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CAPÍTULO OCHO Nos encontramos en un largo, oscuro y frío pasillo. Yo llevaba la chaqueta puesta, pero tiritaba igualmente. ¡Aquello estaba helado! -¿Por qué hace tanto frío? –le pregunté a Steve-. Fuera la temperatura era agradable. -En las casa viejas pasa eso –me dijo. Echamos a andar. Se veía una luz baja en el otro extremo, de forma que a medida que avanzábamos se iba haciendo más brillante. Eso me reconfortó. De lo contrario creo que no hubiera podido soportarlo: ¡habría sido demasiado aterrador! Las paredes estaban rayadas y garabateadas, y algunos trozos del techo estaban desconchados. Era un lugar escalofriante. Ya debía ser bastante pavoroso a la luz del día, pero ahora eran las diez, ¡faltaban sólo dos horas para la medianoche! -Aquí hay una puerta –dijo Steve, deteniéndose. La empujó hasta que quedó entornada, con un rechinante crujido. Estuve a punto de dar media vuelta y echar a correr. ¡Sonó como si hubiéramos abierto la tapa de un ataúd! Steve no dejó ver su miedo y asomó la cabeza. No dijo nada durante unos instantes, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad; luego volvió a cerrarla. -Son las escaleras que llevan al anfiteatro –dijo. -¿Desde donde se cayó aquel crío? –pregunté. -Sí. -¿Te parece que deberíamos subir? –pregunté. Negó con la cabeza. -Creo que no. Ahí arriba está muy oscuro, ni rastro de luz de ningún tipo. Lo intentaremos si no conseguimos encontrar otra entrada, pero creo que... -¿Puedo ayudaros, niños? –dijo alguien detrás de nosotros, ¡y casi dimos un brinco del susto! Nos giramos rápidamente y allí estaba el hombre más alto del mundo, mirándonos desde toda su altura como si fuéramos un par de ratas. Era tan alto que la cabeza casi le tocaba al techo. Tenía unas manos enormes y huesudas, y los ojos tan negros que parecían dos pedazos de carbón incrustados en medio de la cara. -¿No es un poco tarde para que dos jovencitos como vosotros anden rondando por ahí? –preguntó. Su voz era tan profunda y ronca como el croar de una rana, pero parecía que apenas moviera los labios. Habría podido ser un gran ventrílocuo. -Nosotros... –empezó a decir Steve, pero tuvo que interrumpirse y pasarse la lengua por los labios antes de continuar hablando-. Hemos venido a ver el Cirque du Freak – dijo. -¿De veras? –El hombre asintió lentamente-. ¿Tenéis las entradas? -Sí –dijo Steve, mostrando la suya. -Muy bien –murmuró el hombre. Luego se giró hacia mí y dijo-: ¿Y tú, Darren? ¿Tienes tu entrada? -Sí –dije, rebuscando en el bolsillo. Entonces me detuve en seco. ¡Sabía mi nombre! Miré de soslayo a Steve, que temblaba de pies a cabeza.

1 el circo de los extraños  
1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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