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CAPÍTULO TREINTA Y UNO Todos los sonidos se fueron apagando a medida que me iban bajando por aquel oscuro y húmedo agujero. Noté una sacudida cuando el ataúd golpeó contra el fondo, luego el sonido, parecido al de la lluvia, de los primeros puñados de tierra arrojados sobre la tapa. Después hubo un largo silencio, hasta que los sepultureros empezaron a echar paladas de tierra en la tumba. Los primeros terrones sonaron como ladrillos. Eran golpes sordos, lo bastante fuertes como para hacer que el sarcófago vibrara. A medida que la fosa se fue llenando de tierra que se iba apilando entre mí y el mundo de la superficie, los sonidos de los vivos se fueron amortiguando hasta convertirse en lejanos, remotos murmullos. Al final eran sólo débiles ruidos de golpes, cuando aplanaban el montículo de tierra. Y luego, silencio absoluto. Yacía en la silenciosa oscuridad, escuchando cómo se asentaba la tierra, imaginando el ruido que hacían los gusanos reptando hacia mí por entre el lodo. Había imaginado que sería espantoso, pero en realidad resultaba bastante apacible. Allí abajo me sentía protegido, a salvo del mundo. Para pasar el rato, me puse a pensar en las últimas semanas, el cartel anunciador del espectáculo freak, la extraña fuerza que me empujó a conseguir una entrada con los ojos cerrados, mi primera imagen del oscuro teatro, la fresca y tranquila galería en la que había visto a Steve hablando con míster Crepsley. Había demasiados momentos decisivos. Si me hubiera quedado sin entrada, ahora no estaría aquí. Si no hubiera ido al espectáculo, ahora no estaría aquí. Si no hubiera remoloneado por ahí para enterarme de qué tramaba Steve, ahora no estaría aquí. Si no hubiera robado a Madam Octa, ahora no estaría aquí. Si no hubiera aceptado la oferta de míster Crepsley, ahora no estaría aquí. Todos los “si...”, “si...”, “si...” del mundo, pero eso no cambiaba nada. Lo hecho, hecho estaba. Si pudiera retroceder en el tiempo... Pero no podía. El pasado había quedado atrás. Lo mejor que podía hacer ahora era dejar de pensar en lo ocurrido. Había llegado el momento de olvidar el pasado y pensar en el presente y el futuro. A medida que iban pasando las horas, recobraba el movimiento. Primero en los dedos, que se cerraron en un puño y se separaron del pecho, donde me los había colocado entrecruzados el encargado de pompas fúnebres. Los flexioné varias veces, lentamente, rascándome para aliviar el picor que sentía en las palmas de las manos. A continuación abrí los ojos, pero no fue de gran ayuda. Abiertos o cerrados, allí abajo daba igual: todo era absoluta oscuridad. Con la recuperación de la sensibilidad vino el dolor. Me hacía daño la espalda en el punto en que me había golpeado al caer por la ventana. Los pulmones y el corazón –tras haber permanecido un tiempo sin respirar y latir- dolían. Tenía las piernas agarrotadas, el cuello rígido. ¡Lo único que no me dolía era el dedo gordo del pie derecho! Fue al recuperar la respiración cuando empecé a preocuparme por el aire del ataúd. Míster Crepsley había dicho que podría sobrevivir más de una semana en aquel estado parecido al coma. No necesitaba comer, ni ir al lavabo, ni respirar. Pero ahora que había

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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