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EL TRUCO ESTRELLA

por Jes Lavado


EL TRUCO ESTRELLA

“¡Damas y caballeros! Para concluir el espectáculo de esta noche realizaré mi número estrella. Un truco jamás realizado por mago alguno a este lado del planeta. Pero para ello, necesitaré de su colaboración: ¿alguien ha venido esta noche con un bebé?, ¿usted, señora?, ¿sería tan amable de prestármelo un momento?, le prometo que se lo devolveré sano y salvo...” La mujer, de unos treinta años, duda unos instantes, el desconcierto pintado en su rostro. Pero antes de que acierte a articular palabra, el ilusionista toma al rubicundo infante de sus brazos ante la mirada incrédula del marido. —Habrán visto ustedes hacer desaparecer conejos, cobayas y puede que hasta algún hurón, pero esta noche van a presenciar algo insólito: haré desaparecer esta adorable criatura y, en escasos segundos, lo traeré de vuelta a este escenario, tan lozano y saludable como luce ahora. Eso sí, ruego a todos los presentes que guarden el más absoluto de los silencios. Mi concentración ha de ser máxima, de lo contrario, no garantizo el resultado óptimo de mi magia —anuncia el mago pretendiendo una profesionalidad que desmiente su raído frac y un sospechoso bigotito postizo de puntas revueltas, que le da un aire bastante ridículo. El infeliz carece de uno propio debido a un desafortunado accidente de juventud ensayando uno de sus trucos. Acto seguido, la ayudante del mago —una dama embutida en un corsé rojo, cuyo concepto de la elegancia reposa en principios elementales como “nunca se enseña suficiente escote” y “la ropa, cuanto más ceñida, mejor”— coloca al nene dentro de un gran dado negro que descansa sobre una mesilla con ruedas, y cuya abertura mira hacia el público. El bebé gorjea y manotea, ajeno a la gran expectación que despierta; entretanto, el mago cierra la caja, la hace girar tres veces sobre sí misma al tiempo que agita una varita y, a continuación, abre lentamente la puerta del cubo. El público contiene la respiración: la caja está vacía. Oes y aes resuenan en el pequeño teatro, que acoge a no más de treinta espectadores. La joven madre palidece hasta adquirir un tono similar al de la horchata mientras que el padre, por el contrario, no respira y la sangre se acumula en su rostro.


El mago alza las manos en gesto que pretende sugerir calma y absoluto control de la situación. Cierra la puerta de la caja y vuelve a hacerla girar, esta vez en sentido contrario. Cuando se detiene, comienza a abrir la cara frontal del dado con irritante parsimonia. Hace varios segundos que nadie respira en la sala. Al abrirse por completo la puerta, un murmullo de horror invade el aire: la caja sigue tan vacía como la cuenca del ojo que le falta a un tuerto. La madre lanza un alarido al tiempo que se lleva las manos a la boca: “¡Mi niño!”. Una oleada de exclamaciones de desconcierto y preocupación recorre el patio de butacas mientras el mago, presa del pánico, da vueltas a la caja abierta, la levanta, mira por debajo y por detrás. Su rostro desencajado se vuelve hacia el de su ayudante, la cual se acerca veloz y le dice: —¿Pero qué has hecho?, ¿dónde está el crío? El mago balbucea algo incomprensible como respuesta, sus manos tiemblan. El padre del niño trepa ya por un lado del escenario. —¡Tranquilidad! Es solo un pequeño fallo técnico, cosas del directo. ¡En seguida estará solucionado! —vocea la ayudante haciéndose oír por encima del barullo. Con un áspero susurro espeta al ilusionista: —¡Arréglalo, o no salimos vivos de aquí…! Este la mira desesperado: —¡Pero es que no sé qué ha ido mal!, ¡no sé dónde está!... La ayudante clava una crispada garra en el bíceps de su compañero y habla pronunciando despacio: —Vuelve a girar la caja, vuelve a hacerlo todo exactamente igual que siempre y por el amor de dios, ¡esta vez concéntrate como nunca lo has hecho en tu vida y haz que ese bebé aparezca porque nos va la vida en ello…! El ilusionista vuelve a cerrar el dado, hace acopio de aire, cierra los ojos y comienza a girar la caja muy despacio. Una vena palpita en su sien y el sudor humedece profusamente su rostro y sus manos. No habla, aunque tampoco podría hacer que su lengua reseca articulara nada inteligible. Tras el tercer giro detiene la caja y, al borde del infarto, procede a abrirla. Unos regordetes pies asoman desde la penumbra del interior del cubo; se oye un tenue gritito y tras los pies aparece el resto del cuerpecito pataleando. En el auditorio resuena un suspiro colectivo de alivio, el mago saca al niño con rapidez y se lo entrega al furibundo padre. La madre corre a abrazarlo, abandonada ya al más descontrolado de los llantos.


Madre y padre besan profusamente a su querido retoño, que ríe y canturrea, pero la emotiva escena se ve interrumpida por un llanto infantil, más bien un enérgico berreo, que se hace sentir por todo el escenario. Los presentes, que son ya numerosos encima de la tarima, buscan desconcertados al autor de los sonoros berridos. En el suelo, debajo de la mesilla con ruedas, un cabreadísimo bebé de rizos rubios y rollizos muslos hace notar su total disconformidad con la actual situación. —¿Y ese crío? —pregunta un caballero de hirsutas patillas. —¡Dios mío, pero si es mi niño! —exclama la madre. —¿Su hijo?, pero, señora, entonces... ¿quién es el bebé que sostiene ahora mismo en sus brazos? —interviene una dama de tan corta estatura que bien podría confundirse con un hobbit. La madre mira estupefacta a ambos bebitos, incapaz de articular palabra. Los dos niños realmente podrían pasar como mínimo por mellizos; hasta sus peleles son idénticos. —Pero, muchacha, ¿de verdad no sabes cuál de los dos es tu hijo? ¡Esta juventud! Una buena madre reconocería a su hijo solo por su olor, o por el timbre de su voz… —repone con tono de reproche una anciana. La ayudante del mago coge en brazos al bebé que se desgañita en el suelo y se acerca a los compungidos padres. En su camino, pasa junto al mago y aprovecha para susurrarle: “No cabe duda de que esta vez te has concentrado a fondo, querido…”. La madre está al borde del ataque de ansiedad y solo acierta a pasear la mirada de un bebé a otro buscando algún signo distintivo, algo que le permita reconocer a su hijo más allá de la duda. —Veamos —interviene el caballero de las frondosas patillas—, ¿está usted segura de que no tiene gemelos? —¡Por supuesto que lo estoy! ¡Por quién me toma! —Pues alguien tendrá que hacerse cargo del segundo bebé. O del primero, en el caso de que usted decida que definitivamente no es su hijo… O quizá podría llevarse a los dos. Total, ya se sabe que donde comen tres… —sentencia el caballero con gran autoridad, no en vano es el presidente de su comunidad de vecinos. —¡De ninguna manera! —interviene el padre—. Sepa usted que tenemos otros cuatro hijos, o sea que somos siete de familia. Y solo contamos con mi sueldo de repartidor para alimentarlos a todos. No podemos mantener otra boca más. ¡Y con lo que necesita un crío! No me mires así, Paquita. No nos llevaremos más que a nuestro


Miguelín. ¡Y no se hable más! Así que decide de una vez cuál de los dos se viene a casa y se acabó. La madre gime desesperada, sin saber qué hacer. Los presentes discuten a voces si los padres deben llevarse a los dos, o la responsabilidad recae sobre el mago. Alguien apunta que lo más cuerdo sería llamar a la policía. La sola mención de esta eriza el vello de la ayudante, la cual se apresura a intervenir: —¡De ninguna manera! Si viene la policía, es seguro que estos dos pobrecitos acabarán en manos de los servicios sociales, o lo que es peor, abandonados en cualquier orfanato… —la madre da un respingo, aterrorizada—. No podemos permitirlo, debemos resolver esto aquí, entre nosotros. Tengo una idea —anuncia dirigiéndose al ilusionista—: ¿por qué no probamos a meter a uno de los niños de nuevo en la caja? A lo mejor desaparece y volvemos a tener solo un crío, como al principio… El mago le devuelve una mirada atónita. —Sí, pero a cuál metemos, ¿eh? Porque no está muy claro quién es el impostor… —inquiere la mujer-hobbit. —¿Pero están todos locos? ¿Qué clase de personas son ustedes? ¡Pensar en hacer desaparecer a uno de los niños! ¡Jamás oí crueldad mayor! —grita entre hipidos la joven madre. —Sí, tiene razón, no parece después de todo un buen plan… —comenta la ayudante con aire pensativo—. Creo que la mejor opción, y la más justa, es que mi compañero y yo asumamos la responsabilidad de lo sucedido y nos quedemos con el segundo bebé, o con el que la madre no quiera, no tengo especial preferencia… Además, Ramón —así se llama el mago, que además ejerce de consorte de la ayudante—, ¿no sería precioso tener un hijito? El pobre no tiene a nadie… ¡Si lo estoy mirando y casi podría jurar que tiene tus ojos! Anda, di que sí, por favor. No será ningún estorbo, es más, hasta pienso que nos podría venir muy bien… Al oír esto último, al ilusionista se le hiela la sangre en las venas. Y no por la perspectiva de asumir tan repentina paternidad, sino porque a él no le ha pasado inadvertido que su pareja decía la última frase mirando circunspecta la gran caja que hay detrás del escenario. Un cajón rectangular de color negro destinado a realizar el truco de dividir a una persona en tres trozos, atravesándola con grandes cuchillas. Truco que se le resiste y que aún está perfeccionando, para tragedia de los dos últimos caniches que tenían como mascotas y de un vagabundo al que una noche ofrecieron cena y cobijo. Mortalmente pálido, comienza a balbucear algo intentando rebatir esta


idea a su mujer, pero las mandíbulas apretadas y los ojos de hielo de esta le cierran la boca de golpe y, con la mirada vacía de un cadáver, fuerza una sonriente mueca que hace que su falso mostacho se despegue de un lado y cuelgue por encima de el labio como la cuerda rota de un violín. —¡Perfecto! —el timbre de la mujer del mago ha subido varios tonos y su voz es ahora aguda y chillona—. ¡Pues no se hable más! ¿Ha decidido ya usted con cuál de los niños se queda, señora? La madre coge al otro bebé con el brazo que tiene libre, aprieta contra su pecho a ambos, los besa y los huele, los mira una y otra vez, se vuelve hacia su esposo con lágrimas en los ojos y, entregando uno de ellos a la ayudante del mago, estrecha con fuerza al bebé que carga y musita con apenas un tembloroso hilo de voz: —Este, este es mi hijo, estoy segura… El público presente murmura aliviado, razonablemente satisfecho con la solución adoptada. Los padres se disponen a bajar del escenario con el bebito en brazos, deseosos de salir cuanto antes de allí, mientras Ramón y su esposa-ayudante enseñan toda la dentadura en estiradas sonrisas y hacen arrumacos al otro crío. Este, haciendo gala de una gran vocación de depilador profesional, se ensaña con el bigote colgante de Ramón. El puñado de espectadores que aún quedan en la sala comienza a disolverse cuando, por la puerta lateral del escenario, entra una mujer corpulenta y con atavíos propios de limpiadora. La mujer trota más que anda y se diría que busca algo, pues vocifera un tanto desesperada un nombre: — ¡Juanito! ¡Juanitooo! Vida mía, ¿dónde te has metido? Por favor, ¿han visto ustedes a un bebé de unos nueve meses gateando por aquí? —la mujer se para en seco, mirando al grupo que aún conforman las dos parejas, con sus respectivos bebés en brazos—. ¡Pero si estás aquí! ¡Gracias al cielo! Menos mal que lo han encontrado ustedes… Es que no le puedo quitar el ojo de encima, ¡serás travieso! La ayudante del mago, bastante contrariada, contesta a la gruesa mujer: —¡Oh! ¡Así que este crío es suyo! Bueno, pues, en ese caso aquí lo tiene — estira los brazos tendiéndole al crío—. Haría usted bien en vigilarlo de cerca, este no es sitio para que un niño tan pequeño ande suelto… —No, no… el suyo no, señora. Mi Juanito es este tan guapo, el que tiene en brazos esta muchacha… Hija mía, está usted muy pálida, ¿se encuentra bien? ¡Pero si le tiemblan las piernas! ¡Deme a mi hijo antes de que se le caiga al suelo! ¡Oh, dios mío...!


La aturullada madre nota cómo la tarima se tambalea y comienza a dar vueltas. Sus brazos se aflojan y dejan que el bebé resbale de sus manos. Simultáneamente, el sudor termina por despegar el fraudulento mostacho del mago y ambos, bigote e infante, se deslizan suavemente hacia el entarimado durante unas décimas de segundo que se dilatan como eones. Afortunadamente, la mujer-hobbit, que posee la rara habilidad de estar presente sin ser percibida, se encuentra justo al lado de la madre y solo tiene que alargar los brazos para que el pobre Juanito aterrice grácilmente en ellos. Por cierto, el maltrecho bigote no tiene tanta suerte.

Jes Lavado Febrero de 2012

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EL TRUCO ESTRELLA