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VIII

L

as nubes se revolvían en remolinos, grises y negras, derramando gotas gruesas sobre el mar color índigo. Las olas del rompiente salpicaban de sal el rostro de Niah, que acariciaba al pájaro azul al que había bautizado con el nombre de Ars –fuego– por la sensación de calidez que su amigo le reportaba, a pesar de ser un amargo recordatorio. Ambos miraban en dirección al amplio mundo, a los vuelos rasantes, aparentemente caóticos de las otras aves que buscaban guarecerse de la lluvia y del viento que arrasaban la costa. La joven princesa exhibía un moratón en el rostro, justo debajo del ojo izquierdo, cortesía de su nuevo cuidador. Al día siguiente de la llegada de Ars, Niah oyó golpes de maza contra la pared recientemente levantada, lo cual le dio esperanzas de que los villanos se hubieran arrepentido de su accionar, incluso que quien estuviera deshaciendo la piedra fuera el mismísimo Kae tratando de liberarla. Se lanzó escaleras abajo arrastrando la pierna herida, procurando no delatarse por si quien había del otro lado era en verdad un enemigo. Unos haces diminutos atravesaron las juntas de las tablas de la puerta. Niah se decidió a forcejear con quienquiera que fuera aquel que tenía la misión de entrar en la torre si éste no demostraba ir en son de paz, y luego escapar sin mirar atrás. La madera crujió dejando un resquicio por el que entró el polvo del cemento. Niah intentó sacar el cuerpo por aquel intersticio. El resultado fue un empellón por parte de un hombre gigantesco y un golpe en la cara que la derribó al suelo. Ni siquiera alcanzó a ver el aspecto del individuo, solamente se le grabó en las retinas su estatura descomunal, como descomunales eran sus puños, apéndices de unos fornidos brazos. ¿Esa era la gente que contrataba Kae para mantenerla cautiva? ¿Es que era necesaria tanta violencia, tantas vejaciones? Nunca había sido una princesa remilgada, ni alimentaba esa apariencia tampoco, por lo que no comprendía que hubiera de aprender ninguna lección de humildad. En ello pensaba Niah cuando Ars desplegó las alas, nervioso. Otro pájaro aleteaba frenéticamente contra las ráfagas, que lo hacían dar bandazos. -Tranquilo, es uno de los tuyos-le dijo Niah suavemente, rozando su plumaje con las yemas de los dedos. Pero no era que Ars estuviera inquieto por una cuestión territorial, sino que le preocupaba el estado de su compañero, razón por la cual alzó el vuelo yendo a su encuentro. Lo rodeó y lo fue conduciendo a la torre sirviéndose de los vientos favorables. Niah debió apartarse, pues los dos animales se derrumbaron en el interior de la sala quemada. Los dos pájaros estaban empapados, sus garras resbalaban en la fría piedra renegrida causándoles no pocos problemas de estabilidad. Niah los envolvió en una manta y se rio de lo desvalidos que se veían. 65


-¿De dónde vienes? ¿Os conocéis?-les preguntó, aunque sabía que no iba a recibir respuesta. El invitado correspondió a Niah restregándole la cabecita contra su mano, lo cual no agradó a Ars, que gorjeó enconado. -Sí que sois cariñosos, vosotros-sonrió Niah-¿Quieres comer algo?-partió un pan duro en varias migajas que el pájaro no tardó en deglutir ante la envidiosa mirada de Ars. El nuevo compañero de cautiverio de Niah permaneció en la torre el resto de la tarde. Cuando se hizo la noche, la joven se echó sobre el montón de trapos que eran su lecho tapándose con una manta deshilachada. Los dos pajaritos se aovillaron en el alféizar de la ventana, si bien el recién llegado no se durmió de inmediato, esperó a que la princesa entrara en el calor del sueño y poder así acercarse a ella. Se sentó junto a su oreja derecha, envolviéndola con el ala antes de ponerse a trinar una melodía que no se asemejaba a la de ningún ave, pues no era estridente ni aguda. La canción que ejecutaba demostrando una infinita gracia podría haber sido digna de la mente de un compositor. La música se fue confundiendo en los sueños de Niah, que se transportó a un universo de color diferente al de la torre en la que estaba confinada. Allí, no obstante, se percibía el rastro del dolor, y poco a poco el denso y brillante follaje de un bosque de maravillas se fue convirtiendo en la putrefacta celda de un castillo. En un rincón dormitaba un harapiento, que se sacudió ante el llamado del carcelero. Detrás del obeso funcionario venía Idrish, al que reconoció por el saludo que el andrajoso, que no era otro que Kae, le dispensó. Niah asistió horrorizada a la conversación que ambos habían mantenido antes de que el joven príncipe le pidiera a aquella misma ave que transmitiera su mensaje a la princesa. Niah despertó al rayar el alba, desconcertada. De modo que Kae había sido prisionero de su hermano y por esa razón no había acudido a buscarla. Había intentado cuidar de ella, sin embargo las cosas se habían torcido y ahora él pagaba las consecuencias dejándose morir en aquella celda. Las lágrimas de desconsuelo acudieron a sus ojos. La impotencia tornaba a cegarla. No había manera de escapar para ninguno de los dos. -Kae, he sido injusta. Con mi salvación queríais redimir el terrible acto que vuestro hermano os forzó a cometer. Pero miraos, miradnos. ¡Sin nuestra libertad no valemos nada!-lloró aporreando la pared-Y tú, pajarillo, gracias por traerme estas noticias. Te daré yo otras que le lleves a él, así recobrará fuerzas al saber que le perdono y le deseo el mayor bien, pues es un hombre noble. A despecho de agradecer el gesto de Kae, dudaba de que estando él también en prisión su propio cautiverio pasara inadvertido a los espías de su hermano. Era cuestión de tiempo que el rumor llegara a Varan y los hombres del rey fueran a por ella. ¿La ajusticiarían allí mismo, sin testigos, o por el contrario preferirían someterla al escarnio público? Ojalá no tuviera que descubrirlo. El pájaro batió las alas antes de despegar en un día en calma. Le esperaba un largo trayecto y acaso otra magra recompensa como la que le había dispensado Niah. La princesa esperaba la llegada de su violento guardián de un momento otro. Ante la mirada inquisidora de Ars, Niah desenvolvió el artilugio con el que le habían inmovilizado la pierna, a la que remolcaba en una renquera bastante notable. Lo había modificado convirtiéndolo en una punzante arma que planeaba blandir contra su cuidador. Así, en cuanto oyó el inconfundible sonido de la llave en la cerradura y la pesada barra deslizarse, 66


le saltó al gigante desde las sombras atizándole con aquel instrumento. El gigante a punto estuvo de perder el conocimiento. Niah no gastó un segundo y se arrojó puertas afuera, seguida de Ars, que atacó al hombre a picotazos. Niah corrió a duras penas lastrada por aquella pierna que casi no le respondía y con su mascota revoloteando a su espalda, respirando el aire puro de después de la tormenta, probando la sensación de los espacios abiertos. Hasta que el impacto de un pedrusco en los hombros la derribó al suelo. Con dificultad se puso de pie nuevamente, lanzando vistazos al gigantón, que recortaba distancias pese a su corpachón pesado. Ahora que le veía el rostro, le aborrecía más. Era una cara minúscula en comparación con su estructura ósea, con unos ojillos estrechos, astutos, y una gran nariz chata que coronaba una sonrisa de bobalicona malicia que le hablaban de un amante de la violencia. Ars chilló. Allí delante estaba el estrecho que conectaba península y continente. Niah realizó un supremo esfuerzo por avanzar más rápido, pero su pierna mala era un impedimento. -¡No! ¡Estoy tan cerca, tan cerca!-gimió al notar que el hombretón ya estaba a unos escasos metros. Sintió que la aferraban del pescuezo, tras lo cual el oxígeno ya no llegó a sus pulmones. Comenzó a desvanecerse en un último vistazo al puente sumido en nieblas, que se cubrió de oscuridad. En las sombras, otra sombra se recortaba entre ellas. Tenía forma humana. Se inclinó a mirar a Niah buscando comprobar su estado. Ella no lograba discernir qué se suponía que era lo que la observaba. La sombra entre sombras se fue disipando a medida que sus ojos se abrían acostumbrándose a la penumbra sempiterna de la torre. La eterna torre de la que no conseguía escapar como si estuviera amarrada a ella. Un ruido de cadenas la obligó a girar el rostro a un costado. Estiró un brazo recibiendo tensión en la muñeca. Al principio pensó que se la había roto, mas luego reparó en que percibía frío, igual que si la tuviera rodeada por… hierro. Niah se levantó de golpe estirando la extremidad que había sido ceñida por unos grilletes encadenados a la pared del primer piso de la torre. Fantástico. A cada nuevo intento de escapatoria, una nueva medida que lo impidiera. -¿Ya estás despierta, sabandija despreciable?-le espetó su amable cuidador secándose la saliva con el dorso de la mano. De su cinturón pendían las herramientas que había utilizado en la concreción de su tarea. -¿Quién es tu jefe? ¿Quién te manda?-rugió Niah previendo que ese desalmado fuera un súbdito de Idrish. -El dinero-respondió el hombretón secamente-Me pagan una pequeña fortuna por evitar que escapes de aquí y alguien se entere de tu paradero. Tal parece que un joven rico dejó instrucciones de que se cobraran estos gastos de su propio peculio. Unas arcas llenas de oro dicen que son. Me gustaría echarles un vistazo un día de estos-se relamió enseñando unos dientes mellados y negros. -¿Sabéis dónde está ese joven?-indagó Niah deseosa de descubrir dónde estaría encarcelado Kae. -No. Yo no trato con él, me contrató su administrador, uno de esos honrados escribanos. Ni siquiera me han dicho de qué escondrijo sale el dinero. A mí me da igual mientras cumpla.

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-El que incumple su deber eres tú tratándome rudamente. Pues dile de mi parte al honrado señor que no necesito estar aquí, sino que ha de utilizar ese capital para liberarme y ayudarme a esconderme, y asimismo hacer lo propio con… -¿Con quién?-se interesó de repente el guardián-¿Eh? Niah no quiso continuar. Si les decía que Kae estaba preso, el granuja no tardaría en apalear al escribano y robarle el botín a sabiendas de que no recibiría por ello reprimenda alguna del interesado. -Yo también puedo pagarte una gran suma de dinero si me sueltas-ofreció Niah, una mentira, pues no restaría tesoro en Aven, se lo habían llevado los Varan -¿Tú?-carcajeó estridentemente el gigante propinándole una bofetada a Niah, cuyo cuello crujió por la intensidad del manotazo-Tú no tienes nada más que escrúpulos, niña astuta. Te crees que me vas a embaucar. Si fueras tan rica no habría sido un noble preocupado por mantener su reputación lo que te mantuviera viva, habría un ejército pronto a liberarte. -¿Mantener su reputación? ¿Piensas que él me retiene aquí porque soy su amante?se enfureció ella haciendo tintinear las esposas. -¿Por qué otra razón querría tenerte apartada? ¿Lo has chantajeado, eh?-se acercó a Niah echándole su putrefacto aliento-¿Le has exigido que te desposara? -¡No!-se revolvió Niah-¡Nada de eso, te equivocas! Aunque tampoco iba a revelarle la verdad, de lo contrario los espías de Idrish se abatirían sobre ella. ¿Quién iba a matarla primero? -Mi salvador, puesto que así he de referirme a él, me está ocultando, aun a riesgo de su propia vida, de aquellos que ansían destruir a mi familia. -Bonita historia, furcia. ¿Entonces por qué no ha vuelto tu salvador? ¿Es que ha muerto por obra y gracia de esos que os desean el mal? Un hombre que acabó en los enredos de una mujer pública, sin dudas. -¡Nada de enredos, so desgraciado!-perdió la compostura Niah-Soy honrada y por ello tengo que estar aquí, aguantando tus desprecios de patán. Lo único que recibió fue un nuevo puñetazo que le partió el labio, pintando la pared incendiada de pequeñas manchas de sangre. -Más te vale que contengas esa lengua-el guardián la tomó por la barbilla-O ya verás. Puedo ser mucho peor con unas copas encima. Las lágrimas pugnaban por escapar de los párpados fuertemente cerrados de Niah; no obstante, ella se las compuso para retenerlas allí. -Si hubiera querido te habría convertido en mi amante-se relamió el gigante poniéndose de pie-Pero esa horrible pierna…-la pateó antes de bajar las escaleras. Niah escuchó el ruido de la tranca atravesando la puerta, recién entonces se permitió liberar el llanto que ya no conseguía guardar más. Los piares de Ars en la ventana, cuya alita derecha se había roto en el conato de fuga, le avisaron de que no estaba sola. Se acercó a la ventana y cogió en brazos al ave, al que le recolocó en su sitio la extremidad. Le untó una pomada casera que había preparado a base de las hierbas y frutos que en ocasiones acompañaban sus viandas, tras lo cual Ars se acurrucó en su regazo. Era prácticamente imposible dormir una noche de un tirón debido al campaneo que suscitaban las cadenas a cada movimiento, parecía que le hubieran colocado un cascabel. Cada vez se sentía más animal y menos persona, incluso se preguntaba por qué Ars se empeñaba en ser domesticado en lugar de volar sin rumbo fijo. No obstante, su amigo 68


disfrutaba de sus caricias tanto como del alimento que le proveía Niah; quizás ya había sido propiedad de alguien antes acostumbrándose a esa relación de dependencia mutua. Fuera como fuese, agradecía que no se apartara de ella resguardándola de la locura de la soledad, ya que a menudo los sonidos que la sorprendían en aquella torre añeja eran aterradores, especialmente las noches de tormenta, cuando las olas se desataban enfurecidas en un revoltijo de violentas sacudidas contra la costa; el viento corría cual caballo desbocado que chocara contra todo rincón, y los rayos resonaban cercanos, iluminando los cielos en centellas. Las sombras que proyectaban los objetos tras esos chispazos repentinos eran también amenazadoras. Por tal motivo, cuando entre sueños sus párpados se abrían un poco, creía ver figuras que iban desde un maléfico árbol con colmillos hasta la estampa de un hombre que estiraba unos largos dedos hasta ella. Ars dormitaba en forma de bola junto a Niah, respirando acompasadamente, inmune a la barahúnda. Un rayo cayó bastante cerca de la torre alumbrando el interior y despertando a la chica, que dirigió asustada su vista a la ventana. Había estado demasiado cerca. ¿Y si el próximo estallaba en el tejado, éste se derrumbaba y la aplastaba? Sin embargo, esa preocupación pasó a un segundo plano cuando la sombra del hombre no se esfumó con el centelleo. Los truenos continuaron resonando cada vez con mayor intensidad y cercanía, pero la atención de Niah se centró en aquello que su mente no alcanzaba a comprender. La sombra permaneció allí, de espaldas a la ventana, adquiriendo entidad, detalles que tomaba a medida que se iba recubriendo de unas lenguas de un fuego hecho de hielo dotándolo de ropajes de caballero, armadura, espada, cabello, rasgos. Niah se levantó de un salto que asustó a Ars, el cual intentó alzar el vuelo mas se vio impedido por el ala rota. El hombre caminó, o mejor dicho se deslizó pesadamente desde la ventana, las lenguas de vaho desprendiéndose de su cuerpo de aire. La chica, petrificada de terror, atisbó cómo el fantasma adoptaba un rostro que le resultó ligeramente familiar. Entonces, la mente se le vació y sólo pensó en escapar, así que se lanzó en dirección a la escalera de caracol olvidando las cadenas que la retenían. Sus pies rascaron la punta del primer peldaño de la escalera. Hasta ahí llegaban los grilletes que la ataban a las paredes de la torre. Se giró aterrorizada de corroborar tanto si el fantasma continuaba allí o si no había sido más que otro caprichosa tentativa de su cerebro de declararla loca. Se descubrió gritando ante la figura humana que rehusaba moverse de su sitio, mirándola con unas cuencas vacuas. Las rodillas le flaquearon, su cuerpo se hundió en el entrechocar de sus huesos contra la piedra. -¡Vete! ¡Déjame!-gritó ocultando el rostro entre los brazos, pensando que si no tornaba a mirar el espíritu desaparecería. Pero no desapareció, sino que la rodeó flotando sobre su cabeza, observándola desde arriba. -¡Ya está! ¡Ya lo habéis conseguido, me hacéis alucinar! ¡Una princesa insana no está en condiciones de reclamar su reino!-aulló Niah-¡¿Qué truco es este?! Alargó un puñetazo a la figura, a la que atravesó. Niah se retrajo caminando hacia atrás con las manos, que remolcaban el peso de la pierna mala. -¡Espejos!-exclamó-¡Eso es! ¡Usan espejos desde el exterior para reflejar una silueta! Empero, en cuanto aquel fantasma se revolvió rodeándola en un remolino, estuvo claro que ningún espejismo creado por una persona era capaz de realizar tales actos. Niah se

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petrificó, confusa. No estaba segura de si era su imaginación finalmente excitada o la presencia de un alma atormentada que pretendía atormentarla a ella también. -Soy real, princesa-retumbó un vozarrón de ultratumba que era a la vez como un trueno y como el grito de un condenado; en todo caso, no era igual a ninguna voz humana que ella hubiera oído. -Déjame…-lloró Niah, el rostro descompuesto de miedo-No me hagas daño, ya no tengo con qué defenderme-musitó. -Por eso estoy aquí. Os vigilo, princesa. Sé de vuestros sufrimientos-dijo el fantasma. -¿Y qué? ¿Vas a rematarme? -No-negó éste tornando a rodear a Niah, que sintió escalofríos-Voy a protegeros. De hecho, hace tiempo que quiero manifestarme hacia vos, no obstante mi situación me lo impide. Sólo en algunas noches, noches como esta en la que el viento me permite transportar mi espíritu más lejos, trasladarme con él. Porque no morí aquí, me asesinaron del otro lado del cruce y mis huesos están esparcidos sin tumba. Por eso necesito regresar a mi hogar, del que sólo subsiste esta simple torre. -Eso significa que yo perturbo tu sueño eterno de alguna manera. El porqué de tu ayuda es librarte de mí-manifestó Niah ocultando su mirada del visitante, que se retrajo en un nuevo torbellino interponiendo una distancia más agradable a la princesa. -Miradme bien, ¿reconocéis mi atavío? Negáis profusamente-el fantasma estuvo frente a ella en un parpadeo que bien podía ser interpretado como impaciencia-Pues sabed, si no conseguís recordarme, que soy Alvad, el último rey de Wyn. Los ojos de Niah confesaron su desconcierto. El último rey de Wyn. Al fin veía claro la razón de que su visitante removiera recuerdos de alguien conocido, era aquel hombre joven al que había visto por primera vez años atrás cuando visitaba el castillo de Aven por la firma de unos tratados. Ambos reinos, Aven y Wyn habían disfrutado de estrechas relaciones siempre, quizás porque estaban lo suficientemente alejados el uno del otro para no tener que reprocharse nada. -Oh, Señor. Siento haberme mostrado tan descortés-se inclinó ella sin evitar el pensamiento de lo ridículo que se haría desde fuera divisar a una persona viva haciendo una reverencia a un muerto del que ni siquiera sabía si no era un simple sueño, una engañifa de su cabeza. -No importa, milady. Ahora, escuchadme-se acercó Alvad-El mundo de los muertos se agita en rebeldía. Vuestro padre ha obtenido el acuerdo de muchos de los habitantes del inframundo con tal de regresar de su eterno descanso a escarmentar al rey Idrish. -Mi padre…-le tembló la voz a Niah-¿ha rechazado la eternidad, ha rechazado el estar junto a mi madre a favor de una absurda revancha? Niah se pasó las manos por la cara, restregándose para vencer el cansancio y la pena que aquella noticia le causaba. La marmórea imagen de su padre se agrietaba tras esa decisión tan poco acertada en la que ella no habría vacilado en obviar. -En principio, quise ofrecerme a realizar esa tarea, mas yo no logro alejarme de Wyn y tampoco allegarme al otro mundo, pues carezco de sepultura. Él aceptó por aclamación de las otras ánimas perdidas que los Varan causaron en sus incendios y ataques, con sus espadas, con sus maquinaciones. Pero, princesa…-el rey Alvad le puso una mano etérea en el hombro que era más fría que el hielo-pactamos un intercambio: él combatiría contra Idrish y yo cuidaría de vos en la medida de lo posible.

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-¿Cómo vais a cuidarme de los golpes del carcelero? ¿Cómo vais a enfrentaros a su fuerza de ser vivo?-retrucó Niah presa del descrédito y la desesperanza. -Me temo que eso seguirá siendo vuestra responsabilidad-Alvad se mostró entristecido de la amarga situación-Lo que yo estoy en condiciones de prometeros es salvaros de los espías de los hermanos Varan. Aún conservo la facultad de confundirlos, mezclar sus sueños, alertarlos, amedrentarlos, y mil cosas más. Ellos no se aproximarán a vos, princesa, os lo prometo por el honor de mi vencido reino. -No prometáis nada, bastante tenéis con vuestra propia condenación-rehusó NiahAunque me salvéis de los espías y de una muerte segura, continuaré atrapada aquí, ya no hay forma de luchar contra ese destino, todo lo que he probado ha fracasado y me he vuelto aprensiva con el dolor que me inflige aquel necio. Ars pio, atrayendo la atención de Niah, que se concentraba pura y exclusivamente en la presencia en la habitación. El ave también veía a ese alto espectro, casi tan esbelto como era en la vida, lo que lo atemorizaba. Niah regresó hasta él y lo fue sosegando a base de caricias. -Yo no os puedo sacar de aquí, es verdad. Si espanto a ese hombre no vendrá más y moriréis de hambre. Podría visitarlo en sueños obligándolo a liberaros, aunque es tan egoísta que la luz del día disiparía cualquier miedo que lograra insuflarle. Debéis esperar a los sucesos futuros, cuando la ira de los pueblos caiga sobre sus tiranos. -¿Y si pasan años, décadas hasta ese momento? ¿He de pasar encerrada aquí todo ese tiempo, como una prisionera, como alguien que ha obrado mal? ¡Soy inocente!-Niah se golpeó el pecho con el pulgar. -Por mucho que lo dudéis, aquí, en estas murallas, estáis protegida-continuó AlvadFuera viviríais una existencia de proscrita, sólo que sin mi protección. Vuestra cabeza tiene precio mientras Idrish sea rey. El día en que ese hombre se precipite y con él su venenosa parentela, regresareis al mundo. -No metáis en esto al pobre Kae-murmuró Niah conmiserándose de su suerte. -No, es verdad. Él es bueno. Ha matado a vuestro padre, si bien fue instigado por su hermano-señaló Alvad con cierto sarcasmo. -Lo sé-tornó a musitar Niah, cuyos pensamientos se escapaban hacia el corazón hecho pedazos del joven Varan encarcelado, al que apreciaba más y más, como si el común final al que habían sido abocados fuera un nexo de unión. -No penéis por ese hombre, tarde o temprano Idrish notará que le hace falta su brazo y lo sacará de la prisión. Preocupaos por vos, milady, por soportar a vuestro carcelero. Yo me encargaré de lo demás-apenas susurró. La tormenta tocaba a su fin. Las olas ya no descargaban furiosamente, se iban apaciguando en su ciclo interminable de mareas, el viento amainaba y con él se diluía la voz tronadora del rey Alvad. Niah se percató de que el fantasma perdía el extraño vigor que había cautivado sus sentidos a pesar de tratarse de una presencia terrorífica. -Volveré pronto, princesa-se inclinó, las lenguas del fuego helado lo circundaronOs saludo, mi hermosa cautiva. El espectro se fundió en la sombra desvaneciéndose sin un rumor. Las cadenas tintinearon al derrumbarse Niah en su improvisada cama. Se puso la palma en la frente: tenía fiebre. Ars se acurrucó en el hueco entre su pecho y el brazo durmiéndose casi de inmediato. Niah continuó insomne hasta la salida de la primera estrella, rememorando aquella ocasión en la que había avistado al rey Alvad a lomos de su caballo gris y se había enamorado de él. 71


Llamó su atención mientras remoloneaba en una de esas aburridas sesiones de costura a las que la sometían las otrora damas de compañía de su madre, aristócratas presumidas que insistían en enseñarle las tareas propias de una mujer. En esa época contaba unos quince años cargados de rebeldía; Alvad rondaba los veinte y a pesar de su juventud ya era rey, pues sus padres habían fallecido durante la misma peste que se había cobrado el alma de su madre. Lo que le atrajo de inmediato de él fue su porte gallardo y la melena del color de Numal. No llevaba barba, de acuerdo a la costumbre de Aven, y era de estatura similar a su padre, pero más fornido. No había terminado de percibir el raro calor en el pecho al verlo en la plaza de armas que ya las damas comentaban su aspecto y los chismes de sus hazañas, pervirtiendo lo especial que le parece a alguien un recién descubierto amor. Su repentino flechazo se le figuró vulgar: si él les gustaba a todas, no merecía la pena. En ocasiones, Niah se unía a las prácticas de los caballeros de su padre a ensayar el uso de las diversas armas. Era particularmente buena con el arco y la flecha y ese día consideró que estaría bien darle una muestra al rey Alvad de lo que era capaz, todavía con sentimientos ambivalentes respecto a él. Ciertamente, ese día se desempeñó como nadie más, rompiendo las saetas que el propio rey de Wyn clavaba en el centro rojo del disco, lo que lo impresionó gratamente. -Si me permitís la observación, milady-le sonrió Alvad-sois más salvaje que algunos de mis hombres. No me gustaría ser el blanco de vuestra ira. Niah no respondió, se limitó a realizar un cabeceo corto antes de alejarse con aquellas palabras repicando al ritmo de su corazón. Los días fueron pasando lentos, cálidos días de estío de una belleza sin comparación anterior en aquellos parajes. Alvad permanecía en Aven en deferencia a la cortesía del rey, que disfrutaba de su compañía. El joven, asimismo, se mostraba buen amigo de su anfitrión, al que había visto departir largamente con su propio padre en su niñez. Pronto ya era parte de la cotidiana rutina tanto como de la corte, especialmente era parte de los anhelos de Niah, quien iba sintiéndose más y más atraída por su apasionada personalidad, tan parecida a la suya. Pero incluso el verano encuentra su fin. Alvad comunicó su decisión de retornar a Wyn al rey de Aven, que lamentó su partida, aunque no tanto como su hija. Dos noches antes de volver su reino, Alvad aceptó la propuesta de Niah de retornar de la cacería siguiendo un camino diferente. La princesa detuvo a su caballo a unos tians de distancia del castillo, en lo alto de una colina desde la que se apreciaban las almenas iluminadas. Juntando valor, la joven le regaló al rey un pañuelo al que había bordado el blasón de la casa de Wyn. Alvad le agradeció efusivamente empleando las palabras más elogiosas, hasta que notó a la tenue luz de Numal que el rostro de Niah pedía algo más a cambio. Inclinándose sobre su montura, Alvad tomó la barbilla de la princesa suavemente apoyando el pulgar en su rosado labio, en el que depositó un beso largo que se perpetuó incluso después de que el frío les entumeciera las manos.

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Índigo 8