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Jonatan Lipner Las cabezas golpean tres veces

Por supuesto que me la quería coger. No te voy a mentir. Pero decir eso en realidad no es decir mucho de mí. Yo me quiero coger más o menos al noventa por ciento de las mujeres que conozco. Como cualquier hombre normal. Coger, digamos, por coger, nos cogeríamos a todas. O casi todas. La pija es un bicho que tiene un solo ojo y encima es ciego, así que, para ella, no hace mucha diferencia lo que está a la vista. Mientras haya humedad y calor, se manda. Como los alacranes. ¿Alguna vez viste un alacrán? Parecen tranquilos, pero provocalos y te clavan. Pero estaba hablando de la mina, ¿no? De la cordobesa. Ya la conocía. Nos habíamos visto un solo día dos años antes y ahora nos volvíamos a juntar. La verdad no quería estar ahí. Lo hacía simplemente porque hacía mucho que no salía y posta que me moría de las ganas de bailar y tomar y perderme un rato. Quería ir a algún lugar donde pudiera olvidarme por un par de horas de quién era, qué estaba haciendo con mi vida, y qué tenía que hacer a continuación. El boliche siempre me había permitido eso, y no pisaba uno desde hacía como tres meses. Así que, me venía de diez. Aunque el grupo con el que saliera me diera asco. Aunque esa mina estuviera entre nosotros. En parte, debí haberlo supuesto. Ya se habían puesto a tomar antes de que saliéramos. “La previa”, como le dicen todos. La asquerosa previa. ¿Sabés lo que es la previa? El subterfugio de los miserables. La respuesta capitalista a la codicia de las barras: ¿ustedes suben los precios? Perfecto, nosotros nos emborrachamos en casa. Nada más, no hay otra cosa en el medio. Es tomar todo lo que se pueda, a un precio mucho menor, para ya llegar al lugar entonado y que la plata del bolsillo te alcance para que el único trago que te podés comprar termine de liquidarte. Como te podrás imaginar, todo esto, para alguien que no precisa tomar para divertirse, es una cagada. Y de las grandes. Pero uno tiene que ceder para estar en la manada, ¿no? Igual, este no era solamente un grupo común, de esos que se juntan a tomar para estar contentos antes de salir, no. Este pertenecía a una subespecie particular. Digamos que si hubiera un Infierno, y en ese Infierno hubiera un círculo para los ratas, este grupo iría a una bolsa específicamente diseñada para ellos. Porque aparte de golpearse el codo para empinarlo, también guardaban reservas de alcohol más barato para disponer de él puertas adentro de la noche. Así como me escuchás: metían vino en alguna botella chica que cabiera en la cartera de la dama


o el bolsillo del caballero (y en este último caso el beneficio era doble, porque generaba expectativas licenciosas en el público femenino), y una vez en el boliche, bastaba nomás ir al baño con la jarra legalmente adquirida, y rellenarla con el alcohol contrabandeado. Y todo por no soltar unos mangos. Pero bueno, a fin de cuentas la culpa es mía. Lo importante es que entiendan con qué calaña me estaba juntando. En qué pandilla me movía. Porque todo tiene que ver con todo y yo no me golpeé la cabeza como ella. Ella que, al menos al principio de la noche, parecía estar bien. Estaba entonada, obviamente, pero todavía se mantenía parada, tenía coherencia y podía enlazar dos frases, que es lo mismo que decir dos pensamientos. Al menos pensamientos simples. Y era verla, como ya la había visto hacía dos años, arrastrarse frente a cualquier pija, buscando algo de la atención que obviamente su padre no le había prestado, humillándose y humillando por el simple hecho de conseguir algún favor barato. En este punto, debería hacer una aclaración para las feministas. No sé por qué, pero uno siempre debe andar haciendo aclaraciones para algún colectivo. La izquierda y los bienpensantes son realmente muy hinchapelotas. Pero también son buenos con los trinches y la antorchas, y por eso uno tiene que tener cuidado. Y ser correcto. Decir: no tengo ningún problema con que las mujeres cojan. Al contrario: le agradezco al cielo por la sexualidad femenina, por su intensidad, su profundidad y su paciencia. Pero una cosa es una mujer que coge porque es mujer y coger le encanta, y otra es una arrastrada. Cierro así las debidas aclaraciones para que la corrección política me deje ser un artista feliz, y prosigo. Todo anduvo bien hasta que ella se fue. Mientras duró, de todo hizo placer. Cuando se fue, nada dejó que no doliera. O sí, qué sé yo. No me acuerdo bien. Lo único que me acuerdo es que de un momento a otro desapareció, y cuando volvió ya no era la misma. Posta que le costaba hasta caminar. No tenía sentido de la orientación. No tenía noción de la realidad. Se movía como un zombie, un zombie ebrio que a duras penas se mantenía en pie. Aunque todavía tenía los reflejos para robarle los tragos a los desprevenidos, y esconderlos atrás de ella. El resto, destruido. En un momento así, uno esperaría que los amigos de la náufraga aparecieran para asistirla. Pero no estábamos hablando de amigos normales, ¿no? De la clase que se preocupan por tu estado y tu bienestar. No, hablamos de sus amigos, los que, cuando la vieron aparecer así, se desparramaron en la noche para dejarla a solas conmigo. Ahora, a la distancia, asumo que, dado el histeriqueo durante la previa, creían que era mi oportunidad para atacar, para agarrarla,


besarla y hacerle saber quién es el que sabe. Pero, la verdad, cuando la vi aparecer tambaleándose, se me fueron las ganas. Por supuesto que me la quería coger. Pero no así. No en ese estado. Y acá voy a arrancar otra digresión importante. Alguna vez un sabio dijo que todo en la vida se trata de coger, excepto coger. Coger se trata del poder. Yo lo extiendo: las relaciones humanas en torno al fino arte de coger, terminar cogiendo o morir en el intento, tienen, todas, absolutamente que ver con el poder. La seducción es un juego donde lo que se pone en juego es la capacidad de sugerirse seducido, sin mostrarse seducido en absoluto. O para hacerla corta: el que se regala, pierde. Pero el que abandona, no tiene premio. Y ser un buen seductor se trata precisamente de eso: no dar nunca la seguridad de que te tienen por completo. Porque una guerra solamente se pelea mientras quedan territorios rebeldes. Cuando se conquistó todo, el juego se termina. ¿Y qué tiene que ver todo eso con mi estimada cordobesa borracha? Simple: a mí me gusta jugar. A mí me gusta el poder. No me interesan las mujeres que sé que puedo conseguir. Si sé que la puedo tener, ¿para qué la voy a seducir? ¿Por qué depositar mi interés y mi atención en ella? No, la mujer que me interesa es la que no puedo tener, o mejor dicho, la que me hace creer que no la puedo tener. Porque en el mismo momento en el que consigo transformar ese no en un sí (dime que no, y deja la puerta abierta), el momento en que un cuerpo que se escapa es un cuerpo que te atrapa, y unos labios que te esquivan son un par de trampas de las que no querés huir; en ese momento me siento el mejor hombre del universo. Pero, ¿cómo me puedo sentir así frente a una mujer en las condiciones que tenía enfrente? A los borrachos no se les pega ni se los seduce. A menos, por supuesto, que uno también esté borracho. Y más de una vez me he emborrachado para no aprovecharme. Pero en este caso, ¿qué quedaba en este caso? Ella tiraba de mí con las pocas fuerzas que tenía, buscaba mi cuerpo y mi cara casi con la misma fuerza que la gravedad tiraba de ella. Y como cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de física se hubiera dado cuenta, la resistencia que ejercía la fuerza de mi incuestionable atractivo, no era mayor que la ejercida por la gravedad. Así que estaba obligado a sostenerla. A sostenerla, pero no tocarla. No podía acercarme demasiado. No podía apoyarla. No podía besarla. Porque todo eso, a fin de cuentas, hubiera significado romper mi código. Y un hombre que rompe sus códigos se rompe a sí mismo.


Así que ahí anduve, por un rato largo, luchando contra mi animal inferior, que quería atravesarla como a una ballena del atlántico sur rodeada de barcos ilegales japoneses; y mi conciencia de saber que era una ebria miserable que ni siquiera sabía que era mi cuerpo el que tocaba. Hasta que por fin, aparecieron sus amigos. Y como si fuera cosa de magia, apenas aparecieron ellos, la que desapareció fue ella. No me acuerdo si me preguntaron algo. No me acuerdo si les escupí la cara. Creo que todo fue silencio. Silencio con cumbia de fondo. La segunda vez que volvió ya no era humana. Había perdido prácticamente todas las facultades motrices y, definitivamente, todas las intelectuales. En ese punto, hasta sus propios amigos se dieron cuenta, la única opción posible para ella era pegar la vuelta. Así que salimos de vuelta a las estrellas, al aire sin humo de tabaco ni luces de colores, y nos apuramos a llamar a un taxi. Ahí fue cuando todo se terminó de ir al carajo. Porque lejos de ponernos de acuerdo en que la noche terminaba ahí, los amigos empezaron la vieja danza de las responsabilidades. Todos sabían que no podía volverse sola, pero ninguno quería ser el que se perdiera la joda, ni siquiera sabiendo que los otros también se la iban a perder. Y como no podía ser de otra manera, me tocó el ocho. Tenía que decirlo. Tenía que ser el puto príncipe valiente y decirlo. Sencillamente porque no me aguantaba tanta miseria. Y de paso, me servía para escapar de ahí. Como se podrán imaginar, dado el humor entre nosotros dos durante la noche, y en vista y considerando las ganas de joda que tenían, ninguno de los otros opuso resistencia. Aunque no supieran en realidad a ciencia cierta si yo no era algún loquito suelto, descuartizador o tratante de mujeres. Creo que igual no les hubiera importado: asumían que solamente iba a aprovecharme de ella. Pero estaban equivocados. Por supuesto que me la quería coger. Hasta que subimos al taxi y caí en el enorme grado de sordidez de todo aquello. Lo primero que me acuerdo fue que ella cayó como una bolsa de papas contra la puerta contraria a la que la subimos. Como pude, le crucé mi brazo izquierdo tras los hombros y la tiré un poco hacia mí, para enderezarla. En ese momento, ella agarró mi mano derecha y empezó a tirar hacia sus piernas, hacia el final del vestido de tubo que llevaba. Enseguida me di cuenta de lo que quería, pero por alguna razón, me resistí. No me cabió la onda. Y más tiraba y tiraba ella, más yo me resistía. Capaz tendría que haber dejado que ella guiara mi mano. Hubiera descubierto que no traía nada abajo del vestido. Y hubiera descubierto también que se afeitaba recónditamente. Y hubiera encontrado su clítoris al mismo tiempo que su boca. Y la hubiera besado en el mismo


momento que pegaba un salto. Capaz tendría que haberle acariciado uno de los pechos con la mano restante, mientras la iba poniendo a punto allá abajo, todo a la vista del taxista, que iba a tener otra anécdota para contarle a Facebook, en la que por supuesto él fuera el héroe. Pero por alguna razón, me resistí. No me cabió la onda. Y con la fuerza que me daba el cromosoma Y, y la sobriedad, conseguí que soltara mi mano. Probablemente ese haya sido un golpe devastador para su autoestima, pero la verdad es que si estaba en ese estado, no tenía demasiada autoestima sana que maltratar. Así que no me preocupé demasiado por eso. Sí me preocupé, en cambio, cuando empezó a querer sacar el torso por la ventanilla y gritarle a la gente. Como pude, conseguí contenerla hasta que llegamos a la dirección del departamento. El tachero, viendo el estado en el que se encontraba la chica, se ofreció a darme una mano para bajarla. Una vez que conseguimos que se sentara en el cordón de la vereda, le pagué y desapareció, dejándome a mí con el bulto. Ahora quedaba solamente cruzar la calle, abrir la puerta del hall del edificio, llegar hasta el ascensor, subir hasta el segundo piso, y atravesar el pasillo hasta la puerta del departamento. Es increíble cómo las cosas más sencillas del mundo, una vez atravesado el filtro de la destrucción etílica, se convierten en verdaderas odiseas. Tal y como me lo suponía, tuve que abandonar enseguida mi pretensión de que ella colaborara con el proceso. Prácticamente incapaz de reaccionar, la borracha lo único que quería era acostarse en la vereda. Ni siquiera tenía fuerzas para domar su vestido, que ya empezaba a violar la regla de oro de las narraciones. Apenas si podía pedir por su celular, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Al principio, pensé que no iba a costar demasiado. Por eso no puse toda mi fuerza en tratar de levantarla la primera vez. Entonces fue cuando entendí lo pesado que se volvía un cuerpo cuando estaba muerto, completamente apagado. Tiré de sus brazos, queriendo levantarla, pero no llegué a desplazar su torso cuarenta y cinco grados, que la gravedad tiró de ella con más fuerza y se me resbaló de las manos. Su cabeza golpeó con todo contra el suelo. Fue la primera vez. Ella apenas alcanzó a largar una queja, mientras yo empezaba a preocuparme por la probabilidad de un coágulo mortal. ¿Qué puedo decir? Siempre fui un pelotudo. Decidido a darle una solución definitiva al asunto, y drogado por mi propio y ridículo espíritu de príncipe valiente, usé toda mi fuerza y la alcé en mis brazos. Ya un par de veces lo había hecho, con mujeres sobrias que me ayudaban agarrándose de mi cuello, y pensaba que


esta vez no iba a ser diferente. Estaba equivocado. Probablemente hay algo que nunca te digan, y es que los brazos colgados de un cuerpo muerto tienden a disparar el peso para cualquier lado, haciendo que al propio esfuerzo de levantar el bulto se le sume la fuerza del bamboleo. Como te podrás imaginar, no resulta para nada fácil mantener el equilibrio. Y así, en medio de una de las calles del centro de Córdoba, me caí de culo al suelo, con la borracha encima mío. Ni bien toqué el suelo, decidí aceptar la realidad: no era el rubio de ojos azules, metro ochenta y cinco y cuerpo de gimnasio que siempre había creído que era, sino un pobre judío morocho con principios de calvicie, de metro setenta y chirolas, y una pancita incipiente que me condenaba a la burguesía del oficio. Decí que, gracias al cielo, el automovilista que justo estaba cruzando la calle estaba sobrio y decidió frenar y no pasarme por encima. Con la ayuda del buen samaritano, pudimos acarrear a la borracha hasta la puerta del edificio, y ahí mismo le agradecí y nos despedimos. La primera etapa estaba resuelta. Pero una vez estuve solo otra vez, los problemas volvieron a empezar. Básicamente, ahora tenía que abrir la puerta, encontrar la manera de mantenerla así, levantar a mi carga y cruzarla cuidándome de no olvidar su cartera por el camino. Y fue otra vez esforzarme por levantarla, y no encontrarle la vuelta, mientras ella seguía pidiendo una y otra vez por su maldito celular, y su vestido estaba en el borde de la indignidad. Como nunca fui un tipo de aprender a la primera, quise intentar de vuelta levantarla por los brazos. Y como no podía ser de otra manera, volvió a deslizarse de mis manos directamente hacia el suelo, chocando con el ruido seco de un cascote. Esa fue la segunda vez. Pero en esta oportunidad, ni siquiera se quejó. Se ve que estaba aprendiendo. Por suerte, se dio el golpe justo un segundo antes de que pasara un policía por ahí. Ahora, quiero que trates de imaginar la situación: sos policía, venís haciendo tu ronda nocturna, y te encontrás en la puerta de un edificio a un masculino mayor de dieciséis años, y por lo tanto posible de ser procesado, junto a una chica en alto estado de ebriedad, con posible pérdida de conocimiento y la ropa a medio salir, y absolutamente ningún dato sobre ninguno de los dos, ni las posibles intenciones del NN, ni cuál era la naturaleza de sus presencias en aquel lugar. ¿Qué harías? El policía simplemente me preguntó qué estaba haciendo ahí, y nunca supe si consideró la posibilidad de que mi respuesta fuese una mentira, y con una considerada solicitud, me ayudó a levantar a la chica y a llevarla hasta un cantero que había en el hall. Jamás me pidió mi documento, jamás dudó de mi palabra, jamás sospechó la posibilidad de que estuviera cometiendo un delito. Por supuesto, yo soy blanco, tengo buena dicción y aquella noche en


particular vestía de traje. Daba por descontado que no era un delincuente. Así fue como entendí a Patrick Bateman. Una vez que depositamos a la ebria y su cartera en el cantero, el policía me saludó como a todo buen ciudadano o narcotraficante de éxito y pasó a retirarse, dejándome una vez más a solas con mi vieja y conocida cruz. Pero ya había atravesado una nueva etapa. Lamentablemente, para ese momento yo ya estaba considerablemente exhausto, así que todos mis intentos por moverla, a los que se oponían no sólo la fuerza de gravedad sino los deliberados intentos de ella por quedarse ahí tirada y empezar a dormir, fueron en vano. No hubo caso: tirara cuanto tirara, por más que gritara para ganar más fuerzas, no conseguía sostenerla erguida más de un par de segundos, antes de caer rendido de vuelta al suelo. Me miraba en el espejo del hall, transpirando por el esfuerzo de levantar aquella cantidad de carne alcoholizada, y me imaginaba al resto de nuestros compañeros nocturnos tomando y bailando en el boliche, completamente ajenos a todo aquel asunto, seguramente creyendo que mi piedra y yo estábamos golpeteándonos en la cama de alguna de nuestras anfitrionas. Nada más lejos de la verdad. Por supuesto que me la quería coger. Pero entre su estado y el cansancio que tenía, poco había que pudiéramos hacer, incluso si yo fuera en contra de todos mis códigos de conducta; algo que sobrio y con el particular enojo que tenía, no iba a pasar con mucha facilidad. Y eso sin contar que, entre todo el traqueteo de levantarla y volver a caer, su vestido de tubo hacía rato que había perdido su decoro. Por abajo ya andaba por la cadera, y por arriba dejaba escapar uno de sus pechos. No sé si alguien podría pensar que aquella imagen tenía algún atractivo. A mí me resultaba profundamente triste. Y para nada seductora. De hecho, creo que estaría hablando por todos los hombres si dijera que lo más atractivo que tiene una mujer es lo que no muestra. En ese sentido, la sensualidad es como la magia: lo que realmente cautiva tu atención no es el secreto de su funcionamiento, sino el misterio mismo. Una vez que sabés qué es lo que hay en realidad, la magia pierde su encanto. Hasta te podés llegar a desilusionar, porque la mayoría de las veces, la imaginación supera a la realidad. La concha es la única parte del cuerpo femenino que no corre con esa desventaja, porque siempre, de cualquier forma que se te presente, va a ser siempre un misterio. El poder del vacío. La sospecha de la ausencia.


Bueno, capaz esa última regla no se cumpla siempre, o tendrá que ver con la forma con la que uno mira. Porque en el espectáculo que yo tenía delante, estaba sentado en primera fila y la verdad no era tan impresionante. Pero definitivamente, ella había ayudado a matar toda impresión. Así que, como pude, me esforcé por acomodarle el vestido. Una vez estuvo compuesta, volví a tratar de levantarla. Y para no cortar con la costumbre, se me resbaló y fue a dar con los cerámicos del hall del edificio. Esa fue la tercera vez. Las cabezas siempre golpean tres veces. Como en sueños, balbuceaba pidiendo su celular. Para ese punto, yo ya me había hartado del asunto. Decidido, fui hasta el ascensor y lo llamé. Apenas llegó, abrí ambos acordeones, y volví a buscar la cartera. Una vez dejé la cartera, ahora sí, me puse a revisar si el celular andaba por ahí. Pero no estaba. Así que, cuando certifiqué que definitivamente había perdido su celular, doblé mi cintura, la agarré por abajo de los brazos, y la arrastré como si fuera un cadáver hasta el ascensor. No tengo idea de cómo debe haberse visto eso desde las cámaras de seguridad. Lo que sí puedo decir es que, de alguna manera, el ascensor consiguió revivirla. O capaz se le estaba pasando el efecto del alcohol. Fuera cual fuera la razón, había conseguido ponerla de pie, aunque sosteniéndola con mi hombro. En el otro brazo, aproveché para colgarme la cartera. A todo esto, ella no paraba de pedirme por su celular. Y ahí fue cuando se me prendió la lamparita. Con la certeza de que ella estaba demasiado destruida como para darse cuenta, le dije que en realidad se había olvidado el celular en el departamento, y que lo estábamos yendo a buscar. Eso solo bastó para que ella recuperara parte de sus funciones motrices. Por fin la dependencia electrónica servía para algo. Para que aprendan esos viejos vinagres que quieren cerrar Facebook. La procesión a través del pasillo nos debió haber llevado como diez minutos. Cada paso era una conquista. Como si fuera una bebé que recién estuviera aprendiendo a caminar, vigilaba cada uno de sus movimientos, con el miedo de que se viniera abajo de un momento a otro, y tirando de ella cada vez que amagaba a caerse. Hasta que por fin, después de semejante calvario, llegamos. Lo primero que hice adentro del departamento fue apuntarle al futón. Apenas estuvimos cerca, la tiré ahí. Quería descansar. Pero en ese momento, ella volvió a frustrar mis planes, con un ruido característico al que le siguió un hedor todavía más característico. Cuando me di


vuelta, atestigüé lo inevitable: una mancha se dibujaba al lado de su cara, un generoso charco de vomitada, rojizo como el vino que habían llevado de contrabando, y decorado con restos predigeridos de las empanadas que habíamos cenado antes de la previa. Buscando alejarla de esa mugre, y hacer espacio para limpiar, la giré, dejándola boca arriba. Sin perder un segundo, me fui a buscar un trapo en la cocina. No encontré ninguno. Y justo cuando volvía puteando, llegó la verdadera prueba de fuego. Un nuevo acceso de vómito la había asaltado en mi ausencia, y ahora estaba queriendo vomitar boca arriba. Uno no necesita ver demasiadas veces la segunda temporada de Breaking Bad para saber que eso es algo jodido, así que ahí nomás pegué un salto y alcancé a girarla, para que ella siguiera vomitando, pero ahora en el piso. Contento con mi heroísmo, no me había percatado de un pequeño detalle: cuando la giré la segunda vez, no le apoyé la cara sobre la parte limpia. Ni bien la destruida levantó la cabeza al terminar su limpieza estomacal, la mitad de su cara estaba cubierta de su propio vómito. Una Harvey Dent de la inmundicia. Con cuidado, la ayudé a levantarse. No tenía idea del aspecto de su cara. Lo único que quería era su celular. Y una vez más, como había hecho en el ascensor, le mentí. En ese momento me di cuenta de que ella había quedado reducida al nivel mental de una nena de cinco años, y de una manera extraña despertó en mí una función paternal. Mintiéndole y engañándola para que limpiarla y asegurarme que se fuera a dormir, tuve una visión de cuando muchos años después, tuviera que engañar a mis propios hijos por su bien. Así que, con mentiras infantiles la llevé hasta el baño, y con el mismo tono con que se la habla a un infante le pedí que se lavara la cara. Que se lavara bien la cara. De todas maneras, tuve que ayudarla, porque ella estaba tan mal que creo que no reconocía ni su imagen en el espejo. Usando el índice y el pulgar como pinzas, le fui sacando los restos de comida del pelo, y cada tanto le pasaba agua para lavárselo. Cuando estuve más o menos seguro de que ya estaba limpia, le alcancé una toalla. En ese momento, me pidió por favor que saliera. Quería mear. Por un segundo, pensé en decirle que no había nada que pudiera espiar que no hubiese ya visto durante todo el calvario que fue subirla hasta el departamento, pero de alguna manera, ese breve instante de dignidad fue lo que más me gustó de ella en toda la noche. Y desde el otro lado de la puerta, le iba preguntando si seguía ahí, si necesitaba algo o si se sentía bien. Tenía miedo de que se desmayara,


se golpeara contra el bidet y se muriera. Por suerte, después de un rato salió. Así que la acompañé hasta la cama en la que deberíamos haber cogido, la ayudé a acostarse y la tapé con una de las frazadas. Se durmió enseguida. Todo estaba condenado, no había nada que hacerle. Así que fui de vuelta al living, donde estaba el futón, y a falta de trapos de piso agarré una de las cortinas e improvisé una limpieza rápida. Di vuelta el colchón del futón en el suelo, me saqué el saco y la camisa, y escondí la billetera abajo mío, por si llegaba quedarme dormido para cuando los otros volvieran de la farra. Al día siguiente, ninguno podía entender por qué estaba tan enojado. Me jodían con el hecho de haberla puesto, me preguntaban qué tal había estado todo, y yo quería reventarles la cabeza con un bate de baseball, como Donny Donowitz. Tenía ganas de decirles que yo no era solamente un despreciable cerdo sexual, que podía ver a una mujer más allá del mero hecho de ser un pedazo de carne, y necesitaba tener alguna vinculación emocional para sentirme satisfecho con un encuentro sexual. Y nada de eso me hubiera resultado hipócrita. Para nada. Por supuesto que me la quería coger. Pero si lo hubiese hecho, por lo menos todo lo demás habría valido la pena.

Las cabezas golpean tres veces  
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