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entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no de sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había ordenado, en secreto, que se "cuidara" de forma especial a los dos médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que fueran trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en vez de dos médicos. Ya he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con la preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El carácter del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse envuelto en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba toda la escala de valores que hasta entonces había mantenido. Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin utilizarle antes al máximo y extraerle hasta el último gramo de sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus principios morales. Si, en un ultimo esfuerzo por mantener la propia estima, el prisionero de un campo de concentración no luchaba contra ello, terminaba por perder el sentimiento de su propia individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y un valor personal. Acababa por considerarse sólo una parte de la masa de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado, como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios. Una pandilla pequeña pero peligrosa, diestra en métodos de tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos. Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos, patadas y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros buscábamos el centro de las formaciones: allí teníamos más oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que

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marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la columna. Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos. Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los SS.

Añoranza de soledad Cierto que había veces en que era posible —y hasta necesario— mantenerse alejado de la multitud. Es bien sabido que una vida comunitaria impuesta, en la que se presta atención a todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir la irresistible necesidad de alejarse, al menos durante un corto tiempo. El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con sus pensamientos. Añoraba su intimidad y su soledad. Después de mi traslado a un llamado "campo de reposo", tuve la rara fortuna de encontrar de vez en cuando cinco minutos de soledad. Tras el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se hacinaban unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo junto a la doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había improvisado una tienda con unos cuantos postes y ramas de árboles para cobijar media docena de cadáveres (que era la cuota diaria de muertes en el campo). Había también un pozo que llevaba a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no eran necesarios mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la tapa de madera de este pozo, contemplando el florecer de las verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro, enmarcado por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba añorante y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en dirección a mi hogar, pero sólo veía nubes. No me molestaban los cadáveres próximos a mí, 58

El Hombre en Busca de Sentido  

Excelente Libro sobre el espiritu de sobrevivenciadel Ser Humano

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