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CAPÍTULO DIECIOCHO Llegué a casa unos veinte minutos antes de que se levantasen mis padres, oculté la jaula de la araña en el fondo de mi armario bajo un montón de ropa, dejando suficientes resquicios como para que Madam Octa pudiera respirar. Allí estaría segura: mamá dejaba en mis manos la limpieza de la habitación, y casi nunca entraba en ella. Me metí en la cama y fingí dormir. Papá vino a despertarme a las ocho menos cuarto. Me puse la ropa de colegio y bajé, bostezando y estirándome como si realmente me acabara de despertar. Desayuné rápidamente y volví a subir a toda prisa para comprobar que Madam Octa estaba bien. No se había movido desde que la robara. Sacudí ligeramente la jaula pero ella ni se inmutó. Me habría gustado poder quedarme en casa para no perderla de vista, pero eso era imposible. Mamá siempre se da cuenta cuando finjo estar enfermo. Es demasiado lista como para dejarse engañar. Aquel día me pareció más largo que una semana entera. Los segundos duraban como horas, ¡y hasta el recreo se me hizo pesadísimo! Intenté jugar al fútbol, pero sin ganas. En clase no pude concentrarme y respondí con estupideces a todas las preguntas, incluso a las más sencillas. Por fin acabó y pude correr a casa, donde lo primero que hice fue subir a la habitación. Madam Octa no se había movido del sitio. Empecé a tener miedo de que estuviera muerta, pero la veía respirar. Entonces se me ocurrió: ¡estaba esperando su comida! Ya había visto antes a otras arañas en ese estado. Podían permanecer inmóviles durante horas, esperando el momento de su próxima comida. No estaba seguro de cómo alimentarla, pero imaginaba que no sería muy distinto de lo que comían las arañas comunes. Bajé apresuradamente al jardín, deteniéndome sólo para coger un tarro de mermelada vacío de la cocina. No me costó mucho hacerme con un par de moscas muertas, unos cuantos bichos y un largo y sinuoso gusano. Entré corriendo con el tarro de mermelada oculto bajo la camiseta para que mamá no lo viera y empezara a hacer preguntas. Cerré la puerta de mi habitación y encajé una silla contra ella para que nadie pudiera entrar, luego coloqué la jaula de Madam Octa sobre mi cama y retiré el paño. Noté que a la araña le molestaba la luz. Estaba a punto de abrir la jaula y echarle la comida cuando recordé que me las veía con una araña venenosa que podía matarme sólo con una ligera picadura. Levanté el tarro por encima de la jaula, elegí uno de los bichos vivos y lo dejé caer entre los barrotes. Aterrizó sobre el lomo de la araña, agitó sus patas en el aire y consiguió darse la vuelta. Intentó escapar, pero no llegó demasiado lejos. En cuanto se movió, Madam Octa se abalanzó sobre su víctima. En cuestión de segundos, pasó de la inmovilidad absoluta, como la de una larva, a estar encima del insecto con los quelíceros en ataque. Engulló al bicho en un santiamén. Habría bastado para alimentar a una araña común durante un par de días, pero para Madam Octa no era más que un aperitivo ligero.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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