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TELEFUNKEN Y LA DANZA DE FUEGO

Cuando niño aún, escuché la pieza musical arabesca la “Danza de Fuego” en versión orquestada. Mi padre sabía de mis inclinaciones y mi complacencia en este arte y con cierto sacrificio adquirió una “radiola” estéreo – así la llamábamos por su doble función pues incorporaba una radio de varias bandas y el tocadiscosmarca TELEFUNKEN, un lujo que pocos en el barrio donde vivíamos poseían. Como parte del paquete de compra le habían regalado un disco de acetato de 33 RPM de Mantovani y una de las piezas de la lista era precisamente “RITUAL FIRE DANCE” de Manuel de Falla. Mi entusiasmo no tenía límites y me pasaba horas y horas, mañana, tarde y noche, cuando podía, ora tendido en la mesa de centro de la sala, ora parado en una esquina, ora sentado en una silla a la que la movía estratégica y convenientemente para encontrar el mejor ángulo de recepción acústica de los 2 parlantes de la radiola y los otros accesorios colgados en las paredes. En la búsqueda de mejor efecto acústico, se me ocurrió descolgar los dos cajoncitos que contenían los dos amplificadores extras y me las arreglaba para acomodarlos, pegados cada uno a cada oreja y, arrobado con los deleites de tambores, timbales, violines y trompetas, etc., que corrían mágicamente por las varios fuentes musicales en arpegios iridiscente y fantásticos, me constituía en el mejor y único invitado de esa francachela acústica privada que me había organizado. Mi hermanita menor, una dulce y hermosa niña de


luengos y ensortijados cabellos, era un eventual y mudo testigo de mis desafueros casi áulicos. Los días siguientes, tropeles de amiguitos de barrio y compañeros de escuela llegaban curiosos a la casita al disfrute de la compra inusual e inundaban el pequeño y modesto hogar que disponía de una reducida sala donde estaba instalado el aparato. Las quejas de mi hermana mayor que me pasaba en edad con siete años, ante la invasión de los jovenzuelos ruidosos, dicharacheros y harto alocados y el desorden consiguiente producido en esas reuniones no concertadas y espontáneas no se hacía esperar y los reclamos llegaron hasta los oídos de la plana mayor, mi padre, „el señor Genarito‟, un gentil hombre dotado de un inusual carisma y simpatía y una bondad y generosidad a toda prueba -mi santa madrecita, una hermosa mujer de descendencia manabita, por parte de madre y de quiteño por parte de padre, víctima de una larga y fatal dolencia renal, había fallecido apenas un par de años atrás pasada recién la treintena de años, acontecimiento infausto que me había colocado en la misericordiosa condición de precoz huérfano a los incipientes ocho años de edad, a mis dos hermanas en similar estatus y a mi querido padre en un desconsolado viudo. Fue suficiente el reclamo y frente a la orden paterna de evitar las jaranas infantiles alrededor de la música, todo regresó a su condición usual, lentamente. Al cabo de un tiempo, muchos hogares cercanos poseían en sus casas aparatos musicales que largamente superaban los 15 ó 20 Watts de potencia, si mal no recuerdo, que ostentaba nuestro elegante mueble musical de un buen 1,20 m de largo por 0,40 m de ancho y unos respetables 90 centímetros de „alzada‟, fastuoso artefacto amigo construido en fina madera de cedro germano, repujada con matices oscuros de otros listones finos y todo el conjunto enchapado por barniz brilloso y viril de varias capas y alto cuño. Era un artilugio con buen pedigrí ó mejor aún, de doble “pied de grue”, pues se sostenía orgullosamente en buenas cuatro patas, además.


Los fieles compañeros de esas odiseas musicales, poco a poco fueron reduciendo en número y ruido y en su momento volvió la calma al hogar, pero seguí obstinado en el disfrute de las ambrosías restauradoras de los arpegios en soledad. Los pobres discos de acetato y carbón comenzaron a sisear ruidosamente por la punción sostenida de la punta de diamante en los surcos circulares del ingenio sonoro, el embate constante del brazo sostenedor y el excesivo manipuleo obrado por tan conspicuo fanático, el hijo de don Genarito. La colección de música aumentaba ostensiblemente cada mes y mi progenitor no escatimaba esfuerzos para mejorar la incipiente discoteca familiar y de incentivar y aupar mi inclinación por solazarme en esta maravillosa creación del Universo, que enaltecida a los linderos de los divino, es la generadora de todo lo que existe, inclinación que fue acrecentándose como los años que han transcurrido desde aquella añorada época, do la niñez se disipaba placentera en los sueños y anhelos.

Y la radiola seguía musitando sus abarcantes ecos… La composición musical en mención, abajo: http://www.youtube.com/watch?v=-y3iSWZPolU José Mejía R. 29-03-2012


Telefunken y la danza de fuego 2013