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adelante con el plan de míster Crepsley. Dirían que los vampiros no existen y harían todo lo posible por mantenerme a su lado, a pesar del peligro. Pensé en Annie y en lo cerca que había estado de morderla, y supe que no podía permitir que me detuvieran. Subí penosamente las escaleras camino de mi habitación. La noche era cálida y la ventana estaba abierta. Eso era importante. Míster Crepsley me esperaba en el armario. Salió de él cuando me oyó cerrar la puerta. -Me estaba asfixiando ahí dentro –se quejó-. Siento que Madam Octa haya tenido que pasar tanto tiempo en... -Cállese –le espeté. -No tienes por qué ser grosero –dijo con desdén-. No era más que un comentario. -Bueno, pues no haga comentarios –dije-. Puede que para usted no sea importante este lugar, pero para mí sí lo es. Todo esto ha sido mi hogar, mi habitación, mi armario, incluso desde antes de lo que puedo recordar. Y esta noche será la última vez que lo vea. Son mis últimos momentos aquí. Así que no me ofenda, ¿vale? -Lo siento –dijo él. Eché una última, prolongada mirada a la habitación. Por fin sonreí tristemente. Saqué una bolsa de debajo de la cama y se la pasé a míster Crepsley. -¿Qué es esto? –preguntó, receloso. -Unas cuantas cosas personales –le dije-. Mi diario, una foto de mi familia. Y un par de tonterías más. Nada que vayan a echar en falta. ¿Quiere guardármelo? -Sí –dijo. -Pero sólo si me promete que no husmeará –repuse yo. -Los vampiros no tienen secretos entre ellos –dijo. Pero cuando vio la cara que ponía, titubeó ligeramente, se encogió de hombros y prometió: -No lo abriré. -De acuerdo –dije, respirando hondo-. ¿Tiene la pócima? Asintió y me entregó un pequeño frasco de color oscuro. Examiné su contenido. Era un líquido oscuro, denso y maloliente. Míster Crepsley se colocó detrás de mí y me puso las manos en el cuello. -¿Está seguro de que funcionará? –le pregunté, nerviosamente. -Confía en mí –dijo. -siempre había pensado que cuando se le rompe el cuello a alguien no puede volver a andar ni a moverse –dije. -No –replicó-. Los huesos del cuello no importan. La parálisis sólo aparece cuando está afectada la médula espinal, un largo tronco nervioso que pasa por el centro del cuello. Tendré cuidado de no dañarla. -¿No les parecerá raro a los médicos? –pregunté. -No lo comprobarán –dijo-. La pócima reducirá tanto el ritmo cardíaco, que no tendrán la menor duda de que está muerto. Verán que tienes el cuello roto y la conclusión les parecerá obvia. Si fueras más viejo quizá se plantearan practicarte una autopsia. Pero a ningún médico le gusta abrir a un niño. “Bueno, ¿tienes perfectamente claro lo que va a suceder y cómo tienes que actuar? – preguntó. -Sí –dije. -No puede haber errores –me advirtió-. Al menor fallo por tu parte, todos nuestros planes se irán al traste. -¡No soy estúpido! ¡Sé lo que tengo que hacer! –le espeté.

1 el circo de los extraños  

Me llamo Darren Shan. Soy un ''vampiro a medias''. No nací así. Antes era normal. Me gustaba leer historias de terror y ver pelis de miedo....

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