos y cuándo estaba lista una vaca para pasar a la siguiente. Blas Pereira tenía un aire urbano, chaqueta de pana, pantalones de fábrica y el cabello largo recogido bajo una gorra marrón. Y era joven, ilusionado e idealista. Quisieron acogerle como uno más de la familia, quizá por las carencias, pero él permaneció siempre al margen. Silencioso, recogiéndose en el cuarto que le alquilaron.

VI: Cuando a Trudi Valiente se le heló la sangre. El amanecer del 21 de enero de 1931 sorprendió a Gertrudis Valiente y a su madre ya despiertas. Los primeros rayos del sol atravesaron los cristales de la ventana y se desplegaron por la habitación como una ráfaga de polvo mortecina y apagada que trataba de aposentarse en las superficies de los muebles. Leonor Aldecoa, madre de Trudi, desplegó sobre la cama de su hija una funda de papel que protegía el vestido de novia con el que se había casado. Sonriente y excitada, Trudi abrazó a su madre orgullosa de poder vestir el mismo traje (que, a su vez, perteneció a su abuela) en un día tan señalado como ese. Como colegialas, lloraron de satisfacción felices de que, al fin, pudieran celebrar la tan ansiada boda, aunque cada una lo sintió por motivos bien distintos. Para Leonor, la boda de su hija suponía una satisfacción personal ya que había logrado cumplir por completo el deseo de juventud de ver casar a sus cuatro hijas, entre las que Trudi era la de menor edad y la única que permanecía soltera. Para Trudi, sin embargo, ese día supuso muchas cosas. Por un lado, concluyó el eterno noviazgo de más de 5 años con Jaime; por otro lado, representó un escalón ascendente para su integración en la familia Dosaguas ya que, después de aproximadamente treinta y un años, Trudi Valiente se convirtió en la primera persona que consiguió que Marcelo Dosaguas participara en una ceremonia religiosa. Los mayores del pueblo aún recordaban los disgustos de la difunta María cuando Marcelo, en medio del altar y sin ningún disimulo, sacó un fajo de billetes para que el párroco (quien con menos disimulo todavía aceptó el pago) abreviara la ceremonia a los imprescindibles si quiero para no tener que mantenerse por más tiempo pisando suelo Santo. Después de aquello, Marcelo


Dosaguas no consintió que su familia tuviera ningún tipo de relación con la Iglesia con la excepción hecha del entierro de su último hijo muerto de poliomielitis, al que se vio obligado debido a la presión que ejerció el pueblo tras los ruegos de la difunta María ya que como las muertes se produjeron en forma de epidemia pensaron que si no enterraban a todas las víctimas en el cementerio podrían desatar una nueva ira del Señor sobre los supervivientes. Aquel día, Trudi descubrió que albergaba en su interior sensaciones para ella desconocidas, como la de soberbia por pensar que, con las dulzuras y arrumacos de nuera, había enternecido y manipulado a Marcelo más de lo que nunca pudo conseguir la propia Lucía. Esa sensación de poder la estremecía por dentro, la hacía reír. Aunque, en el fondo, había que tener en cuenta que Marcelo Dosaguas ya no era el mismo de antes y eso había facilitado muchas cosas. Después de que su madre le ayudara a ponerse el vestido por la cabeza, Gertrudis Valiente se miró en el espejo y se encontró radiante. Descubrió una belleza serena atípica en ella ya que solía comportarse como un manojo de nervios poco templados. La piel del rostro se tensó haciendo que su cara pareciera más limpia, como la de una muñeca; y los músculos de la espalda se relajaron pese al miedo que le producía una ceremonia tan ampulosa como la que iba a celebrarse y un banquete como el que les esperaba en la fonda del pueblo. Al escuchar un golpeteo de nudillos al otro lado de la puerta, Trudi se escondió detrás del espejo mientras su madre comprobaba quién era y decidía si le dejaban entrar o no para evitar que vieran vestida a la novia. Con la mínima apertura posible, Leonor Aldecoa distinguió las facciones de su futuro yerno Jaime Dosaguas solicitando paso. Trudi gritó alertando de la mala suerte que le traería si le dejaba entrar y, Leonor, temiendo el mismo daño irreparable, salió del cuarto abriendo la puerta lo menos que pudo. Una vez en el pasillo, se dio cuenta de que Jaime respiraba de manera entrecortada y parecía preocupado. Leonor temió preguntarle porque sospechaba que el motivo del desasosiego estaba relacionado con la boda. Y así era. Con la voz temblorosa y atiplada propia de su perpetuo sentimiento de inferioridad, Jaime confesó a Leonor el último e inamovible capricho de su padre Marcelo. La noche anterior, la pasaron en vela escuchando los gritos de Marcelo. Entre el delirio y la consciencia, Marcelo repasaba momentos de su vida pasada y, en sueños, nombraba a María y a Lucía. Rosa estuvo junto a él en todo momento, le preparó una tila y trató de calmarlo pero no pudieron contener sus ráfagas


de ira pretendiendo levantarse de la cama. Incluso intentó golpearles con el bastón. Hasta que lo agarraron y lo tumbaron de nuevo. Más tranquilo, mientras Jaime y Rubén volvían a sus camas, Marcelo habló con su hija Rosa. En sus pesadillas, Marcelo había recibido a su esposa y a Lucía; pensó que iban a hablarle de su buen corazón por transigir en que la boda se celebrara en la Iglesia pero ellas no hicieron otra cosa que reírse. Le señalaron con el dedo y se burlaron hasta doblarse por el esfuerzo de las carcajadas. Entre lloros, Marcelo confesó a su hija Rosa que no soportaba la vergüenza de que todo el pueblo lo viera paseándose en la odiosa camilla que le habían preparado. Y, rotundo, como lo fue en su juventud, se negó a estar presente en la boda si lo llevaban tendido en aquella cama. La camilla en cuestión se trataba de una cama reclinada que había construido Jaime con la ayuda de Rubén. En las patas le habían colocado unas ruedas de carretilla de modo que pudieran desplazarla por la casa hasta el jardín o pasearlo por la calle. Pero Marcelo aborrecía esa camilla que rebajaba su valía ante todo el mundo. Y si sus propias mujeres se habían reído de él qué no harían los vecinos del pueblo, unos groseros y analfabetos muertos de hambre. Rosa despertó a Jaime y, juntos, trataron de encontrar una solución a un problema que arrastraba más connotaciones de las que podían imaginar a simple vista. Descartaron la posibilidad de obligarle a ir tumbado en la camilla, convenientemente atado, puesto que conocían su talante agresivo y su predisposición a permanecer gritando durante toda la ceremonia con el único propósito de destrozarla. También descartaron la posibilidad de dejarle solo en la casa sin asistir a la boda porque eran conscientes de la repercusión que había tenido por todo el pueblo la noticia de que Marcelo Dosaguas había accedido, finalmente, a que la ceremonia se celebrara en la Iglesia. Desde el instante en que Marcelo aceptó que el anciano padre Domingo Cárdenas oficiara el enlace, Trudi corrió la voz entre familiares y amigas y, en poco menos de dos días, la noticia llegó a oídos de todo el pueblo y de los alrededores de la comarca. Si después de eso dejaban a Marcelo encerrado en casa, nadie creería la excusa que contaran y se hablaría para siempre de la cobardía de Marcelo. Eso acabaría con su vida, no podría soportarlo. De modo que descartaron la idea. Fue Rosa la que sugirió cambiar el medio en el que podían transportar a su padre por otro que no le ocasionara tanta vergüenza. Jaime asintió. Subieron al dormitorio de Marcelo, lo despertaron y le preguntaron directamente cómo le gustaría ir a la boda. Marcelo Dosaguas se quedó pensativo durante unos minutos.


Incluso llegaron a pensar que le había vuelto la parálisis facial. Pero, entonces, Marcelo dijo: En el coche de Lucía. La solución era sencilla pero si decidían ponerla en práctica se trastocarían todos los pequeños detalles en los que Trudi había invertido tardes enteras de pensamientos y noches en vela, escogiendo la variedad y cantidad de adornos florales, la ubicación en torno al altar y en los laterales, o precisando la colocación de las dos familias en los bancos de la Iglesia. Por eso, y antes de tomar una decisión, Jaime necesitaba la aprobación de Trudi. Leonor Aldecoa comprendió la trascendencia del asunto pero no le permitió entrar en el cuarto. Blandiendo la cabeza a un lado, Jaime se disculpó por no ser él quien contradijera los planes de su futura esposa. De este modo, Jaime repercutió la decisión en Leonor y ésta, impaciente por terminar de vestir a su hija y molesta por tal interrupción, en nombre de trudi, dio permiso para que modificaran todo lo que creyeran conveniente siempre que la boda la celebrara el padre Domingo Cárdenas. Y así se hizo. El viejo coche de Lucía permanecía aparcado en lo más profundo del jardín de la casa de los Dosaguas, tal y como quedó después de que Juan Lisia forzara a Lucía en su interior la noche de la primera fiesta. Y aunque nadie, salvo los dos implicados, llegó a saber nunca lo que ocurrió dentro del coche, a ninguno le extrañó que Lucía se desentendiera de él y dejara que la superficie negra y reluciente se cubriera de polvo y tierra, que las ruedas se deshincharan por el paso del tiempo, o que las hierbas alcanzaran la altura de los guardabarros. Y lo que comenzó siendo un símbolo de progreso para aquellos obreros que reformaron la casa en 1917, se convirtió en 1931 en un nuevo símbolo de la arrogancia de Marcelo Dosaguas. Y en un ingrato recuerdo siempre ligado a la desgracia de Trudi Valiente. Aquella mañana, Rubén Dosaguas salió al jardín cargando un cubo de agua jabonosa con la que lavar el viejo coche de su madre. Comenzó plegando la capota y retirando de ella las hierbas secas que el hielo de la noche había incrustado. Frotó la intacta carrocería hasta descubrir el brillo y limpió los asientos de cuero. Repasó los faros y las llantas oxidadas por la lluvia, las ondulaciones y sus cantos. Pero lo más complicado fue hinchar de nuevo las ruedas. Extrajo del pequeño portamaletas de la parte posterior un artilugio plegado y retorcido que servía para hinchar los neumáticos y, empleando una extraordinaria fuerza para sus diez años, consiguió que el auto recuperara la altura


originaria, un palmo por encima del suelo. Durante todo ese tiempo, estuvo pensando en su madre. Lucía se encontraba en Madrid, escribiendo, colaborando con partidos políticos de izquierdas y dando mítines; formaba parte de todas las asociaciones de mujeres que luchaban por la instauración de la II República y participaba en foros de debate de ámbito nacional e internacional para conseguir la equiparación de derechos y el voto femenino. Unas semanas antes, a casa de los Dosaguas llegó un camión de transporte desde la ciudad que descargó varias cajas de cartón fuertemente protegidas, en cuyos lomos aparecía la palabra “frágil” en grandes letras rojas. Junto a una larga carta de disculpas por no poder asistir a la boda, Lucía envió como regalo para Jaime y Trudi una hermosa vajilla de loza de 52 piezas y un juego de café de porcelana. Trudi se volvió como loca de fascinación al abrir las cajas y contemplar las piezas, mientras el resto de la familia Dosaguas lamentó la ausencia de Lucía. Ella se justificó aduciendo que su actividad en la ANME y su participación en varias manifestaciones reivindicativas le impedía desplazarse hasta el pueblo, pero tanto Jaime como el resto de sus hermanos, especialmente Rubén, sabían que el verdadero motivo para que ella no estuviera presente fue una carta que Marcelo dictó a Rosa (y enviaron a Lucía) en la que le comunicaba su intención de permitir una boda religiosa a la que él asistiría y donde no quería verla. Entretanto, Jaime acudió a la Iglesia y dio nuevas indicaciones al padre Domingo Cárdenas con el objeto de amoldar la boda a los deseos de su padre. Ante la puerta de la Iglesia, no pudo resistirse a observar con detenimiento la vidriera rojiza y violeta que coronaba la entrada a modo de único ojo vigilante que espiaba sus impulsos y deseos. A pesar de que Jaime nunca fue educado bajo la influencia cristiana, el encontrarse tan próximo a la casa de Dios le produjo una sensación extraña a la vez que reconfortante; recordó a su madre María rezando por la calle; la medallita con la imagen de la Virgen que colgaba de su cuello y ella escondía bajo la ropa. Pero aún en el hipotético caso de que alguien hubiera imaginado con anticipación la desgracia que seguiría a esa boda, Jaime Dosaguas era una persona tan simple y cobarde que nada habría hecho para evitarlo con tal de no ir en contra de la voluntad de su padre. En opinión de Marcelo Dosaguas, era en momentos como ese donde se veía la importancia de una familia y se medía por el número de sus miembros. Pero a la suya le faltaban demasiados. Faltaba Darío, faltaba María, y, sobre todo, faltaba Lucía. Piezas fundamentales en una familia


que se resquebrajaba. Conocía de sobra el estado de decrepitud en el que se encontraba él mismo, y la vaquería, desde que echó de casa a su hijo Darío. Sabía de las burlas continuas que, de su persona y de su apoplejía, se hacían en el pueblo, instigadas casi siempre por Juan Lisia o por el mayor de los hijos de éste. Estaba al tanto de los repetidos actos de saqueo en sus almacenes de heno, de hombres encapuchados que asaltaban la vaquería y mataban a alguna de sus vacas o que retaban a Jaime a que defendiera el negocio y ante su pasividad salían corriendo con un ternero a la espalda, riéndose de ellos. Por eso, Marcelo quiso aprovechar esa boda para demostrar a todo el mundo quién seguía mandando en su casa y quién defendía el apellido Dosaguas hasta las últimas consecuencias. Ante la perplejidad de Jaime y Rosa, Marcelo exigió que su entrada a la Iglesia se produjera montado en el coche de Lucía. Como aquello era totalmente imposible, los dos hermanos pensaron que la boda podría celebrarse en el exterior, aprovechando una pequeña plaza que, en forma de semicircunferencia, se extendía a la entrada de la Iglesia. De este modo, mientras Jaime regresaba corriendo a la casa para que su hermana Rosa le ayudara a vestirse, el padre Domingo Cárdenas, ayudado por varios monaguillos, sacó del interior de la Iglesia el altar mayor ante el que se celebraría la boda, una imagen de Jesucristo en la Cruz (que solían pasear en las procesiones de Semana Santa), y los adornos florales que encargó la madre de Trudi Valiente. Dispusieron todo ello en uno de los laterales de la plaza de modo que los invitados pudieran acceder desde la calle principal que conducía a la Iglesia, teniendo en cuenta que los bancos debían colocarse en hilera siguiendo la misma posición que en el interior pero dejando en el centro un amplio pasillo para que, después de la novia, hiciera su entrada Marcelo Dosaguas montado en el viejo Ford de Lucía. Llegada la hora de la boda, los primeros invitados (mayormente familiares de la novia) se sorprendieron de que el párroco hubiera preparado todo el ceremonial en la plaza habida cuenta que se encontraban en pleno mes de enero y que un giro inesperado en la dirección de los vientos podía traerles hasta la plaza el frío de la nieve que se acumulaba en las montañas. Algunos, sabiendo de primera mano que la novia tardaría algunos minutos en llegar a la Iglesia montada en el carruaje de su padre, dejaron a algún conocido guardando el sitio en el banco y corrieron a sus casas a procurarse ropa de más abrigo con la que aguantar la ceremonia. Poco a poco, los familiares y amigos de Jaime


Dosaguas y Gertrudis Valiente ocuparon sus asientos y aguardaron con impaciencia el inicio de un enlace tan esperado. Ante el altar, Jaime Dosaguas esperaba nervioso la llegada de su prometida mientras intercambiaba palabras con Rosa. Los gritos de varios niños al final de la calle, les advirtieron que la novia estaba a punto de llegar a la plaza. Se trataba de los más pequeños del pueblo que, desde muy temprano, habían esperado ante la puerta de la casa de Trudi Valiente a que ésta montara en el carruaje de su padre. Como era habitual en los pueblos, los niños corrían detrás lanzando gritos y vivas para que todo el mundo supiera que pasaba la novia. Mientras, en una esquina de la plaza, el pequeño Rubén Dosaguas, repeinado y trajeado, aguardaba al volante del viejo Ford de su madre con el motor en marcha. A su lado, su padre sonreía de satisfacción dándole las últimas indicaciones de cómo debía arrancar el automóvil y cómo debía girar la curva para enfilar por el pasillo central hasta el altar. Y, a pesar de no poder mover la mayor parte del cuerpo, se sintió libre como los pájaros que cruzaban el cielo. A pocos metros para poder distinguir la fachada de la Iglesia, Cándido Valiente, conduciendo el carruaje descubierto que llevaba a su hija hasta el altar, se dio la vuelta para contemplar en la parte trasera la bella imagen de su hija con su vestido de novia. Al lado de Trudi, Leonor apretaba con fuerza las manos de su hija tratando de quitarle los nervios que le hacían mover el ramo de forma temblorosa. Con una mano, Trudi se sujetó el velo para que el aire no lo levantara y, sin que resultase muy evidente a los ojos de los demás, se apretó al cuerpo de su madre para sentir su calor y olvidar el frío que se filtraba por la tela del fino vestido. Nunca antes la habían visto tan feliz como ese día, tan satisfecha de ver realizados sus sueños. Pero al entrar el carruaje en la plaza todos enmudecieron. Los invitados lo hicieron por la emoción de ver a Trudi con el vestido que perteneció primero a su abuela y después a su madre; el novio por la embriaguez del instante; Marcelo y Rubén porque permanecían atentos a que el carruaje abandonara la plaza para poder entrar ellos con el coche. Mas el silencio de Trudi Valiente y de su madre Leonor se debió a su sorpresa ante tamaño disparate de boda. Trudi miró horrorizada a su madre y Leonor no pudo sino encoger los hombros y afirmar: Es culpa mía. No debí dejar que ese hombre hiciera lo que quisiera.


En ese preciso instante, en un pueblo vecino a más de 50 kilómetros de distancia en dirección al mar, Darío Dosaguas se encontraba tumbado al lado de Violeta Gandieta. Con el oído apoyado sobre el abultado vientre de ella, trató de escuchar el golpeteo interior del bebé cuyo nacimiento esperaban en unos días. Durante toda la mañana, tuvo a su hermano Jaime en el pensamiento y, aunque conocía poco a la novia, deseó de forma sincera que fueran afortunados en su nueva vida, como él lo era desde que abandonaron el pueblo. Sin embargo, le invadía una inmensa tristeza. En cierto modo, le lastimaba que al recordar su pasado en el pueblo lo hiciera con un resquemor profundo, con resentimiento hacia una vida que no se le permitió vivir entera. Le dolía volver al pasado de esa forma pero se obligaba a hacerlo porque para superar los lastres que conllevan las distancias necesitaba reconstruir los buenos momentos pasados. De ese modo, en la tranquilidad del día, acompasada por el arrullo de las olas del mar que iban y venían, Darío Dosaguas evocó los días de la maratón de palabras en la que unos encadenaban las palabras de otros utilizando aquéllas que comenzaran por la última letra de la precedente; o la tarde en que amaestraron a las mariposas que se acercaban aleteando hasta las flores del jardín, logrando que obedecieran al emitir un silbido determinado; o cuando enseñó a Rubén a manejar los mandos del viejo Ford aparcado en el jardín. Se reconfortaba pero también le dolía, íntima, profundamente. Después del infortunado accidente con Rosa, la noche de la tormenta, Darío no pudo soportar el permanecer escondido en el pueblo durante más tiempo. En la oscuridad de la noche, cuando buscó a Violeta y le manifestó su deseo de huir juntos, de escapar de la prisión que cercenaba sus vidas, no fue consciente de ello pero, finalmente, aceptó que se trataba de una huida del pueblo, de su familia, de su forma de vida, siguiendo el patrón previamente trazado por Lucía. Era una huida, estaba claro. Pero una huida hermosa que le permitió descubrir a Violeta Gandieta. Si se detenía a pensarlo, muchas fueron las cosas que sacrificó resistiéndose a marchar cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. Pero una vez hecho, su libertad fue la de ambos. Con Darío, Violeta pudo desarrollarse como mujer. Durante su niñez, se limitó a vivir la muerte anunciada pero cuando traspasó (escapando) la línea del destino, pudo aprovechar las muchas horas regaladas, los tiempos de sobras con el aprendizaje. Hasta entonces, se había limitado a no llevar a cabo más planes de los que tuvieran cabida en su tiempo


preestablecido, a no dejar cosas pendientes al azar. Sin embargo, una vez rotas las reglas del juego de la vida, Violeta tuvo tres años, desde que renació a ese mundo en su veintidós cumpleaños hasta que huyó de él con la ventisca de nieve de 1929, para aislarse y aprender. Comenzó tímidamente, como lo hacen los niños, con temores y miedos. Con gran empeño y con la ayuda de su hermano menor, se encerró en el cuarto para aprender a leer y escribir correctamente (interés que nunca antes pudo satisfacer puesto que sus padres, al aguardar el día de su muerte, no gastaron dinero en llevarla a la escuela y creyeron que aprender por su cuenta era un esfuerzo inútil). Y continuó después en su nuevo hogar con la constancia de Darío, que le enseñó el amor por las palabras y los trazos de las letras. Aprendieron juntos a observar los cambios de las mareas, a pescar con redes cerca de la casa y a oler el salitre que traían las barcas pegada en la madera. Descubrieron sus cuerpos, su independencia y su liberación. Escaparon, pues, de la prisión en la que ambos vivían. Y, ese día de enero de 1931, mientras Jaime Dosaguas contraía matrimonio con Gertrudis Valiente, Darío Dosaguas acarició a Violeta impaciente por conocer a la criatura que pronto traerían a ese mundo. Una ráfaga de aire invadió la plaza de la Iglesia y recorrió los bancos trazando un remolino de varios rizos que llegó hasta el altar donde se encontraban los novios. Trudi dio un respingo al sentir la bocanada de frío ascendiendo por debajo del vestido. El padre Cárdenas sujetó con una de las manos las hojas de la Biblia para no perderse en la lectura y los invitados se acurrucaron en los asientos. En el centro del pasillo, Marcelo Dosaguas, sentado en el viejo Ford, bostezaba sin poder evitarlo. Se aburría de tanta parafernalia cristiana y tanta pompa y pensó que era preciso aligerar aquello con algo de alegría. Miró a ambos lados, hizo un guiño a su hijo Rubén que se encontraba sentado al volante, y, con dificultad, levantó el brazo derecho por encima de la cabeza y gritó repetidamente ¡Vivan los novios!, aunque la ceremonia todavía no había finalizado. Como ocurre con las personas sin criterio, algunos de los presentes, igualmente aburridos y poco conocedores de los pasos ceremoniales, se unieron al grito de Marcelo Dosaguas. Pero callaron cuando la gente se giró en los bancos y les recriminó por tal desagravio hacia los novios y el sacerdote que los casaba.


Leonor, la madre de la novia, desde su sitio en el primero de los bancos no pudo evitar sentirse avergonzada por aquella falta de respeto absoluta instigada por Marcelo Dosaguas y dejó escapar algunas lágrimas de los ojos. Los que la vieron, interpretaron que eran lágrimas de felicidad. Pero no era así. A su juicio, todo se estaba torciendo. El sacerdote parecía desbarrarse en su alocución haciendo referencias santorales que no venían al cuento; muchos de los invitados se habían colado en los bancos principales dejando los de más atrás para la familia y amigos que verdaderamente los merecía; y los novios, aunque había que disculparlos por los nervios propios de la situación, parecían abstraídos, como si no estuvieran presentes, ni siquiera advirtieron los gritos de Marcelo. Aunque lo peor era el viento. Notó que se le estaba congelando la nariz y pensó en el frío que tendría su pobrecita hija con tan poco abrigo. Observándola, pudo descubrir cómo ella disimulaba al subirse el cuello del vestido lo más que pudo. Debía de estar completamente helada. En ese instante, una nueva corriente de aire alzaba el velo de la novia a metro y medio del suelo y lo enviaba por delante de ella hasta enredarse con las manos del sacerdote. Trudi tiró de él ayudada por Jaime pero no le quedó más opción que hacer con él un rebullo y mantenerlo aferrado a su costado, agarrado con la mano. Finalmente, Leonor se dejó vencer a la tentación que había reprimido desde el comienzo de la ceremonia y se volvió para contemplar a los invitados. Lo que vio no le sorprendió pero acrecentó su disgusto. Los hombres se sujetaban los sombreros con las manos, las mujeres se cubrieron las cabezas con pañuelos bien anudados, los niños desaparecieron por completo para resguardarse en alguna casa o en el interior de la Iglesia, donde alguien les renegó por corretear de un lado a otro. Al fondo, el cielo se volvió negro anunciando una posible tormenta y el viento, cortante como el hielo, batió sobre ellos sin ninguna compasión. Finalizada la ceremonia los recién casados se besaron y los invitados silbaron y aplaudieron, levantándose de los asientos. Trudi se colocó de espaldas y lanzó al aire el ramo. Lo tomó una de las damas de honor, su amiga Daniela Casalte, quien un año después se casaría con un buen mozo con estudios en la catedral de Santiago de Compostela. Jaime se acercó hasta el coche para estrechar la mano de su padre Marcelo y Leonor corrió a abrazar a su hija. Le frotó la espalda y le ofreció su abrigo para que se lo pusiera sobre los hombros y amortiguara el frío pero Trudi, con una amplia sonrisa, se negó a ponérselo porque llegaba el


momento en que debía lucirse entre los vecinos y agradecerles su presencia. Leonor pidió a su marido Cándido que convenciera a la niña pero él la miró compasivo y añadió: Ya nunca será nuestra niña. En ese momento, Leonor Aldecoa se sintió terriblemente sola. Y a su disgusto añadió la pena de no tener otra hija a la que poder casar. Bajando del altar, Trudi Valiente besó a Marcelo y a Rubén, quienes aguardaron a que se despejara la plaza para arrancar el vehículo y seguir a los recién casados. Trudi tomó a Jaime del brazo y, ceremoniosa como solía ser, avanzó tirando de él a lo largo del pasillo para agradecer a los invitados su presencia. Media hora después, consiguieron salir de la plaza y, como era habitual, encabezaron una ronda que recorría las calles principales del pueblo para saludar a los convecinos. Partieron desde allí por una calle ancha que conducía a la plaza principal del pueblo donde estaba ubicado el Ayuntamiento, seguidos por la mitad de los invitados (los más animosos para andar) y otros que se fueron incorporando al grupo. Detrás de todos ellos, circulaba el viejo coche de Lucía con Marcelo haciendo resonar el claxon. Giraron entre calles, saludando con la mano a quienes salían a las puertas de las casas para verles engalanados y felices. Pero incluso en las calles más estrechas, el viento se escabullía para soplar en sus rostros. Pasaron junto a la casa de los Samaño, saludaron a la viuda de Verlado, acariciaron al bebé de los Erigoyen, rieron con los Clavijo y los Torreclara, les acompañaron las hijas de los Gutiérrez, los varones casaderos de los Acín, o el viejo Alayeto con su bastón. Y así calle tras calle recorriendo todo el pueblo durante casi hora y media. Entre las últimas personas del grupo, casi pegada al Ford de su madre, Rosa Dosaguas caminaba conversando con una amiga cuando sintió un pellizco cerca del codo de alguien que pretendía llamar su atención. Perpleja, Rosa vio al joven Marcos Lisia sonriendo a su paso. Con malos modales, le dijo que se apartase de su lado pero el chico la siguió. De reojo, Rosa comprobó que Marcos se había vestido con su mejor traje de los domingos. De hecho, era uno de los más caros que se veían en el pueblo, parecido al que llevaba su padre Juan o su hermano menor Daniel. Solo que a él parecía lucirle de otro modo. Lo embellecía. Quizá porque Marcos era muy apuesto. A sus dieciséis años se había dejado un bigotillo que, junto con su melena rubia, le hacía parecer uno de esos intelectuales de ciudad a los que Rosa conocía de las fiestas que organizaba su madre en el jardín de casa. Incluso podría decirse que andaba como los señoritos ricos de la ciudad que se educaban en caros


colegios. Pero nada podía disimular que bajo esas apariencias se escondía el hijo de un terrateniente que se había esforzado por aprender las peores y más rastreras enseñanzas de Juan Lisia. Rosa todavía recordaba el día en que Marcos había atado a Rubén a un tronco y la había obligado a entrar en el bosque circular. Le odió por ello. Pero desde entonces no lo había vuelto a ver. Quizá, como pensaba, lo mandaron a estudiar a casa de algunos parientes en la ciudad. Y quizá ya no era el mismo salvaje de antes. Rosa empezó a dudar y, al mirarle, Marcos le guiñó un ojo. Rosa se dio cuenta de que su padre les observaba y, cogiendo de la mano a su amiga, se escondieron entre el grupo de gente unos metros más adelante, donde unos se agolpaban a otros sin espacio apenas para respirar, tratando de resguardarse del frío que invadía las calles. Sortearon un charco de agua que se había helado y que alguien, al pisarlo, lo había resquebrajado. Rosa vio cómo su amiga se soplaba en las manos tratando de calentarlas con el vaho y le preguntó si prefería resguardarse en algún sitio y salir del grupo. La chica casi lo suplicó y las dos corrieron, se introdujeron en una calle transversal y desaparecieron a la vista de todos. Salvo de Marcos Lisia. Muy cerca de la posada donde se iba a celebrar el banquete, Trudi Valiente comenzó a tiritar, helada de frío. Lo notaron porque fue aminorando la marcha hasta casi detenerse por completo. Cuando Jaime la miró a los ojos los vio vidriosos, como los de los pescados. Trudi no le contestó cuando él le preguntó si se encontraba bien y, como no reaccionaba a los estímulos, la cogió en brazos y la entró al mesón de la posada. El grupo que había permanecido junto a ellos desde que salieron de la plaza se dispersó entre lamentaciones y expresiones de pobrecilla, ha cogido un pasmo, es muy joven, no está acostumbrada u otras por el estilo. Leonor aguardaba con Cándido en el mesón y, al ver a Jaime entrar con Trudi en brazos, tuvieron que sostenerla porque le dio un desmayo. Colocaron a la recién casada en una silla cerca de la chimenea que había en el comedor y Jaime fue haciéndole friegas por todo el cuerpo para que entrara en calor. Al descalzarla, se sorprendieron de que los dedos de sus pies estuvieran completamente negros. Y, al quitarle los guantes de puntilla de sus manos, encontraron un síntoma de congelación similar. Cándido dejó que otros se ocuparan de su esposa Leonor y ayudó a Jaime a calentar a su hija. Sin embargo, no pudo hacer otra cosa que sostenerla por los hombros y empujarla contra la silla ya que ella temblaba con tal fuerza que su cuerpo se escurría casi hasta el suelo. Le


hablaron, le abofetearon, le gritaron, pero Trudi no respondió. Cuando llegó el médico encontró a todos llorando porque no podían explicarse cómo había cogido tanto frío y éste, sólo con verla dijo: ¡Pero hombre, si va casi desnuda! Y tenía razón. Entre la hora y media de ceremonia, la media hora de salida por la plaza y la hora y media de caminata por las calles del pueblo, hacían un total de tres horas y media durante las cuales Trudi Valiente, haciendo gala a su apellido, soportó estoicamente el aire frío, casi polar, que provenía de las montañas nevadas, vistiendo únicamente un sencillo traje de novia de hilo y puntillas descubierto por los antebrazos y el cuello. Ni una mantilla, ni una chaqueta, ni un chal la resguardaron del frío. Leonor gritó desesperada culpando a Jaime y a Marcelo por el estado de su hija pero, esa misma noche, recapacitando acerca de lo sucedido, se dio cuenta de que fue Trudi la que no consintió abrigarse. Estaba tan feliz y orgullosa que deseaba que todo el mundo la admirase aunque sólo fuese ese día. Nunca fue una muchacha popular en el pueblo. Nunca fue decidida ni valiente, no fue inteligente como las hermanas (que estudiaron en la ciudad), pero quiso que el pueblo la admirara y sufrió por ello. Cierto es que a su responsabilidad se añadieron otros muchos culpables como apuntó Leonor, especialmente por el capricho de Marcelo de celebrar la boda al aire libre. Pero ya era tarde para lamentaciones. Era el momento de salvar la vida de su hija si es que era posible. Levantaron a Trudi de la silla y, cancelando el banquete, la llevaron a casa de Marcelo, al cuarto que iba a compartir desde entonces con Jaime. La acostaron y la taparon con varias mantas mientras el médico le tomaba la temperatura y daba instrucciones de lo que podían hacer. Pero Gertrudis Valiente no entró en calor. Simplemente, se le heló la sangre. Entretanto, Rosa Dosaguas, ajena a todo lo que ocurría en su casa con su recién estrenada cuñada, conversaba con su amiga en el patio interior del Ayuntamiento, sentadas en el suelo de piedra. Después de un rato, su amiga se marchó y Rosa, se quedó de pie en la escalinata de entrada al Ayuntamiento, apretada al abrigo y observando el movimiento de las nubes en el cielo gris. Se sentía ligera, a la vez que extraña, por no estar trabajando en la vaquería. Y aunque para ella era un trabajo nuevo (desde que dos años atrás, al marcharse Darío, tuvo que abandonar la escuela y ayudar a su padre), ya lo echaba de menos. Lo que más le fascinaba, desde muy niña, eran las vacas. Por la rapidez con la que se produjo su incorporación al trabajo, Rosa pudo comprobar el cambio que existe en


las cosas cuando dejan de hacerse por placer y se hacen por obligación, pero para ella las vacas eran tan maravillosas que trabajar todo el día entre sus cuerpos le facilitaba las cosas. Se encargaba de lavarlas, ordeñarlas, darles de comer, pasearlas por el valle cuando hacía buen tiempo, acariciarlas, mimarlas. Llenaba con leche fresca las cisternas, las transportaba, las vendía en el pueblo. Lo peor solía ser el esfuerzo al que le obligaba su cojera. Porque la ralentizaba y ella quería siempre estar al mismo nivel que su hermano Jaime, aunque era imposible. Se frotó la rodilla para calentarla antes de descender dificultosamente las escaleras y, una vez abajo, chocó con Marcos Lisia. Rosa se quedó sorprendida y desorientada. Pensó que la había seguido y le intrigó la idea. Deseaba conocer a ese nuevo y desconocido Marcos Lisia. Éste sonreía sin pestañear sabiendo que a la chica le gustaba. Luego, Marcos le tocó el pelo y ella le dejó, aunque se sonrojó. Ninguno de los dos habló aunque Rosa deseaba preguntarle cientos de cosas, quiso saber si era cierto que conocía la ciudad, quiso interrogarle sobre los vestidos que llevaban las chicas. Pero calló y observó con cuidado el perfecto rostro de Marcos. Aprovecharon una corriente de aire para cruzar la calle y esconderse junto a uno de los portales. Resguardados del frío y de las miradas, Marcos le pasó la mano por los hombros y ella se apretó a su pecho. Pero cuando él deslizó la mano por debajo del abrigo de Rosa ella entendió que seguía siendo el mismo de siempre, solo que bien vestido. Rosa se retiró contra la puerta y Marcos trató de agarrarle la muñeca para atraerla. Puerco y le escupió en la cara. Él sonrió y la atrapó con los brazos como a un animalillo que trata de escapar. Rosa nunca fue una chica valiente como su madre Lucía. Siempre fue asustadiza y miedosa. Siempre huyó de aquello que desconocía y la atemorizaba. Pero era lista. Por eso, pensó rápido y encontró escapatoria llamando a la puerta de la casa en cuyo portal se escondían. Como Marcos la sujetaba por los brazos utilizó sus piernas y golpeó con los zapatos en la puerta. Se puso a gritar y pidió ayuda. Marcos se enfureció. Le cambió el rostro en cuestión de segundos y surgió esa expresión de odio que ella pudo verle a la entrada del bosque circular. Se asustó aún más por no encontrar una explicación. Y él no se molestó en dársela porque le bastaba con verla sufrir. De este modo, el viejo odio que Marcos albergó contra Lucía Zagra pasaba ahora a Rosa como el regalo de bodas que las madres hacen a sus hijas. Ninguna de las dos lo supo. Pero ambas lo sufrieron en distinta medida y con consecuencias tan parecidas como irreparables, que produjeron en ellas un cambio de espacio y de vida.


En el momento en que se abrió la puerta, Marcos Lisia salió corriendo y atravesó la plaza del Ayuntamiento hasta desaparecer entre las callejas. Rosa agradeció el auxilio y, después de explicar lo sucedido, corrió en dirección a la posada donde la estarían esperando para el banquete. Empujó la puerta y no encontró a nadie. La dueña le dijo que corriera a su casa, que la novia había enfermado de repente, así que Rosa corrió de nuevo, tan rápido como le permitió la cojera de su pierna, hasta su casa. Lo que encontró allí la desoló aún más que su tropiezo con Marcos Lisia. En el salón de la planta baja, sentados en uno de los sillones, Leonor Aldecoa lloraba desconsolada sobre el hombro del padre Domingo Cárdenas. Cándido Valiente paseaba de un lado a otro por delante de la puerta del jardín con las manos pegadas a las sienes. Y Juan Lisia conversaba con su mujer Candela Orriete, mientras el hijo menor de ambos, Daniel, ofrecía a los presentes unas pastas de té que había encontrado en la cocina. Rosa sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo al ver que los Lisia se encontraban en la casa y, rápidamente, buscó con la mirada en los rincones por si Marcos se encontraba agazapado junto a algún sillón. Rubén Dosaguas apareció por uno de los pasillos y, cogiendo a Rosa de la mano, la llevó hasta la cocina para hablar sin ser observados. Rubén no entendió por qué su hermana le preguntaba antes que otra cosa si Marcos Lisia estaba en la casa pero no le dio importancia. Le respondió que todavía no había llegado pero que le esperaban de un momento a otro y notó cómo Rosa se tensaba. Recordó lo sucedido en el bosque y, entendiendo el motivo de su reacción, cambió de tema. Le contó lo que había sucedido en el mesón y que el médico estaba visitando a Trudi en ese mismo momento. Rosa preguntó por qué los padres de Trudi no estaban con ella y Rubén le explicó que el médico sólo permitía que estuviera presente Jaime. Al parecer, Trudi había cogido demasiado frío en el paseo por las calles del pueblo y sus extremidades se le habían congelado. Marcelo, que estuvo bebiendo vino durante todo el trayecto en el coche, dijo que la culpa la tenía Trudi por ser una inconsciente y no cubrirse con la chaqueta que él le había ofrecido en la plaza y, al oírlo, los padres de Trudi se volvieron como locos. Ya en el interior de la casa, sentaron a Marcelo en una silla junto al mueble de las bebidas. Juan Lisia colocó otra silla a su lado y se sirvieron unas copas. Los demás subieron con Jaime al dormitorio para acompañar a Trudi hasta que el médico les hizo bajar a todos al salón. Entonces, encontraron a Marcelo bebiendo ginebra y tarareando canciones de amor


bastante subidas de tono. Leonor se puso histérica y empezó a gritar pidiendo que se lo llevaran de allí, a lo que Marcelo replicó afirmando que esa era su casa y que de allí no le movía nadie, que en todo caso eran ellos los que debían marcharse. Juan Lisia rió de forma espontánea y mientas Cándido Valiente se encaraba con él, Leonor se acercó a Marcelo y le golpeó en la frente con un cenicero de porcelana. Se armó un escándalo, Marcelo aulló de dolor mientras su frente sangraba, dio un mordisco en la mano de Leonor y el padre Domingo Cárdenas tuvo que separarlos. Después, acostaron a Marcelo en su cama y cerraron la puerta del cuarto para no escuchar sus alaridos enojados y ebrios. Pasó una hora; todo parecía más calmado pero la incertidumbre ante lo que pudiera decir el médico pesaba más que cualquier otra cosa. Rosa se sentó en el sillón junto a Leonor y le pasó la mano por el hombro. Ésta, reconfortada, levantó la cabeza del hombro del sacerdote y se acurrucó en el costado de Rosa llorando, muy afligida. El padre Cárdenas aprovechó para levantarse, se acercó a Juan Lisia y le preparó otra copa. Lisia le hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza, lo que confirmó las sospechas de Cárdenas de que Juan Lisia pretendía que los allí presentes honraran debidamente su presencia y la de su esposa Candela Orriete. Daniel Lisia apareció por un costado del sillón en el que estaba sentada Rosa y le ofreció la bandeja con las pastas de té para que tomara alguna. Rosa no aceptó y el chico se retiró con la bandeja y la dejó sobre la mesa del centro del salón. Rosa pudo observarlo mientras él se movía por la casa. Daniel Lisia tenía quince años pero no era tan alto ni tan fuerte ni tan guapo como su hermano Marcos. Tampoco era tan malo, pero se decía que Daniel no se quedaba atrás. Trabajaba como su padre y su hermano en los campos de su propiedad mandando y gritando a los campesinos. Pero mientras Marcos se erguía en lo alto de los carros, apoyando las suelas de las relucientes botas en los costados de madera, ondulando en su mano un látigo de cuero que, en ocasiones, probaba en las espaldas de los trabajadores, Daniel Lisia recorría a pie todos los campos aleccionando más que gritando y zarandeando a los que no cumplían con sus obligaciones. Pero en el fondo, los dos hermanos tenían el mismo brillo maléfico en los ojos, los dos querían parecerse al padre y se enfrentaban a diario para conseguir su aprobación y respeto. Ese día, Daniel parecía distinto. Como a Marcos, el traje le aportaba un carisma del que carecía el resto de los días. Le hacía parecer más completo, más persona. Solía tener el pelo corto y rebelde, a menudo puntiagudo y


desordenado, pero ahora estaba repeinado hasta el extremo de mostrar toda la redondez de su cráneo. Sus modales parecían curtidos y su presencia se adaptaba fácilmente a una situación seria como la que les reunía. Daniel observó a Rosa desde el sillón. El viento hacía vibrar los cristales de la puerta del jardín y todos guardaban silencio esperando una mala noticia. Se escuchaba el sonido del alcohol al agitarse en los vasos cuando los movían en círculo y los resoplidos al dejar escapar las bocanadas de humo de los cigarros. Marcos Lisia entró desde la calle por la puerta principal y todos le miraron al pasar. Se sentó en una butaca, en otra esquina del salón. Rosa replegó los brazos para sentirse lo más lejos de él como pudiera pero no pudo encoger las piernas por el dolor de la rodilla. Apartó la vista de la de Marcos. Éste siguió observándola. Y Daniel a su hermano. Le creyó un intruso, un arribista. Minutos después, Rosa se escabulló por el pasillo. Disimulando, Marcos Lisia la siguió. Nadie se dio cuenta, salvo su hermano Daniel, que hizo una mueca con los labios. Al fondo del pasillo, donde Benicio Del Valle descubrió la puerta de entrada a un sótano antes desconocido, Rosa se vio atrapada por Marcos Lisia. Pensó en gritar y se dispuso a hacerlo. Como si hubiera estado pendiente de la persecución, Blas Pereira apareció detrás de las escaleras. No dijo nada, simplemente se interpuso entre Marcos y Rosa, poniendo los brazos en jarras. Marcos le miró con desprecio, entendió la amenaza silenciosa de Blas y dio media vuelta para hundirse de nuevo en el sillón. Desde la distancia, Daniel Lisia sonrió triunfal y a Marcos no le gustó nada advertirlo al mirarle de reojo. Cuando el médico cerró la puerta del dormitorio de Trudi y descendió las escaleras hasta el salón en el que se encontraban los familiares, lo hizo golpeando con premeditación los escalones de madera de modo que éstos resonaran a su paso y el ruido apresurado y enérgico les pusiera sobre aviso de lo que se disponía a anunciarles. Solía funcionarle aunque, en esa ocasión, la familia era muy distinta a las demás y pecaba del mal de los excesos. Los padres de Trudi se pusieron a gritar, al igual que Candela Orriete (que sabía muy bien lo que era sufrir por un hijo), y el ambiente se cargó hasta hacerse irrespirable. El doctor fue el primero en abandonar la casa y, al descubrir el rostro en el frío cortante de la tarde, respiró aliviado. Se colocó el sombrero y aguardó junto a la puerta a que los familiares de la joven la bajaran en brazos.


A la mayor urgencia, trasladaron a Gertrudis Valiente hasta la ciudad para ingresarla en un hospital en el que pudieran tratar de inmediato la congelación de su sangre. La llevaron en el automóvil del doctor, un Ford parecido al viejo de Lucía aunque mucho más moderno y cuidado, completamente cubierto y en el que, incluso, se habían trasladado algunos cadáveres desde la ciudad hasta el pueblo para ser enterrados. En la casa de Marcelo Dosaguas se hizo el silencio y, mientras éste intentaba detener los giros de su cabeza fijando la vista en una de las esquinas del armario ropero de la habitación, comenzaron a sufrir los primeros síntomas de lo que, en unos años, sería una soledad plena. Al día siguiente, el automóvil del doctor hizo el mismo trayecto de aquella noche pero en dirección contraria. Regresó al pueblo incomodado por las noticias que tenía que darles. Después de un diagnóstico nada favorable y de un inútil tratamiento de choque (que algunos doctores se aventuraron en calificar de acelerador del desenlace), Gertrudis Valiente consiguió resignar a todo el mundo que estuvo pendiente de ella. La única solución que encontraron fue trasladarla a un hospital de Madrid donde tenían unas máquinas experimentales que reactivaban la circulación del flujo sanguíneo. El jaleo que se armó con posterioridad al anuncio del doctor fue incluso peor que la tragedia vivida, ya que era necesario determinar qué dos personas acompañarían a la enferma hasta Madrid. Su madre fue la primera en imponerse en la lista, no hacerlo habría desatado la violencia contra Marcelo que trataba de contener desde el desastre de la ceremonia. Marcelo no consintió que su hijo Jaime abandonara el trabajo en la vaquería, ni aun considerando el peligro en el que se encontraba la vida de su reciente esposa, y provocó un lacerante silencio en la familia Valiente. Por todo el pueblo corrió un rumor tergiversado de los motivos por los que no podía ir a Madrid, al lado de su esposa; se dijo que no podía afrontar la enfermedad, se burlaron de que tuviera miedo al contagio, y otras barbaridades por el estilo, por lo que empeoraron los ataques de debilidad moral. Rubén aprovechó el viaje a Madrid para poder ver a su madre y conocer el colegio al que le mandarían pronto a estudiar. Al oír la excusa del colegio, Marcelo no puso reparos y cedió conmovido (si ese matiz se le podía atribuir, dadas las circunstancias) por los deseos del pequeño. Colocaron a Gertrudis Valiente tumbada en la parte trasera del Ford del doctor, tapada con cinco mantas para que no se le escapara el poco calor que conservaban sus huesos. Ella ni siquiera abrió la boca pues había perdido toda la consciencia y sólo abría los ojillos levemente al


escuchar el sonido de los pájaros, concretamente de tres cuervos que graznaron a la salida de la ciudad. Nadie hizo mención al mal agüero que aquello representaba y prefirieron engañarse a sí mismos. De este modo, el doctor condujo camino de Madrid con una enferma temblorosa y la compañía adicional de Leonor Aldecoa y Rubén Dosaguas. El aviso de su llegada a Madrid cogió completamente desprevenida a Lucía. No supo cómo combinar con acierto las diversas reacciones que sentía, ya que por un lado se extasiaba de gozo al saber que tendría allí mismo a su hijo Rubén pero, por otro lado, la pena por el triste desenlace de la boda de Trudi con Jaime la afligía de buen modo. Dio vueltas por la casa, nerviosa, con las palmas de las manos muy juntas. En un primer momento, como Lucía no tenía piso propio en Madrid sino que vivía en casa de su amiga Julia Salinas, pensó en alojar a Leonor Aldecoa en un hotel cerca del hospital pero, inmediatamente, concluyó en que era una idea atroz teniendo en cuenta que la madre de Trudi se encontraría tremendamente sola en un hotel y que si tomaban aquella decisión parecería que Lucía la estuviera apartando de ella y de su hijo (al que sí alojaría en la casa) más que ayudándola en esos momentos de desconsuelo. Por ese motivo, Lucía consultó a Julia Salinas si podían alojar en la casa a su familia y cómo podían organizar la distribución de los cuartos, ya que con ellas también vivía Laia Sanahuja. Julia estuvo encantada con la idea y, en cuestión de minutos, las tres amigas removieron muebles y camas, mantas y sillas, para que Lucía y Rubén pudieran dormir juntos mientras Leonor Aldecoa mantenía su independencia. Una vez resuelto el problema, Lucía se arregló el cabello ante el espejo. Hacía demasiado tiempo que no veía a su hijo y quería ser la madre más guapa del mundo. Lucía les esperaba en Madrid, sentada en las escaleras de entrada al hospital en el que internarían a la joven. La acompañaban tres mujeres de edades diversas a las que presentó como sus amigas Julia Salinas, Esperanza Olmedo y Laia Sanahuja. Pero el momento no fue propicio para que Leonor retuviera los nombres y pasó el resto de los días que estuvieron en Madrid pidiendo que se los repitieran. Unos enfermeros salieron del hospital y recogieron del interior del auto el cuerpo sin fuerzas de Gertrudis Valiente, lo alzaron en una camilla y desaparecieron por los largos pasillos blancos del centro, saturados de olor a mentol y cloroformo. Acompañaron a Leonor hasta la habitación de su hija. Colocaron a la enferma sobre un artilugio metálico de grandes


dimensiones que ninguno había visto con anterioridad, ni siquiera el doctor. Era como otra camilla, de hierro brillante y frío, con unos tubos estrechos que salían de los vértices y que recorrían toda su largura, como si se tratara de asideros delgados. Unas anillas gruesas de acero salían del centro de la camilla, a la altura de la cintura de una persona tumbada, y servían para sujetar a ellas una pieza de tela recia similar a una faja. La colocaron sobre el cuerpo de Trudi y la tensaron de manera que sujetara su vientre. La aseguraron con una cinta que terminaba en varios nudos. Era parecido a las camisas de fuerza que colocaban a los perturbados solo que para el vientre. Después extendieron las extremidades de Trudi a lo largo de los tubos largos y las ataron a ellos con unas correas de tela y goma. No le causaron ningún daño puesto que la inmovilizaron por tres partes de cada extremidad de modo que quedasen holgadas. Entonces, y para sorpresa de todos los presentes, aquel artilugio comenzó a rugir de forma metálica y a elevarse un metro respecto de su posición horizontal previa. Giró entre chirridos hasta que el cuerpo de Gertrudis quedó boca abajo, suspendido en el aire y sostenido por los correajes que le habían ajustado. Sin dejar de emitir sonidos chirriantes, la camilla se fue moviendo a modo de ola, de modo que unas veces la cabeza quedaba suspendida por encima de los pies y, otras veces, eran los pies los que quedaban a mayor altura que la cabeza. Según les aseguraron, aquel movimiento rítmico, unido al efecto suspensivo de los correajes, garantizaban la correcta circulación sanguínea de la enferma. Como el centro no permitía que nadie permaneciera en la habitación durante las noches, instalaron a la madre de Trudi en uno de los cuartos de la casa de Julia Salinas. La acomodaron en uno desde cuya ventana podía verse el parque, pensando que aquello podría animarla. Pero no lo hizo. Durante el día, las amigas de Lucía hicieron turnos en la habitación de Gertrudis para que la madre pudiera descansar de vez en cuando y muchos pensaron que aquello era una convención de mujeres a favor del aborto. Pasaron el tiempo conversando acerca de las diferencias de vivir en el campo y en la ciudad, de cómo avanzaba la modernidad y de cuánto se parecían la madre y la hija. En ocasiones, Leonor soltaba una risilla pero, inmediatamente, al ver a su hija suspendida en el aire, volvía a su mueca congestionada. Lucía creyó renacer al ver a su pequeño Rubén junto a ella. Tenía tantas ganas de estrecharle entre sus brazos y contarle las muchas aventuras que le ocurrían a diario con la liga femenina que pensó sería


imposible en el tiempo que estuviera internada Trudi, ya que su salud parecía muy empeorada. Rubén había crecido casi un palmo desde la última vez que se vieron y estaba radiante con los ojos brillantes y el cabello claro. Una de las mañanas, salieron juntos a pasear por el parque. Estar rodeados de naturaleza les produjo la sensación de no haber salido del pueblo, de estar todavía juntos, aunque en cierto modo ya lo estaban aunque la distancia lo impidiera físicamente. Madre e hijo conectaban interiormente. Bastaba un pensamiento para que se entendieran y compartían el amor hacia las mismas cosas. La literatura, la pintura, el arte en general formaban parte de la educación de Rubén. Esa misma mañana, Lucía llevó a su hijo a conocer la Institución Libre de Enseñanza, donde estudiaría en unos años cuando lo trasladaran a Madrid. Lucía tuvo que esforzarse mucho para convencer a Marcelo. Éste se negaba a que su hijo abandonara el pueblo y el trabajo en la vaquería ya que cada vez las manos eran más precisas y él era un chico fuerte. Lucía entró en cólera pero utilizó el sentido común para convencer al reticente Marcelo. Le hizo ver que sólo si su hijo se formaba de manera conveniente podría dirigir en el futuro el negocio familiar con la teórica de los universitarios y la práctica que ya había adquirido en aquellos años. Sólo con una formación académica podía colocarse a la altura de los mejores. Eso convenció a Marcelo, además del hecho de que Rubén sólo era un niño y faltaban años para que se trasladara a vivir a Madrid con su madre. Lucía conocía bien la Institución. Se había creado en la Restauración como una Universidad ilustrada, libre y librepensadora regida por profesores universitarios que habían sido privados de sus cátedras por no prestar juramento de lealtad a la Iglesia, la Corona y a la Dinastía monárquica. Fue cuestión de tiempo que la Institución, nacida como reacción frente al sistema establecido, adoptara actitudes políticas y fue entonces cuando los intelectuales de la época que se oponían a la monarquía y, posteriormente, a la dictadura de Primo de Rivera intervinieran en la creación de un clima ideológico más abierto y paneuropeo. Pero lo que más le agradaba a Lucía de la Institución era que en 1910, y con la intención de renovar la educación universitaria, habían creado la Residencia de Estudiantes de Madrid como centro educativo de enseñanza superior. Conocía bien al presidente de la Residencia de Estudiantes, Alberto Jiménez, porque era colaborador de Giner de los Ríos también amigo de Lucía, y por la relación literaria y artística que ésta mantuvo con García Lorca, Machado, Dalí, Buñuel, Ortega y


Gasset…todos ellos alumnos de la Institución. Lucía deseaba lo mejor para su hijo y sabía que era una forma de compensarle la situación extraña en la que vivían con su prolongada ausencia. Él estaba muy ilusionado con la idea, más por vivir en Madrid que por estudiar en uno u otro sitio. Ambos se cogieron de la mano y siguieron su paseo. Conocer a tanto ideólogo no impresionó a Rubén. Estaba acostumbrado a reunirse de gente extraña desde pequeño en las tertulias que su madre organizó en el jardín, junto al roble. Conocía de sobras la forma de vida de muchos de ellos, la constancia, la tenacidad y el esfuerzo por sacar adelante unas ideas propias que, en muchas ocasiones, no eran aceptadas por la generalidad puesto que se adelantaban a su tiempo. Rubén no se creía capaz de crear un universo propio distinto a lo ya conocido. A sus casi once años le bastaba con crear universos en su mente y plasmarlos en papel como años antes hiciera su hermano Darío, también influido por aquellas tertulias y aquellas gentes impresionantes. Rubén necesitaba transmitir lo que era el mundo, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Porque, aun siendo tan niño, era despierto y certero en sus opiniones. Jamás se equivocaba al emitir un juicio de valor sobre la conducta de una u otra persona. A su corta edad era un auténtico radiógrafo de la sociedad, o de la vida. Llegaría lejos con los años, escribiría cosas maravillosas pero, en aquel momento tan solo era un niño que admiraba la brillantez y la locura ideológica de unos estudiantes en una Institución impresionante. Pasados diez días, se presentaron en el hospital unos doctores con caras siniestras. Llamaron a la madre de Trudi y la hicieron salir de la habitación por si su hija era capaz de entender lo que hablaban. Le dieron la mala noticia de que nada podían hacer ya por ella. Lo intentaron todo pero incluso la máquina experimental quedaba corta para superar la congelación sufrida. Su hija se marchaba lentamente, sin remedio. Leonor Aldecoa no pudo regresar a la habitación. Julia Salinas la acompañó hasta la calle para que le diera el aire y la dejó llorar lo que necesitó. Lucía se encargó de concretar todo con los médicos. Esa misma tarde, abandonarían Madrid y llevarían de nuevo a Trudi al pueblo para que pasase sus últimos días con la familia. Era el momento de la despedida y Lucía, apenada por la premura de los acontecimientos, se despidió de su hijo que debía regresar con el doctor.


Trudi Valiente regresó a la casa de Jaime Dosaguas sin haber añadido una sola palabra a sus últimos agradecimientos del día de su matrimonio, aún sin consumar. Regresó tumbada en el asiento de la parte posterior del auto del doctor, con la mirada fija, cristalina y perdida, las mejillas blancas como la cal y la piel tan pálida que daba miedo tocarla. La colocaron sobre el lecho nupcial, suavemente tapada, y observaron su delicada presencia, tan irreal como todo lo que le había acontecido. Cerraron las contraventanas para que las sombras la acompañaran en su último trayecto y colocaron unas cuantas velas alrededor del dormitorio (especialmente a la cabecera de la cama) para atraer a los buenos espíritus templados. Durante seis días y seis noches velaron su vida deteriorada, su mirada cristalizada como el hielo. Leonor Aldecoa permaneció a los pies de la cama de su hija sin apenas moverse en todo ese tiempo. Apenas comió ni durmió, no lo necesitaba ahora que su pequeña se les iba. Acompañada por varias mujeres, todas perfectamente enlutadas y con una mantilla cubriéndoles el rostro lloroso, rezaron arrodilladas junto a la cama pidiendo por el alma de Gertrudis Valiente. Durante todo el día, los rezos de unas mujeres se encadenaban con los de otras que las relevaban para mantener, así, un hilo conductor que atravesara desde la vida a la muerte, acompañando a la joven. De este modo, la casa de los Dosaguas se convirtió en un rumor religioso desde el alba hasta el alba. Sin interrupción, Leonor Aldecoa rezó por el alma de su hija. En aquellos eternos seis días, la vida de los Dosaguas se paralizó por completo y se sumió en un fantasmagórico paseo por lo desconocido y lo prohibido. Rosa y Rubén caminaban cabizbajos y cohibidos entre tanta afirmación cristiana que no llegaban a comprender. Jaime abandonó el trabajo en la vaquería y se desplomó en un silloncito, llorando sin cesar junto a la cama de su moribunda esposa. Mientras que Marcelo prorrumpía en gritos suplicando que las mujeres se callaran y abandonaran la casa. Maldecía cada vez que escuchaba el rosario y lanzaba unos alaridos tan fuertes que se quedaba afónico y no podía hacer otra cosa que intentar conciliar el sueño. Pero el rumor podía más que su propia concentración y se mezclaba con imágenes de reproche de su fallecida esposa María con un crucifijo en la mano, acercándoselo a los labios y obligándole a besarlo. Marcelo despertaba sudoroso y gritaba blasfemias. Las mujeres, avergonzadas de la actitud de Marcelo, se colocaban tras la puerta de su dormitorio y rezaban a viva voz para que él las escuchara y aplacara el ánimo. Pero provocaban un efecto contrario y Marcelo gritaba con mucha


más fuerza. Hasta que perdía de nuevo la voz y permanecía enmudecido durante medio día. Al sexto día, la muerte hizo su aparición en la casa de los Dosaguas y se llevó a la más reciente de la familia. Gertrudis Valiente se marchó con la sangre helada y el rostro sereno, tan bello como cuando vivía. Y la casa comenzó a palidecer. Se volvió gris y aventuró la oscuridad que llegaría unos cuantos años después. . VII: Entrada triunfal en sociedad. El coche de Reinaldo Zagra se detuvo frente a una de las casas de la calle Alcalá de Madrid. Descendió del auto ayudándose de un bastón con empuñadura de plata pero, a pesar de ello, su paso seguía siendo firme. Tenía ya setenta y un años, dos más que su abuelo antes de morir y doce más que su padre en la misma situación. Él era fuerte. Siempre pensó que la crueldad hace a un hombre mejor, que dilata su vida, y él se enorgullecía de haber sido cruel. Y todavía lo era. En los tiempos que corrían era necesario serlo para evitar que las inmundas ideas comunistas invadieran las praderas de prosperidad, conseguidas tras tanto esfuerzo. Del otro lado del coche descendió Gumersindo Hinni. Ayudó al anciano Zagra a enderezarse y después dejó que caminara solo mostrando altivez. Era necesario mantener el ego del hombre, dejarlo fluir. Gumersindo lo supo. Siempre. Eran ya 21 años de trayectoria juntos, casi una vida entera de aprendizaje que comenzaba a dar frutos. Gumersindo supo reconocer los matices de Reinaldo Zagra y sortearlos. Podía afirmarse que él fue el único que lo conoció bien y el único que supo en todo momento cuáles serían sus reacciones, sus pasos siguientes. Reinaldo Zagra no era un hombre fácil de averiguar, pero Gumersindo era capaz de muchas cosas. Ese día, ese 10 de mayo de 1931, iba a ser un día glorioso y memorable para él. Un día que llevaba años aguardando. A sus cuarenta y seis años, Gumersindo Hinni era un hombre próspero que estaba a las puertas de resolver su vida para siempre. Conoció a Zagra a los veinticinco años mientras trabajaba como abogado


en un importante bufete de la ciudad. Su destreza con las palabras le hacían imprescindible en los pleitos penales y muy pronto le ofrecieron convertirse en socio. Con buena parte de las ganancias se costeó un coche y una casa propias en el centro de la ciudad, en la zona más próspera y palaciega, junto a la playa y muy cerca de la montaña. Su reputación como hombre de letras dominador de la oratoria le acercó a Reinaldo Zagra. Éste, ávido por conseguir un vástago que supliera la falta de un hijo varón, recorría los foros de opinión, los cafés, las tertulias y los corrillos aristocráticos. Entre humo y bebida encontró las palabras silentes de Gumersindo Hinni arrojadas a la cara estúpida de sus contrincantes. Aquel joven era un diamante en bruto, un volcán sin barreras en la ladera por la que descendía raudo, imparable. Reinaldo Zagra vio de inmediato el éxito en el rostro del joven. Todo dependía de quién podía explotar ese éxito y quién sería lo suficientemente inteligente para beneficiarse de él. Lo rescató de los antros de diversión en los que Hinni bebía y fumaba sin cesar, aunque nunca consiguió separarlo por completo de aquel mundo, ni de la atracción desmedida que sentía hacia las mujeres. Por eso, cuando Gumersindo se encaprichó de la hija díscola de Zagra, éste no puso ningún inconveniente. Todo lo contrario, le advirtió que le resultaría difícil conseguirla pero que podía intentarlo. Tuvo que conformarse con sumergirse en los brazos de Lucía y perderse en sus labios jugosos. Ella reconoció sus pretensiones desde el primer instante. No sólo las amorosas sino más aún esa desmedida pretensión que él escondía tan adentro de escalar posiciones a costa de quien fuera y como fuera necesario. Gumersindo luchó por avanzar y llegó hasta aquella casa en el centro de Madrid. Ese día, sería presentado en sociedad como el pupilo de Reinaldo Zagra, como su sucesor en el Frente Nacional y como una promesa que ya era momento de considerar como una realidad. Después de veinte años aprendiendo sutilezas y maldades, después de sortear impedimentos, de superar el amor desmedido y no correspondido a Lucía Zagra, después de memorizar nombres y cargos, de calcular estrategias para equilibrar los pesos políticos hasta decantarlos de su parte, después de calar hondo en el corazón de Reinaldo Zagra (aun a costa de haber sufrido las mayores humillaciones que una persona pueda soportar), ese día conseguía al fin dejar la ciudad y trasladarse definitivamente a Madrid y, algo más importante aún, conseguía poner el primer pie en la alfombra roja que le acercaba a su meta.


Un criado pulcramente vestido les recogió los sombreros y ambos entraron en la casa. Decenas de caballeros de sociedad paseaban por las salas antes de llegar al salón principal donde celebrarían la reunión de ese día. Corbatas, mostachos engominados, relojes con cadena de oro, monóculos del siglo pasado, chaquetas negras, gemelos con brillantes…Se separaron para saludar a aquellos que debían, los que de una manera u otra influían en el resto. Y sonrieron, muy satisfechos. Afuera el día acompañaba, la claridad traspasaba los ventanales y hacía resplandecer las mesas ya preparadas sobre las que se disponían los platos rebosantes de canapés, jamón, salmón, caviar… cubiertos de plata que brillaban, copas de cristal húngaro, cortinas de terciopelo. El ambiente era ensoñador. Quienes no tenían chófer aparcaron sus autos a la entrada de la casa. El tono de las voces aumentaba a medida que los hombres se reunían en el salón principal, las charlas se multiplicaban y se salpicaban de risas y presentaciones. En el centro, Gumersindo Hinni ya hacía sombra al mismo Reinaldo Zagra. A su alrededor, estaban presentes los aristócratas más influyentes que seguían siendo leales al depuesto monarca Alfonso XIII. Hombres curtidos en la política, en las leyes, en la medicina. Hombres de edad, riqueza y poder. Tras éstos, los oficiales del ejército meneaban las copas. Pudo distinguir cerca de la ventana al general Onésimo Dechent que conversaba con el propietario de la casa. Desvió la vista de inmediato y sonrió a un banquero que se acercaba por la derecha. Hubo un tiempo en que Gumersindo Hinni temió fracasar. Fue poco después de que Lucía desapareciera de la ciudad. Su ausencia provocó que todos aquellos solteros que la habían pretendido en las innumerables fiestas, en los bailes, en los cócteles, prestaran atención a la hija menor de Reinaldo Zagra. Aurora era bonita pero en nada comparable a la voluptuosidad y el encanto de Lucía. Pero ahí estaban ellos, sedientos de piel femenina a la que adorar. El propio Hinni tanteó los deseos de Aurora pero terminó por aburrirse de la formalidad en la que fue educada y de la presencia constante de la madre sobre ella, algo que Lucía nunca tuvo que soportar. Por aquel entonces, Reinaldo Zagra prestaba mucha atención a los pretendientes de Aurora y aunque era el protegido de Reinaldo desde hacía siete años vio con recelo la aparición de un general cortejando a la hija menor de su mentor. Reinaldo se acercó al general Onésimo Dechent con la intención de procurar lo mejor para su pequeña, pero Gumersindo temió que todo el esfuerzo se perdiera y las atenciones de Zagra cambiaran de uno a otro rápidamente. Era una simple cuestión


de posicionamiento dentro de la familia. Dechent tenía más rápido el acceso. Pero no más fácil. Y cuando Gumersindo se dio cuenta de que Zagra buscaba en Hinni las cualidades despiadadas que un buen hijo suyo debía tener, respiró aliviado. Pese a todo, y a la relación casi de parentela que les unía, Gumersindo Hinni prefería mantenerse alejado del general Onésimo Dechent. Otra cosa que tenía en contra, era el hijo que Aurora dio a Onésimo; el pequeño Ulises Dechent Zagra que ya tenía diez años y era el ojo derecho del abuelo Zagra. Pero en ese caso, la edad jugaba de parte de Gumersindo. Al menos de momento, y confiaba en que para cuando Ulises Dechent hubiera crecido lo suficiente como para suponer un peligro para su prestigio recién conseguido, Reinaldo Zagra ya habría muerto o perdido las facultades mentales que le aventajaban frente al resto de esa microsociedad de aristócratas y militares. Onésimo pidió permiso al viejo para que Ulises presenciara la reunión. Ya era mayor, vestía el uniforme de la Falange con orgullo y sonreía a cada gesto del abuelo, al que admiraba con total devoción. En los rezos nocturnos de Ulises, la Virgen ocupaba el mismo puesto que su abuelo, y que Dios. Por eso Reinaldo Zagra no se negó y el pequeño Ulises permanecía tímidamente escondido de las multitudes detrás de una de las mesas donde le habían servido un vaso de limonada bien fría y azucarada. Los últimos en llegar lo hicieron lanzando gritos desde la calle. Todos se giraron en el salón para ver quién entraba y cuando tres hombres aparecieron quitándose las chaquetas y los sombreros, soltando todavía unos improperios frescos, se hizo un corro en el centro para que pudieran hablar. Tenían las caras inflamadas por la obesidad y los labios delgados y rojos de gritar. Al parecer llegaban montados en un taxi, en cuyo interior uno de los hombres gritó un ¡Viva la monarquía! al comprobar que ya estaban todos en la casa y que, por los coches aparcados en la calle, eran más asistentes de los esperados. El taxista respondió de inmediato con un ¡Viva la República! Y se enzarzaron en una discusión en la que no faltaron los golpes a puño cerrado, además de los insultos que habían escuchado. Cuando los hombres se calmaron, comenzó la reunión que les había congregado allí. Entre alabanzas y discursos, los más brillantes de Reinaldo Zagra, acababan de fundar el Club Monárquico Independiente “para servir de lazo entre los elementos que deseaban trabajar a favor


de los ideales sustantivos de la monarquía”. Momentos después, Gumersindo Hinni saludaba agradeciendo las palabras de elogio de sus amigos una vez que Reinaldo anunció su relevo de la política activa. Se cerraba así un ciclo y comenzaba otro nuevo que se auguraba fructífero para la restauración de la Monarquía en el exilio y para la consolidación de los valores que les eran legítimos. Los de más edad aplaudieron a Zagra y el resto a Hinni; ante ellos el pasado se difuminaba con el más prometedor de los futuros. El general Onésimo Dechent palmeó la espalda de Hinni y el pequeño Ulises se abrazó a su cintura en muestra de afecto. Era su tío Gumer. En una plaza, no lejos de allí, se celebraba un mitin político organizado por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT); gritaban consignas revolucionarias, se llamaba a los trabajadores del campo a tomar las fábricas, se hablaba de sabotaje, de fomentar las tendencias antiparlamentarias y de conseguir la huelga general revolucionaria; se sucedían los gritos y alborotos en palabras ya dichas por Bakunin y Kropotkin. Lucía Zagra y su compañera de piso Laia Sanahuja volvían por las calles de Madrid después de dejar a Julia Salinas a cargo de una colecta benéfica para madres solteras. Se detuvieron a escuchar los discursos anárquicos del grupo aprovechando que el día era soleado y se podía pasear sin demasiado calor. Un hombre llegó corriendo por la calle y se acercó al palco utilizado para los discursos; alrededor había varias personas además del que hablaba, personas que sostenían en alto las pancartas y la bandera anarquista, oradores que intervenían de improviso apoyando el discurso principal y consiguiendo la participación del público con nuevos gritos o sugerencias. El hombre se desplomó cubierto en sudor; los ojos mostraban fatiga y el pecho subía y bajaba con esfuerzo. Lucía y Laia se acercaron al grupo que auxiliaba al hombre. Éste hablaba con dificultad, pero consiguió decir que un grupo de monárquicos acababa de asesinar a un taxista, padre de familia, a la entrada de una casa donde conspiraban contra la República. Un joven que sostenía la cabeza del hombre lo soltó de repente y corrió hasta el palco de los oradores. Les dijo algo al oído mientras detenían el discurso y la gente esperaba intrigada una explicación. Con el megáfono en alto, el orador principal dijo que un camarada acababa de morir a manos de unos fascistas conspiradores. Tras un momento de desconcierto, la gente exclamó impresionada por la noticia. El hombre del megáfono pidió en voz alta que se reunieran en la calle Alcalá para combatir al enemigo.


Sorprendidas, Lucía y Laia vieron cómo el grupo de gente echaba a correr con el puño en alto en la dirección indicada. Se miraron incrédulas y pensaron en lo peor. Después, hicieron lo que todos: dejaron al hombre exhausto sentado en un banco y caminaron a la calle Alcalá. Cuando llegaron a la puerta del edificio, no pudieron creer lo que veían. Una muchedumbre gritaba enarbolando las manos contra el cielo. En la entrada de la casa, una decena de personas apretujadas se amontonaban con violencia y sacaban a golpes a un puñado de hombres ilustres, trajeados y aseados. Lucharon frente a la casa mientras algún chiquillo lanzaba piedras contra las ventanas. La gente comenzó a llegar en grupos, de uno y otro bando, y la discusión aumentó peligrosamente de tamaño. Entonces, vieron las llamas. De varios de los coches se elevaba una nube espesa de humo mientras los vidrios delantero y trasero se quebraban por el calor del fuego. El olor a piel quemada de los asientos se hizo insoportable. Se escucharon varios disparos. A pesar de que estaban a bastante distancia del disturbio, Lucía agarró a Laia Sanahuja por la muñeca y tiró de ella en dirección contraria. Era el momento de salir de allí. Laia empezó a correr y Lucía reconoció un rostro entre la multitud que trataba de huir de la casa. Los hombres salían golpeando con los puños pero estaban asustados de que a alguien se le ocurriera prender fuego a la casa y provocar una masacre. Lucía reconoció el rostro altivo y temible de su padre entre el grupo. Daba golpes con un bastón a todo el que se le acercaba y gritaba con desespero. Cerca de la sien resbalaba una gota de sangre vieja. Alguien le ayudaba a bajar los escalones; quien lo hacía sostenía además a un niño que se le agarraba al cuerpo como un mono, rodeándole con brazos y piernas, hundiendo el rostro en el estómago del hombre. Un poco más lejos, la frente inconfundible de Gumersindo Hinni paraba en seco el golpe de una rama que los anarquistas acababan de arrancar de un árbol. Lucía soltó el brazo de su amiga y cruzó la calle en dirección a la casa. Laia trató de impedírselo y gritó aterrada, pero Lucía fue más rápida y se escabulló entre el centenar de personas que luchaban. Cara a cara con su padre, Lucía le ofreció la mano para salir de allí. Él se encontraba enajenado, demasiado viejo para reaccionar rápido. Seguía arañando el aire con el bastón y apretaba los ojos. Cuando la reconoció, tan cerca de él, envidió su juventud y le retiró la mano que le ofrecía de un manotazo. Golpeaba como un anciano, colérico y sin


demasiado tino. Lucía se apenó por la reacción de su padre y se quedó quieta viendo cómo él pasaba por su lado llamando al hombre que llevaba al niño a horcajadas. El hombre desconocido era el marido de su hermana Aurora pero ella lo ignoraba. Al pasar por su lado, él reconoció algunos rasgos de su esposa en el rostro de Lucía, solo que más bellos y puros, bien trazados. Desaparecieron calle abajo, buscando el coche que les había traído. A unos metros de Lucía, Gumersindo Hinni golpeaba a un hombre con el puño. Le había partido la boca y la sangre, al salpicar, le había manchado las manos y el rostro. Al verla a ella dejó caer al hombre. Se acercó hasta Lucía entre los empujones del resto de la gente. Ella seguía en pie, sin moverse. No se dijeron nada.

VIII: En la tierra de las rocas y las vides. 1932. El día en que Violeta Gandieta dio a luz, la luna, en fase creciente, apareció poco después del mediodía interrumpiendo un cielo claro y azul. Era una luna hermosa, plateada y troquelada, brillante y hermética en mitad de la tarde; partida en su mitad superior como si la hubieran mordido desde arriba dejando que su redondeado cuerpo imitara al relieve de una vasija de barro. Más de uno señaló el cielo sorprendido de su adelantada aparición y, sonriendo, apresuraron los pasos de vuelta a casa con la excusa de que, esa tarde, la noche madrugaba. Tampoco hubo nubes y, cuando el día palideció, la luna partida pareció crecer e invadirlo todo. Esa noche no hubo estrellas, salvo en el pensamiento de una madre exhausta y primeriza que buscaba puntos brillantes en el cielo que guiaran los pasos futuros de su recién nacido. Violeta Gandieta se durmió abrazando a su hijo mientras Darío Dosaguas les abrazaba a ambos. Cuando el pequeño nació, su padre se encontraba fuera del pueblo, corriendo. Desde que llegaron, hacía ya varios años, Darío tuvo que recomponerse y recrearse a sí mismo. Lo dejó todo para empezar de la nada, olvidó todo lo aprendido para aprenderlo de nuevo y, ayudándose en todo lo acumulado que escondía muy adentro, observaba la delgadísima línea de luz que, como el alambre de una bombilla, se


formaba en un horizonte totalmente invadido de oscuridad instantes antes del amanecer. Era en esos efímeros segundos que escapaban tan rápido como la gloria algún día imaginada (y deseada) cuando Darío Dosaguas pensaba en su remoto hogar en las montañas, a las que le acompañaba su madre, y en el rostro feliz de sus hermanos. Y justo cuando el sol aparecía deslumbrándole por completo, giraba el rostro hacia su espalda, a su nueva fulgurante vida, donde entretenía gran parte de su tiempo buscando unas montañas como las que recordaba. Sin embargo, el pueblo en el que Violeta y él vivían, y ahora su recién nacido hijo amado, no era otra cosa que una altiplanicie cerca del mar desde donde se atisbaba un bosquejo furtivo, desperdigado y dorado. En nada esa extensión esquiva de avellanos y castaños, que se unían por el roce de las hojas de las ramas más distantes, podía compararse con sus añoradas montañas, ni con el viento frío que aullaba en las vacías alturas, ni con la nieve apretada y espesa que en ese nuevo lugar nunca veían. No, ahora no era un hombre de caminar entre hierbas altas y matojos de flores; ahora era un hombre de mar, de remos y de planos, de viñedos ensortijados e injertados, de aburrido desnivel. También él era nuevo, o tal vez distinto. Era un hombre acostumbrado al tacto del ganado en un lugar donde sólo existía fruta; un hombre acostumbrado a trabajar en silencio en un lugar donde todo era bullicioso; un hombre que antes de llegar a aquel pueblo de pescadores jamás había visto el mar; pero un hombre al fin y al cabo con alma de escritor y manos de inválido. Siempre recordaría la expresión de aquella anciana, la primera persona a la que conocieron en el nuevo pueblo, cuando entre aflicción y revulsión sostuvo entre sus propias manos la extremidad tullida de Darío y, besándole furtivamente en el dorso, levantó los ojos al cielo clamando en silencio a la Virgen protectora de los desamparados. Durante el resto de aquel lejano día de saludos y presentaciones, Darío Dosaguas no cesó de esconder la mano, entre avergonzado y arrepentido. Se instalaron en su nueva casa de una única planta guardada por la sombra de un enorme y grueso árbol completamente hueco; tan cerca del mar que al respirar sentían el salitre rozando los senos de la nariz. Violeta llenó de color cada rincón del nuevo hogar y sorprendió a Darío apareciendo desde cualquier recodo, con el rostro pleno de excitación ante cualquier descubrimiento: como la terraza enlosada en la azotea donde tendían la ropa al sol; o las vetas doradas de la madera de las


camas simulando cuerpos de serpientes y espirales sinuosas; o los montoncitos de arena que se acumulaban en los rincones a pesar de vivir en las rocas, lejos de la playa. Darío alzaba la mano contra el sol y, en los destellos y las sombras que arrastraba con los dedos suspendidos sobre el cielo, contemplaba con asombro y pena la deformidad de sus falanges y el muñón abultado de su palma. Entonces, recordaba que un día tuvo sueños. Y, al descender la mano, comprendía que su futuro estaba en ese mar tan amplio y escondido, en esa agua tan inmensa como el alma. También fue cuestión de sentido común. Lejos de su casa y de su familia, en un pueblo donde no existían las vacas, poco podía hacer Darío con su experiencia. Y aunque fueran talentos desperdiciados era preciso descubrir al tiempo, anticiparse al futuro y adaptarse a una nueva vida. Tal y como había quedado su mano derecha, tuvo que conformarse con aquellos trabajos que no precisaran una destreza especial ni, por supuesto, manual. Le recomendaron hablar con mucha gente, en aquellos tiempos el lugar crecía como la espuma junto a las rocas y cada vez eran más necesarios los jóvenes en los más variados trabajos. Y como Violeta y él tenían que empezar desde cero, aceptó varios de ellos: aprendió a recoger racimos de uvas en los viñedos, aunque fue más útil en las épocas de vendimia con la fuerza de sus hermosos pies descalzos; practicó la pesca y el modo de lanzar y recoger las redes en alta mar; y corrió. Corrió tanto y tan rápido como le permitió el viento con su enorme cuerpo; desafió lo preestablecido y conocido; y sorprendió a propios y extraños recorriendo en tiempo récord la distancia que unía ese pueblo con el vecino, también de pescadores. Por eso, cuando Darío Dosaguas no trabajaba, corría. Tan rápido como le permitiese la naturaleza, huyendo de su pasado y de sí mismo. Por las noches, agotado por el esfuerzo, se sumía en el cálido corazón de Violeta Gandieta y su hogar de color.

IX: Rubén viene y Lucía se va. 1934. El mes de julio de 1934 se cumplían seis años y medio desde que Lucía abandonó la vida en el pueblo de Marcelo Dosaguas. Era


demasiado el tiempo que la separaba de sus dos hijos, más aún teniendo en cuenta que no había regresado a la casa del pueblo en esos años y que, si había visto a sus hijos, era porque había conseguido traerlos a Madrid convenciendo al terco Marcelo, que siempre ponía reparos para hacerle daño. Lucía decidió que era el momento de empezar a cambiar las cosas y se propuso traer a su hijo Rubén con ella. Aunque faltaban unos años para que éste comenzara su formación universitaria, Lucía fue en persona a hablar con la Institución Libre de Enseñanza para ver si era posible que Rubén estudiara en un curso especial adaptado a sus catorce años. Y el temor primigenio que llevaba encima la abandonó de inmediato cuando su amigo Alberto Jiménez le comentó que tenían algo especial para las familias que deseaban formar desde pequeños a sus hijos en el libre pensamiento. Lucía imitó la sonrisa de Alberto y escuchó con detenimiento las explicaciones que le dio sobre los “cachorros blancos” de la Institución. Era un modo afectuoso de llamar al grupo de menores a los que impartían clases. Por aquel entonces en Madrid era muy habitual que las familias adineradas contrataran profesores particulares para sus hijos y que éstos recibieran formación reglada en su propio hogar. Este hecho movió a la Institución a crear una sección especial para formar en la Residencia a todos aquellos jóvenes que vivían fuera de Madrid y que deseaban comenzar su educación antes que sus estudios universitarios, orientándoles en sus principios inspiradores antes de tiempo. De este modo, los cachorros blancos compartían habitaciones en una parte especial de la Residencia. Lucía se mostró satisfecha y, aunque todavía tenía que hablar con su hijo para comentarle la idea de traerlo anticipadamente a Madrid, pidió a Alberto Jiménez que fuera preparando la documentación necesaria para matricular a Rubén en la Institución el curso siguiente, que comenzaría el próximo septiembre. Marcelo fue el primero en negarse a que Rubén se marchara a Madrid. No ponía impedimentos a que su hijo estudiara porque de ello dependía el futuro de la familia, pero no soportaba la idea de que Lucía se lo arrebatase y lo retuviese a su lado. Era demasiado el tiempo desde que Marcelo la perdió a ella y, sin Rubén, tendría que soportar demasiadas carencias de amor. Bastante había sufrido ya. Sin embargo, el entusiasmo que manifestó Rubén fue determinante para ablandarle el corazón. El chico deseaba aprender, quería ser escritor; Marcelo temió que pudiera repetirse la historia vivida con Darío, de modo que cedió y permitió que Lucía se llevara a su hijo a la ciudad. Creyó que una vez allí podía


cambiar de idea y acabar estudiando veterinaria como quiso siendo un niño. Aquello sí que habría sido útil para la vaquería Dosaguas. Pero las cosas, nunca fueron como las pretendió Marcelo. En contra de todo pronóstico, la que más se alegró de la marcha de su hermano fue Rosa. Compartía un sentimiento íntimo con él de modo que si él estaba con su madre sería como si ella misma estuviera con los dos. Claro que a Rosa no le apetecía dejar el pueblo, ni a su padre, a las vacas ni a su hermano Jaime para estudiar en una ciudad ruidosa y llena de gente. Rosa tenía otros talentos, más humanos. Y para desarrollarlos no necesitaba salir del pueblo. Amaba las flores, el campo, cocinar en el horno de piedra, ordeñar las vacas, escribir poesía junto al tronco del roble o nadar en la piscina. Rosa siempre se negó a viajar a Madrid, no porque no lo deseara (soñaba con vivir con su madre y aprender cosas de ella) sino porque la vida en el pueblo era su principal libro de aprendizaje. En los últimos años, tras la enfermedad de Marcelo, todo había empeorado. Las condiciones económicas de la vaquería se resentían, el trabajo se repartía entre menos manos, y apenas contaban con otra ayuda que la de Blas Pereira. Nada le confesaron a Lucía para que no se preocupase. Sabían que no podía volver. Y el dinero que ella enviaba iba directo a un frasco de conserva sobre la alacena de la cocina que Marcelo se negó a utilizar. Rubén llegó a Madrid con la energía de un devorador de descubrimientos. Encontró la ciudad repleta de vehículos circulando, gente vendiendo por las calles, puestos y mercados, el sereno con su voz alta, o las niñas riendo y gritando de vuelta del colegio. Las grandes avenidas, los parques, las exposiciones de arte, los pintores de calle copiando la realidad, grandes edificios, decenas de cláxones sonando, todo era nuevo, indescriptible. Su madre se dio cuenta de la ayuda que le podía ofrecer y le facilitó el aprendizaje en todas sus pasiones. Igual que ocurrió en los tiempos de las reuniones en el jardín, Lucía organizó encuentros literarios en casa de Julia Salinas, donde vivía; allí un variado y renovado grupo de personas ponían en común sus ideas, escritos y proyectos de publicación; también se citaban en los cafés del centro, discutían tendencias y discursos, observaban las nuevas pinturas del Museo del Prado y las conocidas que decoraban las paredes de los hoteles, de las galerías de arte o de los cafés. Y aprendían poniendo en común críticas y opiniones. Rubén entró en aquellos grupos como un


adulto más; los amigos de Lucía se lo facilitaron, por el respeto y el cariño que le debían a ella y por la admiración que él despertaba con sus escritos, narrando historias y mostrando razonamientos. Entre tanta gente, Rubén conoció a Julia Salinas mejor de lo que lo hizo en su primera visita a Madrid acompañando a la enferma Trudi Valiente. Le llamó la atención su aspecto cuidado de señora madura, las faldas (que se estrechaban conforme el largo cubría las rodillas), la contención de emociones. Se peinaba el cabello rubio desvaído con un enorme recogido enroscado en la parte alta de la cabeza. Sin apenas maquillaje, salvo en los párpados, en el rostro relajado. Julia Salinas ejerció con ellos de madre y de casera a partes iguales; medio Madrid conocía su cocido madrileño, hasta los restaurantes cercanos habían oído hablar de él porque los amigos de Julia pedían ese plato siempre que pasaban cerca de su casa; Rubén, por su parte, la adoraba por la paella que hacía los domingos. Poco después de que Rubén comenzara las clases, la situación cambió de forma radical. En los primeros días del mes de octubre de 1934, estalló la revolución socialista de Asturias y, con ella, se produjeron levantamientos en las principales ciudades del país. Se convocó una huelga general que, en algunos puntos fermentó en una verdadera insurrección. En Asturias se abolió la propiedad privada y la moneda y se formó un ejército proletario, mientras que en Cataluña Lluís Companys proclamó el Estado Catalán. Fueron tiempos anticipatorios, premoniciones de lo que se acercaba. Y como las ramas de un bosque que se intuye, como los giros al que obligaba el bosque circular, Lucía supo que su mundo, el mundo que todos querían cambiar, se tambaleaba. En Madrid, día a día, se recrudecieron los disturbios, crecieron las reivindicaciones y se aplastaron. Lucía se mantuvo firme entre sus amigos, hasta el día en que el presente le obligó a mirar hacia el futuro, como en una mala película de cartelera. Lucía, sin dejar de correr, se refugió a la entrada de un cine. La taquilla estaba cerrada y el mostrador revuelto daba la impresión de que lo habían abandonado apresuradamente. Se acercó a la puerta y, al empujarla, se sorprendió de que estuviera abierta. Varias mujeres corrían por la calle con las ropas rasgadas en algún forcejeo y la bandera anarquista yacía en medio de la acera, azotadas las puntas por el aire. Mirando atrás para comprobar que nadie la vigilaba, entró al cine para esconderse. No había luz en el interior, todo se encontraba en silencio.


Dio pasos cortos para no hacer demasiado ruido y avanzó por la sala de entrada hasta donde se encontraba el bar. El enorme vidrio color plata que decoraba las estanterías se encontraba rajado de parte a parte y el líquido de varias botellas, así como los fragmentos rotos de cristal, se desparramaban por el suelo. Avanzó pisando cristales y se ensució la mano al pasarla involuntariamente por la barra del bar. A la izquierda, se encontraba el pasillo que conducía a la sala cinematográfica. Miró atrás al escuchar unos disparos que sonaban en la calle y se deslizó por el pasillo. La sala estaba en completa oscuridad salvo por el reflejo que se vertía en la pantalla. Una de las bovinas se había terminado y el proyector seguía en funcionamiento emitiendo la imagen de uno de los extremos de la película girando sin cesar. En la pantalla, imágenes negras bañadas de blanco iban y venían como aves revoloteando en un cielo bajo y tormentoso. Lucía escuchó pasos que se acercaban. Alguien debía haberla seguido. Por un instante deseó que fuera una de esas mujeres que corrían asustadas como ella o un miembro de la UGT que se hubiera alejado de su grupo. Pero la suerte no debía estar de su parte. Se introdujo en una fila de butacas, la número once, se tumbó en el suelo mugriento y bajó los asientos para cubrirse con ellos. Temblaba de miedo. La puerta de entrada a la sala rechinó levemente. Alguien estaba entrando. Escuchó los pasos golpeando en la moqueta. Se acercaban. Después, el sonido de los asientos al levantarse para comprobar que no hubiera nadie escondido. Cuando ya todo era inevitable, Lucía giró el rostro para ver quién levantaba la butaca que la ocultaba. El miedo la confundió en un primer momento. Pero luego supo que había visto ese rostro antes de ese día. El hombre se acercaba empuñando un arma. Esperó a que ella se diera la vuelta como si le pareciera inmoral dispararle por la espalda. Y si Lucía no se hubiera girado él la habría obligado antes de disparar. Escuchó el disparo. Sonó sordo por la proximidad a la que el hombre se encontraba pero enseguida resonó por toda la sala y generó un eco atroz como en las primeras películas de cine negro. Lucía pudo ver el humo débil que salía por el cañón del arma después de dispararse. Pero no le alcanzó. Lucía se incorporó hasta sentarse e intentó levantarse de la fila de butacas asiéndose con las manos a donde pudo. Trastabilló convulsamente y volvió a caer. Retrocedió como un cangrejo perseguido mientras el hombre de cara conocida la perseguía por la hilera de butacas. No volvió a disparar. Ahora, después


de fallar, la quería a ella. Lucía recorrió toda la largura de la fila y, cuando llegó a la pared del otro extremo de la sala, logró ponerse en pie. Se quedó clavada a la pared sin moverse. Ya nada podía hacer pues el hombre estaba a un metro de alcanzarla. Ni siquiera sonreía. Era malvado, cruel. Y aquella cara… dónde lo había visto antes… Espera, gritó la voz de otro hombre desde la puerta de entrada a la sala. Lucía no pudo ver más que la silueta del hombre. La luz procedente de la calle y del bar penetraba por la puerta abierta de la sala pero se perdía en la espalda del hombre y su rostro quedaba oscurecido por las sombras. También creyó reconocer la voz de ese segundo hombre. Miró con atención. Los hombros, las piernas. Y aguardó a que hablase de nuevo. Déjala tranquila, es la hermana de Aurora. Y entonces supo de quién era la voz. El hombre que empuñaba el arma acercó el cañón hasta la frente de Lucía. Todavía estaba caliente y le quemó la frente. Ella no parpadeó. El hombre acercó el rostro hasta tener sus ojos a cinco centímetros de los de Lucía. Tenía la mirada despiadada, atroz. Lucía quiso retirarse pero ya estaba contra la pared así que soportó el aliento agrio del hombre respirando sobre ella. Fue entonces cuando supo dónde lo había visto antes. Fue tres años antes, el día de los disturbios en que trató de ayudar a su padre a salir de una casa que intentaba incendiar un grupo de anarquistas. Ese hombre que la apuntaba y que paseaba el cañón de su arma por la mejilla de Lucía hasta rozarle los labios era el hombre que sostenía en su costado a un pequeño con uniforme falangista. Y el que acababa de hablar no era otro que su antiguo amigo de fiestas nocturnas Gumersindo Hinni. Pero qué había dicho de Aurora, por qué mencionaban a su hermana esos hombres. ¿Acaso Gumersindo logró su ascenso político casándose con Aurora? El hombre retiró el arma lentamente, la guardó en su funda y subió las escaleras que bordeaban las filas de butacas. Su paso era enojado. Ni siquiera se volvió a mirar a Lucía, pasó por el lado de Gumersindo Hinni y desapareció tras él por la puerta que daba al bar. Gumersindo observó a Lucía un instante más. De nuevo se alejó sin decir nada. Lucía se dejó caer sobre la moqueta del cine y quiso perder la consciencia. Pero se quedó allí, aturdida, herida de los nervios, angustiada. A punto había estado de morir de no haber sido por Hinni. Y pensó si todavía él la quería. O si había llegado a quererla alguna vez algo más que a sus ansias de poder.


Tardó más de la cuenta en regresar a casa de Julia Salinas. Cuando llegó la desnudaron, la metieron en la bañera con agua hirviendo y la acostaron en la cama para que se recuperara. Las ojeras invadían su cara y una señal roja enmarcaba el centro de su frente. Temblaba al hablar y movía los dedos de las manos sin voluntad como víctima del shock. A su lado, su hijo Rubén la consolaba susurrándole cosas al oído. Julia Salinas les contó que ya se hablaba de los generales Franco y Goded como los salvadores de la nación. El fascismo se había impuesto y afloraba lentamente calando en su República. Tenían miedo, pero callaban. Asturias había caído y las dos mil personas (la mayoría mineros) que se reunieron en la plaza del Ayuntamiento para proclamar la República socialista habían sido fuertemente reprimidas y encarceladas. En Madrid la situación había sido similar aunque a una escala algo más reducida. Miembros del Frente Popular habían sido arrestados y condenados de inmediato a cadena perpetua. El mundo que conocían se desmoronaba en pedazos, su sistema democrático se resentía con derechismos imperialistas. Cuando Lucía se recuperó, una larga semana después, tomó una de las decisiones más duras de toda su vida. Posiblemente tan dura como la que tomó al marchar del pueblo de Marcelo. Lucía decidió abandonar Madrid por el bien de su hijo. Su implicación en la vida política era tal que de quedarse con Rubén haría peligrar su vida. Tuvo miedo de que pudiera pasarle algo si decidían tomar represalias contra ella. Tuvo miedo de que malinterpretaran sus ideas, sus reivindicaciones socialistas. Hinni, Dechent, e incluso el general Goded, la conocían y sabían dónde localizarla. Si se quedaba tal vez haría peligrar todo aquello por lo que ella luchó para que su hijo fuera a la ciudad. Esperó a que llegara la tarde para despedirse de Rubén. Se encontraron a medio camino entre la Residencia de Estudiantes y la Puerta del Sol en una librería que ambos frecuentaban. Lucía apareció vestida de blanco pese al frío de la tarde, chaqueta de cuello alto levantado con una pelliza en el borde exterior, bolso de mano y ojos tristes. Compró para su hijo un libro de Kierkegaard y “Poemas” del poeta y dramaturgo inglés Wystan Hugh Auden. Rubén comprendió todas sus palabras pero no pudo evitar las lágrimas. Surgieron espontáneas y Lucía se asustó porque nunca antes lo había visto tan afligido. Se abrazaron.


Con pesar, supo que todos los besos del mundo no bastarĂ­an para compensar la distancia que les separarĂ­a desde ese momento.


TERCERA PARTE Enrique, 1934-1936

Una vez, mucho después de todas esas desgracias que he contado, soñé con usted, sin conocerla; usted venía hacia mí por ese campo. Me desperté con un sobresalto, sudando, y vi a Mariette dormir a mi lado, y me levanté para escuchar la respiración de mi hijo. Había tenido un mal sueño y me quedaba el miedo. “Largo domingo Sébastien Japrisot

de

noviazgo”,

A veces los demonios ayudan. Pero hay que ir con cuidado. A veces pueden ayudarte a llegar al infierno. “Imágenes”, Ingmar Bergman


I: Enrique Rialme vuelve al pueblo que le vio nacer. 1934. Después de casi diez años de ausencia, Enrique Rialme regresó al pueblo que le vio nacer. Consiguió un puesto de trabajo en el antiguo molino de trigo que se encontraba a las afueras, al noroeste del pueblo, cerca de una casa baja de adobe que amenazaba con hundirse a cada salida del sol; negoció durante días con el dueño del molino y de la casa (que los heredó del desventurado José Verlado tras morir asfixiado con un hueso de pollo) hasta convencerlo de que él, a sus dieciocho años, era suficientemente capaz y curtido en el trabajo como para encargarse de los problemas que conllevaba un molino. No fue fácil puesto que el dueño, un hombre desconfiado y huraño, prefería contratar a uno de los hermanos Lisia, de edad parecida a la de Enrique, por la amistad que guardaba con el padre de éstos; y, aunque no lo quisiese reconocer, por temor a las represalias que podía provocar una negativa a los Lisia. Pese a todo, la insistencia de Enrique venció en tal dura batalla moral. Volver al pueblo natal no le provocó espasmos en el estómago ni sensación de ansiedad como les ocurría a otras personas que se reencontraban, tiempo después, con el pasado. Tenía tan solo ocho años cuando sus padres se trasladaron a un pueblo cercano pero él era lo suficientemente grande para recordar cada una de las casas, cada recodo secreto y a cada uno de los habitantes del pueblo (a los que el tiempo apenas había rozado), como para no necesitar añorarlos. De hecho, uno de los motivos que les llevaron a abandonar el pueblo fue que ya no conservaban ningún lazo de sangre que les aferrase al lugar ni mantenían una amistad cordial y sincera con los vecinos. Simplemente dejaron pasar su existencia en aquel lugar minúsculo y perdido del resto del mundo hasta una mañana en la que el padre Rialme despertó de un sueño y sentenció que debían marcharse. Hicieron el equipaje, vendieron la casa y las pertenencias y abandonaron aquel pueblo aburrido de gentes insociables al que Enrique regresaba ahora. Lo único que perturbó el ánimo de Enrique Rialme la mañana de su regreso al pueblo, hasta el punto de que su vientre tembló como lo hacía el de los niños en las noches de tormenta, fue la contemplación del bosque que se extendía en forma circular a la entrada. Se sorprendió porque, en todos esos años, había olvidado por completo la terrorífica presencia de ese bosque del que todos se apartaban con una expresión de


miedo en el rostro, como el traumado que borra de su memoria el acontecimiento desencadenante de su trauma. Enrique Rialme, cargado con una pequeña maleta y un fardo de tela recia, llegó a pie por el camino ancho de tierra que trazaron sus antepasados a finales del siglo pasado, décadas antes de que naciera; atravesó un terreno arenoso y árido, demasiado amplio para la vista, llano y desolado de vegetación, en el que el sol clamaba justicia eterna sobre los osados caminantes que recorrían sus palmos. Fueron los lugareños, hoy ancianos o muertos, quienes promovieron el trazado actual del camino que comunicaba el pueblo con otro vecino, a unos veinte kilómetros de distancia. Fue así por el único motivo de que el camino original, el que trazó la propia y sabia naturaleza, el que había existido desde tiempos inmemoriales, cruzaba por el interior del bosque circular que nacía al este del pueblo, a los pies de las montañas. Y es que aquel bosque circular, tal y como contaban los más ancianos, estaba maldito. Quienes penetraron en su interior habían desaparecido sin traspasarlo por completo. Se decía que devoraba a la gente. Trazaron el nuevo camino para no quedar aislados del resto del mundo. La contemplación del bosque al pasar por su lado enturbió los recuerdos de Enrique Rialme hasta el punto de que, como el niño que una vez fue, salió corriendo camino arriba hasta las primeras casas de piedra y la calle que conducía a la plaza principal, mientras el polvo se levantaba y trazaba un surco en el aire evidenciando su paso. Enrique Rialme se instaló aquella misma mañana en la pequeña y descuidada casa de adobe que había junto al molino, a cambio del pago de un justo alquiler que le sería deducido semanalmente de su jornal. Aunque no le fue fácil hacerse a la idea de vivir entre esas paredes y bajo un techo que amenazaba con hundirse en la primera lluvia de primavera, pronto se habituó a esa misma inestabilidad. Poco pudo hacer por mejorar la casa. Mejor dicho, nada hizo para mejorar la casa. Un enorme madero, florecido por la humedad, soportaba en la parte trasera el peso de una de las paredes que amenazaba con desplomarse; y la puerta de entrada, desvencijada e insegura frente a cualquier robo, rechinaba lastimeramente. Así se sintió los primeros días en su pueblo natal: lastimero y solo, perdido en un pueblo entre las montañas cuyos bosques estaban malditos. Pensó que quizá un día sería interesante acercarse hasta el comienzo del bosque y sentir alguna sensación nueva, aunque fuese el pánico que tantos otros habían sentido al traspasar los primeros árboles,


aunque fuera por el reto de desafiar a la propia naturaleza. Quedó pendiente ese pensamiento. A menos que algo más estimulante entrara en su vida. Los días pasaron tan rápido que pronto hizo un año. Fue entonces cuando Enrique Rialme se dio verdadera cuenta de las razones que, en su día, llevaron a su padre a abandonar el pueblo: la vida se escapaba sin ninguna permanencia, sin ningún acontecimiento que perdurase a los ojos de la propia existencia y de los demás. Era como vagar antes de la muerte, como una antesala vacía y sin esquinas que se extendía a lo largo y lo ancho del pensamiento cubriéndolo todo. Nada había acontecido durante aquel año y, de seguir así, nada acontecería nunca en su vida. El amanecer funcionaba como resorte para enviarlo de camino al trabajo en el molino, unos cuantos pasos más arriba de su casa, giraba y giraba como los animales de tiro moliendo los sacos de grano que se acumulaban en los graneros y que, regularmente, iba reponiendo el propietario. Éste le traía la comida semanalmente y se la deducía del jornal. Unas cuantas legumbres, pocas verduras y mucha carne adobada con la que aguantaba hasta el siguiente encuentro. Conseguía huevos de las gallinas que cuidaba en un minúsculo corral detrás de la casa, siempre a la sombra, y la leche se la traía diariamente un vecino que trabajaba más allá, en el campo, con el que apenas intercambiaba unas palabras. Enrique descansaba para comer y continuaba moliendo en el molino, matando hora tras hora, aniquilando cualquier resquicio de vivencia que le pudiera aportar el pueblo. Terminaba antes de caer el sol y, entonces, estaba tan cansado que se sentaba en una silla a la entrada de la casa a observar las casitas bajas de la lejanía, tranquilas y quietas, sin ningún alboroto. De vez en cuando, los niños se acercaban al molino para tocar a las gallinas y preguntarle cosas, ya que no era más que un misterioso desconocido. Luego, la noche traía sus sueños, de vez en cuando perturbados por la imagen cercana del bosque que avanzaba hacia él ganando palmos al suelo y enseñándole sus dientes. Un día ventoso, antes de comenzar el otoño, se sentó como todas las mañanas a la puerta de su casa en espera de que su vecino Manuel Samaño, el que trabajaba en el campo, le llevara el habitual jarro de leche fresca. Esperó tapado con una manta, intranquilo al advertir que se retrasaba. El sol comenzó a elevarse en el cielo anunciando ya el retraso en el trabajo. Le resultó muy extraño que una persona tan puntual y


rutinaria como Samaño fallara una sola mañana por lo que enseguida imaginó que algo malo le habría ocurrido. Subió hasta el molino para comenzar el trabajo que no podía abandonar y decidió que se saltaría el descanso de la comida y terminaría más pronto de lo habitual. De este modo, se asearía un poco y, antes del atardecer, se acercaría al pueblo para interesarse por lo ocurrido hasta la casa donde, en una ocasión, el hombre le dijo que vivía. Llegada la tarde, dudó si debía acercarse a la casa ya que el hombre o su familia podían pensar que la visita estaba más motivada por la ausencia de la leche de la mañana que por un interés o preocupación que no había mostrado en el tiempo que llevaba en el pueblo, pues nunca antes les había visitado ni había sido sociable con los vecinos. Sin embargo, después de darle muchas vueltas, decidió acercarse hasta la casa. Cuando llegó, las ventanas estaban cerradas y la casa aguantaba el silencio. Se preguntó si les molestaría la visita pues, probablemente, alguien se encontraba enfermo. Golpeó la puerta con los nudillos y aguardó temeroso de quien saliera a recibirlo. Abrió la puerta una niña rubita de unos diez años a la que nunca había visto. Tenía las facciones del padre aunque difuminadas por tan tierna edad. Preguntó si sus padres estaban en la casa y la niña, sin decir palabra, señaló una habitación en el interior. Entró en silencio mientras la niña cerraba la puerta y desaparecía en la oscuridad. Continuó hasta la habitación que le había indicado la niña con uno de sus pequeños dedos. La puerta estaba cerrada y debía llamar de nuevo. Otra vez la sensación de malestar por la intromisión se coló en su garganta. Esta vez aguardó más tiempo sin ser recibido. Volvió a llamar y, entonces, lamentó haberlo hecho porque supo que algo terrible aguardaba tras la puerta. Fue una sensación extraña pero certera. Sin haber visto antes el cuarto que le esperaba tras la puerta pudo sentir que la cama, demasiado estrecha como para ser la habitación de matrimonio, estaría en el lado de la izquierda, flanqueada por una pequeña mesilla y una lamparilla de aceite. Casi pudo ver, antes de que se abriera la segunda puerta a la que llamaba, la figura de la esposa de Manuel Samaño, oronda y sin formas, con las manos gruesas frotando los ojos empañados en lágrimas. Dio media vuelta para escapar de la casa en el mismo momento en que se abrió la puerta y apareció la mujer. Era oronda, como la había imaginado; sus cabellos estaban escondidos tras una mantilla negra raída por los años y por un uso desmedido; y las manos, que no frotaban las lágrimas del rostro, pendían inertes en el aire a medio camino entre el costado y los hombros. Mostró expresión de


incredulidad y extrañeza, no preguntó nada verbalmente pero Enrique comprendió que debía responderle y explicarle quién era y cuál era el motivo que lo había traído hasta allí. Mientras hablaba, en voz muy baja y pausada para que la mujer, que parecía perdida, le entendiese, observó el cuerpo de Manuel tendido sobre la cama, vestido con el que seguro era su mejor traje. Tenía una expresión forzada en el rostro, como si la sorpresa hubiese interrumpido su vida. La luz de la lamparilla hacía ondular las sombras con unos destellos anaranjados que a Enrique se le antojaron diabólicos. Deseó salir de allí inmediatamente e imploró al cielo para que esa mujer no le invitara a acercarse a su fallecido esposo. Se fue retirando lentamente, como el murmullo intencionado de sus palabras, y la mujer ni se dio cuenta de que marchaba. Se quedó de pie, ante la puerta, con la mirada caída en dirección al suelo. La niña rubita regresó hasta su madre desde las sombras y la acompañó al interior del cuarto. Ya fuera, descendiendo por una de las innumerables cuestas empedradas que existían en el pueblo, Enrique Rialme paseó por las antiguas calles que observaron su infancia. La casa que fue de su padre pertenecía ahora a otra familia de la que desconocía absolutamente todo. Tampoco le interesaba demasiado, a decir verdad. Regresó a la casita de adobe junto al molino dudando si el tejado aguantaría la violencia del viento que se acercaba desde las montañas y ese mismo pensamiento le hizo girar la cabeza en dirección a ellas. Pero entonces, Enrique Rialme se sorprendió observando, de nuevo, el bosque circular. Bajo un cielo plomizo totalmente blanco, a través de una tonalidad niebla entre lo metálico y lo sucio, emergía un borrón de oscuridad intensa sobre cuyos relieves parecían saltar destellos eléctricos, como las descargas que generan las anguilas bajo el agua al mover el espinazo. Era un fulgor extraño e irreal, como si la química se hubiera aliado con el demonio para crear un color imposible, magnético, vivo. Las puntas de las hojas que conformaban el relieve más extremo del bosque oscilaban nerviosas como la piel de una serpiente deslizándose, hasta el punto de parecer humanas. El interior del bosque, imposible de adivinar, era un todo negro, inquieto y expectante. Aguardaba a que la lluvia se decidiera a descargar. Y era como si el universo entero se hubiera concentrado en aquellos palmos de tierra invitando a todos los fenómenos conocidos a combinarse, a crear la mágica fórmula de lo imposible. Enrique Rialme sintió un escalofrío. Y echó a correr.


Aquella noche, sus sueños se convirtieron en una amarga pesadilla. No soñó con el hombre fallecido que todas las mañanas le traía la leche sino con el bosque. Se vio a sí mismo junto a los árboles que delimitaban la entrada, extrañamente altos y pegados unos a otros de modo que impedían la perfecta visibilidad a través de ellos. Las hojas se movían con virulencia ante su rostro lanzando un pesado polvillo terroso y anaranjado como el que se extendía en todo el paraje que rodeaba el bosque. Era como si el viento atrajera el polvo hacia el interior y luego lo expulsara por la única entrada que existía en el hueco que formaban esos dos árboles paralelos tras los cuales aparecía un camino, salteado por hierbas que crecían salvajes ante la ausencia de pasos. Fue entonces cuando el viento dejó de soplar sobre él y comenzó a succionarlo rápidamente tratando de absorberlo al interior y tragarlo de un bocado con dientes afilados. Se aferró a los troncos de los árboles paralelos de la entrada mientras sus piernas volaban atraídas por la ferocidad de la succión interior. Se agarró a lo imposible como los cerdos cuando son conducidos al matadero pero, sin poder evitarlo, sus dedos se soltaron y el verdor ondulante del bosque lo engulló. Despertó cubierto de sudor y permaneció tembloroso y con los ojos fijos en la oscuridad temiendo que las cosas que veía pudieran convertirse en realidad. Enrique Rialme permaneció en vela durante toda la noche por lo que, a la mañana siguiente, el cansancio se había adueñado de sus músculos hasta anularlos por completo. Se levantó con dificultad y, sin vestirse ni asearse, salió a la entrada de la casa, al aire libre y fresco de la mañana, y se sentó en la silla que permanentemente le aguardaba en la misma posición. Ante él se extendía el pueblo. Estaba tranquilo y dormido, entre sombras, como las gallinas del corral. El sol apenas había comenzado a destellar en el horizonte cuando descubrió una figura en movimiento que descendía por una de las cuestas que delimitaban el final del pueblo. Por el trayecto que estaba tomando, Enrique se dio cuenta de que esa persona caminaba hacia la casa. Entonces cayó en la cuenta de que el campo en el que trabajaba diariamente el fallecido Manuel Samaño había quedado sin nadie que lo atendiese y, lo más seguro, esa persona que se acercaba supliría sus indispensables tareas. Quizá era uno de los hijos del fallecido al que no llegó a conocer la noche anterior, o quizá un vecino del pueblo que pretendía ayudar a la viuda a remontar tan terrible tragedia familiar. Cuando la distancia permitió que sus ojos se agudizaran lo suficiente como para distinguir las formas de la persona que se acercaba, se dio


cuenta de que era una mujer muy joven, que caminaba despacio cargando un objeto metálico en una de las manos. También advirtió que el paso era entrecortado, como si acusara una cierta cojera en una de las piernas. Enrique se alisó el cabello con una de sus manos, humedeciéndola previamente con un poco de saliva para que se fijara y no quedara revuelto. Aguardó sentado en la silla hasta que la joven se acercó a la casa. Ésta quedaba cerca del camino principal separada de él por unos cuantos pasos de camino secundario, también de tierra. Enrique se levantó de la silla y se dirigió hasta donde estaba la joven para recibirla, sorprendido de que ella se detuviera en ese punto. Pensó que quizá buscaba algo de conversación ya que nadie más transitaba a esa hora los caminos y su carga parecía ser lo suficientemente pesada como para tomar un breve descanso. La joven dejó la cisterna que cargaba y extrajo un pequeño pañuelo con el que secarse el sudor de la frente. Todavía era temprano para que apretara el calor pero el esfuerzo que tenía que hacer cargando la cisterna la agobiaba. Fue entonces cuando desveló el misterio de su presencia. Enrique escuchó el sonido de la voz de la joven como si de un regalo se tratara. Hasta ese día no había conocido a ninguna de las muchachas del pueblo; se preguntó si todas serían tan bonitas como ella, aunque lo dudaba. Tenía un rostro agradable y sereno, en parte por la juventud y en parte por el propio carácter apacible. La joven dijo llamarse Rosa Dosaguas y ser la hija del dueño de la vaquería, la que se veía al fondo a la derecha antes de llegar al valle bajo las montañas y al comienzo del bosque. Enrique dirigió la mirada hacia la vaquería cuando la joven la mencionó y pudo apreciar cómo brillaban los ventanales con la luz del sol que despuntaba. El rostro de ella también brilló. Rosa le contó que acababa de enterarse de la muerte del campesino Samaño, a cuya casa repartía leche cada mañana; la desorientada mujer del finado, entre balbuceos y arrastres de los pies, mencionó en mitad del pasillo que su marido llevaba cada mañana un cazo de leche al molinero y que, ante tan terrible ausencia, llevaría ya dos días sin desayunar. Mencionó algo acerca de un agradecimiento que le debía por una visita y se lamentaba de no haberle recibido con la cordura merecida. Debido al estado en que se encontraba la señora de Samaño, Rosa dudaba si en verdad había querido decir eso u otra cosa. Enrique Rialme reconoció que, en todo el tiempo que llevaba en el pueblo desde que retomó el trabajo del anterior molinero, Manuel Samaño había sido el único con el que se relacionaba, sin que eso hubiera llegado a calificarse de amistad. Rosa sintió un gran


desconsuelo, en especial por la situación en la que quedaban la mujer del fallecido y los pequeños, pero ya poco podía hacerse. Aunque tardía, Rosa dio la bienvenida a Enrique y se comprometió a llevarle todas las mañanas una cisterna pequeña de leche. Él trató de comportarse de forma cortés, como hacía tiempo que no practicaba, y alabó el sabor de la leche, a la vez que ella sonreía echándole todo el mérito a unas vacas bien alimentadas. Enrique se lo agradeció pero opinó que para ella sería una molestia tener que desplazarse tan lejos y desviarse de la ruta diaria; lo dijo sin pensar en el inconveniente que le suponía a la joven caminar con la cojera pero ella, al oír sus palabras, se sonrojó y pareció incomodada. Disimuladamente, trató de esconder la pierna izquierda detrás de la derecha para ocultar su defecto físico. Enrique, al advertir la inconveniencia de sus palabras, bajó la cabeza mirando al suelo, cerró los ojos con disgusto y se disculpó. Fue entonces cuando Rosa Dosaguas advirtió en el joven una modestia y una sencillez de comportamiento que no había encontrado en otros jóvenes del pueblo. Apenas intercambiaron más palabras; Rosa le indicó que debía volver pues tenía mucho trabajo hasta terminar la mañana. Se despidieron y, mientras la joven regresaba por el camino, Enrique no pudo desviar la mirada de esa cojera que ahora se volvía más pronunciada al sentirse descubierta. Poco después, Enrique dejó que los pensamientos volasen lejos de la rutina del trabajo y se descubrió deseando la llegada de la joven con la que, al menos, podía conversar. El mes de mayo de 1935 fue excepcional para todos ellos. Durante mucho tiempo, los años habían pasado como un suspiro, sin tiempo para reponer aire en el interior del pecho y, sin embargo, en sólo un mes, los acontecimientos se acumularon inciertos. Por un lado, Lucía, ausente durante casi una década, regresó al pueblo de los Dosaguas como una estrella refulgente pero fugaz, esquivando su paso por la casa de Marcelo (a la que se le negó la entrada). Por otro, Rosa y Enrique rompieron la tradición familiar y organizaron una boda religiosa en las montañas. Se reunió prácticamente toda la familia (a excepción de Darío) y la vida entera de todos ellos comenzó a cambiar de forma definitiva. Tal vez fuera éste el momento en que los acontecimientos se decantaron por el lado que fue determinante. O tal vez fue la excepción en la regla general de sus vidas. Por unos días, fueron felices y vivieron más juntos y más lejos unos de otros que de costumbre. De tan extraño como era todo,


cuando pasaron esas dos semanas ninguno supo de verdad si había vivido lo que recordaba o todo había sido un sueño. Comenzó con la llegada de Rubén desde Madrid. Aquella fue la última vez que su familia le vio con la apariencia de un niño, ya que después del verano su voz y su cuerpo se transformaron y aniquilaron la imagen que todos amaban de él. Aunque amaron más aún la que apareció después. Vestido con un traje de color crema, corbata de rayas marrones y mocasines claros, su presencia invadió el pueblo como un destello imposible proveniente de la ciudad; como si trajera con él todos los descubrimientos de la modernidad escondidos entre la ropa: las estilográficas, las palabras y los modos, las encuadernaciones de los libros o las nuevas marcas de pintura al óleo. Por unos días, representó el reflejo de la prosperidad que la familia mantenía en la ciudad pero, a la vista de Marcelo Dosaguas no fue sino demostrarle que el origen de dicha prosperidad, allí, en sus dominios más inmediatos, no hacía otra cosa que evaporarse. Sin embargo, Rubén era ajeno a cualquier estatus; llegó a la casa en la que había nacido, se desnudó, se colocó unos pantalones de trabajo y una camisa desabotonada y salió a correr por los campos con los amigos de antaño. El niño rico de ciudad se transformaba por unos días en el hijo del hacendado, pero aquellos términos intercambiables en uno y otro lugar nunca tuvieron sentido ni significado para él. Descalzo por todas partes, con el cabello alborotado y la sonrisa más espontánea clavada en el rostro, como si toda la vida fuera un sueño, vivió su visita al pueblo como unas eternas, extrañas y extraordinarias vacaciones. Hasta que llegó su madre, unos días después que él, corrió cada mañana desde la casa hasta el extremo más lejano del pueblo, en los lindes de la finca de Juan Lisia. Se encaramó a los muros de la propiedad de Lisia tratando de distinguir el comienzo de la carretera por la que llegaría su madre y aguardaba allí (a veces acompañado por sus amigos que acudían a esperar con él, a veces con su hermana Rosa, en una ocasión empujando la silla de ruedas de su padre), hasta que el aburrimiento, el hambre o una llamada imperativa le aseguraban que la hora en la que debía de llegar su madre había pasado ya ese día y tenía que regresar a casa hasta que el amanecer del día siguiente le alentaba a salir disparado de nuevo al encuentro de su madre. El día en que Lucía apareció a lo lejos, Rubén la esperaba sentado sobre una roca grande al lado de su hermano Jaime. Los dos se levantaron sabiendo que era ella y corrieron al encuentro sin detenerse. El rostro de Rubén se iluminó como nunca antes, como un sol. Rubén Dosaguas llegó al pueblo un sábado por la mañana y se marchó un


domingo temprano dos semanas después. Entre una y otra fecha, vio casar a su hermana y vio a sus padres cerca el uno del otro, aunque fuera en medio de unas montañas extrañas, como extraños fueron ellos mismos. El martes siguiente llegó Lucía. Los vecinos vieron aparecer a lo lejos una enorme y polvorienta nube que se alzaba a los cielos como en los tiempos lejanos en los que irrumpió en el pueblo cuando nadie la conocía. Ahora la conocían demasiado y nunca podrían olvidarla aunque hacía años que no la veían. Llegó en un coche descubierto de color azul intenso y brillante. Sujetaba con su mano una enorme pamela de color rosa palo que amenazaba con salir volando por la velocidad. Los años pasaban rápidos como la velocidad que podían alcanzar los automóviles de entonces. Rompiendo el cielo, las cintas amarillas de la pamela ondeaban dejando al paso del auto una estela de casi medio metro. Los pocos que la vieron (pues ocultó ingeniosamente su paso por el pueblo) perdieron la respiración al comprobar que su hermosura permanecía inalterable, incluso mejorada. La espiaron (como se atrevió Juan Lisia) a través de las tapias del jardín de la casa el escaso tiempo que paseó entre las flores y el roble, acariciando la superficie rugosa del tronco y recorriendo con los dedos el relieve abultado de los nombres de Marcelo y María, que crecían con la madera. Marcelo Dosaguas se negó a aceptar que Lucía durmiera en la casa. Durante los primeros años desde que ella se fue, la culpabilizó y la odió; inevitablemente, acabó añorando su ausencia y deseó su vuelta, tanto como deseó recuperar la plena movilidad tras el accidente cardiovascular. Sin embargo, la enfermedad le trastornó el seso, le volvió derrotista y se empeñó en pensar que no soportaría que ella viviera su incapacidad desde tan cerca. La seguía deseando, le embriagaban sus pasos cerca de donde él estuviera, pero todo aquello que deseó en los sueños de tantas noches solitarias se mostraba ahora como una enorme burla de la realidad. Desde que supo que ella volvería, rechazó la posibilidad de tenerla cerca. Sus hijos no pudieron convencerle y Marcelo sólo permitió que Lucía diera un paseo por su jardín, debiendo pasar todos los días de visita en la futura casa nupcial. Juan Lisia vigilaba sus tierras montado a caballo cuando su hijo Daniel corrió hasta él y le confirmó que los rumores eran ciertos: Lucía Zagra había vuelto. Juan descendió del caballo, tironeó de la cincha y avanzó hacia la casa. Caminó ausente sin responder a las preguntas que le lanzaban los jornaleros que, sin terminar el trabajo, precisaban


indicaciones específicas para derribar un muro y rehacer la cimentación de las caballerizas. Daniel le siguió sin decir nada, extrañado por cómo había reaccionado; se detuvo ante la puerta de la casa, sin entrar, mientras su padre subía las escaleras y se encerraba en el dormitorio. La madre, Candela Orriete, golpeaba la puerta para que la dejara entrar. Al cabo de un rato, lo vieron salir de la casa vestido con un traje nuevo y la frente cubierta por un sombrero de ala ancha. Juan Lisia se escabulló hasta la casa de Marcelo Dosaguas. Espió a través de las tapias del jardín y descubrió a Lucía, etérea como en el pasado, mezclando su silueta con las flores. Fueron unos instantes breves, tras los que ella desapareció; Juan Lisia se quedó un buen rato abstraído y extrañado por la belleza inalterable de Lucía; se miró el estómago abultado y se avergonzó de haberse degradado tanto. Cuando quiso darse cuenta fue tarde, escuchó a Lucía en el eco de los pasos de pies descalzos sobre la hierba. Pero al levantarse para tratar de alcanzarla, ella ya se había ido. No pudo ver quién le dio la mano ni por dónde marcharon. Se quedó sentado con la espalda apoyada al muro y, temiendo ser descubierto, volvió a su casa. Regresó esa misma tarde al jardín de Lucía trotando a lomos de un caballo y rememorando unos tiempos que de tan pasados casi habían muerto. Lucía ya no volvió. Y Juan, desde lo alto de la tapia, pudo ver el jardín triste en su vacío, con la única presencia de una vieja estatua de mármol con parte de su cara rota. Enrique Rialme conoció a Lucía Zagra después de mucho oír hablar de ella. La admiró de inmediato; descubrió la debilidad que escondía tras la fortaleza de su apariencia; y percibió el movimiento de las corrientes de agua que le traspasaban el pensamiento, igual que le ocurría a él. De pie, cogidos ambos de la mano ante la entrada del molino, Enrique pudo ver en los ojos de Lucía el miedo a girar la cabeza un poco más allá, en dirección al bosque circular. Se dio cuenta de que, como él, todas las cosas tenían sentido en la dirección opuesta. La forma de esquivar un paisaje, el modo de girar las manos ante los ojos como si se protegiera de un sol que no molestaba, la manera en que la respiración se agitaba al alejarse de la casa de Marcelo y acercarse al molino, los pasos torpes cuando se sentía insegura. Enrique la comprendió sin él preguntarle nada y sin que ella tuviera que explicárselo. Los dos se dieron cuenta. Y bajo el techo recién reforzado de la casita del molino, Lucía soñó, como en sus años pasados, con la luna llena invadiéndolo todo y con peces de escamas


doradas que flotaban entre las nubes. Lucía les trajo muchos regalos para la casa. Enrique y Rosa la abrazaron continuamente. Rosa Dosaguas se acercó más que nunca al borde en el que se desgajaba de su infancia y se introducía en la edad adulta. En pocos días, dejaría a su padre, a su hermano Jaime y su habitación en la casa y pasaría a vivir su propia vida en compañía de Enrique Rialme. Todo el pasado se precipitaba a un enorme abismo de futuro. Se sentía bella al lado de su madre que la reconfortaba, la alentaba y le aconsejaba cómo cuidar y amar a su futuro marido. Rosa nunca sintió la ausencia de su madre aunque ésta no estuvo a su lado. Las cartas, los pensamientos, las escasas veces que pudieron verse en la ciudad, fueron el refuerzo en el desarrollo de Rosa. Y ella se sintió plena, porque el amor de su madre era desmedido y podía sentirlo en la piel pese a la distancia. Rosa Dosaguas, con su cojera y su cabello negro ondulado se preparaba a cambiar de vida. Como todos ellos. El tercer domingo de mayo se celebró la boda en una antigua ermita de roca blanca que se mantenía oculta entre los eucaliptos, a los pies de las montañas. La mayoría de los vecinos desconocían su existencia porque no se alejaban más allá de los campos; Enrique la descubrió siendo niño y, a su vuelta, en el tiempo que no mantuvo contacto con casi nadie, rehizo el camino hacia las montañas y encontró el sendero por el que se accedía a ella. Un enorme candado mantenía la entrada cerrada, de modo que Enrique se sentaba a reflexionar junto a uno de los muros. Aguantaba el silencio de la naturaleza hasta el cansancio y regresaba al molino con la espalda manchada de caliza blanca. Con el paso del tiempo, volvió solo en numerosas ocasiones a la ermita y, después, tomó a Rosa de la mano y le enseñó las dificultades del camino para que no tropezara con las raíces ni las piedras. Rosa tardaba el doble de tiempo que Enrique en llegar a lo alto, y lo hacía agotada por el esfuerzo de tener que flexionar la rodilla y alzar la pierna con ayuda de las manos en determinados tramos del camino. Sudorosa, rebelde, ansiosa, alcanzaba el llano en el que se emplazaba la ermita y se tumbaba en sus muros hasta perder el sentido. Enrique le soplaba en las mejillas y besaba sus cejas. Saboreaba la sal de su sabor. Bajo los eucaliptos, el viento soplaba fresco. Fue Rosa la que acudió al padre Cárdenas. Éste tardó cuatro días en dar con la llave que abría el candado de la puerta de la vieja ermita; lo encontró en la sacristía de la ciudad, dentro de un armario donde guardaban los rosarios. Después de ello, el padre Cárdenas pasó varias


semanas recordando a la difunta María pero no se atrevió a mencionársela a Rosa porque no la unía a ella ningún parentesco directo. Se alegró mucho, eso sí, de que la religión volviera a la familia Dosaguas, aunque le perturbó imaginar el modo en que aquello afectaría al viejo Marcelo. Cuando Enrique y Rosa decidieron casarse, acordaron hacerlo en la ermita. El padre Cárdenas accedió entusiasmado y les ayudó con los preparativos. Los dos hombres salieron a las montañas para despejar el camino de malas hierbas y para adecentar el interior de la ermita. Hicieron tantos viajes desde la iglesia del pueblo hasta el recodo de los eucaliptos como sillas fueron necesarias para los invitados, cargando cada vez con una a cada mano. Las flores las recogieron en un claro cerca de allí, casi todo margaritas silvestres, y añadieron decenas de ramos de rosas blancas. El día de la ceremonia, todos coincidieron en resaltar lo bien que olía allí dentro, la magnífica combinación entre los eucaliptos mentolados y la acidez de las margaritas. Aunque se pensó en una ceremonia tranquila, a la familia se unieron muchos vecinos. Se reunieron a la puerta de casa de la novia y salieron juntos caminando en fila india. Dejaron a un lado la vaquería, al otro los campos y no llegaron a alcanzar el camino que llevaba al bosque circular. Torcieron a la izquierda y ascendieron por las montañas hasta el llano, y la ermita. Lucía evitó la contemplación del bosque cerrando los ojos, su hijo le tomó de la mano y la condujo describiendo sus propios movimientos para que ella los imitara. Caminaron entre los que iban delante y los que iban detrás, entre los árboles, las hojas que se movían y las ramas que apartaban. Y todos, al ver a Lucía, pensaron que se movía como un ángel, con pasos delicados, las ondulaciones de la seda del vestido verde y los brillos que desprendían las cintas de los tirantes y la cinturilla, trenzadas con hilos de oro. Lo más difícil fue la llegada de la novia hasta la ermita acompañada por el padrino pues tanto Rosa como Marcelo tenían problemas de movilidad. Igual que ocurrió con la boda de Jaime y de la malograda Gertrudis Valiente, fue necesario idear alguna cosa. Pensaron en portearlos como a los emperadores y los reyes, en enormes cestas de mimbre recubiertas por telas y encajes. También pensaron en colocar cuerdas y engranajes para izarlos por lo alto atados de algún modo. Pero desistieron de todas las opciones. Lo más sencillo para todos fue que en lugar de esperar a que la novia llegara a la ermita fuera la novia la que esperara allí. Ascendieron temprano; entre Jaime y el padre Cárdenas empujaron por los caminos la silla de ruedas de Marcelo y, cuando ya no


pudieron empujarla más porque se frenaba con la hierba y las piedras, alzaron la silla sujetándola por las ruedas y lo subieron a pulso. Rubén ayudaba a su hermana y, de vez en cuando, la dejaba sola a un lado y corría a sostener el respaldo de la silla de su padre cuando se vencía por el peso hacia un lado. Rubén aguantaba la cabeza de Marcelo y empujaba su espalda, mientras éste alargaba el brazo y se agarraba a la ropa de su hijo, riendo como no hacía desde años. Una vez arriba, esperaron sentados a la sombra de los árboles. Rubén y Jaime regresaron a la casa para vestirse, el padre Cárdenas preparó la ceremonia, y Rosa se abrazó a Marcelo. Padre e hija observaron a los invitados saliendo del pueblo y avanzando como en una procesión hacia el instante que lo cambiaría todo para una joven con nombre de flor. Debido a la multitud, la ceremonia se ofició con las puertas abiertas de la ermita en el centro de un círculo de hierba fresca rodeado de eucaliptos. Lucía estuvo de pie frente a Marcelo y, a la distancia, jugaron a hacerse guiños con los ojos que, a veces, se confundieron con los bizqueos reales a los que les forzaban los rayos de luz que se filtraban por las ramas de los árboles. Rubén les miraba y se reía en silencio. En otro de los extremos del círculo se encontraba Juan Lisia, acompañado de su mujer Candela Orriete y de sus hijos Marcos y Daniel. Como todos los presentes, Juan siguió el movimiento hipnótico de Lucía entre las hojas de los eucaliptos. Apenas prestó atención a la ceremonia, ni a su hijo Marcos que, a su lado, le miraba con rabia sin entender que sintiera tal admiración hacia la mujer que tanto daño les había causado. Marcos la odió con todas sus fuerzas, como a su hija Rosa y a todos los que les rodeaban. La vida quiso que se reunieran de ese modo, su triquiñuela fue tan burda como la muerte, descarada y adúltera; y donde la felicidad debía empañar la mañana fue el resquemor de un futuro tan cercano el que rasgó la certeza de la inconsciencia. Quizá las estatuas de mármol muertas de los campos de Lisia, en su inmovilidad, supieran más cosas del destino que ellos mismos. Como ellos, las estatuas no pudieron reaccionar, les impidieron defenderse y se mantuvieron quietas, como conejillos acorralados o peces sin agua en la que flotar. Fue paradójico que el día de mayor felicidad para Rosa y Enrique fuera el último en el que coincidirían los allí presentes. De un modo u otro sus vidas se torcieron o se desviaron hacia rumbos distintos.


II: El tronco. 1935. El tiempo, sin necesidad de encontrar cómplices a su voluntad, transcurrió más rápido de lo normal para todos. Ese año 1935 pareció ser el más corto en las vidas de la familia Dosaguas, se encontraran donde se encontrasen, pues se desencadenó demasiado pronto y las cosas se sucedieron deprisa, como si el futuro luchara por avanzar, ansioso por llegar a un punto ya escrito, fundamental en la historia de todos ellos. Así, en mitad del verano de 1935, Darío Dosaguas se encontraba en el centro de un bosque. Un bosque que conocía bastante bien aunque era muy distinto del bosque circular junto al que creció, en su pueblo. El bosque en el que se encontraba no dejaba de ser una concentración ordenada de árboles bajos y quietos, rodeados de hierba amontonada, flores esparcidas por los márgenes de los caminos andados y desandados por los años, con amplios cielos a la vista entre los márgenes de las ramas y con un intenso y penetrante olor a pino fresco mentolado. Muy cerca de allí un riachuelo descendía desde las laderas cercanas hasta desembocar al mar, en la margen derecha del pueblo, generando un rumor inconsciente, asimilado por el sentir de los vecinos. Darío permaneció inmóvil al saberse descubierto por una mirada que sobresalía entre los matojos de espinos. Sus músculos se quedaron rígidos evitando cualquier movimiento, cualquier distracción; sostuvo el aire con los brazos alzados para retirar las ramas del árbol que interrumpían sus pasos y, muy a pesar de todo ello, su atención se evadió hasta el lugar en el que el sonido transparente del agua corría por el arroyo. Toda su concentración, toda su tensión física, viajó por el aire hasta la orilla cercana. Entre las sombras del bosque, siguió notando el brillo de aquellos ojos que se arrojaba directamente sobre él. Escrutándole, oliendo sus pensamientos. Como un aliento diabólico. El brillo silencioso se acercó, tranquilo, sigiloso, arrastrando sus pezuñas de demonio sin apenas rasgar las raíces del suelo. Ni las hojas secas y húmedas. Darío lo vio acercarse, olió su cuerpo tremendo exudando el orgullo que provoca el pánico ajeno. Escuchó cómo se tensaban los músculos de aquella fiera hasta que, por fin, pudo verla. Estando tan cerca el uno del otro, Darío Dosaguas prefirió cerrar los ojos para interrumpir el diálogo visual que practicaban y corrió a refugiarse (sin moverse) en el sonido del


arroyo que caía lento, en el movimiento de las piedras que se rozaban unas al paso de las otras. Cuando el jabalí desapareció entre la maleza y Darío abrió los ojos, supo que aquél era uno de los grandes. Desde hacía unos meses, venían sufriendo los ataques de familias enteras de jabalíes salvajes que salían del bosque y se lanzaban sobre las primeras casas del pueblo en busca de alimento. Varias personas fueron heridas y una resultó muerta cuando la sorprendió el ímpetu asesino de las bestias. Darío los había visto rondando el bosque y conocía muy bien sus formas sin necesidad de verlas. Los colmillos rizados y punzantes, el pelo ralo, apelmazado y negro, el morro corto, amenazante, su brutalidad manifiesta… y aquellos ojos enrojecidos del infierno. Darío esquivó el miedo huyendo al lugar del que provenía el canto del agua; de esta forma, camufló sus sentimientos y pudo engañar al pensamiento irracional de la bestia y anular sus instintos salvajes. Cuando el jabalí desapareció de su vista, Darío retiró las ramas enredadas de un castaño para volver al camino estrecho, sediento de pasos, que conducía hasta su casa. Le encantaba perderse por los senderos, pasear por las zonas del bosque que se escondían en las sombras, oler la humedad profunda de las hojas caídas al descomponerse con el suelo. Y aunque no era peligroso, eran pocos los que lo transitaban. Muy cerca de allí, cuando el arroyo hacía una curva en forma de C invertida, había descubierto un lugar hermoso en el que siempre se detenía cuando volvía a casa. Era un recodo oculto entre castaños bajos; una cueva sin rocas desde cuyo interior podía divisarse un plano ascendente de los viñedos que rodeaban el pueblo. Mirando hacia arriba, todo lo más lejos que le permitía la vista, encontraba una ondulación del terreno bajo la que se plegaban las vides y cambiaban de color, alcanzando tonos vidriosos desde el magenta hasta el azulón. Era un fenómeno extraordinario que se imposibilitaba si se desplazaba un solo paso a la izquierda o a la derecha ya que entonces aparecían en el horizonte las rocas escarpadas y, tras ellas, las zarzas. De cuando en cuando, Darío recogía un puñado de castañas, moras silvestres o un racimo de uvas que ofrecer a Violeta. Él mostraba su hallazgo con su mano buena y ella simplemente sonreía. Pasó un tiempo hasta que se adaptaron a la vida allí. Todo era tan diferente, tan lejano; y, de algún modo, la vida entera se vinculaba al mar, a la pesca, al río. Tuvieron que pasar cuatro años para que Darío se


liberara de sus demonios del alma. Como allí no encontró montañas a las que trepar y desde las que ver el cielo agrisado, o las copas de los árboles bailando con el viento, ni el centro de las tormentas más violentas cuando se gestaban; como se marchó dejando atrás el recuerdo de su madre María y su casa, su auténtica fuente de la memoria, tuvo que conformarse con hallar otros refugios en los que buscarse a sí mismo. Con Violeta lo necesitaba menos, eso era cierto, pero aún tenía que echar a andar solo y perderse por los vacíos. En ocasiones iba hasta la orilla del mar, tomaba prestada una barca y se lanzaba contra las olas. Solo que allí escaseaban las marejadas y las tormentas y reinaba la más placentera de las calmas. Llegaba a alta mar sin nada contra lo que luchar. Sin corrientes que le engullesen, sin tiburones amenazadores, sin mareas peligrosas. Darío se desnudaba por completo, dejaba sus zapatillas de cáñamo al lado de los remos y se arrojaba al agua. Buceaba sin respirar durante largos minutos tratando de llegar al inalcanzable fondo. Pero nunca llegaba. Y cuando emergía agotado, prácticamente asfixiado, se encaramaba a la barca y se tumbaba pecho arriba mirando el cielo siempre claro y brillante, sin apenas moverse. Después se recuperaba, se erguía y remaba desnudo hasta casi alcanzar la orilla. Luego se vestía, para no llamar la atención entre los vecinos, pues más de uno no disimulaba sus recelos. No todos los vecinos estaban contentos con que el pueblo creciera y atrajese a gente nueva de otros lugares. No veían bien que las sangres se mezclasen y los más jóvenes marcharan influenciados por la palabrería de otros tantos que, procedentes de las ciudades, decían haber vivido más de lo que realmente hicieron. Temían perder sus trabajos, los buenos puesto que los malos eran los que escaseaban y para los que necesitaban manos fuertes y gente experimentada. Como Darío. Pero sólo para esos trabajos. El hecho de que Darío estuviera impedido de una mano, unido al extraordinario descubrimiento de sus nuevas dotes, facilitó que encontraran un hueco en el pueblo. Vendimiar era sencillo, pero no todos tenían las piernas robustas, como él ni el aguante para permanecer días enteros exprimiendo uvas. Lo de correr fue una casualidad. Que todos aprovecharon. Tuvieron que pasar, pues, cuatro años para que Darío pudiera enfrentarse consigo mismo y con la persona que tenía dentro, en las entrañas. Se liberó de los demonios gestados en casa de su padre con el apoyo de Violeta, con su entusiasmo y sus caricias. Y aunque Lucía siempre fue la semilla de todos sus sueños, no fue hasta que apareció


Violeta que pudo plasmar sus pensamientos en palabras escritas. Juntos, salían a la terraza, se sentaban en unas sillas de anea encaradas a la playa y aguardaban. La inspiración no tardaba en llegar y Darío, con voz enfática, iba desgranando el pensamiento en cientos de palabras que Violeta escribía en un cuaderno. Su caligrafía era imperfecta; trazos grandes y redondeados revelaban un aprendizaje tardío y apresurado. Fue Darío quien le enseñó en las primeras tardes de recién llegados, en las noches en vela y en las mañanas de domingo. Sus padres nunca lo intentaron y apenas sí pudo ir a la escuela por su débil corazón. Cuando se atascaba y no podía seguir el ritmo frenético de Darío al pronunciar palabras, o cuando desconocía el significado o su composición morfológica, Violeta interrumpía con exclamaciones y rogaba un descanso o una dilación. Pero una vez que Darío comenzó, ya no pudo parar. Y, así, entre carrera y carrera, vendimia y vendimia, fue narrando historias en forma de pequeños libros manuscritos que después apilaba en un cuarto. Lo necesitaba, era una pulsión. En sus planes no podía imaginar otra cosa y, por supuesto, la idea de publicarlos ni siquiera la tuvo. Un día, pasadas las fiestas de la Virgen de agosto, Darío y Violeta salieron fuera de la casa para escribir sobre la hierba de la pendiente que conducía a las rocas del arrecife. Allí, a la sombra de un enorme olivo cuyo tronco tenía más de un metro de diámetro, Violeta escribía la dulce prosa de Darío. Entre ellos, el pequeño Cosme Dosaguas, de poco más de cuatro años, dormía. Apoyaba su cabecita de claros cabellos castaños sobre las rodillas de su padre, y respiraba acompasadamente soñando con pájaros y mariposas. Darío le acariciaba las manos. Cosme se despertó poco después y los tres pasearon hasta las rocas para observar la espuma que trazaban las barcas en el horizonte. El pequeño señaló inquieto los movimientos de los marineros y el vuelo de los pájaros. Todo estaba tranquilo. Regresaron encorriéndose en dirección a la casa y, a la altura del olivo, Darío tropezó y se golpeó la cabeza con el tronco. Éste emitió un sonido hueco y algo pareció moverse en su interior. Los tres se quedaron quietos observando el árbol. Lo rodearon caminando uno en cada sentido. Cosme se agarró a la corteza intentando trepar y Violeta lo agarró por el cuello de la camisa por si resbalaba. Darío apoyó el oído sobre el tronco. Les hizo señales para que se quedaran quietos pues ciertamente algo se movía allí dentro. Violeta cogió a Cosme en brazos y se retiró mientras el pequeño gruñía y pedía


que le dejase ir con su padre. Darío se encaramó a lo alto sirviéndose del apoyo de las ramas más bajas. Ascendió lentamente, en silencio. La copa alcanzaba casi tres metros de altura, de modo que fue con cuidado. Las ramas se desplegaban y multiplicaban conforme subía, mientras el tronco se estrechaba hasta alcanzar un grosor de poco más de cincuenta centímetros. Al llegar arriba del todo, Darío encontró un hueco que se hundía hacia dentro del tronco. Asomó la cabeza y hurgó mentalmente para calcular su profundidad, pero la oscuridad lo hacía imposible. Imaginó que todo el tronco debía de estar hueco. Giró la cabeza y, gritando, se lo dijo a Violeta y Cosme. Éste se desprendió de los brazos de su madre y se encaramó al árbol como un mono. Alcanzó los pantalones de su padre y se aferró a ellos para poder trepar sobre el cuerpo. Una vez conseguida la espalda, desplegó las piernas en torno al cuello de Darío y su cuerpo sobresalió por encima de la cabeza. Desde allí, entre las ramas espesas, el pequeño Cosme Dosaguas reconoció su casa, la tapia de la terraza, el camino que llevaba al arrecife, las rocas escarpadas y la espuma de las olas golpeando brutalmente sobre aquéllas. Le encantó sentirse un ángel. Casi en pleno vuelo. Darío se asomó sobre el agujero del olivo (Cosme fue mecido hacia delante por la inercia) y le pareció que todo se encontraba más alto. Sin esperarlo, surgió de la nada un enorme cuervo negro agitando las alas enérgicamente. Huía asustado desde el interior del tronco como si hubieran asaltado su refugio. Padre e hijo se asustaron y se echaron hacia atrás, gritando, alejándose del cuervo, que salió lanzado como una flecha. Ninguno cayó, sólo se desequilibraron, y pudieron descender sin problemas, solo que un poco más asustados que cuando subieron. Al llegar al suelo, volvieron a la casa. Pero antes, Cosme se quedó unos segundos mirando a lo alto, maravillado, atraído por los misterios de un tronco del que no se explicaba cómo podía sobrevivir sin nada en su interior. Para el mes octubre, la mayoría de los árboles perdieron las hojas. El terreno adquirió un tono dorado y bello de hojas secas amontonadas y la gente dejó de pasear por los alrededores debido a la llegada del frío y los vientos del este. La mar se enturbió un poquito, las olas se ondularon, los ruidos se hicieron reales. Durante las noches, sufrieron los ataques de los jabalíes en su máxima intensidad. Estos aparecían con sigilo, destrozaron vallados, huertas, viñas; despedazaron a las gallinas, hirieron a los perros, acabaron con los gatos; y asustaron a los vecinos como nunca antes lo


estuvieron. Las mujeres se acostaban llorando y gritando, los niños tenían pesadillas constantes en las que se veían sorprendidos por las bestias bajo las camas. Los hombres temían por la vida de sus animales y aguardaban con las armas siempre preparadas. Los ánimos se encresparon y surgieron rencillas sin motivos. Una noche, decenas de jabalíes penetraron en la ermita de la Virgen destrozando la puerta y las imágenes. Hundieron los bancos donde rezaban los fieles y se comieron las telas bordadas, los mantos y las puntillas de los santos. Los cirios aparecieron fuera de la ermita repartidos a lo largo de la cuesta abajo. Otra noche invadieron una casa donde sólo vivían mujeres y dos de ellas perdieron los pies por los bocados de las bestias. Una el pie izquierdo y otra el derecho. También atacaron la escuela, los jardines, la hospedería de transeúntes. Sin hacer distinciones. Todo el pueblo se movilizó para hacer frente a aquella invasión de seres endemoniados. Los hombres salieron en cacería. Armados con escopetas, empuñando cuchillos de hoja afilada. Las mujeres colocaron cepos entre las hierbas y señalaron su posición exacta (para que nadie resultara herido) mediante cintas de color azul (que era el único que despistaba a los jabalíes). Los más pequeños permanecieron alerta repartidos, en compañía de sus hermanos mayores, por todos los rincones del pueblo, siempre atentos y listos para dar la señal de alarma haciendo sonar estridentes silbatos. Por su parte, Darío Dosaguas se dedicó a aquello que mejor sabía hacer. A correr. Corrió a través de los campos para participar en las numerosas batidas (la gran mayoría sin resultados) que se organizaron contra los jabalíes, siempre empuñando una escopeta y disparando a través de las ramas y los árboles. Corrió de uno a otro pueblo para transmitir las noticias, para comprar las municiones que le encargaron y para reclamar ayuda cuando la situación se hizo extrema, llegado ya el mes de noviembre. Lentamente, los ánimos se fueron extinguiendo en la misma proporción con la que aumentaban los heridos y los fallecidos por los ataques, pero a la inversa. Fue uno de esos días cuando Darío Dosaguas salió del pueblo a la carrera en busca de Jeremías Lormo. Lo encontró en la ciudad, en una casa en la que vivía y que utilizaba al mismo tiempo como tienda. Se dedicaba a elaborar perfumes y esencias, jabones, pócimas, ungüentos y velas aromáticas. También echaba las cartas, leía las entrañas de aves y lagartijas, e interpretaba los posos del café. Jeremías Lormo era un hombre a la antigua, con una enorme barba desaliñada y cana que le llegaba más allá de la barriga, de estructura ósea


marcada (más bien exageradamente pronunciada), párpados abultados por la grasa, ojos desvaídos y lagrimosos cubiertos por unos anteojos siempre sucios de cera o grasa. Y prácticamente calvo, salvo por encima de las orejas. Jeremías Lormo había adquirido cierta popularidad en la ciudad por diversas proezas que publicaron los periódicos, como aquélla en la que se aseguró que había localizado a una niña de diecisiete meses perdida por sus padres en el transcurso de un picnic por el campo. La extraviaron del interior de su cestillo, donde dormitaba. Los padres, acusados de intento de asesinato por la abuela de la criatura, acudieron a las autoridades implorando piedad. En pleno proceso y cuando todos los indicios apuntaban a que la niña había perecido (pues encontraron unos jirones de ropa de bebé con manchas que parecían ser de sangre), un sereno les habló de Jeremías Lormo que, según decían, también era vidente. Le consultaron y la niña apareció olvidada cerca del río, desnutrida, defecada y afectada por el frío. Después de esto, se extendió la fama del viejo Jeremías por sus brebajes curativos y por los consejos que ofrecía a las mujeres que le visitaban en su casa-consulta. Las iglesias perdieron a sus feligreses pues la mayoría prefirió el consejo de Jeremías Lormo. Cuando empezó a recomendar viajes a tierras exóticas que ninguno podía pagar, el grupo de consultantes afectados ideó la creación de una asociación a la que aportaban cantidades simbólicas de dinero con las que después concedían créditos a bajo precio para ellos mismos con los que sufragar los gastos de los viajes y del resto de consejos de Lormo. Pero lo más raro es que siempre funcionaban. Hasta incluso se habló de la historia de un soltero que consiguió la atención de su amada (quien le ignoraba desde hacía años) en forma de compromiso y posterior boda, cuando éste vendió la mitad de sus tierras y compró un elefante que le trajeron desde India en un carguero de bandera Canadiense. La joven se enamoró de la piel áspera del animal, lo ataron en el jardín a la vista de todos, lo acariciaron dueños y extraños, y acabó enfermando de soledad y añoranza. Así pues, Darío Dosaguas llegó corriendo a la casa de Jeremías Lormo en busca de ayuda. El viejo abrió la puerta, lo miró sin extrañeza y le recriminó que hubiera corrido tanto para encontrarle, pues él no solía moverse de su casa. Lo sentó en una silla aunque Darío no lo necesitara y esperó a que le explicara lo que quería. Darío se molestó porque había imaginado que el viejo sabría de antemano por qué le buscaban, de modo que tuvo que explicarle toda la historia de los ataques de jabalíes que no cesaban. Jeremías Lormo echó a reír. Ah, es eso. Y le dio la solución. En


poco menos de dos horas, Darío emprendió la vuelta con el secreto del sabio. El grupo de vecinos, reunidos en Concejo, se inquietó por la solución del viejo. Cruzaron los brazos sobre el pecho, fruncieron el ceño y los labios, maldijeron previendo un nuevo fracaso y se escandalizaron. Poco a poco, el murmullo de la reunión creció en intensidad y pasó a ser una discusión enconada entre unos y otros. Al final, alguien comentó que era mejor probar la solución de Jeremías Lormo que quedarse inactivos y lamentándose. Otro secundó su opinión y, uno a uno, todos aceptaron probar el remedio del viejo aunque eso les supusiera un vergonzoso sacrificio en el caso de que no saliera bien. Ese mismo día, hombres y mujeres voluntarios pasaron por la barbería para afeitar sus barbas y cortar sus cabellos. Era necesaria una gran cantidad de pelo que iban acumulando en el interior de sacos de patatas de modo que, cuando se terminaron los voluntarios tuvieron que recurrir a la solución dactilar. Indiscriminadamente, hombres, mujeres y niños fueron forzados a pasar por la cuchilla del barbero. Se dejó al margen, eso sí, a las jovencitas más hermosas para no afectar su sentir y para no trastocar los sentimientos de aquellos que las adoraban y cortejaban. Violeta Gandieta y el pequeño Cosme también vieron recortados sus cabellos, como Darío. Cuando tuvieron suficiente, sacaron los sacos de la barbería a la plaza principal que, en forma de terraza embaldosada conducía a la playa y al embarcadero. Colocaron el pelo sobre unas gigantescas ollas de hierro forjado y esparcieron el ungüento preparado para la ocasión por Jeremías Lormo. Removieron hasta que todo quedó uniformemente repartido y, seguidamente, le prendieron fuego. Las mujeres mayores que estuvieron presentes en el momento de la quema se retiraron hacia atrás espantadas por la forma en que las llamas subieron hacia el cielo, como una explosión de pólvora que chisporroteaba. Todos exclamaron impresionados, como si hubieran visto fuegos de artificio. En poco menos de cuatro segundos, el fuego se apagó pero la masa pegajosa de pelo y líquido no llegó a consumirse. Tal y como Jeremías indicó a Darío, esparcieron los restos del incendio alrededor del pueblo, sin dejar un solo hueco abierto, de modo que se trazó un rectángulo de polvillo grasiento en cuyo interior quedaron encerrados. Esa noche, todos tenían que dormir en sus casas. Y así lo hicieron, abandonando los turnos de vigilancia. Aguardaron en vela, nerviosos y expectantes. Pero esa noche, la primera en meses, los jabalíes no atacaron.


A la mañana siguiente todos salieron alborozados a la calle y comentaron la proeza del viejo. Muchos pasaron por casa de Darío para saludarle y agradecerle personalmente que hubiera corrido hasta la ciudad. Darío rió y se sintió importante. Se sintió tranquilo. Y no debió hacerlo. Pues aquellos que le alabaron ese día participarían con otros, unos años después, en su propio linchamiento. Aunque eso, todavía no podía saberlo. Dos días más tarde, recuperada la tranquilidad y la actividad en el pueblo, se levantó una ventisca, propia de la estación en la que se encontraban, que esparció por todo el pueblo el pelo de los vecinos que contribuyeron voluntaria y forzosamente. Y aunque las puertas y las ventanas estaban cerradas, se introdujo por las rendijas y se adhirió a las suelas de los zapatos, de modo que no pudieron libarse de los cabellos en varias semanas: aparecían entre las ropas, en las sábanas tendidas al aire, en el polvo que se levantaba al escobar, en las redes de pesca… Y mientras pensaban en el modo de librarse de la molestia de los pelos que estaban por todas partes olvidaron que ya no tenían que salir de casa con la escopeta para matar jabalíes ni tenían que vigilar los pasos de sus hijos cuando caminaban solos hacia las rocas o en dirección al bosque de castaños.

III: En medio del bosque de sueños. Ocurrió que la noche de bodas y la siguiente, y la otra y otra más, y todas las noches que siguieron desde la primera que yació con Rosa Dosaguas, Enrique Rialme soñó. Y lo hizo de una forma tan clara y precisa, con tal variedad de detalles, que creyó estar despierto. Sintió la espesura de las telas, los relieves de los objetos, la aspereza del aire al respirar, el calor y el sol, el frío y el hielo, los besos húmedos y mojados, la sensación de tener las pestañas pegadas y no poder abrir los ojos, la boca seca, la quemazón en las manos después de caer al suelo. Cada gesto, cada paso que Enrique dio en sueños lo vivió como vivido, lo sintió como sentido. Y lo hubiera creído de no haber estado tan seguro de que estaba soñando. Porque soñaba con el bosque circular y en sus sueños unas veces el bosque era tenebroso y temible y otras no era más


que un puñado de árboles agrupados de forma caprichosa. No ocurría lo mismo en la vida real. Cuando era su cuerpo el que sentía y sus ojos los que veían, entonces, el bosque era como un ente que inspiraba respeto, que despertaba un escalofrío en la parte baja de la espalda, pero no era temido. Uno lo podía esquivar. Bastaba con no acercarse (o no mirarlo, como en el caso de Lucía) y toda la parte pavorosa desaparecía. Sin embargo los sueños eran duros y dolorosos. Enrique sufría aun sabiendo que soñaba, porque aquel bosque se comunicaba con él a través de ese estado traicionero de duermevela y aunque no podía alcanzarle y destruirle por completo sí podía aterrorizarle, hacerle daño en lo más profundo de su ser: en la psique que impulsa los pensamientos y las reacciones. Enrique temía que el bosque pudiera paralizarle; el pensamiento, o el corazón. La primera noche, la nupcial, después de hacer el amor con Rosa una y otra vez hasta que las patas de la cama se resintieron y la madera del somier gimió quejumbrosa hasta casi partirse, Enrique quedó sin sentido por el agotamiento. Todo su cuerpo se relajó, los brazos y las piernas desearon volar por encima de las sábanas y la piel del rostro se estiró hacia los lados rejuveneciendo las facciones. Sonreía. Era el ser más feliz sobre la tierra. Y, sin embargo, un poco más allá de donde él se encontraba tendido (en ese primer sueño era un manto de hierba fresca) había una presencia que le observaba y le ponía nervioso. Enrique miraba a su alrededor y no había nadie. Tampoco había nada, salvo una interminable planicie en todas las direcciones en cuyo centro se erguía un bosque circular lejano. A su lado, Rosa Dosaguas, dormía sin darse cuenta de nada. Los días que siguieron fueron cambiando los sueños con los que la noche le hacía ofrendas, pequeños regalos de amor. O de odio. Algunas veces esa planicie se plegaba hacia abajo como si fuera una tela cuyas puntas fueran sujetas por personas y por debajo de la tela surgiese un enorme globo de oxígeno que, al tocarla, la empujara en el aire formando una bola y quedando casi totalmente envuelta. Otras noches, la planicie aumentaba los límites de su longitud y se extendía hacia un horizonte infinito; el bosque parecía desaparecer en el punto más lejano. O se movía el suelo en ondas, como si en vez de hierba corriera por debajo un río cubierto por una finísima capa de tierra que disimulara la verdadera composición del planeta. Al principio fueron sólo imágenes. El miedo y las sensaciones horrendas fueron llegando. Más tarde.


Mientras estaban despiertos, Enrique y Rosa se acariciaban el cuerpo, él lamía cada centímetro de los pechos de ella y ella hacía lo mismo con el pecho de él. Hurgaban con la lengua en el interior de las orejas y rastreaban sus sexos ansiosos de hallar la felicidad. Pero después, en el momento de dormir, cuando el mundo quedaba atrás y sólo importaba avanzar en la vida maravillosa en la que estaban unidos, entonces, Enrique se sumía en su paseo de las sensaciones inducidas. Ese bosque con forma perfecta, esas hojas en movimiento, esa respiración impaciente de la naturaleza en constante evolución le hacía estremecerse en el borde de los sueños, entre la realidad que perdía y la ficción que parecía real. Comenzó a sufrir. Comenzó a temer. Y quiso superarlo. Así, una noche de finales de 1935, Rosa se desnudó lentamente delante de su esposo. Habían calentado la casa durante toda la tarde y la madera seguía consumiéndose en la chimenea para mantenerlos calientes. Rosa desató los lazos de la blusa de algodón blanco y descubrió una finísima camiseta que mantenía en secreto la turgencia de sus pechos. Deslizó el tirante izquierdo por la redondez del hombro con teatralidad desesperante. Su hermosa y clara piel apareció a los ojos de Enrique. La suavidad se hizo carne, la belleza materia. Él colocó los dedos firmes sobre los brazos de Rosa y los deslizó cariñosamente entre los pechos, la clavícula, los codos y el interior de los muslos. Rosa apenas tuvo que moverse para alcanzar el lecho, de modo que su pronunciada cojera quedó disimulada. Se tumbaron y se besaron. Se sondearon y se amaron durante horas. Al terminar, Enrique, al borde del precipicio que le conducía al sueño, deseó no tener que soñar aquella noche, ni ver el bosque, ni las amenazas que le hacía con su presencia. Cerró los ojos empañados hasta que el resplandor anaranjado de las brasas de la chimenea se tiñó de negro bajo sus párpados. Se fundió en el sueño y apareció en la planicie con una nueva postura: erguida y jerárquica, rebelde. Decidió hacer frente a su bosque. O a él mismo. Pero desde allí dentro todo fue imposible, pues el veneno de los sueños era más poderoso. Y en los dominios del bosque Enrique encontró la derrota. La tarde del 7 de enero de 1936, una docena de ciervos descendieron desde la parte alta de las montañas hasta las cercanías del antiguo molino de José Verlado, donde Enrique Rialme trabajaba haciendo girar una pesada palanca de madera que movía los engranajes. Los ciervos aparecieron de repente, se agruparon en torno a la casa, atravesaron los


cercados de madera y masticaron las hierbas que rodeaban las tapias de la casa. Enrique escuchó los ruidos de las patas de los animales al escarbar en la tierra y se asomó por una de las ventanas del molino, la más alta. Al principio, no se atrevió a moverse, pero la curiosidad le pudo y fue bajando las escaleras que giraban en círculo, sin apenas hacer ruido. Salió afuera y los ciervos apenas se movieron. Quiso acariciar la piel de sus cuerpos pero, al intentarlo, se arquearon y dieron un tumbo hacia un lado, apartándose de él. Gruñían, pero seguían comiendo como si no existiera otro lugar en todas las montañas, el valle o el bosque. La escena duró unos minutos más y, como si se hubieran puesto de acuerdo, levantaron las cabezas y corrieron en dirección al bosque. Luego se abrieron en abanico y se dispersaron por todas partes. Enrique volvió al molino pero ya no pudo concentrarse aunque la rutina le obligaba a dar más y más vueltas sin tener que pensar en nada. Poco antes de ponerse el sol, una bandada de grajos cruzó el cielo por encima de su casa emitiendo unos chillidos extraños. De nuevo, Enrique se asomó a la ventana más alta y miró extrañado. Decidió dejarlo por ese día. Apiló en un rincón los sacos de grano que estaba utilizando y salió del molino. Esa noche no había estrellas en el cielo. Sólo la noche intensa, amplia, soberbia. Rosa le esperaba sentada a la mesa de la cocina con la cena preparada. Los platos humeaban por la sopa caliente. Él la miró y ella, sintiendo su intensidad, hizo temblar el plato y se retiró de la mesa azorada. Enrique se acercó a ella como un intruso que asalta una casa y ambos se acaloraron. Le besó el cuello, mordió sus mejillas y le chupó el pelo. Lamió sus párpados y rozó con la lengua el blanco de los ojos. Ella se estremeció y le abrazó por el cuello. Él la tomó en brazos y la llevó hasta la puerta. En el exterior, la noche guardaba silencio y les ofrecía el anonimato en sus dominios. Enrique desplazó la madera que cerraba la portezuela del cercado y salió por el camino llevando a Rosa sobre el pecho. Ella no dejó de besarle, de modo que no emitió una palabra aunque Enrique esperaba que le preguntase a dónde la llevaba. Pero él no iba a decírselo, eso lo tuvo muy claro. Allá adonde iban era un reto suyo, su propio desafío con el bosque. Caminaron entre las hierbas salvajes que conducían hasta el bosque circular dejando las montañas a la izquierda y, cuando llegaron, Enrique dejó a Rosa en el suelo. Ella siguió abrazada a su cuello y él, sonriendo, la amó con todo su ser. Dio un paso, otro y un tercero. Sonrió satisfecho. Al placer de sentir a Rosa entre sus brazos se unía el gozo de vencer a su enemigo invisible. Por una noche, una maravillosa noche.


En medio de un éxtasis que alejaba todos sus sentidos de la consciencia, Rosa abrió los ojos y miró hacia el aire. Distinguió la forma de las hojas de los árboles a unos seis metros de altura, mínimas y plateadas por el reflejo de la luz de luna. Sintió el universo entero pegado a ella, como si la aprisionara en una cárcel de noche y belleza. Allí mismo, observando el rumbo de las estrellas, Rosa supo que estaba embarazada. La penumbra dio paso al día y, en los primeros destellos de la mañana, Rosa despertó de sus sueños. A su lado, Enrique la abrazaba rodeándola con las manos. Completamente desnudos, yacían sobre la hierba espesa del recodo de un bosque. Un bosque, un bosque, UN BOSQUE. Rosa se puso en pie alarmada, aterrorizada ante la evidencia. Gritó desesperada y despertó a Enrique. Cuando él recuperó la consciencia, se incorporó al lado de Rosa y la tomó entre su pecho para tranquilizarla. Se dio cuenta de que estaban desnudos y sintió frío y vergüenza. Miró a los lados y reconoció el tronco de los árboles. Ella se tapaba la cara con la palma de las manos y sollozaba encanada de angustia. Entonces, Enrique se dio cuenta de su torpeza. Habían entrado en el bosque. Lo había desafiado y no estaba muy seguro de haberlo vencido. Rosa lo tuvo claro. Desde que fue una niña, siempre se lo advirtieron: jamás debía entrar al bosque circular. Pues estaba maldito. Las noches que siguieron fueron peores que cualquier día pasado. Cada vez que cerraba los ojos, Enrique veía el bosque. Pero no sólo eso. También lo sentía respirar. Se acercaba hasta las primeras ramas entrelazadas y gemía de desesperación. Oía el llanto de un niño en el interior y no se atrevía a entrar. Pero entraba. Las ramas le atrapaban, sudaban sobre él despidiendo resinas malolientes que le ahogaban. Enrique trataba de arañar la superficie de sus sueños pero ésta era elástica y le impedía huir. Despertaba con un grito mudo, la boca abierta y la expresión desencajada. A su lado, sobre la cama, el vientre de Rosa se abultaba, más y más.


IV: El desenlace de las cosas. Desde que nació, Marcelo Dosaguas estuvo destinado a hacerse cargo de la vaquería. La tradición familiar lo imponía. A la muerte de su bisabuelo, fue su abuelo quien tomó las riendas de unos cuantos establos que se ampliaron con una construcción de piedra cerca de lo que ahora era el centro del pueblo. A la muerte del abuelo, el padre de Marcelo trasladó la vaquería a lo alto de la ladera donde se encontraba ahora. Construyó el enorme edificio y pintó las ventanas de rojo intenso. Al hacerse cargo Marcelo, lo primero que cambió fue el color de éstas, por un suave verde manzana. Sus hermanos menores tuvieron que emigrar a la ciudad o buscarse otros trabajos ya que la costumbre familiar, desde que la memoria alcanzaba en el recuerdo colectivo de los Dosaguas, imponía que la propiedad de la vaquería pasara al primogénito varón, quien haría de ésta su principal sustento. Así debió ser con Darío. Solo que todo se torció en ese punto de la historia. Aún en ese caso, la tradición imponía que el pariente varón más cercano que conservase el apellido Dosaguas debía hacerse cargo del negocio. Jaime Dosaguas, que durante su adolescencia pasó desapercibido y al que nunca se le prestó la suficiente atención, representó el papel del hijo perdido. Rosa y Enrique no se preocupaban. Ella formaba parte del negocio familiar y, aunque no le perteneciera, ayudaba en la venta de la leche. En cuanto a Enrique, se esforzó mucho por conseguir el trabajo en el viejo molino y, aunque la rutina diaria le apartaba de muchas delicias de la vida conyugal y de su futura paternidad, había estado haciendo planes y, en cuanto consiguiese reunir suficiente dinero, iba a plantear una serie de novedades al propietario del molino. Pequeños detalles en la forma de trabajo, en los métodos, y su intención de comprar el molino si el propietario accedía a venderlo en pequeñas partes que, según había calculado con Rosa, podría abonar en menos de tres años. Entonces, compraría una de esas máquinas modernas que había visto en la ciudad y que reducían el tiempo de trabajo de forma más que considerable. Sin embargo, ese año todas las cosas estaban cambiando. O mejor aún, se estaban desmoronando como si el tejado que protegía las aspiraciones de los Dosaguas comenzara a mostrar las fisuras que pronto devienen en enormes goteras. Sin previo aviso, la enfermedad hizo mella de nuevo en Marcelo Dosaguas. Una mañana se despertó al escuchar que


los pájaros aleteaban tras el cristal de la ventana de su dormitorio. Se incorporó sobre la cama doblando el almohadón detrás de la espalda y alargó el cuello para ver lo que pasaba. Un jilguero aleteaba contra el cristal mientras un cuervo negrísimo le atacaba con el pico. El pequeño se agitaba tratando de huir pero estaba acorralado en el alféizar. Marcelo agitó la mano para espantar al cuervo. Le gritó, pero no consiguió nada. Le dio lástima el jilguero, sangraba por un ala y manchaba el cristal como si le estuvieran aplastando sobre él, así que Marcelo alargó un brazo e intentó acercar la silla de ruedas que permanecía aparcada a los pies de la cama hasta que Rosa llegara para asearle y darle su paseo matutino. Trató de alcanzarla y, al estirar el cuerpo, las piernas tironearon de él y le rasgaron los músculos lumbares. Y, como si se hubiera puesto de acuerdo, le sobrevino un ataque de negro. Al menos, eso fue para él. Todo el mundo que le rodeaba se fue apagando hasta oscurecerse en un manto, primero rojo y luego negro. La cabeza y los ojos le ardieron, las orejas parecieron incendiarse y de su boca salieron unos eructos como burbujas de aire. Todo su cuerpo se desplomó sobre el lado derecho y cayó de la cama sin que las piernas se salieran de las sábanas, de modo que quedó suspendido, boca abajo. Cuando Rosa subió a despertar a su padre, lo encontró medio fuera de la cama, como un jinete que ha caído del caballo y que es arrastrado por el suelo porque su pie permanece enganchado en el estribo. Las manos de Marcelo señalaban la ventana pero, en ella, sólo había un manchón de sangre espesa que se escurría por el cristal sin revelar a quién había pertenecido antes de escaparse. Rosa no gritó. Corrió hasta su padre, corrigió su postura y le tapó con una manta. Abrió la ventana para que entrara el aire y se asustó con la sangre que se escurría. Volvió a cerrarla y tomó la temperatura a su padre. Ardía. Salió corriendo en busca del doctor. Como en la primera ocasión, la suerte estuvo de su parte, pero quedó en tan mal estado físico que sus hijos dudaron si no hubiera sido preferible la muerte. Marcelo perdió el habla, la movilidad y el sentido. Durante los primeros meses, Marcelo vivió como un vegetal, como una de las hierbas que Lucía cuidaba antaño en su jardín. Rosa era la única que regaba el alma de ese pobre viejo. La mala suerte continuó para los Dosaguas con una epidemia de gripe vacuna. Los mejores ejemplares de la vaquería cayeron fulminados a lo largo de un mismo día. Babearon desde por la mañana, mostraron los ojos vidriosos y pegajosos, se les inflamó la lengua y se vencieron sobre las


patas delanteras. Gimieron tratando de levantarse y cayeron de costado. Jaime se desesperó sin saber qué hacer, rodeado de animales enfermos. Nunca supo reaccionar ante las cosas, menos aún ante las eventualidades de la vida. Se alarmó por ver a sus vacas sufriendo y no pudo entrar en la vaquería. El miedo se lo impidió. Llamó a Rosa, que acudió corriendo. Las lágrimas que no pudo llorar por el nuevo ataque de su padre se le escaparon de los ojos al ver sufrir a sus animales. Se arrodilló junto a las vacas y acarició sus caras, sus patas y lomos. Miró a Jaime, lo vio derrotado y pensó en la manera de solucionar las cosas. Corrió tan lentamente como pudo atravesando el pueblo hasta la casa de Juan Lisia. Una enorme puerta de hierro impedía la entrada a la finca, de modo que hizo sonar la campana de latón que había colgada en uno de los extremos. Apareció un hombre caminando desde el otro lado y pidió a Rosa que dejara de agitar la campaña. Ella no se había dado ni cuenta. Gritó que necesitaba hablar con Juan Lisia y el hombre la dejó pasar. Caminaron juntos por un camino de tierra flanqueado de árboles frutales hasta el porche de entrada de la casa. El hombre le abrió la puerta y le dijo que esperara allí. Candela Orriete fue la primera en aparecer. Enorme, con sus cabellos canos balanceándose hasta alcanzarle el trasero. Sonrió hasta casi desfigurar sus labios. Le preguntó por Marcelo y Rosa dijo que se encontraba igual. Apareció Juan Lisia desde uno de los despachos. Su hijo menor, Daniel, le seguía agitando unos planos en la mano y pidiéndole que concretara sus instrucciones. Juan se giró a su hijo con enojo y exclamó: No ves que tenemos una invitada. Seguiremos más tarde. O pregunta a tu hermano, él sabe lo que hay que hacer. Daniel Lisia saludó a Rosa inclinándose y volvió al despacho avergonzado. Juan Lisia rodeó a Rosa con un brazo e intentó apretarla a su lado. Su mujer, Candela, parecía no darse cuenta de nada. Caminaron los tres hacia el salón principal, pasando por delante de las escaleras que conducían al piso superior. Rosa había estado en aquella casa en otras ocasiones pero no recordaba los detalles con tanta precisión como los apreciaba en ese momento. La alfombra roja que cubría los escalones hasta la primera planta, los pasamanos de madera de ébano tallada, las borlas de las cortinas de terciopelo, los suelos relucientes, los espejos de cuerpo entero, las molduras de las puertas…y el olor, ese olor a madera quemada, a miel, a enebro y cáñamo en una misma esencia. Y, sin embargo, no se encontraba cómoda. Se asfixiaba entre los Lisia. Dejó que la condujeran a la sala principal y le sirvieron una


limonada fresca bien azucarada. Rosa no fue capaz de rechazarla y apuró hasta el fondo. Después, les contó lo sucedido y añadió que necesitaba telefonear a la ciudad. Juan Lisia le acercó el auricular del teléfono tironeando de un larguísimo cable que provenía de la sala contigua. Rosa lo tomó entre las manos y habló con la ciudad para que le enviaran un veterinario con la mayor urgencia. Prometieron estar en el pueblo al día siguiente por la mañana. Ella pensó que no llegarían a tiempo. Candela Orriete le invitó a que se quedara con ellos a cenar y Rosa prefirió salir corriendo de la casa, ahora que ya había conseguido llamar. Cuando Rosa regresó a casa, encontró a su hermano Jaime sentado en una silla al fondo de la pared de la cocina. Tenía las piernas flexionadas, las rodillas a la altura de la barbilla y los pies sobre la silla. Se mecía aferrando sus piernas y lloriqueaba. Mamá, mamá, mamá, repetía. Rosa nunca recordó haberle visto tan mal. Se acercó a él, le abrazó, dejó que él apoyara la cabeza sobre sus pechos, y le pidió que se calmara. Al no tener noticias de Rosa en todo el día, Enrique apareció en la casa de Marcelo al caer la tarde, una vez terminado el trabajo en el molino. Encontró a Rosa abrazada a Jaime, sentados ambos en el suelo detrás de uno de los sillones de la sala, delante de la puerta de cristal que daba al jardín. Mirando a las flores del exterior, ella le cantaba las palabras de la lluvia que le enseñó su madre. En esas mismas fechas, Blas Pereira les dijo adiós. Tal como vino, se fue. Sin más explicaciones. Siempre fue un muchacho silencioso, reservado, taimado. Era un gran trabajador, eso era cierto, pero siempre se sintió ajeno a la familia y al pueblo en sí. Poco después de que el veterinario llegara a la vaquería y pusieran todas las vacas en cuarentena. Después de que la gran mayoría se salvaran gracias a unas inyecciones que les colocaron en el cuello por detrás de la oreja, Blas Pereira se acercó a Rosa en el silencio de la cocina de la casa familiar y la abordó por detrás. Como era habitual en él, apareció sin ser esperado, silencioso como una serpiente. Él le susurró por detrás, con aquella voz dulce y aterciopelada, y le dijo que tenía que marcharse. Rosa se giró desconsolada y le acarició el rostro, apesadumbrada. Se conocían poco pero le estimaba. Por todo lo que hizo por ellos, por lo mucho que se esforzó trabajando con Jaime. De no haber sido tan extremadamente reservado habrían congeniado. En ocasiones, Rosa pensaba que de haber estado Lucía en la casa habría librado a Blas de todos los miedos que le hacían ser misterioso y opaco. Pero su madre no estaba. Blas subió a


despedirse de Marcelo Dosaguas. Éste permanecía tumbado sobre su cama con la cabeza fija mirando al techo. Rosa ya le había girado esa mañana para que no se llagara. Blas dijo unas palabras en voz baja que nadie escuchó, salvo quizá el subconsciente de Marcelo, y salió de la casa con una sola maleta. Buscó a alguien que le llevara a la ciudad y se marchó de sus vidas para siempre. Rosa corrió hasta el molino. Necesitaba ver a Enrique. En los últimos meses, apenas tenían tiempo para ellos, Rosa tenía que encargarse de su padre, de la casa, de los animales, de mandar a Jaime para que todo saliera bien. Y, por las noches, volvía con su marido, se acostaban tan cerca el uno del otro que parecían ser el mismo cuerpo y hablaban durante varias horas. Enrique no deseaba dormirse, alargaba el momento lo más que podía y Rosa necesitaba descansar, aliviar su agotamiento. Después, Rosa se dormía sin soñar y Enrique soñaba sin dormir. Como cada noche, el bosque circular aparecía ante él y parecía vibrar, moverse. Todavía no le habían dicho a nadie que Rosa estaba embarazada, aún no se notaba lo suficiente y, en el fondo, Enrique deseaba mantenerlo en secreto porque tenía el mal presentimiento de que algo saldría mal. Porque el bebé fue concebido la noche que se adentraron en el bosque y, tal vez, el mismo bosque se había adueñado del bebé. O tal vez había poseído a Rosa. Conforme pasaron los días, el bosque dejó que Enrique viera un poco más. Ramas, raíces, troncos, alientos. Los sueños se hicieron insoportables y, sin mostrarle nada en concreto, supo que hacían referencia al bebé. Enrique despertaba entre gritos y sollozos, angustiado, atormentado. Rosa respingaba como un resorte, asustada por los estremecimientos de su marido. Le acariciaba la frente y veía sus ojos llorosos, que negaban recordar el significado de aquellas pesadillas. Pensaron que era el desenlace de las cosas y, tal vez por ello, no dijeron nada a Lucía ni a Rubén del segundo ataque de Marcelo, ni de la marcha de Blas Pereira (que les dejó en una situación cercana a la quiebra), ni del embarazo de Rosa. Todo se venía abajo y Rosa pensó que era preferible no hundir a más personas en el naufragio. Rubén siempre tuvo la oportunidad de ser alguien importante, de escribir en los diarios de Madrid. Y amaba demasiado a su madre como para contarle la verdad y hacer que se sintiera responsable de la situación que habían alcanzado en la vaquería. Rosa se negó a confesar sus sufrimientos. Y siguió hacia delante.


V: Rosa asediada en el laberinto. A mediados de junio de 1936, con dieciocho años recién cumplidos y la cara pálida como el azahar, Rosa Dosaguas parecía todavía una niña, y ello a pesar de estar esperando un bebé para el mes de octubre, coincidiendo con la caída de las hojas y el despertar cromático de la naturaleza que la rodeaba. Como cada mañana, Rosa descendía el camino pedregoso que separaba el centro del pueblo de la vaquería de su padre, situada en lo alto de la colina. Caminaba extremadamente despacio, casi sin avanzar debido a su cojera. Con una de las manos sujetaba el vientre y, con la otra, soportaba el peso de un enorme carro de madera, fabricado especialmente para ella, sobre el que portaba varias cisternas de aluminio rebosantes de leche fresca. Maniobrando como podía por las calles empedradas o, a lo sumo, adoquinadas si se trataba del centro y de la plaza, recorría todas las casas del pueblo vendiendo la leche de sus vacas. Su gestación no estaba muy avanzada (tan sólo cinco meses) pero su vientre se había desarrollado más que el de otras mujeres, lo que la hacía estar más torpe y pesada de lo normal y la obligaba a prestar mucha atención a cada uno de sus movimientos. Esa mañana, como cualquier otra, descendía la rampa de piedras con miedo a resbalar. Cuando la vista a través del enorme carro se lo permitía, sorteaba las piedras más gruesas para no dañar sus delicados pies, puesto que las suelas de las zapatillas estaban tan viejas y desgastadas que se podía sentir a través de ellas el roce del aire al dar cada paso. Conforme avanzaba, iba dejando a su espalda la fachada de la vaquería de su padre, Marcelo Dosaguas. Rosa detuvo el pesado carro de madera al llegar al llano tras la pendiente para descansar unos minutos. Se había levantado una brizna de viento fresco que llegaba desde la montaña y envolvía la totalidad del pueblo. Rosa sintió cómo el viento le mecía los cabellos oscuros, finos y lacios, llevándolos por detrás de los hombros. Cerró los ojos unos instantes y suspiró tratando de recuperar las fuerzas, pero nunca lo conseguía. Intento vano del que nunca se privaba, más por el misterio que lo acompañaba que por otra cosa. Desde allí distinguía el estrecho y polvoriento camino que, serpenteando, conducía a una de las entradas del pueblo. También el bosque, ese cúmulo circular de vegetación casi infranqueable. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se obligó a sí misma a apartar la vista. Le parecía aterrador y solitario. Recordaba las palabras


de su madre que la aterrorizaban siendo niña. Lucía miraba fijamente a los ojitos dulces y pequeños de Rosa y, con una vocalización premeditadamente clara, decía: Nunca te acerques a ese bosque puesto que está maldito. Y Rosa la creía. Por las mil historias que contaban los vecinos, por los rumores de gente que se perdía al atravesarlo, por la leyenda de Petronila Binase que relataba su hermano Darío… Pero lo peor de todo era que Enrique repetía sin cesar las mismas palabras que le dijo su madre, como si él se las hubiera escuchado decir, cuando era totalmente imposible. El bosque está maldito, pensó Rosa. De hecho, tenía que estarlo ya que, como todo el mundo sabía, su madre no pudo salir de casa durante años por el pavor que le provocaba la simple contemplación de ese cúmulo de ramas y troncos. Rosa procuraba no acercarse, lo observaba con malestar, con la presión psicológica que habían producido en ella decenas de voces alertando de los oscuros y latentes peligros que entrañaba. Incluso le aterraba observar cómo el viento levantaba remolinos de hojas secas cerca del camino de entrada. El simple hecho de permanecer allí, de pie, sola, indefensa y embarazada, le asustaba más aún que las historias que contaban. En esos días en los que todo el mundo murmuraba como si tramase algo, no andaba segura por ninguna de las calles del pueblo. A cada sonido, abría los ojos desmesuradamente como si con ello consiguiese ver antes que nadie si quien se aproximaba era conocido o desconocido. Rosa empujó del carro y continuó el camino hasta el pueblo. Su caminar torpe y desigual no disimulaba un cuerpo bello, pese a la desproporción que implicaba su próxima maternidad, un rostro perfecto envidiado por muchas jovencitas y antojado por los solteros del pueblo. Y, aunque la mayoría de las mujeres, ya fueran jóvenes o viejas, vestían ropas oscuras (si no de negro ante la pérdida de algún familiar), Rosa necesitaba vestirse con ropas claras para sentirse un poco más feliz y poder sobrellevar el trabajo rutinario y diario que la lastraba. Se alejó, al fin, del campo de visión del bosque y empezó a sentir una ligereza en el trapecio que forman los hombros con el cuello. Por infantil que pudiera parecer, Rosa pensaba que lo malo desaparecía cuando no estaba ante la vista, de modo que dejar atrás el comienzo del bosque le hacía recuperar una calma que, en esos días de ideas turbias y planes murmurados, escaseaba más que sobraba. Empujar el carro, cargado de cisternas de aluminio llenas de leche, era más azaroso que descender, embarazada, la pendiente. El ascenso


hasta la plaza del pueblo podía convertirse en un verdadero calvario. Rosa caminaba, cuesta arriba, a lo largo de la calle principal que finalizaba, al comienzo de la plaza, con un ligero bordillo de piedra en el que se habían picado unos surcos para permitir que el agua de lluvia no se estancase formando una balsa. Caminaba con la cabeza inclinada hacia delante por el esfuerzo, pegada a las paredes de las casas del lado derecho por miedo a resbalar y caer ya que, en ese caso, no sería difícil rodar cuesta abajo y perder el bebé que gestaba. Y Rosa deseaba a su bebé con todas sus fuerzas. Un día, Enrique le rogó que dejase el trabajo durante los meses que le quedaban hasta que diese a luz ya que era demasiado peligroso cargar con tanto peso y hacer tantos esfuerzos, especialmente en las pendientes pronunciadas como esa que conducía a la plaza. Rosa se enfadó mucho y se negó a parar ya que era demasiado necesaria para el futuro de la vaquería. Enderezó el recorrido del carro varias veces antes de alcanzar la plaza, el pequeño bordillo de piedra y el trazo raso. Una vez conseguido, se detuvo, de nuevo, a secar el sudor de la frente con un pañuelo blanco de algodón y a observar con cuidado. El centro del pueblo se encontraba casi desierto. En uno de los laterales de la plaza, un perro solitario y escuálido, de color pardo, se rascaba el hocico con una de sus patas traseras. A simple vista, parecía despreocupado pero, bastaba prestar un poco más de atención para adivinar en los ojos del can una expresión de desconfianza, una mirada cristalina entre la amenaza frente a todo lo que se le acercase y la tristeza de saber que nadie se preocupaba de él. En su mirada también se adivinaba que el hambre, como les ocurría a otras familias en el pueblo, nublaba su conciencia. Como ese perro, varias ancianas esperaban la visita de la muerte sentadas a las puertas de sus casas. Unas aguardaban en sillas de madera, otras en el mismo vano de la puerta. No les importaba esperar lo inevitable. A ellas no. La brisa que antes había notado en el camino, observando el bosque, se había desplazado pronto hasta ese centro neurálgico: la plaza, que ahora aparecía deshabitado. Varias hojas de periódico rodeaban sueltas el suelo una y otra vez, primero en un sentido y luego en el contrario, perdidas y sin rumbo, flotando en el aire imitando a las hojas de los árboles en otoño. Las ancianas suspiraban entre los rayos de un sol que se encendía con el verano. Escondían sus manos bajo los puños de los vestidos negros como si quisieran esconder la evidencia de su arrugada muerte en vida. Las mayores no alcanzaban los sesenta años. Entonces, Rosa pensó en su madre. Lucía, tenía pocos más de cincuenta años y


nunca sería como esas ancianas. Su madre pertenecía a un mundo muy distinto y, por ese mismo motivo, no se encontraba a su lado cuando más la necesitaba. Para Rosa, su madre lo era todo, ella era la principal responsable de que pensase como lo hacía, de apropiarse de sus ideas progresistas e igualitarias, de su pasión por la vida y por la belleza. Sentía que se encontrase lejos de ella pero lo comprendía a la perfección. Entendió las razones de su madre desde el día anterior a su marcha, siendo Rosa una pequeña de escasos diez años, cuando vio la amargura en su rostro. El encierro de Lucía en aquella casa, y su asfixiante convivencia con Marcelo, la forzaron a marcharse. Y Rosa no se lo reprochaba porque todo se lo debía a ella. Aquellas ancianas que permanecían con la cabeza agachada en dirección al suelo de la plaza, a la nada, jamás pensarían otra cosa que no estuviera relacionada con las tareas propias de la casa y de las mujeres. Por eso aguardaban la muerte, sin más. Por eso su ancianidad se había adelantado a la biología, a la razón humana. Una de las ancianas advirtió la presencia de Rosa y la llamó con un gastado movimiento de mano. La joven se acercó cargando del pesado carro y esperó mientras la anciana entraba en la casa a por una jarra en la que verter la leche. Tardó tan solo unos segundos, pese a que sus piernas estaban hinchadas y entumecidas. Rosa pensó que la anciana quizá guardaba la jarra en el pasillo de entrada, junto a la puerta. En realidad así era. La anciana sostuvo la jarra con sus dos manos temblorosas y, con una sonrisa ausente de dientes, pidió a Rosa que vertiese la leche lentamente para que el peso sobre sus cansados brazos no le obligase a soltar la jarra. Rosa la llenó con cuidado y se ofreció a llevarla al interior de la casa, a lo que la anciana se negó con rotundidad. Rosa apreció una reacción de sorpresa en la anciana, como si de pronto se hubiera sentido descubierta. Quizá ocultase a una hija descarriada que había vuelto al hogar, quizá a un hijo desertor del ejército. Rosa lo ignoraba. La anciana desapareció en el interior de la casa y, esta vez cerró la puerta. Rosa temió que no saliera a pagarle la leche. Dejó caer los brazos con un gran desaliento. En ese instante, la anciana apareció tras la puerta e indicó a Rosa que se acercase a ella, como en confidencia. La anciana le tomó las dos manos para que las pusiera en forma de cuenco y, cubriéndolas con las suyas propias dejó caer unas monedas y algo más que Rosa no pudo adivinar con el tacto. Le susurró que lo guardara en un bolsillo de su vestido para que no se enterase su vecina, la otra anciana que, sentada a la


entrada de otra de las casas las observaba con curiosidad y envidia. Rosa agradeció el gesto y descubrió un pequeño bollo dorado envuelto en unas hojas de papel al introducirlo en su bolsillo. Al mirar a la anciana, vio en aquellos ojos llorosos y enfermos una señal de complicidad, la súplica que hace una madre a otra para mantener en secreto al hijo o a la hija que lo vale todo. Rosa comprendió. Los días de gozo se apagaban en el olvido como el sol con la llegada del invierno. Tras esto, la anciana desapareció por la puerta y no volvió a salir. Rosa empujó de nuevo el carro en dirección a la otra anciana, la que observaba unos segundos antes y que ahora disimulaba observando el revoloteo de las hojas de periódico en las esquinas de la plaza. No tuvo tiempo de hacer todo el recorrido ya que la anciana agitaba su delgado brazo indicándole que se alejara. La anciana la miró con desprecio y dejó escapar algún insulto entre dientes. Ante esto, Rosa giró el carro y se alejó. Sabía que eran días difíciles, de trapicheos en la oscuridad y murmuraciones, y la venta escaseaba. Su recorrido por esa zona alta del pueblo finalizaba en una de las callejas más estrechas que conocía, tanto de ese pueblo como de otros cercanos, en la que vivía una de las muchas clientas que se había mantenido fiel a su leche pese a los malos tiempos que vivían. Rosa aparcó el carro en una de las esquinas de la plaza, al comienzo de la calle, ya que la anchura de ésta entre una pared y la de enfrente apenas alcanzaba un metro, por lo que era imposible entrar con el carro. El viento levantaba por el aire la suciedad, el polvo y las hojas de papel que se acumulaban por todos los rincones del pueblo. Con las dos manos bien ceñidas a las asas, arrastró una de las cisternas de aluminio por la superficie de madera del carro hasta el borde, se la apoyó al torso e hizo fuerza para descargarla hasta el suelo. Sacó del bolsillo el pañuelo con el que se secaba el sudor de la frente y envolvió las asas para no clavárselas en las manos por el peso. Hizo un nuevo esfuerzo, cargó con ella y se introdujo en la callejuela. El sol quedaba ya muy bajo pero sus rayos todavía iluminaban sus pasos, evitando traspiés que provocaran su caída. La calle era muy larga, comenzaba con una curva, seguía girando a un lado, avanzaba recta, tomaba un rumbo oblicuo, línea recta, giraba de nuevo y se estrechaba más a cada paso. Observando desde el comienzo de la calle, aquél era como un tenebroso pasadizo, como el laberinto tortuoso de la mente, aprisionado entre las paredes que se elevaban hasta una altura de seis o siete metros. Había que avanzar al menos cincuenta


pasos para encontrar la primera de las puertas de entrada a una vivienda. Y eran necesarios veinte más para traspasar una estrechísima calle transversal que conducía a otras calles. Después los pasos se perdían en línea recta hasta encontrar de frente la puerta de la casa en la que vivía su clienta asidua. Allí, la anchura entre las dos paredes era de tan sólo sesenta centímetros, la medida exacta de la puerta. En otras ocasiones, cuando Rosa terminaba de vender la leche y tenía que volver atrás, de nuevo hasta la plaza, tenía que dejar la cisterna en el suelo y, saltándola con las piernas, girar el cuerpo sobre sí misma rozando las paredes con los brazos. A veces, le generaba cierta angustia al sentirse aprisionada entre esas paredes extremadamente blancas y elevadas. La calle se encontraba en silencio, sólo interrumpido por el rumor de un viento que anunciaba tormenta de verano y por el sonido desigual de sus pisadas anunciando su cojera. Rosa caminó lentamente, raspando el suelo con las suelas de las zapatillas, contoneando su barriga anormalmente pronunciada y sintiendo en las piernas el choque de la cisterna al caminar. Las asas le resbalaban entre los dedos a pesar del pañuelo, por lo que Rosa daba pequeños tirones en el aire para dominar el peso de la cisterna. Traspasó la primera de las puertas de una casa que había quedado desierta y abandonada. Las ventanas estaban bloqueadas por tablones clavados en forma de doble cruz y la puerta había sido asegurada con un enorme y pesado candado. Rosa se detuvo un instante después de cruzar la calle transversal que cortaba su recorrido. Dejó la cisterna reposando en el suelo para que la leche no estuviera turbia de los tumbos al verterla en el jarro de la vecina. Aprovechó ese instante para secar el sudor de su frente con el pañuelo y para sostenerse el vientre con la mano izquierda. Cada día pesaba más aquella criaturita que venía en camino. Sintió, a su espalda, que algo cortaba el sonido del viento. No se volvió aunque estaba segura de que alguien se aproximaba. Pensó que quizá la vecina que iba a comprarle la leche empezaría a hablarle en ese mismo momento, justificando su ausencia por una breve salida a la plaza. Pero nadie habló. En los segundos que siguieron, mientas Rosa terminaba de enjugarse el sudor de la frente, se vio tan aprisionada en el callejón sin salida que temió volverse para ver quién se acercaba. Advirtió, entonces, lo altas que eran las paredes que flanqueaban la calle y lo estrecha que ésta llegaba a ser poco más adelante. No pudo resistir el impulso de girarse para conocer qué o quién rasgaba el silencio. En el mismo instante en que lo vio, sus ojos se agrandaron en una mueca de sorpresa y miedo.


Sin poder retirarse, él, con una sola de sus recias manos de trabajo, tomó a Rosa por las muñecas, las retorció para que no pudiera zafarse y le obligó a alzar los brazos por encima de la cabeza. La empujó hasta una de las paredes y consiguió inmovilizarla. En la privacidad y en la ausencia de aquel callejón sin salida, cuando la luz de la tarde comenzaba a apagar la actividad diaria de todos los vecinos, Marcos Lisia retorcía las muñecas de una asustada e indefensa Rosa Dosaguas, a la vez que dejaba escapar por su boca una carcajada de satisfacción, grave aunque silenciosa. Los labios, torcidos en una sonrisa burlona que expresaba un ya eres mía, eran sonrosados y carnosos; su tez perfectamente bronceada por el duro trabajo de capataz en el campo, lo que le hacía destacar como alguien sano y poderoso entre aquellos muertos de hambre de la comarca; como siempre, las caricias de su rostro iban acompañadas de la aspereza de una barba de dos días que no afeitaba para procurarse un aire de madurez de la que carecía debido a la edad. Marcos Lisia era el joven más atractivo de toda la comarca. Pero también era el más violento, sucio, despiadado, salvaje, cruel, egoísta, necio, torpe, empecinado, grotesco y tantos otros calificativos que, a lo largo de los años, jalonaban su fama. Marcos tenía cuatro años más que Rosa y, de no haber sido quien era, habría enamorado no sólo a Rosa sino a centenares de jóvenes del lugar. Su propio padre bromeaba afirmando que todo lo que había perdido del cerebro lo llevaba pegado a la cara. Marcos sabía que era el hombre más guapo del lugar. Y como tal quería ser recompensado por todas las florecillas que tenía a su alrededor. Rosa era una de las que se le habían escapado en varias ocasiones. Pero, esta vez, ni su avanzado estado de gestación iba a ser impedimento para que ella supiese de lo que él era capaz. Rosa retorcía el rostro de repulsión al sentir los besos que Marcos dispersaba por toda su cara. Su frente, sus labios, sus pómulos, su cabello, su mentón, se vieron sorprendidos por el contacto sudoroso y brusco del joven. Rosa notó en su boca el sabor de la tierra rojiza de la que Marcos se había impregnado tras una dura jornada de trabajo en el campo. Sintió cómo ese polvillo pasaba del rostro de Marcos a su pálida cara dejando surcos de sudor por el contacto de ambas pieles y por la saliva que él dejaba con aquellos besos que se iban convirtiendo en asquerosos lametones. Aquel olor intenso del que había huido en otras ocasiones le impregnaba todo el cuerpo.


Rosa trató de soltar una de las muñecas de la mano de Marcos pero su fuerza era tal que cualquier movimiento resultaba inútil. Le bastaba trabajar para curtir el cuerpo, de ahí que tuviera la figura de un atleta. Marcos Lisia desabotonó el puño de la blusa de trabajo que Rosa vestía bajo el delantal, deslizó la mano derecha por el interior de la ropa desde las finas muñecas de Rosa, que sujetaba alzadas con la mano izquierda, por todo su brazo desnudo hasta la axila. Rosa se contraía tratando de zafarse de las caricias de Marcos, pero éste la mantenía rígida como a una marioneta y zambullía slamano entre los pliegues de la blusa. Marcos pasó de los pechos inflamados de Rosa hasta su tersa y abultada barriga. Acarició esta parte durante más tiempo susurrando a los oídos de Rosa que si llevara un hijo suyo ahora estaría dando patadas de alegría bajo el vientre, a diferencia del que gestaba que parecía no inmutarse por nada. Rosa no lo miró a los ojos, no le soportaba ni soportaba su olor sudoroso y repugnante. Apretaba los dientes y los ojos dejando escapar hilillos de saliva y lágrimas que se mezclaban en la barbilla y goteaban sobre su ropa, salvo cuando Marcos los lamía con la lengua. Entonces Rosa soltaba un gritito de asco y retiraba la cabeza bruscamente balanceándola de un lado a otro para que él no la encontrara. Después, la mano de Marcos Lisia se entretuvo en buscar el comienzo de la falda. La fue levantando lentamente para que ella fuera consciente de lo que pretendía hacer. Rosa lanzaba patadas a todos lados, sin demasiada puntería debido al miedo. Trataba de encogerse, de retirarse pero no encontraba más que el cuerpo de Marcos y la elevada pared de la casa sobre la que él la aprisionaba. Marcos deslizó la mano por las piernas de Rosa y fue subiendo. Quiero que tu hijo me conozca antes que a su propio padre, seremos grandes amigos, ya verás, e introdujo su mano sucia en el interior de Rosa. Ella lanzó un sonoro grito que fue rebotando por las laberínticas callejas en las que se encontraban y que se esfumó, sin ser oído por nadie, entre los tejados de las casas. Rosa sintió un profundo dolor y, por un instante, le pareció que Marcos tocaba el cuerpo del bebé que gestaba. Pese a la confusión del momento, Rosa Dosaguas escuchó el sonido de unos pasos que se acercaban pesadamente hacia ellos, como si corrieran en su ayuda. Y aunque estaba a punto de desmayarse y sentía deseos de dañar cruelmente a Marcos, sonrió levemente deseando que vinieran en su busca. Primero pensó en su marido Enrique que llegaba a rescatarla pero, inmediatamente, deseó que fuera otra persona para evitarle un doloroso trance. Prefería que nunca se enterara porque en ese caso


decidiría enfrentarse a Marcos Lisia y perdería. Enrique Rialme no era un hombre de lucha y Rosa era consciente de ello. Un fuerte empujón liberó a Rosa de Marcos Lisia. Ella se aferró a la casa que hacía de pared para toda esa calleja y escapó lo más rápido que pudo. Su miedo y angustia estaban demasiado presentes por lo que apenas pudo distinguir los recodos, invisibles a la rapidez de los pasos, que conducían a la plaza del pueblo, así como el rostro de su libertador. Corrió tanto como pudo con su cojera y su barriga y, al llegar junto al carro que había aparcado en la plaza, lo tomó y salió de allí sin mirar atrás. En el callejón, Marcos Lisia, con una expresión burlona y feliz en la cara, miraba a su hermano Daniel al tiempo que comenzaba a reír sin medida. Marcos se encogió riendo, apretándose el vientre por el esfuerzo, y se sentó en el suelo apoyándose en la pared de una de las casas. Daniel Lisia lo miraba con incredulidad reprochándole lo que acababa de hacer. Marcos le dijo que no le recriminase por lo que él no se atrevía a hacer pese a desearlo con la misma intensidad. Marcos continuó riendo y Daniel no pudo reprimir lanzarle un puntapié a las piernas. Entre burlas, Marcos protestó pero no se movió del sitio y le contó con el mayor detalle lo que para él habían sido los mejores momentos. Daniel le dijo que le odiaba, le llamó sucio bastardo y le reprochó que no le ayudara a conseguir a Rosa en vez de desearla para él solo. Cuando Daniel Lisia salió del callejón, su hermano Marcos continuaba tirado en el suelo, riendo, junto a la cisterna caída de leche. Daniel Lisia buscó con la mirada a Rosa, ya que tirando del carro no podía encontrarse muy lejos, pero no la vio. Deambuló por las calles meditando lo que acababa de ocurrir y la mala influencia que ejercía su hermano Marcos sobre todo lo que él adoraba. Se fijó en Rosa siendo un crío y, cuando ésta creció, aprendió a desear sus pasos. Todavía la recordaba perfecta, sin la cojera. Solía esconderse entre los campos de girasoles cuando ella salía a correr desde su casa sin dirección fija, pero siempre por el lado opuesto al bosque. Un día la sorprendió en sus juegos solitarios saliendo de entre los altos girasoles, se acercó a ella y le preguntó por qué nunca se acercaba al bosque si a ella le gustaban tanto los árboles, las flores y los animalillos. Lo sabía de tanto observarla. Ella no se sorprendió por su aparición, casi la intuía. Y le respondió que el bosque no le gustaba porque escondía secretos. Luego echó a correr y se escabulló. Daniel siempre estuvo donde ella iba. La seguía en silencio


esperando que un día Rosa se fijara en él, pero nunca lo hizo. Pasaba desapercibido aunque él ponía todo su empeño en hacerse ver, en ser siempre el primero en aceptar un desafío, en ser el más osado y el más valiente. Pero su hermano Marcos lo superaba en todo y lo dejaba en ridículo. Aunque a Daniel le quedaba el consuelo de saber que todos odiaban y temían, a partes iguales, a Marcos Lisia. Sin embargo, la aparición en el pueblo de Enrique Rialme, con el que Daniel jugó siendo muy niño, rompió toda la armonía. Daniel comenzó a envidiar a Enrique y a odiar a su hermano Marcos por conseguir siempre lo que él deseaba. Todo estaba en su contra pero él perseveraba. Y estaba seguro de que algún día conseguiría a Rosa Dosaguas. La frágil Rosa Dosaguas tiró del pesado carro, cargado de cisternas de leche, hasta la misma entrada de la vaquería. Lo dejó allí sin guardarlo en el interior, donde era habitual, y sin decir a nadie que había llegado. Luego, corrió cuesta abajo como mejor pudo y salió hacia su casa atravesando los campos. Enrique trabajaba en el interior del molino y no la escuchó llegar. Entró en la casa sin hacer ruido, se desnudó antes de llegar al dormitorio y lanzó la ropa al suelo. Entró en el cuartito que utilizaban para bañarse, frotó con ansiedad la pastilla de jabón por todo el cuerpo, tomó el cubo de agua fría que siempre estaba lleno en un rincón del cuarto y se aclaró con ella. Temblando, se cubrió con una toalla y se frotó los brazos para entrar en calor. Había eliminado el olor grasiento del hombre pero el asco seguía ahí dentro. Rebuscó en el cajón de la cómoda la ropa que iba a ponerse y se vistió. Pretendía pasar como si nada hubiera ocurrido, nadie debía enterarse. Recogió la ropa sucia del suelo y la frotó en el fregadero hasta cubrirla de espuma. Después la aclaró, la tendió en el exterior de la casa, en la parte trasera con cuidado de que Enrique no oyera nada, y regresó a la vaquería a cuidar de su padre y a terminar el trabajo. El resto del día, Rosa se sintió sucia y agredida. Y no dejó de acariciar su rodilla coja para mitigar el dolor punzante e interno que la azoraba, como hielo resquebrajándose por dentro. Marcos Lisia era uno de los jóvenes más atractivos del pueblo, y de toda la comarca, pero era despreciable, cruel y desalmado. Todo el mundo le odiaba, y le temía, porque siempre hacía lo que se le antojaba y lograba salirse con la suya. En esa ocasión también lo había conseguido porque Rosa nunca abriría la boca para poner en peligro la vida de su marido. Todo había pasado ya y lo único que tenía que procurar era olvidar, estar más alerta y llevar encima algo con lo que poder protegerse en el futuro. Era el único


remedio. Hablar no conduciría más que al odio, a la violencia y, posiblemente, a la muerte. Como le ocurrió a su madre. Durante toda la tarde, Rosa estuvo dando vueltas en el dormitorio de su padre. Desde una de las paredes a la opuesta y volvía a girar. Entre las manos soportaba el peso de un libro abierto que leía a Marcelo en voz alta, sin demasiada concentración. Se saltaba las líneas y debía empezar de nuevo el párrafo. Cojeaba de manera pronunciada y hacía tanto ruido al arrastrar el pie que apenas se escuchaba lo que decía. Marcelo, pese a su enfermedad y poca lucidez, se dio cuenta de todo y, balbuciendo, le suplicó que se estuviera quieta y se sentara junto a él a los pies de la cama. Marcelo le acarició la espalda y la notó tensa, supo que Rosa contenía un duelo tan enorme como el caudal de un río veloz, pero ella no quiso reconocer nada y adujo que eran los nervios del embarazo. Marcelo no lo creyó. Pero poco más podía hacer o decir en su estado. Era un milagro que pudiera hablar. Y aun vivir. Durante las noches que siguieron, tumbada sobre la cama (mientras Enrique mantenía los ojos abiertos suplicando que se demorase el sueño) al recordar el asedio de Marcos, Rosa no pensó en Daniel Lisia. Lo hizo de manera inconsciente, sin darse cuenta, o tal vez porque el miedo de salir corriendo le impidió ver a Daniel lo suficiente como para reconocerlo. Lo cierto es que lo obvió como hizo durante toda su vida, como si nada hubiera hecho por ella cuando tanto tenía que agradecerle.

VI: Enrique y su extraordinaria percepción de la niebla. En los días que siguieron, el mundo se detuvo para la joven Rosa Dosaguas. Ocurrió de forma inesperada y sin que nadie encontrara explicación para la misteriosa paralización de sus piernas. Por aquel entonces, Enrique Rialme encontró la manera de reducir las horas de duro trabajo en el molino gracias a una nueva máquina que adquirió en la ciudad y que, mediante una serie de mecanismos y engranajes, vertía el grano en la rueda del molino sin tener que transportar los sacos de grano y volcarlos, uno por uno. Aquel procedimiento le ahorraba unas tres


horas diarias que él aprovechaba para prestar mayores atenciones a su querida Rosa y para contemplar el horizonte desde el porche de su casa. Aunque ella no era consciente de tales atenciones. Desde hacía unos días, Rosa se comportaba de manera extraña y, dado que ella no le contó lo ocurrido con Marcos Lisia, él nunca supo el motivo exacto de sus ausencias mientras le hablaba ni entendió que olvidara el sitio en el que guardaban cosas corrientes como los calcetines, el peine o la sal; Enrique simplemente lo achacó al embarazo primerizo de Rosa. Incomodados por el silencio al que les avocaban sus propias preocupaciones (él por sus sueños y ella por el acoso sufrido), desayunaban en el exterior del porche; aprovechaban las primeras luces del amanecer despuntando en el cielo para contemplar los variados colores que cada día lo cuajaban, tan intensos que casi eran palpables, para después irse diluyendo conforme el sol se alzaba. Enrique ayudaba a Rosa con las tareas de la casa antes de ir a moler el grano y antes de que Rosa saliese a cuidar de su padre y a atender sus tareas en la vaquería que, en su estado, se limitaban a una ronda diaria por el pueblo para vender la leche. Fue en esos días cuando Rosa recurrió a una terapia que él nunca había presenciado pero de la que había oído hablar a los Dosaguas. Enrique apenas conocía a Lucía. Conservaba los recuerdos de cuando él era un niño, antes de abandonar el pueblo; las palabras que escuchó a sus padres sobre la mujer que vivía recluida en el interior de su casa. Recordaba haberse unido a otros niños y, todos juntos, haber seguido los pasos de personajes extraños que llegaban desde la ciudad. En una ocasión, un desconocido le colocó un sombrero de copa sobre su cabeza menuda y Enrique no entendió lo que le decía, pues hablaba otro idioma. Toda esa gente se recluía con Lucía en el interior de la casa, cantaban canciones, lanzaban gritos y risotadas a través de los muros del jardín. Sin saber entonces que, a través de Rosa, el destino le uniría con aquella mujer que tanto le intrigaba, Enrique espiaba cerca de las puertas de la casa de los Dosaguas esperando que alguna se abriera y le permitiera ver el rostro de esa tal Lucía de la que todos hablaban. Pero nunca lo logró. En una ocasión, Roberto Colmenero, un amigo suyo de su misma edad, corrió hasta su casa con la noticia de que había visto a la mujer extraña de cuerpo entero. Según le contó, uno de los invitados había salido de la casa y él había visto a Lucía en el interior, casi como una sombra escondida. La describió tan bella y etérea como pudo, casi como un ángel, pero las comparaciones que podía hacer Enrique con la gente que


conocía no podían alcanzar, ni de lejos, lo que su amigo Roberto le aseguraba ser cierto. En los años que Enrique estuvo ausente del pueblo, la olvidó y, a su regreso en 1934, no tuvo motivos para pensar en ella; ya nadie la mencionaba desde que huyó de su privado paraíso, donde le gustaba recluirse. No fue hasta el momento en que Rosa le presentó a su familia cuando el nombre de Lucía regresó de forma brusca e inesperada a los oídos de Enrique Rialme. Nunca imaginó que Rosa fuese su hija, de hecho cuando los padres de Enrique abandonaron el pueblo en 1924 Rosa ya tenía seis años pero él nunca llegó a conocerla, ni en las calles, ni en los campos, ni junto al bosque. En cierto modo, le pareció un extraño capricho del destino. Fue entre la familia Dosaguas cuando oyó hablar del método de relajación que empleaba Lucía en su jardín pero nunca nadie lo puso en práctica en su presencia hasta que, esa mañana, se sorprendió al encontrar a Rosa meditando. El método era bien sencillo y no muy distinto al que practicaban cientos de personas por todo el continente europeo influenciadas por corrientes mágicas orientalistas; consistía en sentarse en una silla con las piernas cruzadas una sobre otra y situarse en dirección al sol, con la cabeza bien alzada, como si se tuviera intención de broncearse. Después se cerraban los ojos y, percibiendo la intensidad del sol en forma de destello rojizo bajo los párpados, se imaginaba una llama crepitando en el aire, sin hoguera ni mecha de la que prendiese. Entonces había que concentrarse y respirar muy hondo hasta que la calma invadía el cuerpo y lo sumía en una tranquilidad plena durante el resto de la jornada. Esa mañana, después de que Enrique subiera a trabajar al molino, Rosa se sentó a descansar en una silla del porche. Tenía las piernas inflamadas por el exceso del peso de su vientre. Pensó que no podría llegar a casa de su padre si no descansaba antes, de modo que se relajó; sin darse cuenta dobló una pierna sobre la otra y cerró los ojos. Se sentía demasiado pesada, triste por la marcha de la vaquería y por la enfermedad de su padre; y moralmente hundida cada vez que recordaba el repugnante asedio de Marcos Lisia. Desde lo alto del molino, Enrique advirtió las torsiones de Rosa y, sin detener su ritmo de trabajo, la observó a través de la ventana cada vez que pasaba delante de ella al girar la palanca del molino. Después de un rato sin que Rosa se moviera, Enrique dejó de espiarla. Fue entonces cuando la vida de Rosa Dosaguas se detuvo. Después de media hora respirando con los ojos cerrados, las piernas cruzadas y observando un borrón rojizo, sus piernas se paralizaron y no pudo


levantarse de la silla en la que estaba sentada. Llamó a gritos a Enrique, quien al principio no la escuchó. Cuando bajó por la rampa de tierra desde el molino hasta la parte posterior de la casa, Enrique temía lo peor y así fue. Encontró a Rosa con las manos asidas a los brazos de la silla tratando de escapar de ella. Como no había desanudado las piernas, Enrique se las separó cuidadosamente y dejó que los pies de Rosa reposaran en el suelo esperando a que la circulación sanguínea reanimara su debilidad. Esperaron unos minutos mientras Enrique le masajeaba las piernas. Pero no dio resultado, estaba paralizada de cintura para abajo. Enrique corrió hasta lo alto de la ladera en la que se enclavaba la vaquería para dar la voz de alarma. Jaime bajó corriendo hasta la casa del molino y encontró a su hermana inmovilizada en la silla. Cogiéndola por las axilas, trataron de ponerla en pie pero sus piernas flaquearon y se desplomó sin llegar caer. A Enrique le resultó curioso, aunque no hizo ninguna mención en voz alta debido a lo delicado del tema, que la rodilla malformada de Rosa, la que le producía la cojera, se hubiera inflamado de manera que la carne de su pierna desbordaba sobre la rodilla formando un rollo parecido a un muñón. Enrique nunca había visto la rodilla de Rosa en aquel estado pero no se atrevió a mencionarla como posible causa de la parálisis delante de ella y de su hermano, prefirió que fuera el médico el que se pronunciara acerca de si ésa era la causa. Aunque lo dudaba, porque veía en Rosa una expresión extraña que él desconocía, como si ella se hubiera visto sorprendida por lo que ya esperaba pero no se atrevía a afrontar. Jaime salió corriendo en busca del doctor mientras Enrique pensaba en un aprisionamiento producido por el excesivo embarazo. El médico, sin embargo, descartó cualquier relación de la rodilla o del embarazo como causante de la inmovilidad de Rosa y le diagnosticó una parálisis somática a la que nadie, excepto Rosa en silencio, supo encontrar su origen. Ninguno supo qué decir ante la explicación médica que afirmaba algo oculto en su subconsciente que se estaba exteriorizando físicamente a través de la parálisis. Rosa alegó en su favor que se encontraba bien y que no hallaba ningún motivo razonable para la parálisis. El doctor le recomendó mucho reposo y algo de música, de modo que, entre todos, acostaron a Rosa en la cama de matrimonio y le colocaron el aparato de radio muy cerca de su mano para que pudiera sintonizar las emisoras. Cuando el doctor y Jaime se marcharon, Enrique Rialme contempló el cuerpecillo delgado de Rosa con el vientre excesivamente abultado


bajo las sábanas. Tenía el rostro girado hacia la pared, avergonzada por un pensamiento interior que la carcomía. Enrique, del mismo modo en que averiguaba otras cosas, supo que Rosa conocía la causa de su parálisis pero callaba. Era cuestión de tiempo que Enrique se enterara, de modo que la dejó sola para que recapacitase y se lo contara, aunque no le gustó nada su desconfianza. Esa noche, Rosa le dio la espalda pensando que si le ofrecía su rostro él vería sus pensamientos y temores ocultos. Y la sola idea de verse reflejada en los ojos de Enrique le producía un escalofrío profundo. Rosa permaneció inmovilizada en la cama durante cinco días, mientras que sus cuatro noches, Enrique se vio sorprendido por la niebla. Esa primera noche en la que frente a Enrique no se encontraban los ojos claros de su mujer sino su cabello oscuro y revuelto después de permanecer todo el día tumbada, poco después de apagar las luces, Enrique se durmió. Soñó consigo mismo. Estaba cerca del camino, en mitad de los campos. El cielo se encontraba oscurecido y bajo pero parecía no encajar con la estación del año. Supo que el tiempo era otro puesto que los alrededores habían cambiado. Las verjas de madera que delimitaban los campos aparecían combadas, con la madera raída y sin pintar desde mucho tiempo atrás. Los campos se encontraban descuidados, como si se hubieran abandonado precipitadamente. Enrique permanecía en pie observando el cielo y presenció cómo una espesa capa de niebla descendía del cielo, lentamente. En unos segundos, la niebla le envolvió hasta el punto de no ver sus propias manos. La niebla estuvo tan presente que sintió cómo le susurraba al oído en forma de chisporroteos acuáticos, como si toda su densidad se diluyese al contacto con el cuerpo. Dio un único paso y la niebla se abrió trazando una especie de túnel estrecho y recto. Al fondo, escuchaba la risa ronca de un hombre joven. Trató de acercarse para distinguir su rostro pero no vio más que hojas cayendo junto con la niebla, como un manto tejido de vegetación que descendía del cielo. Enrique no pudo avanzar. Tendió su mano para tocar las hojas, verdes y frescas, que se entrelazaban formando ese manto de contención cuando algo le aferró. Y despertó. El resto de la noche durmió a saltos, sin poder descansar. Al despertar a la mañana siguiente, Rosa seguía dándole la espalda. Enrique se irguió apoyándose sobre un codo y admiró el rostro pálido y suave de Rosa. La acarició sin decir nada y esperó, en esa postura, hasta


que ella despertó. Apenas conversaron, intercambiaron miradas profundas que dejaban entrever miedo y desconfianza, cualidades que nunca antes habían aparecido ante ellos y que, por ese mismo motivo, les intrigaban y estimulaban al mismo tiempo, como si trataran de explorar hasta el fin sus consecuencias. Las piernas de Rosa siguieron paralizadas durante todo el día y, al llegar la noche, la niebla regresó. De nuevo, Enrique estaba solo en medio de los campos; no había silencio acuático ni risa masculina sino voces de niños acercándose. No los veía porque los maizales les cubrían el cuerpo, asomando únicamente las coronillas de los que creyó eran hijos suyos. Se miró a sí mismo y se vio el rostro sin que éste se reflejara en ningún sitio. Era el mismo de esa mañana pero si esos niños eran hijos suyos tenían que haber pasado varios años. De nuevo, la niebla lo cubría todo y perdía las voces de los niños. Los llamaba y trataba de avanzar. Un camino inexistente se abrió ante él. La niebla se despejaba lo suficiente para distinguir, a ambos lados del camino, cientos de girasoles perdidos, sin un sol hacia el que orientarse. Su amarillo había palidecido pero estaban frescos y vivos aunque tristes. El camino le condujo hasta la entrada del bosque circular. Dentro, las vocecillas de los niños se habían convertido en lloros de bebés. Enrique quiso entrar pero no se atrevió. La niebla estaba demasiado presente y él sabía que quería engañarle. Cuando sus pasos dieron marcha atrás y recorrió el camino de los girasoles en sentido contrario, Enrique Rialme despertó. El reloj marcaba las tres de la madrugada y la oscuridad entraba por la ventana sin mostrar ni una sola estrella en el cielo. Buscó a Rosa entre las sábanas y volvió a encontrar su pelo revuelto. La abrazó con cuidado de no despertarla y puso su mano en la cabeza de ella pensando que la palma tal vez pudiera ver lo que él no veía. Esa noche no durmió y, por la mañana, el cansancio dilató el trabajo en el molino provocando que los nervios de su espalda y de su cuello se contrajesen dolorosamente. En los descansos cortos, trató de reflexionar acerca de sus sueños. Siempre los había tenido pero no todos eran de la misma clase. Los había como los de esas noches, inexplicables, caprichos del subconsciente muy difíciles de interpretar porque no sabía cuándo se trataban de fantasías del cerebro o cuándo de advertencias sobre algo que se acercaba. Luego estaban las simples premoniciones, pero estas eran claras, definidas y perfectamente comprensibles porque encajaban los lugares y las personas. No eran metáforas como las que traía la niebla. Y eso le enojaba. Desde niño, asumió que tenía una especie de don en el


que nadie creía. No le importaba ser el único que encontrara explicación a ciertas cosas que ocurrían ajenas a toda razón, traídas del más allá, como cuando se perdieron las llaves de un granero en mitad del monte y él supo el lugar exacto en el que se habían enganchado, o la vez en que alertó que una vecina de gran volumen se iba a caer al río después de romperse la baranda en la que se iba a apoyar y a la que finalmente rescataron con vida aunque murió meses después de pulmonía. La mayoría de las veces, cuando no se le revelaban acontecimientos fatídicos o defunciones, Enrique disfrutaba con las visiones y ensoñaciones de futuro y trataba de amoldar sus actos, sus paseos, los juegos con sus amigos, a lo que llegaría. Se sentía afortunado de tenerlas pero, algunas como las de la niebla, requerían demasiado esfuerzo y concentración mental para extraer una conclusión razonable acerca de ellas. Pero esta vez no lo lograba. Intuía que se trataba de una advertencia de futuro en la que su mujer representaba un papel fundamental aunque todo le atañía a él. Lo que no llegaba a comprender era el motivo por el que esas ensoñaciones coincidían con la parálisis de Rosa. Las dos noches que siguieron también se nublaron con la niebla espesa pero se encontró en el interior de una casa sin muebles ni ventanas. Era de madera y todas sus paredes eran redondeadas. Cuando se dio cuenta, creyó estar en el interior de un gran balón hueco de madera que giraba haciéndole resbalar y caer. La niebla le impedía ver la pared opuesta pero la intuía cercana. Rodó a gran velocidad dando tumbos y, cuando creyó chocar contra una montaña, despertó. El quinto día, Rosa movió una de sus piernas. Extasiado de alegría, su hermano Jaime buscó en el desván de la casa la vieja cama de ruedas que utilizó Marcelo después de su primer ataque. Removió el colchón de lana hasta que se ahuecó, colocó sábanas limpias y tumbó a su padre sobre la camilla casera para llevarle al lado de su hija. Maniobraron durante quince minutos para salir a la calle por la puerta de la cocina ya que si la cama salía recta golpeaba uno de los armarios. Jaime tuvo que vaciar el armario de copas y vajilla, dejarlo todo sobre la encimera y la mesa de la cocina, empujar el armario con el costado derecho hasta desplazarlo junto al fregadero y sacar a su padre. Éste se quejó porque el sol le molestaba en los ojos, así que Jaime le tapó la cara con un trapo de la cocina y lo condujo cuesta abajo hasta la salida del pueblo. Tuvo que frenar la cama continuamente porque del peso se le escapaba en carrera


hacia abajo. Después, tuvo que empujar porque la hierba del camino frenaba los ejes de las ruedas y apenas avanzaban. Una hora más tarde, ya en la casa del molino, Enrique, Jaime y Marcelo, alrededor de la cama de matrimonio, contemplaron cómo Rosa movía los dedos del pie de la pierna coja. Fue la primera en reaccionar y, poco después, movió la otra y comenzó a flexionarlas. La rodilla coja le había mejorado por completo y ya no quedaban rastros de la fea lorza de piel y grasa que se acumuló a su alrededor pero su vientre se había inflamado por la inmovilidad y aparecía grotescamente inmensa, como a punto de estallar aunque todavía quedaban cuatro meses para dar a luz. Todos pensaron que el bebé que Rosa gestaba debía de ser enorme y, en silencio, Marcelo Dosaguas se alegró de que por fin llegara a la familia un varón fuerte, aunque se fuese a apellidar Rialme. Para no tener que empujarlo de nuevo a casa, Jaime propuso que el viejo Marcelo se quedara con Enrique y Rosa en la casa. Enrique dudó, tenía demasiado trabajo en el molino y, luego tenía que atender a Rosa, cuidar de un enfermo más podía sobrepasarle, pero Rosa insistió ya que sería una buena compañía. Así que durante semanas, Enrique (despierto antes de hora para no tener que soportar sus sueños) se encargó de asear a Rosa y a Marcelo. Les preparaba el desayuno, los acercaba al sol que entraba por la ventana o los sacaba a la parte posterior junto a las gallinas y los animales. Rosa leía en voz alta los libros en francés de su madre aunque Marcelo no entendía ni una palabra; sin embargo, Marcelo se relajaba escuchándolos quizá porque le evocaban tiempos tan pasados que le permitían ausentarse del presente. El reposo le sentó bien a Rosa. Se fortalecieron sus piernas y se olvidó de lo sucedido en las callejas del pueblo. Lentamente, con el mismo cuidado con el que se enseña a caminar a un niño, Rosa ayudó a que su padre recuperara el habla y la movilidad de los brazos. Le engatusó para obligarle a hablar y que ejercitara las cuerdas vocales. Al principio, Marcelo se opuso pero, cuando comenzó a hablar, surgieron los recuerdos y no paró de hablar y hablar. De los tiempos de los Almansa; de los peinados dieciochescos que mostraban los antepasados de María en los cuadros antiguos; de cuando libraron a Darío (y después a Jaime) de cumplir con el servicio militar, pagando para que fuera en su lugar uno de sus primos; del día en que se proclamó la República y todos salieron a celebrarlo a la plaza; de las guerras carlistas en las que luchó el padre de Marcelo… Y de Lucía. Sobre todo, de Lucía.


Pero los tiempos antiguos estaban perdidos, como ellos mismos. Y la zozobra de sus días les sobrepasaba como la marea golpeando los arrecifes. Con el paso de los días, Enrique y Jaime se sumergieron de nuevo en la rutina del trabajo y olvidaron lo ocurrido. Por las noches, los rostros de Enrique y Rosa volvieron a encontrarse aunque por el día, desde lo alto del molino en el que trabajaba, Enrique no pudo dejar de contemplar la entrada del bosque circular, rastreando el cielo temiendo que una capa de niebla pudiera descender desde las montañas.