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JesĂşs MartĂ­nez Guerrero La guerra del burro


Primera edición 25 de julio de 2011 ©2011, Jesús Martínez Guerrero Esta obra no puede ser reproducida, total o parcialmente, sin la autorización de los propietarios del copyright.©


Yo soy del barro indómito de España. Corre una patria estricta por mis venas que es parca en trigo, pródiga en guadañas y enemiga solar de las cadenas. Surcos hay en sus campos y en mi frente donde alguien sembró sal. Por eso habito la soledad de España y de su grito, y odio al silencio que no es transparente. De barro íbero soy… Barro infinito (…) Ramón Graells Bofill


Prólogo Durante el último tercio del siglo IV antes de Cristo, la hegemonía marítima de Cartago le permitía movilizar las élites íberas para que le suministraran las mercancías que necesitaban a cambio de otras muy valoradas por ellos, como el vino y las codiciadas cerámicas griegas en las que se bebía. Una vez estos productos en poder de las aristocracias costeras, eran redistribuidos por las zonas de influencia, amenazadas por las continuas pugnas con los puertos ribereños. En el presente libro intento constatar este fenómeno en varios enclaves de la costa íbera de los layetanos; aproximadamente el tramo de costa comprendido entre el río Llobregat y el río Tordera. Como aparecen en la narración palabras que podrían resultar inéditas para algunos lectores, he añadido al final de la novela un glosario.


1 Al amanecer una comisión íbera, tras haber atravesado el mar Mediterráneo de extremo a extremo, desembarcaba en el puerto griego de Ampurias. No estaban para muchos zarandeos, venían de Babilonia de ver a Alejandro Magno; pero contentos por las noticias que traían y por pisar de nuevo la tierra donde moría el sol. En este punto del viaje, después de despedirse, los cuatro componentes de la delegación tomaron caminos separados. Akeribés dirigió dos gritos hacía un buque mercante en el que hacían los preparativos para zarpar. El patrón de la nave al oírlo bajo a tierra de mala gana. Su trabajo como patrón del Poseidón Erecteo no era el de transportar pasajeros sino mercancías hasta el fondeadero layetano que estaba ubicado en Montjuïc. —¿A dónde vas? —indagó el colono. 9


—A Barkeno —respondió el íbero. —Por menos de tres dracmas no te puedo llevar, tengo que entregar toda la mercancía a mitad de camino, en Baitolo —aseveró Malco. Akeribés aceptó tan a disgusto el abusivo precio, que estuvo a punto de caer al agua cuando pasaba por la inestable pasarela de la nave haciéndole aspavientos al griego. Era un esplendido navío de quince metros de eslora, cuatro metros de manga máxima, y un metro y medio de calado. De la verga del mástil colgaba una apaisada vela de lino con una estrella fenicia roja de ocho rayos pintada en el centro. El timón estaba formado por un remo de pala ancha sujeto a cada lado de la popa y unidos por una larga pértiga para que giraran al mismo tiempo. En el rincón despuntaba un hermoso remate de codaste en forma de cuello de cisne. En la otra punta del buque, en la proa, 10


había pintados un par de enormes ojos mágicos, siempre abiertos para vislumbrar y sortear los peligros que se escabullen a la percepción humana. El dios Bóreas los empujaba furiosamente con un gélido viento del nevado Macizo del Canigó por la costa del Macizo de Montgrí, mientras prorrumpía coléricos rugidos al chocar las olas contra las rocas. Al dejar atrás la cala Montgó, Malco notó que el viento había girado a noreste. —Esto no me gusta —indicó— creo que se acerca un temporal. —Pues si se aproxima una fuerte tormenta, deberíamos refugiarnos en la resguardada cala que acabamos de dejar a popa —sugirió Licas, el cocinero. —¡Buen lugar para evitar un temporal de tramontana! —dijo aproximándose la cabeza al hombro derecho—; pero yo creo que se acerca 11


uno de Levante. Acababa de decir esto el capitán, cuando vieron asomar por el Este unos nubarrones muy negros. Acto seguido, el capitán pudo constatar que empezaba a subir el nivel de las aguas. —¡Vamos orientar la vela! —ordenó al unísono que intentaba gobernar el timón—. Tenemos que llegar al puerto que está enfrente de las Islas Medas; antes de que la tempestad que se avecina nos machaque contra los acantilados. Con la gran vela llena, el barco navegó a doce Kilómetros por hora, y transcurridos treinta minutos ya entraba en el canal que separa las islas Medas del puerto de L’estartit. La travesía fue complicada porque el fuerte viento del noreste produjo grandes olas de resaca en la acantilada costa y en el puerto. Ya estaba el barco fondeado a una distancia prudencial del muelle, cuando empezó a soplar 12


el viento del Este y el cielo a oscurecer. Malco sabía a qué atenerse con estas señales, por lo que mandó arriar la percha, abatir el mástil y elevar el timón. Ya estaban todos arrinconados en la bodega, cuando se desencadenó un colosal aguacero. El patrón del barco colocó candiles encendidos en los sitios susceptibles de que alguien rompiera algún recipiente o vasija involuntariamente. En eso, Akeribés reparó en que había muchas ánforas griegas y que entre los huecos libres que dejaban había mucha cerámica de Apulia. Entonces, se dirigió hacía Malco y le comentó de forma irónica: —Así que toda la carga la llevas a Kallipolis la factoría griega de Baitolo, y por eso te supone una molestia añadida llevarme quince millas más al sur, a Barkeno. —¡Déjame en paz! —exclamó Malco al verse descubierto. 13


—¿Desde cuándo los aristócratas de Baitolo se pueden permitir encargar una sola vajilla de lujo de Apulia, y vino y aceite griego de lujo, como lo hacen los de Barkeno profusamente? —No te he dicho la verdad para que me pagues lo justo, porque es bien sabido que los layetanos sois unos tacaños. —¿Y tú cómo quedas? Que cargas con lo que no quiere nadie —exclamó, mientras daba unas fuertes patadas a un pedrusco de playa lleno de agujeros que estaba puesto encima de la quilla. En ese preciso momento la nave intensificó su cabeceo. —¡Ignorante destripaterrones!, lograrás que nos vayamos todos al fondo —prorrumpió lanzando una mirada amenazante al íbero—. ¡No ves que esas piedras están en el centro exacto del buque! Porque hacen de contrapeso para equilibrar la carga. Y vas tú y a punto la sacas de su sitio a patadas. 14


Las olas de tres metros arrastraban a la nave hacía el muelle, obligando a las anclas a arar el fondo marino palmo a palmo; pese a que, gracias a las islas Medas muchas olas rompían estrepitosamente antes de llegar al puerto. —¿Por qué no atracáis en el muelle? Yo estoy muy mareado y quiero desembarcar. —¡Se nota que los íberos entendéis poco de mar! —Recalcó Malco—. ¿Qué quieres que la nave se destroce contra las rocas del puerto? ¡Sube a cubierta y deja que la lluvia te empape!, eso te aliviará el mareo. Ya bien agarrado a la barandilla de la borda, Akeribés pudo ver los enormes surtidores de espuma que formaban las olas al chocar contra las islas Medas. Poco le costó imaginarse la suerte que hubieran corrido sin ellas. De pronto ante él emergió un rorcual hasta quedar medio erguido con sus aletas pectorales dispuestas de forma como si quisiera agarrarle. Al íbero le 15


faltó tiempo para salir en estampida con miras de ponerse a salvo en la bodega. —¡Un pez monstruo ha querido llevarme con él a los abismos infernales! —exclamó el íbero cuando ya estaba encerrado con los cinco griegos que formaban la tripulación. Antes de que los marineros le pudieran decir algo; el barco recibió una embestida de la ballena que no sólo hizo temblar a toda la estructura, también la hizo crujir levemente. Sin pensarlo un momento, subieron todos a cubierta en busca de los odres salvavidas por si había que abandonar el barco. —¡Es un ketos sin dientes de pecho blanco! —observó Malco lleno de agitación—. Poseidón lo debe estar expulsando del mar, y nosotros estamos en medio. ¡Lanzadle los odres a babor lo más lejos que podáis! Al caer al mar de golpe llamaron la atención de la ballena y consiguieron que ésta se alejara 16


jugando con los flotadores de la nave. —Ahora entiendo lo de lanzar los odres al mar —comentó Akeribés. —El dios de los vientos siempre nos ayuda, aunque sea metido dentro de pellejos de cabra. —Yo creía que estos animales eran más fieros —dijo el íbero extrañado—, por lo que he oído comentar a navegantes. —Sí son muy fieros, sólo que este ketos es todavía una cría, por eso juega con todo lo que ve —intervino Filis, el carpintero, haciéndole por detrás una mueca a Malco que no pasó desapercibida para el íbero—, además los adultos son mucho más grandes. —¡Pero si éste casi hace dos veces el largo del barco! —exclamó Akeribés. —El ketos adulto no mide menos de cuatro largos del Poseidón Erecteo —aseveró Filis—. Barco que encuentra, barco que embiste hasta 17


convertirlo en astillas y devorar a toda su tripulación. Akeribés no quiso discutir más, sabía que los marineros griegos inventaban terribles historias de monstruos marinos para impedir que otros pueblos ribereños se aventuraran a navegar por sus rutas; pero él en su viaje de ida a Babilonia, en cierta ocasión; había visto como las cazaban. Primero desde los botes herían a un ballenato para que no huyeran las adultas. Luego se lanzaban sobre ellas con lanzas y cuchillos para matarlas. Una vez muertas, las arrastraban remando hasta la orilla; mientras las gaviotas rendían cuentas de ellas picándoles las heridas abiertas. Una vez en tierra la partían a trozos. O sea que las ballenas no eran tan grandes y feroces como las describían los hombres de mar. A media mañana amainaron las inclemencias y empujada por el viento de Tramontana que se 18


colaba por el pasillo de las islas Medas, la nave reinicio su curso, adentrándose en el golfo de Ullastret. No tardaron en divisar, a varios kilómetros a estribor, la desembocadura del río Ter, surcada por barcazas íberas que bajaban para adentrarse en el mar. Malco ya no se ceñía a la costa, sino que seguía una trayectoria recta hacía el macizo de Begur, ya que el golfo hacía un rodeo que se internaba unos diez kilómetros tierra adentro para morir en el macizo. Aún así, se divisaban perfectamente las altas murallas de la ciudad indígena de Ullastret y su puerto griego. Ya estaban por estribor a la altura del puerto, cuando vieron un buque que aunque navegaba bien, parecía que tenía pasajeros lanzando gritos de socorro. —¿Qué sucede ahí? —preguntó asombrado Akeribés. —¡Qué va a suceder que los perros púnicos han vuelto a alborotar el gallinero! —le indicó 19


Agatón, el calafate, muy enfadado—, pero ya nos la pagaran todas juntas. —¿Cómo? —Yo se lo explico señor —intervino con gesto amable Evelio, el cordelero—. Los avispados púnicos se disfrazan de pacíficos mercaderes y se cuelan en los puertos griegos, exhiben sus mercancías a bordo de su barco e invitan a las mujeres a venir; a ver, a admirar y a comprar los exquisitos artículos de allende los mares. Tan pronto se han reunido en número suficiente, el barquito velero se hace a la mar sigilosamente, y las damas se ven convertidas en mercancías, dejando de ser clientas. —¡No podemos permitir eso! —exclamó el layetano como si fuera a salir corriendo detrás del barco que se daba la fuga. —Ya me gustaría ir tras ellos, pero seguro que van más de veinte hombres y nosotros sólo somos seis —aventuró Malco—, y yo no puedo 20


arriesgarme a perder el buque y su carga. Empezaron a ver una fina columna de humo blanco que parecía salir del puerto, y enseguida también pudieron oír unos frenéticos toques de cuernos procedentes de la torre de Begur. —Ya veis que ya se han dado cuenta del engaño —indicó el calafate mientras veían un enjambre de barcazas a la zaga del buque dado a la fuga—. Si nosotros no les cortamos el paso, lograrán salir del golfo y se escaparán. Al capitán no le desagrado la idea, vio la posibilidad de sacarle partido a la situación. Sabía que si conseguía confundir a los piratas el suficiente tiempo, las barcazas los alcanzarían. Para ello contaba con su barco, arrebatado a los púnicos en una de sus correrías, que lucía una estrella de Cartago en su vela, a lo que añadió una banderola púnica en la punta del mástil. A continuación, encargó a Agatón que fuera preparando un buen caldero de brea para 21


untar flechas, mientras el corregía él rumbo con el timón, y el resto de la tripulación lo secundaba tirando de las brazas para orientar la vela. Mientras tanto, los de Cartago obligaban a remar a las mujeres diciéndoles con sorna: «¡Remad, remad!, que si caéis en manos de vuestros maridos, os matarán por subir a bordo de barcos desconocidos».

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2 La tripulación del Poderosa Tanit intentaba salir del golfo de Ullastret y llegar a mar abierto donde sacar más rendimiento de la vela; pero subido al “nido de cuervos” había un macaco que con su comportamiento excéntrico los desconcertaba; cada vez que veía la nave de Malco no se tapaba alarmado los ojos como cuando divisaba las barcazas; sino que colocaba los brazos en cruz y las palmas de las manos hacía arriba. —¡Para ya maldito mono! Por mucho que imites a la Diosa Tanit no nos vas a hacer creer que ese buque es de los nuestros. —le dijo Ayín, el capitán, ya harto de verlo—. Como te hayas equivocado, te cortaremos el poco rabo que tienes. Las mujeres remaban sin descanso ayudadas por algún que otro latigazo; mientras, parte de 23


la dotación del barco se preparaba para un posible enfrentamiento armado con la nave que parecía querer salirle al paso por babor; pero inopinadamente al salir del golfo la Poderosa Tanit quedó por detrás de la Poseidón Erecteo. En ese instante, Malco soltó un bote que iba amarrado a popa. Los púnicos cuando se dieron cuenta de que el bote iba a la deriva ya lo tenían a pocos metros, entonces se vieron sorprendidos por una lluvia de flechas incendiarias que hizo arder profusamente la brea que contenía la barca. Esto les obligó a afanarse en su esquiva, lo que aprovechó la tripulación griega para echar anclas y arriar la vela sin llamar la atención, y redirigir la andanada de flechas hacía la vela de la Poderosa Tanit que al contacto con las llamas de las flechas que lograron hacerle blanco empezó a arder intensamente. —¡Ves maldito Bes! —le gritó Ayín al mono 24


que seguía subido en la cofa—. Porque tengan una banderola de Cartago y una estrella pintada en la vela no se convierten en hijos de Baal. Viendo Ayín que su embarcación estaba ya condenada a arder, decidió no incendiar la nave enemiga, sino tomarla al abordaje: —¡Arqueros lanzadles flechas sin fuego a esos perros! ¡El resto a los remos y a las jarcias! Y a la mujer que alborote la arrojáis al mar. Debemos abordar al condenado barco que tenemos delante antes de que ardamos como una tea. Acababa de decir esto, cuando una flecha incendiaria, lanzada por Akeribés, se le clavó en el pecho. Adón, el segundo de abordo, intentó arrancársela haciéndola girar, pero la túnica de lino de ayín ardió de tal manera que en poco se le prende el fuego a él también. El espectáculo fue tan dantesco que todos los embarcados se 25


arrojaron por la borda por temor a correr la misma suerte que el capitán. Por suerte para las mujeres, el enjambre de barcazas íberas y griegas estaba ya a pocos metros del escenario bélico. Por consiguiente, Malco decidió abordar al buque para arrebatarle a las llamas la mayor cantidad de mercaderías posibles. Para ello tuvieron que esperar a que la corriente marina en la que estaban encauzados terminara de colocar la plataforma de proa del Poderosa Tanit en contacto con su plataforma de popa. En ese momento saltaron varios al barco en llamas para formar una cadena humana por la que transportaron todo lo que pudieron de las bodegas y de la cubierta al Poseidon Erecteo; mientras tanto, los de las barcazas rescataban a las mujeres y capturaban a los púnicos. —¡Vamos! Izar la verga y levar anclas que debemos irnos de aquí antes que los de abajo nos pidan parte del botín —dijo Malco. 26


Cuando empezaban a despegarse del navío enemigo, cubierto ya por una columna de humo negro, vieron atónitos como desde allí saltaba hacía ellos un mono lleno de tiznajos que una vez en cubierta se cuadró como si fueran a pasarle revista, lo que provocó la risa de los presentes. Apenas se habían alejado lo suficiente para que la columna de humo pasara por encima de ellos y les dejara ver y respirar sin dificultad; un ruido a babor alertó a Malco de que desde una barcaza habían conseguido enganchar un garfio a la barandilla y un individuo se disponía a trepar por la borda. —¡Espere! Ya le alzamos nosotros —le pidió para que no destrozara la baranda con su peso. Una vez arriba, Arístides, como delegado del puerto griego de Ullastret, agradeció al capitán su heroica ayuda. A continuación, le propuso un trueque: 27


—Las mujeres están muy interesadas por unas telas que os han visto sacar del barco púnico. Yo te propongo intercambiarlas por el prisionero que quieras. —De acuerdo, pero primero quiero ver al capitán del barco. —El capitán se ha quedado en el barco con una flecha clavada en el pecho, pero te puedo mandar traer al segundo de abordo: al que intentó sacarle la flecha. —De acuerdo. Acababan de recoger la vela sobre la verga, cuando subía Adón, al ser requerido por Arístides, por una escala de cuerda que había tendido Malco en la plataforma de popa. Bes al verlo en cubierta se abalanzó sobre él para terminar subido a su espalda. —Bueno, como al mono le ha gustado, no lo quedamos —dijo Malco. Una vez Arístides le dio el visto bueno a un 28


fardo de telas griegas que le mostró Malco; se procedió a descargarlo en la barcaza con sumo cuidado. Precisamente en ese momento, una avanzadilla de barcazas íberas que iba a la zaga de los griegos del puerto llega hasta la nave en llamas. Sin perder tiempo, varios marineros la emprenden a hachazos con el casco, por encima de la línea de flotación, hasta conseguir entrar en la bodega. En ese momento se dieron cuenta de que los griegos sólo habían dejado cuatro tinajas que ocupaban longitudinalmente la parte central de la bodega, donde era habitual colocar los recipientes más pesados. Por lo que no tenían más remedio que hacerlas rodar de pie hasta encararlas en el agujero, y abocarlas para vaciar su contenido en la barca emplazada para este propósito. Ya habían llenado de esta manera dos lanchas de trigo, cuando notaron que la última tinaja pesaba más de lo normal; en el justo momento en que 29


el buque empezaba a hundirse por la popa. Esta situación hizo que los marineros de la bodega actuaran apresuradamente y acabasen rompiendo la tinaja; y un ruido metálico llegara a sus oídos: producido por lingotes de cobre, espejos de bronce adornados en el reverso con grabados de escenas mitológicas, y joyas de oro; con todo esto, un marinero improvisó un fardo con su túnica para bajar la mercancía sin que la vieran los metecos. Una vez todos en el bote, el Poderosa Tanit se hundía para siempre en el mar sin su valiosa carga procedente de Etruria con destino a Layetania.

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3 Ya en las inmediaciones del macizo de Begur, Akeribés avistó vigías íberos apostados en una atalaya, ubicada en la cumbre más alta, que no les quitaban ojo; al igual que vio al pasar por el de Montgrí; y otra vez desfilaron ante sus ojos hermosas calas donde descendían los pinos a beber del mar y dejar su cálida fragancia evocadora de gestas pasadas. Bes se dispuso a ocupar su puesto de vigía, pero se encontró con que el mástil no estaba rematado con una cofa, por lo que debido a su terca condición se puso a hacer equilibrios sobre la punta tan obcecadamente que el vigía del cercano poblado del cabo de Sant Sebastià de la Guarda estuvo a punto varias veces de hacer sonar la trompa al creer por momentos que pedían ayuda los del barco. 31


—¡Que alguien haga bajar a ese mono de ahí!, que se va a matar —ordenó Malco. En eso, se oyó un silbido, y en un instante ya estaba el macaco en cubierta intentando ayudar a Adón a separar por destinos las vasijas arrebatadas al malogrado Poderosa Tanit. El púnico sabía que se había buscado un ayudante muy revoltoso: por lo que lo vigilaba de cerca; pero aún así, pronto lo vio metido en un embrollo. —¿qué hace ese mono con la tinaja? —dijo Malco al verlo sentado en cubierta intentando liberar con ambas patas su mano derecha que parecía atrapada dentro de la vasija. —Perdone, no es la primera vez que le pasa esto debido a su tozudez —explicó Adón con tono suplicante—. Por lo visto ha agarrado un puñado de higos secos, y como no quiere soltarlos no abre la mano, lo que le impide sacarla; por eso intenta zafarse con los pies. 32


El resto de la tripulación al ver la escena que estaba montando el codicioso animal, se vio reflejada en él, y no pudieron contener una risa llena de ternura. —¡De qué os reis! —exclamó Malco—, este animal con su comportamiento debería haber conmovido al lobo de mar que se supone que habita en lo más hondo de vuestras almas. —Mi señor, si no le rompe la tinaja, el bueno de Bes morirá de hambre o de las lesiones que se ocasione en la mano — suplicó el esclavizado Adón. —¡Estoy por tirarlo al mar con tinaja y todo! —No haga esa locura, ese mono vale por tres marineros. Desde lo alto del palo ve mucho antes que nosotros las naves circundantes, y además avisa con gestos de las tempestades, aunque el cielo y los vientos todavía no den indicios de ellas. 33


Confiando en las virtudes del macaco, Malco decidió pasarle por alto sus excentricidades y lo liberó de un mazazo de su singular captor. Poco tardó el recién liberado en encaramarse al palo para degustar con avidez los higos que ocultaba en su puño ensangrentado. Mientras tanto, al capitán le pareció ver, entremedio de los higos y de los fragmentos cerámicos, un saquito de lana negro con algo dentro. Intuyendo que era algo valioso, mandó a todos a sus puestos, y disimuladamente ocultó el objeto debajo de unos remos que estaban estibados en cubierta. En tanto que Adón se ocupaba de meter los higos pasos en otra vasija, Malco aprovechó para abrir la bolsa y sacar a la luz un hermoso espejo de bronce. Tenía un pie con una figura alada: mitad humana, mitad burro, con pico de buitre y serpientes por cabellos. Esto ya no le gustó tanto, por lo que empezó a mirarse en la 34


cara bruñida del dorado disco. En ese preciso instante lo sorprendió Adón. —¡Deje de mirarse en el espejo y vuelva a meterlo en la bolsa! Rápido. —¡Deme una razón para hacerlo! —Mire el reverso del espejo y saldrá de dudas. Malco giró ante si la pieza y el grabado que vio le heló la sangre: la figura del pie del espejo estaba representada desgarrando con el pico el corazón de un hombre que se miraba en un espejo de mano. Precipitadamente introdujo el objeto en la bolsa y lo tiró por cubierta. Acto seguido se dirigió a Adón dispuesto a oírlo. —Ese espejo ha sido metido en la vasija antes de ser terminada, por eso el mono no ha podido sacarlo por su estrecha boca, y ha terminado hiriéndose la mano con el pico de la figura. Se trata de Tuchulcha la demoniaca 35


dueña del averno que según los etruscos condena a una horrible muerte a los mortales. —¿Por qué has mantenido esto en secreto? —Ayín, mi difunto capitán, no confiaba estas cosas a nadie. A mí sólo me dijo que la tinaja contenía unos higos secos que pensaba ofrecer personalmente a Medea la gran sacerdotisa del Monte Hécate, y en mi opinión creo que es la única que le puede librar a usted de la maldición del espejo. —¿Y para que quiere la Gran Medea el maldito espejo? —No lo sé, seguramente para invocar con él el favor de la también maléfica Diosa Hécate. Ya se sabe que los etruscos no son vistos con buenos ojos por los griegos; pero como conocen muy a fondo todo lo relacionado con el tenebroso inframundo, codician mucho sus idolillos. Malco visiblemente afectado por lo que le 36


había ocurrido, sin perder tiempo, hizo abrir la jaula de la paloma para poder presagiar algo en su vuelo; pero el ave en vez de salir volando en busca de la costa,(que para eso la tenían, por si se desorientaban) se quedó asustada dentro. Ante este mal augurio, Malco se temió lo peor. Antes de la media tarde, el barco “Poseidón Erecteo” ya dejaba a tras las islas Formigues, lugar donde la orientación de la costa empezó a cambiar a rumbo suroeste para mantenerse en éste hasta las inmediaciones del promontorio de Montgat: donde debía hacer escala. La nave ya bordeaba la costa cerca de Palamós, cuando Akeribés quedó asombrado al ver un templo griego sobre la cumbre de una pequeña elevación que se adentraba en la costa. El íbero tuvo la sensación de que aquel templo al poder hacer las funciones de faro, era un buen reclamo para traer a los navíos mercantes al asentamiento nativo de la playa. 37


Continuando su periplo por la Costa Brava advirtió claramente como muchos poblados íberos del interior se afanaban en construir pequeños asentamientos en los promontorios costeros para poder comerciar con los griegos. Esto lo vio al pasar por la Punta Guixols, por la cala Pola de Tossa de Mar y en un promontorio de Lloret de Mar; aunque al paso que iban las obras aún debían pasar muchos años para poder sacarles el máximo provecho. Akeribés se lleno de emoción cuando la nave comenzó a bordear la montaña de Sant Joan de Blanes, intuyó algo que le hizo adivinar que ya estaba en territorio layetano: podría ser porque percibió que el poblado que ocupaba el cerro se erguía ajeno al mar que lo acariciaba, todo lo contrario a lo que había viniendo observando en la costa de los íberos indiketes. Mientras el íbero estaba abstraído con estos pensamientos, Malco y Filis, el carpintero, lo observaban: 38


—Lo que no entiendo, es por qué este sujeto se enrola en un viaje en barco de un día con su noche —señaló filis—,cuando a caballo lo haría en la mitad de tiempo. —La explicación debe estar en ese morral que lleva siempre colgado a la espalda —dijo Malco señalando la prenda con la mano—. Seguro que lleva en ella objetos de valor que no quiere exponer al pillaje de los asaltadores de caminos. —Pues deberíamos arrebatarle la bolsa y arrojarlo al mar —propuso Filis. —Ya estaría en el fondo del mar si no fuera porque en Emporion varios compañeros suyos vieron como yo le dejaba subir al barco. —Y con el otro meteco, ¿qué vas a hacer? ¿Lo vendes?, o te lo quedas —intentó averiguar el carpintero. —Lo voy a vender, pero antes que oscurezca más le voy a sacar la verdad de la única forma 39


que se le puede sacar a un esclavo —exclamó Malco alcanzando un azote de ocho nudos que colgaba del mástil. Con la desembocadura del río Tordera ante sus ojos, mientras permanecía atado al palo, Adón soportaba estoicamente los latigazos que le propinaba el patrón del barco como corolario por no responder a sus preguntas. —¡Maldito esclavo! Dime de una vez por todas si tienes familia que pueda pagar por ti un rescate o te vendo a los íberos para que acabes muriendo en algún combate ritual en honor de algún rico difunto. —Peor muerte te repara a ti la maléfica Tuchulcha… —exclamó Adón sin disimular su odio. Al oír esto, el griego montó en cólera, y empezó a castigar con más ahínco la espalda del púnico. En eso, el macaco de barbería descendió por el palo y antes que nadie pudiera 40


evitarlo, se abalanzó sobre el rostro del griego causándole graves heridas en los ojos. Acto seguido, en su frenética huída consiguió refugiarse en la bodega central al encontrarse la trampilla abierta. Todos menos Malco y Adón se metieron en la bodega con la intención de matar a la alimaña; pero la tenue luz que entraba de cubierta no era suficiente para ver con claridad, por lo que después de unos diez minutos de infructuosa búsqueda; decidieron salir y cerrar bien para que no se pudiera escapar. Al subir a cubierta lo primero que vieron, fue al capitán como lo dejaron: dando tumbos por el entablado tapándose los ojos con las manos, al tiempo que maldecía de dolor. Akeribés, el único que no acudió a dar auxilio a Malco, fue el que antes se dio cuenta de que ya no había nadie amarrado al mástil, pese a que prácticamente ya había anochecido. Enseguida intuyó que el cartaginés ya debería 41


estar poniendo millas por medio nadando dirección a la costa. Por consiguiente, para que nadie pensara que él había liberado al púnico mientras los griegos socorrían a su capitán; dio la voz de alarma sin perder tiempo. Este hecho alteró más, si cabe, los nervios de Malco: —Yo pensaba obtener unos buenos ingresos vendiendo a ese mal esclavo que seguramente llegará vivo a una costa que a esta altura deja de ser brava. Todo esto me ha pasado por hacerte caso, layetano —dijo dirigiendo una mirada llena de rencor a Akeribés—. Nunca debería haberme cruzado en el camino de los púnicos. Dicho esto, decidió seguir navegando de noche para llegar lo antes posible al puerto de Montgat para verse con Medea la sacerdotisa del santuario del Monte Hécate. Para ello organizó dos turnos de timonel. A Licas, el cocinero, le tocó el primero. Antes de empezar, 42


imaginó en el cielo estrellado la figura de una mujer boca arriba con los brazos en cruz y con la estrella Kochab, la del Norte de la época, inmóvil en el corazón, para a continuación determinar la posición de la estrella “Cola del perro”, la actual estrella polar, que al unirla con una línea imaginaría al astro inmóvil ésta pasa entre los pies de la fémina ficticia. Con este dato ya sabía que cuando la “Cola del perro” estuviera situada debajo del brazo derecho terminaría su guardia y empezaría la segunda; la de Evelio, el cordelero, que terminaría al estar alineada con el brazo derecho. No se había alineado todavía la “Cola del perro” con el brazo derecho de la imaginaria Mujer del Norte, cuando Evelio ya se podía orientar en la oscuridad de la noche con el resplandor del fuego eterno consagrado a la Perra negra en el templo de la cumbre del Monte Hécate. Sin embargo, Evelio no deseaba 43


con especial interés llegar al promontorio, ya que se aproximaba la media noche, la hora en que las noches sin Luna, la diosa Hécate vaga por la Tierra con sus hijas y una jauría de perros fantasmales y aulladores. Sentado en una plataforma que sobresalía de la proa iba Agatón con la misión de localizar algún escollo que pusiera en peligro la nave, ayudado por la luz que desprendía una ánfora taladrada llena de fuego que pendía de la parte alta de la proa. Debido a que no podía ver, Malco fue el primero que avisó de la cercanía de la costa, al oír el rumor de las rocas rompiendo sobre el promontorio sagrado. Un poco más tarde, Licas lo constató al ver olas puntiagudas que subían y bajaban pero no avanzaban. Entonces, usando una piedra atada a una soga fue sondeando el fondo hasta que atracaron con ayuda de los remos en el puerto. 44


4 Al atracar en el puerto, lo primero que iluminó la ánfora fue a un podenco blanco con lunares negros que en gran estado de agitación saltaba girando sobre si mismo con la intención de morderse la cola. —¿Qué le pasa a ese pobre perro?— dijo Akeribés. —¡Qué le va a pasar! Que presiente la presencia de la Diosa de la Luna oscura— le contestó Licas—. Fíjate si tiene miedo en el cuerpo, que ni siquiera se ha detenido a ladrarnos para darnos la bienvenida. Nada más tocar tierra el pasajero y la tripulación del barco, sin contar al mono; un relámpago iluminó el lugar dejando ver un viejo con una tea que los esperaba junto a la puerta de una choza. Filis llevó del brazo al mal herido 45


capitán ante el guarda que parecía que estaba al cargo de hospedar a los marinos. —Traigo una mercancía para entregar en mano a la Suma sacerdotisa— indicó Malco mientras Filis le mostraba una tinaja sellada al guarda. —Pues tendrá que esperar la amanecida —le contestó el guarda—, es peligroso a estas horas subir al templo. Yo de ustedes me iría a dormir. Y del barco no se preocupen, en las noches sin Luna nadie se atreve a pasar por aquí. —Bueno, pues dinos dónde vamos a dormir y por la mañana ya se hará lo que se tenga que hacer —decidió Malco pese a la disconformidad de Filis, alarmado por el desmejorado aspecto de las heridas del capitán. El establo estaba lleno de ovejas. El guarda las tuvo que apiñar al fondo, valiéndose de una red de pesca a modo de barrera, para conseguir Alojar a los navegantes. A continuación, hizo un 46


amplio lecho de paja, en el que no tardaron en echarse a dormir los cansados viajeros. El recinto desprendía una peste penetrante; pero el calor que irradiaban las causantes del mal olor la hacía soportable en una noche fría de finales de diciembre. A las tres de la madrugada se levantó Akeribés con la necesidad imperiosa de orinar, y al avanzar hacia la salida sorteando pies a oscuras, acabó pisando la única cabeza orientada al revés: la de Licas. Éste emitió un sordo gruñido sin despertarse. Una vez fuera, ya puesto en la labor, vio acercarse a una joven que portaba una antorcha encendida en la mano izquierda, y con la derecha tiraba de un asno en él que iba montada a la amazona una anciana tocada con un amplio velo. El layetano intuyó que era la sacerdotisa y que a esas horas sólo podía bajar por algo importante por lo que decidió ocultarse detrás de una roca. Alarmado por los ruidos, el guarda no tardó en aparecer 47


tras la puerta portando medio dormido una antorcha que amenazaba con quemarlo vivo. Una vez fuera, empezó a andar como un niño perdido por lo que acabó tropezando con el burro que montaba la sacerdotisa. —¡Viejo inútil! ¿No conoces otras formas de recibir a esta vieja sierva de Hécate? —Disculpe, no la esperaba a estas horas… —¡Venga, bah! ¡Avisa al capitán del barco que ya estoy aquí! Malco, después de dar varias vueltas, dormía profundamente en el sitio del guarda, cuando éste al entrar le arreó con la puerta en los riñones. En ese momento, entresueños puso sus cegados ojos en dirección a la puerta y lleno de pánico exclamó: —¡Tuchulcha no me lleves o la diosa Atenea te sacará los ojos, maldito buitre del averno! —¡Qué Tulcucha ni que cuerno chamuscado! —dijo el viejo ofendido porque lo confundieran 48


con un buitre—, Medea ha venido a verte. Al oír el nombre de la sacerdotisa empezó a llamar a Licas con desesperación. Por lo tanto, Medea poco tuvo que esperar para ver a Malco acercarse cogido del brazo de Licas. —Saludos Malco, no esperaba encontrarme contigo hoy, y menos en el estado que te veo. —Saludos Suma Sacerdotisa, creo que no va a pasar frio en balde —señaló Malco mientras Licas mostraba la tinaja—, ahí dentro están los higos secos, y el espejo de mano etrusco que le iba a traer Ayín, que por cierto me está arruinando la vida. —Maravilloso, pero no entiendo ¿Qué cosa te está arruinando la vida?, el espejo o algo relacionado con Ayín. —Ayín no, murió cuando atacamos su barco. El espejo, el espejo. Me miré en él y desde ese momento no cesan de ocurrirme cosas. —Si me pides algo por el espejo no podré de 49


ninguna manera acabar con la maldición que ha caído sobre ti; y por lo tanto, al alba vendrá Tuchulcha del inframundo a buscarte. Malco, totalmente asustado hizo a Licas que le entregase la tinaja. A continuación, Medea fingió tener unas convulsiones y dijo: —Me acaba de decir la diosa Hécate que me tienes que comprar el burro y la doncella por tres monedas de oro. —La verdad es que no he venido con la intención de comprar nada. —La diosa necesita que te lleves de aquí a la joven y al burro, porque sino su templo correrá peligro. Esta íbera ha venido hoy al templo huyendo porque el Consejo de Ancianos de su poblado, el de Baitolo, ha elegido a su asno para ser sacrificado en honor de la Madre Tierra para que propicie abundantes lluvias para paliar la terrible sequia que padecen. —Pero, si se enteran que la has vendido será 50


peor. Vendrán y tirarán el templo al mar. —No, no. Ella me ha dicho que nadie la ha visto venir. —Pero, yo con el primer sol tengo que llevar todo mi cargamento a Barkeno, allí si la reconocen me pondrá en serios aprietos. Entonces, la anciana lo calmó diciéndole que no se preocupara, que le pagara y que viniera otro día a recogerla. En ese momento, la tea se apagó y el guarda los invitó a guarecerse en su choza. Medea aceptó, pero mientras la ayudaba la joven a bajar del burro, le dijo en íbero que lo atara a un pino y que se quedara con él. Ya a buen resguardo, la bruja después de recibir tres monedas de Malco, procedió a sacar el espejo de la tinaja, lo colocó con el mango hacía arriba y después de quitarle la funda negra hizo que malco pegará un ojo tras otro en la cara pulida del disco, entretanto ella dijo: Aperi rube sobé rebeni onia. Para terminar 51


lo tumbó sobre un destartalado camastro que había en un rincón, le aplicó musgo en los ojos e incluso le hizo masticar una corteza de sauce. —Con estos remedios, pronto verás mejor que yo —afirmó la sacerdotisa—. El musgo te sanará los ojos y la corteza te calmará el dolor. Mientras tanto, temblando de frío, Lindumar acariciaba su blanquecino hocico al burrito de sus suspiros y le susurraba al oído las historias más bonitas de las estrellas que les miraban desde la bóveda celeste. Cuando de pronto por detrás de una roca apareció Akeribés y dijo en voz baja: —La vieja bruja te ha vendido como esclava al capitán del barco. ¡Huye ahora que puedes! —¿Quién eres tú? —Soy Akeribés de Barkeno, hijo de Ibesekar. —¡Ya sé quien eres!: el heraldo layetano que mandaron al otro extremo del mar —dijo Lindumar—.¡Sácanos de aquí volando, paisano! 52


5 Entraron en un denso bosquecillo de sauces blancos. Las endebles ramas llenas de pulgones encortinaban el oscuro lugar tan profusamente que inevitablemente manchaban de rojo las blanquecinas túnicas de los dos íberos huidos de los griegos. El burro iba delante despertando a los mosquiteros que al revolotear emitían un canto, algo como: «Suit-suet-suet-bit-bit-bit»; pero pronto, este sonido fue ahogado por otro más inquietante: los cada vez más cercanos y extraños ladridos de perros. Cuanto más iban adentrándose en el sauzal, más se les cerraba el paso; hasta que tuvieron el alivio de llegar a un pequeño calvero; pero, pronto quedó turbado cuando Lindumar al tropezar con algo se oyó una temblorosa voz: —¡No! ¡No me devorareis, malditas lamias! 53


—No somos lamias —contestó Akeribes, mientras la íbera se agarraba a él gritando desconsoladamente—, pero si en lugar de ayudarnos a salir de aquí; te quedas ahí: en el suelo muerto de miedo; serás el primero en caer en las fauces de los perros que nos están siguiendo el rastro. El pastor, aparte de estar mareado tenía los huesos helados por lo que tuvo que aferrarse a un árbol para poder levantarse. Sin perder más tiempo se puso en cabeza de la comitiva y empezó a avanzar en diagonal buscando el pie de la colina colindante. Cuando llegaron tuvieron fácil acceso a un torrente por el que pudieron a buen paso salir del bosquecillo y en un momento llegar al cruce de la vía heráklea. Allí pudieron oír los balidos de una cabra, en ese momento el pastor dijo: —Esos son los balidos de la cabra que se me metió en el bosquecillo de Hécate obligándome 54


a ir tras ella. Os agradecería que me ayudarais a capturarla. Orientados por los berridos, fueron cercando al animal hasta que lo encontraron amarrado a un poste que señalaba la encrucijada que formaban tres caminos. El singular paradero estaba infestado de despojos de animales que ofrecían los transeúntes a Hécate, la Diosa de las encrucijadas, para conseguir su protección en el camino. —Hemos llegado a tiempo para evitar que alguien sacrificara a mi pobre cabra. Llegados a este punto, tras despedirse, el pastor precedido del rumiante tomó el camino que conducía al poblado de Baitolo, para quedarse en un caserío a mitad de trayecto. Akeribés llevando de la rienda a Botono con Lindumar montada se encaminó por la Vía Heráklea con dirección a Barkeno. Avanzaban lentamente entre las tinieblas de 55


la fría noche. De vez en cuando; desperdigados por los márgenes de la calzada, encontraban a su paso algún que otro arriero liado en una manta intentando dormir al calor de la fogata; mientras la bestia de carga permanecía de pie atada a un árbol aliviada del serón de esparto. —Habiendo tantos burros, no sé por qué el Consejo de Ancianos de Baitolo se obstina tanto en sacrificar a Botono —comentó Lindumar. —Si quieres desandamos lo andado, y te acompaño hasta el poblado de Baitolo —sugirió Akeribes—, porque yo creo que el cariño que has mostrado por él, puede servir para que no lo maten. —Al contrario, cuanto más ternura despierta la víctima, más fructuosos son los favores que obtiene el oferente de la venerada Diosa. —Bueno, pues seguiremos por donde vamos hasta llegar al poblado de Barkeno. 56


6 Empezaba a amanecer cuando atravesaban el camposanto que precedía a la monumental entrada que lucía el enorme poblado asentado en la cumbre de Montjuïc. Excusado por ser un burro, Botono paro la marcha para desayunarse unos tréboles que asomaban por debajo de una estela. En eso, el íbero movido por la curiosidad fruto de su mente supersticiosa, clavó la vista en las inscripciones grabadas en la piedra, y se quedó helado al poder leer reiteradamente: «are take Akeribés Ibesekar eban». Pero, no quedó todo en la suya, al lado mismo vio la que debería ser la lápida de su padre. Por un momento quiso pensar que si la suya era falsa, la de su padre probablemente también lo sería; 57


pero algo le decía lo contrario. La íbera no veía la forma de evitar que aquel hombre cansado del duro viaje cayera en la desesperación, en el amanecer más duro de su vida, a cincuenta metros de las puertas de su ciudad. —Con el frio que hace, no deberías estar ahí mucho tiempo de rodillas —dijo mientras le incitaba a levantarse tirándole de un brazo. Finalmente se levantó; pero no por la joven, sino por un carro tirado por un par de mulos que parecía que se le echaba encima. —¡Aparta del camino si no quieres reunirte con ellos! —exclamó el carretero sin parar de azuzar las bestias. Sin mediar palabra, Akeribés lleno de rabia, desatrancó la portezuela del carro al pasar por su lado. A la sazón, varias tinajas empezaron a caer para acabar estrellándose aparatosamente contra la calzada dejando un amasijo de trozos De cerámica y leche de cabra. En ese momento, 58


el lechero tiró con fuerza de las riendas y en pocos metros consiguió hacerse con el par de cuadrúpedos. A continuación, bajo del carro y se dirigió a Akeribés de malas maneras: —Aldeano mugriento ¿Con qué vas a pagar lo que has roto? —Con esto —respondió Akeribés, al mismo tiempo que blandió amenazante una espada corta de antenas que acababa de sacar del morral que llevaba a la espalda. El arriero al ver semejante arma comprendió que no se estaba enfrentando a un campesino sino a un aristócrata guerrero como los que se iba a encontrar al entrar en Barkeno con el cargamento de leche. Por lo tanto, se volvió a montar en el carro sin rechistar. Momento que aprovechó Akeribés para quitarle el tapón de madera a una tinaja que casualmente no se había roto. Bebieron la blanquísima leche con regocijo; el íbero con más, si cabe por lo mal 59


que había comido en su odisea desde Babilonia. Liberado del peso de Lindumar, Botono fue el primero en iniciar la marcha. Avanzando entre dos surcos, labrados en el empedrado por el ir y venir de los carros, el burro llegó en solitario a las puertas de Barkeno. El par de centinelas que flanqueaban la entrada porticada le cortaron el paso, y lo amarraron a una de las argollas que pendían del muro, a la espera que llegara la pareja que veían venir a la zaga. Pese a que el joven emisario regresaba pasado un año a su punto de partida bastante desmejorado, los centinelas lo reconocieron inmediatamente por el color de sus ojos: el izquierdo marrón y el otro verde a causa de un alfiler que se le clavó de pequeño en la pupila cuando jugaba en el taller de su padre. —¡Por Ategina aquí todo el mundo te da por muerto! —exclamó uno de los centinelas franqueándole el paso. 60


7 Aunque todavía no helaba, el frio de la mañana ya era apreciable. Ibesana avivaba los rescoldos del lar, mientras su hijo esperaba que rompiera su mutismo. Finalmente dijo: —Tu padre, tres días antes de exhalar el último suspiro por culpa de una terrible maldición que le estaba matando —empezó a contar sin poder contener las lágrimas—, me dijo que si no aparecías antes que él se reuniera con Ategina, que metiera en una urna algunos efectos personales tuyos y que la enterrara al lado de la suya, por si habías desaparecido en el viaje. —¿De qué maldición me hablas? —Tu padre aceptó fundir los objetos de oro de un botín de guerra conseguido por unos desconocidos, para después hacerles con la colada sortijas al gusto de ellos; pero cuando ya 61


los forasteros se habían ido, nos enteramos que las joyas provenían de un cementerio que habían profanado en un lejano poblado. Desde aquel suceso empezó a ponerse enfermo. —Lo que peor me sienta es que ya no podrá moldear joyas exóticas, con los dibujos que le traigo de las mejores piezas que he visto en Babilonia. Dicho esto, abrazó a su madre y los dos no tardaron en llorar desconsoladamente ante la compasiva mirada de Lindumar. Echados sobre sendas pieles de jabalí, la calidez del fuego y su crepitar constante sumió a los recién llegados en un intenso y reparador sueño. Mientras dormían, Ibesana daba largas a los vecinos que iban llegando deseosos de ver al emisario que traía noticias del imperio más poderoso del momento. A media tarde, Ibesana tuvo que despertar a su hijo porque Asterikor, el jefe del poblado, le había mandado un criado 62


para comunicarle que su hijo era requerido para una reunión de bienvenida en el recinto comunitario. Después de lavarse escuetamente en una jofaina, Akeribés se puso una túnica de lino que le alcanzó su madre, y antes de ceñirse el cinturón, sacó de su interior treinta monedas de oro, de las cuales dio diez a Ibesana para que las pusiera a buen recaudo. Cuando llegó a la improvisada reunión, tuvo que abrirse paso mientras saludaba al gentío que allí lo esperaba para finalmente presentarse ante el paciente Asterikor ofreciéndole veinte estáteras en una bolsita de cuero: —Esto es un regalo para ti del mismísimo Alejandro III. —Gracias. Bien venido seas. Tras algo más de un año de ausencia ya te dábamos todos por desaparecido —comentó mientras aceptaba el obsequio. Estando ya todas las monedas amontonadas 63


sobre la mesa, pronto Asterikor se dio cuenta de que todas eran iguales. —Esa cara debe ser la de Alejandro ¿no? —En vida no, para los griegos sería un acto de soberbia. Es la de la diosa Atenea con casco corintio, y en el reverso figura de pie la diosa de la victoria con sus alas — explicó Akeribés. —¿Y que valor deben tener allí? —Allí con estas veinte monedas una familia tiene para vivir más de dos años sin trabajar. Aquí dan todavía más de si, y si se invierte en ganado mismo da sustento para toda la vida. — Hoy en día no, con lo poco que llueve las cabras se están subiendo a los árboles para no morirse de hambre. —Sí, ya me lo han comentado los metecos. —¿Y a todos los emisarios les han dado lo mismo? —Sí, a todos veinte estáteras —respondió Akeribés apartando la mirada. 64


—¡Qué esplendido, ese rey!, no perdamos más tiempo, cuéntanos que tal de interesante ha sido el viaje. Akeribés ocupó el lugar que le cedió el jefe del poblado, y dirigiéndose a los presentes comenzó su relato desde el principio: —Como sabéis, por este tiempo pésimo para navegar, el pasado año embarqué en una nave cartaginesa que circunnavegaba penosamente las costas recogiendo embajadores de diversos pueblos. Tras hacer escalas forzadas en varios puertos de iberia y de la costa cartaginesa de África, atracamos en el puerto griego de Apolonia, desde donde, varios días después, tomamos rumbo a la isla de Creta, la que nos abrió la puerta al mar Egeo: en el que un mítico rey de Atenas del mismo nombre se ahogó en la noche de los tiempos. Contra la corriente llegamos al puerto de Parnomo, punto final del periplo marítimo. Desde allí, fuimos a pie por el 65


valle del río Caístro hasta las montañas Tmolo, donde seguimos el curso del río Pactolo, sin dejar de asombrarnos por la multitud que se afanaba en obtener pepitas de oro de su lecho. Ya llevábamos tres días caminando, cuando apareció ante nosotros la anhelada ciudad de Sardes. Punto de partida de la caravana que nos debía llevar por la Calzada Real hasta Arbelas, y una vez allí abandonar la comitiva para descender por el valle del río Tigris hasta llegar a Babilonia, lugar de encuentro con Alejandro III. Cuando entramos en la ciudad nos dijeron que Alejandro III ya estaba llegando con sus tropas. Después de hacer cola varios días fui recibido por él mismo. Tras postrarme para expresarle la lealtad del pueblo layetano, le ofrecí la valiosa túnica purpura y la fíbula con incrustaciones de coral que me encargasteis que le entregara. Me dio las gracias y a cambio me entregó las monedas. Y finalmente me dijo 66


que no tenía pensamientos de conquistar una tierra tan amiga de los griegos; siempre y cuando respetásemos las colonias foceas. Ya me disponía a alistarme a la caravana que esperaba para llevarnos de vuelta; cuando un compañero griego de Emporión me comentó que, como layetano, podía quedarme para asistir a los funerales que organizaba el rey en honor de su difunto amigo Efestión. Tras pasar el mes de mayo absorto en las inigualables exequias, el pequeño grupo de emisarios que todavía quedábamos en la ciudad de la muralla de ladrillos nos dirigíamos tranquilamente al paradero de las caravanas, hasta que el griego de Emporión dijo: «Yo me daría más prisa en salir de aquí, porque si queréis que os diga un secreto, se de buena fuente que Alejandro está más muerto que vivo». Temiendo revueltas o que nos ofrecieran en sacrificio, como habían Hecho con un grupo de persas en los funerales 67


de Efestión, aceleramos el paso y pudimos enrolarnos en una caravana que acababa de salir con destino a Sardes. Transcurridos cien días ya estábamos viendo a nuestro paso el majestuoso templo de Artemisa de Éfeso. En eso, bajamos al puerto y nos embarcamos en un buque cartaginés que tras multitud de vicisitudes nos dejó en Emporión. Allí me despedí de mis compañeros, y me embarqué en un barco mercante griego que mientras hacía escala en Baitolo escuché como la sacerdotisa del faro intentaba vender al capitán la joven que ha venido conmigo. Entonces, nos dimos a la fuga entre la maleza y no paramos hasta llegar aquí. —¿Es un barco que se dirige a la recién fundada Akra Leuka? —dijo Asterikor— en el que por cierto, esta mañana un mono por poco mata a bocados a uno de nuestros estibadores. —sí, es Bes, el que ha dejado ciego al capitán. 68


8 Tasuninga, la oscura hechicera del poblado de Baitolo, mientras servía de mala gana la cena a Akeresto en una sucia escudilla; le hizo saber que Lindumar, al mediodía, cuando hubo terminado de comer; salió a pasear con Botono y que todavía no había regresado. —Estará deambulando por alguna recóndita aldea tras alguien que le esconda el burro —le quiso tranquilizar el marido. —No creo, ella sabe de sobra que ningún aldeano se atrevería a ocultar un asno que está consagrado a Ategina, como su hierro indica. —¿Entonces a dónde crees que ha ido? —Al Monte Hécate. —¡Qué barbaridad! ¿Y qué te hace pensar eso? 69


—Que me ha venido a la memoria que hace días me preguntó si los griegos ofrecían en sacrificio asnos a los dioses, y yo, tonta de mí, le dije que no. —Sólo por mi hija me atrevería a subir de noche esa inquietante colina. —Pues, ¡sube por ella!, ¿o esta noche tienes también pensado visitar a la viuda ésa de la esquina que te deja el olor a pies sucios? —Los pies te huelen a ti. Ella hace yogures con los tarros de cerámica que yo le llevo; nada más. —¡Qué casualidad!, ¿y por qué no viene aquí a buscarlos? Para evitar entrar en berenjenales cada vez más espinosos que podrían comprometer su estancia en el poblado; se limitó a no contestar a su mujer y en salir apresuradamente en busca de su hija. Se enfiló monte abajo en busca del promontorio lunario. Al llegar al pie de la colina 70


que desafiaba al mar, vio enfrente suyo una estatua con cara de tres animales que portaba una antorcha encendida que dejaba ver los despojos que cubrían la peana. Akeresto sentía que aquello le avisaba de que no debía pasar; pero pasó. El viento revelaba el secreto que guardan las hojas de los álamos negros: su cara oscura de la noche y la clara del día. Entre los fugaces destellos de la luna, a veces se dejaban ver unos muñecos de lana que colgaban los marineros para que Hécate protegiera sus almas en sus largos periplos marinos. De pronto se le apareció una jauría de perros. Uno de ellos, de mortíferos ojos rojos, se le acercó clavando al fulgor satánico de su mirada en lo más profundo de su alma. El íbero empezó a gritarle y a hacerle aspavientos con la espada con la intención de ahuyentarlo y de superar el miedo que lo embargaba; pero después de diez minutos interminables, la bestia del averno 71


seguía ahí, sin moverse, mostrándole sus enormes colmillos y emitiendo un gruñido nada alentador; en ese momento decidió dar su primer paso adelante con la intención de hacer recular al cánido con lo que consiguió que se abalanzaran todos sobre él. Akeresto hizo silbar la espada entre borbotones de sangre que le impregnaban la cara; hasta que uno de ellos le hizo presa en el cuello y lo dejó sin vida en pocos segundos.

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9 Asterikor llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza con lo que había contado Akeribés. El soñaba con distribuir productos cartagineses a tribus del interior por el pasillo del río Besós, como ya hacía por el pasillo del Llobregat con los lacetanos; pero para ello necesitaba tomar primero el puerto griego de Baitolo, Kallipolis. Ahora se le presentaba la oportunidad de hacerlo: tenía una buena excusa para atacarlos y Alejandro III había dejado de ser un peligro. Intentar vender a una íbera de buena familia como esclava era algo que no se le podía perdonar a unos extranjeros. Seguido de afortunados jinetes, que por su edad todavía no habían sido requeridos por los cartagineses para la guerra de Sicilia, Asterikor 73


iba cruzando las rieras y lagos secos que le separaban de Baitolo, en la oscuridad de la noche. Junto a él akeribés deseoso de limpiar el Monte Hécate de marinos griegos que movidos por el miedo que les ocasionaba la luna oscura, secundaban en sus crímenes a la maléfica Medea. —Nunca teníamos que haber dejado que los griegos construyeran un templo a semejante diosa —dijo Asterikor—, teniendo a nuestra Ategina. —Ya, pero ellos piensan que la diosa de la luna oscura los protege en sus travesías por el negro mar de la noche —señaló Akeribés—, siempre y cuando hagan sus ofrendas. —Pues hoy precisamente es el último día de noviembre, cuando todos los años en el Monte Hécate se reúnen multitud de griegos para ofrecerle una fiesta de consagración a la Perra Negra —reveló Asterikor con cierta sorna. 74


—Vamos a ser tan famosos como Eróstrato. — ¿Quién fue ese griego? — Fue un loco que incendió un majestuoso templo, que vi en mi viaje en Éfeso, justamente el día que nació el gran Alejandro. Por eso, el macedón lo ha reconstruido todo. — ¿Y a qué diosa está consagrado? —A Artemisa y también hay un espacio consagrado a Hécate, donde es atendida por sacerdotes castrados. Cuando hasta ellos ya llegaba el bullicio de la ceremonia, bajaron de los caballos, y después de dejarlos bien amarrados en un bosquecillo de cipreses, comenzaron a subir sigilosamente la colina uno detrás de otro; aun así tenían el temor de extraviarse del grupo y encontrarse a solas con Hécate y su séquito fantasmagórico. Akeribés fue el primero en vislumbrar entre la maleza, la resplandeciente explanada del lugar sagrado. La luz provenía de un altar circular que 75


sólo sobresalía un par de palmos del suelo y tenía casi dos metros de diámetro. Su forma recordaba a una rueda de carro de cuatro radios; pero, con el agujero central mucho más grande. De los cuadrantes sobresalían algunas llamas avivadas por las ráfagas de aire. La multitud se veía agolpada contra la fachada de un pequeño templo de dos columnas. Se veía como lentamente se iban apartando para dejar paso a alguien, hasta que apareció una niña con un manojo de tréboles en la mano y tras ella la sacerdotisa. —¡Por las barbas del lince! —prorrumpió Akeribés en voz baja—, van a quemar viva a esa pobre niña. —Debe ser por lo de la muerte del rey Alejandro —dijo Asterikor—. Yo no entiendo a estos griegos: los dioses le arrebatan a su líder, y ellos encima les ofrecen un sacrificio humano. —No. En ese caso, se lo ofrecerían a él como 76


Héroe divinizado que es. Asterikor ordenó que nadie atacara hasta que no oyeran el grito ceremonial del gentío allí congregado. Medea cogió de la mano a la pequeña y la fue llevando lentamente hasta el altar. Una vez dentro del agujero central, Medea impuso sus manos sobre la cabeza de la víctima y dijo: Oh, tú Diosa trifacética: Que ordenas la tierra, el mar y el cielo La que todas las serpientes adoran La que ilumina los caminos desde las Encrucijadas, allí donde tus perros Previenen de los peligros de tomar Ciertas sendas que nos alejan de ti Luna de la Oscuridad te ofrezco a Esta niña con la primera menstruación Para que al ascender en forma de humo Con sus efluvios te llenes de energía y Puedas velar por tus fieles ahora y siempre. 77


Dicho esto, salió del altar y ordenó a dos marineros, que le hacían de oficiantes, que echaran más leña al altar. El fuego no tardó en tomar proporciones alarmantes, que hicieron que la niña intentara refugiarse dentro del agujero y los demás comenzaran a colocarse apiñados alrededor de la singular rueda de carro en llamas, mientras gritaban de forma ritual. En ese instante tan esperado, los íberos con su escudo redondo, y lanza en ristre se abalanzaron desde todas las direcciones sobre ellos. A muchos los tiraban al fuego con los escudos y a los que se resistían los ensartaban con la lanza o los decapitaban con la espada. Mientras ocurría todo esto, akeribés sacó a la niña ilesa del fuego, aunque padecía un ataque de pánico. Como había dispuesto Asterikor, Medea fue apresada para mejor ocasión. Una vez todos los cuerpos de los griegos quedaron apilados en la hoguera; Asterikor miró al cielo y 78


exclamó: —¡Luna Oscura deja algo para tus cobardes perros, empusas y lamias! Acto seguido, entraron en el templo, donde encontraron una estatua de tres cuerpos y con cabezas de yegua, mujer y perra. La pieza que era de piedra caliza, la martillearon con saña hasta dejarla hecha pedazos. Con la recogida de todo el botín del templo, más lo arrebatado a los orantes; marcharon antes del amanecer Asterikor, Akeribés y la mitad de los guerreros, unos cien efectivos se quedaron para fortificar el lugar y controlar el puerto que estaba al abrigo del Monte Hécate. Los primeros rayos de sol les sorprendió en el momento que se refrescaban en el río Besós para aliviar el encendimiento de la sangre que les había provocado la matanza. —A partir de ahora, en este río, el Baitolo, nosotros vamos a controlar todo lo que entre 79


por sus riberas procedente del mar, al igual que venimos haciendo desde tiempos pasados con el río Barkeno —dijo Asterikor. —A los de Baitolo no les va a gustar —le advirtió Akeribés. —¡Que se aguanten! Porque antes que ellos fundaran Baitolo, ya existía el puerto griego.

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10 Akeribés trabajaba en el puerto de barkeno inspeccionando naves cargadas con toneladas de ánforas de vino y aceite procedentes de factorías púnicas de Ibiza y de las griegas del sur de Italia y del este de Sicilia. Mientras tanto, Lindumar se ocupaba de ir llenando con agua de un aljibe los depósitos que le traían los marineros para abastecerse para el resto del viaje. El agua era muy escasa ese año, como para dejar a las sedientas tripulaciones servirse ellas mismas. Una vez se habían descargado las ánforas y las grandes tinajas que servían para cargar alimentos, se empezaba a sacar de las embarcaciones la vajilla fina que se debía usar para poder beber finamente el vino que habían descargado. En esos momentos, Lindumar daba 81


claras muestras de que tenía la capacidad de saber diferenciar las verdaderas piezas áticas, de las imitaciones cartaginesas por muy bien conseguidas que estuvieran. Debido a esto, una nave procedente de Ibiza tuvo que canjear su carga de cerámica fina por sólo dos cabras. Al llegar la hora de comer, Akeribés llevó a Lindumar a una taberna del puerto. Tenía un mostrador en forma de ele, un lado a pie de calle y el más largo daba al interior. El de fuera estaba muy concurrido, prefirieron entrar, y ocupar una mesa que estaba arrimada a un costado del horno de pan. El jefe de cocina estaba al tanto de que no se enfriara la comida, por lo que vigilaba que ningún empleado se olvidara de tapar las tinajas empotradas en las que las gentes de paso parecían querer meter la mano. De un rancio olor a cerdo asado no se

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escapaba ningún rincón del asfixiante tugurio. Una fornida esclava ligur se les acercó sudorosa y cojeando ostensiblemente: —¿Qué van a comer? —, preguntó mientras sacaba dos panes de su talega de esparto y los dejaba sobre la mesa. Lindumar, guiada por su olfato, dirigió su mirada a un cerdo abierto suspendido de unos ganchos sobre cuatro fuegos: —Esa cabeza no tiene mala pinta. —Pues nada, cuando esté lista no la traes con una jarra de vino —demandó akeribés. —¿por qué están los fuegos en las esquinas? —le preguntó Lindumar a la mesonera. —Esto lo hacemos porque las patas tardan más en asarse. Una vez servidos, la de Baitolo no mostraba tener mucho apetito, esto era a causa de que Akeribés ya la había puesto al corriente de que no podía acompañarla hasta su poblado, por las 83


malas relaciones que tenían con Barkeno por la toma de estos de Kallipolis y el Monte Hécate; pese a que supo ocultarle que su padre había desaparecido buscándola y que su madre por lo ocurrido a su marido no quería verla. —¿y qué tal el Alejandro ese? —preguntó mientras se animaba a comer una oreja. —Bien, tenía el cabello rizado con tonalidad castaña y la barbilla redondeada como éste —explicó ladeando la cabeza del cerdo. Lindumar contenía la risa a duras penas, y en eso Akeribés estiró el brazo hasta que pudo coger un estropajo de esparto que había en un anaquel de la pared y se lo puso a la cabeza separándole unos mechones por la frente: —Ahora está clavado, sólo le falla un poco esta nariz tan gorda —comentó el de Barkeno convencido de su obra. Esto fue mucho más de lo que la joven pudo aguantar, y comenzó a reírse a pierna suelta y a 84


darse cuenta de que al lado de aquel hombre era feliz. Quedaba poco por repelar del suculento manjar, cuando un grupo de marineros griegos de Sicilia hicieron pedazos, entre risotadas, una jarra de vino dejándola caer al suelo. —¡Oh Madre Tierra! Recibe el vino que contiene esta vasija que siendo cartaginesa quiere pasar por griega —exclamó el más ebrio simulando una libación. Unos púnicos ibicencos de la mesa de al lado que habían oído al griego se levantaron de sus taburetes y les lanzaron el vino de sus jarras a la cara. —Dentro de una vasija cartaginesa no puede haber vino aguado de los afeminados griegos —aseveró un púnico con barba de chivo. Pronto aquello se convirtió en una batalla campal porque en aquel lugar había griegos y púnicos de todo el mediterráneo. Al momento, 85


se presentó una guarnición de centinelas íberos con las lanzas por delante que no tuvieron que hacer mucho para acabar con el alboroto. Al salir Akeribés le dio un óbolo a la rubia ligur y, ya fuera, tomaron un desvió que conducía al muelle de los silos. Al pasar junto a una muralla de ánforas apiladas, Lindumar se iba tapando los ojos para no ver las lagartijas y otros bichos que entraban y salían del interior de las vasijas. Hasta que se abalanzó sobre ellos uno tan repentinamente, que Akeribés no tuvo tiempo de zafarse de él y librarse de sus besos. En ese momento el íbero, sabedor de que era Bes, lo abrazó efusivamente, ante la celosa mirada de la íbera. —Es un macaco, que para no quemarse vivo saltó a nuestro barco. Se llama Bes, y es muy zalamero. —Ya lo veo, tu madre no te recibió con tantos besos. 86


Carros tirados de bueyes estaban alrededor del campo de silos, listos para ser cargados con sacas de cereales y ser conducidos por los porteadores portuarios hasta el muelle, donde los estibadores esperaban para cargar las bodegas bajo la supervisión de los patrones de los barcos. Una vez finalizadas las labores de estiba, Akeribés observó que la mitad de los silos no habían sido vaciados. —El día que vaciemos todos los graneros, como antaño, sabremos que Atenas se ha liberado de los macedonios —le dijo Akeribés a un mercader púnico. —Sí, y el día que los llenéis todos de basura, sabréis que Cartago ya no gobierna el Mar. Lindumar como no conseguía entender de que hablaban aquellos proféticos hombres, se desatendió de ellos al mirarle Bes de frente dando pataditas al aire. A la sazón, subiéndose la túnica un poco con ambas manos, empezó a 87


deslizarse ejecutando círculos incompletos en derredor de Bes. Pronto los que presenciaban el evento empezaron a marcar el ritmo entre grandes risotadas. —¿Por qué la joven no levanta la cabeza, y no le da la espalda al mono? —preguntó un fornido porteador. —Porque ella es la Luna, la que nos ve desde arriba y sólo nos muestra su cara de frente y sus dos perfiles. El mono es el guerrero que le rinde culto. Apenas Akeribés había dicho esto, Bes para finalizar, de un formidable salto se posó sobre la cabeza de la íbera. —¡Por Ategina! debe ser el primer guerrero que sube a la Luna de un salto —comentó el porteador. Akeribés se abalanzó sobre Lindumar y la abrazó emocionado, mientras el mono subía a la montonera de la sal huyendo de sus devotos. 88


11 Al amanecer, por una senda del Llobregat franqueada por espigados árboles de tronco plateado; Botono paseaba sobre sus lomos a Berunín que a su vez portaba a Bes acurrucado en su regazo, y a la zaga iban de la mano Akeribés y Lindumar. Gracias al cuadrúpedo la niña iba alejando de su mente los trágicos días vividos en el Monte Hécate. Mucho no tardaron en llegar a una escalonada ladera en la que se veía destacar una grandiosa higuera desnuda de hojas: fue la señal de fin de trayecto para la comitiva. En poco tiempo, el solitario lugar se fue llenando de devotos encapuchados que se sentaban formando amplios círculos alrededor del lugar. Ya apenas había sitio donde sentarse, 89


cuando empezaron a llegar los aristócratas de Montjuïc: los guerreros a caballo y el resto en asnos. Acto seguido, la suma sacerdotisa de Barkeno, ante la expectación de todos anuncia: —A causa de la pertinaz sequia que está poniendo en peligro nuestra existencia, nos vemos aquí con la acuciante necesidad de pedir a Ategina que nos socorra. Para ello contamos con dos asnos para el sacrificio: uno de Baitolo y uno nuestro; pero como gracias al conflicto desencadenado por un burro, hemos echado a los griegos de Kallipolis, veo justo excluir a estos nobles animales de la inmolación y que sean sustituidos por la sacerdotisa Medea, como la agraviada Ategina me ha manifestado. A continuación, unos guerreros mostraron al público a la griega comiéndose un manojo de tréboles, claro signo de que iba a ser ejecutada. La mayoría de los congregados estaban tanto o más indignados que su Diosa Madre porque ya 90


venían sufriendo de tiempo a tras el desprecio mal disimulado de los griegos. Tras anudarle una gruesa soga al cuello y pasar el otro cabo por encima de una robusta rama, un grupo de oficiantes la alzó en vilo al tirar con fuerza por el lado opuesto. Esto provocó que se le abrieran los esfínteres y empezara a hacer aguas menores y mayores. Viendo lo acaecido como un preludio mágico de las ansiadas lluvias, los presentes al llegar a la higuera, se arrollaban de forma compulsiva por recibir de pleno la inmundicia que caía del cielo. En eso Lindumar agarró una oreja de Botono y acercando los labios le susurró: —¡De la que te has librado condenado! En ese instante, akeribés percibió, con toda su dureza, que Iberia era bonita, pero de gentes demasiado groseras y feroces: para lo que se veía por otras tierras. Por lo que empezaba a hacerse la idea de que ese podría ser el motivo 91


por el que los griegos recelaban de los íberos. Al día siguiente, Akeribés llevó a todos los suyos al mercadillo del puerto. A Lindumar le compró una túnica de boda con todos sus complementos, incluido el collar de cuentas y el calzado; a Berunín, dos túnicas largas de lana, unas botas y un manto para el frio; a Botono lo Llevó al espartero para que le hiciera a medida unas sandalias de burro porque las pezuñas las tenía lastimadas. Finalmente, a su madre le regaló un par de mantas y unas botas de pelo; y al mono nada, ya tenía bastante regalo con estar siempre subiéndose al cuello del asno. Los aguaceros no se hicieron esperar en La Layetania, y todos pudieron sentir la agradable fragancia que desprendía Ategina cuando el cielo la mojaba.

92


12 En el poblado de Ilduro, Kanibetán intentaba convencer a Alobikis de que no debía tolerar que Barkeno tuviera en su poder el puerto de Kallipolis y el Monte Hécate: —Nosotros con las escasas mercancías que mandábamos por el pasillo del río Baitolo hasta Lauro nunca hemos mermado gran cosa la entrada de vuestros productos en ese pueblo; pero, Barkeno en poco tiempo os estrangulará con sus desmesurados envíos de productos de 93


importación púnicos, etruscos y griegos. —¿Y por qué no le pedís ayuda a los griegos de Emporion?, dijo Alobikis. —¿Para qué? ¿Para que se apropien otra vez Del Monte Hécate? —Nosotros haremos lo mismo —señaló Alobikis—, ten claro que no vamos a entrar en una sangrienta guerra fratricida sin intentar sacar el máximo provecho. —Cada año que pasa los tentáculos del poder de Barkeno arrinconan más a Ilduro, por lo tanto apremia que os pongáis en vuestro sitio. Ahora es buen momento, contáis con nuestro apoyo. A cambio sólo pedimos que si salimos victoriosos, el Monte Hécate y Kallipolis pasen a Baitolo. —Suficiente, pondré en deliberación de mi Consejo de Ancianos lo que me has propuesto —dispuso Alobikis. 94


13 Cuando las primeras rosas adornaban los caminos, en una noche de luna llena, en el nuevo templo de Ategina; tocada con un velo, Lindumar siguió los pasos que le marcaba la sacerdotisa: primero consagró su cinturón a la diosa en alusión a su virginidad, y acto seguido recibió un baño de purificación con aguas traídas de un manantial sagrado de Barkeno. —Esta noche la pasarás aquí, en el Monte Hécate, contemplando la Luna —le anunció la sacerdotisa—, mañana en la casa de tu futura suegra, ya que tu familia te ha repudiado, se celebrará el banquete, tras el cual te quitarán el velo y al día siguiente, en la casa del que ha de ser tu marido, comenzarás una nueva vida llena de obstáculos. Que la diosa te acompañe. En lo más tranquilo de la noche, un centinela irrumpió bruscamente en el templo. Los nervios 95


le podían, pero al final acertó en sacarlas fuera y en hacerlas ir monte a través hasta el puerto, donde esperaba una nave púnica para llevarlas a Barkeno. —¿A qué se debe todo esto? —preguntó la sacerdotisa al patrón del barco. —tenemos la sospecha de que los de Ilduro están tramando, con una incursión nocturna, echaros del Monte Hécate y arrasaros los campos de trigo. —¿De dónde habéis sacado semejante…? —De un agente comercial del fondeadero de Ilduro: al insultarle por negarse a cumplir un pedido en el que nos tenía que entregar cinco caballos y doce tinajas de brea a cambio de manufacturas nuestras. Para salvaguardar su honestidad nos dijo que le habían prohibido hacer el trato porque Alobikis, el jefe del clan, necesitaba todos los caballos y toda la brea para el campo de batalla. 96


Asterikor, informado de todo esto, sin perder tiempo mandó dos mil infantes a proteger el Monte Hécate, y quinientos jinetes los mandó a la desembocadura del Besós. En el poblado se quedó medio millar de hombres para proteger a mujeres, ancianos y niños. Akeribés formaba parte de un grupo de correo que por la Vía Heraklea mantenían comunicadas las tropas del Besós con el destacamento del Monte Hécate. A las tres horas de la movilización llegó un jinete al frente del Besós e informó a Asterikor de que sus dos mil infantes ya estaban dentro de las murallas del Monte Hécate. A los veinte minutos llegó otro con la noticia de que cientos de infantes de Baitolo ya estaban cercando el fuerte. Sin pensarlo, Asterikor dio la orden de que partieran trescientos jinetes a machacar a los sitiadores. Al verse descubiertos y cercados, huyeron en desbandada al poblado, con tal precipitación que no pudieron cerrar a tiempo 97


los portones para evitar que entraran los jinetes de Barkeno. En lo más reñido del asalto llegaron trescientos infantes del Monte Hécate que declinaron la balanza a favor de los de Barkeno. Siguiendo órdenes claras, el jefe del asalto no dejó arrasar el poblado, limitándose a dejar a sus infantes tomar posesión del lugar. Alobikis al llegar a Baitolo, enseguida se dio cuenta de que había llegado tarde, por lo que optó por retirarse con sus tropas sin más. En el poblado de Barkeno la celebración de la victoria coincidió con Lindumar y Akeribés de pie en una carroza nupcial tirada por un burro con botines, guiado por un mono subido en su cuello.

Fin 98


Censo de los personajes más importantes Adón. Segundo del Poderosa Tanit. Agatón. Calafate del Poseidón Erecteo. Alobikis. Jefe del poblado de Ilduro Akeresto. Padre de Lindumar. Akeribés. Protagonista principal. Asterikor. Jefe del poblado de Barkeno. Ayín. Patrón del Poderosa Tanit. Berunín. La niña ofrecida en sacrificio. Botono. Nombre del burro de Lindumar. Efestión. Amigo de Alejandro Magno. Evelio. Cordelero del Poseidón erecteo. Filis. Carpintero del Poseidón Erecteo. Ibesana. Madre de Akeribés. Ibesekar. Padre de Akeribés. Kanibetán. Jefe del poblado de Baitolo.


Licas. Cocinero del Poseidón Erecteo. Lindumar. Novia de Akeribés. Malco. Patrón del poseidón Erecteo. Medea. Sacerdotisa de la diosa Hécate. Tasuninga. Sacerdotisa, y madre de Lindumar.

Toponimia íbera Baitolo. Badalona. Poblado en el Turó d’en boscá.

Baitolo, río. El Besós. Barkeno. Abarca lo que es la llanura de Barcelona (barcena). Poblado principal situado en la montaña de montjuïc.

Barkeno, río. El Llobregat. ? Ilduro. Mataró. Poblado principal en el monte Burriac.

Lauro. Zona de Granollers y Llerona del Vallès.


Glosario de términos Alejandro III. Alejandro Magno. Apulia. Ciudad de la Magna Grecia. Ategina. Diosa Madre íbera. Baal. Dios de los cartagineses. Begur, macizo. Colinas de la Costa Brava. Babilonia. Ciudad donde murió Alejandro Magno. Bóreas. El dios griego del frío viento del Norte. Cofa. Cestillo en el que se colocaba el vigía. Dracma. Moneda de plata de la antigua Grecia. Emporion. Ampurias (Girona). Empusa. Una especie de vampira hija de Hécate. Etruria. Territorio de los etruscos. Golfo, Ullastret. Golfo de Pals en época íbera. Hécate. Diosa griega de la luna oscura. Islas Medas. Pequeñas islas de la Costa Brava.


Kallipolis. Puerto griego ubicado en Mongat. Ketos. Ballena en griego. Kochab. Actual estrella Beta. Antaño era la Polar. Lamia. Vampira del séquito de Hécate. Layetanos. Tribu entre el Tordera y el Llobregat. Ligures. Tribu de la desembocadura del Ródano. Monte Hécate. Turó de Montgat (Montgat). Montgrí, macizo. Colinas de la Costa Brava. Poseidón. Dios griego del Mar Rorcual. Ballena con barbas. Tanit. Diosa Madre Púnica. Tramontana, viento. Viento frío del Norte. Tuchulcha. Dios maléfico etrusco. Ullastret. Había un enclave íbero con puerto. Vía Heraklea. Calzada costera que desde el sur de Andalucía llegaba hasta Italia.


Índice 1. “El Poseidón Erecteo”………………. 9 2. “El Poderosa Tanit”………………….. 23 3. La maldición de Tuchulcha………. 31 4. La arribada al Monte Hécate…… 45 5. La Perra Negra…………………………. 53 6. La estela misteriosa…………………. 57 7. El periplo de Akeribés……………… 61 8. Jauría asesina………………………….. 69 9. La venganza de Asterikor………… 73 10.El bailarín……………………………….. 81 11.La higuera de los sacrificios……. 89 12.La conspiración de Kanibetán… 93 13.La victoria………………………………. 95



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