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ÍNDICE USTED ESTá AQUÍ

hecho en casa

columnistas

Los secuaces Crónica de una batalla campal Por Paco Saldivar

A day in the life

Por Lourdes Romero Monterrubio

Ese no sé qué que tiene la música Por Rodrigo Quiroz

Gente herida Por Flor Zavala

La locura demencial de la caída del pelo Por Mariano Pussetto

La noche de los muertos vivos Por Pablo Suarez

Los celos, el teatro y el amor Por Natasha Ivannova

Los detestados de la cultura

Pág. 21

Las aventuras de Dodge Polara y el Radiador Centurión

Pág. 66

Pág. 6

El Consultorio Sentimental

Pág. 30

Pág. 8

El Taller Literario de Ricaulo Arjoehlo

Pág. 58

Pág. 10

Pág. 14

Un día de vida

Por Fernando Lozano Pág. 16

Pág. 18

Pág. 26

revista amiga Quirón

de Rafaela, Santa Fe Por Leonardo Zanetti Pág. 20

la terminal Selección de Cristian Cano

Pág. 100

el proyecto

Pág. 12

el chiste fino Por Isidoro Reta

La oración

Pág. 60

Pág. 32

la compulsiva Entre caníbales

Pág. 66

El Paragolpes

Pág. 67

la historieta El que está sobre los hombres Dibujos de Juan Godoy

El Escupitajo de Oro es una creación de Jonatan Lipner. Se permite la copia, reproducción y difusión de cualquier material presente en la revista, citando la fuente correspondiente y sin fines de lucro.

Pág. 72


EL GHETTO DE LA POESÍA

La central

todo está en movimiento La caída: Instrucciones de uso Por Beatriz Vignoli

Olas: Movilidad y legitimación en la literatura argentina joven Por Enzo Maqueira

Pág. 36

Pág. 38

Progreso y Ciencia Ficción Por Laura Ponce

Pág. 40

Salir de pobre

Por Gabriela Cabezón Cámara

Un artefacto mutante Por Damian Lopez

Hay que buscar el error Por Lucas Oliveira

Pág. 42 Pág. 44

Morir en tiempos de Billy y Mandy Por Gabriel Ríos

Dos versiones del descenso Por Mikel Anaya

Pág. 48

Pág. 50 Pág. 52

Leticia Martin

Daiana Henderson

82-83

Teny Alos

Conrado Rudy Astudilla

84-85

Carolina Costa

Mariana Prieto

86-87

Cristian Monges

Sergio Gustavo Soler

88-89

Patricia Rodón

Paula Virginia Cabrera

90-91

Federico Araya

Marcelo Lazovic

92-93

Agustina Beltrame

Carina Radilov Chirov

94-95

Diego Planisich

Fernando Franzetti Actis

96-97

Cecilia Ulla

Alejandra Mendez

98-99

Juan López

pienso de qué Generaciones

Por Fabio Martín Olive

Delirios

Por Bruno Androvetto

Un drama de altura

Días de huerta

Por Rocío Navarro

80-81

Pág. 46

El movimiento (acerca de cómo me convertí en una autora que escribe textos por encargo) Por Julieta Acosta

Fernando Acosta

Pág. 54

Por Mercedes Pessoa

Dirección editorial, diseño y diagramación: Jonatan Lipner Ilustración de tapa: Nicolas Nieto. Ilustración de contratapa: Ayelén Gerez. Colores: Diego Corvalán

Pág. 29 Pág. 63

Pág. 71


columnistas

Los secuaces Ilustraciรณn de: Lรกzaro Cordes Colores de: Diego Corvalรกn

Paco Saldivar Lourdes Romer Monterrubio Rodrigo Quiroz Flor Zavala Mariano Pusseto Pablo Suarez Natasha Ivannova


lOS SECUACES

Ese no sé qué que tiene la música POR RODRIGO QUIROZ

M

e encantaría saber qué siente usted, lectora/or, cada vez que empieza a sonar el solo de saxo de la canción “I will always love you”. O cuando Gilmour frasea unas notas para deleite de la/del oyente. O, por qué no, cuando escuchas esa canción en la radio o te la cruzas sin querer por alguna página. Una sensación metafísica. Algo que convierte en menos desdichadas a nuestras soledades. Y una vez que pasan los espasmos y la piel de gallina, nos sentimos completxs, enterxs. O nos debilita las rodillas. O nos hace reír pa’ fuera aunque lloremos pa’ dentro. O, incluso, algo más importante… nos moviliza. Científicos podrían demostrar los cambios biológicos que produce la música en nosotrxs, en el universo, en nuestro universo. Hablo de que cada nota, increíblemente armonizada con el universo entero, nos enseña sobre nosotrxs mismxs. Trae consigo la lluvia, el viento, el ardor. Trae consigo los maniquíes, las marionetas. Porque la música es tirana. Y su tiranía nos acompleja. Porque es igual al amor, por lo tirana, digo. O peor. Sin remordimientos, la déspota te enamora, te obsesiona. Y en el naufragio, en el momento exacto en que nos damos cuenta que sólo tenemos música, nuestro más íntimo masoquismo nos aprieta de nuevo y el círculo vuelve a empezar. ¿Cómo

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no enamorarse? ¿Por qué no obsesionarse otra vez? Aunque no podamos dormir por esa melodía en la cabeza, aunque no podamos vivir sin componer. Aunque tarareemos una y otra y otra vez esa canción (y que Nietzsche nos diga que sería un error si no existiera). En eso la literatura y la música se parecen… ¿no? Hablo de cuando algo tan hermoso, tan sublime, tan nuestro, se convierte en nuestra muerte, en el alma mater del término “sadismo”. (¿Usted usa joyas? ¿Cuántas personas sudan sangre para que usted use joyas? Lo mismo pasa con la música.) La persona que usted escucha llora música. Y aún cavando nuestra propia tumba, lxs músicxs estamos deseando tener un par de brazos más para tener a nuestra guitarra en manos. Solo por un rato. Un espectáculo de dolor y quebranto al servicio de la/ del oyente. Y ni hablar de aquellas melodías que desatan guerras. Sea por su contenido o por su forma (igual de peligrosos por lo general). Tantas… tantas similitudes con la literatura. Aunque no todo es tan malo al final. La música es como un “alcohólicos anóni-


lOS SECUACES

mos”, si bien es mala en exceso, siempre el flagelo es compartido. Entre lxs músicxs existe un acuerdo tácito, un contrato inexistente, encriptado en lenguaje musical. Un lenguaje universal capaz de separarnos de los mortales, de ponernos por unos minutos por encima de los dioses (si es que existen). Y no hablo de negras, ni de corcheas, sino del “¿Zapamos?” o de “Es una zamba en Mi menor”. Y al mismo tiempo, posee una innata capacidad de hacer que lágrimas y felicidad vayan incomprensiblemente de la mano. Y si usted me lo pregunta, mientras caliento el agua para el mate, sí. Se puede vivir con la música a cuestas. Se puede sufrir la música. Uno se acostumbra. Y, como buen masoquista que soy, la disfruto. Usted puede optar: de oído o por libro, con ego más grande que el talento o viceversa, experimental o clásico. Pero le advierto, si quiere meterse en este mundo se va a llevar mas frustraciones que placeres. Porque la literatura y la música comparten la estúpida idea de que el artista no debe cobrar por lo que hace. (¿Por qué tocar gratis?) (¡¿Por qué mierda pagar para tocar?!) Cuando la injusticia es con la/el músicx lo único que resta es una línea triste, car-

gada de impotencia. De hecho, hace tiempo que sufro la música más que de costumbre, mis monstruos internos han aflorado más que de costumbre. Y el Sol menor suena triste. Incluso, le tomé un poco mas de cariño al Do menor. Pero vayamos a la médula del problema. Cuando nos boludean una vez, la culpa es del otro. Cuando nos boludean dos, la culpa es nuestra. Y en mi opinión, si vos la laburaste a la viola, si se te deformaron los dedos de tanto tocar, si te aguantaste las ganas de tomarte una buena copa de whisky (por no arruinarte la voz), o si deseaste con el alma entera entregarte a la melodía. ¿Por qué no podés decir que laburas de esto? ¿Por qué no ponerse de una vez por todas y bancarse a la música encima? Exijo que no me quites el derecho de nombrarme “músico”, y todo lo que eso conlleva. ¿Por qué? Porque digo con orgullo que es mi laburo. Y te exijo a vos, no músicx, que lo respetes. Y te exijo a vos, músicx, que te respetes como tal. El ánimo y la verborragia le demostrarán, si usted aún siente deseos de atreverse, en muy sutiles formas, la obligación que carga en su espalda. Porque vas a cantar las horas.

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Porque vas a cantar los vinos. Y todo será música. Las fiestas y las desgracias te cantarán en mayores y menores. Y porque te apetecerá mas un aplauso que un banquete. (Te aseguro que te caerán como abismos los aplausos errantes. Aún más pesados que las lágrimas mismas). Y lo peor, será una realidad los poemas y las poemas. Se te concederá el secreto del mundo. Y no te van a pagar por lograrlo. (Ojalá que sólo “por ahora”) Una bella, muy bella canción dice que hay tierras quemadas que dan más trigo que el mejor abril. Que, si bien, nunca es tarde, yo le advertí. Las sensaciones metafísicas para nada vienen solas. Que, aunque menos desdichadas, no dejan de ser soledades nuestras. Y cuando a usted se le aflojen las rodillas, (y sólo quizás) brote sangre de sus ojos y oídos, va a entender por fin de que se trata esto. Sáquese los zapatos, recuéstese sobre la alfombra… y llore. Que ese es el primer paso, y súfralo. Sufra. Sufra y tararee. No se desespere, amigx. Sólo díganos su nombre… que aquí estamos para ayudarlx.


LOS DETESTADOS

Videojuego: JOURNEY

El arte de vender experiencias vacías

Q

ue quede clara una cosa: yo no tengo ningún problema con los hipsters. No es que me gusten las cosas que consumen, cómo se visten, o que me encantaría que las calles se llenaran de ellos. Pero no tengo ningún problema con los hipsters. Hasta tengo un amigo hipster, por si faltaban pruebas. Ahora bien, una vez aclarado eso, me gustaría saber por qué demonios no se pueden ir a otro lado y guardarse sus expresiones culturales para ellos. No digo que se vayan a otro país. Digo más bien hacerles un barrio, un barrio cerrado con alambrados de tres o cuatro metros, o muros de concreto, donde puedan estar tranquilos para escuchar la música que les gusta y leer esos libros que no lee nadie, y ver las películas que no ve nadie, y jugar a esos juegos que no juega nadie, para que las tiendas, las revistas y las páginas web de videojuegos no se rebalsen de juegos pensados para ellos. Juegos, por ejemplo, como Journey. No sé exactamente qué es lo que pretendían hacer cuando crearon ese juego. Sinceramente, no lo entiendo. No tiene tiros, no aparecen chicas con busto generoso, no se puede matar a nadie, no hay puntos. Ni siquiera hay un maldito argumento. Uno simplemente aparece ahí, en la arena. Y lo único que se parece remotamente a un objetivo es una montaña en cuya cumbre brilla una luz intensa. ¿En serio? ¿De eso se trata tu videojuego? Si así es como empezamos, ¿adónde vamos a terminar? Uno no puede jugar un juego así para relajarse. Cuando vuelve a casa después de horas y horas de un trabajo que detesta, viendo a gente que detesta, soportando a un jefe que detesta, no quiere sentarse en un sillón a disfrutar de “una experiencia estética y sonora”. Quiere matar, matar, matar. Quiere violencia. Quiere un escape. Quiere ser algo que no es en la vida real, al menos por un rato, para poder seguir haciendo lo mismo al día siguiente, para tener la misma vida de siempre al día siguiente. Son precisamente las obras de arte pretenciosas como Journey, en las que uno no para de ver paisajes hermosos, escuchar música tranquila y flotar con el viento, las que alienan a la gente, y no las

sagas como Call of Duty, en las que uno no se cansa de ver paisajes urbanos destruidos, escuchar potente rock and roll revolucionario y disparar una y otra vez a objetivos móviles. Porque esas obras de arte te vuelven loco, no te dejan escaparte, te meten la alienación en la cara. Y uno quiere que le peguen con su alienación en la cara. No, uno quiere ser un coronel del ejército estadounidense rescatando rehenes de la tiranía del eje ruso-chino-iraní, que seguramente sí aceptarían juegos como Journey, para tener una población pacífica y dócil, que no busque la revolución. Porque lo cierto es que después de un rato de jugar a Journey (en realidad, de pasarlo completo, porque “la experiencia” es absurdamente corta), uno se queda dopado por la hermosura de los escenarios y la tranquilidad de la música. Así es muy difícil que pueda volver en paz a la realidad. Yo por lo menos quería volver otra vez al juego. Volver al juego para no mirar la realidad, porque si uno mira la realidad… Cuando juego otros juegos no me pasa eso. El coronel en mí me dice que la misión está cumplida.

LO MEJOR: Es corto. LO PEOR: La estética pretenciosa y la pose de juego profundo. MICHAELBAYÓMETRO: 1/2

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Pienso de que OPINIONES SUELTAS I

FABIO MARTÍN OLIVE

Generaciones

C

uando el señor Jonatan Lipner me contacto para participar de su revista lo primero que pensé: ¿Quien es Jonatan Lipner? Después de una presentación en power point sobre su persona me surgió otra pregunta: ¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida? Cuando apagué el Cd de Arjona vino a mi mente la imagen de los grandes escritores argentinos, y con el pecho inflado me creí uno de ellos, y soñé con que el día de mañana una plazoleta en Ituzaingó lleve mi nombre. Pero primero tenía que descifrar qué tipo de escritor era. Me remonte a la Generación del 37 (no hablo del bondi que va a Lanús sino de 1837) y me creí un Domingo Sarmiento o un Juan Bautista Alberdi… y me sentí mal. No puedo ser de la Generación del 37, ya que no estoy en contra de Rosas, de hecho no me desagrada el tema de Sandro ni la camiseta del Palermo. Tampoco estoy exiliado en Montevideo ni en otro país, ya que lo más lejos que llegue fue hasta la Ruta 2 donde me cruce a Migliore corriendo, ni utilizo la matanza de ganado bovino como analogía de la situación social en la República Argentina. Quizás, pensé, esté metido en la Generación del 80 junto a Miguel Cané, Lúcio Mansilla o Eduardo Wilde. Pero tampoco. No estoy a favor de la persecución a los inmigrantes, no escribo sobre mis recuerdos en la secundaria y nunca fui a Wilde. Descorazonado, complicado, fatigado, y cualquier otro adjetivo terminado con el sufijo “ADO” sin repetir y sin soplar: Avergonzado, acalorado, transpirado, embambinado, fatigado… CLAAAANK. Usted repitió fatigado y se acaba de perder la chance de viajar a Bariloche junto a Silvio Soldán, Giselle Rimolo, Silvia Süller, Güido Suller, dos enanos de “Los Grosos”, Nahuel Mutti y una cebra. La próxima mejor suerte. Cuando menos lo esperaba se hizo la luz, y vi un calendario: Es 2013, por esa razón no puedo pertenecer a las generaciones del 37 y del 80. ¿Pero qué generación es esta? Como mis conocimientos sobre literatura contemporánea son limitados ó mejor dicho, mis conocimientos sobre literatura son limitados, comencé a investigar cuál podía ser la generación actual. Lo primero que se me ocurrió fue ver blogs, ya que hoy en día la pluma de gallina y la tinta china fueron reemplazadas por

el teclado y el monitor, quedando relegadas sólo a usos macumberos. Con la información encontrada me hice de la idea de que la generación del 13 está compuesta por adolescentes bulímicas, con Cielo Latini a la cabeza. Así como en el 80 eran positivistas y progresistas, estas niñas malcriadas proponen una sociedad con menos calorías y más vómitos nocturnos para poder entrar en la bikini durante el verano. No me sentí identificado con esta opción ya que no logro entrar en la bikini. Las generaciones anteriores estaban muy enfocadas en lo social y en la política ¡PORQUE NO TENÍAN FÚTBOL! Ahora contamos con esa hermosa pasión que nos lleva a olvidarnos de todos los problemas que nos rodean y sólo hacernos problema por la cantidad de veces que desbordan a Cellay. Así que pensé que la Generación del 13 podría ser la de los cuentos de fútbol. Un montón de imitadores de Fontanarrosa que como no lograron tener habilidad (o en su defecto el representante de Dennis Stracqualursi) para ser jugadores ni entendimiento suficiente del juego como para ser periodistas se dedican a escribir dos hojas con títulos como: “El lateral más largo de la historia”, “El córner al segundo palo con olor a tango”, “Le quiso pegar tres dedos pero se equivoco y le pego tres tiros” o “El día que Cipoletti estuvo en mi bar mitzvah”. Me negué rotundamente a pertenecer a un grupo así ya que prefiero usar los cuentos de Eduardo Sacheri para tirárselo en la cabeza al juez de línea cuando cobra un offside. Quizás estemos pasando por una etapa de espiritualidad y superación a lo material y esta sea la generación de la luz. Bernardo Stamateas, Claudio María Domínguez y Ari Paluch son los líderes de la literatura actual, llevando al pueblo hacía el camino correcto de la paz y al amor y poder estar todos más unidos y con amor hacía el prójimo. ¿Se imaginan si el día de mañana esta gente queda como los que marcaron esta época? Nuestros descendientes nos odiarían por haber permitido que pase, así que dejá de fumar hierba y salí a hacer algo para evitar que eso pase. Me di por vencido. No pertenezco a ningún grupo antiguo y en la actualidad no hay nada que valga la pena ser recordado. Simplemente yo soy yo, vos sos vos, Lipner es Lipner, Bob es ponja y Vilma Palme e Vampiros. Ninguna tendencia está marcada para representar estos tiempos pero, como diría Messi: “Ey, por ahora”.

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eL CONSULTORIO SENTIMENTAL

Para sanar los dolores del corazón, para aliviar las cuitas que trae el amor, El Escupitajo de Oro invita a los grandes autores de la Historia a compartir su sabiduría sobre las complejas relaciones humanas.

Nos asiste en este número

Sor juana inés de la cruz

C

ASO 1: Lourdes, de Santo Tomé, nos escribe: Hola, yo tengo una inquietud y quería saber si ustedes me podían ayudar a resolverla. Me gusta un chico que no me da ni la hora, pero ahora apareció otro que me busca y me busca. ¿Qué hago? ¿Le doy una oportunidad, o sigo buscando al que me gusta?

Q

uerida Lourdes, ¿qué es el amor sino un tirano, que nos subyuga y nos aprisiona con sus redes? Es inútil, amiga mía, que te engañes y pretendas darle tu corazón a quien por vos se muere. Porque así como adoras a aquel que te aborrece día y noche, cómo no vas a aborrecer al que te adora noche y día. Lo que estás haciendo es tratar de burlar a las leyes de tu corazón, pero nadie puede conseguir eso, porque se estaría matando a sí mismo, así como es morir el vivir cada día enamorada. Me gustaría que fueras sincera con vos misma: ¿realmente te gustaría ver triunfante a aquel que no sabés por qué te ama? ¿O preferirías ver triunfante al que te mata, al que buscás con tus artes, tus solicitudes, ardores y desvelos? Yo creo que te encantaría verlo doblegar tu carne, así como ya ha doblegado tu espíritu. No hay victoria en obtener un corazón que se ofrece en bandeja de plata. Un corazón sólo puede obtenerse satisfactoriamente por conquista. Es un poco triste que debas maltratar así a quien tu amor busca constante, pero creeme que más triste estarías a su lado. Y si no podés conquistar al que tu amor busca constante, te quedará como consuelo el que nunca podrá escapar de tu corazón, preso de tu fantasía.

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microficción

la terminal Selección de Cristian Cano con la participación especial de

ANA MARÍA SHUA

El cartílago débil Héctor Ranea (Tandil, Bs. As. — Arg.) Me tropecé con la alfombra, me caí y me golpeé la rodilla. ¡Maldita rodilla! Otra vez con eso de la rodilla. ¿Para qué tendré rodillas? Menos mal que estoy solo, porque si hubiera visto mi mujer cómo cayó la taza con café en el tapizado del sillón, contrata un pelotón de fusilamiento. Por suerte, estos quitamanchas que me dieron las vendedoras, surtió efecto. Antes de que llegue doy una repasada a eso, a la pared y ya está; pero la puta rodilla me molesta. Me parece que esta vez es peor que nunca. Me di la inyección que me aconsejaron para la última caída, pero no hace efecto. Está hinchadísima. ¿Qué necesidad tenía de servirme un café? ¿Por qué mis rodillas son tan frágiles? Me resfrío de nada, me duelen los testículos. La verdad, prefiero seguir siendo lobo. Esto de transformarme en hombre cada Luna llena, me da pánico.

Condena Carlos Alfredo Rodríguez Arévalo (Guatemala) Logró meter su cuerpo en el agujero más pequeño que pudo y ahí se escondió de sus miedos, no cabía nada más que el poco aire que consumía y que se reciclaba a duras penas por entre la tierra. Estuvo ahí tanto tiempo que se olvidó de que afuera lo esperaba su captora, salió un día sin siquiera ver que los huevos habían eclosionado, ahora los polluelos eran los que se peleaban por su cuerpo mientras lo despedazaban y extraño por un momento, a la gallina.

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La central

todo está en movimiento Ilustraciones de: Ayelén Gerez Colores de: Diego Corvalán

Beatriz Vignoli

Lucas Oliveira

Enzo Maqueira

Julieta Acosta

Laura Ponce

Gabriel Ríos

Gabriela Cabezón Cámara

Mikel Anaya

Damián López

Rocío Toledo


la central

La caída Instrucciones de uso POR BEATRIZ VIGNOLI

L

a imagen es la del cuerpo de mi viejo cayendo a través de los huecos del descensor (no ascensor) del tiempo, enhebrando como la costura de una encuadernación las páginas de la Historia, que dibuja la misma escritura de cámara del poema: la clase media cayendo en picada con la dictadura, volando de furia con De la Rúa. “Me tiré sin intención de caerme”, dijo mi viejo riéndose cuando se pudo sentar por primera vez en muchos meses a la cabecera de la mesa de nerolite blanco de la cocina comedor familiar, al pie del redondo reloj analógico de carcasa metálica color crema, la más pesada y larga de cuyas tres agujas marcaba cada minuto con un suave “clac”. No se había tirado, se había caído. Desde lo alto del edificio que él mismo estaba construyendo hasta el fondo del pozo del ascensor: 15 metros, cinco pisos con subsuelo. Nos contó luego que en su caída iba sacando mentalmente cuentas con alivio: creía que se mataba, y que al fin se le terminaban todos los problemas, pero no quería morirse sin calcular exactamente la cantidad de metros. Acaso recordó entonces sus versos favoritos de Rainer María Rilke: “Todo cae / pero unas manos sostienen tu caída”. La altura era más del doble que la del monumento a Alberdi que según la leyenda familiar había dejado

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tuerto a su suegro mientras lo esculpía, en el mármol rebelde de la juventud anarco simbolista de mi abuelo, allá por 1917 o 1918. Pero lo que iba a ser la victoria pírrica del ingeniero Vignoli (clase 32) fue el comienzo de un calvario. Cuando llamaron de la obra para avisarle a mi madre, en un grito angustiado, “¡Se cayó el ingeniero!”, su hija mayor, con la sangre de pato que tenía a los 13 años (y que bien me vendría tener ahora, cuando mi sangre hierve a 90 grados como el ángulo recto), siguió pasando en limpio mi primer poema pasable: El reloj. Al año siguiente, Beatriz Guido me firmó su novela La caída. La literal caída de mi viejo en 1978 fue metáfora de la metáfora del descenso: esos años 70 en que vimos irse al garete la patria inflacionaria gobernada por una mujer frívola, odiada por el gorilaje (toda coincidencia con el presente es pura coincidencia) y la revista Gente, de la editorial Atlántida, decía en unas calcomanías autoadhesivas, coloridas, con mucho swing: “Soy de clase media tirando a un cuarto”. Caímos. ¿A cuál Martínez culpar? ¿De Perón o de Hoz? Escribí otro poema. Empezaba con aquella frase de mi viejo. No hay como las frases de los hombres para hacer poesía. Sólo ellos son capaces de tuitear aforismos como “No creo en el accidente” (Jackson Pollock, el varón del action painting:


la central

últimas palabras antes de hacerse concha con el auto en 1956); “Cayeron venciendo” (consigna montonera, circa 1972), o “Es imposible pero podría mentirte” (un abogado kirchnerista, comunicación personal, 29 de noviembre de 2010). Se las robo, total ya me condenaron por otros delitos mucho más improbables. “Me tiré sin intención de caerme. / Señor juez, ¿qué le pareció mi último chiste?”, decía mi poema El último chiste del suicida. Lo publiqué en 1980 en la revista estudiantil Parábola, de la que recién 32 años más tarde supe que era una revista del trotskista Partido Socialista de los Trabajadores. Habían pasado de moda las consignas montoneras y estaban muy de moda los chistes de suicidas, con el sobre que en el destinatario decía “Señor juez”. Y muy lamentablemente, recobraban su cruel vigencia las marchas franquistas como aquella de los Camisas Negras, Cara al sol, de donde sale el primer verso de La caída. Poema que escribí en 1999 de un tirón en mi máquina de escribir Olympia. Erradamente, me pareció un texto menor, y dudé antes de incluirlo en Viernes, que publicó en octubre de 2001 la editorial Bajo la Luna con el último subsidio de la Presidencia de la Nación que alcanzó a dar el gobierno de la ruina antes de subirse al helicóptero. Fue leído como el poema de la caída de De la Rúa. En aquel verano circularon por un grupo Yahoo seis parodias del poema. Elvio Gandolfo lo elogió en el Diario de Poesía. Lo tradujeron al inglés, en dos versiones bien distintas, Andrew Graham-Yooll y Florencia Milito. Se lo tradujo al francés y al catalán. Si tengo la suerte de ligar una lápida (preferentemente póstuma), por favor que alguien grabe sus dos primeros versos ahí. Gracias desde ya.

La caída* Si te dicen que caí es que caí. Verticalmente. Y con horizontales resultados. Soy, del ángulo recto solamente los lados. Ignoro el arte monumental del sesgo, esa torsión ornamental del héroe que hace que su caer se luzca como un salto. Ese rizo del mártir que, ascendiendo se sale de la víctima y su propio tormento sobrevuela no es mi especialidad. Yo, cuando caigo, caigo. No hay parábola ni aire, ni fuerza de sustentación. Un resbalón: espero. Al suelo llego por la ruta más breve. Un alud, una piedra, una viga a la que han dinamitado. No hay astucias del cuerpo en mi descenso. Se sobrevive: el fondo del abismo es más blando para quien no vuela, sólo cae. Si te dicen que caí, no vengas a enseñarme aerodinámica revisionista. No me cuentes de los que cayeron venciendo. No vengas a decirme que no crees que haya sido un accidente. En lo único que creo es en el accidente. Lo único que sabe hacer el universo es derrumbarse sin ningún motivo, es desmoronarse porque sí.

*Publicado originalmente en Viernes. 2001, Rosario, Bajo la luna nueva, páginas 12 y 13. Libro seleccionado para el Plan de Promoción a la Edición de Literatura Argentina de la Secretaría de Cultura y Medios de Comunicación de la Presidencia de la Nación.

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el que está sobre los hombres

Dibujos de: Juan Godoy

Yo soy el que observa

Nadie está por encima de mí. Mi mirada cae sobre todos.

Qué lejos está el día en que llegué a este planeta.

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En aquellas épocas, realmente creía en ser un héroe, un modelo; en luchar contra el crimen.

Lo hice. Fui premiado por eso

Y sin embargo, sentía que todo era inútil. Sin importar lo que hiciera, para donde mirara siempre terminaba encontrando...

Delincuencia

Desesperación

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Miseria


Fernando Acosta

Leticia Martin

Daiana Henderson

Teny Alos

Conrado Rudy Astudilla

Carolina Costa

Mariana Prieto

Cristian Monges

Sergio Gustavo Soler

Patricia Rodón

EL gHETTO de la poesía Ilustración de: Lázaro Cordes Colores de: Diego Corvalán

Paula Virginia Cabrera

Federico Araya

Marcelo Lazovic

Agustina Beltrame

Carina Radilov Chirov

Diego Planisich

Fernando Franzetti Actis

Cecilia Ulla

Alejandra Mendez

Juan López


el ghetto

Fernando Acosta Un pacto eterno con la claridad solar “Pero al final A la hora en que se suponía tanta sed Sintieron que la luz quedó en su respirar Como una sangre de la atmosfera, un poder Un pacto eterno con la claridad solar” (Silvio Rodriguez) Ahí van mis manos Alargándose como la hierba Y no puedo detenerlas Porque de mi no depende Como no dependen el perdón Las canciones o como hasta ahora, el camino ayer vi a tu sombra siguiéndote, haciendo morisquetas queriendo divertirte y sonreí en medio de esa estación clarísima y perfecta, y fuimos tierra y agua y color fuimos montaña fuimos abismo fuimos pequeñas antenas recibiendo mensajes de lo eterno veíamos desde arriba como la oscuridad se iba desplegando sobre el mundo y volvimos a pensar en el sol, y lo increíble fue que a pesar de todo la esperanza siguió creciendo que no te detengan mis manos, todo lo contrario y que no me detengan a mí, eso les pido se que van a seguir la luz porque son plantas se que dejarán hijos con el viento y que jamás podrán ser arrancadas porque enraizaron allá donde nadie sabe, en el abismo que hay entre vos y yo donde dejamos esa pequeña primavera indestructible antes de cerrar los ojos de nuevo y tener que volver este es el mensaje: hasta las cenizas se vuelven agua cuando los labios del sediento la besan

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el ghetto

Leticia Martin Flor del orto con la poesía no se come igual que con el amor con la democracia con la militancia no-se-co-me con la buena onda tampoco ni con la amistad ni con el cooperativismo ni con la voluntad no se come con los flyers ni con los “me gusta” ni con los eventos que se puedan generar no se come por tuitear ni por leer a Marx ni por estudiar hasta las ojeras no-se-co-me por hacer reseñas o revistas digitales por escribir libros y publicarlos menos que menos en editoriales independientes sólo se come de un modo cuando el lomo se desgañita el pelo se cae las lágrimas a veces también los párpado hinchados porque los hijos se enferman y una está lejos porque se hace de noche y el trabajo se reproduce y una lo disuelve pero vuelve el trabajo en forma de caprichos sospechosos se come porque los planes se postponen se posterga el cuidado porque el amor se relega y la poesía se escribe igual sola entre los márgenes del dolor dándonos nada.

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la oración del mes En este número: don ramón

Un solo Rorro, una sola deuda, catorce meses de renta, Un solo Don Ramón. Llamados a guardar la unidad de la vecindad Y a escapar del Señor Barriga, cantamos y proclamamos: Un solo Rorro, una sola deuda, catorce meses de renta, Un solo Don Ramón. Llamados a apoyar un cuerpo flaco Con cara de chimpancé rabioso, cantamos y proclamamos: Un solo Rorro, una sola deuda, catorce meses de renta, Un solo Don Ramón. Llamados a soportar el acoso De la Bruja del 71, cantamos y proclamamos: Un solo Rorro, una sola deuda, catorce meses de renta, Un solo Ron Damón. ¡Se me chispoteó! Digo, Amén (Y no te doy otra nomás Porque mi abuelita escribía oraciones Para Orsai)

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El Escupitajo de oro en argentina formosa

Fernando Acosta

CHACO Rocío Navarro

Córdoba Mariano Pusetto Mercedes Pessoa

Santa Fe Rodrigo Quiroz Leonardo Zanetti Daiana Henderson Paula Virgina Cabrera Fernando Franzetti Actis Cristian Monges Agustina Beltrame Diego Planisich Cecilia Ulla Beatriz Vignoli Carina Radilov Chirov Alejandra Mendez Bruno Androvetto

San Juan Damián López Federico Araya

Entre Ríos Gabriel Ríos Conrado Rudy Astudilla

mendoza

Buenos aires

Teny Alós Patricia Rodón Juan López

Mariana Prieto Marcelo Lazovic Pablo Suarez Fernando Lozano Leticia Martin Enzo Maqueira Laura Ponce Gabriela Cabezón Cámara Lucas Oliveira Fabio Martín Olivé Mikel Anaya Julieta Acosta Isidoro Reta Diego Corvalán Nicolas Nieto Ayelén Gerez Lázaro Cordes Sergio Gustavo Soler Cristian Cano Carolina Costa Natalie Dzigciot

Santa Cruz Juan Godoy

y en el exterior MéXICO

chile

Flor Zavala Natasha Ivannova Paco Saldivar Lourdes Romero Monterrubio



Muestra