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-Al despertar –dijo-, tuve la sensación de que te veía. Debí de equivocarme, porque era una noche muy oscura. Pero fue como soñar despierto. Hasta me pareció ver a alguien contigo, alto y feo, vestido de rojo, con el pelo anaranjado y una larga cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. No dije nada. No podía. Sin levantar la vista del suelo, empecé a retorcerme las manos. -Otra cosa curiosa –dijo-. La enfermera que me encontró ya despierto, jura que había dos personas en la habitación, un hombre y un chico. Los médicos creen que la imaginación le jugó una mala pasada y han dicho que no tiene importancia. Pero es raro, ¿no te parece? -Muy raro –convine, incapaz de mirarle a los ojos. * * * Empecé a notar cambios en mi cuerpo durante los dos días siguientes. Me costaba conciliar el sueño, me pasaba la noche andando arriba y abajo. Se me agudizó el oído; era capaz de oír conversaciones desde muy lejos. En el colegio, oía las voces que llegaban desde dos aulas más allá, casi como si no hubiera paredes entre ellas. Mi cuerpo se hizo más atlético. Podía correr por el patio durante el recreo sin sudar ni una gota. Nadie aguantaba mi ritmo. También me más sentía consciente de mi físico y perfectamente capaz de controlarlo. Era mucho más hábil con la pelota de fútbol, hacía con ella lo que me daba la gana, driblaba a mis contrincantes a voluntad. Sólo el jueves marqué dieciséis goles. También aumentó mi fortaleza. Era capaz de hacer tantas flexiones como quisiera. La musculatura era la misma –por lo menos yo no notaba ningún músculo nuevo-, pero una extraña fuerza que nunca antes había experimentado recorría todo mi cuerpo. Todavía tenía que ponerla a prueba, pero estaba convencido de que podía ser inmensa. Intentaba ocultar mis nuevas facultades, pero era difícil. Justifiqué el hecho de que alcanzara mayor velocidad y jugara mejor al fútbol explicando que entrenaba el doble, pero había otras cosas más difíciles de esconder. Como ocurrió el jueves, cuando sonó el timbre después del recreo. El portero al que le acababa de meter dieciséis goles acababa de sacar de puerta. La pelota venía hacia mí, así que levanté la mano derecha para atraparla. La cogí, pero al apretar, ¡hundí sin darme cuenta las uñas y la reventé! Y una noche, mientras estaba cenando en mi casa, era incapaz de concentrarme en lo que hacía. Oía discutir a los vecinos y tenía toda mi atención puesta en sus argumentaciones. Estaba comiendo patatas fritas y salchichas, y de golpe noté que la comida estaba más dura de lo normal. Bajé la mirada y me di cuenta de que... ¡estaba triturando el tenedor hasta convertirlo en añicos! Por fortuna nadie lo vio, y me las arreglé para tirarlo disimuladamente a la basura mientras lavaba los platos. Steve llamó el jueves por la noche. Le habían dado de alta en el hospital. Le habían ordenado reposo por unos días y no tenía por qué volver al colegio hasta pasado el fin de semana, pero me explicó que había convencido a su madre de que tenía que dejarle ir al día siguiente mismo si no quería que se volviera loco de aburrimiento. -¿Me estás diciendo que tienes ganas de venir al colegio? –le pregunté, perplejo. -Suena raro, ¿verdad? –rió- Siempre estoy buscando excusas para quedarme en casa. ¡Y ahora que tengo una auténtica, quiero ir! Pero no sabes lo tétrico que resulta estar solo y encerrado todo el día. Ha sido divertido para un par de días, pero una semana entera... ¡brrr!

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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