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Al mismo tiempo, mientras millones de rusos habían sucumbido ya en las batallas, los agentes de Rothschild habían realizado un buen trabajo, agravando la situación de por sí ya desastrosa de los rusos. La filosofía de los Illuminati se alimenta de la miseria y la inseguridad, y sus esfuerzos fueron recompensados; la escena estaba preparada para una revolución que iba a acontecer tras la derrota sufrida por los alemanes. La revolución estalló en febrero de 1917. El zar fue destronado, y el príncipe Georgi Luwow se encargó de los negocios de Estado en un gobierno provisional que no tuvo éxito, y que por tanto no pudo impedir que el país se hundiese todavía más en la decadencia. Me gustaría ahora proseguir el capítulo: “La revolución bolchevique y sus secretos”, en el momento en que Trotski y sus rebeldes dejaron Nueva York en el S. S. Kristianiafjord con 20 millones de US$ en oro. El vapor fletado por Jacob Schiff fue retenido el 3 de abril de 1917 por las autoridades canadienses en Halifax, Nueva Escocia. Se podía creer que el plan de los Illuminati estaba condenado al fracaso. Pero Jacob Schiff usó de su influencia y de la de sus amigos entre los Illuminati del gobierno americano y de Inglaterra tan bien que el viaje pudo proseguir rumbo poco después. Llegado a Europa, Trotski fue directamente a Suiza, para reunirse con Lenin, Stalin, Kagonowitsch y Litwinow, a fin de poner a punto los detalles de su estrategia. Es interesante observar que los representantes eminentes y los agentes de todas las naciones participantes en la guerra podían encontrarse abiertamente en un país neutral, Suiza. Suiza existe, en su forma actual, desde 1815, año del Congreso de Viena, cuando se le garantizó una neutralidad permanente. ¿Casualidad? ¿O quizás un lugar seguro y pequeño en el centro de Europa que se presta perfectamente para los planes de aquéllos que viven de la guerra? Los conspiradores se vieron entonces obligados a resolver el siguiente problema: ¿cómo trasladarse de Suiza a Rusia con los rebeldes y sus armamentos? La solución la aportó Max Warburg, agente de los Rothschild y dirigente de la policía secreta alemana. Los reunió a todos en un vagón de ferrocarril cerrado y se encargó de su travesía hasta la frontera rusa. Cuando el tren paró en la primera estación de Alemania, dos oficiales alemanes subieron para escoltarlos. Habían recibido órdenes del general Erich Ludendorf.

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