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-Entonces hazlo –dijo él. Y lo hice. Con un gesto de irritación, me tragué el contenido del frasco. Hice una mueca de disgusto al sentir su sabor, luego me estremecí mientras el cuerpo se me empezaba a poner rígido. No me dolió mucho, pero una gélida sensación recorrió mis huesos y venas. Me empezaron a castañetear los dientes. Pasaron diez minutos hasta que el veneno dejó de sentir sus mortíferos hechizos. Pasado ese tiempo, no podía mover ninguna de mis extremidades, los pulmones habían dejado de funcionar (bueno, sí funcionaban, pero muy, muy lentamente) y se me había parado el corazón (no del todo, pero sí lo bastante como para que su latido fuera indetectable). -Ahora voy a romperte el cuello –dijo míster Crepsley. Con una rápida sacudida me giró la cabeza hacia un lado y oí un seco chasquido. No notaba ninguna sensación, mis sentidos estaban muertos. -Eso es –dijo-. Con esto será suficiente. Ahora te tiraré por la ventana. Me arrastró hasta la ventana y se detuvo un instante, respirando el aire de la noche. -Tengo que tirarte lo bastante fuerte para que parezca auténtico –dijo-. Puede que te rompas algún hueso en la caída. Empezará a dolerte cuando los efectos de la pócima desaparezcan, dentro de unos días, pero luego ya te curaré. ¡Vamos allá! Me cogió en volandas, se quedó quieto un momento y me arrojó al exterior. Caí rápidamente, vi la fachada de la casa pasar borrosa ante mí con un zumbido y aterricé pesadamente sobre la espalda. Tenía los ojos abiertos y me quedé mirando un desagüe a los pies de la casa. Pasó un rato antes de que descubrieran mi cuerpo, así que permanecí allí tendido, escuchando los sonidos de la noche. Al fin, un vecino me vio y se acercó a ver qué pasaba. No pude verle la cara, pero oí su grito sofocado cuando me dio la vuelta y vio mi cuerpo sin vida. Corrió hasta la entrada principal de la casa y llamó a la puerta. Le oí llamar a gritos a mi madre y a mi padre. Luego sus voces mientras él les conducía hasta la parte trasera. Creían que les estaba tomando el pelo o que se había equivocado. Mi padre caminaba aprisa, airado y murmurando para sus adentros. Los pasos se detuvieron cuando giraron la esquina y me vieron. Durante un eterno, terrible minuto, se hizo un silencio absoluto. Luego papá y mamá corrieron hacia mí y me cogieron en sus brazos. -¡Darren! –chilló mamá, apretándome contra su pecho. -Suéltale, Angie –dijo bruscamente papá, liberándome de su abrazo y recostándome sobre la hierba. -¿Qué le pasa, Dermont? –gimió mamá. -No lo sé. Debe haberse caído. Papá se puso en pie y miró hacia la ventana abierta de mi habitación. Vi cómo cerraba los puños. -No se mueve –dijo mamá, conservando la serenidad. Luego se agarró a mí con saña-. ¡No se mueve! –gritó- No se mueve. Está... Una vez más, papá le apartó las manos. Llamó por señas a nuestro vecino y puso a mamá en sus manos. -Llévela dentro –dijo en voz baja-. Llame a una ambulancia. Yo me quedaré aquí y me ocuparé de Darren. -¿Está... muerto? –preguntó el vecino. Al oír esas palabras, mamá gimió y enterró la cara entre las manos. Papá negó suavemente con la cabeza.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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