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LOS RULOS SAGRADOS

CUANDO LA CURIOSIDAD PUEDE MÁS QUE LA PRUDENCIA Cuando era un inquieto joven que frisaba los veinte años, un amigo entendido en magia y en ciertas prácticas exóticas que después caí en cuenta eran más bien non sanctas, me invitó a una supuesta sesión espiritual de los “Holly Rollers” o Pentecostales. La curiosidad pudo más que mis reservas en contrario. Eran aproximadamente las nueve de la noche de un viernes de agosto, a la que le cortejaba una pertinaz lluvia matizada de truenos y relámpagos. Luego de los saludos y presentaciones de rigor, pues parecía que yo era el único invitado nuevo y al cabo de una enigmática


conversación que se produjo y de apurar un frugal refrigerio, los doce presentes pasamos a una habitación preparada ex profeso, en la que se habían colocado en círculo unas sendas sillas. En una esquina se erguía una especie de tabernáculo recubierto con un manto carmesí adornado con una Estrella de David y una cruz en relieve dorado y otros símbolos que no recuerdo bien y sobre él un porta biblia sobre el que descansaba un libro de cubierta negra que supuse eran las Sagradas Escrituras. Un poco en la penumbra, seis cirios emitían una luz mortecina. Se dio inicio a una serie de lecturas extraídas del libro aquel y se repitieron invocaciones grupales extrañas por algún tiempo, cada vez con más fuerza e insistencia y con gran fuerza y convicción se espetaban esos clamores. Yo presenciaba escéptico pero algo temeroso esa especie de conciliábulo. Al cabo de unos minutos y en un momento de éxtasis, mi amigo que estaba sentado a m i lado, prácticamente levitó con silla y todo, pues ésta comenzó a vibrar estrepitosamente con su ocupante encima y sus manos agarraban firmemente los lados del asiento. Empezó a balbucear cada vez con más vigor palabras entrecortadas y frases incoherentes mientras el mueble y su ocupante cuya tez se había tornado cerúlea y ajada y que había entornado los ojos hasta el blanco agónico, se mantenían en un equilibrio imposible en las dos patas traseras de la silla. Otros asistentes pedían casi histéricos y al borde del paroxismo el don de la traducción, otro grababa las exclamaciones, en tanto que uno de ellos se contorsionaba delirante recostado en una esquina del cuarto. El frenesí iba en aumento y yo ya me sentía definitivamente incómodo y espeluznado. Un tenue olor a azufre que luego se fue acentuando rápidamente inundaba el ambiente. Decidí hacer mutis por el foro. Seguía lloviendo a cántaros y se acercaba la medianoche. Me empapé hasta el tuétano al regreso a casa; por supuesto que nunca más fui invitado, gracias a Dios y perdí una buena amistad para siempre... José Mejía R. Julio, viernes 13 de 2012


LOS RULOS SAGRADOS