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El Antiguo Régimen y la Revolución Recensión del ensayo de Alexis de Tocqueville

Historia de las Ideas y Formas Políticas, curso 2008/2009

Jesús Espino González


El Antiguo Régimen y la Revolución Recensión del ensayo de Tocqueville. Historia de las Ideas y Formas Políticas, curso 2008/2009

“Para todos los franceses, Francia es un campo de experimentación, una especie de granja modelo en política donde todo debe ser renovado y ensayado excepto en un pequeño rincón donde florecen sus intereses particulares” (Tocqueville, 2004: 314).

Í N D I C E 1. Desmitificación de la Revolución Francesa

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2. La centralización, herencia directa del Antiguo Régimen

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3. Agravios que encendieron la mecha de la revolución

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4. Un liberal contra el individualismo

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5. El manejo de la opinión pública: la espiral del silencio

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6. Una sociedad igualitaria no es necesariamente libre

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7. La contribución de la obra más madura de Tocqueville

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Bibliografía

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Imagen de la portada: fragmento del cuadro ‘Charles-Alexis-Henri Clerel de Tocqueville (1805-59)’, de Théodore Chassériau (expuesto en Château de Versailles). Imagen de la cabecera de las páginas interiores: fotograbado aparecido en ‘Democracy In America’ (edición estadounidense de 1899).

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1  Desmitificación de la Revolución Francesa ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’1 deconstruye y desmitifica la Revolución Francesa2 de 1789 y las inmediatas réplicas, en 1830 y 18483, del poderoso, vertiginoso y destructivo seísmo político que supuso. Este elaboradísimo ensayo concluye que la Historia exagera los efectos que produjo: “Lo que hizo fue reglamentar, coordinar y legalizar los efectos de una causa más que ser ella misma esa causa (…). Todo lo que hizo la revolución también se habría hecho sin ella. La revolución no fue más que un procedimiento violento y rápido con cuya ayuda se adaptó el estado político al estado social, los hechos a las ideas y las leyes a las costumbres”4 (Tocqueville, 2004: 390-391). Por tanto, Francia se puso a la cabeza de dos grandes revoluciones preexistentes (política y filosófica, nacional e intelectual) y asumió su propagación: “Obró como Roma, que conquistó las naciones extranjeras con extranjeros. Francia no sembró a su alrededor los gérmenes de la revolución, sólo hizo desarrollar los que ya existían. Francia no ha sido el dios que crea, sino el rayo de sol que posibilita la eclosión” (Tocqueville, 2004: 349). Es evidente que 1789 representa un hito, aunque el punto de inflexión se había marcado mucho antes; los franceses aportan el escenario, pero la revolución ya se había larvado en el resto de Europa. Francia “fue la primera en ver con claridad lo que quería hacer mientras los demás no hacían más que tantearlo. Captando al vuelo las ideas principales que corrían por el mundo desde hacía cinco siglos, no vaciló en acometer sin dilación lo que los demás soñaban para un futuro lejano y confuso” (Tocqueville, 2004: 347). En definitiva, la Revolución Francesa no tumba la monarquía absoluta, que duró unos 150 años y sirvió de transición entre el feudalismo y la democracia (Tocqueville, 2004: 264), sino que acelera su caída. En efecto, abolió las instituciones políticas feudales “para sustituirlas por un orden social más uniforme y sencillo que tiene por base la igualdad de condiciones”. Pero, pese a su radicalidad, fue menos innovadora de lo que se cree: se debió a una larga labor de 10 generaciones aunque ocurriera de golpe, sin transición ni precaución. El viejo edificio social ya amenazaba ruina; si no hubiera sido de golpe, se habría desmoronado poco a poco (Tocqueville, 2004: 51-52).

2  La centralización, herencia directa del Antiguo Régimen Otro mito que la obra destapa es la esencia anárquica de la revolución. Sólo es una apariencia: al apartar las ruinas queda un poder central inmenso (el mayor desde la caída del Imperio Romano) “que ha atraído y absorbido en su unidad todas las partículas de autoridad y de influencia que antes se hallaban dispersas en una infinidad de poderes secundarios, de órdenes, clases, profesiones, familias e individuos, y como esparcidas por todo el cuerpo social” (Tocqueville, 2004: 41). La centralización, que se presenta como una conquista de la revolución, es en realidad un producto del Antiguo Régimen, la única parte de su organización política que ha sobrevivido (Tocqueville, 2004: 65). En su minucioso análisis, el autor demuestra con documentados ejemplos que el gobierno interviene, décadas antes de 1789, en todos los asuntos de las ciudades, por intrascendentes que sean; incluso regula las fiestas desde París. “Bajo el Antiguo Régimen, como en 1 ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’ es una obra inacabada. “El primer volumen [objeto de la presente recensión], el único que apareció viviendo Tocqueville, se detiene al comienzo de la revolución (…). Tocqueville había reunido para los volúmenes siguientes, que debían estar dedicados a la revolución y al imperio, numerosas notas” (Touchard, 1993: 409). 2 La Revolución Francesa es una de las pocas que logró alcanzar con éxito su objetivo: la Revolución Americana (también a finales del siglo XVIII), la Revolución Rusa de 1917, la Revolución China que empezó en 1911 con la caída de la dinastía manchú y culminó con la toma del poder por los comunistas en 1949 y la Revolución Iraní que derribó al Sha en 1979 constituyen, junto con Francia, los ejemplos más importantes de la historia contemporánea (Sodaro, 2006). 3 Tocqueville está considerado “el pensador francés más importante del siglo XIX”. Contempló “un periodo crucial de la historia de Francia que va desde la caída de Napoleón y la restauración de los Borbones en 1815, hasta las revoluciones de 1830 y 1848 y la proclamación de la II República. Vivió los últimos estertores del régimen napoleónico y la entronización de Luis XVIII de la mano de Fouché, el antiguo regicida, y fue testigo, 15 años más tarde, del levantamiento popular que acabó con la dinastía de los Borbones y con el Antiguo Régimen e instauró una monarquía constitucional”. Tocqueville, elegido diputado en 1839, vaticinó ante la Cámara (27 de enero de 1848) “que la revolución era inminente y que esta vez sería una revolución social. Nadie le hizo caso, pero apenas un mes más tarde se produjo el estallido de 1848” (Villaverde, 2005). 4 Subrayaré a lo largo de toda esta recensión las citas de ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’ que considero claves.

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nuestros días [1859], no había ciudad, burgo, villorrio ni aldea en Francia, hospital, fábrica, convento ni colegio que pudiera hacer su voluntad en sus asuntos particulares ni administrar sus propios bienes a su gusto. Entonces, igual que hoy, la administración tenía a todos los franceses bajo tutela” (Tocqueville, 2004: 79, 84). ¿Cómo pasó el gobierno central de soberano a tutor? Ocurrió cuando el feudalismo dejó de ser una institución política para devenir en civil. El campesino pasa a convertirse entonces en propietario de suelo, y por tanto se vuelve sensible a las cargas feudales. Como el señor ha perdido su poder, prescriben sus obligaciones (Tocqueville, 2004: 62, 73). Es entonces cuando comienza el Estado a imponer la prosperidad de los particulares. En la Edad Media, los habitantes de los pueblos formaban una comunidad al margen de su señor, con bienes y jefes propios y una administración democrática, la antigua organización de la parroquia. La libertad municipal sobrevivió al feudalismo: hasta finales del siglo XVII las ciudades francesas se gobernaban a sí mismas. Las elecciones fueron abolidas en 1692, año a partir del cual se compraba al rey su convocatoria. Hubo monarcas que traficaron con las libertades municipales hasta llegar al exceso de vender siete veces el derecho a elegir magistrados para cuadrar sus finanzas. “No encuentro nada más vergonzoso en toda la fisonomía del Antiguo Régimen” (Tocqueville, 2004: 80, 75). Pero en el siglo XVIII los notables se hacen con la asamblea general del ayuntamiento; el pueblo deja de interesarse entonces por los asuntos del municipio y el patriotismo se desvanece. El gobierno municipal degenera en oligarquía. “El señor ya no gobierna, pero su presencia en la parroquia y sus privilegios impiden que se establezca un buen gobierno parroquial en lugar del suyo. Un vecino tan diferente de los demás, tan independiente, tan favorecido, destruye o debilita el imperio de todas las reglamentaciones” (Tocqueville, 2004: 77, 82). Todos los vecinos que poseían medios de fortuna y cultura huyeron a la ciudad; por tanto, no quedan en la parroquia “a excepción del señor, más que un hatajo de campesinos ignorantes y rudos, incapaces de dirigir la administración de los asuntos comunes”. Pese a todo, la parroquia rural francesa conserva algo de su carácter democrático medieval hasta la revolución: la campana de la iglesia convoca a vecinos (pobres y ricos) y un notario recoge en un acta las opiniones de todos, aunque no hay deliberación propiamente dicha ni votación. Servía de poco, pues aunque sus acuerdos fueran unánimes no podía establecer impuestos, vender, comprar, arrendar, litigar… sin permiso del consejo del rey. Además, el intendente imponía con frecuencia candidatos o anulaba la elección hecha por sufragio universal, que se conservaba. Los campesinos sentían gran apego por el modelo parroquial (era ya el único asunto de naturaleza pública que les interesaba) aunque su función fuese más una carga que un honor: “Gentes que dejan de buen grado el gobierno de toda la nación en manos de un amo se sublevan ante la idea de no poder dar su opinión en lo que respecta a la administración de su aldea” (Tocqueville, 2004: 82-84). Aún bajo el Antiguo Régimen, los litigios con interés público o derivados de la interpretación de un acto administrativo dejan de ser competencia de los jueces ordinarios, pasando a depender del intendente. La revolución expulsa a la justicia de la esfera administrativa (donde se había introducido indebidamente), pero continúa entrometiéndose en ella, una interferencia que “denigra a los hombres y tiende a hacerlos a la vez revolucionarios y serviles”. Antes de la revolución, el gobierno defendía a sus agentes con medidas ilegales y arbitrarias; tras la revolución, les ha dejado violar las leyes legalmente: “Bastaba con estar ligado a la administración por el más leve hilo para no tener nada que temer de nadie que no fuese de ella misma” (Tocqueville, 2004: 88-89). Antes de 1789 ya existía un cuerpo único en el centro del reino que llevaba férreamente el timón de la administración pública y cuyas decisiones repercutían hasta en el último confín de Francia; aunque sus formas estaban menos definidas que tras la revolución, se trataba de la misma centralización que después de 1789. “Si la centralización no pereció en la revolución fue porque ella misma era comienzo y signo de esta revolución (…). La centralización se amoldaba tan naturalmente a la sociedad formada por esta revolución que fácilmente se la ha considerado como una de sus obras” (Tocqueville, 2004: 92-93). Lo primero que hizo la revolución fue destruir la gran institución de

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la monarquía, pero ésta fue restaurada en 1800. Entonces no fueron los principios de 1789 en lo relativo a administración pública los que se impusieron, sino los del Antiguo Régimen. Como relata el autor, los funcionarios del Antiguo Régimen parecen darse la mano con los que hay tras la revolución a través del abismo que los separa. “Nunca se ha puesto mejor de manifiesto el poder de la legislación sobre el espíritu de los hombres”. Y es que ya en el siglo XVII el poder central siente el deseo de supervisar los pormenores de cualquier asunto que acontezca en la periferia. “Para llegar a dirigirlo y a saberlo todo desde París ha sido preciso inventar mil medios de control. La cantidad de escritos es enorme. La lentitud del proceso administrativo es tan grande que nunca he visto que transcurriese menos de un año antes de que una parroquia pudiera tener autorización para reconstruir su campanario o para reparar la casa parroquial; a menudo pasan dos o tres años antes de que se atienda la petición” (Tocqueville, 2004: 93-94). “Los funcionarios administrativos, burgueses casi todos, forman ya una clase con su espíritu particular, sus tradiciones, sus virtudes, su honor, su orgullo. Es la aristocracia de la nueva sociedad, ya formada y viva, que sólo espera que la revolución le haga un sitio”. (Tocqueville, 2004: 95). Las nuevas normas se suceden con tal velocidad que a los agentes se les acumulan las órdenes, no las cumplen: la esterilidad devora a la eficiencia. Si no cambian las leyes, se modifica la forma de aplicarlas. “La sumisión del pueblo a la autoridad es completa, pero su obediencia resulta efecto de la costumbre, no de la voluntad” (Tocqueville, 2004: 99), pues la noción de la ley no existía en el Antiguo Régimen. En la Francia del siglo XVIII, el poder central “ha llegado ya a destruir todos los poderes intermedios y entre él y los particulares ya no existe más que un espacio inmenso y vacío5, todos lo ven ahora aparecer a lo lejos como el único resorte de la máquina social, agente único y necesario de la vida pública (…). Nadie cree que pueda llevarse a buen fin un asunto importante si el Estado no se mezcla en él (…). Habiendo ocupado el gobierno el lugar de la Providencia, resulta natural que cada cual le invoque sus necesidades particulares (…). No debe admirarnos la maravillosa facilidad con que fue restablecida en Francia la centralización (…). Los hombres del 89 derribaron el edificio, pero sus cimientos habían permanecido incólumes en el alma de sus mismos destructores, y sobre esos fundamentos fue posible levantarlo enseguida dándole una solidez que nunca había tenido” (Tocqueville, 2004: 100, 102-103). Parte de los cimientos de esta Francia centrípeta habían fraguado porque era el país europeo donde la capital había adquirido mayor dominio sobre su periferia. El autor cita a Montesquieu: “En Francia no hay más que París y las provincias distantes, porque París no ha tenido tiempo de devorarlas”. Las provincias habían quedado relegadas a una segunda división. Tan desdibujadas estaban que, tras la revolución, a la Asamblea Constituyente le resultó fácil destruirlas aunque muchas de ellas fuesen más antiguas que la propia monarquía: “Dividió el reino en 83 partes distintas6, como si se hubiera tratado del suelo virgen del Nuevo Mundo”. En definitiva, “es casi unánime la creencia” de que la centralización administrativa y la omnipotencia de París “han tenido mucha parte en la caída de los gobiernos que hemos visto sucederse en los últimos 40 años” y también a ellas se debe “una gran parte de la rápida y violenta destrucción de la monarquía” (Tocqueville, 2004: 104, 106, 108). “Tal era, con anterioridad a 1789, el cuadro que presentaba Francia. El poder real ya se había apoderado, directa o indirectamente, de la dirección de todos los asuntos y no tenía en realidad más límites que los de su propia voluntad. Incluso les había quitado la apariencia de un gobierno local a la mayoría de las ciudades y provincias; a otras sólo les había dejado esa apariencia de gobierno; y los franceses, a la vez que formaban el pueblo de mayor unidad nacional, eran ya también el pueblo

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En las notas, el autor indica cómo se exportaron dos modelos antagónicos: Canadá es donde mejor se aprecia la centralización administrativa del Antiguo Régimen; por el contrario, Estados Unidos amplía el sistema inglés de descentralización con municipios casi independientes (Tocqueville, 2004: 293-295). 6 A finales del siglo XVIII, Francia tenía 32 provincias y 13 parlamentos (Tocqueville, 2004: 382).

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en el que los procedimientos administrativos estaban más perfeccionados y en que lo que después se ha llamado centralización existía en más alto grado7” (Tocqueville, 2004: 383). El autor pretende demostrar con lo anterior que hay “una continuidad de fondo entre el Antiguo Régimen y la revolución” y utiliza “el proceso de centralización administrativa como el hilo conductor que revela la conexión” entre ambas etapas (Romero, 2007: 23-24). Además, atribuye una paternidad común a la centralización y al socialismo: “Son productos del mismo suelo, lo que el fruto cultivado es al silvestre” (Tocqueville, 2004: 198).

3  Agravios que encendieron la mecha de la revolución La obra asume que “una de las causas principales de la revolución es la filosofía del siglo XVIII [más adelante explicaremos cómo ciertas ideas fueron absorbidas por la opinión pública], y resulta que dicha filosofía es profundamente irreligiosa”. Aporta “opiniones nuevas o remozadas que se refieren a la condición de las sociedades y a los principios de las leyes civiles y políticas, tales como la igualdad natural de los hombres, la abolición de todos los privilegios de casta, de clase, de profesión, la soberanía del pueblo, la omnipotencia del poder social, la uniformidad de las reglas… Todas estas doctrinas no sólo constituyen la causa de la Revolución Francesa, sino que forman, por así decirlo, su sustancia; son lo más fundamental, lo más duradero y lo más verdadero que hay en sus obras8”. Pero “la guerra a las religiones no era más que una anécdota en esa gran revolución, un rasgo saliente, pero fugaz, de su fisonomía, un producto pasajero de las ideas, pasiones y hechos particulares que la precedieron y prepararon, y no su carácter fundamental” (Tocqueville, 2004: 38). Convertido el feudalismo en la mayor institución civil, aún despertaba más odio y envidia. La nobleza sólo tenía ahora privilegios, no poder; por eso ya no se veía en ella una consecuencia natural de la organización del país. En 1789 aún sobrevivían derechos feudales. Aunque el autor asegura que muchos de ellos “habían desaparecido o se habían transformado” (Tocqueville, 2004: 63, 61), se sirve de dos obras de referencia de la época (escritas por Fréminville y Renauldon) para enumerarlos en una instructiva nota (Tocqueville, 2004: 333-342). Catálogo de derechos feudales que se mantenían en vigor aún en 1789         



Censo9: canon perpetuo en especie y en dinero que va anexo a la posesión de tierras. Laudemio: impuesto que se paga al señor, por lo general la sexta parte del precio, cada vez que se venden o se compran tierras dentro del señorío. Terrazgo: parte de los frutos que el señor percibe de la heredad dada a censo. Bordelaje: canon anual en dinero, grano y aves por la tierra sometida a censo. Marciaje: canon impuesto a los poseedores de tierras sometidas a censo que se pagaba a la muerte natural del señor. Diezmos enfeudados: derivados de un contrato, emulaban a los que cobraba el clero (décima parte de la producción). Parcière: derechos sobre la recolección de frutos similar al terrazgo y al diezmo enfeudado. Carpot: derecho a recibir una cuarta parte de la vendimia (como el terrazgo, pero de las viñas). Servidumbre: • Personal: inherente a la persona, daba derecho a la persecución del siervo salvo en lugares de asilo. • Real: acaba cuando el siervo abandona la tierra del señor o cambia de residencia. Prestaciones: derecho del señor a beneficiarse de jornadas de trabajo de su vasallo o de las bestias de éste. • Personales: debidas por las gentes de labor que vivían en la tierra del señor con arreglo a su oficio.

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Según Skocpol, el Estado prerrevolucionario en Francia, Rusia y China consistía en una monarquía absoluta decadente que ya no podía resolver las presiones de las potencias extranjeras; en el nivel socioeconómico, en los tres países tuvieron lugar violentas rebeliones de campesinos hastiados de su inferior condición económica y social; en los tres países, los revolucionarios movilizaron a la población para, después de conquistar el poder, establecer un Estado centralizado y poderoso, con una gran burocracia. Las tres revoluciones dieron paso a regímenes dictatoriales en lugar de democracias (Sodaro, 2006). 8 Tocqueville también lanza, como aquí, algún piropo a la revolución, “sabe rendir homenaje al adversario: lleva al más alto grado el arte de comprender lo que repugna. En este sentido, es realmente un liberal” (Touchard, 1993: 411). 9 En negrita se destacan los derechos feudales que se aplicaban, aún en 1789, en la mayor parte del territorio francés.

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Reales: inherentes a la posesión de tierra en el dominio del señor, quedaban exentos de ellas los notables (nobles, eclesiásticos, clérigos, oficiales de justicia, abogados, médicos, notarios y banqueros). Derechos privativos10: sólo quienes tienen título nobiliario pueden disfrutar de ciertos privilegios. • Molinos y hornos. • Lagares. • Toro semental y matadero. Derecho de vendimia: en Borgoña, el señor recogía el fruto de sus viñas un día antes que los demás propietarios. Derecho de preferencia en la venta de la cosecha de vino: de un mes a 40 días antes que los demás propietarios. Derecho de pasto: el señor concede temporalmente apacentar el ganado en tierras de su jurisdicción, algunas baldías. Peaje: se cobra en nombre del rey y con su permiso para pasar por puentes, ríos y caminos y recae sobre personas, animales y vehículos. Continúa vigente en casi todas las provincias y está documentada la concurrencia de abusos. Barcazgo: como el peaje, pero sobre la mercancía. Derecho de leyde: impuesto que se cobra sobre la mercancía que se lleva a las ferias o mercados (los señores regulan las pesas, todos los reyes que intentaron unificar las medidas habían fracasado). Caminos: • Reales: son los principales, cuya construcción, conservación y vigilancia no depende de los señores. • Particulares: los señores tienen sobre ellos los derechos de conservación y policía. Aguas: • Ríos navegables y flotables: pertenecen al rey, que puede conceder a los señores los derechos de pesca, molino, barcazgo, pontazgo… • Ríos pequeños: los señores tienen sobre ellos los mismos derechos que el rey sobre los navegables. Fuentes, pozos, pozas y estanques: las aguas pluviales que corren por los caminos reales son para el señor, que además puede anegar las tierras de sus vasallos pagándoles el precio de las mismas. Pesca: igual que el agua (en los ríos navegables no se puede pescar, ni con caña, sin permiso del señor). Caza: derecho real del que los nobles hacen uso con permiso del rey, es el que con más rigor se prohíbe a los plebeyos. El señor puede cazar en toda la extensión de sus dominios. Hurones: sólo los nobles pueden tenerlos (a los plebeyos se les permite disponer de conejares). Palomares: sólo los nobles pueden tener pichones. Otros: hay catalogados 99 raros, desconocidos, restringidos o en desuso, la mayoría sobre la actividad agrícola.

Aunque no podemos juzgar ahora, con los ojos del siglo XXI, los privilegios del XVIII (algunos anacrónicos ya entonces11), Tocqueville minimiza su efecto repetidamente en su condición de vencido12. Cree (más adelante lo veremos) que el levantamiento popular no se produce por la desigualdad en sí, sino por hablar de ella abiertamente como algo perverso. Asume como inevitable la destrucción de la aristocracia, pero no oculta su nostalgia por otros tiempos: “No es ni un revolucionario ni un reaccionario. (…) Es aristócrata de instinto, pero la reflexión le lleva a aceptar como irreversible la evolución hacia la democracia, a adaptarse a un régimen que no le gusta” (Touchard, 1993: 408). “Desprecia la vulgaridad del mundo burgués. Su universo era aristocrático (…), pero no era un hombre del Antiguo Régimen. Era un disidente a caballo entre dos mundos, la sociedad del Antiguo Régimen (…) y la nueva sociedad igualitaria, forjada sobre el concepto de nación, que aceptaba con espíritu crítico (Villaverde, 2005). Se deja “dominar por sus sentimientos de horror ante la violencia, ruina material y desorden espiritual” y cede “parcialmente a su nostalgia 10

Los nobles también gozaban del derecho exclusivo de proveer oficiales al ejército, privilegio que les hacía enemigos naturales de los soldados (Tocqueville, 2004: 356-357). Además, como detallaremos ampliamente, estaban exentos del pago de impuestos (Tocqueville, 2004: 118). 11 El autor cita un cuaderno de peticiones de la nobleza (1789) donde se solicita poner fin hasta a gestos humillantes para quienes integraban el tercer estado, como ponerse de rodillas: “El espectáculo de un hombre hincado de rodillas ante otro hiere la dignidad humana y entre seres iguales por naturaleza indica una inferioridad incompatible con sus derechos esenciales” (Tocqueville, 2004: 311). 12 “Tocqueville fue un vencido. Se sumaron en él toda clase de derrotas, y no por azar, ni por mala suerte, sino por el destino y con carácter existencial. Como aristócrata, era un vencido de la guerra civil, quiero decir de la peor clase de guerra, que acarrea también la peor especie de derrota. Pertenecía a la capa social que había sido vencida por la revolución de 1789. Como liberal, había previsto la revolución, ya no liberal, de 1848, y fue herido mortalmente por la explosión de su terror. Como francés, era hijo de una nación que, tras de una guerra de coalición de veinte años, había sido vencida por Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia. Por este flanco era el vencido de una guerra exterior mundial. Como europeo, también vino a caer del lado de los derrotados en cuanto previó la evolución por la cual las dos nuevas potencias, América y Rusia, se convertían, por encima de las cabezas de Europa, en soportes y herederas de una centralización y democratización irresistibles. Como cristiano, en fin, que fue y siguió siendo, con la fe de sus padres, por bautismo y tradición, fue también derrotado por el agnosticismo científico de su época” (Schmitt, 1949: 112-113).

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por etapas pasadas que se le hacían menos turbulentas y más propensas a la vida civilizada, aunque fuese la de unos pocos” (Romero, 2007: 31). La Iglesia despertaba odio y envidia en igual medida que la nobleza porque los señores eclesiásticos disfrutaban del mismo catálogo de privilegios, “habían acabado por mezclarse íntimamente” con los señores de la feudalidad. “Obispos, canónigos y abades poseían feudos o censos por virtud de sus funciones eclesiásticas; el convento tenía, por lo general, el señorío del pueblo en cuyo territorio estaba emplazado; tenía siervos en la única parte de Francia en que todavía existían (…); tenía su horno, su molino, su lagar, su toro semental” (Tocqueville, 2004: 61-62). Con el agravante de que el clero, como en todo el mundo cristiano, gozaba además del derecho del diezmo (por defecto, no como el diezmo enfeudado, que requería contrato). “Los mismos derechos feudales, precisamente los mismos, estaban por entonces en vigor en toda Europa y en la mayor parte de las naciones eran mucho más onerosos”. ¿Por qué estalló la Revolución entonces precisamente en Francia? Como hemos anotado antes, porque el campesino ya era propietario del suelo (por tanto, se había vuelto sensible a las cargas que antes eran cosa del señor) y porque la nobleza ya sólo tiene privilegios (el señor ya no gobierna ni administra, se ha desembarazado de las cargas y desentendido del campesino). “Los nobles tenían privilegios mortificantes y poseían derechos onerosos, pero aseguraban el orden público, administraban justicia, hacían cumplir las leyes, socorrían al débil, se ocupaban de los asuntos de interés común” (Tocqueville, 2004: 62-63). Más adelante nos detendremos en cómo este nuevo ‘statu quo’ desata una fiebre individualista que despega a los ciudadanos y desestructura la sociedad francesa. El empeño del autor en subrayar que la revolución cala más donde hay menos servidumbre (dedica el capítulo I del libro segundo a ello para señalar que en Alemania e Inglaterra el sometimiento era mayor que en Francia) anticipa planteamientos muy recientes y comúnmente aceptados en la ciencia política: según la teoría de James C. Davis, las revoluciones no suelen ocurrir simplemente debido a la pobreza o la opresión, como el sentido común sugiere, sino cuando muchas personas que han experimentado una mejora reciente de sus condiciones de vida ven, repentinamente, empeorar su situación (Sodaro, 2006). En este sentido, conviene reiterar un argumento clave: la tierra había dejado de ser un objeto de lujo para el rico y pasó a consistir en el único medio de vida de un pobre que aspiraba a emanciparse por completo del señor y prosperar por su cuenta; estos cambios en la división del suelo facilitaron determinantemente la gigantesca revolución política que se avecinaba (Tocqueville, 2004: 371). El agravio más odioso, probablemente el detonante más activo de la revolución, era que los pobres soportaban en sus bolsillos la creciente presión de los impuestos mientras que los ricos no contribuían. “En la Inglaterra del siglo XVIII, el pobre goza del privilegio de exención de impuestos; en Francia, es el rico. En Inglaterra, la aristocracia ha tomado sobre sí las cargas públicas más pesadas a fin de que se le permitiera gobernar; en Francia ha conservado hasta el último momento la exención para consolarse de que había perdido el gobierno”. En la obra, se viene a reconocer que es el desencadenante clave: “El día que la nación permitió a los reyes13 establecer un impuesto general sin su concurso, y en que la nobleza tuvo la cobardía de que se impusieran cargas al tercer estado con tal de quedar ella exenta, ese día se sembró el germen de casi todos los vicios y abusos que fueron minando al Antiguo Régimen hasta causarle la muerte” (Tocqueville, 2004: 130-131). El autor recurre a Forbonnais para destazar las finanzas de Francia. En la Edad Media, los reyes vivían de las rentas de sus dominios. En caso de necesidades extraordinarias, éstas se sufragaban con contribuciones extraordinarias que se repartían por igual entre el clero, la nobleza y el pueblo (casi todas, indirectas). Ya entonces los nobles se libraban del impuesto directo, conocido como talla14 (la obligación del servicio militar gratuito les dispensaba); pero la talla tenía entonces una aplicación restringida: gravaba a los señoríos más que al reino. Posteriormente, cuando el rey 13

En este punto, el autor elogia y cita la visión de Commines: “Carlos VII, que consiguió imponer la talla a su voluntad sin el consentimiento de los estados, contrajo una grave responsabilidad para sí y sus sucesores e infligió a su reino una herida que sangrará largo tiempo” (Tocqueville, 2004: 131). 14 Se llamaba así porque, en el momento de abonarla, se tallaba una muesca sobre un palo para certificar el pago (esta técnica contable era un vestigio de la prehistoria).

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impuso por primera vez contribuciones, prefirió no enemistarse con los nobles, sus rivales, e infló precisamente la talla, un impuesto que no les afectaba. “Vino así a sumarse a todas las desigualdades particulares que ya existían una más general, que agravó y conservó las otras. La talla se extiende y se diversifica; a partir de ese momento, a medida que las necesidades del tesoro público crecen con las atribuciones del poder central, no tarda en decuplicarse y todas las nuevas contribuciones se convierten en tallas” (Tocqueville, 2004: 131-132). Por tanto, la talla se había multiplicado por 10 en dos siglos casi exclusivamente a expensas de los campesinos, que en muchos casos soportaban estrecheces desconocidas para sus padres, más intensas que las feudales15. La talla crecía sin control16 y ningún labrador podía prever con un año de antelación la suma a la que tendría que hacer frente el siguiente (Tocqueville, 2004: 158). En 1737, la reparación de las calzadas comenzó a financiarse en toda Francia con la prestación personal de los campesinos17. De este modo, el progreso de la sociedad francesa enriquece a las demás clases y arrincona al habitante del campo, el único para quien la civilización representa un castigo. El hambre y la mendicidad se disparan18. El gobierno aumenta su dureza cuando actúa contra las clases bajas, especialmente los campesinos, que permanecían sin industria y con una agricultura propia del siglo X. Su aislamiento y miseria iban incrementándose aceleradamente (Tocqueville, 2004: 162-165). “La nobleza francesa sólo había conservado aquellos privilegios que hacen odiar a la aristocracia, no los que hacen amarla o temerla (…). Los privilegios que procuran dinero son a la vez menos importantes y más peligrosos que los que dan poder. Al conservar aquéllos con preferencia a estos últimos, los nobles franceses se quedaron no con la parte útil de la desigualdad, sino con la que hiere” (Tocqueville, 2004: 356-357). “Conforme esta nobleza va dejando de ser una aristocracia, más parece convertirse en casta” (Tocqueville, 2004: 118). La mutación de la sociedad feudal conllevó una drástica reasignación de roles que no terminaban de encajar: en la Edad Media el noble era el rico y contaba con las enseñanzas del sacerdote, que era el letrado (Tocqueville, 2004: 363); en el siglo XVIII, muchos ricos ya no eran nobles y muchos nobles ya no eran ricos, y la Ilustración había arrebatado al clero el monopolio del conocimiento. El Estado, además de empobrecer aún más al pobre y permitir que el rico aumentara su fortuna sin contribuir, era un pésimo gestor: los gastos se disparaban sin que los ingresos crecieran. Como el gobierno era el primer consumidor de productos industriales y el mayor empresario del reino (“nunca habían estado tan estrechamente relacionadas la fortuna del Estado y la particular”), su mala gestión pública se convirtió para multitud de familias en una calamidad privada: en 1789, sus acreedores (casi todos, a su vez, deudores) le reclamaban 600 millones (Tocqueville, 2004: 211212). “Cuando en 1771 son destruidos los parlamentos, el público se conmueve; con ellos se derrumbaba la última barrera capaz de contener la arbitrariedad real (…). Los franceses ya no se limitaban a desear que sus negocios fuesen mejor administrados, sino que empezaban a querer hacerlo por sí mismos, y era notorio que la gran revolución que se incubaba iba a realizarse no sólo con el asentimiento del pueblo, sino con sus propias manos (…). A partir de aquel momento resultaba ya inevitable esta revolución radical que debía confundir en una misma ruina lo mejor y lo peor del Antiguo Régimen. Un pueblo tan mal preparado para obrar por sí mismo no podía acometer la tarea de reformarlo todo sin destruirlo todo” (Tocqueville, 2004: 199-200).

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Turgot reconoce que se exprime al tercer estado porque “los sometidos al pago de la talla no tienen quien hable por ellos” (Tocqueville, 2004: 299). 16 Este impuesto permitía al rey comprar soldados que dispensaran a nobles y vasallos del servicio militar. En el siglo XVII volvió la obligatoriedad del llamamiento a filas (milicia), pero esta vez en exclusiva sobre el pueblo, sobre todo el campesinado. Era la carga pública que resultaba más insoportable para los campesinos: “Para sustraerse a ella huían frecuentemente a los bosques, donde había que ir a buscarlos a mano armada” (Tocqueville, 2004: 161). 17 Sólo las grandes vías o caminos reales, en ningún caso los caminos vecinales de los pueblos que usaban los campesinos. Un recaudador escribe en 1751: “Los gastos que se exigen a los campesinos para reparar los caminos pronto les impedirán pagar la talla” (Tocqueville, 2004: 164). 18 En 1767 fueron detenidos más de 50.000 mendigos; los aptos para trabajar eran enviados a galeras (Tocqueville, 2004: 165).

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Ya mencionamos al hablar de la centralización que ciertos monarcas traficaron con las libertades municipales. Para el autor, “uno de los caracteres más salientes del siglo XVIII en materia de administración local no es tanto la abolición de toda representación e intervención del pueblo en los asuntos públicos como la extremada movilidad de las reglas a que está sometida dicha administración, ya que tan pronto le conceden derechos como se los quitan, devuelven, aumentan, disminuyen o modifican de mil maneras (…). Esta inestabilidad habría bastado por sí sola para anular de antemano toda idea particular, toda adhesión al pasado y todo patriotismo local en la institución que más se prestase a ello. Se preparaba así la gran destrucción del pasado que iba a consumar la revolución” (Tocqueville, 2004: 289). “Esta súbita e inmensa renovación de todas las reglas y costumbres administrativas que precedió en Francia a la revolución política constituía una de las mayores perturbaciones que haya registrado jamás la historia de un gran pueblo. Esta primera revolución ejerció una prodigiosa influencia sobre la segunda e hizo de ella un acontecimiento diferente de todos los de la misma especie vistos hasta entonces” (Tocqueville, 2004: 235). La volatilidad de las referencias normativas, la ausencia de libertades políticas, los impuestos cada vez mayores que roían los bolsillos de los pobres y de los ricos sin título nobiliario y los anacrónicos derechos feudales de la nobleza y el clero condujeron a la revolución gracias a “una especie de guerra civil que sólo podía beneficiar a la democracia”. El amplio listado de agravios logró agitar al pueblo porque “el tercer estado era una parte de la aristocracia sublevada contra la otra y obligada a profesar la idea general de igualdad para combatir la idea de desigualdad que se ponía en su contra” (Tocqueville, 2004: 365). “En Francia, a finales del siglo XVIII, el principio de la desigualdad de derechos y de condiciones regulaba aún despóticamente la sociedad política. Los franceses no sólo tenían una aristocracia, sino una nobleza, es decir, de todos los sistemas de gobierno basados en la desigualdad habían conservado el más absoluto y me atrevo a decir que el más insoportable. Había que ser noble para servir al Estado; sin nobleza era imposible acercarse al príncipe, a quien las puerilidades de la etiqueta prohibían el contacto con los plebeyos. El detalle de las instituciones estaba en consonancia con su fundamento. Las sustituciones, el derecho de primogenitura, los tributos, el maestrazgo, todos los restos de la vieja sociedad feudal subsistían aún. Francia tenía una religión de Estado por la que sus ministros eran dominadores exclusivos. La Iglesia, propietaria de una porción del territorio como en la Edad Media, penetraba en el gobierno”. Sin embargo, el autor mantiene que ya hacía tiempo que en Francia todo marchaba hacia la democracia: “Aquel que sin conformarse con las apariencias exteriores haya querido representarse el estado de impotencia moral en que había caído el clero, el empobrecimiento y la decadencia de la nobleza, la riqueza y las luces del tercer estado, la singular división ya existente de la propiedad territorial, el gran número de fortunas medianas y el escaso número de las grandes; aquel que haya tenido presentes las teorías profesadas en dicha época, los principios tácita pero casi universalmente admitidos; aquel, repito, que haya reunido en un mismo punto de vista todos esos objetos diversos no habrá podido menos que sacar en conclusión que la Francia de entonces, con su nobleza, su religión de Estado, sus leyes y sus usos aristocráticos era ya, mirándolo bien, la nación más verdaderamente democrática de Europa” (Tocqueville, 2004: 373-374).

4  Un liberal contra el individualismo Tocqueville “se fija en uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo, el individualismo, que repliega a los ciudadanos en la esfera familiar, les aparta de lo público y, por negligencia o comodidad, les induce a hacer dejación de sus derechos en manos del Estado. Este Estado benefactor, al que se otorga más y más poder y al que se exige que resuelva todos los problemas, alcanza así, con sus largos tentáculos, los últimos reductos de la vida humana hasta controlar toda su existencia” (Villaverde, 2005). El autor argumenta en el capítulo VIII del libro segundo que Francia “era el país donde los hombres habían llegado a ser más semejantes”; añade en el IX que “estos hombres tan semejantes estaban más separados que nunca en pequeños grupos extraños e indiferentes entre sí”; y concluye en el X que “la destrucción de la libertad política y la separación de las clases constituyeron la causa

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de casi todos los males que originaron la muerte del Antiguo Régimen” (Tocqueville, 2004: 394). El individualismo constituye pues, junto con la centralización que ahoga la administración local y los agravios que marginan e impiden prosperar al tercer estado, la explicación de lo ocurrido en 1789; de hecho, el individualismo se extiende como consecuencia de la centralización y los agravios. Mucho antes de la revolución, las decisiones del rey iban igualando lentamente a los franceses y recortando distancias entre plebeyos y privilegiados. Ya indicamos anteriormente que había burgueses más ricos que los nobles19 y su instrucción se había nivelado: “París, poco a poco convertido en el único preceptor de Francia, acababa dando a todos los espíritus una misma forma y un mismo ritmo”. A finales del siglo XVIII aún quedaban diferencias entre burgueses y nobles en cuanto a maneras, “pero todos los hombres situados por encima del pueblo en el fondo se parecían: tenían las mismas ideas, los mismos hábitos, los mismos gustos, se entregaban a los mismos placeres, leían los mismos libros, hablaban el mismo lenguaje. Ya sólo se diferenciaban entre sí por los derechos”. El autor cree que esto no ocurría “en el mismo grado en ninguna otra parte, ni siquiera en Inglaterra” (Tocqueville, 2004: 112-113). En Francia, como hemos leído, los nobles20 pierden poder político y, para compensarlo, ganan privilegios. Quienes se incorporan a la nobleza se quedan en tierra de nadie: los nobles de siempre les dan la espalda y sus antiguos iguales plebeyos también les rechazan. Mientras, la burguesía huye a las ciudades para eludir la talla (su pago y, lo que es aún peor, tener que cobrarla). El plebeyo rico ha perdido el espíritu campesino y ya tiene como única aspiración hacerse con una plaza de funcionario en la urbe adoptiva. Esta pasión por la función pública nació, según asevera el autor, siglos antes de la revolución: los burgueses compraban los puestos, y cuando se agotaban se inventaban otros para seguir recaudando21. Finalmente, los burgueses acaban consiguiendo la misma exención de impuestos que los nobles, a veces incluso superior. La burguesía evita por todos los medios a su alcance ser fiscalizada por el pueblo, y la hostilidad entre ambos se multiplica. Los recelos no sólo se dan entre una y otra clase, pues los propios burgueses no forman un grupo homogéneo: se dividen hasta en 36 cuerpos distintos en la misma ciudad, donde unos y otros luchan por la preeminencia (Tocqueville, 2004: 127). “La vanidad natural de los franceses se acentúa y agudiza con el incesante rozamiento producido por el amor propio de estas pequeñas corporaciones, olvidándose con ello el legítimo orgullo del ciudadano. En el siglo XVI ya existía la mayor parte de las corporaciones, pero sus miembros, después de resolver entre ellos los asuntos de su asociación particular, se reunían con los demás habitantes para ocuparse conjuntamente de los intereses generales de la ciudad. En el siglo XVIII ya se les ve reconcentrados en sí mismos, pues los actos de la vida municipal son raros y se ejecutan todos a través de mandatarios. Cada una de estas pequeñas asociaciones no vive, pues, más que para sí, sólo se preocupa de sí misma, y se desentiende de cuanto no le afecta”. Se trata de un fenómeno nuevo: “Nuestros padres no conocían la palabra individualismo, que nosotros hemos inventado para nuestro uso, porque en sus tiempos no había individuo que perteneciera a un grupo y que pudiera considerarse absolutamente solo. Pero cada uno de los mil pequeños grupos de que se componía la sociedad francesa no pensaba más que en sí mismo. Esto venía a ser, si se me permite la expresión, una especie de individualismo colectivo que preparaba los espíritus para el verdadero individualismo que nosotros conocemos” (Tocqueville, 2004: 128). En realidad, según el autor, ya adoraban la unidad y se disponían a confundirse con la masa a condición de ser iguales. En el Renacimiento, el derecho al trabajo se convierte en un privilegio que el rey puede vender. Desde ese momento, cada corporación se convirtió en una pequeña aristocracia cerrada. El número de grupos se multiplicó porque cada año dejaban de ser libres nuevas profesiones y aumentaban los privilegios de las antiguas. Como los cargos públicos estaban en venta, al aumentar 19

La nobleza intensificó su empobrecimiento debido a que despreció el comercio y la industria (Tocqueville, 2004: 358). A partir de la Edad Media, la nobleza se convierte en una casta, es decir, queda asociada al nacimiento. 21 “Entonces el gobierno vendía los cargos y hoy los da. Para adquirirlos ya no se entrega dinero; se hace más, se entrega uno a sí mismo” (Tocqueville, 2004: 124). 20

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los problemas financieros surgían nuevos empleos que conllevaban exenciones de impuestos o privilegios: las necesidades del tesoro, no las de la administración, decidían la creación de estos empleos. “El Estado renunciaba por un poco de dinero al derecho de dirigir, controlar y apremiar a sus propios agentes. De este modo se fue construyendo poco a poco una máquina administrativa tan vasta, tan complicada, tan lenta y tan improductiva que en cierto modo fue preciso dejarla marchar en el vacío y construir aparte un instrumento de gobierno más simple y manejable por medio del cual se hiciera realmente lo que todos estos funcionarios aparentaban hacer” (Tocqueville, 2004: 136-137)22. “Cuando el burgués estuvo tan aislado del noble y el campesino del gentilhombre y del burgués23; cuando por efecto de un proceso análogo y continuo en el seno de cada clase se habían producido en el interior de cada una de ellas pequeñas agrupaciones particulares, casi tan aisladas unas de otras como las clases lo estaban entre sí, se encontró que el todo no formaba, sin embargo, más que una masa homogénea cuyas partes no se hallaban unidas entre sí. Ninguna organización más a propósito para entorpecer la acción del gobierno; ninguna, tampoco, menos adecuada para apoyarla. De tal suerte que el edificio entero de la grandeza de aquellos pr��ncipes se derrumbó todo a un tiempo y en un momento, tan pronto como se conmovió la sociedad que le servía de base” (Tocqueville, 2004: 169). A pesar de los progresos de la civilización, tenemos ante nosotros lo que el autor califica como “un tipo de opresión nueva y singular”. En el siglo XVIII, “el campesino francés ya no podía ser víctima de pequeños déspotas feudales, rara vez se hallaba expuesto a violencias por parte del gobierno, gozaba de libertad civil y poseía una parte del suelo, pero todos los hombres de las demás clases se habían apartado de él y vivía en un aislamiento como quizá no se había visto en ninguna parte del mundo”. La condición del campesino era en algunos casos peor en el siglo XVIII que en el XIII porque los nobles habían abandonado masivamente el campo24: los campesinos no eran súbditos, pero tampoco podían considerarse aún sus conciudadanos, una compleja transición única en la Historia (Tocqueville, 2004: 153-155). Ya resulta extraño que se vea en el entorno rural más de una generación de campesinos ricos y el sacerdote se convierte en el único ‘gentlemen’ que tiene trato cercano y permanente con los habitantes del campo. “En el siglo XVIII, un pueblo es una comunidad cuyos miembros son todos ignorantes y groseros25; sus magistrados son tan incultos y menospreciados como ella, su síndico no sabe leer, su colector no sabe hacer por sí mismo las cuentas de que dependen la fortuna de sus vecinos y la suya propia. Su antiguo señor no sólo carece ya del derecho de gobernarla, sino que ha llegado a considerar degradante el mezclarse en su gobierno. Repartir la talla, reclutar la milicia, regular las prestaciones personales son actos serviles, propios del síndico. Únicamente el poder central se ocupa de ella, y como está más lejos y aún no tiene que temer de tal comunidad, no se acuerda de ella más que para cobrar sus impuestos”. El campesinado está, por tanto, completamente aislado: “Es una clase abandonada a la que nadie quiere tiranizar, pero a la que tampoco nadie ilustra ni ayuda” (Tocqueville, 2004: 157). “Fue sobre todo en los pueblos donde se dejaron sentir los vicios de la nueva organización [en referencia a la centralización]. En ellos no sólo trastornó el orden de los poderes, sino que cambió de repente la posición relativa de los hombres e hizo que se enfrentaran unas con otras todas las clases sociales” (Tocqueville, 2004: 231).

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Esta cita habría encajado en el capítulo de la centralización, pero he preferido dejarla en éste, sobre el individualismo. Primero, para no sacarla de su contexto ni alterar su sentido; segundo, para evidenciar el nexo entre la centralización y el individualismo. 23 El autor indica que el burgués acabó por estar tan apartado del pueblo como el noble: creó diferencias no ligadas a la sangre. 24 Se marcharon aquellos cuya fortuna podía permitírselo, en muchos casos atraídos por la corte de París. 25 Obsérvese la poca consideración de Tocqueville hacia quienes, como reseñamos anteriormente, califica de “hatajo de campesinos ignorantes y rudos, incapaces de dirigir la administración de los asuntos comunes”. En una nota íntima encontrada por J.-P. Mayer, deja muy clara su posición al respecto: “Tengo una inclinación racional por las instituciones democráticas, pero soy aristócrata por instinto, es decir, que temo y desprecio a la multitud. Amo con pasión la libertad, la legalidad, el respeto de los derechos, pero no la democracia” (Touchard, 1993: 408).

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5  El manejo de la opinión pública: la espiral del silencio Gran parte del libro tercero se dedica a detallar cómo la opinión pública francesa dio el espectacular vuelco que propició la revolución de 1789: los hombres de letras pasaron a ser los principales políticos del país a mediados del siglo XVIII (capítulo 1), la irreligión se convirtió en una pasión general (2), los franceses quisieron reformas antes que libertades (3), la prosperidad precipitó la revolución (4), al querer aliviar al pueblo, éste se sublevó (5) y se fomentó su educación revolucionaria (6) hasta que la revolución surgió por sí misma (8) tras una previa revolución administrativa de la que ya hemos hablado (Tocqueville, 2004: 395). En efecto, los hombres de letras transformados en políticos están de acuerdo en una idea general “que parece preexistir en su espíritu a todas las ideas particulares y constituir su fuente común” aunque luego se diversifique en su desarrollo: “Conviene sustituir las costumbres complicadas y tradicionales que rigen la sociedad de su tiempo por reglas sencillas y elementales basadas en la razón y en la ley natural”. Para el autor, “lo que pudiera llamarse la filosofía política del siglo XVIII gira, en realidad, en torno a esta única moción”. Partiendo de que dicha idea no era nueva (“desde hacía 3.000 años pasaba y volvía a pasar sin cesar por la imaginación de los hombres sin poder arraigar en ellos”), el autor se pregunta por qué esta vez sí consigue llegar a la masa y persuadirla. En primer término, entiende que la contemplación de “tantos privilegios abusivos o ridículos” y “tantas instituciones irregulares y extrañas, hijas de otros tiempos” despertaran la aversión de estos escritores por lo antiguo y tradicional y les llevara, por tanto, al “deseo de querer reedificar la sociedad de su tiempo con arreglo a un plan enteramente nuevo que cada uno de ellos trazaba guiándose únicamente por su razón” (Tocqueville, 2004: 172-174). Pero acto seguido retrata a estos nuevos políticos y les achaca ignorancia y falta de experiencia, tendencia hacia las teorías generales y abstractas y la tremenda osadía de carecer de la idea del peligro: como los franceses ya no conservaban práctica sobre los asuntos públicos, se dejaron convencer por la teoría pura. “Si, como los ingleses, hubieran podido cambiar gradualmente el espíritu de sus antiguas instituciones sin destruirlas, tal vez no habrían ideado caprichosamente otras totalmente nuevas. Pero todos se sentían diariamente perjudicados en su fortuna, en su persona, en su bienestar o en su orgullo, sin percibir ningún remedio a su alcance, por una ley anticuada, por un arcaico uso político, por ciertos restos de antiguos poderes. Era como si hubiera que soportarlo todo o destruir todo lo que constituía el país” (Tocqueville, 2004: 174-175). “Todos aquellos a quienes perjudicaba la práctica diaria de la legislación pronto se apasionaron por esa política literaria. Esta afición se adueñó incluso de aquellos que por naturaleza o condición social estaban más alejados de las especulaciones abstractas. No hubo contribuyente, lesionado por el desigual reparto de las tallas, que no se enardeciese ante la idea de que todos los hombres debían ser iguales; ni pequeño propietario cuyos campos devastaran los conejos de los nobles de su distrito que no se complaciese en oír que todos los privilegios estaban indistintamente condenados por la razón”. Es entonces cuando “los escritores, arrogándose la dirección de la opinión pública, se vieron por un momento ocupando el lugar que de ordinario ocupan los jefes de partido en los países libres”, pues la aristocracia perdió junto con su poder el liderazgo de opinión que, según el autor, le correspondía (Tocqueville, 2004: 175-176). Entretanto, las clases elevadas del Antiguo Régimen contribuían a su propia ruina. La nobleza seguía mirando fijamente al poder real y el poder real correspondía al desafío, pues la rivalidad era manifiesta; el rey seguía creyendo que la burguesía y el pueblo eran “el más firme sostén del trono”. No advirtieron que la revolución ya estaba en ciernes: “Como exteriormente nada había cambiado, se figuraban que todo seguía igual”. Así, “los tres órdenes reclaman en 1789 la abolición simultánea y sistemática de todas las leyes y usos vigentes en el país”. Quienes iban a ser víctimas de esa puesta a cero del contador no eran conscientes de la realidad: “Creen que la transformación total y súbita de una sociedad se puede operar sin conmociones, con ayuda de la razón y por su sola virtud. Han olvidado aquella máxima expresada por sus padres 400 años antes: ‘Por pedir muchas franquicias y libertades se cae en una gran servidumbre” (Tocqueville, 2004: 176177).

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“Por encima de la sociedad real, cuya organización era aún tradicional, confusa e irregular, donde las leyes eran diversas y contradictorias, los rangos estaban separados y las condiciones eran fijas y desiguales las cargas, se iba edificando poco a poco una sociedad imaginaria en la que todo parecía sencillo y coordinado, uniforme, equitativo y razonable”. Al ir divulgándose la existencia de dicha sociedad virtual, “la imaginación de la muchedumbre se desinteresó de lo que era para no pensar sino en lo que podría ser, y se vivió, en fin, espiritualmente en aquella ciudad ideal construida por los escritores”. Esta ‘ciudad ideal’ pudo venderse con un reclamo muy efectivo: la Revolución Americana, que “acababa de convencer. Parecía como si los americanos no hicieran sino ejecutar lo concebido por nuestros escritores; daban la sustancia de la realidad a lo que nosotros estábamos soñando” (Tocqueville, 2004: 179-180). El autor lo resume en un párrafo definitivo: “Cuando se estudia la historia de nuestra revolución, se ve que fue llevada precisamente con el mismo espíritu que inspiró tantos libros abstractos sobre el gobierno. Destaca en ella la misma afición a las teorías generales, a los sistemas completos de legislación y a la exacta simetría en las leyes; el mismo desprecio por los hechos existentes; la misma confianza en la teoría; el mismo afán de originalidad, ingenio y novedad en las instituciones; el mismo deseo de rehacer de una vez toda la organización estatal conforme a las reglas de la lógica y según un plan único, en lugar de corregirla por partes. ¡Terrible espectáculo!, pues lo que es cualidad en el escritor puede ser vicio en el hombre de Estado, y las mismas cosas que han dado origen a excelentes libros pueden conducir a grandes revoluciones” (Tocqueville, 2004: 180-181). Llama la atención la extrema vigencia de los planteamientos del autor en lo que se refiere al lenguaje político. Pese al enorme salto temporal, no hay mucha distancia argumental entre sus consideraciones y las que han llevado a componer la exitosa estrategia electoral de los demócratas en Estados Unidos. Cotejar el manual demócrata de cabecera ‘No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político’26 con algunos pasajes de ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’ resulta esclarecedor, pues también se refiere (como George Lakoff, aunque en otros términos), a cómo ‘unos’ lograron imponer su marco a ‘otros’. Las palabras son la base del pensamiento y determinan el mismo: ‘unos’ revolucionarios consiguieron que ‘otros’ franceses hablaran su mismo ‘idioma’; del mismo modo, ‘unos’ republicanos sedujeron a ‘otros’ estadounidenses en los mejores momentos de la recién superada era Bush (cf. Lakoff, 2007). Fijémonos: “Hasta el lenguaje político adquirió algo del que hablaban los escritores; se llenó de expresiones generales, de términos abstractos, de palabras ambiciosas, de giros literarios. Fomentado por las pasiones literarias de quienes lo empleaban, este estilo penetró en todas las clases y llegó con singular facilidad hasta las más bajas. Mucho antes de la revolución, los adictos al rey Luis XVI hablan a menudo de la ley natural y de los derechos del hombre. Los campesinos llaman en sus solicitudes conciudadanos a sus vecinos; al intendente, respetable magistrado; al cura de la parroquia, ministro del altar; y a Dios, el Ser Supremo. Para que se convirtieran en unos escritorzuelos no les faltaba más que saber ortografía” (Tocqueville, 2004: 181). El giro de la opinión pública francesa fue especialmente brusco en lo relativo a la religión: aunque el cristianismo había perdido influencia y poder en toda Europa, sólo en Francia constituía ya la irreligión “una pasión general, ardiente, intolerante y opresiva” hasta el punto de activar un mecanismo capaz de persuadir a la masa. “La incredulidad absoluta en materia de religión, tan contraria a los instintos naturales del hombre y que coloca su alma en una posición tan dolorosa, cautivó a la multitud. Lo que hasta entonces no había producido más que una especie de enfermiza languidez engendró esta vez el fanatismo y el espíritu de propaganda”. Y es que “la Iglesia obstaculizaba a la revolución política que se avecinaba y estorbaba particularmente a los escritores, que eran sus promotores principales” (Tocqueville, 2004: 182-184).

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El presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, recomendó su lectura a los miembros del comité federal del PSOE antes de las elecciones de 2008. El ensayo, entre otras cosas, exhorta a los demócratas a enmarcar la realidad con nuevos conceptos (no los mismos empleados por los republicanos) para recuperar el discurso público y persuadir al electorado.

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“Los principios mismos del gobierno de la Iglesia constituían un obstáculo para los escritores, que querían hacer prevalecer el gobierno civil. Aquélla se apoyaba únicamente en la tradición, y éstos profesaban un gran desprecio por todas las instituciones basadas en el respeto al pasado; la Iglesia reconocía una autoridad superior a la razón individual, y los escritores no admitían nada por encima de la razón; aquélla se fundaba en una jerarquía, y éstos deseaban la igualdad de rangos (…). Se creía que para poder atacar a las instituciones del Estado era necesario destruir las de la Iglesia, que le servían de fundamento y de modelo”. De ahí que se cargara preferentemente contra el clero. La Iglesia constituía el primero de los poderes políticos27 y el más detestado de todos, combatiéndola se estaba seguro de conquistar al pueblo y era el lado más abierto y vulnerable del vasto edificio atacado por los escritores: “Su poder se había debilitado conforme se afirmaba el de los príncipes. Después de haber sido superior a ellos y más tarde su igual, había quedado reducida a ser un cliente. Entre los príncipes y la Iglesia se había establecido una especie de intercambio: ellos le prestaban su fuerza material y ella su autoridad moral; aquéllos hacían que fueran obedecidos los preceptos de la Iglesia y ésta hacía respetar su voluntad”. El autor describe gráficamente la situación: los reyes no permitían que se pusiese la mano sobre el clero, pero consentían que desde lejos lo acribillasen a flechazos. Los escritores eran sometidos a una “semiopresión”, procesos lentos, ruidosos y vanos que acababan alentándoles a escribir en lugar de zanjarse con la censura de sus textos, por lo que “una completa libertad de prensa habría hecho menos daño a la Iglesia” (Tocqueville, 2004: 184-186). Es en este momento cuando el autor se refiere a la espiral del silencio, concepto acuñado por Elisabeth Noelle-Neumann28 en 1973 basándose en la respuesta de Tocqueville a la pregunta de por qué nadie defendía a la Iglesia en Francia a finales del siglo XVIII. Quienes creen que su opinión está en minoría permanecen en silencio y, por tanto, refuerzan la posición y opinión de la mayoría. Los callados prefieren no pronunciarse sobre temas controvertidos, y contagian su silencio a otros que comparten el punto de vista percibido como débil minoría al no encontrar defensa. El silencio se espesa y eleva en espiral dejando espacio a las palabras de una mayoría cada vez más firme y apuntalada. Los medios de comunicación ahora (los escritores en Francia a finales del siglo XVIII en el caso que nos ocupa) ejercen una gran influencia y tienen un poderoso efecto porque publican las opiniones que consideran importantes y señalan a los receptores de sus mensajes qué deben opinar para no sentirse aislados (Noelle-Neumann, 1995). La autocensura es, por tanto, el verdadero motor de la opinión pública. “La Iglesia de Francia, hasta entonces tan fértil en grandes oradores, enmudeció al sentirse abandonada por todos aquellos a quienes un interés común debía congregar junto a su causa. Hubiera podido creerse que por un momento estaba dispuesta a renunciar a sus creencias con tal de que se le conservasen sus riquezas y su rango”. De este modo se pone en marcha la espiral del silencio: “Al gritar los que negaban el cristianismo, y al callar los que aún creían en él, ocurrió lo que después hemos visto tantas veces entre nosotros, y no sólo en materia de religión, sino en todas las demás. A los hombres que conservaban la antigua fe les asustó la idea de ser los únicos en permanecer fieles a ella y, temiendo más la soledad que el error, se unieron a la multitud sin pensar como ella. De modo que lo que no era más que el sentimiento de una parte de la nación pareció ser la opinión de todos, opinión que desde entonces pareció irresistible incluso para aquellos que le daban falsa apariencia” (Tocqueville, 2004: 188-189). “El descrédito universal en que cayeron todas las creencias religiosas ejerció indudablemente una gran influencia en toda nuestra revolución, imprimiéndole su carácter. Nada contribuyó tanto a dar a su fisonomía esa terrible expresión que hemos visto en ella”. A juicio del autor, el desapego a la religión fue decisivo para que se llegara al extremo de 1789 porque los

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Fue Luis XIV quien convirtió la Iglesia en una institución política, lo que propició el debilitamiento de las creencias hasta la revolución e hizo que el pueblo y el sacerdote acabasen siendo extraños (Tocqueville, 2004: 351-352). Al leer su ensayo ‘La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social’ (en 1998, para escribir, como ahora, una recensión) supe de la existencia de Tocqueville. Esta autora alemana es una de las observadoras más eruditas sobre los efectos de los medios de comunicación; su reconocida obra está repleta de referencias a autores clásicos del pensamiento político. 28

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sentimientos e ideas que dejó vacantes fueron rápidamente reemplazados29: enfervorizadas pasiones constituían una especie de religión nueva que apartaba del egoísmo y empujaba hacia el heroísmo, y el sacrificio; hacia el patriotismo, el desinterés y la grandeza. Con la pérdida de la religión surgió un problema completamente nuevo, pues “en casi todas las revoluciones políticas que habían conmovido al mundo, los que atacaban las leyes establecidas habían respetado las creencias (…). Hasta en las mayores conmociones sufridas por las sociedades siempre había habido un punto sólido que había permanecido inalterado. Pero en la Revolución Francesa, abolidas las leyes religiosas, a la vez trastocadas las civiles, el espíritu humano perdió enteramente su asiento; no supo ya a qué asirse ni dónde detenerse, y empezaron a aparecer revolucionarios de una especie desconocida que llevaron su audacia hasta la locura30, a los que ninguna novedad podía sorprender ni ningún escrúpulo frenar, y que no vacilaron jamás ante la ejecución de un designio (…) Llegaron a formar una raza que se ha perpetuado y extendido por todas las partes civilizadas de la tierra, que conserva en todas partes la misma fisonomía, las mismas pasiones, el mismo carácter” (Tocqueville, 2004: 189-191). A mediados del siglo XVIII, surgen escritores que tratan especialmente cuestiones relacionadas con la administración pública a los que se da el nombre de economistas o fisiócratas. “Todas las instituciones que la revolución había de abolir para siempre fueron objeto de sus ataques, ni una fue perdonada. Y, por el contrario, todas las que pueden considerarse obra de la revolución fueron anunciadas por ellos de antemano y preconizadas con entusiasmo”. Estos fisiócratas “no sólo odian ciertos privilegios, sino que la misma diversidad les resulta odiosa: adorarían la igualdad hasta la servidumbre. Todo aquello que se interpone en el logro de sus designios merece ser hecho añicos. Los contratos les inspiran poco respeto; los derechos privados, ninguna consideración; mejor dicho, para ellos ya no existen, propiamente hablando, derechos privados, sino solamente utilidad pública” (Tocqueville, 2004: 191-192). Poco antes de 1789, el cumplimiento de la legislación comienza a suavizarse, atenuándose las penas y aflorando una preocupación nunca vista hasta entonces por los males de los pobres. Además, los 20 años anteriores a la revolución supusieron para Francia una etapa próspera. “El rey seguía hablando como señor, pero obedecía en realidad a una opinión pública que le inspiraba o le arrastraba diariamente y a la que consultaba, temía y adulaba incesantemente; absoluto por la letra de la ley, pero limitado en la práctica”. Es lo que Necker califica de “poder invisible que manda hasta en el palacio del rey”: la opinión pública. “A medida que se desarrolla en Francia la prosperidad los espíritus parecen, sin embargo, más inestables e inquietos; el descontento público se acentúa y va en aumento el odio contra las antiguas instituciones”. Paradójicamente, “las partes de Francia que habían de ser el foco principal de la revolución son precisamente aquellas en que más acusado es el progreso”. El autor asegura que la libertad y los bienes de los campesinos gozaban en Francia de mayores garantías que en cualquier otro país, y mucho antes del estallido había desaparecido la prestación personal y la percepción de la talla llegó a ser regular, moderada y equitativa en mayor medida en las comarcas cercanas a París (Tocqueville, 2004: 205-209). “El régimen destruido por una revolución es casi siempre mejor que el que le había precedido inmediatamente, y la experiencia enseña que el momento más peligroso para un mal gobierno suele ser aquel en que empieza a reformarse. Sólo un gran genio puede salvar a un príncipe31 que se propone aliviar la condición de sus súbditos tras una larga opresión. El mal que se sufría pacientemente como inevitable se hace insoportable tan pronto como se concibe la idea de que es posible sustraerse a él. A medida que se van suprimiendo abusos, es como si se fueran dejando al descubierto los que quedan, haciéndolos más inaguantables; el mal es ciertamente menor, pero la sensibilidad es más viva. Con todo su poder, el feudalismo no había inspirado a los franceses tanto odio como en el momento en que estaba ya a punto de desaparecer. Parecían más 29

Como razona el autor, el éxito de los revolucionarios es en cierto modo imitar la esencia de la religión, que triunfó por desligarse de lo específico (pueblo, gobierno, estado, época, raza…). La revolución calcó ese patrón: consideró al ciudadano de forma abstracta y pudo así ser comprendida e imitada por todos; inspiró el proselitismo e hizo nacer la propaganda porque ella misma se había convertido en una religión (Tocqueville, 2004: 44-45). 30 Tocqueville se refiere a Robespierre, Saint-Just, Danton y Marat “como portavoces de un mesianismo secular que tanta proyección tendría en los siguientes dos siglos y tantas calamidades desataría” (Romero, 2007: 25). 31 Obsérvese cómo Tocqueville adopta aquí un tono análogo al de Maquiavelo en ‘El Príncipe’.

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difíciles de soportar las más insignificantes muestras de arbitrariedad de Luis XVI que todo el despotismo de Luis XIV”. Sólo ocho años antes del estallido, “nadie puede ya sostener que Francia esté en decadencia; por el contrario, diríase que en tal momento ya no hay límites para su progreso. Es entonces cuando nace la teoría de la perfectibilidad continua e indefinida del hombre. Veinte años no se esperaba nada del porvenir; ahora no se teme nada. La imaginación hace a las gentes insensibles a lo que ya poseen y las precipita hacia las cosas nuevas” (Tocqueville, 2004: 210-211). “El afán de especular, el deseo de enriquecerse, el afán de bienestar que se difundían y acrecentaban al compás de los negocios hacían que aquellos males pareciesen insoportables a los mismos que, treinta años antes, probablemente los habrían soportado sin quejarse. De ahí que los rentistas, los comerciantes, los industriales y otros hombres de negocios o de dinero, que habitualmente constituyen la clase32 más enemiga de las novedades políticas, la más adicta al gobierno existente, sea el que sea, y la más sumisa a las mismas leyes que desprecia o detesta, se mostró esta vez la más impaciente y decidida en cuestión de reformas. Pedía sobre todo, a voz en cuello, una revolución completa en todo el sistema financiero sin pensar en que al conmover profundamente esa parte del gobierno se iba a provocar el derrumbamiento de todo lo demás”. El deseo de hacer fortuna se extiende y el gobierno “excita esa nueva pasión” empujando hacia la ruina (Tocqueville, 2004: 212-213). En efecto, al querer aliviar al pueblo, éste se sublevó. El gobierno espolea su propia ruina cuando reconoce sin ambages la falta de equidad: los poderes administrativos inoculan en el pueblo la idea de que son los superiores los únicos responsables de sus males. Documentos emitidos para la lectura de los campesinos incluyen expresiones de desprecio y desdén, pues se daba por sentado que el pueblo no las comprendía. La simpatía por las penurias va haciéndose más viva e imprudente conforme se acerca 1789, los agravios afloran y se airean: “Esto era excitar a todos aquellos seres con la exposición de sus miserias, señalarles con el dedo a los causantes de las mismas, atizar su osadía al comprobar el pequeño número de tiranos y penetrar hasta el fondo de su corazón para encender en él la codicia, la envidia y el odio”. Memorias enviadas por los campesinos contienen los nombres de los privilegiados, critican su manera de vivir, investigan al detalle el valor de sus bienes, cuántos privilegios tienen y hasta dónde llegan y, sobre todo, el perjuicio que causan a los demás vecinos (Tocqueville, 2004: 214, 219). El autor manifiesta en varias ocasiones su sorpresa por la despreocupación y el desconocimiento de las elites ante la convulsión que estaba a punto de producirse: “Es curioso ver con qué sorprendente seguridad vivían los que ocupaban los puestos superiores y medios del edificio social en el momento mismo de estallar la revolución, y oírles discurrir ingeniosamente acerca de las virtudes del pueblo, de su docilidad, de su lealtad, de sus inocentes placeres cuando ya está tan cerca el 9333”. En otro punto, aconseja gráficamente: “Hay que desconfiar de la alegría que a menudo manifiesta el francés en medio de sus mayores males; sólo prueba que, creyendo inevitable su mala fortuna, trata de distraerse y no pensar en ella, pero no que deje de sentirla. Abrid a ese hombre una salida por la que pueda escapar a esa miseria, que tan poco parece hacerle sufrir, e inmediatamente se lanzará por ella con tanta violencia que os pasara por encima sin veros si os interponéis en su camino” (Tocqueville, 2004: 167-168) “De todas las diferencias que se encuentran entre la revolución religiosa del siglo XVI y la Revolución Francesa, hay una que destaca grandemente: en el siglo XVI la mayoría de los grandes aceptaron el cambio de religión por ambición o por codicia; y, por el contrario, el pueblo la abrazó por convicción y sin esperar ningún provecho. En el siglo XVIII no sucede lo mismo; aquí fueron creencias desinteresadas y simpatías generosas las que conmovieron a las clases ilustradas y las lanzaron a la revolución, mientras que el amargo sentimiento de sus agravios y el deseo de cambiar su posición fue lo que agitó al pueblo. El entusiasmo de los primeros acabó de encender y de armar la cólera y las ansias del segundo”. El autor es taxativo cuando culpa al gobierno de completar la educación revolucionaria del pueblo. Desde su punto de vista, las ideas hostiles al individuo, contrarias a los derechos particulares y propicias a la violencia (es decir, las ideas que después 32 33

Tocqueville parafrasea aquí a Aristóteles cuando éste destaca la importancia de la clase media (libro IV de ‘La Política’). En enero de 1793 fue ejecutado el rey, Luis XVI.

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acabaron etiquetándose como revolucionarias) se introducen y fijan entre los reinados de Luis XIV34 y Luis XVI (Tocqueville, 2004: 221-222). La administración le mostraba al pueblo cómo despreciar la propiedad privada expropiando, requisando o fijando precios, impidiendo apelaciones cuando intentaban frenar las aplastantes decisiones del Estado. “De esta manera, un gobierno moderado y sólidamente establecido enseñaba al pueblo el código de instrucción criminal más apropiado para épocas de revolución y el más cómodo para la tiranía. El Antiguo Régimen dio hasta el fin esta peligrosa educación a las clases bajas”. Los revolucionarios tomaron esos habituales ejemplos: “El Antiguo Régimen proporcionó a la revolución muchas de sus formas; ésta no hizo más que añadir la atrocidad de su carácter”. El autor atribuye a la radical reforma administrativa de 1787 la mayor contribución a la citada educación revolucionaria, ya que se llegó a conmover la vida privada de los ciudadanos, no se respetaron sus costumbres y se mezclaron los poderes hasta hacerse colectivos (Tocqueville, 2004: 223, 227). En el apogeo de la espiral del silencio, asimiladas las teorías de los escritores y completada la educación revolucionaria que había impartido con tanta didáctica y empeño el propio Estado, “el pueblo francés, rompiendo de un tirón el lazo de los recuerdos, pisoteando sus viejos usos, repudiando sus antiguas costumbres, escapando violentamente a las tradiciones de familia, a las opiniones de clase, al espíritu de provincia, a los prejuicios de nación, al imperio de las creencias, proclama que la verdad es sólo una, que no puede ser alterada por el tiempo o por el lugar, que no es relativa, sino absoluta, que hay que buscarla en el fondo de las cosas sin preocuparse de la forma, y que todo hombre puede descubrirla y debe someterse a ella” (Tocqueville, 2004: 348). Y de la teoría pasamos abruptamente a la práctica: “No puede sorprender a nadie el contraste entre la benignidad de las teorías y la violencia de los actos, que ha constituido una de las características más extrañas de la Revolución Francesa, si se considera que esa revolución fue preparada por las clases más civilizadas de la nación y ejecutada por las más incultas y rudas” (Tocqueville, 2004: 240).

6  Una sociedad igualitaria no es necesariamente libre Hemos mencionado a estas alturas varias de las paradojas subrayadas por el autor: la centralización administrativa es una institución del Antiguo Régimen, no de la revolución; hombres más semejantes que nunca entre sí estaban más separados que nunca; el reinado de Luis XVI fue la etapa más próspera de la antigua monarquía, y aquella prosperidad llevó al monarca a la guillotina; al querer aliviar al pueblo, éste se sublevó; los campesinos franceses estaban peor en algunos casos en el siglo XVIII que en el XIII. Hay una más, la mayor de todas: la revolución trae un gobierno más absoluto que el derribado por ella porque sin clase, casta, corporación ni familia hay más individualismo; el despotismo encierra en la vida privada, impide el entendimiento y la solidaridad. El afán de lucro, convertido en pasión común, separa a los franceses de lo público, de la patria; para que el culto al dinero y al aislamiento cesara, haría falta una libertad que se ha evaporado (Tocqueville, 2004: 27-31). “Los hombres del siglo XVIII apenas conocían esa especie de pasión por el bienestar que es como la madre de la servidumbre, pasión suave, pero tenaz e inalterable, que se mezcla de buen grado y se entrelaza con diversas virtudes privadas, como el amor a la familia, con la regularidad de las costumbres, con el respeto a las creencias religiosas, e incluso con la práctica tibia y asidua del culto establecido; que permite la honradez y prohíbe el heroísmo, y resulta eficacísima para hacer hombres ordenados y ciudadanos cobardes. Eran hombres mejores y peores a la vez (…). Por grande que fuese la sumisión de los hombres del Antiguo Régimen a la voluntad del rey, había una clase de obediencia que les era desconocida: no sabían lo que era doblegarse a un poder ilegítimo o discutido, que casi no es respetado, al que a veces se desprecia, pero al que se tolera de buen grado porque es útil o puede hacer daño. Siempre les fue desconocida esta forma degradante de 34

Este monarca resucitó en sus edictos la teoría medieval de que el Estado era el único propietario verdadero de la tierra, pues la concedió originalmente bajo condición. Según Tocqueville, ésa es la idea madre del socialismo moderno. Paradójicamente, su punto de partida no es sino el despotismo real.

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servidumbre. El rey inspiraba sentimientos que no ha podido despertar ninguno de los príncipes más absolutos aparecidos después en el mundo, y que casi han llegado a hacérsenos incomprensibles, de tal manera los extirpó la revolución, de raíz, de nuestros corazones. Aquellos hombres tenían al rey el cariño que se siente por un padre y el respeto que sólo a Dios se debe. Al someterse a su mandato, cedían más por amor que por su obligación, con lo que conservaban la libertad de su alma hasta en la más extrema dependencia (…). Así pues, sería erróneo creer que el Antiguo Régimen fue un periodo de servilismo y dependencia. Reinaba entonces mucha más libertad que en nuestros días; pero era una clase de libertad irregular e intermitente, circunscrita siempre al límite de las clases, siempre unida a la idea de excepción y privilegio; una libertad que permitía resistir a la ley tanto como a la arbitrariedad y no daba casi nunca a los ciudadanos las garantías más naturales necesarias. Así reducida y deformada, la libertad era todavía fecunda” (Tocqueville, 2004: 150-152). El autor considera que el Antiguo Régimen era menos represor que la revolución hasta el punto de que “el arte de ahogar el ruido de todas las resistencias estaba entonces mucho menos perfeccionado que hoy. Francia no era aún el lugar sordo en que ahora vivimos; era, por el contrario, bien sonoro; pues, aunque no existiera la libertad política, bastaba elevar la voz para que se oyera hasta en el último rincón”. Y ello gracias a un sistema judicial que no era servil al poder, pues el magistrado era inamovible y no ambicionaba ascender. “Los hábitos judiciales se habían convertido en muchos puntos en hábitos nacionales. Se había tomado de los tribunales la idea, que luego se generalizó, de que toda cuestión está sujeta a debate y toda decisión es apelable (…). Ésta es la única parte de la educación de un pueblo libre que nos legó el Antiguo Régimen. La administración misma había adoptado en gran parte el lenguaje y los usos judiciales. El rey se creía obligado a motivar siempre sus edictos y a exponer sus razones35 antes de resolver”. Por tanto, existían sólidas barreras a la arbitrariedad del príncipe, aunque esos medios de defensa no estuvieran al alcance del pueblo, sobre todo en el ámbito rural: “Para servirse de ellos era necesario ocupar un puesto visible en la sociedad y poseer una voz audible” (Tocqueville, 2004: 148-150). Durante el siglo XVIII se desarrollaron en Francia dos grandes pasiones: igualdad y libertad, “que ni han sido contemporáneas ni han tendido siempre hacia el mismo fin”. La igualdad, “la más profunda y de más antiguo origen, es el odio inextinguible y violento hacia la desigualdad. Nacido y alimentado de la contemplación de esa misma desigualdad, empujaba desde hacía largo tiempo a los franceses, con una fuerza continua e irresistible, a querer destruir hasta la raíz lo que quedaba de las instituciones de la Edad Media para, una vez arrasado todo, construir una sociedad en la que los hombres y las condiciones fuesen todo lo iguales que permite la naturaleza humana”. La libertad, “más reciente y menos arraigada, les impelía a vivir no sólo iguales, sino libres”. En el último tramo del Antiguo Régimen, “estas dos pasiones son tan sinceras y parecen tan vivas una como otra. Al iniciarse la revolución, se juntan; se mezclan y se confunden por un momento, se enardecen mutuamente con el contacto y acaban inflamando el corazón entero de Francia”. Los franceses se sintieron “lo bastante orgullosos de sí mismos y de su causa como para creer que podían ser iguales dentro de su libertad. Así pues, crearon por todas partes instituciones libres en medio de las instituciones democráticas. No sólo redujeron a polvo aquella legislación arcaica que dividía a los hombres en castas, corporaciones y clases, haciendo sus derechos más desiguales que su condición, sino que acabaron de un golpe con aquellas otras leyes, obra más reciente del poder real, que habían despojado a la nación de la libre disposición de sus destinos y colocado al gobierno junto a cada francés para ser su preceptor, su tutor y, si era necesario, su opresor. Con el gobierno absoluto desapareció la centralización (…). Mas cuando se debilitó aquella generación vigorosa que había comenzado la revolución (…), el amor a la libertad decayó y languideció en medio de la anarquía y de la dictadura popular, y la nación, desorientada, comenzó como a buscar a tientas un amo, el gobierno absoluto encontró para renacer y establecerse facilidades prodigiosas que descubrió sin trabajo el genio de aquel que iba a ser a la vez el continuador y el destructor de la revolución” (Tocqueville, 2004: 241-242). “De repente, se vio surgir un poder de las entrañas mismas de una nación que acababa de derribar la monarquía, un poder más extenso, más amplio y más absoluto que el ejercido por los reyes (…). Cayó el dominador, pero quedó en pie lo más sustancial de su obra; muerto su gobierno, 35

El rey hablaba a la nación ya más como jefe que como señor (Tocqueville, 2004: 150).

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su administración continuó viviendo, y cada vez que luego se ha querido abatir al poder absoluto, todo lo que se ha hecho es poner la cabeza de la libertad sobre el cuerpo social”. La pasión por la libertad es volátil, “siempre inexperta y desordenada, propensa al desaliento, asustadiza y endeble, superficial y pasajera”, depende de los acontecimientos; mientras, la pasión por la igualdad “sigue dominando los corazones de los que fue la primera en adueñarse, íntimamente unida a nuestros más caros sentimientos (…); permanece incólume, adicta siempre al mismo fin con idéntico ardor, tenaz y a menudo ciego, dispuesta a sacrificarlo todo a quienes le permitan satisfacerse y a ofrecer al gobierno que quiera favorecerla y adularla las ideas y leyes que el despotismo necesita para reinar” (Tocqueville, 2004: 241-242). La revolución fomenta en lugar de destruir los viejos hábitos de sumisión y dependencia, los rescata y copia amplificando el original en que se basaban36. “Entre todas las ideas y todos los sentimientos que prepararon el camino a la revolución, la idea y el amor de la libertad pública propiamente dicha fueron los últimos en presentarse y los primeros en desaparecer”, escribe el autor poco antes de arremeter contra los fisiócratas. “Hacía tanto tiempo que había sido destruida la libertad política en Francia que casi se habían olvidado por completo sus condiciones y efectos. Es más, los restos informes que aún quedaban de ella y las instituciones que parecían creadas para sustituirla la hacían sospechosa e inspiraban prejuicios en contra suya. La mayoría de las asambleas de estados que subsistían conservaban todavía con sus formas anticuadas el espíritu de la Edad Media y, lejos de favorecer el progreso de la sociedad, lo obstaculizaban; los parlamentos, que hacían las veces de cuerpos políticos, no sólo no podían cortar los males que causaba el gobierno, sino que con frecuencia impedían el bien que quería hacer” (Tocqueville, 2004: 194-195). “A los economistas les parecía impracticable la idea de llevar a cabo la revolución que imaginaban sirviéndose de aquellos anticuados instrumentos; el pensamiento de confiar la ejecución de sus planes a la nación dueña ya de sí misma les agradaba muy poco; pues, ¿cómo lograr que todo un pueblo adoptara y siguiera un sistema de reforma tan vasto y cuyas partes estaban tan estrechamente ligadas entre sí? Les parecía más fácil y oportuno poner al servicio de sus designios la misma administración real”. Por tanto, aquellos economistas o fisiócratas cuyo modelo ideal era China prefirieron no destruir el poder absoluto, sino transformarlo; antepusieron las reformas a las libertades. Forjaron un Estado omnipotente con la masa confusa como soberano legítimo. Por encima de ella, un mandatario único encargado de hacerlo todo en su nombre sin consultarla: “De derecho, un agente subordinado; de hecho, un amo” (Tocqueville, 2004: 195-197). “Cuando se despertó el amor de los franceses por la libertad política ya habían concebido un cierto número de nociones en materia de gobierno que no sólo no se avenían fácilmente con la existencia de instituciones libres, sino que casi eran contrarias a ellas”. En conclusión, “habían admitido como ideal de una sociedad un pueblo sin más aristocracia que la de los funcionarios públicos, una administración única y todopoderosa, directora del Estado, tutora de los particulares. Cuando quisieron ser libres, no desecharon esta primera opción, tan sólo intentaron conciliarla con la de la libertad” (Tocqueville, 2004: 201). “Cuando los pueblos están mal gobernados, sienten espontáneamente el deseo de gobernarse a sí mismos; pero esa clase de amor a la dependencia, que nace de ciertos males particulares y pasajeros que el despotismo trae consigo, nunca es duradero: pasa con el accidente que lo había hecho nacer; lo que parecía amor a la libertad no era más que odio al tirano (…). Lo que ha ganado en todas las épocas el corazón de ciertos hombres son sus mismos atractivos, su propio encanto, con independencia de sus beneficios; es el placer de poder hablar, obrar, respirar sin temor, sin más gobierno que el de Dios y el de las leyes. El que busca en la libertad otra cosa que no sea ella misma está hecho para servir”. Hay quienes “la persiguen obstinadamente a través de toda clase de peligros y miserias. No la aman, pues, por los bienes materiales que les proporciona, sino 36

El autor tacha de error “creer que el espíritu de libertad nació en Francia con la revolución de 1789. Ese espíritu fue siempre uno de los caracteres distintivos de la nación, pero sólo se había revelado a intervalos y, por así decirlo con intermitencias. Había sido instintivo más que reflexivo; irregular, a la vez que violento y débil”. Cuando la centralización alcanzó su apogeo en manos de la monarquía, la organización de Francia “tendía sin cesar a hacerse más despótica y, sin embargo, cada día, por una singular contraposición, los hábitos y las ideas se hacían más libres. La libertad desaparecía de las instituciones y se mantenía más que nunca en las costumbres” (Tocqueville, 2004: 384).

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por considerarla en sí como un bien tan precioso y necesario que ningún otro podría consolarles en su pérdida y de todo se consuelan disfrutándola. Otros se cansan de ella en medio de su prosperidad; se la dejan arrebatar de las manos sin resistencia, por miedo a comprometer en el esfuerzo ese mismo bienestar que le deben. ¿Qué les falta a éstos para seguir siendo libres? ¿Qué? La satisfacción misma de serlo. No me pidáis que analice esa sublime satisfacción; es preciso sentirla. Penetra por sí misma en los corazones grandes que Dios ha preparado para recibirla; los llena y los inflama. Hay que renunciar a hacérsela comprender a las almas mediocres que nunca la han sentido” (Tocqueville, 2004: 202-203). ¡Qué vehemente definición de libertad!, a la vez exhortación y alegato. La anterior cita es, a mi juicio, un buen resumen de ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’, pero también representa una síntesis de toda la obra de Tocqueville, que tanto en este ensayo como en el celebérrimo ‘La democracia en América’37 “busca una respuesta a esta única pregunta: ¿Cómo conciliar la libertad con la nivelación igualitaria, cómo salvar la libertad? (…) El tema de la libertad domina toda la obra de Tocqueville y le da su unidad” (Touchard, 1993: 409-410). “Tal vez el mayor peligro que acecha a las sociedades democráticas sea la pasión por la igualdad, que reduce al mismo rasero a todos los individuos, que descabeza lo que sobresale, lo que destaca, lo excéntrico y diferente, que la mayoría de los ciudadanos no tolera” y acaba siendo devorado por la espiral del silencio. “Vivimos en una época en la que la opinión de la mayoría y el poder arrollador de la opinión pública amenazan gravemente la libertad. Modela sutilmente nuestras mentes, nos oprime y nos coarta sin que nos démos cuenta”. Por eso Tocqueville, como Stuart Mill o Acton, “nos anima a luchar contra esa opresión silenciosa que nos hace dependientes de lo que nos dictan los demás, a asumir sin miedos nuestras opiniones y creencias, y a tomar las riendas de nuestras vidas” (Villaverde, 2005). “Tocqueville descubrió hace más de siglo y medio que los hombres iban progresivamente siendo más iguales, pero no necesariamente más libres (…). La Revolución Francesa había querido un mundo de hombres iguales, libres y solidarios, pero la realidad le mostraba a Tocqueville el peligro de que los hombres prefiriesen ser iguales a ser libres y de que, embotados en sus mezquinas vidas materiales, prefiriesen ser esclavos siempre y cuando pudieran gozar en paz de sus bienes”. Ahora que la libertad “se ve amenazada constantemente con la excusa de la seguridad, el orden, la salud o la economía, la obra de Tocqueville es lectura indispensable (…). Nadie mejor que él ha sabido explicar cómo bajo las apariencias de la democracia puede ocultarse un tipo nuevo de despotismo blando, pacífico, muelle, aparentemente racional, en el que los apáticos habitantes salen de su sopor consumista un instante cada cierto número de años para elegir a sus tiranos” (Nolla, 2007). “Tocqueville anticipó los peligros de una sociedad de masas en que una multitud de personas iguales y similares, si se les puede llamar personas, busca placeres y satisfacciones mediocres (…). Por encima de esta masa ha surgido un monstruoso poder tutelar (…). Sostuvo que una sociedad basada en la igualdad no es necesariamente una sociedad libre” (Mayer, 1963: 21, 23). La médula del pensamiento del autor es, por tanto, una encendida defensa de la libertad38 y una severa crítica a la igualdad que intenta aplastarla. Evidentemente, esto supone creer en la desigualdad y razonar a favor de la misma: “Sea cual sea la sociedad en que vivan e independientemente de las leyes que se hayan dado, existe entre los hombres cierta cantidad de bienes reales o convencionales que, por naturaleza, sólo pueden ser propiedad de una minoría. A la cabeza de ellos yo pondría la cuna, la riqueza y el saber; resulta inconcebible un estado social en el que todos los ciudadanos fuesen nobles, ilustrados y ricos. Los bienes a los que me refiero son muy diferentes entre sí, pero tienen un carácter común: el de no poder estar distribuidos sino entre unos pocos, y el de dar a los que los poseen, por esta misma razón, gustos particulares e ideas exclusivas. Así pues, estos bienes educan, como otros tantos elementos aristocráticos que, 37

En Inglaterra y Estados Unidos, “la razón es altiva y confía en sí misma, pero jamás es insolente; por eso ha conducido a la libertad, en tanto que la nuestra no ha hecho más que inventar nuevas formas de servidumbre” (Tocqueville, 2004: 323). No de la independencia, pues “no hay nada menos independiente que un ciudadano libre” (Tocqueville, 2004: 317).

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separados o depositados en las mismas manos, se encuentran en todos los pueblos y en cualquier época de la historia. Cuando todos aquellos que poseen estas excepcionales ventajas laboran de concierto con el gobierno, existe una aristocracia fuerte y duradera (…). La mayoría de las aristocracias han perecido no porque constituyeran el fundamento de la desigualdad en el mundo, sino porque pretendían mantenerla eternamente en favor de ciertos individuos y en detrimento de otros determinados. Lo que odian los hombres es una clase de desigualdad más que la desigualdad en general” (Tocqueville, 2004: 363-364). “Siempre habrá que lamentar que en lugar de someter a la nobleza al imperio de las leyes se la haya abatido y desarraigado. Procediendo así, se ha privado a la nación de una parte necesaria de su sustancia, se ha infligido a la libertad una herida incurable. Una clase que durante siglos ha estado a la cabeza de la nación ha adquirido, en el largo e indiscutido uso de su grandeza, un orgullo de sí misma, una confianza natural en sus fuerzas, una costumbre de ser contemplada que hace de ella el punto más resistente del cuerpo social” (Tocqueville, 2004: 143). Pese a este discurso, el autor reconoce que la nobleza cavó su propia tumba “al dejar en manos de otros los detalles de la administración pública para poner la mirada sólo en los grandes cargos del Estado”, prefiriendo “las apariencias del poder al poder mismo”. Los nobles perdieron el control porque “para una aristocracia no existen más que dos medios de conservar su influencia sobre el pueblo: gobernarlo o unirse a él para moderar a los que gobiernan” (Tocqueville, 2004: 354355).

7  La contribución de la obra más madura de Tocqueville “Tocqueville vivió la época de Marx, pero analizó y previó, lúcido, el tránsito político y sociológico entre los tres grandes fenómenos históricos modernos: antiguo régimen, revolución y democracia. O sea, libertad de opinión y acceso a la justicia, ciudadanía decisoria, el mercado en síntesis de producción y consumo, individualismo parejo a comunitarismo” (Porcel, 2008b). El Antiguo Régimen y la Revolución incluye una receta contra la destrucción de las sociedades que conlleva el individualismo: descentralización administrativa, libertad local y provincial; creación de asociaciones de todo tipo para formar un sucedáneo de aristocracia, con ciudadanos influyentes y fuertes39; y pasión por el bien público, lo que sitúa la moral sobre la política (Touchard, 1993: 410). Los ingredientes y su medida se expresan en el apéndice dedicado a Languedoc, uno de los dos únicos estados de Francia (junto a Bretaña) donde había verdadera libertad antes de 1789: allí se pagaban las expropiaciones, había recaudación de impuestos propia, los oficios se habían comprado, la talla dependía del valor de la propiedad y no del propietario, las clases se mezclaban efectivamente, la asamblea era única y en ella se deliberaba por cabezas en lugar de órdenes. El estado llano había introducido su espíritu en todo el cuerpo, se había llegado a un punto de equilibrio que garantizaba la cohesión social. Y es que durante todo el siglo anterior al estallido revolucionario, Languedoc fue administrado por burgueses controlados por nobles y ayudados por obispos. Gracias a esta constitución, aquella vieja institución pasó página apacible y no violentamente, pudo modificarlo todo sin destruir nada. El autor asegura que lo mismo podía haber pasado en las demás provincias francesas si en vez de abolir los estados éstos se hubieran adaptado a la civilización moderna (Tocqueville, 2004: 256-259). “Tocqueville fue menos un profeta que un analizador, uno de los más grandes desde Aristóteles y Maquiavelo (…). ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’, quizá su obra más madura, estudia el curso y efecto de la centralización estatal a partir del paradigma de la Revolución Francesa, que Tocqueville encaja en comparaciones altamente ilustrativas con desarrollos históricosociales ingleses y alemanes” (Mayer, 1963: 20, 22). “La obra contiene el esquema de una teoría de 39

Éste es el motivo del gran éxito de Estados Unidos como nación, según señala Tocqueville en ‘La democracia en América’, anterior a ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’.

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la contrarrevolución, expuesta como una serie de observaciones y recomendaciones acerca de acciones que debieron tomarse y no fueron llevadas a cabo por parte de los sectores dominantes” (Romero, 2007: 28). Hay una lección que descuella sobre las demás: “La gran utilidad de las instituciones libres es la de sostener la libertad durante esos intervalos en que el espíritu humano se aleja de ella y la de darle una especie de vida vegetativa que le sea propia para que el tiempo vuelva a ella. Las formas permiten a los hombres cansarse pasajeramente de la libertad sin perderla (…). Cuando un pueblo quiere resueltamente ser esclavo es imposible impedir que lo sea, pero creo que existen medios de mantenerlo algún tiempo en la independencia sin necesidad de que él mismo ayude a ello” (Tocqueville, 2004: 389). Así, las instituciones libres son fundamentales para preservar la libertad de la erosión que representa la igualdad. El 2 de julio de 1839, como diputado, Tocqueville explicó así su apoyo a la monarquía orleanista en su primer gran discurso parlamentario: “Yo quiero que esta monarquía dure. ¿Por qué? Porque creo que esta monarquía es el único lazo que nos retiene sobre la pendiente que nos arrastra… Pero creo que no subsistirá durante mucho tiempo si se deja arraigar en el espíritu de Francia ese pensamiento según el cual nosotros, esta nación que fue tan fuerte, tan grande, que llevó a cabo tantas grandes cosas, que se implicó en todo el mundo, ya no interviene en nada; no pone su mano en nada; y todo se hace sin ella”. Ese mismo año se presentó de nuevo como candidato y envió a sus electores (pocos, pues aún estaba en vigor el sufragio censitario) una circular: “No hay en Francia y, me atrevo a decirlo, en Europa, un solo hombre que haya hecho ver de una manera más pública que la antigua sociedad aristocrática ha desaparecido para siempre, que no cabe otra posibilidad a los hombres de nuestro tiempo que organizar progresiva y prudentemente, sobre sus ruinas, la sociedad democrática nueva” (Muñoz-Alonso, 2007: 228-229).

Málaga, 4 de mayo de 2009

Jesús Espino González Ciencias Políticas (centro asociado de Málaga) Correo electrónico: jespino18@alumno.uned.es  Teléfono: 607 162 500  DNI: 74.832.348-P  Expediente UNED: 11-08-00772

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Bibliografía •

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Díez del Corral, Luis. ‘El pensamiento político de Tocqueville’40. Alianza Editorial, Madrid, 1989. Díez del Corral, Luis. Conferencias en ‘Formación intelectual y actualidad de Tocqueville’, curso de la fundación Juan March, Madrid, enero de 1985 (audio en ‘www.march.es’). Jennigs, Jeremy. Tocqueville, ‘América y la libertad’. En ‘Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo’. FAES, Madrid, 2007. Lakoff, George. ‘No pienses en un elefante’. Lenguaje y debate político. Editorial Complutense, Madrid, 2007. Maestre, Agapito. ‘El liberalismo de Tocqueville: libertad, democracia y religión’. En ‘Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo’. FAES, Madrid, 2007. Mayer, J. P. ‘Alexis de Tocqueville, contemporáneo nuestro’. En ‘Revista de Estudios Políticos’, nº 127, enero/febrero de 1963, páginas 19 a 27. Marco, José María. ‘L’Americain, Tocqueville y la felicidad en América’. En ‘Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo’. FAES, Madrid, 2007. Muñoz-Alonso, Alejandro. ‘Tocqueville y los riesgos de las democracias’. En ‘Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo’. FAES, Madrid, 2007. Noelle-Neumann, Elisabeth. ‘La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social’. Paidós, Barcelona, 1995. Nolla, Eduardo. ‘Teoría y práctica de la libertad en Tocqueville’. En ‘Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo’. FAES, Madrid, 2007. Porcel, Baltasar. ‘Fiesta del libro con cainitas’. En el diario ‘La Vanguardia’, Barcelona, 23/IV/2008, página 27. Porcel, Baltasar. ‘Genios en la mesilla de noche’. En el diario ‘La Vanguardia’, Barcelona, 30/IV/2008, página 19. Roldán, Darío. ‘Tocqueville y la tradición liberal’. En Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo. FAES, Madrid, 2007. Romero, Aníbal. ‘Tocqueville y la Revolución’. En la revista ‘Enfoques’, nº 6, primer semestre de 2007, páginas 21 a 33. Schleifer, James T. ‘Un modelo de democracia: lo que Tocqueville aprendió en América’. En ‘Alexis de Tocqueville. Libertad, igualdad y despotismo’. FAES, Madrid, 2007. Schmitt, Carl. ‘Historiographia in Nuce. Alexis de Tocqueville’. En ‘Revista de Estudios Políticos’, nº 43, enero/febrero de 1949, páginas 109 a 114. Sodaro, Michael J. ‘Política y ciencia política: una introducción’. McGraw-Hill, Madrid, 2006. Touchard, Jean. ‘Historia de las ideas políticas’. Tecnos, Madrid, 1993. Villaverde, María José. ‘La democracia en América: bicentenario de Tocqueville’. En el diario ‘El País’, Madrid, 26/XII/2005, página 12.

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No he podido hacerme con un ejemplar: está descatalogado y no se encuentra en las bibliotecas públicas malagueñas. No obstante, lo he incluido porque es una obra de referencia citada en la mayoría de los libros y artículos españoles utilizados para orientarme en esta recensión.

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