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ME GUSTA Los parques, los jardines, el papel cuadriculado, las plumas, Chardin, el jazz, los trenes, llegar antes de tiempo, caminar en París, Inglaterra, Escocia, los lagos, las islas, los gatos, los puzzles, el cine americano, Klee, Verne, las máquinas de escribir, la forma octogonal, las naranjas, los atlas, Verdi, Mahler, los nombres de los sitios, los diccionarios viejos, la caligrafía, las piedras, Chuck Jones, los paisajes llenos de agua, el queso, los árboles, el museo arqueológico de Sousse, la torre Eiffel, las cajas, Lolita, las fresas, los melocotones de viña, Michel Leiris, Bouvard et Pecuchet, los hermanos Marx, el café, las nueces, el Dr. No, los retratos, las paradojas, dormir, escribir, verificar que todos los números en los cuales la suma de sus cifras es igual a nueve son divisibles por nueve, el chocolate, las nubes, las enumeraciones, The Guinness Book of Records, los tejados de pizarra, La caída de Ícaro, la mayor parte de las sinfonías de Haydn, los melones y las sandías. NO ME GUSTA Las legumbres, los relojes de pulsera, el Kitsch, Bergman, Karajan, el nylon, las gafas de sol, el deporte, los coches, la pipa, el bigote, la expresión a gogo, Chaplin, los cristianos, los Humanistas, los Pensadores, los "nuevos" (cocineros, filósofos, románticos, etc.), los políticos, los jefes de servicio, los subjefes de servicio, los peluqueros, la publicidad, la cerveza en botella, el té, Godard, la mermelada, la miel, las motocicletas, Mandiargues, el teléfono, Fischer-Dieskau, el color azul, Chagall, Miró, Bradbury, el centro Georges Pompidou, James Hadley Chase, Durrell, Koestler, Graham Greene, Moravia, Chirac, Bejart, Solzhenitsyn, SaintLaurent, las películas un poco demasiado suizas, los abrigos, los sombreros, los portafolios, las corbatas, Carmina-Burana, los iniciados, los astrólogos, el whisky, los zumos, las manzanas, las perlas de cultura, Léo Ferré, el champagne, la ginebra, Albert Camus, los medicamentos, los blue-jeans, las pizzas, el chicle, la gente que cultiva el estilo "amiguetes" (¿qué hay; cómo va eso?), las maquinillas de afeitar eléctricas, los bolígrafos Bic, los banquetes, Bruckner, el disco, la alta fidelidad… Georges Perec

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Para escribir un cuento en cinco minutos PARA ESCRIBIR UN CUENTO EN SÓLO CINCO MINUTOS es necesario que consiga –además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente– un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en este instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua –si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello– y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende,

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porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario). Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también –en la estantería que está a su izquierda– el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces –y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel– esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga. Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas si han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no sólo tiene la primera frase; tiene también, en ese grueso diccionario que sostiene con su mano izquierda, todo lo que le hace falta. Dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito. Déjese llevar por el instinto, e imagine que usted, precisamente usted, es el Golem, un hombre o mujer hecho de letras, o mejor dicho, construido por signos. Que esas letras que le componen salgan al encuentro – como los cartuchos de dinamita que explotan por simpatía– de sus hermanas, esas hermanas dormilonas que descansan en el diccionario. Ha pasado ya algún tiempo, pero una ojeada al reloj le demuestra que ni siquiera ha transcurrido aún la mitad del que tiene a su disposición. Y de pronto, como si fuera una estrella errante, la primera hermana se despierta y viene donde usted, entra dentro de su cabeza y se tumba, humildemente, en su cerebro. Debe transcribir inmediatamente esa palabra, y transcribirla en mayúsculas, pues ha crecido durante el

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viaje. Es una palabra corta, ágil y veloz; es la palabra RED. Y es esa palabra la que pone en guardia a todas las demás, y un rumor, como el que se escucharía al abrir las puertas de una clase de dibujo, se apodera de toda la habitación. Al poco rato, otra palabra surge en su mano derecha; ay, amigo, se ha convertido usted en un prestidigitador involuntario. La segunda palabra desciende de la pluma deslizándose a dos manos para luego saltar a la plumilla y hacerse con la tinta un garabato. Este garabato dice: MANOS. Como si abriera un sobre sorpresa; tira de la punta de ese hilo (perdóneme el tuteo, al fin y al cabo somos compañeros de viaje), tira de la punta de ese hilo, decía, como si abrieras un sobre sorpresa. Saluda a ese nuevo paisaje, a esa nueva frase que viene empaquetada en un paréntesis: (Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos.) Ahora mismo se han cumplido los tres minutos. Pero he aquí que no has hecho sino escribir lo anterior cuando ya te vienen muchas oraciones más, muchísimas más, como mariposas nocturnas atraídas por una lámpara de gas. Tienes que elegir, es doloroso, pero tienes que elegir. Así pues, piénsatelo bien y abre el nuevo paréntesis: (La gente sentía piedad por mí. Sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también mi cara había resultado quemada; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así burlaba su morbosidad.) Todavía te quedan dos minutos. Ya no necesitas el diccionario, no te entretengas con él. Atiende sólo a tu fisión, a tu contagiosa enfermedad verbal que crece y crece sin parar. Por favor, no te demores en transcribir la

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tercera oración: (Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día.) Transcribe también la cuarta, que viene pisando los talones a la anterior, y que dice: (Uno de esos hombres se quemó la cara pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones, en idéntica y dolorosa situación. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor.) Y el último minuto comienza a vaciarse cuando tú vas ya por la penúltima frase: (Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia, yo debía hacer lo mismo que él: quemarme la cara.) Tienes que escribir la última nota en menos de cuarenta segundos, el tiempo se acaba: (Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezara con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación mucho más prosaica. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amado en silencio; era feliz cuando le clavé este cuchillo en el corazón. Y ahora sólo me queda llorar por mi mala suerte.) Y cierra el paréntesis –dando así por terminado el cuento– en el mismo instante en que el último grano de arena cae en el reloj.

Bernardo Atxaga, Obabakoak Ediciones B, 1989, Barcelona. Pág. 265-266

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Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos. La gente sentía piedad por mí. Sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también mi cara había resultado quemada; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así burlaba su morbosidad. Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día. Uno de esos hombres se quemó la cara pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones, en idéntica y dolorosa situación. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor. Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia, yo debía hacer lo mismo que él: quemarme la cara. Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezara con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación mucho más prosaica. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amado en silencio; era feliz cuando le clavé este cuchillo en el corazón. Y ahora sólo me queda llorar por mi mala suerte. Bernardo Atxaga, Obabakoak. Ediciones B, Barcelona, 1989. Páginas 265-266.

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Discurso del oso Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños. Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría. Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien. Julio Cortázar, Historias de cronopios y famas.

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Asia Antiguamente en todos los barrios había un recauchutador y una señorita que cogía los puntos a las medias. La señorita trabajaba con una aguja hueca cuyas entrañas parecían segregar una baba invisible que reparaba las heridas abiertas en el nailon. El recauchutador, en cambio, golpeaba las úlceras del neumático con una maquina ruidosa y sucia situada en la esquina de un taller en cuyas paredes aparecían espontáneamente goyas de la época más negra y desesperada del pintor. En la mercería donde trabajaba la señorita que cogía los puntos a las medias olía siempre a lencería perfumada, mientras que el taller del recauchutador apestaba a sudor y a plástico quemado. A veces, cuando uno de estos negocios estaba frente al otro, la bella y la bestia, inexplicablemente, se casaban. Tuve un amigo que era producto de uno de estos matrimonios contra natura y que vivió dividido entre la pasión intelectual que le producía el nailon y la excitación económica que le proporcionaba el caucho. De mayor montó sobre el taller del padre una gran industria de recauchutados en la que reparaba neumáticos usados procedentes de Asia. A veces imaginaba que en la acera de enfrente a la de la fábrica había una mercería en cuyo interior una señorita llevaba a cabo ejercicios de microcirugía sobre medias de cristal. Pero lo cierto es que ya no había mercerías ni señoritas ni medias de cristal. Del mundo de su infancia sólo había sobrevivido la parte más violenta y sucia: la del recauchutado. Al parecer, en las grietas de los neumáticos usados procedentes de los países asiáticos viaja el mosquito tigre, cuya picadura produce el dengue, que no es un baile, sino

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una enfermedad tropical que se caracteriza por fiebres altas, dolores musculares y erupciones cutáneas. Uno de estos insectos infectó a mi amigo, que en su delirio febril creía haber sido atacado por un mosquito hembra en el que se había reencarnado su madre y cuyo abdomen, en lugar de portar un aguijón, llevaba la aguja con la que en otro tiempo cogía los puntos a las medias. Falleció con el rostro tumefacto, como si se lo hubieran recauchutado, pero segregando alucinaciones de nailon. Al morir hizo compatibles los mundos de su infancia. Juan José Millás. El País, 12 diciembre 2003

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Me acuerdo GEORGES PEREC Me acuedo de que Art Tatum tituló una canción Sweet Lorraine, porque estuvo en la Lorena durante la Primera Guerra Mundial. Me acuerdo de un inglés manco que ganaba a todos al ping-pong en Chateau d’Oex. Me acuerdo de que un día mi primo Henry visitó una fábrica de cigarrillos, y trajo un cigarrillo largo como cinco cigarrillos. Me acuerdo de que en el Monopoly la avenida Breteuil es verde; la avenida de Henry Martin, roja; y la avenida de Mozart, naranja. Me acuerdo de la alegría que me daba cuando, al ir a hacer una traducción de latín, encontraba en el Gaffiot toda la frase traducida. Me acuerdo de la época en que hacían falta varios meses y hasta más de un año de espera para tener un coche nuevo. Me acuerdo de que Jean Gabin, antes de la guerra, tenía, bajo contrato, que morir al final de cada película. Me acuerdo de que en septiembre, en París, en los años de la posguerra, había muchas avispas; muchas más, me parece, que hoy.

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ANTONIO MUÑOZ MOLINA Me acuerdo de que cuando salió el detergente “Omo” regalaban con cada paquete un vaso de Duralex con lunares azules. Me acuerdo de que mi abuelo, después de darle cuerda al reloj de la sala, se guardaba la llave en un bolsillo, como si fuera el administrador del tiempo. Me acuerdo de una loca que todos los días, al anochecer, robaba un adoquín en una obra cercana y se lo llevaba escondido como un gato pequeño bajo la toquilla de punto. Me acuerdo de que si uno bebía agua de un cántaro en que hubiese escupido una salamanquesa se quedaba calvo. Me acuerdo de una caja oculta en el fondo de un armario que estaba llena de billetes de la República, y de una guerrera azul de la Guardia de Asalto. JOSÉ MARÍA MERINO Me acuerdo de mi abuelo demostrándome que la Vía Lactea pasaba justamente por delante de su casa. Me acuerdo de una vez que estuve a punto de ver un fantasma. Me acuerdo del desierto de John Ford del que tanto trabajo me costó salir.

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Me acuerdo de la horrenda normalidad con que sobrevienen las desgracias. LUIS ALBERTO DE CUENCA Me acuerdo de que en el colegio me decían que había que escribir como Azorín. Me acuerdo de una viñeta de Flash Gordon en la que Dale enseñaba la espalda más sexy que he visto nunca. Me acuerdo de la magdalena de Proust siempre que como magdalenas. Me acuerdo de que Julia no llevaba el lacoste con el cuello levantado. Me acuerdo de que a Álvaro, para que no llorase, le leía en la canción del pirata de Espronceda. Me acuerdo de que mis amigos y yo fuimos con prismáticos al cine a ver “Los titanes”. ENRIQUE VILA-MATAS Recordé la figura de mi padre, un hombre que “se hizo a sí mismo” como el padre de Kafka (…) y recordé también a mi pobre madre, que se parecía un poco (…) a la poeta argentina Alejandra Pizarnik, que era frágil y extraña y, al igual que mi madre, anduvo siempre entre barbitúricos y con claras tendencias al suicidio.

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Recordé los días que viví entre Berlín y París en los años setenta y me consideraba un izquierdista radical –con el apoyo del dinero de mi familia- y era amigo de gente del underground como Ingrid Caven. Recordé el suicidio de mi primera mujer, arrojándose a la calle como si fuera un balde –tal vez lo era, dije- de agua sucia. Recordé mi infancia en la Plaza Rovira de Barcelona en años de grisalla y miseria moral que atravesé disfrazado con bata de colegial, perfecto idiota entarimado con una tiza boba entre los dedos y un irresistible aire de cataplasma. Recordé a Rosa trabajando como una hormiga para abrirse camino en la dirección de cine. Recordé como mi generación quiso cambiar el mundo y dije que tal vez había sido mejor que aquello que soñamos no se hubiera hecho realidad. Recordé que en mi primera juventud leía mucho a Cernuda y que a veces yo lloraba si llovía”. Y finalmente recordé cuando me veía recordando que me veía escribir y me recordé –para terminar- viéndome recordar que escribía.

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RECUERDO CUANDO intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía. 25/ 4/ 81 Homestead Valley, Ca. Sam Shepard, Crónicas de Motel. Traducción de Enrique Murillo Anagrama, Barcelona, 1985. Página 14.

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Doble vida En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera – una inspección de la compañía de seguros, o algo así-, y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso. De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio. De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía imaginarlo incluso al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar. Eduardo Berti, “La vida imposible” Emecé, Barcelona, 2002. Pág, 7.

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El puerto UNO

Me acuerdo de un erizo devorado por las hormigas, lo encontramos cerca de casa y quisimos alimentarlo con leche de tetra-brik. Por la mañana estaba muerto. Me acuerdo de que mi hermano quiso probar una hormiga porque los chinos se las comen, y él se la llevó a la boca aún viva, y escupió porque picaba. Me acuerdo de que mi prima sacó un neumático del embarcadero y que de él saltó un cangrejo, y mi prima se asustó y dejó caer la rueda, que aplastó al cangrejo, que sacó las tripas por la boca, sprtz. Luego lo tiramos al agua y flotaba. Me acuerdo de la vez que, al coger un tronco, pellizqué a una lagartija que estaba debajo y juraría que chilló. Estuvimos mirando esa cola suelta un buen rato, mi prima, mi hermano y yo. No vengo hasta aquí muy a menudo y estos recuerdos no tienen que ver con la nostalgia. DOS

Por las noches, imaginaba que vivía en un internado. En mis fantasías, mis padres acababan de morir y yo era la nueva. Cómodamente cubierta con el edredón, en una habitación que en realidad no compartí ni con mi hermano, inventaba otras camas cerca con niñas que respiraban. Yo estaba muy triste porque se portaban mal, también las profesoras eran malas. Trazaba un plan para escapar. Aquellas noches que fueron tantas, fantaseaba con la idea de ser una pobre huérfana que fantaseaba con la idea de huir muy pronto. Después mamá venía a darme un beso, olía a crema facial y yo me quedaba dormida. Por las mañanas nos silbaba desde el pasillo como si

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fuéramos pájaros. Entraba en mi habitación y levantaba las persianas. Luego hacía lo mismo en el cuarto de mi hermano. TRES

Me sorprendió haciendo pis de pie, con una pierna a cada lado del retrete. Preguntó: ¿qué haces? Contesté: me entreno. Quiso saber para qué. Le dije que, ya que de mayor sería un chico, necesitaba prepararme. Mi madre no entendió. Tuve que explicarle que, cuando naces niña, a los catorce años te vuelves un hombre, del mismo modo que, si naces niño, cambias de sexo también a los catorce. Mi madre puso los ojos como platos y respondió que no. Que no qué. Que eso no es así, insistió. Pensé que me trataba como si fuera tonta y le recordé que mi prima mayor, antes de ser mayor, había sido un chico. Mi madre lo negó: tu prima siempre ha sido mujer. Me enfadé, cómo podía llevarme la contraria en una evidencia como aquélla, yo me acordaba perfectamente de que mi prima había sido un chaval y se llamaba Juan. Mi madre atónita disimuló una risa bajo la nariz, pero yo me di cuenta y le pregunté que de qué iba, que qué le hacía tanta gracia, por qué quería engañarme en algo así, qué se creía, que no tenía memoria o qué, acaso pensaba que era idiota. Dijo que yo no podía decir esa palabra. Idiota, idiota, idiota, repetí. Y luego me fui corriendo a mi cuarto para que no me pegara en el culo con la zapatilla. CUATRO

Dejé de tener sentimientos a los once años, un día que volvía del colegio con Antoñita. La llamábamos así porque no levantaba un metro y medio del suelo. No era realmente mi amiga, pero íbamos a la misma clase y vivía

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cerca de la parada del autobús que tenía que coger yo, por eso hacíamos el camino juntas. A veces me escaqueaba porque sus conversaciones me aburrían y siempre insistía mucho en que merendara con ella en su casa. Antoñita era muy pobre, o yo lo creía así. Vivía en un apartamento miserable con sus hermanas, un perro, un gato, seis peces, un canario y un camaleón. Olía mal, ese piso lleno de pelos con las persianas bajadas. A su madre sólo la vi una vez, y ahora sé que iba borracha. Cuando salía de aquella casa, me picaba la cabeza, y al llegar a la mía, me bañaba en seguida. A mis padres les decía que habíamos tenido clase extra de gimnasia; si les llego a decir la verdad, me castigan por maniática. CINCO

En el recreo, jugábamos a héroes. Nos atábamos las batas al cuello como si fueran capas y fingíamos tener diecisiete años porque entonces ya podríamos salir con chicos. Inventábamos a nuestros príncipes azules, por lo general estrellas de cine como Superman. Itziar era muy alta y desgarbada, feísima. Llevaba un parche pegado a uno de los cristales gruesos de sus gafas. Su pelo era encrespado y gris, tenía las uñas largas. Los dientes separados y pequeños. La llamábamos “la bruja” a sus espaldas, pero era amiga nuestra. Seseaba. Si tuviera que convertirla en un animalucho, sería una serpiente sin duda. Un día dijo que ella iba a ser el hombre SEIS

El hombre la golpeó sin querer, luego siguió corriendo sin hacernos caso. “¡Joder!”, exclamó Antoñita, y me avergoncé un poco porque en casa no me dejaban decir esa palabra. De repente se dio cuenta de que le sangraba la

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mano. Yo no sabía qué hacer. Sentí asco. Ella, de la impresión, lloraba. Para mí ésa era una sangre sucia de perro y de gato y de pez, de pelo, de camaleón y canario, y me repugnaba. Una señora vino a ver qué pasaba. Preguntó que dónde estaban sus padres, que cuál era su mutua, cosas a las que Antoñita no podía contestar. Dijo que la llevaría a urgencias. Antoñita me repetía que no la dejara sola. A mis once años, respondí muy seria: “No, Antoñita, me tengo que ir, si pierdo el autobús mis padres se preocuparán. Esta señora te tratará bien”. Y así la dejé, con otra desconocida. SIETE ¿Quieres que nos casemos? Arrebujado a mis pies, los dos tumbados en una cama hecha con dos colchones juntos, desnudos y sudados, era verano, el hombre utiliza esa fórmula que me sobrecoge. Le contesto que el horario de preguntas estúpidas es de seis a seis y cuarto de la madrugada, y que ahora tiene que llevarme a casa. Me acuerdo de su nombre, pero no lo apuntaré, por si acaso. Por si acaso su presencia por escrito es tan rotunda como en mi memoria lo es aún aquella noche. Supe que algún día le contestaría que sí. No volvimos a vernos. OCHO

Cajas amarillas para cargar botellines. Nuestras nalgas cuadriculadas sentadas sobre esas cajas, ¿quiere un poco más de café? Jugábamos a papás y a mamás, y yo era siempre la invitada. Sí, por favor; las rodillas, muy dobladas; las redes, nuestra cabaña. A veces, también, las muñecas. Pero no solía jugar con muñecas. Y las galletas saladas de la abuela

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NUEVE

¿Eso de ahí es una mano? Fue mi prima quien la descubrió. Corrimos hacia las rocas en chancletas. El hombre apestaba a pescado y sobre su cuello revoloteaban las moscas. No tenía cabeza. No recuerdo que gritáramos ni que escapáramos, ni que quisiéramos tocarlo con un palo. Tampoco recuerdo a quién se lo fuimos a decir ni cuándo. Sólo sé que vino la policía porque me lo han contado, y que aquella noche me hice pis en la cama. Ya era mayor, tendría nueve años. Ahora es mi cuerpo el que flota.

Llucia Ramis Revista Zut. Número 9. Invierno 2008

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Taller de escritura. Cuadernillo 1