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Primera edición, 2014 Silva, Jorge Alberto Benny Souchiate y la Legión del Faro Monterrey, Nuevo León Avia Wes Ediciones ©Jorge Alberto Silva Alanís

Diseño de portada: Jacinto McSuárez

Contacto: aevum11@hotmail.com facebook.com/benny.souchiate bennysouchiate.blogspot.com Escritores Independientes Capítulo Monterrey: monterrey.eicam.com.mx/


Capítulo 1

La visita El taxi se detuvo frente a la casa marcada con el número 324 de la calle Pinzón en una pequeña población llamada Krania, localizada al norte de Loma Príncipe. El ocupante del asiento trasero corroboró la dirección que llevaba anotada en un papel arrugado. Era el lugar. Bajó del destartalado vehículo y le pagó al conductor con un billete que –como descubriría el desafortunado chofer al día siguiente– era falso. —Quédese con el cambio. El taxi se marchó y el sujeto llamó a la puerta de la casa. Como era de noche, no se alcanzaba a distinguir en todo su esplendor el descuido del lugar. En el día, el visitante habría visto las paredes pintarrajeadas por los pandilleros, el barandal oxidado y la puerta de madera carcomida. La puerta se entreabrió y un par de ojos se alzaron para encontrarse con los del visitante. —Diga —preguntó una voz que estaba dejando de ser infantil. —Busco a tu padre. —Está dormido. —Despiértalo. El hombre empujó la puerta y entró sin mucha resistencia. Quien le estaba atendiendo sabía que era imposible hacerse el valiente y cerrarle el paso. Era un muchachito con el cabello casi a rape. Unos minúsculos cabellos rojizos apenas brotaban de su cabeza. —Tú debes de ser Trenzo, ¿no? 7


Trenzo Farras no contestó. Miraba con coraje al sujeto que había entrado a la fuerza a su casa. Nunca antes lo había visto, pero por lo que su padre le contó alguna vez, pudo deducir de quién se trataba. —Dile a tu padre que necesito hablar con él. Trenzo se dio la vuelta de mala gana y entró a uno de los cuartos. La casa era una pocilga. En la sala había espacio sólo para un par de sillones. Detrás de una barra estaba la cocina rebosante de platos y vasijas sucias. Un enjambre de moscas se daba el gran festín con las sobras del día… y también con las del día anterior. Del olor, ni hablar. Hasta para el visitante, quien no estaba acostumbrado a las delicadezas de la vida, el hedor era simplemente insoportable. De la recámara no salió Latzio Farras, el hombre alto, sino su esposa, una mujer bajita y rechoncha. —Latzio no puede atender a nadie —le dijo al visitante con voz decidida—. No se encuentra bien. —Dígale que quiero conversar con él y verá cómo se pone mejor. —¿Y usted quién es? El hombre se acicaló la barba con una mano y se removió la gorra de marinero. —Soy el capitán Odiseo Nantucket. La actitud de la mujer cambió al instante. Ella también había escuchado historias sobre el visitante, y más le valía ser amable. —No puede moverse de su cama, pero pase a verlo. La mujer lo condujo hasta la pequeña habitación iluminada apenas con una lámpara de mesa. Cuando Nantucket vio a Latzio no lo pudo reconocer. Su estado era más que lamentable: estaba postrado en la cama, con la mirada perdida. Su cabello rojo había encanecido y su rostro lucía demacrado e inexpresivo. Incluso podría decirse que se había hecho más pequeño. A su lado, como de guardia, su hijo Trenzo. 8


—Usted… ¿podría explicarme qué fue lo que le pasó a mi marido? —Eso tendría que preguntárselo a su antiguo jefe, el Coleccionista. Aunque, hasta donde sé, él también está un poco… perturbado. —Estaba tan bien —sollozó la mujer—. No sé qué le pasó. —Yo sí sé —interrumpió Trenzo con el coraje agolpado en la garganta—… Benny Souchiate. Apenas escuchó el nombre “Benny Souchiate”, Latzio empezó a lanzar gritos. La mujer corrió hacia él y con la ayuda de su hijo intentó tranquilizarlo. Nantucket no creía lo que estaba viendo. Conocía a Latzio Farras desde hacía mucho tiempo, y si bien no era un hombre brillante, tampoco era el chiflado que tenía enfrente. Latzio se calmó de repente. —¡Es la hora! Con una fuerza surgida de quién sabe dónde, hizo a un lado a su mujer y a su hijo y corrió hacia el ropero que estaba en la habitación. Lo abrió y comenzó a sacar prendas a diestra y siniestra. Apenas las observaba y las lanzaba por los aires. —El jefe debe cambiarse de capa —decía insistentemente. La esposa abrazó a Trenzo y ya no pudo contener el llanto. De pronto, Latzio se detuvo una vez más. En su rostro se dibujó una expresión de terror. —¡El granizo! ¡El viento! Miró la palma de su mano y se encontró con una cicatriz, aquélla de la herida que se había hecho con un vidrio cuando una tormenta surgida de la nada hizo añicos el ventanal del castillo del Coleccionista. Los gritos se hicieron más estridentes. Trenzo no pudo más y salió de la habitación como alma que lleva el diablo. La esposa sujetó a Latzio y lo condujo de nuevo a su cama, donde sus gritos poco a poco se fueron transformando en susurros. —No creo que esté en condiciones de decirme lo que quiero saber —dijo secamente el capitán. 9


Se dirigió hacia la puerta de la habitación sin despedirse. Cuando estaba a punto de cruzar el umbral, una pequeña figura de papel se deslizó por el aire hasta quedar frente a sus pies. Era un avión de papel. Odiseo lo recogió y se volvió hacia Latzio. Él lo había lanzado. —Lo atrapé —le dijo a Nantucket canturreando como un niñito. Entonces Latzio encendió el interruptor que estaba a un lado de la cama y la habitación se iluminó plenamente. Nantucket reparó en un detalle que le había pasado inadvertido. Por toda la habitación había hilos colgando, de los cuales, pendían pequeños aviones de papel. —¡Los atrapé a todos! —Latzio rompió en carcajadas. El capitán reanudó la salida. Su visita había resultado inútil. Se pasó semanas localizando a Latzio y, cuando por fin lo había encontrado, el hombre estaba chiflado. No había más qué hacer en ese lastimoso lugar. Estaba a punto de abrir la puerta cuando una voz lo detuvo. —Yo puedo ayudarle. El capitán le dirigió a Trenzo una mirada suspicaz. —Yo sé dónde puede encontrar a Benny Souchiate.

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Capítulo 2

Historias que nunca terminan Al cambiar de página, Benny Souchiate se encontró con que su cuaderno de pastas azules estaba por terminarse. Únicamente quedaban dos páginas en blanco. Ya antes se había dado cuenta de que su buen amigo tendría que ser pronto reemplazado, y eso le traía una gran tristeza. Al mismo tiempo, se sentía orgulloso de haber llenado ese enorme cuaderno con un montón de historias nacidas de su imaginación. En sus hojas se describía toda clase de sitios habitados por toda clase de personajes metidos en toda clase de problemas. Unas semanas antes estuvo a punto de perderlo, cuando la maestra Vonka se convirtió en su primera lectora. Por desgracia, ella personificada como una bruja horripilante, era la villana de una de sus historias. Esto la ofendió tanto que le confiscó el cuaderno a Benny y, no conforme con ello, lo suspendió de clases durante cuatro días. Esos días habrían sido un infierno para Benny de no ser por un pequeño visitante que lo llevó a vivir una odisea en la que su vida se vio en peligro, pero que también le permitió conocer lo que había más allá de las montañas de la ciudad de Loma Príncipe: el misterioso avión de papel. Apareció de la nada cuando Benny iba a la escuela en el transporte escolar. Su origen y su naturaleza eran inciertos, y la razón por la que se le había acercado a ese solitario chiquillo seguía siendo inexplicable. Tras un par de apariciones más, Benny se dio cuenta de que esa extraña criatura intentaba conducirlo a alguna parte, así que, aprovechando la ausencia de sus padres, decidió seguirlo. 11


En un abrir y cerrar de ojos, se encontró fuera de Loma Príncipe e imposibilitado para volver. Además, dos sujetos comenzaron a perseguirlo con la intención de arrebatarle el avión de papel, aun cuando éste no se encontraba en su poder. Su escape lo llevó a recorrer muchos lugares y a conocer a muchas personas que se convirtieron en sus amigos: el payaso Grykzo, eterno enamorado de Eudina, la equilibrista; el feroz y cariñoso león Chekleins; el conductor del armón, un ancianito al que le encantaba escuchar historias; Lara Flitzpin y su familia de músicos; y el legendario caballo Borrasca. Por otra parte, también se había topado con personas con no muy buenas intenciones como el tipo alto y el pingüino, sus perseguidores; el capitán Odiseo Nantucket; y por supuesto, el siniestro y extravagante Coleccionista, quien había terminado en una casa de salud mental luego de que su castillo, lleno de extraños objetos, fuera destruido por Benny. Bueno, eso de que fuera destruido por Benny no fue precisamente a propósito. Cuando el Coleccionista pretendía apoderarse del avión de papel para su colección, Benny se imaginó que el castillo era azotado por una implacable tormenta y, de forma enigmática, la tormenta se desató. ¿Y cómo algo surgido en la imaginación podía manifestarse en la vida real? Ésa era una gran interrogante a la que Benny no le hallaba respuesta. A lo largo de su viaje había descubierto una especie de poder que le permitía imaginar cosas que después sucedían. Gracias a esto, logró salvar a Eudina de una caída mortal y convocó la presencia del caballo Borrasca para rescatar a Lara Flitzpin cuando el hombre alto y el pingüino la secuestraron. Pero ese poder era limitado. Cuando Benny se vio perdido en las Dunas de Muerto y, más adelante, cuando intentó huir de la Isla del Coleccionista, recurrir a su imaginación para salvarse había resultado inútil. Nada de lo que imaginaba lograba materializarse. Tuvo la suerte de que en ambas ocasiones ocurriera algo que le permitía salir sano y salvo. 12


No fueron pocas las veces en las que Benny dudó que su aventura realmente hubiera ocurrido. Quizá su imaginación había ido demasiado lejos o sólo se trataba de un sueño extremadamente real. Sin embargo, entre las hojas del cuaderno de pastas azules había una prueba que demostraba lo contrario: la carta náutica que Benny había tomado de La Sirena Nocturna, el barco propiedad de Odiseo Nantucket, en el que viajó a la Isla del Coleccionista. Por si fuera poco, contaba con una gruesa pila de hojas escritas con su propia letra en la que estaba relatado hasta el más mínimo detalle de su aventura. En la primera página se leía como título: “TRAS EL AVIÓN DE PAPEL: UNA AVENTURA DE BENNY SOUCHIATE”.

Lo desconcertante era que la historia había sido escrita al mismo tiempo que era vivida por Benny. Al regresar de su odisea la encontró sobre su escritorio. ¿Cómo pudo vivir la aventura y escribirla a la vez? “Una verdadera paradoja”, pensó Benny. “Paradoja”, una palabra que acababa de conocer y que se refiere a una idea que se contradice. Como cuando alguien dice “Siempre miento”; si es así, lo que acaba de decir también es mentira, o sea, que nunca miente, pero eso tampoco sería verdad porque está diciendo lo contrario y entonces… Benny se sacudió la cabeza para quitarse de la mente ese revoltijo. Su aventura y el escrito de su aventura eran exactamente una paradoja. Tal vez algún día podría entender cómo pudo darse un caso tan extraordinario… O tal vez no. El avión de papel sería una clave importante para entender lo que había pasado. Benny lo perdió de vista luego de rescatarlo en la Isla del Coleccionista. A su regreso a Loma Príncipe, el avión volvió a visitarlo y esta vez le reveló unas líneas que llevaba escritas y que era nada menos que el final de la “paradójica” historia. Benny copió las palabras y, en un 13


santiamén, el avión salió volando por el hueco de la ventana de su cuarto. Hasta ese momento no se había vuelto a aparecer. ¿Adónde se había ido? Benny sabía que se le daba muy bien eso de desaparecer. Se preguntaba si, llegado el momento, volvería a seguirlo. Su respuesta inmediata era un rotundo “no”. ¿O a quién le gusta poner su vida en peligro de esa manera? Pero ya que lo pensaba mejor, estaba dispuesto a repetir la aventura con todo lo que esto implicara. Por el momento, prefería pensar en lo afortunado que había sido al recuperar su cuaderno de pastas azules. Todo fue gracias a que el señor Ánfroc, el conserje de la escuela, lo rescató de la basura y después se lo devolvió a Benny. Sus historias estaban de vuelta, y con ellas, las ganas de escribir más y más. El reloj marcaba las 9:30 de la noche. Dentro de media hora, Mamá Souchiate se aparecería en la recámara para apagar las luces y darle las buenas noches a su hijo. Al día siguiente había escuela. A pesar de que no quería que su cuaderno de pastas azules se terminara, Benny sabía que era justo que todas sus páginas se aprovecharan. Era momento de escribir. “Una historia corta”, se dijo Benny, “que quepa en dos páginas y que pueda terminar en menos de treinta minutos”. Y comenzó a escribir. “El último libro del mundo” En el año 2112 ya no eran necesarios los libros. La gente podía leer las historias en unos pequeños proyectores de hologramas del tamaño de una uña. Cada proyector tenía capacidad para más de 100,000 millones de libros, así que, a lo largo del tiempo, las bibliotecas fueron desapareciendo. Llegó un momento en el que sólo los historiadores sabían que la humanidad había conocido algo llamado “libro”. Ni en las tiendas de antigüedades ni en los museos ni en 14


ninguna otra parte se podía encontrar algo como eso. Lo único bueno era que ahora había más árboles porque ya no hacían papel con ellos. Un día, la empresa que inventó los proyectores holográficos dio una muy mala noticia: todas sus unidades habían salido defectuosas y no tardarían en dejar de funcionar. Y así fue: en menos de dos semanas, todos los proyectores se volvieron inservibles. Fue una gran catástrofe. Millones de historias se perdieron para siempre. Un grupo de historiadores decidió que era necesario regresar a los libros de papel que se usaban en la antigüedad. Hubo muchas reuniones para tratar de ponerse de acuerdo acerca de cómo elaborarlos. Pero como suele pasar en esas reuniones, no se ponían de acuerdo en casi nada. En lo único que sí concordaron era en que necesitaban encontrar lo más pronto posible un libro el cual pudieran examinar para saber cómo hacer otros libros. Se inició una búsqueda por todo el mundo en la que cooperaron historiadores de muchos países. Grandes cantidades de dinero eran ofrecidas a las personas que tuvieran un libro auténtico. Muchos quisieron hacer trampa y llevaron cosas que parecían libros y que no lo eran. Al cabo de un año, los historiadores se dieron por vencidos. Nadie sabía cómo hacer un libro. Ni siquiera los científicos más renombrados, quienes además, estaban demasiado ocupados inventando licuadoras del tamaño de una uva con la capacidad de licuar una sandía en 90 centésimas de segundo. Uno de los historiadores no quiso resignarse y decidió seguir adelante a pesar de que los demás le 15


decían que estaba loco. Fue preguntando casa por casa por un libro. Muchas veces le cerraron la puerta en la cara; otras, lo persiguieron perros robots, porque en ese entonces los perros de verdad ya se habían extinguido. Cuando sentía que ya todo estaba perdido, llegó a una casa muy humilde. Le atendió un viejito muy amable que lo invitó a pasar y le compartió un vaso con agua. Al entrar en la cocina de la casa, el corazón del historiador casi se detiene de la impresión. La mesa de aquella cocina tenía una pata más pequeña que el resto; para emparejarla, el viejito utilizó un objeto que había estado en su familia por muchas generaciones: un libro. “¿Es verdad lo que ven mis ojos? ¿Es eso un libro?” “¿Libro?”, dijo el anciano, “yo a esto le llamo emparejador de patas de mesa”. Después de comprarle al viejito una nueva mesa, el historiador llevó el libro al museo en el que trabajaba y se lo mostró a sus compañeros. Luego de muchos análisis se dieron cuenta de que sí, era un libro auténtico. Su título era: “Por qué los libros no deben desaparecer”. Ese día se declaró fiesta mundial. La humanidad había recuperado los libros y ningún aparatito, del tamaño que fuera, volvería a suplirlos jamás.

Justo dos páginas y justo el tiempo. Benny apenas colocó el punto final y la puerta de su habitación se abrió. Era Mamá Souchiate. —Es hora de dormir, amor. Benny se metió a la cama sin protestar. Usualmente la hora de dormir lo dejaba en medio de la invención de una 16


historia o en lo más emocionante de una lectura. Por fortuna, ahora no había sido así. Mamá le dio un beso y apagó la luz. En pocos minutos, Benny se quedó dormido abrazando su cuaderno de pastas azules como si fuera un oso de peluche.

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Capítulo 3

Reyupo Trent Como todas las mañanas en época de escuela, Benny tomó el transporte escolar a las 7:30 de la mañana. Desde que Trenzo Farras se cambió de ciudad, los viajes a la escuela se habían vuelto más apacibles. Los fusilamientos con bolitas de papel babeadas pertenecían a una época de barbarie que ya había terminado. A los pocos días del cambio de Trenzo, no faltaron candidatos para suplirlo; como el escandaloso Willman Breno, que se sentaba hasta atrás para gritar tontería y media; o Kanduk Prímer que se divertía poniendo chicles en los asientos. Pero ningún aspirante logró ocupar el puesto gracias a que los gritos de Don Frudencio, el nuevo conductor del transporte escolar, alcanzaban una intensidad digna de entrar a un libro de récords. Por evitar lastimar sus oídos, los chicos del Instituto Ánder Félice preferían llevar la fiesta en paz. Benny procuraba sentarse siempre donde mismo, en el sitio desde el cual había visto por primera vez al avión de papel. Ya no buscaba historias en la calle, ahora estaba muy atento por si al avión se le ocurría regresar. Su rol de niño callado había empezado a desvanecerse. Luego de que se corrió el rumor de la historia de la bruja Vonkanstein, sus compañeros empezaron a verlo con otros ojos. Ocasionalmente compartía un par de palabras con otros niños, especialmente con los de grados inferiores, que lo buscaban para que les contara historias. Fuera de eso, no podía decirse que tuviera un amigo en la escuela. Pero esa situación estaba a punto de cambiar. 18


Don Frudencio metió el freno de forma tan inesperada que más de un estudiante estuvo a punto de salir volando de su asiento. Todos en el autobús estaban conmocionados. El transporte se había salido de la ruta de siempre. —Que a nadie se le ocurra protestar —se apresuró en amenazar Don Frudencio—, es una nueva parada en la ruta. Una nueva parada. Eso significaba un nuevo tripulante. Todos los ojos en el autobús se dirigieron a la puerta de entrada. Hizo entonces su aparición un chico que llevaba un atuendo que le recordó a Benny la ropa de los niños Flitzpin. Pantalones brinca charcos con tirantes, una camisa colorida y, como toque final, un sombrero que, a decir verdad, le quedaba grande. El muchachito, más o menos de la complexión de Benny, notó de inmediato que era el centro de atención. Se quedó parado dudando en avanzar por el pasillo —Apúrate o no llegamos —gritó Don Frudencio como a dos quintas partes de su capacidad, y aun así fue ensordecedor. Ante tan amable invitación, al chico no le quedó otra más que comenzar el duro vía crucis. Nadie disimulaba la observación: el nuevo era analizado de pies a cabeza como si se tratara de un extraterrestre o una especie exótica. Cualquiera se habría muerto del nervio al ser el centro de toda esa atención. Lo que nadie sabía era que a Reyupo Trent le encantaba ser el centro de atención. —¡Ahhhhhhhh! El grito rivalizaba con los de Don Frudencio, pero éste no era de enojo sino de dolor. En el rostro de Reyupo Trent se dibujó un gesto desesperado; se llevó la mano al pecho y, sin más ni más, se derrumbó. Todos se asomaron y lo vieron tendido en el suelo sin hacer el más mínimo movimiento. Nadie supo cómo reaccionar hasta que Reyupo empezó a retorcerse en el suelo de forma violenta. Ahora los gritos no se hicieron esperar. Pronto el transporte escolar se vio sumido en el caos. Don Frudencio frenó nuevamente y se apresuró a auxiliar al niño nuevo, aunque no sabía a ciencia cierta qué podía 19


hacer. Sólo se le ocurría decir “tranquilo, tranquilo”, y evidentemente, eso no estaba siendo de ninguna ayuda. Benny estaba tan asustado como todos los demás. ¿Acaso a este niño le sobrevino el ataque por la presión de sentirse observado? Don Frudencio sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón para pedir ayuda. Apenas presionó el primer número y los retortijones de Reyupo se detuvieron. Volvió a quedarse tan inmóvil como una estatua. Los gritos también pararon. A muchos les pasó por la mente que era demasiado tarde, por eso casi se les sale el alma del susto cuando Reyupo Trent abrió repentinamente los ojos y sonrió triunfante. —Y corte. Se puso de pie con la habilidad de un acróbata y levantó los brazos como buscando obtener el 10 perfecto de los jueces en una competencia de gimnasia. Miró a todos con altivez e hizo una caravana. Todo había sido una actuación. —Me llamo Reyupo Trent. No olviden mi nombre porque seré un actor muy famoso. Nadie sabía si reír, aplaudir o sacar a patadas al ocurrente nuevo alumno. Lo que sí sabían era que pronto escucharían un grito de Don Frudencio, lo último que escucharían en sus vidas porque de seguro los dejaría sordos. El hombre estaba más furioso que nunca. Sorprendentemente no hubo grito. Lo que Don Frudencio le dijo a Reyupo, se lo dijo muy quedito, y quizá por eso dio más miedo. —A mí especialmente no se me olvidará tu nombre, niñito… cuando te reporte con el director. La mirada de Don Frudencio fue fulminante. Reyupo Trent no había llegado siquiera a la escuela y ya estaba metido en problemas. El transporte escolar arrancó de nuevo como si llevara vacas en lugar de alumnos. Las miradas seguían sin apartarse de Reyupo. El único que no lo estaba mirando era Benny. Como el asiento a su lado estaba disponible, Reyupo aprovechó y se acomodó. —¿Qué te pareció mi actuación? 20


Benny no sabía qué contestarle. Si la actuación hubiera sido en un teatro o en una película quizá le podría dar una opinión. —Bueno, nos convenciste a todos. Reyupo se estremeció emocionado. No parecía caer en cuenta de que sería castigado apenas llegara a la escuela. —¿Cómo te llamas? —Benny Souchiate. —Y dime, Benny Souchiate. En tu escuela, que ya es la mía también, ¿dan clases de actuación? ¿Clases de actuación en el Instituto Ánder Félice? A menos que fuera actuar como piedra. ¡Imposible! Benny se dio cuenta de que el niño nuevo no tenía idea de dónde estaba parado. Como se sabe, en Loma Príncipe a la gente no le interesa el arte, sólo se emocionan con lo que tiene que ver con piedras. —No, pero en una clase recitamos poesías. —¡Eso no es actuar! —aclaró de inmediato Reyupo. —No eres de aquí, ¿verdad? —No, soy de Ciudad Magna. Mis papás y yo acabamos de mudarnos. Benny se emocionó. Quiso preguntarle a Reyupo si conocía a Lara Flitzpin o a sus hermanos, aunque siendo Ciudad Magna una población tan grande, de seguro la respuesta sería negativa. También hubiera querido contarle que él ya conocía su ciudad y que había llegado a ella cubierto de lodo y suciedad luego de atravesar el desagüe. Además, que había recorrido las calles montado en un caballo de leyenda a fin de rescatar a una amiga en desgracia. De habérselo contado en ese momento, Reyupo se habría quedado boquiabierto. Semanas atrás, mientras comía un helado con sus padres en su antigua ciudad, le tocó ver a un niño montado en un caballo atravesando las calles a todo galope. Una de las cosas más impresionantes que había presenciado en su vida.

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Pero Benny no se lo contó. No quería que Reyupo lo juzgara loco. En ese momento, el niño nuevo le mostró una bolsa llena de un líquido rojo. —¿Esta sangre te parece real? Reyupo Trent no era el niño más cuerdo del mundo. —¿Es sangre? —No, tonto. La hice con miel y colorante. Quiero actuar la historia del caballero de la armadura escarlata. La parte más dramática, cuando logra escapar de las garras de la muerte luego de vencer al dragón. A Benny le brillaron los ojos. El caballero de la armadura escarlata era uno de sus libros favoritos. —¿Conoces ese libro? —¡Lo he leído miles de veces! Bueno, cientos. Bueno, tres veces. ¿Cuál es tu parte favorita? Siguieron hablando sobre ésa y otras historias hasta que llegaron a la escuela. Benny Souchiate aún no lo sabía, pero acababa de conocer a su mejor amigo.

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JORGE ALBERTO SILVA (San Nicolás de los Garza, 1978) Egresado de la carrera de Letras Españolas por la UANL y Maestro en Educación por la Universidad Regiomontana. Ha publicado textos dramáticos en las antologías Teatro Breve Nuevoleonés (Facultad de Filosofía y Letras, 1999), Contraseña: Nueva Dramaturgia Regiomontana (Conarte, 2003), y Tiempos de Dramaturgia (Conarte, 2013). En 2000 recibe la beca del Centro de Escritores de Nuevo León por el proyecto Radiografía de un corazón en llamas. En 2005 obtiene el Premio Nuevo León de Literatura por la obra Una ventana a la calle, la cual es publicada por Conarte un año más tarde. En el área infantil ha publicado Benny Souchiate (2011), además de ¡Puro Teatro! (2012), una antología de textos teatrales para niños, y el cuento Invasores de Cunilia (2013). También se ha desempeñado en la docencia, la dirección escénica, la actuación, la producción y locución radiofónica, y en la música, particularmente como cantante y compositor.

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También de Jorge Alberto Silva: Benny Souchiate es un niño tímido y solitario que vive con sus padres en Loma Príncipe, una ciudad que se dedica a la extracción y procesamiento de piedra. Sus gustos no son precisamente los más comunes: le encanta escribir historias en su cuaderno de pastas azules, y además, es un gran aficionado a la lectura. Su vida cambia por completo cuando decide seguir a un misterioso avión de papel que parece tener vida propia, y que lo lleva a vivir una fascinante aventura más allá de las montañas de su ciudad. Su recorrido estará lleno de peligros y amenazas, pero también de nuevos amigos e increíbles historias.

¡Puro teatro! de Jorge Alberto Silva reúne textos para la escena dirigidos al público infantil; entre ellos: ¡Puros cuentos!: El Hada de los Cuentos pretende contar la historia de Caperucita Roja, pero el duende Bosy interviene y todo se vuelve un caos. Obe y las estrellas: En un mundo que ha perdido toda esperanza, un niño logra comunicarse de nuevo con la naturaleza. Los libros en sus propias palabras: Dos niños llegan a una biblioteca en busca de un libro para su tarea y se encuentran con los personajes de las mejores historias infantiles. El león cantante: Una fábula sobre el respeto y la no violencia.

Mario Mireles haría cualquier cosa por no perderse su programa favorito. Incluso llega a engañar a su mamá haciéndole creer que ya terminó los fastidiosos problemas razonados que le encargaron de tarea, sólo para tirarse frente a la televisión a admirar a su ídolo: el Conejo Bernabé. Pero Mario ignora que tras la apariencia tierna y bonachona de ese personaje se oculta una aterradora amenaza que no sólo lo pondrá a él en peligro, sino al mundo entero.

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Benny Souchiate y la Legión del Faro  

Caps. 1 al 3 del libro de Jorge Alberto Silva. Conoce más de Benny Souchiate en www.facebook.com/aviawesediciones

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