Issuu on Google+

EL GRAN NEGOCIO DEL DIEZMO Hace miles de años, los dirigentes del errante y perseguido pueblo hebreo determinaron, inspirados por su Dios Yahvé y por la necesidad de su supervivencia y la de su propia Fe, imponer a su gente el cobro del diezmo, que se llamó así porque exigía la décima parte de lo que cada persona ganara, cultivara o tuviera en patrimonio, como aporte a la causa de la libertad y la construcción de una nación. Por esa razón, su evasión era impensable debido a las consecuencias para el futuro de todos ellos. Me parece loable esa institución en tiempos tan azarosos en los que la desorientación del pueblo de Israel era tal que se inventaban dioses al menor descuido de los líderes que un día eran ensalzados y al siguiente vituperados según tuviera o no la gente un alimento que llevarse a la boca, y en los cuales la pobreza o la abundancia era compartida por todos, esclavizados o desplazados por pueblos guerreros, siendo ellos una nación de paz. En esos heroicos tiempos bíblicos, cuando la revelación divina era tan escasa que apenas unos pocos seres humanos lograban entender la voluntad de Dios, nada más útil que la recolección de un impuesto que constituyera el erario hebreo, destinado a suministrar la solución de las necesidades más urgentes de la gente y mantener unida a la nación en medio de la diáspora. Era justificable que los líderes espirituales hicieran ese acopio económico porque eran ellos mismos los jefes políticos y militares, pues en esos tiempos no se diferenciaba la administración política de la religiosa, por ser sociedades en formación. Actualmente el pueblo de Israel aporta voluntariamente para el mantenimiento de sus sinagogas. Pero, pasados los siglos, unos astutos y ambiciosos embusteros decidieron revivir todas las justificaciones válidas de esa época para llenar sus ilimitadas arcas con el agravante del engaño espiritual, sin tener ninguna relación con el antiquísimo pueblo hebreo o con la ley de Moisés. Son los tiempos modernos, el siglo XXI con su vislumbre de una nueva era para la humanidad, y nos enfrentamos a uno de las mayores estafas de la historia: la venta de la salvación del alma. No otra cosa es la que me propongo denunciar. Soy de filiación católica por herencia y reconozco que a veces soy digno de la excomunión, pues no estoy totalmente de acuerdo con todos los dogmas de nuestra fe y mi mente crítica ya me hizo alejar una vez del seno de la Iglesia. También soy consciente de la inmensa riqueza de la iglesia Católica, que históricamente compartió durante siglos el poder político con los grupos económicos más poderosos que, a cambio de la influencia sobre el mundo, donaron tierras y grandes tesoros al clero, el cual muchas veces no fue ético y permitió los más grandes crímenes con la condición de que se le permitiera seguir existiendo. Durante la edad media, y hasta el siglo XIX, la iglesia Católica mantuvo en Europa el cobro del diezmo sobre las cosechas de todos los granjeros y eso le significó un inmenso poder económico. Pero veo que ahora la iglesia católica, única iglesia evolutiva del mundo, que se reconoce imperfecta, que es capaz de comenzar a replantear sus dogmas, pedir perdón a la humanidad por los errores o equivocaciones del pasado y propugnar el ideal cristiano de la humildad, el perdón y el amor como forma de reconstruir la hermandad entre los pueblos, veo que esta iglesia a la que pertenezco y a la cual nunca pienso renunciar voluntariamente, no me obliga bajo ningún concepto a pagar un diezmo que tampoco pagaría si me obligaran; ni siquiera me lo ha sugerido sacerdote alguno, pues su prédica no se basa en la riqueza material. Cuando entro a un templo y, durante la misa, pasa un acólito con una bolsa para recoger las limosnas, raramente echo algunas monedas porque raramente las tengo, con la tranquilidad de que voy a poder seguir con mis oraciones o meditaciones sin el temor de que el sacerdote me vaya a echar en cara mi tacañería o a condenarme al infierno por ofender a Dios. Allí los sermones hablan de la palabra de Dios en el sentido espiritual y no de estar pensando únicamente en las posesiones terrenales. Lo que me sorprende ver es la gran cantidad de nuevas “iglesias” -miles- que, reviviendo normas del antiguo testamento, pero primero que todo la relativa al diezmo, han aparecido los últimos años en Colombia. Esa pasmosa cantidad de cultos retrógrados traídos de los cabellos no son más que falsas iglesias cristianas cuyo único fin es enriquecerse rápidamente con la amenaza del castigo


divino para quien no aporte dicho diezmo, y la promesa de un lugar seguro y cómodo en el cielo, para los aportantes, directamente proporcional al tamaño de sus donaciones. Negocio seguro pero maléfico, que ya está infiltrando a la iglesia católica. Haciéndose pasar por católicos fervientes, algunos pastores, no sé si con conocimiento pleno del clero, organizan a los fieles en cultos carismáticos paralelos, utilizan los mismos templos católicos en horarios alternativos y hacen los consabidos llamados veladamente amenazantes a pagar el diezmo a quienes se inscriben allí con la idea de que asiste a grupos de oración. Uno de esos maléficos grupos se hace llamar Renovación Carismática Católica, pomposo nombre para enriquecer a sus “pastores”, quienes usan la máscara de la Fe para convertir el Reino de Dios en un negocio altamente rentable. Francamente, a ese tipo de cultos, “iglesias” y grupos yo les doy el nombre de estafaderos. No menos que eso son. Las consideraciones espirituales quedan aparte, pues la base de esos cultos es el cobro del diezmo. Aprovechándose de la creciente desorientación espiritual de la gente, que más que paz interior lo que busca es comodidades materiales, inmersos en un mundo que pregona el gasto y el lujo como ideales de vida, las mal llamadas y prolíferantes nuevas iglesias cristianas, nominadas a veces como “centros de ayuda espiritual”, cobran el diezmo con lista en mano y motivan a la gente a que aporte voluntariamente más de lo exigido por Dios para así obtener mayores beneficios del mismo. Con semejantes argumentos, respaldados con citas bíblicas astutamente escogidas para servir a sus propósitos, es difícil que una persona ansiosa por encontrar el favor de Dios se niegue a poner los frutos de su trabajo, sus bienes y sus tierras en manos de los “pastores”, que invierten ese dinero en lujosas camionetas de las mejores marcas, yates y cruceros, extensas fincas y lujosas mansiones en todo el mundo, además de costosas instalaciones para sus templos, emisoras de radio y canales privados de televisión para aumentar el poder de sus tentáculos. Es la vuelta a unas prácticas ya caducas, pues los pobres ingenuos que caen en las redes de esos negociantes de la Fe, no se toman la molestia de investigar en la misma Biblia, sobre todo en el nuevo testamento, las razones para entender que las prohibiciones y normas de cada culto son un grave atentado a la libertad personal y que el diezmo es una institución ya abolida. Los gobiernos deberían ser los únicos autorizados para recolectar impuestos, más bien deberían investigar a esas falsas iglesias y prohibirles el cobro del diezmo a ver si siguen tan interesados en el Reino de Dios y en seguir utilizando abusivamente el nombre de Jesucristo. Las razones son prácticas y lógicas: Primera: el reino del cielo es un reino espiritual, allí no se necesita dinero ni un espacio físico para existir y Dios no necesita riquezas materiales como nosotros. Segunda: el dinero es un invento humano que con el tiempo vino a reemplazar los sacrificios que los pueblos ofrecían a Dios con la intención de aplacar su ira y ganar sus favores, en un tiempo en que se creía que Dios era un dios vengativo, ambicioso y en todo parecido a los más astutos de los jerarcas humanos. Tercera: desde el antiguo testamento todos los Profetas pregonan la eliminación de las desigualdades sociales, de la injusticia y la pobreza, y ponen esta condición y la del amor al prójimo como necesarias para lograr una paz mundial, recalcando que la caridad debe nacer en cada persona y no ser impuesta por otros, porque así nada cambiaría. Cuando Jesucristo, prefigurado en todos los profetas, hablaba de que el templo se había convertido en una cueva de ladrones y tildaba a los dirigentes religiosos como “hipócritas” y “sepulcros blanqueados”, no faltaba a la verdad, incluso a la que hoy padecemos. Esa falta generalizada de agudeza espiritual para entender que hay que “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, impide entender que con Dios el único negocio posible es el del amor: “hacer con otros como quisiéramos que hicieran con nosotros” y “amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos”. Los cultos religiosos solamente deben administrar los dones espirituales y no cobrar por ello, por ser esta una misión inspirada y de importancia superlativa. Una persona que haya llegado a un alto grado de comprensión espiritual no necesita de las riquezas y los lujos para ser feliz; en Dios encuentra todo lo que su alma necesita y su mayor anhelo es compartir esa comprensión para que los demás la disfruten. Pueden vivir una vida digna y feliz sin excesivas posesiones materiales.


Pero los pastores de los rebaños vulnerables de hoy en día, insisten en que la voluntad de Dios es que todos tengamos innecesarios bienes materiales ilimitadamente, su palabreja favorita es “prosperar”. En sus arengas envolventes e hipnóticas que no dejan lugar a la reflexión, se suceden todo el tiempo las amenazas al que no cumpla con los mandatos de esas sectas con las menciones a conseguir una buena casa y autos último modelo, cosas que merecidamente toda persona puede conseguir sin que eso signifique un avance espiritual, indicaciones para que los fieles luchen por triunfar en los negocios como un mandato divino, obligando incluso a que dichos negocios sean nombrados con palabras del antiguo testamento, supuestamente para que así sean “bendecidos” por Dios y tengan más éxito (yo personalmente no compro en un negocio que se llame Shadday, El Maná, Bendita Esperanza, La Santa Alianza, Jesús es mi pastor, o cosa por el estilo); en fin, una cantidad increíble de chantajes espirituales para motivar a la gente a que haga cada día más dinero, porque así a ellos les tocará un diezmo más grande. Incluso la formación empresarial es una de las más exitosas en esas comunidades que, si en verdad tuvieran fines más altruistas, harían un gran cambio en nuestra sociedad tan necesitada de empleo y de avance microempresarial; pero las torcidas intenciones de los dirigentes de tales cultos hacen que los empresarios les aporten cada día más dinero. Si esto no fuera cierto, no nacerían casi a diario esas “iglesias” de garaje con discursos copiados unas de otras, y no crecerían con tanta rapidez, llegando a abrir sucursales por toda la ciudad e incluso en todo el país, volviendo rápidamente multimillonarios a sus fundadores. Bueno, es que ciertos colombianos vieron que era buen negocio porque conocieron el éxito de poderosísimos emporios del diezmo venidos de otras latitudes, e incluso algunos se formaron dentro de ellos y salieron a inaugurar su propio estafadero espiritual. Motivan igualmente a los seguidores a que demuestren su fidelidad llevando más seguidores (como en las “pirámides” de estafa) y los inducen a convertirse en pastores para que les ayuden a manejar el rebaño de incautos. ¿Por qué las personas que acuden a esos cultos materialistas no reaccionan y se salen de allí? Porque la presión psicológica que saben ejercer los astutos pastores, con admoniciones sacadas del antiguo testamento, de las épocas en que tocaba hacer creer al pueblo que Dios era un ser materialista, vengativo, posesivo y castigador, llega al punto de hacer desarrollar en los creyentes un sentimiento de culpa muy grande no sólo al incumplir con el pago del diezmo, sino también al querer abandonar sus filas. Pero otra razón para que perduren allí es la falsa seguridad espiritual que obtienen al cumplir preceptos de una moral fanática oscura, fundamentalista, retrógrada, llena de prohibiciones y pecados. Las personas que allí se refugian, para huir de los vicios de una sociedad de consumo falta de sentido y valores, caen en esa otra esclavitud, espiritual que es peor, que anula el libre desarrollo de la personalidad y condena al ser humano a pagar en vida onerosamente su culpa. He conocido personas que han logrado librarse de las garras de esos nefastos cultos y he notado que muchas no han vuelto a ser las mismas: andan por el mundo como zombis, con la mirada escurridiza y la sonrisa perdida, no pueden volver a disfrutar de una religión libre y sincera, no son esclavos pero tampoco son libres, siempre los perseguirá el miedo a ese Dios castigador del Antiguo Testamento que les metieron en la cabeza; si toman una cerveza o bailan sentirán que hacen mal, si ríen creen que ofenden a Dios, si se dan gusto en algo piensan que están gastándose el dinero de Dios; nunca olvidan los castigos anunciados y quizás vuelvan a caer en otro yugo como el que abandonaron, porque olvidaron el valor de la libertad, olvidaron que Dios y el dinero son como el agua y el aceite, olvidaron que “es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar al reino de los cielos”, olvidaron que Dios es Dios de amor y no de castigos. La otra infame falta de los cultos falsamente llamados cristianos, es que están comenzando a inmiscuirse en la política. No hay culto que deje de lanzar candidatos a las curules de control del estado, asegurando la elección con la votación obligada de los miembros de la secta. Así llenan cada día más sus cuentas bancarias y buscan entrometerse en la creación de leyes para favorecer sus intereses. Si hay un anticristo, allí hay que buscarlo. Ya un pastor de aquellos se auto proclamó como tal, un anticristo de pacotilla que hace tatuar a sus seguidores con el número de la bestia. No, ese sólo no es el anticristo, son todas juntas esas sectas que abusando del nombre de Dios y de su


hijo Jesucristo, el ser más sabio, bueno y espiritual que ha pisado la Tierra, someten a las personas necesitadas de amor y espiritualidad a la tiranía del dios del dinero, del Baal de nuestros tiempos: las sectas diezmeras. JORGE ZAMBRANO GAVIRIA Octubre 31 del 2.007 – Marzo 3 del 2014 Bogotá, Colombia.


El gran negocio del diezmo