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FIRMA DE LA SER. 1 de noviembre de 2013. TOSANTOS. Por Javier Malla.

Uno o dos días antes de Tosantos, las mujeres de mi barrio, en su mayoría todavía enlutadas, se encaminaban hacia la plaza de España para coger el autobús de CTM y acercarse al cementerio de Algeciras. Todas llevaban colgando del brazo un cubito verde con trapos y lejías para limpiar los nichos de los familiares que se fueron. En su ritual, saludaban a las vecinas que barrían las puertas a primera hora de la mañana y no hacía falta que explicasen adonde iban con sus preparos. El autobús paraba en la Escuela de Arte y Oficios y por el camino de la playa de Los Ladrillos, con la torre/marcador del Mirador a la izquierda, el desfile del luto escalaba hasta el Camposanto. Olía a flores frescas, pero a flores de cementario. Se oía un respetuoso silencio y las gentes se saludaban al cruzarse por los patios. Un bullicio controlado de escaleras, lágrimas silenciosas y recuerdos dolorosos flotaba en el ambiente. Claveles, margaritas y jarrones daban paso a la comprobación de los desperfectos ocasionados por la entrada del otoño. Algeciras olía esos días a tierra mojada y a castañas asadas. Cañas de azúcar y granadas reventonas para los niños y añoranzas de los que se fueron para los mayores. Tosantos era la Fiesta del respeto. Era la Fiesta del culto a los abuelos, a los tíos y, en algunos casos, a los padres que murieron. Comer frutos secos era la novedad de la temporada, porque por entonces los frutos secos sólo se comían cuando los paría la tierra y ayudaban a pasar las tardes frescas alrededor de una candelita de cisco o de picón. Eran tiempos de profundo espíritu religioso, de recogimiento, y en las casas se encendían lamparitas de aceite al lado de los retratos de los difuntos. Las labores eran cosas de mayores, pero los niños aprendíamos viendo el recogimiento de nuestros padres y el ritual de cada año. Ahora también hay otro ritual en los colegios y en las casas. Un ritual importado en forma de Carnaval y calabazas que se mezcla inexorablemente con siglos de nuestra Cultura. Y no es malo abrir los ojos al mundo, aunque me da pena comprobar que el respeto y la veneración por nuestros mayores se han desvanecido como la espuma. Aunque, pensándolo


bien, c贸mo vamos a respetar a los muertos si no hemos sido capaces de educar a nuestros hijos para que respeten a los vivos.


Firma Javier Malla 1 11 2013