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a empuñadura de la espada hacía un tintineo metálico a cada paso que daba. Era la misma que hacía tres años había empuñado contra el varan y con la que había estado entrenándose en su uso día tras día desde entonces, siguiendo los consejos de Tik, que parecía saber bastante del tema. Ahora era su única compañía en el camino del este en busca de Algernon el monje, que se alejaba a paso vivo cargando su petate de tela basta. El bosque le abría a Nye sendas y atajos gracias a los cuales había reducido la diferencia de trancos, pero sabía que había tardado demasiado en decidirse a ir en su busca. No había sido nada sencillo digerir que quizás era más importante de lo que nunca había pensado que era. Él no quería sentirse imprescindible, si bien ese don que se había manifestado en su ser lo obligaba a acatar ciertas responsabilidades externas a sus deseos. No quedaba otra que plegarse a la fatalidad del destino que había querido que aquel numalo predicara en la calle justo cuando volvía de las pesquisas en sus tierras, haciendo bullir un sentimiento aplacado de fría venganza, de justicia, de una determinación que nunca había percibido antes. No era un muchacho de emociones violentas, se había criado en un ambiente de tolerancia y bienestar que habían alentado su espíritu de por sí pacífico. En momentos como ese se veía trucado en un remedo de su vehemente hermana y se preguntaba si acaso no intentaba emularla en la ausencia, como si con eso pudiera tenerla otra vez a su lado. Pero no, había algo más que subyacía, la sensación de que tenía un deber para con los que como él habían escapado de Aven con vida. Les debía la confianza depositada durante largos años en su casa para protegerlos y defenderlos, y como último representante de los suyos tenía que liberarlos del yugo de los varan, sin importar el honor vacuo de un trono o los ornatos de la victoria. Si había sobrevivido, tenía que ser por una buena razón. Vio su pelo rojizo refulgiendo entre el contorno verde y se alegró de que al fin hubiera podido darle alcance. Había estado dos días siguiendo sus huellas, que iban en dirección al Bosque de los Muertos, el único sitio libre completamente de vigilancia varan y a la sazón el camino más seguro, si eras de los que no temían a las leyendas. El Señor del Bosque de los Muertos había perecido en la batalla de Parmon, aunque era vasallo de Wyn, de los pocos que habían quedado. Algernon mismo era hijo de los Wyn, pero no parecía sentir demasiado apego por sus orígenes. Los varan habían matado a su único hermano y con él la casa se había extinguido, ya no quedaba siquiera ramas menores que reclamaran el reino y disputaran contra la soberana Rhyonn, pues la nobleza había sido estratégicamente diezmada. Si lo miraba fríamente, él mismo era el último vestigio del antiguo statu quo, y sin embargo no estaba seguro de que volver a él fuera lo mejor dadas las circunstancias. Los cuatro confines habían sido despoblados con las pestes de años anteriores y el fuego índigo había contribuido significativamente a reducir la población. Era cierto que nacían niños y niñas cada día, mas pasaría mucho tiempo aún antes de que estuvieran en condiciones de ser ciudadanos de pleno derecho. Parecía que había dos mundos: uno que recordaba lo anterior con nostalgia y otro que todavía andaba 120


en pañales y no conocía otra cosa que el terror, la envidia, la pobreza, la sumisión y el hambre. ¿Cómo iban a entenderse esos dos mundos, cómo iban a converger? ¿Ganaría alguno de esos dos o habría que inventar algo nuevo? —¡Algernon!—llamó, y éste se giró primero con una expresión de azoramiento, luego aliviado, y después con una sonrisa ancha. —¡Nye el dragón!—lo esperó. —No me gusta mucho ese apelativo, dejémoslo en Dip, ¿de acuerdo?—se mostró nervioso Nye, pues el Bosque podía no estar exento de soplones al servicio de la reina. —Muy bien—asintió ya serio Algernon señalando un espacio limpio de hojas y aguanieve bajo unos árboles cargados—Iba a encender un fuego, uno normal. Así me cuentas qué te trae por aquí. Nye se desató la funda de la espada, que dejó sobre unas rocas, y se sentó en un grueso tronco caído y gris que crujió bajo su peso. Vio al monje trajinar con su bolsa, que parecía bastante pesada. Algernon acumuló ramitas y hojas secas en un montón y con cara de concentración admiró el montículo de materiales. No obstante, los segundos pasaron y nada sucedió. —¿Qué se supone que debe ocurrir?—preguntó Nye. —Verás… aprender a manejar el fuego es la última de las pruebas de un monje antes de ser apto para el retiro. Es el elemento más complejo de todos. —¿Intentas decir que no lo dominas? Algernon lo miró con gesto ofendido. —Por supuesto que sí, tengo veintidós años, me faltarían dos años para el retiro, pero aspiro a pasar mi examen este mismo año. —¿Entonces? —Es que… tal parece que no me es posible aquí…—titubeó alzando la vista ceñuda a las copas ceñidas—¿Crees que el bosque no quiera que lo haga? —Ya ha visto demasiado fuego—estuvo de acuerdo Nye—Deja, ya me encargo. Extrajo de su propio bulto yesca y pedernal y al instante se encendió una llamita roja que él alentó a soplidos. En torno a ellos, el bosque se hizo más hospitalario y cálido. —El cielo de Numal es anaranjado, por eso todo es tan distinto. Nuestro fuego es siempre de color azul oscuro, no sólo el mágico. Me parece mentira—Algernon estiró un brazo y colocó la palma muy cerca de las flamas crepitantes—, me parece mentira que aquí brille con este tono tan hermoso. —Escucha…—lo trajo de vuelta Nye—He venido porque mi padre adoptivo me hizo comprender que mi don puede ser de ayuda en tu empresa. Igualmente quiero que sepas que bajo ningún concepto permitiré que este don sea empleado para matar o herir. Nuestro enemigo común son los varan y a ellos detendremos, no habrá terceros implicados. —También ese es mi deseo—cabeceó Algernon—¿Y la espada? —Defensiva—fue escueto Nye sacando las provisiones. —¿Tienes algún plan?—Algernon ofreció agua en un tarrito de latón. Yo por el momento he decidido probar suertes en la ciudad de Parmon. Me han contado que está incrustada en la ladera de una montaña y que hay que subir por escaleras talladas en la misma roca. Aunque no debe de ser más que cuevas quemadas, huecas y silenciosas. —Yo tengo un plan mejor—tragó Nye, aunque no alcanzó a describirlo. El bosque comenzó a agitarse como si lo azotara una fuerte ventisca—Alguien viene—alzó su espada en alto y se puso en la posición de ataque que Tik le había enseñado. 121


Sintió que la presencia se acercaba tímidamente, en un andar sereno y de pasos gráciles, por lo que Nye fue reduciendo la presión alrededor de la empuñadura. El bosque también se relajó y fue abriendo un nuevo sendero en una ráfaga que sonó con un frufrú de hojas. El pelo alborotado y rubio de Vina apareció de repente, revelándola antes de que ella se determinara a manifestarse. Llevaba una capa verde oscuro que le llegaba hasta los tobillos y que Nye había visto sobre los hombros de su madre en inviernos pasados. Debajo, las prendas eran los atuendos masculinos de sus hermanos reunidos de forma desigual: una camisa blanca de Jan, el cinturón ajado de Hal, los pantalones de Dip, la casaca que a Nye le había quedado pequeña al dar el estirón. —¿Qué haces…? ¿Tus padres…? ¿Estoy en problemas?—se rascó la cabeza él intentando descubrir qué hacía allí la pequeña de la familia. Vina dio unos pasitos cortos y educados aferrando las manos contra el regazo, mordiéndose el labio inferior. —No te enfades—le rogó—Esto no tiene que ver contigo—y continuó caminando hasta Algernon, frente al que se postró hincando una rodilla, al modo de los caballeros. Sin despegar la mirada del suelo, anunció:—Quiero serviros en vuestro fin, pongo ante vos mis armas—y de los pliegues de la capa sacó en un movimiento veloz un carcaj y un arco de finísima factura en el que Nye reconoció en un instante las marcas personales de todos los hombres de la parentela. El diseño era de Norm, pues seguía las vetas más fuertes de la madera; las punteras de metal las había puesto Hal, los acabados en arabescos eran obra de Jan, el barniz era de Tik… ¿Qué estaba ocurriendo, por qué él no había visto ese artefacto antes? —Me halaga tu propuesta, Gevina—terció Algernon dándole la mano para que se incorporara—Y te doy la bienvenida a nuestra compañía. —Vina, ¿me lo puedes explicar?—se hizo notar Nye hablándole a la espalda. Ella se giró con un mohín. —He venido para ayudaros, a ti y al señor monje. Vamos a recuperar Aven y a vencer a los Varan—dijo con una seriedad implacable. —Tienes trece años—fue lo primero a lo que atinó él, incapaz de darse cuenta de que aquella chiquilla flaca que había conocido tres años atrás ya era más alta que él a esa edad y podía tomar sus propias determinaciones. —Los mismos que tú cuando te enfrentaste a los mercenarios—chasqueó ella la lengua. —Creo que debo intervenir en este punto—dijo Algernon— Resulta que Vina quería saber si tenía magia y le prometí comprobarlo. La cuestión es que no tiene la magia de los monjes y las damas, pero sí algo quizás más importante: es una arquera con una gran habilidad. —¿Desde cuándo?—abrió los ojos Nye preguntándose si es que acaso había estado demasiado ciego a las habilidades de la chica—Esto es peligroso, no vas a decirme que tu madre ha consentido… —No lo necesito—Vina se echó el cabello hacia atrás y estiró la cuerda de su arco situándolo oblicuo a la mirada. Disparó una saeta que salió disparada rozando el lóbulo de la oreja derecha de Nye, quien se apartó a tiempo. La flecha se internó en el bosque y unos segundos más tarde se oyó que se clavaba en una rama. —¡Por suerte has fallado!—se alivió Algernon, que cogió la muñeca de Vina para evitar que atacara a Nye de nuevo.

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—No ha fallado—dijo éste con gesto serio, volviéndose hacia el bosque, del que emergió un aterrorizado Tik perdiendo el resuello. —¡¿Qué ha sido eso?! ¡¿Queréis matarme?! —Quiero que te marches—Vina tornó a cargar su arco ágilmente. —¡Me iré y te llevaré conmigo! Mamá y papá están hechos unas furias. ¿De dónde has sacado eso?—apuntó con un índice tembloroso al arma de su hermana. —Me lo he hecho yo. —¿Y cómo…? —Os he espiado mientras trabajabais. Era muy enojoso usar ese juguete viejo de Normy para entrenarme. Pensé que necesitaría un arco de verdad si quería ser una guerrera de verdad. —¡¿Una guerrer…?! ¡Vina, esto es el colmo! Eres la pequeña, el ojito derecho de mamá, si te pasa algo la vas a destrozar. —Tik está en lo cierto, Vina. Esto no es un juego—Nye le apretó el hombro. —¿Y quién ha dicho que pensara que era un juego?—se soltó ella bruscamente— ¿Es que no lo entendéis? Yo también quiero liberar a toda esa gente. Muchos de los niños que eran mis amigos acabaron como esclavos, quién sabe si viven. Yo soy libre aún, ¿por qué puedo disfrutar de ese privilegio y no preocuparme por dárselo a los demás? —Tiene razón—suspiró Nye. —No—renegó Tik—Te arrastraré a casa si hace falta, pero no vas a tomar parte en esto. No voy a dejar que te hagan daño. —No van a hacerme daño, ya has visto lo buena que soy. —El fuego no se vence con flechas. —A ver, a ver—pidió calma Algernon—Se me ocurre una solución que contentará a todos. A ti te preocupa la seguridad de tu hermana, ¿verdad? Pues ven con nosotros y podrás ser su guardaespaldas si la cosa se pone fea. Aunque te advierto que esta chica sabe muy bien lo que hace. —Si yo no quería ir con vosotros—puso los ojos en blanco Tik—Ahora si no lo hago quedaré como un cobarde y un mal hermano. —Mandaré un mensaje a tu padre por el bosque—ofreció Nye. —¡DE ACUERDO!—gritó Tik apretando los dientes de rabia—Tendría que haberle hecho caso a mamá y haber traído más mudas de ropa. —Lo que no entiendo es cómo es que has aprendido a mejorar tu puntería. Se necesitan horas de práctica—acotó Nye. —Cocinar una sopa no lleva tanto tiempo como creéis—Vina esbozó un mohín pícaro. Se sentaron alrededor de la hoguera y la aumentaron para darse calor a medida que caía la noche. Improvisaron una cena fría y discutieron los pasos a seguir. Si continuaban por ese sendero llegarían a Parmon cinco o seis días más tarde, sin riesgos. Sin embargo, Nye quería hacer un cambio de planes. Antes de ir tan lejos pretendía entrar en Aven, en su castillo, y recuperar la espada de su padre si no la habían tomado como botín. La última vez se había tenido que limitar a ver sus tierras desde la lejanía del lago Telluren. Esta vez iba a entrar en las ruinas. —Si vamos a entrar al castillo, habrá que dar un rodeo—Nye dibujó en el suelo con una ramita. —Si hacemos eso…—se estremeció Tik—entraremos en la Zona Oscura. Nadie sale de allí, por eso lo llaman Bosque de los Muertos. 123


—No va a ocurrirnos nada—se rio Vina—Eres un supersticioso. —A mí lo que me preocupa es que si vamos a Aven corremos el riesgo de ser apresados por los guardias. Debe de haberlos en todas partes. Además, para ir a Parmon no podríamos regresar por el bosque otra vez, nos captarían seguro. Entonces nos veríamos obligados a recorrer el camino real y en la frontera de los reinos estaríamos expuestos a los varan. —No os inquietéis—apaciguó Nye—Hay una manera. A la mañana siguiente se pusieron en marcha pronto, entre las protestas de Tik, que por nada del mundo quería plantar un pie en el ominoso bosque. Muy pronto notaron un descenso grave en las temperaturas a medida que iban acercándose al norte. La vegetación se tornó tan tupida que no era posible siquiera tener como referencia los picos de las Montañas Violáceas al este. —¿Alguna vez has estado en este paraje?—cuchicheó Vina—¿Es parte de tus tierras? —No—devolvió el murmullo Nye, atento a la espalda de Algernon, que había aceptado sin rechistar su propuesta de desviarse a Aven en la creencia de que el padre del chico era el caballerizo del rey Tyll—A pesar de estar en el interior, el Señor del Bosque de los Muertos era tradicionalmente vasallo de Wyn. —Qué cosa más rara—terció Vina. —No tanto. El Señor de las Colinas era vasallo de Parmon antes de pasar al bando de Varan. Cada quien elige a quien servir. —Siempre había imaginado que era cuestión de cercanía. De pronto, Vina se mordió el labio y escondió la mirada. —Tu madre… ¿era noble? Nye sonrió. —Sí. Ella y mi tía eran hijas del Señor de las Cascadas, dueño de un territorio muy rico al norte de Aven. Mi tía se casó con el Señor de Varinor. Desgraciadamente, todos muertos por la peste. Yo podría haber heredado Varinor, pero mi padre decidió que regiría él hasta mi mayoría de edad, en calidad de rey. —Vaya. Entonces no tienes que recuperar un territorio sino dos—Vina se cruzó de brazos y camufló con un escalofrío su repentina tristeza. Nye era un príncipe, algunas veces lo olvidaba. Pero ese hecho resurgía al final recordándole que, tarde o temprano, su mejor amigo iba a convertirse en alguien cuyos pasos no podría acompañar. Ese era su destino. Y le dolía mucho saber que una hija de campesinos libres, semianalfabeta, salvaje y sin modales, pronto dejaría de resultarle agradable. Quería ayudarlo, pero entendía que en cuanto pusiera su arco a favor de su causa, lo perdería para siempre. Ya no tendría que fingir ser su hermano, ¿por qué fingiría que la apreciaba? Podría codearse con gente como él, daría órdenes a sus señores vasallos, tendría responsabilidades demasiado grandes para preocuparse de las pequeñas personas como ella. —¿Os dais cuenta?—gritó Tik ocultando a duras penas los escalofríos—No hay un solo animal, no se escucha a los pájaros. Y los árboles son espantosos—señaló las raíces retorcidas, oscuras y deformes. —Tienes razón—concedió Nye—Ya no oigo la voz del bosque. Eso significa que estamos entre plantas muertas. —Todo aquí es muerte.

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Nye decidió adelantarse y explorar el área, pues le parecía muy extraño que la voz del bosque no se oyera allí. ¿Se trataría de otra clase de plantas? Si hubiera habido algo que temer habría sido advertido. Sin embargo, la observación de Tik era acertada. No se sentía vida oculta, como si los animales también temieran a las leyendas. Se acordó del viejo Jen Jense, el Señor del Bosque de los Muertos, de cuando había acudido a Aven acompañando al rey Alvad, y ciertamente recordó que era un hombre de ceño perpetuamente hundido, aspecto recio y serio. Seguramente había que ser muy racional y valiente para no temer a un bosque encantado. —¿Sabes por qué lo llaman Bosque de los Muertos?—consultó Vina—Porque se dice que los Originarios resistieron desde aquí el último embate de los aikanos. Fue una masacre que acabó con la rendición de los Originarios. Desde ese día, el bosque está de luto y las almas de los muertos vagan sin descanso. —Eso es muy trágico –asintió Nye—Parece como si esta tierra estuviera condenada a la sangre. —¿Por dónde hemos venido? —Por…—fue a orientarse él, pero al darse vuelta, no fue capaz de encontrar el camino. Dio unos trancos buscando sus pisadas o ramas quebradas que le indicaran el trayecto, mas el bosque parecía haberse cerrado en sí mismo—¡Tik, Algernon!—gritó. El sonido de su voz se extinguió a los pocos metros, sin eco. Alrededor, había caído la noche. Y había caído unas cuantas horas antes de lo previsto. —¿Qué ocurre?—Vina sacó una saeta instintivamente y preparó su arco. Su compañero también tuvo a mano la espada. —No lo sé—apretó los dientes—No te separes de mí, un paso en falso y puede que acabemos muy mal. El silencio fue roto por un sonido bajo y gutural, un grito ahogado que fue repitiéndose en distintas cadencias, como si proviniese de todos los ángulos a la vez. Vina se pegó a la espalda de Nye con los ojos muy abiertos previendo que de cualquier sitio surgiera un mormak, un lobo o incluso un trol, si acaso los trols existían. —Tengo miedo—admitió. —Y yo. La voz fue haciéndose más nítida. Pero no fue eso lo que erizó el vello de los dos jóvenes, sino la densidad que pareció ir adquiriendo el bosque alrededor, como si las hojas negras y las ramas retorcidas hubieran mutado volviéndose más gruesas, más tupidas, cerrando a cal y canto el claro en un muro de savia oscura. El aire se tornó helado, igual de denso que las plantas, hasta que les dolió respirar. —¡Fuera! —¡Iros de aquí, intrusos! —¡Un aikano! Un fuerte resplandor atacó a Nye, que salió despedido contra el tronco de un árbol que parecía haberse quemado. Las voces se enconaron con ese último grito y pronto se sintió el mal en cada palmo del ambiente. —¡Dejadle, no es un aikano, es un chico normal! ¡El bosque lo ha elegido!—rogó Vina tapándose la cabeza con los brazos al ir al encuentro de su amigo, pues los árboles se agitaron contra ella lanzándole golpes nudosos. —No, Vina—Nye se incorporó protegiéndola con su cuerpo, bastante más fornido y largo—Están en lo cierto, los Wyn y los Aven son castas nuevas, me lo dijo mi padre un día. No descendemos de los Originarios de aquí. 125


—¡Pero no quedará en ti más que una mísera gota de sangre de Aika!—gimoteó desde sus brazos la chica. —Quizás puedan sentirla, aunque no sea más que una gota—rechinó los dientes él aguantando el embate de las ramas, que le cortaron la piel de la espalda como latigazos. —¡Nos van a matar!—vaticinó Vina viendo que la noche se oscurecía tanto que les costaba ver sus propias manos. Mucho más difícil sería usar sus armas de continuar así, aunque ¿cómo usarían sus armas contra un enemigo invisible? —¡Niña traidora! ¡Nosotros somos tu estirpe, no él! —Vuelve con nosotros—dijo un espectro que surgió de repente, como un estallido de niebla gris perlada de difusos rasgos. Vina sintió que una fuerza extraña tiraba de ella succionándola a la oscuridad y, antes de que Nye consiguiera asirla del otro brazo, la chica había sido tragada por la noche. Nye tanteó en su busca, saltó, corrió hasta el borde de las plantas, que lo repelieron en una danza de golpes. En el suelo, gritando el nombre de su falsa hermana, se arrastró en un último resto de conciencia antes de que una tropa de espectros se abatiera sobre él en un ataque. Después de eso, el mundo dejó de oírse de nuevo. En su sueño se halló en un espacio negro, del que pugnó por escapar sabiendo que su cuerpo estaba siendo vapuleado. Sin embargo, a su alrededor se levantaron enormes tarimas que ascendieron y ascendieron formando un semicírculo. Aquello le recordó a las audiencias que daban en Aven una vez al año para dirimir los conflictos que los jueces de paz no hubieran conseguido zanjar. Detrás de esas tarimas fantasmales aparecieron los espectros, con rostros de rasgos reconocibles, evidentemente humanos. —De modo que vais a juzgarme y condenarme. ¿Siempre hacéis eso con los viajeros? —Silencio—rugió una de las voces, si bien ninguno de los espectros abrió la boca. Nye sabía que estaba en un sueño y que quien debía mandar allí era él, así que no hizo nada de lo que le ordenaron. Corrió a atravesar las figuras de humo de la tarima y sus ocupantes. No obstante, no se encontró del otro lado de lo que fuera que ese sitio representase, ni despertó, ni sintió que su cuerpo respondiera. Realmente estaba atrapado en su propia mente. —No saldréis de aquí. Esto no es un sueño. Estáis en un lugar que existe aunque no podáis verlo. —¿Es Angod? ¿Sois demonios?—soltó las primeras deducciones a las que arribó. —No. Angod no es más que el lado que no vemos de un planeta. Seguimos en la tierra de los Cuatro Confines—continuó la voz sin entidad. —¿Y el Bosque de los Muertos es la puerta de entrada a este…lo que sea? —Precisamente. —¿Y por qué nadie la ha visto antes?—porfió él todavía sin saber a qué punto preciso dirigirse. —Lo han hecho. Pero no han sobrevivido para contarlo. —Fantástico—puso los brazos en jarra. —Habéis sido traído hasta aquí por una razón. —¿Dónde están Vina, Tik y Algernon? —Silencio.

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Nye perdía la paciencia. No quería gastar el tiempo en oír a viejos fantasmas que se resistían a abandonar el mundo. Se preguntó entonces a qué otro mundo irían a parar los Originarios si no podían trascender a los Jardines. —Sois culpable de pertenecer a la casta de los aikanos. —Y de creeros un susurrante—añadió una segunda voz femenina que antes no había sonado. Nye determinó que era momento de defenderse. —Fue el bosque el que me eligió como tal. —Nosotros éramos susurrantes. Vuestros antepasados nos persiguieron y nos encerraron en este sitio, resistimos con ayuda del bosque, pero ellos emplearon sus artes para someterlo y lo convirtieron en un bosque muerto, lo que nos mató a nosotros. No pudimos obtener su fuerza y perecimos—relató la voz anciana y masculina. —Nos habéis robado nuestros secretos—chilló la voz de mujer. —¡No he hecho tal cosa! Aún quedan Originarios en este mundo, el hombre que me ha enseñado es uno de ellos. —Un traidor. —Decidme de una vez qué queréis de mí—exigió Nye, a quien no le apetecía prolongar discusiones vanas. —Vuestra sangre por la de los nuestros—sentenció la voz de la mujer. Nye no se tomó un segundo de vacilación. Después se preguntaría de dónde había surgido ese espíritu aguerrido y algo orgulloso que lo poseyó en ese momento. —Tomadla. Los espectros hicieron gestos por primera vez y lo que Nye vio en sus rostros de niebla fue una alegría perversa. Un remolino se arracimó envolviendo a Nye, que invocó al bosque para que le diera su fortaleza y les demostrara que era un susurrante por derecho propio. Se sintió caer de una altura interminable, el corazón le latió más lento, sus venas se fueron vaciando y rellenando de un aire espeso. El frío se apoderó de sus huesos, la lasitud de sus miembros y el embotamiento de su cabeza. El líquido caliente emergió de un corte que no identificó, pero que le pareció un pinchazo en la yema de un dedo. —No puede ser—oyó decir a un espectro. —Una gota. Una sola gota. —¿Qué significa? Nye sintió que el sopor se diluía y que podía oír con claridad lo que debatían los espectros. Hablaban de una gota, pero él se sentía como si lo hubieran desangrado por completo. —Despierta—ordenó uno y los ojos de Nye se fueron abriendo de vuelta a ese mundo extraño. —¿Quién sois?—dijo otro. —¿No lo sabéis acaso? ¿No me habéis traído aquí por ser el hijo de Tyll Aven?—se incorporó el chico un tanto fastidiado. —Tyll… ¿el rey Tyll?—inquirió la voz de mujer. —El mismo. El aikano. —Lo recuerdo. Pero no se llamaba Aven en el pasado—terció el anciano. —¿Tyll? ¿El mismo que se opuso a los numalos y que huyó de Aika al hundirse en la maldición?—acotó otro. —¿El que se exilió en una roca profunda mientras en nuestras tierras medraban los descendientes de los aikanos numalos a los que despreciaba?—espetó otra mujer.

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—¿El que no acudió en nuestra ayuda porque su amada isla desaparecía y luego inclinó la cabeza resignándose a tomar una porción mísera de esta tierra arrasada por los hombres y mujeres a los que decía despreciar? —Pero no se hacía llamar Aven. Lo conocíamos como Tyll el Iluminado, Tyll el Matadragones o Tyll el Migrante de Almas. Y su verdadero nombre era Emetyll Silreman, el Maestro de los Susurrantes, padre de todos los cánticos e hijo de la Naturaleza— completó el anciano—Y si sois vos su vástago… —su rostro espectral envolvió a Nye— entonces sois nuestro más sagrado príncipe y nuestro más odiado enemigo. Vina lanzó una bocanada de aire que la despertó por completo. Se vio flotando en las aguas oscuras y heladas del lago Telluren y consiguió mantener la sangre fría suficiente para no ponerse a dar brazadas que la hundieran. Se dejó arrastrar por la suave corriente, flotando hasta la orilla. Sentía el dolor amoratado de los golpes y creía que le habían roto una costilla porque notaba un duro pinchazo en el costado al respirar. Sin embargo, el agua helada conseguía mitigar un poco los síntomas. El cielo era absolutamente gris y el bosque olía a aguanieve. Muy pronto unos copos nítidos y bien formados se empezaron a derramar sobre su cuerpo. Entrecerró la mirada sintiendo la frescura. No quería moverse de allí, quería flotar por siempre a la deriva percibiendo el abrazo de la naturaleza, que le hablaba en su lenguaje secreto. —¡Vina!—oyó que Tik la llamaba, y al instante el agua en los oídos, que subía y bajaba con los movimientos oscilantes del lago, convertían sus palabras en sonidos mudos. —Hay que sacarla, se va a congelar. Tú prepara una hoguera—Algernon nadó hasta el cuerpo menudo de la chica y la cogió de la capa embolsada, tirando de ella lentamente para depositarla en la orilla. La nieve se le había agolpado en las pestañas largas y negras, lo que le daba el aspecto de un hada pálida de ojos de cristal. Algernon se quitó su sayo y la envolvió con él. Vina se dio cuenta de que la ropa del monje olía a hierbas frescas y que era de una lana muy suave y cálida que le devolvía la sensibilidad. El fuego de Tik le dio color a sus mejillas y derritió los copos, que se volvieron gotitas como gemas preciosas. Entonces reparó en que su hermano parecía haber sido molido a garrotazos y que el torso del monje de Numal estaba cubierto de rasguños profundos. Se preguntó si los espectros la habían respetado por ser mujer y también qué le habrían hecho a Nye. El bosque no había llorado, así que podía estar tranquila de que su falso hermano estaba aún con vida. Y, además, ella lo habría sabido sin que el bosque hubiera intervenido. Se giró hacia la arboleda. Algernon y Tik siguieron el recorrido de su mirada y vieron emerger a Nye de las sombras. También él tenía heridas, pero la más visible era la que llevaba en el corazón. Eso también podía intuirlo Vina, que conocía su rostro y su alma al detalle. —¡Menudo susto! ¿Qué ha sido todo esto?—empezó Tik, pero Algernon lo frenó. Nye no habló. Se aproximó a la hoguera y se acuclilló junto a Vina acariciándole el húmedo pelo ensortijado. —Lo siento. Ha sido por mi culpa. —Gajes del oficio—sonrió ella y sintió que el calor por fin volvía a todos los rincones de su cuerpo.

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Índigo 15