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Jonatan Lipner presenta

a帽o cero

Un recorrido a trav茅s de La experiencia que llev贸 a la creaci贸n de la revista

El Escupitajo de Oro


índice Un poco de historia editoriales Primer número

Segundo número

Tercer número

los detestados Una novela

El realismo mágico

ataca de nuevo La Maravillosa Vida Breve de Óscar Wao

Super Mario conoce al Príncipe de Persia Braid

disfrazada de cómic Wachtmen

Nada más que un

truco barato El Imaginario mundo del Doctor Parnassus

el consultorio sentimental Jean Paul Sartre

Marqués de Sade


columnas libres La columna vertebral de Celeste

Atención lábil

El tintazo

por Cecilia Vietri

por Marianela Lanetta

por Natalie Dzigciot

Notas centrales Cantar con

Los forasteros Ya no sos igual

El amor en los tiempos de Mario Bros

la poesía parada

Apuntes para

una historia de las revistas culturales argentinas

Un pequeño

y precioso análisis de la saga de Scott Pilgrim

columnas de arte Música

Fútbol

por Nahuel Saladino

Videojuegos por Francisco Peretti

Literatura por Flor Zavala

por Federico Boero por Rodrigo Quiroz


textos enviados Poesía

Narrativa

relatuits Primer número

Segundo número

Tercer número

oraciones Oración a Hank Moody

Oración a Marla Singer

la cocina

Oración a Miles Prower


PRIMER NUMERO

D

amas y caballeros, niños y niñas, jóvenes revoltosos y orgullosos miembros de la tercera edad: sean bienvenidos. Con ustedes, el primer número de este querido circo neocriollo que hemos dado en llamar “El Escupitajo de Oro”. Pasen, pasen y vean. Tenemos de todo, como en botica. Tenemos todo lo que usted no necesita. Acérquense, cuando su cabeza esté empachada de banalidades, de televisión barata, de chismes de laburo, del taxi eterno, de las cuentas. Acérquense y dejen que su cabeza respire. Dense una panzada de lectura, déjense llevar por las voces, entréguense a este muestrario de estilos que es “El Escupitajo de Oro”. Vamos, anímense, dejen atrás los prejuicios y las dudas. No, no nos parecemos a nada que hayan visto antes, aunque estemos hechos de todo lo que antes hayan visto. Acá no hay reglas, acá no hay orden. Los sacrificamos, sacrificamos la direccionalidad, el gran plan, por el simple, humilde, honesto placer de “hacer cosas”, como dijera, con maestría, el payaso más famoso de la Historia. Así que siéntanse libres de ir a donde les plazca, de recorrer la revista como se les antoje. Y no se preocupen por molestos pop-ups. Nada de eso hay en vuestro humilde circo neocriollo. ¿Qué hacen, todavía, en esta página? Olviden estas palabras, dichas por el menos indicado. Adéntrense tras las cortinas de “El Escupitajo de Oro” y entréguense a las voces que lo pueblan. Anímense al desafío de Maite Pil, la intelectual fatal; sigan las desdichas descubiertas de Natalie Dzigciot, que mira positivamente la mitad vacía del vaso de la vida; piérdanse en la presentación de Majo Chinaski, la dulzura hecha verbo, circunstancia y carne. ¿Que no les basta? Pues para ustedes, los glotones de la lectura, está la nota central, el manifiesto, la promesa de un enfant terrible deseoso de un cariño que no supieron prodigarle sus padres. Y por si todo esto fuera poco, todavía queda lo mejor: la declaración de amor a la Literatura de Flor Zavala, que duerme sobre un colchón de libros; la sabiduría total sobre el décimo arte de Hollow Fran, que siente al palo la alegría del joystick; la pericia visual, auditiva, extrasensorial, de N. Schaberger, cazador de fotogramas; la charla de café de un heredero del Negro, Nahuel Saladino, que transpira la camiseta mental; y el espíritu siempre joven, siempre jovial, del fenómeno Federico Boero, que cuando no está escuchando música, la está tocando. Pero, como sabemos que nadie tiene la potestad de la verdad ni de la belleza, si miran adelante van a encontrar, quizás encontrarse, entre nuestras páginas abiertas a la colaboración del público: relatos y poemas enviados por nuestros lectores, para nuestros lectores y su deleite. Por no hablar de los novedosos relatuits: literatura en 140 caracteres, para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, pastillas de felicidad para las personas ocupadas de hoy. Y además, repartidos por ahí: el Detestado del Mes, donde nuestro crítico Lalo Landa expresa su odio manifiesto hacia la belleza mal entendida (según él); la Zona de Guerra, donde nuestros enemigos pueden escribirnos con el afán de hacernos pedazos; y el Consultorio Sentimental, para conocer cuáles son los consejos de amor, sexo y pareja de los grandes intelectuales de la Historia. Y hay más, pero no quiero ya distraerlos. ¿Siguen leyendo esto? Pasen ya de esta página y adéntrense en esta propuesta de los que quedaron fuera de todo arte y moda. Quizás, como los gitanos de Snatch, ya no estemos mañana.


segundo NUMERO

D

amas y caballeros, débochcas y málchicos, representantes del planeta Omicron Persei 4 y el planeta Omicron Persei 9: bienvenidos una vez más a esta feria de freaks, este feroz muestrario de estilos, esta esquina de todas las voces, que hemos dado en llamar, humilde e incomprensiblemente, El Escupitajo de Oro. ¡Vaya mes hemos tenido! Un mes largo, un mes lleno de altibajos, con subidas y ba-jadas, un mes indecoroso, empalagoso, ardoroso, y también con muchos otros osos, en especial uno pardo y uno blanco, que los guardamos para más adelante, para cuando el show entre en declive y precisemos levantar la opinión de la gente sobre la revista. La otra es llamar a Cristian U., aunque ya le advirtieron, sabiamente, que con nuestra Dirección no firme nada de nada. Si hay algo que realmente me puso feliz, fue poder ver la reacción positiva de la gente frente a la revista. No fue la típica sobrevaloración de los que no leyeron ni una sola página pero quieren quedar bien. No. Fue una respuesta sincera frente a la honestidad y la pasión con la que largamos a andar este extraño Frankenstein, y eso me deja tranquilo. Vamos por la buena senda. Hubo, por supuesto, miradas de soslayo, desconfianzas inevitables; sobre todo de la gente a la cual nos interesaba justamente causarle desconfianzas inevitables y miradas de soslayo, así que, inclusive cuando planeamos nuestras rivalidades y nuestros desprecios, tuvimos éxito. Que otros escriban pensando en un target, en el público al que van dirigidos; nosotros vamos por el antitarget: sabemos quiénes no queremos que nos lean. No me gustaría cerrar, asimismo, esta nueva bienvenida sin informales de la enorme recepción formal que tuvo la revista. A pesar de que no tenemos (y lo sabemos) el vuelo bien ganado de otras revistas culturales de mayor envergadura y trayectoria, igual parece que conseguimos colarnos entre la miradas de los que saben. La Asociación Internacional de Revistas Argentinas (AIRA), con sede en Uranga, Santa Fe, declaró que la revista los satisfizo por demás gracias a la frescura exagerada presente en la prosa de todos sus redactores. Armando Esteban Quito, redactor del blog “El Pollo con la Mano”, que se especializa en encontrar lo mejor de lo mejor de los mejores, ¡señor!, dijo que El Escupitajo de Oro está llamada a ser el palo en la rueda de los que quieren entronizar la cultura del país. Y para este último propósito contamos, como no podía ser de otra manera, con la in-valuable ayuda de nuestros columnistas de hierro. Me complace decirles que el número que se abre con esta pieza de arte menor supera con creces lo que ofrecimos en el lanzamiento, para desmentir, de una vez y para siempre, eso de que las segundas partes nunca son mejores. Basta echarle un ojo, por ejemplo, a los textos de Flor Zavala, Majo Chinaski o Nahuel Saladino, para entender que estamos, definitivamente, ante un salto cualitativo importante. No, señoras y señores, no es joda lo que tenemos acá. El Frankenstein está vivo, se puso en marcha, y va invariablemente hacia su objetivo, que todavía no conocemos con certeza pero esperamos sea como lo imaginamos. Y si piensan que por el absurdo de las palabras precedentes no deberían tomarnos en serio, recuerden que sólo el bufón y el loco tienen permitido reírse del rey en su propia cara.


tercer NUMERO

Y

una vez más, aparecemos. Como si nunca nos hubiéramos ido, esperemos. Porque estos meses de ausencia los sentimos como una falta, y al mismo tiempo, como una oportunidad para revisar el proyecto. Sí, lo sé, fallamos a nuestra premisa de una revista por mes. Probablemente faltemos a nuestra promesa de hacer diez revistas. Lo sé, lo sé muy bien. Lo siento en la carne. Yo, Jonatan Lipner, Director y Principal Culpable de El Escupitajo de Oro, pido disculpas. Ahora bien, después de la perorata anterior, de haber impostado sensibilidad y responsabilidad empresarial y cultural, les digo, ahora sí, con toda la honestidad que puedo (y esta vez es en serio): El Escupitajo de Oro vuelve un mes más. Vuelve en esta locura colectiva con nuevas caras, con nuevas ideas que vamos a ir aplicando en adelante, con menos respeto que nunca. Sí, vuelven los Textos de las Cuatro Puntas, vuelven los tuits para probar que la belleza viene también en frasco chico, y vuelve las secciones clásicas: El Detestado del Mes, La Zona de Guerra y El Consultorio Sentimental, con toda la mala leche y la onda que le gusta a la gente que no está leyendo (y lo bien que hace) estas palabras. Pero el Staff, señoras y señores, mis buenos amigos, el Staff es la gran novedad de este número: algunas dificultades técnicas ya nos habían privado del placer de leer a algunos de los chicos, y ahora, un cataclismo editorial llevó a una transformación. Como los equipos de superhéroes que, tras uno de esos megaeventos, cambia radicalmente su plantilla, el Staff de El Escupitajo de Oro se vio alterado: Impedidos por razones ajenas a su voluntad de escribir las cosas más copadas, se tomaron un descanso algunos miembros, y le cedieron su capa y su responsabilidad a nuevos Spittle Rangers. Así, quiero darle la bienvenida, y que ustedes se metan de lleno en sus notas, a los nuevos compañeros de esta odisea: Ceci Vietri, la Hyde literaria, con su columna “El Tintazo”, Marianela Lanetta, el hada disfrazada de humana, con “Atención Lábil”, y Rodrigo Quiroz, que no tiene epíteto que lo represente, que toma la posta del Fede Boero en la sección de Rock, para darnos con todo y tratar de llevar lo mejor posible el vuelo de la sección, que no es para cualquiera. Pero también hay espacio para el resto de los redactores, y el resto del Staff mantiene su lugar y sigue en su cruzada por llevar el nivel a lo mejor posible de sí mismo, jugando, experimen-tando y haciendo todas esas cosas que hacen que te guste tanto leer sus columnas. Nahuel Saladino nos trae una particular carta de amor; Majo Chinaski se las apaña con el apego, ese pequeño detalle que nos puede cagar la vida; o Hollow Fran, que vuelve con la segunda parte de su tratado sobre la nostalgia. Y también están los demás, pero no quiero gastar todos los cartuchos, e impedirles a uds que se acerquen a echar un ojo en este nuevo número de la revista que se les apaña para ser la fusión fallida, el Veku entre alta y baja cultura, entre la intelectualidad y la diversión. Es un nuevo número de El Escupitajo de Oro. Ya saben, la revista es suya: Pasen y vean.


Primer Número

el REALISMO MáGICO ATACA DE NUEVO lA MARAVILLOSA VIDA BREVE DE óSCAR WAO A

garré el libro sólo por curiosidad. Me llamaron la atención los colores llamativos de la tapa, muy caribeños ellos. Pensé, “¿qué puede haber de malo? Debe ser una novela de mulatas y pedófilos aprovechando ofertas”. Pero no, maldita sea, se trataba de un libro sobre un gordo nerd y negro. ¿Quién carajos quiere leer un libro sobre un gordo negro y nerd? “Esperá, a lo mejor esto puede ir para algún lugar interesante. A lo mejor se vuelve narcotraficante y se va al Caribe como prometía la tapa y se vuelve jefe de un cartel, y hay tiros y persecuciones, que es lo que hacen buenos a los libros”. Pero, no de nuevo decía; resulta ser que el gordo es un friki fracasado que se la pasa leyendo comics y ciencia ficción, ajeno al mandato de ser dominicano (porque sí, me olvidé del detalle insignificante de que toda la historia gira alrededor de República Dominicana, su historia, sus dictadores, su gente viviendo en Estados Unidos. Hasta el maldito autor del libro es de República Dominicana, como para completar el cuadro) y por lo tanto, un ganador con las minas. Y en eso se va la novela, con una historia tan simple que la puede entender un chico de cinco años. Lo que pasa es que el autor se las arregla para hacer que parezca compleja metiéndole mucha historia de su propio país (van a escuchar mucho de ese país, van a saberse prácticamente su historia en el siglo XX para cuando terminen el libro), y cosas exageradas que no creo que hayan pasado de verdad, porque si realmente hubieran pasado yo, y cualquiera que lea esto, nos hubiésemos enterado. ¿Pero quién se enteró de que Leónidas Trujillo mató a un montón de haitianos sólo para “limpiar” a su país? ¿O que elegía a las mujeres de su isla personal sin que nadie pudiera refutarlo, llegando al punto de asesinar a las que se negaban a acostarse con él? ¿Alguien escuchó de unas tales hermanas Mirabal? ¿No? Ahí lo tienen. Todas mentiras. Aunque, para ser sincero, lo que más me indigno del libro fueron dos cosas: primero, que la historia no fuese lineal. No señores: La Maravillosa Vida Breve de Óscar Wao empieza en una

época, y después se traslada veinte años hacia atrás, o diez, o se extiende en fragmentos de años, y después de meses; formando un rompecabezas que hace que uno tenga que pensar. ¡QUE UNO TENGA QUE PENSAR! Carajo, leo una historia para que el escritor me guíe hasta el final, no para tener que ordenarla yo, maldito Junot Díaz perezoso. La segunda cosa que me indignó del libro fue, no sé si llamarlo estilo, pero era como si en realidad hubiera viajado en el tiempo a los ‘60 y estuviera de moda “Cien años de soledad”. Querido señor autor: el realismo mágico pasó de moda. Ahora hay que escribir despojado, o destruyendo las formas como hacen los Nocilla. Uno tiene que seguir las últimas tendencias en materia de escritura, si no quiere quedar como un loco o un pelotudo. ¿Quién quiere leer hoy en día historias tropicales en las que aparecen elementos sobrenaturales y se habla de grandes dinastías familiares? Hace muchos años atrás uno leía cosas como esas y se levantaba a las chicas de la Facultad de Letras. Hoy uno lee eso y se vuelve un émulo del protagonista. No recomiendo para nada la lectura de este libro, y todavía no entiendo cómo hizo para ganar el Pulitzer. Sí, ganó el Pulitzer. Lo que refuerza mi teoría de que todos los jueces literarios se drogan. Si ven este libro, aléjense. Pueden terminar descubriéndose sensibles.


segundo Número

SUPER MARIO CONOCE AL PRINCIPE DE PERSIA BRAID A

veces me pregunto cómo puede haber gente tan pelotuda. Si tenemos la tecnología para hacer super efectos especiales, ¿para qué seguir poniendo planos sin sentido? ¿Por qué no mostrar directamente al monstruo gigantesco, al robot transformable, a la nave a través de su viaje; en vez de sugerirlo todo, de esconderlo del espectador? Con los videojuegos pasa lo mismo: si tenemos motores gráficos que pueden hacer que se vean las partículas más chiquititas, que las ropas parezcan reales, que los disparos suenen como si nos estuvieran tiroteando la casa, ¿por qué hay tipos que están desesperados por hacer juegos sencillitos, juegos que gráficamente parecen de hace veinte años atrás, y que encima son más difíciles que la mierda? Por no decir que te quieren hacer pensar. ¡¡PENSAR!! Cuando yo me pongo el Call of Duty, lo que menos quiero hacer es tener que romperme la cabeza para pasar los niveles. Quiero ir matando y matando imbéciles hasta llegar al final de la etapa. Con suerte, puedo tirar algunas bombas desde un avión. No necesito pensar. Nadie necesita pensar. Llegué a Braid por la recomendación de un amigo (que ahora ya no es más mi amigo). No sabía qué me iba a encontrar, la verdad, aunque en ningún momento me imaginé eso: un protagonista chiquitito, sin carisma, que prácticamente está absorbido por toda la pantalla. Mundos como los del Super Mario, pero con una ambientación que se pretende “artística”, como si fuera una de esas pinturas impresionistas. Y lo más llamativo de todo: no hay energía, no hay “vidas”. El personaje no se puede morir. La primera vez que me pasó me asusté. Pensé que se me había roto la máquina: al soso protagonista le había pegado uno de los más que sosos enemigos (que para colmo son “casi” los mismos que los del Super Mario, ¡oh, casualidad!), y entonces se cayó hacia un lado de la pantalla, pero no desapareció, sino que todo adquirió un cierto tono violáceo y empezó a sonar un ruido raro, como si se pusiera la oreja adentro de un tarro lleno de aire. Por un momento me desesperé. Recién después de un rato me di cuenta de que tenía que

apretar un botón para retroceder en el tiempo, hasta el momento antes de que le pegaran al personaje. Sí, así como leen: no contento con plagiar al Super Mario, este juego también plagia al Príncipe de Persia de Ubisoft. Pero, ¡ojo!, el incompetente de su creador esconde su falta de imaginación atrás de una serie de textos pseudo-filosóficos, pseudo-poéticos, sobre el tiempo, las posibilidades humanas, el amor, las responsabilidades y lo inevitable, al principio de cada mundo, como si se trataran de prólogos a cada etapa. Y respecto a ellas, a las diferentes etapas… Por favor, ¿en qué estaba pensando su creador, ese tal Jonathan Blow? El eje desde el cual visitamos cada mundo es una casa, una simple casa suburbana con distintas habitaciones, cuyas luces se van prendiendo a medida que vamos habilitando el acceso a los nuevos mundos. Una casa llena de pinturas, cuyas piezas tenemos que obtener de cada mundo. Estas piezas no se nos van a regalar, no. TENEMOS QUE PENSAR. Sí, como diría Homero Simpson, “esa palabrilla otra vez”. Conseguir las piezas de cada pintura nos exige resolver los acertijos de cada mundo, acertijos que tienen que ver con el uso del tiempo, que cambia en cada uno de ellos. Una completa locura. Con uno de los finales más absurdos que vi en mi vida. Quisiera seguir, pero la verdad es que me duele la cabeza. Sólo lo recomiendo para aquellos que todavía creen en el “arte”.


Tercer Número

NADA MáS QUE UN TRUCO BARATO El imaginario del doctor parnassus A

veces me causa gracia la garra que le ponen algunos mediocres que hace mucho no tienen sexo cuando a la hora de hacer algo “artístico” se trata. Mientras se fuman un porrito o se ponen una boina para hablar en francés, y se visten con harapos, y citan a tipos que se murieron hace mucho para que nadie se dé cuenta de que en realidad no saben nada; se aprovechan de la falta de tacto y de inteligencia del ciudadano incauto que quiere impresionar a su novia para poder acostarse con ella una vez más, pintándose de sensible, aunque al final lo que de verdad le gusta son las tetas, los tiros y las buenas peleas de Strikeforce. No esas que terminan en el piso con abrazos, sino las otras, las que se resuelven con buenas piñas, tremendas piñas rompedoras de tabiques. Todo esto viene a colación de la última decepción que tuve este mes: El Imaginario del Dr. Parnassus, de Terry Gilliam, una película pretendidamente artística que tuve que sufrir durante las cuatro horas que duró (quizás hayan sido menos, pero el tiempo lo hace la película). Es una de esas películas que quieren parecer lindas, que ponen muchas cosas de colores para que a uno se le empalague la vista y no pueda darse cuenta de que el argumento es una cagada. No es como en la “Alicia en el País de las Maravillas” de Tim Burton, donde a pesar de todo el colorido y la parafernalia uno puede disfrutar de un argumento sumamente original, con un punto de partida que prácticamente no se han visto nunca. Saber de qué va la peli no tiene mucho sentido. Basta decir que es mala, que no la recomiendo para nada, y que si uno quiere pasar un buen rato ya sabe que tiene que ir mejor hacia alguna que protagonice “La Roca” Dwayne Johnson o Jason Sthatam. Esas son buenas películas. Pero, como sea, acá el argumento: un viejo sabio, el Dr. Parnassus del título, tiene el poder de permitirnos entrar en nuestros sueños y fantasías, a través de un espejo mágico que lleva de un lado a otro con un carro de feria. La cuestión es que el tipo es timbero, y apuesta a

su hija (una flaca escuálida, lejos de las minas lindas que debería tener una película) con el Diablo por un tema menor, absurdo. En ese momento, aparece un extraño que va a cambiar las cartas (nunca mejor dicho). Acá es donde viene lo interesante. El tipo misterioso lo interpreta Heath Ledger, conocido por ese papel sobreactuado que hizo en la segunda de las aburrídisimas y grises películas de Batman de Nolan (parece una película para televisión con loquitos disfrazados) como El Guasón. Por si no conocen la historia, resulta que Ledger se murió durante la filmación de la película. Enseguida cundió el pánico: ¿Cómo iban a hacer para terminarla? Entonces, el cráneo de Terry Gilliam no tuvo mejor idea que llamar a algunos de sus amigos para que lo reemplazaran en las escenas que faltara filmar. Pues déjeme decirle algo, señor Gilliam: SU TRUCO SE NOTA. Falló. Hasta un chico de cinco años se daría cuenta de que cambiaron al actor. No entiendo qué rastreras intenciones le hicieron creer que podía en-gañarnos, pero definitivamente pasará a mi Historia Particular de la Infamia por creer que podía engañarnos.


BONUS TRACK

UNA NOVELA DISFRAZADA DE CóMIC WATCHMEN T

engo que reconocer que siempre me gustaron los cómics. Siempre me vi atraído por eso dibu-jos puntillosos y brillantes, por esos colores saturados, por esa ambientación oscura y violenta, llena de tiros y de tetas. Nunca pude resistirme a esos cruces entre universos, a los crossovers, a las muertes de los grandes héroes, a las ediciones de colección. Por eso, cuando leí por ahí que Watchmen era el Quijote de los cómics, me dije a mí mismo que estaba obligado a leerlo. Y a medida que iba llevando a cabo las gestiones para conseguirlo (porque para colmo no es fácil de conseguir), mis expectativas crecían a la par de las ideas que me sugería las cosas que escuchaba por ahí. “Sí”, pensaba, esto se va a tratar de tipos super poderosos, de minas que están más que fuertes y no tienen drama, sin tantos líos ni vueltas de tuerca pretensiosas”. Un cómic que se pudiera disfrutar, a fin de cuentas. No se pueden imaginar mi decepción cuando me encontré con el cómic que tenía enfrente, y que a duras penas conseguí leer. Para empezar, me encontré con que no había poderes. Sí, mis amigos del Escupitajo: los mal llamados superhéroes de este mamotreto no tienen poderes, son seres humanos comunes y corrientes, algunos un poco más fuertes o inteligentes que la mayoría de la gente, pero no mucho más. Nada de musculaturas exageradas, nada de tipos que dedu-cen qué color de calzoncillos llevás por cómo te peinaste. Hay un solo personaje con poderes, el Dr. Manhattan; pero es un tipo tan distante, tan frío, que uno ni siquiera llega a conectar con él. Un personaje tan poco humano que no me lo creo. No puede ser que no tenga emociones. Para colmo, lo vemos usar sus poderes para la destrucción muy pocas veces: la mayor parte del tiempo se la pasa meditando y aburriendo al lector. El segundo gran lastre de Watchmen es lo aburrido que resulta: en la historia hay mucho diálo-go, muchos personajes, y poca acción, pocos tiros, pocas peleas con supervillanos. Uno espera leer abrir y encontrarse con un malo superpoderoso, que exija que los héroes se unan para darle una paliza de proporciones bíblicas.

Y lo que en realidad se encuentra en este cómic son personajes en decadencia, una pretendida crítica a la política y a la carrera armamentista, y diversas divagaciones que se pretenden morales. Y si por lo menos todo esto fuera acompañado por dibujos intensos, por imágenes poderosas; pero no. Watchmen se caracteriza por un dibujo sobrio, lleno de constantes que se pretenden claves de lectura. Trampas para que los chicos sin novia se pasen horas y horas tratando de encontrar un significado que no existe, sólo para que el guionista del cómic se llene de dinero, que es a fin de cuentas el único objetivo que persigue. Aunque sin dudas lo que más me molestó de esta pseudo historieta, fue el hecho de encontrar textos en prosa al final de cada volumen. Así es: este mamotreto pretencioso, esta obra que se pretende maestra, contiene, al final de cada uno de los doce volúmenes que lo componen, tex-tos que sirven, según parece, para “completar” el contenido de los dibujos. ¿Quién puede ser tan embustero para hacer eso? Cuando uno agarra un cómic, lo único que quiere son dibujos. Dibujos lindos, y si puede ser, de mujeres voluptuosas. No quiere leer: los diálogos son acceso-rios. Para leer ya están las películas subtituladas que no vienen con doblaje al español. Alan Moore no debería haber escritor ningún guión de cómic en su vida. No es lo suyo. Aburrir al lector con una novela es un pecado imperdonable dentro del mundo del cómic.


primer Número

ARTISTA INVITADO: JEAN PAUL SARTRE CASO 1 Rosendo, de Bahía Blanca, pregunta: Me gusta una chica, pero ya no sé qué hacer para que me dé bola. ¿Qué me recomiendan?

EL CONSEJERO SENTIMENTAL LE SUGIERE Mátese. Usted es un ser humano, es un miembro de la especie humana y, por la tanto, es libre de tomar decisiones, en todo momento y todo lugar y más allá de cualquier circunstancia. Si usted cree que ya agotó sus posibilidades, si cree que ya no le quedan opciones, probablemente ya está muerto y no lo sepa. Pero sólo para asegurarse, mátese. Ahora bien, si tiene el coraje suficiente para matarse, aplíquelo a ir a buscar a esa chica: mírela a los ojos y bésela. Y si ella después dice que usted la forzó, recuerde: ella lo eligió. Si no lo hubiera querido habría hecho todo por evitarlo, hasta matarse.

CASO 2 Miriam, de Oberá, quiere saber: hace tiempo que estoy en una relación con un hombre, pero él no quiere que convivamos ni mucho menos formalicemos como pareja. Dice que no lo dejo ser libre, ¿qué puedo hacer para que estemos juntos?

EL CONSEJERO SENTIMENTAL LE SUGIERE Como primera medida, mujer, no sea idiota, no se deje engañar. El hombre al que usted dice amar sería libre incluso si usted lo pusiera bajo siete llaves. Y si realmente quisiera evitarla no lo vería en su vida. Por otro lado, ¿a qué se debe semejante necesidad de convivencia? Opte por una relación más abierta, con casas separadas. No sólo va a comprobar de esta manera que los vínculos emocionales son más fuertes que los físicos, sino que asimismo podrá tener carta blanca para probar cualquier cuerpo que se cruce por su camino, si esa es su voluntad. Es más, redacte un contrato, y asegúrese de que ni usted ni el hombre lo rompan, y después dedíquese a disfrutar. Puedo asegurarle que usted, con semejante arreglo, se verá muchísimo más beneficiada que él, y el idiota, entonces, va a querer tener una relación formal. Aunque quizás, para ese momento, ya sea tarde.


segundo Número

ARTISTA INVITADO: MARQUES DE SADE CASO 1 Ezequiel, de Santos Lugares, quiere saber algo: Estoy de novio desde hace un tiempo, y mi novia me sale ahora con que a la relación le falta algo. No sé qué hacer: soy bueno con ella, soy dulce, la trato bien. Estoy desesperado.

EL CONSEJERO SENTIMENTAL LE SUGIERE Joven, invítela a su casa. Siga la rutina de siempre. En un determinado momento, llévela de la mano a la habitación; siéntese en su cama o en una silla, poco importa, y pídale que se arrodille a su lado y se recueste sobre sus rodillas. No se preocupe, puede ser algo extraño y perturbador al principio, pero tiene que asegurarse de llegar al final. Ella quizás lo cuestione, quizás intente resistirse, pero va a terminar haciéndolo. Entonces sáquele la ropa, deje las carnes de ella al aire, y sosteniendo en alto su mano, descargue sobre sus nalgas una sonora bofetada. Y vuelva a hacerlo. Y vuelva a hacerlo. En este punto quizás encuentre un poco de resistencia. Fuércela. Al principio, todo yugo precisa de la fuerza y de la coerción, pero después de unos cuantos golpes, ella se va a acostumbrar, como se acostumbran los pueblos a recibir los martillazos del poder político, como se acostumbran los prisioneros al castigo del celador. Golpee y golpee y verá, después de una cierta cantidad de golpes, cómo cambia por completo la disposición de ella para con usted. Va a exigirle más y más fuerza, más y más violencia. Ahí es donde no puede cejar, porque un poder que no tiene la firmeza para ir hasta el final no puede ser respetado. Y finalmente, cuando vaya cada vez más, y cada vez más, hasta lo profundo, hasta lo más hondo, ella va a estallar, como estalla la rabia, la furia, el fuego del vulgo cuando sus posibilidades se vieron superadas por la locura y la desesperación. Y que el mundo y su habitación ardan, por fin y para siempre.

CASO 2 Patricia, de Esquina, Corrientes, tiene una duda: Hola, resulta que estoy en una si-tuación complicada. Tengo onda con dos muchachos, y no sé por cuál de los dos decidirme. ¿Tienen algún consejo?

EL CONSEJERO SENTIMENTAL LE SUGIERE ¿Decidirse? Jovencita, si usted tiene dos amantes, no tiene nada que decidir. Entréguese. Entré-guese a los dos. Propóngales que abandonen sus prejuicios monogámicos, imbuidos por la perversidad de la Iglesia Católica para destruir la capacidad de los seres humanos para amarse libremente, para amarse sin pensar en ataduras, y de esta manera esclavizarnos y limitar nuestras posibilidades creativas y destructivas; y enfréntelos y dispóngalos como usted quiera, y extraiga de ellos todo el placer que le hace falta y, quizás, un poco más, porque no hay peor placer que aquel que cesa cuando estamos saciados. La satisfacción exige algo de descontento.


Natalie Dzigciot

LA COLUMNA VERTEBRAL DE CELESTE Un día en la vida

S

i fueses un animal, ¿cuál serías? Yo soy el perro que no hace el truco adelante de los invitados. Una semana estudiando gráficos y estadísticas y tendencias, y me trabo. En plena reunión me trabo. Con las medias Can Can exprimiendo lo que me queda de cintura y la transpiración corriéndome el rímel. Me trabo y me quedo mirando como una pelotuda, cómo mi jefe me mira como si fuese la tremenda pelotuda que sé que no soy cuando estoy sola y en-sayo qué decir enfrente del espejo. Mi cara se despidió por mí, y no hace falta decir que no volví a pisar esa oficina. Como a todos los despedidos, me gusta decir que me hice echar, de hippie. Volviendo en el 67 a casa quise encontrar algún motivo para ponerme contenta de estar un paso más lejos de comprarme el auto. Todo pasa por algo: el cosmos, el karma, las energías, y somos hijos de Ludovica Squirru. Capaz por no aislarme, por no perder el contacto con la gente. Gente como uno. ¿Escuche gente como uno? Segundo baldazo del día. Viajar en colectivo por Palermo te acerca al tipo de persona que está convencida de que el auto no lo tiene porque en este país no se puede ahorrar. Y mientras se queja de que “son todos negros vagos” no se para y deja sentar a esa vieja que a duras penas puede sostenerse de la agarradera. Me saqué tanto que quise hacer justicia por voz propia. Intenté gritar algo pero me frenó una carraspera que resulto en una voz finita y desafinada. Tuve que escupir por la ventana y bajarme de la vergüenza. Llegue a casa agitada de caminar 10 cuadras, por más que haya empezado el gimnasio 4 veces en lo que va del año y haya dejado de fumar todos los lunes desde los 19. Abrí de un portazo y me lleve puesto un portarretratos, regalo de hace dos navidades, que todavía exhibía la foto de la pareja de desconocidos que traía puesta cuando me lo regalaron. Antes de que el olor a pintura me diera dolor de cabeza, encendí un sahumerio y puse música. A veces el hombre tiene la costumbre idiota de autoconvencerse de que en algunos momentos su vida parece espontáneamente una película, cuando en realidad

23|Año Cero

arma todo para la ocasión. Bailé un poco (la película en mi cabeza era Amelie) pero pisé un pedazo de cerámica y la puteada cortó la onda. Apagué la música, barrí el piso y llamé a un delivery. Si fuese una comida, sería las empanadas que me tragué viendo Susana, pensando qué lindo hubiese sido que alguien me estuviese esperando con una cena y velas. Todo el día contando calorías para bajarlas con el vino que sobró de Año Nuevo. Y paso del alcohol en gel a desafiar toda ley bromatológica fonde-ando un tinto fermentado por los días y el calor. Me puse a decidir qué gastos recortar ahora que estaba desempleada. Depilación, pe-luquería, gimnasio. Para terminar, aparte de desocupada, bien sola. Pensé en hacerme puta, pero no me da el cuerpo. Pensé en hacerme las tetas para que sí me diera y me di cuenta que, para hacérmelas, necesitaba guita, y para la guita necesitaba hacerme puta y me perdí... en fin. Por suerte, no se por qué a los padres les gusta el sabor a “yo te dije” que tiene el darle una mano a los hijos cuando se van de casa, gurises, y la pifian. Algo de esa imagen mía mante-nida me hizo sentir de 15 y me puso de buen humor, a los 15 tenía el culo parado y una mensualidad. Aprendí a conocer cómo reacciono cuando sólo queda reír o llorar. Salí a dar una vuelta, vino en mano, para festejar que, por lo menos, no iba a tener que volver a ver a la compañera de oficina que encontró al hombre de su vida en una página de citas a ciegas y que se forró en guita escribiendo un libro que se llama “Amor 2.0”. Capaz porque dicen que el jardín del vecino siempre tiene el pasto más verde, al día siguiente me levanté ahí. Y aunque no lo crean me desperté feliz, porque después de una semana sin pegar un ojo, por lo menos le gane al insomnio que me generaba una reunión que ya saben cómo terminó.


Hay que salir del agujero interior

A

chicar la brecha entre quienes somos y quienes querríamos ser. Para que al contarle tu vida a alguien que no ves desde el mundial ’98 tu discurso tenga alguna similitud con la realidad y no por pura coincidencia. Recién llego de la fiesta de casamiento de mi prima, muchos reencuentros familiares, y saqué la conclusión de que prefiero ser ciega que paralítica. La mirada paraliza. Paraliza la mirada ajena y paraliza mirar al ajeno y que lo esté haciendo mejor que uno. Sabe más, hizo más, ya fue y volvió y yo todavía ni cargué nafta. La eterna cacería del deber ser es la cacería del propio espíritu. ¿Qué y cómo deberíamos ser? Con tanta referencia dando vueltas es fácil marearse ¿Será aislarse la única manera de no compararse y frustrarse? ¿Tengo que elegir entre ser una ermitaña o ser una envidiosa? ¿Por qué no puedo bajar la ansiedad y respetar mis propios ritmos? ¿Realmente estoy pensando todo esto mientras me sirven una pechuga de pollo seca mechada a la ciruela? Celeste, Celes, ¿Estaba bueno el coctel de camarones, no? Sí, lo estoy pensando porque hasta en las servilletas están estampadas las iniciales de Carolina y su esposo, y como no podía ser de otra manera siento que se casó solo para que yo no agarre el ramo (narcisismo a la -1 que le dicen). La otra conclusión que saqué es que la compulsión humana por cumplir metas es la que no nos deja achicar esa brecha de la que les hablaba. Vivimos proyectando como si lo terrenal fuera demasiado mundano, intrascendente o por lo menos nunca suficiente. Un holograma que solo nos sirve para necesitar lo que nos falta. Y así se nos pasa la vida, que podría terminar mañana o extenderse varios frenéticos años de objetivos por cumplir. Somos perros que se muerden la cola. Perseguimos el horizonte, aun teniendo la absoluta certeza de que a cada paso que damos se aleja un poco más. Pero, más que padecer estas metas, las necesitamos, para seguir “en la lucha” de la que tanto nos gusta jactarnos. Son la prueba viviente de que todavía no podríamos descansar en paz. Lo más importante, e igual de difícil, es fijarlas motivados por el pro-

pio deseo más que por modelos impuestos, y disfrutar el camino hacia ellas. -Celes, ¡no comiste el helado! ¿Estás triste por lo del trabajo? Se le escapó a tu madre contarme, no te preocupes, ya vas a conseguir otra cosa. Divina y oportuna la tía. Ahora discuten todos en la mesa quien me alcanza a casa. Porque Celeste a falta de trabajo tampoco tiene novio. Y a falta de novio tampoco tiene auto. Me consuelo pensando en que esta fiesta es una cagada. Que si yo tuviese esta guita la gastaría en algo que valga más la pena. Me desconsuelo rápido porque sé que mi planteo es mediocre, y que el único consuelo verdadero es estar cómoda en la propia piel, y ahí te deja de importar lo que hacen los demás. Porque sabés que los éxitos y fracasos son relativos. Y que lo único absoluto es la felicidad cuando no tenés que andar poniendo nada en ninguna balanza para saber que anda por ahí. Mientras más ajena es la mirada de quien nos observa la derrota puede ser triunfo. El buen manejo de las subjetividades consta justamente en ser objetivo con las mismas, no teñir las del resto con nuestra propia imparcialidad ni exponer nuestra personalidad a un constante juicio ajeno. Es subjetiva la calidad de los objetivos, lo que es indiscutible es la importancia de poner lo mejor de uno para alcanzarlos. Tan subjetiva es que esta noche Carolina fue feliz proveyendo a una masa crítica con 2500 canapés, 350 platos de pollo mechado, cisnes de hielo para el deleite visual de los inconformistas y un carnaval carioca brillante como los 90´s (e intercambiando votos de por vida con el hombre que ama, pequeño detalle). Mi clímax lo alcancé al darme cuenta el poco sentido que tiene compararnos con nadie más que con nosotros mismos. Y lo poco productivo que es vivir criticando realidades ajenas o intentando imitarlas. Fui feliz cuando pude alegrarme sinceramente por ella. Y cuando pude rajarme de ese calvario por la puerta de atrás mientras todos bailaban el tutá tutá, obvio.


marianela lanetta

atencion labil Día uno

H

ace tiempo que vengo sospechando que hay algo extraño en los rasgos de mi cara que motiva al resto de los bípedos (qué importante el acento en esta palabra) a notarme. En consecuencia, tejo teorías, intercambio opiniones, llevo a la práctica, rectifico o ratifico en una cinta de Moebius que, para qué negarlo, me llena de adrenalina. Los eventos de mi último tour supermercadístico de Lunes-con-30%-de-descuento patrocinados por mi plástico magnético ratificaron las sospechas: la gente... me habla. Elemental, Watson (o no tanto). Hojaldre, porque no me refiero al intercambio incoherente de ruido que hacemos todo el día. Esos intercambios programados, jodidamente programados, que nos hacen forasteros en nuestro mismo idioma. Incoherencias que se repiten ad infinitum. Un otro: Buen día, ¿todo bien? Eu: (no me diste opción, así que te contesto que) Todo muy bien. :) Un otro: Bien, gracias. (peeero... yo no pregunté nada...) Cuando la gente me habla, en un rapto de lucidez sé que está comunicando / confesando / compartiendo detalles que quizás por ser una (im)perfecta desconocida, hace que sea in-creíblemente simple decir. Incluso con mi lenguaje gestual indicando amablemente que hoy mi primoroso metro sesenta y seis está paradito ahí por causalidad. Que si tengo los auriculares puestos, agito mi cabeza al ritmo de El Otro Yo y canto para adentro tengo un cartel de leds en mi panza que dice: Las orejas se encuentran momentáneamente fuera de servicio. Hete aquí delante mío en la fila una anciana coqueta, tamaño Oompa Loompa, maquillaje impecable, rubio casi blanco el pelo, traje azul con hombreras. Supo ser bella. Un carrito anacrónico con ella y dos bolsas fuertemente anudadas una a cada lado. Mi vestido hippie y yo con un canasto, sonando fuera del tiempo con EOY. De repente, algo se agita delante mío y tengo que volver en mí para entender que Josefina* me está preguntando algo. Primero fue saber qué artículo era “eso negro que tenés ahí” y dónde encontrarlo. Un gracias con sonrisa, media vuelta y mi espera

paciente con la música escurriéndose entre los dedos ante otra incipiente duda que no llegó. Al menos no justo justo después de saber que eso negro era jabón para la ropa negra si no un instante después que me fui, otra vez, fuera del tiempo. ¿En qué stand encuentra las pilas? No sabría decirle, supongo que en alguno de todos estos que están al lado de las cajas; si quiere pasar, le corro el canasto. Pero no, sólo era una pregunta preludio de ensimismamiento mutuo. Qué decir cuando comenzó a sacar sus artículos del carrito: temí que desaparecía adentro. Me apiadé de su esfuerzo; la música se diluyó entre mis manos mientras mi osamenta se contorneaba para sacar lo que quedaba en el fondo. Y entre cerveza y vino y aceite, Josefina soltó al aire los cuentos de sus hijos, su vida como jubilada y la falta de uñas largas para desatar esas bolsas llenas de víveres que yo, aprendiz de guitarrista, ya tampoco conservo. La cajera me sonreía mientras yo le devolvía una sonrisa a Josefina a la vez que ella me contaba. Algo tenía esta viejita coqueta que hizo que la cajera fuera especialmente atenta y paciente para repetirle tres veces el monto de la compra y explicarle que sí, que con los billetes de dos pesos argentinos estaba cubriendo las monedas del total. Josefina juntó sus bártulos, me tiró un beso y me saludó con la mano cuando se iba. Le regalo esta sonrisa, ¿sabe usted que es adorable? Quizás cuando nos ponemos viejos paradójicamente rejuvenecen nuestras actitudes y somos como los chicos: la impunidad de la edad aplica para los polos de nuestra vida. ¿Por qué perdemos cuando crecemos esa ingenuidad para relacionarnos entre nosotros? ¿Qué comunico cuando callo? Y más aún: si somos once en la fila del banco y yo estoy en el medio, ¿por qué el número doce me toca el hombro para preguntarme en vez de dirigirse, por comodidad, al último de la fila...? Uy, sonó el teléfono. Qué julepe me pegué. Bancame que ya te atiendo: tengo que colgar en el perchero el cartel de leds y pausar la música. ¿Hola...? *Le puse Josefina porque tenía cara de. Sin lugar a duda.


cecilia vietri

el tintazo Amena charla con una multinacional

U

n viernes a la tarde, el Sr. Pobreboludo se dijo a sí mismo: “A ver…mmm… ¿Cómo es esto de los “números amigos”?”, rascándose la cabeza como un simio con piojos frente a una Moraberry (¡y ahora no vayan a decir que nunca vieron uno…!). Cuestión que, un poco anticipando su destino, discó *666. Ahí mismo, no había llegado a decir “Hola”, que ya una amable máquina con voz de locutora frustrada dijo: -Si ud. realizó una recarga en las últimas 172 hs. es posible que aún no le hayamos acreditado el beneficio - (así, sin vueltas, arrancó el diálogo)-. Esto se debe a “una falla en el sistema”, “problemas de red” o la excusa que a ud. mejor le venga. Después de esa introducción sinfónica, siguió la máquina explicando: -Ud. se ha comunicado, Claro está, con ImPersonal, una empresa del grupo QuietaStar. Por robo o extravío, presione 1 o llame a la policía, ¿no? Por promociones, así le vendemos más cosas por más plata y siempre le escondemos información para que nunca le convenga, presione 2. Por facturación, presione 3. Quédese tranquilo que esta opción siempre funciona porque para cobrar todo anda de 10. Para programar los números amigos, llame al asterisco: “Losnumerosamigosgratuitosparasmsonumerodelineaporpromocion”. Para comunicarse con un representante que no nos representa, marque 5. Se rasca la cabeza un par de veces más y presiona 5, para pedir asistencia. Se corta. Vuelve a discar y nuevamente le cuentan que los beneficios siguen sin acreditarse y le des-pliegan el instructivo con las 5 opciones. Marca 5 de vuelta. -Todos nuestros no-representantes se encuentran ocupados. El tiempo de espera es superior a 10 minutos. Por favor cuelgue y vuelva a intentar nuevamente. Bueno, bueno, no pasa nada. No hay dos sin ventiocho. Disca, entonces, asterisco: “Losnumerosamigosgratuitosparasmsonumerodelineaporpromocion” -Disculpe las molestias. En este momento, decidimos reducir los costos, pagarle a menos empleados en el Call Center y por ello no podemos atenderlo. Vuelva a intentar más tarde.


A esta altura, un suspiro y una puteada. No importa. A mí no me van a ganar, se dice. Y otra vez llama. Y aquí de nuevo el despliegue de las opciones que recuerda la canción del Chivo que no quería salir de “allí” y fueron a llamar a no sé cuantas cosas. O a la de las opciones que se balancean como elefantes sobre la telaraña. Ok. Pero esta vez, un no-representante atiende, y dice: -ImperSonal, buenas tardes, mi nombre es Soledad Conchudeltodo, ¿en qué puedo ayudarlo? - Ay, hola, mire, por fin, hace un tiempo largo que no logro comunicarme. -Si, ¿En qué puedo ayudarlo? (que equivale más o menos a: “me chupa un huevo tu vida, tu existencia y me cago en vos”). -Bueno, yo llamaba porque necesito agregar dos números amigos al beneficio, porque mi plan me da ahora 8 números amigos. -Son 4 para sms y 4 para llamadas. - Siempre el dato ese que se guardan bajo la manga. - Ah, bueno, está bien, y nada, ahora ya lo contraté, pero pensé que eran gratis del todo. La cuestión es que del asterisco: “Losnumerosamigosgratuitosparasmsonumerodelineaporpromocion” no me permite cargar los números amigos… -Momentáneamente, no funciona el sistema. -Entonces… ¿ahora no los puedo elegir? -Momentáneamente no funciona el sistema. -El tape, el speech. -Pero, ¿y mi beneficio? Quiero hacer un reclamo. ¡Esto no puede ser! -¿Ud. es el titular de la línea? -Sí, sí, por supuesto. - ¿Número de celular?

-Pero, ¿no te aparece desde dónde te estoy llamando? -¿************?, -Sí, exacto -¿DNI? - ¡Tanto lío! Dame el número de reclamo y listo, por favor. -Ahora no le puedo tomar el reclamo porque se cayó el sistema… -Srita. ¿le puedo decir algo? -Si, dígame. - Vayasé a la… ¡Se cortó justo a tiempo! La Srta. Conchudeltodo puede disfrutar su viernes a la tarde. El Sr. Pobreboludo, protagonista de esta odisea de la incomunicación, en oportunidad en que estaba por emitir su puteada, en el momento exacto en el que su furia interna y su ego se iban a manifestar contra la burocracia, tuvo tiempo para recapacitar y conservar su decoro. ¿Una charla amena, no? Un final feliz...


Primer Número

Los forasteros

T

oda mi vida me había imaginado como en uno de esos westerns (o como el Oso de Caetano, pero jamás como Marty McFly) entrando en un saloon, con el sol brillando a mis espaldas, y viendo a la cara a los parroquianos pasmados por la llegada del nuevo, del extraño. Toda mi vida quise ser como el Hombre sin Nombre, ese viajero eterno de Leone que sacaba su revólver y ajusticiaba hasta al perro; aunque, ojo, siempre era el bueno. Toda mi vida quise ser el forastero, el que llega de afuera para “cambiar las cosas”, para “limpiar de corrupción este pueblo polvoriento”.Después, con el tiempo, te vas viendo al espejo y te das cuenta de que con la carita que tenés no podés ni entrar a tu casa y que te respeten. Pero el deseo queda, ahí, flotando. Entonces empezás a buscar cumplirlo por otros medios. Lo volvés metáfora para que sea posible. Y así el bar se convierte en tu colegio se-cundario, y vos en el chico nuevo que va a romper con todo. O en la universidad, ya con menos pretensiones, y vas a romperle la cabeza a los profesores y a enseñarles que hay otras formas de dar clases. Ahí es cuando aparece la Realidad, esa aplanadora de sueños, y te resignás a

ser un don nadie, a engordar quince kilos, hacer un asado semana de por medio en la quinta del Negro (toda banda de amigos tiene uno) y conseguir una mujer que labure en un call center y tampoco haya podido ser como esas mujeres de las revistas, vestidas de traje frente a su escritorio, que nunca lavan un plato. O no te resignás una mierda, y te jugás todas tus fichas en un último asalto.

“No escuché la campana” Creo que prácticamente todos, en algún momento de nuestras vidas, quisimos tener una banda de rock, o sacar una revista. A mí se me habrá ocurrido unas mil veces. Lo que equivale a decir que lo hice mil veces mal. Mil esquemas desechados, mil estéticas reprobadas, plata y plata tirada en impresiones y pelotudeces varias, gustos que me di para superar la amargura de haber fracasado. Pero como lamentablemente sufro de una enfermedad congénita (conocida como el Mal de Sísifo, o Síndrome del Boludo) no puedo dejar de intentarlo, y las ideas jamás me abandonan. Así que probablemente mi último proyecto haya

nacido conmigo, y se haya repetido, de mil formas distintas, hasta que se hiciera la hora en que tenía que surgir. Creo que fue un guiño de la suerte (a fin de cuentas, la suerte ayuda a los chicos que se portan bien) el haber encontrado justo a la gente que mejor podía acompañarme en este proyecto. Porque qué es El Escupitajo de Oro sino una locura, un suicidio, una apuesta perdida de antemano. Y sin embargo acá están, la par mío. Uno por uno se fueron acercando apenas vieron fuego, apenas supieron que había un lugar para decir. Porque tenían cosas para decir. Tienen cosas para decir. Y mientras esperan la respuesta de revistas más copadas (como la Rolling Stone o la Mavirock), me hacen la gamba; que sin ellos, esta revista sería nada. Si no me creés, salí ya de esta nota y pegate una vuelta para ver todo lo que hay dando vueltas por ahí. Al principio todo fue yendo despacio, pero de a poco, en la medida en que se fueron dando las circunstancias, todo salió naturalmente. Como siempre, las cosas sólo se vuelven posibles cuando uno las hace.


“¿Qué vamos a hacer esta noche Cerebro?” ¿Y para qué hacer una revista? ¿Para qué tomarse el trabajo y gastarse la plata? Es la pregunta clave. Para conquistar el mundo, por supuesto. Mientras estás leyendo esto, una serie de ondas de bajísima frecuencia (ocultas oportunamente por nuestro más que hábil diseñador) están actuando sobre tu corteza cerebral, induciéndote no sólo a la compra de más ejemplares de nuestra revista, sino también a la par-ticipación cívica responsable, votando por políticos intachables, y exigiéndole a los diputados, senadores y concejales que se pongan a trabajar para mejorar la calidad de vida de la población. Obviamente, porque estamos atrás del poder secreto que lo controla todo: el Bienestar General. Si todos están bien, nosotros vamos a dominar el mundo. Aunque también tenemos objetivos menos ambiciosos (exigencia de nuestros inver-sores, aduciendo que podíamos llegar a perder un amplio sector del público ya comprometido socialmente), como poder sacarle una sonrisa a nuestros lectores mes a mes, presentarles ideas que los llevaran a no poner otra mirada sobre las cosas, y fomentar la integración del Universo antes que su fragmentación exagerada. Quizás esta última sea nuestra mayor exigencia. El Escupitajo de Oro es una revista de muchas cosas. No tiene una caracterización formal. ¿Qué clase de revista puede llamarse cultural e ignorar los vericuetos noveleros de una pretemporada? ¿Es que solamente valen las vueltas de la subjetividad; no es cultura mencionar culos y tetas? ¿Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones? Por eso, en El Escupitajo de Oro se puede encontrar de todo, como en botica. Desde críticas a la cultura popular, como disquisiciones sobre cine y literatura; apreciaciones sobre el rock, sobre los videojuegos y sobre el fútbol, y notas centrales que tratan de Los Simpson con el mismo cariño con el que reflexionan sobre literaturas perdidas y vicios de la alta cultura. Porque justamente eso es la cultura: todo.

¿Y cómo es la promoción? Llegó la hora de lo concreto. Llegó la hora de definir exactamente de qué va

CONSEJOS PARA LA REVISTA “Estás en pedo”. Así puede resumirse básicamente la opinión de mis amigos cuando les conté acerca de las características del proyecto. Otra fue una repetición de la máxima de Juan Carlos Pelotudo: “Es imposible”, o una variante más puntual e incisiva: “No vas a poder”. Es justo la clase de entusiasmo que uno necesita para empezar un proyecto. Aunque, la verdad sea dicha, la opinión que me convenció de hacerlo, sobre todo porque estaba marcada por la objetividad, por una visión clara del sistema y de las posibilidades económicas del proyecto, fue la de mi mamá. “Hacelo”, me dijo, “te va a salir bien”. Sin embargo, el detalle que más desanimó a todos (sobre todo a mis inversores), fue que la revista tuviera una versión web gratuita (si estás leyendo este ejemplar en papel, este el momento para tirar la revista, y rumiar: “¿Cómo? ¿Hay una versión web gratuita, y yo estoy gastando mi salario de proletario, a duras penas ganado, en esto?”. Tenés derecho a una escena dramática, y a recordar con violencia a la susodicha. No te preocupés, no va a ser la primera vez que se acuerden de ella). “No me hice rico firmando cheques”, dijo alguna vez Bill Gates, y mis amigos lo reformularon: nadie se hace rico regalando cosas. También hubo quejas sobre el alcance del proyecto. Que la revista no tuviera límites (y que, por consiguiente, no tuviera un público) sonó a otra gran incoherencia. Me recomendaron que no me extendiera lo máximo posible, que no pretendiera buscar lectores fuera de la Rafaela, pujante ciudad santafecina, que vio nacer la revista que tenés en las manos o frente a la pantalla. Que primero tratara de ganar lectores locales, y una vez conseguido el cariño y el reconocimiento de mis vecinos, fuera por las grandes ciudades de la provincia. Y que una vez fuera admirado en Rosario y Santa Fe, fuera por la puerta de atrás para brillar en la escena alternativa de Capital Federal; y ahí, recién ahí, estaba habilitado para intentar copar el mercado ya abarrotado de la capital. Le calculé, a esa última apreciación, unos diez o quince años de trabajo constante y decepciones frecuentes. Para ese momento yo tendría más o menos treinta y cinco años, mi conteo de esperma se reduciría bastante, y mi libido lo sentiría. Y como yo estoy haciendo esto, no por la cultura, sino por el firme y simple propósito de levantar minitas, decidí mandar a la mierda a mis consejeros, lanzarme a la opción más descabellada e irracional y esperar, como Virgilio, que Fortuna me favorezca por valiente.

la apuesta. El Escupitajo de Oro es una jugada de diez números. Eso es todo lo que podemos apostar por ahora. Eso es todo lo que puede jugarse una revista impresa en una casa de familia, sobre papel ecológico y en un modesto blanco y negro; una revista cuyos ejemplares están todos TODOS armados a mano, uno por uno, religiosamente; una revista cuyos números van a estar ilustrados por diez diferentes artistas gráficos, que le van a dar una estética, una ambientación diferente a cada número; una re-

vista hecha por gente fuera de todo sector, de toda movida cultural importante; una revista que va a contar con aportes de personas de lugares muy distintos entre sí, que quizás no consigan superar esa distancia en su vida; una revista que no sólo está abierta a la participación del público sino que también la fomenta; una revista que sigue el mandato de Gusteau (cualquiera puede escribir). Así que no nos pidan mucho. Por favor. ¿Y qué va a pasar después de esos diez números? Va a pasar lo que nuestros lectores quieran.


Apuntes para una historia de las revistas culturales argentinas

N

o debería haber dudas a la hora de decir que hablar de la historia de cultura argentina consiste, en gran parte, en hablar de sus revistas culturales. Como las mariposas, que determinan con su número el estado ambiental de un lugar determinado, las revistas cultu-rales anuncian, con su presencia (o ausencia) el estado cultural de una época. Cuanto más proliferan, pelean, juzgan, pautan y proponen, mayor es la efervescencia cultural del mo-mento. Podría creerse que es al revés, que son las responsables de dicha efervescencia. A este respecto, basta la siguiente pregunta: ¿son las mariposas las que traen una mejora al ambiente?

La presente recopilación (que cualquier estudiante primer año de Letras podría hacer diez veces mejor, ni que hablar de los años superiores) apenas pretende dar una idea general de las revistas culturales argentinas, para poder justificar dónde estamos parados, y qué lugar ocupamos en este vasto, vasto, vastísimo universo. Desde ya, in(c/v)itamos a todos nuestros colegas a que armen bardo con nosotros; porque, como dijo el sabio estadista Mauricio (Roma, II d. C.): “Una época sin conflictos es una época sin inquietudes, y una época sin inquietudes es una época perdida”. Para empezar este parcial panóptico, voy a aclarar que decidí usar una con-

figuración bastante arbitraria. No es que peque de nostálgico y crea, absurdamente, que todo tiempo pasado fue mejor. Pero es que suena tan lindo, y es tan cómodo —todo hay que decirlo— usar esa disposición, que no puedo hacer otra cosa que ceder ante la tentación de usar este esquema a lo “Caballeros del Zodíaco”.

(Nota: La siguiente caracterización corresponde a la mente infantil y simplificadora de su autor, y de ninguna manera refleja la opinión de la SADE, la SAE, Puán, o la Secretaria de Revistas Culturales del Ministerio de Cultura de la Nación)


La época de Oro No inventaron las revistas literarias. Ya venía habiendo revistas literarias desde hacía mucho. Pero de alguna manera, concentran la mirada de la Historia y se llevan el oro. Hablo, como no podía ser de otra manera, de la gente de Boedo y Florida. Estamos en la década del’20, y una horda de chicos revoltosos, algunos bajados de los barcos, otros locales, empiezan a marcar terreno con sus historietas y sus ganas de mostrar lo que hay. Surgen los grandes nombres del de siglo, las fijas que lo van a marcar en adelante; se tiran cascotazos, se pelean, se aman, se traicionan, se diluyen lo bandos, vuelven a cobrar fuerzas, se detestan, se agravian, se vuelven ironía. Es la época de Proa, de Martín Fierro, de Dínamo, de Extrema Izquierda; revistas que, aparte de la calidad de sus artículos, daban espacio para la polémica, para la rivalidad, para la efervescencia intelectual. Y es que contenían un interesante trasfondo político y estético: así, mientras Florida representaba al centro, a las elites económicas, y bogaba por una reestructuración de la cultura; Boedo se reunía en las orillas, y respondía a las clases obreras, primando, por su voluntad política, el mensaje por sobre la estética. La gran mayoría de los escritores que iban a marcar el siglo XX pasaron por aquellos dos grupos revisteriles y editoriales. Por lo tanto, es imposible ignorar esta primera parada en este viaje por la historia de las revistas literarias argentinas (por más que no haya especificado punto por punto cada revista, aunque lo cierto es que no hay nada más placentero que la lectura de algunos de sus artículos; imperdibles, de verdad. ¿Y qué apre(he)ndió El Escupitajo de Oro de todo esto? Las intenciones estéticas de Florida, y el feeling por lo popular de Boedo.

La época de Plata Vamos diez, veinte, treinta, cuarenta años más tarde. La década del sesenta. Pasaron un par de benévolas dictaduras (perdón, regímenes), llegó al poder el protagonista político del siglo (para bien y para mal), lo sacaron con bombuchas, y ahora estamos en tiempos de proscripción. Es en esta época donde florece la que probablemente sea la revista literaria más famosa de la historia argentina (considerando que las de la época de oro se vieron eclipsadas por los nombres y las agrupa-

ciones). Se trata de “El Escarabajo de Oro”, la revista de Abelardo Castillo (entre otros). Sucesora espiritual de “El Grillo de Papel”, la revista destaca enseguida y se luce con los grandes nombres de la época, al mismo tiempo que sostiene una política de izquierda (aunque, curiosamente, también defiende a Borges), en medio de una época movida para la izquierda. Sin duda alguna, uno de los grandes valores de la revista es su larga vida. No debería ser una novedad decir que la mayoría de los proyectos culturales son de poca vida. Expresiones momentáneas, efímeras, casi caprichos de la necesidad de decir, de manifestarse, se extienden a lo largo de algunos números, y después desaparecen (curiosamente, tal fue la suerte de “El Grillo de Papel”, que sólo tuvo seis números). “El Escarabajo…”, por el contrario, se extendió a lo largo de 13 —ejem— años; aunque no siempre logró mantener la regularidad, por lo que tuvo que recurrir a interesantes propuestas (el número 29 y medio). De esa época no quedan recuerdos de grandes rivalidades o de encontronazos feroces entre grupos, aunque también habría que considerar que el horno no estaba para bollos. Así que están perdonados. No creo que haga falta especificar qué heredamos de esta revista.

La época de Bronce Y así llegamos hasta los ‘90. La época de la pizza con champán. Cuando Tinelli todavía hacía bromas. Cuando a Susana todavía se la saludaba y no era solamente un nombre. Cuando los Simpsons todavía se centraban en Bart. Aquellos viejos tiempos de Friends, cuando la política era una cosa aburrida y corrupta pero a todos chupaba un huevo. No fueron buenos tiempos para la cultura, se diga lo que se diga. Probablemente en ninguna parte. A la educación se le iban cortando las posibilidades por todos los costados, y era obvio que la cultura iba a correr la misma suerte. Así que todo se volvió subterráneo, clandestino. Alternativo. Lo curioso es que, lejos de ser por motivos de persecución, era por la falta de interés que el arte se refugió. Como en una nueva Edad Media, las revistas de poesía se volvieron los monasterios donde se resguardaba la estética, frente a una sociedad que se pelotudizaba a niveles absurdos. Quedará para otra discusión qué se resguardaba, y cuál era la estética que predominaba, pero ahora hablamos de las revistas.

“18 whiskys” proba blemente haya sido la más sonada, aunque también estuvieron “La Novia de Tyson”, “Diario de Poesía” y “La Mineta”. Todas comparten en común su carácter casi de secreto (secreto a voces, si se quiere), su papel alternativo, su inclinación por la poesía. Es la misma época que ve nacer las primeras editoriales independientes, microeditoriales que se anticiparon a lo que sería la gran debacle del 2001, fecha tras la cual explotó ese maremágnum de manifestaciones por debajo del radar. Esta época constituye el opuesto de lo que estamos viviendo actualmente. Es una época donde el conflicto se guardaba debajo de la alfombra, donde la complicidad entre poderes volvía todo más nebuloso; características que hereda la cultura, volviéndose una cultura desacreditada, incapaz de marcar agenda. Una cultura de supervivencia.

¿Y ahora qué pasa, eh? Y así llegamos a nuestros días. ¿Qué está pasando, ahora mismo, ahí afuera? Para empezar, está pasando demasiado. No sólo gracias al auge de internet, sino también al envión social que generó la recuperación económica, se gestaron multitud de movidas en todo el país, muchas de las cuales no cuentan con la suficiente difusión, pero no por ello dejan de existir. Además, el éxito de varias de las apuestas editoriales independientes llevó a muchos a gestar sus propios proyectos editoriales. Quizás estemos frente a otra primavera cultural. Por otro lado está, como dije, internet, con su ilimitada capacidad para absorber propuestas y lanzarlas al mundo. Sin costos de tinta ni papel, sólo con la posibilidad de pu-blicar, nunca antes había sido tan fácil encontrar un espacio para decir en toda la historia de la cultura humana. Son muchas ya las revistas que, aprovechando el despreciable costo de publicar en internet, suben su producción directamente a la Web, para que cualquiera con una computadora o una tableta pueda leer su producción en línea, e incluso la descargue para tenerla siempre que quiera. Después están las más tradicionales, las que siguen saliendo en papel, y con una de-terminada regularidad. Hablamos no sólo de los ejemplos de “La mujer de mi vida” o la reciente “La balandra”, sino también de las publicaciones de los grandes diarios, los suplementos “Ñ” de


Clarín, y “ADN”, de La Nación. Suplementos gigantescos, que vienen semanalmente con el diario, y plantean una agenda cultural bastante discutible, por tanto y en cuanto responden a gigantes editoriales con preocupaciones económicas antes que culturales. Cabe destacar, tanto en este último ejemplo como en el de las ya mencionadas “La mujer de mi vida” y “La balandra”, una continuidad con las revistas de las épocas anteriores, marcadas por la presencia de los grandes nombres entre sus filas. Curiosa pasión, me animo a decir, la de las revistas culturales por coleccionar grandes nombres. Y después dicen que se murió el Autor.

Casciari, el adelantado Sería imposible terminar esta nota sin dar cuenta del que quizás sea el fenómeno más relevante de las poderoso, llamativo, decisivo, de la historia cultural reciente. Y es que, la verdad sea dicha, dentro de unos años va a ser imposible entender la cultura sin la presencia de Hernán Casciari y su brillante Frankenstein, el proyecto Orsai. Bar, revista, editorial, blog. Mu-chas cosas, ninguna del todo. Gran parte de la existencia de esta revista se debe a él, a él y a su accionar, que demostró que puede existir una cultura que le dé la espalda a los grandes monopolios editoriales, pero que al mismo tiempo pueda crecer, sin resignarse a permanecer en la oscuridad o a pertenecer a un círculo de iluminados sensibles, encerrados en torres de marfil en cuyas cúpulas se toma cerveza y se fuma marihuana (abajo también, che, no vamos a caretear), mientras se lee a autores desconocidos por completo, no siempre buenos, pero siempre ignorados. Casciari, con su proyecto, una revista que vendió a carretillas, de antemano, una revista con el aporte de decenas de artistas de toda América Latina, que movilizó inclusive a las altas esferas del gobierno argentino (el famoso caso #LiberenOrsai), no sólo aporta a la cultura nacional, sino que además probó las falacias que esgrime el sistema para evitar la democratización de la cultura, ofreciendo al público, de forma gratuita, una versión digital de la revista, para aquellos que no pueden, o no quieren, comprarla. Quería terminar esta nota agradeciendo al proyecto del señor Casciari. Acaso lo mejor que le está pasando a la cultura hoy en día. Después de El Escupitajo de Oro, por supuesto.

Promesa de la revista contra el efecto tommy gunn Por la presente, la revista “El Escupitajo de Oro” se compromete a no repetir nunca los errores del necio Tommy Gunn. Porque sabemos lo duro que es vivir la vida del ignoto, la vida del outsider, del pobre diablo. Pero ignoramos por completo las mieles del éxito, el reconocimiento, la fama, las groupies (o writies); la tentación del dinero, la posibilidad de encontrar nuestra cara en un reality show, en cada página de internet, en grupos de facebook. No sabemos cómo se siente eso. No sabemos si no caeríamos, en un rapto de estupidez, frente a los placeres más mun-danos. Podemos decir que no, que no lo haríamos nunca. Quizás estaríamos mintiendo. De ahí esta promesa. Que es, como toda promesa, un compromiso doble: para nosotros, y para ustedes, los lectores. Ustedes nos van a tener que controlar. Ustedes van a tener que ese Mickey que salvó a Rocky de la pelotudez de la vanidad. Ustedes nos van a cuidar. A lo mejor no conformemos a todos, todo el tiempo. Siempre va a estar el que abandone ante el primer obstáculo, ante el primer cambio. Aquellos probablemente olvidan que uno necesita evolucionar, y que evolucionar implica cambiar para poder seguir siendo lo mismo. Su tarea va a ser juzgar ese cambio. Orientarnos, reclamarnos que cambiemos, que crezcamos, en la dirección correcta. Y tengan en cuenta, para esto, una sabía distinción que me dijeron una vez: venderse no es empezar a actuar por plata. Venderse es actuar por plata, y hacerlo peor. Cuando un artista empieza a recibir plata y se desempeña mejor, estamos ante un caso de falta de fi-nanciación. Nadie en su sano juicio diría, por ejemplo, que Messi se vendió al Barcelona, que debería haber seguido fiel al club que lo vio crecer, aunque este no pudiera brindarle todas las posibilidades para que desarrollara su potencial. De la misma manera, se vuelve imposible defender a todas esas bandas, y a esos escritores, y cineastas, que caen en las redes de la industria, y ceden ante sus pedidos, y terminan produciendo obras edulcoradas, faltas de desafío, de inventiva. No, no queremos eso para nosotros. Por eso los necesitamos. Y si alguna vez nos vendemos, prometemos que vamos a usar la plata para salir de farra con ustedes. La próxima ronda la pagamos nosotros.


SEGUNDO Número

Ya no sos igual

N

o me acuerdo de la primera vez que vi Los Simpsons. Es una de esas cosas (o como ciertas personas) que de alguna manera parecen haber estado todo el tiempo con nosotros, que parecen haber nacido con nosotros, que son una parte nuestra más. Lo más extraño es que, más de una vez, me encontré recordando situaciones e historias de capítulos de los cuales mi inconsciente tenía un recuerdo vívido de haber visionado, pero no así mi mente consciente. Como una sensación de un dejà vu, pero que no pasó nunca, o siempre está por pasar.No existen muchas series que consigan hacer eso conmigo. No creo que existan series que consigan hacer eso con los demás. Pero lo que definitivamente sé es que no

existe es otra serie que tenga la capacidad de hacer eso con TODO EL MUNDO. Dije mal: no con todo el mundo, sólo con aquellos que adoran la serie. Porque Los Simpsons son así, o se aman, o se odian. Y yo los amo. Y mucho otros los aman también. Pero parece que están surgiendo fricciones en la pareja: ya se sabe, al amor hay que mantenerlo; si se lo deja estar, llega la rutina, muere la sorpresa, y lo que antes era un chiste ahora se vuelve una irritante, irritante molestia.

En el principio… Los Simpsons nacieron, como casi todas las cosas buenas de la vida, por accidente. De casualidad. No fueron planea-

dos. Ya es bastante conocida la leyenda de cómo Matt Groening los creó mientras esperaba en el vestíbulo de James L. Brooks, un garabateo absurdo y hecho con la sana intención de salir del paso. Pero para la suerte de Groening, se volvieron un éxito. Se convirtieron enseguida en algo masivo y extraordinariamente atractivo, algo que hacía que la gente se quedara pegada semana a semana a los nuevos capítulos. En este punto podría referirme a muchos datos de la historia de Los Simpsons que conozco, que leí, que aprendí de memoria; pero esas cosas ustedes bien pueden leerlas de wikipedia o de las miles de páginas que repiten hasta la saciedad la misma información. Y es que Los


Simpsons son tan masivos, tan conocidos, que puede encontrarse todo sobre ellos en cualquier parte de la Web. Por eso voy a recurrir a mi propio archivo, a mi memoria. A las sensaciones que me producen los recuerdos de los primeros capítulos. La verdad, a la distancia, se pone un poco difícil recordar con exactitud qué me pasaba por la cabeza mientras miraba esos episodios. Lo más probable es que, como la mayoría cayera rendido ante el encanto de la malignidad de Bart, que en los primeros capítulos tenía una fuerza impresionante, era el eje, el núcleo de la serie, o al menos en apariencia. Porque ahora resulta (y creo que esto es una cuestión de edad, de mi mirada, antes que de la serie) que el personaje de Homero me resulta, en esos primeros capítulos, tan llamativo y central como lo va a ser después, cuando la serie dé un giro voluntario de importancia y se oriente hacia él (quizás también en un signo de madurez, de paso del tiempo, de evolución de la mirada). De solamente pensar en aquel capítulo de la segunda temporada (“Aviso de muerte” en Latinoamérica) en el que Homero está a pocas horas de morirse, y sale corriendo a encontrarse con Marge, al grito de “¡Un momento Marge! ¡Allá voy, nena!”, se me pone la piel de gallina. LA PUTA MADRE, QUIERO SER COMO ESE TIPO. Y después pienso, cualquiera de nosotros puede ser Homero Simpson; es un hombre común, su reacción es la reac-ción de un hombre común que está enamorado (a este respecto, es imposible no pensar en Cacho, el personaje de la canción de Casero, y la épica del hombre común que describe). Sin duda alguna, estos capítulos destilan una humanidad terrible. La maldad de Bart es la maldad de un chico de diez años, Homero es un hombre común, un obrero que quiere llegar a fin de mes, Lisa es una nena despierta e inteligente, y Marge, bueno, Marge nunca cambió mucho. Ella es, y esperemos que lo siga siendo, el ancla, el símbolo del Status Quo en la serie (si aceptamos que Bart es la anarquía, Lisa la total superación y Homero la caída definitiva por anomia).

Entre Babilonia y Babel Pero algo pasó en el camino. El tiempo, que hace mella en todo, cayó sobre la serie, y los capítulos fueron dejando de interesar, o se traicionaron a sí mismos, o aburrieron. O por lo menos, eso es lo que

se dice, lo establecido. Y lo que se dice, lo establecido, no puede estar equivocado, ¿verdad? Antes de meterse de lleno en la cuestión de cuánto han afectado al espíritu general de la serie los nuevos capítulos, preferiría encarar otra cuestión, mucho más compleja, que puede llegar a empañar muchas de las críticas que se le hacen a la serie. Estoy hablando de las repeticiones, las maratónicas repeticiones de capítulos. Dado que se tratan de un éxito, y de que están incorporados feliz, efectivamente en las vidas y las cabezas de las personas, Los Simpsons son usados por todas las cadenas que tienen derechos sobre ellos, para cubrir cualquier hueco de programación de posean (la estrategia, antes que desmerecerlos en su carácter de relleno, demuestra cuánto la gente se acostumbró a ellos, y los necesita). Pero esta estrategia está marcada por un detalle particular: las emisiones no respetan el orden de la serie. Los capítulos son lanzados al aire sin orden ni concierto, mezclando temporadas, cruzando episodios en los que ciertos personajes están muertos (el caso emblemático, Maude Flanders), y al capítulo siguiente están vivitos y coleando, sin imaginar el funesto destino que les reserva el cruel y cínico Matt Groening. Sin embargo, no sería tanto el problema de la continuidad, como lo es el de la calidad gráfica de la serie. Durante estos popurrís de capítulos, vemos desfilar ante nosotros capítulos donde el trabajo artístico es uno de los aspectos más cuidados, a la par de otros que poseen los marcados defectos de las primeras temporadas, haciendo todavía más evidente que se cruzan los capítulos sin el menor escrúpulo. Ahora bien, ¿cuál es mi punto sobre esta Babel de capítulos que nos entregan los programadores de estos canales? La crítica norteamericana señala como el mejor episodio de la serie, el emblemático, al de la huelga que realiza Homero en la planta nuclear, “La última salida a Springfield” (y por el cual, dicho sea de paso, la oración “Plan dental” sólo puede tener una continuación lógica). A partir de esa temporada (la novena, por cierto), la serie empieza a bajar su nivel hasta llegar a las supuestas cotas mínimas que sostiene en estos momentos. El problema es que nadie sabe cuál es en realidad la novena temporada, la que marca el quiebre; de la misma manera, no sabemos distinguir la tercera de la onceava, la séptima de la decimoquinta, y

así sucesivamente. Lo único que sabemos es sentaron frente al televisor y reírnos, a veces un poco más, a veces un poco menos, de esa Babel de capítulos que ponen frente a nosotros y en la cual la cantidad termina diluyendo la calidad, haciendo que capítulos con mayor gracia compartan espacio con capítulos menos inspirados, nivelando el conjunto y anulando la ferocidad crítica.

El efecto “Casados con Hijos” Es evidente que la crítica más incisiva es la que actúa sobre el presente. Esto rige no sólo para Los Simpsons o la televisión en par ticular, sino para absolutamente todas las ar tes: literatura, música, teatro, plástica. Sobre aquello que está pasando ahora se echa una mirada (a veces útil, a veces utilitaria) que tiene una fuerza, digamos, inquisitorial, determinista; que no tienen las miradas que se echan sobre el pasado, más orientadas a la comprensión o al desciframiento de claves. Por eso mismo, es también la menos confiable. Capítulo a capítulo, temporada a temporada, la crítica va juzgando, determinando la serie, condenándola cada vez más, con una puntualidad y una frialdad aterradoras. Y sí, es cierto; la serie cambió. Quizás haya perdido bastante de su calidad (si se me permite el desliz, no creo que haya sido casualidad que el declive coincidiera con la administración Bush, siendo que a Clinton, aún presidente, se lo golpeaba con irreverente saña). Sin embargo, pese al bajón, persiste en mí una idea que me hace dudar del juicio que estamos teniendo sobre la actualidad de Los Simpsons. En este punto voy a traer a colación a la serie “Casados con Hijos”. Versión local de la genial y admirablemente duradera “Married with Children” (curiosamente, fue mencionada en el programa en el capítulo en que Homero viaja al espacio, “Homero en el espacio profundo” en Latinoamérica). “Casados con Hijos” contó, si no me equivoco, con apenas dos temporadas, y, durante sus emisiones formales, tuvo un nivel de audiencia mediocre y una repercusión despreciable. Fue un completo fracaso. Ahora bien, tiempo después la serie, ante la ausencia de contenidos, empezó a ser repetida. Se le cambiaron los horarios y literalmente se cagaron en las formalidades (la emiten sin la clásica presentación, con cortes a capricho, episodios apilados). Y el resultado fue un éxito. La serie se volvió cada vez más y más popular y hoy día, el mismo capítulo que ya fue


visto un millón de veces, sigue sacando las mismas sonrisas que al principio. A este paradójico éxito yo lo llamo “Efecto Casados con Hijos”, y si se fijan, tiene varios puntos en común con el carácter aglutinado e irrespetuoso de las repeticiones de Los Simpsons. Es por este particular fenómeno que me niego acondenar definitivamente a la serie. Quién sabe si el día de mañana, durante alguna repetición, estos capítulos que ahora me parecen absurdos e idiotas no me terminan sacando una sonrisa. Entonces voy a querer que sigan emitiendo Los Simpsons; no para reírme en el momento, sino para que, más tarde, con las repeticiones, ya sin ser novedad, los disfrute como al resto de los capítulos archiconocidos. A propósito, creo haber leído alguna vez que en uno de los capítulos de Futurama, la otra serie de Groening, se menciona a Los Simpsons. Al parecer, la serie pudo sobrevivir hasta el año 3000; sólo que la crítica y los televidentes coinciden en que los primeros 500 años fueron mejores que los segundos 500. Sí, los años que criticamos ahora. Un tipo que puede reírse así de la situación merece, cuanto menos, nuestro respeto.

El giro artístico Hasta ahora todas fueron pálidas. O, en todo caso, una defensa frente a una serie de acusaciones no tan injustificadas como a mí me gustaría creer. Pero como no quiero ser el abogado del Diablo, voy a hablar de un detalle que me parece innegable de las nuevas tem-poradas, y que constituye una de las razones por las cuales sigo salvando del fuego a la serie, aunque no sea ya por las risas. Se trata del carácter manifiestamente estético que adquirió el programa durante las últimas cuatro o cinco temporadas. No hace falta prestar demasiada atención para notar que en los últimos años Los Simpsons realizaron un giro bastante artístico de la propuesta, a través de momentos bien particulares que se graban en la cabeza de los espectadores, pero que están bien lejos de los momentos risibles que recordamos de las primeras temporadas. ¿Qué grandes momentos nos dieron los últimos años? Bien, hay varios. Ninguno nos saca una sonrisa, todo sea dicho. Hablo de ciertos gags del sofá, que más que gags se volvieron pequeñas historias dentro del show, con un relato bastante marcado y una significación bastante lejanas de las

generación simpsons A mí me sucede algo curioso con Los Simpsons: no importa dónde vaya, no importa con quién esté, puedo hacer uso de un código muy especial para encajar con la gente enseguida. No, no se trata de regalar MenthoPlus después de haberme mandado una cagada. Basta con que recuerde alguna escena inmortal del programa, algunos de sus chascarrillos más conocidos, para que la otra persona sepa, de inmediato, que al lado suyo tiene a un camarada, a un socio, a un par. Obviamente, esta complicidad tiene sus límites. Difícil que un anciano de setenta años o un nene de diez puedan estar al tanto de este código, pero si formamos parte de la clásica definición de Homero (“Hombre blanco, edad dieciocho a cuarenta y nueve”), es prácticamente inevitable que conozcamos la serie, y si la conocemos, que la amemos y conozcamos todos los capítulos de una punta a la otra. Este comportamiento no es casualidad. Por el contrario, es la evidencia patente de la profundidad con la que Los Simpsons marcan a nuestra generación. No nos empareja la política. Tampoco nos emparejan nuestras nociones de comunicación, o de intimidad. Pero cualquier situación que atravesemos puede encontrar enseguida un equivalente en la serie que haga que personas con idiosincrasias y edades completamente diferentes compartan un punto cultural común. Los Simpsons se volvieron la referencia ineludible, la Roma en la que confluyen todos los caminos. Hay otro punto, además, poco explorado. Y es el carácter cristalizador que tiene la serie. Los Simpsons no son un programa vano, vacío. Ya desde el principio, se arriesgaron a mencionar, por ejemplo, teorías de la física, incluyendo huevos de pascua imperceptibles incluso ahora, después de tanto tiempo; pero también incluyeron personajes populares de la sociedad, reversionaron historias de la literatura y el cine, y están llenos de referencias a multitudes de hechos de la Historia Universal. Este aspecto enciclópedico de la serie la convierte en un magnífico punto de partida para poder entrar en infinidad de temas. Al mismo tiempo, también marca una nueva necesidad social: si realmente sos un miembro importante de la sociedad contemporánea, aparecés en Los Simpsons. Así, la serie funciona como un mecanismo de legitimación, justamente por estar a la inversa: necesitás estar en la serie para ser un miembro importante de la sociedad, para que se te reconozca como alguien significativo. Si la serie no te considera digno de parecer, es porque no significás tanto para la época. El Escupitajo de Oro se compromete a hacer todo lo posible por ser invitado. Y promete negarse rotundamente. Están sobre aviso.


viejas épocas, llegando a tener un peso de denuncia (como la de Bansky, inimaginable, paradójico o abiertamente cínico) o filosófico, como aquel en que el Universo cabe en uno de los tres pelos de Homero. Hablo de escenas particulares como aquella que narra la vida de Homero, de una tristeza infinita, descorazonadora, capaz de mostrarnos la fugacidad y la vacuidad existencial de una forma tan patente que casi te deprime. O esa película conceptual de Tommy y Dally, que parodia a la perfección a cierto cine de autor caracterizado por la obsesión en la imagen y sus posibles lecturas formales e intelectuales. Está bien, hay que decirlo: no debería rescatarse a Los Simpsons por el cómo, sino por el qué. O por lo menos, a Los Simpsons que conocíamos, donde el dibujo mediocre quedaba eclipsado por guiones geniales y chistes constantes. Pero es que los tiempos van cambiando y la serie no puede mantener un mismo espíritu sin terminar cayendo en la repetición. Precisamente, ese es el gran desafío que enfrentaron siempre Los Simpsons: la terrible posibilidad de la reiteración. En una serie que ya lleva 500 episodios, es prácticamente im-posible que no haya una sensación de constante déjà vu. Y sin embargo ellos lo consiguieron. Aunque habría que pensar el costo. Mientras se mantuvieran humanos, mientras se parecieran a nosotros, Los Simpsons iban a tener unas posibilidades tan limitadas como las tiene la realidad de todos los días, que imitaban, parodiaban y elogiaban, todo al mismo tiempo. Pero en la medida en la que van pasando las temporadas, y las posibilidades se agotan, los personajes precisan ir más allá de su propia humanidad, convertirse en algo más, para poder seguir rizando el rizo argumental. Así, Bart abandona el infantilismo de sus primeras fechorías y se vuelve un completo criminal, un anarquista en pura regla. Lisa pasa de ser una niña prodigio a ser un genio que puede ponerse a la altura de Stephen Hawking, Marge se afianza en su defensa feroz del Status Quo, y Homero se vuelve cada vez más idiota, cada vez más absurdo, cada vez más irracional, el reflejo perverso de un mundo cada vez más idiota, cada vez más irracional. Si es que hasta Maggie termina excediendo las posibilidades reales de una bebé, haciendo cosas de adulto con una resolución que da por tierra con la verosimilitud de la familia media americana de las primeras temporadas. Esta profundización tiene que ver, antes que con un aumento del absurdo de la serie, con una transformación: los

personajes deben volverse un símbolo, un arquetipo, una idea-fuerza que represente una visión determinada del mundo. Lo cual, por supuesto, no quita que el programa flaquee si uno lo sigue mirando con los ojos de las temporadas anteriores. Se terminó la vida normal, la vida tradicional, se terminaron los conflictos adultos o infantiles que podían pasarnos a cualquiera. La serie está muy, muy lejos de Kansas, Dorothy, y más te vale acostumbrarte si querés seguir sobreviviendo.


Tercer Número

el amor en los tiempos de mario bros

T

odas las generaciones tienen su relato. Un relato que concentra las expectativas, las inquietudes, las filias y fobias de la generación, que no son más que las fobias, filias, inquietudes y expectativas de todas las generaciones, y las expresa en un lenguaje particular, anclado en una época determinada, para generar un marco de identidad que nos permita sobrevivir el acto de ingresar al mundo adulto. Esto se resuelve más tarde absorbiendo nuestro lugar dentro del ciclo de la Historia (y aceptando, en el proceso, que no tenemos nada de especiales, que somos una generación más entre miles de generaciones), y superando y deshaciéndose del relato, o bien aferrándose con fuerza a él, llevándolo al punto de considerar que nuestras generación es el punto de quiebre de la Historia, y todo lo que viene después está condenado a la barbarie y la oscuridad eterna. ¿Y ahora qué va a decir el boludo este después de tamaña introducción?, pensarán ustedes. Pues bien, todo lo anterior fue para introducirlos a la obra que es, sin lugar a dudas, la mar ca de nuestra generación: la saga de Scott Pilgrim.

Chico conoce chica Pero, ¿de qué va esta historia que se merece tanto bombo y tanto platillo? ¿Habla de cosas profundas, nos revela los secretos del Universo? ¿Cuestiona la entidad de la vida como la última de Terrence Mallick? Bueno, no. Conozcan a Scott, un muchachito de 22 años. Scott es bajista, en una banda llamada Sex Bom-Omb, junto con sus dos amigos Kim Pine y Sthepen “El Talento” Stills. Vive en un departamento con amigo Wallace Wells, que es supergay y, de paso, dueño de absolutamente todo lo que hay dentro del departamento, incluido, prácticamente, el propio Scott. Nuestro héroe está viviendo el sueño: no trabaja, no estudia, y se dedica exclusivamente a jugar videojuegos y a tocar. Y para mayor fortuna, empezó a salir con Knives Chau, una chica de 17 años, china, que va a una escuela privada y está perdidamente enamorada de él. Lo tiene todo. Entonces aparece ella. Ramona Flowers. Primero en sueños, pero después personalmente, esta misteriosa chica empieza a meterse en la vida de Scott hasta el

punto de dar vuelta ab-solutamente todo en su cabeza. Y ya está, se terminó. Una vez que la conoció, todo el resto se volvió accesorio.

El giro Hasta acá, parece la típica historia de amor que podríamos ver en los canales de aire, quizás protagonizada por los galanes adolescentes de turno. Salvo que me faltó mencionar un pe-queño detalle, que le comunica Ramona a un desconcertado Scott al final del primero de los seis volúmenes que componen esta gigantesca historieta: si quiere salir con ella, va a tener que derrotar en combate a sus siete ex novios malvados. Así es: el pasado de Ramona Flowers decidió no perder el tiempo, y ahora se dedica a acechar su presente amoroso mediante la forma de la Liga de Ex Novios Malvados de Ramona Flowers. A partir de ese punto, va a empezar la odisea de Scott por vencer al pasado de Ramona, rescatar su presente y asegurar su futuro juntos, en una serie de comics a lo largo de los cuales van a intervenir desde robots japoneses ultra avanzados hasta veganos


con poderes telekinéticos, músicos que consiguen tocar sin ningún instrumento (ni siquiera sintetizadores) y una dimensión alternativa que atraviesa la cabeza de todas las personas sin que estas se den cuenta. Todo esto, mientras Scott y Ramona viven el día a día de su relación, y ambos lidian con la vida y los conflictos propios de crecer: el trabajo, los sueños (¿podrá la banda de Scott cumplir su meta de conseguir la fama, o estarán condenados por siempre al garaje?), la vida fuera de la casa de papá y mamá (o Wallace, en su defecto), los amigos (los buenos, y de los otros), y sobre todo, el pasado, el tenebroso, feroz pasado, y todas las cagadas que uno manda por el camino.

Porque, sí, hay una policía vegana en Scott Pilgrim)], que la marcó con su particulares planos y secuencias. Y el videojuego, desarrollado por la monstruosa Ubisoft, en vez de convertirse en un producto sin alma, cayó en manos de la estética del extraodinario Paul Robertson (cuyos cortos pueden buscarse en YouTube, para deleitarse con su visión filtrada por el visionado del “Akira” de Otomo), que lo doto de una estética pixelada, fiel a los videojuegos ochentosos que tan admirados son en el cómic como referenciados en la película y son la marca en el espíritu de nuestra generación, la misma generación de Scott Pilgim.

Tres versiones, tres historias diferentes

Quizás uno de los mayores puntos en común entre las tres versiones de la leyenda de Scott Pilgrim sea una de las claves de la posmodernidad: su carácter abiertamente referencial. A ver, convengamos, todas las obras se construyen en base a otras obras, detalles, fragmentos, deformaciones, guiños, reconstrucciones, inversiones o exageraciones de las demás. Pero hay obras, como por ejemplo, la de Quentin Tarantino, que explicitan este sistema de construcción, y lo convierten en su marca y, como si fueran chefs, se valúan dependiendo de la forma en la que usan y distribuyen estos elementos evidentemente ajenos. Toda la saga de cómics de Scott Pilgrim responde a este tipo de construcción y, por transfe-rencia, esta característica se volcó tanto en la versión cinematográfica como en la videojueguil. Tres versiones que muestran sin tapujos los materiales con los que fueron hechas, que homenajean abiertamente a otras obras, y que sobre todo, remiten de manera inevitable al mundo de los videojuegos, el animé, la música indie canadiense y estadounidense y el cine. Aunque, si hay una obra a la que las tres películas remiten por sobre cualquier otra, es a Super Mario Bros. Ícono total de los videojuegos, la referencia ineludible apenas preguntamos por un videojuego, no creo que sea casualidad que las tres versiones de Scott remitan ella. Nuestra generación, la generación a la que remite —voluntaria o involuntariamente— la odisea de Scott, nació con los videojuegos. Podemos amarlos o podemos odiarlos (¿se puede?); lo que no podemos es ignorarlos. Super Mario Bros, el primer juego

Desde su salida en el otoño canadiense del 2004 bajo la firma del ahora célebre Brian Lee O’Malley, el comic fue adquiriendo un prestigio cada vez mayor con cada uno de los volú-menes, hasta llegar al estatus de culto cuando el sexto y último volumen cerró la serie. Esta situación motivó su llegada al cine durante el 2010 y, ese mismo año, la salida del videojuego homónimo. Ahora bien, se ha dado una situación particular con esta serie. En la mayoría de los casos de adaptaciones cinematográficas de libros y comics, se llevan a cabo una serie de cambios en el traspaso del papel a la pantalla que modifican el argumento o la estética de la obra en cuestión. Lo mismo cuando estas adaptaciones dan lugar, en general por negocios, a versiones en videojuego (que resultan ser, casi siempre, mediocres y oportunistas). Pero el caso que nos ocupa se dio de una manera increíble: no estamos hablando de adapta-ciones. El cómic, la película y el videojuego de Scott Pilgrim son tres obras distintas, tanto argumental como estéticamente. Esto no se dio por casualidad. Fue, en realidad, el efecto impensado de haber colocado para interpretar la misma idea a tres artistas distintos. Mientras que el cómic corrió por la cuenta del mencionado O’Malley, la película estuvo dirigida por el británico Edgar Wright [director de las brillantes “Shaun of the Dead” y “Hot Fuzz”, las dos con Simon Pegg y Nick Frost (y a título personal, hubiera preferido que ellos dos fueran la policía vegana.

Ya está todo inventado

democrático de la historia, en tanto y en cuanto lo tuvieron todos aquellos que tuvieron una consola en su vida (el videojuego venía de regalo con la Family Game de Nintendo), nos aunó como generación, y fue mediante su épica (que es, en cierto modo, la épica de Scott, aunque la de este es, paradójicamente, más realista) que nos criamos. De ahí que Scott Pilgrim sea, como había dicho al principio, el relato de nuestra generación. Su base argumental (conocer al amor de nuestras vidas y pelear por ese amor, creciendo en consecuencia), no es más que el mismo drama de nuestros viejos, y de los viejos de nuestros viejos. La misma eterna historia de siempre. Pero es en esas herramientas que utiliza el eelato donde se da la marca generacional que permite que Scott Pilgrim y Ramona Flowers nos identifiquen a nosotros, y sólo a nosotros, la generación de Super Mario Bros.


Un pequeño yde laprecioso análisis saga de Scott Pilgrim

Advertencia de lealtad Si estás leyendo esto y todavía no leíste la saga completa de Scott Pilgrim te recomiendo que no sigas leyendo. Caso contrario te vas a encontrar con muchas cuestiones de la trama que quizás no quieras conocer sino hasta el momento en el que te tengas que enterar. Estás avisado.

L

a primera vez que terminé de leer el último volumen de la saga de Scott Pilgrim, “His Finest Hour”, me quedó la sensación de haber estado leyendo una obra mucho más grande de lo que podría haber parecido en un primer momento. Una obra tremendamente dura, adulta y realista, disfrazada de chiquilina, adolescente y sencilla. Porque, aceptémoslo: la odisea de Scott Pilgrim y Ramona Flowers se vende como una historia para adolescentes, sin el menor atisbo de compromiso o de profundidad. Y sin embargo, si uno se pone a pensar bien, hay montones de claves que revelan que la mano que se esconde tras la historieta es la de un adulto, y que los conflictos que enfrentan

los personajes no son los de meros adolescentes sino, justamente, los de adultos que se niegan a crecer. Pero quizás sea más conveniente ir por partes.

La loca cabecita de Ramona Flowers Una de las cosas que más me llamó la atención de la saga desde el principio fue su enorme madurez en lo que a sexismo se refería. Pese a estar contado desde la perspectiva de un hombre, la historia no se limitaba solamente a tener personajes masculinos carismáticos, sino que dotaba a todos los personajes, más allá de su sexo o sexualidad, de un carisma y una person-

alidad tan grandes, que los hacía parecer realmente vivos. Y lejos de darle un papel pasivo a las mujeres, las convierte en auténticas protagonistas del relato, a la par de los personajes masculinos, y lejos de los estereotipos Cosmopolitan a los que nos tienen acostumbrados ciertos relatos particulares. Pero hubo una idea que me perturbó profundamente después de la lectura del cómic, dado que alteraba por completo el sentido de la saga. Analizando detenidamente a cada uno de los exes de Ramona, y comparándolos con Scott, llegue a la conclusión de que cada uno de los libros, y cada uno de los exes, no son más que duelos en la mente de Ramona. Dicho de otra


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manera, cada batalla de Scott puede leerse como una especie de oposición metafórica dentro de la cabeza de Ramona, que va comparando a su nuevo amor con sus experiencias previas, de modo que, con cada victoria, Scott va probando que no es como nada que Ramona haya experimentado antes, y tiene la posibilidad de convertirse en “el” chico. Dicho de otra manera: la protagonista absoluta de la saga sería Ramona. Vayamos ex by ex para demostrarlo: en el primer número, Scott se enfrenta con Matthew Patel. Patel fue el primer noviecito de Ramona, y su mayor “fortaleza” consiste en haber salido una semana y haberse dado un solo beso. No es un rival muy difícil de vencer, debido a que representa en realidad el pasaje del mero gusto por una persona a la posibilidad del primer beso y la primera salida. Que es, efectivamente, lo que hace Scott con Ramona después de “vencerlo”: besarse con Ramona y empezar a salir. En el segundo volumen, “Versus the World”, Scott se enfrenta a Lucas Lee, que representa los primeros tiempos de la relación, y es el primer personaje que revela parte de los aspectos negativos de Ramona (ella lo dejó apenas tuvo la oportunidad, por otro chico más lindo). Hay un aspecto interesante a considerar, y es que Scott no vence a Lucas por la fuerza, sino con la inteligencia, lo cual podría demostrar que Scott es mucho mejor novio que él precisamente por ser más inteligente e interesante (y Scott no es precisamente una luminaria). Por no mencionar el detalle de que el propio Lucas le reconoce a Ramona que es Scott “parece un buen chico”. Cuando llegamos al tercer ex las cosas se complican. Todd Ingram es ahora el novio de la ex de Scott, de la mujer que destruyó su corazón: la superestrella Envy Adams. Así, el paralelo de este ex con Scott corre por cuenta de su relación Envy, y este capítulo presenta una batalla doble: Scott pelea con Todd, por un lado, y Ramona se enfrenta con Envy, en un doble duelo con el pasado en el que ambos, Scott y Ramona, terminan saliendo victoriosos. La cuarta ex de Ramona, Roxie Richter, que aparece en “Gets it togheter”, no representa en realidad un enemigo demasiado complicado. Como ella misma parece demostrarlo cuando aparece el padre de Knives Chau, parece que Gideon no confía en que logre derrotar a Scott. Este termina derrotándola, finalmente, cuando consigue por fin sincerarse con sus senti-mientos y pasar de ser apenas un tipo con el que Ra-

mona salía, a declararle su amor y su deseo de hacer que la relación funcione. Con lo cual Roxie es definitivamente vencida. Durante el quinto volumen se da una de las situaciones más interesantes y complejas de la saga. Los hermanos Kyle y Ken Katayanagi, quinto y sexto exs malvados de Ramona, engañados mutuamente por ella, se unen para derrotar a Scott y, en el proceso, hacerlo consciente de que su novia no es precisamente una buena chica. Este capítulo presente de forma doble (otra vez) la cuestión del engaño. Mientras por un lado sale a la luz la cuestión de cómo Scott engañó a Knives con Ramona (lo cual podría volverlo, a los ojos de ella, en otro ex novio malvado), por el otro él descubre que Ramona también engañó, y de una forma todavía más escandalosa que él. Sin embargo, debido a que él consigue pedirle disculpas e involucrarse en el proceso de volverse mejor derrotando a los gemelos y rescatando a Kim, Ramona parece no aprender, y termina el libro desvaneciéndose. Este detalle del desvane-cimiento va a cobrar sentido recién después, cuando lleguemos al último ex.

El poderoso Gideon Sin lugar a dudas, Gideon Gordon Graves se merece un apartado para sí mismo, no sólo por ser el ex más poderoso, sino porque básicamente muchos de los puntos más interesantes de la historia se explican por él, o con él están relacionados. No hace falta presentarlo: millonario, inventor, dueños de clubes, excéntrico, soberbio, genial, el Líder de la Liga de Ex Malvados de Ramona aparece en el libro final de la saga y termina por revelar todo aquello que no habíamos entendido hasta el momento, y presentando el quiebre definitivo en esta metáfora del hecho de crecer (algo que, contra lo que los 31 años de Gideon podrían decir, él no ha hecho). Graves representa el antagonista definitivo de Scott tanto en el cómic como en la cabeza de Ramona básicamente porque son la misma persona, con edades distintas. Los dos son egoístas, mujeriegos, irresponsables y manipuladores. Pero tienen algunas diferencias. Y son básicamente esas diferencias (que se manifiestan durante los combates, el aspecto superficial, literal, menos atractivo) las que determinan la victoria de Scott y la resolución positiva de la historia. Scott vence a Gideon, y gana el corazón de Ramona, por un lado, porque


SI o ól rS lee

LC IC óM

Desde el primer momento en que leí el cómic, tuve una idea que iba a contracorriente de todo lo que se contaba. Según el cómic, Scott es el mejor peleador de todo Canadá, por no decir que es un verdadero as para las mujeres. Sin embargo, a medida que iba leyendo, me iba encontrando, por un lado, que Scott solamente vence en combate a Patel, el resto de los exes de Ramona siempre le da una paliza (incluida Roxie Richter, que llega al punto de tratarlo de cobarde por no querer pelear con ella), y si consigue derrotalos, en general con una única tanda de golpes, se debe siempre a elementos mágicos o

EE

Memorias borradas

ayudas externas, como el rayo desveganizador o la mentira de Kim en “Versus the Universe”. Por el lado de las mujeres, si nos ponemos a prestar atención, las únicas cuatro mujeres que parecen haber formado parte de su vida son las conocidas Kim, Envy, Knives y Ramona. Dicho de otra manera, Scott sólo tuvo cuatro novias (tres si consideramos que a Knives sólo la manipulaba), una de ellas una relación adolescente, y otra que lo dejó de una forma atroz. De hecho, la misma Envy le dice, a poco de conocerlo, que no da con el perfil del típico winner. Pero entonces, ¿de dónde sale esa imagen que algunos tienen de Scott Pilgrim, como un donjuán peleador excepcional? Bien, bastante de ello tiene la culpa Gideon, que modificó con saña los recuerdos de Scott. Por lo tanto, nada de lo que vemos como recuerdos de nuestro héroe realmente pasó: Scott tiene una memoria tan mala, y sus demás recuerdos tan contaminados, que es imposible sacar en limpio detalles reales sobre su pasado que provengan de él. Todas las pistas para lograrlo tienen que venir de los demás. Y lo cierto es que, si hay que creerle a Kim Pine, al único chico al que Scott le pegó, fue al nerd de su escuela, que en realidad no representaba ninguna amenaza. Y respecto de su carácter mujeriego, lo cierto es que la única referencia al respecto proviene de Julie Powers, que, demás está decir, no sólo odia a Scott sino que también es el summun del chisme, la mala leche y la mediocridad. Por lo tanto, también es mentira. Pero, ¿qué quiere decir todo esto? ¿Qué Scott es un pobre diablo, un idiota, un conquistador mediocre? La respuesta es en realidad un poco más profunda que eso. Si le damos una mirada superficial a la saga, podemos llegamos a creer que su protagonista es alguien poderoso y capaz, alguien por encima del resto. Pero la realidad es que, echando una mirada profunda a los seis volúmenes, Scott es un chico común y corriente. Dicho de otra manera, Scott puede ser cualquiera de nosotros, cualquiera de nosotros puede ser él. Y su odisea, la odisea de un hombre enamorado, metaforizada y sazonada con malicia tanto por O’Malley como por Gideon dentro del cómic, puede ser la odisea de cualquiera de nosotros, nuestra historia personal de “How I met your mother”, si así quisiéramos contarla. El resto son florituras. Y de eso, O’Malley sabe bastante.

ST LE í

puede seguir peleando por la relación (ella abandonó a los dos de la misma manera: desvaneciéndose, pero mientras Scott hizo todo por volver a verla, Gideon se dedicó a insultarla, siempre encerrado en sí mismo), y por el otro, porque consigue ser más que Gideon, saliendo de sí mismo y entendiendo el daño que le hizo a las mujeres con las que estuvo, en vez de colocarse siempre como la víctima, que es lo que hace su oponente. Al mismo tiempo, Ramona consigue deshacerse del control que Gideon ejercía sobre ella, y se da cuenta de que ama a Scott, liberándose por fin de su necesidad patológica de huir de los compromisos. Sobre este punto hay un detalle interesante para señalar: durante toda la saga, Ramona va cambiando su aspecto de mil formas distintas, mediante distintos cortes de pelo, y adoptando diversas modas en su vestimenta. Al principio, uno podría creer que se trata nada más que de su tendencia al cambio y su temor a la estabilidad, que lo es; pero durante el último libro se revela otra faceta, todavía más interesante. Gracias a sus poderes para entrar en la cabeza de las personas, o quizás porque la propia Ramona todavía sigue enamorada de él, Gideon persiste dentro de la cabeza de la chica, como un tirano que la somete por completo. Pero en un interesante giro de eventos, las diferentes versiones de Ramona, que se manifiestan a través de todos sus aspectos, terminan revelando que sus sus cambios eran una forma de lidiar con la ruptura, y de huir del hecho de aceptarla (de hecho, lo primero que hace la heroína cuando decide abandonar a Gideon es cortarse el pelo, su primer cambio de look).


Bonus track

Cantar con la poesía parada

P

robablemente yo no sea la persona correcta para escribir esto. Conozco gente muchísimo más preparada, que conoce toda la discografía, se sabe de memo¬ria cada tema, y lleva habida cuenta de cada recital y cada aparición en la televisión de este particular personaje. ¿Por qué entonces escribo yo sobre Zambayonny? En primer lugar, porque puedo. En segundo lugar, porque Zambayonny me gusta. Y me gusta sinceramente (vaya que me gusta, que lo con¬sidero merecedor de la nota central de la revista, y creo que me quedo corto). En tercer y último lugar, pero no menos importante, están mis considera¬ciones estéticas. Convengamos: que yo no sea un fanático exa¬gerado de su música ni de sus apariciones, que yo ignore por completo su biografía y su nom¬bre, que yo no pueda dar cuenta de sus apariciones en radio y televisión, no me inhabilita para reconocer sus virtudes y para recomendarlo. Mucha gente (y tengo que decir, lamentablemente, que muchos críticos también) caen en hacer coincidir su gusto con sus consideraciones sobre la calidad. Yo prefiero pasar de esa preten¬sión vana. Así,

que yo no pueda leer a Joyce o a Rivera no me impide recomendarlos y recono¬cerlos como grandes autores, sencillamente porque otra gente, en cuyo juicio confío, los tiene en esa consideración. De la misma manera, que muchas personas lean a un autor, no lo hace ma¬lo ni bueno. Tiene que ver con otra cosa, una cosa más pro¬funda. Hay obras (pinturas, no¬velas, películas, canciones), cuya profundidad me está vedada por la sencilla razón de que no soy yo capaz de acceder a ella, pero de ninguna manera acusaría a esas obras de mis carencias. La ausencia de esa profundidad, no obs-tante, se nota en otras obras a las que también ojeo y abandono. Cada obra requiere de una sensibilidad particular, y es esa exigencia lo que determina la calidad de la obra. Quizás yo no sea la persona que tenga la pro¬fundidad necesaria para encarar un análisis efectivo de la poética de Zambayonny. Pero puedo intuirla, y solamente por eso, creo que merezco el intento.

Zamba y yony Llegué a Zambayonny como lo hizo la mayoría: era el tipo que cantaba “guar-

angadas”. Con canciones como “Milanesa de pija”, o una de sus obras maes-tras, “Las cosas que dejé”, mis amigos y yo nos hacíamos las noches riéndonos sin parar. Tendría, ¿cuánto? ¿17, 18 años? Y era buscar los temas en el Ares (en esa época ya había olvidado esa burda legalidad de comprar cd’s, pero todavía no conocía la practicidad de Grooveshark) y armar una lista nomás para escuchar y reírse, con la voz adulterada in-tencionalmente, según la leyen-da, para que nadie supiera quién era realmente ese degenerado que, a diferencia de un Arjona que construye frases en base a su sonido, podía hilar construcciones complejas incluso para esa acumulación de “malas palabras”, aunque en esa época, pendejos como éramos, no le dábamos pelota a todo eso. Después vino, como en toda relación, la realidad, y la balanza se inclinó para el otro lado. Tuve mi época de vieja paqueta y empecé a mirar de soslayo al maleducado ese, mientras Zamba seguía con su periplo, creía yo, de puteadas, pijas, chotas, porongas, culos, leche y acabadas. Quienes me conocen sa-ben de mi profunda antipatía hacia las repeticiones. Que considero mediocre a un artista que,


después de mucho tiempo, sigue estancado en un estilo, en una serie de elementos o de temas, que debería haber superado, para superarse como artista. De ahí, por ejemplo, mi antipatía hacia Cucurto, que no importa cuándo gire mi vista hacia él, lo sigo viendo atascado en paraguayos, bailantas, Amar Azul y esa ostentación de exotismo que ya cansa (y mi temor se extiende, preventivo, hacia la figura del prometedor Cesar Gonzalez, alias Camilo Blajaquis, si no consigue sacarse el mote de “escritor tumbero”). Así, yo miraba de afuera, la ñata contra el vidrio, el paso de Zambayonny, y veía, sutiles, invisibles, ciertos cambios, lentos, imperceptibles a simple vista, mientras las búsquedas del Ares se seguían orientando al hallazgo de pijas y putas en sus canciones. Y así fue como, después de mucho tiempo, llegó el reen-cuentro, y con el reencuentro vino el redescubrimiento. Y con el redescubrimiento, el recono-cimiento de que Zambayonny estaba equivocado. Son dos las cosas de la vida que no se pue-den dejar: la paja y su poesía.

Salvando las distancias ¿Qué fue lo que me llevó a ese reencuentro? ¿Cómo terminé amigándome una vez más con sus canciones? Supongo que una clara primera razón haya sido, sin dudas, el paso del tiempo sobre mí. Uno se da cuenta de que cambió cuando puede volver sobre las mismas cosas del pasado y encontrarlas diferentes. No es sano repetir sensaciones ante una misma obra, como no significa lo mismo una reacción a los 15, que a los 20, que a los 25. Cuando volví a escuchar las canciones de Zambayonny me pasó algo raro. Las “guarangadas”, las referencias sucias y todo lo que a los ¿cuánto? ¿17, 18 años?, me había llamado la atención, y me había hecho recomendarlo para cagarse un rato de risa, ya no me sorprendía para nada. Cantar, a los 18 años, “Soy Su-perman y me chupan la pija”, no encierra ningún drama, sobre todo porque uno a esa edad se siente así, y es el grito que quiere gritar. Pero ya después de un par de años se busca algo distinto. Algo que separa al arte genuino de la anécdota, al talento de lo meramente llamativo. Y Zamba lo tenía. Escondido entre esas canciones idas de mambo, existían letras profundas y terriblemente humanas, letras que, aunque se disfrazaban de cotidianas, trataban dilemas que podían atacar

el sindicato del pedazo Empiezan siendo un grupo normal de Facebook, sin mayores pre-tensiones. Como el ídolo. Postean boludeces, frases sacadas de las canciones clandestinas, reverencias al hombre que, con su terapia, les marcó el camino. Ya se perfilan, en esas primeras colaboracio-nes, ideas que, más adelante, van a tomar forma concreta a través de concursos y búsquedas desesperadas. Un lejano 2 de diciembre del 2009, aparece, como una batiseñal, un escudo, donde se concentra toda la mística y la imagen del Sindicato. Ellos, parece decir el escudo, ellos saben de la máscara, ellos estuvieron ahí, desde el principio, antes que ninguno. Y el escudo da lugar a la remera. Y una noche Zamba aparece con la remera, y nace la leyenda. Hablar de Zambayonny implica hablar del Sindicato del Pe-dazo, su club de fans. Diría que es casi una simbiosis: si uno busca algo sobre el cantautor, no es raro (sino más bien lo contrario) que tarde o temprano uno se cruce con ellos. Empezaron siendo cuatro gatos locos y leales. Hoy ya son casi diez mil en Facebook (hombres y mujeres, para que ninguna feminista amargada salga a decir que se trata de una cosa de machos retrógrados). Tienen alrededor de 30 sedes en todo el país, y ya vendieron, según sus números oficiales (y sin contar a los irrespetuosos que se habrán colgado del logo y habrán hecho sus propias versiones) 150 reme-ras oficiales de esta particular barra brava. Pero el Sindicato no es un club de fans al uso. No, no esta-mos hablando de las beliebers locas, irracionales. El Sindicato del Pedazo es un grupo muy particular: había dicho que ya en las pri-meras conversaciones se habían marcado los lineamientos para lo que vendría después. Efectivamente, si en esos primeros posteos se había marcado la idea de una Abanderada del Pedazo, no fal-taría mucho para que la iniciativa se concretara, con una gran re-percusión. Asimismo, el grupo cuenta con su propio evento: el Día de la Verga, que se celebró por primera vez en marzo del 2011, y que este año repitió. Aunque, lo que definitivamente distingue al Sindicato de otros clubes de fans es el fútbol sindical. Desde hace ya dos años, todos los lunes se reúnen los miembros del sindicato, para efec-tuar libaciones futbolísticas en honor del gran Bardo de la Verga. Y se dice por ahí, que este suele ir a jugar a la par de ellos, en tertu-lias que continúan con alcohol y charlas infinitas. Esto último (su-mado al hecho certificado de que algunos miembros del Sindicato pisaron la propia casa de Zamba), marca la diferencia. Ellos no adoran a un ídolo que no los conoce. No señor. Ellos bancan a un hombre de carne y hueso, un genio en vida, humilde y humano. ¿Cuántas fanáticas de Justin Bieber pueden decir lo mismo?


a cualquiera. Pero lo más interesante es que, incluso en las otras canciones, en las canciones donde abundan las pijas y las tetas, pueden encon-trarse, distorsionadas intencio-nalmente, opacadas en una primera lectura, pero ineludibles una vez las guarangadas perdieron fuerza, imágenes y emociones auténticas. Las sensaciones de alguien que ha vivido. En definitiva, se encuentra lo que es el arte: vida.

Historias de derrota Si hay algo por lo que Cer-vantes va a ser recordado siem-pre, es por añadir una categoría de personaje que, hasta el momento de la creación de su Quijote, no existía: el perdedor. Quienes abogan por la superioridad de Shakespeare, apoyándose en su profundidad psicológica, existencial, parecen olvidar que el bardo inmortal trabajó con formas y personajes conocidos, propios de los esquemas trági-cos. El Manco de Lepanto no, y con su parodia habilitó, para siempre, la entrada de los perdedores en el arte. Este derrape pseudointelectual no es gratuito (aunque, si consi-gue levantar minitas, bienvenido sea). Es la apertura indis-pensable para entender la enorme población perdedora que pulula por las canciones del Bardo de la Verga. Ya con la emblemática “Yo los considero mis hermanos” (canción que lleva a confraternizar como pocas), hasta “El equilibrio del mundo”, pasando por “Retiro voluntario”; Zambayonny nos habla de tipos que perdieron, tipos mufados, payasos tristes que no pegan una, pajeros que sufren su irrefrenable deseo, un deseo que nunca es satisfecho, sea ya por la estupidez propia, la desgracia o la justicia divina. Pese a todo, esta fauna derrotada que pasea por la poética de Zamba no está de ninguna manera triste o vencida. Como el Coyote de los Looney Tunes, como el “Hipo” de Claude en “Mi novia Polly”, estos tipos que la tienen chica, que son guampudos o que no la ponen más; aprenden a vivir von la derrota y plantan su mejor cara. ¡Sí, la tengo chica!, ¡Sí, soy guampudo!, ¡Sí, no la pongo más!, parecen gritar desde cada canción, “¿Y qué?”. Como si fueran Paladines del Fracaso, los personajes de Zambayonny se levantan siempre una vez más, para gritarle al mundo que se aceptan como son, y que van a volver a salir al ruedo en busca de un poco de amor o, por lo menos, una chupada de pija.

ESAS MALAS PALABRAS Hoy en día ya son legendarias las palabras. Se estaba celebrando el Congreso de la Lengua Española, y entonces el Negro Fontanarrosa agarra el micrófono y larga una lección que ya no va a poder olvidarse nunca. Su defensa, irrefutable, por cierto, de las malas palabras, de su utilidad, de su valía, se volvió la excusa y la justificación perfecta para todos aquellos que quieren valerse de ellas. Porque no se pueden reemplazar. Porque, como iba a recuperar Zambayonny en su canción “Un Mundo Perfecto”, no es lo mismo un zonzo que un pelotudo. Es esa misma inevitabilidad la que se juega en cada una de las canciones de Zamba. No pueden ser escritas de otra manera. No pueden reemplazarse por otras. Si el Cruzado de la Paja cam-biara sus letras, las “alivianara” para “las de lengua”, perdería to-talmente su fuerza. Desaparecería. Esas letras dicen lo que tienen que decir por la sencilla razón de que, dichas de otras manera, no tendrían sentido, no valdrían nada. Para el escándalo de las viejas paquetas, para el pitido del horario de protección al menor, para esos malditos impostadores de siempre; las letras de Zambayonny dicen las cosas como las tienen que decir. Sin tapujos, sin mentiras, sin máscaras. Resulta una ironía que en sus primeras épocas haya tenido que enmasca-rarse para poder decir sin problemas, señalado por todos (y como dije, por mí mismo), como el cantante que se iba de mambo. Pero es que ahí reside, precisamente, el secreto de su poética. Porque, para el escándalo de las viejas paquetas, para el pitido del horario de protección al menor, para esos malditos impostadores de siem-pre; Zamba es un poeta. Un tipo que se vale de lo cotidiano para construir sus versos, para decir lo que tiene que decir. Que es, por cierto, lo que nosotros queremos decir. Ahora bien, hay una operación interesante en relación a esto de las mal llamadas malas palabras. He dicho que Zambayon-ny se vale de lo cotidiano para zapar, y no es mentira. El tema con lo cotidiano es que, en este contexto, las puteadas y las expresio-nes soeces están vaciadas de todo valor, de todo potencial para inquietar. Uno tira un “verga”, un “chúpame la pija”, un “concha de tu hermana”, como si fuera a abrir la heladera. Nada loco, nada nuevo, nada por descubrir. Pero viene el Zapador, y entonces todas esas palabras se resignifican mágicamente, ganan peso, escandali-zan o se convierten en la nota de color de las revistas para el vulgo. Si es que hacía falta alguna prueba del carácter de artista de Zambayonny, estoy seguro de que esta es la más contundente. Él rescata, con sus canciones, el estatus de aquellas puteadas y guarradas que desgastamos con el uso. Les devuelve el significado, las recupera para la posteridad. Si no es eso la tarea de un artista (tomar lo conocido, lo desvalorizado, y tirárnoslo a la cara cargado de significación), no sé cuál pueda ser.


La reversión de la entropía Si hay algo en lo que todos, o prácticamente todos, estamos de acuerdo, es en que todo tiempo pasado fue mejor. Que antes había más calidad y ahora todo es una mierda. Que en los 90’s Tinelli hacía reír y ahora no es más que un promotor de lo más grasa entre lo grasa. Ahora bien, más allá del carácter falaz de esta afirmación, pongamos que es totalmente cierta, y vamos a encontrarnos con varios artistas que, con el paso del tiempo, empezaron a producir cada vez más y mejor. Zambayonny, como no podía ser de otra manera, es uno de ellos. Voy a hacer recapitulación antes de exponer el siguiente punto: dije al principio que conocí a Zambayonny como el cantante guarango, y que Tinelli (o Los Simpsons, según la mayoría, aunque esto fue rebatido en “El Escupitajo de Oro” de abril) antes tenía un programa de relativa calidad (¿que ha heredado “Sin Codificar”, quizás?), y ahora es menos que mediocre. Estas dos menciones no son gratuitas: están conectadas por una teoría que ya discutí con los mismos amigos que en su momento me acompañaban escuchándolo. El punto es el siguiente: si uno sigue la carrera de Zamba-yonny, va a encontrarse con una enorme transformación, no sólo al nivel de las letras, sino también del personaje. Cuenta la leyenda, que en sus primeras presentaciones, Zamba aparecía con una máscara de catch, como un gladiador de la guarrada, y con la voz distorsionada, para que no se reconociera al enfermo que se ocultaba detrás, y se lanzaba a putear y putear (aunque diga, sin vengüenza, que haya dejado de hacerlo). Este detalle no pasó desapercibido, y hoy la máscara sigue figurando, convertida en el símbolo oficial de los seguidores del Cruzado de la Paja, miembros del celebérrimo Sindicato del Pedazo. Con el tiempo, la máscara se fue, y dejó paso a un hombre de barba tupida, lentes oscuros y gorra de visera como telón presto a ocultarlo todo. La voz ya no pudo ocultarse más, y lo que se descubrió fue un cantante capaz de hacerle frente a un micrófono y un público. Ahora no es raro verlo en videoclips o la televisión, con la barba prolija, la vista desnuda y la gorra, la incansable gorra que, predigo, algún día también va a desaparecer. ¿Significa todo esto que las puteadas y guarradas se fueron aceptando cada

vez más, que ya se le perdonan cada pija, lechazo, cogida o cabalgata de verga? Pues no, y acá viene lo interesante. Zambayonny está mostrando una faceta cada vez más trabajada, más poética, menos aplicada a lo soez. Si bien sus letras no pierden su sello cos-tumbrista, coloquial, desprejui-ciado característico, lo cierto es que tampoco compone como en sus primeras épocas, y bien vale la memoria excelente del Sindicato para que esos temas vuelvan a salir a la luz en los recitales. Esto nos lleva a una nueva pregunta: ¿es que Zamba fue domesticado? ¿La fama lo ablandó, y ya no quiere jugarse con una corrida de más, que puede devolverlo al anonimato? Para nada. Acá mi teoría: el cantante que se hace llamar Zambayonny es más inteligente que todos nosotros juntos. A la inversa de, por ejemplo, Shakira, que hoy por hoy anda vaciada de conte-nido y sólo se dedica a una versión suave de una versión suave de pornografía, nos tentó a todos con canciones que apelaban a nuestro espíritu lúdico, a nuestras represiones, y a nuestro deseo de gritar que somos perdedores pero nos la bancamos. Pero a medida que fue hallando respaldo, a medida que fue viendo cómo los que consideraba sus hermanos le iban haciendo el aguante, se fue destapando, fue mostrando las capas interiores, sensibles, con feroces preocupaciones poéticas, con historias de dolor y de amor. Zambayonny nos engañó a todos.

It’s a long way to the top Dije videoclips y television. Creo que al principio mencioné el Ares. De repente, no sé por qué, pensé en Alejo y Valentina. Existe una relación entre todo esto, aunque a veces parezca un esquizofrénico o un poema de Borges. Todo se debe a la misma transformación de la que venía hablando, y al camino que ha recorrido Zambayonny hasta llegar adonde está ahora y que no es (verbigracia) la última parada. No estamos hablando del hijo de, ni de un viajero de los medios tradicionales. Hablamos de alguien que se consolidó por la colectora, y que a través de la difusión alternativa, y de su habilidad para pegar en la gente, se fue haciendo un nombre, hasta que volver inevitable su aparición, hasta que el hecho de ignorarlo dejo de ser cool y se convirtió en un crimen. Zambayonny es la prueba, si se quiere, de que todavía es posible labrarse un lugar en el arte sin transar ni traicionar a la pro-

pia esencia. Si hasta me quedo corto: con la rectificación que le hizo a su motor creativo, afirmó todavía más su independencia y su per-sonalidad, valores que le andan haciendo cada vez más falta a la cultura, en un mercado donde clonar es más fácil (y más seguro, vale decir también), que sentir el piso bajo nuestros pies; un mercado donde la creatividad es una cosa de nichos, y una vez el artista encontró un grupo al cual dirigir su arte, no se arriesga a abandonarlo por miedo a perderlo todo. Probablemente yo no sea la persona correcta para escribir esto. Pero sí puedo decir que lo vi todo. O bueno, casi todo: yo había llegado tarde, ciertamente. Yo había llegado para cuando el mito se había asentado en el Ares. Pero desde ese momento, fui testigo del ascenso. Lo vi con Guinzburg (que nos mira con Tato desde arriba). Lo vi llenando teatros. Lo vi siendo cada vez más y más admirado, hasta consagrarse, como consagrado está ahora. Y el camino que todavía tiene por delante… Hasta hace unos años, nadie se hubiera animado a decirlo. Pero hoy en día, gracias al Bardo de la Verga, los hombres del mundo ya no necesitamos tener miedo. Los hombres del mundo podemos decir, sin miedo, “No pude dejar la paja”. Y eso nos hermana a todos. Un mundo perfecto, en paz y armonía. Tocate otra Zamba.


nahuel saladino

Futbol La novela del 9

C

omo siempre, como cada año, se presenta la novela del verano, la que atrapa a todos. Nadie es ajeno al contexto, al desarrollo de la historia de amor, odio, traición y sobre todo, como no podía ser de otra manera, mucho pero mucho llanto. Para entender la historia hay que empezar por el comienzo (obviamente). Si no, nos quedamos en suposiciones sin sustento que a la larga se caen cuando vemos la realidad. Ahora bien… ustedes se/me preguntaran, ¿Cuál es el comienzo? Sin duda alguna, la falta de este maravilloso número en el fútbol. Actualmente el Barcelona (el mejor equipo del momento) juega sin un referente de área. La gran mayoría de los directores técnicos seducen a los hinchas con “jugar como el Barça”, proponiendo un juego al ras del césped y, como dije anteriormente, sin 9. Hoy por hoy los “faros” escasean por todos lados y es ahí cuando se cotizan, cuando se nombran y son pretendidos por todos. En esta época del año, cuando el sol brilla con mayor intensidad y uno busca el refugio en la sombra, sus nombres salen a la luz. Ellos son la salvación para el equipo sin gol, con déficit en el área rival. Los que a fuerza de gritos, enamoran. Los que hacen temblar rivales y elevan la voz de los aliados. En nuestro fútbol son una especie en extinción, por eso se manejan los mismos nombres para diferentes equipos: Silva, Suazo, Farías, Stracqualursi, Óbolo, Boselli, Ramirez, etc. Son pocos los que apuestan por los “pibes” (excusándose en la falta de experiencia, aunque tampoco les dan ruedo para conseguirla). Parece ser que un asesino serial mató uno por uno a los Batistuta, a los Crespo, a los Palermo, sin dejar herederos para esta “fortuna” que es el fútbol argentino (mediocre o no, le da de comer a MUCHAS personas… si estás leyendo esto, me incluyo en esos beneficiados). Volviendo al eje principal de esta nota, caemos en la novela de siempre: un equipo quiere a un jugador, el “propietario” de dicha persona quiere más dinero, el pretendido no afloja y así

transcurre el verano vendiendo inventos que, a fuerza de tanta charla de café sobre dichas mentiras, se convierten en realidad. Es ahí cuando esta novela se termina por encaminar. No siempre termina con el beso entre los 2 enamorados y el hombre malo tras las rejas o muerto, pero el balón pie da para todo y mucho más. Podría ser hasta un culebrón proveniente de México, o vaya uno a saber. Lo importante es que nosotros como siempre la consumimos y vivimos en ella hasta que, se da el final y terminamos cerrando la contratapa del libro o apagando el televisor y nos preguntamos… Al final, ¿¡CUANDO ARRANCA LA PRÓXIMA TEMPORADA!?

Moraleja: ¡Basta a la caza indiscriminada de puestos! Basta de eliminar a los enganches, a los 9 referentes de área, a los laterales con llegada, a los viejos “wings”. ¿Qué queda del fútbol si todos juegan en el mismo puesto?


Aroma de mendigos, momento de héroes

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ay pocas cosas en la vida que te llenan el alma, que pueden ocupar ese espacio en tu corazón que solo ellas, y nada más que ellas pueden transportarte a otra realidad. Dichas sensaciones no pueden ser descriptas con palabras, aunque como siempre, está en mi ingenio el tratar de describirlas. Como por ejemplo, llegar con tu bolso al hombro una mañana de invierno, debajo de la luz del sol, alejándote de la estación del tren. Patear las gotas del rocío mientras enfilás para los vestuarios. El calor propio de ese lugar que tantas alegrías y tantas tristezas vivió. El olor a mate, el tango sonando de fondo mientras el utilero te sonríe a través de esos hilos de plata que han vivido generaciones ahí adentro. La textura del cuero frio que pide a gritos acariciar a la pecosa. El frio que no tiene piedad alguna sobre el cuerpo desnudo uniformándose. La estufa allá lejos de todos y tan cerca de los perros del barrio. El olor a desinflamante, el rito eterno de enroscar las vendas. Son solo algunas de las miles y miles de experiencias que uno vive en la preparación previa. Cuando llega el momento, la semana ha hablado, los entrenamientos dejaron de ser y solo queda la decisión y la incertidumbre. Desde lo más recóndito de aquel banco de madera. Solo, aislado en tu cabeza, en tu ansiedad, en tratar de recordar cada una de las palabras del técnico, el murmullo no alcanza a penetrar tu coraza. Es el momento, la voz de mando pide reunión de grupo. El pasillo se hace eterno y los segundos parecen crecer a pasos agigantados. El Director Técnico alza la voz y comienza a enunciar apellidos. Las camisetas vuelan libres por los aires hasta llegar a su protector, aquel que dejará alma y vida para defenderla. Hasta ese momento donde el alarido del fondo retumba en tu cerebro y la sonrisa nace desde tu interior, hoy es tu turno de demostrar el por qué de aquellos colores en tus manos. El pizarrón es sólo un espejo de lo que en noventa minutos será tu misión designada o no serás nada. Aquella noche en la que el sueño se alejaba y los pensamientos se adueñaban de tu ser pasan a ser solo un recuerdo y la vesti-

dura para la batalla está en tus manos. Aquel que está tan lejos, pero a la vez tan cerca que tiene el brazalete en su brazo. Ese que tantas veces lo viste pasar y nunca se detuvo en vos hoy te llama. No sólo a vos, a todos. El grito de guerra se adueña del lugar y los ojos se concentran en un solo punto. Ella desde abajo los observa expectante, ella que será la protagonista no quiere interrumpir el instante en que todos son uno y apuntan hacia el mismo lado. Desde muy lejos se escucha el golpeteo de un bombo, miles de voces que se hacen eco. Encaminados por el dueño del brazalete, todos encaran por aquella manga. Esa que siempre estuvo desde lejos, esa que siempre viste desde afuera. El bombo parece marcar el ritmo de tu corazón, escuchás un grito desde la boca de la manga pero es confuso; es solo más ruido ante el rugir de miles de gargantas que sólo quieren unirse en un solo canto. Ese canto que vos esperás darles, y quedar en su memoria. Es el momento de recrear aquello que con tanto anhelo te robaba las horas, es el momento de salir ahí afuera y jugar a ser un héroe.


Carta para Ella

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omo puede ser que digas que no estoy enamorado de vos, si solo corro y dejo el alma para acariciarte y sentir tu dulce piel rozar mi cuerpo. Como podés decir que no te deseo, si lucho contra otros que sólo te quieren para su provecho y no te desean como yo. Como podés decir que no te amo, si con sólo mirar tu hermosa figura se dibuja en mí una sonrisa. Dejaría todo, solo por bailar con vos, por seguir acariciándote, por pasear por tus curvas. Como podés decir que no soy fiel, si es por vos que muero, y con tu infinita rebeldía, que otros ya trataron de domar, yo voy a dejar todo para apaciguarte y protegerte. Ahí vas, siempre hermosa, presente. Siendo la más observada de todas. Siempre vas con el que mejor te cuida, el que mejor te lleva, el que te acaricia y no golpea. El protector que será envidiado y amado a la vez. Aquel que te acompañe a donde vos quieras, porque en definitiva, vos hacés lo que querés y con quien querés. Siempre coqueteando con todos y a la vez con ninguno, indiferente a la edad, estatura, religión; a vos no te importa. Como un picaflor vas de un lado al otro pero nunca sola, custodiada por las miradas, los suspiros, los enojos y frustraciones de todos tus espectadores y seguidores. No siempre sos justa, y en un abrir y cerrar de ojos, pasás de la euforia a la tristeza, del amor al odio y del éxito a la desazón y al olvido. Sin explicaciones bailás al compás de una cintura, de un ritmo cada vez más frenético, y cuando encontrás la pausa descansás. Pero después, seguís: no podes estancarte en un mismo lugar porque tenés que seguir enamorando y llenando la vista con tu hermosura. Estas palabras no alcanzan para describir la felicidad que me producís cada vez que me encuentro con vos, cuando te pienso, cuando te veo, cuando te siento. Mis días de amargura mueren por tus movimientos, por tus encantos y sobre todo tu forma de relajarme. Puede ser que algún día nos separen y que ya no pueda ni siquiera rozarte, pero siempre va a quedar impregnado en mí

tu perfume y tus texturas. Voy a llevar con honor mis heridas de guerra por defenderte. El mundo verá que de verdad te quise y nunca voy a dejar de hacerlo. Pero hoy sólo me queda mirarte desde lejos, muy lejos. Yo, como viejo conquistador, voy a enseñar con todo ahinco tus tretas y artilugios, para que los más jóvenes aprendan a dominarte y a quererte, porque a pesar de todos estos años y desencuentros aprendí que no sos mía sino de todos y cada día agradezco y digo… GRACIAS POR EXISTIR HERMOSA PELOTA.

Mensaje para todas aquellas mujeres que me deben estar puteando en este momento: esto lo escribí intentando dirigirme hacia la mujer en general, jugando con sus sentidos y no con su forma física, y también jugando un poco con lo que trata esta sección. Si lastime algún orgullo espero sepan disculpar. Ustedes son lo más lindo que existe sobre la faz de la tierra. Pero ella… ella tiene esa magia que enamora.


francisco peretti

videojuegos Ansias de trascendencia

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n todo el tiempo que llevo (con)viviendo en este mundo enorme en el cual habitamos, tuve muchísimas oportunidades de escuchar, mayormente viniendo de parte de frikis, geeks y unos cuantos nerds de por ahí (Aclaración: Que los nombre no significa que no me considere adentro de alguno de esos grupos) la famosa frase “Definitivamente, los videojuegos son arte.” ¿Tienen razón? No puedo cuestionar que sea una excelente forma de expresarse, es totalmente afirmativo decir que es todo un hallazgo de la creatividad del ser humano a esas cosas que deberían ser la piedra fundamental de lo que somos y existimos. Ahora bien, ya la época de mostrar un universo con todos sus elementos fascinantes pasó, cada vez se permite un poco más la propia interacción con ese mundo creado solamente para el participante. Pero, al fin y al cabo ¿Es arte? Es complicado diferenciar lo que es artístico de lo que no. Pintura, música, es imposible hablar de igual manera de cada una, y sin embargo, sigue siendo arte, cada una por separado, al igual que lo es la escritura. Si partimos del punto de vista de que el arte de por si es complejo, ¿Por qué podemos decir que los videojuegos lo son? Para empezar, todos esos juegos que aprendí a disfrutar de chiquito vinieron a mi mente en cuanto se me hizo la invitación a participar en esta columna. Esa pulsión de lo que es la imaginación, ver mundos en puntitos en la pantalla, era una fantasía poco creíble en ese momento, nada más se necesitaba un puntapié para hacer que eso mismo se ramifique y pueda crecer en diferentes estilos- Hasta llegar al día de hoy, donde hay cosas como Amnesia, The Void o Yume Nikki (Googlearlos es una muy buena opción si quieren encontrarlos, el último es libre y gratuito), exponentes claros de una expresividad innata, poco explorada hasta ese momento. Pero, en concreto, la idea no es confundir belleza con arte. Si quieren encontrar belleza, gráficos, y demás, les basta con jugar algo hecho por Crytek (los responsables tras los tan conocidos Crysis) o cualquier juego de éstos últimos salidos, casi todos se

apoyan en lo que es el aspecto gráfico en sí. Pero, ¿qué pasa si buscamos algo más allá de la creatividad estética, algo que difiera del resto, tal como experiencias sensoriales mas allá de la diversión proporcionada por jugar? He ahí el asunto. Entonces, ¿Qué hace que videojuego sea considerado ‘artístico’? Simple. Que trascienda el momento de jugarlo. Que nos pegue en el alma, que nos amase los sentimientos como si de chipá crudo fuera. Al día de la fecha, hay videojuegos que trascienden la barrera infantil de la primera premisa con la que fueron creados los juegos, la de entretener solam ente, hasta llegar a mostrarnos aventuras tan elaboradas y pensadas que de seguro algún mérito literario merecen. Si profundizamos aún mas, mostrar la realidad actual a un videojuego, es prácticamente lo que los artistas han hecho en su carrera, exponer la visión de su propia realidad a través de sus manos/ojos/etc., haciendo que ellos que mirasen su obra se sientan identificados. Hacer que un videojuego nos mueva a soñar e identificarnos con él. Ésa es la idea.


Nostalgia Parte I: ¿Por qué deberías jugar Chrono Trigger?

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ace unos cuaaantos años atrás, conseguí un ROM [para los no adeptos, un ROM en este caso es un archivito que, mediante un programa que lo interpreta, podés jugar cierto juego que le corresponda, de alguna consola vieja, ya sea el clásico NES o Famicom (conocido en estos lares como Family Game), la Sega Genesis, la Super Nintendo, o hasta llegar a cosas como la Dreamcast y consolas afines de la nueva generación] que decía Chrono Trigger. Lo abrí, y ya la intro del juego me dejó loquito. Pasaron las horas, incontables, mientras iba sacando todo lo posible en el juego, hasta terminarlo. Sin duda, fue el mejor RPG que había jugado hasta ese momento, y tomen en cuenta que ésto fue mucho antes de llegar a tener acceso a la Playstation. Cualquier jugador viejo, si le preguntan qué es Chrono Trigger, les va a contestar que no es nada más ni nada menos que un mero regalo de Dios a la humanidad para ser adorado por miles de fans. La mayoría de esos ‘viejos’ a los que preguntarles, les van a decir justamente que los mejores RPG (role playing games, juegos de rol) se hicieron en la época de la Super Nintendo, y dicho juego fue el mejor de todos ellos. Usualmente, escucho de parte de muchos chicos que me vienen a asegurar que la mejor historia contada en un videojuego fue la del GTA Vice City, y me suelo reír. Me río cuando me dicen que lo mejor que pudieron jugar son los Winning Eleven, y me río cuando les muestro un juego para que jueguen y se diviertan… y me lo rechazan por viejo. Por eso viene esta recomendación, para mostrarles a todos que hay muchas cosas que todavía estaría bueno que miren. Este juego, hecho en 1995, fue una revolución completa cuando salió, mostrando la ilusión de un mundo totalmente enorme, dejándote interactuar con una pequeña parte en ciertos momentos, en los que pasabas de un tiempo a otro, desde un mundo prehistórico hasta un futuro post-apocalíptico, en el que los objetivos involucraban volver en el tiempo para cambiar la línea temporal, de tal modo que dependiendo en lo que hubieras


hecho, cambiara y afectara la jugabilidad y la historia misma, terminando en alguno de los diferentes 16 finales. O sea, la historia misma, iba cambiando mientras jugabas. ¿No es eso genial? El argumento principal del juego (obviando por supuesto, las emocionantes sub-tramas que nos permitían conocer aún más todavía sobre los personajes que estábamos comandando), es totalmente atrapante, hasta llegar a un punto que te perdías adentro de la historia, un punto totalmente épico, haciendo todo esto más increíble aún, las ilustraciones hechas por el gran Akira Toriyama. Si, el mismísimo Akira Toriyama, creador de Dragon Ball. Todo gira alrededor del héroe principal, Crono, al que se le añade de a poco, un grupo de pintorescos personajes, con los cuales va a viajar en el tiempo las veces que sea necesaria para lograr frenar a la asquerosa abominación que es el malo de turno, Lavos. SÍ, suena como una aventura más del montón, pero créanme, a mitad del juego, no van a poder apagar la pc, consola o como lo estén jugando. Con el apartado del combate, también hay algo interesante que resaltar. No hace falta tener que subir horroridades de niveles para poder derrotar a los jefazos, simplemente con una buena táctica, uno se puede ahorrar muchas cosas, además que se puede elegir que el juego pause de vez en cuando a los enemigos cuando uno pelea, o puede hacer que las batallas sean en tiempo real, enfocando el juego más en tener que pensar, que en fuerza bruta. Y me quedo corto con lo poco que escribí acá, hay mucho más, pero no me voy a alargar demasiado, para que ustedes puedan interesarse y buscarlo. Simplemente el juego no se vuelve viejo, una vez que lo terminaste, se te da la opción de poder volver a jugar de nuevo (con algunas de las cosas que conseguiste) y vas a encontrar cosas nuevas, y finales diferentes, haciendo que tenga un valor de rejugabilidad considerable. Para cerrar, Chrono Trigger es el puto amo de los RPG en la era 16 bit. Para mí, lejos, es uno de los videojuegos mas amenos, divertidos y “enganchantes” que pude haber siquiera tocado. Sé que

hay muchos que no lo conocen, asi que la idea es motivarlos, para que puedan darle aunque sea un ratito, sea cual sea el género que te guste. Es verdaderamente, un clásico de clásicos, y no podría obviar de decirles: ¡Dénle duro que no tiene desperdicio!


Nostalgia Parte II: ¿Por qué las aventuras gráficas pueden considerarse un género zombie y por qué las disfrutamos tanto?

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eamos sinceros, hay dos grandes tipos de jugadores hoy en día: los viejos, a los que si les preguntás ‘¿Conocés Full Throttle?’, te responden ‘PERO POR FAVOR!’. Y los nuevos, a los que si les preguntás ‘¿Conocés Full Throttle?’ te responden ‘¿Eh? ¿Eso con que se come? Aguante el Gorofwá’ (sic). Ya casi nadie se acuerda de las geniales Aventuras Gráficas, donde con sólo un mouse, y un poco de viveza, podías hacer crecer historias indescriptibles. ¿Y dónde estaba el secreto? En una buena historia… si ponías un poco de seso. La sensación de terminar cualquier juego, sin ningún tipo de guía, te hacía sentir como si fueras 20 veces más inteligente de lo que te pensabas… En síntesis, una muy buena historia, jugabilidad entretenida, y un muy buen ejercicio mental. Pero, ¿qué pasó con éste género, tan GENIAL y entretenido? La verdad es que las Aventuras Gráficas fueron decantándose en otros géneros, evolucionando o diluyéndose, pero de alguna forma están, como pueden ser esos juegos de aventura (¡no confundir Aventura con Aventura Gráfica EH!) en los que hay puzzles, puertas cerradas y muchas obstáculos, que debemos resolver para poder seguir avanzando… Cosa que antes era indispensable, y que ahora ya es quizás algo extra, aunque se sigue man-teniendo dentro del mundillo videojueguil. Si tengo que decir que soy adicto a algún género, obviamente mi respuesta va a inclinarse hacia éste, puesto que una vez que empecé algún juego de este tipo, hasta que no lo terminé, no paré. Suelo jugar varios juegos a la vez, inter-calándolos cuando me cuelgo con cada uno, pero cuando le toca a una aventura gráfica, todo es para ella. ¿Por qué? ¡Porque es genial! Cada paso que uno da, está adentro de una película, de una historia en la que las balas quizá no sean tan necesarias, tal cual como lo decía el slogan de The Curse of Monkey Island: ‘¿Qué está mas afilado, tu espada o tu ingenio?’ El género fue desapareciendo muy de a poco, para darle lugar a juegos más orientados a la acción, y así, muchos juegazos como el Indiana Jones and the Fate of Atlantis,


o cualquiera de los subidos de tono Leisure Suit Larry, quedarán en el olvido, (me permito decir que la saga de Larry termina en el 7, el último que hizo Al Lowe. Sé que salieron ‘intentos’ de juegos de la misma saga, pero hasta que me muera, y quizá más todavía, esos juegos NO SE PUEDEN COMPARAR SIQUIERA a la colección de los primeros 7 Leisure Suit Larry. Algún jugador viejo me va a dar la razón seguramente.) y, en la actualidad, sean ya tomados casi como de culto, siendo más que nada ‘abandonware’, una forma cariñosa de decirle a esos programas y juegos que cuando los abrimos ¡nos llenan de nostalgia el alma! Pero bien, en claro, ¿Qué es una Aventura Gráfica? En concreto, se plantea una historia, y el jugador toma el rol de cierto protagonista (o varios, en el caso de algunos como Maniac Mansion o I Have No Mouth, and I Must Scream, juegazos que hasta el día de hoy me dejaron secuelas psicoló-gicas) el cual, mediante interacciones entre el entorno, y los objetos que se van consiguiendo vía mouse, haciendo clic e investigando, progresa para completar su aventura: en algunos habiendo varios finales, o bien, uno cerrado. En criollo: están adentro de una película y son el personaje, y por investigaciones o sentido común, tienen que llegar al final de ella, sea como sea. Las historias de este tipo de género siempre suelen ser muy atrapantes, y muchas veces están escritas con sumo cuidado y detallismo, o puede ser que estén adaptadas de historias más grandes, como esa que nombré arriba, (I have no mouth..), la cual está tomada de un cuento corto del escritor Harlan Ellison, y está muy bien adaptada, dejándote con la boca abierta la mayor cantidad de veces posible. También pueden ser adaptadas por guionistas posta posta, onda la de Indiana Jones: uno de los tantos juegos supervisados por George Lucas él mismo. Y bueno, como conclusión los dejo que busquen tranquilos sobre el género, los incentivo a que busquen, que si no encuentran, que manden mails a inboxblablabla@gmail.com (no es joda che, es una dirección de correo posta) y ahí voy a contestarles cualquier duda que tengan, que no sepan, sugerencias, puteadas y lo que se les cante decirme,

y aprovecho y les dejo una lista de juegos . La mayoría de éstos juegos los pueden encontrar dando vueltas, y usando el programita SCUMMVM pueden jugarlos en máquinas nuevas. Ah, y así simple se los digo: NO USEN GUÍAS. SUFRAN. DIVIÉRTANSE. Cualquier Monkey Island, busquen que hay unos cuantos. Si son mayores de 21 (bah, ya cualquiera los juega) busquen los Leisure Suit Larry, hasta el 7. Van a encontrar más, pero jueguen hasta el 7 nada más. Antes expliqué por qué. Cualquier juego de LucasGames. O de LucasArt Games, como sea. Los de Indiana Jones son geniales, pero además Full Throttle, la saga Monkey Island, The Dig, Sam & Max, lo que venga. No tienen desperdicio. Cualquier juego de lo que Roberta o Ken Williams haya metido mano, lo de Sierra es la posta también, si pueden hacerse con los Phantasmagoria (los dos) me avisan. Otra cosa a tener en cuenta, los juegos producidos por LucasArts/LucasGames son más para la gente común, los juegos de Sierra son más para los gamers jodidos. Una saga IMPRESIONANTE es la de los Space Quest, la cual recomiendo muuuucho, pero les aviso ya de entrada que son complicadas, aunque se van a reír mucho. Para los que quieran algo mas bestia, I have no mouth and I must scream. Juegazo de aquellos, básicamente por la trama. La historia es genial, pero una sola advertencia. No es una historia feliz, y ésta no tiene comedia. Va a ser un juego que no va a ser alegre, pero sin embargo uno llega a ver la desesperación que les chorrea de los poros a los personajes. Y por último: Darkseed. Lo mas bajo de lo bajo, lo mas denso de lo denso, a éste sí les doy permiso para jugarlo con guía o si prefieren no hacerlo, prepárense para sufrir. ¡Nos vemos en el número que sigue!


flor zavala

literatura Primeros trazos

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o siempre quise escribir. De niña soñé con ser cantante o actriz: me imaginaba en un gran escenario frente a un público enloquecido. Mi mente había sido alimentada por novelas infantiles de Televisa, en donde los protagonistas formaban un grupo y después se volvían famosos; vienen a mí títulos como “Amigos por siempre”, “Aventuras en el tiempo” o “Cómplices al rescate”. Y la verdad es que lo intenté; fui a uno o dos castings, pero, aunque mi voz no es mala, nunca ha sido espectacular. Creé un grupo de canto y baile en la primaria, incluso tuvimos algunas presentaciones, escribí letras de canciones y fracasé… y con ese fracaso, llegó una victoria: Las letras eran pequeños poemas a mis 7 u 8 años de edad. Entonces llegaron esos cuadernos con una misma frase en el encabezado (“Querido diario”), y relaté, en esos años de niñez, las preocupaciones que formaban mi diario vivir: Hablé del niño de lentes que me gustaba tanto, de la chica fresona que me caía mal, de una ida al circo y mi cumpleaños… Del tiempo en que se separaron mis papás. Durante una época dejé de hacerlo, incluso hoy ya no es un hábito en mí, y a veces, irremediablemente, lo lamento... Hay tantos detalles que se pasan por alto y que después difícilmente logran recordarse; pero así es vivir y así es crecer. Un filtro, una depuración. Es bien sabido que un escritor es más por lo que lee que por lo que escribe y yo no leía, juro que no leía más que los libros de texto de educación pública, los letreros en la carretera cuando me aburría o las letras pequeñas en los anuncios de la televisión: ni siquiera recuerdo la primera novela que cayó en mis manos y sin embargo, tengo muy presente el cuento que escribí a los 6 años. Mi familia jamás tuvo una gran biblioteca, mejor dicho, no existe tal. Nadie, además de mi abuelo, es realmente un asiduo lector. Mis primeros pasos en el mundo de la literatura fueron completamente a ciegas; me atrevo a confesar que muchos de los libros de los cuales me alimenté antes de entrar a la Facultad de

Letras, hoy me avergüenzan. Mamá me regalo en algún cumpleaños “Sangre de campeón” de Carlos Cuauhtémoc Sánchez y creo que con eso me ahorro más explicaciones (no la juzguen, sepan que en realidad es buena persona). El destino, la suerte, el universo o como quieran llamarlo, estuvo de mi lado y conocí a dos guías que supieron encaminarme. Fue un profesor quien me orientó de manera formal en las letras. Se convirtió en un abuelo para mí, fue quien me impulsó a competir con cuentos y poemas; quien me abrazó cuando me sentí fuera de lugar pues mis compañeros me rechazaban por ser el ratoncito que leía en los recesos; quien me incitó a participar en concursos de lectura y redacción. Fueron él y mamá quienes creyeron en mí cuando nadie más lo hacía. En esas épocas cuando recién gateaba, leía más literatura contemporánea que clásica. Recorrí el río Amazonas, el Tíbet y parte de África, con Isabel Allende; me conmoví con Ed-mundo de Amicis y su “Corazón: diario de un niño”; por supuesto que leí completa la saga de Harry Potter (y la verdad es que no me interesan las críticas al respecto) y finalmente, me enamoré de García Márquez y entendí lo que la palabra ES-CRI-TOR, así con mayúsculas, remarcada y en sílabas, significaba. Comprendí que yo había nacido para escribir, que quería ser una contadora de historias porque esta realidad no me basta y sería yo quien llenara los huecos que tenía por doquier. Necesitaba escribir para sanar el corazón herido por ese primer amor en la pubertad; necesitaba escribir lo que en realidad no me había ocurrido, necesitaba mentir con verdad, canalizar mis pensamientos, convertirlos en catarsis, convertir esa pasión en un oficio: la vocación en una profesión.


El lado erótico de la ortografía

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o hay algo más matapasiones que una carta de amor con faltas de ortografía: Deves saber ke te kiero desde ke te conosi ase dos años. Es casi peor que los calzones holgados de abuelita o un par de calcetines apestosos al momento de hacer el amor. Lo mismo sucede con la gente muy guapa… Todo va bien hasta que recibes un mensaje de texto al más mero estilo de “Ola, voníta, kómo taz oi?” Bien, pues en efecto, yo estoy muy bonita pero seguramente a él le hace falta regresar a la primaria, un par de libros en su estante y tener respeto por su idioma y la forma en que se comunica. Así es como una primera cita jamás llega a la segunda. Triste pero cierto: La gente va por la vida sin tomarle importancia a la manera en la que escribe, menos aún al contenido. Nadie se va a morir de ortografía, pero seguramente habrá malentendidos al comprender que no es lo mismo escribir “Anoxe keria ir Kontigo pa’coJerte rico en un buen lugar” que “Anoche quería ir contigo, para coger té rico, en un buen lugar.” ¡Ah, esas señoritas comas y los buenos acentos! Haciendo de las suyas desde hace 1,000 años en el español. Como pseudomaniática de la ortografía (soy obsesiva pero no perfecta) hay una pérdida automática del respeto por una persona que sCrIiIvVe aScCiI. Soy esa amiga que suele estar jodiendo con que escribas bien, la que te explica una y otra vez que echar es de “A ese sí me lo echo porque está muy bueno” y en cambio, hechar no existe. La que insiste con palitos y bolitas que es ¡Ay, qué horrible está” o bien “Ahí, en la foto que me enseñaste, estás horrible” pero que “ahy” sólo es un invento de tu imaginación. Una persona que se preocupa por su lengua y la comunicación que ésta le permite, definitivamente no es mejor que el resto pero sí demuestra de forma automática sus intereses, su educación y muchas veces también su pasión. Me permito decir que un hombre que ha pasado la mitad de su vida leyendo porque le da la gana, es terriblemente atractivo. No se trata de caer en un ámbito absurdo e intelectual, sino de percibir más allá y ver que una per-

sona que lee puede viajar más y rebuznar menos; una que escribe diseña el mundo a su manera porque no le basta con la realidad que vive día tras día y si quiere leer un buen libro, mejor lo hace. El español como lengua es sabrosísima… Tanto o más que el mole aquí en México, el mate en Argentina y la paella española. Es tan rico que una sóla palabra tiene mil y un con-textos en toda Hispanoamérica. Chucho es un perrito en Salvador y Guatemala, en Honduras “Chucho” es tacaño y a Jesús le dicen “Chucho”. Además, en México se usa “chingar” de mil maneras! “Ya te dije que dejes de estar chingando” para decirle a alguien que no moleste; “Soy un chingón” para indicar que se es el mejor en algo; “Vete a la chingada” como insulto y a su vez “La chingada” es un rancho en el estado de Puebla. Y sin más divagaciones diré que si el español es producto de una evolución de miles de años, hay que hablar y escribir como si esa evolución no hubiese sido en vano, a menos que seas la ex novia de un hombre que conozco, de fabor no sigas escriviendo aci que de jenial no tiene nada y se ve orrible… ¿Así o tengo que ponerme lencería sexy para que entiendas? Puedo convencerte diciendo que sé respetar las mayúsculas de una insinuación sexual, las comas al hacer el amor, los puntos suspensivos entre cada beso y las gotas de sudor que resbalan por mi cuerpo. Sé que la sintaxis estimula el punto g y que está más en mis oídos que en mi vagina… Y exclamo, por supuesto que exclamo, cada vez que tengo un orgasmo. Jamás pongo un punto final en el sexo, ¿para qué terminar algo que no quiero? La ortografía, como dijo Pablo Zulaica, no es la perfección… es una actitud. Respeta tus letras porque te graduaste de la universidad, porque quieres conseguir un empleo, porque es más práctico entregar bien un mensaje o por darles un buen ejemplo a tus hijos, porque el “a nadie le importa” es una vil mentira. Respeta tu idioma porque es tu cultura y de la cultura vienes y con la cultura te quedas el resto de tu vida. Respeta tu idioma. Ámalo. Ve y hazle el amor.


Pinto cuadros con palabras

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a catarsis, ese poder curativo y anestésico que tienen sobre mí la fotografía y la literatura, es lo que hace unas semanas me motivó a plantearme la idea de escribir sobre ello en esta columna. ¿Por qué hago fotografía? Esa será la pregunta a responder. Y no, yo no soy fotógrafa pero sí partícipe del cuadro que se forma ante la cámara después de haber disparado un “click”. ¿Modelo? No, sería erróneo y presuntuoso creer que soy modelo. Estereotípicamente hablando, mis huesos no son tan largos y Dio(R)s (Alá, Buda o Gokú) no me hizo alta, la genética no se inclinó a ello y mi complexión tampoco es exageradamente delgada. Sin embargo, me gusta lo lúdico de estar frente a una cámara, de transmitir emociones, de sentirme bonita, sí… pero también de interpretar un papel alejado de lo que soy. Nadie me paga por ello (aunque muy recientemente entré a 2 agencias) y lo disfruto como si ganara los millones, ¿para qué hacer las cosas “a medias”? No haré un “medio” trabajo para ser “medio” feliz. Entrego mi corazón en todo que realizo, aun si los resultados no siempre son favorables. Son muchas las mujeres que de niñas sueñan con pasarelas, flashes, glamour, ropa y viajes…. Bien, yo me hallaba en un diario imaginándome entre libros y componiendo pequeños poemas; perdida en una biblioteca (el paraíso de Borges) y, claro está ya… anhelaba ser escritora. Hoy en día me encuentro trazando ese camino, decidí no dejar de lado aquello que mueve cada fibra de mi alma y de mi cuerpo: La palabra escrita. Y es que no, el ratón de biblioteca, la niña gordita de lentes, la de pocos amigos y el hazme reír de la prepa, jamás podría ser modelo. Tenía que ver la suerte de que su novio de tal época la considerara atractiva. Lloré, lloré mucho. Escribo y modelo porque puedo y me dijeron que jamás lo lograría, me lo demuestro a mí misma y se lo demuestro a todo aquél que me haya señalado con el dedo. Lo hago porque se me da la gana y peor aún: lo disfruto con cada diminuta célula de mi piel. Los días en que hay sesión de fotos, aún predominan mis nervios antes de dar inicio y la noche anterior no siempre duermo bien. Sin em-


bargo, automáticamente me transformo al comenzar de lleno y es que es un trabajo en equipo (fotógrafo, modelo, asistentes) y yo no puedo fallar con mi parte. ¡Cuán equivocadas están las personas que piensan en una mujer bonita como sinónimo de modelo! No, señores, no es así. ¿De qué serviría una mujer increíblemente hermosa si no sabe desenvolverse y contar una historia? No siempre he sido buena en ello, pero con el tiempo he ido mejorando y entendí que estar frente a la cámara es similar a subirse a un escenario: Soy la actriz y a partir de ese instante nada más importa. No me gusta la fotografía de moda, sino lo que yo llamo “fotografía con sentido”, fotografía que evoca un recuerdo, una mentira real, un ensueño. Cada historia es una fotografía y cada fotografía cuenta una historia. Son muestras de la realidad, una manipulación del mundo tangible, una erotización del lenguaje escrito y pictórico. Un buen escritor incita a la creación de imágenes en quien lo lee, así como un buen fotógrafo producirá una historia en la mente de quien observe ese único instante capturado. La literatura y la fotografía son maneras en las que puedo abrazar el pasado sin aferrarme, acariciar los recuerdos y dejarlos ir de vez en cuando sabiendo que de alguna manera estarán ahí cuando necesite regresar a ellos. La belleza no está peleada con la inteligencia, no se encuentran en un ring y con guantes de box para ver quién ganará. La belleza en mí, la determina quien mira y de mi parte, la percibo íntimamente ligada con un aumento en mi seguridad. Me sé guapa pero jamás superior a otras mujeres. Cuido de mi cuerpo, de este único lugar que siempre habré de habitar. Jamás olvido que el ejercicio es al cuerpo lo que el libro a la mente. Como buena mujer, soy fanática del maquillaje, los vestiditos y zapatos pero nunca hago a un lado el entrar a una buena librería y drogarme con el olor a libro nuevo. Ni soy estúpida por modelar, ni soy fea y sin vida por leer. Las mujeres reales no necesitamos mejores senos, sino mejores

libros que leer. Yo no seré Adriana Lima o Giselle Bundchen y odiaría serlo porque yo creo en la belleza real de la mujer y no en la fantasía construida de una portada de revista. Esto es un hobby, un paréntesis de la mujer pseudointelectual a la que he alimentado en mi interior. Soy mujer y no una etiqueta. Soy capaz de pintar imágenes con palabras y de provocarte a ti, querido lector del Escupitajo de Oro, una erección con una imagen que te forme palabras en el cerebro, un orgasmo mental y ¿por qué no? Quizá también… uno físico.


federico boero

musica Stroke my overdrive

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OCK.

Así empieza, con la contundencia de esa palabra y la conciencia de todo lo que ella significa. Término muy abarcativo si los hay, pero más que nada es un todo. Un universo plagado de inconstancias sonoras y ritmos cuadrados, de criaturas deformes y señoritos ingleses, de salvajismo al servicio de la música y de academicismo puro. Es música en sí, pero de algún modo también es más que ello. Locura, indecencia, actitud, eterna novedad y fuerza interior. Este género funciona a partir de la libertad. El hacer lo que carajo se te dé la gana sin reparos o con alguno, dependiendo eso nada más que de la simple voluntad. Se lo utiliza como medio para criticar cosas, salir a protestar ante la injusticia, canalizar sensaciones, como motor de las pasiones, expresar poesía, contar una historia o la nada misma. Dentro de la caja de Pandora música vas a encontrar verdaderos artistas, personas que han acompañado a esos geniales espíritus creativos, personajes pintorescos, entrañables, macabros, desagradables, y los salames que son más imagen publicitaria que sentimiento. Escuchando rock podés vivir momentos inolvidables, como cuando vas a ese recital de quién siempre quisiste ver. O que te ponés a pensar y siempre para cada momento de tu vida aparece en tu imaginario un tema, que en ciertas canciones veas reflejada tu historia o estado anímico del momento, o que un grupo de canciones y artistas marque una parte importante de tu vida. Esa es la magia de la música, en éste caso profundizando en un género particular, más que nada por el derroche de sentimientos que suelen haber en sus canciones y la diversidad de expresiones y estilos que este supone. Llega un curioso punto en que ciertos músicos, producto de sus creaciones y de cómo los amantes de la música nos “apropiamos”-o más bien nuestra alma se apropia-de ellas, pasan a ser parte de nuestra familia. No en el sentido estricto de la

palabra, pero es tan llamativo como común ese momento en que sentís al músico como alguien que sin conocerte te conoce, te comprende, sintió en algún momento lo mismo que vos estás sintiendo, pasó por esas cosas que pensaste que nadie nunca había pasado, y te lo cuenta, y con su música te llena el alma. Muchas veces con su creación te ayuda a salir para adelante, a mirar desde otro lado los problemas, a agrandarte frente a ellos y crear en uno un espíritu de lucha. Ésto sucede aún más cuando la persona misma del músico por sus acciones, su compromiso social, su actitud o a la manera de plantarse frente a la vida y las cosas, genera una admiración indescriptible, una sensación de cercanía, en la lejanía. De allí viene que cuando a nuestros artistas favoritos les sucede algo malo nos genere una angustia parecida a la que nos daría si alguien más cercano en nuestro día a día tuviera alguna desgracia. Por otra parte hay mucho negocio dentro del Rock. Mucha imagen y poca música a veces. Muchos empresarios sedientos de dinero y mucha inocencia de parte de los músicos. Demasiado reniegue para tocar por ahí y poca plata para sustentarlo. POCOS LUGARES DE-CENTES O NINGUNO PARA HACERLO y mucho bla bla de promesas de igualdad de oportu-nidades. Ante este panorama muchas veces la búsqueda pasional interior que se traduce al exterior como música se termina mezclando con tendencias comerciales instituidas (moda), formulas que ya han dado resultado a otras bandas y eso hace mermar la calidad y la variedad que podemos encontrar hoy en día en las bandas nuevas, salvo algunas valiosas excepciones. Para terminar, digamos que por suerte esto de la música, y particularmente lo del rock, es el infinito, nada más que hay muchas áreas que no han sido exploradas. Nada está cerrado, siempre hay lugar para una nueva faceta. El universo de creación es infinito, aunque a veces se vuelva al principio… ROCK


Waters Bendita

E

l día empezó como cualquier otro de esos días donde el nerviosismo ante la expectativa de algo grande ataca, esa hermosa emoción que no deja dormir. La espera de poder salir de Rafaela con ese colectivo a ver a este prócer del rock mundial era interminable. ¡Al fin la hora llegó!.Al ver como partíamos hacia la ruta fue la primera vez que empecé a caer de lo que sucedía: ya había pasado el tiempo desde aquel octubre de 2011 en el que compré la entrada. La inevitable ansiedad se transformaba en una especie de cosquilleo en el estomago, parecido al que se te genera antes de salir a tocar con una banda o antes de cualquier gran acontecimiento Llegamos al Monumental y comencé a ver las escenas típicas antes de que toque una banda grande: gente cantando canciones, vendedores ambulantes con merchandising no oficial (tan poco oficial que creo haber visto una remera que decía Roger “Water”), los chequeos en las entradas: “entrada en mano, muestren la entrada con orgullo!” decía una de las minas del control público. El tiempo pasaba y se iba llenando todo el monumental. El público era muy hete-rogéneo: desde familias completas y gente de todas las edades, fanas de Pink Floyd o que no conocían un tema, y entrañables personajes como un tipo que estaba en el mismo sector que yo, evidenciando estar literalmente en cualquiera, ya que no sólo tenía mitad de panza al aire por ponerse la remera por la mitad, sino que también se quedó media hora mirando para atrás hacia las tribunas con una cara de ido increíble. Para mi que vio al espíritu de Syd Barret . Pero vamos a lo central: el show de Roger. La escenografía estaba compuesta por un muro inmenso de ladrillos blancos que se levantaba en ambos extremos del escenario dejando un espacio libre al medio, por donde se veían algunos instrumentos de los músicos de la banda que lo acompañaba, y arriba de esto, al fondo, una pantalla gigante circular. Pasadas apenas las nueve de la noche las luces se apagaron, empezaron los primeros sonidos desde adentro del estadio,

explotaron fuegos artificiales, el humo consumió el es-cenario comenzaron los acordes de “In the flesh” primer tema del disco, en donde hizo su aparición Waters para locura general: el recital había comenzado El tema transcurrió mientras había cuatro o cinco tipos en un nivel superior de altura al que tocaban los músicos, flameando banderas con el símbolo típico de los dos martillos cruzados, que también se proyectaba en el muro, mientras que una luz roja teñía el escenario. Todo esto finalizado con la sorpresa al ver como un avión que venía desde la altura del tablero electrónico se estrellaba contra la pared haciendo estallar unas bombas. El sonido era más parecido a lo que se vive cuando vas al cine o a un teatro que a cualquier otro recital: las salidas de sonido estaban ubicadas estratégicamente no solo del escenario para adelante, sino desde adentro del mismo campo y en las tribunas, lo que hacía a la experiencia sonora vibrante e impredecible. Luego de esto, pasó “The Thin Ice” y seguido a este “Another Brick in the Wall Part 1”, al final del cual un luz en forma circular, emulando la de un helicóptero, iluminaba las distintas partes del estadio. Sucediendo a esto empezó “The Happiest Days of our Lives”, para dar paso a “Another brick in the Wall Part 2”, en donde se infló en la parte derecha de la escena un muñeco gigante que era, nada más y nada menos, que The Teacher, el profesor, que como en la película, era representado caricaturesco y monstruoso. Mientras se daba esto, un grupo de 15 chicos de la zona de Virreyes de Buenos Aires, subían al escenario para cantar el coro central de la canción y terminando el tema acercarse al muñeco para desafiarlo. Cuando terminaron, Roger agarró la acústica e hizo una versión nueva de una parte de “Another Brick…” en homenaje, a una victima de gatillo fácil. Luego, el músico dijo en un español casi perfecto: “Este show va especialmente dedicado a los muertos, desapareci-dos,torturados, a las Madres de Plaza de Mayo y a la memoria de Ernesto Sábato, que con sus luchas lograron que hoy


podamos decir ¡Nunca Más!”. Final al que se sumó toda la gente con el mismo grito. Era hora de otro clásico, así que comenzó “Mother”, mientras al costado izquierdo se podía ver otro de los muñecos inflables gigantes, esta vez representando a la madre. A todo esto, en la parte del tema que dice “mother should i trust the government?” (¿Mamá debería de confiar en el gobierno?), se proyectan simultáneamente dos respuestas en cada lado del muro, la clásica “No fucking Way”, y al otro lado una respuesta más argentinizada a la pregunta: “Ni en pedo”. A medida que van pasando los temas, se van agregando los ladrillos que le faltan para completar al muro, por lo que en los temas siguientes las proyecciones toman cada vez un lugar más preponderante, mientras que a los músicos los vemos por huecos que van dejando en el muro. Continúa con “Goodbye blue sky”, proyectándose, al mismo tiempo, aviones que bombardeaban insignias religiosas, políticas y marcas, creando en la parte baja del escenario un río de sangre, que iba inundándolo cada vez más. Así se van sucediendo “Empty spaces”, toda la melancolía de “Young lust”, “One of my turns”, “Dont leave me now” hasta llegar a “Another Brick in the Wall Part 3” y que quede solo un hueco libre en el muro como para ver a los músicos que estaban tras él. Suena “Goobye Cruel World” y el muro se cierra completamente. Viene un receso. Luego del descanso, comenzó la serie con “Hey You”, “Is There Any-body Out There”, hasta llegar a “Nobody Home”, tema que particularmente me llega al alma y en el que veíamos a Roger cantarlo sentado en una especie de living insertado en el mismo muro. A este siguió “Vera” y el significativo “Bring The Boys Back Home”, que se alzó como un grito de pedido de justicia, no solo pidiendo el regreso de los soldados mandados a las guerras, sino de los desaparecidos y los excluidos. Y así llegó otro de los clásicos, el sublime “Comfortably Numb” en donde las proyec-ciones que mutaron de un muro infranqueable a una explosión infinita de colores parecida a un vitreaux y los increíbles solos de guitarra, generaron una explosión de

emociones junto a la certeza de estar ante una obra de arte consumada, un punto altísimo dentro del show. Pasa “The show must go on” y sigue “In the Flesh”, en donde vuelve a proyectarse a lo largo del muro el símbolo de los dos martillos, vuelven los hombres flameando las banderas y hacia el final del tema, Roger Waters vestido con lentes oscuros y una campera de cuero empuña una ametralladora y empieza a disparar destruyendo todo lo que haya su alrededor, poniéndose en la piel de un dictador. Luego, en “Run Like Hell”, aparece el famoso cerdo volador inflable que siempre despliega en sus conciertos desde la gira del disco Animals en los tiempos en Pink Floyd Después “Waiting for the Worms”, en donde Roger, siguiendo en su papel de dictador, hablaba por el altavoz mientras sus músicos a coro le respondían y en el muro se proyectaba la imagen animada y apocalíptica de los martillos gigantes marchando hacia las ciudades. Le siguen a este “Stop” y llega “The trial”, en donde el espectáculo visual vuelve a tomar preponderancia, y tras este se derriba el muro en una explosión. Para terminar suena “Outside the Wall” y los músicos se van retirando uno tras otro previa presentación de Waters. Concluyendo, fue un show espectacular, algo incomparable con todo lo que haya visto antes. Un acontecimiento artístico íntegro que deslumbró a todos los presentes con una mezcla perfecta de música, teatro y proyecciones audiovisuales. Quedará esto en las retinas de los presentes, y en una sensación de escalofrío cada vez que se recuerde.


Rodrigo quiróz

musica ¿Víctimas del vaciamiento?

Y

apay peñi! Espero ser bienvenido, y al mismo tiempo, ser tan bueno como la mugre de la uña del dedo índice de mi colega, Fede Boero, quien fuera dueño de la columna anteriormente. A lo que nos compete, es harto conocido este paulatino (pero no extraño) proceso de vaciamiento de absolutamente todo: nuestras vidas vacías, nuestras costumbres vacías, la tele más vacía que nunca, tus bolsillos, nuestros bolsillos. El término “vaciamiento” fue acuñado por los lúcidos hace ya tiempo (quizás relacionado a la “alienación”, parafraseando a Carlitos) y se manifiesta hasta en las esferas más íntimas de nuestra vida. (Cuando lo tengas en la cabeza, no te vas a dar cuenta. De eso se trata… ¿no?). Ahora bien, como me propongo a escribir una columna sobre música, y más precisamente sobre el (laureado, alabado, omnipotente) Rock, se me ocurrió (como se le ocurre a muchos) preguntarme ¿qué pasa con el (bendito, venerable, bienaventurado) Rock? Partamos de la siguiente premisa: Todas las generalizaciones son malas. Pero al mismo tiempo seamos sinceros, ¿quién no ha visto al (loado, genialístico) Rock despojado de toda virtud de resistencia? Estoy hablando más precisamente de aquellas bandas vacías de contenido, musicalmente pobres, artísticamente mediocres. (Que no se me tilde de rockero facho, ni nada por el estilo) Pero es real que la resistencia (ya sea política, o en un modo “rockero” de vivir) se busca en otro lado, y grupos como los, ultramachistas, Calle 13 hoy son símbolos de la rebeldía; lugar que antes ocupaba el rock. O incluso llegué pensar que este sentimiento de resistencia quedó enclaustrado en los arquetipos (véase León Gieco), y eso sólo por hablar del rock argentino. Pero en medio de una onda, muy onda, indignación, me repuse y me di cuenta que esta carga no es exclusiva de las bandas. Es necesariamente necesario decir que el engranaje discográfico está funcionando perfectamente. No es “lo que hay para mostrar”, sino “lo que nos conviene y queremos mostrar”. Usted me entenderá. Estos son, en

parte, los causantes del vaciamiento y de, lo que llamaremos de ahora en adelante, el fenómeno del “rock vedettongo”. De hecho, la cara más pesada del rock, aquella que tu mamá no te deja escuchar (aquella que no te muestran), mantiene el espíritu protestatario, y son jóvenes vehementes y pasionales, y tienen antorchas y bombas, leen a Galeano o adhieren con el EZLN, y (algunos) pretenden incendiar iglesias. Pero claro… no te los muestran. Bendito sea Internet y su bomba de tiempo a las compañías discográficas. Al fin y al cabo, a muy altas horas de la noche, escuchando Mastifal, Shaila y tantos otros para alimentar aún más mi bronca, un whisky me calmó la mirada, me calmó la bronca y el despecho. El rock vedettongo, ¿es el cáncer del (apoteósico) rock? Quizás no, quizás no sea tan así. Está bien que te guste la canción de amor barato, o la que habla pavadas. Si te gusta… ¿por qué habría de odiarla tanto? ¡Vamos muchachxs! El rock es compromiso porque nace de lo más bajo, pero se maneja en todos los estratos de la vida. Y nos gusta escucharlo aunque hable de anarquía, de amor barato o de pelotudeces. Porque el Rock (así con mayúscula), es una ma-nifestación cultural, y te guste o no, lo tenés que respetar. Y si a vos te gusta el grupo que sale en la tele o el que sólo se maneja bajo las penumbras, te gusta el rock. Fue desde ese momento que preferí escuchar más y criticar menos. Porque al fin y al cabo estamos hablando de Rock… ¿no?


poesía La Invitación A los diecisiete años uno cree tener la sartén por el mango se cree uno muy chingón pronto llegarás a la edad de tu mamá y entonces un día los símbolos ausentes regresarán y te abrirán la carne y te llenarán de angustia recordándote «ya no eres joven» y sí estarás vieja amargada con amigas chismosas deprimidas con varios kilos de televisión en el alma con hijos estúpidos flojos inmaduros y besarás a tu esposo sin pasión Por eso es mejor aprovechar de una buena vez: vamos a un hotel.

Francisco Enrique Muñoz La Florida, Ciudad Azteca, Ecatepec, México


Desarraigo A veces hablo contigo cuando no estás. Te cuento lo que le conté a mis amigas de ti lo que el gato hizo con los papeles importantes. Te cuento de los dolores de la menstruación te leo un poema que me gustó y te confieso que salí del baño dispuesta a escribir otra historia. Te cuento las cosas más mínimas, como que el cereal se acabó, que la leche, ya servida, no sirvió, que perdí un calcetín, que el gato se echó sobre esa leche. A veces, para irme acostumbrando a tu partida, hablo contigo cuando no estás.

Cecilia Muñoz Molina Xalapa, Veracruz, México


Sonoridades Como un crujir, un zumbido, un estertor, como un laborioso aleteo, como el murmullo del fuego, como el latir de una abeja y el fragor secreto de la raíz penetrando en la tierra. Como el sonido del lápiz, discurriendo sobre el papel, el fluir de la sangre en el silencio, “el delicado sonido del trueno” y la inmarcesible marcha del viento.

F. F. A. Rafaela, Santa Fe, Argentina


Atisbo meteorol贸gico la lluvia no piensa y se tira no lloran las gotas suicidas repica en el piso el sonido de las gotas bajo el auto despiertan las aves gritando su canto el agua se amansa, esperando la calma de un sol que la desnude entre nubes

Maximiliano Grande Rafaela, Santa Fe, Argentina


Invéntate Muestra todas tus mascaras en un solo rostro. Cambia el color de tú aura infinidad de veces. Hazme reír. Hazme llorar. Ódiame. Ámame. Fúndeme en tu piel hasta que pueda entender la locura de tu misterio. Invéntate, te lo pido. Transforma en realidad los sueños que llevo deseando desde siempre. Desgarra las ansias de esta espera inútil sin esperar nada, solo a ti. Susurra a mi odio aquello que no le confiesas ni al silencio. Sumérgete dentro de un paraíso solo para mí. Invítame a vivirte. Y si al final de todo, nada es verdad, ya lo sabes: Invéntate

Lourdes Romero Monterrubio Queretaro, Queretaro de Arteaga, México


Poema IV Voy a hastiarte de amor Hastiarte hasta que estés estúpida Hastiarte hasta el hastío de amor amado Porque hasta el hastío amo hastiado Porque te amo amorosamente, amordazado de amor hastiado, de amor bonito

Rodrigo Quiroz Rafaela, Santa Fe, Argentina


Toque de diana Suena el clarín Y el toque de diana No anuncia la mañana. Estridente y baladí No deja escuchar Las demás campanas. Tengo los muertos todos aquí Tantos años sembrando oscuridad En campos que hoy no dejan nada. Muertos que vienen a abrasarte Con voces de alto parlante Si acaso eso te asusta, ah chalay! Hay combates dormidos Que no conviene despertar. Verdades tan vivas, Sombras resplandecidas, Pasados que gritan presente. Perdedores jamás vencidos, Demasiadas penas, ningún olvido. Dignidad a falta de suerte. Tengo los muertos todos aquí Si me niego a abrazar Serán muertos para siempre. Hoy llegan las noticias todas aquí Relatos cotidianos de mi pueblo La comunicación libre, los medios, Las voces todas de mi país. Pero suena el clarín Y el toque de diana No anuncia la mañana. Como si no hubiera día por venir Estridente y baladí No deja escuchar Las demás campanas.

Cristian Monges Rafaela, Santa Fe, Argentina


Piérdeme Piérdete con todo y tu arrogancia entre mis muslos húmedos, escóndete en mis pechos y pezones duros, viste de sudor mi piel salada, lámela y muérdele las ganas. Vacía sobre mi espalda la mezcla de tu aliento con olor a mí, sodomízame con tus dedos expertos, alimenta tu lengua hambrienta con el licor onírico de mis labios hirviendo. Vierte tu ego en gotas de esperma sobre mis labios, dame su sabor a cuentagotas, rómpeme el vientre con la danza anacrónica de tu miembro, provocándome orgasmos irracionales, surrealistas o atemporales.

Liliana Quijano Gonzalez Villahermosa, Tabasco, Mexico


Siempre tuve una duda acerca de las rejas, nunca terminé de comprender si son refugio o cárcel. O tal vez ambas, como tu amor enredadera. Siempre tuve una duda, también, acerca del amor. Nunca supe si es eterno o finito como este instante, nunca supe mucho, en realidad, acerca de este todo inabarcable que nos sirve de refugio y de cárcel.

Cecilia Vietri San Isidro, Buenos Aires


A salud del enemigo Me salió un perro callejero desde la soledad donde aun me quedaban pedazos de presencias por acomodar. En las lágrimas que lloraban miles de ojos había olor a cine mudo, a guantes otoñados. El corazón (ese pobre tipo) por el momento no tenia refugio a prueba de balas y por lo tanto resistió enhiesto (sin más broquel que las costillas) la explosión de la noche y de la añoranza. mientras decía “qué difícil” y un escalofrio le corría por la tiroide. Entre mis ganglios yacía, sin vida, una canción que escuché una noche, la desdichada se enganchó la pierna con un nudo que se me hizo en la garganta y ahí nomas murió, de frío o de hambre, de falta de libertad (que es el virus que mata a las canciones). Entonces así estamos, mi cuerpo y yo, bastante jodidos, demasiado hechos pelota para gusto del enemigo

Marcelo Pavón Rafaela, Santa Fe


Trepémonos Trepémonos corazón subamos a nuestro árbol de silencio escuchemos sólo nuestros besos altos.

Diego Planisich Ciudad de Santa Fe, Santa Fe


Obediencia Ojala algún día cambies la respuesta, tu cara sea otra, y mis besos te adormezcan. Ojala tu tiempo se equivoque y mi pecado se haga dulce. Ojala mis sueños te atrapen y te quemes en mi hoguera. Ojala tu piel transparente me atraviese y entre tus dedos me enriende. Ojala la luna se haga canción y el amanecer de tu pecho color. Ojala te anochezca en los ojos y se te llene de preguntas el sol. Ojala se quemen los libros, y se vuelvan blanco y negro los testigos. Ojala nunca se te enfríen las manos que me derriten el tiempo y la razón.

Jair Palumbo Rosario, Santa Fe


Piromancia o piromanía, según el caso la procesión va por dentro tu propia ciudad se acomoda según los sismos de las cagadas que acumulan tus años la decadencia, la malacostumbre, el engaño malambos eternos en boca de otros tantos verbos viejos usados, pasados, prestados revividos en la película diaria de una mujer que espera una cachetada por parte del mundo o de alguien que tenga la mano lista picante y efectiva cada cual tiene los planos de su propio infierno conoce lo que duele, lo que arde los rincones donde el dedito del pie relincha zafarrancho hecho y derecho por donde se filtran los mundos las palabras todo aquello que no se dice pero se piensa, tanto se piensa y la boca del cordero aquel que muerde la lengua del lobo saca a pasear los quilombitos que van a parar al fondo del cajón o debajo de la alfombra - según el peso hasta que algo les dé fuerza suficiencia para vivir y hacer morir lo cotidiano y así tus piernas se van a dormir entrelazadas y calladas perdiendo la circulación ganando kilómetros en algún país del norte lejos de lo construido y ganado en tierras pampas, jugando de local donde la niñez y los recuerdos se baten a duelo por ganar lugar en la repisa de fotos y es que la procesión va por dentro detrás de los dientes inmaculados junto al loop de la mentira enterrando en la llanura una montaña enterrando en mi calvicie tus cabellos jugando a que no sabemos nada de nada como siempre, como ahora porque en los sueños están nuestros miedos porque allí está la cara de esa mujer que espera chirlos en vez de bombones porque allí somos uno con el mundo que no nos deja respirar

y cuando tu cara caiga junto con tu vestido recién ahí sabré que no queda más por incendiar que no valdrá la pena buscar respuestas en el fuego ni en las camas deshechas de aquellos barrios fuleros desandando pasos que no hemos dado ocultos en la brisa matutina (piromancia o piromanía, según el caso) será entonces cuando decore las paredes te daré la bienvenida y planearemos un escape al infinito, juntos allí donde el tiempo ni los viejos rostros cuentan donde la soledad es mi boca mordiendo mi codo

Jorge Ignacio Huarte Villa Urquiza


Mordés un poco de calle y tus dientes se enfrían encontrás de pronto tu infancia / cuando los recuerdos caminaban a la par y las veredas lo guardaban todo / por eso esta vez correrás entre la poesía de hoy / algo que esté acá de algún modo u otro para sentir / para que algo tenga sentido tus palabras rodarán furtivas / y apenas llegue el primer disparo el amanecer se ausentará si los colores duelen / qué habrá en el suelo que mantenga su lugar escondés el misterio para empezar a buscar / porque después de todo algo abrirá la ventana / algo más que amor / algo como una herida o un sobretodo / al fin / algo que será parte de la siguiente mañana / y ahí estarás / mujer profunda / llegando desde la tristeza hasta la ventana para que las cosas cambien / para que estampes sobre la pared la fiebre de esos días en que no creíamos en nada / nada querés salir porque querés más / no hay razón para que muera un sólo pedazo de poesía no escucho los pájaros de tu voz / y vos mirás puntual y asustada la imagen profunda de la noche / que está llena de humo y de vencidos y tus pasos en tus ecos nombran el ensayo de una corrida los reflejos son balas que cruzan el lenguaje que resiste

Marcelo Lazovic Turdera, Buenos Aires


Narrativa Una persona, él o ella, no yo, caminaba por el centro de la city porteña, moviéndose, como sabía perfectamente, en un mundo tridimensional. Se sentía con una total libertad de movimiento en los famosamente denominados ejes X, Y & Z. Quería ir por X: simple, agarraba por Callao. De repente le pintaba ir por Y: doblaba por Santa Fe. Y para cuando se le ocurría moverse por Z, no daba más vueltas y se subía a algún ascensor de esos inmensos rascacielos. Una tarde de otoño, esta persona transitaba por una estación de subte, de coordenadas (12,8,0.5,0,0) [esto sería: a 12 cuadras en X y 8 cuadras en Y de su hogar (pues, claro, para cualquier habitante de la capital su casa es el centro de mi Universo)], cuando llamó su atención una hormiga que deambulaba por la estación. La reacción instintiva de este porteño fue levantar su pie para pisar al pequeño insecto indefenso, mas algo lo detuvo, y comenzó a reírse. Se rio un buen rato de la suerte de la hormiga, ya que pensó que ella nunca podría conocer a Z. Pasaría toda su desdichada vida alternando movimientos entre X e Y, nunca subiría una escalera eléctrica, nunca sentiría el calor del sol, e incluso cuando caminase por alguna pared, para ella su mundo seguiría siendo plano. Decidió, todavía riendo, acabar con tan minúscula existencia, cuando algo lo detuvo nuevamente. Aguzó su oído y lo acercó a la hormiga extrañado. ¿Ese insecto se estaba riendo? ¿Era eso posible? Y en caso que lo fuera, ¿de qué se reía? Efectivamente, constató perplejo, quien se reía era la hormiga, y quedó aun más sorprendido cuando comprendió el motivo de su risa. El insecto porteño, sumamente orgulloso de su andar en X e Y, no andaba muy lejos de su casa de coordenadas (4,2,0,0,0), (esto es: a 4 baldosas en X y 2 en Y de su hormiguero), cuando advirtió que un microbio se movía a lo largo de la unión entre baldosas. Instintivamente reaccionó levantando sus patas para acabar con esa pequeña existencia, mas algo lo detuvo, y comenzó a reírse. Se rio largo rato y a sus anchas (o sea en X y en Y) de la suerte del microbio, ya que pensó que él nunca podría conocer Y, pasaría toda su vida circulando por X. Nunca conocería el resto de la estación, nunca sentiría el calor de las luces de la punta de la estación. Se seguía riendo la hormiga cuando la persona ya había tomado su subte y se había escapado de su vida en una dirección desconocida. Este incidente había dejado pasmada a esta persona, y andaba sumido en sus pensamientos mientras salía a la calle por la escalera mecánica. Asomó su cuerpo a la superficie y vio primero un fuerte relámpago, seguido de un gutural trueno, y la primera gota de lluvia cayó sobre su frente. Comprendió que alguien, o algo, más allá de su entendimiento, que habitaba en W X Y y Z, se estaba riendo tanto que tronaba, tanto que lloraba de la risa, que disfrutaba del calor de un efímero relámpago y que incluso había intentado pisarlo con un rayo, pues claro, había sido la primer reacción instintiva de aquel dios porteño, pero algo lo había detenido. Pero también supo, o adivinó mi existencia, ya que si la hormiga se reía del microbio, el de la hormiga y algún dios porteño de él, por qué no habría de existir algún ente mayor, quizás yo, que me estoy riendo tanto que ya no puedo seguir escribiendo.

Alejandro Nicolás Moraña Olivos, Buenos Aires, Argentina


Estación La estación es un pasaje, una instancia paréntesis, una Babel transitoria en donde miles y miles de personas se cruzan, rozan y atropellan entre sí sin siquiera conocerse. Es triste e indiferente a la vez, pero más me llama la atención la cuestión del tránsito, la breve instancia (tiempo) espacial que lleva en sí la existencia de una estación de trenes (sobre todo si es terminal, como ésta, donde todo se potencia a números increíbles). Gente se amontona e ingresa a los largos chorizos gigantes de metal para ir a sus trabajos, casas, lugares de estudio, etcétera. Nadie (excepto algunos pocos) va A la estación: van POR ella, todos pisotean ruidosamente ese cacho gigante, rutinario y cotidiano (y por ende ignorado) de existencia; existencia de lo más ruin, ya que basta ver a los lúmpenes molestando a la gente, a las vías hinchadas de mugre en sus durmientes, a los vendedores ambulantes con cara de qué-carajo-como-hoy, a otros tantos individuos mirándote como si vos tuvieras la culpa de su misérrima existencia (including su no hacer nada para cambiarla, oh sí altísimo, cágame en la boca, ai lov tu mástiqueit mierda); basta ver todo eso para confirmar, en ese lugar de tránsito y vendebaratijerío y tristeza infinita, que la Existencia no es gran cosa, que una vez más podemos confirmarlo, las cosas existen las cosas existen las cosas existen las cosas existen, oh qué grandísima porquería, hay lugares (→ trozos de Existencia) donde la Existencia es diferente, se sublima en algo mejor, y allí somos hermosos y dorados y espléndidos y justísimos, pero acá es una estación, una terminal ferroviaria en un barrio negrísimo y comercialísimo y plagado de mayoristas, vendedores ambulantes y santerías horrorosas, uno de los trozos más degradados de la ya por definición degradada Existencia, algo así como la bosta, o la yema de un huevo frito, o también la de un huevo duro, cierto partido político que conozco, una mina fingiendo en la cama sin que ni ella sepa muy bien por qué, las cucarachas, los gusanos, los otros gusanos, los insectos en general.

Damián Zorro Villa Lugano, Capital Federal, Argentina.


Vorágine Empieza caminando y acelera el paso a medida que busca, recorre y no encuentra. Anda atrás de esa palabra, un nombre, la canción que se perdió por el circuito no tan cerrado y se escondió para quitarle peso a la cabeza. La dificultad que conlleva arremeter en las entrañas del cerebro, para encontrar, en los laberintos cefáleos, un coso perdido no tiene analogía en la vida real. Aumenta la velocidad, todo corre, confuso, rápido, vertiginoso y, ahí, envuelve el cuerpo, el éter, el cosmos completamente. Se dispersa por el cerebro, me martiriza, me atormenta. La señal se multiplica y se transforma en muñequitos que con pies y manos batallan mientras recorren cuanto circuito se cruza. Túneles, puentes, ríos desbarrancados… Atacan todo. Amanece, manto lumínico y la señal se va. Esta noche, vendrá de nuevo.

Carol Costa Ciudad de Córdoba, Córdoba, Argentina


El piso “Nothing’s gonna change my world” John Lennon

- Y vos...¿A qué te dedicás?- dijo la muchacha, subiendo lentamente la bombacha entre sus piernas cortas. El escritor sintió entonces una opresión en el pecho. Debía mentir. Por unos minutos, debía dejar de ser él. Se sentó en la cama con lentitud- Yo trabajo con el campo, exportaciones, maquinaria agrícola, todo eso…- le pareció ver en el piso alfombrado del cuarto la marca de mil pies masculinos. Por un instante, incluso le pareció verlos moviéndose. Eran largos, cortos, algunos plagados de vellos negruzcos, otros con uñas extremadamente largas. Ella se acomodaba ahora los pequeños pechos dentro del corpiño- Ah, entonces no sos de por acá…- y él, más sereno, acomodándose las medias sobre los tobillos- No, yo soy de Río Cuarto- pensó en que ese debía ser el lugar del mundo que más detestaba- Ando de paso, vine por unos negocios. Esta parte del ritual siempre era la peor, no sólo trocaba en otro hombre, un hombre más intrascendente, más pedestre, sino además comenzaba a notar cada detalle desagradable (y muchos había) de esa cabina destinada a la lujuria. Un paisaje detestable y desfigurado por la luz roja se mezclaba con la imagen de la joven que levantaba los restos de la sesión.- ¡Qué calor! Menos mal que acá hay aire- dijo ella, queriendo hacer pasar el tiempo y haciendo notar, como para apurar el trámite, que ya llevaba puesta la bata y miraba la cama esperando estirar sobre ella el acolchado rosado. - Sí, está terrible- el escritor se abrochaba la camisa sin dejar de mirar, y acariciar casi de casualidad, las asentaderas de la rubiecita. No eran perfectas, más bien, hacían juego con la atmósfera del lugar: con los ojos verdes (marrones por la iluminación), con los almohadoncitos acomodados sobre el sofá. Se terminó de vestir y se acercó a la muchacha. Era mucho más sencillo pagarle de primeras a la devaluada madama; de otro modo, sería incómodo. De todas maneras, al abrazarla en la despedida, deslizó un billete en el bolsillo de la bata. –Cuidate- dijo la muchacha antes de cerrar la puerta detrás de él: estos atisbos de cariño (en realidad, respondían más bien a una especie de “educación”)

lo ponían aún más incómodo. No llegó a decirle “vos también”, que la puerta ya estaba cerrada. Tomó el estrecho ascensor, pensando en la cantidad de hombres que lo habían tomado, tratando de recuperar los pensamientos de ellos cuando subían. Afuera, en la vereda de Corrientes, hacía frío. Las luces se reflejaban sobre la mugre y los transeúntes ocasionales. Caminó hasta Lavalle y tomó un taxi. Vio ese carnaval de cirujas, borrachos y basureros que se apoderaban de las calles todas las noches. No importaba el frío: era ya un recuerdo para los bravos conquistadores. Cuando el taxista dobló de golpe en la esquina de Ayacucho, sintió la forma del metal en su bolsillo. Lo apretó, lo recorrió con el dedo índice y finalmente lo dejó llegar al fondo de su saco marrón. Llegó a casa con la cabeza mareada y el cuerpo tembloroso. Sus manos olían a piel ajena, tenían ese olor que tiene los manillares del subterráneo. Se lavó las manos con violencia, una y otra vez las frotó con una desmedida fuerza. Sacó luego el anillo del saco, sin reparar en cuánto mojaba la costosa tela. Miró la piedra del centro. Era azul y estaba cortada de una manera tosca, casi primitiva, Intentó calzárselo en el meñique sin éxito, jugueteó un rato con él. Al entrar en su habitación buscó la caja metálica y depositó el anillo de “Lola” (así se hacía llamar la niña, alias de correrías seguramente) junto a los demás aros, anillos y collares. Siempre que abría la latita pensaba si alguna de las chicas habría sospechado de él por el robo de bisutería, pero concluía en reírse pensando en las peleas con las cohabitantes de los burdeles. Caminó hacia el reloj, sin cerrar la latita. Faltaban siete horas para que tuviese que entregar su guión, más valía ponerse a trabajar. Se sentó en el escritorio, miró en la pantalla y escribió: “-Paul (llevándose su alianza a la boca): ¿Ves esto? ¿Te acuerdas de ese día en la iglesia?”

Mikel Efraín Anaya Adrogué, Buenos Aires


Privado Lo hicieron pasar al cuarto. El desinfectante y el perfume de $20 se filtraban por las fosas nasales, rellenando de una atmósfera plástica cualquier intersticio permeable. La señora detalló tarifas e hizo énfasis en una promoción con Daisy y Violeta. Luego comenzó el desfile. Una por una pasaban aquellas obreras por el cuartito mal iluminado. Algunas mencionaban su nombre al oído, como devorándolo; otras caminaban lentamente, intentando fijarse en la retina. Eligió a Agustina, una de las que mejor sonrió, como si hubiera tenido genuino interés. La chica lucía ropa interior blanca y tacos. Con eficiencia, depositó el corpiño en el colchón. Él hizo lo propio y se deshizo de su chomba; el pantalón le costó un poco más. Las palabras ridículas que habían intercambiado no eliminaron toda la frialdad propia de los cuerpos. Asumiendo su rol, Agustina hizo una seña para que se acercara. Con dramatismo, derribó la última resistencia, que cayó en el suelo teatralmente. Minutos después, le cedió la dirección al cliente en un convincente simulacro de voluntad y deseo. Había pagado para que lo engañaran y para que fingieran que creían sus mentiras. Apoyó la cabeza transpirada en la almohada y su respiración se relajó. Hubo algunas palabras de elogio. Buscaron las prendas. Él dejó de ser un predador para volver a ser un hombre que se daba su banquete quincenal culposo. Seguramente se complicaría comprarles zapatillas a los chicos este mes. Podían aguantar un tiempo más, sólo era cuestión de tener cuidado al salir a jugar. Y también había que pagar la tarjeta de crédito. Mientras agarraba sus medias, sintió al silencio como a un vecino chismoso. Para echarlo, le preguntó dónde vivía. Imprecisa, dijo que estaba por zona oeste y agregó que con la plata que estaba ganando se estaba construyendo una casita en Alejandro Korn. ¿Cuántas horas estás trabajando? Trabajo de lunes a viernes sin parar, laburo y cuando tengo sueño me pongo a dormir en alguno de los cuartos; los fines de semana voy a mi casa. Uuuh, qué manera de laburar. Es que necesito la plata. (Yo también, estoy justísimo) Sí, está jodida la mano. Igual, cuando tenga mi casa voy a trabajar de otra cosa (el maestro mayor de obras me dijo que, como mucho, en dos meses ya me estoy mudando. ¡Mudándome!). Una pena, te voy a extrañar (debería hacer más horas extras, total, para estar en casa…). Aprovechá y venite más seguido (además el terreno es grande, puedo criar gallinas y hacer una huerta; también soy buena cosiendo, puedo arreglar ropa). Obvio, seguro que la semana que viene paso de vuelta (tengo que ver qué le digo a Graciela para que no se enoje ni sospeche; a pesar de todo todavía la amo; y los chicos…). Te espero (sí, empezar de cero, criando gallinas en Alejandro Korn). Ya estaban completamente vestidos, solos en el cuarto.

Iván Petrone Capital Federal, Buenos Aires


La herida Ajena a la plenitud de los colores, los calores, lo emanante, lo radiante de las pirósferas, las velocidades traslativas, las series concurrentes, le herida espera entre los pliegues de sol del camino. Espera invisible al flujo quemante de la duración, mientras el golpe suena en la puerta de aquella casa modesta. La esposa del carpintero aparece y dice mi hijo no está, salió a jugar con otros niños. La mujer que golpeaba emprende el regreso a su casa. Mucho valor debió juntar para acudir el niño milagroso. Desde el regreso de la familia de Egipto su fama no dejó de crecer. Se dicen muchas maravillas de él, se dice de reyes que cayeron reconociéndolo como el hijo del Dios de los dioses. Pero la mayoría le teme. Resucita a los muertos y cura leprosos. También es de cólera fácil, y una vez mató a otro niño sin tocarlo, y a un maestro por no entender el simbolismo de Aleph. Por diversión hace volar pájaros de tierra y revienta serpientes con la mirada. Varios niños juegan con él por miedo. Aunque peor vida le tocó a mi hijo, piensa la madre con tristeza. Poseído por un espíritu maligno, el niño se comporta como una bestia inmunda que muerde y babea y anda en cuatro patas. En tantos años de sufrimiento, muchos nigromantes poderosos trataron de curarlo. Hasta Simón Mago, el sabio que rescató a Elena de Troya de un lupanar de Tiro, fracasó y recibió varias mordidas en el intento. Errante y burlando conjuros, el niño corre por las calles espantando a las gentes. La madre no sabe que en ese momento su hijo llega al camino polvoriento donde el niño milagroso juega con sus amigos, cerca de la herida expectante. Cuando ven al poseso huyen llenos de horror. Sin embargo, el niño milagroso no escapa, porque quizá piensa que se trata de un juego. En un segundo el poseso acomete y lo muerde en el costado derecho. Entonces la herida brota de su repliegue y se interpone entre los cuerpos. Aunque el niño milagroso no entiende, el fuego se filtra por la herida y desgarra al espíritu maligno, que sale del cuerpo del otro niño como un perro rabioso y se desmenuza en el aire. La herida ahora se incrusta y cobra espesor, rezuma latente, encauza ligeros flujos ardientes. Mientras el niño milagroso llora del dolor y el susto, el otro niño se recompone maltrecho. Finalmente el niño milagroso deja de llorar, y el otro se acerca para preguntarle cómo está. Ahora la herida se despega, se retira sobrevolando los cuerpos, otra vez impalpable en su esfera sin duración. Sin embargo, la cicatriz de la mordida será la guía para volver cuando el dios se hunda por completo en el incendio de la materia. La madre llega a la escena y abraza a los niños y da gracias al Altísimo. Ya no volverán a Iscaria. Desde entonces serán inseparables, crecerán juntos, y se querrán hasta la traición.

Gabriel Ignacio Ríos Santa Elena, Entre Ríos, Argentina


Divino tesoro Se ha apoderado de mí una atípica nostalgia: la del que extraña un tiempo que nunca fue. La del naufrago, que en la quietud del mar y de la noche, añora la tormenta que lo arrastrará después (pero esto él no lo sabe) hasta la arena; la orilla. La nostalgia de tener la oscura certidumbre que algo ocurre, algo que nadie me cuenta, algo que decide por mí y que nadie me cuenta. La oscura certidumbre de la sospecha: tal vez hay una trama desenvolviéndose bajo mis pies y tal vez me estoy cansando. Cansándome del miedo. Cansándome del miedo que la nostalgia de un tiempo que no fue me provoca. De un tiempo que no fue o tal vez llegué demasiado tarde para ver porque tuve mala suerte o porque quien sea que reparte las almas se equivocó. Un tiempo que de haber existido me habría tomado en brazos como a un niño a quien hay que consolar porque llora de noche, como todos los niños que lloran de noche y no saben por qué. Como un niño que para ser feliz sólo necesita un abrazo o un caramelo. Pero pasa que ese tiempo pasó o nunca fue, y en su lugar hay una mamá mala que no me deja acostar en su cama a la noche y no me compra palitos de la selva y me reta cuando, sólo por ser un niño asustado, lloro de noche y no se por qué y me dice que los monstruos no existen sólo porque ella no los ve. Bah! yo los veo. Los hay grandes e imperecederos, indestructibles, voraces, aterradores, de evidente monstruosidad. Pero no son los peores. Los que más temo son los agazapados bajo mi cama, aquellos que reptan en la oscuridad y que intuyo acechando en los claroscuros de mi cuarto, los que crean las luces que vencen la resistencia entramada del algodón de mi cortina. Los que son la amenaza perenne del miedo sin nombre. Los monstruos secretos que, en lugar de atormentarnos con la idea de una truculenta mutilación, nos seducen desde la esquina. Los monstruos que esgrimen un piropo ingenioso y nos enamoran como a quinceañera que, ebria de copetín, borracha de vestido y fiesta; le abre las piernas a su príncipe azul. Así es que el sueño dura poco y la desilusión toda la vida, y así es que empiezo a enojarme y a pensar, a enojarme y a pensar y revolear los brazos a las puteadas en mi pieza. A golpearme la cabeza,

a fumar, y caminar de una punta a la otra. Me decepciono. Me opaco. Miro este siglo cansado que recién empieza y un escalofrío turbio se filtra en mi espalda. Entonces bajo los brazos y escondo la mirada avergonzado. Me voy ahí donde nadie me toca, mi bunker, mi barril del chavo, a mi silencio lenitivo donde se espiralan las fosforescencias de la gran traición: el mundo no era como nos lo prometieron. Ahí se apodera de mí una recurrente vibración, un magnetismo trémulo que primero asemeja una llovizna fina, un trueno, la catástrofe pluvial, el caos, las ramas rotas y las chapas que se vuelan. La insoportable electricidad que agobia el aire saturado de ozono. Y en ese caos entiendo la belleza y distingo el sonido primigenio de los astros al recorrer la bóveda celeste, un zumbido etéreo que tras los cúmulos de tormenta me susurra un tímido tralalá que otrora me salvo y me salva ahora porque ya hay un brillo ectoplásmico que mana de mí, una chispa en mi astigmática mirada donde está naciendo una canción. Y esta canción me cuenta la historia de ese otro tiempo posible, de esa nostalgia que no entendí porque ese tiempo quizás es el que viene montando las leyes de mi propio manifiesto y me envuelve con su halito protector, me guía en la turbulenta juventud con la melodía que me dicta el efebo pesar de la Gran Mentira. Aturdido por el mito, sin embargo, hay algo parecido a la felicidad, a la fe, a la fecunda esperanza de hacer algo por mí, por todos. Algo que nos renueve, que nos catapulte y entre las risas de un futuro luminiscente, como los tuquitos que en el verano bailan (y han bailado) al son de nuestras fantasías, tal vez y sólo tal vez; acercarnos al Gran Divino Tesoro: la Libertad que yace en la juventud y el mensaje de una voz silenciada por la idea envilecida de las mas típica nostalgia de todas: la que no consiente con el cambio. Abro los ojos al final de la canción, no estoy solo…

Juan Sanchez Ciudad de Córdoba, Córdoba


El Señor de las Esquinas No hay forma de que no lo vea en las esquinas. Me levanto a la mañana, salgo de mi casa y ahí está. Bruno fumando un cigarrillo de esos con olor espantoso. Bruno sentado en el cordón de la vereda jugando con una hoja seca. Bruno atándose los cordones de las zapatillas. Tengo que dejar de imaginarlo, ¿cómo es posible? Me propongo todos los días lo mismo, pero mi cuerpo se resiste a lo ya establecido. Verlo en todas partes se tornó una costumbre, un delirio que me hace subsistir al paso de los días con un poco más de cordura, aunque parezca que esté loca. Pero no estoy loca en realidad, che. Con el transcurso de los meses su figura se va borrando. Ya no recuerdo con todo detalle sus ojos. Sé que son cafés, pero hay algo que falta, algo que se pierde con el tiempo y queda un vacío flotando en el aire que me golpea cuando paso caminando y entra hasta mis pulmones. Se queda un rato largo ahí y luego se va, de la misma extraña forma en la que entró. Es una locura, pero me mantiene serena, sin la capacidad de cometer una estupidez. No me siento capaz de seguir mi vida sin él, tal vez sea solamente de vaga. Me acostumbré de esta forma y se siente bien. No es lo mejor, no es sano y no conviene. Tarde o temprano tengo que aceptar que una alucinación no puede llenar mi vida. Tengo derecho a algo más, a alguien de carne y hueso. Soy una maldita dependiente que no quiere aceptar la realidad que le tocó. Siempre dependí de algo. Toda mi vida necesité estar aferrada a cosas que me sostengan en pie, que me den seguridad y convicción. Una extensión de mi cuerpo que me diga que puedo con todo y que nadie va a aplastarme. Algo que me saque la ansiedad, eso que nos consume en nuestro interior y que nos quita la poca paz que podemos tener. Bruno era eso. Me curaba. En poco tiempo él había logrado sacarme el gusto amargo que tenía impregnado en los dientes. Ese gusto de tanto llorar y guardar adentro. Logró que le cuente todo. Me obligó a superar las bajas expectativas que tenía de mí y a convertirlas en sueños que podría imaginar posibles. Me enseñó a respirar sin atascarme. A que entre bien el aire adentro y a que salga todo lo malo. Me calmó. Me dio eso que tanto anhelaba y no podía encontrar. Me dio la paz. Y un día se fue. Como cuando perdés el hilo del barrilete y el viento se lo lleva y no lo volvés a ver más. No dijo nada, no dejó cartas ni mensajes. No llamó. ¿Qué podés esperar de mi? La paz se iba con él y no podía dejarla ir, tan buena compañera en las noches de insomnio y calor. Lo único que podía hacer es buscarlo donde estuvo siempre. En todos lados.

Lucia Desuque Rafaela, Santa Fe, Argentina


Hemingway y el vino Antes de que Ernest escribiera aquella magistral, intensa y chisporroteante pieza li-teraria llamada “El viejo y el mar”, había estado sumido en nostálgicas cavilaciones que lo sumergían en los remolinos turbulentos de su pasado. Cuando le sucedía esto, caía preso de una variopinta gama de sensaciones: placer, sorpresa, nostalgia, melancolía, soledad y – natural aflicción- pena. Se deleitaba imaginando suntuosos paisajes, sucesos y personajes que podían con-formar una vasta cartografía para sus escrituras, pero también le era imposible alejarse de las remembranzas belicosas, reñidas e implacables que eran una pieza fundamental de su existencia. Se vio en los tronadores y devastados contornos de la Primera Guerra Mundial, en un contexto de gestos humanitarios delicuescentes, manejando las ambulancias de la Cruz Roja y recogiendo del campo de combate a esos cuerpos temblorosos, magullados y moribundos que reclamaban urgente solidaridad, amurallados en una atmósfera opresiva que les ofrecía desencantos. Sintió –como si estuviese en el mismísimo escenario de batalla-, la punzante sensación propiciada por la artillería austríaca y se emocionó al evocar la heroica postal, en la que él la espalda dolorida, el cuello forzado y la frente sudada-, está cargando con sus últimas fuerzas a ese soldado italiano que bufaba y sollozaba en una angustiosa lamentación. Piensa: - Agradezco haber tenido un defecto en mi ojo izquierdo y no ingresar al escuadrón como un combatiente-. Aunque parece estar solo, no lo está. Tiene al lado de su brazo una botella que lo azora. El envase alberga en su interior un líquido violáceo y emana una fragancia que para sus sentidos es exquisita. La toma del cuello parece ahorcarla-, la levanta unos centímetros y llena hasta la mitad un vaso diminuto pero dilatado, lo atrapa con sus dedos y bebe con unción el fluido, que renueva los bríos de su organismo. Ahora su conciencia regresa al purificado mundo de la literatura, logra alcanzar ese


estado de ruptura con lo circundante y divisa que dentro de la inmensidad del mar todo sucede en su imaginación- hay una trémula canoa y dentro de la misma, se halla la esmirriada figura de un viejo con unos finos cabellos blanquecinos. Se contornea, traza círculos en el aire con sus manos que sostienen una línea y endurece su precaria musculatura. Además de los movimientos forzados del hombrecillo, se impone de manera violenta la colosal figura de un inmenso pez espada, que brota del agua en un salto alucinante-, escudriñado por pequeños dorados que parecen contribuir con su terca resistencia. Ernest, deja sentadas estas experiencias en un cuadernillo, y garabatea palabras, oraciones y párrafos. Pero ahí está la botella, tenaz e imperturbable. Parece una pose silenciosa, pero esconde connotaciones atrevidas que son la debilidad del escritor. Ernest está sentado en una silla de madera - ladeado ligeramente hacia la derecha-, tiene los codos clavados en la mesa y la barba parece una tupida sábana de nieve que cubre su mentón, la mitad de sus mejillas y limita de forma pacífica con la yema de sus orejas, que escuchan el maquinal graznido de unas gaviotas que aletean alrededor de un pez varado en la playa. Vuelve a embeber su lengua, su garganta y su esófago con el vino, y en una obstinada pulsión de su inconsciente cae otra vez en pretéritas evocaciones: ahora está en el año 1944, viajando como corresponsal de guerra y participando en misiones aéreas con el objetivo de realizar un reconocimiento del territorio alemán. Observa muros agujereados por balas y artillería, construcciones roídas por bombas, y rostros huidizos que suplican asistencia. Piensa:Pronto terminará el dolor. Piensa: Después de esta experiencia escribiré la mejor de mis novelas. De las sórdidas y lúgubres postales de la miseria del ser humano, a la quintaescencia de los calmos escenarios literarios: Ernest escribe, tacha y avanza imperturbable por las hojas que parecen desafiarlo; ahora ve al viejo vencer la frustración de aquellos infinitos días

sin obtener una presa, después de tanto batallar en ese intempestivo encuentro con aquel pez que superaba las dimensiones de su ajada canoa, y aunque el hombre parece saborear la sublime sensación de la victoria, la potencia apabulladora de la mandíbula de los tiburones desgarra, magulla y deshace las esperanzas del aquel infortunado pescador. Ernest piensa que, aunque se quiera deshacer de las tribulaciones a través de los viajes ficcionales y de la narrativa, es un prurito utópico del que nunca se podrá liberar. Vuelve a buscar sosiego en la botella que yace a medio tomar, y se imagina que le gustaría surcar con su canoa oscuros ríos de morapio y aturdirse en la deleitosa sensación de la ebriedad. Vuelve con sus pensamientos a los encontronazos con su pasado: es el año 1925 y acaba de concluir su primera novela. Está en Valencia –hay construcciones góticas y cigüeñuelas que picotean las aguas del río Turia- y se encuentra orgulloso de cumplir una vieja añoranza: retratar con esmero la bohemia París de los años veinte. Piensa: Fui muy pobre, pero muy feliz. Redacta las últimas líneas de su relato y rubrica el punto final. Piensa: El viejo y el mar. Se echa hacia atrás en un acompasado movimiento y una lengua de sol cubano que se filtra sutilmente por la ventana le nubla la visión. Escucha el murmullo de unos pescadores que pasan frente a su hogar y vuelve a divisar ese elixir que tanto lo deleita. Piensa: Yo soy como el vino. Se pasa una mano pesada por el rostro y repasa su alrededor: hay libros con hojas amarillentas, unas gafas que parecen indagarlo y un gato enorme que parece no advertir la presencia del escritor. En un marcado impulso tautológico proporcionado por una amalgama lingüística propia de quien ha vivido en varios países, piensa: -I love the wine and the literature, yo amo el vino y la literatura-.

Ignacio Drubich Rafaela, Santa Fe, Argentina


Amatista La eternidad y un día… En lo profundo del magma ardiente existen extraños metales en estado líquido. Cuando un volcán entra en erupción estas sustancias en forma de lava son arrojadas al exterior. Al enfriarse rápidamente se cristalizan en infinitas combinaciones. A veces se transforman en piedras preciosas aunque en estado natural tengan un aspecto vulgar. Los cristales yacen en el fondo de la roca, como el agua de los manantiales. Algunas piedras brillan hacia adentro. Abriéndolas se descubren sus poderosos resplandores. Constelaciones de cristal se encienden con un rayo de luz. El corazón de la roca se ilumina… Él me abraza bajo el cielo nocturno. - Quisiera regalarte una de esas piedras preciosas. Miro hacia arriba y le pregunto: - Se refleja el cielo en mis ojos? Nos miramos sonriendo y él responde: - Tus ojos son dos estrellas. Lo abrazo enamorada... - No las vería sin los tuyos. Una supernova brilla mucho más que todas las otras estrellas. Hasta que explota y en medio del calor se produce oro, platino y otros metales preciosos. Millones de años más tarde, su luz continúa viajando por las galaxias. Entre eclipses de luna y tormentas solares. Vemos muchas estrellas que ya no existen. Y esto es sólo una parte de lo que hay, también existe materia oscura aún no visible. Una nueva luz florece en este instante. Un caleidoscopio de partículas iluminadas en el espacio infinito. Una orilla en donde nuestros ojos se quiebran. Un lugar que no es ni adentro ni afuera. En lo profundo de tus ojos...

Liza Kaczan Ciudad de Santa Fe, Santa Fe, Argentina


Allá voy Hoy desperté con el deseo de viajar, de recorrerte por completo, desde tu frondoso norte hasta tu escarpado sur. Quiero atravesar tu continente de punta a punta, sentir cada curva, arroparme con el calor de tu suave asfalto y relajarme con la inmensidad del paisaje que se va dibujando ante mis ojos. Sólo me detendría para llenar mi tanque de nueva energía y con ella asegurar el rumbo para que no queden espacios sin visitar. Allá voy, con mi licencia para amarte. Tengo el privilegio de conducir hasta con los ojos cerrados.

Victor Hugo Accardi


La espalda es tu espalda -Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza con ternura y civilidad; desgraciadamente ustedes estarán siempre allí y eso es acantilado a piqueJulio Cortázar. “La protección inútil”. Último Round. Volvió de las llamas, que desataron los que se apropiaron de esas tierras, donde aun reclaman libertad. Encontró en su búsqueda interior los recuerdos de los días de guerra. En esos meses vividos quedaron los pocos años de infancia que ya no tienen lugar en esta absurda y desarraigada bienvenida. Su intento por aferrarse a quienes hoy lo festejan es el primer premio a la soledad, a tú soledad. El reflejo del espejo paradójicamente ya no refleja. Qué dice este retrato de adolescente-adulto, que atropelló su juventud para ser parado en un pedestal por un instante y quedar esclavo de una medalla en su uniforme. Un escalón eterno lo separa del mundo de consumo social. El escándalo que sería verte de pie en tu alma. Que tu reflejo sea siempre tu espalda. Que tu mente siga en el olvido. Que esas tierras te encarcelen para siempre. … Ya no quedan miradas que recuerden lo perdido en la llanura de las almas abandonadas, sólo brazos de rostros partidos dibujan con palabras el infierno.

Mariano Pusseto Ciudad de Córdoba, Córdoba


Para leer después de leer: Al lector de la pequeña obra de un tal Augusto Antonio Bermúdez: Lo mejor para estas ocasiones, es quedarse a dormir. No sé qué es lo que hice para que se enoje tanto. Nací en una familia pobre (en un pueblo desolado y frío, denominémosle aquí San Cristóforo), llena de huecos-parches por todos lados. Tristezas. Siempre sospeché que la razón por la cual mis padres convivían, era por ese pequeño solitario de ojos marrones. Pero, no duró mucho. Y comencé a visitar los lunes, martes y miércoles a Edmundo. Los jueves, viernes, sábados, domingos a Maribel. Entonces, decidí crear un día para mí sólo. Imaginarme lleno de vida en ese espacio que existe entre miércoles y jueves. Creé los crepúsculos azules. Y no tardó mucho en morir Edmundo Bermúdez. El cáncer lo carcomió más de la cuenta. Mamá siempre fue igual de dulce conmigo. Quizá ese alejamiento de la realidad, fue el que me descarnó como un buitre, los años posteriores. Era una tipa simple, de ojos saltones, verdes. Yo la veía como una deidad, una luz sacra e inalcanzable. Tuvimos dos hijas, y pronto vi venir lo que les ocurrió a mis padres. La locura hizo pie en mí cuando se las llevó de mi lado. Y terco como siempre, no respeté ninguna disposición e intenté ver a mis musgos de todas formas. Me tildaron de ebrio y violento. Me encerraron en este reciento; Yo comencé a escribir, obligando a esa dulce fantasía retornar, decidido a que cuando mi obra esté finalizada en su totalidad, también sería mi final. Creé un amigo, crepúsculos azules, que gozaba con una dócil prostituta (únicamente por las siestas), noches de alcohol y delirio en un bar ajeno a mi vida; Palabras estúpidas y vacías que fluían como hormigas de mis manos. Y una tar de, mientras el sol se marchaba a dormir, mientras derramaba sus rayitos por mi ventana, con la dificultad a flor de piel, escribí el último capítulo. Me imagino tu cara, idiota. Ahí en la morgue, frente a mi cadáver tieso, leyendo esta nota que encontraste en mi bolsillo. Tal vez después sigas revisando mi cuello fragmentado, con el signo de la soga.

N. Janvier San Cristóforo, Santa Fe


primer NUMERO @Niki_Longo Hace mucho un marciano, tristecito, se quedó con las ganas de descubrir América. #EdO @anafernanda93 Y a veces me cansa extrañarte, me aburre quererte, me agota esperarte. #EdO @cuentosminimos Le acusan de mentir a pesar de ser verdad, Pinocho ya no quiere ser niño, quiere ser madera, las hachas que hieren la carne duelen mucho más. @chorrodetinta Sentía que era un genio, que había creado algo grande, pero el qué. Las pastillas amnésicas quedaron sobre la mesa. Nadie las patentó jamás. @Jmarrero96 Se sentía libre porque cada cuatro años le permitían elegir sus cadenas.

@Antonomasico EN LA SILLA ELÉCTRICA: Cuando los diez mil voltios lo alcanzaron, por un instante, sintió lo mismo que al conocerla. @Srtatormenta Quien teme a la vida ya está muerto en tres cuartas partes.

@SebaZampatti Deshojando espejitos mágicos descubrí que la mujer más hermosa del reino era la que me quería. @joseluiszarate Con qué miedo escuchaban los monstruos bajo la cama el cuento que leía a su hijo Edgar Allan Poe. @teresadilamargo Le llenó la cantimplora de arena y, tras la despedida, le vio perderse para siempre en un mar infinito de agua.


segundo NUMERO @manguitoplaya El hombre que transita con las manos en los bolsillos entre los enormes edificios de hormigón acaba de engañar a su mujer. @Olgalucea Fue el elefante, le contó el niño al bombero. @zombies140 Ella tiraba del duodeno; él mordía el íleon. Juntos engullían el intestino delgado hasta que sus cabezas chocaron. @tweetcuento “¿Esta píldora me hará feliz?” Preguntó al doctor. “No, pero hace que ya no te importe no serlo. Hoy en día ¿Quién necesita ser feliz?” @juanlumora Desde que salté al vacío, no sé nada de mí.

@Antonomasico EN LA SILLA ELÉCTRICA: Cuando los diez mil voltios lo alcanzaron, por un instante, sintió lo mismo que al conocerla. @burgoski Las consecuencias de nuestros actos: esos hijos no deseados de la causalidad. @xaviermaples Dejé abierta la noche por si quieres entrar. @minirelatos El día en que Clark Kent se ganó el premio Pulitzer, prefirió seguir ayudando a la Humanidad desde el frente de la noticia. @cruciforme Los jóvenes, vestidos de blanco y con el pañuelo rojo al cuello, corren por las calles. Los antidisturbios no entienden de fiestas.


tercer NUMERO @PitusaGO Él tiró del gatillo, después comenzamos a ladrar. @otrocuentocorto Mientras se acercaba la motosierra, las altas paredes y el suelo cubierto de sangre le recordaron que el laberinto era infinito. @nohubounavez No es cierto que el insomne no duerme, lo que pasa es que sus ojos son ciegos a los sueños. @morganfredman Lunas después, regresaba la botella a la isla. El mensaje había sido cambiado: “Mejor quédese por allá. Aquí estamos jodidos”. @breveces Tenía tantos problemas que, empezar una relación con alguien como él, le vino como anillo al cuello.

@eldesapercibido Entró nervioso al bar donde la citó. Ella llegó al rato. Era Bella. Hizo el gesto convenido. Con su móvil, él detonó la bomba. @latadelombrices Casémonos antes de ese beso que me pides. Serás una hermosa viuda, así vestida de negroy ojerosa, delgadísima, blandiendo tu guadaña. @Jmarrero96 Se sentía libre porque cada cuatro años le permitían elegir sus cadenas. @juanlumora Tarde. Cuando quisimos mojarnos con la lluvia, el agua ya estaba en los charcos. @magoreyes Todos los recuerdos de ella están dentro de mi cabeza, queriendo escapar. Al no hallar por dónde, acaban saliéndose por mi boca.


oración a hank moody Hank nuestro que estás en California, emborrachado sea tu nombre; venga a nosotros tu sexo; hágase tu perversidad así en Los Ángeles como en Nueva York. Danos hoy nuestro polvo de cada día; perdona nuestras ofensas, así como Karen te perdona en cada temporada; enséñanos a aprovecharnos de la tentación, y a disfrutar del mal.

A-madafacka-mén


oraciĂłn a marla singer Dios te castigue, Marla Singer Tu madre llena era de grasa Tyler es contigo. Maldita eres entre todas las mujeres Y de Tyler el aborto que planeabas tener. PĂŠrfida Marla Tumor de los tumores Ruega por nosotros perdedores Ahora Y en la hora impredecible de nuestra muerte

AmĂŠn


oración a miles prower Miles Prower, modesto compañero del Veloz Sonic, intercede para que obtengamos la Esmeralda Maestra. Tú que, a pesar de ser lento y estar destinado a morir o a perderte en todas las pantallas, olvidado por Sonic, ayúdame a tener tu perseverancia como jugador 2 para dar un mano siempre y en todo lugar, a lo que el jugador 1 me pida. Varón (¿varón?) prudente que no te apegas a la seguridad de Sonic sino que siempre desapareces y apareces como por arte de magia, obtenme el auxilio de la Esmeralda Maestra para que viva yo también en prudente desacimiento de las seguridades de la pantalla. Modelo de lealtad, de aguante, de fidelidad silenciosa, bancame en cada uno de los niveles para que pueda ir ganando las Esmeraldas del Caos y así convertirme en el modelo de la plena grosedad: SUPER SONIC

Amén


Recopilacion  
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