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EL SUEテ前


Marcial Riviera, amigo de la infancia, trotamundos irrefrenable y optimista incorregible, se encuentra sentado frente a mi persona en una habitación que asemeja un comedor o salón campestre, sencillo, de área rectangular de unos treinta metros cuadrados aproximadamente, piso irregular de tablón rústico, paredes ondeadas erigidas con adobe pobre, pintadas descuidadamente de un blanco humilde y techo de escayola de igual color. Uno que otro carrizo apelmazado de argamasa antigua asoma descarnado su enjuto cuerpo por una desportillada mancha que el abombado cielo falso ostenta. El lugar, apenas iluminado por un foco central pecoso que cuelga resignado y yermo del mugriento alambre eléctrico en la mitad del cuadro, está equipado con unas pocas mesas de teca rectangulares construidas artesanalmente en la carpintería del recinto, colocadas en cada pared opuesta en sendas filas de a cuatro y acompañadas de un par de banquetas desvencijadas de madera por mesa.

Sentados uno al lado del otro, conversamos animadamente sobre algún tema. Aparece el asistente de Marcial George Tapia, un corpulento individuo sesentón, barba tupida que inunda rabiosa su ovalado rostro y de ojos moros en exoftalmia que denuncian una permanente lucha con la astricción intestinal. Me increpa sobre algo. Le contesto distraídamente y sale nuevamente, mostrando cierto fastidio y balbuceando palabras ininteligibles. Le comento a Marcial si se percató de la actitud virulenta de George y me responde extrañado afirmativamente y me reclama sobre mi pasividad ante su desplante. Le prometo que le increparé luego.

George regresa al rato seguido de unos seis u ocho muchachos adustos vestidos modestamente y que cargan algún material en sacos


de yute y herramientas manuales de labranza y les ordena que organicen el recinto para la realización de algún evento que al momento no sabemos de qué se trata. Comienzan a reubicar la mueblería. Nos desacomodan y Marcial y yo nos levantamos.

Salgo de allí sin poder hablar con George y me encuentro afuera con mi tierna mujer, mis bellas hijas Annete y Nicola y otras personas cuyos rostros no recuerdo, pero que de alguna manera me son conocidas. Percibo también la concurrencia más bien emocional de mis otros queridos hijos, de Clementina, mi ex esposa y otras gentes cuyos rasgos me son lejanamente cercanos, pues están sin ser, como oriundos de un deja vu singular, aunque a ninguno los reconozco. Solo intuyo su presencia. Les pido me esperen un poco más

El comedor se ha llenado de jóvenes que trabajan con frenesí desperdigando tierra y arena en ciertas áreas del piso cubierto ahora de plástico negro. Los estudiantes distribuyen enérgicamente los materiales y los mezclan y amasan con algún agregado pastoso. George y otro adolescente de porte delgado y autoritario y rostro enjuto que parece liderar a sus amigos, dan instrucciones a sus colaboradores. Usan palas y palanganas y combinan los compuestos y los suavizan con agua, luego los extienden y aplanan. Es intrigante. Me doy cuenta finalmente que George está haciendo una demostración de cómo utilizar un estabilizador de suelos similar al que yo pretendo comercializar en el país -si acaso el mismo producto- en un proyecto vial del que le había comentado meses atrás a Marcial, empresa esa que represento. Me siento asombrado por el sospechoso descubrimiento y luego, repuesto de la sorpresa, en seguida me percato que el procedimiento no es el correcto pues éste exige fundamentalmente que la mezcla depositada sea comprimida en forma mecánica y poderosa para que reaccione o fracasará rotundamente y


así le comento en voz alta a Marcial. George y el cabecilla estudiantil también escuchan mi argumento. Marcial se inquieta y le conmina a su segundo de su error, el cual balbucea una respuesta apresurada y atropellada. Turbado, hace mutis por el foro apresuradamente y yo le sigo con el ánimo de indagarle sobre todo este enredo, mientras el resto continúa en el ensayo; la gente que se supone ha sido avisada del experimento y los curiosos que no faltan, entran y salen del local.

Vaya, otros Judas más adentros.

en mi vida, me digo resignado en mis

Afuera me esperan Annete y Nicola acompañadas de una agraciada niñita de unos siete u ocho años, vestida con faldita roja acampanada y zapatitos negro brillante. Les indago sobre mi compañera Ginebra y me dicen que, aburrida por la espera, se marchó a pasear con una amiga a la plaza cercana. El clima es templado, acariciador, un calorcito agradable y húmedo de baño termal nos acaricia y el sol se solaza brillante y parsimonioso en las alturas de un cielo francamente azulado y apenas jaspeado por níveas nubes. Si, el pueblo que avisto está asentado en un paisaje de semitrópico y callecitas adoquinadas, de villitas montubias y modestas a cada lado de las calzadas sin pendiente; una actividad incipiente y pocos paisanos deambulan por ellas y trafican mercancías. El transporte motorizado asoma casi receloso y muy ralo por una que otra esquina a lo lejos. George ha desaparecido y ya no me importa nada lo ocurrido. Dios, ¡qué paz inunda mi alma! Feliz y orgulloso de la compañía filial femenina nos dirigimos por la calle en busca de la querida madre. La pequeña que corre de un lado a otro, alegra bulliciosa la entretenida caminata.


Al rato de esto, de una especie de negocio abandonado situado en la acera izquierda con relación a nuestra trayectoria, de la poco transitada calzada, Nicola aprecia que se escucha el típico sonido metálico de moneditas que bajan hacia la boca acerada de una empolvada y destartalada máquina tragamonedas puesta desde siempre a la entrada de la puerta y que golpean gayas y ruidosas el enmohecido plato recolector.... Nos acercamos curiosos y, en efecto, comienzan a manar centavitos, lentamente al comienzo y luego en forma irrefrenable. Repleto mis bolsillos con las monedas y el chorro continúa, a tal punto que muchas de ellas se deslizan y caen al suelo. Mis alarmadas hijas me rodean y protegen ante el súbito y creciente agolpamiento de curiosos que se han acercado a presenciar el milagro. Alguien musita con cierta envidia y dureza que este acontecimiento se esperaba hace mucho tiempo que ocurra en el rústico clausurado casino y que por fin se ha producido con un extraño que ha llegado al pueblo, puesto que por causa de las malas leyes lo habían cerrado hace tiempos dejándoles sin esa riqueza que se había acumulado de día en día en la máquina tragamonedas. Al rato, la ranura de la máquina se abre prodigiosamente a tal punto que puedo deslizar mi mano en ella y comienzan a surgir muchos billetes, algunos viejos y otros doblados y arrugados. Los agarro y guardo en los bolsillos de mi saco y pantalones. La correntía de dinero es irrefrenable y todos los bolsillos de mi vestido rebosan de monedas y billetes que al rato se mezclan con papeles o documentos que aparentan tener algún valor y que también surgen del caudal. La gente se acumula a nuestro alrededor y uno que otro intenta codicioso meter mano a las bolas ahítas de dinero y papeles que en la premura y penumbra también fueron embolsicados. Muchos lo consiguen y cobran en la correntía de dinero que se desborda ya por el suelo.

Finalmente, termina el prodigioso suceso. La máquina queda exangüe, exhausta y desecha. La intimidación y algarabía del gentío


desaparece, la calma chicha retorna sigilosa. Salimos cargados de metálico y continuamos la marcha. La pequeña en carmesí no asoma, nos alarmamos los tres, pero aliviados la divisamos finalmente retozando a pocos metros en una tienda de abastos. La llamamos a viva voz a que se nos una, apremiados ante la remota posibilidad de que algún automóvil la atropelle. Se nos une presurosa y ufana. Caray, necesito urgentemente ordenar el dinero que se me desborda hasta por las orejas y que ha incrementado mi peso corporal. Llegamos a una casita deshabitada e ingresamos por el patio delantero cubierto de malvas en flor. Se han gastado las horas y la palidez del día comienza a pintar morena la tarde. Desde la rústica ventana del cuartito se divisa un pedazo de mar y la arena grisácea y el cielo contrastan con el verdor cristalino de esas aguas algo ensortijadas y espumas caprichosas. Me desprendo de los sueltos y los billetes y los ordeno en la mesita destartalada que hace de cómoda y velador. Los papeles, ahora son los pétalos de esas malvas del acceso, encarnados unos, índigo y azules otros -níveos hay también-, vuelan por los aires y se desvanecen raudos en colores y olores marinos. La infanta se ha marchado. A las cinco y cincuenta y cinco de la mañana de este día del Señor, me despierta la voz aguda y monótona de una reportera escuálida y sonriente de un canal de televisión programado para importunar mi sueño con su lamentable monserga....de regreso a la postración financiera global y a la esperanza que mi premonición onírica sea pronto una sólida realidad.

Mientras tanto, Grecia reflota, y el Quijote ibérico hace homenajes sumisos a los teutones para no ahogarse.

José Mejía R. Quito,2 de agosto de 2012

EL SUEÑO  
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