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ÍNDIGO J. M. ANGELS


© 2011, J. M. ANGELS www.jmangelsblog.blogspot.com DEPÓSITO LEGAL: SAFE CREATIVE Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin la autorización de los propietarios del copyright.

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ÍNDIGO

J. M. ANGELS

PRIMERA PARTE

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I

L

as lenguas de fuego ascendieron acariciando el firmamento cubierto de estrellas frías. Danzaban enloquecidas, alimentadas por toneladas de madera, paja, tejidos y cuerpos humanos, que también ardían como las cerillas. Si se estaba lo suficientemente atento, entre los rugidos de las flamas y los derrumbes de las casas los aullidos de las gentes eran audibles, aunque la mayoría de ellas habían sido pasadas a cuchillo o a espada. El caballo negro relinchó nervioso echándose atrás con los ojos encendidos. El calor que subía hasta la cima de la colina era sofocante, arrancaba gotitas de sudor a la piel sedosa del animal. Las riendas ribeteadas en hilo dorado se tensaron ante la orden muda de su jinete de mantenerse quieto, a lo que el caballo respondió con pronta sumisión. El amo sonrió satisfecho. “Ya está”, se dijo relamiendo un éxito que era como un dulce que se derretía en su boca. “Ya es nuestro. Ya es mío”, rectificó y un chispazo de ambición brilló en su pupila oscura, contagiando al resto de los rasgos de la cara afilada y hosca. El galope de otro corcel lo alertó. Se giró sobre la montura empuñando la espada por si se trataba de algún estúpido superviviente, mas eso era imposible. De entre los árboles del bosque emergió su hermano, igual de enorme y curtido que él. Ambos envainaron antes de saludarse. -Hallamos a su hija-informó el recién llegado. -La has matado, supongo. -No. Tiró de la brida para girarse hacia el otro. -¿Qué? Su hermano se mostró incómodo. Entonces reparó en que tenía una cicatriz reciente en el rostro, un rasguño profundo seguramente provocado por unas uñas de mujer. -¿Dónde está? -En el bosque, la custodian los nuestros. -¿Por qué no la has eliminado? Miró a su hermano con esa mezcla de autoridad y condescendencia con que solía atemorizarlos el padre. Notó que él se entregaba completamente a su supremacía sin oponer resistencia, a pesar de ser el mejor luchador de los dos. Eso le gustó. -Porque yo no mato mujeres. -¿Y qué te parece que hemos estado haciendo esta noche aquí?-se rio embebiendo de desprecio cada una de las palabras que pronunció-Escucha, el mundo que conocías ha desaparecido. O conquistamos las tierras de los enemigos o ellos arrasarán los territorios que nos pertenecen. Se acercó más a su hermano y le presionó el hombro sonriendo. Aquél apenas alzó la cabeza cubierta por el largo cabello negro mugriento. -Cumple tu deber. 4


Su hermano acató la orden retirándose por donde había llegado. Él tornó a fijarse en el infierno que refulgía a sus pies disfrutando del paisaje que, cual herrero en la forja, había creado. Su hermano le daba miedo. Desde siempre, desde que eran pequeños, la seguridad y el tono autoritario con el que le indicaba de qué modo proceder le habían fascinado, ya que eran los atributos que habría querido poseer. Él comandaba sus tropas eficazmente; no obstante, en cuanto aparecía, Idrish eclipsaba los corazones empleando sus dotes de elocuencia y pronto a todos se les olvidaban las órdenes que se habían dictado. Aunque poco importaba, pues luchaban con ánimos encendidos. Su hermano lo aterrorizaba porque lo observaba con un gesto escrutador que parecía adivinar los pensamientos, y era tal el poder que ejercía en las mentes de los interlocutores, o de quienes eran testigos de sus palabras, que era como si el alma se despegara del cuerpo y quedara a merced de sus apetencias. Eras un juguete en sus manos. Así que volvió sobre sus pasos hasta el claro del bosque en el que retenían a la princesa con las sienes palpitantes de temor, sintiendo que en cada gesto y en cada cadencia de su voz su hermano le espetaba: “Sé por qué lo has hecho, sé que la deseas para ti, pero no vas a desobedecerme, ¿verdad?; nunca me desobedecerías… porque soy mejor que tú y porque eres un cobarde”. Tiró de las riendas refrenando al caballo, que se irguió ligeramente relinchando y babeando. -No soy un cobarde-se dijo a sí mismo, y la insidiosa voz de su hermano volvió a la carga. -Si no fueras un cobarde la habrías matado. -Es una mujer… y es hermosa. Estoy seguro de que tú tampoco la matarías si la vieras. Hace palidecer tus anhelos, hace que los días de sangre y fuego sean aún más repugnantes. ¡Siento que un puñal me atraviesa cuando cruzamos las miradas! -Peor que un cobarde: un poeta. -¡Cállate!-gritó en medio de la fronda y los pájaros levantaron el vuelo ante la explosión de genio. La mano rodeó la empuñadura de la espada, percibió su tacto frío y la boca lanzó una bocanada de aire que se convirtió en niebla en esa noche gélida. Apretó el flanco de su montura cabalgando deprisa hasta llegar adonde se apostaban sus hombres emboscados, que escoltaban a la joven princesa. Surgió rebosante de fuerza con la espada en alto, dispuesto a demostrarle a su hermano que se equivocaba. Sin embargo, el impulso cedió a su pesar tan sólo al topar sus ojos con aquellos suplicantes de la princesa. Su cuerpo tembló y las tripas se le transformaron en una piedra, hechizado por el terrible desconsuelo que le provocaba la figura de la doncella. “¡No, no puedo!”, se dijo abatiéndose, conteniendo un gemido que pugnaba por escapar de su pecho. “Mas alguien debe morir hoy”. La princesa enseñó la barbilla desafiante, a despecho de que permanecía arrodillada en el helado barro y dos corpulentos caballeros la asían de los brazos con un agarre demasiado apretado. Percibía que las uñas se le clavaban en las palmas causándole rasguños de la rabia que la embargaba. Entrevió que el que la había apresado desmontaba con su arma dispuesta y la asaeteó el pensamiento de que iban a cortarle la cabeza. Aparentemente, los captores también lo creían, pues la golpearon en la nuca y los largos rizos castaños le taparon la cara. 5


Las lágrimas lucharon por escapar de sus párpados; sin embargo, la muchacha no iba a brindarles esa satisfacción. Padre nunca habría admitido que se mostrara débil frente al enemigo. -Dejadnos a solas-ordenó su raptor, lo que causó sorpresa entre los subalternos, quienes pensaban que habían oído mal. No obstante, obedecieron a su señor y se alejaron del claro guardando una buena perspectiva por si la princesa ocultaba en los ropajes algún instrumento que no hubieran requisado. Ella habría escapado a la carrera, pero había tantos caballeros en los alrededores que prefirió quedarse en el sitio a la espera de condiciones más favorables a su huida. Se puso de pie recuperando el porte regio, otorgándole a su semblante todo el desprecio que estuviera en condiciones de manifestar. -Dadme una razón por la que no debiera ajusticiaros-susurró con aire acongojado el señor, incapaz de dirigirle la mirada. La princesa lo interpretó como una afrenta, como si él luchara contra un sentimiento noble a pesar de que fuera a perpetrar un delito. Se convencía de que disfrutaba al representar el papel de hombre justo sobrepasado por las circunstancias. -Si fuera vos, no dudaría-aseveró esbozando una sonrisa triunfal, rompiendo la calma de la noche y exponiendo su charla hacia el público de los caballeros-De lo contrario, buscaría la manera de vengarme por lo que me habéis robado. Creedme, yo no hallaría escrúpulos en causaros el mayor de los sufrimientos. En respuesta, él expulsó un suspiro que era una postrera espiración, un gemido desgarrado que estuvo a punto de ablandar el talante de la princesa. El hombre estiró una mano temblorosa, sucia, llena de callos, incluso deformada por el uso de la espada y los trabajos duros, e intentó acariciar con las yemas de los dedos el delicado rostro atezado de la princesa. Ella se giró instintivamente y él sólo probó la textura del aire. -Entonces…-casi musitó. A continuación, la espada trazó un arco y la sangre salpicó el vestido blanco de la princesa, que abrió la boca en una mueca de horror. El hombre aferró la cintura de la princesa y en un rápido movimiento se la cargó sobre los hombros. Llamó a sus caballeros, que acudieron lo más pronto que la densa vegetación congelada les permitía, les comunicó que partía solo y que emprendieran la vuelta hasta donde se concentraban las huestes de su hermano con el fin de expresarles la noticia de que su sentencia había sido llevada a término. Luego espoleó a su caballo y partió en medio de la noche dejando una estela de vaho cálido. Los caballeros lo observaron irse bastante confundidos. Entendían que no hacía falta alejarse tanto para enterrar el cadáver, incluso se lo podía abandonar en la intemperie, pues pasaría un largo tiempo antes de que en esas tierras se erigieran nuevas ciudades bajo la égida de los cuatro hermanos. -No ha derramado demasiada sangre-sentenció uno de ellos acuclillándose con la intención de analizar las gotas rojas que brillaban en la hierba dura a la luz de la antorchaEs probable que solamente esté desmayada, la enterrará viva si no aguarda a que se desangre por completo. -Hablas igual que si se tratara de un nasu-le soltó otro limpiando la hoja de su espada. -Al menos un nasu es útil, se come-carcajeó el primero.

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Unos minutos más tarde, el hermano de Idrish descendió la velocidad de la carrera fijándola en un trote ligero. La joven no pesaba mucho, pero comenzaba a despertar y se agitaba violentamente. La sentó delante de él y le inmovilizó los brazos usando una soga basta que arañaba la piel. Lanzó un gemido. El corte que se había provocado a sí mismo en el interior del codo le dolía terriblemente y la cabalgata minaba sus ya de por sí consumidas energías. -¿Adónde me lleváis?-inquirió la princesa liberándose del letargo que el susto le había causado-No me habéis matado frente a vuestros súbditos, por lo que entiendo que estamos ocultándonos de sus miradas. El hombre no respondió. En el horizonte se abrían las dilatadas llanuras blancas rodeadas de los picos violáceos de la cordillera, y mucho más al norte el final de esas tierras. Sería un trayecto largo, aunque no tanto como otros que había recorrido en su vida, y esta vez debería hacerlo gravemente herido y portando una rehén. Aun bajo todas esas preocupaciones, en lo único en lo que él estaba en condiciones de especular era en Idrish y en la explicación que se vería obligado a darle a su regreso. Había actuado tan repentinamente que no había ideado una buena excusa. -Gracias-musitó la princesa-Habéis demostrado piedad. ¿Al menos me revelaréis vuestro nombre? Así me será posible agradeceros en la forma debida. El hombre continuaba en silencio y ella creyó que tal vez no iba a salvarla, sino a entregarla a alguien más. Entonces vio el hilo de sangre que le corría desde el borde del guantelete hasta los dedos de metal. -Kae-musitó aquél dubitativo. -Gracias, Kae. Mi nombre es Niah-correspondió ella la deferencia. “Podría haberme arrojado a las llamas con el resto de los súbditos y los cadáveres de mi familia”, pensó fugazmente, no permitiéndose el lujo de llorar. Ya se ocuparía de vengar su memoria y restaurar en el trono a los de su estirpe; ella reinaría. La amenaza que había proferido contra Kae era real, a despecho de que en ese momento sintiera un mínimo de compasión por ese hombre que estaba a punto de desangrarse. Tal vez a él le perdonara, mas no a su hermano. El sol alargaba los primeros rayos en un cielo frío a duras penas iluminado. El aliento pálido del corcel negro se esparcía como una fina calima alrededor de ellos dos y las crines le azotaban la cara a la princesa Niah, que se iba quedando dormida. Pronto no percibió otra cosa que el galope constante del caballo. Y luego ni siquiera eso. Kae tiró de las riendas y el caballo fue aminorando la marcha, aproximándose a la grandiosa pared de roca violácea que se levantaba en medio de esa nada constante que eran las Tierras Blancas. Los picos llegaban más arriba de donde alcanzaba la vista y se extendían igual que el cuerpo de un lagarto estirado que dormitara plácidamente. De hecho, las antiguas leyendas afirmaban que el origen de esas formaciones rocosas era precisamente uno de los primordiales dragones que había luchado contra los demás por obtener el control del mundo. Al final, lo habían desterrado del corazón hirviente del planeta y al entrar en contacto con el aire del exterior su temperatura corporal había descendido condenándolo a un sueño eterno. Se contaba que, en verano, cuando el sol cae a plomo sobre los picos dentudos, es normal que el dragón se desperece y resuenen sus quejidos, y que grandes trozos de piedra rueden colina abajo. “Es curioso”, se dijo Niah despierta a medias; el nombre del dragón era precisamente Kaelus, que significaba Dragón del Cielo en una lengua arcaica que su padre le había enseñado. Kae venía a significar simplemente Dragón en aquel lenguaje. Sin embargo, no 7


era fácil asegurar que esa fuera la raíz de su denominación, pues había muchos más idiomas olvidados en su patria, y todos incluían la palabra Kae. -¿Te pusieron Kae en el lenguaje varan?-inquirió ella cambiando de registro, atisbando desde su ubicación que la falta de sangre hacía mella en él y lo debilitaba-Tú eres un varan-afirmó sin un dejo de duda: su aspecto y la entereza con que aguantaba el dolor se lo confirmaban. -Es de origen numalo-respondió él lacónicamente extrayendo de la alforja un trozo de tela y fabricándose un torniquete-Mi madre era de Numal. Niah sonrió. En numalo Kae era el nombre de un pájaro muy hermoso cuya principal y más curiosa cualidad era que permanecía horas y días cantando hasta fenecer de agotamiento. Le llamaban también “el ave que muere por la belleza” o “por amor”, porque las manifestaciones de su arte se producen durante la búsqueda de pareja. Kae parecía un individuo predispuesto al destino señalado desde su bautizo. -¿Y el tuyo?-preguntó Kae sacando a Niah de su ensimismamiento-¿Qué significa? -Es “Visión” en aikano, una lengua maldita que desapareció del mundo mucho tiempo atrás. Los aikanos solían nombrar a sus hijos con cualidades. -¿Por qué está maldita?-dudó para sí de una forma que le dio a entender a Niah que nadie se había ocupado demasiado de la educación de aquel caballero. -Porque era la que hablaban los de la Antigua Estirpe, de la que supuestamente desciendo. Eran gentes que poseían habilidades mágicas y eso ya no está bien considerado. Al menos de este lado del mundo. -La magia es inocua. Mi madre la usaba. -¿De verdad tu madre era una numala? ¿Alguna vez la viste subir al cielo? -Sí. Y ya no regresó. Eso fue porque mi padre no la trataba bien… ella me quería y en ocasiones la extraño… -Kae se detuvo, inseguro de porqué había revelado algo de naturaleza íntima a la princesa. -Si eres mitad numalo, quizás te esté permitido ir-alimentó su esperanza Niah. -No. El veto era que si ella volvía nosotros jamás la seguiríamos-Kae apuntó al grandioso planeta de color marrón rojizo que despuntaba en un firmamento cada vez más blanquecino. Kae tornó a espolear su caballo y se introdujeron en un pasaje estrecho entre dos paredes de roca infinitas. El sonido de los cascos rebotaba y perecía en ecos distantes al tiempo que la oscuridad era casi absoluta. Avanzaron hasta que el paso se ensanchó en una extensión de tierra verde en la que se recortaban aldeas desperdigadas alrededor de riachuelos serpenteantes. Columnas de humo surgían de las chimeneas de las casas y los aromas de la comida recién preparada se dispersaban en el valle. El hombre desestimó entrar en algún villorrio y continuó rumbo oeste campo a través. Niah estaba hambrienta por más que el nerviosismo y la pena le estrujaran el estómago, si bien no se atrevió a formularlo. Permanecer en un sitio era perder valiosa ventaja sobre los perseguidores, de haberlos. Dado que nunca había salido del reino, desconocía qué había más allá de sus murallas. La mayoría de sus nociones de geografía eran sobre pueblos olvidados arrastrados por las edades, o pertenecientes a un periodo de leyenda. Niah habría ansiado regresar a su tranquilo estudio a mirar las constelaciones junto a su pequeño hermano y a leer los interminables libros de la biblioteca. Ojalá aquello no hubiera sido otra cosa que una pesadilla. Ojalá… fuera igual a las otras mujeres y lograra expresar su dolor; pero la habían educado a la usanza de los hombres, tenía conciencia de que la vida era efímera y no le 8


cabía un segundo de vacilación. Debía dividir la mente en dos, atender al camino que recorrían para desandarlo luego de vuelta a casa y no perder detalle del comportamiento de Kae. Y eso era incompatible con un exceso de sentimentalismo. No iba a usar armas de mujer, como las denominaba su padre. Sabía que el primer requisito en pos de lograr el respeto de los hombres es ser igual de dura y bravucona que ellos, de nada vale intentar seducirlos porque eso únicamente les alimenta el ego. Su interés era someterlos al poder de la razón, ya que en la fuerza no era factible competir. Por este motivo, Kae se le figuraba un sujeto tierno –si la predicción de su madre en el momento de nacer había sido certera, lo cual era a todas luces probable. No sería necesario ser grosera con él, ya que su alma era pura. -¿Posees magia?-le dijo de repente. -No-respondió él sin titubear, más atento al paisaje y a la herida, que al fin cesaba de sangrar. -¿Alguna vez imaginas cómo habrá sido nuestro mundo cuando la magia estaba permitida? Numal debe de ser un sitio maravilloso-probó a tentarlo con su conversación. Kae permaneció taciturno. Niah se había vuelto extremadamente parlanchina de repente y eso complicaba la férrea disciplina que él se había impuesto buscando no representársela el objeto de su amor. Si se mostraba recio e impasible albergaba el anhelo de que le doliera menos el separarse después de ella; no obstante, su charla le resultaba tan atrayente… nunca ninguno de sus iguales le pedía su parecer acerca de nada, todos daban por sentado que el sabio era su hermano Idrish, que él era un estúpido por preferir el silencio. Niah podía ser cálida cuando quería y no era como esas otras mujeres que exigían sus atenciones mediante pestañeos indecentes. Ella era respetable por su título y por méritos propios. Le iba a costar apartarse de ella, aunque era por su protección. Si Idrish se enteraba de que continuaba viva… ¿A qué temía más, a su cólera o a lo que fuera capaz de hacerle a Niah? No, el más leve roce, el más pequeño rasguño lo volverían loco. Niah era delicada cual copo de nieve. Ya no le sería fácil habitar un mundo sin ella. ¡Ah, si fuera posible llevársela a Numal, libres de los lazos de sangre, perdonado! Desmontó del caballo y bajó a Niah con cuidado. La herida reciente le escoció, si bien por fortuna no se había clavado la hoja muy profundamente. Ató las riendas del animal a una rama baja de un árbol achaparrado dejándolo pastar tranquilamente. Había elegido ese sitio porque era posible oír en las cercanías el murmullo de un arroyo. Cogió a Niah de un brazo y la obligó a acompañarlo. -¿Qué vas a hacerme?-preguntó ella con un dejo de temor en la voz, lo que traspasó el corazón de Kae, a quien le abatía que su sola presencia fuera causa de tales recelos. ¡Si ella lo viera como a un hombre bueno! Kae señaló las apacibles aguas cristalinas del arroyo y eso pareció calmar a Niah, que caminó sin aprensión. Se arrodillaron a beber saciando la repentina sed que causan los caminos polvorientos. El hombre llenó una cantimplora que portaba amarrada al cinturón mientras la princesa se entretenía examinando los destellos del arco iris en la cascada y las coloridas mariposas que revoloteaban entre las flores. Si a Niah se le hubiera ofrecido escoger un lugar en el que detenerse a descansar las penas, en el que dormir un sueño eterno que la ayudara a olvidar lo que había presenciado, habría escogido ese paraje. En sus tierras no había naturaleza tan hermosa y diversa, solamente árboles tenaces y arbustos duros, animales rapaces nocturnos y las flores que

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daban algunas hierbas malas. No cabía duda de que su familia había ido tornándose como las tierras de su propiedad… ¿o habría sido al revés? Vio que Kae iba a por el caballo, que se había hartado de pastar, y lo conducía a la orilla, donde unas rocas formaban un semicírculo que conformaba a su vez un remolino minúsculo. Después de una huida infernal, el hombre recompensaba a su montura con aquello que una bestia considerara gustoso. Además, notó Niah, le prodigó caricias y frases cariñosas que le demostraban que se trataba de un buen señor. En muchas ocasiones había regañado a los caballeros de su padre por maltratar a sus pobres yeguas. Niah se sorprendió a sí misma reflexionando en que ella y Kae eran contrarios exactos. Él era fuerte por fuera y tierno por dentro, ella acusaba el aspecto de fragilidad de cualquier dama que se preciase y en su interior había logrado enterrar bajo una losa de piedra la pérdida de la familia, del hogar, de los títulos, de su universo… Por primera vez se atrevió a preguntarse qué iba a ser de ella. Su única opción era obedecer a Kae confiando en que no los hallaran; aparte de eso, no había otra cosa que oscuridad. No sabía de qué forma encontrar a los aliados de su casa, y tampoco estaba segura de que no los hubieran asesinado incluso a ellos. No estaba al tanto de la clase de pactos que mantenía su padre con los otros reinos, y si éstos tenían carácter post mortem. Se sentía desamparada y triste. No le importaba trabajar para ganarse el sustento, o ser la esposa de un campesino si ese había de ser su destino; no obstante, ese no podía ser su destino, ninguna princesa guerrera renunciaría a vengar a los suyos a favor de la comodidad de una vida plácida. Su deber era levantar las murallas del reino de Aven nuevamente. Prosiguieron la marcha. El clima iba haciéndose más húmedo y un cierto aroma a sal les llegaba con el viento. Niah tenía entendido que existía una superficie llamada mar, una extensión infinita de agua azul en la que se aventuraban los barcos de los pescadores de otros reinos. El suyo era uno interior, solamente comían el pescado que se obtenía de los lagos grises. Si estaban donde ella calculaba, significaba que al fin iba a conocer las fronteras, el punto exacto donde el mundo acababa y comenzaba Numal. Las colinas verdes fueron espaciándose, volviéndose planicies quemadas. La destrucción ya había pasado por allí, probablemente de la mano de la familia de Kae. Las aldeas no eran más que restos que habían dejado de humear hacía bastante, algunas construcciones de roca se habían venido abajo y solamente restaban en pie las melladas torres expuestas. El silencio aplastaba el ambiente como un aire malsano que manara de la garganta de la muerte. Había algo nefasto en aquel lugar, algo maldito y corrupto, una mezcla de lo anterior. Era un páramo de soledad rayana en la locura y Niah creyó que iba a enloquecer si había de permanecer allí mucho tiempo. Sentía que las fuerzas tenebrosas de los fantasmas rondaban clamando resarcimiento, tomando almas humanas en concepto de pago, que sus susurros viajaban anudados en la brisa envenenando la mente de quien los oyera. ¿Por qué Kae atravesaba ese campo desagradable? Lo miró. En él aparecían los mismos efectos perversos que en ella ejercía la destruida naturaleza del lugar, un vergel al que se había arrebatado la vida con el peor de los fuegos. Kae sufría más de lo que ella fuera capaz de advertir. Su corazón se contraía de angustia y no hallaba sosiego al cavilar en los próximos pasos respecto a Niah. Si había emprendido tal viaje, exponiéndose a que los hombres de Idrish dieran con ellos, era para llevar a cabo su plan, pero ahora dudaba y procuraba encontrar otra solución.

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No la había. Su deber era regresar al lado de su hermano, evitar que se enterase de su traición y procurar que su amor por Niah fuera sepultado en un abismo del que no regresara a atormentarlo. No había frontera a la que huir en un continente circular cuando su familia controlaba tres de los grandes reinos: Varan, el pueblo de las montañas; Aven, la fortaleza de los bosques y los lagos, y la región costera de Wyn, en la que se movían. Habían recorrido más de cuatro mil vastians, o lo que era lo mismo, cuarenta tians en un día, una nueva proeza de su corcel numalo. Cualquier otro animal habría tardado al menos el doble, por lo que los hombres de Idrish estarían a un día de distancia de ellos dos. Tenía el tiempo, necesitaba la coartada. Ante ellos apareció el vasto mar refulgiendo más que una estrella, el gigantesco planeta reflejado en sus aguas tumultuosas. El ánimo de Niah mejoró al contemplar el ocaso y la amplitud del mundo en aquellos lares, era como si la opresión de las paredes de su infancia, de su reino, del continente se resquebrajara y ella por primera vez tuviera conciencia de la claustrofobia de su existencia. Ya nunca más le sería posible recordar el mar sin experimentar añoranza, era la libertad, era… De entre las nubes blancas y rojizas que rodeaban Numal brotó un sendero largo y sinuoso que unía la costa con la niebla. Ella guardó la esperanza de que se tratara de un puente hasta el planeta mágico de sus quimeras; sin embargo, era comúnmente conocido que no había nexo alguno con Numal excepto cuando los habitantes de aquel planeta descendían al suyo; las conexiones se manifestaban sólo a los ojos de los que notaban los hilos mágicos que hermanaban las órbitas. Kae instigó a su caballo y recorrió en un santiamén el puente envuelto en nubes, lo que condujo a Niah a considerar que del otro lado había tierra. Aguardó impaciente a que sus pupilas lo descubrieran: hierba rala, rocas grises, un promontorio contra el que chocaban las olas en arremetidas furiosas. El caballo continuaba galopando y ella captaba con mayor claridad, ahora que las nubes se apartaban, una torre de un viejo castillo y un pabellón derruido. Habría sido un majestuoso palacio, incluso un rico sitial habría contenido en su interior. Empero eso, igual que su propio reino, era patrimonio del pasado. El caballo se frenó a una levísima indicación de su amo, quien ayudó a bajar a la joven princesa. El animal se entretuvo rápidamente, al tiempo que los dos humanos se detenían a contemplar la maravillosa factura de la puerta de la torre, que estaba entreabierta. -Supongo que desde arriba se debe de apreciar muy bien Numal, especialmente durante la noche-indicó Kae dibujando una sonrisa, lo cual sorprendió a Niah-Ven, te quitaré esto-sacó el puñal del cinturón y de un simple golpe desgarró las ataduras de la princesa. -¿Me permites subir?-quiso estar segura Niah, preguntándose si ese era el final de la travesía. -Sí-asintió Kae, su mirada azul chispeando de manera extraña. Niah entró en la torre oscura percatándose de que era muy espaciosa. Carecía de ventanas lo suficientemente grandes salvo en el piso superior, cerca de las almenas, a las que se llegaba mediante una escalera de caracol. Niah se atrevió a sortear los escalones quemados deseosa de no perderse el espectáculo del que había hablado Kae, el corazón alborozado de la dicha efímera del olvido. Entonces, un ruido la sobresaltó. Descendió los peldaños a trancos y saltos abalanzándose contra la puerta, que estaba cerrada. -¡Kae! ¡Ábreme! Kae apoyó la frente en la madera recia de la puerta que había atrancado con una pesada barra de hierro. Niah lo odiaría, Niah jamás entendería por qué la había traicionado, no 11


iban a conseguir escapar por siempre, no había dónde esconderse, Idrish los hallaría, los torturaría… él podía soportar el dolor, pero no iba a permitir que ella sufriera. Sí, eso era preferible. -Lo si… siento-tartamudeó ahogando un sollozo y llamó a silbidos a su caballo Niah gritó, golpeó y arañó la puerta hasta que el sonido de los cascos le reveló que él había partido.

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