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Afortunadamente el "capo" de mi cuadrilla se sentía obligado hacia mí; sentía hacia mí cierta simpatía porque yo escuchaba sus historias de amor y sus dificultades matrimoniales, que me contaba en las largas caminatas a nuestro lugar de trabajo. Le había causado cierta impresión con mi diagnosis sobre su carácter y mi consejo psicoterapéutico. A partir de este momento me estaba agradecido y ello me fue de mucho valor. En ocasiones anteriores me había reservado un puesto junto a él en las cinco primeras hileras de nuestro destacamento, que normalmente componían 280 hombres. Era un favor muy importante. Teníamos que alinearnos por la mañana muy temprano cuando todavía estaba oscuro. Todo el mundo tenía miedo de llegar tarde y tener que quedarse en las hileras de la cola. Si se necesitaban hombres para hacer un trabajo desagradable, el jefe de los "capo" solía reclutar a los hombres que necesitaba de entre los de las últimas filas. Estos hombres tenían que marchar lejos a otro tipo de trabajo, especialmente temido, a las órdenes de guardias desconocidos. De vez en cuando, el "capo" elegía a los hombres de las primeras cinco filas para sorprender a los que se pasaban de listos. Todas las protestas y súplicas eran silenciadas con unos cuantos puntapiés que daban en el blanco y las víctimas de su elección eran llevadas al lugar de reunión a base de gritos y golpes. Ahora bien, mientras duraron las confesiones de mi "capo", nunca me sucedió eso a mí. Tenía garantizado un puesto de honor junto a él, lo que comportaba además otra ventaja. Como casi todos los que estaban internados en el campo, yo padecía edema de hambre. Mis piernas estaban tan hinchadas y la piel tan tirante que apenas podía doblar las rodillas. No podía atarme los zapatos si quería que cupieran en ellos mis pies hinchados. No hubiera quedado espacio para los calcetines aun cuando los hubiera tenido. Mis pies parcialmente desnudos estaban siempre mojados y los zapatos llenos de nieve. Ello me producía, naturalmente, congelaciones y sabañones. Cada paso que daba constituía una verdadera tortura. Durante las largas marchas sobre los campos nevados se formaban en nuestros zapatos carámbanos de hielo. Una y otra vez los hombres resbalaban y los que les seguían tropezaban y caían encima de ellos. Entonces la columna se

detenía unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en acción uno de los guardias y golpeaba a los hombres con la culata de su rifle, haciendo que se levantaran rápidamente. Cuanto más adelantado se estuviera en la columna, menos probabilidades tenías de detenerte y de tener que recuperar después la distancia perdida corriendo con los pies doloridos. ¡Qué agradecido debía sentirme por haber sido designado médico personal de su señoría el "capo" y por marchar en cabeza a un paso regular! Como pago adicional a mis servicios, yo podía estar seguro de que mientras en nuestro lugar de trabajo se repartiera un plato de sopa a la hora de comer, cuando llegara mi turno, él metería el cacillo hasta el fondo del perol para pescar unas pocas habichuelas. Este mismo "capo", que anteriormente había sido oficial del ejército, se había atrevido a musitar al capataz, aquel que se había irritado conmigo, que me consideraba un trabajador excepcionalmente bueno. No es que esto me ayudara mucho, pero sí sirvió para salvarme la vida (una de las muchas veces que se salvaría). Al día siguiente del episodio con el capataz el "capo" me metió de contrabando en otra cuadrilla de trabajo. Con este suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que hay momentos en que la indignación puede surgir incluso en un prisionero aparentemente endurecido, indignación no causada por la crueldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido. Aquella vez, la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a escuchar a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más remota idea de cómo era yo, un hombre (debo confesarlo: la observación que expongo seguidamente la hice a mis compañeros de prisión tras la escena, lo que me produjo un cierto alivio infantil) "que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de la sala de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera permitido pasar". Había también capataces que se preocupaban por nosotros y hacían cuanto podían por aliviar nuestra situación, cuando menos al pie de obra. Pero aún así no cesaban de recordarnos que un trabajador normal hacía siete veces nuestro trabajo y en menos tiempo. Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando argüíamos que ningún trabajador normal y corriente vivía con 300

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El Hombre en Busca de Sentido  

Excelente Libro sobre el espiritu de sobrevivenciadel Ser Humano

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