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Tue-Tue

Muchos desventurados veían en la ciudad de Arica una oportunidad para surgir y ser alguien en la vida, atraídos por el color del oro que emanaba de aquellos barcos mercantes que internados en lo profundo de las olas extraían descaradamente todo lo que el reino de Poseidón les brindaba. Grandes compañías de teatro viajaban desde la capital, desierto de por medio, hasta aquí sólo para mostrar sus últimos shows y llenarse los bolsillos a mansalva. Muchos cantantes preferían debutar aquí que en teatros afamados en la capital. Pero no sólo las personas llegaron desde la capital a esta ciudad, también arribaron en buses, barcos, trenes y aeroplanos relatos trasmitidos desde años inmemorables desde lugares tan extraños (para mí en ese entonces) como lo son Isla de Pascua o la región austral de la Isla grande de Chiloé. Relatos de chamanes y machis, de esculturas gigantes talladas en piedras a la orilla de playas vírgenes, cuentos de hadas que vivían en bosques de hielo más al sur de donde cualquier hombre pudo haber puesto jamás un solo pie. Debo de decir al lector algo que el lector debe tomar en cuenta para esta historia: anteriormente, con la llegada de los españoles a esta región (cuando aún era parte del virreinato del Perú) llegaron también los esclavos africanos. Entre estos esclavos se encontraban no uno, sino varios hombres (y mujeres) dotados de conocimientos primitivos tan olvidados como lo son la magia y la hechicería. Ni siquiera el paso del tiempo y las guerras venideras impidieron a los guardianes de estas poderosas fuerzas trasmitir su conocimiento de generación en generación, de edad en edad, de sangre en sangre. En el pueblito de San Miguel quedaba un hombre (cuyo nombre no recuerdo) que hablaba tan ancestral lenguaje. Vivía solo, aunque de vez en mes se dejaba ver por la casa de mi abuela para cenar y compartir con el resto de la familia. He de decir que la cercanía de este sujeto para con mi familia se debe, en gran medida, a que por mis venas corre sangre de los primeros que llegaron a estas costas como esclavos, y la sangre (como sabemos) es más espesa que el agua. Una noche, luego de comer y antes de que los mecheros agotasen la parafina, nos relató la historia del pájaro “Tue-Tue”. No era un ave como tal, sino más bien un hechicero que, dotado de conocimientos ancestrales, podía crear un ungüento que, al colocárselo en el cuello, le permitía desprenderse del cuerpo y poder volar por las noches bajo la solitaria luna. Si bien este hechicero no siempre iba tras la cabeza de alguien, aquél que le escuchaba debía lanzar un puñado de sal al fuego mientras nombraba tres veces “Tue-Tue” para hacerle caer. Acostumbrados a su presencia, mi abuela siempre le tenía una cama bien preparada en una de las habitaciones de la casa donde él se encerraba a dormir para luego temprano en la mañana irse sin que nadie diese cuenta de su partida. Estábamos habituados a eso.


Esa noche nuestro amigo había llegado algo molesto por una pelea con su patrón, al que había jurado venganza. Si bien nos reunimos en torno a una fogata como siempre, nuestro acompañante se dispensó de todos nosotros y se retiró temprano a su habitación. Esto no supuso problema para nadie y la tertulia bajo las estrellas continuó como siempre. Ya en el final de la velada el único en pie era yo, por lo que decidí echar un poco de leña al fuego y quedarme a limpiar lo poco que quedaba en las ollas de la abuela mientras veía como el fuego se consumía. …ahora recuerdo que, al final de esa noche, un ruido extraño llegó a mis oídos. Tal vez era el eco de un perro vagabundo que intentaba robar una gallina en la hacienda vecina, tal vez era el sonido de un camión acelerando por el polvoriento y pedregoso callejón que corría junto a la canaleta al borde del cerro. Tal vez fue solo mi imaginación. En el cielo se alzaba una figura que manchaba la blancura virginal de la luna, una deforme criatura que con un singular vaivén en medio de las nubes graznaba (un sonido desgarrador) “Tue! Tue!” Mi reacción inmediata de pánico se mezcló con una efervescente euforia ¡Era el Tue Tue, era una de esas historias que tantas veces había escuchado! Tomé un puñado del salero junto a la olla y lo arrojé al fuego. Lancé otro por si acaso. Nada pasaba. Tal vez era una sal de mala calidad o tal vez la historia no era más que un cuento de hadas. No. Estaba ahí, era real. Fue entonces cuando lo recordé. Inhalando profundamente, grité con la fuerza que mis pulmones permitían (en ese entonces) tres veces su nombre, Tue Tue. Y es que los nombres tienen fuerza en la magia, decía mi viajero amigo, nunca des tu nombre real. Esa fue la maldición de los brujos tue-tue, dar el nombre de su conjuro les hacía vulnerables. Al tercer grito la bestia detuvo su vuelo. En medio de un chillido agudo espantoso, la deforme criatura alada cayó varios metros hasta impactar en medio de unas rocas a la distancia. Corrí lo más rápido que pude hasta el punto de impacto, mientras una risa descontrolada inundaba cada rincón de mi rostro. Salté por encima de troncos y pozas, pasé por medio de ramas y enredaderas que colgaban de chañales aún más añejos que la propia ciudad, hasta llegar a donde la cabeza estaba caída. Al llegar mi alegría se esfumó y trasformó en un frío sudor y el miedo me invadía. Allí, aplastado junto a piedras y guijarros, estaba la cabeza de aquél hombre que cada noche relataba las historias para mí y mis hermanos, para mis primos y mis abuelos. Aquél hombre que compartía el vino con mis tíos y mis abuelos. El hombre solitario me observaba en agonía. Su rostro estaba demacrado, cubierto por una incipiente máscara carmesí que borraba sus facciones.


El pavor se apoderó de mí. Corrí lo más rápido que pude de regreso a casa, alejándome de aquella criatura que me causaba repulsión. Corrí por medio de acequias de tierra y piedras, por canaletas inundadas y por medio de olivos huecos que eran nido de lechuzas. Corrí entre ramajes que desgarraban mi ropa, entre maleza que se pegaba a mi ropa como el mejor de los adhesivos. Corrí como si la muerte me pisase los talones. Tal fue mi esfuerzo en desesperación que cuando llegué a casa las fuerzas me abandonaron, y terminé rendido, cansado, caído junto a la fogata. Un golpe en la cabeza por parte de mi abuela me despertó. Lejos de importarle el porqué dormía afuera, en medio de la nada, la olla vacía era la causante de mis (ahora) problemas. Cuando pregunté acerca del viajero sin nombre no fue mucho lo que pude recabar. Como siempre se había marchado al amanecer, sin que nadie lo supiera. Tal vez fue un sueño lo de aquella noche, ya que al volver luego al lugar donde cayó la criatura no había rastro alguno del hechicero. Tampoco había huellas de mis pasos por el lugar, ni la sangre que se derramaba de la cabeza embrujada. A la noche siguiente el viajero no apareció por la casa. Ni a la siguiente de esta.

El Tue Tue II  

Leyenda campesina, mapuche

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