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CAPITULO 1 LA PEZA (Í908 - Í912) Mi padre tenia dos fincas, un molino harinero, movido por el agua de la Fuente de la Gitana, y una alfarería, sita en Rio de Fardes, entre La Peza y Diezma. El silencio y la pureza del aire de Sierra Nevada se habían enamorado del sonido del molino de mi padre. Y yo, con seis años, formaba parte de aquel conjunto, sumergido en un cuadro eterno de belleza- Aquella luz y aquella sierra forjaron en mi una sensibilidad y un estilo de alma que condicionaron toda mi existencia. Tal recuerdo de los seis años de edad me ayudó a llevar mi futura sotana, mis gorros anchos y negros, dos servicios militares , injusticias, incultura y a mi mismo. Nací a primeros de este siglo año 1902, en La Peza, pueblo eternamente vigilado por la majestuosa Sierra de Granada y el silencio susurrante de millones de pinos. Con gran satisfacción de los mayores y regocijo de los menores, además de las fiestas religiosas y patrióticas, todos los años se celebraban en casa tres grandes acontecimientos: la trilla, la castra de las colmenas y la matanza de los cerdos. LA TRILLA Como un mar dorado se extendían por la inmensa llanura los trigales en sazón. La brisa movía suavemente las espigas, el sol se reflejaba en la raspa y, como olas de plata de reflejos nacarados o como olas de nácar con reflejos plateados, se formaba un gran cuadro de insuperable belleza. Aquellos millones de trillones de granos de trigo sumaban una enorme fortuna y el alimento de innumerables pueblos, provincias y naciones. Pero esta suave belleza podía ser reducida a cenizas por el fuego en cuestión de horas; o a una desolación, bien por el pedrisco o bien por el aire huracanado. No habiendo en aquel tiempo otros medios, centenares de hombres, llamados segadores, soportando verticalmente los rayos solares sobre sus espaldas, en cuadrillas de veinticinco o cincuenta, se iban con su cante y su botijo a trabajar el campo y al sol. Sostenían en su mano izquierda hasta cinco manadas (cada cinco manadas, una gavilla; y quince gavillas, un haz). Y con su derecha, la hoz, haciéndola brillar al sol cada vez que magistralmente la movían, cortando el aire conjuntamente con la mies. Admirable belleza de hileras de haces, que, recogidos por carros o a lomos de bestias, eran llevados a los almiares, junto a las eras. La trilla era considerada como la operación final y coronación de este ciclo de D. José María Martínez Castro

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trabajo. Por eso, unos días antes y hasta encerrar el grano en los graneros, preparaban un festín, sacrificando cabritos, corderos y toda clase de comida popular, y bebidas como para varias fechas. Así, con toda familiaridad, con sentimientos nacidos del mismo corazón, hasta terminar en despedida, se decía "hasta el año que viene, si Dios quiere". Sobre la dos de la tarde, los pares de mulos eran llevados al abrevadero, y con todos los trílleros, tanto fijos como contratados, así como con la servidumbre, añadiendo tablas de amasar a las mesas, se efectuaba la comida, quedando siempre por encima los manjares de la cordialidad, la familiaridad y el respeto de los unos para con los otros, que sólo podrían brotar del corazón. Antes que empezara a refrescar la tarde, las faenas estaban ya concluidas, las bestias en los establos, los aperos ordenados y todo a punto para el día siguiente. Había que esperar que el sol calentara las parvas para que la mies crujiera como cristal por las pisadas de las bestias. Por eso se podía retrasar un par de horas la velada. Después de la cena, una buena orquesta de guitarras y bandurrias alegraban dos horas de fiesta familiar. Las de casas, nuestras primas; las amigas e invitadas, todas ataviadas con buenos trajes, con las postizas, palillos o castañuelas, empezaban el baile con elegancia, aire y garbo, llevando el compás de las músicas y el cante de manera lenta en los intervalos, y multiplicando el movimiento con ritmo y elegancia al cantar coplas alusivas al donaire, belleza y elegancia de las mozas. Pasaban como un relámpago las dos horas de familiaridad, de cariño y de recuerdo inolvidable. Después, a descansar y hasta el día siguiente. Nosotros, los pequeños, días antes ya gozábamos viendo preparar las horas y días de familiaridad incomparables. Era el año 1912. Contaba con diez años de edad. Un día dijo papá a mamá: - No prepares más que para los familiares y los fijos; los muleros y los trílleros contratados no vienen a las fiestas. Quieren que se les pague una peseta con cincuenta céntimos más y ellos se arreglarán por. su cuenta. Aunque aquella cantidad parecía poco, si en cuenta se tenía que una fanega de trigo, después de los gastos de un año entero, limpia de polvo y paja, se vendía por treinta reales, es decir, siente pesetas con cincuenta céntimos; que un pan de cinco libras, que vienen a ser unos dos kilos, por cuarenta céntimos, y que un caballo, por unos treinta duros, se consideraba dicha cantidad como una preciosa subida. Mis padres insistieron en pagarles aquella subida, pero que no dejaran de asistir a las fiestas familiares. Ellos eran pobres, pero honrados. No volvieron más. Se fueron con su pobreza y honradez. Yo era un niño y una tristeza inolvidable se apoderó de todo mi ser. (Aquella D. José María Martínez Castro

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discrepancia, que nada parecía, llegaría con los tiempos a convertirse en odio mortal entre amos y servidores.) Mis padres pensaron en llevarme al médico, pero prefirieron sondearme y estudiarme para aclarar la situación. Un día, sentados a la sombra del parral, yo hacía y deshacía muñecos y toritos de barro. Mamá bordaba. Con una precisión fulminante me dijo: - ¿A quién quieres tú más en el mundo? - A ti y a la tita Natividad. Mi tía Natividad era hermana de mi madre. Me amamantó cuando nací, precisamente porque mi madre se encontraba enferma. - Si así es, me dirás con toda sinceridad la causa de tu tristeza. Mi corazón se abrió y con toda sinceridad, como brotando de él, le respondí: - Por no venir a comer con nosotros los trilleros. Una sonrisa de satisfacción y tranquilidad se dibujó en sus labios. Seguramente en su corazón y mente fue más profunda.. Descubrió no ser nada fisiológico, que mi corazón latía al par de los suyos y que en e1 mío se encerraba, como un diamante en su estuche, respeto y fraternidad con aquéllos que la fortuna había relegado social y económicamente a una situación más pobre. ¡Con cuánta alegría supo la causa! Su corazón estaba complacido. Aquellos servidores, aquellos familiares sociales nuestros y mis padres se fueron para siempre y, al cabo de la friolera de setenta y tres años, todo tuvo cumplimiento. Terminada la guerra en el verano, los legítimos dueños y otros ladrones de condición se apoderaron de todo, dejando en la miseria a millares de familias. De aquí nació el célebre y criminal estraperlo. El pan, el tocino; todo alimento se vendía al cien por cien, al mil. Y los pueblos padecían hambre y desnudez.. Y para estraperlar más y más, despidieron a los colonos y a sus obreros. Como si ser pastor o agricultor fuera una cosa tan fácil y hacerlo mal o bien no fuera una lucha desde la niñez... Aprender la multitud de secretos de humedad y sequía, de sembrar y regar, de amamantar y esquilar... Los efectos no se hicieron esperar. Por falta de técnica, manos ensangrentadas con el astil y la mancera; los cortijos, donde había cincuenta pares de mulos y cada mulero sostenía una familia; además de los encargados de encerrar el grano, de los pastores, segadores, etc. se vinieron abajo. Aquellos cortijos y campos eran como un pueblecito que vivía a su sombra. La siembra quedó diezmada; los ganados, a pienso; los bosques, talados. Los buitres, águilas reales, quebrantahuesos, lobos, garduñas, gatos monteses se fueron ausentando y muriendo por falta de alimento. Ya no se oían cantar los pastores en las laderas, ni el gañán en las besanas, ni las alondras en los trigales, ni el jilguero en los almendros en flor, ni la perdiz en los collados, ni las esquilas de las ovejas, que a hileras bajaban del monte. La vida de los cortijos se hundió. Los dueños compraron pisos en la ciudad y aquella multitud de honradas y D. José María Martínez Castro

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trabajadoras familias, como los cipayos y los panas orientales, no por los impedimentos de castas sociales, sino por la opulencia y la pobreza, fueron formando una verdadera circunvalación alrededor de las grandes ciudades, aumentando el paro y el hambre. En aquellos campos sólo queda el estampido de los tractores. En setenta y tres años se confirmaron de pleno las tristezas de un niño. Aquellos centenares de mulos, caballos, cerdos, ganado, abono natural, frutas y perros terminaron para siempre. LA CASTRA Era la fiesta familiar más corta, más dulce, pero no de menos alegría y familiaridad. Los niños admirábamos la envoltura de las cabezas, las caretas metálicas, las hachas de antorcha sin llama y mucho humo para ausentar a las abejas y que la reina se guareciera en buen lugar. Nos encantaba ver los dorados paneles con sus celditas llenas de miel y, sobre todo, gustarla. Todo preparado para separar la miel de la cera. Pero ahora pienso cuánto habrían disfrutado Picasso y Miró teniendo por modelos vivos los efectos de las picaduras de aquellas laboriosas abejas, que con valentía y a costa de sus vidas, considerándose robadas por nosotros, arremetían con tenacidad, poniéndonos un ojo dos dedos más levantado que el otro, el pabellón de una oreja como una choza de retama y los labios superior e inferior con un dedo de grueso. La esperada castra siempre se efectuaba con gran alegría. Volvíamos a reunimos familiares y amigos a primeros de septiembre. De todas las flores, desde el almendro hasta el romero, las abejas habían acumulado aquel tesoro, y como hasta los venideros helados no habrían nacido otras flores, encontraban un arsenal de jugos azucarados en las uvas, higos y miles de frutas. Las abejas siempre volvían a fabricar nuevos panales, llenando de néctar las celditas y a esperar hasta que la reina colocara su huevo; hasta que en abril nacieran los encambres con otra nueva reina, formando nuevas repúblicas, reinos e imperios. LA MATANZA Esta era otra de las grandes fiestas. Todo estaba preparado: calderas de cobre, orzas, lebrillos, artesas de pino o nogal, lumbres, cuchillos y una infinidad de utensilios. Serían en aquella ocasión como las ocho de la mañana. Las lumbres calentaban el agua hasta casi a punto de hervir - El matarife vestía una bata blanca. Tomaron unas copas de anís y abrieron las puertas de la zahúrda. Salió el primer cochino como un toro del toril, presintiendo tragedia y bufando como un jabalí. Aquellos expertos hombres en un santiamén lo subieron al potro y con cuerdas lo amarraron bien, ligándole el hocico. Una chica sostenía un lebrillo. Otra se preparaba D. José María Martínez Castro

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para diluir la sangre y un reluciente cuchillo fue hundido en el antepecho del animal. El golpe era de gran maestría. Lo importante era que el cuchillo seccionara las arterias sin producir la muerte repentina, a fin de que fuese soltando toda la sangre muy despacio hasta la última gota. Al principio y a pesar de tener la trompa bien ligada con cuerdas, los sonidos resonaban en los tajos y barrancos, hasta que el eco se fuera apagando poco a poco hasta morir. Y aquellas justas quejas, efecto de la superioridad del hombre sobre la bestia, no se oirían más. Inmediatamente fue colocado en una artesa de nogal de una sola pieza, de casi un metro de largo, con el lomo hacia arriba. Docenas de pucheros de agua hirviendo lo regaron, hasta desprenderse las cerdas de la pie 1, y con cucharas de hierro para el caso lo raían en todas direcciones, hasta dejarlo limpio y blanco. La limpieza era un principio familiar. Con la misma maestría le acoplaron un camal en los tendones de sus patas traseras. Lo coIgaron de una viga. Lo abrieron en canal y los pequeños veíamos los intestinos, el estómago, las mantecas, los pulmones y el corazón. Y sin hablar nos decíamos: "Así somos nosotros por dentro". En azafates de mimbre se fueron llevando cada pieza a un sitio ya perfectamente organizado. Así fueron desfilando, uno tras otro, todos aquellos animalitos, a los que les seguía la misma suerte. No había máquinas. Todas las operaciones tenían que ser efectuadas a mano. Las almireces resonaban en el valle como campanillas y el olor de las especias molidas bañaba la atmósfera. En piletas de madera de encina y con hachas de acero de medias lunas y mango vertical se picaban las carnes para hacer los chorizos, salchichón, longaniza y se preparaban las cebollas y mantecas para las morcillas. Los hombres, terminada su misión, combatían el frío de diciembre en las estribaciones de Sierra Nevada con una buena lumbre de troncos de encina. Sobre las brasas asaban chicharras de las parótidas, que con tragos de vino alpujarreño reparaban el cansancio, sabiéndoles todo a gloria. La noche se vino encima, y otras y otras chicharras, aderezadas con pimienta, ajo y limón, y bien regadas desde las botas de cuero, alegraban la noche. ¡Y en qué intimidad todos disfrutaban! Nosotros, los niños, rebosábamos de alegría y nos encantaba oír lo que los mayores contaban. Si grande era la fogata, mayor era el círculo de los comensales. En el lado izquierdo, el tío Denis, pastor de los toros bravos; en el derecho, por respeto a su edad, el tío Juan Dunda, pastor de las ovejas y cabras. Después, los mayores de casa y familiares, los gañanes y pastores de casa. Los pequeños nos acoplábamos donde podíamos. De muchas cosas se conversaba. Denis contaba las escaramuzas que tenía frecuentemente con los lobos. Allí no estaba tranquilo porque temía que estas fieras pudieran entrar en las cuevas y corrales, protegidos por tapias de piedra y rodeados de espinos y media docena de mastines. Pero las fieras eran muy astutas. El tío Denis, rebosando de satisfacción, D. José María Martínez Castro

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contaba cómo había vencido a las fieras. Había observado que en la fiesta de San Marcos, patrón del pueblo, disparaban haces de cohetes, y hasta los perros cazadores desaparecían durante las fíestas. Pensó que no le temían al zambombazo del cohete, equiparado al de un tiro de escopeta; a lo que temían era al chus-chis que salía de la canilla para empujar hacia arriba. Le dijo al cohetero que le fabricara una docena de cohetes, pero que llevaran adheridas seis o siete canillas sin trueno. Efectivamente, a los mastines, con los pelos encrespados y los dientes preparados para la lucha, tanto más cuanto más cerca estaban, les dejó ir tres cohetes en distintas direcciones. La explosión fue enorme. El eco resonó en los tajos y barrancos, pero ellos, nada. Lo que les causó un pavor enorme fue que las doce o catorce canillas, despojadas de rabo, junco o timón, daban trescientas mil revueltas con la velocidad del rayo. Unas veces cerca de su mismo hocico, otras a diez metros, acercándose y alejándose con gran chisporreteo y formando relucientes culebrinas, que sembraban el pánico y el espanto en aquellos ágiles animales, quienes perdiendo la orientación, rodaban por los tajos y barrancos. Tal miedo les causó el chisporreteo que, si ellos tuvieran el más mínimo conocimiento del mismísimo demonio, jurarían que en cada chispa habría sesenta demonios. Cuando los perros y el ganado, unos con sus ladridos y los otros con sus signos naturales, delataban la proximidad de las fieras, allá les enviaba un par de cohetes. El ganado, a descansar y yo, a dormir. Juan Dunda contaba también que alguna vez le robaron un ternero y que él con una buena estaca apaleó a los lobos y les quitó la pieza; pieza que después se la comían, asada, con los otros pastores. Una vez fue tal la nevada que se les agostaron los alimentos y se vieron en la necesidad de bajar a los cortijos. El nevazo fue de tal magnitud que la nieve arrastrada por el viento no sólo habla tapado los senderos, sino también los barrancos de más de diez metros de altura y en muchos sitios sólo se veían las copas verdes de algunas encinas. - ¿Cómo pudo vd. vencer la situación? - Disponíamos de grandes mantas de lana. Así que extendíamos sobre la nieve una y nos hacíamos rodar sobre ella. De esa forma, poco a poco, íbamos rodando y llegábamos al camino. Esa fue nuestra salvación. En primavera la manada de becerros recién nacidos eran encerrados en un corral y eso, a veces, podía ser un gran peligro para nosotros, que todo lo andábamos, ya que era muy posible que una vaca se desmadrara en busca de su becerro. Un día el tío Denis nos dijo a los pequeños: - Si alguna vez una madre viene en busca de su becerro y os sorprende, no corráis; quedaos quietos. Ellos se conocen por el olor. Así es que si llegara a oler vuestro vientre, lo más D. José María Martínez Castro

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normal es que siga su camino y no os pasará nada. No muchas veces, pero sí alguna nos ocurrió. Como Denis y el tío Dunda , en la que, estando una noche guardando ovejas bajo una gran luna llena, -luna llena de Andalucía- vio como unos hombres llevaban algo voluminoso a hombros, observándose claramente las siluetas frías de una noche de noviembre. Mi tío no tuvo miedo jamás, según él. Así que, con fuerte voz/ preguntó: - ¿Quién va? Las siluetas corrieron rápidamente entre las sombras alargadas de la noche, dejando en un pequeño barranco el bulto que transportaban. Mi tío se acercó al extremo del pasaje, movido por la curiosidad de saber qué llevaban aquellos señores. Llegó allí. Era una caja de madera; una caja alargada. La abrió y dentro vio una gran cara de mujer, muerta. Cara grande y redonda, que parecía ser un espejo para reflejar la luna. Cara femenina de luna llena. Mi tío Juan Dunda se sintió paralizado . Salió corriendo hacia las ovejas. El frío, la noche y el cansancio ayudaron a que no viera cómo y por qué desapareció a la mañana siguiente la caja con la luna llena dentro. Se cambió de conversación no sé cuántas veces, pero lo último que mi hermano menor y yo oímos fue lo de los franceses. La invasión de España y que un cuerpo del ejército francés había pasado a un tiro de piedra de nuestra casa cortijo. Y de ello se habló largo rato

CAPITULO 2 D. José María Martínez Castro

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LA ESCUEL A (1909-1912 Con siete años asistí a la escuela de un zapatero remendón, apodado Frasquito el Boticario. No había maestro titular. En aquella época los maestros eran pagados por los ayuntamientos y nunca veían un centimillo; de ahí el dicho "tienes más hambre que un maestro de escuela". Debido a ello los maestros no hacían parada en el pueblo. Este boticario, al mismo tiempo que cosía los zapatos, vigilaba mientras leíamos, escribíamos o echábamos algunas cuentas. Cuentas que nadie sabía si estaban bien o mal. Aunque nunca calculábamos la superficie o el volumen de un cuerpo, él si nos los hacía a nosotros con una buena correa en el nuestro. Así tres años . Un buen día, y ya pagado por el Ministerio, vino D. Miguel Sánchez Chañes, de la escuela manjoniana o algo parecido. Hizo programas de todo y nos enseñó a hablar, escribir y resolver problemas de matemáticas, con quebrados y geometría incluidos. Nos leía cuentos de un libro llamado “corazón”, de autor italiano, sobre los cuales después hacía comentarios con relación a la moral, ética y patriotismo. Aprendíamos de memoria, para después recitarlas, trozos de las mejores poesías, tales como el "Dos de Mayo", "Salve, Bandera de mi Patria", "Soliloquios de Segismundo" , "La Cena Jocosa", etc. Conocíamos de España, provincias y capitales, ríos y cabos, y bastante historia española y europea. Cuando me fui a estudiar fuera del pueblo, ya iba dominando algunas asignaturas . Era el curso escolar de 1913 al 1914. Mi padre, como ya saben los lectores, tenía dos fincas, un molino harinero, movido por el agua de la Fuente de la Gitana y una alfarería, sita en Río de Fardes, entre La Peza y Diezma. Como padre cariñoso y ejemplar, hacia planes para sus hijos a fin de encauzarnos en la vida. En tal sentido pensaba dedicarnos, uno a las harinas y otro a los ladrillos y tejas. Un día nos dijo después de comer: - Este es el último año y curso que asistís a la escuela. Lo que yo sufrí en aquel instante es indescriptible. Por mi mente pasaban como torbellinos mapas, cuentas, continentes, poesías... Eso significaba separarme para siempre del señor maestro, de mis condiscípulos, de mis libros y de aquella vida, que posiblemente no iba a disfrutar más. No era un cuento ni ficción; era la tristísima e irrevocable realidad. Un día nos dijo D. Miguel: - El lunes próximo viene el Sr. Inspector a visitarnos. Jamás habíamos oído nosotros la palabra inspector. ¿Cómo sería? ¿Sería un hombre normal? ¿Vendría vestido como un guardia civil? Mil figuras fantásticas anidaban en nuestras mentes. D. Miguel nos previno: - Estaréis muy atentos y quietecitos. Antes de escribir o contestar, pensad bien la D. José María Martínez Castro

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contestación. Tomad interés en quedar bien, porque según quedéis vosotros, quedaré yo. Aquel día estaba yo con otro compañero sentado en el primer pupitre - El señor maestro salió a la puerta a recibirlo. Nosotros en pie, sin movernos. Gran silencio. Silencio sepulcral. Nos mandaron sentar y todos al unísono, como si fuera una sola voz, dijimos antes de hacerlo: "Con su permiso". Mirábamos sus ojos. Queríamos entrar dentro de su cabeza. Observábamos sus facciones, corpulencia, altura... Nos pusieron a leer; nos pusieron a escribir un punto al dictado; nos pusieron a recitar una poesía. Y después de la geometría vino la geografía. Cuando menos lo esperaba, me preguntó a mí. Fue de golpe. - ¿Cuándo está la Tierra más cerca del Sol? En el verano estamos muy cerca, ¿verdad? Yo le respondí con aplomo. - En el verano estamos muy lejos. - Y ¿cómo puede el Sol calentar más estando tan lejos? No sabía qué decir. No estaba turbado ni nervioso. - Por favor, denme una cerilla - dije. La encendí. Le tomé un dedo de su mano y se la acerqué lateralmente. Casi tocaba la llama y, aunque sentía bastante calor, no se quemaba. Luego le puse el dedo encima de la llama y, aunque se encontraba más distanciado que anteriormente, tuvo que retirar rápidamente el dedo. Le dije que eso pasa con el Sol y la Tierra. Cuando está muy lejos, el Polo Norte se inclina y los rayos del Sol caen de forma perpendicular en la zona templada de la tierra. La satisfacción del Sr. Maestro se reflejaba en toda su cara. Yo era algo feo. Siempre fui feo y bajito. Niño feo de pueblo. El inspector me volvió a mirar. El y el maestro se sentaron y estuvieron hablando sin saber nosotros lo que decían. Después me dijo: - ¿A ti te gustaría estudiar?. - Si, señor. Pero mi padre no quiere que estudie. Aquella tarde, el inspector, el maestro y el Señor cura visitaron a mi padre y, mientras los chicos nos divertíamos en la Plaza de España comentando nuestro éxito, ellos convencieron a mi padre para que me dejara estudiar.

Al día siguiente, durante la comida, con gran contento de mamá y mió, dijo mi padre:

- Se han deshecho mis planes. El próximo septiembre te irás a estudiar al Seminario Diocesano de San Torcuato de Guadix. D. José María Martínez Castro

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En el curso académico de 1915 al 16 me enfrenté por cuatro años al latín y humanidades. Me acoplé a la vida casi monástica y triunfé en mis estudios.

CAPITULO 3 EL SEMINARIO Es un enorme edificio, sito en la Puerta Alta, rodeado por la izquierda por el palacio del Sr. Marqués y por la derecha por su iglesia. Su fachada es majestuosa, blanca como la nieve, con una gran puerta de unos siete metros de alta y más de cinco de ancha. Tres ventanales grandes a cada lado con gruesas barras de hierro; y en su primera y segunda plantas siete balcones en hilera, guarnecidos por rejas de hierro forjado .A la izquierda del zaguán la portería y a la derecha las clases. Un inmenso patio rodeado de altas columnas de mármol gris, que sostienen arcos de medio punto, alojaba en su centro un pozo de agua pura y cristalina para surtir al edificio y sus dependencias. Las crujías, por los laterales, dan paso al segundo patio, dejando en medio el despacho del administrador. Otro patio, tan magnífico y grande como el primero, también adornado de columnas grises pero sin arcadas, se encuentra lleno de gigantescos árboles con troncos enormes. A ambos lados suben dos anchísimas escaleras hasta el segundo piso. En el primero se encontraba la Rectoral y el salón de actos, el gabinete de física y su clase; después las habitaciones para cada seminarista, que en algunos casos eran para dos, ya que solían agrupar a un seminarista nuevo con otro más veterano para el mejor orden de la institución. El comedor se encontraba en la planta baja. El segundo piso era como el primero e incluía la biblioteca con varios miles de volúmenes, y celdas en el resto. Detrás y al lado derecho había otros dos patios, donde se encontraban instalados las cocinas y almacenes. Al lado de un pasadizo, que conducía a un puente cubierto para pasar a los campos de recreo, llamados "la Alcazaba", se encontraban los cuartos de aseo. Este puente voladizo y cubierto da paso a la moruna Alcazaba, paralela a la segunda planta y separada de las paredes del Seminario por altas murallas de piedra. La Alcazaba era y es lo más alto de la ciudad de Guadix. Rodeada de calles y barrios, que se veían allá abajo. Como era tan grande, teníamos en su interior dos amplísimos campos de fútbol y otros dos de pelota a mano, bajo unos torreones de más de veinte metros de ancho por unos quince de altura, que hacían de magníficos frontones. Al lado derecho, la iglesia, propiedad del Seminario, alta y voluminosa, con una gran cúpula sostenida por seis columnas en lugar de cuatro, ya que era ovalada. En cuanto al orden interno, estaba regido y lo está por un Rector, un vicerrector, D. José María Martínez Castro

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dos superiores, todos ellos sacerdotes, y dos prefectos. Estos dos últimos cargos normalmente recaían en teólogos próximos a terminar. Uno presidía los estudios, comedor. etc. de los filósofos y teólogos, y el segundo, a los alumnos de los cuatro primeros cursos, llamados latinos. Por otra parte, había un portero, dos pinches para los recados y compras, y cinco fámulos para la limpieza, servir las mesas, etc. Estos fámulos eran seminaristas que, mediante estos servicios, se costeaban su beca de estudios. Los estudios comprendían cuatro años de latín y humanidades; tres de filosofía y cuatro de teología, como asignaturas fundamentales. Las notas que nos daban era: matrícula de honor, meritissimus o sobresaliente, benemeritus o notable, meritus o aprobado y suspensus o suspenso. Para obtener matrícula era necesario tener sobresaliente en todas las asignaturas y pasar posteriormente unas oposiciones entre aquel los alumnos que cumplían dicha condición. En cuanto al régimen interno, era muy parecido a un cuartel. Levantarse a las siete. Aseo personal y de la habitación. Todo al toque de campana. Siete y treinta, a formar en el corredor y a la capilla. El Ángelus, media hora de meditación sobre tres puntos y la santa Misa. De allí al comedor para desayunar; una hora de repaso y a las clases. Al mediodía, a la una y media, la comida. Durante las comidas, el que hacía de lector, que era una misión a cumplir por turno, leía pasajes bíblicos, vidas de santos y en alguna ocasión clásicos griegos, latinos o españoles. Terminada la comida, nos íbamos de recreo a la Alcazaba, para jugar al fútbol, a la pelota o a otra infinidad de juegos, desde pasear hasta el marro. Posteriormente teníamos preparación de las clases de la tarde, merienda y otra hora de recreo. Tras dos horas de clase teníamos el santo Rosario y cena. Antes de ir a dormir pasábamos por la capilla para dar gracias y conocer los puntos de meditación del día siguiente. Media hora para acostarse y, tras apagar las luces, un silencio sepulcral. En el tercero de Teología los seleccionados al efecto eran tonsurados. Recibían después el subdiaconado, que comprendía el voto de castidad; y el diácono, para poder leer los santos evangelios y administrar el bautismo, así como predicar. Por último, el presbiterado, para administrar todos los sacramentos, menos los de la Ordenación Sacerdotal y Confirmación, que están reservados al obispo. Los domingos y jueves cambiaban las normas. Nos levantábamos más tarde y después de preparar la merienda, nos llevaban de paseo, unas veces a la estación ferroviaria y otras a los villorrios cercanos a Guadix. Los días de fuerte viento íbamos a una rambla casi encajonada. A todas partes nos acompañaban dos vendedores de golosinas. Otras veces nos llevaban a ver los monumentos, plazas, iglesias y hospitales. Recuerdo que una tarde fuimos por la carretera de Granada a Murcia y pasamos al lado de un vivero en la vega. El vivero tenía infinidad de árboles frutales, arbustos, D. José María Martínez Castro

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rosales, etc. Corrían los primeros días de febrero. En las plantas aún no se distinguían claramente la hinchazón de las yemas. Era el tiempo de la plantación y centenares de carros, mulos y algún que otro camión, cargados de jóvenes plantas, partían en distintas direcciones hacia pueblos de la provincia. Y yo me preguntaba: Estas plantas, nacidas y cuidadas todas de la misma forma, mismo tiempo, misma clase y especie..., por ley natural serán plantadas en diversos campos. Algunas junto al manantial; otras en cuidados Jardines; otras en las riberas de los arroyos o en terrenos de contención sin más agua que la de al lluvia, así como las de los caminos, sufriendo los humos y el polvo para siempre. ¡Qué diferencia para unas y otras! A nadie decía nada, pero yo veía y comprendía que, al igual que las plantas, en las universidades y aun en el mismo Seminario, los alumnos, una vez terminadas sus carreras, serían enviados a pasar sus vidas en villorrios sin luz, agua y a mucha distancia de las ciudades, en muchos casos siendo los mejores; mientras que los de regulares estudios con ínfimos expedientes, igual llegaban a ser "Ilustrísimos Señores" y toda la vida la pasarían en las mejores capitales. De aquí aquello tan profundo y verdadero: "El que tiene padrino se bautizará y el que no lo tenga quedará moro". Después de dos años, un día fuimos de paseo por la carretera de Granada a Murcia. Cosa insólita: un artefacto de aspecto feísimo, movido por un motor de gasolina, levantaba el firme de la carretera a base de dejar caer unas pesadas barras de hierro. El empresario y el capataz nos explicaron el cómo y el porqué. Nosotros ya conocíamos las leyes físicas, por lo que entendíamos que aquella máquina realizara el trabajo de cincuenta hombres en un solo día. Yo y muchos nos alegramos de que la ciencia dejara descansar a los centenares de brazos de aquellos pobres obreros sometidos al sufrimiento, al desgaste del trabajo y a recibir el sol sobre sus espaldas durante el verano y el frío en los meses invernales. Nada menos que por el transcurso de todas sus vidas. Pero examinando la otra cara de la moneda, cuántos de ellos quedarían en el paro y en el hambre por falta de trabado. Llegada la temporada de recibir las Ordenes Sagradas, fuera la Orden que fuera, los ordenandos tenían una semana completa de santos ejercicios, para ante Dios ver si eran llamados o deberían tomar otro derrotero. Los prefectos eran sustituidos por otros seminaristas durante ese período. Aquella noche empezaban los ejercicios espirituales. Yo estudiaba el quinto, es decir, el primero de Filosofía. Me encontraba detrás de los de segundo y tercero, después de los teólogos. En aquella inmemorable noche se abrió la puerta de la sala de estudios y el superior, señor Ronquillo, entró. Muy serio nos miró a todos y fijándose en mí dijo: - Señor Castro, pase a la prefectura de los latinos. Cosa inaudita. Esa posición desde tiempos inmemoriales era para el más antiguo de los D. José María Martínez Castro

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teólogos. Tanto los teólogos como los filósofos se dieron por resentidos y, en contra de todas las leyes de la disciplina, le propinaron una gran pita imitando al moscardón con las fosas nasales. Terminados los ocho días de ejercicios espirituales, volví a mi salón y al primer banco. Se volvió a abrir la puerta, pero esta vez fue el propio señor Rector. Era un hombre excepcional en conciencia y autoridad. Deán de la Santa Iglesia Catedral. Muy seriamente nos miró a todos. - Sr. Castro, váyase de Prefecto con los latinos para siempre. Al día siguiente todos reconocieron su falta y pidieron perdón, exponiendo que estaban dispuestos a sufrir y cumplir en reparación de buena voluntad el castigo que se les impusiera por su insolencia. Aunque aquel nombramiento me llenó de honor y complacencia por la categoría de presidir los estudios, la comida, dar permiso para las visitas, etc., me comenzaba a llenar de responsabilidad y deberes para con los demás. La clase de declamación era importantísima. Para toda la vida teníamos que estar dispuestos a hablar a toda clase de público, explicando misterios, vidas y milagros de santos y escritores. Puesto que hablar en público no es nada fácil, era necesario ejercitarse mucho tiempo. Así pues, se abrió una clase especial, dos veces por semana. Don Joaquín Casanova, venido de estudiar en la Pontificia de Roma, fue el director y profesor. Llego el primer día, nos dio un tema determinado, del que había que hablar a los compañeros durante media hora. A mí me tocó al día siguiente. Tuvimos la clase y me volvió a designar para el día siguiente. Esto lo repitió cuatro o cinco veces seguidas. En un principio pensé que tanto preguntarme a mí sería porque no lo habría hecho bien. Pero también me dio en la oreja que se podía tratar de tomarme el pelo. Así que al nombrarme de nuevo, pedí tema libre y a mi voluntad hablar de lo que mejor me pareciera. "Hoy os voy a hablar del Norte. Allí hace un frío de hasta cincuenta bajo cero y es casi imposible la vida. Pero sus habitantes saben tomar sus medidas para poder sobrevivir. Una cosa que siempre me llamo la atención fue que, al igual que las señoras de por aquí llevan abanicos para refrescarse, allí llevan unos preciositos martillitos de marfil, oro o plata. Martillitos colgados del cuello." El señor Casanova me preguntó: - ¿Acaso tú has estado en el Norte? - Sí, señor. - Y ¿para qué quieren esos martillitos? - Para darles un martillacito a las gotas que se les congelan en la punta de las narices.. La carcajada fue unánime. Y seguí adelante, pues tenía mucho que contar. "Allí, les dije, los

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basureros son brigadas de hombres, vestidos con pieles de oso, con grandes pértigas. Con dichas pértigas van por las calles deshaciendo arcos bicolores amarillos y marrones. Arcos de todo tipo arquitectónico: romanos, ojivales, etc., procedentes de las necesidades humanas lanzadas desde los balcones..." Estalló un golpe de sonora risa y un aplauso de mis compañeros. El profesor, sin ninguna contemplación, me envió castigado, de rodillas, nada menos que a la puerta de la Rectoral, para que, cuando viniera el señor Rector, me diera una buena pasada. Conviene no olvidar que yo era prefecto. Efectivamente vino y me encontró allí, y muy extrañado me preguntó el porqué. Se lo conté todo, incluso lo de los arcos, y mi creencia de que se estaba cachondeando de mi. Sólo me dijo: - Vete a tu sala. Después de esto, la clase quedó suspendida y al señor Casanova debieron darle algún destino en algún pueblo muy lejano, porque no volví a verle más.

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