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Elegías y desencantos

Elegías y desencantos por

Juan Felipe Martínez Bueno

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Elegías y desencantos

A ti, a mí, a nosotros y a ellos. Por los que un día seremos y por nosotros serán.

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Elegías y desencantos

Índice La flor inexistente_____________________________________________________ 4 Quebrada ____________________________________________________________5 El reposo del cero _____________________________________________________6 Luz vespertina ________________________________________________________7 Marisma _____________________________________________________________8 Amor Fati ____________________________________________________________9 Cúmulos de ceniza ____________________________________________________10 Luto Blanco ________________________________________________________11 Clepsidra de arena ___________________________________________________12 Deli-río de grandeza __________________________________________________14 Epígono de la nada ___________________________________________________16 Luminaria __________________________________________________________18 Sol de medianoche ___________________________________________________20 El abandono del mañana ______________________________________________21 El señor del Caos ____________________________________________________24 El Camino del Medio II______________________________________________ 26 El camino del Medio _________________________________________________27 Náufrago___________________________________________________________31 La traición al suicidio ________________________________________________32 Letania____________________________________________________________33 Montsegur _________________________________________________________36 Ama ______________________________________________________________39 Elegías y desencantos ________________________________________________40 Del tiempo y otras mentiras ___________________________________________41 Pensamientos gitanos ________________________________________________42 El camino yermo____________________________________________________43

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Elegías y desencantos

La flor inexistente Cuánto olvido habremos atravesado para que pases a mi lado y no te reconozca, ¡oh hermana mía, mi alma gemela! Deambula pesada nuestra amargura y el estupor aniquila nuestra cordura hasta hacerte volver a mí con rostro de enemigo. De cuántas existencias no es reflejo la lluvia que cae en la pasividad del lago. Cada gota, cada alma, cada uno de nosotros cayendo por separado. Pero tenlo por seguro que ni el fuego logrará destruir la sabiduría eterna, porque somos silencios en un mundo de gritos e idolatría. Puertos en los mares agitados de la tragedia. Faros en la ausencia de los dioses. Guardianes del jardín de los secretos. Testigos de lo invisible. Somos recuerdos de un tiempo olvidado. Camina a mi lado, te digo, para que nunca perdamos el camino. O muramos, llegado el caso defendiendo lo que no ha existido.

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Quebrada Nacen y se deshacen continuamente las formas, en la superficie del agua. Como si fueran los disfraces con los que se oculta la nada. Meditando se vacía mi mente al arrojar los pensamientos en la corriente del río. Mi alma desembocará en el mar para fundirse con el horizonte que reúne a la tierra con el cielo, a mi diminuto ego con lo divino.

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El reposo del cero También el incendio merece apagarse cuando consumada su ira le deviene el sosiego. Su luz se hace del color de las sombras y el fuego se hace uno con el humo negro. El tiempo desea envejecerse pronto desesperado por las inacabables horas que se repiten dilatadas y severas en los predios de la mente. También el viento se cansa de soplar añorando volver al fuelle cuando el otoño palidece sin el susurro de las hojas idas. La oscuridad quiere dormir en el regazo de la luz en ese momento previo a la luna cuando en el cielo púrpura ya ha llegado la mitad de la noche pero todavía resta un medio día. Y todo desea morir en mí, sepultador de estrellas, para renacer ilimitado. Porque cada mañana es superior a su pasado; porque lo eterno es un suspiro. Ya despunta tras la montaña el Oriente que nos queda. Y luego de la disolución desde mi alma se trazará otra vez el círculo que rodea entero al universo.

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Luz vespertina Hacia dónde cabalgan las nubes huyendo de quien pudiera descifrar su eterno acertijo. Pero me ha dicho una cansada: Somos el mundo de las formas que no merma en su desaparición continua. Somos sus vidas reflejadas en la sustancia endeble de los aires. Somos sus sueños, rocas y momentos, que se desvanecen tras la luz vespertina, tal como el viento revuelca a los cúmulos albinos hasta hacerlos amorfos y grisáceos. Pero no somos diferentes a vosotros pues nos negamos a destruirnos con el cambio mientras le damos la espalda al infinito cielo. Y es bien cierto que entre todas, tenemos la equívoca forma de la voluntad efímera del hombre. Y que el hombre no difiere en su esencia de la esencia transitoria de las nubes.

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Marisma Allí, donde cae el fruto sin madurar y se estropea la quietud con la zozobra. Allí, sobre la nieve de los desiertos blancos, donde desfallecen hasta las sombras. En apología a ese otro desierto amarillo, donde nada crece, y los cactos mueren de sed dejando cicatrices en las rocas. Allí, donde el pozo sin fondo se seca y el sol se apaga al mediodía. Allí, donde la ensenada, le gana la justa al monte y su ladera; y los abalorios de plomo despiertan, por sobre el oro, la codicia. Allí, en esa, tu ausencia, ceden los puentes, y la desgracia me consume, indefinidamente, atrapado en esta orilla.

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Amor Fati Quisiera compartir contigo el silencio que en su parquedad desaparece la ilusión de la distancia. De ti quiero un día longevo en el que tengan que sucederse varios ocasos antes de haber desaparecido en la nada. En ti contemplo el deseo de ser eterno en el deseo del otro. De ti espero que me niegues la otra vida para hacer de éste único instante, la ocasión precisa para amarnos hasta la cópula de las almas.

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Cúmulos de ceniza Cada vez que salgo a las aceras me encuentro conmigo mismo en la ropa de otras personas… En las pieles, plumas y cortezas de otras personas. Fútil conciencia disociada, precaria atención segmentada. Un corazón astillado. Un latir desafinado. Un sentimiento olvidado por su baja intensidad. Cuando amar consiste inversamente en desprenderse de las fronteras para rearmar el rompecabezas cuyas partes en cada ser, han quedado como reliquias rezagadas. Reuniendo las cenizas en un solo dolor. En un solo amor.

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Luto Blanco ¿Qué dura más que lo efímero, qué es más efímero que lo que dura? sobre las sienes las puertas se abren para que descienda lo divino. La montaña del martillo es lecho, donde dormita el profundo sentido, que sólo los dioses conocen. Hablo conmigo, aunque los universos en un alud naufraguen sigo siento tú, sigo siendo tú. Del ocaso regresaré invicto para rendirme a los pies de un nuevo día y reservaré mi vida para ofrendarla al deber de todos los hombres: ser fieles a su esencia.

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Clepsidra de arena Han caído tras nosotros, imperceptibles, los años como copos de arena. Clepsidras en el desierto, que no crecen ni se asientan. Lentamente con ellos se vacía el espacio, mientras que legos, bestias y borregos por igual se disgregan. Tumba sobre tumba se termina el incienso, esparciendo su aroma mientras quema. Hasta los dioses tienen un sepulturero, que cava universos para el reposo de sus restos. Para qué, entonces, la historia y los salmos si de pasados las ancianas enhebran los rosarios y jamás lo que queda sobrepasa a lo gastado. Cómo recobrar la calma, si al retener el aliento, deseando que no acabe pronto, el cuerpo te obliga a morir porque no le es propia la eternidad del alma. Apaciguas tus apetitos, para luego despertarlos somnolientos, inaprensibles e insatisfechos. Y los santuarios de los padres acaban por ser las prisiones de los vástagos. Se diluye la familia con los enseres, como el destino acaba con los pueblos. Mejor, te digo, me quedo aquí, contigo en la orilla, mientras las multitudes se conservan, distraídas en la plaza y en el circo; para caminar, luego, ignorantes a las liturgias de los muertos. Y el interludio, el bardo, se atiborra de cardúmenes de desamparados, que migran por millones a los vientres, llenando de anécdotas miserables, a los parapetos de la palabra. 12


Elegías y desencantos Parados auscultan en el cielo, las aves que nunca anidan, que pierden los huevos. No es que con saberlo cambie mi postrero rumbo, (es)pero al partir, ya no me restarán como a un número, abstracto y continuo como las plantas. Quizá sí, me contarán en su lugar como un hermano. Quédate, pues, más cerca que mis pensamientos, y prevalece sobre la nostalgia y el tedio. Mírame a través de mis miedos, y, desaparece con ellos para llevarme contigo, lejos. Siento que se acercan las alondras y anunciarán con el arribo de las cigarras un pequeño averno. Se fundirán en el horno un par de piedras y manarán de tus manos los metales, hija de Vulcano, nieta del herrero. Llorarán por ti todos los mortales Pues serás cada uno de los que sufren y gozan. Así que si alcanzo temporalmente lo eterno. Si por un instante no hay más instantes. Si camino por fin sosegadamente. Habré llegado a ti, aunque ello me haya costado perderte. En la unidad no hay parejas, al culminar el delirio de la separación mis labios serán tus labios. No denuestes, que detrás de la transformación el ser permanece, como el horizonte sirve de escenario para los pequeños cambios. Poderosas fuerzas rigen cuanto existe y desaparece sin que podamos asignarles cantidades o apelativos, propios de la estrecha forma con que nos apropiamos del mundo. La madre nos cuida, y sobre sus raíces caminamos.

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Deli-río de grandeza ¿Dónde nace el río que baja hasta mis pies, entre los guijarros y canciones? ¿Coincidirá con el de Heráclito, que por tanto cambio llegó a ser siempre el mismo? Temí seguir hasta el extremo a la cuerda mensajera que desciende de la bruma, por no perderme en el misterio de su origen; como quien se espanta al escalar su genealogía por encontrarse con los rostros de su pasado. Muchas veces, su propio rostro. No fui el primero en preguntarlo: Detrás de los árboles, me dijeron los que viven en el bosque Detrás del cielo, los que cantaban a las estrellas. Detrás de ti, convino la espalda queriendo estar delante del agua helada. Pero qué saben de esas viejas historias los hombres que sólo hablan a través de máquinas. Que vuelan con alas más pesadas que el aire. Que están más cerca de las tuercas que de los animales, y de las hojas que toman por maleza. Pese a su transparencia, sobre el río no todo está dicho, no todo está claro. Tomé pues un tronco que flotaba y navegué río abajo entre sus rápidos. Seguí a los peces hasta la desembocadura que inesperadamente coincidía con el principio. Y el ciclo se cerró. 14


Elegías y desencantos La serpiente despertó. Se enroscó en mi cuello, y su mordida desangró mi cuerpo. Eres flujo, eres cambio, me dijo. No te conformes con la inmensidad del mar. Con su sal o las mareas, que es apenas la cabeza de mi extenso verso. Y fue así como el mar, en una poderosa arremetida remontó los ríos, apoderándose de las cascadas y meandros. Se presentaron como el tallo y la flor, inconcebibles si no están juntos. Y me sentí por fin inmerso en la pasión de esos dos gigantes que cabían en la más diminuta huella de mis dedos. La serpiente onduló su pesada rivera a mis pies. Y su voz tenue empapada de sonido, se adhería a mí como rocío. La oía resonar en mi piel como si estuviera cubierto de tímpanos. La oía llamarme desde adentro. Así que me di al nado en sus escamas. Luego de unas pocas brazadas, con sus bordes corté las represas de mis venas. Encontrándose, como el mar y su tributario, esos dos ríos. Y se mezcló su sangre cristalina con el carmesí de mis aguas.

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Epígono de la nada Nada por sí mismo se sostiene. Nada de ti se separa, tanto como para no volverse a unir. Me acuesto sin saber quién soy. Y mis noches tienen más horas que los días. Dónde despertaré mañana… No lo sé. Quizá tirado en el ayer, Sin qué nadie me saque de la cama. Golpea el claro en mi costado, se siente cómo el destino ha parido una nueva duda. Pero con él fue dispuesto que no tendré dos veces el mismo amanecer ni el sol se esconderá por el mismo lado al caer la tarde. Mientras me debilito con preguntas innecesarias el ser se me escapa por las manos. Una eternidad desperdiciada espera llenar el cuenco y derramarse sin oscurecer con sobras el resplandor de los diamantes. Junto a ti, presente, se acallan los rumores. Presente, sé nada, nada sé. Presente, has quedado relegado a estar por fuera del ahora. Presente, otro día sin ti se me ha ido. No lo sabes, sueño con el tiempo a escondidas, y es entonces cuando parece no tener fin la discordia. Vendrá el diluvio. En el techo, desde mi almohada, oigo caer a las primeras gotas. Lavarán mi mente, desmancharán de presagios a mi alma. 16


Elegías y desencantos Y lo que ha de venir tendrá su sitio aunque no se quedará, pues, nada por sí mismo se sostiene. Nada de ti se separa tanto como para no volverse a unir, en los tumultuosas y dramáticas fronteras del ahora.

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Luminaria

Me temo que por encima de mi partida nada me es más cierto que tu amor. Y si en ocasiones me has fallado, no será diferente a la muerte que no pocas veces deja escapar a sus víctimas. Compasión, negligencia, habladuría… Dímelo tú, que en los juegos de los dioses no se entromete el campesino. En mi amor no confío sino para jugar a pérdidas, acumulando ceros, yerros y varias mentiras. Pequé, es cierto, te quise tanto como a dios y al rededor tuyo giraban mis pensamientos como los planetas del universo. Sobre qué, entonces, haré vibrar mis voces si me fundo a diario con el vacío. Y apenas me quedas tú, desnuda, brillando solitaria a través de las lágrimas y de la lluvia; de mis anteojos y de mi mirada caída, que te evade, a ti, la luminaria de mis calles estrechas que se expanden hacia ti pero que nunca te alcanzan. Te quise tanto como a dios, y por eso también te he fallado. Mi corazón impuro no puede aspirar a elevarse sin abandonar el peso de los años en que mantuve tu nombre en mi boca, pero me negué a pronunciarlo. 18


Elegías y desencantos No confíes en mí, guárdate de las ventanas y de los retornos. Recoge el puesto y deshaz la cama. Ya no se trata de una espera corta o larga. No conozco el recorrido y de los peligros tengo una vaga e imprecisa seña. Si he partido lo he hecho para buscarte. Y allí donde te encuentras, lejos, sobran las apologías, las elegías y los poetas. Y en lo desconocido nos encontraremos y de lo que hagamos quedará tan solo, para nosotros, el secreto que une por siempre a los amantes.

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Elegías y desencantos

Sol de medianoche Mis mejores versos, te digo, los escribirá mi ausencia por mano de otro, con vocablos que desconozco y para personas si quiera concebidas. Vendrán trémulos y lánguidos luego de haber atravesado el misterio de los labios, de los sabios, de los menos. Y describirán los lugares más inhóspitos a la obstinación e inmadurez del prisionero cojo, racional e intempestivo. Traerán, mis versos, suplicio y escozor a la mirada anodina del par obtuso que los separa del tercero ingente. Palabras insoportables brotarán de las nubes como el rayo anulando aprensiones y escollos, al fuego y a la mente. Vendrán de adentro, de ti, de mí, del que no somos, arrastrando a las formas y sonidos al seno de la imperturbable serenidad de la luz inmanifestada. Sólo entonces tejerás conmigo Bajo el claro de luna los mejores versos que se vislumbran en la noche: Somos la oscuridad que devora a las estrellas, el dios que baila en medio de la nada, la nada que late en medio de nosotros.

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Elegías y desencantos

El abandono del mañana Abandona la esperanza. No escondas los cofres ni los relicarios. No esperes auroras, Ni soportes las penurias de los santos. Desaparece al mañana del vocabulario, con el resto de palabras lastimeras. Que desmiembran al ser inocuo conjugando verbos, adverbios, miedos e inexistencias. En sinuosos laberintos te pierdes siguiendo el hilo entrecortado. Te quedas, te mueres, auscultando al niño que fuiste y que no sobrevivió, al infanticidio que implica abandonar la infancia, para alcanzar la edad de la mayoría, que confundes con la mayoría de edad. Y con la clarividencia senil del despilfarrador que tienta al azar dilapidas tu fe tumbado de rodillas Rogando, pidiendo, murmurando, gimiendo, lamentando que todo sea perfecto. Te laceras apartado del resto, enmudeciendo con púas cualquier gesto, amabilidad o recelo. Perdiéndote el sol tibio y el agua verde azulada, mientras se asientan los sedimentos en tu espalda y bajo la sombrilla y la escafandra el espanto, perfora el alma. 21


Elegías y desencantos

No escondas los dientes, pendencieros, que mutilan la lengua Pues se asfixia el pensamiento Cuando se contiene desmesuradamente la risa, y se la intercambia por modorra permanente. Que no seas despedido sino renunciante, y no se sientan perdidas las cosas que se dejan. Quien toma por hogar al universo No conocerá la pobreza, el desarraigo o el destierro. No hay bastardos de dios Ni huérfanos de la madre tierra ¿A quién entonces culpas de tu culpa? Tendrás a juez y parte en el espejo. Que brille la exuberancia del instante impreso en la piel agrietada de los dedos hincando, modelando, tallando, al amasijo ingrávido, ser irreal, pero cierto, que desconoce en cada acto al tiempo. Por eso no calumnies al momento Ni preserves lo efímero sumando posfacios y erratas. Lo que ocurre, simplemente pasa luego, tú, sigue de largo. No arruines el fortuito dejarse llevar por la inclemente tendencia a marcar el paso. Silba y agita los pies en los colores del viento: Otra forma de llegar, nadando, por encima del séptimo cielo. La eternidad es el olvido del futuro. 22


ElegĂ­as y desencantos Una ausencia antes que presencia. Una flor nunca se marchita, si en cada instante, continĂşa floreciendo.

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Elegías y desencantos

El señor del Caos Si yo fuera dios me escondería del vulgo y su melaza. Me alejaría de lo obvio y las virtudes que arrastra, el bien en su cola. Para no ser alcanzado por cualquiera, para no ser abrazado, sin que antes se hubieran cercenado los brazos. Si fuera dios me agazaparía detrás del sol, para que quien quisiera verme, tuviera, primero, que sacarse los ojos. Me escondería de la gente, camuflándome en la romería. Tomaría la honra luciferina o bien sería algún usurpador o prestamista. Despiadado, cruel, enfermizo, sería la disentería en las tropas, el desprecio y la lepra junto con el traidor y su falta. Si fuera dios sería sicario, pues entre asesinos no hay respeto por los colegas, sino filos y ponzoña. Me manifestaría en la quiebra y los saqueos, o algún tirano haría de pastor en mi rebaño. Mis milagros consistirían en el delirio de la cordura, enfermando al sano y aniquilando al inocente. Me escondería en la ignominia, en los peores deseos. Canjearía el paraíso por una pieza en el infierno, Me haría una corona con los cuernos del macho cabrío, desechando las espinas del que toman por único hijo. Si yo fuera dios, me enquistaría en una herida, 24


Elegías y desencantos haría de insulso cobarde, Y ahuecaría las botas de los pies molidos del que se lanza a los barriales. Si lo fuera, ¡ay de mí!, no me alcanzaría mi eternidad, para pagar la condena, por ir de casa en casa llevando, con mi omnipresencia, las plagas; Y la escasez que se sirve en el plato de las viandas. Tendría una cohorte de forajidos, latos, mentecatos, con los que desviaría las rutas hacia la entropía. Y me escabulliría en la descendencia que amilana a sus mayores; Que piensa el pasado como un patio de ancianato. Me escondería en el objeto, o en el sujeto escindido, cualquiera de los dos desprendido e incompleto. Me acostaría en el lado más pesado de la balanza, que jamás coincide con el de la justicia, o cerca de las raíces de los árboles que no están a simple vista. Sobre el asco y la avaricia edificaría mi templo, con plegarias llenas de insultos y silencios. Sería lo peor; lo que nadie espera: La caída del ángel, el ángel caído y a los que lleva consigo. Me aliaría con la incontinencia del vicio y con los bienes y los seres perdidos. En mi cabal perfección no vería impedimento en ser violador, ladrón y prófugo. Después de todo, los integraría en el todo. Y lo relativo, el rencor, pertenecería a las miradas parciales. Viviría tranquilo, alejado de tanto sosegado, que sólo acepta la belleza y la dulzura. Pero que ignora que la grandeza del orden también está presente en el caos.

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El Camino del Medio II Somos la sombra del viento. Lo que queda cuando ya no estamos. El último hilo del sol, antes de precipitarse definitivamente tras el horizonte calmo. La cordillera que se explaya en el océano, centímetro a centímetro, palmo a palmo. Somos la flor del invierno, precoz, premisa, presagio; como la tibia nieve del verano, frágil, quebradiza, de un blanco opaco. La escapatoria para la liebre acorralada, Cuando la siguen de cerca los perros de caza, y prefiere las fauces al agujero, su resguardo. Somos la astilla que no quemó el incendio, el Ícaro que llegó al otro extremo, las páginas que se mantuvieron en blanco. El hijo de la madre estéril, que llegó a viejo en pocos años. Somos la esencia de lo que no existe, porque es allí donde se rasgan los velos; donde no caben las preguntas, y se sepultan, encendidos, los candelabros. No sé si al final mi alma se con-fundirá con el todo; tal como sí lo hará mi cuerpo al volverse de nuevo tierra y se cumpla quizá la promesa: regresaré a la vida tan frenético, con la duda que arrastro desde el nacimiento, y estaré completo, medio vivo, medio muerto.

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El camino del medio Si no creyera en el alma, de seguro, no me lanzaría a los brazos de mi cuerpo; y no por rechazarlo, pueril anatema, que desmiembra la materia, que también es espíritu, sino por considerarlo igual de idealizado, por los que le temen al medio, y piensan de lado a lado, sin ímpetu. Tanto ser que no es, tanta nada que tampoco lo amerita. Y no hay un yo, no puedo ser tanto; si es que de alguna manera se puede ser algo. Mucho menos recuerdo quien firma a mi nombre: pudiendo ser varios imitando mi voz; entidad, demonio, mujer u hombre. Puede ser otro, invisible, haciendo un monólogo en mi espejo. Y cuando he sido expulsado por negar el alma, del hogar interno, del que soy vecino, exiliado me dirijo a los extremos de mis dedos. Y lo que soy, que no es mucho, se vierte escribiendo cantatas aparentes, de tintas opacas, que se apagan nada más con la primera palabra. Y aquí me confieso: De las únicas esencias que me fio, son de las que vienen de los árboles en flor, frescas y pasajeras, livianas como la vida. ni toscas ni agrestes, como declaran los viejos, sean libros o señores, que jamás han salido a tomar el sol.

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Elegías y desencantos Mi cirio se acaba pronto; no dura la estrella que miro a lo lejos. Por qué crecimos buscando propósitos sin bastarnos estar aquí, desnudos, sin meta. Contemplando la muerte, mientras se acerca. Y luego se va. Hamlet fue vocero de la dualidad, mientras que es en los impares donde hallo la salida, a la discordia de los números, que nunca fueron distintos del caos: Una unidad obtusa, para un hombre desdoblado. Una triada para quien tiene apenas dos ojos, dos orejas, dos piernas, pero anda cojo, sordo y algo menos que el ciego, ya que no se logra callar. Cuando por fin entierre mi alma, al lado de mi cuerpo, seré las plantas que crezcan sobre mis restos. Uno que otro abeto y algo de yesca, que encienda y luego de ser rescoldo se conforme con ser ceniza profana. Que no hago menester de un destino para tomar ventaja, o para aprender de cada falacia; pues sabios son los mentirosos, que conociendo la ilusión, no caen en sus propias trampas, las cuales toman por sinónimos de enseñanza. También es cierto, que si no creyera en el alma no sé qué detendría al agua para que al sumergir mi cara, no se perdiera en ella como el maquillaje de una máscara.

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Elegías y desencantos O qué prevendría el que me deshiciera caminando, hasta que vinieran por mí los buitres, y me reuniera a mordiscos en sus vísceras, completando con sangre el yantra. Cómo lograría que al tocar mi flauta sonara algo de música y no sólo el viento, constante, unísono, sin notas. Pero si no creyera en mi cuerpo, y no dimitiera a los deseos, a los que me lleva sedado, qué caso tendría estar despierto si querer ir al cielo, depende de dónde se reciban los besos. A quién mantendría apresado el alma solitaria acosándole desde la penumbra, si no conozco peor verdugo que la trascendencia para la carne y los huesos. Y no puede la sutil chispa reemplazar al labriego, en su robustez cortando trigo, comiendo higos, ni en lo grosero y burdo de mantenernos vivos. Y cuerpo sería hasta la resurrección de la materia que sostiene el universo pensado, por más de que se queje la buena alma encinta, por haberla negado.

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Elegías y desencantos Qué le queda al nihilista que en mí piensa convencido –no sé cómo- de que no hay verdades aunque por sobre esa certeza, entiende, él, que no las necesita, agarrando la duda por la cola. Aunque a mí, después de todo, la mano me muerda. Envenenando la indiferencia, mi antídoto. Mi tregua y mi sueño. Árida mi mente, se desplaza sobre pensamientos concretos, de asfalto y fierro. Cuando debiera su base y fondo ser de arena pedregosa, de manglar agridulce y salado. Así, no me lamentaría de estar en el medio del fuego cruzado entre la esencia y la sustancia. Hermanas, al fin y al cabo, de diferentes padres. Y aunque precursores del incesto, silencian a sus hijos, sus nietos, a sus amantes. La mitad, lo trágico; lo posible por separado, unido. Estar al alcance del rayo y que sólo caiga, sin mojar, la lluvia a los costados. Y lo digo, no creo en el alma. Ni en el cuerpo. Como tampoco creo, en lo que antes les estuve diciendo.

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Náufrago Para pasar la sed en esta isla rodeada de mar, no me alcanza la saliva. Y lo que queda por beber, brotará de mis ojos desleídos. Pues para salvarte, luego de huir, hundiste las naves, y ardieron las velas como tus ajuares de prometida. Me dijiste: ‘necesito silencio’, pero no callas por pedirme que no te hable en demasía. Que para ver al sol me apartaste y talaste las palmeras; ya era de noche, cuando cayó el último chamizo. De la niebla te alejaste, enterrándote en la arena, inhumándote, cual cristiana, sin las exequias de antemano. Y para romper las olas, montaste un cerco que aleja a peces y sirenas. Aguas mansas para fondear el asco, y donde se disipen, flotando, las pesadas cargas del olvido. Si me echo a la mar, naufragaré en tu indolencia; sin destino, a la deriva. No hay dónde encallar; no hay puerto para el forajido. Sin tocar, las puertas me son cerradas, a modo de bienvenida. y me devuelvo a mi isla, con mi ausente compañía. Sigues briosa, lo noto, altiva desde lo profundo, señalándome con el índice, las faltas y las sobras. ¿Yo qué haré, en cambio, enlutado y confundido en la ínsula embestida por las olas, con unas olas que no respetan la bahía? No puedes partir y esperar que nada cambie. No puedes robarme el suspiro, sin destrozarme con ello, los pulmones. Ni pidiendo perdón, unirás como antes, mis jirones. Pero lo entendí tarde: no era inmortal como creía. Estoy perdido, contigo o sin ti, gracias a mi insolencia atrevida. No obstante te equivocaste, mi bien amada: aunque moribundo, sé muy bien que no desaparecerás de mi memoria, pero no por eso, escúchame bien, querré recordarte.

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Elegías y desencantos

La traición al suicidio. Ya dormí demasiadas veces este sueño. Ya viví para ustedes lo suficiente, muriendo de rato en rato. Ya fatigué mi cuerpo en su profana romería, a mis sentidos seduciendo. Ya me hastié de sus dolores arcanos. Ya me derrumbé a sus pies y me patearon. Ya me privé de la luz en sus tugurios subterráneos. No sé si decirlo les importe; les grité a sus tímpanos y reventaron. Ya renegué del sabor entre desabridos. Ya los maldije, los eché, y como perros regresaron. Ya hostigué a mi marcha con su paso. Ya me asfixié junto a su árbol. Ya los odié, a tal punto, de pensarlos. Ya los adulé en tal medida, que fui educado. ¿Qué será, pues, lo que me detiene, lo que le quita el filo a los cuchillos de mi mano? ¿Qué es lo que dulcifica sus veleidades que las contagian tanto? Soy yo que, vanamente, me permití ser ustedes. Lo suficiente, como para no dejar, ni en mi más alta soledad, de serlo, ni para dejar, en mi instante más pleno, de ignorarlo.

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Letania (i) Soy en tus palabras la pausa, el silencio que escinde y restaura. El remanente de tu huida, un lecho en tu regreso. Imperceptible aroma, y la caricia que poco consuela. Bacanal sin música, en una noche sin sueños. (ii) De ti la sombra, con pliegues de capa raída. La verdad no dicha, de los secretos, el misterio. El miedo y la fatiga, del tiempo la agria espera. Aquella inefable e inexacta, muerte del muerto. (iii) La indecisión de trasegar, un camino que bifurca. Atado por cadena perpetua, al calabozo del Averno. Soy la sal en las heridas, como lo cierto de la mentira. La sonrisa fingida, el retozar del enfermo. (iv) La traición a la hidalguía, de Cristo, las tres caídas. La sed en la sequía, 33


Elegías y desencantos la maldición del genio. La flor que se marchita, sobre aguas lénticas y podridas. El aguijón que hiede e irrita, como el humo del fuego. (v) Los días que nacen sin albas, el suspenso, el sopor, la intriga. El candor en pétrea despedida, la tibia devoción de los ateos. Entre tus amantes, Krimilda, de las virtudes cardinales, la ira. Las cien cabezas de la Hidra, aunque, de los números, el cero. (vi) La nada que habitas, el lamento que callas. Una mirada evasiva, que apunta hacia el asiento del eco. De tu fe soy la duda, piélago que trepa montañas. Del célibe, húmeda lascivia, y de todo cálculo, el yerro. (vii) La nube pasajera, sobre el bajel a mediodía. En la gruta sin comisura, acierta la saeta de muérdago. Soy del sabio la ignorancia. Del famélico, jactancia. Un ayer sin mañana, para los alquimistas, el hierro. (viii) Soy Gólgota y Tarpeya, travesía de Aquiles y de Eneas Del bien su antípoda, 34


Elegías y desencantos del círculo su extremo. De Lucifer la oscura letanía, un lastre en la bahía. La tortuosa calamidad, de la solitaria Ariadna. (ix) La Helea sin las tragedias, ni la península Anatolia. Apocalipsis que no llega, jinetes, que siguen acechando. Libros que no compaginan, con estos versos sin rima. La holgadez en la vendimia, de un doliente hipocondriaco. (x) La escala prohibida, y de la depresión la cima. Soy el rostro que enmascara, y, entre los tonos, el negro. Quise de tus palabras ser la pausa, pero aún puesta la celada, la coraza permanece vacía, como un espejismo… Como un espejismo en el desierto.

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Elegías y desencantos

Montsegur (i) Nos separa una muralla de varios días de ancho, de noches de espanto; con una alzada que ni el orgullo increpa, Tanto se jacta de hallarse en ambos bandos. (ii) Semejante a la carga que llevó Svadilfari Aunque no es a Midgard a quien envuelve la barbacana. De la estirpe de Sleipnir, no guardas en las caballerizas; Sin embargo, patrullas, galopante a ocho patas. (iii) En formación, una escuadra bisoña, marcha sobre el puente levadizo. En el lugar donde cuelgan los lamentos, soplan tirantes los cuatro vientos: En la horca de Montfaucon, es allí; allí descansan tus derrotas. ¿Pendes tú con ellas? Pues en las almenas, presta impasible atención la impotencia, y en los matacanes disparas tus dardos. (iv) Con los estandartes hendidos en la plaza de armas, se satiriza al cementerio real, cuando los blasones, hacen de epitafio. (v) Envié a mis heraldos; apenas sobresalen de la fosa. A las palomas mensajeras, las abatió el frio de las torres. 36


Elegías y desencantos Templarios de rodillas ante un Cristo sin crucificar. Cañones con pólvora húmeda; el carcaj lleno de flechas a la mitad. (vi) Que cesen las lisonjas, Y se aplacen el prurito, el hacer de Cadmo. Hasta el bufón con risas se arma, pues, su Majestad, ante nadie se reclina, Ni en estos tiempos hostiles, ni ante lo ignominioso o la exuberancia. (vii) El Papa te alienta con el ‘Dominus vobiscum’; Ahora, repítelo en vulgata. Y no desvela a quien llames por tu dios, ya que si lo es, te llevará impertérrita en armas y hacia el herético Poniente, en Cruzada a su Tierra Santa. -¿Contra mí?(viii) Si por Reina y dama a ti se inclinan, que no haya Barón, ni par ni estima que a bien tuyo no te siga. ¿O te persiga? Aunque, de la torre de Homenaje reposen sólo tus ruinas. (ix) Se secaron las venas llenando, de los estanques la reserva. Se divisan yelmos en el horizonte. Tapad, por tanto y tan poco, vuestros oídos, que de Jericó las trompetas ¡Ya se acercan! __________________________________ (x) Tú, ven, tú Escapa por la buhardilla, 37


Elegías y desencantos maúlla en el tejado, Libera a los fugitivos, como canta el bardo: En el choque de las copas (y en tu compañía) ha de apaciguarse el llanto.

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Elegías y desencantos

Ama Ama con desprecio, con rezumante algarabía; ama con remedo de romance, con desazón y embate; ama procurando desmedro, con yugo y tiranía; ama con impura indecencia, con sarcasmo e ironía; ama con obcecada soberbia, con cólera y vesania; ama hiriendo, desgarrando, con el corazón y con las vísceras; ama con la hiel de la avaricia, con desenfreno y alevosía; ama con irascible reprimenda, con argucia y artería; ama con desdeño y amnesia, con reticencia y superchería. Que el amor no conviene en no dañar lo amado, ni en resignarse a cumplir lo apetecido. Ama como si el amor por sí solo bastara que no es amor el que ama con retahílas, sino el que ama con locura obsesiva, compulsiva y creadora. Ama después de destruir lo amado y de amar lo destruido.

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Elegías y desencantos

Elegías y desencantos Llevo mis elegías y desencantos Junto a los ungüentos y los bálsamos . Hacia la montaña donde ofrezco lo que ella misma me ha dado. Entrego unas palabras que no son mías y me guían otras manos. No son mis pies, ni mis brazos. Larga y peligrosa es la vía del mensajero, tanto que tropiezo con mi sombra al mediodía y sueño que despierto cuando sigo aletargado. Nunca fuimos nosotros y tampoco lo seremos. Era labor del dramaturgo concebir esta comedia, y sobre el mundo dejar todo dicho, hasta las risas, las objeciones y los desacatos. Aun así, ofrezco a ustedes mis elegías y desencantos cumpliendo mi destino ocupando este personaje. Y estando todo preparado, que se levante el telón y siga la obra, en la que nos hacemos dios y dios se hace hombre.

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Elegías y desencantos

Del tiempo y otras mentiras Nadie le ha escuchado la voz al tiempo. Nadie lo ha visto, nadie lo ha advertido. Fiero fantasma que nadie sabe donde está pero ante el que todos, sin saberlo, se inclinan. El tiempo se lo inventó un relojero quien comparó los instantes con la gravilla, le dio un cuerpo de aceite, de agua y luego de acero. Pero no es más que un golem de números, una quimera un rumor, una estela. Y es que el tiempo no huele a viejo, pues no llega a desaparecer lo que jamás ha existido. El único tiempo posible es este momento, en el que tu lees y yo escribo. El resto olvídalos son meras ilusiones sin sentido Cuando el presente se hace absoluto todos los mañanas viven en este día Y todos los ayeres regresan porque nunca se han ido. Porque nunca se han ido.

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Pensamientos gitanos Si tus pensamientos yerran gitanos y el viento al pasar te esquiva. Si el agua te moja porque no eres agua y el fuego te quema por estar bastante fría Si la tierra te sostiene porque aún no eres ella y tu espíritu pesado ha rechazado la etérea alegría. Si tus deseos a lo exterior mendigan Vuelve adentro, vuelve al centro para que termine por fin de tu ser la huida.

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El camino yermo La realidad corre desnuda sin recelo, por fuera del tiempo y el espacio. Detenerla es cortar su vuelo, pretender entenderla es vestirla con nuestro miedo. ¡Oh sabiduría! La más banal de las posesiones. Y es que no todos los vestidos del alma son de carne: también los hay de ideas y palabras. Que al final del final todos se pudren, se sabe, y hasta la razón comparte con sus hijos una tumba. Te prefiero así, sencilla, sin ninguno de los nombres. Así, sin medidas ni relojes. Te quiero así Eternidad, callada sin la prepotencia de los sabios que por saber tanto, desconocen la asombrosa grandeza de no saber nada. Sigo la senda de lo absurdo, el camino yermo donde conocer implica preferir la ignorancia y quedarse con las letras no escritas de los libros. Me anima la curiosidad que no se distrae ni se colma porque aspira a lo que no puede ser sabido sino por el gesto amable de una sonrisa, por el c/olor de una flor o lo espontáneo de la brisa. Aquella ignorancia que busca lo que está antes y después de nosotros o el misterio que nos une con sólo mirarnos en el sueño desnudos, íntimos y diáfanos.

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