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Esta vez fui un poco más listo. Abrí el pestillo pero no la puerta. En lugar de eso, le ordené que abriera ella misma mientras tocaba la flauta. Lo hizo, y cuando salió parecía más indefensa que un gatito; hacía todo lo que le comunicaba mentalmente. Conseguí que hiciera montones de trucos. La hice dar brincos por la habitación como si fuera un canguro. Luego hice que se colgara del techo e hiciera dibujos con sus telarañas. Después, levantamiento de pesas (un boli, una caja de cerillas, una canica). A continuación le ordené que se sentara en uno de mis coches teledirigidos. Lo puse en marcha y, ¡parecía que fuera ella quien estaba conduciendo! Estrellé el coche contra una pila de libros, pero a ella la hice saltar en el último momento para que no se hiciera daño. Jugué con ella durante una hora, y habría seguido gustoso el resto de la tarde, pero oí que mamá llegaba a casa, y sabía que le parecería raro si no salía de mi habitación en todo el día. Lo último que deseaba era que ella o papá se entrometieran en mis asuntos privados. Así que volví a meter a Madam Octa en el armario y troté escaleras abajo, intentando actuar con naturalidad. -¿Estabas escuchando un CD arriba? –preguntó mamá. Tenía cuatro bolsas llenas de ropa y sombreros, que estaba desenvolviendo sobre la mesa de la cocina en compañía de Annie. -No –dije. -Me ha parecido oír música. -Estaba tocando la flauta –expliqué, como de pasada. Ella dejó lo que estaba haciendo. -¿Tú? –preguntó-. ¿Tú tocando la flauta? -Sé tocar –dije-. Tú misma me enseñaste cuando tenía cinco años, ¿recuerdas? -Lo recuerdo –rió-. Y también recuerdo de cuando cumpliste los seis y me dijiste que las flautas eran cosa de chicas. ¡Juraste que jamás volverías a acercarte a una! Me encogí de hombros como sin darle importancia. -He cambiado de idea –dije-. Ayer al volver del colegio me encontré una flauta, y me preguntaba si aún me acordaría de tocar. -¿Dónde la encontraste? -En la calle. -Espero que la hayas lavado antes de metértela en la boca. No quiero ni imaginarme cuánta gente la habrá chupado antes. -La he lavado –mentí. -Qué bonita sorpresa. Sonrió, me acarició la cabeza y me dio un empalagoso beso en la mejilla. -¡Eh! ¡Quita! –protesté. -Te nos vas a convertir en un Mozart. Ya lo estoy viendo: tú tocando el piano en una enorme sala de conciertos, con un bonito traje blanco, tu padre y yo en primera fila... -Sé un poco realista, mamá –dije con una risita-. No es más que una flauta. -Cosas más raras se han visto. -En este caso, sería demasiado raro –se burló Annie. Le saqué la lengua a modo de respuesta. Los dos días que siguieron fueron fabulosos. Jugué con Madam Octa siempre que tuve ocasión, le daba de comer todas las tardes (sólo necesitaba alimentarse una vez al día, aunque abundantemente). Y no tenía que preocuparme de cerrar la puerta de mi habitación, ya que tanto mamá como papá se mostraron de acuerdo en no entrar cuando oyeran que estaba practicando con la flauta.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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