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IX

A

lvad y su comitiva partieron de Aven sin regresar jamás. Al principio, Niah, llevada por una promesa de amor nunca pronunciada, dejó que su mente divagara y se recreara en la idea de un matrimonio. Pero las cartas que enviaba a Wyn no recibían respuesta. Ella recurrió a mil modos de conseguir noticias de él en su convencimiento de que Alvad no se encontraba en su reino, que se habría echado al camino a realizar visitas a los otros pueblos del continente o había emprendido un largo viaje hacia las tierras ultramarinas. Cualquier excusa que explicara por qué sus misivas parecían caer en saco roto. La llama de su amor se fue consumiendo por el soplo de la amargura. El aspecto taciturno, enfurruñado y por momentos melancólico que adquirió Niah lo pagaban los miembros de la corte que se interponían en su paso; sin embargo, fue un regaño innecesario a Nye lo que alertó a su padre, quien acertadamente concluyó en que su ánimo había decaído debido a la ausencia del rey de Wyn. Empleando el mayor tacto posible, abordó la cuestión de la que quería hacerla partícipe a pesar de lo doloroso que resultaría para Niah: el rey de Wyn no iba a corresponderla. -¿Por qué?-gritó Niah-Soy una princesa, ¿por qué no elegirme?, mis antepasados son de la más alta cuna. -No es por tu alcurnia, hija-respondió su padre en tono paciente. -¿Es que tiene contraído un compromiso?-se inquietó ella aferrando su brazo izquierdo, que sobresalía en jarra de la capa. -No que yo sepa. Tampoco iba a preguntárselo, como comprenderás. -¿Cómo puedo averiguarlo?-se preguntó Niah clavándole los ojos pardos a su padre. -Seguramente la hermana de tu madre, la condesa de Varinor, está al corriente de ese tema-bromeó éste-Aunque será mejor no desviarnos del asunto que nos reclama. Niah, escúchame bien: Alvad es mayor que tú… -¡Eso no es impedimento, tú eras diez años mayor que mamá!-se rebeló ella soltándolo. -¡Tú eres una niña que no sabe nada del mundo, y él es un hombre que fue hecho para el acero!-alzó la voz el rey de Aven, serenándose de inmediato-Sois el día y la noche, os odiarías en menos de lo que tardas en chasquear los dedos. Eres muy joven, aunque haya chicas que se casen a tu edad; tu mente es fresca e inocente, no eres capaz de advertir la diferencia de caracteres. Puesto que Niah estaba a punto de protestar, el rey quiso dar la disputa por concluida. -Él no te ama, Niah. Has visto lo que querías ver, y él habrá jugado un poco a confundirte; se considera con ese derecho por ser quien es. -No…-susurró ella mordiéndose el labio, decepcionada de lo duro y directo que estaba siendo su padre. En ese momento echó tanto de menos a su madre que creyó que las fibras de su corazón se iban a resquebrajar. 73


-Tarde o temprano, estarás de acuerdo conmigo-la abrazó su padre-El amor es más que un fuego ardiente en el pecho, el batir de un corazón o el deseo de la presencia del otro… el amor ha de superar la prueba más dura de todas: el paso del tiempo. Ahora te parece que morirás si no lo ves en un mes, y dentro de un mes habrá nuevas cosas que ocupen tu cabeza. Pasará un año y ya no te acordarás de su barbilla o de su andar. En dos años ya ni te sonará su nombre más que para arrancarte una sonrisa de tibio recuerdo. -¿Y si no es así?-Niah se aferró a su abrazo conteniendo las lágrimas. -Entonces accederé a hablar con él de tu futuro. Mas no esperes que eso ocurra. Él buscará mil maneras de evadir esa obligación, pedirá pensárselo, luego se embarcará en una campaña militar, hará lo que sea por estar lejos. Al final habrás ganado un marido derrotado que te odie por haber cortado su libertad o a un libertino que disfrute de destrozar tu entereza. Tal y como su padre había presagiado, el tiempo siguió su curso natural indiferente a los que esperan que se detenga en la dicha dilatando el arribo de los desvelos. Las ocupaciones diarias fueron suplantando el recuerdo de Alvad y en parte ayudó el que las damas de la corte encontraran asuntos distintos de los que cotillear, lo que no era óbice para que vez en cuando a alguna se le escapara un suspiro al comparar a tal o cual caballero con aquel rey pelirrojo. A Niah la sorprendió esa extraña cualidad de la memoria de empujarnos al olvido a pesar del empeño por que eso no suceda. Cada noche se sentaba junto a la ventana a contemplar el anaranjado planeta refulgente enumerando los momentos compartidos con Alvad, y cada noche perdía un detalle, el color de su ropa ese día, la forma en que la había mirado, cosas sencillas. Hasta que se le borraron elementos más importantes, como el exacto tono de su piel, si tenía o no pecas en el rostro, el sabor del beso que le dio en el jardín. Pronto Alvad se fue quedando atrás, sin noticias, sin posibilidades de ir a su reino porque no hallaba pretexto y él estaba ausente continuamente. ¿Por qué se enfrió su amor? Nunca le sería dado contestar a esa pregunta. Tal vez eran las palabras de su padre que habían hecho mella, o tal vez era que realmente nunca había sentido más que una admiración exacerbada por su juventud. La madurez que le habían aportado los años, la sabiduría que había ido adquiriendo, su fortaleza, bien le habrían valido el reconocimiento de Alvad; no obstante, ella ya no necesitaba de su aprobación, no sentía que hubiera que demostrarle nada. Se mostraba altanera en ocasiones, lo notaba en los murmullos de la corte, pero no era más que la consecuencia de ser una mujer independiente. Ya habían pasado cinco años de su fugaz enamoramiento, por lo que mucho había llovido desde entonces. El rey de Varan acababa de morir en su lecho, viejo y aborrecido, abandonado por la doncella de Numal a la que había atrapado cuando ésta había descendido a propagar un mensaje y con la cual se había desposado haciendo valer la ley del vecino planeta. Sus hijos iban a repartirse el reino en cuatro condados que a Niah le habrían bastado para vivir dignamente siendo buena administradora, pero que a la ambición del mayor, Idrish, era insuficiente. Varan arrasó Wyn con la potencia de su caballería en un ataque rápido de una sola jornada de lucha. Cuando los aciagos rumores de la derrota se asentaron en Aven, ya era tarde, se suponía al rey Alvad asesinado, si bien no había testigos de su muerte, ni de dónde había caído su cuerpo. Niah, su padre, nadie había contado con la oportunidad de reflexionar largo y tendido sobre aquel tema, puesto que Aven corría serio peligro, como demostró el incendio de la ciudadela apenas unos días después del que consumió Wyn. 74


Alvad estaba allí, cerca y lejos a la vez. El duelo que se había visto forzada a posponer ya no parecía tener sentido si su alma continuaba en el mundo, era una cicatriz curada que no había dejado marca. Sí, el espíritu de Alvad había jurado resguardarla, su protección era algo con lo que había soñado a sus quince años. Sin embargo, ella no era la misma chica que a los quince, y él ya no era su maravilloso príncipe. Él era un hombre que se revelaba poseedor de las carencias, virtudes y defectos de las que había hablado su padre, contra los que se había rebelado y los cuales estaba experimentando en carnes propias. Al cuidador le extrañó que la prisionera no intentara una segunda huida, no obstante, puesto que ese día había que arreglar los desperfectos que había ocasionado la tormenta en la villa, no andaba con ánimos de defenderse de sus acometidas. Le arrojó la comida rancia que había sobrado en la fonda y cerró de un portazo. Niah despertó tras aquel ruido percatándose de que ya era bien avanzada la mañana. Se estiró haciendo crujir los huesos, cuidando no mover demasiado la pierna. Ars dormitaba a su lado inflándose igual que una bola de plumas a cada inspiración. Había pasado la noche soñando con Alvad, rememorando esos días felices en los que estaba tan segura y confiada de la eternidad de lo que conformaba su estrecho mundo. Ahora que su mundo se había estrechado todavía más, la duda acerca de qué sería de ella, si era forzado esperar hasta la derrota de Idrish cobraba gran relevancia. Su padre era un espectro, ¿de qué forma iba a cambiar algo del mundo de los vivos? ¿Y asimismo mediante qué trucos Alvad iba a resguardarla de los espías del rey de Varan? Lo único de lo que realmente ansiaba estar segura era de que sus palabras habían llegado a Kae. Quería extender un brazo en el aire y sentir que de alguna manera sus dedos tocaban los suyos del otro lado de esas montañas azulinas. Porque se reafirmaba en que ese hombre era un juguete en las manos de su siniestro hermano: él lo había moldeado, Kae había sido arcilla y el asesinato de su padre le había abierto los ojos al horror de su sometimiento. Niah pensaba en él, encerrado en su cochambrosa celda, como en un asceta de Numal, un monje que desdeñaba el mundo visible y material en favor de esa otra realidad ajena a los sentidos. Por eso persistía en que conseguiría tender los dedos y rozar los de Kae, ambos estaban conectados a través de un mismo deseo. -¿Me percibes, Kae?-se recostó en la ventana estirando el brazo, reflejando el sol del mediodía en su piel-¿Puedes oírme? Condenado a una penitencia que no te corresponde solamente por defenderme, por guardar el secreto de mi escondite. Yo no debía vivir, y por eso ninguno de los dos vive. Ars pio a su espalda intentando reacomodar el ala rota. Niah ladeó el rostro alargando el cuello, buscando que la luz le diera en la cara y le calentara las mejillas heladas. -Somos dos bailarines ciegos y sordos en un salón a oscuras. Sé que estás ahí, te siento, pero no consigo acercarme. Sé que tu anhelo sería venir a salvarme, llevarme lejos de aquí. Y sólo por eso te amo. Entraron en la villa al galope, destruyendo lo que hubiera delante, como era precepto entre los caballeros de Idrish. Sin perder un ápice de prepotencia, descendieron de sus negros corceles ataviados en sus negros ropajes, exhibiendo la librea de la casa de Varan. Los habitantes de la villa optaron por esconderse de inmediato en sus hogares y desmontar los tenderetes antes de que a alguno se le ocurriera prenderles fuego, ignorantes de que lo que esos hombres buscaban era a Niah.

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Habían revuelto cada poblado a su paso, encontrándose situaciones de lo más inverosímiles, como padres que vendían a sus propias hijas con tal de que los varan no quemaran las cosechas o los productos; sin embargo en seguida se descubría la verdad. Las jóvenes desconocían el aspecto de Kae, ninguna era de noble cuna, ninguna era más que una campesina aterrada. Y el terror y la ignorancia son difíciles de camuflar. Ya sólo restaban las tierras de Wyn en las pesquisas. Eso si Kae no había sido particularmente veloz y la había embarcado en una nave que la condujera a las islas ultramarinas. Entonces habría que arriesgarse a un naufragio y, si sobrevivían, tendrían que dedicarse a realizar pesquisas en tierras hostiles de salvajes que hablaban en la arcaica lengua aikana, la estirpe otrora viajera y fundadora de las dinastías de Aven y Wyn. Doiren, el caballero que iba a la vanguardia, se quitó los guantes de piel oscura en cuanto se interpuso el enorme corpachón del cuidador de Niah apostándose en el medio del camino. -¿Quién eres tú?-le dijo al gigante. -Soy el guardián de la villa-sonrió él enseñando sus dientes amarillentos. -¿Qué? ¿Acaso eres tan estúpido que no te has enterado de que esta villa está bajo la jurisdicción de Varan? No necesitáis guardianes, nosotros somos la ley-lo increpó Doiren, cuya cabeza apenas llegaba al esternón del gigante. -Era el guardián mucho antes de que vosotros gobernarais estas tierras-fue deferente a pesar de que el otro le había hablado con excesiva familiaridad-Hay asaltantes, asesinos y otras alimañas que sacuden los caminos. -¿Por qué no te apartas y nos dices dónde está la posada? -Solamente encontraréis una fonda, no hay casa de huéspedes-respondió el cuidador riéndose internamente. -Lo que sea-escupió Doiren, quien instó a sus tres compañeros de parecidas pintas de bandidos. -Por aquí-los condujo el gigantón especulando sobre qué réditos sacaría de la presencia de aquellos hombres en la villa. “Quizás me nombren alcalde, o policía mayor. O tal vez les haga falta un buen verdugo. Lo que sea que dé el mejor sueldo”. La fonda era un cerrado salón con una barra de madera al final, donde se apostaba un flaco y desdentado patrón que lavaba los vasos usados el día anterior. Allí la actividad no comenzaba hasta el mediodía, cuando la gente de la villa y, sobre todo, los viajeros, entraban a saciar la sed o a satisfacer el hambre de la jornada. Era demasiado temprano aún para que el cuidador de Niah fuera a por su ración de comida, por lo que la jarra de latón en sus manos rodó al suelo en un estrépito metálico. -Buenos días, Antoin-lo saludó el posadero cuando éste se acodó a la barra seguido por los cuatro espías-Es un poco pronto, pero creo que puedo prepararte… -No te molestes-lo frenó con un ademán, aunque fue su gesto y la voz afilada lo que detuvo al hombrecillo. Antoin no quería que sus acompañantes comenzaran a hacer preguntas estúpidas. Los cuatro varan se sentaron alrededor de una de las cinco mesas del estrecho local. El posadero rodeó la barra yendo a tomarles pedido, excusándose porque no había siquiera encendido el fuego. Prometió entre balbuceos preparar una comida rápida y se perdió escaleras abajo en el sótano que era su despensa. -¿Venís por el tributo?-Antoin inició una charla informal desde su ubicación.

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-No te interesa estar al tanto de nuestros asuntos-respondió el que era bajito, rollizo y cuellicorto. -Buscamos a una persona-el que había sido el interlocutor de Antoin hasta el momento, tomó la palabra mirando por la ventana y jugueteando con unas piedras que chocaba contra la mesa-Una mujer. -Por aquí no hay casas de citas-gruñó Antoin-Estas gentes están demasiado cerca de Numal y eso les afecta el juicio-se tocó la sien con el índice. -No nos referimos a esa clase de mujer-alzó la comisura el jefe asqueado del prosaico guardián-Buscamos a una joven de Aven. “De Aven”, resonó la frase en los rincones de la mente de Antoin. Sujetó sus rasgos para evitar cualquier signo que delatara su euforia. La niña esa era de Aven, su forma de hablar lo denotaba, sus vestimentas y sus ínfulas. -¿Se puede saber con qué motivo? -Alta traición al rey Idrish-las piedras produjeron un chasquido similar al de un trueno que cae lejano. -El castigo es la muerte-Antoin no consiguió retener un tono agudo casi de reproche ante la posibilidad de no recibir nada a cambio de su información El jefe ensanchó su sonrisa llena de desprecio. -¿Y? -Y… que si alguien supiera dónde está la mujer y os lo dijera, ¿qué sucedería con ese alguien? ¿Habría una recompensa por su ayuda a la justicia?-Antoin recondujo la conversación a un aparente tenor casual. -Debería sentirse satisfecho si no lo matamos a él también por cómplice necesario. ¿Por qué te preocupa? ¿Sabes tú algo?-lo interpeló el jefe entrecerrando los ojos al reprimir un bostezo. -No, es para estar alerta si me llega un rumor-alzó las palmas el custodio de Niah¿Se puede preguntar qué ha hecho ella? -Brujería-zanjó Doiren justo cuando el posadero esparcía botes de encurtidos, carne salada y grandes jarras de aguadulce de Wyn en las cuatro puntas de la mesa. -Le he preparado lo de costumbre-añadió el desdentado posadero a Antoin enseñándole el hatillo en el que había dispuesto la comida que sobrante de la cena de la noche anterior: carne dura de mormak hervida y patatas asadas. -Ah, bien-disimuló el gigante. -¿Para quién es eso?-curioseó Doiren masticando. -Para mi perra-mintió veloz Antoin-Voy a llevarle estas sobras-se excusó sacando su corpachón fuera de la fonda. Una vez en el exterior supuso que no era sensato seguir un camino recto hasta la torre, no fuera que esos tipos sospecharan de él. Así que primero visitó al honesto escribano que lo había empleado tras la desaparición de los dos albañiles itinerantes que él mismo se había encargado de apalear y de convencer de que serían asesinados por los hombres de varan si continuaban cuidando de la detenida. A ese par no se le iba a ocurrir nunca más ocupar un puesto que no les correspondía. Antoin salió de la escribanía para luego dar unos cuantos rodeos entre talleres, casas particulares y tenderetes. Cualquiera hubiera creído que no estaba más que cumpliendo con su deber de guardián visitando a las personas que había de proteger, interesándose por el estado de sus negocios, como asimismo actualizándolos sobre las intenciones de los recién llegados. Más de dos horas después de haber dejado la fonda se dirigió a las ruinas 77


del castillo cruzando el estrecho camino de roca. La niebla lo ocultó de cualquier mirada indiscreta mientras sacaba la llave de hierro, la hacía girar en la cerradura, entraba, subía las escaleras y se tranquilizaba al ver a Niah sujetada a la pared por los grilletes. -Estaba seguro de que eras una bruja-se enorgulleció de su buen tino Antoin golpeándose el pecho con el índice. -¿De qué hablas?-soltó Niah con el gesto hosco, la espalda pegada al muro negro, las manos protegiendo a su querido Ars. -Los espías de Idrish te buscan, ¿eres tú quien lo enloqueció? Dicen que en la toma de Parmon le dio una furia asesina, que se mantiene rodeado día y noche de custodios. Hasta duerme con la espada a su lado, preparada-Antoin la cogió de la pierna tirando de ella. -Si soy tan poderosa, ¿por qué a ti no te hago lo mismo?-forcejeó ella. -¡Porque yo soy listo!-se carcajeó él-Yo me protejo bañándome en las aguas del río Galen, aquel que vosotras las hechiceras teméis porque Numal se refleja cada noche en él. -¡Qué estupidez!-ahora fue Niah la que se carcajeó de la superchería de aquel bruto-La magia no existe en estas tierras, tal vez existió hace muchos años, mas ya no la hay fuera de Numal. -Calla-Antoin se puso rojo de rabia, no soportaba que esa mujer se burlara de él-No me es posible venderte a los espías porque imaginarán que te doy cobijo, sólo puedo guiarlos hasta ti. Quizás entonces me reserven alguna recompensa. -¡No! ¡Te lo ruego, no lo hagas!-Niah se arrastró presa del pánico, pero él arrugó los labios con amargura. -¿Ahora no me desprecias? -¡Les diré que eras tú quien me mantenía encerrada aquí!-cambió de táctica. -Haz lo que quieras-Antoin se retiró encogiéndose de hombros-¿A quién van a creerle? ¿A ti o a mí? El enorme cuerpo fue desapareciendo poco a poco escaleras abajo y Niah comprendió que había algo incluso peor que ser maltratada por ese hombre, y eso era ser asesinada por varios más. Imaginaba que la humillación vendría dentro del precio de su cabeza, lo cual le llenó las venas de rabia. ¿Cuándo se había vuelto débil, falta de confianza? Miró hacia la ventana desde la que le llegaba el rumor eterno de las olas. Deseó saltar al mar, escapar bajo la espuma a nado y arribar a las costas de las tierras lejanas, libre. A lo lejos, las nubes negras del invierno iban formando una masa compacta cargada de lluvia y truenos. Si Niah no hubiera estado rumiando una tortura lo suficientemente dolorosa que aplicarles a Antoin y a Idrish, se habría percatado de lo que aquellos vientos auguraban. Ya la noche había caído cuando Antoin regresó a la fonda, imitando el rostro desencajado de quien descubre una verdad que le significa la horca. Entró con gran aspaviento, apretándose el pecho debido a una supuesta carrera; sin embargo, los espías de Varan no se hallaban a la vista. Recuperó la compostura en un santiamén y en cuatro zancadas de sus gruesas piernas se encaramó a la barra. -¿Adónde se han ido?-inquirió propinando un puñetazo sobre la madera sin brillo. -Se… se marcharon hace unos minutos-se retrajo el tabernero-Rebuscaron en los alrededores y decidieron retornar al camino para no dormir al raso. -¿Por qué camino?-vociferó Antoin abriendo la puerta de un tirón.

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-El de las costas, según comentaban-se defendió el posadero desde su ubicación, pero ante su sorpresa el hombretón no la tomó con él y se largó tras la pista de los caballeros de Varan. Antoin se dirigió, entonces, al camino de las costas, el que partía del borde mismo de la villa y bordeaba la playa retrocediendo al interior del continente. Una nueva tormenta se acercaba en el horizonte, las aguas del mar comenzaban a encabritarse del modo en que solían hacerlo en esa tierra húmeda y de climatología endemoniada. Por fortuna no habían avanzado mucho, preocupados en derribar cada entrada de cada casa con tal de descubrir si Niah se hallaba dentro escondida. Pronto se les acabarían los caseríos que revolver y una vez en pleno bosque él los pondría al corriente de la noticia. Después de golpear repetidamente a una mujer que se parecía físicamente a la prisionera de la torre, hicieron amago de secuestrarla, lo que habría arruinado su plan. -¡Alto, esperad!-emergió de entre los árboles-Esa mujer no es a quien queréis. La mujer derramó unas lágrimas de agradecimiento chillando loas a su salvador, el guardián de la villa, que la censuró mediante una mirada de calculada sangre fría. -Es la esposa del curtidor, ha vivido aquí toda su vida, sus padres habitan la casa aquella-señaló con el dedo el humo de una chimenea. -Se la ve demasiado engalanada para ser una simple curtidora, sus manos no tienen ni callos ni están hinchadas de lavar la piel-objetó uno de los varan. -Ella no ayuda a su marido-sonrió Antoin esbozando una mueca-Siempre nos ha dedicado sus aires de gran señora. El varan que la apresaba no relajó su agarre. -¿Quién lo corroborará? -Cualquiera-desplegó las palmas Antoin-Acompañadla hasta la casa paterna y recibiréis más confirmaciones. Doiren asintió en un corto cabeceo y el mercenario tiró de la mujer, que lloraba y suplicaba piedad. Una vez estuvieron fuera de vista, Antoin retomó la pantomima. -No sería justo que os llevarais a la persona equivocada-comenzó-Os he alcanzado porque sospecho que he localizado a la verdadera. -¿En serio?-se mostró suspicaz Doiren, lo que el guardián interpretó como el momento de desvincularse de aquello. -Así es. Salí a realizar averiguaciones en el pueblo y, tal parece, alguien ha estado ocultando a una muchacha de las características que habéis descrito. Se cuenta que por las noches se oyen voces provenientes de la torre-señaló hacia el torreón del castillo en ruinas que se alzaba entre la niebla y los rayos. -¿La has visto con tus propios ojos?-continuó Doiren distrayendo a Antoin mientras le hacía una seña imperceptible a su compañero -Sí. Fui a la torre… Alguien la ha estado alimentando-se desmarcó-Si os dais prisa cruzaréis el puente hasta el castillo antes de que descarguen las nubes. -Muy bien-Doiren repitió la seña, a lo que el subalterno respondió desenvainando disimuladamente el puñal que se ataba a la cintura-¿Nadie ha desconfiado? ¿No has hablado con nadie de esto? -De ninguna manera-se apresuró a desmentirse Antoin, confiado en que ganaría enteros de cara a recibir una recompensa-Vine directamente a explicároslo. Entiendo que es un asunto de capital importancia para Varan, para todos nosotros-se corrigió añadiendo una reverencia tosca.

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-Perfecto, entonces. Mi amigo te dará algo por la información. No te irás tal como has venido-sonrió falsamente Doiren, lo que a Antoin pasó desapercibido debido a la noche oscura y a su propio aturdimiento al pensar en lo que recibiría, quizás monedas de oro, o tal vez un corcel velocísimo o un título vitalicio de guardián. Doiren pasó de largo de él, tirando de las bridas de su caballo, al que enfiló en dirección a la península. Antoin se giró a verlo partir antes de volverse al hombre que debería pagarle sus servicios. Desgraciadamente, lo único que obtuvo fue un dolor frío en el cuello y la sensación de que lo habían traicionado en los segundos escasos que tardó en perecer producto de un corte profundo y directo que lo tumbó en el suelo entre estertores. El rostro se le contrajo en una mueca de sufrimiento, horror y violencia. Su asesino limpió la hoja de la daga esperando a que sus compañeros regresaran de la casa de los familiares de la curtidora. El viento tormentoso agitó las copas de los árboles levantando remolinos que casi lo derriban junto al cuerpo del basto guardián. Su caballo relinchó de terror contagiando a sus congéneres, que escaparon a la carrera dejando rastros de baba sin que él lograra detenerlos. Maldijo la estupidez de las bestias, aunque el estómago se le retorció con un espasmo supersticioso al darse cuenta de que acababa de matar a un hombre. Un hombre desarmado. Un hombre que no iría jamás a los Jardines sino al ardiente Angod. El mismo hombre que se levantó con la cabeza medio cercenada y la sangre todavía manando de su boca. El puñal resbaló de su mano sudorosa. El cuerpo del mastodóntico guardián se agitó cual marioneta echando a andar en movimientos demasiado torpes. Previendo que los músculos se le entumecerían de pánico si permanecía al alcance del muerto, el soldado de Varan corrió hacia el humo de chimenea llamando a voces a sus compañeros. No obstante, el silencio apenas roto por sus pasos asustados le anunciaba su completa soledad. Miró encima de su hombro: el muerto no caminaba tan aprisa, lo había perdido. Topó con la construcción de piedra de la que surgía el humo, la rodeó en pos de la entrada, pero las luces de aceite no desvelaron ninguna figura en movimiento en el interior. Acercó el rostro a la ventana y vio a la mujer en el suelo, posiblemente desmayada. No había rastro de los suyos. Tornó a rodear la cabaña, esta vez en el sentido del establo, que permanecía igual de vacío. No lo entendía. ¿Por qué habrían dejado a esa mujer sola? ¿Habrían hallado a sus padres y los habían llevado a algún lugar? Tal vez adonde escondieran un buen botín por el que intercambiar a su hija. La codicia envalentonó al espía, que pronto olvidó el miedo y apartó ramas con sus manos en busca de huellas. La lluvia que comenzó a caer en un frío sirimiri le heló los huesos, que ya venían bastante congelados por su repentino baile con la muerte. Esos huesos se volvieron de hielo cuando distinguió en la maleza los cuerpos de sus compañeros atravesados el uno por la espada del otro. El viento sacudió los bajos de su capa oscura trayéndole el rumor de una voz apagada. Un escalofrío le recorrió el espinazo, desenvainó su espada dispuesto a enfrentar al causante de la defunción de sus dos compañeros. -Pagaréis-rugió atronadoramente Alvad flotando como la niebla, acercándose al hombre hasta clavarse frente a sus ojos. Aquél lo atacó a golpes de espada, mas no hubo manera de deshacer esa presencia, que lo envolvió en un manto de niebla sofocante, cegando su vista. La desesperación apresó al varan, a quien le resultaba imposible evitar que el aire denso y blanco fuera penetrando en

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sus fosas nasales, ahogándolo. Abrió la boca en busca del oxígeno y también por ese orificio se introdujo la niebla, que succionó hasta desinflarle los pulmones. Al soldado de Varan le restaba un mínimo de consciencia que empleó en arrojarse al suelo con los brazos en cruz, lo cual no venció a la enloquecedora presencia que esperó a que el corazón del espía cesara de latir en tristes y espasmódicos intentos de supervivencia.

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Índigo 9  
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