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Democracia y Neoliberalismo en América Latina: Erosión de los vínculos sociales, naturalización de lo social y desmovilización política. Jonathan López García 1 “No sólo el pasado echa sombras, también el mañana. Son las fuerzas que nos inhiben a imaginar lo nuevo, otro mundo, una vida diferente un futuro mejor.” Norbert Lechner Las sombras del mañana “Las relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación de discurso […] estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de verdad.” Michel Foucault 2 “La guerra debe efectuarse en todos los frentes: militar, político y, sobre todo, socioeconómico. Las mentes de la población son nuestro objetivo.” General Gramajo Exministro de Defensa de Guatemala 3 _________________________________________________________________________________ El desencanto de la democracia y la disolución de la acción política

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e cara al autoritarismo y la negación de la autodeterminación colectiva, la reivindicación de la política suponía la cristalización de una sociedad democrática. En América Latina sin embargo, desde el Estado gana una suerte de antipolítica, que sin

cuestionarla nos lleva a debatir seriamente su ejercicio real. El carácter democrático de la democracia se desdibuja. Esto implica no sólo cambios políticos sino un cambio en la política. El sentido de nuestra democracia realmente existente parece desvanecerse (LECHNER: 2002).

1

Licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras UNAM logar.iorek@gmail.com

2

Citado en VELÁSQUEZ, Álvaro (2003) “Aproximación a una sociología del proceso de paz guatemalteco

(1996-2002)” en Perfiles Latinoamericanos, No. 22, Junio, México, p. 137 3

Citado en SCHIRMER, Jennifer (1991) “Guatemala: los militares y la tesis de estabilidad nacional” en

América Latina: militares y sociedad-I, Dirk Kruijt y Edelberto Torres-Rivas Coords., FLACSO, Costa Rica, p 191

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Lo social es indisociable de su representación, a esta construcción simbólica de lo real contribuye de manera fundamental la política. Una tarea primordial de la actividad política consiste en producir y reproducir las representaciones simbólicas mediante las cuales estructuramos y ordenamos la sociedad. Dichas representaciones circunscriben lo que podemos esperar de la política. La pertinencia de las representaciones simbólicas, elaboradas e impuestas por la acción política, se encuentra cuestionada hoy en día. De la misma manera que la imagen que nos formamos de la democracia genera dudas. Los políticos que claman por la resucitación de los agonizantes “valores familiares”, y que lo hacen con seriedad, deberían empezar a pensar concienzudamente en as raíces consumistas causantes del deterioro simultáneo de la solidaridad social en los lugares de trabajo y del impulso de cuidar y compartir en el contexto de la familia. Del mismo modo en que los políticos que llaman a sus votantes a mostrar respeto mutuo, y que lo hacen son seriedad, deberían pensar detenidamente en la tendencia innata de una sociedad de consumidores a infundir en sus miembros la voluntad de acordar con otras personas el mismo ― y no más ― respeto que el que los han entrenado a sentir y mostrar hacia los productos de consumo, es decir, los objetos destinados a producir una satisfacción instantánea y hasta incluso problemática y sin ataduras (BAUMAN: 2007,165). La democracia realmente existente no cumple los postulados de soberanía popular y de representación política, no respeta la autonomía del individuo y el protagonismo del ciudadano, ello significa que la democracia no concuerda con las representaciones simbólicas existentes. Vivimos un desencanto con la democracia por el desfase que existe entre las representaciones que la sustentaban y la práctica política real. Su densidad simbólica se debilita y las democracias latinoamericanas no logran encarnar una comunidad que cristalice las necesidades de pertenencia y arraigo social. El mundo tal como lo conocíamos se diluye y nos encontramos sin instrumentos para orientarnos ante el nuevo panorama. Carecemos de la clave de representación simbólica de la realidad mediante la cual estructuremos una trama espaciotemporal. Los sistemas parecen adquirir dinámica independiente de los sujetos que los encarnan, y responden exclusivamente a su lógica interna. Y toda esta atmósfera parece disminuir la posibilidad de intervención social conciente (LECHNER: 2002). El debilitamiento del Estado como síntesis de la sociedad refleja una erosión general de los símbolos colectivos. Es a través de ellos que se despliega, de modo crucial, la pugna acerca del sentido de la democracia y de una política democrática. En la medida en que el orden democrático carece de de espesor simbólico, los lazos de pertenencia e identificación con la democracia serán débiles. La reconstrucción de

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nuestros mapas supone pues devolver densidad simbólica a la democracia en tanto orden colectivo (LECHNER: 2002, 40-41). Si partimos de la premisa básica de que la política es la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, entenderemos también que la política es fundamental para la producción de sociedad (LECHNER: 2002). Es pertinente recordar el carácter de la política como construcción en un momento en que se tiende a naturalizar lo social. El evangelio según San Spencer. La naturalización del orden social El determinismo racial y el darwinismo social del siglo

XIX,

hicieron ensamblar el orden social

con el orden natural, biologizando la interpretación de la realidad histórico-social. Dicho proceso comienza cuando la teoría de la realidad social toma cuerpo en el siglo

XVIII.

Con el

desplazamiento de la metafísica por la naturaleza como referente objetivo de la acción humana, comienza el inicio de las ciencias modernas, que tienen por objetivo deducir las leyes de la naturaleza mediante la observación de los hechos y la cuantificación de los fenómenos que permiten establecer relaciones causales. A partir de estas relaciones de causalidad la ciencia adquiere una característica nueva: su utilidad. De lo anterior podemos concluir que existe una restricción de las posibles alternativas al orden establecido, ya que si lo social es concebido como una estructura objetiva, en nombre de la objetividad científica se admiten sólo juicios de hecho y se reducen a la relación medios-fin. Los demás juicios carecerán de legitimidad científica. Aparecen viables y legítimas solo las opciones que sean juzgadas racionales. Postular un enfoque que reduce lo social a una eficiencia medio-fin, significa negar la política en tanto construcción deliberada del orden social. Este fenómeno implica la sensación de que el estado de cosas existente es un hecho frente al que no hay alternativas (LECHNER: 2002). Paralelamente a la biologización de la interpretación de la historia, se desarrolló la ideología del empresariado industrial, con la respectiva justificación de la competencia, del trabajo asalariado y la acumulación del capital. La ideología de este sistema económico en crecimiento se derivaba de la premisa de maximizar los beneficios que provenían de la competencia. El individualismo del laissez-faire guardaba relación directa con el desarrollo de la ciencia. El liberalismo económico y político ejerció un efecto incitante sobre las ciencias, ya que los adelantos tecnológicos derivados de tales estudios eran vitales para el mantenimiento del capitalismo. Aún cuando los dogmas teológicos seguían siendo una forma de control social. Antes de la influencia de Spencer y de Darwin, el racismo y la teoría económica clásica se habían desarrollado de manera autónoma. No fue sino hasta la síntesis de estos dos autores,

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donde se pusieron de manifiesto los elementos comunes de la lucha por la vida operando en todas la esferas de la sociedad en una ley de la evolución. Cuando Darwin presentó una explicación materialista sobre el origen de las especies, destruyó la autoridad de los teólogos sobre su influencia en las ciencias de la vida. La erosión de la autoridad teológica fue una consecuencia del progreso científico. Esta síntesis sirvió para completar la lectura biologizada de la historia sin abandonar el sueño de la Ilustración del progreso universal (HARRIS: 1999). La abierta defensa de Spencer hacia el liberalismo económico y su condena por el cooperativismo, el socialismo y el comunismo, son ejemplo del desarrollo de las teorías de la cultura ubicadas dentro de un contexto histórico-sociocultural. En él encontramos a un tosco portavoz del salvaje capitalismo industrial. En su obra, Social statics defiende abiertamente a la propiedad privada y la libre empresa, advierte también, sobre los desastres que caerán sobre la humanidad si se permite que el gobierno intervenga a favor de los pobres. Condenaba todas las manifestaciones de intervención estatal (como los sistemas de beneficencia pública), por estar en contra de las leyes de la naturaleza. Recategorizados como víctimas colaterales del consumismo, los pobres son ahora, por primera vez en la historia, pura y exclusivamente un lastre y una molestia. No tienen virtudes suficientes para aliviar, por no hablar de redimir, sus vicios. No tienen nada que ofrecer a cambio de los desembolsos de los contribuyentes. El dinero que se les transfiere es una mala inversión que nunca será recuperada, y que jamás redituará ganancia. Son un agujero negro que succiona todo

lo que se le acerca y que no

devuelva nada salvo vagos pero oscuros presagios y complicaciones (BAUMAN: 2007, 170). Spencer fue heredero de una larga tradición que se remontaba hasta Adam Smith, según la cual el papel del gobierno debía restringirse a la protección de la propiedad privada, la vigilancia de los contratos y la defensa del Estado. En este sentido es que el liberalismo es una doctrina del Estado limitado, en primer lugar con respecto a sus poderes, lo que se conoce como Estado de Derecho; como respecto a sus funciones, conocido como Estado mínimo. Aunque Spencer no pusiera en relación el concepto del progreso a través de la lucha por la supervivencia, es evidente que los componentes esenciales del denominado Darwinismo Social los elaboró de manera autónoma al trabajo de Darwin. En este sentido, tampoco fue Darwin quien introdujo la expresión supervivencia de los más aptos, sino Spencer (HARRIS: 1999). El Estado liberal como interpretación histórica: cuando la asimetría social es motor del progreso

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Si los mecanismos constitucionales que caracterizan al Estado de Derecho tienen el propósito de defender al individuo de los abusos del poder, de acuerdo a la tradición liberal; las concepciones de libertad y poder, son antitéticas entre sí. Para el pensamiento liberal la libertad debe estar asegurada no sólo por el Estado de Derecho, sino por las limitaciones del Estado en materia del mantenimiento del orden interno e internacional. En este sentido tenemos que, el control de los abusos de poder es más viable en cuanto más restringido es el rango de intervención del Estado. Desde este punto de vista se desprende que el Estado en el liberalismo es un mal necesario, ya que debe entrometerse lo menos posible en la vida de los individuos (BOBBIO: 2002). Si la libertad liberal es definida preponderantemente como libertad frente al Estado, el proceso de formación del Estado liberal camina paralelamente junto a la emancipación gradual de la sociedad civil y el crecimiento de la esfera de la libertad del individuo. Bajo este aspecto, la concepción liberal del estado se contrapone a cualquier forma de paternalismo, donde los ciudadanos sean considerados como menores de edad que requieren la tutela del Estado. El Estado liberal, existe pues, en tanto posibilita y vigila el libre actuar de los individuos (BOBBIO: 2002). Entre las principales polémicas de nuestro tiempo se encuentra la disputa entre quienes afirman que la sociedad, en sus diferentes manifestaciones, forma de división de trabajo, organización estatal, etc., es únicamente un “medio”, cuyo fin sería el bienestar de los seres humanos particulares, y quienes dicen que el ser humano individual es lo “menos importante”, y que lo “más importante”, el único “fin” de la vida individual, sería el mantenimiento del conjunto social al que el individuo pertenece como una de sus partes (ELÍAS: 1990,22). Además de la libertad individual como objetivo único del Estado, y este último como medio y no como fin en sí, Wilhelm von Humbolt aseveraba que la intervención del gobierno, más allá de las funciones del mantenimiento del orden interno y externo, acababa por generar en la sociedad comportamientos uniformes que socavan la variedad natural de los caracteres, produciendo un efecto de pasividad en los individuos que transforma a los hombres en autómatas. La crítica del paternalismo tiene su principal razón de ser en la defensa de la autonomía del individuo. Por extensión, la defensa del individuo ante la tentación asistencialista del Estado, afecta no sólo a la esfera de los intereses particulares, sino incluso la esfera moral. En una sociedad de consumidores ― un mundo que evalúa a todos y a todo por su valor de cambio ―, esa gente no tiene ningún valor en el mercado, son hombres y mujeres no comercializables, y su incapacidad de alcanzar el estatus de producto coincide con (de hecho, deriva de) su incapacidad para abocarse de lleno a consumir. Son consumidores fallidos, símbolos flagrantes del desastre que acecha a los

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consumidores fracasados, y del destino último de cualquiera que no cumpla las obligaciones de un consumidor. […] Como resultan inútiles, sólo se repara en ellos por los peligros que auguran y representan. Todo el resto de la sociedad de consumidores se beneficiaría de su desaparición (BAUMAN: 2007, 168). Si Humbolt opone la variedad individual a la uniformidad estatal, es por un punto importante en el pensamiento liberal: la fecundidad del antagonismo, entendido como la tendencia del hombre a satisfacer sus intereses en competencia con los intereses de los demás. Las corrientes contrarias al organicismo defienden que el contraste entre individuos y grupos en competencia es benéfico y significa una condición necesaria para el progreso técnico y moral de la humanidad, el cual sólo es resultado de opiniones e intereses diferentes (BOBBIO: 2002). De esta concepción general del hombre y de la historia, parte la libertad individual. La teoría del progreso mediante el antagonismo, convierte al Estado liberal no sólo en una categoría política, sino en una matriz de interpretación histórica. Por lo visto, el abismo entre individuo y sociedad que se abre una y otra vez ante nuestro pensamiento guarda una estrecha relación con las contradicciones entre requerimientos sociales y necesidades particulares que forman parte de nuestra vida. Bien considerado, los programas políticos que ofrecen poner fin a las dificultades existentes parecen, aún hoy, querer obtener lo uno a costa de lo otro (ELÍAS: 1990,23). En el cuadro del Estado Liberal el individuo gana un grado de autonomía inédito, al mismo tiempo que la acción colectiva se restringe a manifestaciones de intereses focalizados. Sin embargo, esto nos señala los límites de la libertad de elección del individuo, ya que mucho antes de que tuviera la posibilidad de elegir libremente, buena parte de los asuntos que atañen su vida ya han sido decididos. El incremento de la libertad individual tiende a coincidir con un incremento de la impotencia colectiva. Si el nosotros es la argamasa que vincula a los individuos de la comunidad, la capacidad de la sociedad de intervenir sobre su propio desarrollo, depende de la auto-imagen que ella tenga de sí misma. En la exacerbación del individualismo se deja entrever un fenómeno de grandes alcances, que es la erosión de los imaginarios colectivos mediante los cuales la sociedad se reconoce así misma en tanto colectividad. Lo que conduce a la renuncia de la política como esfuerzo colectivo de construir comunidad (LECHNER: 2002). Democracias Zombie: La institución que repta en las sombras Sí sólo puede hablarse de política donde el orden social es concebido como obra humana, ¿qué ocurre con la presente sensación de que fuerzas ajenas a nuestra voluntad gobiernan nuestros destinos cual ley natural? Esta desorientación genera sentimientos de abandono y desamparo, pero, frente a la situación de incertidumbre y contingencia, ¿cómo responde la

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política? El individuo contemporáneo parece sufrir la sociedad como una carga ajena e injusta, una sociedad blindada ante la posibilidad de pensamiento crítico. Más allá del ámbito microsocial, nos enfrentamos a la sociedad como un hecho lejano y hostil, sustraído de la intervención deliberada de los hombres (LECHNER: 2002). El hecho de votar, hoy día, no representa que el ciudadano esté realizando una elección racionalizada. El objetivo de presentar un atractivo “producto” electoral es obtener un voto que legitimará a los administradores de un proyecto ― que de hecho ― nunca fue puesto a discusión. El votante delega la responsabilidad de tomar las decisiones en el votado: no existe una participación directa. Sin mencionar que los formalismos procedimentales actuales no implican una participación política real. La invocación entusiasta de la ciudadanía contrasta con un notorio proceso de privatización. Se reclama un fortalecimiento de la sociedad civil, pero pocas veces se reivindica la centralidad de lo público para la vida ciudadana. Entonces la llamada sociedad civil se confunde con una creciente privatización de las conductas: el surgimiento de nuevas formas de sociabilidad, basadas en estrategias individualistas, que son racionales y creativas para adaptarse a la dinámica del mercado, pero que rehúsan compromisos colectivos (LECHNER: 2002, 33). Este modelo de democracia moderna adolece de un enmascaramiento del problema de clase al interior de la sociedad, que es asumida como una entidad monolítica, cuya “unidad” es condición fundamental para el éxito de la nación (OSORIO: 2004); y donde aquellos elementos disruptivos del “consenso” ― que nunca fue tal ― son vistos como marginables, (e incluso eliminables). En esta perspectiva dominante, por supuesto que toda idea de democracia participativa ― es decir activa, permanentemente y no limitada al voto en ciertos periodos de tiempo ― es considerada populista, revolucionaria o subversiva. Tal idea de “democracia” es hoy la hegemónica y actúa como cobertura de la imposición del modelo neoliberal prevaleciente en la mayor parte del mundo (GINSBERG: 2003,16).

No puede hablarse que la democracia moderna, al menos en su aborto neoliberal, sea un campo fértil para el desarrollo de la condición humana cuando hay personas que no tienen cubiertas las necesidades más elementales y encuentran vetados los caminos hacia un proyecto de gobierno alternativo. “Democracia”, existe entonces, sólo de palabra, porque está limitada a un voto en la elección de dirigentes entre las variantes aceptadas de mantenimiento del statu quo, pero en la que no se sanciona a quienes no cumplen las promesas ofrecidas, ni se respeta realmente la voluntad popular.

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En este punto es inevitable preguntarnos: ¿cómo es que los ideales democráticos se vinculan con una realidad estructuralmente asimétrica? ¿Es acaso que la democracia liberal merece ser llamada democrática? La operación mental que retomó el término de los griegos para referirse a las actuales formas de gobierno (y dominación), parece vinculada a un afán de velar los desequilibrios sociales para travestirlos bajo la idea de igualdad (OSORIO: 2004). Es así como la democracia ideal, noción que parece haber salido del mundo platónico de las ideas, no ha podido encontrar un referente en el mundo mortal que logre encarnarla de manera digna o al menos “real”. La noche que cayó la bestia: el neoliberalismo en América Latina Hacia finales de los años ’70 y principios de los ’80 del siglo pasado, el modelo de acumulación capitalista imperante en América Latina (Estados nacional-populistas, que van del periodo de 1930-1950; y Estados nacional-desarrollistas, periodo que va de 1950-1980), comienza a entrar en crisis frente al agotamiento del modo de producción fordista, la crisis fiscal de los Estados, la caída de los precios de las materias primas, y sobre todo, de cierto avance intelectual neoconservador que diagnosticaba al vigente mecanismo de inclusión e integración social, como un potencial agente desestabilizador de la democracia (La gobernabilidad de la democracia. Informe del Grupo Trilateral sobre la Gobernabilidad de la Democracia al Comité Ejecutivo de la Comisión Trilateral) (HARVEY: 2007). Samuel Huntington y otros caballeros ideológicos del Departamento de Estado Norteamericano propusieron la teoría de que la democracia se “sobrecalentaba” ante la presión y demandas de amplios sectores sociales bien organizados que contaban con cierta independencia del Estado (OSORIO: 2004). Pero la avanzada ideológica que proponía tales planteamientos era resultado de una maniobra de mayor calado que estaba siendo forjada más allá de los think-thanks. Responde más bien, a un proyecto de la élite económica norteamericana y transnacional para restaurar un proyecto de dominación de clase a nivel mundial, que había resultado debilitado después de la Segunda Guerra Mundial (HARVEY: 2007). Hasta este momento y desde el principio del siglo

XX,

el capitalismo había mostrado cierto

rostro “humano”, o al menos no se asumía abiertamente voraz y agresivo como su actual etapa de acumulación. Esto ocurrió debido a un gran competidor a escala planetaria, ante el cual, era necesario mostrar las bondades de este capitalismo “humano”. Pero es a partir de la caída del bloque socialista cuando vemos que gran cantidad de países en América Latina abrazan abiertamente las medidas del llamado “Consenso de Washington”. Sin embargo el proceso de “Reformas estructurales” se venía dando en el subcontinente desde la década de los ’80. Aunque en el caso chileno (primer laboratorio neoliberal), el establecimiento del giro económico surgió a partir del golpe militar de 1973. ¿Por qué había sido necesario el recurso

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de la fuerza en Chile, sociedad altamente politizada, para la instauración de un proyecto de acumulación que propugna una dominación económica y política de un reducido grupo elitario? (HARVEY: 2008). ¿En qué consistían los preceptos ideológicos del neoliberalismo y cuáles fueron las medidas implementadas en el ámbito económico, así como sus consecuencias en la esfera cultural, social y política? Como se atribuía al Estado benefactor el déficit fiscal y el atar de manos a la iniciativa privada para emprender nuevas formas de acumulación ante las regulaciones laborales; el Estado era obsoleto, derrochaba recursos comprando la voluntad de sus redes corporativas, era irresponsable porque se endeudó, era incapaz porque no generó recursos y era opresor porque impedía la iniciativa y la libertad privadas; en otras palabras había que adelgazar al Estado y abrir el Mercado. Éste último, a través de la competencia, se suponía, aseguraría la máxima eficacia y transparencia. Además el Estado se retiraba de la esfera económica para convertirse en garante de las condiciones del capital privado y no interferir directamente. La mercantilización de las relaciones sociales fue una consecuencia de la imposición de la lógica económica sobre la política. ¿Cómo decidimos lo que es de valor duradero en nosotros en una sociedad impaciente y centrada en lo inmediato? ¿Cómo perseguir metas a largo plazo en una economía entregada al corto plazo? ¿Cómo sostener la lealtad y el compromiso recíproco en instituciones que están en continua desintegración o reorganización? Éstas son las cuestiones relativas al carácter que plantea el nuevo capitalismo flexible (SENNETT: 2005,10). El mismo mercado, sin embargo, impulsa tendencias de competitividad y flexibilidad en las relaciones sociales que tienden a destruir los vínculos de solidaridad. La pérdida de redes sociales tiende a ser más notable en los sectores más vulnerables de la sociedad. Tales desigualdades socavan el discurso de igualdad, si el lazo social ya no se funde en los valores de fraternidad y solidaridad, la libertad queda reducida a individualismo egoísta. En la Teoría de los sentimientos morales, un libro anterior a La riqueza de las naciones, Smith había abogado por las virtudes de la solidaridad mutua y la capacidad de identificarse con los sentimientos ajenos. La solidaridad, decía, es un sentimiento moral espontáneo, estalla cuando un hombre o una mujer comprenden de repente los sufrimientos o las tensiones de otro. No obstante, la división del trabajo aplaca los estallidos espontáneos; la rutina reprime la solidaridad. Sin duda alguna, Smith identificaba el crecimiento de los mercados y la división del trabajo con el progreso material de la sociedad, pero no con su progreso moral, y las virtudes de la solidaridad revelan algo quizá más sutil sobre el carácter individual (SENNETT: 2005,38).

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Finalmente esto repercutió en la desestructuración de los antiguos pactos de clase y conquistas laborales conseguidas. Sin mencionar el impacto cultural que tiene sobre el sentido común gracias a los agentes ideológicos del neoliberalismo que naturalizan la situación de dominación (media, think-thanks, intelectuales y políticos). ELos presupuestos del neoliberalismo demostraron su dimensión claramente ideológica al ser el Estado, y no ningún agente privado, el que salió al rescate de los grandes consorcios financieros y productivos como la empresa automotriz, o las prebendas concedidas a la industria farmacéutica y armamentista a principios del siglo

XXI.

Lo que esto deja al

descubierto es el carácter político detrás de esta serie de principios ideológicos que buscaban la generación de riqueza hacia arriba, para supuestamente, derramarla hacia abajo (HARVEY: 2007). El proyecto conservador neoliberal, no es otra cosa que un esfuerzo para restaurar un proyecto político económico de clase que había sido afectado por el modelo de Estado Benefactor de la segunda posguerra. La estrategia total consiste en la transferencia de riquezas de la periferia hacia los centros a través de una continuidad del proceso de acumulación originaria. Entre las acciones características de la embestida neoliberal tenemos a los servicios financieros con tasas de interés excesivas (deuda externa), precarización del empleo y de las condiciones laborales, desocupación estructural y pauperización de la mano de obra, así como leyes de propiedad de autor. Un caso sobresaliente es el desarrollo e investigación de biotecnología, mediante el cual puede descifrarse el código genético de especies animales o vegetales propios de una región y registrarlos como propiedad intelectual, esto constituye sin duda, una forma de expoliación de recursos naturales. Por otra parte existe también el despojo de recursos estratégicos, no sólo de materias primas, como la extracción de hidrocarburos, minerales y otros recursos no renovables por parte de empresas trasnacionales que extraen las ganancias y las trasfieren hacia sus matrices. Otra importante manifestación, es la desarticulación de las formas comunales de tenencia de la tierra (HARVEY: 2007). Esto tuvo grandes efectos sobre la seguridad social y otros derechos universales ganados en el modelo anterior y que fueron expropiados en el neoliberalismo. Claros ejemplos son la privatización de los activos públicos: el transporte, los fondos de retiro, las pensiones, la educación, la salud y espacios públicos. La salud, un derecho que debería ser universal, se ha transformado en forma de programas focalizados hacia grupos “vulnerables”, haciendo su acceso cada vez más restringido y elitista. En el ámbito laboral ha llevado a la “flexibilidad del trabajo”, donde se restringe la actividad sindical y se precariza el empleo (HARVEY: 2008).

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Es totalmente natural que la flexibilidad cree ansiedad: la gente no sabe qué le reportarán los riesgos asumidos ni qué caminos seguir. En el pasado, quitarle la connotación maldita a la expresión “sistema capitalista” dio lugar a muchas circunlocuciones como sistema de “libre empresa” o de “empresa privada”. En la actualidad, el término flexibilidad se usa para suavizar la opresión que ejerce el capitalismo. Al atacar la burocracia rígida y hacer hincapié en el riesgo se afirma que la flexibilidad da a la gente más libertad para moldear su vida. De hecho, más que abolir las reglas del pasado, el nuevo orden implanta nuevos controles, pero éstos tampoco son fáciles de comprender. El nuevo capitalismo es, con frecuencia, un régimen de poder ilegible (SENNETT: 2005,10). En los días que corren de sombra neoliberal en América Latina, con los medios dominados por los intereses de la clase alta, se propaga el mito de que ciertos sectores fracasan porque no son suficientemente competitivos. En la preparación de la escena para las reformas neoliberales, se necesitaba más desigualdad social para alentar el riesgo y la innovación empresariales y éstas, por su parte, conferían ventajas competitivas y estimularían el crecimiento. Si las condiciones entre las clases bajas se deterioran, es porque no mejoraban su propio capital humano mediante la educación, la adquisición de una ética protestante de trabajo, la sumisión a la disciplina, la flexibilidad laboral, defectos personales, culturales y políticos (HARVEY: 2008). En un mundo spenceriano, dice el argumento, sólo los más aptos deben y pueden sobrevivir. Los pobres de la sociedad de consumidores son absolutamente inútiles. Los miembros normales y dignos de la sociedad ― consumidores de buena fe ― no les piden nada y no esperan nada de ellos. Nadie (es decir, nadie que sea tomado en cuenta verdaderamente, cuya voz sea entendida) los necesita. Para ellos, tolerancia cero. La sociedad estaría mucho mejor si los pobres quemaran sus naves y se los dejara morir en ellas. Se viviría mucho mejor y más placenteramente en un mundo en el que no estuvieran. Los pobres no son necesarios, y por lo tanto son indeseables (BAUMAN: 2007, 170-171) Diseñando y construyendo una visión de la realidad socialmente válida para el poder ¿Cómo influye la propagación de las visiones socialmente legitimadas de la realidad sobre la cultura política y la posibilidad de construcción de alternativas políticas reales a nuestras sociedades? ¿Cuáles han sido los interruptores dentro del imaginario social, que ha sido necesario activar para la aceptación y reproducción del modelo de dominación actual? ¿Qué mecanismo entonces, más allá de la coacción, permiten la ansiada estabilidad dentro de sociedades tan cargadas de contradicciones?

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Las concepciones clásicas del poder lo conciben como una potencialidad que se encuentra relacionado con la posesión y recopilación de recursos materiales o simbólicos capaces de ser utilizados por alguien contra alguien. En el ámbito social, el poder no es sólo una capacidad de obrar, también es la capacidad de determinar y orientar la conducta de los individuos. En este sentido nos referimos al poder coercitivo. Este se presenta siempre que un individuo o grupo provocan un comportamiento deseado en alguien (no importa si ese alguien es conciente o no de la modificación en la conducta). Existe una diferencia entre el poder coercitivo y la fuerza física; el ejercicio físico de la fuerza, es por lo general una herramienta que se emplea cuando fallan las técnicas del poder y busca alterar el estado físico de quien recibe su efecto (OCHOA: 2001).

Las instituciones, como el Estado, tienen la capacidad de impactar en las definiciones sociales de realidad. Dicha producción cultural afecta la posición de las personas en sistemas estratificados y limita su acceso a los recursos que permiten tal elaboración simbólica. El problema que se nos presenta es el del control de la subjetividad en la vida cotidiana a través del diseño del sentido común y la naturalización de las relaciones sociales. Entendamos a la subjetividad como un fenómeno que abarca valores, creencias, disposiciones mentales, conocimientos prácticos, normas, pasiones, experiencias y expectativas. Ante tal panorama, nos encontramos con una visión amplia del poder donde, explícita o implícitamente, se le concibe como la capacidad de imponer una definición específica de la realidad que resulta desventajosa para algunos miembros de la sociedad, de la misma manera que se aplica el concepto de “violencia simbólica” en Bordieru (OCHOA: 2001). Más allá de presionar y provocar una respuesta deseada a través de la coerción, esta perspectiva del poder sugiere la posibilidad de inducir conductas o generar verdades simbólicas capaces de construir una realidad determinada, que a su vez, formará individuos diseñados según los parámetros de dicha realidad (OCHOA: 2001,83). El poder se ejerce o se expresa en un espacio donde el cuerpo y el espíritu del sometido resienten la presión, consiste en el constreñimiento de un campo físico o simbólico del poder que le impone límites y lo aplasta. La capacidad creadora, generadora y corregidora del poder depende de la existencia del cuerpo o del espíritu de aquél al que haya que construir, corregir o destruir.

Foucault ya apuntaba que la modernidad no sólo era producto de un sujeto que generaba un nuevo momento histórico, sino que más bien, era la modernidad, a través del modelo disciplinario de un momento histórico específico, la que generaba un particular tipo de individuo (FOUCAULT: 2005). Siguiendo la línea propuesta, podríamos afirmar para el caso de la historia reciente de América Latina, que el tipo de individuo y las manifestaciones de

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relaciones sociales válidas que puede encarnar éste, son resultado de la implantación de un monstruoso aparato de ortopedia social que maniobró bajo las distintas manifestaciones de violencia política desde el Estado (FEIERSTEIN: 2005).

–Libertad x obtener +orden / la sociedad = ¿contrainsurgencia democrática? ÷El autoritarismo social & la gobernabilidad

A principios de los ’80 la antinomia Democracia vs. Autoritarismo se proponía para superar el escollo político de la región; se esperaba de ésta, que la participación política permitiría la canalización de las demandas sociales y la resolución de los problemas más básicos; como la un distribución más equitativa de la riqueza, apertura política real, derechos civiles fundamentales, libertad de expresión, etc. Sin embargo la democracia electoral que se implantó no fue capaz de posibilitar más que un pluralismo político débil, en el cual la insuficiencia institucional se convirtió en una administradora del fracaso de las demandas populares y gestionadora del nuevo proyecto de acumulación global a niveles nacionales: el Neoliberalismo (HARVEY: 2007). La instauración de un modelo de acumulación capitalista tan agresivo hacia las solidaridades, y depredatorio de los pactos sociales generados en las décadas del Estado Benefactor, sólo fue posible mediante el azote de la violencia política en la región, con los respectivos costos sociales y el agotamiento de los distintos actores; finalmente el cuerpo social clamó orden por sobre los derechos y garantías más elementales. Es decir, el advenimiento de una democracia social sustantiva, de la cual se tenían amplias expectativas para la resolución de demandas sociales y la institucionalización del conflicto, devino en una suerte de quimera famélica y vaciada de contenido que se vio permeada por la embestida neoconservadora de los ideólogos del neoliberalismo. Como todo orden, la democracia ha de acotar la incertidumbre; precisamente la incertidumbre intrínseca a sus procedimientos exige una delimitación de lo posible. El régimen democrático ofrece un manejo institucional de la incertidumbre a través de la elaboración (colectiva y conflictiva) de un horizonte de futuro (LECHNER: 2002, 35).

La democracia, previa a la llegada del neoliberalismo, había resultado ser demasiado democrática y las demandas sociales “sobrecalentaban” la democracia, poniendo en riesgo al mismo sistema político. De ahí que el activismo y otras formas de participación e integración social, como el sindicalismo, quedaran proscritas y llegaran a ser mal vistas o incluso como motivo de escozor social gracias a los generadores industriales de sentido común que obtenían su voz a través de los mass-media (HARVEY: 2007).

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Si entendemos por democracia la institucionalización de los conflictos, su funcionamiento depende de nuestra capacidad de abordar y resolver conflictos. Nuestros miedos se expresan fundamentalmente en las relaciones sociales. El miedo al delincuente parece cristalizar un miedo generalizado al otro. El otro representa una amenaza de conflicto. Los miedos son presa fácil de la manipulación que busca instrumentalizar y apropiarse de los temores para disciplinar. Entre más difusos sean los miedos más tentador será exorcizarlos mediante invocaciones a la seguridad. Tanto los medios como la seguridad son un producto social, ya que tienen que ver con nuestra experiencia de orden (LECHNER: 2002). El miedo a los otros es más fuerte cuanto más frágil es el nosotros. Con la erosión de las identidades colectivas también se identifica la identidad individual. El individuo autónomo y racional sigue siendo el fundamento en la democracia liberal. La promesa de individualidad, que adelantó la modernidad, parece revocada a diario por el individuo atemorizado, aislado, anestesiado de nuestra sociedad. Las inseguridades generan patologías del vínculo social y, a la inversa, la erosión de la sociabilidad cotidiana acentúa el miedo al otro. La actual estrategia de modernización incrementa la autonomía y libre elección del individuo, disuelve las viejas ataduras pero no crea una nueva noción de comunidad (LECHNER: 2002). “Inutilidad” y “peligro” pertenecen a la gran familia de “conceptos esencialmente discutibles” de Walter Bryce Gallie. Cuando son empleados como herramientas de designación, despliegan esa flexibilidad que hace que las clasificaciones resultantes sean excepcionalmente adecuadas para albergar los demonios más siniestros de todos los que asechan a una sociedad atormentada por la duda de la duración de cualquier utilidad, así como por la difusa y volátil sensación de miedo. El mapa mental del mundo que se desprende de esos conceptos constituye un terreno ilimitado para sucesivos “pánicos morales”. Las divisiones resultantes pueden ampliarse con facilidad para absorber y domesticar nuevas amenazas, permitiendo simultáneamente que los terrores difusos se concentren en un blanco que es tranquilizador sólo por ser específico y tangible (BAUMAN: 2007, 168). Ni qué decir de las formas de participación política extra institucionales como la protesta social, cualquier manifestación de descontento que implique el más mínimo grado de violencia queda severamente sancionada por ser un factor de riesgo para la gobernabilidad, lo cual se convirtió en una ideología de contención del conflicto social. El actor que opere bajo condiciones no legitimadas por el orden social vigente es inmediatamente descalificado por ser antidemocrático. La “noble” intención de fondo era la regulación del cambio social a través de las instituciones y no por medio de la violencia.

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Una sociedad insegura de la supervivencia de su manera de ser desarrolla la mentalidad de una fortaleza sitiada. Los enemigos que asedian sus murallas son sus propios “demonios internos”, la reprimida sensación de temor que se filtra en sus vidas cotidianas, en su “normalidad”, y que sin embargo, para hacer soportable la realidad diaria, debe ser aplastada y extraída de esa cotidianidad para modelar con ella un cuerpo extraño… un enemigo tangible al que se le da un nombre, un enemigo con el que se puede luchar, una y otra vez con la esperanza de vencerlo (BAUMAN: 2007, 173-174).

El monopolio de la violencia física del Estado se ve irremediablemente acompañado de la autocoacción individual y social. En este sentido, el hombre moderno ya no utilizará medios violentos para acceder a sus metas. La sociedad moderna crea las condiciones necesarias, según Norbert Elías, para que la convivencia entre los individuos sea posible mediante caminos pacíficos (ELÍAS: 1994). Esto obliga a la construcción de un aparato de control y vigilancia que se inocula en el espíritu del individuo. Esta inoculación se traducirá en una serie de conductas de auto dominación y autocoacción, dando como resultado el diseño de comportamientos que sean capaces de someter a las pasiones. La contención propia de los impulsos se ve acompañada de un trabajo institucional, efectuado por el apartado formativo, que inculca la costumbre permanente de dominarse, hasta convertirla en un valor estable y cuyo funcionamiento es automático.

La continuación de la política por otros medios

Al despuntar la segunda mitad del siglo XX, América Latina y el Caribe vivieron años convulsos. En buena parte de Latinoamérica hubo una época de represión en la que, invocando un interés nacional, se practicaron ejecuciones sumarias, torturas, secuestros, detenciones y asesinatos masivos como medida para frenar las protestas populares; se militarizó la administración de justicia; se suprimieron las libertades de expresión, reunión y asociación y, en general, se violó y vulneró la legalidad institucional. La dignidad y libertad humanas se vieron socavadas ante la sistemática violación de los más elementales derechos. Las políticas de "Solidaridad Continental" y la "Doctrina de Seguridad Nacional", patrocinadas por Estado Unidos, alentaron la formación de gobiernos militares y dictatoriales como una supuesta medida para terminar con el comunismo. La violencia política como forma de eliminar a la oposición se hizo más sofisticada a mitad del siglo

XX,

durante los años de mayor

intensidad de la Guerra Fría.

Las heridas provocadas por tal convulsión política y social, significaron para las sociedades de América Latina, un quiebre antropológico cuyos efectos aún se perciben recientes. La

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ideología del nacionalismo no sólo ha sido funcional en la conformación de una unidad geopolítica, ha implicado una fuente de creación y eliminación de una serie de “otros” (BLANCK-CEREIJIDO: 2003). Un giro a este horror, sería el postulado de que un enemigo interno amenazó la integridad y la pureza de nuestras naciones durante los años de la Doctrina de Seguridad Nacional y de la contrainsurgencia (EGGERS-BRASS: 2006). Bajo la identificación genérica del llamado “subversivo”, su aniquilamiento material y desaparición, condujo a la clausura del tipo de relaciones que aquella fracción social encarnaba (o amenazaba encarnar) para generar otros modos de articulación entre los miembros de la sociedad, reorganizando así, las relaciones sociales (FEIERSTEIN: 2007). Quiero decir que esa violencia se produjo en medio del ensordecedor silencio de gente que creía ser decente y ética, y que sin embargo no entendía porqué las víctimas de la violencia, que mucho tiempo antes habían dejado de ser consideradas miembros de la familia humana, eran merecedoras de su empatía moral y de su compasión. […] Una vez combinadas con la indiferencia moral, las soluciones racionales de los problemas humanos se convierten en una mezcla explosiva. En esa explosión perecen muchos seres humanos, aunque la víctima más notable es la humanidad de aquellos que escaparon a la perdición (BAUMAN: 2007, 173). Además el Estado no ha abandonado su claro sesgo de clase y el proyecto que se presenta como el de una comunidad, (que en realidad nunca ha sido tal), no es más que el proyecto de clase de un grupo de poder detrás del Estado. Apelando a la insigne noción de esta comunidad ilusoria llamada Nación, es que las abismales inequidades sociales pueden ser travestidas bajo la idea de la igualdad. El actual orden social se fundó bajo la convulsión y mutilación de las sociedades latinoamericanas. Transiciones democráticas hacia un refinado autoritarismo En el último cuarto del siglo

XX

hubo una tendencia que cambió el panorama político mundial.

En América Latina implicó la sustitución de dictaduras militares y Estados contrainsurgentes por gobiernos civiles elegidos desde finales de los ’70 hasta entrados los ’90, lo que suponía la salida de gobiernos autoritarios hacia regímenes más liberales y democráticos. Esta tendencia fue considerada como parte de una gran tendencia global democrática que Samuel Huntington denominó como “la tercera ola” de la democracia. La comunidad intelectual y política adoptó rápidamente el modelo analítico de la transición democrática, derivada del campo académico emergente de la transitología, sobre todo proveniente del trabajo fundamental de Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter. Los promotores de la democracia extendieron el modelo a un paradigma universal para comprender la democratización, pese a las distintas variaciones en los patrones de cambio político y la naturaleza particular de cada caso.

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La receta transitológica era clara. Primero la apertura, un proceso de liberalización que abre grietas en el régimen autoritario. Después el rompimiento, el colapso y la emergencia de un nuevo sistema democrático a través de elecciones nacionales y el establecimiento de una nueva institucionalidad. Posteriormente llega la consolidación del sistema en un lento transcurso en que las formas democráticas son convertidas en sustancia (CAROTHERS: 2002). Sin embargo,

la democracia en la mayoría de los países de América Latina sigue siendo

superficial y problemática. La participación política queda restringida al voto en tiempo de elecciones. Además que las élites políticas son vistas como corruptas e ineficientes, lo que provoca la profunda indiferencia política del pueblo. Los ciudadanos tienden a ser apáticos y evitar una participación política mayor a la electoral. El claro patrón de estos países consiste en las dudosas, aunque no del todo fraudulentas, elecciones. Ocasión que el grupo de poder dominante busca tratar de hacer lucir lo suficientemente convincente para ganar la legitimidad de la comunidad internacional, mientras manipula furtivamente el proceso para favorecer su permanencia. La debilidad del Estado es una característica, sobre todo por sus anquilosadas burocracias minadas por la corrupción. Las trayectorias políticas de la mayoría de los países de la tercera ola ponen en duda la confiabilidad del paradigma de la transición. La suposición automática de que cualquier país que saliera de un régimen autoritario estaba en tránsito automático hacia la democracia ha resultado frecuentemente imprecisa y equivocada. Continuar teorizando la realidad democrática de los países latinoamericanos constituye el peligroso riesgo de imponer un orden conceptual simplista e impreciso sobre un complicado cuadro empírico (CAROTHERS: 2002). En el camino para hacer cuentas en el tema de los derechos humanos y desarrollar el pasaje hacia la democracia, aparecen dificultades, pues aún es difícil para los gobiernos civiles subordinar a los militares. La democratización se convirtió en la continuación de la guerra por otros medios. La primera etapa del plan era pacificar y la segunda era reestructurar la sociedad civil por medio de elecciones, teoría, educación, persuasión y manejo político: todo en nombre de la democracia. Las prácticas de control social y contrainsurgencia se reconvirtieron para permanecer presentes bajo la fiesta de disfraces de la democracia. A modo de inconclusión Ante el advenimiento de las transiciones democráticas quedó incrustada la impresión falaz de que la institucionalización del conflicto dirimiría cualquier expresión de violencia colectiva y traería consigo el tan ansiado paraíso de paz y orden social. El vaciamiento de sentido de la democracia que arribó tras el periodo de autoritarismo voraz, correspondió al diseño de una forma de hacer política adecuada a las necesidades del nuevo proyecto de acumulación

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económica, que implicó también un plan de restauración del poder del capital trasnacional y sobre todo norteamericano, que había resultado afectado tras la segunda posguerra mundial. El angostamiento de la concepción de la política, reducida a los túneles institucionales, dejó al margen a amplios sectores no representados por las vías políticos socialmente legitimadas. La política como el espacio público por excelencia, cedió su lugar a la actividad de lo privado por excelencia: la economía. La política entendida como la construcción colectiva del futuro de una sociedad, se tornó en el olimpo socio-económico que se representa así mismo. La garra del mercado, que aún algunos se atreven a considerar invisible, impuso su lógica por sobre las decisiones políticas que afectan a la comunidad. La sensación de colectividad tiende a erosionarse con el desdibujamiento de la representación que la comunidad construye de sí misma, y no sólo por el impacto que el corrosivo modelo económico tiene sobre las formas de construir sociedad. A la transición en la política, (más que las transiciones políticas), se suman los cambios en la cultura que han generado los avances tecno-científicos. La anunciada muerte de Dios llegó con el vértigo de la mutación de los referentes de sentido. ¿Qué tipo de sociedad se construye sobre vínculos sociales corroídos y sentidos colectivos tan volátiles? El nuevo modelo económico significó la edificación de una nueva sociedad sobre las bases de los efectos modeladores y ortopédicos de la violencia política en distintos grados. El terror como estrategia de desmovilización política condujo a la ruptura de solidaridades y al retraimiento social. A pesar de la versión de algunos intelectuales a sueldo, la violencia emanada del Estado y sus asociados permanece vigente bajo manifestaciones a veces más refinadas, y a veces más cínicas. El miedo ahora posee muchos rostros. … nuestras acciones, nuestra fijación de objetivos, nuestros planes de lo que debería ser, sólo pueden adquirir mayor lucidez cuando comprendamos mejor, lo que verdaderamente es, la legitimidad elemental de la raíz de nuestros fines, la estructura de esas grandes unidades que formamos unos con otros. Sólo entonces estaremos en condiciones de instaurar sobre un diagnóstico seguro el tratamiento de las carencias de nuestra convivencia. Mientras esto no suceda, nuestro proceder en lo que se refiere a la consideración de nuestra convivencia y sus carencias no será, en el fondo, muy distinto al de un curandero respecto al tratamiento de los enfermos: estaremos prescribiendo una terapia sin ser capaces de establecer, con anterioridad e independientemente de los propios deseos e interese, un diagnóstico claro (ELÍAS: 1990,25-26) _________________________________________________________________________________ Bibliografía

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Democracia y Neoliberalismo en América Latina