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Volvió a su lugar en medio de la jaula y me miró como diciendo: “Muy bien, no ha estado mal. Pero ¿y la comida?” Le eché todo el contenido del tarro. El gusano le plantó cara, retorciéndose y elevándose desesperadamente, pero los quelíceros cayeron sobre él, lo partieron en dos, y luego fue descuartizado. Me pareció que el gusano era lo que más le había gustado. Se me ocurrió una idea y fui a buscar mi diario, que estaba debajo del colchón. Era mi más preciada posesión y gracias a que lo escribo todo en él, ahora puedo contar esta historia. De todas formas la recuerdo casi de memoria, pero siempre que me bloqueo, no tengo más que abrir el diario y comprobar los hechos. Abrí el diario por la última página y escribí todo lo que sabía sobre Madam Octa: lo que míster Crepsley había dicho de ella durante el espectáculo, los trucos que sabía hacer, la comida que le gustaba. Señalé con una cruz sus alimentos preferidos y con dos los que la apasionaban (por el momento, sólo el gusano). Así iría aprendiendo la mejor forma de alimentarla, y qué darle como premio cuando quisiera que me demostrara sus habilidades. A continuación, le subí un poco de comida de la nevera: queso, jamón, lechuga y lomo ahumado. Se lo comió todo. ¡Al parecer iba a estar muy ocupado intentando alimentar a aquella repugnante señorita! La noche del martes fue terrible. Me preguntaba qué pensaría míster Crepsley cuando se despertara y encontrara mi nota en lugar de la araña. ¿Haría caso de mi advertencia, o vendría en busca de su mascota? Era posible, puesto que ellos dos se comunicaban telepáticamente; ¡podría seguirle la pista hasta mí! Pasé horas sentado en la cama con los brazos formando una cruz sobre el pecho. No estaba seguro de que aquella cruz fuera a servir de algo. Sabía que en las películas funcionaba, pero recordaba habérselo comentado una vez a Steve, y él dijo que la cruz por sí misma no era eficaz, que sólo funcionaba si la persona que la utilizaba era en verdad buena. Sobre las dos de la madrugada me quedé, por fin, dormido. Si míster Crepsley hubiera venido, yo habría estado completamente indefenso, pero afortunadamente, cuando me desperté por la mañana, no había indicios de que él hubiera estado allí, y Madam Octa seguía en el armario. Me sentí mucho mejor el miércoles, sobre todo cuando me asomé por el viejo teatro y vi que el Cirque du Freak ya no estaba. Los coches y las caravanas habían desaparecido. No quedaba ni rastro del espectáculo freak. ¡Lo había conseguido! ¡Madam Octa era mía! Para celebrarlo me compré una pizza. De jamón y pimientos. Mis padres quisieron saber qué festejaba. Les dije que simplemente tenía ganas de comer algo distinto, les ofrecí compartirla –también a Annie- y se quedaron tranquilos. Le di los restos a Madam Octa, que se mostró encantada. Corrió arriba y abajo por la jaula haciendo desaparecer hasta la última miga. Escribí una nota en mi diario: “¡Premio especial, un trozo de pizza!” Pasé los dos días siguientes intentando que se habituara a su nuevo hogar. No la dejé salir de la jaula pero la transporté por toda la habitación para que pudiera ver todos los rincones y conociera el lugar. No quería que se pusiera nerviosa cuando por fin la soltara. Pasaba todo el tiempo hablándole, explicándole mi vida y cómo eran mi familia y mi hogar. Le dije lo mucho que la admiraba, el tipo de comida que le iba a dar y los trucos que haríamos juntos. Puede que no entendiera todo lo que le decía, pero parecía comprenderme.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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