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Me pasé un dedo por la garganta y solté un largo gruñido, como si me estuvieran degollando. -¿Has dejado que tejiera una telaraña entre tus labios? –preguntó Steve. Le brillaban los ojos. -Todavía no –dije-. No me gusta la idea de dejar que se me meta en la boca: el solo hecho de imaginármela deslizándose garganta abajo me horroriza. Además, necesito un ayudante que la controle mientras teje la telaraña, y hasta ahora he estado solo. -Hasta ahora –sonrió Steve-, pero ya no. Se puso en pie y dio una palmada-. Hagámoslo. Muéstrame cómo se usa ese precioso pito de latón y déjala a ella conmigo. A mí no me da miedo dejarla entrar en mi boca. Venga, vamos. ¡Vamos, vamos, vamos, VAMOS! No pude sustraerme a la excitación de aquella locura. Sabía que era una imprudencia permitir el contacto directo entre Steve y la araña tan pronto –debería haberme asegurado antes de que él la conociera mejor-, pero no hice caso del sentido común y me dejé llevar por su vehemencia. Le dije que no podía tocar la flauta todavía, no hasta que hubiera practicado, pero sí jugar con Madam Octa mientras yo la controlaba. Le expliqué en cuatro palabras las maravillas que íbamos a hacer y me aseguré de que lo hubiera entendido todo bien. -El silencio es vital –dije-. No digas nada. No te atrevas siquiera a silbar. Porque si me distraes y pierdo el control sobre ella... -Vale, vale –suspiró Steve-. Ya lo sé. No te preocupes. Puedo ser completamente mudo cuando me lo propongo. Cuando estuve preparado, abrí la jaula de Madam Octa y empecé a tocar. Le di una orden y empecé con los juegos que ya se habían convertido en rutina para la araña. Dejé que hiciera un montón de cosas por su cuenta antes de permitir que se acercara a Steve. Durante la última semana había desarrollado enormemente su capacidad de aprendizaje. La araña se había ido habituando a mi mente y a mi manera de pensar, y había aprendido a obedecer mis órdenes casi antes de que acabara de transmitírselas. Por mi parte, me había dado cuenta de que era capaz de reaccionar ante la más escueta de las instrucciones. Sólo tenía que formular unas pocas palabras para que se pusiera en acción. Steve observaba el espectáculo en completo silencio. Estuvo a punto de aplaudir varias veces, pero se contuvo a tiempo, sin dejar que sus palmadas emitieran el menor sonido. En lugar de aplaudir, me mostraba su entusiasmo levantando los pulgares y vocalizando en silencio palabras como “fantástico”, “súper”, “brillante” y otras parecidas. Cuando llegó el momento de que Steve participara, le hice la señal que habíamos acordado antes de empezar. Él tragó saliva, respiró hondo y asintió. Se puso en pie y avanzó por un lado, de forma que yo no perdiera de vista a Madam Octa. Luego se puso de rodillas y esperó. Cambié de melodía y transmití nuevas órdenes. Madam Octa se quedó quieta, escuchando. Cuando supo lo que le pedía, empezó a caminar hacia Steve. Vi cómo él se estremecía y se humedecía los labios. Iba a suspender el número y enviar a la araña de vuelta a su jaula, pero entonces mi amigo dejó de temblar y pareció tranquilizarse, así que decidí continuar. No pudo reprimir un escalofrío cuando ella empezó a trepar por la pernera de sus pantalones, pero aquello era una reacción natural. Yo mismo continuaba estremeciéndome a veces al sentir sus peludas patas en contacto con mi piel. Ordené a Madam Octa que trepara por su nuca y le hiciera cosquillas en las orejas con las patas. Soltó una risita inaudible y los últimos vestigios de miedo se disiparon.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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