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El Vendaval Gerardo Jiménez En Abril 2009

Nuevamente el invierno se decidió por el 31 de mayo, casi un hábito anual que se repetía como una constante predecible. A mis 10 años, la llegada de las lluvias era una bendición, pues mis rezos por lluvias copiosas se hacían cada vez más efectivos, y los aguaceros se convertían en mi mejor aliado para no asistir a clases. Aquel último lunes de mayo de 1974 llovió sin cesar, las columnas de agua que caían desde los tejados de la iglesia de San Francisco, se convertían en verdaderas cascadas que auguraban un buen invierno. Mi alegría por la lluvia me hacía correr por todos los rincones de la casa de mi abuela y mis planes, para una posible estadía obligada en casa, eran sencillos: dormir y jugar.


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En mi ciudad natal, la noble Granada, la temporada lluviosa se anunciaba con chubascos diarios cortos; así durante este periodo y en situaciones prolongadas de lluvias, el Ministerio de Educación suspendía las clases en todas las escuelas del departamento por algunos días. Pero aquel invierno fue especial, los primeros días llovió a cántaros, y era la primera vez que viviría la lluvia de una forma tan especial. Recuerdo aquel día de junio, mi abuela, una mujer trabajadora y de carácter fuerte casi granítico, me dijo: -¡Esto es un vendaval! -¿Un vendaval? respondí en tono de pregunta y con algo de admiración. Hacía dos semanas que yo rezaba por lluvias copiosas y en mis plegarias solicitaba quince días sin clases. -¡Si! respondió, un vendaval como el de hace ocho años, varios días de lluvia y sin sol.


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-¿Sin sol? pregunté asombrado y asustado! -¿Cómo así? nuevamente pregunté con cierto temor en conocer la respuesta que vendría. Entonces ella respondió con seguridad ¡lloverá a cántaros y sin cesar! Seguidamente su cabeza se giró buscando contacto con mis ojos y con su mirada casi de hechicera movió su cabeza de arriba abajo y dijo: -“así será” y continuó hablando -¡como los verdaderos inviernos de mi tierra chontaleña! Mi abuela había llegado a Granada a la edad de 3 años, era originaria de La Libertad, Chontales, y su apariencia europea, blanca y con ojos azules, le habían favorecido para recibir el apodo de “la Misuca”, que en buen nicaragüense significa algo así como “la gata”, pues en el país se acostumbra llamar así a las personas con ojos de color verdes o azules.


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Vendaval, vendaval, vendaval...., la palabra se repetía en mi cabeza una y otra vez. Para mí sonaba como algo especial, pero todavía no sabía el verdadero significado de este evento. Después de confirmada la suspensión de clases por el ministerio de educación departamental, me dediqué a la construcción de barcos con todo los materiales a mi alcance: papel, madera, corcho, y hojalata. Todos ellos navegarían en el patio inundado de la casa. También me dediqué a bañarme bajo la lluvia, a jugar con mi hermana, y admirar los grises celestiales que anunciaban la lluvia. Pero una noche supe por qué debía tener respeto a ese tal “Vendaval”. Eran alrededor de las diez de la noche del cinco de junio y todos estábamos acostados en nuestras camas, cuando de pronto se escuchó un estruendo: -¡¡¡Klaaaaaplaaaan!!!


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Fue un sonido seco como si en las nubes algo se hubiese roto. Y seguido de esto, las nubes parecieron succionar agua recobrando fuerza para continuar rompiendo cosas. Mientras el estruendo se dispersaba velozmente en la oscuridad, mi hermana y yo saltamos del susto de nuestras camas hacia la cama de mi abuela; y temíamos tanto que nos metimos debajo de la sábana sin dejarnos ver por un largo rato. -¡Eso fue un rayo! dijo mi abuela -Mala señal ¡habrá rayería! continuó diciendo En efecto, dos sonidos estremecedores sacudían mis oídos y confirmaban las aseveraciones de la “Misuca” Mi abuela continuaba hablando: -Parece que el vendaval viene con rayos y será muy fuerte, hay que desconectar todo, concluyó.


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¿Eeeeeh? Me dije a mí mismo desde mis adentros, parece que mis problemas con el vendaval no son suficientes, sino que le tengo que sumar una rayería. Pero entonces inmediatamente pregunté: ¿rayería? Y ella respondió: ¡Sí! ¡Rayería! A veces los vendavales vienen con rayos y truenos. Los sonidos continuaban, y mi miedo crecía con el tiempo. Volví a preguntar: ¿y por qué hay rayos y truenos? La respuesta fue más inquisidora que científica, pero para mi tuvo validez. -¡Cuando en el cielo hay enojo, las cosas nos van mal en la tierra! -¡Uff! me dije y tragué gordo, algo salió mal en mi petición de suspensión de clases, talvez debí haber pedido sólo 5 días sin clases y no dos semanas enteras.


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Y ahora, ¿cómo hacer una revocación de solicitud? si todavía eso no estaba en los manuales del catecismo que había aprendido; pues sólo me enseñaron hacer solicitudes que se cumplen, pero ninguna petición de revocatoria. En ese momento sentí que me encontraba en un gran aprieto y estaba convencido que mi solicitud de lluvia había tenido un efecto; ya nos encontrábamos en nuestro sexto día de lluvia y ésta no daba señales de cesar. En los días siguientes, mi angustia se dejaba sentir en la pérdida del apetito, mi interés por la navegación se desvanecía y había abandonado mi flota entera a su suerte; mis barcos, en el patio inundado, eran arrastrados por la corriente hacia la alcantarilla y desaparecían uno tras otro. De repente el octavo día, el sol se asomó por un ratito y el día siguiente se decidió a salir por más tiempo; al inicio un poco haragán, pero luego se decidió con más ganas e iluminó varias horas.


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Finalmente nuestra ropa con olor a moho podía secarse. El patio abandonaba

su

perfil

de

lago

tropical

y

mis

tortugas

se

acomodaban sobre las piedras para tomar baños de sol; ellas estaban gordas de comer tantas lombrices. Todavía en mi interior me debatía si me había excedido en mi petición. Al décimo día la lluvia había cesado y a nuestra casa llegó el vecino, un ingeniero agrónomo graduado en la capital y él comentó que en el caribe había un huracán, y que éste había causado el vendaval. El vecino, que por cierto se llamaba Don Luís, continuó aclarando con detalles lo que es un huracán y mientras escuchaba su voz, en el fondo de mis pensamientos, me sentía poco a poco libre de culpa.

Entonces

dirigí

mi

mirada

al

cielo

y

sonreí

con

agradecimiento porque en mi excesiva petición no había castigo divino alguno!

Fin


El Vendaval