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CAPÍTULO VEINTITRÉS Me quedé petrificado en la ventana, esperando que de un momento a otro se convirtiera en murciélago y subiera volando, pero lo único que hizo fue agitar la jaula suavemente para asegurarse de que Madam Octa estaba bien. Luego, sin dejar de sonreír, dio media vuelta y desapareció. La noche pareció engullirle en cuestión de segundos. Cerré la ventana y corrí a refugiarme en la cama, donde empecé a hacerme confusas preguntas mentalmente. ¿Cuánto tiempo había estado allá abajo esperando? Si sabía dónde estaba Madam Octa, ¿por qué no había venido a buscarla antes? Yo había imaginado que estaría furioso, y sin embargo parecía divertido. ¿Por qué no me había degollado como pronosticó Steve? Era imposible dormir. Estaba más aterrorizado ahora que la noche después de haber robado la araña. Por lo menos entonces había podido aferrarme a la idea de que no sabía quién era el ladrón y no podría encontrarme. Pensé en la posibilidad de contárselo todo a papá. Después de todo, había por ahí un vampiro que sabía dónde vivíamos y que tenía buenas razones para tenernos inquina. Papá tenía que saberlo. Tenía que ponerle sobre aviso para darle la oportunidad de preparar algún tipo de defensa. Pero... No me creería. Sobre todo ahora que ya no tenía a Madam Octa. Me imaginé a mí mismo intentando convencerle de que los vampiros existían realmente, de que uno de ellos había estado en nuestra casa y de que podía volver. Pensaría que estaba chiflado. Conseguí echar una cabezada cuando amaneció del todo, pues sabía que el vampiro no podría atacar hasta la puesta del sol. No dormí mucho, pero me hizo bien poder descansar un poco, y al despertar tenía las ideas más claras. Tras darle muchas vueltas a la cabeza caí en la cuenta de que no tenía por qué estar asustado. Si el vampiro hubiera querido matarme, lo habría hecho la noche anterior, cuando me pilló desprevenido. Por alguna razón, no quería verme muerto, o por lo menos, todavía no. Liberado de esa preocupación, pude concentrarme en Steve y en mi auténtico problema: decidir si decía la verdad o no. Mamá se había quedado en el hospital toda la noche, cuidando de la señora Leonard y telefoneando a vecinos y amigos para ponerles al corriente de lo que le había sucedido a Steve. Si ella hubiera estado en casa, quizá se lo habría contado todo, pero la sola idea de decírselo a mi padre me infundía pavor. Nuestra casa estaba muy silenciosa aquel domingo. Papá hizo huevos revueltos con salchichas para desayunar, y se le quemaron como le pasa siempre que cocina él, pero aquel día no se puso a maldecir. Yo a duras penas pude saborear la comida mientras la engullía. No tenía apetito. La única razón por la que comí fue intentar fingir que aquél era un domingo como cualquier otro. Mamá telefoneó cuando estábamos acabando. Habló bastante rato con papá. Él, por su parte, no dijo mucho; se limitó a emitir escuetos gruñidos de asentimiento. Annie y yo permanecimos sentados en silencio, intentando oír lo que le decía mamá. Cuando terminó de hablar volvió a la mesa y se sentó. -¿Cómo está? –pregunté.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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